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Full text of "Historia crítica de la Literatura Española"

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HISTORIA  CRITICA 


LITERATURA  ESPAÑOLA. 


HISTORIA  CRITICA 


DE  LA 


LITERATURA    ESPAÑOLA, 


POR 


DON  JOSÉ  AMADOR  DE  LOS  RÍOS, 


INDIVIDUO  DE   NUMERO   DE   LAS   REALES  ACADEMIAS  DE   LA    HISTORIA    Y   NOBLES 

ARTES  DE   SAN   FERNANDO,    DECANO   DE  LA   FACULTAD  DE   FILOSOFÍA   Y   LETRAS 

DE    LA    UNIVERSIDAD    CENTRAL,    ETC. 


TOMO  III. 


MADRID. 

IMPRENTA  DE  JOSÉ  RODRÍGUEZ,  FACTOR,  NÚM.  9. 


1»03. 


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Es  propicibíl  del  autor,  quien  se  reserva 
el  (lerccho  de  traducción  v  de  extracto. 


6^ 


V 


ADVERTENCIA. 


Ue  los  seis  períodos,  en  que  dividimos  nuestra  historia  literaria  du- 
rante la  edad-media,  tócanos  estudiar  en  el  presente  volumen  los 
dos  primeros.  Abraza  el  uno,  según  mostramos  en  la  Introduc- 
ción S  desde  la  aparición  de  la  poesía  vulgar  hasta  la  época  de 
Gonzalo  de  Berceo,  en  que  empiezan  á  desenvolverse  la  poesía  y  li- 
teratura vulgar-erudita:  comprende  el  otro  desde  Berceo  á  don  Al- 
fonso el  Sabio,  en  cuyo  glorioso  reinado  se  opera  una  de  las  trans- 
formaciones del  arte  y  de  la  lengua j  cuya  importancia  y  trascenden- 
cia son  del  más  subido  interés  en  la  historia  de  la  civilización  espa- 
ñola. La  manifestación  poética,  bajo  tres  diferentes  aspectos,  á  cada 
cual  más  digno  de  estudio;  la  manifestación  histórica,  en  su  pro- 
gresivo desenvolvimiento,  y  la  manifestación  didáctico-simbólica, 
en  sus  multiplicadas  relaciones,  logran  pues  en  ambos  períodos, 
que  abrazan  desde  mediados  del  siglo  XII  á  fines  del  XIII  [i  140  á 
1284] ,  sucesivo  y  armónico  desarrollo,  apareciendo  de  una  manera 
clara  é  inequívoca  los  diversos  elementos  que  van  acaudalando  en 
distintas  esferas  la  literatura  patria. 

Es  sin  duda  la  manifestación  poética  la  más  interior,  la  más  con- 
natural á  nuestra  cultura,  si  cumple  decirlo  de  este  modo;  y  por 
lo  mismo  la  que  debía  llamar  nuestra  atención  con  toda  preferen- 
cia, pues  que  determinados  convenientemente  sus  caracteres  desde 


Tomo  I,  pág.  CIII. 


VI 

el  instante  en  que  empieza  á  ser  escrita,  y  reconocida  en  consecuen- 
cia su  índole  especial,  no  sólo  debíamos  señalar  con  toda  holgura 
las  leyes  de  vida,  á  que  en  su  propia  cuna  se  sujeta,  sino  también 
las  condiciones  con  que  iba  á  trasmitirse  á  otras  edades,  animada 
siempre  por  aquel  noble  espíritu  que  le  había  ínfundido  el  primer 
aliento.  Ora  la  consideremos  en  los  primeros  monumentos  escritos 
(heróico-religiosa),  ora  la  veamos  aspirar,  aun  dentro  de  la  misma 
(jrbita,  á  nuevas  conquistas  (heróico-erudita),  ora  en  fin  pretenda 
con  fortuna  apoderarse  de  la  forma  lírico-erudita  en  manos  del  Rey 
Sabio,  ostenta  siempre,  cual  privilegiado  titulo  de  su  nacionalidad, 
el  profundo  sello  de  las  creencias  y  de  los -sentimientos  que  animan 
al  pueblo  español;  sentimientos  y  creencias  que  brillan  con  igual 
fuerza  en  todas  las  esferas  del  arte. 

M  era  menos  interesante,  por  las  mismas  razones,  la  manifesta- 
ción histórica:  señalar  los  primeros  pasos  de  esta  en  los  anales  y 
cronicones  vulgares  que  suceden  á  los  latinos  de  Sebastian,  Sampi- 
ro,  el  Silense  y  Pelayo;  determinar  por  este  medio  el  desarrollo  de 
la  prosa  castellana  en  las  diversas  regiones  de  la  Península,  donde 
se  hablaba  aquel  romance;  designar  y  quilatar  sucesivamente  los 
monumentos  de  este  género  que  han  llegado  á  nuestros  días,  tarea 
propia  era  en  verdad  de  quien  aspirase  á  evitar  el  error  de  los  que 
han  asentado  que  es  en  el  orden  cronológico  la  primera  producción 
histórica  de  la  literatura  vulgar  castellana  la  mal  apellidada  Cróni- 
ca General,  debida  al  Rey  Sabio.  El  desarrollo  histórico,  realizada 
esta  investigación,  no  ofrecía  ya  obstáculo  alguno;  y  cuando  el  nie- 
to de  Berenguela  emprende  su  Estoria  de  Espanna  y  su  Grande  et 
General  Eatoria,  si  pueden  y  deben  ser  consideradas  ambas  em- 
presas como  verdaderas  maravillas,  por  la  profundidad  y  extensión 
de  miras  que  revelan  en  medio  de  las  tinieblas  del  siglo  XIII,  no 
aparecen  como  obras  imposibles  y  sin  antecedentes  artísticos.  Las 
producciones  históricas  del  Rey  Sabio  merecían  no  obstante  lugar 
señalado  en  nuestros  estudios,  porque  son  acaso  los  más  claros  mo- 
numentos de  la  literatura  patria,  durante  el  expresado  siglo;  y  con 
este  convencimiento  no  podíamos  menos  de  poner  en  ellas  nuestras 
miradas,  aspirando  por  una  parte  á  reconocer  los  varios  elementos 
que  en  peregrino  maridaje  las  constituyen,  y  á  fijar  por  otra  sus 
peculiares  caracteres,  á  fin  de  averiguar  si,  trazado  ya  aquel  sende- 
ro, fué  la  manifestación  histórica  en  las  siguientes  edades  conse- 
cuente con  sus  propios  orígenes. 

De  suma  importancia  para  los  estudios  críticos,  y  de  no  poca  glo- 


VII 

ria  para  la  literatura  española,  era  también  la  investigación  de  los 
orígenes  y  procedencia  de  la  forma  didáctico-simbólica,  que  hace 
á  los  romances  vulgares  de  la  Península  Ibérica  depositarios  del 
apólogo  oriental,  nacido  en  la  India,  antes  de  que  empiece  á  decli- 
nar el  expresado  siglo  XIII.  Iniciada  en  los  precedentes,  por  medio 
de  la  literatura  latino-eclesiástica ,  debia  despertar  vivamente  el  in- 
terés de  la  crítica  la  tradición  no  interrumpida  de  esta  forma,  sien- 
do este  en  consecuencia  uno  de  los  puntos  capitales,  á  cuyo  más 
cabal  examen  hemos  aspirado,  como  que  en  su  ilustración  estaba 
cifrada  la  resolución  de  uno  de  los  problemas  literarios  que  en  vano 
había  intentado  resolver  la  erudición  hasta  nuestros  días.  Por  for- 
tuna, acopiados  muy  preciosos  monumentos,  poco  ó  nada  conoci- 
dos antes,  no  será  ya  lícito  dudar  del  verdadero  momento  en  que 
se  insinúa  y  toma  carta  de  naturaleza  en  las  literaturas  meridiona- 
les aquella  peregrina  forma,  que  tan  general  representación  alcan- 
za en  toda  la  edad  media,  penetrando  al  par  en  las  esferas  de  la  mo- 
ral y  de  la  historia. 

Egemplos  inequívocos  de  esta  verdad  ofrecían  desde  luego  las 
obras  del  Rey  Sabio,  como  los  ofrecieron  también  las  de  sus  suce- 
sores; punto  sobre  el  cual  hemos  procurado  llamar  la  atención  de 
los  doctos,  al  mencionar  sus  obras  científicas.  Completan  estas,  aun 
consideradas  sólo  bajo  el  aspecto  literario,  á  que  nos  limitamos,  la 
idea  de  aquel  prodigioso  movimiento  de  la  cultura  española,  que 
halla  en  el  hijo  de  Fernando  III  generoso  caudillo  é  ilustrado  intér- 
prete. Las  obras  científicas,  llevadas  á  cabo  por  su  mandado  y  bajo 
sus  auspicios,  no  podrán  menos  de  excitar  el  interés  de  los  sabios, 
así  por  su  número  como  por  su  importancia,  con  tanta  más  razón 
cuanto  que  aun  ignorándose  los  títulos  de  las  mismas  y  barajadas 
las  nociones  que  encierran,  han  conquistado  á  aquel  monarca  dis- 
tinguido puesto  en  la  historia  de  las  ciencias.  La  ordenación  crono- 
lógica de  estos  olvidados  tesoros  era  sin  duda  una  de  las  primeras 
tareas  que  estaban  convidando  á  los  que,  sin  otro  anhelo  que  el  de 
ilustrarla  historia  de  la  cultura  nacional,  emprendiesen  su  estudio: 
la  dificultad  era  tanto  mayor  cuanto  más  desconcertadas  y  contra- 
dictorias aparecían  las  nociones  relativas  á  los  mismos  tratados;  y 
sin  embargo  no  deberá  reputarse  vana  jactancia  la  afirmación  de 
que  se  halla  vencida. 

Tales  son  los  puntos  principales  que  abraza  este  tercer  volumen: 
llevados  del  deseo  del  acierto,  hemos  realizado  cuantas  investiga- 
ciones se  relacionan  directamente  con  los  mismos,  á  medida  que  vá 


VIH 
ensanchándose  el  círculo  en  que  giran  las  manifestaciones  artísticas. 
La  España  oriental  y  la  España  occidental  han  venido,  en  estas  im- 
portantes disquisiciones  históricas,  á  darnos  cumplida  razón  del  es- 
tado de  su  cultura,  llamada  á  reflejarse  una  y  Qtra  vez,  hasta  fun- 
dirse del  tildo,  en  la  que  se  elabora  y  vive  en  la  España  Central, 
como  base  y  fundamento  de  la  gran  nacionalidad  literaria  de  la 
Península  Ibérica.  No  abrigamos  la  presunción  de  haber  acerta- 
do en  todo;  pero  ahora,  como  siempre,  confiamos  en  la  ilustrada 
indulgencia  de  los  hombres  doctos. 


HISTORIA  CRITICA 


DE   LA 


LITERATURA  ESPAÑOLA. 


11'  PARTE— SUBCICLO  I." 


TOMO  ni. 


CAPITULO  I. 

PRIMEROS  M111T0S  ESCRITOS  DE  H  POESÍl  CiSíELUNJ. 


Consideraciones  generales  sobre  la  índole  y  carácter  de  la  primitiva  poesía 
vulgar  *.— Sus  condiciones  de  existencia. — Sus  relaciones  con  las  creen- 
cias, los  sentimientos  y  las  costumbres  del  pueblo  castellano. — Primeros 
monumentos  escritos. — Poemas  religiosos.— El  libro  de  los  Reys  d'Orient. — 
Su  examen. — El  poema  de  los  Reyes  Magos. — Forma  especial  de  esta  obra. 
— Si  puede  ser  considerada  como  una  representación  litúrgica. — La  Vida 
de  Madona  Santa  Maria  Egipgiaqua. — Análisis  filosófico  y  literario  de  esta 
obra. — Importancia  y  representación  de  la  poesía  vulgar  religiosa  durante 
el  siglo  XII.— Su  manifestación  heroica. — Noticia  de  algunos  poemas  histó- 
ricos anteriores  á  los  del  Cid. 


1  razado  el  cuadro  histórico  de  la  literatura  liispano-latina,  desde 
el  momento  en  que  alienta  el  ingenio  español  hasta  el  en  que  em- 
piezan á  ser  escritas  las  hablas  vulgares,  y  apreciados  conve- 
nientemente los  distintos  elementos  que  se  congregan  para  dar 


{  Parécenos  conveniente  advertir  desde  luego  á  nuestros  lectores  que  las 
principales  ideas  aquí  indicadas,  respecto  de  la  índole  y  carácter  del  primi- 
tivo arte  espaiíol,  fueron  ya  expuestas  en  la  Oración  que  sobre  el  estado  de 
la  crítica  literaria  en  España,  durante  el  siglo  XIX,  pronunciamos  ante  el 
Claustro  de  la  Universidad  Central,  al  inaugurarse  solemnemente  el  curso 
académico  de  18S0  á  i 85 i.  La  benevolencia,  con  que  fué  la  expresada  Ora- 
don  acogida,  agotándose  en  contados  dias  dos  ediciones,  nos  mueve  á  creer 
que  el  presente  estudio,   ya  realizado  cuando  pronunciamos  el  indicado  dis- 


4  HISTORIA    CRITICA    OE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

villa  á  la  nueva  civilización,  que  reconoce  por  centro  el  suelo  cas- 
tellano,— tócanos  ya  entrar  en  el  verdadero  campo  de  la  literatura 
que  tiene  por  instrumento  las  referidas  hablas;  campo  donde  á  la 
luz  de  la  filosofía  nos  proponemos  descubrir  líis  huellas  de  cada 
uno  de  los  elementos  designados,  quilatando  maduramente  su  in- 
fluencia en  el  desarrollo  de  nuestra  cultura. 

Estriba  la  primera  dificultad  de  este  importante  estudio  en 
fijar  de  una  manera  inequívoca  la  idea  del  arte  que  hemos  visto 
nacer  con  la  libertad  y  la  independencia  de  nuestros  mayores. 
Pero  tarea  tan  nueva,  como  difícil,  no  sólo  nos  abrirá  la  senda 
que  hemos  de  seguir  en  nuestras  investigaciones;  no  sólo  jus- 
tificará, el  respeto  que  profesamos  á,  los  primeros  monumentos 
escritos  de  nuestra  poesía,  sino  que  nos  dará  por  resultado  el  co- 
nocimiento exacto  de  la  relación  más  ó  menos  íntima  y  de  la  afi- 
nidad que  existe  entre  la  idea  y  la  forma  de  los  mismos,  reve- 
lando así  la  verdadera  expresión  de  aquel  arte,  á  que  con  poca 
razón  y  menos  juicio  se  ha  dado  desdeñosa  é  irreflexivamente  el 
nombre  de  bárbaro. 

No  presenta  este  arte,  como  el  clásico,  la  unidad,  la  armonía 
perfecta  de  la  idea  y  de  su  manifestación  exterior,  ni  en  él  se  re- 
vela el  espíritu  con  un  carácter  particular  y  finito.  Apoyándose  en 
el  gran  principio  religioso,  alma  de  la  sociedad  cristiana,  que  alien- 
ta y  vivifica  el  entusiasmo  patriótico,  se  eleva  sobre  la  esfera  del 
mundo  visible,  reflejando  la  idea  de  lo  absoluto  y  de  lo  infinito, 
y  desdeñando  la  naturaleza  exterior  para  inspirarse  en  las  dos 
grandes  fuentes  que  constituyen  la  creencia. — Dios  y  la  patria'. 
hé  aquí  el  doble  dogma  del  arte  castellano;  dogma  sobre  el  cual 
se  fundan  la  religión,  la  moral  y  la  política,  base  indestructible 
de  las  costumbres  y  copioso  venero  de  altos  y  sublimes  sentimien- 
tos. El  pueblo  castellano  despierta  de  su  primera  infancia  al  grito 
de  guerra:  la  patria  gime  bajo  el  yugo  del  enemigo  de  Dios:  el 
sentimiento  religioso  y  el  sentimiento  patriótico  surgen  pues  para 
defensa  mutua,  produciendo  la  victoria.  El  triunfo  trae  la  admi- 
ración, y  la  admiración  engendra  al  arte.  Su  nacimiento  es  espon- 

curso,  no  es  indigno  del  lugar  que  le  habíamos  dado  en  la  Historia  critica  de 
la  literatura  española. 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PIUM.    MON.     ESC.    DE    LA    POES.    CAST.  S 

táneo:  evocado  á  la  voz  poderosa  de  la  libertad  é  inspirado  por  la 
fé,  estriba  naturalmente  en  las  costumbres,  cuya  representación 
genuina  ha  de  reflejar  en  cada  creación,  en  cada  pensamiento. 

Rudo,  vago  y  tal  vez  caprichoso  en  la  forma  exterior,  admira  y 
sojuzga  con  la  fuerza  de  luz  que  de  su  fondo  se  desprende,  sin  que 
sea  posible  someterlo  á  leyes  comunes,  ni  comparar  por  tanto  sus 
producciones  con  las  de  ningún  otro  arte,  desarrollado  bajo  dis- 
tintas condiciones  de  vida.  Cándido,  como  la  sonrisa  de  la  infan- 
cia; sencillo,  como  los  sentimientos  que  le  animan;  arte  en  fin 
primitivo,  carácter  que  por  una  serie  de  prodigiosos  aconteci- 
mientos había  llegado  á  tomar  también  el  pueblo  cristiano,  mues- 
tra á  menudo  la  severidad  y  energía  de  aquel  mismo  pueblo,  que 
levantaba  sobre  sus  hombros  el  combatido  trono  de  Asturias,  de 
León  y  de  Castilla.  Aquel  arte  tan  ardiente  y  vigoroso,  como  las 
creencias,  no  ostentando  más  galas  que  la  verdad  del  sentimiento, 
ni  más  encantos  que  la  fuerza  invencible  de  la  pasión,  si  no  en- 
contraba desde  luego  la  forma  más  bella,  poseia  quizá  la  más  con- 
veniente y  adecuada  á  la  idea  que  le  habia  engendrado,  adquirien- 
do así  sus  formas  parliculares  y  llenando  por  tanto  las  más  prin- 
cipales condiciones  de  una  existencia  independiente  *. 

Habia  roto  pues,  como  natural  consecuencia  de  su  nueva  vida, 
con  todas  las  tradiciones  esenciales  del  arte  clásico,  cuyas  desfi- 
guradas formas  peregrinaban  sin  embargo  por  el  mundo,  siendo 
de  todos  instintivamente  acatadas  y  recibidas,* bien  que  de  nadie 
maduramente  quilatadas:  la  lengua,  informe  embrión  compuesto 
de  múltiples  elementos,  si  no  se  prestaba  dócil  á  todas  las  mo- 
dulaciones, si  parecía  negarse  á  producir  la  armenia,  pocas  veces 
se  mostraba  contraria  á  bosquejar  las  costumbres  con  vigoroso 
colorido,  y  no  muchas  era  rebelde  á  la  expresión  enérgica  del 
sentimiento.  Fué  el  arte  entonces  lo  que  debió  ser,  para  merecer 
ahora  este  nombre:  reflejó  en  sus  creaciones  la  sociedad  cristiana 
con  todos  sus  instintos;  reprodujo  las  costumbres  con  la  verdad  y 


1  ((La  idea  de  cada  época,  escribe  W.  F.  Hegel,  encuentra  siempre  su 
«forma  más  conveniente  y  adecuada,  y  a  esta  invención  es  á  lo  que  damos 
wel  nombre  de  formas  particulares  del  arte»  {Curso  de  Eslhélica,  tomo  II,  In- 
troducción). 


6  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

la  fuerza  que  aquellos  les  comunieaban,  y  reveló  las  creencias  con 
la  pureza  y  el  vigor  que  recibían  del  dogma.  Así,  cuando  se  han 
querido  someter  las  primicias  de  este  arte,  tan  libre  en  su  idea 
como  en  su  manifestación,  á.  las  leyes  establecidas  para  juzgar  el 
clásico;  cuando  se  han  condenado  sus  nativas  bellezas  á  un  ostra- 
cismo injusto,  por  no  llenar  todos  los  requisitos  de  la  forma  vi- 
sible, se  han  perdido  de  vista  lastimosamente  sus  condiciones 
de  existencia,  condiciones  de  tan  buena  ley  como  lo  hablan  sido 
en  Atenas  y  en  Roma  las  del  arte  homérico.  Ya  olvidado  por  los 
críticos  y  poetas  del  siglo  XYI,  ya  visto  con  desden  por  los  del 
XYII ,  no  es  menos  digno  de  consideración  y  examen,  ni  menos 
original,  rico  é  independiente. 

Sin  embargo,  ningún  arte  se  ha  desarrollado  con  más  varios 
elementos,  bien  que  tampoco  ha  ostentado  ninguno  tanta  unidad 
en  su  ^espíritu  y  en  sus  manifestaciones,  ni  se  ha  identificado  más 
profundamente  con  el  carácter  de  la  nación  que  lo  cultiva.  Ni 
aun  en  los  momentos  en  que  se  trasforma,  apartándose  de  sus 
primeras  fuentes,  pierde  tan  relevantes  dotes;  porque  ni  aun  en 
aquellos  instantes  quebranta  sus  condiciones  de  vida,  si  bien  as- 
pira á  ostentar  generoso  el  fruto  de  sus  nuevas  especulaciones  y 
conquistas.  No  era  posible  en  España,  durante  la  edad  media,  que 
la  imitación  del  arte  antiguo,  aunque  no  apagados  nunca  sus  vi- 
vos resplandores,  se  sobrepusiera  al  sentimiento  nacional  que 
daba  aliento  á  la 'poesía  popular,  ni  imprimiese  tampoco  un  ca- 
rácter decidido  á  la  erudita,  sacándola  del  ancho  y  profundo  cau- 
ce de  la  civilización  española:  reinaba  aquel  noble  y  elevado  senti- 
miento sobre  todos  los  demás  elementos  con  fuerza  tan  irresis- 
tible que  impulsando  la  poesía  á  lo  presente,  no  era  dable  en 
manera  alguna  que  se  sometiera  esta  absolutamente  al  genio  de 
ningún  arte  extraño. 

Reducido  á  sus  propios  recursos  en  los  primeros  dias  de  su 
existencia,  si  bien  aleccionado  siempre  por  la  Iglesia  en  la  forma 
que  dejamos  repetidamente  advertido,  el  arte  español  se  funda  en 
los  dos  grandes  principios,  en  que  descansaba  la  sociedad  castella- 
na. La  lucha  á  muerte  con  el  pueblo  mahometano,  lucha  en  que  se 
exaltaban  al  par  el  sentimiento  patriótico  y  el  sentimiento  reli- 
gioso, erige  en  dogma  la  guerra:  el  cristianismo  bendice  las  armas 


Il/    PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.  7 

de  sus  campeones,  alienta  en  las  batallas  su  heroísmo,  y  corona 
sus  triunfos  con  el  inmarcesible  laurel  de  la  eterna  bienandanza. 
En  esta  edad  primera  del  arte  (ya  lo  hemos  dicho  y  nos  propone- 
mos demostrarlo  con  la  misma  historia)  el  pueblo  español  rechaza 
instintivamente  toda  influencia  extraña;  y  cuando  apagados  ya  en 
parte  los  odios  y  rencores  que  profesaba  al  islamismo,  comienza  á 
ver  sin  desvio  las  artes  y  las  letras  arábigas,  no  por  eso  reniega 
de  sus  creencias,  las  cuales  conserva  con  toda  pureza,  ni  se  des- 
poja tampoco  de  sus  costumbres,  bien  que  admita  en  ellas  suce- 
sivas modificaciones. 

El  elemento  arábico-oriental,  que  según  hemos  repetido  ya, 
se  ha  pretendido  ver  en  todas  partes  fuera  de  sazón  y  sin  el  debi- 
do criterio,  no  se  refleja  efectivamente  en  la  poesía  española  hasta 
después  de  haberse  trasformado  esta  en  erudita  * ;  y  lejos  de  des- 
naturalizarla, como  se  ha  supuesto,  se  somete  por  el  contrario  al 
irresistible  imperio  de  las  creencias,  y  llega  á  fundirse  por  com- 
pleto con  los  demás  elementos,  que  van  caracterizando  en  vario 
y  admirable  conjunto  la  literatura  patria.  Igual  fenómeno  debían 
ofrecer  á  la  contemplación  de  la  crítica  las  diversas  transforma- 
ciones de  la  poesía  española,  y  lo  ofrecieron  realmente.  Asi,  ya 
admita  andando  el  tiempo  alguna  influencia  indo-oriental,  ya  ca- 
balleresca, propiamente  hablando,  ya  provenzal  ó  lemosina,  siem- 
pre preponderan  en  ella  sobre  toda  otra  ley  de  vida  el  senti- 
miento religioso  .  y  el  sentimiento  patriótico,  sin  que  jamás  se 

l  M.  Federico  Schlegel  se  expresa  en  su  Historia  de  la  literatura  antigua 
y  moderna  AqI  siguiente  modo,  refiriéndose  á  este  mismo  punto:  «Los  árabes, 
))dice,  contribuyeron  también  á  enriquecer  la  poesía  española  y  á  embelle- 
wcerla;  pero  no  cabe  duda  en  que  los  antiguos  poemas  castelli^nos  están  en- 
Mteramente  puros  de  la  influencia  árabe  ó  de  las  inspiraciones  orientales:  al 
wcontrario,  su  estilo  y  su  lenguaje  son  severos  y  uniformes,  puros  y  sencillos. 
«Puede  decirse  con  tanta  más  seguridad  que  nada  liay  de  árabe  en  la  antigua 
«poesía,  cuanto  que  semejante  influencia  se  maniñesla  de  un  modo  claro  y 
«visible  en  tiempos  más  cercanos,  durante  los  cuales  existió  verdaderamente» 
(tomo  II,  cap.  XI).  Aunque  la  opinión  de  Schlegel  es  exacta,  respecto  de  los 
primitivos  poemas  españoles,  no  lo  es  tanto  respecto  de  la  verdadera  época 
en  que  se  insinúa  la  influencia  arábiga  en  nuestra  literatura,  como  en  su  lu- 
gar notaremos.  Quede  no  obstante  asentado  aquí  que  la  poesía  castellana  no 
refleja  las  inspiraciones  orientales,  hasta  después  de  ser  erudita. 


8  HISTORIA   CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

debilite  ni  menos  desaparezca  aquel  [»rimer  impulso  del  arte  en 
medio  de  los  vaivenes  y  borrascas  de  la  política;  vaivenes  y  bor- 
rascas que  no  pueden  menos  de  reflejarse  activa  y  poderosamente 
en  las  esferas  literarias. 

La  poesía  española  florece  pues  con  vitalidad  propia,  con  bri- 
llantez y  riqueza  progresivas,  desarrollando  los  copiosos  y  fecun- 
dos gérmenes,  que  llevaba  en  su  seno  desde  la  cuna,  y  admitien- 
do, como  otros  tantos  presentes,  los  tributos  que  le  ofrecen  los 
demás  pueblos  que  se  acercan  en-  vario  sentido  á  la  órbita  de  su 
acción,  para  exornar  su  magnífico  manto.  En  vez  de  recibir  leyes, 
como  arte  del  todo  derivado  ó  vencido,  aspiró  á  imponer  é  impu- 
so su  yugo  á  los  demás  elementos,  de  que  se  iba  apoderando,  si 
bien  sucesivamente  acaudalada  en  el  trascurso  de  los  siglos,  lle- 
gaba al  cabo,  por  ostentar  las  galas  traídas  de  otro  suelo,  áha- 
cerse  en  cierto  modo  tributaria,  trocando  sus  nativos  ornatos  por 
las  vistosas  preseas  del  arte  toscano-íatino.  Hasta  admitir  del  todo 
esta  influencia,  hecho  no  realizado  en  un  solo  dia,  según  veremos 
al  estudiar  el  múltiple  desarrollo  de  las  letras  durante  el  siglo 
XV  y  principios  del  XVI,  no  solamente  nos  parece  repugnante 
la  pretensión,  nunca  por  completo  justificada,  de  aplicar  á  la 
poesía  castellana  los  cánones  del  arte  clásico,  error  común  entre 
los  críticos  formalistas,  sino  que  la  juzgamos  de  todo  punto  ab- 
surda. Las  reglas  y  preceptos  de  Aristóteles  y  de  Horacio,  como 
deducidos  de  un  arte  hijo  de  otras  civilizaciones,  que  tenían  por 
base  diversos  principios  políticos  y  religiosos,  no  son  en  manera 
alguna  aplicables  á  la  primitiva  poesía  española,  que  representa, 
como  ya  dejamos  indicado,  la  nacionalidad  del  sentimiento  y  de 
las  creencias  de  nuestros  mayores. 

Sin  tener  en  cuenta  las  condiciones  biológicas  de  esta  peregri- 
na literatura,  sin  apreciar  filosóficamente  sus  relaciones  con  los 
demás  elementos  de  cultura  que  sucesivamente  la  rodean,  sólo  se 
logrará  caer  en  lamentables  errores,  obteniéndose  por  resultado 
de  penosos  estudios  insignificantes  observaciones  más  ó  menos 
eruditas,  si  bien, siempre  estériles  para  la  verdadera  historia  del 
espíritu  humano,  que  es  en  suma  la  historia  de  las  letras.  Colo- 
cada la  crítica  en  este  terreno,  forzoso  es  repetirlo,  no  basta  ya 
contentarse  con  meras  investigaciones,  ora  relativas  á  la  forma 


II,  PARTE,  CAP.  I.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.     9 

poética,  ora  á  los  adelantamientos  del  lenguaje:  necesario  es  pro- 
fundizar más  en  estas  tareas,  elevándose  á  otras  regiones,  para 
apoderarse  del  espíritu  de  los  tiempos  y  descubrir  ^en  esas  vene- 
rables reliquias,  que  como  los  monumentos  de  las  artes,  han  lle- 
gado hasta  nosotros  adulteradas  por  la  mano  de  los  siglos,  la 
manera  de  ser  y  de  pensar  de  aquellos  varones  que  echaron  los 
cimientos  á  la  gran  nacionalidad  española. 

Y  tan  hondamente  se  aparta  el  arte  español,  si  es  lícito  lla- 
marlo así,  del  arte  clásico  respecto  de  las  ideas  que  le  animan, 
como  de  la  expresión  que  le  representa.  La  mitología  es  sola- 
mente la  religión  del  arte:  sus  dioses  fueron  inventados  por  los 
poetas,  á  cuyos  acordes  acentos  se  congregaban  las  familias,  se 
levantaban  las  ciudades  y  se  constituían  las  repúblicas.  Pero  Dios, 
según  el  dogma  cristiano,  existe  en  lo  increado:  á  su  voz  se  des- 
envuelve el  caos,  brota  la  luz,  apartándose  de  las  tinieblas,  y 
brillan  los  astros  en  el  espacio,  trazando  el  curso  de  los  tiempos. 
Al  soplo  vivificador  de  sus  labios  alienta  el  hombre,  en  cuyas  sie- 
nes coloca  la  corona  de  la  creación,  sujetando  á  su  imperio  todos 
los  seres.  La  idea  de  Dios  es  entre  los  cristianos  la  idea  del  Ser 
Supremo,  Ubre  y  absoluto:  los  dioses  de  Hesíodo  y  de  Homero  ', 
á  pesar  del  idealismo  de  que  el  arte  procura  revestirlos,  no  dejan 
de  ser  emanaciones  y  destellos  de  la  naturaleza.  En  el  politeísmo, 
todos  los  atributos  de  la  divinidad  se  hallan  esparcidos  entre  mul- 
titud de  dioses,  cuya  recíproca  independencia  constituye  otras 
tantas  individualidades,  quebrantando  la  unidad  del  sistema  teo- 
gónico:  la  religión  cristiana  revela  la  existencia  de  un  Dios  omni- 
potente, sabio  é  infinito,  fuente  inagotable  de  salud  y  de  gracia, 
de  cuyas  manos  penden  el  primero  y  el  último  eslabón  de  la  in- 
mensa cadena  de  los  siglos.  En  la  religión  cristiana  no  se  trans- 
forma Dios,  como  el  Júpiter  de  la  teogonia  griega,  ni  en  toro 
para  robar  á  Europa/ ni  en  cisne  para  sorprender  á  Leda,  ni  en 
lluvia  de  oro  para  penetrar  en  el  encierro  de  Danae  ^^.  Desciende 
al  mundo,  tomando  la  carne  de  su  hechura  y  sin  perder  su  esen- 
cia divina,  para  dar  á  los  hombres  el  más  sublime  testimonio  de' 

1  Herodoto,  lib.  Il.núm.  Lili. 

2  Tertuliano,  Apologeticus  adversus  gentes,  cap.  IX,  ele. 


10  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

SU  amor  infinito,  para  escribir  con  los  raudales  de  su  purísima 
sangre  su  nuevo  pacto  con  el  espíritu  rebelde  de  las  generacio- 
nes, á  quienes  restituye  la  libertad,  rompiendo  el  yugo  de  la  ser- 
vidumbre que  las  oprimia.  La  religión  cristiana  no  admite  por 
dogma,  como  la  teogonia  griega,  el  fatalismo,  ley  que  gravitaba 
al  par  sobre  los  dioses  y  los  hombres,  y  que  devoraba  sordamente 
las  entrañas  de  los  últimos:  sobre  esta  palabra  terrible  y  descon- 
soladora grabó  el  cristianismo  las  de  providencia  y  libre  albe- 
drio,  elevando  el  espíritu  humano  á  las  altas  regiones,  de  donde 
le  habia  lanzado  su  soberbia,  y  revelándole  de  nuevo  su  origen 
divino.  La  doctrina  predicada  por  el  Ilijo  de  Dios,  que  es  igual  al 
Padre,  trajo  consigo  la  destrucción  de  la  esclavitud  y  de  la  men- 
tira. 

Todo  se  aparta,  por  tanto,  en  el  cristiani'Smo  de  la  mitologia 
gentílica,  no  siendo  en  manera  alguna  posible  que  dos  artes  basa- 
dos en  tan  distintos  principios,  pudieran  tener  ni  en  su  expresión, 
ni  en  su  forma  interna  grandes  puntos  de  afinidad  y  semejanza, 
por  decisivo  é  irresistible  que  fuera  el  prestigio  de  la  tradición 
respecto  de  las  formas  exteriores.  El  arte  que  nace  de  la  religión 
cristiana,  ha  dicho  un  filósofo  moderno,  «en  vez  de  la  pluralidad 
«plástica,  no  reconoce  más  que  un  solo  Dios,  un  solo  espíritu,  un 
«ser  absoluto  que  no  emana  más  que  de  sí  mismo.  En  la  con- 
wciencia  de  su  naturaleza  y  de  su  voluntad  suprema,  nada  tiene 
»Dios  de  común  con  aquellos  personajes  individuales  (los  del  gen- 
»tilismo),  cada  uno  de  los  cuales  aparecía  con  su  carácter  propio, 
))y  desempeñaba  un  ministerio  distinto,  formando  una  gerarquia, 
))cuyas  relaciones  eran  dominadas  por  el  poder  de  una  ciega  ne- 
«cesidad»  *,  por  el  destino. 

Pero  si  tan  grande  es  la  distancia  que  existe  entre  los  principios 
de  la  mitologia  y  los  fundamentos  del  cristianismo,  imprimiendo 
diversas  condiciones  al  arte  que  produce  el  último,  condiciones  á 
quedebia  someterse  naturalmente  la  poesía  española,  no  es  menos 
notable,  por  cierto,  la  disparidad  de  las  creencias,  los  sentimien- 
tos y  las  costumbres  que  se  revelan  en  el  arte  clásico,  y  los  que 

\  Véase  el  capítulo  III  de  la  sección  II.*  del  segundo  tomo  del  Curso  de 
Esthélica  de  \V.  F.  Hegel. 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC,    DE    LA    POES.    CAST.  i\ 

animan  las  producciones  de  nuestra  literatura.  Los  héroes  espa- 
ñoles no  pueden  sentir,  pensar,  ni  obrar  como  los  héroes  griegos 
y  romanos.  Ni  se  hallan  amarrados  á  la  feroz  coyunda  de  un  ha- 
do implacable,  ni  necesitan,  para  sobreponerse  á  los  demás  hom- 
bres, trocar  su  naturaleza,  convirtiéndose  en  semidioses,  ni  han 
menester  tampoco  ser  invulnerables,  para  atar  á  sus  estandartes 
la  victoria.  Los  héroes  españoles  son  esencialmente  cristianos. 
Salidos  de  la  humanidad,  hijos  de  otros  hombres,  se  hallan  suje- 
tos á  todas  las  condiciones  de  la  naturaleza:  frágiles,  como  el 
barro  que  los  viste,  se  elevan  á  más  altas  y  felices  regiones  en 
alas  de  la  fé  que  ilumina  su  alma,  purificándose,  no  por  medio 
de  abluciones,  ni  de  otros  actos  externos,  cuya  virtud  sea  fruto 
de  poderes  extraños,  sino  por  medio  de  la  oración  y  del  éxtasis, 
que  los  levanta  al  mundo  de  los  espíritus.  Lloran  sus  infortunios; 
pero  sobrellevan  su  quebranto  con  resignación  sublime,  sin  que 
asome  á  sus  labios  el  acento  de  la  desesperación  ni  de  la  saña; 
sin  que  provoquen,  ni  desafien  la  ira  del  cielo,  como  los  héroes  y 
semidioses  del  gentilismo.  Pelean,  sin  tregua  ni  descanso,  no 
para  satisfacer  un  sentimiento  de  mundanal  venganza,  de  sensua- 
lidad ó  de  orgullo;  no  para  someter  á  dura  servidumbre  naciones 
libres  que  gozaban  antes  de  pacífica  y  entera  independencia;  sino 
para  rescatar  la  hbertad  perdida;  para  derrocar  al  opresor  extran- 
jero que  sujeta  con  vergonzoso  yugo  el  cuello  de  la  patria,  y 
que  profana  sus  altares,  sus  sacerdotes,  y  sus  vírgenes;  para  res- 
tituir á  Dios,  con  el  culto  de  sus  corazones,  la  tierra  regada  con 
la  sangre  de  sus  mártires. 

Estas  creencias  que  tienen  por  fundamento,  como  dejamos  ya 
expresado,  el  doble  dogma  político-religioso  del  pueblo  español, 
no  podían  menos  de  engendrar  sentimientos  enérgicos  y  vigoro- 
sos, bien  que  no  menos  tiernos  y  apacibles.  Una  de  las  cualida- 
des, que  más  resaltan  en  el  carácter  de  los  héroes  castellanos, 
es  en  efecto  la  ternura;  porque,  entre  el  estruendo  y  el  sobresalto 
de  las  luchas  y  de  las  batallas  se  despertaban  en  sus  pechos  los 
más  dulces  afectos,  menesterosos  de  otros  seres  en  quienes  depo- 
sitar el  amor,  la  lealtad  y  la  fé  que  rebosaban  en  sus  corazones. 
Los  héroes  de  la  Cruz,  unidos  por  el  sublime  vínculo  de  la  religión, 
cuyo  lazo  se  estrechaba  á  vista  del  peligro,  no  solamente  amaron 


1 2  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESI>aSüLA. 

A  sus  mujeres  con  respetuoso  ardor  y  ajenos  de  falaz  galanleria, 
sino  que  desde  los  primeros  albores  de  la  restauración  sintieron 
desarrollarse  en  su  alma,  tal  vez  con  mayor  fuerza,  el  fuego  san- 
to de  la  amistad;  constituyendo  este  sentimiento  uno  de  los  rasgos 
más  característicos  del  caballerismo  español,  tan  diverso  del  ca- 
ballerismo de  las  demás  naciones.  Á  estos  sentimientos  apacibles, 
tan  propios  délos  pueblos  belicosos,  donde  brillan  A  menudo  los 
caracteres  heroicos,  presidian  en  los  caudillos  españoles  el  de  la 
independencia  y  el  valor  individual,  produciendo  naturalmen- 
te el  conocimiento  de  la  importancia  que  alcanzaban  en  el  Estado, 
y  el  de  las  proezas  y  sacrificios  que  tenia  este  derecho  á  exigir  de 
su  bravura.  Asi  el  amo)\  la  lealtad  y  el  honor  llegan  á  ser  entro 
los  castellanos  las  prendas  de  más  alto  precio,  formando  el  triple 
dogma  patriótico  y  sirviendo  de  base  á  las  costumbres,  al  fundir- 
se en  los  dos  grandes  principios,  que  eran  la  piedra  angular  del 
edificio  político  y  religioso. 

Las  costumbres,  que  necesariamente  habrían  de  engendrar  es- 
tas creencias  y  estos  sentimientos,  no  podían  tener  en  manera 
alguna  puntos  de  contacto  con  las  de  Atenas  y  de  Roma.  El  pue- 
blo español,  sometido  en  su  vida  doméstica  á  un  gran  principio 
religioso,  y  subordinado  en  la  pública  á  una  ley  imperiosa  y  á 
un  deber  supremo,  no  vivia  en  las  plazas,  como  el  pueblo  griego, 
ni  deliberaba  al  aire  libre  en  los  comicios,  como  el  romano.  Mien- 
tras en  Atenas  y  en  Esparta  era  el  más  alto  objeto  de  la  civiliza- 
ción la  vida  del  Estado,  el  interés  de  la  patria,  las  costumbres 
republicanas  y  el  patriotismo  ardiente  de  los  ciudadanos;  mien- 
tras en  Roma  dominaban  el  espíritu  público  la  turbulencia  de  las 
costumbres,  el  menosprecio  de  los  afectos  domésticos  y  el  sacri- 
ficio de  la  individualidad  ante  el  interés  general  del  Estado ', — eran 
en  España  el  recogimiento,  la  abstracción  moral  y  la  práctica  de 
todas  las  virtudes  cristianas  el  alma  de  la  vida  doméstica;  consti- 
tuyendo respecto  de  la  pública  el  único  lema,  la  única  necesidad 
del  pueblo  ibero,  la  defensa  de  la  patria  restaurada  y  la  salvación 
de  la  patria  oprimida  por  los  mahometanos.  Los  héroes  castella- 
nos, que  congregados  en  el  templo  en  nombre  de  tan  caros  objetos, 

\     Curso  de  Eslhélica  de  W.  F.  Ilcgcl,  tomo  11,  sección  11.^,  cap.  III. 


II.'    PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CASt.  13 

y  asociados  sinceramente  al  sacerdocio,  alientan  y  sostienen  con  su 
espada  y  su  consejo  las  bélicas  empresas.de  los  reyes,  defendiendo 
al  par  sus  inmunidades,  compradas  con  sangre  en  mitad  de  las 
lides,  pertenecían  ante  todo  á  la  familia;  y  si  durante  el  peligro 
de  la  patria,  era  la  defensa  de  esta  su  único  pensamiento  y  la 
única  ley  de  su  existencia,  cuando  libre  ya  el  Estado  del  enemigo 
natural,  volvían  á  sus  hogares,  entonces  el  esposo  y  el  padre  cris- 
tiano se  consagraban  al  cuidado  y  educación  interna  de  sus  hijos, 
confiando  á  la  autoridad  de  los  monarcas  la  custodia  de  sus  fue- 
ros y  la  guarda  de  las  leyes,  con  la  administración  de  los  intereses 
públicos. 

De  esta  diversidad  de  costumbres  debia  nacer  necesariamente 
una  diferencia  colosal  en  la  manifestación  artística,  diferencia  que 
hallamos  consignada  en  las  ruinas  y  despedazados  monumentos 
de  aquellos  dos  pueblos  que  se  alzaron  sucesivamente  con  el  impe- 
rio del  mundo.  La  vida  de  los  antiguos  era  toda  exterior,  y  diri- 
giéndose las  artes  á  satisfacer  esta  necesidad  pública,  aparecían 
donde  quiera  suntuosas  y  magníficas  fábricas  que  realizaban  sus 
sueños  de  saber  y  de  gloría;  pero  al  mismo  tiempo  que  asi  daban 
en  público  muestra  de  suntuosidad  y  de  grandeza,  eran  en  sus 
moradas,  generalmente  hablando,  mezquinos  y  más  descuidados 
de  lo  que  á  su  esplendidez  con  venia,  á  pesar  de  vivir  en  medio 
de  un  •  gran  movimiento  artístico  ^ .  La  vida  del  pueblo  espa- 
ñol, más  recogida  y  doméstica,  necesitaba  por  el  contrario  de , 
otros  medios  de  satisfacción:  concediéndolo  todo  á  la  familia,  se 
buscaron  con  esmero  los  caminos  de  la  comodidad  y  del  deleite 


i  Esta  es  la  enseñanza  que  nos  ministra  la  arqueolog'ia.  En  los  descu- 
brimientos que  no  liá  muchos  anos  se  hicieron  en  Itálica,  objeto  á  que  dedi- 
camos un  dia  nuestra  atención  y  consagra  hoy  nuestro  querido  hermano,  don 
Demetrio  de  los  Ríos,  largas  y  útiles  tareas,  hemos  tenido  ocasión  de  confir- 
mar estas  observaciones,  que  habíamos  ya  hecho,  al  examinar  los  monumen- 
tos de  Pompeya  y  de  Herculano,  publicados  por  la  munificencia  de  Carlos  III. 
Los  trabajos  de  Julio  Gailhabaud,  relativos  á  estas  dos  poblaciones  c  insertos 
en  la  grande  colección  de  los  Monumentos  antiguos  j  modernos,  son  una  prue- 
ba mas  de  la  exactitud- de  estas  observaciones,  que  amplia  Mr.  G.  Ozanam  en 
su  Cuadro  de  lai  instituciones  polHicas,  sociales  y  religiosas  de  ¡a  república 
romana. 


i\  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAfíOLA. 

interior,  empleáinlose  la  arquit entura  y  las  demás  artes  en  el  lo- 
gro de  aquella  idea,  que  andando  los  tiempos,  hallaba  también  es- 
tímulo en  el  egemplo  de  los  árabes.  Los  palacios  y  alcázares, 
exornados  de  suntuosos  patioi,  galerías  y  jardines,  donde  gozaban 
los  caudillos  castellanos  las  caricias  de  sus  esposas  y  de  sus  hi- 
jos, y  donde  jamás  penetraba  el  bullicio  del  mundo,  reemplaza- 
ban en  España,  durante  los  siglos  medios,  á  los  pórticos,  termas  y 
plazas  de  Atenas  y  de  Roma,  como  testimonio  inequívoco  del  re- 
cogimiento, de  la  quietud  y  de  la  mansedumbre  que  presidian  á 
las  costumbres  domésticas  de  nuestros  abuelos  ^. 

Si  pues  ni  la  religión  ni  la  política  se  fundaron  entre  los  anti- 
guos sobre  los  mismos  principios  que  entre  nuestros  españoles;  si 
las  creencias,  los  sentimientos  y  las  costumbres  de  estos  difieren 
tanto  de  las  de  aquellos,  ¿por  qué  empeñarnos  en  sujetar  el  arte 
de  los  unos  á  las  leyes  establecidas,  ó  mejor  dicho,  deducidas  del 


\  Nuestros  esludios  arqueológicos  sobre  Asturias,  Avila,  Burgos,  Segovia, 
Guadalajara,  Toledo  y  otras  antig-uas  ciudades  de  España  nos  han  manifestado 
la  exactitud  de  estas  observaciones.  Ya  se  examinen  las  venerables  moradas  de 
nuestros  abuelos  en  las  comarcas,  donde  apenas  fijó  su  planta  el  Islamismo,  ya 
en  las  que  sufrieron  su  yugo  por  más  ó  menos  tiempo,  es  curioso  y  de  suma 
importancia  para  el  conocimiento  de  las  costumbres,  el  encontrar  en  todas 
partes  el  sello  de  aquella  vida  esencialmente  doméstica,  con  la  distribución 
dada  á  las  casas  y  palacios,  que  por  fortuna  han  llegado  á  nuestros  dias,  bien 
que  con  lastimosas  alteraciones.  Verdad  es  que  semejante  recogimiento,  es- 
pecialmente por  lo  que  atañe  al  bello  sexo,  pudo  aumentarse  con  el  egemplo 
de  los  árabes,  tan  celosos  de  sus  mujeres.  Pero  si  bien  no  serla  lícito  negarles 
cierta  influencia  en  las  costumbres  de  Castilla  desde  la  existencia  de  los  vasa- 
llos mudejares,  tampoco  seria  prudente,  como  queda  ya  probado,  el  concedér- 
sela en  los  primeros  siglos  de  la  reconquista.  La  vida  interior  del  pueblo  cris- 
tiano descansaba  principalmente  en  la  creencia:  apenas  se  hallará,  por  tanto, 
un  castillo,  un  palacio,  una  casa  de  la  edad  media  que  carezca  de  capilla  ú  ora- 
torio, donde  pudiera  satisfacerse  esta  gran  necesidad  del  espíritu.  Mas  si  estos 
hábitos,  para  los  cuales  no  bastaba  el  culto  público,  exigían  de  las  artes  seme- 
jante tributo,  no  les  debian  menores  cuidados  las  demás  costumbres  domés- 
ticas, según  nos  enseña  la  ingeniosa  distribución  de  estos  preciosos  y  desde- 
ñados monumentos,  que  comparados  con  los  de  igual  género  descubiertos  en 
Ilerculano,  Pompeya,  Itálica  y  otras  ciudades  del  antiguo  mundo,  muestran 
la  inmensa  distancia  que  existe  entre  ambas  civilizaciones,  por  más  que  sea 
la  segunda,  en  lodo  lo  formal,  legítima  heredera  do  la  del  mundo  antiguo. 


II.*  PARTE,  CAP.  I.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.    15 

arte  de  los  otros?  ¿Por  qué  afanarse  en  exigir  que  la  poesía  espa- 
ñola nazca,  se  exprese  y  desarrolle  de  la  misma  manera  que  la 
griega  ó  la  latina,  cuando  precisamente  en  la  diferencia  de  sus  ma- 
nifestaciones debe  encontrar  la  crítica  la  razón  de  su  originalidad 
y  de  su  independencia?  En  efecto;  si  el  arte  clásico  fué  grande  y 
magnifico,  si  llegó  al  más  alto  punto  de  perfección  posible,  debido 
fué  esto  única  y  exclusivamente  á  la  fidelidad  con  que  reflejó  las 
creencias  y  costumbres  del  pueblo  que  le  dio  vida,  y  á  la  perfec- 
ta adecuidad  que  en  él  existió  entre  la  idea  y  la  forma  que  lo 
revestía.  Porque  siendo  esencialmente  pública  la  vida  de  los  an- 
tiguos, exterior  debió  ser  también  en  cierta  manera  su  poesía, 
viendo  por  tanto  con  entera  predilección  las  formas,  que  como  en 
los  monumentos  de  la  estatuaria  y  de  la  arquitectura,  adquirieron 
todo  el  lustre  y  belleza,  de  que  eran  en  tal  sentido  susceptibles. 

El  arte  español  ni  podia  ni  debia  tampoco  dar  á  la  forma  ex- 
terior semejante  preferencia:  por  una  parle  encontraba  pode- 
roso obstáculo  en  la  lengua  no  formada  aun,  instrumento  que  co- 
mo hemos  manifestado  arriba,  no  siempre  respondía  á  todas  las 
pulsaciones;  por  otra  (y  esta  observación  es  más  importante)  la 
quietud  y  el  recogimiento  de  las  costumbres  elevaban  con  fre- 
cuencia el  espíritu  á  las  regiones  de  la  abstracción  religiosa,  no 
siendo  posible  que  el  arte  hallara  fácilmente  la  expresión  de  la 
idea  de  lo  absoluto  y  de  lo  infinito  con  medios  finitos  y  particu- 
lares. Sin  embargo,  aun  bajo  estas  condiciones  logra  la  poesía 
castellana  encontrar  no  pocas  veces  la  verdadera  fórmula  de  la 
idea  que  la  anima,  constituyendo  esta  expresión  especial  su  ver- 
dadera originaUdad  poética;  observación  que  nos  lleva,  como 
de  la  mano,  al  examen  de  los  primeros  monumentos  escritos  de 
nuestra  literatura. 

Dos  eran,  como  queda  asentado,  los  principales  sentimientos 
que  habían  dominado  en  las  obras  del  ingenio  español  desde  el 
instante  en  que  la  derrota  de  Guadalete  borró  del  mapa  europeo 
el  imperio  visigodo;  y  estos  dos  sentimientos  que  brillan  y  se  re- 
flejan al  par  en  los  informes  y  descarnados  ensayos  de  la  historia 
y  en  los  rudos  cantos  de  la  poesía,  cuando  historia  y  poesía  tie- 
nen por  único  instrumento  la  ya  agonizante  lengua  latina,  brillan 
también  y  se  reflejan  tal  vez  con  mayor  fuerza  en  los  espontáneos 


16  HISTORIA    CnfTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

cantaros  de  la  úllinia,  ciianLlo  adoptada  por  ella  el  habla  vulgar, 
recibe  exclusivamente  el  impulso  de  la  muchedumbre.  Tenían 
ambos  sentimientos  por  símbolo  visible  la  religión  y  la  guerra;  y 
no  otro  debió  ser  el  numen  de  los  poetas  populares  desde  el  mo- 
mento de  existir  las  hablas  romances,  según  antes  de  ahora  deja- 
mos advertido.  Así  cuando  llevados  los  semidoctos  del  amor  que 
ya  les  inspira  el  habla  castellana,  y  anhelando  erigirla  en  lengua 
literaria,  comenzaron  á  escribir  aquellas  producciones  esencial- 
mente populares,  á  que  servia  de  expresión,  fueron  naturalmente 
la  devoción  y  el  patriotismo  alma  de  aquellos  primeros  monu- 
mentos, que  recogían  al  par  las  piadosas  tradiciones  de  los  santos 
y  las  generosas  proezas  de  los  héroes. 

Tan  estrecho  consorcio,  hijo  de  la  misma  situación  del  cristia- 
nismo puesto  en  lucha  eterna  con  el  Islam,  sobre  presentar  los 
mismos  caracteres  que  hemos  reconocido,  al  examinar  los  prime- 
ros historiadores  de  la  reconquista,  muéstranos  también  que  res- 
pondiendo la  poesíavulgar  á  la  gran  necesidad  que  le  daba  alien- 
to, venia  á  revelar  á.  las  generaciones  futuras,  así  los  deseos  y 
creencias  del  pueblo  español,  como  su  estado  intelectual,  descu- 
briendo al  propio  tiempo  los  gérmenes  de  vida  que  atesoraba  aque- 
lla lengua,  por  más  que  apareciera  todavía  en  agreste  cuna.  Á 
tres  se  hallan  reducidos  por  desgracia  los  monumentos  que  han 
llegado  á  nuestros  días,  para  enseñarnos  lo  que  en  tan  apartada 
edad  era  y  significaba  el  sentimiento  religioso;  y  todos  tres  han 
sido  ya  mencionados  por  nosotros,  al  estudiar  los  orígenes  de  las 
formas  artísticas  de  nuestra  poesía  ^  Todos  merecen  ser  deteni- 
damente examinados  bajo  el  punto  de  vista  füosófico  y  literario, 
porque  como  observa  con  no  poco  acierto  un  historiador  respeta- 
ble, «los  primeros  padres...,  los  primeros  instituidores  de  todo 
Marte  deben  ser  tratados  con  cierta  particular  distinción»  2,  lo  cual 
no  sin  razón  aplicaremos  nosotros  á  nuestros  primitivos  poemas. 

Son  estos  los  dos  que  llevan  por  título  ^  Libro  de  los  tres  Reijs 
d'Orient  y  Vida  de  madona  Sania  Maria  Egipciaqua,  y  el  que, 


i     Ilttslraciones  III,  IV  y  VI  de  la  1."  Parte,  II  tomo. 

2  Tiraboschi,  Storia  della  Letter.  ital.,  tomo  IV,  lib.  III,  cap.  III. 

3  Códice  III,  K.,  IV.  de  la  Biblioteca  Esciiiialense. 


II.      PAUTE,    CAP.    I.    PRIM.    MOiS.    ESC.    DE    LA    POES.    CASI,       17 

desconocido  hasta  ahora  en  la  historia  de  las  letras  patrias,  se 
conserva  en  la  Biblioteca  Toletana  ',  y  tiene  también  por  asunto 
el  nacimiento  de  Jesús  y  la  adoración  de  los  reyes  magos  ".  Los 
caracteres  especiales  que  su  metrificación  ofrece,  presentando 
estos  poemas,  como  producciones  escritas  en  el  período  que  me- 
dia desde  que  la  imitación  latino-eclesiástica  se  deriva  á  la  na- 
ciente poesía  vulgar,  hasta  que  propende  esta  á  fijar  en  cierto 
modo  sus  formas,  no  pueden  dejar  duda  alguna,  tras  largo  y  ma- 
duro examen,  de  su  antigüedad  respetable.  Persuádenla  igual- 


i     Lleva  la  marca  C.  6,  n.  8. 

2     Tan  raro  monumento,  cuyo  valor  histórico  nos  proponemos  dar  á  cono- 
cer en  el  presente  capítulo,  se  halla  en  un  códice  en  4.°  vitela,  escrito  á  dos 
columnas,  de  letra  al  parecer  del  siglo  XI,  el  cual  encierra:  i.°  Glosa  super 
Cántica  Canlicorum;  2.°  Glosa  super  Lamentationes  leremiae,  ambas  obras  nu- 
tridas de  aquella  erudición   que  caracteriza   las  escuelas  eclesiásticas  de  la 
edad  media.  Digno  es  de  tenerse  presente,  para  comprender  cómo  se  han  con- 
servado y  trasmitido  á  nosotros   muchas  de  las  producciones  de  época  tan 
apartada:  el  poema  de  los  Reyes  MagoSy  que  este  título  parece  convenirle,  está 
escrito,  como  si  fuera  prosa,  al  final  del  segundo  tratado,  donde  haló  el  tras- 
ladador  ó  copiante  algunas  fojas  en  blanco,  que  le  vinieron  de  molde  para  su 
intento.  Lástima  que  no  lo  concluyera.  En  el  número  I  de  las  Ilustraciones  de 
este  volumen   lo  reproducimos  por  completo,   en  la  forma  más  á  propósito 
para  apreciar  su  valor  literario  y  con  la  fidelidad  ortográfica  que  exige  este 
linaje  de  obras.  El  facsímile  que  ofrecemos,  dará  cabal   idea  de  la  época  en 
que  fué  escrito,  si  bien  conviene  advertir  que  el  trasladador  no  era  gran 
pendolista. — Este  precioso  monumento   no   ha  sido  hasta  ahora   reconocido 
con  propósito  literario:  sin  embargo,  por  los  años  de  1783  lo  recogía  y  tras- 
ladaba á  sus  Memorias  y  Disertaciones  sobre  la  Iglesia  de  Toledo  el  muy  dili- 
gente  don  Felipe  Fernandez  Vallejo,   dignidad   primero  de  la  misma  cate- 
dral y  después  arzobispo  de  Santiago.  Inéditas  hasta  ahora  las  Memorias  y 
Disertaciones  referidas,  sólo  han  podido  ser  consultadas  de  muy  pocos  erudi- 
tos, debiendo  nosotros  esta  fineza,  como  otras  de  igual  género  que  en  sus  lu- 
gares notaremos,  al  señor  don  Juan  Antonio  Gallardo,  sobrino  y   heredero  del 
celebrado  bibliógrafo  don  Bartolomé  José,  quien  había  tenido  la  fortuna  de  ad- 
quirir el  Ms.  de  Fernandez  Vallejo.  Este  docto  prelado  copió  los  versos,   que 
traslada  ala  Disertación  VI sobre  las  Representaciones  poéticas  en  el  Templo  y  la 
Sijhila  de  la  noche  de  Navidad,  partiendo  por  sus  hemistiquios  los  que  apare- 
cían rimados  en  ellos,  y  dejando  íntegros  los  que  llevaban  la  rima  al  final. 
Véase  sobre  este   punto  cuanto  llevamos   apuntado   (tomo  11,  Ilustr.  III,  pá- 
gina 437  y  sigs.)  y  diremos  después. 

TOMO    III.  2 


18  HISTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

mentó  la  rusticidad,  aspereza  y  extraordinaria  vaguedad  de  la 
leug-ua,  pobrísima  todavía  de  giros,  informe  en  la  dicción,  y  car- 
gada de  voces  enteramente  latinas, á,  cuya  ley  parece  también  su- 
jetarse el  orden  gramatical,  si  ya  es  que  pueden  señalarse  en  este 
punto  determinados  cánones.  Formas  artísticas  y  lengua  advier- 
ten en  estos  monumentos  que  se  halla  la  poesía  vulgar  en  sus 
primeros  albores,  bien  que  auxiliada  ya  por  la  escritura,  único 
medio  que  debia  conducirla  al  terreno  de  la  erudición,  abierta 
así  la  senda  de  su  perfeccionamiento.    . 

Sólo  alcanzaban  la  lengua,  el  metro  y  la  rima  á  satisfacer  la 
imperiosa  necesidad  del  canto,  teniendo  por  fiador  y  norte  en 
cantores  y  oyentes  el  mal  educado  oido,  y  dándonos  á  cono- 
cer por  la  misma  naturaleza  de  estas  producciones  que,  lejos  de 
acomodarse  á  un  movimiento  verdaderamente  lírico,  debieron 
seguir  la  pauta  de  las  picosas,  salmos  y  antífonas,  entonadas 
por  el  clero,  universal  maestro  del  pueblo  en  aquellos  dias.  Ni 
hay  dificultad  en  admitir  este  aserto,  cuando  se  repara  en  la  ín- 
dole de  dichos  poemas,  comprendiéndose  que  hubieron  de  co- . 
municarse  á  la  muchedumbre  las  tradiciones  piadosas  que  les 
sirven  de  fundamento,  por  medio  de  la  misma  Iglesia  que  las 
habia  conservado  y  trasmitido  hasta  aquellos  tiempos.  Comprué- 
base también  tan  importante  observación,  al  tener  en  cuen- 
ta la  extensión  que  iban  tomando  estos  poemas,  á  semejanza 
sin  duda  de  los  escritos  en  la  degenerada  lengua  latina;  extensión 
que  los  sujeta  á  cierta  recitación  ó  caaturia  especial,  menos  rao- 
vida  y  pronunciada  que  la  musical,  destinada  á  las  canciones  li- 
geras y  aun  á  los  mismos  cantares  de  gesta,  bien  que  acaso  más 
varia,  irregular  y  caprichosa,  por  la  discordancia  métrica  que  pa- 
rece resaltar  en  los  referidos  monumentos  *. 

Á  estos  caracteres  exteriores,  no  indiferentes  por  cierto,  cuando 
careciendo  de  datos  positivos,  se  trata  de  reducir  á  época  deter- 
minada obras,  cuyos  autores  son  desconocidos,  deben  añadirse 
otros  internos,  más  decisivos  sin  duda  para  la  estimación  filosó- 
fica, pues  que  aun  alteradas  de  todo  punto  las  formas  de  expre- 
sión, todavía  serian  aquellos  bastantes  á  revelarnos  la  sociedad 

1     Véanse  las  lluslraciones  IV  y  V  del  tomo  11  déla  I.''  Parle. 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    WON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.       19 

que  produce  los  expresados  poemas .  Y  no  nos  detendremos  ahora 
á  considerar  el  modo  cómo  obedecen  estos  á  la  ley  suprema  del 
sentimiento  religioso,  fuente  única  de  donde  se  derivan:  la  inge- 
nuidad de  las  ideas,  la  candidez  infantil  con  que  se  exponen  y 
narran  los  hechos,  la  simplicidad  exenta  de  toda  maiicia  con  que 
se  hacen  las  descripciones,  y  finalmente  la  credulidad  que  esas 
mismas  narraciones  revelan,  así  en  el  poeta  como  en  el  público, 
á  quien  destina  sus  cantos,  son  todos  accidentes  que  están  dando 
testimonio  de  la  venerable  antigüedad  de  esos  monumentos,  im- 
primiéndoles cierto  sello  primitivo,  que  dominando  su  exterior 
rudeza,  les  comunica  y  presta  extraordinario  interés,  trasportan- 
do nuestra  imaginación  á  tan  remotas  edades.  Verdad  es  que  no 
es  dado  á  estos  cantos  reflejar  las  costumbres  políticas  y  milita- 
res del  pueblo  castellano,  privilegio  alcanzado  solamente  por  los 
poemas  heroicos,  de  que  más  adelante  trataremos;  pero  en  cambio 
nos  ministran  amplia  idea  de  la  influencia  que,  andando  los  tiem- 
pos, debian  tener  las  costumbres  religiosas  en  las  obras  de  la  li- 
teratura española,  y  nos  llevan  á  conocer  bajo  su  más  genuino 
aspecto  la  interpretación  que  hacían  nuestros  mayores  de  los  mis- 
terios y  tradiciones  piadosas  del  cristianismo. 

Sin  duda  al  apreciar  esta  última  relación  de  las  creencias,  no 
faltará  quien  condene,  como  supersticiosas  y  aun  allegadas  al  fana- 
tismo, así  la  credulidad  como  la  excesiva  confianza  que  en  la  so- 
ciedad entera  presuponen  los  mencionados  cantos.  Mas  sea  como 
quiera,  lo  que  únicamente  probaria  este  juicio,  y  lo  que  en  realidad 
nos  importa  observar  aquí,  es  que  la  relación  entre  los  monumen- 
tos, de  que  tratamos,  y  la  sociedad,  que  los  produce,  no  puede  ser 
más  exacta,  dándonos  por  tanto  seguridad  de  la  época  en  que  pa- 
recen haber  sido  escritos.  Para  nosotros  es  indudable  que  si  estos 
poemas  religiosos  no  preceden  en  mucho  tiempo  á  los  que  en 
lengua  vulgar  fueron  consagrados  á  trasmitir  á  las  generaciones 
futuras  la  memoria  del  Cid,  no  pueden  tampoco  ser  considerados 
como  posteriores;  porque  no  solamente  lo  convence  así  la  histo- 
ria de  las  formas  artísticas,  tal  como  la  dejamos  considerada,  al 
estudiar  sus  orígenes  ■',sino  que  nos  prestan  igual  enseñanza  todas 

i     Véanse  muy  parlicularmenle  las  Ilustraciones  III.*  y  V.*  del  tomo   II. 


20  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAtíOLA. 

las  cualidades  internas,  que  dejamos  mencionadas,  Kl  brave  aná- 
lisis de  dichas  producciones  juslilicará  sin  duda  nuestros  asertos. 
Distinto  es  el  asunto  de  los  poemas  que  se  refieren  al  nacimien- 
to del  Salvador,  si  bien  parece  á  primera  vista- ser  el  mismo.  El 
Libro  de  los  (res  Reijs  d'Orient  no  justifica  el  titulo,  con  que  se 
ha  trasmitido  á  nuestros  dias:  anunciando  el  poeta  á  los  lectores 
que  vá  á  referirles  la  historia  de  los  indicados  reyes,  según  mu- 
chas veces  la  oyeron  contar,  expónela  como  preliminar  á  la  del 
buen  ladrón  Dimas,  que  halla  en  el  Calvario  la  salvación  de  su 
alma,  al  demandar  á  Jesús  el  perdón  de  sus  pecados.  Conducidos 
por  la  estrella  de  Oriente,  llegan,  en  efecto,  á  Betlen  los  reyes 
magos,  dirigiéndose  á  Herodes,  para  que  les  muestre  dónde  se 
halla  el  Hijo  de  Dios:  ignorábalo  este  rey;  y  sorprendido  por 
a.quQ\\3i  r\o\eáaiá,  fiz  semblante  quel'  placie,  rogando  á  los  ma- 
gos que  fuesen  á  buscarle  y  le  comunicaran  el  lugar  donde  le  en- 
contrasen, á  fin  de  ir  á  adorarlo.  No  satisfechos  de  aquella  fingi- 
da alegría,  dejaron  los  reyes  magos  la  ciudad  de  Betlen,  apare- 
ciéndoseles  de  nuevo  la  estrella,  que  los  conduce  al  humilde  al- 
bergue, 

Dó  la  Gloriosa  era,  \  el  rey  del  cielo  et  de  la  tierra  '. 


i  Debemos  advertir  que  escribimos  los  versos  de  este  poema  y  los  de  la 
Vida  de  Santa  Marta  Egipciaqua  tales  como  se  hallan  en  el  códice  escurialensc 
según  se  comprueba  por  el  facsímile  núm.  I.  El  señor  don  Pedro  José  Pidal» 
que  los  dio  á  luz  en  1841,  dividió  los  referidos  metros  por  el  primer  hemis- 
tiquio, formando  dos  de  cada  cual,  y  reprobando  la  opinión  de  Rodríguez  de 
Castro,  que  conservó  en  su  Biblioteca  Española  la  forma  primitiva  de  estos 
versos  (tomo  H,  pág.  505).  Como  el  señor  Pidal  no  se  sirvió  dar  razón  al- 
guna que  convenza  de  la  exactitud  de  su  dictamen,  y  como  por  otra  parte 
hallamos  en  la  manera  de  escribir  dichos  versos  la  tradición  popular  de  los 
llamados  leoninos,  rimados,  como  estos,  en  el  primero  y  segundo  hemistiquio, 
nos  ha  parecido  acertado  y  conveniente  trasmitirlos  á  nuestros  lectores  en  la 
forma  original  del  Ms. — Sobre  lo  que  respecto  de  este  punto  decimos  en  la  Ilus- 
tración III  del  tomo  II,  paréccnos  que  justifica  también  esta  resolución  nues- 
tra el  estudio  artístico  del  poema  de  los  Reyes  Magos,  descubierto  en  la 
Biblioteca  Tolelana:  en  él  se  hallan  mezclados  los  versos  leoninos,  de  la  ex- 
tensión y  extructura  de  estos,  con  los  exámetros  y  pentámetros  rimados  al  fi- 
nal, lo  cual  no  hubiera  nunca  podido  hacerse,  á  considerar  los  leoninos  como 
versos  cortos  pareados.   La  división,  ens.ayada  por  el  señor  Pidal,  puede  rcfc- 


11.      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MOIS.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.      2i 

Llenos  de  gozo  y  humillados  ante  el  Niño  Dios,  le  ofrecen  sus 
preoiados  dones,  y  cumplidos  ya  sus  mandados,  se  restituyen  á 
su  patria  por  otro  camino  [por  otras  carreras],  dejando  así  bur- 
lada la  maliciosa  esperanza  de  Herodes.  Airado  este  al  saberlo, 
convoca  sus  vasallos,  y  les  manda  degollar  todos  los  niños  de  su 
reino: 

Quantos  ninyos  fallar  podvedes  \  todos  los  descabeeecíes. 

Su  tiránico  y  bárbaro  decreto  fué  ejecutado  cruelmente,  no 
careciendo  de  cierta  melancolía  y  ternura,  este  pasaje  del  poema: 

Quantos  ninyos  fallauan  |  todos  los  descabecauan: 

Por  las  manos  los  tomauan,  [  por  pocos  que  los  tirauan; 

Sacauan  á  las  vegadas  |  los  brazos  con  las  espaldas. 

Rlesquiíias!...  qué  cuytas  vieron  |  las  madres  que  los  parieron!... 

Toda  madre  pued'  entender  ]  quál  duelo  podrie  seyer: 

Que  en  el  cielo  fué  oydo  |  el  planto  de  Raché  *. 

Utt  ángel  se  aparece  entre  tanto  á  Josef,  esposo  de  Maria,  y  le 
anuncia  en  sueños  el  peligro  que  amenaza  á  Jesús,  previniéndole 

rirse  con  igual  razón  á  todos  los  metros  de  este  género,  debidos  á  la  litera- 
tura latino-eclesiástica.  No  olvidaremos  sin  embargo  que  en  algunas  inscrip- 
ciones sepulcrales  del  siglo  XIII  llegaron  á  partirse,  como  el  señor  Pidal  pro- 
pone; pero  la  incuria  ó  ignorancia  del  lapidario  no  debe  servirnos  ni  de  egem- 
plo  ni  de  disculpa  para  apreciar  ahora  las  formas  artísticas  de  estos  venera- 
bles monumentos. 

i  Digno  juzgamos  de  ser  trasladado  á  este  sitio,  para  que  puedan  nuestros 
lectores  formar  por  sí  entero  juicio  de  la  manera  cómo  se  establece  y  perpe- 
túa la  tradición  literaria,  el  pasaje  en  que  Gonzalo  de  Berceo,  primer  poeta 
erudito,  cuyo  nombre  llega  á  la  posteridad,  pinta  este  mismo  suceso  en  sus 
Loores  de  Nuestra  Señora  (copla  38).  Así  escribe  de  los  niños  inocentes: 

Qaando  los  degollavan,  |  cada  uno   lo  puede  veer. 
El  planto  de  las   madres  |  quánd  grande  podrie  seer: 
Como   dice   Ihereinias,  ]  que   bien  es  de  creer, 
En  Rama   fué  oydo  |  el  planto  de   Rachel. 

La  semejanza  no  puede  ser  mayor:  Berceo,  que  habia  logrado  someter  la 
metrificación  á  leyes  más  seguras  y  regulares,  altera  como  el  autor  délos 
Reys  d'Orient,  la  última  rima,  para  conservar  íntegro  el  pensamiento. — Este 
es  uno  de  los  contados  casos  á  que  en  otra  parte  hemos  aludido,  al  notar  que 
el  cantor  de  Santo  Domingo  y  de  San  Millan  usó  alguna  vez  rimas  imper- 
fectas {Ilustración  Ilí  del  tomo  II,  pág.  441). 


22  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

que  huya  A  Egipto  con  ambos,  según  lo  mandal)an  las  Escrituras 
[el  scn'pto].  Obedeciendo  Josef  el  celestial  precepto,  dirígese  á 
aquella  región,  encontrándose  por  desgracia  con  dos  salteadores, 
O'io  robauan  los  caminos  |  et  degollauan  los  pek'grinos: 
Qui  alguna  cosa  Iraxiese  |  non  á  aver  quel'  valiese. 
Pressos  fueron  muy  festino;  ]  sacáuanlos  del  camino. 

Al  dividir  entre  si  la  presa,  propone  el  ladrón  más  fuerte  y 
desalmado  partir  en  dos  al  niño  Jesús,  diciendo: 

Des  y  partamos  el  más  chiquiello  [  con  el  cocliiello. 

Asombrado  el  otro  de  semejante  crueldad,  bien  que  no  atre- 
viéndose á  contradecirle,  procura  dar  largas  á  la  ejecución  de 
aquel  mal  pensamiento,  y  aprovechándose  de  la  circunstancia 
de  ir  ya  anocheciendo,  logra  llevar  á  su  casa  á  los  afligidos  ca- 
minantes, que  son  recibidos  cordialraente  y  agasajados  por  la  niu- 
jer  de  aquel  caritativo  bandido,  mientras  feroz  é  inhumano  pre- 
tende el  primero  atarlos  de  manos  et  picdes,  encerrándolos  al 
propio  tiempo  para  evitar  su  fuga. 

Dios!...  qué  bien  receuiios  son  |  de  la  moger  daquel  ladrón; 
A  los  raanyores  daua  plomaeos  |  et  al  ninyo  tomaua  en  bracos; 
Et  facíales  tanto  de  placer,  |  cuerno  más  les  podíe  fer. 

La  uespeda  nin  come  nin  posa,  |  sirviendo  á  la  Gloriosa. 

Esta  mujer  solícita  y  cariñosa,  cuyo  carácter  apenas  apuntado, 
contrasta  con  el  protervo  que  se  atribuye  al  ladrón,  aparcero  de 
su  marido,  ruega  á  Maria  que  le  permita  bañar  á  Jesús,  derra- 
mando abundantes  lágrimas,  mientras  tenia  al  Salvador  en  sus 
brazos: 

Desque  el  agua  ouo  assaz  caliente,  |  el  ninyo  en  bracos  prende: 
Mientre  lo  banya,  ál  non  fas,  j  synon  cayer  Jágremas  por  su  faz. 
La  Gloriosa  la  catana,  I  demandó  1'  por  qué  lloraua. 
Uespeda  ¿por  qué  Horades?  |  Non  mol'  caledes,  si  bien  ayades. 
Ella  dixo:— .\on  celaré,  amiga:  |  ¿mas  queredes  qué  vos  diga?... 
Yo  tengo  tamaña  cueta  |  que  querría  seyer  muerta. 
Un  fijuelo  que  auia,  |  que  1'  parí  el  otro  dia. 
Afelo  allí  dó  jaz  gafo  j  por  mi  pecado  despugato. 

Tomando  la  Virgen  Maria  al  niño  leproso,  mételo  en  el  agua, 

Dó  banyado  era  |  el  rrey  del  9ÍeIo  et  de  la  tierra, 


II,      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA   POES.    CAST.      23 

y  sacándole  sano  y  limpio  c.omo  un  cristal,  lo  devuelve  á  su  ma- 
dre, que  admirada  de  aquel  portento,  exclama  llena  de  alegría 
que  era  sin  duda  Dios  el  niño  que  hacia  tales  milagros.  Rebosan- 
do de  placer,  presenta  á  su  marido  el  hijo  sano  {guarido)  y  ente- 
rándole de  lo  ocurrido,  le  obliga  á  tomar  sobre  sí  la  protección 
de  sus  huéspedes,  poniéndolos  en  salvo  en  mitad  de  la  noche  y 
conduciéndolos  á  Egipto.  Entre  tanto  tiene  el  mal  ladrón  otro 
hijo;  y  educados  ambos  en  la  escuela  de  sus  padres,  diéronles  tal 
celebridad  sus  crímenes,  que  cayendo  en  manos  de  Pilatos,  fueron 
sentenciados  á  expiarlos  en  la  cruz.  Ejecutábase  el  suplicio  el 
mismo  dia,  en  que  se  consumaba  la  obra  de  la  redención  del  gé- 
nero humano;  y  colocado  á  la  derecha  de  Jesús  aquel^  mismo 
hombre,  cuya  lepra  había  desaparecido,  al  ser  lavado  en  el  agua 
en  que  se  bañó  el  Hijo  de  Dios,  reconocía  en  él  al  Salvador  del 
Mundo,  y  mientras  se  burlaba  el  mal  ladrón  de  su  fé,  obtenía  la 
celestial  recompensa.  El  hijo  del  ladrón  piadoso  es  Dimas:  el  hijo 
del  salteador  cruel  y  descreído  es  Gestas. 

No  es  por  tanta  el  asunto  principal  del  Libro  de  los  tres  Reys 
d'Orient  el  nacimiento  de  Jesús,  ni  la  adoración  de  los  reyes  ma- 
gos: el  pensamiento  que  en  esta  piadosa  leyenda  resalta,  es  digá- 
moslo así,  la  apoteosis  de  la  fé,  virtud  sublime  que  debia  producir 
entre  nuestros  mayores  innumerables  maravillas:  la  fé  de  aquella 
madre  que  vé  á  Dios  en  el  niño  perseguido  por  la  saña  de  He- 
rodes,  limpió  á  Dimas  de  la  lepra  que  infestaba  su  cuerpo:  la  fé 
de  Dimas,  al  ver  á  Cristo  expirante  en  el  último  de  los  suplicios, 
purificó  su  alma  de  la  hedionda  mancilla  de  los  crímenes.  Grose- 
ras y  desaliñadas  por  demás  aparecen  á  nuestra  vista  las  formas 
exteriores  de  este  peregrino  monumento;  pero  si  su  metrifica- 
ción, su  rima  y  su  lenguaje,  imperfectos  por  extremo,  pueden  ser 
despreciables  para  los  críticos  que  atienden  sólo  al  follaje  de 
los  ornatos,  no  por  eso  perderá  á  nuestros  ojos  el  precio  que 
interiormente  lo  avalora,  por  más  que  únicamente  descubra- 
mos en  él  remotos  gérmenes  de  aquella  riqueza  de  afectos  y  sen- 
timientos que  en  siglos  posteriores  debia  colmar  las  letras  espa- 
ñolas. 

Más  dramático,  bien  que  no  menos  venerable  por  la  antigüe- 
dad que  respira,  es  el  poema  de  los  Rejjes  Mayos,  descubierto 


24  HISTORIA    CnÍTICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

por  nosotros  en  la  biblioteca  toletana  ' ;  su  acción  no  parece  exce- 
der de  la  adoración  de  los  Reyes  ó  de  la  degollación  de  los  Ino- 
centes, lo  cual  no  podemos  determinar  con  exactitud,  por  hallar- 
se desgraciadamente  incompleto.  Nada  hay  en  esta  peregrina 
producción  que  pueda  tenerse  por  narrativo:  uno  de  los  reyes 
magos  descubre  en  el  cielo  la  estrella  misteriosa,  que  le  anuncia 
el  nacimiento  del  Mesías,  y  exclama: 

Deus  criador,  quál  marauela!  |  non  sé  quá!  os  achesta  strela: 
Agora  primas  la  ó  ueida:  |  poco  tiempo  á  que  es  nacida. 
Nacido  es  el  Criador  |  que  es  de  las  gentes  Sénior: 
Non  es  uerdat  nin  se  qué  digo:  I  todo  esto  non  ual  uno  Cgo. 
Otra  nocte  me  lo  calaré;  |  si  es  uerlab  bine  lo  sabré. 
Bien  es  uertat  lo  que  io  digo;  |  en  lodo  en  todo  lo  profijo. 
Nin  pued  seyer  otra  senyal:  achesto  es  et  non  es  al. 

Asegurado  ya  de  que  la  predicción  de  las  Escrituras  se  ha  cum- 
plido, prosigue: 

Certas,  nacido  es  in  tierra  [  aquel  qui  en  pace  et  en  guerra 
Sénior  á  á  seyer  da  Oriente  |  de  todo  bata  in  Ocidente. 
Por  tres  noeles  lo  ueré  |  et  más  de  uero  lo  saberé. 

Tal  strela  non  es  in  celo:  [  desto  so  io  bono  estrellero: 
Bien  lo  veyo  sines  escarne:  ]  uno  borne  es  nacido  de  carne, 
Qui  es  sénior  de  todo  el  mondo,  i  asi  cuemo'el  celo  es  redondo. 

Dispuesto  á  seguir  la  estrella,  que  examinada  por  tres  dias,  le 
produce  una  y  otra  vez  el  mismo  convencimiento,  se  le  presenta 


i  Cuando  tenemos  ya  en  prensa  el  presente  volumen,  llega  a  nuestras  ma- 
nos un  Discurso  acerca  del  drama  religioso  español  antes  y  después  de  Lope  de 
Vega,  leído  por  el  distinguido  escritor  don  Manuel  Cañete  en  la  junta  pública, 
celebrada  por  la  Real  Academia  Española  en  28  de  setiembre  de  i  862.  En  este 
docto  escrito  se  bace  mención  del  poema  deque  tratamos,  refiriéndose  á  las  Me- 
morias y  Disertaciones,  antes  citadas,  del  arzobispo  Fernandez  Vallejo  (págs.  tO 
y  H).  Aunque  el  señor  Cañete  no  ha  examinado  el  original,  de  que  hemos 
dado  ya  cuenta,  nos  complacemos  en  celebrar  aquí  la  diligencia  que  ha 
puesto  en  ilustrar  su  trabajo  con  este  y  otros  datos,  peregrinos  para  la  gene- 
ralidad de  los  lectores.  La  copia  que  del  poema  ofrecemos  en  las  Ilustracio- 
nes, fue  sacada  por  nosotros  del  original  en  el  verano  de  1849,  sin  que  tuvi^í* 
fccmos  entonces  noticia  délas  Memorias  y  Disertaciones  de  Fernandez  ValleJD- 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PniM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.      25 

el  segundo  rey  mago,  dirigiéndole  esta  pregunta: 

Deus  uos  salue,  Sénior:  [  ¿Sódes  vos  strelero? 
Emostratme  la  uertat:  |  de  uos  sábelo  quiero. 

Apoco  sobreviene  el  tercero,  deseoso  de  consultar  la  misma 
duda;  y  siendo  aquel  preguntado  nuevamente,  replica  del  siguien- 
te modo: 

— Séniores  á  mannana  |  quiero  andar. 

¿Queredes  yr  comigo  |  al  Criador  rrogar..,. 

— ¿Auedeslo  veydo?...  |  lo  lo  ui  sines  dubdar. 

— Nos  ymos  otrosy  j  sil'  podremos  falar. 

— Andemos  tras  el  strela;  |  ueremos  el  logar. 

— ¿Cuerno  podremos  prouar  |  si  es  home  mortal, 

ó  si  es  rey  de  tierra,  |  ó  si  celestial?... 

— Queredes  bien  saber  |  cuémo  lo  saberemos?... 

Oro,  mirra  et  acenso  (sic)  |  á  él  ofreceremos. 

Si  fuere  rey  de  tierra,  |  el  oro  querrá; 

Si  fuere  borne  mortal,  |  la  mirra  tomará; 

Si  rey  celestial,  |  estos  dos  dexará, 

Tomará  el  encenso  |  quel'  pertenecerá. 

— Andemos,  é  así  1'  fagamos  |  logo  sines  dubdar. 

No  sin  dar  á  este  rey  las  merecidas  albricias,  se  ponen  todos 
tres  en  camino:  en  la  siguiente  escena  les  sale  al  encuentro  He- 
rodes,  dirigiéndoles  en  esta  forma  la  palabra: 

—Qué  decides?...  oydes?  ¿Á  quin  ydes  buscar? 
De  quál  tierra  venides  |  ó  queredes  andar? 
Decitme  uestros  nonbres:  1  nom'  los  querades  celar. 

— Á  mi  disen  Caspar; 

Estotro  Melcbior,  ]  ad  acheste  Baltasar. 

Rey  unic  es  nacido  |  ques  Sénior  de  tierra, 

Qui  mandará  el  sedo  ]  en  grant  pace,  sines  guerra. 

— Es  assí  por  uertat?...  |  — Sí  es,  Rey,  por  caridat. 

Et  ¿cuémo  lo  sabedes,  |  et  aprouado  lo  auedes?... 

^-Rei,  uertad  te  disremos  1  que  prouado  lo  auemos. 

Herodes  despide  á  los  reyes  magos,  después  de  rogarles  que 
vuelvan  por  su  corte,  luego  que  hayan  adorado  al  Salvador;  y  en- 
tregándose á  la  desesperación  y  á  la  ira,  prorumpe: 

¿Quí  uió  nunquas  tal  mal?...  |  sobre  mí  otro  tal!... 
Aun  non  so  io  morto  |  nin  so  la  tierra  posto, 


20  HISTORIA    crítica    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Reí  otro  sobre  mí?...  |  Nunquas  atal  non  uí. 
El  seglo  ía  acaga:  |  ja  non  sé  que  me  faga. 
Por  uerlat  non  lo  creio  |  ata  que  jo  lo  veio. 

Para  aplacar  sus  dudas,  llama  á  los  sabios-de  su  corte,  jun- 
tándose en  cierta  manera  de  concilio  sus  abades  y  podeslades, 
sus  escribanos  y  gramáticos  (gramatgos),  sus  estrelleros  y  retó- 
ricos. Interrogados  por  el  rey,  comienzan  á  exponer  sus  dudas, 
mostrándose  desacordes  en  la  interpretación  de  las  profecías;  pero 
en  este  punto  termina  elMs.  de  Toledo,  siendo  en  verdad  sensi- 
ble que  no  poseamos  por  completo  una  obra  poética,  cuya  signi- 
ficación es  de  no  pequeña  importancia  en  la  historia  de  las  letras 
españolas. 

Varias  son,  en  efecto,  las  observaciones  que  su  estudio  nos 
sugiere.  ¿Debe  ser  considerada  simplemente  como  una  leyenda 
piadosa,  ó  merece  acaso  ser  vista  como  uno  de  aquellos  misterios 
ó  representaciones  litúrgicas,  con  que  sin  duda  desde  los  tiem- 
pos de  San  Isidoro  atendía  la  Iglesia  á  despertar  y  tener  viva  en  el 
ánimo  de  la  muchedumbre  la  memoria  de  los  portentos,  obrados 
por  el  Salvador  y  de  los  milagros  de  los  Santos?...  Al  reconocer  en 
la  historia  de  las  fiestas  y  ceremonias  del  culto  el  empeño  que 
puso  la  Iglesia  en  apoderarse  de  todos  aquellos  elementos  del  arte 
antiguo,  que  sobreviviendo  á  la  ruina  del  paganismo,  hablan  pe- 
netrado en  el  templo;  al  recordar  el  anhelo  con  que  procura  so- 
meterlos al  imperio  de  las  creencias  cristianas,  purificándolos  de 
todo  vestigio  de  gentilidad  ';  al  tener  en  cuenta  los  continuos  es- 
fuerzos de  la  misma  Iglesia  para  excitar,  enardecer  y  exaltar  por 
todos  los  medios  que  estaban  á  su  alcance  el  entusiasmo  religioso, 
cuando  era  este  el  único  fiador  de  la  libertad  de  la  patria,  ame- 
nazada sin  cesar  por  los  sarracenos;  al  reparar  por  último  en  la 
insistencia  con  que  ya  á  mediados  del  siglo  XIII  atiende  el  legis- 
lador á  moderar  los  abusos  y  escándalos  de  semejantes  espec- 
táculos 2,  bien  podríamos  admitir,  apartándonos  de  los  que  en 


i     Véase  el  capítulo  X  de  la  I.''*  Parte, 

2  La  ley  31  del  tít.  VI  de  la  I.^  Partida  prohibe  a  los  clérigos  mezclar- 
se, como  actores,  y  aun  asistir  á  los  juegos  de  escarnio,  ordenando  que  no  se 
hicieran  en  la  Iglesia,  al  mismo  tiempo  que  aprobaba  la  representación  de  los 


II.*  PARTE,  CAP.  I.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   27 

este,  como  en  otros  muchos  puntos,  nos  hacen  del  todo  tributarios 
de  otras  naciones  ',  que  sin  salir  del  siglo  XII  se  hicieron  ya  ensa- 
yos dramáticos  en  la  lengua  hablada  por  nuestros  mayores,  cuya 
devoción  debian  alentar  principalmente  los  egemplos  de  santidad, 
amor  y  mansedumbre  que  encerraban  aquellos  misterios.  Sin 


misterios,  teniendo  por  lícito  que  interviniesen  en  ella  los  mismos  clérigos. 
Es  además  notable  para  las  indicaciones  que  hacemos  en  este  lugar,  que  el 
Rey  Sabio  habla  expresamente  de  la  representación  «de  la  Nacencia  de  nues- 
tro Señor  Jesucristo,»  ade  la  Adoración  de  los  tres  Reyes  Magos»  y  de  la 
«Resureccion  del  Salvador,»  prueba  inequívoca  de  que  todos  estos  misterios 
eran  generalmente  conocidos,  cuando  se  escribe  la  ley  de  Partida.  Ocasión 
tendremos  de  volver  sobre  esta  materia. 

1  Reparable  es  por  cierto  que  escritores  tan  doctos  como  lo  fué  Mora- 
tin,  no  pudiendo  descubrir  entre  los  árabes  y  los  provenzales  los  orígenes 
del  teatro  español,  hayan  ido  á  Italia  para  traernos  de  allí  forzadamente  los 
misterios  escénicos.  «No  es  posible  (dice)  fijar  la  época  en  que  pasó  de  Italia 
»á  España  el  uso  de  las  representaciones  sagradas»,  etc.  {Orígenes  del  Teatro 
Español,  pág.  154  déla  ed.  de  Rivadeneira).  Mas  si  no  nos  constara  que  du- 
rante la  dominación  visigoda  se  celebraban  ya  dentro  de  los  templos  saltacio- 
nes y  otras  fiestas  profanas,  que  fueron  vedadas  desde  el  tercer  Concilio  Tole- 
dano; si  nos  fuera  desconocido  el  cuidado  que  empleó  la  Iglesia  para  excitar 
el  entusiasmo  religioso  de  la  muchedumbre,  más  necesario  en  España  que  en 
otra  nación  alguna,  podriamos  tal  vez  admitir  este  no  justificado  aserto,  que 
hacia  á  la  Iglesia  española  en  cierto  modo  tributaria  de  la  italiana.  Pero  cuan- 
do, al  fijar  la  vista  en  la  época  en  que  dicho  uso  pasó  á  España,  observa  el  re- 
ferido Moratin  que  «puede  suponerse  con  mucha  probabilidad  que  ya  en  el  s¡- 
))glo  XI  se  empezarían  á  conocer  en  nuestra  península»  las  representaciones 
sagradas,  no  podemos  menos  de  observar  que  sólo  á  fines  de  aquel  siglo  co- 
menzó á  tener  el  rilo  galicano  influencia  en  nuestro  suelo,  siendo  imposible 
que  su  liturgia  llegara  á  generalizarse  con  la  rapidez  que  se  habia  menester 
para  que  en  el  mismo  siglo  hiciera  aceptables  esas  representaciones  á  un  clero 
que  se  habia  opuesto  en  masa  á  la  derogación  de  su  antiguo  rito.  Si  esto  era 
humanamente  irrealizable,  dado  que  con  la  liturgia  galicana  vinieran  los  re- 
feridos misterios  escénicos;  y  si  hay  motivo  para  suponer  que  en  el  siglo  XI 
se  hicieron  por  el  clero  español  algunos  ensayos  dramático-religiosos,  claro  y 
(Jemostrado  nos  parece  que  este  uso  tenia  en  la  península  propias  raices,  sien- 
do su  rehabilitación  un  fenómeno  que  se  opera  casi  al  propio  tiempo  en  todas 
las  naciones  meridionales,  y  concurriendo  en  España  causas  tal  vez  más  po- 
derosas para  darle  vida  y  consistencia.  No  olvidemos  el  cgemplo  de  San  Isi- 
doro.— El  diligente  Fernandez  Vallejo  puso  sin  embargo  este  poema  en  el  si- 
glo XIII. 


28  HISTOniA   CRÍTICA    DE   La    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

duda  la  existencia  del  poema,  que  dejamos  analizado,  despertará 
el  iülerés  de  los  eruditos,  formando  la  primera  página  de  la  his- 
loriadel  teatro  español  en  los  tiempos  modernos  *:  como  dejamos 
advertido,  ni  una  sola  palabra  hay  en  él  que  pueda  tenerse  por 
narrativa:  su  forma  es  la  del  diálogo;  los  personajes  van  apare- 
ciendo sucesivamente  en  la  escena,  que  cambia  á  medida  que  la 
acción  vá  adelantando,  lo  cual,  unido  á  la  variación  del  lugar, 
muestra  que  rehusó  sujetarse  desde  la  misma  cuna  á  las  leyes  del 
arte  clásico  la  poesía  dramática  española. 

Si  es  lícito  considerar  bajo  este  punto  de  vista  tan  peregrino 
monumento,  téngase  muy  en  cuenta  que  su  antigüedad  no  puede 
ser  más  respetable.  Sus  versos,  remedo  y  trasunto  al  par  de  los 
leoninos,  rimados  en  ambos  hemistiquios  y  de  los  exámetros  y 
pentámetros,  rimados  en  los  finales,  sobre  dar  razón  cumplida  de 
la  inexperiencia  artística  del  poeta,  señalan  en  la  historia  de  las 
formas  el  momento  en  que  comienzan  á  ser  abandonados  los  pri- 
meros por  los  cantores  populares  para  fijar  la  rima  al  final  de  los 
segundos;  observación  hecha  ya  antes  de  ahora,  y  que  dejaremos 
plenamente  confirmada  en  el  siguiente  capitulo:  su  lenguaje,  más 
allegado  al  latin  que  el  empleado  en  los  primeros  poemas  heroicos, 
no  sólo  conserva  muchas  voces  de  aquel  idioma  íntegras,  ó  ape- 
nas modificadas,  sino  que  ofrece  el  mismo  estigma  en  la  cons- 
trucción sintáxica  de  la  frase,  dando  á  conocer  en  consecuencia 


1  Largos  aúos,  después  de  hecho  este  estudio,  vinieron  á  nuestras  ma- 
nos las  Memorias  y  Disertaciones,  arriba  mencionadas,  de  don  Felipe  Fernan- 
dez Vallejo:  en  ellas  manifiesta  osle  investigador  ¡a  opinión  de  que  el  poema 
que  analizamos,  es  una  Representación  de  la  fiesta  de  la  Epifauia,  añadiendo 
que  «si  fuesen  de  fácil  reducción  ú  la  imprenta  los  puntos,  señales,  círculos, 
«semicírculos  y  cruces  que  tiene  en  el  original,  se  percibirian  desde  lueg'o  la 
«diversidad  de  interlocutores,  ó  personas  que  forman  el  diálogo,  la  diferencia 
))de  escenas,  y  las  advertencias  de  inflexiones  de  voz  y  actitudes  de  cuerpo 
»que  señala.  Téngola  (añade)  por  una  de  las  representaciones  poclicas  del 
«templo,  de  las  más  antiguas  de  nuestra  nación»  (Disertación  V/ citada)  — 
Estas  observaciones  son  muy  exactas,  y  con  el  examen  paleográfico  del  Ms. 
convencen  de  que  era,  cuando  el  poema  ó  misterio  se  escribe,  respetada  y  se- 
guida aun  por  los  semi-eruditos  la  tradición  Isidoriana,  en  orden  á  la  for- 
ma do  escribirse  las  obras  dramáticas.  Véanse  sobre  eslc  punto  las  Ilustra- 
ciones. 


II.     PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA   POES.    CAST.      29 

el  estado  de  tosquedad  y  excesiva  rudeza  en  que  se  hallaba  el  ha- 
bla castellana,  cuando  esta  producción  se  escribe. — Así  pues, 
cualquiera  que  sea  el  fallo  ulterior  de  la  crítica  respecto  al  desti- 
no que  tuvo  desde  luego  este  poema,  no  podrá  dudarse  de  que 
debe  ser  considerado  como  uno  de  los  monumentos  más  antiguos 
del  habla  y  literatura  castellana,  precediendo  en  nuestro  juicio  á 
la  Leyenda  y  al  Poema  del  Cid,  y  siendo  una  de  las  primeras 
composiciones  escritas  de  aquel  arte  que  debia  cobrar  nuevo 
aliento,  al  reflejar  la  gran  figura  del  héroe  castellano  *. 

Mas  antes  de  penetrar  en  el  estudio  de  estos  cantos  heroicos, 
seranos  preciso  examinar  la  Vida  de  Santa  Marta  Egipciaqiia, 
que  es  indudablemente  el  monumento  de  mayor  importancia  que 
poseemos  de  tan  apartada  edad,  así  por  su  considerable  extensión 
como  por  el  pensamiento  religioso  que  encierra.  El  asunto  de  esta 
leyenda  es,  según  manifestó  ya -su  entendido  editor,  la  conocida 
historia  de  la  conversión  de  aquella  santa;  pero  no  tan  indiferente 


3  Para  comprobar,  en  cuanto  nos  es  posible,  estas  observaciones,  que  lo 
elevan  al  siglo  XIl,  notaremos  aquí,  que  sin  salir  de  los  pasajes  citados, halla- 
mosnúmero  razonable  de  palabras  más  cercanas  al  latin  que  sus  equivalentes 
en  los  mencionados  poemas  del  Cid,  que  en  breve  estudiaremos.  En  el  que  ana- 
lizamos selee:  Deus,achesta,  achesíe,  bine,  bono,  morto,nocte,jo,pace,  primas, 
posto,  certas,  sedo, sénior,  uestro,  uertab,  y  uertal,  Qelo,  strela,  escarne,  etc., 
mientras  en  el  del  Cid,  por  eg^emplo,  se  escribe:  Dios,  aqueste,  bien,  buen  y 
bueno,  muert  y  muerto,  noch  y  noche,  yo,  paz,  seglo,  sennor,  vuestro,  verdad, 
Qielo,  estrella,  etc.,  faltando  muchas  de  las  voces  casi  latinas  que  abundan  en 
el  de  los  Reyes  Magos,  poema  mucho  más  breve  que  cualquiera  de  los  del  hé- 
roe de  Vivar.  Ni  son  de  olvidar  tampoco  las  maneras  de  decir,  en  donde  se 
halla  el  mismo  sello:  contrayéndonos  á  los  pasajes  trascritos,  hallamos:  da 
Oriente  ñata  in  Ocidente;  non  es  in  celo;  ad  acheste,  etc.,  etc.,  todo  lo  cual 
nos  mueve  á  tener  por  segura  la  antigüedad  de  tan  desconocido  monumento 
literario,  recordándonos  los  giros  de  los  primeros  documentos  diplomáticos  de 
la  monarquía  asturiana,  que  en  la  Ilustración  II  del  tomo  precedente  exami- 
namos. Dada  pues  la  respetable  antigüedad  que  por  tantas  circunstancias  re- 
presenta, y  considerando  que  sólo  podia  ser  escrito  y  aceptado  por  gente  de 
clerezia,  como  tan  propio  de  la  Iglesia,  presupone  naturalmente  este  misterio 
no  corta  ni  insignificante  vida  en  la  poesía  vulgar,  comprobando  así  cuanto 
dejamos  dicho  respecto  de  este  punto  en  lugares  convenientes  (I.*  Parte,  ca- 
pítulo XV,  é  Ilustraciones  III  y  IV). 


30  HISTORIA    CHlTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?!OLA. 

como  supone  '.  El  objeto,  el  fin  moral  del  poema  no  puede  ser  en 
verdad  mis  digno  ni  cristiano.  La  humanidad,  presa  de  todas  las 
pasiones  y  víctima  del  estrago  causado  por  los  vicios,  frágil  como 
el  barro  de  que  se  viste,  aparece  salvada  por  lafé,  hoguera  santa 
que  reanima  y  restituye  á  su  prístina  candidez  el  esph'itu  de  los 
hombres:  el  crisol,  donde  este  se  purifica,  es  la  penitencia,  antí- 
doto sublime  contra  la  desesperación  y  la  muerte,  fuente  de  salud 
y  de  vida,  de  donde  manan  sin  cesar  consuelo  y  esperanza.  Que 
este  pensamiento  sublime  y  característico  de  aquella  edad,  en  que 
no  se  comprendía  siquiera  la  existencia  de  la  duda,  se  revela  en 
la  leyenda  de  Sania  Man'a  Efjipciaqua,  habrá  de  confesarlo  in- 
faliblemente todo  el  que,  venciendo  la  rusticidad  y  grosería  de  las 
formas,  lea  por  entero  el  referido  poema. 

Cierto  es  (jue  no  se  pintan  y  cohonestan  los  pasajes  relativos 
á  la  prostitución  de  Maria  con  aquel  arte  y  colorido  que  po- 
dían acaso  recibir  en  época  más  adelantada;  pero  en  esa  falta 
ostensible  de  habilidad,  en  esa  ingenuidad,  sin  duda  pueril,  con 
que  están  bosquejados  los  estragos  del  vicio,  hallamos  el  sello 
de  las  sencillas  costumbres  de  aquella  edad  lejana,  no  sin  que 
el  poeta  nos  advierta  de  que  obraba  la  pecadora  de  Egipto 
comprisa  del  diablo,  bien  que  por  otra  parte  descubramos  cier- 
to deseó  artístico  de  producir  en  la  exposición  del  poema  el  mis- 
mo contraste,  que  nos  presenta  la  historia  en  la  vida  de  la  san- 


i  Ni  tan  monstruosa,  torpe  y  obscena,  como  el  entendulo  Mr.  George  Tick- 
uor  asienta  en  su  Historia  de  la  literatura  española,  dada  á  luz  mucho  tiempo 
después  de  terminados  estos  estudios.  Su  juicio,  aunque  inspirado  sin  duda 
por  el  deseo  del  acierto,  no  puede  ser  aceptado  por  quien  vea  en  las  obias 
del  arte  algo  más  que  el  espíritu  de  la  actualidad,  en  que  vive,  y  anhele  ha- 
llar en  ellas  algo  más  que  las  formas  exteriores.  Verdad  es  que  ni  aun  en  esta 
parte  fué  dado  al  docto  escritor  anglo-americano  ofrecer  exacta  razón  del  li- 
bro que  parecía  teaer  á  la  vista:  al  insertar  los  primeros  versos  del  poema 
y  declarar  que  eran  octosílabos,  ó  no  percibió  debidamente  su  armonía,  lo 
cual  no  es  de  maravillar  en  oídos  extranjeros,  ó  perdió  de  vista  la  verdadera 
teoría  de  la  métrica  española  (Véase  la  Ilustración  núm.  111  del  tomo  11). 
Respecto  del  juicio  que  teníamos  formado  sobre  esta  leyenda  y  los  demás 
poemas  religiosos,  aquí  mencionados,  nada  hemos  tenido  que  añadir  ni  mo- 
dificar, pues  que  virtualmente  se  hallan  desvanecidas  en  nuestro  análisis  las 
indicadas  calificaciones  del  laborioso  Ticknor. 


11.      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.       31 

ta.  Lejos  pues  de  ser  estéril  el  arrepentimiento  de  esta,  venia 
á  comprobar  prácticamente  dos  principios  religiosos  admitidos 
y  santificados  por  el  cristianismo  y  consignados  ya  desde  los  pri- 
meros versos  de  la  leyenda.  Primero:  que  toda  criatura  está  su- 
jeta al  pecado:  segundo,  que  no  hay  pecado  tan  grande  ni  tan 
horrible  que  non  le  faga  Dios  perdón  por  penitencia.  Una  obra 
poética  que  gira  sobre  tales  polos  y  que  pertenece  al  mismo  tiem- 
po á  una  época,  en  que  el  arte  se  halla  tan  en  mantillas,  lejos  de 
excitar  el  desprecio  de  la  critica,  debe  despertar  su  interés,  si  es 
que  aspira  esta  al  título  de  ilustrada  y  se  precia  de  comprender 
filosóficamente  la  historia  de  las  letras,  y  con  ella  la  del  espíritu 
humano. 

Era  María  Egipciaca  hija  de  padres  honestos  y  de  claro  linaje; 
pero  inclinada  desde  la  pubertad  á  los  placeres  mundanos,  co- 
menzó luego  á  mancillar  la  extremada  hermosura,  de  que  la  habia 
dotado  el  cielo,  entregándose  á  todo  género  de  liviandades,  y  lle- 
nando de  amargura  á  sus  deudos,  cuyos  sanos  consejos  despre- 
ciaba. Maldecida  al  cabo  de  su  padre,  instábale  en  vano  su  ma- 
dre para  que,  volviendo  en  sí,  saliera  de  aquella  torcida  senda: 

Fija  cara,  dixo  su  madre,  |  ¿por  qué  non  creyes  al  tu  padre? 

Por  tí  ruego,  fija  Maria,  |  que  tornes  de  buena  uía. 

Fija,  tú  eres  de  grant  natura  j  ¿por  qué  estás  en  mala  uentura? 

Que  deues  auer  onor,  |  como  otras  de  linatge  peyor: 

Tu  padre  te  á  ayrado:  |  non  será  en  su  vida  pagado; 

Maldice  ess'  ora  en  que  naciste,  I  porque  su  conseio  non  prisiste. 

Dominada  sin  embargo  de  los  apetitos  carnales  y  deseosa  de 
esquivar  semejantes  amonestaciones,  huye  de  la  casa  paterna  y 
por  fer  más  su  voluntaf,  dirígese  á  la  ciudad  de  Alejandría, 
apenas  cumplidos  los  doce  años. 

En  su  camino  entró  Maria  |  que  no  demandaua  conpaiiya: 
Una  avecuela  teníe  en  mano;  ]  así  canta  yvierno  como  verano: 
Maria  la  teníe  en  grant  onor,  ]  porque  cada  dia  canta  d'amor  *. 


1     La  ficción  de  un  pájaro,  que   canta  amores,  no  solamente  se  halla  en 
poemas  latinos  anteriores  á  la  Vida  de  madona  Maria  Epip^-iaqua,  sino  que 


32  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

\l  Hogar  á  diclia  ciudad,  albérgase  entro  meretrices,  desper- 
landü  la  concupisceucia  de  los  jóvenes,  quienes 

D'  ella  avíen  grant  sabor;  I  ca  tal  era  commo  la  flor. 

El  deseo  de  poseerla  engendra  la  rivalidad,  y  tras  la  rivalidad 
viene  la  discordia  ¿  ensangrentar  la  calle,  donde  habita,  llegando 
á  conturbar  la  ciudad  entera  y  aun  las  villas  comarcanas,  sin  que 
dé  señales  de  piedad  ó  arrepentimiento.  Cansada  por  último  de 
semejantes  triunfos,  y  viendo  acaso  desde  los  muros  de  Alejan- 
dría cierta  nave  que  plena  de  romeros,  de  ricos  ornes  et  cauaUe- 
ros,  se  dirigía  á  Jerusalem,  para  solemnizar  la  fiesta  de  la  A.s- 
cension,  desciende  á  la  playa  y  se  presenta  á  los  peregrinos,  no 
sin  informarse  antes  del  rumbo  que  llevaban.  Invocando  la  cari- 
dad cristiana,  logra  ser  recibida  en  la  nave,  que  alzadas  las  velas, 
se  dá  de  nuevo  á  la  mar,  caminando  hacia  Jerusalem,  mientras 
llevada  Maria  de  su  no  vencida  carnalidad,  incita  con  su  belleza 
á  los  romeros,  que  caen  todos  en  pecado,  sin  que  alcance  á  re- 
frenar la  liviandad  de  aquella  extraviada  hermosura  ni  la  furia  de 
las  ondas,  ni  el  bramar  de  los  vientos,  ni  el  golpear  de  los  tur- 
biones. Al  cabo  (y  no  sin  permisión  celestial)  aportaba  á  las  pla- 
yas de  Jerusalem,  quedando  sola  y  abandonada  en  aquellas  mari- 
nas, lo  cual  llegó  á  infundirle  no  pequeño  duelo;  mas  vuelta  á 
sus  extravíos,  penetra  resueltamente  en  la  santa  ciudad,  repro- 
duciendo las  torpezas  con  que  habia  amancillado  su  cuerpo  en 
Alejandría,  y  siendo  escándalo  de  jóvenes  y  ancianos.  Llegado  en- 
tre tanto  el  dia  de  la  Ascensión,  que  solemnizaban  todos  los  pere- 
grinos, mézclase  con  ellos  para  dirigirse  al  templo;  y  mientras 
hallan  todos  expedita  la  entrada  del  santuario,  ofrécense  á  su 
vista  multitud  de  ángeles,  en  semejanza  de  caualleros,  que  ame- 
nazándola con  sus  espadas,  no  le  consienten  penetrar  en  el  sa- 
grado recinto.  Sorprendida  por  tan  extraordinaria  visión,  vuelve 


pendrando  en  los  cautos  populares  de  las  literaturas  del  Mediodía,  aparece 
en  los  poemas  caballerescos  de  los  siglos  XIV  y  XV,  escritos  en  Italia,  y  to- 
ma extraordinaria  proporción  en  la  Gerusalemme  Liberata  del  Tasso,  donde 
aparece  como  una  de  las  maravillasque  pueblan  los  jardines  de  Armída  (Cant. 
XVI.ocl.  Xlll,  XIV  y  XV). 


11.*  PARTE,  CAP.  r.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   33 

atrás  casi  desmayada,  y  sentándose  en  una  pena,  comienza  á  llo- 
rar amargamente  sus  pecados,  mesándose  los  cabellos  é  hiriéndo- 
se duramente  rostro  y  pecho. 

¿Qué  faré  agora,  catiua?...  |  Tanto  me  pesa  porque  so  uiua!... 

Al  exclamar  así,  levanta  la  vista  y  reparando  en  una  imagen 
de  la  Virgen  Maria,  se  alza  de  la  piedra  y  arrodillándose  ante  la 
Madre  de  Dios,  prorumpe  en  ardiente  plegaria,  escogiendo  á  la 
Virgen  por  intercesora  para  con  su  Hijo.  Después  añade: 

Creyó  bien  en  mi  creyencia  |  que  Dios  fué  en  tu  nascencia; 
En  ti  priso  humanidat;  |  tú  non  perdieste  virginidat. 
Grant  maravella  fué  del  padre  |  que  su  fija  fiao  madre; 
Et  fué  maravellosa  cosa  |  que  del  espina  sallió  la  rosa, 
Et  de  la  rosa  fructo  sallió,  |  que  todo  el  mundo  salvó: 
Virgo  reyna,  creyó  por  tí  |  que  sí  al  tu  fijo  rogas  por  mí; 
Sí  tul'  pides  aqueste  don,  |  bien  sé  que  auré  perdón. 

Un  nonbre  auemos  yo  é  tí,  |  mas  mucho  eres  luenye  de  mí : 
Tú  María  et  yo  Maria;  |  mas  non  tenemos  amas  una  vía; 
Tú  amaste  siempre  castidat,  |  yo  luxuría  et  maluestat: 
El  diablo  fué  tu  enemigo;  |  él  fué  mí  senyor  é  amigo. 

Nuestro  Senyor  amó  á  tí:  |  duenya,  aue  piedat  de  mí. 

Terminada  la  plegaria,  que  es  más  larga  de  lo  que  ^aso  con- 
viene á  la  extensión  del  poema,  si  bien  da  idea  de  la  ferviente  de- 
voción que  inspiraba  la  Virgen,  siendo  en  realidad  una  de  aque- 
llas cantigas  con  que  el  pueblo  español  ensalzaba  sus  loores  *, 
levántase  Maria  Egipciaca  regenerada  interiormente,  y  pene- 
trando en  el  templo  sin  dificultad  alguna,  adora  la  Cruz  del  Sal- 
vador, volviendo  luego  ante  la  imagen  de  la  Inmaculada  para 
demandarle  consejo.  Una  voz  misteriosa  le  anuncia  que  se  dirija 
al  Jordán  para  limpiarse  en  él  de  sus  pecados,  encaminándose 
después  al  desierto  para  consumar  su  penitencia.  Así  lo  verifica 
aquella  hermosa  pecadora,  lavando  su  cabeza  en  las  aguas  del 
Jordau  [de  sant  Jordán];  y  pasando  en  unas  tablas  aquel  rio, 

1     Véase  lo  dicho  en  el  cap.  XIV,  pág.  202  y  sig-uienles  del  tomo  II,  y  lo 
que  adelante  diremos  al  tratar  de  Berceo,  el  Rey  Sabio,  Juan  Ruiz,  etc. 
TOMO  IK.  3 


34  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?ÍOLA. 

entra  en  el  desierto,  donde  hace  vida  penitente  por  el  espacio  de 
cuarenta  y  siete  años,  conservando  los  siete  primeros  sus  ricas 
vestiduras  y^arrostrando  la  intemperie,  de  todo  punto  desnuda,  en 
los  restantes.  Tras  este  largo  período  de  penitencia,  se  encamina 
al  Oriente,  atravesando  ásperas  y  solitarias  montañas,  fija  siem- 
pre su  memoria  en  la  imagen  de  la  Virgen,  que  la  alienta  y  sos- 
tiene en  medio  de  tanta  soledad  y  de  tan  duras  privaciones,  lle- 
gando por  último  á  una  abadía  de  monjes,  donde  la  virtud  y  la 
caridad  tenían  su  asilo.  La  pintura  de  estos  anacoretas  y  de  sus 
austeras  costumbres  merece  ser  conocida,  por  revelarnos  lo  que 
eran  en  la  edad  en  que  se  escribe  el  poema  los  monasterios  de 
Castilla,  maleados  algún  tanto  en  siglos  posteriores: 

Grandes  auien  las  coranas:  |  sayas  vistíen  asaronas. 
Non  avien  cura  d'estamonyas,  |  nin  yacen  en  lechos  nin  en  camenyas; 
Por  alimpiarge  de  sus  pecados  j  non  calcauan  zapatos: 
Noche  et  dia  á  Dios  siruíen:  |  sabet  certo  que  non  durmíen. 
Todo  el  dia  estauan  en  su  niester  |  fastal'  ora  del  comer; 
Et  quando  iuan  á  comer,  ]  non  queríeti  hí  muclio  seyer. 
En  pobredat  se  manteníen;  j  por  amor  de  Dios  lo  facien. 
Pan  d'ordio  comíen  que  non  dál,  |  por  derto  non  echauan  hí  sal.— 
Agua  beuien  que  non  es  sana,  |  qua  non  era  de  fontana. 
■  Entrellos  non  auíe  cobdicia  j  nin  enbidia,  nin  auaricia. — 
Non  queríen  auer  argento  ni  oro:  |  que  en  Dios  es  todo  su  tesoro. 
Atanl(j  eran  de  sánela  uida  |  que  non  á  orne  que  uos  lo  diga. 

Yida  tan  egemplar  y  difícil  aumentaba  sus  asperezas  y  rigores 
durante  la  cuaresma  [la  quarentená]:  despedidos  por  el  abad, 
después  de  haberles  cantado  misa  y  comulgado  ,  lavándoles  los 
pies  y  haciéndoles  que  se  preparasen  á  vivir  en  el  yermo  por  me- 
dio de  la  oración,  derramábanse  aquellos  cenobitas  en  las  monta- 
ñas para  alimentarse  solamente  de  yerbas,  volviesdo  el  domingo 
de  los  Ramos  al  monasterio,  donde  eran  recibidos  cordialmeute 
por  el  abad,  que  se  alegraba  con  ellos,  como  el  pastor  con  sus 
corderos.  Hallábase  acaso  en  el  yermo  uno  de  aquellos  solitarios, 
llamado  don  Gozimás,  cuando  al  terminar  su  diaria  oración  vuelto 
al  Oriente,  descubrió  no  muy  distante  la  sombra  de  Maria  egip- 
ciaca, y  sospechando  acaso  que  fuera  alguna  quimera  de  su  fan- 
tasía [alguna  antoianca],  comenzó  á  santiguarse,  pidiendo  á  Dios 
que  le  defendiera  de  toda  tentación  y  asechanza.  Seguro  de  que 


II.*    PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.       35 

era  realidad  lo  que  veían  sus  ojos,  adelantóse  sin  embargo  hacia 
Maria,  quien  huyendo  rápidamente,  sólo  detiene  su  carrera,  al 
escuchar  que  el  anacoreta  la  conjuraba  con  estas  palabras: 

Coniúrote,  por  Dios  el  grant,  ]  que  non  vayas  daqui  adelant. 

Cuarenta  y  siete  años  habia  que  no  le  era  dado  contemplar  fi- 
gura humana  ni  oir  en  consecuencia  el  nombre  de  Dios.  Domina- 
da pues  de  secreto  impulso,  alza  la  vista  al  cielo,  y  con  cierto  es- 
píritu de  profecía,  revela  á  Gozimás  su  propio  nombre  y  ministe- 
rio, lo  cual  produce  no  pequeña  admiración  en  el  ermitaño,  que 
despojándose  de  parte  de  sus  vestiduras  [de  sus  panyos],  las  ce- 
de á  Maria  para  cubrir  sus  ennegrecidas  carnes.  Pero  tan  grande 
como  habia  sido  la  sorpresa  del  monje,  al  escachar  su  nombre  en 
boca  desconocida,  tan  profunda  fué  la  veneración  que  Maria  lle- 
gaba á  inspirarle,  cuando  refiriéndole  su  historia,  pudo  ya  quilatar 
en  todo  su  valor  el  arrepentimiento  y  la  penitencia  que  la  habían 
purificado  de  sus  antiguos  pecados.  Arrodillándose  á  los  pies  de 
Maria,  le  demanda  la  bendición  con  abundantes  lágrimas,  y  le 
ruega  al  par  que  haga  en  su  compañía  vida  penitente;  mas  si  in- 
voca la  santa  sobre  él  la  bendición  divina,  llenándole  de  nuevo 
asombro  al  elevarse  en  los  aires  mientras  pronuncia  su  oración, 
no  consiente  en  la  demanda  de  don  Gozimás,  y  suplicándole  que 
á  nadie  revele  su  existencia  y  que  vuelva  al  siguiente  año  á  co- 
mulgarla, se  aparta  de  él,  internándose  en  las  espesuras  de  los 
montes.  Pasado  el  año,  torna  el  monje  al  desierto,  encaminándo- 
se á  orillas  del   Jordán  en  busca  de  Maria,  que  descubriéndole 
desde  la  otra  parte  del  rio,  atraviesa  las  aguas  á  pié  enjuto,  y  re- 
cibe de  sus  manos  el  sagrado  cuerpo  del  Salvador,  separándose 
luego  del  piadoso  eremita,  no  sin  rogarle  que  llegada  la  venidera 
cuaresma,  la  busque  en  el  mismo  lugar,  donde  la  halló  primero 
[on  me  falleste  primero],  k  este  sitio  se  recoge  Maria  para  pedir 
á  Dios  que  la  llame  á  su  seno,  y  terminada  su  oración,  expira 
tranquilamente: 

El  alma  es  della  sallida,  j  los  ángeles  la  an  receñida; 
Los  ángeles  la  uan  leñando:  [  tan  dulce  son  que  van  cantando. 
Mas  bien  podedes  esto  iurar,  |  quel  diablo  non  y  pudo  llegar. 
Esta  duenya  dá  enxemplo  |  a  tod'  omine  que  es  en  seglo. — 


36  HISTORIA    aitTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Aquí  termina  realmente  la  acción  de  la  leyenda:  el  poeta  quie- 
re sin  embargo  que  el  egeraplo  sea  más  eficaz,  y  trayendo  de 
nuevo  A  don  Goziraás  al  desierto,  le  hace  descubrir  el  cadáver  de 
María  con  no  pequeño  prodigio: 

Tornó  los  oios  á  diestra  parle  |  ovo  á  oio  liuna  claridat: 
Á  aquella  lumne  se  allegó,  |  vidió  el  cuerpo,  muclios'  pagó: 
Que  yacie  contra  Oriente,  |  sus  oios  floxos  fermosamente; 
Sus  crines  tenie  por  lenzuelo:  |  á  Gozímás  priso  grant  duelo. 

Al  lado  del  cadáver  habia  una  inscripción,  formada  en  el  cielo, 
en  que  se  ordenaba  al  solitario  darle  sepultura:  para  ayudarle  en 
semejante  obra,  se  le  aparece  un  jabalí,  que  abriendo  la  huesa, 
cubre  el  cuerpo  de  tierra  y  se  pierde  después  en  la  montaña.  Don 
Gozimás  exclama,  al  contemplar  tantos  portentos: 

Agora  creyó  en  mi  creyencia  |  que  sánela  cosa  es  penilen9ia. 

Restituido  al  monasterio,  refiere  á  los  monjes  cuanto  le  habia 
sucedido  con  Maria,  revelándoles  al  mismo  tiempo  la  vida  de  esta 
feliz  pecadora.  Su  muerte  arranca  doloroso  llanto  al  abad  y  á 
todos  los  monjes,  excitando  su  devoción  y  su  piedad  tan  egem- 
plar  arrepentimiento. 

No  otra  es  pues  la  Vida  de  madona  Santa  Maria  Egipciaqua, 
cuyo  principal  objeto  se  encamina  á  fortificar  el  espíritu  religioso 
del  pueblo  cristiano,  contraponiendo  á  todas  las  debilidades  y  pa- 
siones de  la  tierra  la  suprema  esperanza  del  perdón  celestial,  úni- 
co refrigerio  que  puede  alentar  al  corazón  humano  en  este  valle  de 
miserias,  inclinándole  á  la  senda  del  bien,  de  que  le  apartan  los 
mal  refrenados  instintos  de  la  carne.  Cuando  nos  detenemos  á 
considerar  la  singular  influencia  que  este  pensamiento  alcanza  en 
nuestra  civilización  y  por  tanto  en  nuestra  literatura,  no  acerta- 
mos á  comprender  cómo  ha  podido  caer  el  desprecio  de  los  erudi- 
tos sobre  una  obra  que  tan  profundamente  lo  revela:  ni  vale  de- 
cir que  fué  la  historia  de  Santa  Maria  Egipciaca  conocida  en  de- 
masía por  aquellos  tiempos,  pensando  así  quitar  á  esta  leyenda  el 
mérito  de  la  originalidad,  que  seria  aventurado  negarle  del  todo: 
porque  demás  de  no  ajustarse  tanto  como  se  ha  pretendido  á  la 
tradición  universalmente  recibida,  dándole  color  local  verdadera- 


II.'    PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MOiN.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.         37 

mente  castellano  *,  cumplía  el  poeta  con  .su  ministerio,  al  apode- 
rarse de  un  asunto  que  podia  excitar  la  piedad  y  el  celo  religioso 
de  la  muchedumbre,  no  curándose  de  examinar  el  camino  que 
dicha  historia  traia  y  dándose  por  satisfecho  con  saber  que  era 
admitida  y  canonizada  por  la  Iglesia, 

Mas  si  bajo  este  punto  de  vista  nos  parece  poco  justificado  el 
referido  desprecio,  no  tenemos  por  más  acertado  el  desden  con 
que  se  ha  procedido  respecto  de  las  formas:  son  los  medios  ar- 
tísticos en  esta  producción  toscos,  groseros,  imperfectos,  como  de 
un  arte  naciente  que  apenas  articula  las  ideas  que  le  dan  vida. 
De  esto  puede  juzgarse  cumplidamente  por  los  pasajes  que  deja- 
mos trascritos;  pero  sobre  hallarse  de  acuerdo  con  el  estado  in- 
telectual; sobre  satisfacer  plenamente  las  necesidades  morales  de 
la  época,  presenta  el  poema  de  que  tratamos,  pasajes  y  descrip- 
ciones dignos  de  alabanza,  aun  ponderada  la  pobreza  de  los  me- 
dios artísticos  y  no  olvidada  la  tan  encarecida  rusticidad  de  la 
lengua.  Sorprendente  será  sin  duda  para  nuestros  lectores  el  si- 
guiente retrato  de  Maria,  cuando  en  la  flor  de  su  juventud  y  her- 
mosura, se  entrega  á  los  placeres  mundanos: 

Redondas  avíe  las  oreias;  j  blancas,  comnio  leche  d'oveias; 
Oíos  negros  et  sobreceias,  |  alba  frente  fata  las  cerneías: 
La  faz  leníe  colorada,  \  commo  la  rosa,  quando  es  granada; 
Boqua  chica  et  por  mesura;  I  muy  fermosa  la  catadura; 
Su  cuello  et  su  petrina  ]  tal  como  la  ílor  de  la  espina. 
De  sus  tetiellas  bien  es  sana:  |  tales  son  commo  maneana. 
Bracos  et  cuerpo  et  todo  lo  ál  |  blanco  es  como  cristal. 
En  buena  forma  fué  talada;  |  nin  era  gorda  nin  muy  delgada. 

Hecha  esta  pintura  de  la  Egipciaca,  se  describe  así  el  traje  que 
vestia: 

El  peyor  día  de  la  semana  |  non  vistíe  panyo  de  lana: 


1  Prescindiendo  de  otros  muchos  rasgos  característicos  de  la  civihzacion 
española,  que  resaltan-  en  toda  la  leyenda,  deberemos  advertir  aquí  que  así 
como  en  el  poema  de  los  Reyes  Magos  (de  la  Biblioteca  Toletana)  convoca  He- 
rodes  sus  abades  para  pedirles  consejo,  cosa  á  la  verdad  no  impropia  en  los 
reyes  y  aun  en  los  magnates  de  Castilla,  así  también  en  la  Vida  de  Santa  Ma- 
ria tiene  el  abad  del  monasterio,  que  halla  la  Santa  en  las  montañas  de  Pa- 
lestina, el  nombre  de  don  Johan  Ivanyes,  mostrando  de  este  modo  la  fuerza 
incontrastable  de  la  vida  real  sobre  las  tradiciones  histórico -religiosas. 


3S  HISruRIA    CHlTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Asaz  premie  oro  et  argento,  |  bien  se  vistíe  á  su  talento. 
Brial  de  xamyt  se  vistíe,  |  manto  erminyo  cohríe; 
Nunqua  callana  otras  cápalas,  |  sinon  de  cordouan  taiadas, 
Pintadas  con  oro  et  con  plata,  |  cuerdas  de  sedff  con  que  las  ata. 

Y  añadiéndose  después  algunas  cualidades  morales,  se  lee: 

Tanto  era  buena  fablador,  [  et  tanto  auíe  el  cuerpo  gencor 
Que  un  fijo  do  Emperador  |  la  prendríepor  uxor. 

Pongamos  al  lado  de  este  retrato,  donde  no  se  ha  menester 
grande  espíritu  crítico  para  gozar  las  bellezas  nativas  en  que 
abunda,  el  que  se  hace  después  de  la  misma  beldad,  ya  peni- 
tente: 

Perdió  las  carnes  et  la  color:  (  que  eran  blancas,  como  la  ílor: 
Et  sus  cabellos  que  eran  rubios,  |  tornaron  blancos  et  sucios; 
Las  sus  oreias  que  eran  albas,  |  muclio  eran  negras  et  pegadas; 
Entenebridos  auíe  los  oíos;  |  perdidos  auíe  los  meneólos; 
La  boqua  era  enpelecida,  |  redor  la  carne  muy  denegrida; 
La  faz  muy  negra  et  arrugada  |  de  fiero  viento  et  elada, 
La  barbiella  et  el  su  grinnyon  |  semeia  cabo  de  ticon: 
Tan  negra  era  su  petrina  |  commo  la  pez  et  la  resina. 

Y  últimamente  veamos  cómo  aparecía  ornada  en  el  desierto: 

Non  es  cobierta  d'otro  vestido  |  mas  de  cabello  quel'  es  crecido: 
Sus  crines  albas  como  nieves,  |  dessas  se  cubre  fata  los  piedes; 
Non  auíe  otro  vestimento,  |  quando  aquel  cincie  el  viento. 

Ahora  bien:  si  es  lícito  confesar  que  los  medios  artísticos  y  aun 
la  misma  lengua  apenas  consienten  vuelo  alguno  al  pensamiento, 
aprisionándole  en  tan  groseras  formas,  ¿podrá  con  igual  justicia 
negarse  cierta  intención  poética  á  quien  establecía  tan  singular 
contraste  entre  la  juventud,  colmada  de  las  gracias  de  la  hermo- 
sura y  de  los  dones  de  la  riqueza,  y  la  vejez  descarnada,  maci- 
lenta y  pobre,  bien  que  rodeada  de  la  aureola  de  la  virtud,  que 
la  ennoblece  y  purifica?  ¿Podrá  decirse  con  razón  que  sólo  tiene 
importancia  esta  leyenda  poética  como  monumento  de  la  lengua? 
Proceder  de  esta  manera  no  sólo  seria  olvidar  ó  desconocer  de 
lodo  punto  las  nacientes  dotes  del  arte,  interior  y  cxteriormente 
considerado,  sino  cerrar  también  los  ojos  á  la  luz  que  arroja  so- 


II.*  PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.         39 

bre  el  estudio  de  las  costumbres  y  aun  sobre  la  historia  indumen- 
taria; pues  que,  no  la  sociedad,  no  la  época  en  que  vive  Santa 
Maria  Egipciaca,  sino  la  sociedad  española  y  la  edad  en  que  vive 
el  poeta  se  hallan  en  la  leyenda  indirectamente  retratadas  *. 

Cualquiera  que  sea  el  punto  de  vista  en  que  nos  coloquemos, 
si  la  crítica  ha  de  ser  tan  imparcial  como  aparenta  y  tan  filosófica  y 
trascendental  como  pretende  en  nuestros  dias,  habrá  de  reconocer 
en  la  Yida  de  Santa  Maria  Egipciaqna  todos  los  gérmenes  poé- 
ticos que  más  adelante  debian  lograr  completo  desarrollo  en  el 
parnaso  español,  imprimiendo  á  nuestra  poesía  y  literatura  ese 
carácter  especial  que  la  distingue  en  todas  sus  edades  y  que  cons- 
tituye en  manos  del  gran  poeta  dramático  del  siglo  XYII  el  ras- 
go principal  de  su  original  existencia.  Exigir  á  este  y  á  los  dos 
poemas  arriba  analizados,  que  hubieron  de.  ser  compuestos  en  la 
primera  mitad  del  siglo  XII  %  mayor  perfección  respecto  de  las 


\  No  sólo  como  prueba  de  esta  observación,  sino  como  dato  histórico, 
para  fijar  la  época  en  que  el  poema  hubo  de  componerse,  es  digna  de  notarse 
la  descripción  del  traje  de  Maria  que  dejamos  trascrita.  Sobre  mostrarse  desde 
el  primer  rasgo  que  faltaba  á  la  costumbre  general,  vistiendo  en  los  dias  no 
festivos  paños  de  seda  y  oro,  cosa  que  producirla  notable  escándalo  en  oyen- 
tes sobrios  y  morigerados,  dadas  las  costumbres  nacionales,  se  asegura  que 
llevaba  brial  de  xamet  (xamyt)  y  manto  de  armiño  (erminyo),  prendas  á  la 
verdad  muy  propias  del  traje  castellano  en  el  siglo  XII. — Ponderándose  en 
el  Poema  del  Cid  las  riquezas  allegadas  en  Valencia  por  este  caudillo,  se  dice 
que  su  palacio  brillaba  con 

2217.     Tanta  pórpola  et  taato  xamet  é  tauto  panno  preciado. 

Pintándose  después  en  las  cortes  de  Toledo  al  poderoso  Asur  González, 
patrocinador  de  los  infantes  de  Carrion,  se  añade  que  apareció  en  ellas 

33$G.     Manto  arioino  |  é  un  brial  rastrando. 

El  autor  de  la  leyenda  que  analizamos,  vistió  pues  ala  pecadora  de  Egipto 
como  una  rica-hembra  de  Castilla  en  el  expresado  siglo,  asegurando  á  los 
oyentes  que 

Nin   reyna  nin  condesa  |  non  vieste  tal  como  esta. 

2  Grande  fué  nuestra  admiración  cuando  después  del  estudio  que  dejamos 
hecho  sobre  estos  poemas,  leimos  en  la  Historia  de  la  literatura  española  del 
erudito  Mr.  George  Ticknor  «que  siendo  en  ellos  las  faltas  de  ortografía  y  de 
nesúlo  más  frecuentes  que  en  el  Lihro  de  Apollonio  (poema  que  en  su  lugar 


40  mSTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?ÍOLA. 

formas  oxtoriores,  equivaldría  sin  duda  íi  pedir  á  la  encina  (iiio 
diese  sombra  al  brotar  eu  el  valle,  por  mis  que  dotándola  de  lar- 


«examinaremos),  infería  que  son  más  modernosn,  mencionándolos  por  tan  lo 
en  el  orden  fortuito  que  guardan  en  el  códice  escurialense;  y  no  fué  menor 
nuestra  sorpresa  al  verle  añadir  estas  palabras:  «Alómenos  los  Fabliaux 
MÍranceses  á  que  imitan,  no  fueron  conocidos  en  España  hasta  un  tiempo 
«posterior  a  la  fecha  en  que  se  colocad  Libro  de  Apollonion  (Pñmera  época, 
cap.  II).  Ante  todo  conviene  advertir  que  el  argumento  del  sabio  Ticknor  es 
contraproducente:  si  el  estilo  es  dote  característica  de  cada  escritor,  cual  ma- 
nera especial  de  concebir  y  de  expresarse;  si  únicamente  llega  á  formarse,  en 
la  acepción  más  general,  á  fuerza  de  trabajo  y  con  el  trascurso  del  tiempo, 
principalmente  en  lenguas  que  como  la  castellana  se  hallaban  tan  cerca  do 
su  cuna,  y  si  no  puede  menos  de  reconocerse  desde  luego  que  son  más  fre- 
cuentes en  los  poemas  de  que  tratamos,  que  en  el  de  ApoUonio,  compuesto 
eu  la  primera  mitad  del  siglo  XHI,  las  llamadas  faltas  de  estilo  y  aun  de  or- 
íografla,  cuando  todos  tres  monumentos  fueron  trasladados  por  un  mismo 
copista  en  el  códice  del  Escorial,  ¿cómo  es  posible  deducir  de  estas  premi- 
sas que  son  más  modernos?...  Lo  que  lógica  y  naturalmente  debió  deducirse 
es  que  hubieron  de  preceder  al  Libro  de  ApoUonio  tal  vez  en  más  de  un  si- 
glo, como  lo  pe'rsuade  también  el  estudio  de  las  formas  artísticas  de  unos  y 
otros  monumentos,  ya  por  nosotros  oportunamente  realizado  (Véase  la  Ilus- 
tración III  del  tomo  II).  Pero  en  el  empeño  peregrino  de  traernos  de  Francia 
y  declarar  imitaciones  de  los  fabliaux  estos  primeros  cantos  religiosos  de  la 
musa  castellana,  empeño  que  sin  mayor  razón  se  ha  generalizado  respecto 
de  otros  monumentos,  no  reparó  el  entendido  Ticknor  en  que  incurría  en 
lamentable  contradicción,  menospreciando,  tal  vez  á  sabiendas,  los  fueros  de 
la  razón  y  de  la  crítica.  Su  egemplo  ha  movido  sin  embargo  al  docto  conde 
Th.  de  Puymaigre  á  colocar  estas  obras  tras  el  examen  del  Poema  de  Apo- 
Uonio, en  su  interesante  libro  de  Les  Vieux  Auteurs  CaslUlans  (tomo  I,  capí- 
tulo YI),  esforzándose,  y  no  sin  arte,  en  reconocer  la  misma  influencia  gali- 
cana; si  bien  no  desconociendo  la  antigüedad  del  Libro  de  Santa  María,  cuyo 
lenguaje  compara  con  el  del  Poema  del  Cid.  El  conde  opina  en  este  punto 
«que  las  muchas  voces  de  inmediato  origen  latino  en  que  abunda  el  poema, 
«indican  casi  siempre  que  provinieron,  no  directamente  del  latín,  sino  de  los 
«idiomas  que  en  Francia  se  derivaron  de  esta  lengua»  {Loco  cilato,  pág.  2G9). 
La  indicación,  no  justificada  de  Ticknor,  no  ha  podido,  en  verdad,  ir  más  le- 
jos en  tan  poco  tiempo;  pero  la  semejanza  de  una  ó  más  voces,  tratándose 
de  lenguas  nacidas  de  un  mismo  tronco  y  tan  cercanas  á  su  cuna,  nada  ó 
muy  poco  puede  probar  en  pro  de  la  conclusión  que  de  estas  premisas  se  de- 
duce, sin  que  por  esto  cerremos  nosotros  el  camino  á  toda  influencia  legítima 
y  racional  en  cuanto  puede  esta  ejercerse  naturalmente  (Véase  la  Ilustra- 
ción 11  del    lomo   II).   «La   leyonda  de  Sania  Maria  Egipciaca  olduvo  gran 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.         41 

ga  vida,  la  hubiera  destinado  la  Providencia  á  cobijar  con  sus  se- 
culares ramas  pueblos  enteros. 


Hcelebridad  en  la  edad  media:  su  vida  fué  escrita  en  el  siglo  XI  en  versos 
«latinos  por  el  obispo  Hildeberto;  Ruteboeuf  trató  poco  después  el  mismo 
»asunto  en  lengua  francesa»:  no  negamos  estos  hechos;  pero  de  aquí  no  se 
deduce  que  el  poeta  español  copiara  al  francés,  ni  que  esta  leyenda  necesi- 
tara semejante  itinerario  para  venir  á  España.  Patrimonio  de  la  literatura 
latino-eclesiástica,  tan  rica  en  nuestro  suelo  como  hemos  probado  en  los  es- 
tudios anteriores,  al  tomar  plaza  en  el  aprecio  de  la  muchedumbre  semidocta, 
para  bajar  á  la  muchedumbre  iliterata,  encarnó  profundamente  en  las  creen- 
cias populares,  y  hermanándose  con  ellas,  se  connaturalizó  en  nuestro  sue- 
lo, reflejando  la  vida  entera  del  pueblo  español  en  las  esferas,  á  que  pudo 
llevar  su  acción  inmediata.  Esto  reconoció  sin  duda  respecto  de  la  lengua  el 
perspicuo  Mr.  Dozy,  quien  no  vacila  en  apuntar  que  existen  en  la  leyenda 
de  Santa  Maña  «tantas  palabras  antiguas,  que  podría  muy  bien  ser  anterior 
))al  Poema  del  Cid))  {Recherches,  tomo  I,  pág.  629),  opinión  aceptable  bajo 
diferentes  aspectos,  como  se  convence  de  cuantas  observaciones  llevamos  he- 
chas: esto  se  comprueba  sin  duda  respecto  de  la  antigüedad  del  Poema,  de- 
más de  lo  notado  en  orden  á  las  costumbres,  con  una  observación  de  no  escasa 
importancia,  atendida  la  constante  inclinación  de  los  antiguos  cantores  á 
reflejar  indeliberadamente  en  sus  obras  todo  cuanto  los  rodea.  Al  pintarse  en 
efecto  la  belleza  y  el  inmoderado  lujo  de  Maria  Egipciaca,  después  de  darnos 
á  conocer  la  riqueza  de  su  traje,  superior  al  de  una  condesa  y  aun  al  de  una 
reina,  se  añade  que 

Tanto  era  buena  fablador  ]  et  tanto  auíe  el  cuerpo  genQor 
Que  un  fijo  de   Emperador  |  la   prendrie  por  uxor. 

Ahora  bien:  cuando  todas  las  comparaciones  se  toman  de  la  vida  real,  y 
cuando  este  símil  se  halla  tan  distante  del  asunto  de  la  leyenda,  claro  es 
que  debia  referirse,  para  ser  generalmente  comprendido,  á  algún  aconteci- 
miento reciente,  á  algún  hecho  de  actualidad  en  armonía  con  las  nociones 
umversalmente  recibidas  por  el  pueblo.  Dos  príncipes  habían  tomado  en  efec- 
to el  título  de  emperadores  en  Castilla  antes  de  mediar  el  siglo  XII:  Alfonso 
YI,  según  nos  lo  enseñan  el  monje  de  Silos  y  la  Gesta  Roderici  Catnpidocti 
(véase  el  cap.  XIII  de  la  I.^  Parte),  y  Alfonso  Vil,  como  acreditan  numerosos 
documentos.  Á  la  magnificencia,  al  fausto  de  la  corte  de  uno  ú  otro  soberano 
pudo  pues  referirse,  y  se  refirió  sin  duda,  esta  alusión  expresiva  y  palpitante 
del  poema ,  que  halagando  en  cierto  modo  el  espíritu  de  nacionalidad  con  tan 
lisonjera  hipérbole,  ponía  de  manifiesto  la  época  en  que  hubo  de  formularse  la 
tradición,  de  que  hablamos,  en  el  habla  y  suelo  de  Castilla.  Y  de  que  fué  es- 
crita en  esta  comarca  no  queda  duda  cuando  leemos,  al  acabar  el  retrato  de 
María; 

■VjsLíe    un   panyo  d'Alexaiidría;  ]  en   mano  lien    una  calandria: 


42  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Justificarán  sin  duda  estas  observaciones  el  empeño,  con  que 
hemos  atendido  á  examinar  las  primicias  de  la  poesía  escrita  bajo 
su  manifestación  religiosa,  pareciéndonos  tanto  más  loable  el  re- 
ferido propósito  cnanto  que  cualquiera  que  sea  el  estado  en  que 
han  venido  á.  nuestros  dias  ',  debieron  ser  y  fueron  estas  pro- 


En   esta   tierra  se  dis  trigutra;  |  non  3y  auc  tan   cantadcra. 

Triguera  conlinúa  siendo  en  Castilla  la  Vieja  el  nombre  de  la  calandria. 
Ni  es  por  último  de  menor  interés  la  alusión  que  pareció  hacer  Gonzalo  de 
Berceo  á  esta  peregrina  leyenda,  cuando  en  la  \ida  de  Santo  Domingo,  dijo: 

María  la  Egypciaca,  ]  pecalriz  sin  mesuro. 

Moni  raucbo  en  yermo  |  logar  de  grnn  presura; 

Redimió  sus  pecados,  |  sofriendo  vida  dura: 

Qui  TÍTe  en  tal  vida  |  es  de  buena  ventura- 
Si,  como  sospechamos,  se  refiere  en  efecto  á  la  Vida  de  Santa  Maria,  que 
hemos  analizado,  debia  ser  esta  generalmente  conocida  en  su  tiempo.  Así 
pues  todo  contribuye  á  robustecer  la  opinión  apuntada  respecto  de  la  anti- 
güedad de  este  poema,  siendo  abundantes  las  pruebas  morales  que  nos  mue- 
ven á sostenerla,  á  falta  de  otras  más  positivas. 

1  Ya  hemos  manifestado  la  forma,  en  que  se  halla  escrito  el  poema  de  los 
Reyes  Magos  de  la  Biblioteca  Toletana  (pág.  17)  y  la  en  que  aparecen  en  el 
Códice  Escurialense  las  otras  dos  producciones,  publicadas  por  el  señor  Pidal 
en  1841  (pág.  20).  Oportuno  juzgamos  añadir  aquí  que  no  estamos  confor- 
mes con  la  opinión  de  este  docto  escritor  respecto  de  la  antigüedad  del  citado 
Ms.  Suponiendo  Rodríguez  de  Castro  con  escaso  criterio  que  el  Libro  de  Apo- 
llonio,  la  Vida  de  Santa  Maria,  y  el  Libro  de  los  Reys  d' Oriente  eran  parlo  de 
un  mismo  ingenio,  y  apareciendo  el  códice  escrito  en  el  siglo  XIII,  dedujo  que 
«su  autor  pudo  ser  coetáneo  del  anónimo  que  escribió  el  Poema  del  Cid  ó  muy 
Mpoco  posterior  á  él»  {Dib.  Esp.,  tomo  II,  pag.  504).  Repugnando  justamen- 
te al  señor  Pidal  la  comparación  del  Libro  de  Apollonio  con  el  Poema  del  héroe 
de  Vivar,  negó  la  antigüedad  del  códice,  para  aumentar  así  la  distancia  que 
los  separaba  (pág.  2  del  pról.).  Mas  bien  pudo  advertir  que  aun  siendo  escri- 
to, como  lo  fué  en  realidad  el  códice  de  que  tratamos,  dentro  del  siglo  XIII, 
ni  autorizaba  este  hecho  la  deducción  errónea  de  Castro,  ni  menos  su  negativa, 
pues  que  solamente  da  motivo  para  creer  que  fueron  recogidos  y  copiados  los 
tres  poemas  por  un  sólo  pendolista:  el  de  Apollonio  á  poco  tiempo  de  compo- 
nerse; los  dos  siguientes  cuando  llevaban  ya  largos  años  de  existencia  y  se 
hallaban  acaso  expuestos  á  caer  en  completo  olvido,  como  sucedió  sin  duda 
con  otros  muchos  del  mismo  género.  Así  vemos  que  mientras  en  el  Libro  de 
Apollonio  hay  más  cultura  respecto  del  arte  y  más  unidad  de  lenguaje,  son 
los  otros  poemas  más  toscos  y  desaliñados,  alternando  en  ellos  las  voces,  ya 
entonces  anticuadas,  con  las  nuevamente  admitidas;  circunstancia  que  convic- 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PRÍM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.  43 

ducciones  el  vehículo  y  senda,  por  donde  se  comunicaron  á  los 
discretos  ó  semidoctos  las  formas  artísticas  de  la  poesía  latino- 
eclesiástica  y  descendieron  á  la  muchedumbre  las  tradiciones  pia- 
dosas de  la  Iglesia.  Téngase  muy  en  cuenta  para  comprender  el 
ulterior  desarrollo  de  la  poesía  vulgar  ya  escrita:  en  estos  poe- 
mas, donde  alcanza  la  tradición  oral  fuerza  prodigiosa,  donde 
triunfa  la  actualidad,  con  extraordinario  vigor,  de  lo  pasado,  se 
invoca  ya  la  autoridad  de  la  tradición  docta,  aspirando  el  poeta  á 
rodear  de  cierta  aureola  los  misterios  ó  las  maravillas  que  revela 
al  pueblo  de  las  plazas  y  mercados,  á  quien  dirige  la  recitación  de 
sus  cantares  *.  La  musa  de  la  religión  y  de  la  fé  que  habia  salido 
de  las  basílicas  para  solemnizar  en  el  campamento  las  victorias 
logradas  sobre  la  morisma  por  los  ejércitos  de  la  cruz;  que  habia 
santificado  los  himnos  guerreros,  expresión  viva  de  aquellos  triun- 
fos, cuando  aun  no  habia  llegado  á  escribirse  el  habla  castella- 
na 2,  aprovechando  ahora  para  sí  y  haciendo  suya  la  erudición  de 


ne  tener  muy  presente  tanto  en  estas  producciones  como  en  todas  las  de  la 
edad  media,  pues  no  sólo  eran  adulteradas  respecto  de  la  lengua  las  obras 
del  ingenio  por  la  ignorancia  de  los  copistas,  sino  que  llegan  momentos  en 
que  apenas  pueden  conocerlas  los  propios  autores,  desfiguradas  en  todas  sus 
partes  y  trastocadas  por  entero,  según  tendremos  ocasión  de  comprobar  ade- 
lante con  sus  mismas  palabras. 

i  En  el  libro  de  los  Reys  (TOrient  se  dice  por  egemplo:  uAsi  lo  dice  el  es- 
ncripto:  en  la  Vida  de  Santa  Maria:»  El  su  nombre  es  en  escripia;  commo  dice  la 
escriptura,  etc.  Respecto  de  la  publicidad  de  estos  poemas  y  de  la  extructura 
de  la  narración,  punto  no  despreciable  en  la  historia  de  las  formas,  conviene 
notar  que  el  poeta  no  pierde  jamás  de  vista  á  los  oyentes,  dirigiéndoles  la  pa- 
labra siempre  que  varia  la  situación  ó  pasa  de  un  objeto  á  otro.  Así  comien- 
za reclamando  la  atención  pública  con  este  apostrofe:  Oyt  varones,  etc.,  y 
continúa,  después  de  parecer  ya  seguro  de  la  benevolencia  de  los  oyentes: 
Quiérovos  contar;  contarvos  hé;  agora  oyt*  agora  comienga,  etc.;  contar  vase; 
nunqua  viestes;  sabet  que,  etc.,  concluyendo  con  cierta  manera  de  admonición 
para  que  todos  se  enmienden  de  sus  pecados,  la  cual  termina  con  estas  pa- 
labras: 

Todo  eme  que  ouiere  sen,  ]    y  responda  et  diga  amen. 

Dignos  son  pues  de  tenerse  muy  en  cuenta  estos  medios  de  manifestación, 
cuyo  desarrollo  estudiaremos  en  las  producciones  sucesivas  de  la  poesía  cas- 
tellana, bien  que  sean  comunes  á  todas  las  neo-latinas, 

2     Véase  el  cap.  XIV  de  la  I.*  Parle. 


44  HISTORIA    CldlICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

la  Iglesia,  partia  pues  de  este  principio  inagotable  de  vitalidad, 
preludiando  ya  desde  su  cuna  la  imiiorlanle  y  hasta  hoy  no  bien 
estudiada  trasformacion  que  debia  experimentar  á  fines  del  mismo 
siglo  XII  ó  principios  del  XIII. 

Atenta  á  intereses  de  no  menor  estima,  procuraba  entre  tanto 
la  naciente  poesía  castellana  consignar  las  altas  proezas  de  los  hé- 
roes, trasmitiéndolas  á  la  posteridad  por  idénticos  medios.  Dis- 
tintas eran  sin  embargo  las  fuentes  inmediatas  en  que  se  inspi- 
raba, dándole  la  vida  real  abundante  materia  é  incentivo,  como  lo 
habia  dado  á  la  poesía  latino-popular,  que  iba  ya  siendo  exclusivo 
patrimonio  de  los  doctos  '.  Mas  los  héroes  y  caudillos  celebrados 
por  la  multitud,  no  solamente  debian  aparecer  grandes  por  las 
hazañas  que  los  hacían  superiores  á  los  demás  hombres:  crecien- 
do en  la  imaginación  del  pueblo  sus  varoniles  figuras  hasta  el 
punto  de  erigirse  en  colosos,  tomaban  también  inusitadas  propor- 
ciones las  empresas  por  ellos  acometidas;  empresas  que  subordi- 
nadas al  cabo  al  deseo  y  la  creencia  universal,  venian  á  ser,  no 
ya  preclaro  egemplo  de  personal  valor  ó  de  abnegación  patriótica, 
sino  protesta  enérgica  y  eficaz  contra  todo  aquello  que  ofendía 
levemente  ó  vulneraba  en  reahdad  el  noble  sentimiento  de  la  in- 
dependencia. 

Semejante  protesta,  propia  sin  duda  de  todas  las  naciona- 
lidades en  análogas  circunstancias,  convertía  á  cada  uno  de  ios 
héroes  en  una  personificación  viva  de  aquel  mismo  sentimiento; 
y  si  durante  su  existencia  se  llevaron  tras  sí,  con  la  bravura 
de  su  corazón  y  el  esfuerzo  de  su  brazo,  la  admiración  y  el  res- 
peto de  las  gentes,  al  bajar  al  sepulcro,  complacíanse  grandes  y 
pequeños  en  adherir  á  su  memoria  todo  lo  más  noble,  elevado  y 
generoso,  levantándolos  á  una  verdadera  apoteosis.  Fenómeno 
moral  y  político  es  este,  que  se  opera  desde  los  primeros  paladi- 
nes, cantados  por  la  musa  guerrera  de  Castilla:  Bernardo  del 
Carpió,  bastardo  de  una  infanta  de  Asturias  y  de  un  conde  de  Sal- 
daña,  intrépido  caudillo  cuyas  maravillosas  proezas  han  puesto  en 
duda  su  existencia,  levantado  por  el  amor  y  la  admiración  uni- 
versal á  la  esfera  superior  de  los  héroes,  no  solamente  es  enno- 

1     Id.  id. 


II.*   PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.         45 

blecido  hasta  el  punto  de  traer  su  origen  del  mismo  tronco  que  el 
emperador  Cárlo-Magno  *,  sino  que  elegido  por  el  pueblo  español 
para  vindicar  la  patria  de  la  injuria  que  le  causa  la  debilidad,  con 
que  pareció  admitir  por  un  momento  Alfonso,  el  Casto,  la  supre- 
macía del  Imperio,  exterminaba  en  las  gargantas  del  Pirineo  los 
ejércitos  franceses,  sostenedores  de  aquella  demanda,  y  daba 
muerte  por  su  propia  mano  al  más  valeroso  de  los  Doce  Pares  ^ . 


i  La  Crónica  General,  debida  al  Rey  Sabio,  dice  con  este  propósito:  «Et 
Malgunos  dizen  en  sus  cantares  de  gesta  que  fue  este  don  Bernaldo  fijo  de  do- 
»ña  Tíber,  hermana  de  don  Carlos,  el  Grande  de  Francia:  ct  que  vino  aquella 
wdoña  Tíber  en  romería  a  Sant-Iag-o;  et  de  su  tornada  que  la  convidó  el  conde 
))don  Sandias  de  Saldaña  et  que  la  lievó  consigo  para  su  logare  et  ouo  allí 
))Con  ella  su  fabra  et  ella  otorgol  quanto  quiso,  et  ouo  estonce  este  fijo  della» 
(III.*  Parte,  fól.  30,  v.  cap.  I,  ed.  de  Valladolid,  1604). 

2  A  tal  punto  llegan  en  efecto  las  tradiciones  populares,  no  pudiendo  ser 
más  enérgica  la  protesta  del  sentimiento  nacional  contra  la  pretendida  supre- 
macía del  Imperio  de  Cárlo-Magno,  que  dá  al  cabo  por  resultado  en  la  penín- 
sula la  creación  de  otro  Imperio  en  los  reyes  don  Alfonso  el  YI  y  su  nieto  el 
YII,  según  saben  ya  los  lectores.  Después  tendremos  ocasión  de  notar  cómo 
este  mismo  sentimiento  recibe  nueva  vida  respecto  de  otra  invasión  más  posi- 
tiva, personificándose  en  el  hijo  de  Diego  Lainez:  el  sobrino  de  Alfonso  el 
Casto  llegaba  á  ser  objeto  predilecto  de  la  musa  popular  mucho  antes  del  si- 
glo XIII,  siendo  por  tanto  muy  racional  que  precediendo  su  fama  á  la  de  Ro- 
drigo Diaz,  se  ejercitase  aquella  antes  en  su  elogio.  Así,  demás  de  la  termi- 
nante declaración  ya  citada  que  hace  el  Rey  Sabio,  en  orden  á  los  cantares 
que  se  referían  al  nacimiento  de  Bernardo  del  Carpió,  hallamos  en  la  misma 
Estoria  de  Espanna  mencionadas  las  empresas,  atribuidas  á  Cárlo-Magno,  las 
cuales  preparan  las  grandes  hazañas  del  hijo  de  don  Sancho  Diaz  en  las  gar- 
gantas del  Pirineo,  y  tratándose  de  sus  proezas  y  destierro,  se  vuelven  á  ci- 
tar los  cantares  de  gesta,  lo  cual  se  repite  hasta  tres  veces  más  en  lo  relativo 
ásu  vida  {Cron.  Gen.,  edición  de  1585,  fól.  237,  cois,  i.^  y  2.^).  Es  por  tan- 
to posible,  conocidos  estos  datos  y  los  que  el  arzobispo  don  Rodrigo  nos  ofre- 
ce en  su  Historia  gothica  {De  Rebiis  Hisp.,  lib.  IV,  caps.  IX  y  X),  determinar 
en  cierta  manera  no  solamente  la  materia,  sino  también  la  extensión  que  hu- 
bieron de  tener  estos  primitivos  cantos  populares  de  Bernardo  del  Carpió.  Abar- 
cando toda  su  vida,  le  pintaban  pues  (y  de  ellos  pasó  esta  pintura  á  los  cro- 
nistas) superior  á  todos  en  estatura,  rostro,  facundia,  ingenio,  consejo  y  pe- 
ricia (statura,  vultu,  eloquío,  ingenio  et  consílio  et  etiam  armis  fere  ómnibus 
praeminebat)  (don  Rodrigo,  ut  supra):  al  vacilar  don  Alfonso,  el  Casto,  respecto 
de  la  obediencia  al  Imperio,  le  presentaban,  animándole  con  noble  patriotis- 
mo á  rechazar  todo  yugo,  queriendo  antes  morir  que  reconocer  la  servidum- 


46  HISTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

FtM'iian  fionzalez,  íi  quien  las  crónicas  latinas  retratan  como  un 


brc  francesa  (malehal  enim  mori  quam  in  francorum  dcgere  scrviluto):  resuel- 
to el  rey  de  Asturias  á  rechazar  con  las  armas  las  pretensiones  de  Carlo-Mag- 
no,  Bernardo  capitanea  el  ejército  español,  y  en  la  famosa  batalla  de  Ronces- 
valles  (Hospila-vall¡s)«ipse  in  strage  primorum  semper  astitit  Adefonso».  He 
ariui  pues  la  materia  poética  que  sirvió  sin  duda  de  fundamento  a  los  canta- 
res de  Bernardo  del  Carpió:  al  tratar  de  los  del  Cid,  y  principalmente  déla  mal 
llamada  Crónica  rimada,  notaremos  las  analogías  que  existen  entre  uno  y  otro 
héroe,  siendo  ambos  esencialmente  populares. 

La  hazaña  de  Roncesvalles,  tan  encomiada  en  los  cantares  castellanos  y  en 
las  crónicas  del  siglo  XIII,  quede  ellos  se  alimentan,  animaba  al  propio 
tiempo  la  musa  nacional  en  otros  confines  de  la  Península  Ibérica,  é  inspiraba 
notables  ecos  de  dolor  á  los  poetas  que  florecen  allende  el  Pirineo.  Nadie  des- 
conoce ya  la  famosa  Chanson  de  Roland,  casi  contemporánea  del  Poema  del 
Cid,  según  con  notable  perspicuidad  ha  notado  un  diligente  crítico  de  nues- 
tros dias  (Damas-IIinard,  Introd.  al  Poema  del  Cid,  pag.  xxiu);  pero  no  es  tan 
conocido,  y  por  cierto  lo  merece  tal  vez  más  por  su  ingenuidad  enérgica  y 
por  su  rara  originalidad,  el  canto  felizmente  trasmitido  á  nuestros  dias  con 
título  de  Altabiscarren  canta  (canto  de  Allabiscar),  compuesto  en  el  antiguo 
idioma  éuscaro  y  restaurado  ,  con  tanto  esmero  como  inteligencia  de  su  idio- 
ma nativo,  por  el  escritor  vizcaíno  don  José  Maria  Goizueta.  Traducido  á 
lengua  castellana  por  el  mismo,  si  bien  ha  perdido  alguna  parte  de  su  primi- 
tiva rudeza  y  energía,  basta  para  revelar  con  toda  su  fuerza  el  noble  espíritu 
de  independencia  que  se  levanta  así  en  las  montañas  vascas  como  en  las  as- 
turianas, al  rumor  de  la  invasión  franca,  y  que  como  acabamos  de  indicar 
toma  cuerpo  en  la  tradición  hasta  perpetuarse  en  los  cantos  populares  de 
Castilla.  Oigamos  el  Canto  de  Allabiscar: 

«Un  grito  penetrante  ha  despertado  los  ecos  de  la  montaña  vascongada.  El 
»Echcco-jauna  *  en  pié  á  la  puerta  de  su  casa,  presta  atento  oído  á  este  grito. 
«¿Quién  vá?  exclama,  ¿quién  me  llama? 

))Y  el  perro  que  dormía  á  los  pies  de  su  amo,  se  despierta  con  sobresalto, 
»y  sus  ladridos  resuenan  en  las  inmediaciones  de  Altabiscar. 

))Un  confuso  rumor  se  levanta  del  valle  de  Ibaneti;  viene  rodando,  rodan- 
»do,  acercándose,  y  chocando  á  derecha  é  izquierda  en  las  cavidades  de  las 
Mrocas. 

))Es  el  murmullo,  el  rebramido  Jcjano  todavía,  de  un  grande  ejército  que 
uavanza. 

mLos  nuestros  contestan  tañendo  en  las  cumbres  de  las  montañas  las  bocí- 
Mnas  atronadoras.  El  Echeco  jauna  afila  sus  azagayas  y  sus  dardos. 

MjYa  llegan!  ¡ya  llegan!  Innumerables,  como  las  hojas  de  nuestros  bosques. 

I      l{(lieco-jaiiiia,  jefe  dula  (¡imil'i». 


II.*  PARTE,  CAP.  I.  PRIM.  MON.  ESC,  DE  LA  POES.  CAST.    Al 

magnate  mal  avenido  con  la  autoridad  real,  bien  que  domeñado 


))¡Qué  masa  de  lanzas!  ¡Qué  de  pendones  y  banderas  de  abigarrados   colores 
Hondean  sobre  los  brillantes  cascos!... 
^¿Cuántos  son?  Cuéntalos  bien,  niño. 

— ((Yo  veo  uno,  dos,  tres,  cuatro,  cinco,  diez,  doce,  quince,  veinte,  treinta, 
Mciento  y  muchos  miles  aun:  es  imposible  contarlos.» 

— «Unamos  nuestros  robustos  brazos;  arranquemos   de  cuajo  estos  peñas - 
Mcos;  lancémoslos  por  la  rápida  pendiente  de  la  montaña;    que  rueden  sobre 
•  Msus  cabezas. 

«Aplastemos,  matemos  al  enemigo  por  cientos  de  millares.  ¿Qué  vienen  á 
«buscar  en. nuestras  montañas  estos  hombres  del  Norte  con  sus  luengas  vestes 
»y  rubias  cabelleras?  ¿Por  qué  turban  nuestro  sosiego  y  nuestra  paz? 

«Cuando  el  oso  de  nuestras  montañas  ataca  la  colmena  solitaria,  la  abeja 
«que  queda  guardándola,  clava  su  aguijón  en  el  lanudo  cuerpo  de  la  fiera,  y 
«muere  peleando  y  defendiendo  su  morada.  Muramos  también,  si  es  preciso. 

«Las  montañas  son  las  barreras  naturales  que  Dios  plantó,   para  que  los 
«hombres  no  las  rebasasen  jamás.» 
«Así  habló  el  Echeco-jauna. 

«Los  peñascos  ruedan  dando  tumbos  y  aplastan  centenares  de  guerreros:  las 
«armaduras  saltan  en  menudos  pedazos;  las  carnes  palpitan  hechas  trizas;  los 
«huesos  crujen  pulverizándose;  la  sangre  corre  á  torrentes. 

«Mientras  tanto  Roldan  lleva  á  sus  labios  el  olifante  y  le  hace  sonar  con  to- 
«das  sus  fuerzas.  Las  montañas  son  elevadas;  pero  sobre  ellas  se  eleva  la  voz 
«del  ebúrneo  olifante;  se  prolonga  y  rueda  de  eco  en  eco. 
«Kárlos  y  sus  condes  lo  han  oido. 

— «¡Ah!  dijo  el  rey  del  Norte:  nuestras  gentes  batallan.»  Pero  Canelón  se 
apresura  á  contestar:  «Eso  no  es  nada.»  A  cualquiera  otro  que  hubiese  oido 
tal  cosa,  se  le  tendría  por  mentiroso. 

»Roldan,  en  tanto,  con  gran  pena,  con  gran  dolor,  prosigue  tañendo  sin  ce- 
«sar  el  olifante.  La  sangre  sale  á  borbotones  por  la  boquilla  del  instrumento. 

«El  cráneo  del  franco  está  hendido,  y  á  través  de  su  hendidura  se  ven  pal- 
«pitar  los  sesos.  Y  el  ruido  de  su  bocina  resuena  á  lo  lejos. 

— «¡Ah!  vuelve  á  exclamar  el  rey:  yo  oigo  la  bocina  de  Roldan.  No  la  ta- 
«ñeria  él,  si  no  estuviese  en  grande  apuro.» 

«Pero  Canelón  dice:  «No  hay  semejante  batalla.  Conocéis  demasiado  el  or- 
«guUo  de  vuestro  sobrino.  Al  presente  está  echando  bravatas  al  frente  de  sus 
«pares.  Caminemos:  ¿por  qué  detenernos?  Nuestro  pais  está  lejos  aun.» 

«La  sangre  corre  con  más  abundancia  que  antes  de  las  anchas  heridas  de 
«Roldan.  Sin  embargo,  hace  el  último  esfuerzo,  y  su  bocina  resuena  coa  más 
«fuerza  que  nunca. 

«Kárlos  lo  oye  por  tercera  vez,  y  con  él  los  demás  francos. 

— «¡Ah!  torna  á  exclamar  el  rey:  ahora  sí  que  jararia  por  Dios_vivo  que  mi 


48  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA550LA. 

por  las  armas  leonesas  ' ,  es  considerado  por  la  poesía  cual  sím- 
bolo de  la  libertad  y  de  la  independencia  de  Castilla  y  modelo  de 
piedad  cristiana,  vé  pelear  bajo  sus  banderas  á  los  mismos  santos 
para  terror  de  la  morisma.  Fernando  I,  el  Magno,  á  quien  no 
perdona  la  historia  ni  el  despojo  de  sus  hermanos,  ni  la  división 
de  los  reinos  entre  sus  hijos,  despierta  el  entusiasmo  de  la  musa 
castellana,  por  haber  erigido  aquel  Estado  en  centro  de  la  naciona- 
lidad española,  rechazando  al  par  las  pretensiones  de  Enrique  II  y 
del  pontífice  Urbano.  Y  finalmente  Rodrigo  Diaz  de  Vivar,  á  quien 
pintan  los  historiadores  arábigos  como  un  .hombre  feroz  y  cruel, 
es  saludado  con  los  nombres  de  libertador  de  la  patria,  defensor 
y  amparador  de  la  cristiandad,  revistiéndole  el  sentimiento  poé- 


«sobrino  batalla.  Volvamos:  llamad  y  reunid  vuestras  banderas  y  pendones: 
«vamos  á  socorrer  á  nuestras  gentes  que  están  en  peligro.» 

«Kárlos  hace  tañer  las  trompetas:  los  francos  se  cubren  con  sus  armaduras; 
«vuelven  á  bajar  al  valle  á  pesar  de  los  erizados  picos,  de  la  oscura  noche,  de 
))las  gargantas  profundas  y  lóbregas,  de  los  impetuosos  torrentes. 

))El  rey  Kárlos  cavalga  á  gran  priesa:  su  blanca  barba  flota  sobre  una  ar- 
«madura  brillante:  llega  al  campo  de  batalla...  pero  llega  tarde. 

»¡Huid,  huid  los  que  aun  tengáis  fuerzas  y  un  caballo  para  ello!  ¡Huye,  rey 
»Kárlo-Magno,  con  tu  capa  roja  y  tu  penacho  negro! 

»Tu  sobrino  querido,  la  flor  de  tus  guerreros  y  barones  yace  tendida  en  el 
«montón  de  allá  abajo:  de  nada  les  ha  servido  su  valor. 

— «Y  ahora  euskaros,  exclama  el  Echeco-jauna,  dejemos  las  rocas;  baje- 
nmos,  como  un  alud  al  valle,  lanzando  dardos  contra  los  fugitivos. 

«¡Ya  huyen!  ¡ya  huyen!  ¿Dónde  está  la  masa  de  sus  lanzas?  ¿Dónde  sus 
«pendones  y  banderas  abigarradas  que  flotaban  sobre  sus  cascos? 

«Sus  armas  ensangrentadas  no  brillan  ya  á  los  rayos  del  sol.  ¿Cuántos  son 
«ahora,  niño?  Cuéntalos  bien. 

— «Veinte,  diez  y  nueve,  quince,  diez,  tres,  dos,  uno...  no:  no  queda  nin- 
vguno:  todos  están  tendidos:  todos  muertos.  Todo  se  acabó.» 

— «¡Echeco-jauna!  ya  puedes  retirarte  con  tu  perro.  Vete  á  abrazar  á  tu  es- 
«posa  y  á  tus  pequeñuelos. 

«Limpia  tus  darlos;  forma  un  haz  con  ellos  y  la  bociwa  de  guerra,  y  coló- 
«calos  bajo  la  almohada  de  tu  lecho;  tu  cabeza  puede  reposar  tranquila. 

«Las  águilas  vendrán  á  disputar  á  los  lobos  esas  carnes  magulladas,  y  todas 
«esas  osamentas  blanquearán  el  valle,  durante  muchos  siglos. 

»Duerme,  Echeco-jauna,  duerme  tranquilo.   El  perro  morirá  de  viejo  antes 
«que  con  sus  la  iridos  te  dé  la  alarma  segunda  vez.» 
1     Véase  el  cap.  XIII  d.-  la  1.='  Parte. 


II.      PARTE,    CAP.    I.    PRIM.    MOIS.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.       49 

tico  de  todos  los  afectos  populares,  y  presentándole  como  perso- 
nificación magnífica  de  la  doble  protesta  de  la  nación  entera  con- 
tra la  invasión  política  y  religiosa,  de  que  fué  víctima  en  su 
tiempo.  Tan  viva,  tan  enérgica  y  espontánea  era  en  las  obras  del 
arte  la  manifestación  del  espíritu  noble  y  belicoso  de  aquel  pue- 
blo, que  empeñado  en  larga  y  dudosa  lucha  para  restaurar  su 
independencia,  no  podia  consentir  sombra  alguna  de  extraña  do- 
minación, cualquiera  que  fuese  el  pretexto  ó  la  legitimidad  de  su 
origen!... 

Doloroso  es  por  cierto  que  duerman  todavía  en  el  olvido  ó  ha- 
yan desaparecido  para  siempre  la  mayor  parte  de  estos  peregri- 
nos poemas,  no  quedando  sin  duda  vestigio  alguno  de  ellos,  si  los 
antiguos  cronistas,  obedeciendo  las  leyes  de  la  historia,  no  los 
hubieran  puesto  en  contribución  para  tejer  sus  crédulas  y  pinto- 
rescas narraciones  ^  Pero  si  en  orden  á  Bernardo  del  Carpió  y 


i  Acabamos  de  ver  cómo  la  Crónica  General  (la  Estoria  de  Espanna)  dá 
razón  de  los  cawíflres  que  se  referían  á  las  proezas  de  Bernardo  del  Carpió, 
aludiendo  al  origen  que  esos  cantos  guerreros  le  señalaron,  y  dando  á  cono- 
cer las  principales  proezas  que  le  atribuían.  No  es  menos  importante  la  noti- 
cia que  debemos  á  la  curiosísima  Crónica  de  Once  Reyes,  tejida  sobre  diversos 
poemas,  respecto  del  consagrado  á  celebrar  el  glorioso  reinado  de  Fernando  I. 
Narrando  la  muerte  de  este  soberano,  después  de  explicar  la  partición  que  hi- 
zo de  los  reinos  conforme  al  testimonio  del  arzobispo  don  Rodrigo,  don  Lúeas 
de  Tuy  y  Pero  Marcos,  observa:  «Et  como  quier  que  esta  sea  la  verdad  ques- 
))tos  onrados  omes  dizen,  fallamos  en  otros  logares  en  el  Cantar  que  dizen  del 
)) Rey  don  Fernando,  que  en  Castil  de  Cabezón,  yaciendo  él  doliente  partió  los 
»regnos  asi  como  dixiemos  et  non  dio  estonce  nada  á  su  fija  doña  Urraca» 
(Bibl.  Nacional,  cód.  F  133,  ful.  121,  v.  col.  2).  Obsérvese  que  se  emplea  ya 
la  frase  fallamos  en  otros  logares  en  el  Cantar,  etc.,  en  vez  de  cuentan  los  yo- 
glares', algunos  dizen  en  sos  cantares  de  gesta,  etc.:  lo  cual  nos  advierte  de 
que  el  Cantar  del  Rey  don  Fernando  estaba  escrito.  Pero  precedió  á  los  poe- 
mas ó  cantares  del  Cid?...  Cuestión  es  esta  que  sólo  puede  resolverse  por  in- 
ducción de  una  manera  afirmativa,  teniendo  presente  la  celebridad  que  die- 
ron al  rey  don  Fernando  sus  grandes  conquistas,  haciéndole  señor  de  toda 
España,  y  no  olvidando  que  aun  en  uno  de  los  poemas  relativos  al  Cid  sé  le 
tributan  no  pequeños  elogios.  A  la  verdad,  no  siendo  creíble  en  modo  alguno 
que  antes  de  dichos  monumentos  poéticos  dejaran  de  existir  otros  cantos  na- 
cionales en  lengua  vulgar,  según  ya  hemos  indicado  varias  veces,  no  halla- 
mos grande  dificultad  en  admitir,  y  antes  es  muy  natural  y  consecuente,  que 

TOMO  III.  4 


50  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

del  primer  Fernando  sólo  nos  es  dado  vislumbrar  el  valor  y  la 
significación  de  estos  cantares  por  el  testimonio  de  los  cronistas, 
al  cual  se  junta  el  de  los  romances,  que  vienen  en  siglos  poste- 
riores á  refrescar  la  tradición  heroica, — más  afortunados  tocante 
á  Rodrigo  Diaz  de  Vivar  y  á  Fernán  González,  podemos  hoy 
apreciar  dignamente  todo  lo  que  el  pueblo  castellano  creyó  y  sin- 
tió respecto  de  ambos  héroes,  si  bien  hay  notabilísima  diferencia 
entre  los  monumentos  que  auno  y  otro  corresponden.  Los  poemas 
que  celebran  al  Cid,  perteneciendo  á  esta  primera  edad  de  la  poe- 
sía escrita,  revelan  aquel  primer  impulso  del  sentimiento  patrió- 
tico, descubriendo  al  propio  tiempo  con  admirable  candor  las  con- 
diciones de  existencia  y  los  medios  externos,  de  que  era  dado  dis- 
poner al  arle,  cercano  todavia  á  su  cuna:  los  monumentos  relati- 
vos á  Fernán  González,  fruto  de  más  adelantadas  époóas,  son  ya 
una  derivación  lejana  de  aquellas  primitivas  tradiciones,  y  dan  en 
sus  formas  claro  testimonio  de  las  diferentes  conquistas  que  ha- 
bía hecho  la  poesía  castellana,  cuando  se  escriben. 

Fijemos  pues  la  vista  en  los  poemas  que  teniendo  por  norte  las 
inauditas  proezas  de  Rodrigo,  el  Castellano,  nos  llevan  á  consi- 
derar la  poesía  vulgar  española  del  siglo  XII  bajo  su  aspecto  esen- 
cialmente heroico;  trabajo  á  que  consagraremos  todas  nuestras 
fuerzas,  recordando  con  un  sapientísimo  varón  que  es  más  digna 
de  cuidado  «la  planta  que  comienza  á  salir  del  suelo  con  extra- 
nordinario  brio,  aunque  sea  una  hojica  sola,  que  la  que  ya  se  vá 
«secando,  aunque  esté  cargada  de  hojas»  ^ 


la  musa  guerrera  de  Castilla  celebrase  los  reyes  y  caudillos  dignos  de  fama, 
en  poemas  más  ó  menos  extensos,  bien  que  fijados  ya  por  la  cscriturA.  Lo 
sensible  para  nosotros,  lo  doloroso  para  la  historia  de  las  letras  es  que  no  se 
hayan  descubierto  aun  ó  hayan  perecido  á  manos  de  la  incuria  ó  de  la  igno- 
rancia, quedándonos  sólo  esas  no  sospechosas  referencias  de  los  primitivos 
cronistas. 

1     Pablo  de  Céspedes,  Discurso  sobre  la  antigua  y  moderna  pintura  y  es- 
cultura. 


CAPITULO  11. 

PRIMEROS  mmmím  escritos  de  la  poesía  castellana. 


Poemas  heroicos. — Héroe  de  los  mismos.— Ruy  Diaz  de  Vivar.— Causas  de 
su  exaltación  poética. — Estado  político  de  Castilla  á  fines  del  siglo  XI. — 
Los  monjes  de  Gluny  y  la  curia  romana. — Introducción  del  rito  galicano 
en  la  Península.— Alianzas  domésticas  de  Alfonso  VI. — Tentativas  para 
establecer  en  Castilla  el  feudalismo  extranjero. — Protesta  del  sentimiento 
nacional. — Personificación  de  esta  protesta.— El  Cid  poético. — Épocas  de 
su  vida. — La  Crónica  ó  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo.— Juicio  y 
análisis  de  la  misma. — Su  significación  tradicional,  en  orden  á  las  creen- 
cias y  sentimientos  populares. — Su  valor  literario. — Sus  formas  artísti- 
cas.— Resumen. 


Van  á  cumplirse  ocho  siglos  que  oye  España  con  entusiasmo  el 
glorioso  nombre  de  un  caudillo,  invocado  por  los  guerreros  como 
nuncio  de  victoria,  por  los  patricios  como  símbolo  de  libertad, 
por  los  caballeros  como  espejo  de  hidalguía,  y  pronunciado  por 
todos  con  solemne  admiración  y  respeto.  Aun  en  los  dias  de  tri- 
bulación y  de  conflicto,  cuando  peligra  la  independencia  de  la 
patria,  llena  ese  venerando  nombre  en  himnos  marciales  los  es- 
pacios, levantando  los  corazones  á  la  esfera  del  heroísmo  y  des- 
pertando al  par  la  ingénita  bravura  de  los  castellanos:  aun  en  los 
dias  del  triunfo  resuena  ese  nombre  en  todos  los  ámbitos  de  la 
Península  Ibérica,  presidiendo,  por  decirlo  así,  á  todas  las  fiestas 


52  HISTORIA   CRITICA   DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

nacionales,  y  sirviendo  de  protectora  sombra  A  los  regocijos  pú- 
blicos. El  héroe  es  Rodrigo  Diaz  de  Vivar:  el  nombre,  cuyo 
poder  misterioso  alcanza  á  lodos  los  pechos  españoles,  es  el  de 
Cid,  titulo  conquistado  con  el  precio  de  inauditas  hazañas  y  jus- 
tificado con  el  brillaulc  laurel  de  cien  victorias  ^ 

Colocado  mira  el  pueblo  español  á  este  héroe  en  los  confines 
de  la  tradición  y  de  la  historia,  iluminando  lo  pasado,  infundien- 
do nueva  vida  á  lo  presente  y  fecundando  lo  porvenir  con  los  ma- 
ravillosos gérmenes  de  sus  proezas.  Su  nombre  pertenece  igual- 
mente á  la  historia  religiosa,  á  la  política,  á  la  civil  y  á  la  litera- 
ria: su  gloria  es  la  gloria  del  pueblo  ibero.  Azote  y  exterminio  de 
la  morisma,  ensancha  con  el  hierro  de  su  lanza  el  territorio  cas- 
tellano; representante  délos  fueros  y  libertades,  defiende  con  vi- 
goroso aliento  las  inmunidades  patrias;  terrible  con  el  fuerte  y 
blando  con  el  menesteroso,  exaltan  sus  peregrinas  hazañas  el  en- 
tusiasmo de  grandes  y  pequeños,  sirviendo  de  indestructible  base 
á  las  costumbres  heroicas  de  nuestros  mayores  y  reflejando  po- 
derosamente las  creencias  y  los  sentimientos  de  aquellos  hombres  ^ 
que  hablan  levantado  sus  estandartes  para  derribar  los  odiados 
pendones  del  islamismo. 

La  poesía  que  hemos  visto  nacer  en  brazos  de  la  admiración 
de  gloriosos  hechos  y  que  alienta  al  grito  de  libertad,  acude  tam- 
bién á,  inspirarse  en  tan  ricos  veneros,  derramándose  después  en 
copiosos  é  inagotables  raudales,  para  fecundar  el  heroísmo  de 
cien  generaciones  ^.  Y  no  solamente  es  el  nombre  del  Cid  mági- 


i  Ruy  Diaz  de  Vivar  no  es  sólo  invocado,  como  numen  tutelar  de  la  in- 
dependencia, en  la  Península  Ibérica:  en  los  remotos  confines  del  Nuevo  Mun- 
do, adonde  llevaron  nuestros  padres  su  religión,  su  lengua  y  sus  costum- 
bres, se  escucha  también  el  nombre  del  Cid  en  medio  de  los  cantos  marciales, 
inflamando  los  pechos  hispauo-americanos  el  recuerdo  de  tan  glorioso  cau- 
dillo. 

2  Aludimos  más  principalmente  al  precioso  y  rico  Romancero  del  Cid,  cuya 
compilación  forma  la  historia  completa  del  héroe.  De  esta  fuente  tradicional, 
enriquecida  notablemente  por  los  poetas  populares  y  aun  eruditos  del  siglo 
XVI,  proceden  las  inspiraciones  dramáticas  que  enaltecen  la  musa  de  Juan 
de  la  Cueva,  Diamante  y  Guillen  de  Castro,  según  en  momentos  oportunos  la- 
tamente observaremos. 


II.*   PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.      53 

co  talismán  para  la  poesía  castellana,  que  en  todas  sus  edades 
le  idealiza  y  le  aclama,  y  que  le  presenta  grande  y  magnánimo 
bajo  todas  sus  manifestaciones  artísticas:  las  proezas  del  primer 
héroe  de  España  encuentran .  en  el  primer  genio  dramático  de 
Francia  un  cantor  entusiasta,  que  inspirado  en  el  fuego  de  su  pa- 
triotismo, ilumina  la  literatura  de  aquel  pueblo  con  la  radiante 
luz  de  Zamora  y  de  Santa  Gadea  ' .  La  gloria  de  Rodrigo  basta 
sola  para  alimentar  desde  su  cuna  el  arte  español  en  las  regiones 
más  elevadas  del  heroísmo,  y  para  sacar  de  su  abatimiento  y  ru- 
deza al  arte  de  Corneille.  Ningún  héroe,  por  grande  y  celebrado 
que  sea,  goza  de  tan  extraordinario  privilegio,  porque  ninguno 
llega  á  personificar  con  tanta  fuerza  la  civilización  del  pueblo  que 
le  dá  vida,  excitando  tan  enérgica  y  poderosamente  la  admira- 
ción de  extrañas  naciones. 

Mas  ¿cuál  es  la  causa  de  esa  veneración  profunda,  respecto  de 
un  personaje,  cuya  existencia  han  osado  poner  en  duda  no  des- 
preciables historiadores?...  ¿€uál  es  el  lazo  secreto  y  misterioso, 
que  uniendo  tan  íntimamente  en  la  religión  y  en  la  política,  en 
la  historia  y  en  el  arte  á  héroe  y  pueblo,  ha  venido  á  formar  una 
sola  entidad,  no  siendp  hoy  posible  comprender  al  pueblo  caste- 
llano, sin  el  debelador  de  Valencia?...  Ya  lo  dejamos  indicado  en 
el  capítulo  precedente:  mientras  los  cronistas  latinos,  fuera  de 
la  Gesta  Roderici,  en  lugar  propio  examinada,  apenas  dan  ra- 


1  No  solamente  adoptó  el  gran  Corneille  la  magnífica  figura  del  Cid  para 
dar  vida  al  teatro  francés:  desde  1637  á  1639  aparecieron  tres  obras  dramáti- 
cas, debidas  á  Desfontaines,  Chevreau  y  Chillac,  con  la  pretensión  de  com- 
pletar aquella  sublime  creación,  según  oportunamente  observa  Mr.  Adolfo 
de  Puibusque  en  el  capítulo  IV  del  tomo  II  de  su  Historia  comparada  de  las 
literaturas  francesa  y  española.  Los  títulos  de  estas  producciones  fueron:  La 
suite  du  Cid,  La  vrai  suite  du  Cid  y  La  Mort  du  Cid  ou  l'ombre  du  comíe  de 
Gormas. — Las  proezas  de  Ruy  Diaz  inflamaron  asimismo  la  musa  de  Voltai- 
re,  cuya  tragedia  del  Cid,  no  cede  en  mérito  á  sus  más  valientes  producciones. 
También  en  nuestros  dias  se  ha  inspirado  Casimiro  Delavigne  en  las  hazañas 
de  este  prodigioso  héroe,  mientras  lo  hacia  popular  en  Alemania,  traducien- 
do su  ñowawcgro,  el  diligente  y  concienzudo  Herder,  y  reproducía  su  Crónica, 
con  muy  doctos  comentarios  é  ilustraciones,  el  erudito  Huber.  De  estos  nota- 
bles trabajos  volveremos  á  hablar  en  momento  oportuno. 


54  HISTORIA    CRITICA    [)E    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

zon  de  sus  bélicas  y  arriesgadas  empresas;  mientras  los  historia- 
dores arábigos  las  refioren  sobrecogidos  de  terror,  ealifioando  (i 
Rodrigo  Diaz  de  Vivar,  acaso  no  sin  algún  fundamento,  de  cruel, 
feroz  y  sanguinario,  rodéale  el  pueblo  castellano  de  la  aureola  de 
su  respeto,  adhiere  á  su  persona  todos  los  sentimientos  generosos 
que  le  distinguen,  y  levantando  su  nombre,  cual  invencible  en- 
seña, muévela  al  propio  tiempo  contra  los  enemigos  de  su  Dios  y 
contra  los  que  propenden  en  cualquier  sentido  á  menoscabar  su 
dignidad  ó  á  cercenar  su  independencia. 

Y  no  cede  por  cierto  la  nación  castellana,  al  proceder  de  esta 
manera,  á  un  instinto  de  injustificada  aspereza  ó  de  punible  indi- 
ferencia para  con  sus  reyes:  erigida  recientemente  en  centro  de 
aquellas  monarquias,  fundadas  y  defendidas  con  la  sangre  de  los 
españoles,  vio  Castilla,  al  declinar  del  siglo  XI,  interior  y  exterior- 
mente  amenazada  la  independencia  de  todas;  y  fuerte  para  conju- 
rar con  sólo  el  esfuerzo  de  su  voluntad  el  peligro,  que  alcanzaba 
también  á,  la  corona,  protestó  contra  aquel  amago  de  servidum- 
bre, poniendo  por  escudo  la  santidad  de  sus  creencias,  la  firmeza 
de  su  patriotismo  y  la  gloria  de  sus  héroes . 

Doble  era  en  verdad  el  peligro,  y  doble  debió  ser  en  consecuen- 
cia la  protesta,  necesitándose  fijar  un  momento  la  vista  en  la 
historia  de  aquellos  dias,  para  comprender  las  relaciones  internas 
de  las  causas  políticas  y  religiosas  que  la  motivan  y  los  resultados 
que  produce  en  la  esfera  del  arte.  Cuando,  cediendo  más  bien  á 
los  afectos  de  la  sangre  que  á  los  consejos  de  la  conveniencia,  di- 
vidió Fernando  I  entre  sus  hijos  su  naciente  imperio,  no  sospe- 
chó siquiera  tan  afortunado  monarca  que  era  aquella  desmembra- 
ción la  manzana  de  la  discordia  arrojada  en  medio  de  su  familia, 
para  romper  los  más  estrechos  y  sagrados  vínculos,  despedazando 
así  el  magnífico  manto  que  cobijaba  sus  hombros.  Anhelaba  el 
primer  rey  de  Castilla  que  viviesen  sus  hijos  pacíficamente  des- 
pués de  sus  dias  ',  y  empleó  para  conseguirlo  precisamente 
medios  contrarios  á  este  fin,  dando  ocasión  á  los  escándalos  que 


1  Ul  posl  obilum  suum,  si  fieri  possel,  quiclam  inlor  se  duccrenl  vilaní, 
icgnum  suiírn  filiis  suis  divirlcrc  placuil  (Clir.  Silcnsc,  iimn.  103).  Lo  mismo 
repite  el  arzobispo  don  Rodrigo   (Cap.  XIV  dol  lii).  XVI  de  su  Crónica  latina). 


Il/    PARTE,    CAP,    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.       5o 

presenció  España  á  mediados  del  siglo  XI;  escándalos  que  en- 
sangrentaron las  ciudades  de  Galicia,  León  y  Castilla,  y  que  sem- 
brando de  cadáveres  los  campos  de  Llantada  y  de  Yalpillera,  tu- 
vieron desastroso  fln  ante  los  muros  de  Zamora,  con  afrentoso  re- 
gicidio. Cortaron  la  traición  y  la  perfidia  el  nudo  que  don  Fernan- 
do el  Magno  habia  querido  estrechar  entre  sus  hijos,  resolviendo 
al  par  el  problema  de  aquella  política  tan  desacertada  como  inex- 
perta, bien  que  no  faltaban  en  su  propia  historia  al  hijo  de  don 
Sancho,  el  Mayor,  egemplos  de  lo  que  puede  la  ambición  y  de  lo 
que  vale  siempre  el  derecho  de  la  fuerza.  Don  Alfonso  YI,  que  ha- 
bia mendigado  y  obtenía,  al  expirar  don  Sancho,  hospitalidad  en 
la  corte  de  Almamun-billáh,  subió  pues  al  triple  trono  de  León, 
Castilla  y  Galicia,  aprisionando  á  su  hermano  don  Garcia  en  el 
castillo  de  Luna,  casi  al  mismo  tiempo  que  se  veia  obligado  en 
Santa  Gadea  de  Burgos  á  justificarse,  por  medio  del  juramento,  de 
que  no  habia  sabido  ni  consentido  en  la  muerte  de  don  Sancho. 

Este  juramento  que  sin  razón  han  considerado  algunos  histo- 
riadores como  atentatorio  á  la  majestad  real,  y  que  era  en  suma 
el  más  limpio  tributo  de  la  lealtad  castellana,  rendido  en  las  gra- 
das del  verdadero  trono,  dejó  sin  duda  honda  llaga  en  el  pecho 
de  don  Alfonso,  quien  ofendido  por  la  altivez  de  la  exigencia,  no 
comprendió  todo  el  precio  de  aquella  hidalguía  tan  áspera  como 
desinteresada,  tan  exigente  como  noble;  y  vio  desde  entonces  no 
sin  ojeriza  las  rudas  y  libres  costumbres  del  pueblo,  que  antes  de 
ponerle  la  corona  sobre  las  sienes,  le  conjuraba  en  nombre  de 
Dios  para  que  no  se  asentase,  siendo  criminal,  en  el  trono  ensan- 
grentado por  la  alevosía. 

Á  templar  la  genial  dureza  de  los  castellanos,  no  acostumbra- 
dos todavía  al  dominio  de  los  reyes;  á  dulcificar  aquellas  costum- 
bres, que  comenzaban  ya  á  formar  el  carácter  de  la  nación,  debía 
dirigir  Alfonso  todos  los  esfuerzos  de  su  política,  empresa  que 
acometió  en  efecto  y  en  que  tuvo  fortuitamente  por  auxiliares 
cuantos  elementos  podían  entonces  ser  respetados  del  pueblo 
español,  é  influir  también  en  su  futura  suerte.  Las  reformas 
que  se  inauguraban  por  la  Iglesia,  trascendiendo  inevitablemen- 
te á  las  esferas  políticas,  sí  bien  al  principio  hallaban  en  don  Al- 
fonso notable  oposición,  dominando  luego  en  sus  consejos,  le 


56  HISTORIA    crítica    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

abrian  por  último  la  senda  para  domeñar  la  entereza  castellana . 

Ya  don  Fernando,  su  padre,  liabia  mostrado  particular  afición 
á  los  monjes  de  Cluny  (Cruniego),  quienes  obtuvieron  de  su  mu- 
nificencia no  escasas  pensiones;  y  aquella  Congi^egacion,  que  obe- 
deciendo á  un  movimiento  superior  en  las  esferas  más  trascen- 
dentales de  la  política,  habia  emprendido  denodadamente  el  camino 
de  las  reformas,  envió  á  España  sucesivas  colonias  para  sostener 
la  severidad  de  la  disciplina  monacal,  y  recabar  al  propio  tiempo 
mayores  tributos.  El  mismo  Hugo,  elevado  después  al  gremio  de 
los  santos,  enviaba  á  la  corte  de  Castilla,-  no  bien  asentado  don 
Alfonso  en  el  trono,  al  monje  Roberto,  cuya  sagacidad  lograba 
en  breve  apoderarse  de  su  ánimo,  granjeando  toda  suerte  de  hon- 
ras y  donaciones,  y  consiguiendo  al  cabo  que  duplicase  la  pensión 
concedida  por  su  padre  don  Fernando  al  monasterio  de  Cluny,  co- 
me á.  cabeza  y  principal  asiento  de  la  Orden  ' .  Segundaba  todos 
estos  pasos  la  reina  doña  Inés,  hija  de  Guido  de  Aquitania,  fo- 
mentando su  amor  en  el  pecho  del  monarca  la  singular  predi- 
lección, con  que  trataba  á  los  enviados  de  Hugo;  y  el  pueblo  cas- 
tellano, que  ajeno  de  toda  prevención,  veia  con  hondo  respeto 
cuanto  se  ligaba  en  algún  modo  con  sus  ardientes  creencias  reli- 
giosas, recibía  también  sin  repugnancia  á  estos  monjes,  y  aunque 
venidos  de  extrañas  regiones,  los  oia  con  veneración,  apreciando 
dignamente  su  virtud  y  su  doctrina. 

Pero  mostróse  bien  pronto  que  aquellas  frecuentes  expedicio- 
nes, si  parecían  tener  por  inmediato  objeto  las  reformas  mona- 
cales, y  con  ellas  el  engrandecimiento  de  la  Congr^acion  clunia- 
cense,  se  encaminaban  á  fin  más  alto,  bien  que  poco  acepto  en- 


1  Sobre  una  y  otra  concesión  pueden  verse  el  arzobispo  don  Rodrigo 
(Reriim  Ilispaniarum  Chronica,  lib.  YI,  cap.  XIII);  elTudense  {Chronicon),  y 
el  docto  Mariana  (Historia  general  de  España,  lib.  IX,  cap.  VI).  La  escritura 
de  donación  otorgada  por  don  Alfonso  en  1077  (Era  I  H5)  ofrece  la  siguiente 
cláusula:  «Ego  Adefonsus...  Hugoni  Abbati...  censum,  qucm  palcr  meus... 
sanclissimo  loco  Cluniacensi  solitus  eral  daré..,  in  diebus  vitae  meae  dupli- 
calum  dabo».  Consúltese  también  el  privilegio  inserto  por  Yepes  en  el  to- 
mo IV,  fól.  452  de  su  Historia  de  la  Congregación  de  San  Benito,  y  reprodu- 
cido por  Aguirre  en  el  tomo  III,  p:íg.  291  de  su  Collectio  máxima  Conciiioruin 
Uispaniae. 


11/''  PARTE,  CAP.  II.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   S7 

tonces  á  los  ojos  de  la  nación,  abriendo  las  puertas  de  la  Península 
Ibérica  á  la  curia  romana,  cuya  influencia  habia  sido  antes  escasa 
en  los  dominios  españoles.  Era,  según  hemos  ya  indicado,  pen- 
samiento capital  de  la  Santa  Sede  el  uniformar  en  Occidente  el  rito 
eclesiástico,  para  dar  cabo  á  la  grande  y  más  trascendental  em- 
presa de  fundar  sobre  la  base  del  catolicismo  un  imperio  univer- 
sal, con  provecho  de  la  civilización  y  gloria  del  Pontificado.  Ya 
Alejandro  II  habia  logrado,  no  sin  instancias  repetidas,  que  abo- 
liese en  sus  Estados  don  Sancho  de  Aragón  el  antiguo  oficio  vi- 
sigodo y  sujetase  todos  los  monasterios  de  su  reino  á  la  autoridad 
de  Roma  [1071]:  ocupada  su  silla  por  el  cluniacense  Grego- 
rio YII,  cuya  incontrastable  voluntad,  debia  avasallar  todos  los 
poderes  del  mundo,  ganándole  el  título  de  ainvicto  defensor  déla 
Iglesia  romana»  ^,  entró  resuelto  en  el  camino  trazado  por  Ale- 
jandro, exigiendo  de  Alfonso  de  Castilla  y  de  Sancho  de  Navarra 
que  recibieran  también  la  liturgia  galicana,  declarada  ya  como 
única  digna  de  la  Iglesia  Católica  por  los  pontífices  cluniacen- 
ses  [1074].  Contaba  Gregorio  para  esta  empresa  con  el  asenti- 
miento y  aun  la  cooperación  de  algunos  obispos  españoles;  pero 
tal  vez  no  bien  informado  de  la  devoción  y  el  amor  que  inspiraba 
en  la  Península  el  nombre  del  grande  Isidoro,  desconociendo  sin 
duda  la  doctrina  y  santidad  del  breviario,  que  representaba  los 
gloriosos  triunfos  de  Leandro  y  Recaredo,  de  Eugenio  é  Ildefon- 
so, ó  lo  que  es  más  probable,  atento  sólo  á  obtener  el  fruto  del 
gran  pensamiento  que  le  dominaba,  considerólo  como  libro  peli- 
groso, ya  que  no  vituperable  por  sus  errores;  lo  cual,  lastiman- 
do en  inasa  al  clero  y  pueblo  español,  no  podia  menos  de  produ- 
cir general  disgusto  y  conturbación  en  el  ánimo  de  todos  ^. 


i     Aguirre,  tomo  III,  pág.  246. 

2  Son  por  extremo  notables  las  palabras  de  Gregorio  VII,  dirigidas  sobre 
este  punto  á  entrambos  reyes:  «Potsquam  vesania  Priscillianistarura  diu  pol- 
lutum  et  perfidia  arianorum  depravatum  et  a  romano  ritu  separatura,  irruen- 
tibus  prius  g-othisac  denium  invadentibus  sarracenis,  regnum  Hispaniae  fuit, 
NON  soLUM  RELiGio  EST  DIMINUTA,  vcrum  cliam  mundanac  sunt  opes  labefaetae» 
(Aguirre,  tomo  III,  pág.  248,  Epíst.  III  de  Gregorio  VII).  El  docto  Mariana, 
dando  razón  de  la  bula  especial,  enviada  por  Gregorio  al  aragonés,  manifies- 
ta que  el  Papa  califica  en  ella  de  abominable  superstición  el  rilo  isidoriano 


58  nisTORiA  criÍTic.v  de  la  literatura  española. 

Alfonso,  i|ue  liabia  ya  cedido  en  parte  á  las  demandas  de  Gre- 
gorio Vil,  ordenando  que  se  permitiese  en  las  iglesias  de  León  y 
Castilla  el  ritual  galicano,  pareció  por  un  momento  responder  al 
universal  clamor  de  clero,  pueblo  y  milicia,  moviéndole  la  unáni- 
me resistencia  *  á  proponer,  como  medio  de  todos  aceptable,  por 
estar  al  propio  tiempo  enlascreencias  yen  las  costumbres,  la  ape- 
lación al  juicio  divino  por  medio  del  combate.  En  9  de  abril  de  1077 
se  llevaba  á,  cabo  tan  peregrino  duelo,  siendo  vencido  de  falsedad 
el  campeón  del  rito  galicano  2, 

Pero  recusada  esta  prueba,  que  hubiera  sin  duda  bastado,  á 
ser  otra  la  suerte  de  las  armas  •*,  no  pudo  menos  de  producir  do- 
loroso efecto  en  la  corte  de  Alfonso,  poniendo  al  mismo  tiempo 
en  claro  la  irrevocable  resolución  del  Pontífice,  decidido  á  extir- 
par en  toda  España  el  antiguo  oficio  mozárabe.  Coincidiendo  con 
este  singular  acontecimiento  la  muerte  de  la  reina  doña  Inés  [ju- 


(el  breviario  y  misal  de  los  godos),  (da  cual  supe  rsticion  (anadia  el  Pontífice) 
«tenia,  con  una  persuasión  muy  necia,  deslumhrados  los  entendimientos»  de 
los  españoles  (Hist.  gen.  de  Esp.,  lib.  IX,  cap.  VII).  La  autoridad  de  los  con- 
cilios toledanos,  que  hablan  recibido  y  santificado  aquel  rito,  al  asegurar  en 
las  Españas  el  triunfo  del  catolicismo,  alcanzado  por  Leandro  é  Isidoro,  tanto 
como  los  inmensos  sacrificios  hechos  por  reyes,  clero  y  pueblo,  así  en  Ara- 
gón como  en  Castilla,  en  defensa  de  la  religión,  cuya  pureza  era  el  más  alto 
timbre  de  la  civilización,  representada  primero  por  los  Recaredos  y  Reces - 
wintbs,  después  por  los  Alfonsos  y  Ramiros,  no  merecían  en  verdad  tan  des- 
favorables calificaciones.  El  efecto  de  las  palabras  del  Sumo  Pontífice  fué 
pues  tan  doloroso  como  fundado,  y  el  arzobispo  don  Rodrigo,  á  quien  segui- 
mos, lo  expresó  perfectamente  con  estas  palabras:  aClerus  et  populus  totius 
Hispaniae  turbatur,  eo  quod  gallicanum  ofñcium  suscipere  a  Legato  et  Prin- 
cipe cogebatur»  {De  Rebus  Hispaniae,  lib.  VI,  cap.  XXV). 

i  Esta  resistencia  la  determina  el  arzobispo  don  Rodrigo,  diciendo:  «Fuil 
diutius  altercalum,  clero,  niilitia  el  populo  firmiter  resistenlibus,  üt  officiuní 
mutaretur»  (loco  citato,  De  Rebus  Hispaniae). 

2  El  Cronicón  Malleacense  dice:  «Fuit  factum  bellum  inter  duoF  milites, 
el  falíilatis  ími  viclus  miles  ex  parte  francorum».  Don  Rodrigo  escribe:  «Mi- 
lis Regís  ilico  victu  s  fuit,  populis  exultantibus,  quod  victor  erat  miles  Officii 
Toletani»  (De  Rebus  Hispaniae,  id.,  id.). 

3  El  mismo  arzül)is[)o  <lon  Rodrigo  escribe  estas  notables  palabras:«  Rcx 
adeo  fuit  a  regina...  slimulalus,  quod  a  proposito  non  disccssit,  ducUum  iudi- 
cans  ius  non  esse»  {De  Rebus  Hispaniae,  utsupra). 


II.*    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    1\I0N.    ESC.    DE   LA   TOES.    CAST.      59 

nio  de  1078],  tenían  los  monjes  de  Cluny  ocasión  de  ajustar  el 
matrimonio  de  doña  Constanza,  recabando  en  premio  nuevas  hon- 
ras y  prerogativas;  y  firme  Gregorio  YII  en  la  realización  de  sus 
grandes  y  trascendentales  proyectos,  creyó  ser  aquel  oportuno 
instante  para  enviar  á  Castilla  al  cardenal  y  cluniacense  Ricardo, 
en  calidad  de  nuncio  apostólico  y  con  el  principal  intento  de  ter- 
minar la  obra  comenzada.  No  fué  Ricardo  tan  bien  recibido  en  la 
corte  como  esperaba  el  Pontífice,  atribuyéndose  en  parte  el  no 
sospechado  desvio  de  don  Alfonso  á  la  influencia  de  Roberto, 
prior  ya  de  Sahagun,  y  aun  de  la  reina  doña  Constanza.  Á  las 
quejas  que  sobre  este  punto  elevaba  á  Roma  Ricardo,  respondió 
grandemente  enojado  el  Soberano  Pontífice,  execrando  de  Roberto 
y  mandando  á  Hugo  que  le  sacase  luego  de  España,  mientras 
conjuraba  enérgicamente  al  mismo  rey  don  Alfonso,  para  que  se- 
gundara sus  propósitos,  no  perdonada  la  culpa  que  en  la  resis- 
tencia se  atribuía  á  la  reina  doña  Constanza  [1080]  \ 

Doblado  el  rey  al  peso  de  las  conminaciones  de  Gregorio  VII, 
rendíase  del  todo  á  su  voluntad,  bien  que  no  sin  permitir  la  últi- 
ma prueba,  solicitada  ya  en  1090  por  los  toledanos,  terminándose 
tan  ruidoso  proceso  con  el  juicio  del  fuego,  que  vino  á  dar  sin 
embargo  mayor  prestigio  y  celebridad  al  breviario  mozárabe  ^. 


1  Véanse  en  Aguirre  las  Epístolas  X  y  XI,  dirigidas  la  primera  á  Alfon- 
so VI  y  la  segunda  á  Hugo,  abad  de  Cluny  (tomo  III,  págs.  254  y  2o5). 

2  El  docto  arzobispo  don  Rodrigo,  ya  tantas  veces  citado,  escritor  nada 
sospechoso  respecto  de  las  cosas  de  la  Iglesia,  dado  á  conocer  el  resultado 
del  juicio  de  las  armas,  anadia:  «Cumque  super  hoc  magna  seditio  in  militia 
et  populo  oriretur,  denium  placuit,  ut  liber  Officii  Toletani,  et  liber  Officii 
Gallicani  in  magna  ignis  congerie  ponerentur».  Triunfante  de  las  llamas  el 
breviario  mozárabe,  mientras  igne  consumilur  liber  Officii  Gallicani,  pareció 
exasperar  esta  prueba  al  rey  don  Alfonso;  pues  «cum  esset...  suae  voluntatis 
pertinax  executor,  neo  miraculo  territus,  nec  supplicatione  suasus,  voluit 
inclinari;  sed  mortis  suppucia  et  direptionem  m¿«i7a».s  resistentibus,  praece- 
pit  ut  Gallicanum  Officium  in  ómnibus  regni  sui   finibus  servaretur.    Et  tune 

CUNCnS  FLENTIBUS  ET    DOLENTIBUS,  inolcvit  prOVCrblum:   QüO    VOLL'NT  REGES,  VA- 

DUNT  LEGES».  Téngase  en  cuenta  lo  que  respecto  del  valor  de  este  proverbio 
y  de  su  importancia,  como  dato  hislórico-litcrario,  dejamos  dicho  en  otro 
lugar  (tomo  II,  Ilustración  V,  pág.  520).  En  cuanto  al  hecho,  considerado 
en  sí,  no  puede  ser  más  eficaz  la  declaración   de  don  Rodrigo;  y    cuando 


CO  HIíTOniA    CRITICA   DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

Gregorio  colmal)a  de  alabanzas  al  rey  de  Castilla,  allanado  ya  el 
camino  il  sus  colosales  proyectos  con  la  abolición  del  venerando 
oücio  visig-odo  ',  todo  lo  cual  era  canonizado  por  el  célebre  Con- 
cilio de  Leen,  que  según  notamos  antes  dé  abora,  anulado  el 
rito,  perseguía  también  la  lefrn  isidoriana  2.  El  pensamiento  al- 
tamente civilizador  de  Gregorio  Yll  respecto  de  la  unidad  del  rito 
se  había  pues  realizado  en  las  Españas:  aquella  liturgia  crea- 
da por  el  espíritu  y  la  ciencia  del  Apóstol  de  los  visigodos  y  del 
egregio  Instituidor  del  clero  católico,  cedia  el  puesto  á  la  li- 
turgia de  los  cluniacenses,  que  era  ya  designada  con  título  de 
romana.  Sólo  Toledo,  antiguo  asiento  de  los  Concilios  nacionales 
y  de  los  reyes  visigodos,  alcanzaba  en  1090  el  privilegio  de  con- 
servar el  breviario  mozárabe;  privilegio  que  lia  sabido  conservar 
hasta  nuestros  dias,  hallando  insignes  protectores  en  sus  mismos 
metropolitanos  ^. 


reparamos  en  que  desde  la  prueba  del  combate,  cuyo  éxito  fué  recibido 
populis  exuUantibus,  hasta  la  del  fuego  trascurren  trece  años  (1077  á  1090), 
término  que  demuestra  sin  género  alguno  de  duda  lo  empeñado  de  aquella 
lucha,  no  es  ya  difícil  comprender  todo  el  dolor  de  clero,  milicia  (nobleza) 
y  pueblo,  al  verse  despojados  del  venerado  rito,  que  hablan  defendido  to- 
dos con  tanta  sangre  y  tantos  sacrificios.  Así  se  comprende  también  toda  la 
amargura  de  la  frase  proverbial:  Allá  van  leijs  do  quieren  reys. 

i  Los  cronistas  españoles  atribuyen  a  doña  Constanza  en  todos  estos  he- 
chos una  parte  activa  y  contraria  á  los  intereses  de  Castilla:  así  dicen  que  el 
rey  procedió  contra  el  antiguo  rito  a  regina  suaso,  a  regina  stimnlatus,  lle- 
vándole esta  persuasión  y  estímulo  á  la  mayor  dureza  contra  eidero,  la  mi- 
licia y  la  plebe,  que  defendian  el  oficio  visigodo  (Don  Rodrigo,  cap.  XXV, 
lib.  VI  citados).  Sin  embargo  las  cartas  de  Gregorio  VII,  ya  alegadas,  que 
han  llegado  por  fortuna  á  nuestros  dias,  convencen  de  que  los  sucesos,  de 
que  tratamos,  llevaron  el  curso  indicado  (Aguirre,  tomo  III,  pág.  246  á  257). 
La  insistencia  de  los  cronistas  prueba  del  modo  que  la  tradición  conservaba 
la  memoria  de  tan  notables  acontecimientos. 

2  Tomo  II,  cap.  XIII,  é  Ilustración  II,  págs.  170  y  378  y  siguientes. 

3  Aludimos  ahora  más  principalmente  á  los  ilustres  cardenales  Cisneros 
y  Lorenzana:  el  primero,  movido  de  respeto  y  veneración  hacia  las  altas  lum- 
breras del  catolicismo  que  fundaron  el  rito  mozárabe,  estatuyó  en  la  cate- 
dral toledana  y  dotó  de  pingües  rentas  la  capilla  y  cabildo,  donde  todavía 
resuena  con  aplauso  de  los  fieles  el  rezo  que  ilustraron  San  Eugenio  y  San  Il- 
defonso: el  segundo  hizo  imprimir  á  sus  expensas,  al  propio  tiempo  que  re- 


II.     PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.      61 

Fuera  pues  efecto  de  la  violencia  cometida  por  parte  del  rey 
don  Alfonso,  pues  que  aminis  et  terroribus  intonante»  allanó  al 
cabo,  en  fuerza  de  los  destierros  y  suplicios,  á,  cuantos  resistían  *; 
fuera  consecuencia  de  una  política  sagaz,  que  provocara  de  pro- 
pósito aquella  lucha,  tan  desigual  como  empeñada,  el  pueblo  cas- 
tellano quedó  desposeído  del  venerando  rito  que  le  habia  servido 
de  norte  y  de  consuelo  en  medio  de  sus  grandes  calamidades,  por 


cogía  en  suntuosa  colección  las  obras  de  los  PP.  Toledanos,  el  referido  Bre- 
viario mozárabe,  con  el  ya  célebre  Himnario  visigodo.  Sobre  la  historia  del 
rito  isidoriano  en  general  y  muy  particularmente  sobre  sus  vicisitudes  en  la 
ciudad  de  Toledo  y  sobre  la  capilla  mozárabe  de  aquella  Santa  Iglesia,  escribe 
el  docto  capellán  mayor  de  la  misma,  nuestro  amado  y  antiguo  amigo,  don 
José  Pedro  Alcántara  Rodriguez,  notabilísimo  libro,  tan  lleno  de  erudición 
como  de  verdadera  ciencia  histórica;  dotes  que  le  hacen  ya  muy  deseado  de 
los  hombres  entendidos. 

i  Don  Rodrigo,  ut  supra.  La  universal  resistencia  del  pueblo  castellano  á 
las  novedades  galicanas,  tenia  más  firme  fundamento  en  el  clero  que  se  juz- 
gaba, no  sin  razón,  heredero  de  la  doctrina  y  de  la  ciencia  del  grande  Isi- 
doro, atesoradas  en  sus  Oficios  y  en  las  Etimologias,  obra  que  según  repeti- 
damente hemos  advertido,  era  el  libro  educador  de  las  escuelas  clericales. 
Podian  los  monjes  cluniacenses  exceder  personalmente  en  ilustración  al  co- 
mún de  los  sacerdotes  castellanos,  y  sin  duda  trajeron  al  seno  de  la  Iglesia 
española  nuevos  elementos  de  cultura,  pagando  así  la  no  lejana  deuda,  con- 
traída por  Silvestre  II  y  sus  discípulos  (Véanse  los  caps.  Xlll  y  XV  de  la  I.* 
Parte,  págs.  171  y  268  y  siguientes  del  tomo  II);  pero  bien  puede  asegurarse 
que  no  les  fué  dado  sustituir  con  obra  alguna  de  igual  importancia  la  doctri- 
na de  las  Etimologias,  siendo  por  tanto  natural  y  muy  consecuente  que  un 
clero,  criado  en  las  escuelas  depositarías  de  aquella  tradición  científica,  y  fiel 
guardador  de  la  liturgia  isidoriana,  repugnara,  como  repugnó  el  español,  la 
abolición  del  antiguo  rito,  que  lo  reducía  á  cierta  manera  de  servidumbre, 
contra  la  cual  habia  ya  protestado  por  medio  de  tres  obispos  en  el  concilio  de 
Mantua  (Mariana,  lib.  IX,  cap.  V).  Y  tan  legítima  fué  esta  manifestación,  re- 
velada por  el  arzobispo  don  Rodrigo  en  las  ya  trascritas  palabras  (cunctis  flen- 
tibus  et  dolenlibus),  que  los  mismos  Padres  del  Concilio  de  León,  mientras 
iban  hasta  el  e.xtrcmo  de  mandar  que  «de  cetero  gallicam  litteram  scripserint 
[scriptores»],  se  vieron  en  la  necesidad  de  transigir  con  el  espíritu  del  clero 
español,  estatuyendo  «ut  secundum  regulam  Beati  Isidori,  Hispalensis  archi- 
episcopus,  ecclesiastica  ofñcia  in  Hispaniam  regorentur»  (Aguirre,  tomo  III, 
pág.  298).  El  Concilio  de  León  se  celebraba  en  1091;  el  juicio  divino  relativo 
á  los  breviarios,  habia  tenido  efecto  en  1090:  la  concesión  del  Concilio, 
dados  los  antecedentes,  no  podía  ser  más  significativa. 


62  HISTORIA    CHhlCA    DE    LA    LIIEUATUUA    ESPAÑOLA. 

el  espacio  de  cuatro  siglos  y  medio  (650  á  1090),  y  herido  al  par 
on  sus  nobles  instintos  de  independencia,  viendo  por  otra  parte 
colmados  do  riquezas  y  privilegios  á.  los  monjes  de  Cluny,  instru- 
mentos inmediatos  de  la  no  merecida  humillación  que  tan  viva- 
mente le  lastimaba. 

Apoderados  entre  tanto  del  monasterio  de  Sahagun,  enriqueci- 
do por  Fernando  I,  habíanse  aprovechado  los  cluniacenses  del  ma- 
trimonio de  doña  Constanza  para  libertar  á  sus  numerosas  pue- 
blas de  los  tributos  reales,  siendo,  los  monasterios  de  Nájera 
y  San  Juan  de  Burgos  las  primeras  donaciones  que  recibieron 
en  premio  de  aquellos  servicios;  donaciones  que  se  multiplica- 
ron en  breve  con  la  venida  del  monje  Bernardo,  elegido  en 
1079  abad  de  Sahagun  y  puesto  en  aquella  silla  con  pompa  inu- 
sitada. Favorecíalos,  demás  de  esto,  la  declarada  magnificencia 
de  los  reyes  con  un  privilegio  de  inmunidad  absoluta  (omne  domi- 
nium  et  regiam  iurisdictionem),  confirmado  por  trece  obispos, 
diez  y  siete  condes  y  multitud  de  caballeros;  y  este  privilegio, 
que  se  referia  á  la  jurisdicción  civil,  comprendiendo  las  cargas  de 
castilleria,  divisa,  martiniega,  mañeria  y  mincio,  era  en  breve  am- 
pliado por  el  mismo  Gregorio  VII  á  la  jurisdicción  eclesiásti- 
ca, quedando  exentos  los  monjes  de  toda  autoridad  en  uno  y  otro 
derecho  (ab  omni  lugo  secularis  sen  ecclesiasticae  potestatis). 

Obtuvieron  pues  los  cluniacenses  en  los  reinos  de  León,  Galicia 
y  Castilla  cuantos  privilegios  é  inmunidades  eran  á  la  sazón  cono- 
cidos ',  sin  que  se  consultaran  al  concederlos,  las  leyes,  las  cos- 
tumbres, ni  las  tradiciones  de  los  pueblos,  acabando  de  levantar- 
los al  más  alto  punto  de  prosperidad  la  celebrada  conquista  de 
Toledo.  Yeíase  el  abad  Bernardo,  al  lograrse  esta  gran  victoria, 
elevado  á  la  silla  de  aquella  populosa  metrópoli,  siendo  el  primer 
prelado,  para  quien  se  impetró  la  confirmación  de  la  corte  roma- 
na -:  monjes  cluniacenses  fueron  también  los  primeros  canónigos 

i     Véase  la  Hist.  de  Sahagun,  de  los  Mros.  Pérez  y  Escalona,  Escrituras. 

2  Hasta  esta  época  se  había  cumplido  exactamente  lo  dispuesto  por  el 
canon  XIX  del  IV  concilio  de  Toledo,  que  trataba  de  las  cualidades  del  que 
liabia  de  ser  elegido  obispo  y  de  las  circunstancias  de  su  consagración,  cor- 
respondiendo al  rey  la  aprobación  do  la  elección  indicada;  rcg-alía  que  fué 
respetada  conslantcmen le  por  lodos  los  concilios  posteriores.  Pero  Bernardo 


n.''   PARTE,    CAP.    11.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.      63 

y  dignidades  de  aquella  poderosa  Iglesia;  y  sus  chantres,  arcedia- 
nos y  capiscoles  salieron  en  breve  á  ocupar  las  primeras  cátedras 
episcopales  de  León,- Galicia  y  Castilla,  lo  cual  se  verificaba 
igualmente  en  Aragón  y  Navarra  *.  Así,  mientras  los  monjes  de 
Cluny  dominaban  moralmente  en  Europa,  merced  á  la  omnipo- 
tencia de  los  pontífices  que  vistieron  la  misma  cogulla,  extendían 
también  su  influencia  á  todas  las  provincias  españolas,  llegando  á 
ser  arbitros  de  la  suerte  de  aquella  Iglesia,  que  habia  producido 
en  todas  edades  eminentes  varones  en  ciencia  y  santidad,  y  que 
tan  celosa  se  habia  mostrado  siempre  de  su  dignidad  y  de  su  in- 
dependencia. 

Y  no  llevaban  por  cierto  los  acontecimientos  meramente  políti- 
cos más  favorable  camino  respecto  de  los  intereses  morales  de  los 
castellanos.  Ya  fruto  del  acaso,  ya  resultado  natural  de  aquella 
manera  de  aversión,  con  que  miró  Alfonso  YI,  las  costumbres  de 
Castilla  desde  la  jura  de  Santa  Gadea,  ninguna  de  las  alianzas  de 
familia,  contraidas  por  este  príncipe,  fué  nacional  ^r  sus  matri- 


aspiraba  no  solamente  á  recibir  de  la  Santa  Sede  aquella  desacostumbrada 
consagración,  sino  lo  que  era  de  mayor  efecto,  y  provocó  entonces  y  aun 
después  notables  contradicciones  (cual  prueban  en  aquel  mismo  tiempo  los 
ya  estudiados  Cronicones  del  obispo  don  Pelayo)  á  obtener,  como  la  obtuvo 
de  Urbano  II,  monje  como  él  cluniacense,  la  declaración  de  la  P;7»/«c¿a  de 
la  ig-lesia  de  Toledo  sobre  todas  las  de  España.  Puede  verse  la  bula,  que  lle- 
va la  data  de  los  Idus  de  octubre  del  año  de  i088,  en  el  tomo  VI  de  la  Espa- 
ña Sagrada,  Apéndice  V,  pág-.  347. 

1  Entre  los  que  en  Castilla  alcanzaron  mayores  dignidades,  deben  men- 
cionarse: Giraldo,  monje  moysiacense,  chantre  y  capiscol  de  Toledo  y  después 
arzobispo  de  Braga;  Pedro,  arcediano  de  la  misma  metrópoli  y  más  adelante 
obispo  de  Osma;  Bernardo,  chantre  toledano  y  arzobispo  de  Santiago,  y  Ray- 
mundo  que  sucedió  á  Pedro  en  el  obispado  de  Osma.  También  se  distinguie- 
ron otros  dos  monjes  con  el  nombre  de  Pedro,  uno  de  los  cuales  ocupó  la  si- 
lla de  Segovia  y  otro  la  de  Palencia,  contándose  entre  estos  varones  honestos 
et  literatos  (que  de  tales  los  califica  el  arzobispo  don  Rodrigo)  otro  Bernardo 
que  sustituyó  al  obispo  don  Gerónimo  (de  quien  adelante  hablaremos)  en  la 
cátedra  de  Zamora,  recientemente  creada. 

2  Sobre  las  mujeres  y  concubinas  de  Alonso  VI  consúltese  el  Cronicón  del 
obispo  don  Pelayo,  núm.  XIV.  Los  demás  cronistas  le  siguen  casi  al  pié  de 
la  letra.  Véase  al  propósito  el  arzobispo  don  Rodrigo,  lib.  VI,  cap.  XX  de 
su  Rer.  Hisp.  Cliron. 


64  HISTOIUA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

monios  y  los  enlaces  do  su  hija  legítima  doña  Urraca  y  de  las 
bastardas  Teresa  y  Elvira  trajeron  á  España  cinco  reinas  y  tres 
condes  extranjeros,  cuya  iníluencia  debia  ser  y  fué  de  gran  peso 
en  la  balanza  de  los  negocios  públicos. 

La  conquista  de  Toledo,  que  parecía  contribuir  á  exaltar  el  sen- 
timiento patriótico  de  la  muchedumbre,  dio  ocasión  en  la  parte 
política,  como  la  habia  dado  en  la  religiosa,  para  que  estas  iii- 
íluencias  tuviesen  su  más  completo  desarrollo:  los  gascones,  bre- 
tones, pro  vénzales,  alemanes,  griegos  y  otros  muchos  negociado- 
res de  exlraños  lenguajes,  que  hablan  concurrido  á  tan  célebre 
cruzada,  obtuvieron  todo  género  de  protección,  según  ya  dejamos 
en  otro  lugar  apuntado  * ,  pugnando  por  penetrar  también  con  ellos 
en  Castilla  aquel  espíritu  de  feudalismo,  que  tan  repugnantes  ca- 
racteres ostentaba  allende  los  Pirineos.  Rodeado  en  efecto  el  rey 
don  Alfonso  de  los  monjes  cluniac§nses  que  habian  dado  el  triunfo 
á  la  curia  romana  en  nuestro  suelo;  dominado  por  el  amor  de  prin- 
cesas extrañas,  ajenas,  ya  que  no  contrarias  á  las  costumbres 
nacionales;  pagado  de  la  bizarría  de  los  condes  don  Ramón  y  don 
Enrique,  sus  yernos;  halagado  por  la  suerte  de  las  armas,  y  con- 
servando siempre  vivo  en  su  corazón  el  agravio  de  Burgos,  dejó- 
se inclinar  sin  repugnancia  á  aquel  ofensivo  sistema,  cuya  com- 
plicada organización  era  casi  desconocida  entre  nuestros  abuelos; 
y  desmembrando  con  poco  ó  ningún  acuerdo  el  poder  de  la  coro- 
na, dio  algunos  pasos  para  instituirlo  con  todo  el  aparato  que 
presentaba  en  otras  regiones,  ya  confiando  los  gobiernos  de  Por- 
tugal y  Galicia  con  absoluto  imperio  á  los  referidos  condes,  ya 
concediendo  onerosos  y  desusados  privilegios  á  otros  ricos-omes, 
cabildos  y  mpnasterios  ^. 


i     Véase  el  cap.  XIII  dol  II  tomo,  pág-.  172. 

2  Entre  los  testimonios  irrecusables  que  pudiéramos  presentar,  bastará  sin 
duda  la  durísima  caria-puebla  de  Sahag-un,  dada  por  el  abad  don  Bernardo  en 
1095,  con  la  aprobación  del  rey  don  Alfonso.  Tan  pesadas  eran  las  condicio- 
nes, á  que  se  intentó  someter  á  los  moradores  que  habian  acudido  á  aquella 
villa,  que  aun  siendo  en  su  mayor  parte  naturales  de  países  dominados  por  el 
más  duro  feudalismo,  no  pudieron  avenirse  á  ellas,  apelando  á  las  armas  en 
1087  para  sustraerse  de  tan  cruel  servidun\bre.  Era  todavía  abad  el  cluniacen- 
se  don  Bernardo;  y  enojado  el  rey  don  Alfonso  contra  los  pobladores,  partió  él 


II.*  PARTE,  CAP.  II.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CASI.   65 

Mas  no  era  fácil  llevar  adelante  estas  novedades,  sin  ofender 
el  sentimiento  nacional  que  se  manifestó  contrario  á  las  mismas, 
oponiéndoles  acaso  más  enérgica  resistencia  que  á  las  reformas 
eclesiásticas.  La  constitución  especial  del  pueblo  español,  sus  cos- 
tumbres guerreras,  y  sobre  todo  las  necesidades  públicas,  que 
mantenían  y  robustecían  sin  cesar  así  la  importancia  de  los  gran- 
des como  la  de  los  pequeños  respecto  del  Estado,  rechazaban  aquel 
feudalismo  opresor  y  contrario  á  la  dignidad  del  hombre,  siendo 
diametralmente  opuestas  á  todo  sistema  que  no  tuviera  por  base 
y  norma  el  recíproco  bienestar  de  señores  y  vasallos.  De  esta  ma- 
nera se  habla  formado  el  reino  de  Pelayo;  con  estas  condiciones 
se  hablan  poblado  sus  fortalezas,  villas  y  ciudades,  y  sólo  bajo 
estas  bases  podía  perpetuarse  aquella  íntima  alianza  entre  todas 
las  clases  y  gerarquias  de  la  sociedad,  abriendo  constantemente  á 
los  plebeyos  las  puertas  de  la  hidalguía  y  aun  de  la  opulencia;  y 
esta  constitución  especial  del  pueblo,  hija  esencialmente  de  la 
fuerza  de  las  circunstancias,  no  podia  consentir  que  existiese   en 


mismo  en  persona  á  castigarlos  y  á  restablecer  la  hollada  autoridad  del  abad, 
sosteniendo  en  todo  sü  vigor  la  opresora  carta-puebla  hasta  la  muerte  de  este 
soberano.  No  satisficieron  á  los  moradores  de  Sahagun  las  concesiones  que  el 
abad  don  Pedro  les  otorgó  en  UlO,  absolviéndolos  de  los  impuestos  de  ma- 
ñeria  y  mincio;  y  libres  del  azote  del  rey  don  Alfonso,  tomaron  de  nuevo  las 
armas,  y  dando  en  el  monasterio,  obligaron  á  los  monjes  á  aceptar  una  carta, 
formada  por  ellos  mismos,  de  que  dá  noticia  el  anónimo  de  Sahagun.  Al  ca- 
bo volvió  á  restablecerse  la  autoridad  abacial,  yéndose  tan  adelante  en  los 
desafueros  y  vejaciones,  que  el  emperador  don  Alfonso  VII,  noticioso  de  ellos, 
pasó  con  su  corte  á  Sahagun  en  1152  y  modificó  la  terrible  carta-puebla. 
Casi  un  siglo  habia  trascurrido,  cuando  creciendo  otra  vez  la  tiranía  de  los 
monjes,  volvieron  á  sublevarse  en  1245  aquellos  burgeses,  reproduciéndose 
la  rebelión  en  1345,  época  en  que  fueron  cruelmente  castigados,  si  bien  lo- 
graron más  áníplio  fuero.  Véase  pues  cómo  estos  amagos  de  verdadero  feu- 
dalismo, por  ser  tan  contrarios  al  sentimiento  que  habia  servido  de  base  á  la 
reconquista,  aun  respecto  de  los  pobladores  extranjeros,  lograron  solamente 
excitar  la  saña  de  los  vasallos  contra  los  señores,  regando  de  sangre  la  mora- 
da de  estos  y  quebrantando  el  firme  pacto  que  aseguraba  la  recíproca  inde- 
pendencia de  unos  y  otros.  Sólo  cuando  desapareció  la  dureza  y  ferocidad  de 
la  carta-puebla  de  Sahagun,  á  los  doscientos  sesenta  y  nueve  años  de  haberse 
otorgado,  cesaron  sus  desastrosos  efectos. 

TOMO    III.  5 


fifi  HISTORIA    CRITICA    DE    I-A    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

(laslilla  el  feudalismo  de  oirás  naci'oneSy  reservado  exclusivamen- 
le  a  ciertas  razas  de  privUef/io. 

Era  la  potestad  real  el  único  poder  que  exigían,  como  regula- 
dor absoluto,  el  estado  de  continua  lucha  y. la  condición  belicosa 
del  pueblo  castellano:  por  eso  la  potestad  real,  aunque  nueva  en 
el  suelo  de  Castilla,  se  veia  ya  generalmente  acatada,  como  sím- 
bolo de  la  unidad  de  acción  y  de  pensamiento,  que  se  requería 
para  rechazar  al  común  enemigo,  y  mantener  la  paz  interior  del 
reino:  por  eso,  aunque  levantada  sobre  todas  las  gerarquias  y  po- 
deres, no  era  dado  á,  la  corona  el  desprenderse  de  ciertos  atribu- 
tos, siendo  inagenable  el  derecho  de  la  justicia  y  de  la  guerra  ^: 
por  eso  en  fm  fracasaron  casi  en  su  propia  cuna  las  tentativas 
hechas  por  don  Alfonso  Vi  para  introducir  aquellas  innovaciones, 
depresivas  del  pueblo  y  no  nada  favorables  al  mismo  trono. 

Pero  no  porque  no  lograran  echar  profundas  raices,  dejó  de 
ofenderse  el  sentimiento  de  independencia  de  nuestros  mayores, 
bajo  el  aspecto  de  la  política,  como  se  habían  ofendido  su  celo  y 
la  sinceridad  de  su  fé  bajo  el  aspecto  religioso,  protestando  de  uno 
y  otro  hecho  en  la  forma  que  les  era  entonces  permitido.  No  ha- 
bía á  la  sazón  periódicos,  donde  se  consignara  la  desaprobación 
ó  la  aquiescencia  del  pueblo  á  los  actos  del  gobierno;  ni  era 
tampoco  lícito  á  la  muchedumbre  el  dirigir  á  los  reyes  frecuentes 
exposiciones,  en  que  se  acusara  la  conducta  de  sus  privados;  ni 
había  congresos  populares,  donde  se  hicieran  ardientes  interpe- 
laciones, ó  se  formularan  enérgicos  votos  de  censura  contra 
los  consejeros  responsables  de  la  corona.  Nacida  la  censura  en 
las  esferas  del  sentimiento  y  por  tanto  tan  libre  y  espontánea 
como  él,  era  desempeñada  única  y  exclusivamente  por  la  poesía, 
y  ejercida  de  un  modo  indirecto,  pero  no  menos  público  y  os- 
tensible; y  ya  elogiando  el  pueblo  en  sus  cantares  cuanto  le  lle- 
naba de  admiración  y  halagaba  sus  instintos  belicosos  é  índepen- 


i  El  anticuo  fuero  de  la  (ierra,  retocado  y  ampliado  en  diferentes  épocas, 
ilisponia  respecto  de  este  punto  lo  sis^uiente:  «Estas  quatro  cosas  son  natura- 
))les  alsennorio  del  rey,  que  non  las  deue  dar  á  ningund  orne,  nin  partir  de 
))sí,  ca  perlencs<jen  á  sí,  por  sonnirin  natural:  .hnti';ia,  moneda,  fonsadera,  c 
»)8us  yantares.» 


Il/    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC,    DE    LA    POES.    CAST.      C7 

dientes;  ya  condenando  sin  apelación  alguna  cuanto  ofendía  sus 
costumbres  ó  repugnaba  á  sus  creencias,  pronunciaba  su  fallo 
amplia  y  libremente  sobre  todos  los  acontecimientos  que  pasaban 
ante  su  vista;  fallo  tanto  más  terrible  •  cuanto  que  no  sólo  alcan- 
zaba á  los  hecbos  y  á  los  hombres  en  una  época  determinada, 
sino  que  derramándose  de  una  en  otra  generación  con  nueva  y 
creciente  energía,  estaba  destinado  á  llegar  hasta  nosotros  para 
revelarnos  el  espíritu  de  los  más  remotos  siglos. 

Hé  aquí  pues  la  protesta  que  provocaron  los  hechos  acaecidos 
en  la  corte  de  Alfonso  YI,  idealizando  el  pueblo  de  Castilla  con  los 
esfuerzos  de  su  imaginación  al  héroe  destinado  á  personificarla  y 
dotándole  de  todas  las  grandes  cualidades  que  se  hablan  menes- 
ter, para  representar  dignamente  el  espíritu  nacional,  doblemente 
ofendido. 

Este  héroe  es  Rodrigo,  el  Castellano;  intrépido  garzón  que  des- 
pierta al  grito  de  su  propio  honor,  para  lavar  con  la  sangre  del 
poderoso  conde  de  Gormaz  la  afrenta  de  su  débil  y  anciano  padre; 
valeroso  patricio,  que  cuando  puede  caer  sobre  la  honra  de  su 
pueblo  la  mancha  de  la  alevosía,  es  el  único  hombre  que  se  atre- 
ve á  exigir  en  Santa  Gadea  el  terrible  juramento  de  Alfonso,  sin 
que  le  arredren  ni  su  poder  ni  su  ira  ';  ingenuo  consejero,  que  ha- 
blando siempre  el  lenguaje  de  la  verdad,  contradice  sin  doblez  ni 
temor  la  falaz  lisonja  de  los  cortesanos,  recogiendo  en  el  destierro 
el  fruto  de  su  sinceridad  y  de  su  hidalguía;  venerable  caudillo, 
que  pagando  con  acrisolada  lealtad  las  ofensas  que  recibe  de  su 
rey,  mientras  extiende  la  fama  del  nombre  cristiano  á  lejanas  co- 
marcas, comparte  con  él  los  despojos  de  sus  grandes  victorias. 

Los  monumentos,  en  que  esta  doble  protesta  se  halla  consig- 
nada, son  la  Crónica  ó  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo  '^ 

\  Cuín  nenio  vellet  ab  eo  [Aldefonso]  recipere  iuramentum,  ad  recipien- 
dum  se  obtulit  RodericLis  Didaci  Campiator.  Unde  et  postea  licet  strenuus, 
non  fuitin  eius  oeculis  gratiosus  (Don  Rodrigo,  Be  Reb.  Hisp.  gest.,  lib.  YI, 
cap.  XX). 

2  En  la  Ilustración  III  de  la  I.*  Parte  indicamos  ya  que  dariatnos  en  este 
sitio  mayor  noticia  bibliográfica  de  tan  raro  monumento.  Hallólo  en  efecto 
entre  los  Mss.  españoles  de  la  Biblioteca  de  Paris,  bajo  el  número  9988,  "J 
tlescribiólo  en  el  Catálogo  de  dichos  Mss.,  que  dio   á  luz  en  la  referida  capi- 


68  inSTOniA    CRITICA    DE   l.A    LITERATURA    ESPAfíOLA. 

y  oí  Poema  del  Cid,  primeras  i)roiliicciones  escritas  de  la  poesía 
heroica  (jue   lian  llegado  á  nuestros  dias,  donde  apareciendo  el 


tal  el  año  de  1814  nuestro  ¡lastrado  ami^o  el  señor  don  Eugenio  de  Ochoa 
(páj.  105  al  i  10).  Dos  años  después  lo  sacaba  á  luz  en  la  misma  ciudad  el 
diligonlc  Mr.  Michel,  y  uno  adelante  lo  reproducia  en  Viena,  al  final  de  su 
Veber  die  Romansen-Poesie  der  Spanier,  el  docto  Wolf,  á  quien  tan  señala- 
dos servicios  debe  nuestra  literatura.  En  ambas  partes  ha  aparecido  con  el 
título  siguiente:  aCrónica  rimada  de  las  cosas  de  España  desde  la  muerte  del 
nreij  don  Pelaijo  hasta  don  Fernando  el  Magno  y  más  particularmente  de  las 
^aventuras  del  Cid».  Como  se  vé,  el  título  es  novísimo,  cosa  en  que  no  repa- 
raríamos, si  no  hubiese  ya  inducido  á  graves  errores  á  personas  dignas  de  toda 
consideración  y  respeto.  Es  entre  todas  notable  Mr.  Dozy,  quien  señalando 
con  exquisita  crítica  la  época  de  esta  producción,  y  teniéndola  por  anterior 
al  Poema,  se  expresa  en  estos  términos:  «La  Crónica  rimada,  aunque  trata 
))del  Cid,  no  es  sin  embargo  un  poema,  cuyo  héroe  sea  el  mismo  Ruy  Diaz: 
»es  anacrónica  en  verso;  pero  donde  sólo  se  trata  de  los  héroes  más  queri- 
»dos  á  la  sazón  de  los  castellanos»  [Recherches,  pág.  C23).  La  opinión  de 
Dozy,  aceptada  al  parecer  por  nuestro  sabio  amigo  el  señor  Duran,  no  puede 
en  nuestro  concepto  resistir  al  peso  de  las  siguientes  observaciones:  Primera: 
Que  aun  admitido  por  un  instante  que  el  pensamiento  del  poeta  ó  juglar  que 
compuso  ó  recogió  los  elementos  de  que  consta  esta  obra,  fuese  el  de  celebrar 
los  héroes  castellanos  más  famosos  hasta  su  tiempo,  no  por  esto  mereeia  el 
título  de  Crónica,  en  la  acepción  filosófica  y  verdadera  de  la  palabra.  Segun- 
da: Que  todo  lo  que  antecede  en  dicha  producción  á  la  aparición  del  Cid,  es 
indeciso,  vago,  indeterminado,  y  aparece  lleno  de  lagunas  históricas  y  de  in- 
calificables errores,  aun  respecto  de  los  personajes  de  más  bulto,  como  sucede 
en  lo  que  toca  á  Fernán  González;  todo  lo  cual,  así  como  el  olvido  de  varios 
caudillos,  siempre  populares  en  España,  prueba  que  no  dio  el  autor  la  im- 
portancia que  se  pretende  á  dichos  héroes,  por  no  ser  este  su  principal  in- 
tento. Tercera:  Que  esta  primera  parte  de  la  llamada  Crónica  forma  sólo  la 
exposición,  más  ó  menos  oportuna  y  regular,  de  los  hechos  que  producen  la 
monarquía  castellana,  en  cuya  cuna  se  levanta  la  figura  del  Cid,  que  anima 
todo  el  poema  desde  que  en  el  verso  193  se  anuncia  su  genealogía;  no  de- 
biendo parecer  absurda  ni  peregrina  esta  manera  de  exposición  á  quien  co- 
nozca las  de  la  mayor  parte  de  los  poemas  latinos  de  épocas  anteriores, 
haya  estudiado  los  castellanos  del  siglo  XHI,  en  especial  el  de  Fernán 
González,  y  considere  en  suma  la  inexperiencia  de  todo  arte  primitivo. 
Cuarta:  Que  desde  el  momento  en  que  aparece  el  Cid,  todo  se  subordina 
.il  interés  que  despierta,  rebajada  constantemente  á  su  presencia  la  noble  fi- 
gura de  Fernando,  el  Magno,  quien  para  valemos  de  la  expresión  del  mismo 
poema,  non  le  salta  de  mandado  (v.  034),  queriendo  también  que  los  cinco  reys 
d'España  anduviesen  por  su  mano  {v.  747).  Si  pues  de  1226  versos  que  apa- 


11.*  PARTE,  CAP.  11.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.    69 

debelador  de  Valencia,  fogoso,  magnánimo,  espléndido,  leal  é 
independiente,  nos  es  dado  estudiar  aquel  sublime  carácter  traza- 
do por  la  musa  histórica  de  Castilla,  comprendiendo  al  par  los 


recea  numerados,  sólo  192  son  realmente  ajenos  á  la  persona  del  Cid,  bien 
que  no  al  propósito  popular  de  engrandecerlo;  si  de  estos  versos  deben  toda- 
vía rebajarse  97,  que  con  otros  diez  posteriores  forman  la  digresión  ó  episo- 
dio de  la  invención  del  cuerpo  de  San  Antolin,  de  que  trataremos  luego, 
quedando  por  tanto  reducida  la  parte  histórico-heróica  á  95  versos;  si  es  muy 
creíble  y  aun  probable,  según  después  se  dirá,  que  continuaran  tratándose, 
con  la  extensión  y  absoluta  preferencia  que  en  lo  conservado,  las  hazañas  de 
Cid,  anteriores  á  la  época  del  Poema,  en  cuyo  caso  se  añadirian  millares  de 
versos  á  los  1034  que  tratan  ya  de  este  héroe;  y  si  por  último,  no  hay  indicio 
alguno  por  donde  se  venga  en  conocimiento  de  que  la  mal  apellidada  Crónica 
pasara  adelante  de  la  vida  del  Cid,  ¿cómo  hemos  de  asentir  á  la  idea  de  que  es- 
te no  es  el  verdadero  héroe?...  Y  no  asintiendo  á  esta  suposición  injustificada, 
¿cómo  hemos  de  admitir,  filosóficamente  hablando,  el  título  de  Crónica,  que  en 
aquel  concepto  se  le  atribuye,  desnaturalizando  así  tan  importante  obra?  Sin 
duda  Mr.  Dozy,  que  dio  alPoema  del  Cid  el  nombre  de  Cantar  de  gesta  (Chan- 
son  de  geste),  no  debió  escatimarlo  á  esta  producción,  que  fuera  de  los  reta- 
zos de  prosa  mal  apropiados,  y  en  nuestro  juicio  posteriores  á  la  primera  re- 
dacción, ofrece  los  mismos  caracteres  que  el  indicado  Poema,  respecto  de  la 
popularidad  de  sus  formas  expositivas.  En  efecto,  así  como  en  los  Libros  de 
los  Reijs  d'Orient  y  de  Santa  María  Egipgiaqua,  bien  que  no  aludiendo  nunca 
á  escritura  (escriplo)  anterior,  se  dirige  el  poeta  á  los  oyentes,  captando  su 
atención  del  siguiente  modo: 

Oyredes  lo  que  contenió  |  estonge  en  aquel  aíio,  etc. 

vv.  131.) 

É  vedes  por  qual  rrazon,  etc. 

(v.  190.) 

Veredes  lidiar  á   profia  |  é  iDii   firiue  se   dar,  etc.,  etc. 

(v.  895.) 

Parécenos  pues  que  esta  composición  no  se  hizo  primitivamente  para  ser 
leída,  como  el  mismo  Dozy  opina  sobre  ciertos  pasajes  de  ella;  pero  por  no 
aventurarnos  en  ningún  sentido,  nos  contentamos  con  darle  el  título  de  Le- 
yenda de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  nombre  que  abraza  perfectamente  la  idea 
del  poema,  y  que  tomado  de  la  literatura  latino-eclesiástica,  comenzaba  á 
emplearse  por  los  vulgares  en  la  forma  que  tendremos  ocasión  de  notar  ade- 
lante, por  más  que  alguno  de  nuestros  coetáneos  asiente  que  la  voz  leyenda 
es  cosa  nueva  en  nuestra  literatura.  Véase,  por  último,  cómo  no  era  aquí  de 
lodo  punto  estéril  la  cuestión  de  nombre. 


70  IIISroniA    CKlTlCA    DE    LA    LITERATmA    ESPAÑOLA. 

títulos  que  le  dieron  tan  alto  asiento  entre  los  héroes  de  España  '. 
La  historia  del  Cid  trazada  por  los  cantores  del  pueblo  y_calcaj 
da  por  ios^ronistas  sobre  los  primeros  moniiraentos  de  la  poesía 
castellana,  se  divide  en  cuatro  épocas,  en  cada  una  de  las  cuales 
aparece  el  héroe  animado  de  distintos j^ensam] en tpSj  representan- 
do al  par  diversos  intereses.  En  todas  ellas  se  reflejan,  sin  embar- 
go, los  mismos  sentimientos  y  en  todas  resaltan  aquellos  sublimes 
rasgos  de  magnanimidad  y  de  nobleza  que  forman  el  í'ondojlol 
carácter  de  Rodrigo  y  constituyen  ía  unidad  de  creación  tan  ad- 
mirable. La  primera  época,  tal  vez  la  más'poétTcairelíís"circ¡Iro, 
comprende  las  mocedades  de  Rodrigo  hasta  la  muerte  de  don  Fer- 
nando, el  Mayor,  en  cuya  corte  ensaya  sus  juveniles  brios.  La  se- 
gunda abraza  todo  el  reinado  de  don  Sancho,  el  Fuerte,  siguién- 
dole el  Cid  en  sus  ambiciosas  y  temerarias  empresas,  y  siendo  con- 
tra todos  los  enemigos  do  don  Sancho  el  mejor  de  los  caballeros, 
según  la  oportuna  expresión  de  uno  de  los  cronicones  del  siglo 
Xin.  La  tercera  comienza  con  la  jura  de  Santa  Gadea  y  termina 
con  el  primer  destierro  de  Rodrigo,  después  de  sometida  Toledo 
al  Imperio  cristiano.  La  cuarta,  finalmente,  nos  presenta  al  héroe 
desterrado  segunda  vez  de  la  corte  de  Alfonso  YI,  yendo  á  buscar 
la  gloria,  que  le  niega  la  envidia  de  los  cortesanos,  en  el  centro 
déla  morisma.  La  primera  época  es  objeto  de  la  Crónica  ó  Le- 
yenda de  las  Mocedades  de  Rodrigo:  la  cuarta  del  Poema  del 
Cid,  perteneciendo  todas  cuatro  al  dominio  de  la  poesía  popular 


\  No  pasaremos  adelante  sin  consignar  que  dada  á  luz  la  ya  citada  tra- 
ducción del  Poema  del  Cid  por  Mr.  Damás-Hinard,  é  invitados  en  cierto  modo 
d  exponer  nuestro  dictánien  sobre  las  cuestiones  suscitadas  por  tan  docto  crí- 
tico, publicamos  en  la  Crónica  de  1  \  de  abril  de  1858  una  extensa  carta,  di- 
rigida á  nuestro  amado  discípulo,  don  Francisco  de  Paula  Canalejas,  en  la 
cual  indicábamos  ya  la  forma  en  que  teníamos  tratadas  aquí  las  cuestiones 
que  á  los  Poemas  6  Cantares  del  Cid  se  referían.  Allí  manifestábamos  que 
los  expresados  Cantares  tenían  una  significación  viva  y  directa  en  la  historia 
de  la  civilización  castellana,  siendo  imposible  su  quilatación  y  juicio,  sin  es- 
tablecer convenientemente  estas  trascendentales  relaciones:  el  estudio  reali- 
zado en  este  y  en  los  siguientes  capítulos,  aunque  muy  anterior  á  la  publi- 
cación de  la  expresada  carta,  cumple  en  cierto  modo  la  promesa  en  la  misma 
apuntada. 


II.      PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.        7  i 

y  formando  en  la  lira  de  nuestros  romanceros  la  magnífica  epo- 
peya del  pueblo  castellano  K 


i  A  pesar  de  que  sólo  se  refiere  lo  que  existe  de  la  Crónica  rimada  ó  Le- 
yenda de  Rodrigo  á  la  primera  época,  hay  razones  para  creer  que  pudo  lle- 
gar hasta  la  tercera,  ea  que  cambia  la  posición  del  héroe  en  la  corte  de  sus 
reyes.  Sobre  ser  todavía  virtualmente  el  mismo  personaje  que  se  niega  á  besar 
la  mano  del  rey  don  Fernando  y  el  que  exige  con  tanta  dureza  el  juramento 
del  rey  don  Alfonso,  debemos  observar  que  así  en  la  Estoria  de  Espanna  del 
Rey  Sabio  como  en  la  \\oí\xio.á&  Crónica  del  Cid,  impresa  por  Velorado  en  d512, 
y  en  la  Crónica  ó  Tracfado  de  los  fechos  de  Ruy  Diaz,  dado  á  la  estampa  en 
4498,  se  hallan  repetidos  pasajes,  donde  se  conservan  casi  intactos  algunos 
versos  de  la  Leyenda  y  muchos  del  Poema  (según  después  probaremos),  con- 
tándose no  pocos  relativos  á  las  dos  épocas  intermedias,  lo  cual  produce  el 
convencimiento  de  que  fueron  estas  igualmente  celebradas  en  los  cantares  del 
vulgo.  En  la  Leyenda  se  lee  por  egemplo,  tratándose  de  las  bodas  de  Rodri- 
go y  de  Jimena,hija  del  conde  de  Gormaz: 

4'20 I  que  vos  non  bese  la   mano, 

Nin  me  vea  con  ella  |  en  yermo  nin  en  poblado, 
Ffasta  que  vensa  (jinco  lides  |  en  buena  lid  en  campo. 

En  el  capítulo  IV  del   Tractado  de  los  fechos  de  Ruy  Diaz,  se  dice: 

I  é  juró  luego   en  sus  manos 

Que  nunca  se  \iesse  con    ella  |  en  yermo  nin  en  poblado. 
Fasta  que  venQiesse  |  cinco  lides  en  campo. 

En  orden  á  los  sucesos  no  comprendidos  en  la  Leyenda,  conviene  tener  pre-" 
senté  el  capítulo  lll  de  la  11.'^  Parte  de  la  Estoria  de  Espanna,  llamada  por 
Ocampo  malamente  Crónica  General,  bien  que  valiéndonos  del  Cód.  j.  x.  4  de 
la  Biblioteca  Escurialense.  En  el  capítulo  intitulado  De  cómo  uinieron  los  leo- 
neses el  los  castellanos  al  rey  don  Alffonso,  yV  regibieron  por  sennor,  et  de  la 
tura  queV  tomó  el  Cid,  leemos,  narrado  ya  el  famoso  juramento: 

si  vos  mentira  iurades  (plega  á  Dios)  que  vos  mate  un  traydor 
Assí  commo  mató  Vellido  (Dolfo)  á  don  Suncho,  mió  sennor. 
Et  diziendol':   Amen,  I  mudijirele   la  color- 


Tan  buenamientre  el  Qid  |  dixo  otra  vez:  Rey   ^Ifon, 

Por  la    muerte   de  d<m  Sancho,  \  venidesme  vos  jurar 

Que  nol'  conseiaste,  |  nin  1'  mandaste  vos  matar?... 

Si  mentira  vos  iurastes,  |  mateos  (un  vuestro)  vasallo  á  trayfion, 

Commo  mntó    Vellido   Dolfo  j  al   rey  don  Sancho  mió  sennor. 

El  rey  rcspondiendol':  Amen,  |  cambiógele   la  color. 

También  pudieran  citarse  con  el  mismo  intento  los  capítulos  LIV,  LY, 
LVl,  LXXYII,  LXXVÍll  y  LXXIX  de  la  mencionada  Crónica  del  Cid,  trasun- 
to en  su  mayor  parte,  según. en  su  lugar  probaremos,  de  la  Estoria  de  Espan- 
na, ó  más  bien  de  la  Crónica  de  Castiella,  compuesta  por  mandato  de  Alfon- 


72  HISTORIA    CRItICA   DE    LA    LITERATURA    ESPAÍSOLA. 

Uabíase  convenido  por  nuestros  críticos  en  que,  siendo  com- 
puesto el  Poema  del  Cid  á  mediados  del  siglo  XII,  debia  consi- 
derarse como  el  más  antiguo  monumento  de  la  poesía  española, 
no  faltando  escritores  extranjeros  que  lo  hubiesen  tenido  como  el 
primero  de  cuantos  existen  en  las  lenguas  vivas  '.  Pero  esta  opi- 
nión, que  podia  ser  admitida  fuera  de  España  antes  de  darse  á  luz 


so  XI.  Los  vestigios  de  versificación  que  en  ellos  hallamos,  son  palpables; 
pero  en  orden  á  los  tres  úUiínos,  que  tratan  de  la  jura,  es  importante  obser- 
var que  descubren  ya  cierto  espíritu  más  caballeresco  que  heroico,  dando,  en 
nuestro  sentir,  razón  de  otros  cantares  mas  modernos.  Aunque  en  momento 
oportuno  locaremos  este  punto,  no  será  mal  que  traslademos  aquí  dichos 
rasaos,  no  indiferentes  á  la  observación  crítica  que  vamos  estableciendo.  Exi- 
gida la  jura,  dice,  en  boca  del  Cid: 

si  vos  ende  sopisles  |  parte  n  mandado 
Tal  muerte  morrades  1  como  (morrió)  el  rey  don  Sancho: 
Villano  TOS  mate  |  que  non  sea  fijodaigo. 


.Si  TOS  ende  sopistes  |  parte  ú  mandado 

Tal  muerte  murades  |  como  (morió   mi  señor)  el  rey   don   Sancho: 

Villano  TOS   mate,  |  ca    fidalgo   non: 

De  otra  tierra  uenga,  |  que  non  de  León. 

Respondióle   el  rey:  Amen  ]  é  mudógele   la  color. 

Varón    Ruy    Diez,  |  ¿por   qué  rae  afincndes  tanto? 

C«   oy  me  juramentaslea  |  é  eras  bes.iredes  la   mi  mano. 

Respondió   el  fid: — Como   me  fifieredes   algoj 

Ca  en   otra  tierra  sueldo  dan  ai  fijodalgo. 

No  cabe  pues  duda  en  que  las  dos  segundas  épocas  de  la  vida  del  Cid  de- 
bieron á  la  primitiva  poesía  castellana  los  mismos  cuidados  que  la  primera 
y  la  cuarta,  y  apenas  puede  haberla  en  que  la  Leyenda  alcanzó  hasta  la  jura 
ó  acaso  hasta  el  primer  destierro.  Á  este  punto  nos  lleva  el  hallar  en  ella, 
después  de  la  victoria  obtenida  contra  los  condes  traidores  y  el  juicio  de  los 
mismos,  los  siguientes  versos,  que  ninguna  relación  tienen  con  lo  que  ante- 
cede ni  con  lo  que  sigue,  y  que  fueron  sin  duda  colocados  en  dicho  lugar  por 
la  inexperiencia  de  los  copistas: 

Quando  (opieron    que  Rodrigo  |  de  los  rcynos  era  echado. 
Entraron  en    Falencia  por  fuerra  |  que  primero  era  condado, 
i.  d   muy   grant  desonra  |  echaron   fuera   al  perlado. 

Si  estos  versos,  como  parece  ser  racional,  pertenecieron  originariamente  á 
la  Leyenda,  bien  que  en  distinto  pasaje,  también  lo  será  el  que  esta  com- 
prendiera la  mayor  parte  de  la  vida  del  Cid,  anterior  al  Poema. 

\  Sismondc  de  Sismondi,  Histoire  de  la  litteralure  du  midi  de  VEurope, 
tomo  III,  cap.  XXIll. 


II.*    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.      73 

el  Poema  de  Boecio  '  y  sustentada  en  nuestra  Península  con  pro- 
babilidad de  buen  éxito,  antes  de  publicarse  la  Crónica  ó  Leyen- 
da de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  no  parece  ya  justificable,  im- 
presa esta  obra  y  tomadas  en  cuenta  las  noticias  que  sobre  el 
Cantar  del  rey  don  Fernando  y  aun  sobre  los  de  Bernardo  del 
Carpió  y  Fernán  González  expusimos  en  el  capítulo  prece- 
dente 2. 

Sin  duda  son,  como  ya  hemos  indicado.  Leyenda  y  Poema  los 
monumentos  de  la  poesía  vulgar  heroica  de  más  remota  edad  que 
poseemos:  en  ellos  se  sorprende,  digámoslo  así,  la  España  de  los 
siglos  XI  y  XII  en  toda  su  nativa  sencillez  y  energía,  en  toda  su 
rusticidad  candorosa,  revelándose  al  propio  tiempo  la  rudeza  y 
contradictoria  lealtad  de  aquellas  belicosas  costumbres,  la  severi- 
dad de  aquellas  fervorosas  y  puras  creencias,  y  la  virilidad  de 
aquella  imaginación,  virgen  todavía  é  inflamable  á  vista  de  las 
altas  virtudes  de  la  religión  ó  de  las  grandes  hazañas  de  la  guer- 
ra. Todas  estas  condiciones  y  cualidades  son  en  verdad  comunes 
á  uno  y  otro  poema.  Mas  descubrimos  tantos  indicios  de  priori- 
dad y  de  tal  bulto  en  la  Crónica  ó  Leyenda,  ya  respecto  del  ar- 
te, ya  respecto  de  las  tradiciones  que  se  narran  en  ella  y  ya  en  fin 
de  los  sentimientos  que  animan  al  héroe,  que  después  de  meditar 
largamente  sobre  ambas  composiciones,  apenas  nos  queda  duda 
de  que  debió  preceder  la  mal  llamada  Crónica  al  Poema. 

No  ocultaremos  aquí,  que  vacilamos  mucho  tiempo  antes  de 
resolvernos  á  aceptar  esta  opinión,  faltos,  como  estábamos,  de 
pruebas  materiales,  y  habiendo  llegado  á  nuestras  manos  en  tan 
miserable  estado  de  corrupción  aquel  singular  monumento.  Mo- 
víanos por  una  parte  á  confesar  su  prioridad  la  diferencia  que 
hallábamos  entre  los  medios  artísticos  de  la  Crónica  ó  Leyenda 
y  los  del  Poema,  pareciéndonos  la  metrificación,  la  lengua  y  la 
manera  misma  de  emplear  una  y  otra  mucho  más  imperfectas, 
incultas  y  groseras  en  la  primera  producción  que  en  la  segunda; 
mas  reparando  luego  en  la  forma  particular  de  cada  palabra,  si 

i     Raynouard,   Choix  des  Poésies  originales  des   Troubadours,  tomo  II, 
pág.  4. 
2    Págs.  44  y  siguientes. 


74  HISTORIA    CKÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESl'AJsOLA. 

bien  nunca  podiaraos  desconocer  en  la  dicción  de  la  Crónica  ó 
Leyenda  cierto  sello  de  antigüedad  muy  superior  íl  la  que  en  su 
totalidad  representa,  nos  sentianios  inclinados  á  dar  la  preferen- 
cia al  Poema,  como  documento  en  que  se  conservaba  más  ínte- 
gramente la  extructura  léxica  del  primitivo  romance  castellano. 
De  grande  peso  era  para  nosotros,  sin  embargo,  la  considera- 
ción artística,  no  habiendo  comparación  posible  entre  las  formas 
poéticas  usadas  por  Berceo,  y  las  que  reconocíamos  en  la  Cróni- 
ca, según  antes  de  ahora  dejamos  advertido  '.  De  todo  conclui- 
mos que  este  antiquísimo  documento  de  nuestra  historia  literaria 
había  sido  adulterado  sucesivamente  por  la  ignorancia.,  en  mil 
partes  confirmada,  de  los  copistas  y  trasladadores  hasta  llegar  al 
siglo  XV,  tan  cargado  de  enmiendas,  alteraciones,  glosas,  aposti- 
llas, variantes  y  todo  linaje  de  retoques  "  que  sólo,  ensayando 


i     l.''  Parle,  Ilustración  III.^ 

2  Lamentable  es  para  la  crítica  que  tan  dolorosas  circunstancias  hayan 
movido  á  un  diligente  historiador  de  nuestros  diasd  formular  el  siguiente  jui- 
cio sobre  este  poema,  después  de  declarar  que  «su  descubrimiento  es  más 
curioso  que  importante»:  «Todo  él  (escribe  el  erudito  Mr.  George  Ticknor) 
))es  una  versión  bastante  libre  de  las  antiguas  tradiciones  del  pais,  hecha  al 
«parecer  en  el  siglo  XV,  á  la  sazón  que  empezaban  á  tener  boga  los  libros  de 
«caballerías,  con  el  laudable  fin  de  dar  al  Cid  un  lugar  entre  los  héroes  de 
«dicha  literatura»  (//«/ona  de /a  liter.  esp.,  prim.  ép.'',  cap.  11^  nota  14). 
Esta  apreciación,  hecha  después  de  haber  expuesto  sin  grande  exactitud  la 
mayor  parte  de  los  hechos  narrados  en  la  L¿¿/e«í/a,  es  un  tanto  arbitraria 
y  aun  contradictoria  con  los  mismos  hechos  que  respecto  de  la  historia  de 
las  formas  reconoce  el  mismo  autor  en  diferentes  pasajes  de  su  obra.  Prescin- 
diendo de  la  ¡dea  de  dar  al  Cid  un  lugar  entre  ios  héroes  de  la  literatura  ca- 
balleresca, y  de  todas  las  consideraciones  crítico-filosóficas  que  en  el  texto 
exponemos  en  orden  á  la  creación  del  Rodrigo  de  la  Le¿/e«</a  comparado  con  el 
Cid  del  Poema,  nos  será  lícito  preguntar  simplemente:  ¿A  qué  linaje  de  poe- 
tas del  siglo  XV  es  debida  la  producción,  de  que  hablamos?  ¿Á  los  eruditos?.. 
No;  porque  sobre  haber  desechado  ya  estos  los  vérseles  de  antiguo  rimar,  co- 
lao  apellida  Ayala  á  los  octonarios  (Véanse  las  Ilustraciones  lil.^  y  IV.*  de  la 
].^  Parte),  no  debe  olvidar.se  respecto  de  la  lengua, por  más  alterada  que  apa- 
rezca en  la  Leyenda,  que  es  el  siglo  XV  el  siglo  del  marqués  de  Santillana, 
Juan  de  Mena  y  Jorge  Manrique;  y  aunque  sabemos  que  don  Iñigo  López  do 
Mendoza  escribía  a  su  muerte  en  metros  castellanos  la  historia  del  Cid,  de 
quien  se  preciaba  descender,   como  nos   lo  declara  su  secretario,    Diego  de 


11."  PARTE,  CAP.  II.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   73 

primero  una  total  descomposición  y  después  una  restauración  me- 
nos artística  que  filológica,  seria  dable  restituirle  todo  el  carácter 
y  sabor  de  la  época  en  que  habia  sido  escrito.  No  juzgamos  de 
este  lugar  el  exponer  cuantas  observaciones  históricas  y  literarias 
nos  sugirió  este  penoso  trabajo;  pero  sí  conviene  advertir,  que  le- 
jos de  ser  estéril,  nos  condujo  á  un  punto  de  convencimiento,  á 
que  no  es  posible  llegar,  sin  recorrer  el  mismo  sendero  '. 


Burgos,  cuando  en  el  Triunfo  del  Marqués,  obra  que  en  su  lugar  exami- 
naremos, dice: 

Por  esto  el   Marqués  ]  en  metro  escriuia 
Su  ystoria.  muy  llena  |  de  altos   loores, 

no  es  posible  suponer  ni  remotamente  que  dejase  de  emplear  en  este  poema, 
desgraciadamente  desconocido  todavia,  los  metros,  en  que  se  manifestó  tan 
atildado. — ¿Á  los  vulgares  ó  poetas  ínfimos,  como  los  apellida  el  mis- 
mo don  Iñigo  López  de  Mendoza?...  No;  porque  no  hay  dato  alguno  pa- 
ra asentar  que  los  juglares  de  boca  escribieran  sus  obras,  en  cuyo  caso  dejaban 
de  ser  considerados  como  cantores  del  vulgo,  renegando  de  su  origen  y  minis- 
terio, lo  cual  no  pudo  suceder  nunca  respecto  de  una  obra  de  mil  á  dos  mil 
versos.  La  suposición  del  laborioso  Ticknor,  admitida  ó  no  refutada  por  sus 
eruditos  traductores  castellanos,  no  tiene  pues  muy  sólido  fundamento;  siendo 
humanamente  imposible  que  en  el  siglo  XV  se  compusiera  la  mal  llamada 
Crónica  rimada,  cuyo  espíritu,  cuya  metrificación  y  cuyo  lenguaje  nos  llevan 
auna  época  muy  lejana  en  la  historia  de  nuestra  literatura. — Pero  es  lo  nota- 
ble que  tras  este  juicio  del  historiador  angloamericano,  un  escritor  tan  dig- 
no de  estima  como  el  docto  Damas-Hinard,  aunque  reconociendo  en  parte  la 
grande  antigüedad  de  la  Crónica  rimada,  asienta  que  «es  difícil  figurarse 
«nada  tan  miserable  respecto  de  su  valor,  ya  histórico,  ya  literario»  {Introd. 
al  Poema  del  Cid,  Apénd.,  pág.  LXXIX).  El  estudio  que  exponemos  aquí  de- 
mostrará la  poca  justicia  de  ambos  asertos. 

\  Después  de  terminado  este  estudio,  llegó  á  nuestras  manos  la  intere- 
sante obra  que  el  perspicuo  Mr.  Dozy  dio  á  luz  en  1849  con  el  título  de  Re- 
cherches  sur  Vhistoire  politique  et  litleraire  d'Espagne,  citada  ya  por  nosotros 
en  diversos  lugares.  Tratando  este  erudito  de  fijar  la  edad  en  que  hubo  de 
componerse  la  Crónica  rimada,  según  la  apellida,  asienta  que  «puede  ser  más 
santigua  ó  pertenecer,  con  poca  diferencia,  á  la  misma  época  que  el  Poema 
»(Chanson),  pero  que  no  puede  ser  más  moderna».  Las  pruebas  en  que  se 
funda  son  históricas,  filológicas  y  literarias.  Las  principales  históricas  se  re- 
fieren á  la  declaración  que  se  hace  en  varios  pasajes  de  que,  al  componerse 
la  Crónica  ó  Leyenda,  habia  en  España  cinco  reyes,  lo  cual  acaece  desde  Wol 
á  1230,  y  ala  mención  de  San  Salvador  de  Monte  Irago,  en  lugar  y  con  pre- 
ferencia á  Benavente,  que  sólo  se  cita  una  vez  fuera  de  las  glosas,  inducien- 


76  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÍÑOLA. 

Para  nosotros  (repitámoslo  sin  reparo)  apenas  queda  duda  de 
que  precedió  la  Crónica  al  Poema,  aun  ateniéndonos  únicamente 
al  estudio  de  las  formas  artísticas.  Mas  lnef,^o  que  fijamos  la  vista 
en  las  alusiones  históricas  que  en  todo  el  poema  germinan;  luego 
que  sorprendemos  en  medio  de  tanto  disfraz  las  costumbres  ca- 
racterísticas de  los  siglos  XI  y  XII  y  traemos  á  la  memoria  la  co- 
nocida observación  crítica  de  que  los  pintores,  estatuarios  y  poe- 
tas de  la  edad  media  sólo  trasladaron  á  sus  frescos  y  sus  tablas, 
á  sus  estatuas  y  relieves,  á  sus  cantares  y  leyendas  lo  que  tenian 
delante  de  sus  ojos,  en  la  sociedad  á  que  pertenecieron,  no  aca- 
bamos de  admirar  cómo  en  medio  de  tanta  adulteración  exterior 
experimentada  por  la  Crónica  ó  Leyenda  de  que  tratamos,  ha 
podido  salvarse  el  inmenso  tesoro  de  ideas,  afectos,  usos  y  hasta 
errores  y  supersticiones  que  en  el  fondo  resaltan,  y  que  siendo 
propios  de  aquellos  remotos  siglos,  deben  ser  tenidos  en  mucho 
por  todo  el  que  se  precie  de  crítico. 

Y  sube  de  punto  nuestra  sorpresa,  cuando  desde  estos  intere- 
santes pormenores,  que  procuraremos  poner  de  resalto  en  el  exa- 
men de  tan  peregrina  obra,  nos  levantamos  á  la  contemplación  y 
estudio  del  personaje,  que  principalmente  la  llena  con  sus  colo- 


do esto  á  creer  que  Benavente,  cuya  fundación  ó  repoblación  se  debe  á  Fer- 
nando II  (H57  á  H88)  era  poco  importante  y  conocido,  cuando  se  escribe  el 
referido  poema.  Las  filológicas,  que  pudieran  ser  numerosas,  insisten  espe- 
cialmente en  el  uso  de  la  voz  provenzal  gensor  (genzor),  que  derivada  á 
nuestra  lengua  en  los  primeros  dias  de  su  formación  (Véase  la  Ilustración  II 
de  la  I.*  Parte),  y  usada  en  la  yida  de  Santa  Maña  EgipQiaqua,  sólo  se  em- 
plea una  vez  en  la  Crónica  ó  Leyenda,  sustituyéndola  la  palabra  gentil  en 
todas  las  obras  que  se  escriben  después,  incluso  el  Poema  del  Cid.  Las 
literarias  se  fundan  en  el  desarrollo  de  las  formas  artísticas,  punto  en  que 
remitimos  á  nuestros  lectores  á  la  Ilustración  III  de  nuestra  I.*  Parte. 
Dozy  cree  descubrir  en  la  Leyenda  algunos  cantos  guerreros,  según  adverti- 
remos adelante  (tomo  I,  págs.  624  y  siguientes).  A  sus  observaciones  histó- 
ricas podriamos  añadir,  en  orden  á  la  prueba  deducida  de  la  preferencia  dada 
por  el  poeta  á  San  Salvador  de  Monte  Irago  sobre  Benavente,  que  habien- 
do comenzado  á  ser  esta  villa  generalmente  conocida  en  i  176,  en  que  se  ce- 
lebraron las  primeras  cortes  que  llevan  su  nombre  (Salazar,  Hist.  de  ¡a  casa 
de  Lara,  tomo  lil,  pág.  17),  parece  indudable  que  la  composición  de  la 
Crónica  rimada  precedió  en  algunas  decadas  al  expresado  año.  Sigamos. 


II.   PARTE,  CAP.  II.  PRIM,  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   77 

sales  dimensiones.  La  figura  de  Rodrigo  el  Castellano,  tal  como 
aparece  delineada  en  la  Crónica,  es  en  efecto  una  creación  ori- 
ginal y  verdaderamente  primitiva,  que  jamás  pudo  existir  en  la 
mente  de  ningún  poeta  español,  conocido  ya  y  admitido  por  todos 
el  tipo  del  Cid  desarrollado  en  el  Poema  *.  En  el  Rodrigo  de  la 


{  Circunstancia  notabilísima  es,  bien  que  aun  no  advertida,  que  en  este 
raro  monumento,  como  en  la  Gesta  Roderici  y  en  el  Cantar  latino  ya  exami- 
nados (I.*  Parte,  caps.  XIII  y  XIV),  jamás  se  emplea  el  sobrenombre,  con 
que  es  generalmente  conocido  el  héroe  de  Vivar,  llamándosele  siempre  Ro- 
drigo, hasta  la  victoria  alcanzada  en  Francia,  donde 

9G3     De  Rodrigo  que  auie  nonbre  |  Ruy  Días  le  llamaron. 

Este  hecho,  que  hermana  la  Leyenda  en  cierto  modo  con  los  expresa- 
dos monumentos  latinos,  parece  persuadir  de  que  á  haberse  escrito  des- 
pués del  Poema,  en  que  se  halla  el  héroe  constantemente  designado  con  el 
título  de  Mío  Cid  (tan  popular  después  de  la  aparición  de  aquel  monumen- 
to, que  trascendiendo  á  ciertos  lugares  de  su  patrimonio,  tales  como  Re- 
villa de  Mío  Cid  y  otros,  fué  usado  constantemente  por  cronistas  y  roman- 
ceros),— no  hubiera  sido  ya  posible  emplear  modestamente  el  nombre  de  Ro- 
drigo, á  menos  que  no  supongamos  en  el  autor  de  la  llamada  Crónica  rimada 
grande  afectación  y  estudio,  lo  cual  desmiente  en  todas  sus  partes  la  misma 
Leyenda.  Ahora  bien:  si,  como  observamos  ya,  fué  escrita  la  Gesta  Roderici 
Campidocíi  antes  de  d  126  (pág.  177  del  tomo  II);  si  el  Cantar  latino  pudo  apa- 
recer desde  iH8  á  1133  ó  poco  adelante  (id.,  pág.  217);  si  la  Crónica  Ade- 
fonsi  Imperatoris  fué  compuesta  en  vida  del  mismo  Emperador,  ó  lo  que  es 
igual,  antes  de  Í157  (id.  id.,  pág.  220),  y  en  ella  se  hace  ya  mención  cla- 
ra, terminante,  indubitable  de  la  existencia  de  un  monumento  poético,  en 
que  era  siempre  llamado  Mío  Cid  el  héroe  de  Vivar  {Mió  Cid  semper  voca- 
tus),  conforme  adelante  ampliaremos;  si  el  único  monumento  en  que  esta  cir- 
cunstancia se  realiza,  es  el  Poema,  donde  también  se  cumple  por  entero  quod 
áb  hostibus  fiaud  superatur  {Poema  de  Almería,  v.  221);  si  no  nos  es  lícito 
finalmente  admitir  que,  dada  ya  la  creación  del  Cid  del  Poema,  cuyas  hazañas 
cantaba  antes  de  1157  el  pueblo  castellano  (de  quo  cantatur),  fuera  posible 
la  creación  del  Rodrigo,  ni  menos  despojar  al  héroe  de  Vivar  de  aquella  es- 
pecie de  consagración  que  con  el  nombre  de  Mió  Cid  habia  recibido  del  amor 
y  del  entusiasmo  de  sus  compatriotas, — fuerza  es  deducir  lógicamente,  en 
orden  á  la  antigüedad  relativa  de  ambos  monumentos:  1.°  Que  la  Crónica  ri- 
mada ó  Leyenda  de  las  mocedades  de  Rodrigo  en  su  primitiva  redacción  pre- 
cede al  Poema.  2.°  Que  en  este  caso  hubo  de  componerse,  bien  que  no  lle- 
gara todavía  á  escribirse,  desde  el  año  1133  á  11 10,  si  ha  de  dejarse  espacio 
racional,  para  que  trazado  el  Poema,  cobrara  la  popularidad   que  ya  gozaba 


7S  HISTORIA    crítica    DE    LA    LITERATURA    ESPAÍSOLA. 

Leyenda,  imberbe  garzón  que,  contra  el  mandato  expreso  de  su 
padro,  toma  las  armas  para  mezclarse  en  los  sang-rientos  distur- 
bios de  la  nobleza,  resalta  cierta  ferocidad  ingénita,  de  que  no 
hay  ya  vestigio  alguno  en  el  debelador  de  Valencia.  En  aquel  fal- 
tan toJavia  el  respeto  y  la  veneración  casi  religiosa  con  ([ue  los 
guerreros  españoles  contemplaban  el  trono:  en  este  brillan  con 
admirable  fuorza  tan  generosas  dotes,  engendrando  en  el  pecho 
del  héroe  los  más  nobles  y  elevados  sentimientos  y  produciendo 
los  más  heroicos  rasgos  de  su  magnánimo  carácter.  El  Rodrigo 
do  la  Leyenda  es  de  natural  altivo  y  temerario,  llevándole  á  las 
más  arriesgadas  empresas  no  tanto  el  sentimiento  del  deber,  res- 
pecto de  su  religión  y  de  su  patria,  como  el  febril  é  insaciable  de- 
seo de  novedades.  El  Cid  del  Poema  es  también  esforzado  y  va- 
liente; pero  obra  siempre  impulsado  por  el  honor,  ostentando  en 
todas  sus  acciones  el  sello  de  la  piedad,  de  la  mansedumbre  y  de 
la  prudencia.  Es  el  Rodrigo  de  la  Crónica  el  joven  impetuoso, 
(fue  hace  excesiva  gala  de  su  arrojo  y  que  prodiga  acaso  sin  ne- 
cesidad sus  hazañas:  el  Cid  del  Poema  es  el  hombre  amaestrado 
ya  en  la  escuela  de  la  experiencia  por  largos  desengaños  y  curti- 
do por  el  sol  de  los  infortunios.  Entre  Rodrigo  y  el  Cid  se  halla, 
por  tanto,  la  línea  divisoria  que  existe  entre  la  juventud  y  la  an- 
cianidad, constituyendo  esta  capital  diferencia  el  original  carác- 
ter del  héroe  de  la  Leyenda,  cuya  espontaneidad  de  acción  y  mo- 
vimiento de  ideas  y  palabras,  puede  sólo  compararse  á  la  natura- 
lidad, frescura  y  desembarazo  de  aquel  enérgico  boceto. 

Semejante  contraste,  que  no  puede  ser  hijo  del  estudio  de  los 


antes  de  1157.  Sólo  de  esta  manera  es  posible  establecer  la  cronolog^ia  de  los 
hechos,  de  las  ideas  y  de  las  formas  artísticas,  como  a  las  leyes  más  estre- 
chas de  la  historia  y  á  los  principios,  ya  asentados  para  apreciar  el  sucesivo 
desarrollo  del  arte,  interior  y  exteriormente  considerado  (I.^  Parte,  Ilustra- 
ción III  del  II  lomo,  páj.  437),  conviene;  y  dada  la  exactitud  de  las  premisas 
y  de  sus  inmediatas  deducciones,  justo  es  concluir  «qu'  il  ne  doit  y  avoir  do 
l'un  a  l'aulre  (poeme)  qu'un  intervale  de  vingt  ou  trente  ans»  (Damás-Hi- 
nard,  loco  citato,  piq.  LXXIX),  sólo  que  en  sentido  inverso  de  lo  que  el 
docto  crítico,  á  quien  aludimos,  sostiene.  El  estudio  que  vamos  exponiendo, 
respecto  de  los  caracteres  internos  de  uno  y  otro  monjmcnto,  confirma  ple- 
namente estas  observaciones. 


Il/  PARTE,  CAP.  II.  PRIM.  MON.  ESC,  DE  LA  POES.  CAST.   79 

monumentos  escritos,  en  que  se  guarda  la  memoria  del  Cid  *,  ó 
supone  un  prodigioso  talento  en  el  autor  de  la  Leyenda,  ó  (lo  que 
es  más  probable)  la  revelación  tradicional  y  viva  aun,  del  per- 
sonaje que  con  tan  vigorosas  pinceladas  retrata.  Porque  es  lo 
notable  que,  á  pesar  de  la  inmensa  distancia  que  advertimos  en- 
tre Rodrigo  y  el  Cid,  mostrando  como  hemos  dicho  el  abismo  que 
separa  la  primera  y  la  última  edad  del  hombre,  existe  en  el  fon- 
do de  ambos  caracteres  la  más  estrecha  semejanza,  dándonos  á  co- 
nocer la  unidad  interna  de  la  tradición,  por  más  que  á  primera 
vista  aparezca  entre  sí  contradictoria. 

Igual  grandeza  de  alma,  igual  lealtad  é  igual  esplendidez  y  des- 
prendimiento descubrimos  efectivamente  en  el  Rodrigo  de  \d.  Leyen- 
da que  en  el  Cid  del  Poema:  tanta  admiración  nos  inspira  el  joven 
paladín  que  restituye  la  libertad  á  los  hijos  del  conde,  ofensor  de 
su  padre,  á  ruegos  de  la  hermosa  y  triste  Jimena,  como  el  expe- 
rimentado guerrero,  que  después  de  haber  vencido  al  conde  de 
Barcelona,  le  pone  en  libertad,  devolviéndole  sus  riquezas  y  col- 
mándole de  honras:  tanto  nos  maravilla  el  intrépido  garzón  que, 
por  no  quebrantar  su  palabra,  se  niega  á  entregar  al  rey  don 
Fernando  el  cautivo  moro  de  Aillon,  enviándole  á  su  reino  libre 
y  cargado  de  riquezas,  como  el  héroe  que  por  no  manchar  la 
lealtad  de  su  juramento,  arrostra  el  enojo  de  don  Alfonso  y  la 
implacable  animadversión  de  los  cortesanos. 

El  Rodrigo  de  la  Leyenda  y  Cid  del  Poema  son  en  la  esencia 
una  misma  creación,  un  mismo  personaje.  La  diferencia,  como 
hemos  indicado  consiste,  en  que  puesto  Rodrigo  por  la  historia  y 
la  poesía  en  los  primeros  instantes  de  la  monarquía  castellana, 
cuando  todavía  era  tenido  don  Fernando,  más  que  por  rey,  por 
gobernador  del  condado  2,  asociábanse  á  la  juvenil  altivez  de  Ro- 


\  Véanse  los  caps.  XIII  y  XIV  del  tomo  anterior,  y  en  su  lugar  el  rela- 
tivo á  la  Crónica  castellana  del  Cid,   escrita  en  prosa. 

2  Fernando  I  g-obernó  á  Castilla  por  algún  tiempo  con  el  título  de  Conde, 
según  consta  de  varias  escrituras  otorgadas  á  favor  de  los  monasterios  de  San 
Millan,  de  Arlanza  y  de  Oña:  en  una  donación,  hecha  al  segundo  en  1032, 
se  hace  mención  de  él,  sólo  como  gobernador  del  condado:  «Fredinando  co- 
mitatum  gcrenlo»  (Berganza,  Antig.  de  Esp.,  lib.  V,  cap.  1).  En  el  concilio  ó 


80  HISTORIA   CRITICA    UE    LA    LITERATURA   ESPA55oLA. 

drigo  los  instintos  de  agreste  independencia,  abrigados  por  toda 
Castilla;  recuerdo  poderoso  aun  en  la  memoria  de  sus  naturales, 
al  formularse  esta  peregrina  Leijcnda.  No  alcanza  Rodrigo  en 
ella  grande  representación  política:  ni,  aun  cuando  es  en  momen- 
tos dados  salvador  de  la  patria,  arrimo  y  sosten  del  nuevo  trono, 
cuyo  vasallaje  repugna,  lleva  todavía  asociado  á  su  nombre  aquel 
grande  interés  nacional,  que  sublima  al  Cid  sobre  todos  los  héroes 
de  Castilla.  Para  Rodrigo  no  ha  sonado  aun  la  terrible  hora  de  la 
prueba,  poniéndole  frente  (l  frente  del  trono  en  el  atrio  de  Santa 
Gadea. 

Esa  varonil,  pública  y  solemne  contradicción,  que  iba  á  der- 
ramar sobre  todos  los  dias  de  su  vida  la  hiél  del  infortunio,  arro- 
jándole del  patrio  hogar,  y  dando  una  y  otra  vez  origen  á  las 
proezas  que  se  cantan  por  último  en  el  Poema,  apenas  se  halla 
indicada  en  la  Crónica  ó  Leyenda.  Rodrigo  aunque  indócil  y  al- 
tivo por  naturaleza,  aunque  áspero  en  demasía  respecto  del  mo- 
narca de  Castilla,  cuando  su  padre  le  presenta  en  la  corte,  ya  lo 
hemos  apuntado,  aparece  después  como  el  campeón  del  trono,  ora 
lidiando  y  dando  muerte  á  Martin  González  en  defensa  de  don 
Fernando;  ora  marchando  á  combatir  y  desbaratar  las  preten- 
siones del  Emperador  de  Alemania,  del  rey  de  Francia  y  del 
Pontífice  romano,  restaurando  así  la  independencia  de  su  rey  y 
de  su  patria.  Y  sin  embargo  no  puede  menos  de  reconocerse  el 
mismo  héroe  en  el  tierno  garzón  que  juzga  deshonrado  á  su  pa- 
dre, porque  habia  besado  la  mano  de  un  rey,  de  cuya  lealtad  duda- 
ba, y  en  el  varón  esforzado  que  se  opone  á  que  se  asiente  en  el 
trono  un  príncipe,  sobre  quien  recala  la  sospecha  de  haber  alen- 
tado la  traición,  sin  jurar  antes  su  inocencia. 

Hasta  la  época,  en  que  parece  terminar  la  Leyenda,  no  se  ha- 
blan enturbiado  pues  los  brillantes  dias  de  Rodrigo:  sus  haza- 
ñas fueron  coronadas  siempre  por  la  victoria,  sin  que  despertasen 
en  la  potestad  real  ningún  recelo.  Sólo  habia  pensado  don  Fer- 
nando, el  Mayor,  en  cimentar  y  extender  su  naciente  monar- 
•piia,  rodeando  su  trono  de  todos   los  más  esforzados  ricos-ho- 


córles  (le  Coyanza  se  obligó  á  guardar  los  fueros  de  Caslilla,  tales  como  los 
otorgó  ol  conde  don  Sancho  (caps.  VIH  y  XIÍI). 


II.*    PARTE»    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.         81 

mes  de  León  y  Castilla,  y  robusteciéndole  con  el  amor  de  sus 
nuevos  vasallos  y  con  el  terror  de  sus  antiguos  enemigos.  Mas 
acosado  don  Sancho  por  la  ambición  que  le  devoraba,  sólo  curó 
del  exterminio  de  sus  hermanos,  entre  quienes  habia  dividido  don 
Fernando  las  joyas  engastadas  antes  en  su  diadema.  Fiel  á  sus 
deberes,  sigue  el  Cid  á  don  Sancho  en  todas  sus  empresas:  acaso 
le  aconseja,  y  tal  vez  le  contradice;  pero  cuando  manda  don  San- 
cho, sólo  hay  en  Rodrigo  brazo  para  ejecutar,  ahogando  ante  la 
voluntad  de  su  rey  todos  sus  afectos.  Entre  la  Leyenda  y  el  Poe- 
ma media  pues  todo  este  turbulento  y  desastroso  reinado:  entre 
Rodrigo  y  el  Cid  existen  don  Sancho,  el  Fuerte,  con  su  terrible 
ferocidad  y  su  inextinguible  sed  de  combates,  y  don  Alfonso  YI 
con  su  implacable  ojeriza  y  su  injusta  desconíianza.  Están  Zamo- 
ra y  Toledo. 

Como  inmediato  y  natural  resultado  de  estas  diferentes  condi- 
ciones de  existencia  en  el  héroe  de  ambos  poemas,  no  siempre  es 
el  Rodrigo  de  la  Leyenda  consecuente  consigo  mismo,  dejándose 
arrastrar  de  sus  fogosos  instintos  y  obrando  á  menudo  conforme 
á  las  impresiones  momentáneas  que  su  corazón  recibe.  Por  eso 
brilla  principalmente  en  el  monumento  de  que  hablamos,  por  tres 
grandes  cualidades  que  son,  digámoslo  así,  la  indestructible  base 
de  su  carácter:  la  generosidad,  la  lealtad  y  el  valor,  llevados 
al  más  alto  punto  del  heroísmo.  El  amor  á  la  patria  y  el  res- 
peto á  la  rehgion  son  todavía  en  Rodrigo  más  bien  instintos 
indefinidos  que  lo  impulsan  constantemente  á  las  arriesgadas  em- 
presas y  á  las  acciones  magnánimas,  que  nobles  y  elevados  sen- 
timientos fundidos  en  el  crisol  de  la  fé,  política  y  religiosamente 
considerada. 

Esta  falta  de  fijeza  y  de  perseverancia  respecto  de  la  doctrina, 
y  esta  sobra  de  fiereza  respecto  del  hecho  son  causa  por  otra  par- 
te de  que  haga  Rodrigo,  al  presentarse  en  la  corte  de  Castilla, 
cierta  ostentación  de  ruda  independencia,  mirando  con  desden  al 
soberano  que  acababa  de  asentar  su  trono  sobre  la  silla  de  los 
antiguos  condes.  Sin  embargo,  cuando  ya  han  amainado  los  pri- 
meros brios  de  la  juventud,  el  mismo  Rodrigo,  que  á  los  doce 
años  habia  salido  al  campo  contra  la  voluutad  de  su  padre,  dando 
muerte  al  conde,  su  enemigo;  el  mismo  joven  que  habia  afeado  al 

TOMO  III.  6 


82  mSTÚUIA    CRITICA    DE    LA    LITIHATURA    ESPASOLA. 

anciano  Diego  Lainez  el  que  besara  la  mano  al  rey  Fernando, 
funda  toda  su  gloria  en  la  lealtad  y  en  la  obediencia  á,  los  man- 
datos de  su  rey,  siendo  su  más  franco  y  cordial  consejero;  sin 
que  le  repugne,  no  ya  el  besarle  la  mano,  sino  ni  aun  colocarse 
á  sus  pies  ante  tres  soberanos  extranjeros,  como  símbolo  do  su- 
misión y  de  cariño. 

Todas  estas  aparentes  inconsecuencias,  que  en  la  obra  de  un 
arte  adelantado  serian  bijas  do  largo  y  profundo  estudio  del 
corazón  humano,  aparecen  en  la  Leyenda  de  las  Mocedades  de 
Rodrigo  como  otras  tantas  pruebas  de  su  espontaneidad  y  de  la 
antigüedad  que  no  en  balde  ni  sin  larga  meditación  le  hemos 
atribuido.  El  rcfi^rido  monumento,  aunque  á  primera  vista  con- 
tradictorio en  cuanto  á  la  creación  del  héroe,  es  en  el  fondo,  y 
bajo  el  aspecto  arriba  indicado,  la  verdadera  base  del  Poemas 
donde  se  nos  muestra  ya  más  perfecta  y  acabada  la  bellísima  figu- 
ra del  Cid;  carácter  que  se  desenvuelve  todavía  con  mayor  fuerza 
en  los  romanceros  de  los  siguientes  siglos  y  tiene  su  natural  com- 
plemento en  el  teatro.  A.  ser  escrita  la  Leyenda  después  del  Poe- 
ma, no  cabe  pues  duda  alguna  en  que  no  hubieran  brillado  en 
el  héroe  tan  vigorosos  rasgos  de  inquieta  independencia  y  de  no 
aprendida  hidalguía,  ni  hubiese  tampoco  ostentado  tan  fogosos  y 
contradictorios  instintos.  Dominado  el  poeta  por  la  veneración  y 
el  entusiasmo  del  pueblo  castellano  respecto  del  nobilísimo  carác- 
ter del  Cid,  creado  ya  en  el  Poema,  en  vano  hubiera  osado  alte- 
rar ninguno  de  los  perfiles  de  su  generosa  fisonomía,  viéndose, 
por  el  contrario,  forzado  á  fundir  su  obra  en  la  misma  turquesa, 
de  que  había  salido  el  coloso  del  conquistador  de  Valencia.  El 
Poema  ha  podido  en  cambio  existir  naturalmente  después  de  la 
Leyenda,  modificadas  á  un  tiempo  y  templadas  por  los  años,  así 
las  cualidades  personales  que  la  tradición  popular  suponía  en  el 
imberbe  matador  del  conde  de  Gormaz,  como  aquel  primer  ardor 
de  la  significativa  protesta  con  que  respondía  Castilla  á  la  intro- 
ducción del  rito  galicano,  ofensivo  á  la  piedad  religiosa  de  sus 
padres,  y  á  la  repugnante  invasión  del  feudalismo  extranjero. 
Así  que,  todas  estas  observaciones,  verdaderamente  trascenden- 
tales en  la  historia  del  arte,  tomando  el  valor  de  pruebas  filosófi- 
cas, vienen  á  robustecer  las  antes  alegadas  respecto  de  las  for- 


n,*    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.      83 

mas  *,  autorizándonos  á  comenzar  por  la  leyenda  de  las  Moce- 
dades de  Rodrigo  el  examen  de  los  dos  primeros  monumentos 
que  consagra  la  poesía  escrita  de  los  castellanos  á  la  memoria  de 
su  más  celebrado  caudillo. 

A.ntes  de  entrar  de  lleno  en  el  estudio  de  esta  preciosa  y  olvi- 
dada joya,  para  comprobar  cuanto  llevamos  asentado,  licito  juz- 
gamos notar  que  así  como  Rodrigo  aparece  en  ella  dotado  de 
cualidades  algún  tanto  diversas  de  las  que  se  desenvuelven  en  el 
Poema,  así  también  se  aparta  la  narración  de  sus  proezas  de  la 
adoptada  generalmente  por  los  romances,  bien  que  se  deriven  no 
pocos  directamente  de  ella.  En  estos  es  el  héroe  invitado  por  su 
anciano  padre,  para  que  le  vengue  de  las  injurias  recibidas  del 
conde  Lozano  en  presencia  del  rey  de  Castilla;  injurias  que  sólo 
podían  lavarse  con  la  sangre  del  ofensor,  pues  que  el  conde  habia 
herido  el  rostro  de  Diego  Lainez  2.  En  la  Leyenda  se  revela  la 
existencia  de  Rodrigo  de  diferente  modo:  don  Gómez  de  Gor- 
maz,  cuya  soberbia  le  ponía  en  desacuerdo  con  los  demás  ricos- 
homes  de  Castilla,  en  medio  de  la  paz  cae  de  rebato  sobre  las 
tierras  de  Diego  Lainez,  robándole  el  ganado  y  maltratando  sus 
pastores.  Procurando  Lainez  tomar  enmienda  de  aquel  agravio, 
envía  á  su  hermano  Ruy  sobre  Gormaz  y  poniendo  este  fuego  á 
uno  de  sus  arrabales,  hace  presa  en  los  ganados  y  vasallos  del 
conde,  restituyéndose  á  Vivar,  si  no  gozoso  de  la  venganza,  des- 
agraviado al  menos  de  la  injuria.  El  conde,  que  no  supo  prevenir 

1  Véase  la  ya  citada  Ilustración  III.*  de  la  I.**  Parte. 

2  Así  refieren  los  romances  este  hecho  en  boca  del  Cid: 

Non  son  buenas  fecUorias 
Que  los  ornes  de   León 
Fierau  el  rostro  á  un   anciano, 
Y   no  el  pecko  á    nn  infanzón. 


La    sa   noble  faz  nublastes 
Con  nube  de   deshonor; 
Mas  yo  desfaré  la   niebla: 
Que  es  mi   fuerQa  la  del   sol. 


En  la  Crónica  en  prosa  no  se  menciona  la  causa  del  duelo,  diciéndose  sim- 
plemente: «E  este  Rodrigo,  andando  por  Casliella,  ova  griesgo  con  el  conde 
))don  Gómez,  señor  de  Gormaz;  é  o  vieron  su  lid  entre  amos  á  dos  é  mató 
«Rodrigo  al  conde». 


SI  HISTÜUIA    CalTICA    ÜE    LA    LITEIIATURA    ESPASuLA. 

íKiuella  c¿;[tecie  de  desquite,  sale  furiosu  tras  los  soldados  de  Vivar, 
y  no  pudiéndoles  arrancar  la  presa,  desafia  á  Ruy  Lainez,  el  cual 
acepta  el  reto,  conviniendo  ambos  caudillos  en  que  peleasen  por 
una  y  otra  parte  cien  caballeros,  y  señalándose  el  plazo  de  ocho 
dias  para  veriQcar  el  combate.  Aprestábanse  ya  para  llevar  á  cabo 
esta  empresa  los  guerreros  de  Lainez,  cuando  Rodrigo,  que 
nOl  Dose  annos  avie  por  qüenla  |  é  aun  los  trese  non  son: 
Nunca  se  viera  en  lit,  j  ya  quebrabal'  corason, 
Cuéntase  en  los  (cien)  lidiadores  |  que  quiso  el  padre  ó  que  non. 

Sustaucialmente  hallamos  aquí  al  mismo  garzón  que  dice  á  su 
padre,  al  apretarle  este  las  manos,  desconfiando  ya  de  encontrar 
entre  sus  hijos  quien  le  vengue: 

Soltedes,  padre,  en  mal  hora; 
Soltedes  en  hora  mala: 
Que  á  no  ser  padre,  no  hiciera 
Satisfacion  de  palabra,  etc. 

Pero  aunque  no  es  fácil  determinar  dónde  hay  más  poesía, 
parece  fuera  de  duda  que  es  más  pura  y  verosímil  la  tradición  de 
la  Leyenda:  más  pura,  porque  revela  con  mayor  naturalidad  el 
carácter  del  muchacho,  que  impulsado  por  su  propio  instinto, 
quiere  dar  prueba  de  su  valor;  y  más  verosímil,  porque  se  halla 
en  más  estrecha  armonía  con  el  estado  político  de  Castilla  en  la 
época,  á  que  estos  hechos  se  refieren  y  más  conforme  con  aque- 
llas costumbres  guerreras;  no  siendo  posible  que  así  mancillara 
ningún  magnate  en  presencia  del  rey  á  otro  rico-home,  sin  que 
fuese  luego  castigado  tamaño  desacato.  Vengamos  ya  al  examen 
de  la  Crónica,  ó  Leyenda,  de  donde  han  desurgir  naturalmente 
nuevos  testimonios  sobre  cuantos  llevamos  asentados. 

Comienza  este  peregrino  poema  con  un  prólogo  al  parecer  en 
prosa  S  el  cual  abraza  sumariamente  los  hechos  que  supone  acae- 


\  Nada  avenlurariamos,  asentando  que  esta  especie  de  prólogo  debió  es- 
cribirse orijinariamcnle  en  verso,  como  todo  el  poema.  De  ello  parecen  de- 
poner los  abundantes  vestigios  de  metrificación  que  conserva,  tales  como: 

K   dixo  al  coikIh;  |  Mm-rlos  soino*  ;in.il    pccciido! ... 

C>  haevns   aquí  los   poderes  |  del   ri'y  iloii  S,incbo,  mi  hermano. 
É  el  cunde  tendió   los  oio5,  |  á  fué  lus  poderes  devisando; 


Il/    PARTE,    CAP.    H.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAÍ^T.       85 

cidos  desde  la  muerte  de  don  Pelayo  hasta  que  restituido  el  con- 
de Fernán  González  á  la  libertad  por  el  heroismo  de  la  infanta 
doña  Sancha  de  Navarra,  se  presenta  á  los  castellanos  que  lleva- 
ban por  capitán  su  estatua  de  piedra,  para  rescatarle.  La  conocida 
anécdota  del  azor  y  del  caballo,  cuya  venta  produjo  la  indepen- 
dencia de  Castilla,  la  noticia  de  los  condes  Garci  Fernandez  y  don 
Sancho,  la  proclamación  de  don  Sancho  Abarca,  el  descubrimien- 
to del  sepulcro  de  San  Antolin  con  la  fundación  del  obispado  de 
Falencia  *,  y  otros  varios  hechos  en  que  visiblemente  se  alteran 


É    conoció  los    poderes  ]  é  fué  ledo  é  muy   pasado. 

É   dixo...:    Esta  es  Castilla  |  que   me  suele  besar  la   uiano. 

É   la  infanta   paró   las  cuestas;  \  é  cavalgó  muy  privado. 

El   conde 

Quando  lo   vieron  castellanos,  \  todos  se   maravillaron, 
Mas  nol'    bessaron   la   mano  |  nin  seunor    non  1'  llamaron. 


Teniendo  presente  que  en  los  versos  con  que  empieza  lo  publicado,  sigue 
el  mismo  asonante  ao,  se  comprenderá  toda  la  fuerza  de  nuestra  observa- 
ción. 

i  El  examen  de  este  episodio,  desprendido  absolutamente  del  asunto  de 
la  Leyenda,  cualquiera  que  sea  el  punto  de  vista  en  que  nos  coloquemos, 
nos  ha  llevado  á  deducir  que  este  poema  debió  ser  escrito  en  la  ciudad  de  Fa- 
lencia, atestiguando  al  par  de  la  venerable  antigüedad  que  le  atribuimos.  E! 
cuerpo  de  San  Antolin  fué,  según  la  historia,  descubierto  por  don  Sancho  el 
Mayor  (no  Abarca,  como  se  dice  en  la  Leyenda),  por  los  años  de  1030, 
con  ocasión  de  perseguir  en  la  caza  un  jabalí,  que  se  guareció  en  la  cueva, 
donde  reposaban  los  huesos  del  santo:  levantado  el  brazo  del  rey  para  arro- 
jar el  venablo,  sintióle  don  Sancho  entumecido  y  sin  movimiento,  y  reparan- 
do entonces  en  una  imagen  que  allí  habia,  reconoció  ser  la  del  mártir  (Pulgar, 
Historia  secular  y  eclesiástica  de  Falencia,  tomo  II,  lib.  II,  cap.  I).  El  podero- 
so monarca  restauró  á  consecuencia  de  esto  la  despoblada  ciudad,  levantó 
un  templo  á  San  Antolin  y  erigió  el  antiguo  obispado.  Mas  como  el  rey  Ber- 
mudo  III  de  León  solicitara  para  sí  aquel  territorio,  declaró  sufragánea  de 
Oviedo  la  silla  Palentina,  siguiéndose  de  aquí  no  pocos  altercados  y  protes- 
tas (Id.  id.,  cap.  II  y  siguientes).  Los  naturales,  devotos  á  don  Sancho  é  in> 
teresados  en  sostener  que  la  Iglesia  Palentina  no  dependía  de  ninguna  otra, 
siguiendo  á  la  de  Toledo  en  dignidad,  armados  con  el  privilegio  otorgado  por 
el  rey  de  Navarra,  conde  de  Castilla  [1033]  y  robustecidos  por  la  confirma- 
ción de  don  Fernando  el  Mayor  [1059],  no  solamente  defendieron  sus  dere- 
chos, sino  que  los  hicieron  valer  igualmente  contra  los  obispos  de  León  y  de 
Castilla  (Id  ,  caps.  V  y  VI).  La  Crónica  rimada  ó  Leyenda  dice  que  invitado 
el  rey  don  Sancho  por  el  conde  don  Pedro,  señor  del  Val  de  Falencia,  para 


86  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

la  verdad  y  la  cronologia,  forman,  digásraolo  así,  los  preliminares 
do  la  monarquía  castellana,  erigida  por  Fernando  I  sobre  el  anti- 
guo condado.  El  nuevo  rey  de  Castilla  pone  su  corle  en  Zamora, 


holgar  con  él  unos  dias,  salieron  juntos  al  campo,  y  que  al  pasar  un  rio  [el 
de  Carrion]  se  hundió  la  muía  del  rey  en  un  subterráneo,  quebrándosele  am- 
bos brazos:  reparó  el  rey  en  el  sitio  é  hizo  entrar  después  á  un  caballero  lla- 
mado Bernardo  (que  es  el  nombre  del  primer  obispo),  con  lo  cual  se  penetro 
de  lo  precioso  del  hallazgo,  comprando  al  conde  aquel  territorio. — En  el 
mismo  tiempo  fué  g-anada  Toledo  por  los  moros  y  echado  de  ella  el  arzo- 
bispo Miro,  que  presentándose  á  don  Sancho,  obtuvo  de  él  la  donación  de  la 
cueva  de  San  Antolin  con  todo  lo  comprado  al  conde  don  Pedro,  dirigién- 
dose después  á  Roma  para  alcanzar  del  Papa  la  Institución  de  un  nuevo  obis- 
pado, cuya  dignidad  se  le  confiere,  con  la  total  aprobación  del  rey.  Muerto 
don  Miro,  sucédele  Bernardo,  que  es  asimismo  confirmado  por  Roma,  y  re- 
cibido con  entera  predilección  por  don  Fernando  de  Castilla.  Como  se  vé,  la 
situación  moral  es  la  misma:  el  poeta,  que  no  conoce  perfectamente  los  he- 
chos, pero  que  tiene  los  mismos  deseos  que  abrigaban  los  palentinos  respecto 
de  su  independencia,  aspira  á  legitimarla,  ya  trayendo  de  Toledo  el  primer 
obispo  de  su  diócesi  (que  en  realidad  es  el  segundo),  ya  haciéndole  investir 
en  Roma  con  aquella  dignidad,  á  semejanza  de  lo  que  se  acababa  de  hacer 
con  el  arzobispo  don  Bernardo. — Y  para  que  no  quedase  duda  alguna  de 
aquel  derecho  tan  disputado,  ó  tal  vez  para  que  fuera  conocido  el  triunfo  de 
los  palentinos,  atendía  á  hacer  populares  estas  creencias,  señalando  de  paso 
con  notable  proligidad  las  lindes  del  territorio  que  formaba  el  patrimonio  de 
aquella  Iglesia.  Repetidamente  decia,  bien  que  con  nuevos  pormenores: 

Desde   la  haerta   del  Topo   fasta  do  es  la  Quinta  nidia 

Con  todo  fasta   Casticl   Redondo,  do  es   Magas  llamado,  y 

Detrás  de   las  cuestas  de   los  Cascajares,   do  es  Sancto  Thomé  llamado. 
Fasta   las  otras  cuestas  que    llaman    Val-Rroyado 
Do  llaman   Val-de-Pero,   ca  non  era  poblado. 

Ahora  bien:  ¿qué  significa  en  una  obra,  como  esta,  la  predilección  con  que 
se  emplean  107  versos  para  sustentar  una  tradición  meramente  local,  aun- 
que parecida  á  otras  muchas  de  igual  interés,  tales  como  la  de  Alianza  y  la 
de  San  Antolin  de  Beon?...  ¿Qué  ese  afán  de  fijar  los  términos  de  las  dona- 
ciones regias,  excediendo  en  nimiedad  y  exactitud  á  los  mismos  privile- 
gios?... Para  nosotros  no  queda  duda  en  que  todo  esto  descubre  un  interés, 
vivo  todavía,  á  favor  de  Palencia,  y  un  conocimiento  menudo,  y  no  forzado, 
de  aquel  territorio  y  de  las  pertenencias  de  su  Iglesia.  Lo  primero  nos  lleva 
á  una  edad  no  muy  lejana  de  la  repoblación  de  la  ciudad  y  restauración  de 
su  diócesi:  lo  segundo  nos  conduce  naturalmente  á  aquella  misma  locali- 
dad. ¿Seria  aventurado  deducir  que  algún  clérigo  ó  calouge  ác  aquella  Iglesia 
se  apoderó  de  los  cantos  populares  sobre  Rodrigo  de  Vivar,  á  quien  alribu- 


II.   PARTE,  CAP.  11.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   87 

convocando  á  esta  ciudad  todos  los  magnates  del  naciente  reino: 
acuden  á  este  llamamiento  Diego  Lainez  y  sus  tres  hermanos,  á 
quienes  recibe  el  monarca  con  particular  predilección,  consul- 
tándoles sobre  la  empresa  que  deberla  tomar,  como  soberano  de 
Castilla,  en  la  siguiente  forma: 

2bl    Oytrae,  caballeros,  j  muy  buenos  fijosdalgo, 

Del  mas  onrrado  aleada  |  que  en  Castíella  fué  nado: 

Dísteme  á  Castíella  |  é  besástesme  la  mano: 

Con  vusco  conquerí  los  regnos  |  de  España  fasta  Santiago, 
253    Vos  sodes  ancianos  é  |  yo  del  mundo  non  sé  atante: 

Mío  cuerpo  é  mi  poder  |  mételo  en  vuessas  manos: 

Que  vos  me  conseiedes  |  syn  art  é  syn  enganno. 

Rey  so  de  Castíella  |  é  de  León  assy  fago. 

Sabedes  que  León  es  j  cabesa  de  (todos)  los  rregnados, 
260    É  por  eso  vos  ruego  |  é  á  vos  pregunto  atante 

Cuál  senna  me  mandadas  |  faser  á  tal  degrado; 

Ca  en  quanto  yo  valga,  |  non  vos  saldré  de  mandado. 

Díxieron  los  castellanos:  |  En  buen  punto  fuestes  nado: 

Mandat  faser  un  castíello  |  (de  oro)  é  un  león  indio  pintado. 

Don  Fernando  confirma  después  los  fueros,  privilegios  y  liber- 
tades que  habia  concedido  á  Castilla  su  abuelo,  el  conde  don  San- 
cho; y  lisonjeábase  ya  con  la  tranquila  posesión  de  sus  estados, 
cuando  las  desavenencias  que  estallaron  entre  el  conde  de  Gormaz 
y  Diego  Lainez  vinieron  á  turbar  la  paz  que  gozaba.  Señalado  el 
dia  del  combate  del  modo  que  arriba  indicamos,  se  encontraron 


yeron  los  palentinos  la  fundación  del  hospital  de  San  Lázaro,  y  los  fijó  por 
medio  déla  escritura,  introduciendo  al  par  en  ellos  toda  esta  historia,  amol- 
dándola á  las  indoctas  tradiciones  del  vulgo?...  El  ejemplo  del  obispo  don 
Pelayo  de  Oviedo,  ya  conocido  de  los  lectores,  nos  autoriza  á  creer  que  no 
andamos  descaminados  (V.  el  cap.  XIII  de  la  I.'*  Parte).  La  alusión  erudita 
de  los  tres  siguientes  versos  induce  no  obstante  á  juzgar  que  no  era  el  poeta 
de  todo  punto  ignorante:  pinta  á  Rodrigo  al  entrar  en  batalla: 

667  Ally  llamó  Rodrigo  á  Santiago,  |  fijo  del  Sebedeo. 
Non  fué  tan  bueno  de  armas  |  Judas  el  Macbabeo, 
Nin  Archil,  Nicanor,  |  nin  el  rey  Tholomeo. 

Nótese  de  paso  la  invocación  guerrera  del  Cid,  y  véase  lo  dicho  en  el  ca- 
pítulo XIV  de  la  1.^  Parle,  respecto  déla  representación  del  Apóstol  Santia- 
go, como  numen  de  la  guerra. 


88  mSTOKIA    CKlilCA    DE    LA    LITEUATUMA    ESPAÑOLA. 

los  duscientos  caballeros  en  el  lugar  cünvenidü,  adelatitáiidose  á 
todos  Hüdrig-o  y  embistiendo  al  ofensor  de  su  padre: 

Los  primeros  colpes  suyos  |  édel  ronde  [don  Gome]  son: 
30o    Paradas  eslan  las  liasos,  |  é  comienza  á  lidiaVe: 

Rodrigo  mallo  ai  conde,  |  ca  non  lo  pudo  lardar; 

Venidos  son  los  ^icnto  |  é  pienssan  de  lidiar: 

En  pos  ellos  salió  Rodrigo,  |  que  los  non  da  vagar; 

Prissü  á  dos  fijos  del  conde,  |  á  todo  su  mal  pesar, 
310    Ferran  Gómez  é  Alfon  Gómez  j  é  Iráxolos  á  Vivar. 

Las  tres  hijas  del  conde,  Elvira,  Aldonza  y  Jimena,  llenas  de 
dolor  por  la  muerte  de  su  padre  y  por  la  prisión  de  sus  herma- 
nos, se  dirigen  á  Vivar  cubiertas  de  luto,  para  demandar  á  Die- 
go Lainez  la  libertad  de  los  últimos.  Esta  escena,  en  que  se  pin- 
tan con  sencillos  y  brillantes  rasgos  la  amargura  de  las  hijas  del 
conde,  la  ingenuidad  del  anciano  Lainez  y  la  hidalga  y  feroz  ge- 
nerosidad del  matador  de  don  Gómez,  es  sin  duda  una  de  las  más 
importantes  de  la  Leyenda. 

Prissieslesnos  los  lieniianos  j  étenedeslosacá, 

É  no?  mugieres  somos,  |  que  no  hay  quien  nos  aupare. 

— Essas  oras  dixo  don  Diego  '  |  no  devedes  á  mí  culpar: 

Pedillos  á  Rodrigo,  |  sy  vos  los  quissiere  dar, 
325    Prométolo  yo  á  Christus,  |  á  mi  noni'  pode  pessar. 

Aqueslo  oió  Rodrigo,  j  comensó  de  fablar: 

—  Mal  fessiste,  sennor,  |  de  v(  s  negar  la  verdal: 

Que  yo  seré  vuesso  fijo,  |  é  seré  de  mia  madre. 

Paral  míenles  al  mundo,  |  sennor,  por  caridat. 
330    Non  lian  culpa  las  fijas  |  por  lo  que  fizo  el  padre; 

Dalles  á  sus  hermanos,  |  cá  muy  menester  los  han. 

CoiUra  estas  duennas  messura  |  devedes,  padre,  catar. 

Ally  dixo  don  Diego:  |  Fijo  mandátgelos  dar. 

Sueltan  los  hermanos;  |  á  las  duennas  los  dan  -. 


{  Escribimos  don  Diego,  por  no  apartarnos  on  demasía  de  las  ediciones 
de  la  Leyenda;  mas  no  sin  que  juzg^uemos  conveniente  advertir  que  en  la  pri- 
mitiva redacción  debió  decirse  simplemente  layo  ó  lagüe,  seg^un  acreditan 
numerosos  documentos  diplomáticos  de  aquella  edad,  y  se  vé  en  el  Poema. 

2  El  erudito  Tickuor  dice  que  los  tres  hermanos  de  Jimena  habían  caído 
prisioneros  de  los  moros  y  sido  libertados  por  el  Cid  {Historia  de  la  litera- 
tura espcñola,  Tiim.  época,  tomo  1,  cap.  II), 


II.*  PARTE,  CAP.  II.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   89 

No  es  fácil  hallar  en  obras  de  otros  siglos  más  cercanos  tanta 
naturalidad,  sencillez  y  energía  al  mismo  tiempo:  el  carácter  del 
intrépido  garzón  que  acababa  de  dar  muerte  al  conde  de  Gormaz, 
no  puede  en  verdad  bosquejarse  con  más  fuerza  y  vigor,  descu- 
briendo desde  las  primeras  pinceladas  el  temple  superior  de  su 
alma.  Tan  terrible  como  habla  sido  su  brazo  en  la  pelea,  tan 
ingenuo  es  el  enojo  que  manifiesta  contra  su  padre,  porque  no  ha- 
bía otorgado  á  las  hijas  del  conde  la  libertad  de  sus  hermanos, 
dudando  de  su  obediencia;  y  tan  generoso  aparece  con  estas  des- 
consoladas doncellas.  Semejante  hidalguía  y  desprendimiento  no 
pueden  menos  de  inflamar  el  corazón  de  Jimena,  que  se  dirige  no 
obstante  á  Zamora,  llena  de  amor  y  de  zozobra,  para  pedir  al 
rey  justicia  contra  el  hijo  de  Diego  Lainez.  Hé  aquí  esta  original 
é  interesante  escena: 


Liegava  á  Samora,  |  do  la  corte  del  rey  está, 
Lorando  de  los  oios  |  é  pidiendo  piedat. 


345 


Orphaniella  finqué  pequenna  |  de  la  condesa,  mi  madre, 

Fijo  de  Difgo  Lainez  |  físome  muclio  mal; 

Prissom'  mis  hermanos  |  é  mattom'  á  mió  padre: 

Á  vos  que  ssodes  rey  |  vengom'  querellar. 
330    Sennor,  por  mereet  derecho  |  [luego]  me  mandatdar. 

Muchol'  pessó  al  rey  |  é  comensó  de  fablar: 

— En  grant  coita  son  mios  regnos;  |  Castiella  alssárseme  ha; 

É  si  se  me  alsan  castellanos,  |  faserm'  han  mucho  mal. 

Quand  l'oió  Ximena  Gomes,  ]  la  mano  1'  fué  besar: 
3o5    Mereet,  dixo,  Sennor;  |  non  lo  tengades  á  mal; 

Mostrarvos  he  assosegar  Castiella  ]  é  á  los  regnos  otro  tal: 

Dalme  á  Rodrigo  por  marido,  |   aquel  que  mató  á  mió  padre. 

Omitimos  hacer  comentarios  sobre  este  pasaje,  donde  se  revela 
con  notable  energía  la  candidez  de  los  sentimientos  de  la  enamo- 
rada Jimena,  que  se  ase  del  temor  del  rey  y  de  los  peligros  que 
amenazaban  á  Castilla,  para  cohonestar  la  pasión,  que  le  habían 
inspirado  la  bravura  y  la  magnanimidad  de  Rodrigo.  El  rey  fluc- 
túa, no  obstante,  entre  el  castigo  y  el  matrimonio  que  Jimena  le 
pide  y  le  propone,  hasta  que  consultando  al  conde  Osorio,  su  ayo 
[amo],  se  resuelve  á  imponer  á  la  familia  de  Diego  Lainez  la 
alianza  solicitada  por  la  hija  de  don  Gómez.  Para  llevarla  á  cabo, 


90  HISTORIA   CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

manila  prcsentarso  en  la  corte  al  padre  de  Rodrigo,  acompañado 
de  este;  mas  Diego  Lainez: 

370    ....  Caló  las  carias  |  é  ovó  la  color  mudado: 

Sospechó  que  por  la  muerte  |  del  conde  quería  el  rey  malallo. 
— Oylme,  dixo,  mi  fijo;  |  mientes  catedes  acá, 
Temóme  daqueslas  cartas  |  que  anden  con  falsedat; 
É  desto  los  reyes  |  muy  malas  costumbres  lian. 

No  puede  ser  más  viva  y  directa  la  alusión  que  hace  el  hijo  de 
Lain  Calvo  á  la  fatal  historia  de  los  condes  de  Castilla,  viva  aun 
en  la  memoria  de  aquellos  naturales.  Después  manda  á  Rodrigo 
que  mientras  él  vá  á  Zamora,  se  dirija  á  Ilaro,  donde  reside  su 
tio  Ruy  Lainez,  añadiendo: 

— É  sy  por  aventura  |  el  rey  me  mattare, 

380    Vos  é  vuestros  tíos  |  poderme  hedes  vengar. 
Ally  dixo  Rodrigo:  |  Esso  no  serie  verdal: 
[Ca]  por  lo  que  vos  passedes,  I  por  esso  quiero  yo  passar; 
Maguer  sodes  mió  padre,  ]  quiero  vos  yo  conseiar  ': 
Trescientos  caualleros  j  todos  consvusco  los  levat; 

383    Á  la  entrada  de  Qamora,  |  sennor,  á  mim'  los  dat. 
Essa  ora  dixo  don  Diego:  |  Pues  pensemos  de  andar. 

Armados  los  trescientos  caballeros,  les  arenga  Rodrigo  en  esta 
sustancia: 

.    .     .    Amigos,  parientes,  1  é  vasallos  de  mió  padre, 
Aguardat  vuestro  sennor  |  sin  enganno  é  sin  arte. 


i  Para  que  pueda  ser  comparada  la  manera  distinta  de  expresarse  entre 
los  poetas  del  siglo  XV,  á  que  el  docto  Mr.  George  Ticknor  quiso  llevar  este 
poema,  y  de  los  cantores  populares  del  XII,  parécenos  bien  traer  aquí  las 
notables  palabras  con  que  don  Alonso  de  Cartagena  se  dirige  a  su  padre  don 
Pablo,  Canciller  mayor  de  Castilla,  expresando  el  mismo  pensamiento  que  se 
revela  en  este  verso  de  la  Leyenda: 

Ser  fijo   é  consejador, 
Si  al  revés   tos   paresQiere, 
Mirad  primero,  señor, 
Que  aqael  vos   sirve    mejor 
Qae  mejor  consejo  os  diere. 

{Esludios  hisi órleos,  polilicos  ij  lilcrarios  sobre  los  judíos  de  España,   Ensa- 
yo II,  cap.  IX,) 


II.*    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.      91 
Tan  negro  dia  aya  el  rey,  |  commo  los  otros  que  ay  están: 
395    Non  vos  pueden  desir  traydores  |  por  vos  al  rey  matar; 
Que  non  somos  sus  vasallos,  ]  nin  Dios  non  lo  mande: 
Ca  más  traydor  serya  el  rey,  |  si  á  mió  padre  maltasse. 

Con  este  propósito  llega  Rodrigo  á  Zamora:  Diego  Lainez  se 
presenta  al  rey  y  se  arrodilla  para  besarle  la  mano,  cosa  que,  por 
lo  nueva  é  inusitada,  no  puede  menos  de  repugnar  al  osado  gar- 
zón, cuya  espada,  sangrienta  aun,  que  sale  algún  tanto  de  la 
vaina  al  inclinarse,  causa  horror  á  don  Fernando,  exclamando  al 
acercársele  Rodrigo: 

Tlratrae  allá  esse  pecado. 

Después  añade  el  monarca: 
412    Datme  vos  acá  esa  doncella;  |  despossarémos  este  losano  '. 

Don  Diego  Lainez,  sorprendido  por  tan  extraña  resolución, 
apenas  juzga  cierto  lo  que  pasa  delante  de  sus  ojos.  El  conde  Oso- 
rio  presenta  al  rey  la  hija  del  muerto  don  Gómez,  y  efectuado  el 
desposorio,  prorumpe  Rodrigo  en  estas  palabras: 

Sennor,  vos  me  despossaste,  |  más  á  mi  pessar  que  de  grado; 
420    Mas  prométolo  á  Christus,  |  que  vos  non  besse  la  mano, 

Nin  me  vea  con  ella  1  en  yermo  nin  en  poblado, 

Ffasta  que  venssa  cinco  lides  |  en  buena  lit  en  campo. 

Cuando  esto  oió  el  rey,  |  físsose  maraviellado; 
425    Dixo:  Non  es  este  ome,  (  mas  figura  ha  de  peccado. 

Semejante  protesta  acaba  de  revelar  el  carácter  de  Rodrigo, 
que  bien  pronto  tuvo  ocasión  de  probar  su  palabra:  el  rey  moro 
de  Aillon  y  los  arrayaces  de  Sepúlveda  y  Olmedo  entraron  en  tier- 
ra de  Castilla  con  una  hueste  de  cinco  mil  caballos,  penetrando 
hasta  Bellorado  {Bü forado)  y  sembrando  por  todas  partes  el  in- 
cendio y  la  muerte.  Don  Fernando,  á  quien  hablan  causado  sor- 


1  La  circunstancia  de  emplearse  esta  voz  con  harta  frecuencia  en  la  Cró- 
nica rimada  ó  Leyenda,  dio  sin  duda  motivo  á  los  cronistas  y  romanceros  pa- 
ra llamar  al  padre  de  Jimena  el  conde  Lozano;  observación  que  no  carece  de 
algún  interés  en  estos  estudios,  manifestando  claramente  la  prioridad  del  mo- 
numento que  examinamos. 


92  HISTOIIIA   CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA, 

prosii  las  palabras  de  Rodrigo,  intenta  probar  su  valor,  dojAndoli^ 
entregado  á  sus  propias  fuerzas;  pero  el  nieto  de  Lain  Calvo,  sin 
consenlir  eu  que  despierten  á  su  padre,  (pie  d  la  sazón  dormia, 
toma  las  armas,  reúne  bajo  su  bandera  troscienlos  caballeros,  y 
con  la  rapidez  del  rayo  cae  sobre  la  liueste  sarracena,  alcanzán- 
dola en  la  Nava  del  Grillo,  donde  la  desbarata,  arrebatándolo 
la  rica  presa  í\üq  llevaba: 

4a0     Ally  liilici  Rodrigo  con  ellos  |  buena  lid  on  el  campo: 
Uti  dia  é  una  noclie  |  rfasla  olro  día  mediado 
hlstuvo  en  pesso  la  batalla,  |  é  el  torneo  mcsclado. 
Rodrigo  vi^nsió  la  batalla,  )  ¡Dios  sea  loado!... 
Ffasta  Peña  Falcon,  |  do  es  Peña-Fiel  lamado. 
Las  aguas  de  Duero  1  yvanlas  enturbiando. 

El  rey  de  Aillon  es  también  trofeo  de  esta  victoria,  primera  de 
las  cinco  prometidas  por  Rodrigo,  quien  se  dirige  con  la  rica 
presa  á  Tudela  de  Duero.  La  fama  del  triunfo  llega  luego  á  la 
corte  y  regocijándose  el  rey  de  tener  tan  vabeute  vasallo,  sale  en 
su  busca,  prometiéndole  entero  perdón,  si  le  entrega  el  quinto 
del  botin  y  el  reyezuelo  que  en  su  poder  traia.  De  esta  manera 
responde  Rodrigo  á  la  demanda  del  soberano: 

471 — «Solamientre  non  sea  pensado: 

Que  yo  lo  daré  á  los  mesquinos  |  que  assáz  lo  ban  lasrado: 
Lo  suyo  daré  á  los  diesmos,  |  que  non  quiero  su  pecc;ido; 
De  lo  mió  daré  soldadas,  |  á  aquellos  que  me  aguardaron.» 

475    Essas  oras  dixo  el  buen  rey:  ]  «Datme  esse  moco  losano.» 
Estonce  dixo  Rodrigo:  |  Solamientre  non  sea  pensado: 

Demás  non  vos  daré  el  quinto,  |  synon  d'aver  monedado. 

Esta  respuesta  advierte  al  rey  de  que  es  imposible  obtener  cosa 
alguna  de  Rodrigo  por  medio  de  la  fuerza:  por  el  contrario  sabe 
muy  luego  que  ha  dado  libertad  al  moro  de  Aillon,  á  quien  no 
debia  deshonrar,  aunque  vencido,  devolviéndole  al  propio  tiempo 
sus  riquezas  y  donándole  cuanto  pertenecía  á  dos  arraezes  suyos 
[arrayaces]  muertos  en  la  batalla.  Al  despedir  el  nieto  de  Lain 
Calvo  al  moro  de  Aillon,  le  dice: 

Sy  vos  (luissiercn  abrir  las  villas,  |  synon  onbialmc  nniidado: 
4'JO    Yo  faré  que  vos  abran  1  á  miedo  que  non  de  grado. 


II,      PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.      93 

El  moro  de  Aillon  reconoce  al  joven  guerrero  por  su  señor  y 
se  encamina  á  su  pueblo,  donde  el  nombre  de  Rodrigo  basta  para 
restituirle  en  el  mando. 

Noticioso  entre  tanto  el  conde  Martin  González  de  que  Rodrigo 
se  halla  apoderado  de  Tudela,  donde  recibe  las  parias  que  le  en- 
vían los  sarracenos,  dirígese  al  rey  de  Aragón  para  darle  aviso  de 
semejante  hecho,  que  reputaba  como  un  despojo,  ofreciéndosele  á 
probarlo  en  singular  combate.  Autorizado  por  el  aragonés,  se 
presenta  en  Zamora  y  desafia  al  rey  de  Castilla,  pidiéndole  pa- 
ladín para  hacer  armas.  Ningún  caballero  habia  salido  á  la  defen- 
sa de  su  rey,  cuando  llegó  acaso  Rodrigo  á  la  ciudad,  yendo  de 
romería  á  Santiago,  y  se  enteró  por  boca  del  mismo  monarca, 
de  la  situación  en  que  este  se  hallaba: 

520    Rodrigo  á  los  tres  dias  |  á  ^amora  ovo  llegado; 

Vio  estar  al  rey  muy  triste;  |  ante  él  fué  parado. 

Sonrisando  se  yva  |  é  de  la  boca  fablando: 

— Rey  ¿quién  vos  fisso  pessar,  1  ó  cómmo  fué  dello  ossado?... 

De  presso  ó  de  muerto  |  non  vos  saldrá  de  la  mano. 
525    Essas  oras  dixo  el  rey:  |  aSeas  bien  aventurado; 

Á  Dios  mucho  1'  gradesco,  |  por  ver  qu'  eres  aquí  llegado. 

Á  tí  digo  la  mi  coyta  |  donde  soy  coytado; 

Enbióme  dessaffiar  |  el  rey  de  Aragón  [priado], 

530    Ó  quel  diesse  un  iustador  |  de  todo  el  mío  regnado. 
QuereiJéme  en  la  mi  corte  |  á  todos  los  fijos  dalgo; 
[Querelléme  en  la  mi  corte:]  j  non  me  respondió  ome  nado. 

Rodrigo  no  vacila  en  aceptar  el  desafio;  pero  no  quiere  faltar 
á  su  devoción  y  pide  al  rey  plazo  para  poder  visitar  el  Padrón 
de  Santiago  ^,  señalándole  aquel  el  de  treinta  dias.  No  se  aviene 
Martin  González  á  término  tan  largo,  deseoso  de  cumplir  los  man- 
datos de  su  rey,  y  Rodrigo  replica: 

Conde,  |  ¿por  que  vos  quejades  tanto? 

Á  quien  diablos  an  tomar,  |  chica  es  possiesta  de  Maío. 

El  nieto  de  Lain  Calvo  se  dirige  al  sepulcro  del  Apóstol.  Sólo 


i  Dábase  nombre  de  Padrón  de  Santiago  á  la  piedra,  donde  seg^un  la  tra- 
dición fué  atada  la  nave  que  trajo  á  Galicia  el  glorioso  cuerpo  del  Apóstol 
SanUago  {España  Sagrada,  tomo  III,  pág.  ]i\). 


94  HISTORIA    CHlTICA   DE    LA    LITERATUIU    ESI'A?ÍÚLA. 

restaban  ya  tres  días  para  expirar  los  treinta  lijados,  cuando  re- 
cuerda el  compromiso  de  su  rey,  y  la  solemne  promesa  que  le  ha- 
bla hecho.  Parte,  y  sin  descansar  un  momento,  llega  al  vado  de 
Cascajar  de  Duero,  donde  encuentra  un  lepi'oso  [gaplio],  el  cnal 
pide  por  piedad  á  los  caballeros  de  Rodrigo  que  le  pasen  el  rio. 
Todos  se  apartan  de  él,  no  pudiendo  contener  el  asco  que  su  vista 
produce,  excepto  el  hijo  de  Diego  Lainez,  quien  doliéndose  do 
su  miseria,  le  hace  subir  en  un  valiente  mulo,  cobijándole  con 
una  capa  aguadera,  y  llevándole  consigo  hasta  Grijalva  (Cerra- 
to),  donde  procura  tomar  algún  descanso,  para  proseguir  su  ace- 
lerado camino.  No  bien  se  habia  el  héroe  dormido,  cuando  lo 
anuncia  el  pobre,  á  quien  habia  dado  lecho  á  su  lado,  que  es  San 
Lázaro,  mensajero  de  Cristo,  y  que  viene  á  revelarle  que  llevará 
felizmente  á  cabo  cuantas  empresas  acometiere,  siempre  que  se 
vea  tocado  de  calentura. 

Hé  aquí  la  fínica  consagración,  la  única  unción  del  héroe  cas- 
tellano en  esta  peregrina  Leyenda. 

Lleno  de  religioso  espanto,  despierta  y  no  hallando  junto  á  si 
al  leproso,  cabalga  apresuradamente  y  parte  hacia  Calahorra, 
donde  le  aguardaban  ambos  reyes,  no  sin  abrigar  el  de  Castilla  la 
terrible  desconfianza  de  que  compareciese  Rodrigo  al  término 
designado.  Preparábase  ya  el  anciano  Diego  Lainez  á  salir  á  la 
demanda  en  lugar  de  su  hijo,  cuando  aparece  este,  no  fenecido 
aun  el  plazo;  y  entrando  en  el  palenque  con  Martin  González,  le 
derriba  del  caballo  á  los  primeros  golpes,  dándole  muerte  y  de- 
clarándose en  virtud  de  este  juicio  divino,  que  las  ciudades  de 
Tudela  y  Calahorra  pertenecían  al  rey  don  Fernando.  El  pasaje 
en  que  se  refiere  semejante  duelo,  es  digno  de  ser  trasladado  á 
este  sitio,  por  su  extraordinaria  originalidad  y  por  la  sencillez 
que  respira: 

Cavalgar  quiere  Rodrigo,  |  non  querie  detardarlo; 
Non  le  venia  la  callenlura  [  que  le  avie  dicho  el  malalo. 
Dixo  al  rey:  Sennor,  datme  |  una  sopa  en  vino  [blancol  '. 


i  Hemos  suplido  la  última  palabra.  El  rasgo  de  tomar  sopas  en  vino,  al 
acometer  cualquiera  ardua  empresa,  es  muy  caracten'slico  de  los  siglos  XI  y 
XII.  Entre  otros  testimonios  que  pudiéramos  alegar  en  comprobación  de  esta 


II.     PARTE,    CAP.    H.    PRIM.    MON.    ESC,    DE    LA   POES.    CAST.      93 
600    Quando  quiso  tomar  la  sopa,  |  la  callentara  ovo  llegado: 

En  logar  de  tomar  la  sopa,  |  tomó  la  rrienda  del  cauallo; 

Enderesó  el  su  pendón,  |  é  el  escudo  ovo  embrasado; 

É  fuesse  pora  ally  |  do  estaba  el  navarro. 

El  navarro  clamó  ¡Aragón!  |  é  ¡Castiella!  el  castellano: 
605    Yvanse  dar  sennos  golpes,  ¡  los  cauallos  encostaron; 

Dixo  el  conde  navarro:  |  ¡Qué  cauallo  traes,  castellano! 

Dixo  Rodrigo  de  Vivar  1  ¿Quieres  trocallo? 

Cambíalo  conmigo,  |  sy  el  tuyo  es  más  flaco. — 

Allí  dixo  el  conde:  |  Non  me  serva  dado. — 
610    Partiéronles  [ende]  el  sol  |  los  fieles  commo  de  cabo; 

Yvanse  dar  sennos  colpes,  |  é  errol'  el  conde  navarro: 

Non  lo  erró  Rodrigo  de  Vivar  [el  qui  en  buen  ora  foé  nado]: 

Un  colpe  le  fuera  dar  |  quel'  abatió  del  cauallo. 

É  ante  que  el  conde  s'alsasse  |  descendió  á  degollarlo  *. 

Así  acaba  este  interesante  episodio,  que  contribuye  á  dar  ma- 
yor realce  al  carácter  de  Rodrigo  ^.  Nuevos  peligros  amenazan 


costumbre,  citaremos  el  pasaje  de  la  Crónica  latina  de  Alfonso  VII,  en  que  se 
narra  la  entrada  hecha  por  Farax  Adalí  [H43]  sobre  Peña  Negra,  que  de- 
fendían el  celebrado  Munio  Alfonso  y  Martin  Fernandez.  «Quia  Farax  Adalí 
(dice)  veniebat  cum  raag-no  exercitu  ad  debellandum  eum  eís..,  consílio  acep- 
to, comederunt  panem  et  vinum.  Deinde  exierunt  obviam  sarracenís»  (Núme- 
ro 84).  Al  narrarse  en  la  Crónica  de  Once  Reyes,  monumento  muy  poco  co- 
nocido de  nuestros  eruditos,  el  duelo  de  don  Diego  Ordoñez  y  los  hijos  del 
viejo  Arias,  obtenida  ya  la  victoria  sobre  el  primero  por  el  paladín  del  malha- 
dado don  Sancho,  se  lee:  «Los  fieles  fueron  estonce  por  don  Diego  Ordonnez, 
»et  sacáronle  del  cerco,  el  leváronlo  para  la  fueste  et  desarmáronle  á  comer 
Mires  sopas  et  á  beuer  del  uino»  (cap.  XXVIII,  fól.  108  del  Cód.  J  133  de 
la  Bibl.  Nac).  No  puede  ser  más  claro  ni  palpitante  este  singular  testimonio 
de  la  antigüedad  de  la  primitiva  Leyenda,  donde  se  revela  esta  costumbre, 
como  cosa  de  todos  sabida. 

\  A  pesar  de  habernos  propuesto  seguir  las  ediciones  de  la  Crónica  ri- 
mada, son  de  tal  naturaleza  los  errores  que  en  este  pasaje  advertimos,  que  no 
hemos  podido  resistir  al  deseo  de  trasladar  aquí  los  últimos  versos,  tales  co- 
mo en  nuestro  ensayo  de  restauración  resultan  rectificados. 

2  En  esta  parte  hay  una  laguna,  aunque  en  nuestro  sentir  insignifican- 
te: sin  duda  se  referia  aquí  el  efecto  causado  por  este  juicio  divino,  como 
para  contraponerlo  en  la  estimación  popular  al  producido  por  los  dos  juicios 
relativos  al  breviario  mozárabe,  mencionados  en  la  exposición  histórica.  De 
cualquier  modo,  esta  singular  tradición  del  duelo  en  defensa  de  la  integri- 
dad del  territorio  castellano,  no  parece  del  todo  ajena  á  la  protesta  formulada 


96  H15T0IU.V    r.lllTir.A    de    L\    LIIDIIATUIIA    ESPAÑOLA. 

entre  tanto  la  libortaii  de  la  patria:  el  moro  Jossias  '  rompe  con 
poderoso  ejército  por  las  tierras  de  Castilla,  auxiliado  de  otros 
cuatro  rí^yezuolos  de  su  ley;  y  avisado  oportunamiMite  por  el  rey 
de  Aillou,  su  vasallo,  acude  Uodrigo  d  la  curte  de  Zamora,  y  per- 
suade á  don  Fernando  á  que  se  arme  y  consagre  caballero  del 
Padrón  de  Sanfiáf/o  en  el  templo  del  Apóstol,  con  lo  cual  le 
promete  reconocerle  como  señor,  acompañándole  después  hasta 
Mont-Irago,  desde  donde  se  torna  á  Yivar,  poniéndose  al  frente 
de  sus  guerreros,  entre  los  cuales  se  cuentan  sus  tres  tíos  y  el 
mismo  Diego  Lainez,  su  padre.  Con  la  rapidez  que  exigia  lo  ar- 
duo de  la  empresa,  se  dirige  aquella  pequeña  hueste  contra  el 
numeroso  ejército  de  los  sarracenos,  dando  con  ellos  junto  á  San 
Esteban,  y  trabándose  tan  cruda  pelea  que  mueren  el  padre 
y  los  tios  de  Rodrigo,  lo  cual,  enfureciéndole  al  más  alto  pun- 
to, es  la  señal  del  exterminio  de  la  morisma.  Estuvo  no  obs- 
tante en  peso  la  facienda  por  el  espacio  de  tres  dias,  siendo  al 
cabo  derrotados  los  sarracenos.  Rodrigo  dá  muerte  á  los  reye- 
zuelos de  Atienza,  Sigüenza  y  Guadalajara,  y  aprisiona  á  los  de 
Madrid  y  Talavera.  Presentados  á  don  Fernando  ambos  reyes, 
corre  después  á  destruir  á  Redresilla,  Bilforado  y  Grañon,  apode- 
rándose aquí  del  conde  Garci  Fernandez  y  aprisionando  en  Siete- 
Barrios  [Bribiesca]  á  Jimeno  Sánchez,  acusado  como  su  hermano, 
de  haber  llamado  á  los  moros  contra  la  patria  ^.  Ambos  son  con- 
ducidos por  el  mismo  Rodrigo  á  Zamora  y  sometidos  al  fallo  de 
la  ley,  llamando  este  juicio  la  atención,  no  sólo  por  presentar  un 

por  el  senlimienlo  tiacioiial,  en  orden  á  la  integridad  del  mismo  suelo,  no 
respetada  por  Alfonso  VI,  según  queda  ya  observado. 

\  Es  Yuzeph-ben-Texchim  ó  Texufin,  príncipe  de  los  almorávides,  á 
quien  las  crónicas  vulgares  apellidan  YuQafe. 

2  La  injuria  hecha  por  Rodrigo  al  conde  don  Ximeno  Sánchez,  es  uno  de 
los  rasgos  más  propios  y  característicos  de  las  costumbres  que  revela  en  ca- 
da verso  este  monumento.  Rodrigo  le  persigue  y  lo  encierra  en  Briviesca 
[Vil  Barrios]: 

680     En   Sania   M^ria  la    Antigua  |  se  encerró  el  conde   losano; 
[Allí]  comliatiol'    Rodrigo  |  ainidos,   que    non   de  grado: 
0»o   de   roiipiT  In   ygresia  |  é  entró  en   olla  privadi). 
.Sacnl  por  las    barbas   al    conde  |  tras  el   altif  con  su    uinnu. 

Al  examinar  el  Poema,  volveremos  á  iccordar  este  pasaje. 


II.   PARTE,  CAP.  IF.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   97 

cuadro  tan  original  como  verídico  de  las  costumbres  de  aquellos 
lejanos  dias,  sino  también  por  manifestar  el  odio  con  que  eran 
vistos  en  el  suelo  de  Castilla  los  traidores: 

695    El  rey  qnaiido  lo  oyó,  |  enbió  por  todos  sus  regnados; 

Portugaleses  é  galisianos,  |  leoneses  é  asturianos, 

[É  úines  d'J  Estremadura  [á  bueitas]  con  castellanos; 

É  ally  los  mandó  el  rey  |  tan  ayna  iudgar  [de  grado]: 

Los  condes  que  tal  cosa  fasian  |  ¿qué  muerte  merec/a«?  • 
700    ludgaron  portogaleses  |  á  bueitas  con  galisianos; 

É  dieron  por  iuysio  |  que  fuessen  despennados. 

ludgaron  leoneses  |  á  bueitas  con  asturianos; 

É  dieron  por  iuysio  |  que  fuessen  arrastrados. 

ludgaron  castellanos  |  á  buelta  con  extremadanos, 
70b    É  dieron  por  iuysio  |  que  fuessen  quemados  -. 

Sentenciados  así  los  condes  desleales,  el  mismo  Rodrigo  que 
loshabia  vencido  y  hecho  prisioneros,  ruega  al  rey  que  los  per- 
done y  obtiene  esta  gracia  del  monarca,  del  siguiente  modo: 
Sennor,  perdona  estos  condes  |  syn  arte  é  syn  enganno. 


i  No  creemos  indiferente,  para  comprobar  la  historia  de  las  formas  ar- 
tísticas de  la  poesía  española,  el  notar  aquí  la  existencia  de  este  verso,  rima- 
do en  ambos  hemistiquios,  como  lo  fueron  los  leoninos,  y  desemejante  en  su 
rima  de  los  que  le  anteceden  y  le  siguen.  Esta  observación  añade  no  poca 
fuerza  á  las  que  llevamos  formuladas  respecto  de  la  antig-üedad  de  este  mo- 
numento (Véase  nuevamente  la  Ilustración  IH.*  del  tomo  anterior). 

2  En  efecto;  prescindiendo  del  espíritu  que  se  revela  en  la  sentencia 
de  esta  especie  de  tribunal  supremo,  conforme  con  las  prescripciones  forales, 
que  perseguían  á  los  falsarios  hasta  la  destrucción  de  sus  moradas  (domus 
falsi  teslis  destruatur  a  fundamentis,  Concil.  Legión.,  año  1012,  cap.  XIX), 
trae  su  descripción  á  la  memoria  aquella  manera  de  concilios  mixtos,  cele- 
brados en  todo  el  siglo  XI  y  primera  mitad  del  XII,  germen  verdadero  de  las 
futuras  cortes  de  Castilla.  Cuando  hallamos  en  los  cronistas  contemporáneos 
las  frases:  habito  magnatorum  concilio  generali;  habito  conventu  suorum  mag- 
natorum;  fideli  concilio  regni  sui,  etc.,  y  reparamos  después  en  la  naturali- 
dad y  sencillez,  con  que  él  autor  de  la  Crónica  ó  Leyenda  se  refiere  á  dichas 
juntas,  no  nos  es  dado  dudar  de  la  proximidad  de  uno  y  otro  hecho.  Si  la 
Leyenda  se  hubiese  escrito  en  siglos  posteriores,  ¿hubiera  podido  prescindir 
el  poeta  de  dar  á  estas  congregaciones  el  aparato  y  brillo  que  después  pre- 
sentaron?... ¿Ni  cómo  es  posible  suponer  en  cantores  populares  del  siglo  XV, 
«de  baxa  é  servil  condición»,  la  ciencia  histórica  que  pedia  pintura  tan  exac- 
ta y  característica  de  aquella  lejana  edad? 

TOMO   III.  7 


98  iiisToniA  r.RíTiCA  m  la  literatura  española. 

[Dixo  el  rey:]— Yo  los  perdono  |  syn  arte  é  syn  engarnio, 
Por  non  te  salir,  Rodrigo,  [essa  hora]  de  mandado. 

Hasta  aquí  sólo  ha  aparecido  el  nieto  de  Lain  Calvo,  como  el 
genio  tutelar  de  los  combates:  ua  acontecimiento  inesperado  iba 
á  darle  no  poca  importancia  política,  presentándole  como  el  de- 
fensor de  la  independencia  de  su  patria.  El  rey  de  Francia,  el 
emperador  de  Alemania,  y  el  Pontífice  Romano  requieren  al  rey 
de  Castilla  para  que  reconozca  el  feudo  del  Imperio.  Don  Fer- 
nando 

Enbia  por  Rodrigo  et  |  por  todos  los  fijos-dalgo, 

y  consultándoles  ^sobre  tan  extraordinario  suceso,  aparecen  todos 
perplejos,  y  temerosos  al  escuchar  la  demanda  del  rey,  del  em- 
perador y  del  pontíQce.  Sólo  Rodrigo,  lleno  de  patriotismo  y  do 
lealtad,  se  levanta  en  aquella  asamblea,  como  se  habia  levantado 
en  el  consejo  de  Alfonso,  el  Casto,  el  hijo  del  desventurado  conde 
de  Saldaña,  para  aconsejar  al  rey  con  varonil  esfuerzo  en  esta 
forma: 

Por  ende  sea  Dios  loado; 

Ca  vos  cnbian  pedir  don,  |  vos  devedcs  ottorgarlo: 

Aun  non  vos  enbian  pedir  tributo,  |  mas  enbianvos  dar  algo. 

Sobre  lo  suyo  lo  ayamos,  |  lo  nuestro  esté  quedado. 
Sinon  liego  ff^sta  París,  |  non  deuria  ser  nado. 

Hé  aquí  pues  cómo  empieza  á  tomar  cuerpo  en  la  poesía  herói- 
co-popular  la  protesta  producida  por  los  hechos  arriba  expuestos, 
en  los  cuales  habian  figurado  como  instrumentos  los  monjes  fran- 
ceses. El  sentimiento  nacional  buscaba  en  las  esferas  ideales  al- 
,  gun  desquite  á  la  ofensa  recibida,  cual  lo  habia  buscado  contra 
Cárlo-Magno,  dada  la  misma  pretensión  que  ahora  se  imaginaba, 
para  contradecirla  acaso  con  mayor  empeño  y  energía.  Mas  no  se 
crea  que  la  demanda  del  Imperio,  tal  como  en  la  Leyenda  se  for- 
mula, carece  de  cierto  fundamento  histórico,  como  no  habia  care- 
cido tampoco  la  que  se  personifica  en  Bernardo  del  Carpió:  tres 
cartas  de  Gregorio  Yll,  todas  notabilísimas,  han  llegado  á  nues- 
tros dias,  donde  terminantemente  declaraba  aquel  Sumo  Pontífice 
que  era  España  propiedad  de  la  Santa  Sede,  conminando  en  las 


II.*  PARTE,  CAP.  II.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   99 

dos  Últimas  á  todos  los  príncipes  y  reyes  cristianos  para  que  así 
lo  reconocieran,  é  hiciesen  sus  conquistas  en  nombre  de  San  Pe- 
dro ' .  Por  grandes  que  pudieran  ser  entonces  la  veneración  y  el 
respeto  tributados  á  los  Papas,  dada  la  terrible  lucha  de  cuatro 
siglos  sostenida  contra  el  enemigo  de  Dios,  y  con  ella  los  inmen- 
sos sacrificios  hechos  en  aras  de  la  religión  y  de  la  independen- 
cia, no  podía  menos  de  ofender  semejante  demanda,  así  el  pun- 
donor como  el  interés  nacional,  haciendo  estériles  para  los  espa- 
ñoles cuantos  heroicos  esfuerzos  hablan  realizado  hasta  aquella 
edad,  para  rescatar  el  suelo  español  del  yugo  extranjero.  Los 
cantos  populares,  hijos  de  aquel  sentimiento,  vinieron  por  tanto 
á  revelar  este  universal  disgusto;  y  siendo  Rodrigo  el  héroe  más 
acepto  á  grandes  y  pequeños,  natural  fué,  según  arriba  indica- 
mos, que  se  asociaran  á  su  nombre,  símbolo  ya  de  hidalguía  y  de 
bravura,  todos  los  pensamientos  más  osados  y  todos  los  rasgos 
más  heroicos  que  contribuyeran  á  dar  razón  de  la  repugnancia 
con  que  eran  vistas  aquellas  extrañas  y  expoliadoras  pretensiones. 
No  otra  cosa  significan,  en  nuestro  concepto,  la  respuesta  dada  por 
Rodrigo  al  rey  don  Fernando,  y  su  expedición  á  la  vecina  Fran- 
cia, la  cual  si  bien  sólo  existe  en  el  sentido  popular  de  la  poesía, 
no  deja  de  tener  bajo  este  punto  de  vista  verdadera  importancia 
en  la  historia  de  la  civilización  castellana. — Prosigamos  pues  el 
examen  de  la  Leyenda. 

Las  palabras  del  nieto  de  Lain  Calvo,  que  bastarían,  cuando 
careciésemos  de  otros  pasajes,  para  bosquejar  su  originalísimo 
carácter,  mueven  al  rey  á  rechazar  enérgicamente  la  injusta  de- 
manda del  pontífice,  del  emperador  y  del  rey  de  Francia,  congre- 
gando poderoso  ejército,  á  cuya  cabeza  iban  todos  los  condes  y 
ricos-homes  de  España,  siendo  Rodrigo  de  todos  el  mejor,  y  rom- 
piendo rápidamente  por  los  Pirineos,  para  dar  testimonio  del  eno- 
jo despertado  en  su  pecho.  Todo  este  pasaje  aparece  animado  de 
extraordinario  movimiento,  no  pareciendo  sino  que  se  habia  co- 
municado al  poeta  el  mismo  ardor  popular,  que  dá  aliento  á 


\     Epistolae  et  decreta  Gregorii  VII,   lib.  I,  epíst.  VI,  pág^.  9;  Aguirre, 
tomo  II,  pág.  246,  epíst.  I;  250,  epíst.  Vil. 


i 00  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

la  supuesta  empresa  del  rey  don  Fernando,  par  de  Emperador  ^. 
Al  acampar  á  vista  ya  del  enemigo,  exhorta  este  soberano  á  todos 
sus  magnates,  representándoles  la  afrenta  que  caerá,  de  ser  ven- 


1     El  movimiento  que  se  advierte  al  comenzar  la  nirracion  de  la  em- 
presa contra  Francia,  ha  inclinado   a  Mr.  Dozy  á   creer  que  desde  el   verso 
758  en  adelante  puede  considerarse  «como  un  canto  guerrero  que  fue  ento- 
)>nado  en  las  filas  de  los  ejércitos,  como  la  antigua  canción  de  Rolando  (Rol- 
))dan))).  «Debe  haber  sido  compuesto  (añade)  después  del  año  1157,  porque 
))se  lee  también  en  él  que  hai/  cinco  reyes  en  España  (v.  786)  como  en  la 
)>misma  Crónica»  {Rechcrches,  pújs.  628  y  630).   Dozy  funda  esta  opinión 
más  principalmente  en  la  mención  que  hace  la  Crónica  general  de  alg-unos 
cantaros  populares  relativos  a  semejantes  hechos,  diciendo:  «E  por  esto  dixe- 
»ron  los  cantares  que  pasara  los  puertos  de  Aspa  á  pesar  de  los  franceses» 
(fól.  287,  col.  I.'*),  notando  al  par  que  en  la  Crónica  rimada  declara  el  poeta 
que  no  es  obra  suya  dicho  fragmento,  cuando  escribe:  uPor  esta  razón  dixie- 
nron:  El  buen  don  Fernando  par  fué  de  emperador))  (págs.  628  y  C2í>)-    Ad- 
mitiendo nosotros:  1.°  la  existencia  del  Cantar  del  rey  don  Fernando,  citado 
ya  en  el  capítulo  anterior:  2.°  la  grande  influencia  de  estas  poesías  popula- 
res en  la  redacción  total  de  la  Leyenda,  lo  cual  contribuye  á  darle  esa  origi- 
nalidad que  tanto  la  avalora;  y  3.°  la  probabilidad  de  que  este  y   otros  pa- 
sajes de  la  misma  Crónica  rimada  ó  Leyenda  fuesen  entonados  por  los  guer- 
reros castellanos,  en  su  redacción  primitiva,  como  la  canción  de  los  soldados 
de  Aurelio,  citada  por  Vopisco,  no  creemos   que   debe  ser  considerada  esta 
parte  cual  un  canto   «que  celebre  los  altos  hechos  de  armas  de   Fcrnan- 
wdo»,  ni  aun  como  un  fragmento  del  Cantar  del  mismo  rey;  pues  que  según 
demuestra  el  análisis  que  vamos  haciendo,  aunque  aparece  en  ella  como  so- 
berano, no  es   el  héroe  principal,   puesto    exclusivamente  concedido  al  nieto 
de  Lain  Calvo. — Lo  que  sobre  este  punto,  y  la  mayor  parte  de  la  Leyenda, 
tenemos  por  seguro  es,  que  el  poeta  no  sólo  admitió  y  siguió  la  tradición  po- 
pular, sino  que  de  la  misma  suerte  que  lo  hicieron  después  los  cronistas, 
introdujo  en  su  obra  aquellos  pasajes  que  gozaban  de  mayor  aplauso  y  se  amol- 
daban más  a  su  intento.  Juzga  el  sabio  Duran,  sin  embargo,  en  obra  poste- 
rior á  la  de  Dozy,  que  pudo  componerse  la  Crónica  rimada  de   romances  tra- 
dicionales, de  lo  cual  testifica  en  su  concepto  el  verso  636,  que  dice:  aQue 
ndisen  Benavente,  según  diseen  el  romance».  No  sólo  en  este,  sino  en  el  ver- 
so oi7  se  lee:  De  qual  disen  Benavente,  segunt  dise  en  el  romance;  pero  so- 
bre haber  ya  demostrado  Mr.  Dozy  que  uno  y  otro  verso  son  glosas  (por  cierto 
mal  colocadas)  posteriores  á  la  primitiva  redacción  del  poema,  y  aclarato- 
rias de  la  cita  de  Monte  Irago,  parécenos  claro  que  no  á  la  composición  y  sí 
á  la  lengua  se  referían,  denotando  el  nombre  vulgar  de  Benavente  que  aquel 
sitio  habia  recibido,  para  diferenciarlo  del  de  Beneventum  que  en  latin  con- 
servaba. En  cuanto  á  la  fijación  del  año  en  que  la  Legenda  hubo  de  ser  cora- 


11."*    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.      101 

cidos,  sobre  ellos  y  sus  descendientes,  sin  que  obtenga  ninguna 

respuesta. 

820    .     .     .     Con  la  malenconia  |  el  cuer  rjueriel'  quebrar: 
Demandó  pora  Rodrigo  1  el  que  nascó  en  Bivar, 
Recudid'  Rodrigo  ]  la  manol'  vá  bessar: 
— Qué  vos  piase,  sénior,  |  el  buen  rey  don  Fernando?...  «. 

El  rey  le  encomienda  la  guarda  de  su  seña,  honra  que  por  lo 
subida  apenas  se  atreve  á  aceptar  el  hijo  de  Diego  Lainez,  quien 
le  pide  en  cambio  la  gracia  de  los  primeros  golpes. 

832    .     .     .    Besso  uestras  manos  |  é  pídovos  un  don: 

Q:ie  los  primeros  golpes  |  yo  con  mis  manos  los  tome, 
É  abrirvos  é  los  caminos,  |  por  donde  entredes  vos. 
Essas  oras  dixo  el  rey:  [  Olórgotelo  yo. 

Embarazado  no  obstante  con  la  seña  real,  y  no  viendo  entre  los 
trescientos  caballeros  que  le  siguen,  á  quién  pudiera  confiarla  sin 
propio  sonrojo,  pónela  en  manos  de  su  sobrino  Pero  Mudo  ó  Ber- 
mudo,  personaje  cuya  viril  fisonomía  tendremos  ocasión  de  reco- 
nocer, cuando  examinemos  el  Poema  de  Mió  Cid.  El  pasaje  á 
que  aludimos,  es  digno  de  ser  trasladado  á  este  sitio.  Rodrigo 

84b Volvió  los  oíos  en  alto; 

Vio  estar  un  su  sobrino,  j  fijo  de  suo  hermano, 

Quel  dissen  Pero  Mudo;  1  á  él  fué  [luego]  legado: 

Ven  acá,  "mió  sobriilo;  |  fijo  eres  de  mió  hermano, 

El  que  fisso  en  una  labradora  |  quando  andava  cassando  ^•.' 

850    Varón,  toma  esta  senna;  |  fas  lo  que  yo  te  mando. 
Dixo  Pero  Bermudo:  j  Que  me  piase  de  grado: 
Conosco  que  s6  vuestro  sobrino,  |  fijo  de  vuestro  hermano; 
Mas  desque  saliestes  d'  Espanna  ]  non  vos  ovo  menbrado, 

835    Á  cena  nin  á  yantar  1  non  m'  oviestes  conbidado; 
De  fanbreé  de  frió  ]  só  [d'  eslonz]  muy  coitado, 

puesta,  nos  remithnos  á  lo  ya  indicado  arriba  (pág.  77),  no  siendo  obstáculo 
á  nuestras  deducciones  la  alusión  á  los  cinco  reyes  de  España  que  loma  Mr. 
Dozy  como  dato  tan  principal,  reconociendo  y  sosteniendo  la  antigüedad  de 
este  peregrino  monumento. 

1  Tan  estropeado  se  halla  este  pasaje  en  las  ediciones  de  la  Leyenda,  que 
no  hemos  podido  renunciar  á  trascribirlo  tal  como  en  nuestra  restauración 
resulta. 

2  Tampoco  aquí  hemos  podido  en  conciencia  seguir  las  ediciones. 


i 02  HISTCmiA    CRÍTICA    DE   LA    LITERATURA    ESPASOLA. 

Non  he  pora  cobertura  |  [nin  Ruarni^ion]  del  cauallo; 
Por  las  crietas  de  los  pies  |  córreme  sangre  claro.» 
Allydixo  Rodrigo:  |  —Calle,  Iraydor,  privado. 

Pero  Beriniido  calla  y  recibe  el  pendón  real,  besando  la  mano 
d  su  tio,  y  exclamando,  al  ver  en  su  diestra  la  referida  enseña: 

865    — En  tal  logar  vos  la  porné  |  antes  del  sol  cerrado. 
Do  nunca  entró  senna  |  de  moro,  nin  de  cristiano. 
Ally  r  dixo  Rodrigo:  |  Esso  es  lo  yole  mando:  • 

Agora  te  conozco  qu'  eres  1  fijo  de  mió  hermano.') 

El  conde  de  Saboya  se  aproxima  entre  tanto  á  los  trescientos 
caballeros  de  Rodrigo,  enviándolc  varios  de  su  ejército  para  saber 
quién  era  y  con  qué  propósito  habia  entrado  en  Francia.  Es  ver- 
daderamente peregrina  la  respuesta  dada  por  el  caudillo  castella- 
no al  poderoso  conde  'de  Saboya,  que  se  lisonjeaba  ya  de  que 
vendría  á  reconocer  su  vasallaje: 

Tornatvos,  dixo,  Latinos,  |  al  conde  con  mi  mandado: 

Dessilde  que  aon  só  rico  j  nin  poderoso  fidalgo; 

Mas  só  un  escudero,  |  non  cavallero  armado, 
880    Ffíio  de  un  mercadcro,  |  nieto  de  un  eibdadano: 

Mi  padre  moró  en  Rúa,  j  ó  siempre  vendió  su  panno. 

Ffmcarom'  dos  piessas,  |  el  dia  que  fué  fíinado; 

É  commo  él  vendió  lo  suyo,  |  venderé  (yo)  lo  mió  de  grado, 

Ca  quien  ge  lo  conprava  |  muchol'  costava  caro. 
883    Per  ó  dessilde  al  conde,  |  que  dó  mi  cuerpo  á  tanto 

Que  de  muerto  ó  de  presso,  j  non  me  sairá  de  la  mano.» 

Furioso  el  conde,  al  escuchar  la  respuesta  de  Rodrigo,  jura 
colgarle  de  los  cabellos  en  las  almenas  de  su  castillo,  trabándose 
á  pocos  momentos  encarnizado  combate,  en  que  sólo  quedaban 
ya  al  hijo  do  Lainez  cuarenta  y  cuatro  caballeros,  cuando  logra 
derribar  al  conde  de  su  caballo,  declarándose  este  vencido.  Ro- 
drigo exclama,  al  verle  en  tierra,  de  este  modo: 

Destaguissa  vende  panno  1  aqueste  cibdadano: 
90o    Assy  los  vendió  mi  pad  re  |  ffasta  que  fué  finado; 
Quien  gelos  comprava,  |  assy  les  costava  caro. 

El  conde  obtiene  su  rescate,  entregando  al  vencedor  una  hija, 
cuyo  retrato  hace  el  poeta  con  estas  pinceladas: 

Vestida  vá  la  Ynfanle  |  de  un  baldoque  preciado: 
Cabellos  por  las  espaldas,  |  commu  de  un  oro  colado; 


II,      PAUTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    103 

930    Oíos  prietos,  como  la  mora,  |  el  cuerpo  bien  talado. 

Presentada  tan  hermosa  doncella  al  rey  Fernando,  esquiva  es- 
te el  abusar  de  su  belleza  y  Rodrigo  le  replica,  diciendo: 

Sennor,  faseldo  privado: 

Enbarraganat  á  Francia,  |  syá  Dios  ayades  pagado. 
950    Suya  serála  desonra;  |  yrlos  hemos  denostando. 

No  puede  en  verdad  llevarse  más  lejos  la  aversión  con  que  los 
castellanos  llegaron  á  ver  cuanto  tenia  relación  con  la  dominación 
temporal  de  España,  con  los  monjes  de  Cluny  y  con  los  magnates 
francos  que  el  rey  don  Alfonso  habia  traido  á  Castilla,  represen- 
tantes del  malhadado  feudalismo  y  predominio  extranjero  *.  Des- 


1  El  docto  Mr.  Damás-Hlnard,  reprobando  en  el  autor  de  la  llamada 
Crónica  rimada  el  poco  juicio,  con  que  recoge  las  leyendas  populares  relati- 
vas á  la  primera  edad  del  Cid,  añade  aludiendo  sin  duda  á  este  originalísimo 
y  característico  pasaje:  «Nous  lui  reprocherons  en  outre,  dans  les  choses  de 
l'ordre  moral,  un  sentinient  dénué  de  délicatese.  En  fin,  et  c'est  ce  que  nous 
lui  pardonerons  encoré  moins,  M  a  foUement  rapporté,  ou  peut-étre  meme, 
sottement  imaginé,  des  contes  absurdes  relatifs  a  de  prétendues  g-uerres  qui 
n'on  jamáis  eu  lieu  entre  l'Espagne  et  la  France,  et  il  devient  par  lá,  dans  la 
litterature  espagnole,  ile  plus  anclen  représentant  des  préjugés  anti-francais 
qui  ont  causé  tant  de  maux  aux  deux  pays».  En  nota  añade:  «D'oü  vient 
done  cette  haine  aussi  absurde  qu'injuste,  qui  exalte  notre  auteur,  el  lui 
fait  accepter  ou  inventer  tant  de  folies?  {Introdut.  au  Poem.  du  Cid,  pági- 
nas LXXIX  y  LXXX).  Locuras  serian  en  efecto,  y  locuras  altamente  vi- 
tuperables, así  la  invención  de  esta  empresa  contra  Francia,  como  los  acci- 
dentes injuriosos  contra  la  hija  del  conde  saboyano,  y  los  más  sorprendentes 
todavía  contra  el  Sumo  Pontífice,  que  verán  luego  los  lectores,  si  no  tu- 
viesen verdaderas  raices  en  la  historia,  y  vida  real  y  positiva  en  las  tradicio- 
nes abrigadas  por  el  pueblo  castellano.  Desde  la  época  memorable  de  Alfonso, 
el  Casto,  en  que  hemos  visto  que  sus  magnates,  á  cuya  cabeza  pone  la  tra- 
dición á  Bernardo  de  Saldaña  ó  del  Carpió,  «malebant  enim  mori  liberi  quam 
in  francorum  degere  servitutem»  (Don  Rodrigo,  lib.  IV,  cap.  IX),  hasta  el 
despojo  ó  abolición  del  breviario  mozárabe,  impuesto  en  la  forma  que  dejamos 
tindicada  (rege  minis  et  terroribus  intonante, — clero,  militia  et  populo  cune- 
lis  ñentibus  et  dolentibus, — Adefonsus  mortis  supplicia  et  direplionem  mini- 
ans  resistentibus),  y  el  amago  y  aun  establecimiento  del  sistema  feudal  en 
algunas  comarcas  y  pueblas  de  Castilla,  no  deja  de  ofenderse  el  sentimiento  de 
libertad  é  independencia  del  pueblo  español,  que  á  costa  de  tantos  sacrificios 
rescataba  la  patria  del  yugo  mahometano.  Y  cuando  lodos  estos  hechos  tenían 
tan  dolorosa  corona  en  las  no  disimuladas  pielensiones  de  la  Santa  Sede,  res- 


i 04  iiisruüíA  ciilncA  de  la  literatuiia  española.- 

pues  de  la  dLMTota  del  conde  saboyano,  no  encuentran  ya  las 
huestes  castellanas  resistencia  alguna,  llegando  hasta  la  misma 
ciudad  de  París,  donde  desafia  el  nielo  de  Lain  Calvo  á  los  ale- 
manes, romanos  y  franceses,  y  muy  en  especial  á  los  descendien- 
tes de  los  célebres  Doce  Pares  *,  y  aun  al  mismo  rey  de  Francia, 


pecio  de  la  (lopcndencia  política  de  España,  y  habían  sido  una  y  olra  vez 
francesas  las  manos  auxiliares  que  en  tales  sucesos  mediaron,  no  es  por  cierto 
maravilla  que  el  ofendido  sentimiento  de  la  muchedumbre  indocta  estallase 
enérgicamente  contra  Francia,  no  perdonada  tampoco  la  santidad  del  Pontífi- 
ce Romano,  hiriendo  así  de  un  solo  golpe  el  doble  blanco  de  sus  antipáticas 
■  prevenciones.  Ni  era  sola  la  poesía  á  reflejar  tan  vigorosa  protesta  que  pe- 
netra al  cabo  con  notable  fuerza  en  la  historia  (Mariana,  Ms/.  gen.,  lib.  IX, 
cap.  V),  personificándose  siempre  en  Ruy  Díaz  de  Vivar,  como  hemos  ya  in- 
dicado, manifestando  así  que  no  estaba  en  manos  del  poeta  popular  dejar  de 
pintar  al  héroe,  tal  como  el  pueblo  le  habla  concebido,  y  que  cualquiera  que 
fuese  la  delicadeza  del  sentimiento  universal  respecto  de  Francia  y  del  Pon- 
tífice Romano,  sólo  cumplía  al  cantor  de  la  muchedumbre  el  reflejarlo  con 
entera  viveza,  para  ser  su  verdadero  intérprete.  Así,  no  en  «quclque  román 
fran9ais,  composé  sur  Te-xpcdilion  de  Charlemagne  de  ce  colé-ci  des  Pyré- 
nées»  (Damás-Hinard,  ut  supra),  sino  en  la  general  tendencia  del  pueblo  es- 
pañol á  condenar  en  las  esferas  del  sentimiento  la  doblp  invasión  que  vá  estu- 
diada, y  en  las  hazañas  reales  del  hijo  de  Diego  Lainez,  ya  hiperbolizadas,  si 
es  lícito  decirlo  así,  por  la  entusiasmada  muchedumbre,  halló  el  cantor  de 
Rodrigo  el  sentimiento  y  la  materia  poética  que  revela  y  desarrolla  en  la  Le- 
yenda, sin  que  sea  razonable,  ni  aun  posible,  echar  la  responsabilidad  de  la 
narración  sobre  persona  determinada,  aunque  nos  fuese  conocido  el  nombre 
del  poeta.  El  estudio  expuesto  sobre  las  dotes  internas  que  resplandecen  en 
la  figura  de  Rodrigo,  prueba,  demás  de  esto,  que  aun  admitido,  históri- 
camente hablando,  lo  absurdo  de  la  empresa  y  lo  inverosímil  de  los  acciden- 
tes de  su  narración,  todavía  es  consecuente  cuanto  el  hijo  de  Lainez  ejecuta 
en  Francia  (y  por  tanto  su  carácter)  con  lo  que  hace  y  realiza  desde  su  apa- 
rición en  Castilla.  El  poeta  pues  no  supone  ni  imagina  neciamente  cuentos 
absurdos:  recoge  la  tradición  popular,  y  en  ella  refleja  el  estado  de  los  áni- 
mos en  orden  a  los  personajes  y  a  las  cosas  que  son  objeto  de  la  Leyenda. 

i  El  sabio  Ticknor  asegura  que  «el  Cid  marcha  á  París,  cuando  flore" 
»c¡an  cabalmente  los  Doce  Pares,  haciendo  las  mismas  hazañas  que  ellos» 
{Hisl.  de  la  lil.  esp.,  tomo  1,  época  I,  cap.  II).  El  poeta  dice  que  Ruy  Díaz 
«Siempre  oyó  desir  que  doce  pares  avia  en  Francia»  (vers.  1 00o),  no  que  fue- 
ran los  de  Cárlo-Magno,  a  quien  se  refiere  por  excelencia  aquel  título.  Esto 
prueba  lo  que  ya  dijimos  al  tratar  del  Poema  de  Almería,  á  saber:  que  durante 
el  siglo  XII  comenzaron  á  ser  generalmente  conocidas  en  España  las  exage- 


II /    PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MOIS.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.     105 

sin  que  responda  á  esta  demanda  ningún  combatiente,  pretestau- 
do  el  rey  que  ninguno  de  los  Doce  Pares  podia  lidiar  sino  con  don 
Fernando.  Temeroso  el  Pontífice  del  peligro  que  tenia  delante, 
llegado  ya  el  fuerte  del  ejército,  aconseja  al  rey  y  al  emperador 
que  soliciten  de  don  Fernando  una  entrevista,  en  donde,  puedan 
arreglarse  las  diferencias,  que  se  hablan  confiado  á  la  suerte  de 
las  armas.  Don  Fernando  concurre  á  las  vistas  acompañado  úni- 
camente* de  Rodrigo,  el  cual  se  acomoda  á  los  pies  de  su  rey  en 
presencia  de  aquellos  soberanos.  Pero  no  bien  habia  manifestado 
el  Pontífice  el  gran  temor  de  que  estaba  poseído,  humillándose 
ante  Rodrigo  hasta  el  punto  de  ofrecerle  la  corona  imperial  de 
España,  cuando  le  interrumpió  este  diciendo: 

1067    Dévos  Dios  malas  gracias  |  ¡ay  Papa  Romano!... 

Que  por  lo  por  gannar  venimos,  |  que  non  por  lo  ganado. 

El  rey  don  Fernando  se  manifiesta,  no  obstante,  más  inclina- 
do á  la  paz,  y  merced  á  un  hijo  habido  en  la  infanta  de  Saboya 
y  á  los  ruegos  del  Papa,  concede  con  usuras  las  treguas  que  se  le 
pedían;  punto  en  que  dá  fin  la  Leyenda,  no  completo  siquiera  el 
episodio  de  la  famosa  expedición  nacional,  cuya  significación  mo- 
ral y  política  no  puede  ser  de  más  bulto.  Porque  en  efecto  ¿qué 
representa  esa  singular  humillación  del  Padre  de  los  fieles,  ante 
un  guerrero,  que  no  ha  perdido  todavía  los  bríos  de  la  juventud, 
humillación  ideada  y  aplaudida  por  un  pueblo  altamente  católi- 
co, y  que  tenia  siempre  desnuda  la  espada  en  defensa  de  su  Dios 
y  desús  altares?...  ¿Cómo  se  explica  esa  especie  de  saña  mani- 
festada contra  Francia  entera,  hasta  el  punto  de  deshonrarla  en 
la  hija  de  uno  de  sus  condes,  por  un  pueblo  en  donde  el  respeto 
á  la  mujer  era  tan  verdadero  y  noble  como  extremado,  y  lograba 
la  hidalsuia  tan  elevado  asiento?... 


radas  proezas  de  los  héroes  carlowingios:  los  siguientes  versos  de  dicho  poe- 
ma no   dejan  duda  alguna.  Hablan  de  Alvar  Fafiez,  primo  del  Cid: 

Tempore  Roldan!,  si   tercius  Alvarus  esset 
Post   Oliveram,  fateor,   sine  crimine  rerum, 
Sab  inga  Francorura  fuerat  gens  agarenorum, 
Nec  socií  cari  iacaisseat  luorle  purempti,  etc. 


106  HISTORIA    CníTICA    DE    LA    LITEllATURA    ESPAÑOLA. 

Necesario  era  suponer  una  aberración  completa  y  verdadera- 
mente absurda,  tanto  en  orden  á  las  ¡deas  religiosas  como  á  las 
morales,  en  el  pueblo  castellano  que  así  senlia  y  pensaba,  si  no 
tuviésemos  en  la  historia  exiilicauion  cumi"Hida  de  semejantes  fe- 
nómenos, que  vienen  á.  realizarse  en  la  poesía,  intérprete  fidelísi- 
mo, no  de  los  hechos  materiales  que  altera  y  aun  desdeña  con 
harta  frecuencia,  sino  de  los  sentimientos  y  de  las  ideas  que  agi- 
tan y  conmueven  profundamente  la  sociedad,  como  protesta  viva, 
bien  que  hiperbólica,  contra  esos  mismos  hechos. 

No  se  olvide  pues  la  situación  moral  de  Castilla,  al  formularse 
tan  peregrinos  cantares.  Era  esta  la  segunda  vez  que  veia  España 
amenazada  exteriormente  su  independencia;  y  si  contra  las  aspi- 
raciones de  Cárlo-Magno,  no  repelidas  abiertamente  por  Alfonso 
el  Casto,  habia  alentado  con  las  fuerzas  de  su  imaginación  el 
brazo  exterminador  de  Bernardo  del  Carpió,  que  destruye  en  Ron- 
cesvalles  el  poderío  de  Francia,  contra  las  demandas  temporales 
de  Gregorio  YII,  sostenidas  por  un  príncipe  francés,  las  noveda- 
des litúrgicas,  ya  coronadas  por  el  éxito,  y  las  invasiones  feudales 
en  parte  realizadas,  animaba  ahora  la  terrible  figura  de  Rodrigo, 
no  contentándose  con  que  libertara  á  la  patria  de  toda  opre- 
sión, sino  haciéndole  penetrar  en  el  suelo  de  Francia,  deshon- 
rando en  él  su  nobleza  y  humillando  en  las  puertas  de  París  á 
su  mismo  soberano,  sin  perdonar  al  emperador  de  Alemania,  ni 
al  Romano  Pontífice,  quien  mendiga  ante  Rodrigo  y  Fernando  la 
paz,  que  este  sólo  concede  en  albricias  de  aquella  misma  des- 
honra. 

Ahora  bien:  ¿era  dable  que  estas  ideas,  hijas  de  una  ofensa  ó 
provocación  determinada,  y  que  este  espíritu  de  exagerada  ven- 
ganza, nacido  del  sentimiento  de  independencia,  se  propagase  sin 
motivo  en  el  pueblo  castellano  más  acá  del  siglo  XII,  conservando 
fuerza  bastante  para  comunicar  por  vez  primera  á  las  inspiraciones 
de  la  poesía  heroica  tan  desusado  calor  y  brío?...  Ni  las  crónicas 
escritas  en  el  siglo  Xlll,  ni  los  romances,  compuestos  acaso  por  el 
mismo  tiempo,  ofrecen  al  referir  esta  fabulosa  empresa  tantos  y 
tan  extraordinarios  rasgos  de  originalidad  como  hallamos  en  la 
Leyenda;  siendo  para  nosotros  indudable  que  todos  esos  rasgos 
vigorosos,  todas  esas  atrevidas  ideas,  todas  esas  injui'iosas  inven- 


II.*  PARTE,  CAP.  II.  PRni.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  107 

ciones  fueron  bebidas  en  la  tradición  oral,  cercana  al  momento  de 
la  ofensa  que  así  exasperaba  el  sentimiento  patriótico,  ó  ya  toma- 
das de  otros  cantos  más  groseros  sin  duda  y  populares,  y  por 
tanto  más  enérgicos  é  hiperbólicos. 

De  cualquier  modo  que  sea,  estas  observaciones,  unidas  á  las 
anteriormente  expuestas  respecto  del  carácter  de  Rodrigo  com- 
parado con  el  del  Cid,  y  al  breve  análisis  que  dejamos  hecho, 
pondrán  de  resalto  la  importancia  de  este  raro  y  original  monu- 
mento, comprobando  al  par  la  exactitud  de  nuestro  juicio,  en  or- 
den á  su  antigüedad  respetable.  Lástima  que  lo  enmarañado  y 
revuelto  de  la  metrificación,  lo  desquiciado  y  descompuesto  de  la 
frase,  y  lo  adulterado  de  la  dicción  no  consientan  quilatar  exac- 
tamente los  medios  exteriores,  de  que  el  arte  disponía  en  aquella 
edad,  ni  menos  estudiar  con  el  provecho  debido  sus  aciertos  ó 
sus  extravíos,  señalando  con  toda  seguridad  sus  especiales  carac- 
teres. La  Leyenda  de  las  mocedades  de  Rodrigo  no  es  sin  em- 
bargo un  poema  sujeto  á  las  leyes  y  condiciones  que  reconocemos 
en  los  monumentos  de  un  arte  adelantado,  siendo  inútil  en  tai 
concepto  todo,  el  empeño  que  se  ponga  por  la  critica  para  hallar 
en  este  canto  popular  la  belleza,  no  ya  de  los  medios  simplemente 
artísticos,  sino  de  las  formas  expositivas  ó  literarias.  Ni  la  natu- 
raleza de  la  inspiración  que  le  dá  vida,  ni  el  fin  á  que  pudo  aspi- 
rar, realizando  la  ley  superior  de  su  existencia,  como  obra  naci- 
da en  el  pueblo  y  para  el  pueblo,  ni  la  situación  especial  del  arte 
en  aquellos  primeros  dias  de  su  infancia...,  nada  podia  absoluta- 
mente prometer  en  el  poeta  primitivo  (ó  en  el  compilador  de  los 
cantos  parciales  que  la  perspicuidad  de  ciertos  críticos  intenta 
descubrir  en  la  Leyenda)  más  sazonado  fruto,  como  no  lo  pro- 
mete el  árbol  más  fecundo,  cuando  no  ha  llegado  todavía  á  su 
completo  desarrollo  ^. 


1  El  muy  entendido  conde  de  Puymaigre,  en  su  libro  Les  vieux  auteurs 
casíillans,  después  de  manifestar  grande  empeño  por  descubrir  en  la  Leyenda 
ó  Crónica  rimada  algunas  reminiscencias  de  poemas  franceses,  siguiendo  así 
el  camino  trazado  por  el  diligente  Damás-Hinard  en  orden  al  Poema  del  Cid, 
añade  que  es  la  Leyenda  cierta  especie  de  mosaico,  compuesto  por  un  artista 
poco  hábil  y  con  materiales  diversos,  mal  unidos,  mal  pulidos  y  con  frc- 


los  niSTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

En  medio  de  estas  dilicultades,  de  todo  punto  invencibles,  bien 
será  dejar  no  obstante  consignado  que  no  carece  la  Leyenda  de 
algunas  flores  nativas,  las  cuales  brillan  tanto  más  á  nuestra 
vista  cuanto  es  mayor  la  general  rudeza  deJ  poema:  demás  de  los 
cuadros,  rasgos,  pinceladas  y  expresiones  felices,  ya  trasferidos 
en  la  exposición  del  argumento,  no  escasean  en  efecto  los  egem- 
plos,  donde  se  descubre  verdadera  intención  poética.  Refiriendo 
la  presentación  de  Rodrigo  al  rey  en  el  momento  en  que  le  desa- 
fia Martin  González,  se  dice  que  el  hijo  de  Diego  Lainez 

Sonrisando  se  yva  |  é  de  la  boca  fablando. 

Para  pintar  el  amanecer: 

El  alvor  querie  quebrar  [  é  aun  el  dia  non  era  claro. 

Ponderando  los  numerosos  ejércitos  de  Francia: 
Atantes  son  franceses  |  como  yervas  del  campo. 


cuencia  separados  por  enojosas  lag'unas.  «Cela  (concluye)  pcut  intéresser  córa- 
me objet  anlique,  niais  cela  manque  d'une  beauté  rcelle»  (lomo  I,  cap.  IV, 
paj.  232).  En  efecto,  esa  especial  belleza  que  el  sabio  conde  echa  de  menos, 
no  podia  existir  en  el  Poema  de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  si  este  había  de 
revelar,  como  revela,  el  estado  intelectual  y  literario  del  pueblo  castellano 
en  la  edad  que  lo  produce;  y  es  por  extremo  peregrino  el  observar  cómo  re- 
conociéndose y  aun  exagerándose  esa  falla  de  belleza  real  (artística)  y  la  in- 
experiencia y  desaliño  del  poeta,  al  acopiar  y  hermanar  los  materiales  que 
forman  su  mal  trabada  obra,  se  le  concede  al  propio  tiempo  talento,  erudi- 
ción y  aun  gusto  bastantes  para  buscar  en  extraños  parnasos  modelos,  y 
elegir  situaciones  más  ó  menos  bellas  y  felices,  enriqueciendo  con  lales  con- 
quistas sus  propias  inspiraciones.  La  contradicción  es  palmaria;  y  sobre  mos- 
trar cuan  arriesgado  es  el  empeño  en  que  se  ha  puesto  el  erudito  conde,  que- 
riendo traer  de  Francia  los  modelos  de  un  poema,  inspirado  por  el  odio  y  las 
preocupaciones  populares  contra  aquella  nación,  le  desarma  visiblemente 
para  sostener  la  conclusión  de  que  la  Crónica  rimada  es  posterior  al  Poema 
del  Cid.  Porque  es  indudable:  mientras  mayor  rudeza  é  incongruencia  se  ha- 
lle en  las  formas  artísticas;  mientras  más  inconsecuencia  haya  en  la  concep- 
ción y  pintura  del  héroe,  y  mientras  menos  regularidad  y  orden  exista  en  la 
exposición  de  los  hechos,  mayores  serán  y  más  seguras  las  pruebas  de  la 
prioridad  de  la  Leyenda  sobre  el  Poema,  reconocida  en  este,  como  lo  hace  el 
ilustrado  conde,  la  ventaja  respecto  de  lodos  cslos  puntos. 


II.     PARTE,    CAP.    11.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.       Í09 

Para  dar  á  conocer  la  bravura  y  bizarría  de  Rodrigo,  fuera  de 
España: 

En  las  puertas  de  París  j  fué  ferir  con  la  mano. 

Y  al  describirse  la  batalla,  en  que  se  apodera  Rodrigo  del  con- 
de de  Saboya,  se  traza  el  siguiente  cuadro,  donde  con  ligeras, 
pero  comprensivas  é  ingenuas  pinceladas,  se  trasmite  el  movi- 
miento de  aquella  suerte  de  combates: 

895    Veredes  lidiar  á  profia  |  é  tan  firme  se  dar; 

Atantes  pendones  obrados  |  alear  et  abaxar, 

Atantas  lancas  quebradas  |  por  el  primore  quebrar; 

Atantos  caualleros  |  caer  et  non  se  leuantar, 

xVtnnto  cauallo  sin  duenno  I  por  el  campo  andar. 
900    En  medio  de  la  mayor  priesa  ¡  Rodrigo  fué  entrar; 

Encontróse  con  el  conde,  [  un  golpe  le  fué  dar; 

Derribóle  del  cavallo,  |  non  le  quiso  matar  *. 

Tal  es  en  general  el  carácter  de  las  pinturas  y  descripciones 
que  nos  ofrece  la  Leyenda. — Del  estudio  de  sus  formas  se  deduce 
sin  género  alguno  de  duda  que,  lejos  de  descender  aquel  arte  na- 
ciente á  la  apreciación  de  las  circunstancias  individuales  y  á  los 
pormenores  de  las  cosas,  se  limitaba,  como  arte  primitivo,  á,  pre- 
sentar los  objetos  en  su  totalidad  y  conjunto,  percibiendo  única- 
mente los  colores  fuertes  y  decisivos  que  los  exornaban.  Prueba 
es  esta  de  la  antigüedad  de  toda  suerte  de  producciones  literarias, 
y  no  despreciable  por  cierto,  tratándose  de  una  obra  como  la 
Leyenda,  pues  que  depone  muy  en  favor  da  la  opinión  que  sus- 
tentamos. Cuando  aparece  ya  en  esos  cuadros  la  mano  del  pintor, 
para  darles  cierta  regularidad  y  morbidez  y  dulcificar  los  objetos 
con  medias  tintas  y  matices;  cuando  deteniéndose  á  reconocer  to- 


1  El  referido  conde  Th.  de  Puymaigre  halla  entre  este  y  otro  pasaje  del 
Poema  del  Cid  notable  analogía  de  arte;  pero  no  es  esta  la  única  analogía 
que  entre  ambos  existe,  aun  respecto  de  las  formas  meramente  artísticas. 
Puymaigre  quiere  fundar  no  obstante  un  argumento  de  prioridad  á  favor  del 
Poema,  elevándose  después  al  examen  individual  de  los  personajes  de  uno  y 
otro  monumento.  Sobre  este  punto  nos  remitimos  al  estudio  realizado  en  el 
texto. 


lio  HISTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

das  las  circunstancias  y  relaciones  de  las  cosas,  se  aspira  á  pre- 
sentar un  todo  armónico  y  agradable,  el  arle,  dejadas  ya  las 
mantillas,  camina  á  su  ulterior  desarrollo,  y  ensanchando  ilimi- 
tadamente su  esfera  en  todos  sentidos,  necesita  para  vivir  el  fruto 
de  nuevas  y  seguras  conquistas. 

Nada  de  esto  sucede  todavia  respecto  de  la  Leyenda  de  las  Mo- 
cedades de  Rodrigo,  donde  á  pesar  de  la  tradición  scmi-docta, 
(lue  le  ministra  las  formas  poéticas,  ni  se  revelan  de  una  manera 
propiamente  erudita  los  sucesos  históricos,  ni  ofrecen  mayor  se- 
t;uridad  los  conocimientos  geográficos,  hijos  sin  duda  de  la  tra- 
dición oral,  y  como  tales  sujetos  á  multitud  de  errores  ^. 

Acabamos  de  indicar  que  las  formas  poéticas  se  derivan  á  esta 
obra  por  medio  de  la  tradición  semi-docta,  ya  escrita;  y  bien  se 
advertirá  que  nos  referimos  á  la  literatura  latino-eclesiástica, 
centro  común  en  esta  parte  de  todas  las  poesías  vulgares  de  las 
regiones  de  Occidente.  Trazada  antes  de  ahora  la  senda  que  si- 
guen mefro  y  rima  ^,  no  se  nos  tildará  de  parcos,  si  nos  limita- 
mos únicamente  á  observar  que  en  medio  del  lastimoso  descon- 
cierto y  corrupción  en  que  ha  llegado  á  nosotros  la  Crónica  ó 
Leyenda,  se  distinguen  principalmente  en  ellos,  sobre  todos  los 
demás,  dos  principales  caracteres:  Primero:  en  la  versificación, 
el  metro  de  diez  y  seis  sílabas  ú  octonario,  llamado  en  siglos 
posteriores  pié  de  romance,  si  bien  no  escasean  los  metros  de 


i  Para  comprobación  de  este  aserto,  y  a  fin  de  que  forme  contraste  con 
las  noticias  topográficas, 'relativas  á  Falencia,  pondremos  aquí  la  enumera- 
ción poético-jcográfica  que  se  hace  de  los  ejércitos  del  Emperador  de  Ale- 
mania y  del  rey  de  Francia: 

700     Apellidóse  Francia  con  gentes  en  derredor; 

Aj)el!ic]iiíe  Lombardia.  usy  comino  el  agua  corre; 

Apcdillóse  l'avia  et  otras   [gentes  de  pro]; 

Apellidóse  Alemnñ.i  con  el   Empcrailor, 

Pulla  i  Calabria  é  Sesilin,  la  mayor. 
!'>■>     El  toda  la  tierra  de  Roma  |  con  quantas  gentes  son;  < 

K  [apellidóse]  Armenia  |  é  l'ersia  la  mayor 

E  Flandes  c  Rrocbella  |  ¿  toda  tierra  de  Ultramar, 

B  el  |>aIaQiii  de  Blaya,  |  Saboya   la  mayor. 

El  autor  de  la  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  no  era  más  docto  en 
goügrafia  que  el  de  la  Vida  de  Sánela  Maria  E(jip{ia(jua. 
2     llusiracioms  I.^  111/'  y  iV."  de  la  í."  Parle. 


II.      PARTE,    CAP.    II.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    dU 

diez  y  siete,  quince  y  aun  catorce  sílabas,  derivación  de  los  exá- 
metros y  los  pentámetros  greco-latinos  '.  Segundo:  en  la  rima, 
la  asonancia,  ya  masculina,  ya  femenina,  sin  que  por  esto  dejen 
de  hallarse  también  rimas  perfectas. — Resaltan  igualmente  ambos 
caracteres  en  el  Poema  del  Cid,  bien  que  siendo  menor  el  nú- 
mero de  los  octonarios  y  preponderando  sobre  los  exámetros  de 
varias  sílabas  los  versos  de  catorce,  que  triunfan  al  cabo  en  ma- 
nos de  Berceo  y  de  los  eruditos  que  le  siguen.  Este  progreso  de 
las  formas  artísticas,  innegable  para  cuantos  examinen  su  histo- 
ria libres  de  toda  preocupación  y  movidos  sólo  del  anhelo  de  la 
verdad,  es  por  tanto  una  prueba  más  sobre  las  ya  alegadas  de  la 
prioridad  de  la  Crónica  ó  Leyenda  respecto  a\  Poema,  no  habiendo 
en  realidad  camino  alguno  que  en  estas  investigaciones  deje  de 
llevarnos  al  mismo  fin,  fortificando  cada  vez  más  nuestra  resolu- 
ción de  colocar  tan  raro  monumento  entre  los  primitivos  del  arte 
castellano . 

Resumiendo  cuanto  en  orden  al  mismo  dejamos  explanado,  ob- 
servaremos: Primero:  que  reconocida  la  importancia  de  este  pri- 
mitivo monumento  por  críticos  nacionales  y  extranjeros,  entre 
quienes  ha  excitado  extraordinario  interés,  algo  hay  sin  duda  en 

i  Conviene  consigfnar  aquí  que  algunos  eruditos,  entre  ellos  el  muy  docto 
Mr.  Dumeril,  han  publicado  algunos  pasajes  de  este  poema,  partiendo  sus 
metros  por  los  hemistiquios  y  aspirando  así  á  producir  versos  de  romance. 
Tal  es  por  egemplo  el  trozo  que  empieza: 

El  conde  don  Gómez  de  Gorinaz 
A    Diego    Laiaez  Gso  daño; 
Ffirióle    Ids  pustores 
Et  robóle  el   ganado. 

y  acaba: 

Paradas  eslan  las    haces 
Et  comienzan  á   Üdiar: 
Rodrigo  mató  al  conde, 
Ca   non   lo  puede   tardar, 

(Poes.  pop.  lat.,  págs.  289  y  90.) 

Este  procedimiento,  que  se  habia  ya  aplicado  por  varios  críticos  al  Poema 
del  Cid,  según  en  breve  notaremos,  puede  satisfacer  únicamente  respecto  de 
ios  versos  octonarios:  los  de  quince  y  catorce  sílabas  no  pueden  acercarnos  á 
la  idea  de  las  formas  métricas  de  los  romances  populares  (Véase  la  Ilustra- 
ción IV. ^  de  nuestra  I.*   Parte). 


\[l  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

él  digno  de  estudio  y  útil  para  el  de  la  civilización  y  literatura 
española,  cualquiera  que  sea  el  estado  de  adulteración  en  que 
ha  llegado  á  nuestros  dias.  Segundo:  (pie  aun  á,  pesar  de  esa  cor- 
rupción lastimosa,  se  advierte  en  dicho  poema  el  vigoroso  é  in- 
negable sello  de  una  edad  lejana,  lo  cual  se  confirma,  demás  de 
la  coucepciou  y  pintura  verdaderamente  primitiva  del  héroe,  por 
las  alusiones  históricas,  en  que  abumla,  no  menos  que  por  el  ca- 
rácter de  las  formas  artísticas,  cuyo  tipo  se  reconoce  aun  perfec- 
tamente en  medio  del  desorden  y  desconcierto  en  que  la  versifi- 
cación aparece.  Tercero:  que  si  bien  el  lenguaje  se  halla  en  gran 
modo  adulterado  y  modernizado,  razón  principal  de  las  dudas  ma- 
nifestadas sobre  la  antigüedad  de  la  Leyenda,  luego  que  se  pene- 
tra en  su  estudio  filológico,  se  tropieza  con  número  muy  conside- 
rable de  giros,  frases  y  palabras  de  tan  remota  fecha,  que  no  sólo 
exceden  á  las  voces  más  rancias  de  las  obras  de  Berceo,  sino  que 
están  mostrando  sus  inmediatos  orígenes.  Y  cuarto:  que  pasando 
de  la  apreciación  meramente  artística  y  literaria  á  la  filosófica, 
ni  ha  podido  ser  esta  composición  fruto  de  siglos  posteriores  al 
XII,  por  la  significación  político-popular  que  realmente  tiene,  ni 
existir  después  del  Poema,  por  los  rasgos  originales  y  primitivos 
que  constituyen  el  carácter  del  héroe;  pruebas  morales  una  y  otra 
de  la  mayor  fuerza  en  la  historia  del  arte,  y  no  aducidas  todavía 
por  la  crítica. 

Lo  repetimos:  sin  esta  rara  producción  de  la  antigua  poesía  cas- 
tellana pudo  sin  duda  haber  sido  compuesto  el  Poema  del  Cid, 
donde  el  matador  del  orgulloso  conde  de  Gormaz  se  ostenta  ya 
como  padre  de  la  patria,  y  símbolo  de  la  independencia  española; 
pero  compuesto  y  divulgado  este  y  recibida  la  consagración  po- 
pular, juzgamos  de  todo  punto  imposible  el  que  se  concibiera  y 
pintara  de  diferente  modo,  no  siendo  tampoco  hacedero  el  que 
presentara  después  la  ingenua  figura  de  Rodrigo  tan  originales 
V  vivísimos  colores  '. 


1  Tal  vez  podrá  tachársenos  de  habernos  extendido  demasiado  en  las  no- 
tas, con  que  hemos  atendido  á  ilustrar  este  primitivo  monumento  de  nuestras 
letras.  Después  de  confesar  que  hemos  omiliilo  no  pocas  observaciones  que 
nos  han  parecido  de  menos  bulto  que  las  expuestas,  debemos  añadir  que  sólo 


II.*   PARTE,    CAP.    lí.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.    H3 

El  examen  que  hacemos  en  los  siguientes  capítulos  de  aquel 
notable  monumento,  confirmará  plenamente  todas  estas  consi- 
deraciones. 


de  este  modo  nos  ha  sido  posible  penetrar  en  el  espíritu  de  producción  tan 
apreciable.  Nuestro  trabajo  no  ha  podido  ser  estéril  en  el  estado  de  fabulosa 
corrupción  en  que  se  halla  la  Leyenda:  mucho  hay  sin  duda  añadido,  mucho 
desfigurado  en  ella;  pero  de  seguro  los  que  añadieron  ó  desfiguraron,  si  pu- 
sieron algo  de  la  época  en  que  vivian,  ni  un  sólo  rasgo  relativo  á  la  his- 
toria, ni  á  las  costumbres  de  otras  edades  podian  introducir,  porque  sobre  no 
sospechar  que  las  cosas  habían  pasado  de  otro  modo,  distinto  de  lo  que  veian, 
ignoraban  la  historia  y  desconocían  las  costumbres  de  otros  siglos.  Así  el 
estudio  que  hemos  hecho,  tiene  mayor  importancia  de  lo  que  aparece  á  pri- 
mera vista;  y  ya  que  el  plan  de  una  Historia  critica  no  consienta  mayores  di- 
gresiones, tal  vez  adelante  daremos  á  luz,  aparte  y  de  una  manera  conve- 
niente, los  trabajos  que  tenemos  hechos  sobre  la  Leyenda  de  las  Mocedades 
de  Rodrigo. 


TOMO    III. 


CAPITULO  III. 

PRllBOS  lIOmESTOS  ESCRITOS  DE  U  POESÚ  ClSTEllMl. 


Poesía  heroica. — El  Poema  de  Mió  Cid.— Caracteres  generales  del  mismo. — 
Juicios  contradictorios  de  la  crítica  respecto  de  su  significación  artística. 
— Época  en  que  se  compone.— Exposición  y  examen  de  su  argumento. — 
Caracteres  literarios  del  mismo. — Interés  que  inspira  la  figura  de  Mió 
Cid,  como  creación  de  la  musa  popular.— Resumen,  i 


Difícil  nos  parece  hallar  en  otra  alguna  de  las  literaturas  de  la 
edad  media  monumento  poético  que  revele  más  espontánea,  ge- 
nuina  y  enérgicamente  que  la  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Ro- 
drigo la  situación  moral  y  política  de  la  nación  entera,  ni  descri- 
ba con  mayor  viveza  el  carácter  del  pueblo  que  lo  produce, 
aun  dado  el  lamentable  estado  en  que  el  referido  monumento  ha 
llegado  á  los  tiempos  modernos  ' .  Pero  si  cumpliendo  en  tan  alto 


{  El  único  poema  que  bajo  este  punto  de  vista  pudiera  compararse  con  los 
del  Cid,  que  examinamos,  es  el  de  los  Niebelungos  {Niebelnngen  Lied),  tan  ce- 
lebrado délos  críticos  modernos.  Pero  sobre  ser  posterior  indudablemente  al 
español,  está  probado  que,  como  e\  Libro  de  los  héroes,  las  Crónicas  irlandesas 
y  otras  obras  que  giran  sobre  análogo  asunto,  no  ofrece  una  redacción  Qriginal 
y  primitiva,  ni  es  en  suma  sino  la  modificación  más  ó  menos  osada  y  feliz  de 
una  tradición  ya  muy  antigua.  Sobre  este  punto  es  digno  de  consultarse 
Mr.  Fauriel,  Histoire  de  la  poesie provéngale,  tomo  I,  caps.  IX  y  X. 


116  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

grado  con  las  condiciones  interiores  de  su  existencia,  nos  ha  sido 
dado  sorprender  en  esta  producción  peregrina  el  espíritu  popular 
del  siglo  XII,  rebelándose  contra  exigencias  extrañas,  en  parte 
realizadas  respecto  de  la  liturgia  y  de  la  política,  y  humillando 
al  par,  como  víctimas  expiatorias  del  enojo  público,  al  Empe- 
rador de  Alemania,  al  rey  de  Francia  y  al  mismo  Pontífice  Ro- 
mano,— no  con  menor  brio  nos  representa  el  Poema  de  Mió 
Cid  la  protesta  de  esa  misma  nacionalidad  ofendida  contra  los 
intentos  feudales,  traídos  á  Castilla  íi  fines  del  siglo  XI  y  halaga- 
dos por  don  Alfonso  VI  y  por  sus  áulicos,  en  la  forma  rpie  en  el 
capítulo  anterior  dejamos  indicada. 

Y  no  porque  esos  amagos  de  feudalismo  fuesen  realmente  in- 
fecundos, perdiéndose  sus  nocivos  gérmenes  en  la  gran  corrien- 
te de  la  civilización  española,  pusieron  menos  temor  y  enojo  en  el 
ánimo  de  grandes  y  pequeños.  Cierto  es  que  el  condado  de  Por- 
tugal, concedido  al  esposo  de  la  bastarda  doña  Teresa,  siguiendo 
las  leyes  que  habían  creado  los  reinos  de  Asturias,  León  y  Casti- 
lla, se  trasforraa  á  poco  andar  en  monarquia  independiente,  aspi- 
rando á  legitimar  su  origen  con  la  protección  del  cielo,  otorgada 
en  la  famosa  batalla  de  Urique,  y  cimentando  su  derecho  en  el 
amor  de  la  muchedumbre:  cierto  es  asimismo  que  el  condado  de 
Galicia,  donado  al  marido  de  doña  Urraca,  se  incorpora  á  la  coro- 
na en  las  sienes  de  Alfonso  VII,  desapareciendo  así  toda  huella  de 
aquellos  simulacros  feudales.  Mas  si  basta  la  fuerza  prodigiosa  é 
invencible  de  los  sucesos  á  producir  en  el  campo  de  la  política  es- 
tos resultados  positivos,  no  menos  importantes  ni  menos  elo- 
cuentes debían  ser,  y  fueron  en  realidad,  los  que  produjo  el  sen- 
timiento nacional,  sublevado  contra  semejantes  intrusiones,  en 
las  esferas  de  la  inteligencia,  que  son  albergue  y  morada  del  arte. 

El  voto  universal  de  los  castellanos,  la  fé  viva  y  ardiente  del 
pueblo,  usando  esta  voz  en  la  recta  y  bien  intencionada  acepción 
que  le  dá  la  ley  de  Partida  ',  rechazaban  los  intentos  y  desapro- 


1  Cuydan  algunos  ornes  que  pueblo  es  llamado  la  gente  menuda,  assi 
como  menestrales  ct  labradores;  mas  esto  non  es  assi,  ca...  pueblo  [es]  el 
ayuntamiento  de  todos  los  ornes,  comunalmente  de  los  mayores  et  de  los  me- 
nores el  de  los  medianos,  etc.  (Partida  II.*,  til.  X,  ley  II.*). 


11.      PARTE,    CAP.    III.    PIUM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.     117 

baban  los  actos  que  tendían  á  refrenar  ó  menoscabar  su  indepen- 
dencia, á  romper  el  concierto,  armónico  y  fraternal,  que  unia 
en  lo  presente  y  para  lo  porvenir  á  todas  las  gerarquias  del  Es- 
tado. La  idea  de  una  dependencia  humillante  y  que  menoscabara 
el  nombre  asturiano,  habia  engrandecido  ya,  según  queda  adver- 
tido, la  heroica  figura  de  Bernarda  del  Carpió,  cuya  frente,  en- 
noblecida por  el  laurel  de  Roncesvalles,  circundaba  la  doble  au- 
reola del  amor  y  del  respeto  del  pueblo.  Habiéndose  menester 
ahora  de  un  nuevo  héroe,  que  personificara  todos  los  sentimien- 
tos, todos  los  deseos  y  aun  todos  los  instintos  de  la  muchedum- 
bre; un  héroe  que  fuese,  digámoslo  así,  encarnación  viviente  de 
aquella  protesta  moral,  nacida  de  los  sucesos  que  tan  profun- 
damente herían  esos  mismos  instintos  y  sentimientos,  las  miradas 
de  nobles  y  pecheros  se  volvieron  juntamente,  cual  vá  apuntado, 
á  Rodrigo  Díaz  de  Yivar,  cuyo  valor  no  habia  hallado  par  dentro 
de  Castilla,  y  cuyo  bélico  esfuerzo,  domando  príncipes  y  reyes, 
habia  debelado,  con  maravilla  de  la  cristiandad  y  espanto  de  la 
morisma,  la  famosísima  ciudad  de  Yalencia. 

Hé  aquí  pues  cómo  y  por  qué,  dado  ya  el  conocimiento  histó- 
rico de  los  hechos,  que  motivan  la  doble  protesta  contra  las  in- 
trusiones ofensivas  á  la  dignidad  de  la  patria,  á  fines  del  si- 
glo XI  y  principios  del  XII,  ofrece  la  creación  poética  de  Mió 
Cid,  como  la  ingenua  figura  de  Rodrigo,  un  sentido  de  actua- 
lidad y  de  interés  local,  que  no  podía  en  modo  alguno  prove- 
nir de  extrañas  esferas,  ni  menos  del  mundo  ficticio  de  la  an- 
dante caballería.  Al  dar  forma  á  tan  generosa  protesta  (ya  lo 
hemos  probado  con  el  examen  de  la  Leyenda  de  las  Moceda- 
des de  Rodrigo),  [habla  la  poesía  castellana  el  lenguaje  espon- 
táneo y  libérrimo  del  sentimiento;  espontaneidad  que  hallamos 
asimismo  vivamente  confirmada  en  cada  verso,  en  cada  frase  del 
Poema.  Más  granado,  más  circunspecto  en  sus  acciones,  como 
que  modera  ya  su  nativa  fogosidad  el  peso  de  los  años,  muéstrase 
el  debelador  de  la  ciudad  del  Túria  en  este  monumento  estrecha- 
mente unido  á  la  suerte  del  pueblo  castellano  por  el  lazo  indes- 
tructible de  Santa  Gadea,  llegando  á  ser  la  bandera,  el  símbolo 
de  aquella  independencia  popular  que  se  irrita  al  espectáculo  de 
la  predilección  alcanzada  en  la  corte  de  Caistílla  por  los  magnates 


^\)}.  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

y  prelados  extranjeros,  y  que  se  indigna  de  la  adulación,  con  que 
lisonjean  los  palaciegos  los  no  plausibles  actos  del  monarca. 

No  es  la  figura  del  Cid,  en  esta  manera  engrandecida  por  la 
apasionada  imaginación  de  la  muchedumbre",  creación  de  un  solo 
ingenio,  pudicndo  el  Poema  que  tan  briosamente  la  refleja,  ser 
considerado  en  tal  concepto  domo  la  realización  de  aquel  pensa- 
miento nacional,  más  bien  que  como  el  canto  de  un  solo  poeta. 
Escúchase  en  él  la  voz  viva  y  poderosa  de  la  tradición,  que  es 
la  voz  del  pueblo,  porque  ni  los  sentimientos  que  animan  al  an- 
ciano héroe  de  Yivar  ni  las  empresas  guerreras  á  que  dá  cima, 
eran  hechos  aislados,  de  un  interés  parcial  y  pasajero.  Represen- 
taban estas  directamente  la  gloriosa  lucha  sostenida  con  sin  par 
denuedo  por  el  Evangelio  contra  el  Koram,  y  aquella  lucha  ter- 
rible que,  contando  á  la  sazón  cerca  de  cuatro  siglos,  hubo  de 
prolongarse  otros  cuatro,  no  podia  ser  más  popular  ni  patriótica: 
eran  aquellos  la  viva  encarnación  de  los  deseos  y  de  las  aspiraciones 
de  la  nación  entera.  Así,  al  abrirse  las  puertas  del  destierro  para 
el  defensor  de  los  fueros  y  libertades  de  Castilla,  para  el  imper- 
térrito debelador  del  mahometismo,  corrían  tras  sus  estandartes 
hidalgos  y  pecheros,  ganosos  de  derramar  la  sangre  en  su  pre- 
sencia, siendo  todos  sus  sacrificios  y  privaciones  ofrecidos  en  aras 
de  la  religión  y  de  la  patria,  á  quien  Mió  Cid  personifica.  Así 
todos  sus  triunfos  eran  los  triunfos  de  Castilla  y  aun  de  toda  Es- 
paña; y  eu  lugar  de  un  poeta  que  celebrara  solo  sus  proezas,  te- 
nia un  pueblo  entero  que  le  aclamaba  por  su  libertador  en  mil 
himnos  de  efusión  y  de  entusiasmo  *. 

No  otro  es  en  verdad  el  Cid  que  hallamos  viril,  aunque  ruda- 
mente, bosquejado  en  el  Poema,  y  que  en  mitad  de  las  contradic- 
ciones de  la  ambición  y  de  la  política,  aparece  á  nuestros  ojos  co- 
mo el  espejo  de  la  caballería.  Pero  su  caballerismo  (conveniente 
es  consignarlo  desde  luego)  es  esencialmente  castellano:  engendra- 
do por  una  guerra  santa  y  i)opular,  corresponde  igualmente  á  to- 
das las  clases,  á.  todas  las  gerarquias  del  Estado,  sin  que  sea  pa- 
trimonio de  una  aristocracia,  cuyas  avenidas  estén  cerradas  á  los 

1  Véase  el  Cantar  latino  del  Campeador,  cap.  XIV  de  la  I.''  Parte,  é  Ilus- 
tración 1.^,  núm.  XXI. 


II.*  PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.     H9 

guerreros  de  la  religión  y  de  la  libertad,  ni  haya  nacido  como  en 
otras  comarcas  para  rescatar  al  débil  de  la  opresión  del  poderoso. 
En  la  España  Central,  según  hemos  notado  antes  de  ahora,  cada 
morador  es  un  paladín  de  la  patria,  y  cada  paladín  puede  ser  ma- 
ñana un  hidalgo,  y  al  dia  siguiente  un  rico-horae  ó  un  magnate. 
Tal  es,  y  no  otra,  la  índole  del  caballerismo  de  Ruy  Diaz  de  Yi- 
var,  que  no  puede  en  consecuencia  hallarse  más  lejano,  así  en  su 
origen  como  en  sus  manifestaciones,  del  caballerismo  represen- 
tado por  los  Roldanes  y  Oliveros  ' . 

l  Cuando  trazábamos  estos  renglones,  no  podíamos  sospechar  que  un 
escritor  tan  docto  como  Mr.  Damás-Hinard,  que  tanta  y  tan  selecta  erudi- 
ción ha  sabido  acopiar  en  la  Introduction  aii  Poeme  du  Cid,  tocando  magis- 
tralmente  no  pocas  cuestiones  críticas,  dominado  del  anhelo  de  hacer  hijo 
de  la  imitación  francesa  este  precioso  monumento,  fuese  hasta  el  extremo  de 
traer  del  lado  allá  de  los  Pirineos  la  civilización  y  las  costumbres  castella- 
nas (págs.  XXXIII  y  LIX).  Nosotros  no  hemos  negado,  ni  queremos  escati- 
mar en  ningún  sentido  la  influencia  que  en  las  regiones  meramente  eruditas 
pudieron  tener  los  monjes  de  Cluny,  y  aun  los  pobladores  francos,  pun- 
to en  qu«  Mr.  Damás-Hinard  principalmente  insiste;  pero  dando  al  César 
lo  que  es  del  César,  aunque  concedamos  á  la  raza  franca  el  espíritu  de  pro- 
selilismo  que  el  sabio  comentador  d^  Poema  del  Cid  le  atribuye  (pági- 
na LXIV),  en  ese  mismo  espíritu  de  proselilismo,  alguna  vez  olvidado 
por  Damás-Hinard  (pág.  LXXX,  not4),  hallamos  la  causa  eficiente  del  dis- 
gusto universal  producido  en  la  nación,  y  el  fundamento  real  y  positivo 
de  la  protesta  que  se  personifica  en  el  hijo  de  Diego  Lainez,  para  repre- 
sentar, no  las  creencias,  no  las  instituciones,  no  la  civilización  france- 
sa, en  una  palabra,  sino  las  creencias,  los  sentimientos  y  las  costumbres, 
nacidos  en  el  seno  de  aquella  sociedad,  cuya  ley  superior  de  vida  distaba 
grandemente  de  la  que  regia  los  destinos  de  la  nación,  presa  del  feudalismo 
que  amancilla  el  trono  de  los  sucesores  de  Cárlo-Magno.  Hay  en  las  costum- 
bres guerreras  de  los  pueblos  meridionales  notables  analogías  (como  las  des- 
cubrimos también  al  estudiar  las  costumbres  de  los  pueblos  del  Norte)  y 
cunden  estas  mismas  analogías  á  otras  esferas  de  la  vida;  pero  estos  acciden- 
tes que,  reconociendo  sin  duda  la  misma  fuente  histórica,  existen  solo 
en  la  superficie  de  la  sociedad,  y  que  no  pasan  por  tanto  de  la  satisfac- 
ción de  la  necesidad  que  los  engendra,  no  pueden  en  modo  alguno  servir  de 
indestructible  fundamento  á  la  vida,  ni  á  la  organización  política  de  nin- 
gún pueblo,  ni  trascender  tampoco  de  uua  manera  activa  á  sus  costum- 
bres. El  pueblo  de  Asturias,  de  León  y  de  Castilla  estaba  ya.  formado, 
cuando  ese  espíritu  de  proselitismo  de  la  raza  franca  viene  á  insinuarse  en  su 
suelo:  por  eso,  lejos  de  renunciar  á  sus  creencias  y   á  sus  tradiciones,   de- 


120  HISTORIA   CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Eran  los  únicos  títulos  que  se^reclamaban  y  exhibian,  para  lo- 
grar tan  noble  conquista,  la  lealtad  y  el  valor,  cualidades  carac- 
terísticas de  aquellos  tiempos  y  que  son  respecto  del  Poema  de 
Mío  Cid  inaj^otables  fuentes  de  bellísimos  cuadros  de  costumbres, 
donde  aprendemos  á  conocer  con  admirable  exactitud  la  manera 
de  ser,  de  peasar  y  de  obrar  de  aquellos  esforzados  campeones, 
cuya  noble  fisoiiomia,  indicada,  aunque  con  breves  rasgos,  en  la 
Gesta  Rodena  Campidoctí ',  es  para  nosotros  altamente  simpá- 
tica. ¿Quién  no  admira  en  efecto,  la  ingenua  sencillez  de  aquella 
edad,  en  que  un  vasallo  desterrado  por  su  rey,  deja  á  este 
en  depósito  su  mujer  y  sus  hijos?...  ¿Quién  no  oye  con  res- 
peto de  boca  del  mismo  héroe  la  manifestación  de  los  temores 
que  le  aquejan  de  enojar  al  soberano,  cuya  saña  le  lanza  á  des- 
hora del  seno  de  su  familia,  mientras  corre  en  busca  de  inau- 
ditos peligros  y  de  nunca  realizadas  proezas?...  Cuando  -al  fijar 
nuestras  miradas  en  semejante  caudillo,  la  vemos  partir  el  fru- 
to de  sus  victorias  con  el  monarca  que  le  arroja  de  sus  ho- 
gares; cuando  contemplamos  el  gozo  en  que  rebosa  su  alma,  al 


jando  de  sentir  y  de  pensar  como  antes  sentía  y  pensaba,  se  exaspera  y  le- 
vanta su  noble  espíritu  contra  aquella  inconsiderada  influencia,  y  busca  en 
su  propia  vida  y  dentro  de  sí  mismo  la  fuerza  que  ha  menester  para  re- 
chazar, como  afrentoso  de  su  dignidad,  todo  yugo  extranjero.  Esc  «quoi 
de  plus  grave,  de  plus  profund,  de  plus  sombre,  de  plus  ardent  et  de  plus 
farouche»  que  el  entendido  Damás-Hinard  halla  en  el  Poema  del  Cid,  al 
compararlo  con  los  caballerescos,  especialmente  con  la  Clianson  de  Ro- 
land  (pág.  XXXI),  algo  es  y  significa  en  las  esferas  de  los  sentimientos,  de 
las  creencias  y  de  las  costumbres;  y  reconocido  el  fenómeno,  no  hay  para 
qué  negar  las  causas  que  lo  producen,  arrojándonos  en  lamentables  contra- 
dicciones. Si,  como  hemos  ampliamente  manifestado  (tomo  II,  caps.  XI  y 
Xlli),  la  organización  política  de  Asturias,  León  y  Castilla  descansa  en  las 
bases  aquí  recordadas,  ¿por  qué  hemos  de  renegar  de  sus  legítimas  conse- 
cuencias?... Pasemos  adelante. 

i  Véase  el  tomo  II,  cap.  XIII,  pág.  182.  Allí  tuvimos  ocasión  de  indicar 
los  gérmenes  históricos  del  gran  carácter  de  Mió  Cid,  idealizado  por  la  musa 
popular  de  Castilla  en  la  forma  que  vamos  exponiendo,  no  olvidando  los 
guerreros  que  siguen  sus  banderas:  en  el  siguiente  capítulo  veremos  cómo  se 
desarrollan  en  propias  órbitas,  desvaneciendo  con  este  estudio  no  pocos  erro- 
res de  los  críticos  formalistas. 


II.*  PARTE,  CAP.  III.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.   J21 

saber  que  ha  recibido  al  cabo  su  rey  con  benignidad  los  reite- 
rados presentes  que  le  envia;  cuando  al  ser  admitido  de  nue- 
vo en  su  gracia,  le  miramos  arrojarse  á  sus  plantas,  llorando  de 
alegría,  con  la  idea  de  que  ha  conquistado  ya  su  cariño;  cuando 
dócil  á  los  mandatos  de  su  príncipe,  aparece  por  último  á  nues- 
tros ojos,  ofreciendo  en  aras  de  aquella  reconciliación  tan  apete- 
cida el  sacrificio  de  sus  más  puros  y  entrañables  afectos,  ¿có- 
mo no  hemos  de  aficionarnos  á  la  edad  que  busca  su  idealización 
en  este  héroe?...  ¿Y  cómo  hemos  de  ver  con  indiferencia  un  mo- 
numento, donde  no  sólo  se  ha  logrado  reproducir  vivamente  el 
sentimiento  nacional,  sino  que  elevándose  á  las  regiones  de  la 
verdadera  creación,  «se  ha  encontrado  la  idea  española,  idea  ma- 
»dre,  idea  tipo,  recogida  junto  á  la  cuna  del  pueblo  castellano  y 
«que  vivirá  hasta  su  último  dia,»  según  la  afortunada  expresión 
de  un  escritor  contemporáneo?  ' 

Sin  duda  todas  estas  consideraciones  han  sido  parte  á  que,  fi- 
jando la  critica  extranjera  sus  investigadoras  miradas  en  este  sin- 
gular monumento,  haya  sido  objeto  de  largos  y  maduros  estudios, 
aspirando  cada  escritor  á  descorrer  el  velo  de  la  sociedad  y  de 
las  costumbres  en  él  representadas.  Mas  si  todos  han  convenido 
en  que  lo  exornan  y  avaloran  ciertas  dotes  originales,  caracte- 
rísticas de  nuestra  antigua  cultura  2,  no  todos  están  conformes 


1  Nuestro  docto  amig-o  Mr.  Adolfo  de  Puibusque,  Histoire  comparée  des 
Utleratures  espagnole  et  frangaise,  tomo  I,. cap.  II. 

2  El  mismo  Mr.  Damás-Hinard  que,  según  hemos  yá  indicado,  aspira  á 
traernos  de  Francia  la  lengua  y  la  metrificación  y  con  ellas  las  costumbres, 
las  iastituciones  y  la  cultura  representada  en  el  Poema  del  Cid,  escribe  estas 
notables  palabras:  «Si  le  Poéme  du  Cid  a,  comrae  monument  littéraire,  une 
incontestable  valeur,  il  ne  présent  pas  moins  d'lntérét  comme  monument  his- 
torique,  soit  qu'on  y  étudie  les  personnages  et  les  événements,  soit  qu'on  y 
cherche  des  renseignements  sur  la  civilisatiun  et  les  mceurs  espagnols  au 
XII.®  siécle  (pág.  XXYIl).  Ni  es  menos  notable  la  declaración  que  al  propó- 
sito hace  novísimamente  el  entendido  conde  Th.  Puymaigre,  á  despecho  del 
empeño  en  que  le  pone  el  anhelo  de  probar  que  e\  Poema  del  Cid  fué  inspira- 
do por  las  Chansons  de  geste  francesas,  siguiendo  así  las  huellas  de  Damás- 
Hinard:  «Si  par  sa  forme,  par  quelques  détails  elle  [cette  oeuvre]  rappelle  des 
influences  étrangéres,  elle  est  restée  espagnole  par  le  caractere  principal,  etc. 
{Les  vieux  auteurs  casíillans,  cap.  III,  pág.  201). 


i2-2  HISTORIA   crítica    DE   LA    LITliUATURA    ESPAÑOLA. 

en  señalar  sus  caracteres,  como  obra  do  arte,  ni  menos  se  avie- 
nen todos,  al  determinar  la  época  en  que  hubo  de  ser  compuesto. 
Mucho  se  ha  fluctuado,  así  entre  propios  como  extraños,  sobre 
si  debe  ser  tenido  por  una  crónica  ó  nn poema.  Oni^^n,  sostenien- 
do lo  primero,  lo  tilda  de  seguir  nimia  y  escrupulosamente  la 
historia,  negándole  toda  invención  y  condenándolo  á  tomar  plaza 
entre  los  cronicones  monolíticos  de  los  siglos-medios:  quién  su- 
poniéndole un  compuesto  de  diversos  cantares,  más  ó  menos  ar- 
mónicos, pretende  aplicarle  la  combatida  teoria  de  las  rapsodias 
griegas,  que  dieron  por  resultado  las  sublimes  creaciones  de  Ho- 
mero, teoria  que  ha  buscado  cierta  manera  de  confirmación  en  el 
ya  célebre  poema  do  los  Niebelungos;  quién,  reparando  en  que  la 
parte  más  dramática  de  todo  el  poema  es  el  episodio  de  las  bodas 
de  las  hijas  del  Cid  y  el  castigo  de  los  condes  de  Carrion,  lo  ha 
designado  como  una  especie  de  epitalamio,  compuesto  en  ocasión 
solemne  para  los  descendientes  del  héroe;  y  quién,  ateniéndose 
por  último  á  varias  alusiones  y  circunstancias  contenidas  en  el 
mismo,  38  resuelve  á  apellidarle  con  el  título  de  Canlar  de  gesta, 
común  en  aquellos  dias  á  todas  las  producciones  de  la  musa 
heróico-popular,  cualquiera  que  fuese  su  índole  y  naturaleza  *. 

Ningún  esfuerzo  necesitamos  hacer  para  que  comprendan  nues- 
tros lectores  con  cuánta  razón  nos  apartamos  de  los  que  con  ma- 
nifiesta contradicción,  asientan  que  es  el  Poema  una  crónica,  y 


i  Moralin,  Orígenes  del  teatro  español,  nota  3;  Quintana,  Colecc.  de  poe- 
sías selectas  cast.,  Introd  ;  Soulhcy,  Traduce,  (inglesa)  déla  Crónica  del  Cid, 
pról.;  Sisraondi,  Hist.  déla  Litter.  du  Midi,  torno  III,  cap.  XXIII;  Bouterweck, 
tomo  único  de  la  trad.  casi.,  pág'.  2;  Tapia,  Hist.  de  la  civilización  de  Espa- 
ña, tomo  I,  pág.  268;  Huber,  Crónica  del  famoso  caballero  Cid  Ruy  Diez  Cam- 
peador, Introd.,  págs.  XI  y  sigs.;  Wolf,  Anales  de  Viena  (Wiener  Jaibüchcr), 
tomo  LVI,  pág.  240,  y  Sludien  zur  gescliichte  der  Spanischen  und  Portugie- 
sischen  nationalliteratur,  págs.  27  y  sig.;  Clarus,  Exposición  déla  Literatura 
españoleen  la  edad  media  (Darslellung  der  spanischen  Literatur  in  Miltelal- 
ler),  lomo  I,  pág.  214;  Dozy,  Recherches  sur  Vhistoire,  ele,  pág.  640  y  si- 
guientes; Ticknor,  Hist.  de  la  Literatura  española,  lomo  I,  cap.  1;  Sanz  del 
ílio,  Trad.  cast.  de  la  Hist.  l'niversal  de  Weber,  tomo  II,  pág.  212;  Damás- 
llinard,  Mroduction  au  Pocme  du  Cid;  Puymaigre,  Les  vieux  auteurs  casti- 
llans,  tomo  I,  cap.  III,  etc. 


II.      PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA   POES.    CAST.    123 

rechazan  al  mismo  tiempo  como  apócrifos  los  hechos,  sobre  que 
su  narración  poética  se  funda.  Estos  escritores,  para  quienes  han 
tenido  más  precio  la  rudeza  de  las  formas  exteriores  que  la  esen- 
cia misma  de  las  cosas,  hubieran  debido  probar,  antes  de  asentar 
tan  poco  meditado  como  frágil  aserto,  que  alcanzó  el  Cid  histó- 
rico, tanto  en  Castilla  como  fuera  de  ella,  la  representación,  el  po- 
der y  la  influencia  que  la  poesía  le  atribuye,  apareciendo  real- 
mente dotado  de  las  altas  virtudes  con  que  llega  la  tradición  po- 
pular á  enaltecerlo.  Mas  ya  que  esto  no  era  realizable,  crítica  ni 
históricamente  hablando  ^;  ya  que  por  otra  parte  negaban  las 
proezas  del  héroe  de  Vivar  ¿por  qué  no  advirtieron  siquiera  que 
el  valor  histórico  del  Poema  de  Mió  Cid  se  hallaba,  no  en  rela- 
ción con  los  hechos,  ni  con  los  caracteres,  sino  en  el  sentido  de 
las  costumbres  y  de  las  creencias?...  Á  proceder  de  esta  manera 
los  críticos  nacionales  que  han  emitido  semejante  opinión,  no  so- 
lamente hubieran  evitado  los  errores  en  que,  por  seguirlos,  han 
caido  algunos  extranjeros,  y  abierto  al  par  nueva  senda  á  este 
linaje  de  estudios,  sino  que  habrían  apartado  del  nombre  español 
la  poco  satisfactoria  calificación  de  rutinarios ,  con  que  otros  han 
osado  señalarnos,  declarando  inconsideradamente  que  desconoce- 
mos el  inmenso  valor  de  esta  preciosa  joya  de  la  primitiva  poesía 
castellana  ^ . 

\     Téngase  presente  el  estudio  que  dejamos  hecho  de   la  Cesta   Roderici 
Campidocti,  cap.  XIII  de  la  1.*  Parte. 

2  El  citado  Southey  dice:  «Los  españoles  ignoran  todavía  el  valor  in- 
»menso  de  su  historia  métrica  del  Cid,  como  poema,  y  nunca  producirán  cosa 
»de  provecho  en  materias  de  buen  gusto  y  de  artes  hasta  que,  sacudiendo  la 
Minercia,  desechen  el  rutinario  espíritu  que  les  impide  conocerla»  (QiiarterI// 
Review,  tomo  XII,  pág.  64 — 1814).  Mr.  George  Ticknor  parece  acostarse  d 
esta  opinión  (loco  citato);  pero  es  lo  notable  que  Southey  había  manifestado 
seis  años  antes  en  la  traducción  de  la  Crónica  del  Cid  (1808)  que  «debía  el 
nPoema  ser  considerado  más  bien  como  una  historia  que  como  una  novela  ó 
nromance  poético»  (Introduce,  pág.  26),  y  que  el  sabio  Ticknor,  que  sindu- 
da  debió  conocer  todos  los  tesoros  de  este  monumento,  no  se  dignara  des- 
cubrírnoslos por  completo,  asegurando  al  contrario  que  se  refieren  en  el 
Poema  los  hechos  frecuentemente  con  toda  la  pesadez  y  formalidad  de  una  cró- 
nica monástica,  y  pareciéndose  en  esto  más  bien  á  Bouterweck,  Duques- 
nel  y  otros,  que  no  á  Sismondi,  Clarus,  Wolf,  Dozy,  Damás-Hínard,  Barct, 
Puymaigre,  etc.,  etc. 


124  HISTORIA   CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Ni  podoinos  tampoco  admitir  la  segunda  opinión,  por  ser  con- 
traria á  la  naturaleza  misma  de  toda  creación  artística.  Puede 
crear  un  pueblo,  y  crea  en  el  concepto  que  dejamos  advertido,  un 
gran  carácter,  ennobleciéndolo  con  sus  propias  ideas  y  sentimien- 
tos, y  levantándolo  á  las  regiones  del  idealismo;  pero  al  ligar  su 
existencia  á  una  acción  más  ó  menos  complicada  y  regular,  al 
colocarlo  en  diversas  situaciones,  en  las  cuales  deba  conservar  la 
unidad  que  le  embellece,  ha  menester  sin  duda  del  arte,  en  cu- 
yo momento  aparece  ya  el  poeta  para  revestir  esa  misma  crea- 
ción de  formas  determinadas,  purificándola,  digámoslo  así,  de 
las  inconexiones  é  inconsecuencias  de  la  tradición  oral,  y  legan- 
do á  la  edad  futura  un  tipo,  si  no  más  grande,  más  definido  y 
perfecto.  Esto,  que  á  pesar  del  lamentable  estado  de  conservación 
en  que  ha  venido  á  nuestros  dias,  no  ha  sido  negado  del  todo  á 
la  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  puede  con  mayor  ra- 
zón aplicarse  al  Poema  de  Mío  Cid,  persuadiendo  sin  esfuerzo 
á  los  citados  críticos  de  que,  no  á  multitud  de  poetas  ó  juglares, 
sino  á  uno  sólo  fué  debida  su  redacción  arlística,  por  más  que  la 
creación  del  personaje,  tal  como  el  poeta  logra  revelarla,  exis- 
tiera ya  en  la  mente  y  aun  en  cautos  más  rudos,  vagos  y  pasaje- 
ros del  pueblo  ^. 

Más  filósofos  y  menos  apegados  al  fastuoso  follaje  de  los  ornatos 
exteriores,  se  han  mostrado  sin  duda  los  que  dan  por  causa  histó- 
rica del  Poema  de  Mió  Cid  «el  matrimonio  de  sus  dos  hijas  y  la 
))honra  que  de  este  suceso  le  resulta;»  pero  lícito  nos  será  adver- 


\  Demás  de  estas  razones  filosóficas,  que  comprobaremos  eo  el  capítulo 
sijuieiile,  al  considerar  los  medios  expositivos  del  Poema,  debemos  observar 
aquí  que  no  hay  ninguna  que  autorice  la  opinión  de  los  rapsodistas,  fundada 
únicamente  en  que  la  metrificación  presenta  algunas  tiradas  monorimas. 
Porque  si  es  verdad  que  esto  sucede  alguna  vez,  lo  que  forma  el  carácter  rí- 
mico  de  todo  el  Poema  es  la  frecuencia,  con  que  cambian  las  asonancias,  sien- 
do no  menos  frecuente  el  agrupamiento  de  seis,  cinco,  cuatro,  tres  y  hasta 
dos  versos  en  una  rima,  circunstancia  que  unida  á  lo  casual  del  referido  cam- 
bio, y  aun  por  sí  sola,  basta  para  destruir  semejante  teoría.  Nosotros  no  co- 
nocemos en  el  parnaso  castellano  romances  de  tres  y  dos  octonarios,  como  los 
que  resultarían  con  frecuencia  de  la  pretendida  desmembración  métrica  del 
l'oema. 


II.      PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.    12:5 

tir  que  lejos  de  ser  todo  el  resto  del  poema  accesorio  como  se  pre- 
tende, hallamos  en  él  datos  positivos  deque  fueron  las  desgracias 
políticas  y  las  hazañas  béhcas  del  héroe  asunto  principalísimo  del 
poeta,  cual  lo  eran  ya  del  pueblo  castellano,  pudiendo  conside- 
rarse las  bodas  referidas  como  un  episodio  de  las  mismas;  epi- 
sodio muy  interesante  en  verdad,  así  por  los  hechos  que  abraza 
como  por  la  extensión  que  tiene  en  el  poema.  Convencerán  á 
nuestros  lectores  de  la  exactitud  de  este  aserto,  demás  del  exa- 
men que  hacemos  de  esta  producción,  los  siguientes  pasajes,  en 
que  declara  el  cantor  terminantemente  el  objeto  que  le  sirve  de 
norte.  El  verso  1095  dice: 

Aquis  'compieza  la  gesta  de  Mió  Cid,  el  de  Bibar. 

El  verso  5740: 

Estas  son  las  nuevas  de  Mió  Cid,  el  Campeador. 

El  primero  se  refiere  á  las  empresas  acometidas  y  llevadas  á 
cabo  por  el  Cid,  después  de  vencer  y  dar  libertad  al  conde  de  Bar- 
celona: el  segundo  cierra  todo  el  Poema,  narrada  ya  la  muerte 
del  héroe.  Si  pues  el  mismo  poeta  nos  dice  cuál  es  su  propósito 
¿por  qué  hemos  de  ponerlo  en  duda?...  No  la  hay  para  nosotros 
en  que  el  Poema,  compartido  en  varios  cantos  [cantares],  según 
después  notaremos,  tiene  por  asunto  la  última  parte  de  la  vida 
del  Campeador,  época  en  que  se  presenta  su  segundo  destierro 
como  ocasión  inmediata  de  sus  atrevidas  y  felices  empresas,  ex- 
cediendo por  tanto  los  límites  de  un  mero  cantar  de  gesta,  de- 
nominación aceptada  en  general  por  los  críticos  extranjeros  que 
han  examinado  últimamente  el  Poema,  pretendiendo  algunos  de- 
ducir de  ella  la  derivación  de  este  singular  monumento  de  extra- 
ñas literaturas  '. 


\  Rerailimos  á  nuestros  lectores  á  lo  dicho  respecto  de  metros  y  rimas 
en  el  cap.  XV,  pág.  290,  con  motivo  de  lo  expuesto  por  Mr.  Damás-Hinard 
en  orden  al  uso  de  la  palabra  gesta,  y  á  la  Ilustración  III. ^,  págs.  440  y  si- 
guientes del  tomo  II.  La  opinión  de  este  docto  crítico  ha  encontrado  notable 
apoyo  en  el  ya  citado  conde  Th.  Puymaigre,  quien  no  se  detiene  hasta  afir- 
mar, partiendo  de  esta  denominación,  común  á  todas  las  lenguas  neo-latinas, 
y  oponiéndose  a  lo  asentado  por  Mr.  E.  Baret,  en  su  estudio  sobre  el  Poema 


126  HISTORIA    crítica    üE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Graiulc  estudio  merece  la  cuestión  relativa  á  la  época  en  que 
este  monumento  fué  escrito.  Dos  son  las  opiniones  que  andan  más 
autorizadas,  tanto  entre  los  escritores  naturales  como  entre  los 
extranjeros:  inclínase  la  una  conforme  (l  la  -afortunada  iniciativa 
del  primer  editor,  don  Tomás  Antonio  Sánchez,  á  señalar  la  mi- 
tad del  siglo  XII  como  edad  en  que  el  Poema  se  compuso,  y  ade- 
lántase la  otra  á  dar  por  resuelto  que  no  pudo  esto  verificarse 
hasta  los  primeros  dias  del  XIIÍ.  Fundándose  aquellos  en  la  vene- 
rable rusticidad  de  la  lengua,  en  la  grande  inexperiencia  de  la 
metrificación  y  en  la  poca  ó  ninguna  fijeza  de  las  rimas,  dedu- 
cían, no  sin  fundamento  (conocida  la  época  de  Berceo,  poeta  en 
quien  lengua,  metro  y  rima  muestran  ya  notable  regularidad), 
que  debió  correr  entre  unas  y  otras  producciones  el  espacio  de 
medio  siglo. 

Entrándose  después  en  el  examen  histórico-crítico  del  Poema, 
vino  á  ser  puesto  en  el  año  1151,  no  faltando  quien  con  el  apoyo 
del  muy  citado  verso 

3735    Hoy  los  Reyes  de  Espanna  sos  parientes  son, 

haya  sustentado,  como  indicamos  arriba,  que  es  un  epitalamio, 

del  Cid  y  la  Clianson  de  Roland,  que  la  pretendida  influencia  francesa  reflejada 
en  el  expresado  monumento,  se  realiza  sin  la  intervención  del  Mediodía  (loco 
citato,  pág-.  173).  Dejemos  al  sabio  conde  y  al  diligente  investigador  referido 
ponerse  de  acuerdo  sobre  este  difícil  punto;  y  bástenos  declarar  entre  tanto  que 
ni  la  existencia  de  la  palabra  gesta  en  la  lengua  castellana,  ni  las  analogías  que 
parezcan  surgir  entre  la  Chanson  de  Roland  y  el  Poema  que  examinamos,  au- 
torizan en  buena  ley  de  crítica  á  dar  por  sentada  y  recibida,  respecto  de  dicho 
monumento,  esa  necesaria  y  ya  casi  fatal  influencia.  La  ¡dea  generadora  del 
Poema  de  Mió  Cid,  como  la  de  la  Leyenda,  ya  lo  hemos  indicado,  no  sólo  es 
esencialmente  española,  sino  que  aparece  contraria  á  toda  idea  y  sentimiento 
extraño  á  la  nacionalidad  representada  por  los  Alfonsos  y  Ramiros;  las  cos- 
tumbres que  refleja  son,  por  confesión  del  mismo  Damás-Hinard,  las  costum- 
bres españolas  del  siglo  XII;  el  carácter  del  principal  personaje  es  allamente 
castellano,  según  reconoce  el  entendido  conde  Th.  Puymaigre;  los  medios  ar- 
tísticos empleados  por  el  poeta  tienen  valor  y  significación  verdaderamente 
tradicionales  dentro  de  la  civilización  española:  ¿cómo  pues,  dados  todos  estos 
precedentes  y  reconocidos  todos  estos  hechos,  ha  de  bastar  el  simple  uso  de 
la  palabra  gesta,  propia  de  los  idiomas  neo-latinos,  para  concluir,  sin  más 
apelación,  que  «fue  inspirado  el  Poema  del  Cid  por  una  canción  de  gesta 
«francesa?...)) 


II.      PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    •127 

escrito  en  celebración  del  matrimonio  de  Blanca,  viznieta  del  Cid, 
con  don  Sancho  III  de  Castilla  *.  Sin  desconocer  abiertamente 
el  peso  de  todas  estas  razones,  no  las  tienen  por  decisivas  los  se- 
gundos; y  adelantándose  algunos  á  sentar  que  hubo  el  Poema  de 
escribirse  ya  en  1200,  ya  en  1207,  aseguran  que  no  se  ha  pre- 
sentado todavía  prueba  alguna  que  desvanezca  completamente  sus 
recelos  2. — Con  la  circunspección  que  punto  tan  debatido  exige, 


1  Los  principales  escritores  que  adoptan  la  opinión  de  Sánchez,  poniendo 
el  Poema  á  mediados  del  siglo  XII  ó  poco  después,  son  (que  nosotros  recor- 
demos), entre  los  españoles:  Moratin  {Orígenes  del  teatro  español,  nota  3): 
Campany  (Teatro  de  la  eloqiiencia  española,  sig-lo  II);  Marina  {Mem.  de  la  Real 
Academia  de  la  Historia,  tomo  IV,  pág.  34);  Quintana  (Introduce,  á  la  Co- 
lección de  poesías  selectas,  art.  I);  Duran  (prólogos  á  los  Romanceros);  Martínez 
déla  Rosa  {Anotaciones  á  su  Poética,  nota  dO);  Caveda  (Introducción  á  la 
Colección  de  poesías  asturianas);  Gil  y  Zarate  {Manual  de  literatura,  cap.  II); 
Pidal  (Introd.  al  Cancionero  de  Baena  y  Revista  de  Madrid,  agosto  de  1840). 
Entre  los  extranjeros:  Bouterweck  {Hi%t.  gen.  de  la  lit.  moder.,  trad.  cast.); 
Sismondi  {Hist.  de  lalitter.  dii  Midi,  tomo  IIÍ,  cap.  XXIII);  Schlogel  {Hist.  de 
la  liter.  ant.  y  moder.,  tomo  II,  cap.  II);  Menechet  {Cours  complet  de  litt.mo- 
derne,  tomo  I,  lecc.  Xi);  Conti  {Scelta  di  poesie  castigliane,  tomo  I,  pág.  XCIII); 
Hallam  {Hist.  de  la  litt.  d'Europe,  tomo  1,  cap.  1);  Duquesnel  {Hist.  des  lel- 
tres  au  moyen  age,  cap.  XVII);  Huber  {Crónica  del  Cid,  Introd.);  Clarus  {Li- 
teratura española  de  la  edad  inedia);  Wolf  {Anales  de  Yiena,  tomo  LVI,  pá- 
ginas 250  y  sigs.),  y  los  citados  Estudios  sobre  la  literatura  nacional  española 
y  portuguesa,  etc.  Debemos  advertir  aquí  que  la  última  opinión  indicada  en 
el  texto  ha  sido  expuesta  por  don  Fernando  José  Wolf,  seguida  por  Clarus, 
rebatida  por  Dozy  {Recherches,  pág.  643),  y  reproducida  por  el  mismo  Wolf 
en  sus  ya  mencionados  Estudios.  Aunque  no  adoptamos  esta  opinión,  paré- 
cenos  justo  consignar  que  está  expuesta  con  aquella  perspicuidad  y  discre- 
ción que  tanto  caracteriza  al  Bibliotecario  de  la  Imperial  de  Viena. 

2  El  número  de  los  que  ponen  el  Poema  de  Mió  Cid  en  el  siglo  XIII  es  más 
reducido:  entre  ellos  tienen  mayor  autoridad  Villemain  {Tableau  de  la  litt.  du 
moyen  age,  lecc.  XV)  y  Dozy  {loco  laúdalo).  El  último  opina  sin  embargo 
que  no  pasa  del  año  1207:  Ticknor  se  refiere  al  1200:  Du  Meril  se  inclina  ¿ 
lo  mismo,  poco  más  ó  menos  {Poesies  latines  etpopulaires,  Intrcd. ,  pág.  292) 
Otros  escritores  no  se  han  resuelto  á  fijar  la  antigüedad  de  esta  obra,  como 
sucede  al  docto  conde  Th.  de  Puymaigre,  que  pasa  por  esta  cuestión  como  so- 
bre ascuas,  bien  que  apuntando  las  diversas  opiniones  expuestas  sobre  la 
misma.  Puibusque  pareció  seguir  en  esto  {Hist.  comp.  des  lili,  espagn.  et 
frang.,  tomo  I,  cap.  II)  el  egemplo  de  Sarmiento  {Mem.  para  la  hist.  de  la 
poes.  españ.,  núm.  512).  Velazqaoz  no  tuvo  noticia  de  esta  producción.  Fio- 


128  HISTORIA    CRÍTICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÍSOLA. 

vamos  pues  á.  exponer  aquí  dos  observaciones  que  bastan  sin  duda 
á  resolver  esta  cuestión  de  un  modo  favorable  á  la  mayor  anti- 
güedad del  referido  monumento,  y  en  el  sentido  ya  indicado,  al 
tratar  de  la  Leyenda  de  (as  Mocedades  de  Rodrigo  ^ 

Estriba  la  primera  observación  en  el  pasaje  del  mismo  Poema, 
en  que  mencionando  á  los  magnates  convocados  por  el  rey  Al- 
fonso VI  á  las  cortes  de  Toledo,  se  dice  al  hablar  del  conde  don 
Ramón,  esposo  de  doña  Urraca: 

Aqueste  fué  padre  del  buen  Emperador. 


ranos,  escritor  muy  diligente  del  sigilo  pasado,  apuntó  la  inadmisible  idea  de 
que  era  debida  á  la  época  de  Fernando  III,  fundándose  en  un  hecho  equivo- 
cadamente interpretado  {Colee,  de  Florones,  Real  Academia  de  la  Historia, 
Est.  E.  15).  Pero  contra  esta  opinión  escribió  el  ya  citado  don  Tomás  An- 
tonio Sánchez  notable  Carta,  que  tenemos  a  la  vista  (todavía  inédita),  en 
que  apoyándose  en  el  ya  conocido  verso 

Hoy  los  reyes   de   Espanna  sos  parieutes  son, 

esfuerza  los  argumentos  antes  alegados,  para  poner  el  Poema  á  mediados  del 
siglo  XII,  observando  que  la  voz  parientes  significaba  entonces  comunmente 
padres,  del  párenles  latino  que  no  otra  cosa  determina.  «De  modo  (añade)  que 
))lo  que  el  poeta  dice  en  este  verso,  refiriéndose  á  las  hijas  de  Ruy  Diaz,  y 
))no  al  héroe,  es  que  los  reyes  de  España  eran  padres  de  aquellas».  La  ob- 
servación no  carece  en  realidad  de  peso,  porque  el  pasaje  del  Poema  no 
puede  estar  en  términos  más  precisos  y  positivos,  como  ha  reconocido  há 
poco  el  docto  Mr.  Damás-Hinard  {Introd.  au  Poéme  du  Cid,  pág.  XIV).  El 
poeta  exclama  lleno  de  gozo,  narrado  el  segundo  matrimonio  de  las  hijas 
del  Cid: 

Ved  quál  ondra  crece  |  al  qae  en   buen  ora   nació, 
Qnando  señoras  son  sus   fijas  |  de   Navarra  é  de  Aragón: 
3735     Hoy   los  reyes  de   Espanna  ]  sos   parientes  son!... 

Aunque,  como  indica  el  mismo  Sánchez,  sea  en  algún  modo  figurado  el  sen- 
tido de  la  frase  hoy  son,  es  indudable  que  no  puede  admitirse  la  suposición 
de  Florancs  en  orden  á  la  antigüedad  del  Poema,  ni  menos  que  sea  este  fruto 
de  un  Per  Abat,  chantre  de  Sevilla,  que  figura  entre  los  pobladores  de  aque- 
lla metrópoli,  llamados  por  Fernando  III  y  heredados  por  su  hijo  el  prin- 
cipe don  Alfonso  (el  Sabio).  Esta  indicación  se  enlaza  naturalmente  con  la 
cuestión  relativa  al  único  Ms.  antiguo  del  Poema,  llegado  á  nuestros  dias. 
Mas  pasemos  adelante,  reservándonos  tocar  dieho  punto  en  momento  más 
oportuno, 

i     Véasela  pág.  77,  nota. 


II.      PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.    129 

Parécenos  evidente  que  esto  sólo  pudo  decirse  en  época  en  que 
este  existia  ó  estaba  todavía  tan  reciente  su  fama  y  era  sobre 
todo  su  dignidad  tan  conocida  de  la  muchedumbre,  que  no  se  ha- 
bla menester  añadir  su  nombre,  para  que  todo  el  mundo  compren- 
diera que  se  trataba  de  Mfonso  YII  de  Castilla.  Muerto  este  en 
1157,  no  seria  descabellado  el  deducir,  atendiendo  sólo  á  esta  ra- 
cional premisa,  que  años  antes  ó  después  fué  escrito  y  recitado  el 
Poema. — Nace  la  segunda  observación  de  un  documento  coetá- 
neo, cuya  importancia  y  autenticidad  son  ya  estimadas  de  nues- 
tros lectores:  hablamos  del  poema  latino  de  la  Conquista  de  Al- 
mería, inserto  al  final  de  la  Crónica  de  Alfonso  VII  y  ya  exa- 
minado en  nuestra  I.^  Parte  ''.  En  este  monumento,  escrito  por 
persona  que  supo  y  oyó  de  los  que  las  vieron  las  cosas  relativas  al 
Emperador,  de  cuya  magnificencia  esperaba  largos  dones,  á  to- 
das horas  soücitados  2,  se  leen,  aludiendo  á  Alvar  Fañez,  primo 
de  Ruy  Diaz  de  Vivar,  los  siguientes  significativos  versos: 

Ipse  Rodericus,  mío  cid  semper  vocatus, 
De  quo  cantatur,  quod  ab  hostibushaud  superatur, 
Qui  domuit  Mauros,  comités  doinuit  quoque  iiostros, 
Hunc  extollebat,  se  laude  minore  ferebat. 

Ahora  bien:  siendo  este  el  documento  escrito  más  antiguo ,  en 
que  se  dá  al  Campeador  titulo  de  3Iio  Cid,  pues  que  según  vá 
repetidamente  advertido,  no  lo  lleva  todavía  ni  en  la  Gesta  Rode- 
rici  Campidocti,  ni  en  el  Cantar  latino,  en  lugar  oportuno  ana- 
lizados ^;  manifestándose  que  aquel  título  de  excelencia  se  halla 
formulado  en  lengua  vulgar,  lo  cual  quiso  sin  duda  dejar  consig- 
nado el  poeta,  no  solamente  usando  la  frase  característica  de  sem- 
per vocatus,  sino  presentando  después  el  mismo  nombre  ya  lati- 
nizado en  esta  forma: 

Sed  fateor  virum,  quod  tollet  nulla  áierum. 
Meo  Cidi  primws  fuit,  Alvarus  atque  secund?/*; 


i     Cap.  XIV,  pág.  220  y  siguientes. 

2  Decláralo  así  el  mismo  poeta,  diciendo: 

Dexlra  lahorantis  sperat  pia  dona  Tonanth, 
Et  Bellatoris  Uonum  petit   ómnibus  boris. 

3  Véase  el  cap.  XIV  de  la  I.^  Parte. 
TOMO    III. 


<30  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA55oLA. 

y  declarándose  que  el  mismo  debelador  de  Valencia  elogiaba  so- 
bre manera  ú,  Alvar  Fañez,  circunstancia  que  según  veremos  muy 
en  breve,  se  realiza  con  usura  en  el  Poema  de  Mió  Cid,  ¿serA 
aventurado  acaso  el  suponer  que  en  estos  versos  se  alude  á  di- 
cha producción,  en  donde  fic  canta  que  no  siendo  jamás  vencido, 
domó  el  Cid  á  los  moros  y  á  los  mismos  condes  rebeldes  de  Casti- 
lla?... Porque  si  no  se  alude  á  esta  obra,  en  que  se  cumplen  todas 
estas  singulares  y  privativas  condiciones  de  un  modo  tan  comple- 
to y  satisfactorio,  ¿á  qué  otra  pudo  referirse  el  poeta  latino,  la 
cual  estando  escrita  en  romance  vulgar,  las  llenara  de  igual 
suerte?... 

Nadie  sospechará  que  pudo  el  autor  del  Poema  de  Almeria  re- 
ferirse, ni  que  aludimos  nosotros  en  modo  alguno  á  la  Crónica 
rimada  ó  Leyenda  de  las  Mocedades,  habiéndose  ya  advertido 
de  propósito  que  sólo  es  en  ella  designado  el  héroe  con  el  nombre 
de  Rodrigo,  y  reparándose  además  en  que  ni  se  ha  mostrado  to- 
davía en  la  escena  el  generoso  Alvar  Fañez,  caudillo  castellano 
criado  en  la  escuela  del  Cid,  y  cuya  celebridad  daba  motivo  á  la 
feliz  conmemoración  del  cantor  de  Almeria,  que  ahora  nos  ilustra, 
ni  ha  podido  mencionarse  siquiera  en  la  Leyenda  la  conquista  de 
Valencia,  citada  en  el  mismo  documento  latino  de  esto  modo: 

Morte  Roderici  Valenlia  plangit  amic¿, 
Nec  valuit  Christi  fámulo  ca  plus  retinerf. 

Ninguna  duda  parecen  d(?jarnos  pues  estas  observaciones  de 
que  al  escribirse  el  de  Almeria  lo  estaba  ya,  y  era  cantado  ó  re- 
citado públicamente  un  poema  de  Mió  Cid,  título  de  excelencia 
con  que  es  siempre  el  héroe  apellidado  [semper  vocatus].  Y  como 
sabemos  positivamente  que  la  Chronica  Adefonsi  Imperaloris  se 
compuso  en  vida  de  este  principe  ^,  y  que  el  autor,  terminada  la 
narración  en  prosa,  que  alcanza  hasta  el  año  H47,  manifiesta  de 
un  modo  irrecusable,  que  iba  á  escribir  7?ra(?/m  famosa  Impera- 
loris (la  empresa  de  Almeria),  añadiendo  la  optación  de  que 

Óptima  Scriptori,  si  complacet  Imperatori, 
Reddantur  iura,  quod  scribat  bella  futura, 

i     Caps.  XIII  y  XIV,  págs.  183  y  219  y  sigruientcs. 


II.*  PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.     131 

lo  cual  demuestra  que  el  mismo  poema  latino  fué  también  com- 
puesto viviendo  el  Emperador,  no  es  sino  muy  natural  el  que, 
tenidas  muy  en  cuenta  todas  estas  relaciones  y  circunstancias, 
deduzcamos,  sin  ofensa  de  la  sana  crítica,  que  el  poema  de  Mió 
Cid,  cantado,  aplaudido  y  citado  antes  de  1 157,  es  el  monumento 
llegado  á  nuestros  dias  y  en  cuyo  estudio  nos  ocupamos.  Resulta 
indubitadamente  de  esta  conclusión,  que  fué  compuesto  el  Poema 
de  Mío  Cid  antes  también  del  expresado  año;  y  como  la  notabi- 
lísima circunstancia  ya  alegada,  de  verse  en  él  mencionado  el 
Emperador,  cual  soberano  existente  y  de  todos  conocido  (lo  cual 
es  más  digno  de  notarse,  al  recordar  que  su  abuelo  Alfonso  YI  ha- 
bla ostentado  el  mismo  título),  nos  lleva  con  igual  precisión  y 
naturalidad  á  idéntica  fecha,  mostrando  que  hubo  asimismo  de 
ser  compuesto  el  Poema  en  vida  de  Alfonso  VII,  tenemos  por  se- 
guro, históricamente  hablando,  que  no  puede  este  sacarse  de  me- 
diados del  siglo  XII,  en  que  la  tradición  de  las  formas  artísticas  y 
el  mismo  sentimiento  poético  lo  había  colocado  ' . 


1  Sobre  lo  observado  en  la  Ilustración  III.*  de  la  I.*  Parte,  al  tratar  de 
las  formas  artísticas  de  la  poesía  escrita,  llamamos  la  atención  de  los  lecto- 
res respecto  del  capítulo  V  del  presente  volumen,  donde  procuramos  estudiar 
con  el  detenimiento  que  merece  la  primera  trasformacion  erudita  de  la  poe- 
sía vulg-ar. — En  orden  á  la  manera  de  plantear  y  resolver  la  cuestión  relativa 
á  la  fecha  probable  del  Poema,  nos  complacemos  en  declarar  que  hemos  ha- 
llado con  verdadero  agrado  expuestas  por  Mr.  Damás-Hinard  varias  de  las 
razones,  en  que  nos  fundábamos  para  adoptar  la  opinión  de  Sánchez,  si  bien 
se  presta  el  docto  crítico  francés  á  dar  alguna  mayor  latitud  al  período  en 
que  hubo  de  componerse  el  referido  Poema,  admitiendo  la  probabilidad  de 
que  lo  fuera  antes  ó  después  de  la  muerte  de  Alfonso  Yll,  «dansle  temps  qui 
suivit  immediatement...,  et  oü  le  souvenir  de  ce  prince  était  encoré  present 
á  tous  les  exprits»  (loco  citato,  pág".  XIV).  Los  versos  de  la  introducción 
al  Poema  de  Almería  que  hemos  copiado,  no  consienten  sin  embargo  duda  al- 
guna respecto  de  la  existencia  del  Emperador,  cuando  aquel  se  escribe;  y  por 
tanto  no  puede  haberla  en  que  antes  de  H57  lo  estaba  el  Poema  de  Mió  Cid, 
tan  expresamente  mencionado  en  aquel  monumento  latino. — La  circunstancia 
de  salir  á  la  luz  pública  estos  estudios  después  de  la  obra  de  Mr.  Damás-Hi- 
nard les  quila  sin  duda  alguna  parte  de  su  novedad  (ya  que  tan  escaso  es  su 
mérito),  habiendo  tocado  este  escritor  con  tanto  acierto  varias  cuestiones  por 
nosotros  apuntadas.  Deber  es  nuestro  declarar  no  obstante  que  los  presentes 
capítulos  están  escritos  desde  1848,  habiendo  sido  consultados  Con  muy  res- 


í-32  mSTORIA   CRfTlCA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Ni  ?c  tema  que  este  raciocinio  sea  contrario  ¡1  cuanto  dejamos 
asentado  sobre  la  Crónica  rimada  ó  Leyenda  de  las  Mocedades^ 
cuya  prioridad  procuramos  comprobar  en  el  capítulo  precedente, 
colocándola  en  el  intermedio  que  ofrecen  el  Cantar  latino  y  el 
Poema.  Todas  las  observaciones  criticas  relativas  al  Cid  tradi- 
cional, nos  llevan  sin  violencia  hasta  la  época  de  la  muerte  del 
Cid  histórico,  ó  penetran  acaso  hasta  su  vida,  produciendo  en 
nosotros  el  convencimiento  de  que  apoderada  desde  luego  la  poe- 
sía popular  de  su  nombre,  y  conlraponióndole,  en  la  forma  y  con 
la  fuerza  que  dejamos  notado,  á  las  ideas  y  á  los  hechos  que  ofen- 
dían el  sentimiento  nacional,  aumentó  con  maravillosa  rapidez 
las  atléticas  proporciones  del  héroe,  trasmitiéndole  al  segundo  ter- 
cio del  siglo  XII  con  las  dimensiones  de  un  coloso.  Tal  comienza 
á  mostrarse  la  noble  y  simpática,  aunque  áspera,  figura  del  Ro- 
drigo de  la  Leyenda,  cobrando  su  fisonomia  nuevos  y  más  bri- 
llantes resplandores  en  la  venerable  de  Mió  Cid,  celebrado  en  el 
Poema. 

Consideraciones  son  estas  de  no  escaso  valor  crítico,  que  sin 
esfuerzo  nos  movieron  á  fijar  nuestras  miradas,  quilatadas  las 
circunstancias  históricas  ya  expuestas,  en  la  condición  del  perso- 
naje que  pudo  ser  autor  de  este  celebrado  monumento.  Inspirado, 
como  notamos  arriba,  por  la  nación  entera,  reflejo  del  sentimiento 
meramente  popular,  háse  apuntado  si  pudo  ser  compuesto  el  Poe- 
ma de  Mió  Cid  algún  tiempo  después  de  su  muerte  por  dos  pajes 
ó  escuderos  del  mismo  héroe;  y  teniendo  en  cuenta  esta  indicación, 
decíamos  al  realizar  estos  estudios:  «Hemos  visto,  al  examiimr  los 
«críticos  que  han  tratado  del  Poema  del  Cid,  que  sin  "desechar 
»ni  rebatir  absolutamente  esta  opinión,  le'dan  poca  importancia. 
wSin  pretender  que  nuestro  dictamen  sea  decisivo,  creemos  que 

potables  literatos,  entre  quienes  viven  todavia  afortunadamente  los  señores 
Hartzenbusch  y  Ferrer  del  Rio,  y  leídos  en  ISoo  á  SS.  MM.  en  el  Real  Sitio 
del  Escorial,  donde  nos  honraron  también,  oyéndolos  bcnig-namente,  los  se- 
ñores don  Pedro  de  Madrazo,  don  Fermín  Gonzalo  Morón,  don  José  de  la  Re- 
villa, don  Antonio  Gil  de  Zarate,  don  Tomás  del  Corral  y  Oña,  don  Ramón 
Leandro  Malats,  don  José  Gutiérrez  de  la  Vega  y  otras  personas  no  menos 
distinguidas,  que  durante  el  verano  del  expresado  año  frecuentaban  nuestro 
estudio  en  el  Real  Monasterio  de  San  Lorenzo. 


II.*   PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA  POES.    CAST.    133 

))b¡eii  pudieron  ser  autores  del  Poema  algunos  de  los  más  alle- 
))gados  servidores  del  héroe.  Esta  conjetura,  á  que  dá  consis- 
))tencia  el  espíritu  que  reina  en  toda  la  obra,  parece  robustecerse 
«en  gran  manera,  cuando  se  observa  que  casi  siempre  que  se 
«nombra  al  Cid  se  le  antepone  el  pronombre  posesivo  mió,  cosa 
wque  no  sucede  con  los  demás  personajes,  ni  se  vé  repetida  en 
«otros  poemas  de  la  época.  La  palabra  OV/ significa  señor:  de  modo 
«que  cada  vez  que  se  dice  en  el  poema  J//o  Cid,  equivaleá  7??í  5e- 
«/ior,  pareciendo  natural  por  tanto  que  quien  llama  siempre  señor 
«suyo  al  héroe  de  Vivar,  fuera  en  efecto  su  vasallo.  Á  esto  se  dirá 
«que  el  Poema  se  escribió  medio  siglo  después  de  la  muerte  de 
«Ruy  Diaz,  por  donde  no  pudo  ser  fruto  de  sus  parciales  ó  servi- 
«dores.  Los  pajes  del  Cid  no  debían  ser  por  cierto  de  edad  muy 
«probecta;  antes  al  contrario,  bien  jóvenes:  por  lo  cual  no  essu- 
«posicion  aventurada  la  de  creer  que  cuarenta  años  después  de 
«la  muerte  del  Cid,  pudiera  alguno  de  aquellos  escribir  el  Po^i?ia. 
«El  héroe  de  Yivar  murió  en  1109:  añadiendo  á  esta  fecha  cua- 
«renta  años,  resultada  que  la  obra  de  que  hablamos,  pudo  cora- 
«ponerse  en  1149,  es  decir,  á  mediados  del  siglo  XJI»  '. 

No  hay  para  qué  observar  que  no  expusimos  esta  opinión  de  un 
modo  definitivo,  limitándonos  á  tomar  en  cuenta  una  indicación 
que  en  suma  no  carecía  de  verosimilitud,  reconocidas,  no  ya  la 
admiración  que  respecto  del  héroe  se  manifiesta  á  cada  paso  en 
el  Poema,  sino  el  amor  y  la  adhesión  que  animan  constantemente 
al  poeta  hacia  todo  lo  que  al  Cid  pertenece.  Y  sin  embargo,  dada 
la  hipótesi,  es  fuerza  reconocer  que  produce  el  mismo  resultado 
obtenido  de  las  observaciones  críticas  ya  expuestas,  en  orden  á 
la  antigüedad  del  Poema,  fijando  su  composición  antes  de  la 
muerte  de  Alfonso  YII  ^.  Ni  son  tampoco  indiferentes  respecto 


\  Estudios  hisí.,  polit.  y  lil.  sobre  los  judíos  de  España,  Ensayo  II,  ca- 
pítulo I. 

2  Tomando  en  consideración  el  erudito  conde  Th.  de  Puymaigre  estas  in- 
dicaciones, se  ha  servido  honrarlas  con  dos  objeciones,  que  nos  parecen 
muy  dignas  de  atención.  Estriba  la  primara  en  la  observación  de  que  si  es 
la  lengua  en  el  Poema  del  Cid  mucho  más  antigua  que  en  las  obras  de  Ber- 
cco,  parece  mucho  más  moderna  que  la  empleada  en  el  Fuero  de  Aviles, 


134  HISTORIA   CRITICA    DE   LA   LITERATURA   ESPAÑOLA. 

de  la  condición  del  autor  las  indicaciones  nacidas  del  titulo  dado 
constantemente  ¡1  Ruy  Diaz  de  Vivar,  bien  que  tampoco  es  lícito 


cuya  fecha  es  de  I  loo:  consiste  la  segunda  en  notar  que  si  el  Poema  del 
Cid  hubiera  sido  escrito  por  uno  de  los  servidores  de  Ruy  Diaz,  no  aparece- 
ría con  tanta  frecuencia  en  desacuerdo  con  la  verdad  histórica  (loco  cilato, 
pág.  176).  A  la  primera  objeción  cúmplenos  contestar:  í."  Que  si  bien  el 
lenguaje  chaneillcrcsco  señala  de  una  manera  indirecta,  y  como  notamos  al 
tratar  de  los  orígenes  y  formación  de  las  hablas  romances,  los  progresos  que 
van  estas  haciendo  hasta  merecer  título  de  idiomas,  no  puede  tomarse  co- 
mo norma  segura  de  su  estado,  principalmente  en  una  época  en  que  la 
chancilleria  se  resisto  á  recibir  como  lengua  oficial  los  expresados  romances, 
apegada  al  bárbaro  latin  que  le  servia  de  instrumento.  2.°  Que  precediendo 
en  todos  los  pueblos  al  cultivo  de  la  prosa  el  de  la  poesía,  pues  como  dice 
el  Marqués  de  Sanlillana,  «el  metro  fué  antes  en  tiempo  que  la  soluta  prosa» 
{Carla  al  Condestable  de  Portugal,  núm.  IV),  no  es  maravilla,  y  antes  sí  un 
hecho  natural  y  constante,  que  el  lenguaje  poético  se  pule  y  perfecciona  pri- 
mero que  el  prosaico,  por  lo  cual,  concedida  la  espontaneidad  del  lenguaje 
cancelario  en  el  Fuero  de  Aviles,  nunca  podría  ser  comparado  con  el  que 
ostenta  el  Poema  del  Cid,  dada  sin  embargo  su  rusticidad  y  aspereza. — 
En  orden  á  la  segunda  objeción,  parécenos  bien  advertir:  1.°  Que  si  no  con- 
ciertan en  todos  los  hechos  la  Gesta  Roderici  Campidocti,  citada  al  propósito 
por  el  distinguido  Puymaigre,  y  el  Poema  del  Cid,  existen  virtualmcnte  entre 
ambos  monumentos  más  relaciones  de  las  que  supuso  el  docto  Huber,  según 
irán  viendo  los  lectores.  2.°  Que  abundan  en  el  último  las  alusiones  y  rasgos 
relativos  á  los  países  recorridos  por  Ruy  Diaz,  en  tal  manera,  que  sólo  ha- 
biéndole seguido  era  posible,  según  oportunamente  consignamos,  dar  tantos 
y  tan  curiosos  pormenores.  3.°  Que  ese  desacuerdo  entre  lo  que  se  cree  ser 
la  verdad  (avec  ce  quí  semble  étre  la  véritc)  y  lo  narrado  en  el  Poema,  no 
es  obstáculo  ni  á  su  antigüedad,  ni  á  la  hipótesi  de  que  fuera  el  autor  uno  de 
los  servidores  del  Cid:  á  su  antigüedad,  no,  porque  como  el  mismo  conde  ob- 
serva alinadísimamente,«on  ne  doit  du reste  pass'étonner  que  si  pende  temps 
apres  sa  mort,  le  Campeador  ait  été  ainsi  trasformé»  (Id.,  pág.  178):  á  que 
fuera  escrito  el  Poema  por  uno  de  los  criados  de  Ruy  Diaz,  no,  porque  tras- 
formado  ya  el  héroe,  ó  mejor  diciendo,  idealizado  por  el  amor  del  pueblo 
castellano,  no  era  lícito  ni  posible  siquiera  que  concebida  la  idea  del  Poema, 
osara  nadie,  y  menos  uno  de  los  admiradores  del  Cid,  menoscabar  su  gran- 
deza, contradiciendo  lo  que  todos  creían,  y  rebajando  lo  que  ensalzaban. 
Llevado  paos  de  la  universal  corriente,  viendo  y  sintiendo  las  cosas  como 
las  veía  y  sentía  el  pueblo  castellano,  pudo  uno  de  los  pajes  del  héroe  de 
Vivar  cantar  las  populares  hazañas  de  Afio  Cid  á  los  cuarenta  años  de  su 
muerte.  Pero  ya  indicamos  en  el  texto  que  ni  en  nuestros  Estudios  sobre  los 
judíos  ni  en  este  lugar  damos  á  estas  observaciones  valor  decisivo. 


II.*   PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON,    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.    135 

atribuirles  valor  excesivo.  Como  quiera,  estas  observaciones,  que 
procuraremos  adelante  enlazar  con  otras  relativas  á  la  localidad 
en  que  hubo  de  ser  compuesto  el  monumento  que  examinamos, 
recibirán  sin  duda  no  poca  luz  de  la  exposición  y  juicio  literario 
del  mismo. 

Pasando  pues  al  examen  de  esta  obra,  tantas  veces  juzgada 
durante  el  último  siglo,  comenzaremos  advirtiendo  que,  aun  falta 
del  principio  *,  se  abre  la  narración  con  el  segundo  destierro  del 
héroe,  reconcentrándose  todo  el  interés  en  esta  desgracia  y  en 
las  arriesgadas  empresas  que  lleva  Mió  Cid  á  cabo,  para  conde- 
nación y  vergüenza  de  sus  enemigos.  Lanzado  de  sus  hogares  por 
el  enojo  del  rey  don  Alfonso  ^,  abandona  ya  en  edad  avanzada. 


\  Alg^unos  escritores  sospechan  que  puede  ser  muy  considerable  esta  falta 
del  Poema,  comprendiendo  alguna  otra  de  las  épocas  de  la  vida  del  héroe, 
por  lo  cual  han  llegado  a  designarlo  con  el  título  de  fragmento.  Bien  cree- 
mos nosotros  (y  aun  juzgamos  haberlo  demostrado)  que  todas  las  épocas  de 
la  vida  del  Cid  fueron  solemnizadas  por  la  poesía;  pero  ni  la  extruclura  del 
Poema  dá  lugar  á  que  se  admita  esta  suposición,  ni  la  forma  del  códice  ori- 
ginal, que  hemos  examinado  en  diferentes  ocasiones,  consiente  la  de  que  se 
tengan  por  jierdidas  muchas  fojas.  Floranes  apunta  no  obstante  la  idea  de 
que  el  Poema  debía  estar  escrito  en  dos  diferentes  volúmenes,  habiendo  lle- 
gado á  nosotros  sólo  el  segundo  (loco  citato).  Adelante  añadiremos  algunas 
indicaciones  sobre  la  extensión  probable  del  Poema  y  sobre  el  mismo  Ms. 

2     La  causa  del  destierro  (y  por  tanto  del  enojo  del  rey)  es  referida  po 
Martin  Antolinez  á  los  judies  Rachel  y  Yidas  del  siguiente  modo: 

El    Campeador  por  las  parias  fué  entrado, 
lio     Grandes  aueres    priso  é  muchos  sobeianos; 
Retobo   dellos  quanto   que  fué   algo: 
Poren  vino  á  nquesto,  porque  fuú  acusado. 

Lo  que  no  parece  fácil  averiguar  es  si  entró  el  Cid  en  tierra  de  moros  á  cobrar 
las  parias  de  sus  propios  tributarios  ó  de  los  tributarios  del  rey.  En  el  último 
caso  algún  fundamento  tenia  el  destierro;  pero  no  debió  ser  tanto  algo  lo  que 
retuviera,  cuando  á  los  pocos  dias  se  vio  forzado  cá  someterse  á  la  usura  judai- 
ca.— La  Gesta  Roderici  atribuye  la  causa  del  primer  destierro  del  Campeador 
á  la  rica  presa  hecha  en  el  reino  de  Toledo,  donde  «inter  viros  et  mulleres 
numero  VII  millia,  omnesque  substantias  et  divitias  eis  [sarracenis]  viriliter 
abstulit,  secumque  in  domum  suam  attftlit»  (Ed.  de  Risco,  pág.  XIX).  Al  se- 
gundo destierro,  que  tuvo  por  resultado  la  confiscación  de  los  bienes  del  Cid 
y  la  prisión  de  su  mujer  é  hijos,  dio  ocasión  la  no  llegada  á  tiempo  de  Ruy 
Diaz,  cuando  fué  llamado  por  don  Alfonso  contra  Yuzeph,  príncipe  de  lus 


136  rnSTORIA   CRÍTICA   DE  LA    LITER ATORA    ESPAÑOLA. 

el  heredailo  castillo  de  Vivar,  donde  reemplazan  el  luto  y  la 
desolación  la  habitual  alegria  que  en  él  reinaba,  anunciando  las 
puertas  abiertas,  las  perchas  vacias,  y  las  falconeras  sin  azores 
mudados  el  gran  desastre  que  aflige  al  señor  de  la  fortaleza. 
Copiosas  lágrimas  inundaban  las  mejillas  del  héroe,  al  volver  la 
vista  para  contemplar  por  última  vez  aquellos  lugares:  dirigién- 
dose á  Burgos,  seguido  de  sesenta  pendones,  es  recibido  no  sin 
llanto  por  los  habitantes  de  esta  ciudad,  quienes  puestos  á  sus 
ventanas,  exclaman  al  verle  salir  desterrado: 

20    Dios!  qué  buen  vasalo,  j  si  oviese  buen  señor!! 

Magnífica  pincelada,  que  revela  y  compendia  al  mismo  tiempo 
el  pensamiento  de  todo  el  Poema. — Con  honda  sorpresa  y  amar- 
gura sabe  el  Campeador  que  había  mandado  el  rey  don  Alfonso: 

almorávides  (\'^éase  el  tomo  II,  pag  178),  siendo  acusado  de  malo  y  traidor, 
y  como  tal  duramente  castigado  (Ed.  de  Risco,  pág.  XXIX).  Naciendo  en 
uno  y  otro  caso  la  ira  de  don  Alfonso  de  las  pérfidas  acusaciones  de  los  áu- 
licos (maiores  curiae),  que  envidiaban  el  valor  y  la  prosperidad  del  Cid 
(sibi  in  ómnibus  invidentes),  no  hallamos  contradicción  en  que  el  autor  del 
Poema  confundiese  en  un  solo  motivo  las  causas  de  ambos  destierros,  ex- 
presando dpsde  los  primeros  versos  el  convencimiento  que  abrigaban  Mió  Cid 
y  los  suyos  de  que  eran  víctimas  de  las  malas  artes  palaciegas. — Así  excla- 
ma, al  salir  de  Vivar: 

Esto  me  han    buelto  |  míos  enemigos  malos. 

Doña  Jimena  le  dice  al  recibirle  en  Cárdena: 

Por  malos  mestureros  |  de  tierra  sodes  echado. 

Y  lo  mismo  hallamos  en  boca  do  los  demás  personajes  del  Poema. — Estas 
indicaciones  nos  sugieren  una  observación  de  importancia,  respecto  de  la  ex- 
tensión que  debió  tener  tan  peregrino  monumento.  Si  el  poeta  expuso  como 
causa  del  destierro  de  I\Iio  Cid  por  él  cantado,  que  es  el  segundo  de  los  pa- 
decidos por  el  héroe,  la  entrada  hecha,  en  tierra  de  moros,  y  si  fué  realmente 
dicha  entrada  motivo  del  primer  destierro,  ó  es  necesario  suponer  que  trocó 
enteramente  los  frenos,  ó  lo  que  parece  más  natural,  que  reuniendo  todas 
las  causas  de  la  ojeriza  áulica,  según  hemos  indicado,  comenzara  su  obra  en 
el  momento  en  que  Mió  Cid  recibe  los  airados  mándalos  del  rey  don  Alfon- 
so, y  se  prepara  á  salir  del  castillo  de  Vivar,  cuna  de  sus  mayores.  En  tal 
caso  pierden  todo  su  valor  las  hipótesis  de  nuestros  eruditos,  arriba  apun- 
tadas. 


•II.*  PARTE,  CAP.  III.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  137 

25    Que  á  Mió  Cid,  Ruy¡Dia_z,  |  que  nadi  nol'diessen  posada,. 
É  aquel  que  gela  diesse^l  sopiese,  vera  palabra, 
Que  perderle  los  averes  1  é  mas  los  oíos  de  la  cara, 
É  aun  demás  los  cuerpos  |  é  las  almas. 

Todos  los  moradores  de  Burgos,  aunque  llenos  de  dolor  por  la 
desgracia  de  Ruy  Diaz,  le  cierran  las  puertas  de  sus  casas,  no 
atreviéndose  ni  aun  á  disculpar  aquel  proceder,  por  no  incurrir 
en  la  saña  del  soberano.  ¡Tan  grande  comenzaba  á  ser  ya  y  tan 
respetada  la  autoridad  de  los  reyes!...  Sólo  una  niña  de  nueve 
años  se  atreve  á  dirigirle  la  palabra,  en  estos  términos: 

40    Una  niña  de  nuef  años  |  á  oio  se  paraba: 

Ya,  Campeador,  ]  en  buen  hora  cinxieste  espada, 

El  rey  lo  ha  vedado,  |  á  noch  del  entró  su  carta 

Con  gran  recabdo  |  é  fuertemientre  sellada: 

Non  vos  osariemos  |  abrir  nin  coger  por  nada. 
45    Si  non,  perdiéremos  los  averes  é  las  casas 

É  [aun]  demás  los  [cuerpos]  |  é  los  oíos  de  las  caras. 

Cid,  en  el  nuestro  mal  ]  vos  non  ganadesnada; 

Mas  el  Criador  vos  vala  ¡  con  (todas)  sus  virtudes  sánelas. 

Comprendiendo  el  Cid  por  esta  relación  todo  el  enojo  de  don 
Alfonso,  resuelve  abandonar  el  territorio  de  Castilla  en  el  plazo 
que  se  le  habia  fijado;  pero  la  prohibición  dictada  por  el  rey,  no 
sólo  era  relativa  al  hospedaje,  sino  que  se  extendía  también  á 
prevenir  que  no  se  vendiese  en  Burgos  á  Ruy  Diaz  vianda  (con- 
ducho) alguna.  Esta  inaudita  manera  de  perseguir  que  pone  de 
relieve  por  una  parte  la  fiereza  de  aquellos  tiempos  y  por  otra  la 
saña  del  monarca  y  de  sus  áulicos,  fué  causa  sin  embargo  de  que 
encontrara  Mío  Cid  nuevos  ayudadores  y  amigos  *.  Martin  An- 

1  Son  muy  notables  estas  circunstancias  d»  rigor:  la  ley  11.^  del  tít.  IV 
del  Fuero  viejo  de  la  tierra  estaba  concebida  en  estos  términos:  ((Esto  es 
))fuero  de  Castiella:  que  quando  el  rrey  echa  alguna  rico-ome  de  la  tierra  al' 
))á  dar  treinta  días  de  placo  por  fuere)  et  apríís  nueve  dias,  et  aprtís  tercer  dia. 
»Et  deuel'  dar  un  cauallo.  Et  todos  los  ricos-ornes  que  fincan  en  la  tierra, 
))déuenle  dar  sendos  cauallos.»  Cualesquiera  que  sean  las  alteraciones  intro- 
ducidas después  en  la  redacción  del  Fuero  viejo,  parece  prudente  suponer  que 
su  espíritu  imperaba  ya  en  Castilla,  por  lo  ni*enos  en  el  siglo  XII;  dcducién- 
>  dos8  de  aquí  la   dureza  con  que  el  poeta  supone  tratado  al  Cid  por  el  rey 


Í38  HISTOKIA    CIÜTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

lolinez,  sobriuo  del  héroe,  teniendo  en  poco  la  ojeriza  de  la  cor- 
te, resuelve  suministrarle  vituallas  para  él  y  para  los  suyos,  in- 
corporándose con  ellos  en  el  arenal  (glcra)  de  Arlanzon,  donde 
pasaron  la  primera  noche  del  terrible  plazo. -Lleno  de  entusiasmo 
y  noticioso  por  el  mismo  Uiiy  Diaz  de  su  falla  aljsolutade  medios, 
so  ofrece  después  á  depositar  en  manos  de  Rachel  y  do  Vidas,  lo- 
greros judios  de  Rúrg'os,  dos  arcas  llenas  de  arena,  á  fin  de  pro- 
veerse con  este  ardid  del  dinero  necesario  para  desalojar  el  suelo 
de  Castilla.  La  palabra  empeñada  de  Mió  Cid  y  la  astucia  de 
Antolinez  son  los  fiadores  de  aquel  peregrino  empréstito,  reca- 
bando de  los  judios  seiscientos  marcos  de  plata  y  de  oro  '. 

Hecho  esto,  emprende  Ruy  Diaz  su  forzado  viaje,  dirigiéndose 
á  San  Pedro  de  Cárdena,  donde  moraban  su  mujer  y  sus  hijas, 
y  llega  á  aquel  monasterio  al  amanecer  del  siguiente  dia,  hora 
en  que  Jimena,  acompañada  de  sus  dueñas,  elevaba  al  cielo  fer- 
vientes votos  por  la  salud  de  Mió  Cid.  La  entrevista  de  los  esposos 
en  tal  momento  y  en  situación  tan  critica  no  puede  por  cierto 
ser  más  poética,  mostrando  al  par  el  respeto  profundo  con  que 
las  mujeres  de  Castilla  veian  á  sus  maridos  en  una  época  en  que, 
como  dejamos  indicado  antes  de  ahora,  el  sentimiento  puro  y  apa- 
cible del  amor  no  se  habia  convertido  aun  en  falaz  galantería  ^. 

don  Alfonso,  quien  no  reparó  en  quebranlar  los  fueros  de  la  tierra  para  cas- 
ligar  al  que  equivocadamente  juzgaba  malo  y  traidor.  Este  injusto  rigor  ro- 
deaba al  Cid  de  cierta  aureola  popular,  que  purificándole  de  toda  culpa,  le 
presentaba  como  víctima  de  la  perfidia  de  la  corle  y  déla  tiranía  del  mo- 
narca. De  observar  es  que  en  el  primer  destierro  del  Cid,  según  nota  Ber- 
ganza  en  sns  Antigüedades  de  España  (lib.  V,  cap.  XV),  fué  realmente  some- 
tido el  hcroe  al  Fuero  de  León,  que  sólo  concedia  á  los  desterrados  nueve 
días  para  desalojar  el  reino;  y  reparando  en  que  el  autor  del  Poema  señala  al 
segundo  este  plazo  fatal,  viene  a  cobrar  nueva  fuerza  la  observación  arriba 
formulada  respecto  de  la  extensión  del  mismo. 

1  El  ya  citado  conde  Th.  de  Puymaigre  califica  este  singular  empréstito 
de  «expediente  digno  de  Guzman  de  Alfarache»  (loco  cilato,  pág.  184).  La 
calificación,  sobre  dura,  nos  parece  injusta  é  injuriosa  para  el  héroe  caste- 
llano, cuya  palabra  valia  más  que  los  seiscientos  marcos  de  plata  y  de  oro 
recibidos  de  los  judios  burgalesas.  Al  tratar  de  los  caracteres  del  Poema, 
estudio  interesante  á  que  consagramos  parte  del  siguiente  capítulo,  torna- 
remos á  tocar  este  punto. 

2  Véase  la  Ilustración  V.^  de  la  1.*  Parle  y  el  capítulo  siguiente,  donde 


11.*    PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.    Í39 

Afevos  doña  Ximena  ]  con  sus  fijas  do  vá  legando; 

Sennas  dueñas  las  traen,  |  é  aducenlas  adelante, 

Antel  Campeador  doña  Ximena  j  fincó  los  hinoios  amos; 
265    Loraba  de  los  oíos,  |  quiso!'  besar  las  manos: 

— ((Merced,  Campeador,  |  en  ora  buena  faestes  nado; 

Por  malos  mestureros  |  de  tierra  sodes  echado: 

Merced  ya,  [Mió]  Cid,  |  barba  tanto  complida: 

Féme  ante  vos  yo  é  [las]  vuestras  fijas; 

Infantes  son  [amas]  j  é[assaz]de  dias  chicas. 
270    Con  aquestas  mis  duennas,  |  de  quien  só  yo  servida, 

Ya  lo  veo  que  estades  |  vos  [Mío  Cid]  en  ida 

É  nos  de  vos  partirnos  j  hemos  en  vida. 

Dadnos  conseio  por  amor  de  Sancta  Maria.» 

Endino  las  manos  ]  en  la  barba  bellida; 
273    Á  las  sus  fijas  en  brazos  |  las  prendía, 

Llególas  al  corazón,  |  cá  mucho  las  queria, 

Lora  de  los  oios,  |  tan  fuertemientre  sospira: 

— ((Ya,  doña  Ximena,  [  la  mi  mugier  tan  complida, 

Como  á  la  mi  alma,  |  yo  tanto  vos  queria: 
280    Ya  lo  vedes  que  partirnos  1  tenemos  en  vida: 

Yo  iré  é  vos  fincaredes  |  remanida. 

Plega  á  Dios  [Padre]  |  é  á  Sancta  Maria 

Que  aun  con  mis  manos  1  case  estas  mis  fijas. 

En  este  cuadro  apacible  y  patético,  bosquejado  con  una  senci- 
llez digna  de  Homero  y  lleno  de  verdad  y  de  belleza,  aparecen  al 
par  el  padre  y  el  esposo,  dividiendo  su  generoso  corazón  entre 
sus  tiernas  hijas  y  la  virtuosa  compañera  de  sus  infortunios.  No 
pueden  ser  más  frescas  y  felices  las  pinceladas,  con  que  se  halla 
trazada  esta  escena,  desapareciendo  en  ciertos  rasgos  la  rudeza 
del  lenguaje  bajo  la  verdad  de  la  expresión  y  la  naturalidad  enér- 
gica del  colorido. 

Cunde  mientras  tanto  la  fama  del  destierro  de  Mió  Cid,  é  hi- 
dalgos y  pecheros  corren  á  engrosar  sus  mesnadas,  dando  esto 
quizá  motivo  á  que  los  mandatos  del  rey  sean  de  cada  vez  más 
terribles  y  apremiantes.  Tres  dias  restaban  al  Campeador  para  sa-< 
lir  de  Castilla,  cuando  sabe  que  si  es  habido  en  los  dominios  de 
don  Alfonso,  expirado  el  plazo  de  los  seis, 

procuramos  poner  de  relieve  el  carácter  de  Jimena,  que  es  en  suma  el  de  la 
mujer  histórica  de  Castilla  durante  los  siglos  XI  y  XII. 


140  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

31 1     Por  oro  nin  por  plata  |  non  podrie  escapar. 
Dispuesta  por  tanto  la  partida  para  ila  madrugada  siguiente, 
oida  la  misa  de  la  Santa  Trinidad  por  todos  sus  guerreros,  é  in- 
vocada por  Jimena  la  protección  divina  en. devota  plegaria,  imi- 
tada adelante  por  casi  todos  los  i>oelas  castellanos  ^,  Mió  Cid  des- 
pídese de  su  esposa  y  de  sus  hijas,  que  deja  encomendadas  á  la 
solicitud  del  abad  don  Sancho,  en  estos  términos: 
370    El  Cid  á  dona  Ximcna  |  y  bala  abrazar: 
Doña  Ximena  al  Cid  |  la  manol'  va  besar, 
Lorando  de  los  oios  |  que  non  sabe  que  se  far; 
É  él  á  las  niñas  |  tórnalas  á  catar: 

— ))Á  Dios  vos  acomiendo,  fijas,  1  é  la  mugier  al  Padre  Spirilual. 
37o    Agora  nos  partimos,  |  Dios  sabe  el  aiuntar.» 
Lorando  de  los  oios,  |  que  non  viestes  atal, 
Assis'  parten  unos  d'  otros  |  como  la  unna  de  la  carne. 
Esta  despedida  que  recuerda  la  tan  aplaudida  de  Héctor  y  An- 
drómaca  ^,  es  digna  del  gran  caudillo  que  iba  á  conquistar  en  su 
destierro  tan  inmarcesibles  laureles.  Por  donde  quiera  que  Mío 
Cid  vá  pasando,  aumentan  nuevas  lanzas  su  pequeña  hueste,  cui- 
dando el  abad  don  Sancho  de  dirigirle  los  caballeros  que  vienen 
en  su  busca.  Llegado  á  la  Figucruela,  pueblo  asentado  en  los 
confines  de  Castilla,  reposa  allí  breves  instantes  con  los  suyos, 

l     La  referida  oración  comienza: 

Ya,  Señor  glorioso,  |  Padre  <]oe  en   cielo   estás, 
Fcciste  cielo   é  tierra,  el  tercero  el  mar,  etc. 

Más  adelante  reconoceremos  la  tradición  de  esta  pleg-aria  en  los  poemas 
eruditos.  El  docto  Mr.  Damás-Hinard,  en  las  Notas  históricas  y  literarias,  con 
que  ¡lustra  su  traducción  del  Poema  del  Cid,  firme  en  su  empeño  de  hallar 
analogías  entre  este  y  los  poemas  franceses,  recuerda  dos  plegarias,  mucho 
más  breves,  de  la  Chanson  de  Roland,  inspiradas  por  el  mismo  espíritu.  Pero 
esto  no  puede  en  verdad  maravillarnos,  refiriéndose  á  una  misma  época  y  á 
pueblos  animados  de  una  misma  creencia,  fuente  no  agotada  de  análogos  sen- 
timientos y  aun  de  muy  parecidas  costumbres.  No  otra  cosa  sucede  también 
con  otros  muchos  pasajes  del  Poema,  donde  la  perspicuidad  de  tan  sabio  es* 
critor  halla  con  frecuencia  analogías  y  semejanzas,  que  le  sirven  de  funda- 
mento á  la  teoría  de  una  influencia  activa  y  directa  que  abarca  en  suma  toda 
nuestra  civilización,  lo  cual  no  puede  ya  admitirse  de  buen  grado. 

2  Quintana,  Iiitrod.  á  la  Colección  de  Poesías  selectas  castellanas.  Otra 
despedida  hallaremos  después,  en  que  hay  sin  duda  mayor  analogía. 


II.     PARTE,    CAP.    m.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.   U\ 

apareciéndosele  en  sueños  el  arcángel  Gabriel,  para  anunciarle 
entera  bienandanza: 

4i0    Cavalgad,  [Mió]  Cid,  |  el  buen  Campeador, 

Ca  nunqua  en  tan  buen  punto  |  cavalgó  varón: 
Mientra  que  visquieredes,  |  bien  se  fará  lo  tó. 

Satisfecho  Ruy  Diaz  y  alentado  por  semejante  aparición,  un- 
ción única  que  dá  la  primitiva  poesía  española  á  los  héroes  que 
idealiza  *,  llega  el  último  dia  del  terrible  plazo  á  la  sierra  de  Mie- 


l  Véase  lo  observado  en  el  capítulo  anterior  sobre  la  aparición  de  San 
Lázaro  (pág.  94).  Debemos  sin  embarg'o  añadir,  que  entre  las  calificaciones 
que  en  el  Poema  se  hacen  del  héroe  de  Vivar,  presentándole  como  tipo  de  per- 
fección, de  valentía  y  de  virtud,  y  ora  apellidándole  el  lidiador,  ora  el  caboso, 
el  contado,  el  leal,  etc.,  llama  nuestra  atención  la  muy  frecuente  formulada 
en  las  frases  el  que  en  buen  ora  nasció,  qiú  en  buen  ora  cinxió  espada,  el  de  la 
buena  auce,  etc.  Llévanos  esta  observación  á  ver  comprobada  la  doctrina  que 
antes  de  ahora  hemos  expuesto  sobre  la  forma  en  que  se  trasmiten  y  propa- 
gan á  la  edad  media  los  ag^üeros  y  supersticiones  de  la  antigüedad  gentíli- 
ca (Véase  el  cap.  X  de  la  I.''  Parte);  siendo  por  cierto  muy  curioso  el  sor- 
prender en  una  sociedad,  cristiana  por  excelencia,  esos  restos  vivientes  de 
paganismo,  á  pesar  de  los  no  interrumpidos  esfuerzos  de  la  Iglesia  para  extir- 
parlos. Así  en  el  Poema,  de  que  vamos  tratando,  no  puede  menos  de  causar- 
nos cierta  admiración  el  descubrir  desde  los  primeros  versos  esa  influencia 
perniciosa,  leyéndose: 

11     A  la  exida  de  Vivar  |  ovieron  la  corneia  diestra, 
E  entrando  á  Burgos  |  ovieron   ia  siniestra; 

influencia,  que  si  bien  no  altera  en  nada  las  creencias  religiosas  del  héroe, 
ni  su  carácter,  no  poniendo  tampoco  obstáculo  alguno  en  la  marcha  del 
Poema,  es  recibida  por  el  autor,  quien  apenas  deja  dar  paso  al  Cid,  sin  que  le 
sigan  sus  buenas  aves;  y  mientras  le  presenta  confiado  siempre  en  el  favor 
divino,  revelado  por  boca  de  Gabriel  y  teniendo  parte  en  Dios,  le  hace  con- 
sultar los  agüeros,  como  pudiera  verificarlo  un  héroe  griego  ó  romano.  Al 
narrar  las  bodas  de  los  infantes  de  Carrion  con  doña  Sol  y  doña  Elvira, 
dice  por  egemplo: 

2624     Violo  en  los  aüeros,  ]  el  que  en  buen  ora  cinxió  espada. 
Que  estos  casamientos  |  non   serien  sin  alguna  tacha,  etc. 

Pero  debemos  repetirlo:  estas  preocupaciones,  enérgicamente  combatidas 
por  San  Isidoro  y  condenadas  después  con  igual  tesón  por  la  Iglesia  (Véase 


Ili  niSTORI.V   CRÍTICA   DE   La    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

dos,  donde  hace  alarde  de  su  hueste,  compuesta  de  trescientas 
lanzas,  con  las  cuales  pasa  de  noche  aípiellas  ásperas  fraguras, 
hallándose  al  amanecer  fuera  del  territorio  castellano  y  en  el 
centro  de  una  montaña  maravillosa  é  (jraml.  Dá  allí  algún  rer 
fresco  á  sus  guerreros;  y  encaminándose  en  la  siguiente  noche 
hacia  Castrejon  (Casteion),  fortaleza  puesta  sobre  el  llenares 
(Penares),  se  apodera  de  ella  al  apuntar  el  dia;  mientras  Alvar 
Fafiez  de  Mi  naya,  su  primo,  lleva  el  terror  de  sus  armas  hasta 
las  puertas  de  Alcalá,  volviendo  á  Mió  Cid  cargado  de  ricos  des- 
pojos. Distribuido  el  botin  del  campo  y  la  presa  de  la  fortaleza, 
vende  el  héroe  la  quinta  parte  que  le  corresponde,  á  fin  de  aten- 
der al  mantenimiento  de  los  suyos  y  determina  abandonar  el  cas- 
tillo, para  evitar  nuevos  choques  con  el  rey  don  Alfonso:  hé  aquí 
cómo  habla  á  sus  guerreros  con  este  propósito: 

540    Cerca  es  el  rey  Alfonso  (  é  buscarnos  verná: 


o4o    Crás  á  la  mañana  |  pensemos  de  cavalgar: 

Con  Alfonso,  mió  Señor,  j  non  querría  lidiar. 


Con  las  bendiciones  de  los  habitantes  de  Castrejon,  se  dirige 
Mío  Cid  sobre  Alcocer,  castillo  puesto  á  orillas  del  Jalón  (Salón); 
y  sentando  sus  reales,  le  combate  por  el  espacio  de  quince  se- 
manas, hasta  apoderarse  de  él  por  medio  de  una  ingeniosa  estra- 
tagema. Llegada  la  fama  de  sus  victorias  á  Valencia,  sale  el  rey 
moro  Ferriz  á  la  cabeza  de  numeroso  ejército,  y  ayudado  de 
otros  dos  reyes  subditos  suyos,  contra  Alcocer,  juzgando  fácil 
empresa  apoderarse  de  Ruy  Diaz  y  de  sus  gentes.  Cercados  ya  los 
castellanos  por  los  sarracenos,  aconseja  Minaya  á  Mió  Cid  que 
asalte  el  campo  enemigo,  lo  cual  verifican  con  tan  recio  ímpetu 
y  buena  fortuna  que  desbaratadas  las  haces  musulmanas  y  ater- 
rados los  reyes  Gal  ve  y  Ferriz,  abandonan  el  campo  de  batalla, 
huyendo  sin  concierto,  y  durando  el  alcance  hasta  las  puertas  de 


cap.  XIV  de  la  I.*  Parle),  si  dan  algún  color  exterior  á  la  cultura  española, 
y  por  tanto  á  la  poesía,  no  ofenden  fundamentalmente  á  una  ni  á  otra,  al- 
canzando sí,  á  darnos  testimonio  de  la  grande  influencia  de  la  civilización 
del  antiguo  mundo,  en  los  tiempos  modernos. 


II.*   PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.    143 

Calatayud,  donde  logran  salvarse  los  más  corredores.  Grande  fué 
el  despojo  de  esta  batalla,  cuya  descripción  se  hace  en  el  Poema 
con  breves  rasgos  y  enérgicas  pinceladas,  de  que  pueden  dar 
muestra  las  siguientes,  que  forman  dos  bellos  cuadros: 

Embrazan  los  escudos  ]  delant  los  corazones: 
Abaxan  las  lanzas  j  apuestas  de  los  pendones, 
72o     Enclinaron  las  caras  |  desuso  de  los  arzones; 
Ybanlos  ferir  I  de  fuertes  corazones. 


Vieredes  tantas  lanzas  |  premer  é  alzar 
735    Tanta  adarga  |  aforadar  é  pasar: 
Tanta  loriga  falsa  desmanchar: 
Tantos  pendones  blancos  |  salir  bermeios  en  sangre: 
Tantos  buenos  cavallos  I  sin  sos  duennos  andar. 

Deseando  el  héroe  desterrado  dar  á  su  rey  una  prueba  de  fi- 
delidad y  de  amor,  le  envía  con  Alvar  Fañez  de  Minaya  un  pre- 
sente de  treinta  caballos  de  los  ciento  que  le  habían  cabido  en 
suerte,  hablando  así  al  primero  de  sus  capitanes,  al  encomendar- 
le esta  empresa: 

Oyd,  Minaya  [Alvar  Fañez]:  |  sodes  mió  diestro  brazo: 

Daquesta  riqueza  |  que  el  Criador  nos  ha  dado 
820    Á  vuestra  guisa  |  prended  con  vuestra  mano. 

Embiar  vos  quiero  ¡  á  Castiella  con  mandado: 

Desta  batalla  [  que  hemos  arrancado, 

Al  rey  Alfonso  |  que  me  ha  ayrado, 

Quierol'  embiar  ]  en  don  treinta  cavallos; 
823    Todos  consiellas  |  é  muy  bien  enfrenados: 

Sennas  espadas  |  de  los  arzones  colgados. 

Dixo  Minaya  Alvar  Fañez:  |  Esto  faré  yo  de  grado. 

Al  mismo  tiempo  paga  Mió  Cid  el  tributo  de  bido  á  la  piedad  y 
á  la  creencia:  Alvar  Fañez  de  Minaya  lleva  encargo  de  mandar 
decir  mil  misas  en  Santa  María  de  Burgos,  rasgo  que  basta  para 
pintar  los  piadosos  sentimientos  y  las  venerables  costumbres  de 
aquellos  esforzados  campeones.  Movido  el  rey  don  Alfonso  por 
tan  insigne  prueba  de  respeto,  ya  que  no  le  vuelve  al  seno  de  su 
familia,  como  parecía  aconsejar  la  justicia,  consiente  al  menos  en 
que  sigan  libremente  los  pendones  de  Ruy  Díaz  de  Yívar  cuantos 
buenos  é  valientes  aspiraban  á  pelear  á  su  lado.  La  presentación 
de  Minaya  en  la  corte  de  Castilla  y  la  respuesta  del  rey  don  Al- 


144  RTSTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÍSOLA. 

fonso  forman  uno  de  los  pasajes  más  dignos  de  sor  conocidos  por 
nuestros  lectores: 

880    Treinta  cavallos  |  al  rey  los  empresentaba: 

Viólos  el  rey,  |  fermoso  soiirrisaba: 

—¿Quién  los  dio  estos,  |  si  vos  vala  Dios,  Minaya?... 

— Mió  Cid  Ruy  Diaz,  |  qui  en  buen  liora  cinxó  espada: 

Venció  dos  reyes  de  moros  |  en  aquesta  batalla: 
885    Sobeiana  es,  Señor,  |  la  su  ganancia, 

Á  vos,  rey  ondrado,  |  embia  esta  prcsentaia: 

Bcíavos  los  pies  |  é  [assy]  las  manos  amas: 

Quel'  avades  merced,  |  si  el  Criador  vos  vala: 

Dixo  el  rey  [don  Alfon]:  ]  Muclio  es  mannana. 

Y  añade,  sin  embargo,  después  de  esta  delicada  negativa,  ver- 
daderamente dramática: 

De  todo  mió  regno,  |  los  que  lo  quisieren  far, 
900    Buenos  é  valientes,  |  pora  Mió  Cid  liuvyar, 

Suéltoles  los  cuerpos  |  é  quitóles  las  heredades. 

Minaya  vuelve  á  Ruy  Diaz  con  doscientos  caballeros  y  multi- 
tud de  peones  (peonadas),  siendo  recibido  por  su  primo  con  la 
mayor  ternura: 

927    Quando  V  vio  Mió  Cid  |  asomar  á  Minaya, 
El  cavallo  corriendo,  |  válo  abrazar  sin  falla: 
Besol'  la  boca  |  é  los  oios  de  la  cara. 

¡Bello  y  característico  rasgo  de  costumbres!  ^  Ilabia  el  Cid 
entre  tanto  vendido  y  abandonado  el  castillo  de  Alcocer,  no  sin 
lágrimas  de  sus  moradores,  distribuyendo  el  precio  entre  sus 
soldados  y  poniendo  después  en  tributo  á  Daroca,  Molina  y  Te- 
ruel, desde  Monreal,  donde  habia  fijado  su  campo.  Pero  au- 


1  Para  que  pueda  apreciarse  dignamente  esta  pincelada  de  las  costum- 
bres castellanas  en  los  siglos  XI  y  XII,  citaremos  el  saludo  hecho  por  Aben- 
galvon,  según  costumbre  mahometana,  á  Minaya  en  su  ciudad  de  Molina,  al 
llegar  aquel  con  la  muger  y  las  hijas  del  Cid: 

1525     Quando   legó  Abengalvon  |  dont  á  oiol'  ha, 
Soiirrisándose  de  la  boca,  ]  ybulo  abrazar: 
Eq  el  hombro   lo  saluda,  |  cu   tal  es  sa   nsaie. 

Mío  Cid,  como  cristiano,  no  besaba  en  el  hombro,  sino  en  la  boca  y  en  los 
ojos. 


II.     PARTE,    CAP.    m.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    Í4S 

mentada  ya  su  hueste  con  los  caballeros  y  peones,  traídos  por 
Minaya,  movióse  á  emprender  nuevas  correrlas,  internándose 
en  las  tierras  de  Montalvan  y  de  Huesca  y  poniendo  en  conster- 
nación á  toda  aquella  parte  de  la  morisma.  Llegaron  también  es- 
tas nuevas  á  Raymundo  III,  conde  de  Barcelona,  aliado  á  la  sa- 
zón de  los  sarracenos,  y  revolviendo  en  su  pecho  el  enojo  de  pa- 
sadas injurias,  allegó  rápidamente  sus  huestes  (poderes),  salien- 
do en  busca  del  Cid  y  alcanzándole  en  el  pinar  de  Tébar,  donde 
le  dirigió  un  mensaje  de  desafio,  al  cual  replicó  el  castellano,  es- 
quivando el  combate,  en  esta  forma: 

995    —Digades  al  conde  |  non  lo  tenga  á  mal. 

De  lo  so  non  llevo  nada,  (  dexein'  yr  en  paz. 
Repuso  el  conde:— Esto  non  será  verdad: 
Lo  de  antes  é  lo  de  agora  ¡  todom'  lo  pechará: 
Sabrá  el  salido  1  á  quien  vino  desondrar  '. 


1  Al  examinar  la  Gesta  Roderici  Campidocíi,  llamamos  la  atención  de  los 
lectores  sobre  la  carta  de  desafio  dirigida  al  héroe  de  Vivar  por  el  conde  de 
Barcelona  (tomo  11,  pág'.  179),  y  parécenos  ahora  oportuno  momento  para 
notar  que  si  bien  creemos  con  el  docto  Huber  que  ni  el  autor  de  la  Gesta 
conoció  el  Poema  ni  el  del  Poema  la  Gesta,  fundándonos  principalmente  en  la 
prioridad  que  en  la  obra  histórica  hemos  reconocido,  no  por  eso  debe  dedu- 
cirse que  no  hay  con  frecuencia  verdadera  conformidad  entre  los  hechos  que 
narra  la  una  y  canta  el  otro.  Huber  manifiesta,  limitándonos  ahora  al  pre- 
sente pasaje,  que  «en  el  Poema  el  conde  de  Barcelona  queda  prisionero  del  Cid 
Msólo  una  vez,  y  no  dos  como  en  la  Historian  (Inlrod.  á  la  Chronica  del  Cid, 
pág.  XLIl).  El  hecho  es  realmente  cierto;  pero  sobre  no  poder  realizarse  de 
otro  modo,  pues  que  en  el  Poema  no  se  comprende  la  primera  batalla,  en 
que  fué  preso  Berenguer  (Almenara),  comenzando  su  acción  con  el  segundo 
destierro,  se  hace  al  parecer  mención  de  esta  primera  desgracia  del  conde, 
poniendo  como  han  visto  los  lectores,  en  su  propia  boca: 

Lo   de  antes  é  lo  de  agora  ]  todo  in'  lo  pechará,  ele. 

En  cuanto  á  las  cartas,  el  autor  del  Poema  es  tan  excesivamente  sobrio  que 
se  contenta  con  decir: 

983     Del  conde  don  Reinont  [venido    1'  es  mensaie: 
Mío   Cid  qanndo  lo  oió  |  einbió  pora  allá,  etc. 

La  narración  de  la  Gesta  aparece  por  tanto  mucho  más  dramática  é  intere- 
sante, y  sin  embargo  es  más  popular  el  espíritu  que  resalta  en  el  Poema:  al 
calificar  al  conde  de  Barcelona,  el  poeta  dice: 

El  conde   es  muy  folon  ]  et  dixo  una  vanidnt,  etc. 
TOMO  Id.  10 


146  HISTORIA   CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAPÍOLA. 

Enojado  al  cabo  Ruy  Díaz  por  la  obstinación  del  conde,  pre- 
séntale la  batalla,  en  que  es  Rayinundo  (don  Remont)  vencido, 
cíiyeudo  en  poder  do  un  enemigo  indiscretamente  provocado,  y 
entregándole,  como  trofeo  de  la  victoria,  la.  célebre  colada  que 
valia  más  de  mil  marcos  de  plata.  Pero  el  caudillo  castellano, 
que  no  sabia  abusar  de  la  victoria,  procura  después  agasajar  á  su 
prisionoro,  preparándole  un  abundante  banquete  (cocina):  despe- 
chado don  Rayinundo  de  su  derrota,  niégase  en  cambio  á  tomar 
todo  género  de  manjares,  detestando  una  vida  que  juzgaba  ya 
vilipendiada: 

i 026    El  conde  don  Remont  I  non  gclo  precia  nada. 

Adúcenle  los  comeres,  |  delante  gelos  paraban: 

Él  non  quiere  comer,  |  á  todos  los  sosanaba: 

— «Non  combré  un  bocado  |  por  quanto  ha  en  toda  España: 
1030    Antes  perderé  el  cuerpo,  |  é  dexaré  el  alma; 

Pues  que  tales  malcalzados  |  me«rencieron  de  batalla.» 

Á  tan  extraña  resolución  contesta  el  generoso  Mió  Cid,  di- 
ciéndole> 

— Comed,  conde,  deste  pan  |  é  bebed  deste  vino  ': 
Si  lo  que  digo  ficieredes,  j  saldredes  de  cativo; 
1033    Si  non,  en  todos  vuestros  dias  |  non  veredes  cristianismo. 

Tres  fueron  sin  embargo  necesarios  para  vencer  la  tenacidad 


No  se  olvide  que  el  conde  y  s\is  catalanes  eran  designados  en  la  España 
Central  con  el  título  de  francos,  que  llevaban  comunmente  los  franceses.  Así 
decia  el  mismo  autor  del  Poema,  al  acercarse  ambas  huestes: 

1019     Vieron   la  cuesta  ^uso  |  la  fuerza  de  los  francos,  etc. 

i  Recuérdese  lo  ya  observado  respecto  de  esta  peregrina  costumbre,  re- 
velada en  la  Leyenda  (pág.  94).  La  oferta  del  pan  y  del  vino,  una  vez  acep- 
tada, constituía  cierta  especie  de  sacramento,  que  obligaba  estrechamente  á 
entrambas  partes,  como  servia  de  lazo  indisoluble  entre  los  que  acometian, 
tras  esta  suerte  de  pacto,  cualquiera  empresa.  Mió  Cid  ofrecía  por  tanto  al 
conde  de  Barcelona  su  amistad  del  modo  más  solemne  y  sincero,  rasgo  no- 
tabilísimo de  carácter  y  pincelada  vigorosa  de  aquellas  costumbres,  que  tanta 
sencillez  y  encanto  nos  revelan  en  cada  línea  del  Poema. — Lástima  es  que  el 
docto  Damás-Hínard,  que  tanta  y  tan  selecta  erudición  ha  sabido  emplear  en 
sus  curiosísimas  Notas  al  Poema  del  Cid,  no  haya  fijado  su  vista  en  esta  sin- 
gular costumbre. 


II.   PARTE,  CAP.  III.  Pimi.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  147 

del  conde,  quien  instado  vivamente  por  Ruy  Diaz,  cedió  por  últi- 
mo al  deseo  de  recobrar  su  libertad,  comiendo  de  tan  buen  gra- 
do que,  satisfecho  Mió  Cid,  le  entregó  al  punto  tres  palafrenes, 
para  que  acompañado  de  dos  caballeros,  vasallos  suyos,  se  pusie- 
ra luego  en  camino  la  vuelta  de  su  estado.  Ni  omitió  el  castella- 
no todo  linaje  de  atenciones  con  Raymundo;  y  para  más  honrar- 
le, salia  á  despedirle  gran  trecho,  manifestándole  que  no  le  obli- 
gaba con  aquella  conducta  á  desistir  de  la  venganza  de  su  venci- 
miento. No  creyéndose  libre  todavía  del  poder  de  Mió  Cid, 

1085    Aguijaba  el  conde  |  é  pensaba  de  andar; 
Tornando  vá  la  cabeza,  |  é  catandos'  atrás: 
Miedo  yba  aviendo  |  que  Mió  Cid  se  repintrá; 
Lo  que  no  ferie  el  Gaboso  |  por  quanto  en  el  mundo  ha. 

En  estos  breves  rasgos  están  bosquejados  los  dos  caracteres  de 
Raymundo  y  de  Mió  Cid,  tales  como  los  concibió  Castilla  en  el  si- 
glo XII. — -Desembarazado  el  héroe  de  estos  obstáculos,  lleva  sus 
victoriosos  pendones  al  Mediodía  de  aquellas  comarcas,  apoderan-' 
dose  de  Burriana,  Xerica  y  Murviedro,  donde  le  asedian  los  rao- 
ros,  que  son  á  poco  derrotados,  dejando  el  campo  de  batalla 
sembrado  de  despojos  y  de  cadáveres,  entre  los  cuales  se  cuentan 
dos  reyes  tributarios  del  de  Yalencia.  El  terror  que  se  habia  der- 
ramado por  aquellos  contornos,  sube  de  punto  con  esta  gloriosa 
jornada,  cayendo  en  manos  de  Mió  Cid  las  más  importantes  for- 
talezas: con  esto  pudo  pensar  ya  holgadamente  en  la  conquista 
de  Yalencia,  cuyos  fértiles  campos  y  apacibles  huertas  taló  y  que- 
mó por  el  espacio  de  tres  años,  reduciendo  á  sus  moradores  al 
último  extremo,  según  narra  el  poeta  en  estos  breves  rasgos: 

1183    Ñin  dá  conseio  padre  |  á  fijo  nin  fijo  á  padre: 
Nin  amigo  á  amigo  [  nos'  pueden  consolar. 
Mala  cuenta  es,  Señores,  |  aver  mengua  de  pan; 
Fijos  é  mugieres  |  verlos  morir  de  fambre: 
Delant  veyen  so  duelo,  |  non  se  pueden  huviar. 

Cercada  por  último  la  ciudad  de  Valencia,  es  entrada  al  cabo 
de  nueve  meses  por  los  soldados  de  Mió  Cid,  quienes  se  ven  col- 
mados de  riquezas  en  cambio  de  sus  pasadas  fatigas: 

1222    Los  que  fueron  de  pié  ]  cavalleros  se  facen. 


Í48  HISTORIA    CRtTICA   DE   LA   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Mas  no  bien  habian  empezado  á,  disfrutar  de  tantos  bienes, 
cuando  el  rey  de  Sevilla  se  ofrece  con  poderoso  ej(3rcito  á  resca- 
tar aquella  ciudad  celebrada,  dando  nuevo  pábulo  á  la  bravura  de 
los  castellanos  y  aumentando  el  botin,  de  que  ya  gozaban,  con 
sus  preseas  y  las  de  sus  capitanes.  La  primera  atención  de  Mió 
Cid,  después  de  esta  batalla,  en  que  entró  con  solos  tres  mil  seis- 
cientos liombres,  obteniendo  innumerables  despojos  de  todos  gé- 
neros, fué  satisfacer  la  deuda  que  su  lealtad  y  su  cariño  habian 
contraído  con  el  rey  don  Alfonso:  cien  caballos  ricamente  guar- 
necidos, presentados  al  monarca  por  Alvar  Fañez  de  Minaya,  die- 
ron ti  la  corte  de  Castilla  aviso  de  las  inauditas  proezas  de  Ruy 
Diaz  y  de  la  conquista  de  Valencia,  y  despertaron  la  admiración  y 
el  entusiasmo  en  la  alborozada  muchedumbre,  mientras  avivaron 
el  odio  que  los  cortesanos  abrigaban  contra  Mió  Cid  desde  sus  pri- 
meras hazañas. 

Vencido  don  Alfonso  de  la  generosidad  de  tal  vasallo  y  pagado 
de  tan  peregrina  y  sublime  lealtad,  le  restituye  al  cabo  sus  bienes 
y  concede  á,  Alvar  Fañez  de  Minaya  permiso  para  conducir  á  Va- 
lencia la  esposa  y  las  hijas  del  héroe,  entradas  ya  estas  en  la  flor 
de  la  juventud.  Tributándoles  cuantas  consideraciones  exigian  por 
su  sangre  y  por  su  estado,  ejecuta  aquel  experto  capitán  los  man- 
datos del  rey  de  Castilla,  sacando  del  monasterio  de  Cárdena  á 
tan  ilustres  damas,  y  dirigiéndose  con  ellas  á  la  ciudad  arranca- 
da por  la  espada  de  Mió  Cid  al  poderlo  de  la  morisma.  Honradas 
en  el  tránsito  ya  de  cristianos,  ya  de  moros,  recogen  doña  Jimena 
y  sus  hijas  cuantas  muestras  de  respeto  eran  debidas  al  esclare- 
cido nombre  de  Ruy  Diaz;  y  al  acercarse  á  los  muros  de  Valencia, 
seguidas  de  doscientos  caballeros  que  habia  enviado  el  lííroe  para 
su  cortejo  *,  son  recibidas  por  el  clero,  á  cuya  cabeza  aparece  el 
obispo  don  Gerónimo,  elevado  por  Mió  Cid  á  la  nueva  silla  de 
aquella  ciudad  2;  cabalgando  el  Campeador  en  Babieca,  fogoso 


i  Es  de  nolarsc  que  ciento  de  estos  caballeros  eran  cristianos  y  los  otros 
ciento  moros,  enviados  por  Aben  Galvon,  régulo  de  Molina,  amig^o  y  tribu- 
tario de  Mío  Cid,  para  honrar  á  su  mujer  y  sus  hijas  (vers.  <469  á  1473). 

2  Era  este  prelado  natural  de  Perig^ueux  (Pelrag-orica);  le  habia  traído  á 
España  el  arzobispo  don  bernardo,  quien  muerto  el  Cid  y  abandonada  Valen- 


II.   PARTE,  CAP.  III.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  149 

corcel,  ganado  recientemente  ',  y  haciendo  en  su  edad  avanzada 
gala  de  juvenil  bizarría.  jTan  extraordinario  era  el  placer  que 
inundaba  su  corazón,  al  acariciar  la  idea  de  que  iba  luego  á  es- 
trechar en  sus  brazos  las  prendas  de  su  amor  y  de  su  ternura! 

1370    Alegre  fué  Mío  Cid,  |  que  nunqua  más  nin  tanto. 


Quando  1' vio  doña  Ximena,  |  á  pies  se  le  echaba: 
«Merced,  Campeador,  [  en  buen  hora  cinxiestes  espada? 
Sacada  me  avedes  I  de  muchas  vergüenzas  malas. 


Gía,  le  hizo  obispo  de  Zamora  (El  Arzobispo  don  Rodrig:o,  Eeb.Hisp.  Chron., 
lib.  VI,  cap.  XXVI;  Mariana,  Hist.  gen.  de  Esp.,  lib.  X,  cap.  III). 

i  Es  notable  esta,  circunstancia,  porque  en  la  Crónica  rimada  ó  Leyenda 
de  las  Mocedades  se  hace  mención  del  caballo  Babieca,  si  bien  sospechamos 
que  sea  en  ñola  muy  posterior  á  la  redacción  de  la  misma.  Los  versos  993  y 
994  dicen: 

En  el  tendal  don  Rriiy  Días  |  cavalga  (aprie.c.n)  en  el  su  cauall": 
(Bavjeca),  el  escado  ante  pechos,  |  el  pendón  en   la  mano. 

Si,  como  pensamos,  estos  versos,  que  son  el  primero  octonario  y  el  segun- 
do pentámetro,  debieron  leerse: 

En  el  tendal  don   Rruy  Días  |  cavalga  en  el  sa  cauallu; 
El  escudo  ante   pechos,  |  el  pendón   en  la    mano. 

no  quedará  duda  de  que  las  voces  apriesa  y  Bavjeca  que  ponemos  entre  pa- 
réntesis, son  apostillas  ó  g-losas  posteriores,  debidas  á  la  gran  popularidad  al- 
canzada ya  por  el  Poema.  Pero  si  no  fuera  así,  y  formasen  parte  del  verso, 
vendría  esta  coincidencia  á  dar  nuevo  valor  á  las  razones  que  expusimos  para 
probar  la  prioridad  de  la.  Leyenda.  En  el  Poema  cabalga  Mió  Cid  por  la  pri- 
mera vez,  en  Babieca,  cuando  sale  á  recibir  á  sus  hijos: 

jóSt     E  aduxiésenic  á  B.ibicca,  |  poco    avie  quel'   ganara; 

Aun    no  sabie  Mió   Cid,  |  el  que  en  buen  ora  cinxó  espada. 
Si  serie  corredor  |  ó   si  avrie  buena  parada. 


.    Ensiénilanle   á  Babieca,  ]  cuberturas   le  echaban; 
Mío  Cid    salió   sobrél,  ]  é  armas  de  fuste  tomaba: 
1595     Vistiós'   el  sobregonel,  |  luenga  trae   la  barba; 
Fiso   una   corrida;  |  esta  fué   tan   estranna. 
Por  nombre   el  cauallo  [  Babieca  caualga, 
Quando  ovo  corrido,  |  todos  se  marauillauan. 
Des'  día  se  preció  Babieca  |  en  quan   grant  fué  España. 

Dado  á  conocer  ya  Babieca  por  el  Poema  en  ocasión  tan  solemne,  no  era 
posible  que,  á  escribirse  después  la  Leyenda  ó  Crónica  rimada,  le  pusiera  el 
autor  en  la  expedición  contra  Francia,  que  corresponde  á  la  juventud  de 
Rodrigo. 


450  HISTOniA    CRJtICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

1605    Afeme  aqui.  Señor,  |  yo  é  vuestras  fijas  amas: 

Con  Dios  é  convusco  |  buenas  son  é  criadas.» 

A  la  madre  é  las  fijas  |  bien  las  abrazaba: 

Del  gozo  que  avien  |  do  los  sos  oios  loraban. 

Tras  escena,  descrita  con  tanta  sencillez,  y  mientras  celebra- 
ban sus  guerreros  aquel  feliz  suceso, 

1610    Armas  teniendo  é  tablados  quebrantando  ', 

procura  el  Cid  que  gocen  su  mujer  y  sus  hijas  del  espectáculo 
sorprendente  que  presentaban  la  ciudad  de  Valencia  y  sus  alre- 
dedores, sometidos  al  dominio  de  su  valeroso  brazo: 

Madre  é  fijas  |  las  manos  le  besaban: 

Á  tan  gran  ondra  |  ellas  á  Valencia  entraban. 

Adelinó  Mió  Cid  |  con  ellas  al  alcázar. 

Alá  las  subíe  |  en  el  más  alto  logar. 
1620    Oíos  volidos  |  catan  á  todas  partes: 

Miran  Valencia  (  como  yace  la  cibdad: 

É  del'  otra  parte  |  á  oio  han  el  mar. 

Miran  la  huerta;  (  espesa  es  é  grant: 

Alznn  las  manos  |  pora  Dios  rogar. 

No  bien  habian  terminado  las  fiestas  y  torneos  en  celebración 
de  la  llegada  de  .limeña  y  de  sus  hijas,  cuando  sabedor  el  Cid  de 
que  Yuzeph  (Yucef),  rey  de  Marruecos,  desembarca  en  aquellas 
costas  á  la  cabeza  de  un  ejército  de  cincuenta  mil  combatientes, 
exclama  lleno  de  gozo  y  seguro  de  la  victoria: 

Grado  al  Criador  |  y  al  Padre  Espiritual, 
Todo  el  bien  que  yo  he  |  todo  lo  tengo  delant. 
Con  afán  gané  á  Valencia  [  6  hela  por  heredal: 
A  m'^nos  de  muerto,  |  non  la  puedo  dexar. 


1  Estas  costumbres  lograban  durante  el  siglo  XII  grande  aplauso:  la 
CltroiUca  de  Alfonso  VII,  coetánea  del  Poema,  narrando  las  bodas  de  García  de 
Navarra  y  de  Urraca  de  Castilla  [1 143],  dice:  «Hispaniae  delccti...  equos  cal- 
caribus  currere  cogentes,  ¡uxta  morem  patriae,  proiectis  haslilibus  instructa 
tabula,  adostcndendam  tam  suam  quam  cquorum  paritor  artem  et  virtuleni, 
percutiebant»  (Núm.  XXXVII).  En  el  Potma  se  repite  igual  espectáculo,  al 
celebrarse  en  Valencia  las  bodas  de  doña  Sol  y  doña  Elvira,  como  después 
indicaremos,  y  lo  mismo  sucede  respecto  de  los  que  se  escriben  durante  el  si- 
glo XIII,  al  describir  las  mayores  solemnidades  en  ellos  narradas. 


II.      PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.      131 
1645    Grado  al  Criador  |  é  á  Santa  María  Madre; 
Mis  fijas  é  mi  mugier  |  que  las  tengo  acá: 
Venidom'  es  (feligio  |  de  tierras  d'  allent  mar: 
Entraré  en  las  armas,  |  nonio  podré  dexar: 
Mis  fijas  é  mi  mugier  |  verme  han  de  lidiar. 

Coa  este  propósito  les  manda  subir  á  la  torre  más  elevada  del 
alcázar,  y  sorprendida  Jiraena  á  vista  de  tanta  muchedumbre, 
exclama: 

—¿Qué  es  esto  [Mió]  Cid,  ¡.  si  el  Criador  vos  salve?... 
■1653    — Ya,  mugier  ondrada,  |  non  ayades  pesar: 

Riqueza  es  que  nos  acrece  |  maravillosa  é  grand: 
Á  poco  que  viniestes  |  preseiid  vos  quieren  dar: 
Por  casar  son  vuestras  fijas  |  é  adúcenvos  axuuar. 
— Á  vos  grado,  [Mió]  Cid,  é  al  Padre  Espiritual. 

En  esta  despedida,  menos  bella  sin  duda,  pero  más  viril  é  in- 
genua que  la  citada  arriba,  no  aparece  Mió  Cid  triste  y  melancó- 
lico, como  el  hijo  de  Priamo,  invitando  á  Andrómaca  á  separarse 
de  los  muros  de  Troya,  para  que  su  vista  no  debilite  en  el  com- 
bate el  valor  de  su  pecho:  confiado  en  la  santa  causa  que  defiende, 
seguro  de  su  bravura,  muéstrase  Ruy  Diaz  alegre  y  jovial,  llega- 
do el  momento  del  peligro,  deseando  que  su  esposa  y  sus  hijas  le 
vean  combatir,  para  que  se  acreciente  su  esfuerzo: 

1161    Non  ayades  pavor,  |  porque  me  veades  lidiar: 

Con  la  merced  de  Dios  |  et  de  Santa  Maria  Madre, 
Crece  m'  el  coracon,  |  porque  estades  delant: 
Con  Dios  aquesta  lid  |  yo  la  he  de  arrancar. 

Como  observa  cuerdamente  un  escritor  extranjero,  el  uno  es  el 
héroe  pagano  á  quien  la  fatalidad  persigue  y  entristece;  el  otro 
el  caballero  cristiano,  que  combatiendo  por  la  religión,  todo  lo 
espera  del  poder  divino  ' .  El  éxito  de  la  batalla  fué  tal  como  Ruy 
Diaz  lo  liabia  predicho,  quedando  el  campo  cubierto  de  cadáve- 
res y  despojos  de  la  morisma,  y  salvándose  Yuzeph  en  la  fuga. 
Terminado  el  combate,  se  presenta  el  Cid  á  su  esposa  y  á  sus 
hijas: 

1755    Mió  Cid  fincó  anlellas  I  é  tovo  la  rienda  al  cavallo: 


1     Mencchet,  Cour$  complet  de  litterature  moderne,  tomo  I,  lecc.  XI. 


ir)2  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA   ESPA?ÍOLA. 

A  VOS  me  omillo,  dueñas;  |  grant  prez  vos  he  ganado: 
Vos  teniendo  Valencia,  |  ó  yo  vencí  en  el  campo. 
Esto  Dios  se  lo  quiso  |  con  todos  los  sos  sánelos, 
Quando  en  vuestra  venida  |  tal  ganancia  nos  lia  dado. 
ITtíO    Vedes  el  espada  sangrienta  |  é  sudiento  el  cavallo; 
Con  tal  cum'  esto  |  se  vencen  moros  del  campo. 

Doscientos  caballos 

1819    Consiellas  é  con  frenos  |  é  con  sennas  espadas, 

fueron  enviados  por  Mió  Cid  al  rey  don  Alfonso,  como  testimonio 
de  la  derrota  de  Yuzeph,  cuya  tienda,  de  imponderable  riqueza, 
completaba  tan  magnífico  presente,  llenando  de  admiración  á  to- 
da la  curte.  Sólo  el  conde  don  Garcia,  trayendo  á  la  memoria 
antiguas  injurias,  se  muestra  pesaroso  de  tanta  fortuna: 

Pesó  al  conde  don  Garcia  |  é  mal  era  yrado: 
Con  X  de  sos  parientes  |  aparte  daba  salto: 
1870    — (iMaraviella  es  del  Cid  )  que  su  ondra  crece  tanto. 
En  la  ondra  que  el  ha  |  nos   seremos  abiltados. 
Por  tan  villadamieiitre  |  vencer  reyes  en  campo; 
Como  si  los  falase  muertos,  )  aducirse  los  cavallos. 
Por  esto  que  él  faz  |  nos  avremos  enbargo.» 

Los  infantes  de  Carrion,  'que  alcanzaban  entre  los  proceres  de 
Castilla  no  poca  valia,  codiciosos  de  las  riquezas  conquistadas  por 
el  héroe  de  Vivar,  interponen  al  mismo  tiempo  la  autoridad  de  su 
linaje,  para  pedir  á  don  Alfonso  la  mano  de  doña  Elvira  y  doña 
Sol.  Lograda  sin  dificultad  la  aprobación  del  rey,  después  de 
manifestar  á  los  enviados  de  Valencia  semejante  proyecto,  rue- 
ga este  á  Ruy  Diaz  que  venga  á  vistas  con  él  orillas  del  Tajo, 
lo  cual  ejecuta  aquel  en  el  plazo  fijado  por  don  Alfonso,  segui- 
do de  solos  quince  caballeros.  Recibido  con  inusitada  cordiali- 
dad y  con  muestras  inequívocas  de  regocijo,  que  producen  hon- 
do despecho  en  los  condes  Alvar  Diaz  y  Garcia  Ordoñez,  le  pre- 
senta el  soberano  los  infantes  de  Carrion,  que  se  humillan  an- 
te Mío  Cid,  pidiéndole  formalmente  sus  hijas  para  unirlas  con 
ellos  en  matrimonio.  A  este  proyecto  se  resiste  el  Campeador, 
alegando  que  son  de  dias  pequcnnas:  al  cabo  cede  á  las  instan- 
cias del    rey,  acallando  con  varonil  esfuerzo  sus  más  tiernos 


II.*    PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA   POES.    CAST.    453 

afectos,  y  cambiando  sus  espadas  con  los  infantes,  en  señal  de 
amistad,  bien  que  negándose  á  entregarles  de  propia  mano  sus 
hijas: 

Yo  vos  pido  merced  |  á  vos,  Rey  natural; 
Pues  que  casades  mis  fijas  |  asi  como  á  vos  plaz, 
Dad  mano  á  qui  las  dé,  |  quando  vos  las  tomades. 
Non  gelas  daré  yo  (con  mi  mano)  |  nin  dend  non  s'alabaran. 
2143    Respondió  el  Rey: — Afe  aquí  Alvar  Fanez: 

Prendelias  con  vuestras  manos  |  é  daldas  á  los  Infantes, 
Assí  como  yo  las  prendo  |  (de  quant)  como  si  fose  delant. 

Al  despedirse  de  don  Alfonso,  le  regala  Ruy  Diaz  veinte  visto- 
sos palafrenes  y  treinta  soberbios  caballos,  usando  de  igual  lar- 
gueza con  todos  los  caballeros  que  al  rey  acompañaban,  á,  quie- 
nes habia  dado  antes  suntuoso  banquete.  Restituido  el  héroe  á 
Valencia  y  comunicada  á  su  mujer  y  á  sus  hijas  la  voluntad  de 
don  Alfonso,  verifícase  la  doble  boda  de  don  Diego  y  don  Fer- 
nando con  doña  Sol  y  doña  Elvira,  colmando  Mió  Cid  y  los  suyos 
de  agasajos  á  los  caballeros  de  Castilla,  y  ostentando  en  las  fies- 
tas, con  que  por  el  espacio  de  quince  dias  se  solemnizaron  las  bo- 
das, todo  su  poder,  su  gallardía  y  su  riqueza: 

2271    Ricos  tornan  á  Castiella  |  los  que  á  las  bodas  legaron  *. 

Dos  años  hablan  trascurrido  pacificamente,  cuando  vinieron  á 
convertirse  en  realidades  los  tristes  presentimientos  de  Rodrigo 
y  de  Jimena,  respecto  de  las  bodas  de  sus  hijas.  Dormia  ",el  Cid 
acaso  en  su  alcázar,  donde  tenia  un  león  sujeto  con  fuertes  ca- 
denas: rompiéndolas  de  improviso  y  entrando  en  el  salón,  donde 
el  Campeador  reposaba,  mientras  acudían  á  su  defensa  los  guer- 
reros, despavoridos  los  condes  de  Carrion  y  sin  reparar  en  su 

{  Con  estas  fiestas,  en  que  tuvieron  Mió  Cid  y  sus  guerreros  armas  en  la 
glerade  Valencia,  cambiando  el  héroe  en  el  palenque  hasta  tres  caballos  (vers. 
2252),  y  en  que  hizo  ostentación  de  sus  riquezas  en  el  alcázar  ondrado,  y  se 
quebrantaron  hasta  siete  tablados  {vers.  2260),  termina  lo  que  en  general  se 
ha  tenido  y  se  reputa  aun  por  el  primer  cantar  ó  primera  parle  del  Poema  de 
Mío  Cid,  En  su  lugar  expondremos  el  estudio  que  sobre  este  punto  nos  ha 
sido  posible  realizar,  sin  apartarnos  de  la  enseñanza  que  el  mismo  monu- 
mento nos  ministra. 


154  niSTOIUA    CniTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

honra,  corrieroQ  á  esconder  su  espanto,  rcrugiáudosc  Fernand'O 
bajo  el  escaño  que  servia  de  lecho  á  Mió  Cid;  Diego  en  un  lagar 
del  palacio,  de  donde  no  salió  en  verdad  tan  limpio  como  cum- 
plia  á  su  decoro  '.  Tras  este  acontecimiento,  que  atrajo  sobre  los 
dos  hermanos  las  burlas  de  los  guerreros  y  los  sarcasmos  de  la 
muchedumbre,  ¿que  sólo  ponia  freno  el  mandato  del  respetado 
caudillo,  cuyo  valor  habia  bastado  para  encadenar  de  nuevo  la 
temible  fiera,  se  vio  la  ciudad  asediada  por  Búcar,  rey  de  Mar- 
ruecos.— Ganosos  de  gloria  é  implacables  enemigos  de  la  moris- 
ma, celebraron  los  soldados  de  Mió  Cid  aquella  nueva  ocasión 
que  les  ponia  delante  la  de  pelear  bajo  sus  invencibles  banderas, 
mientras  los  infantes  de  Carrion,  más  acostumbrados  á  fiestas 
que  á  combates,  se  dolian  amargamente  del  peligro  en  que  su 
codicia  los  habia  puesto.  Oyó  Muño  Gustioz  los  mujeriles  la- 
mentos de  los  condes,  y  poniéndolos  en  conocimiento  de  su  tio, 
reprendióles  este  su  vergonzosa  cobardía,  exhortándoles  á  tomar 
parte  en  la  lid  que  se  preparaba,  y  encargando  á  Pero  Bermudez 
que  cuidase  de  ellos,  durante  la  pelea.  Trabada  esta,  son  derrota- 
dos los  sarracenos,  buscando  en  balde  salvación  en  el  mar,  á 
donde  los  persigue  la  espada  de  los  castellanos.  El  mismo  Búcar 
queda  muerto  ea  el  campo  á  manos  de  Ruy  Diaz. 

2430    Alcanzo!'  el  Cifl  á  Búcar  |  á  tres  brazas  del  mar; 
Arriba  alzó  colada  |  un  gran  colpe  dadol'  lia: 
Lascarbonclas  del  yelmo  1  tollidasse  las  ha: 

1  Los  romances,  que  como  veremos  en  su  dia,  exageraron  la  tradición  en 
todos  conceptos,  refieren  este  hecho  con  más  picante  colorido.  Al  entrar  el 
león  en  la  pieza,  donde  el  Cid  dormia: 

El  menor  Fernán  González  Dic^o  cl  mayor  de  los  dos 

Dio   principio  al  feclio   malo:  Se  escondió,  á  trecho  más  largo, 

Que  cabe  el   Cid    se  escondió  Hn  nn  lugar  muy  lijoso. 

Bajo  un  escaño  agachado.  Que  Don  puede  ser  contado. 

Luego  que  el  Cid  sujeta  al  león  y  echa  de  menos  á  los  infantes,  saca  Ber- 
mudo  á  don  Fernando  debajo  del  escaño,  y  Martin  Pclaez  anuncia  al  héroe 
de  Vivar  que  ya  habian  logrado  sacar  á  don  Diego  del  lugar,  donde  se  feabia 
sumido,  añadiendo: 

Catadle,  señor,  do    viene; 
Empero   Taceos  á  un    lado: 
Que  babrcys  para  estar  par  del 
Menester  un  cncensario. 


n.      PARTE,    CAP.    m.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.     do 5 
Cortol'  el  yelmo  |  é  librado  todo  lo  ál, 
Fata  la  cintura  1  el  espada  legado  ha. 

Vuelto  Mío  Cid  á  los  suyos,  oye  de  boca  de  Minaya,  interesado 
más  que  todos  en  su  felicidad  doméstica,  que  los  Infantes  de  Car- 
rion  hablan  peleado  como  valientes,  cuando  en  realidad  habían 
huido  de  sus  enemigos,  dando  vergonzosas  pruebas  de  cobardía. 
Digna  es  de  trasladarse  á  este  sitio  la  pintura  que  hace  el  poeta 
del  héroe,  al  avistar  á  los  condes. 

2443    La  cara  froncida,  |  é  [el]  almófar  soltado, 

Cofia  sobre  los  pelos  |  froncida  della  ya  quanto, 

Algo  vie  Mió  Cid  |  de  lo  que  era  pagado. 

Alzó  sos  oíos,  i  estaba  adelant  catando; 

Él  vio  venir  á  Diego  1  é  á  [su  hermano]  Ferrando: 
2450    Amos  [á  dos]  son  fijos  |  del  conde  don  Gonzalo. 

Alegróse  Mió  Cid,  |  fermoso  sonrrisando: 

— Venides,  mios  yernos;  |  mios  fijos  sodes  araos. 

Sé  que  de  lidiar  |  bien  sodes  pagados: 

Á  Carrion  de  vos  |  yran  buenos  mandados, 
2453    Cómo  el  rey  Búcar  |  avemos  arrancado. 

La  impudencia  de  los  infantes  excita  el  desprecio  y  la  befa  de 
los  que  presenciaron  su  cobarde  fuga,  y  no  pudiendo  resistir  las 
sonrisas  y  sarcasmos  de  los  guerreros,  ni  las  alabanzas  de  Mío 
Cid,  que  son  también  para  ellos  sospechosas,  conciben  la  más 
cruel  é  infame  venganza.  A  fin  de  ejecutarla  sin  riesgo,  piden  li- 
cencia á  Ruy  Díaz  y  á  doña  Jimena,  para  llevar  sus  esposas  á  Car- 
rion, licencia  que  les  conceden,  no  sin  abrigar  alguna  zozobra, 
considerando  aquella  inesperada  separación  como  presagio  de  pró- 
ximas desgracias.  El  Cid  colma  á  sus  yernos  de  riquezas,  y  des- 
pués de  entregarles  sus  dos  espadas  colada  y  tizón,  les  encomien- 
da sus  hijas  en  esta  manera: 

Mios  fijos  sodes  amos,  |  quando  mis  fijas  vos  do: 
Allá  me  levades  |  las  telas  del  corazón. 
Que  lo  sepan  en  Gallicia  |  é  en  Castieila  é  en  León, 
Con  qué  riqueza  embio  |  mios  yernos  amos  á  dos. 
2390    Á  mis  fijas  sirvades,  |  que  vuestras  mugieres  son: 
Si  bien  las  servides,  J  vos  randré  buen  galardón. 

Hé  aquí  cómo  se  despiden  Ruy  Díaz  y  Jimena  de  sus  dos  hijas: 
2GiO    Abrazólas  Mío  Cid  I  é  saludólas  amas  á  dos. 


i 56  HISTORIA   CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Él  fizo  aquesto,  |  la  madre  lo  doblaba: 
Andad,  lijas,  d'aqui;  (  el  Criador  vos  vala: 
De  mí  é  de  vuestro  padre  ]  bien  avedes  nuestra  gracia: 
Hyd  á  Carrion,  |  do  sodos  heredadas. 
2615    Assí  como  yo  tengo,  |  bien  vos  emos  casadas, 
Al  padre  é  á  la  madre  |  las  manos  les  besaban: 
Amos  las  bendixieron  |  é  diéronles  su  gracia. 

Dudoso  el  Campeador  de  la  sinceridad  de  los  infantes,  cuyas 
protestas  habian  despertado  en  su  corazón  punzantes  sospechas, 
manda  á  Felez  Muñoz,  su  sobrino,  que  siga  cautelosamente  la  co- 
mitiva de  los  condes,  para  evitar  cualquiera  alevosía  de  los  mis- 
mos. No  se  engañaba  Mió  Cid:  la  primera  proeza  que  intentaron 
fué  dar  muerte  al  moro  Aben  Galvon,  que  por  respeto  del  héroe 
les  habia  dado  hospedaje  en  su  castillo  de  Molina,  con  el  sórdido 
proyecto  de  apoderarse  de  sus  riquezas.  Descubierta  la  traición 
por  un  sarraceno  entendido  en  el  habla  castellana  (un  moro  la- 
tinado), les  reprende  Aben  Galvon  ásperamente  tan  indigno  pro- 
ceder, añadiéndoles: 

Si  non  lo  dexas'  [  por  Mió  Cid,  el  de  Vivar, 
Tal  cosa  vos  faria  |  que  por  el  mundo  sonas'; 
É  luego  lebaria  sus  fijas  |  al  Campeador  leal: 
2690    Vos  nunqua  en  Carrion  |  entrariedes  iamas. 

Los  infantes  de  Carrion,  lejos  de  arredrarse,  por  esta  dura  lec- 
ción, del  proyecto  de  venganza  que  en  falencia  habian  concebi- 
do, juzgan  llegada  la  hora  de  realizarlo,  al  penetrar  en  los  roble- 
dos de  Corpes,  lugar  áspero  y  montañoso,  donde  las  fieras  abun- 
daban. En  aquel  bosque,  cuyos  árboles  parecían  escalar  las 
nubes, 

2710    Falaron  un  vergel  j  con  una  limpia  font: 

Mandan  fincar  la  tienda  |  Infantes  de  Carrion; 
Con  quantos  que  ellos  traen  |  y  iacen  esa  noche; 
Con  sus  mugieres  en  brazos,  |  demuéstranles  amor: 
Mal  gelo  cumplieron,  |  quando  salíe  el  sol. 

En  efecto:  no  bien  habia  dorado  las  altas  cimas  de  los  montes, 
cuando  dieron  orden  á  sus  vasallos  (los  de  criazón)  de  que  se  ade- 
lantasen con  la  comitiva,  para  quedarse  solos  en  mitad  del  monte 
con  sus  esposas;  y  aquel  los  cobardes  mancelJos,cuya  avaricia  era  el 


II.*  PARTE,  CAP.  m.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  157 

único  móvil  que  los  habia  traído  á  Valencia,  olvidándose  de  su 
propio  origen  y  faltando  á,  todas  las  leyes  de  la  hidalguía  y  aun 
de  la  humanidad,  cometieron  el  más  vergonzoso  atentado,  mal- 
tratando de  palabra  y  obra  á  las  inocentes  hijas  del  héroe,  vícti- 
mas sacrificadas  por  la  lealtad  en  las  aras  del  respeto.  Ningún 
género  de  insultos  ni  denuestos  omitieron  aquellos  desalmados: 
después  de  despojarlas  inhumanamente  de  sus  trajes,  dejándolas 
casi  desnudas,  armados  de  las  espuelas  y  de  las  cinchas  de  los 
caballos,  comenzaron  á  herirlas  desaforadamente  hasta  derribar- 
las en  el  suelo  ensangrentadas  y  sin  sentido,  llevándose  los  man- 
tos y  los  armiños  que  cubrían  antes  sus  cuerpos.  En  vano  doña 
Elvira  y  doña  Sol  habían  pedido  una  muerte  menos  horrible  y 
deshonrosa  para  los  mismos  condes,  á  quienes  recordaron  el  en- 
vilecimiento que  sobre  ellos  caía  con  proceder  tan  villano: 

2738    Dos  espadas  tenedes  |  fuertes  é  taiadores: 

Cortadnos  las  cabezas,  |  mártires  seremos  nos. 


Atan  malos  ensiemplos  |  non  fagades  sobre  nos. 
2742    Si  nos  fuéremos  majadas,  |  abiltaredes  á  vos. 

Satisfechos  de  su  venganza,  y  creyendo  ja  muertas  á  las  hijas 
de  Mío  Cid,  se  alejan  los  infantes  del  teatro  de  tanta  infamia,  sin 
recelar  siquiera  que  no  habría  esta  de  quedar  impune.  Sospe- 
choso Felez  Muñoz  de  lo  que  realmente  estaba  sucediendo,  apar- 
tándose de  la  comitiva,  vé  pasar  solos  á  los  condes,  y  dirigién- 
dose al  sitio  donde  estos  habían  dejado  á  sus  mujeres,  las  en- 
cuentra tendidas  en  tierra,  desnudas,  ensangrentadas  y  exánimes, 
y  procura  restituirlas  á  la  vida  á  fuerza  de  solicitud  y  de  cariño. 
Vueltas  en  su  acuerdo  las  hijas  de  doña  Jimena,  se  dirige  Felez 
Muñoz  con  ellas  á  la  torre  de  Doña  Urraca,  y  después  al  próximo 
castillo  de  Santisteban,  en  que  halla  benévola  acogida  *:  desde 


i  Aun  cuando  aparezca  á  primera  vista  no  de  grande  importancia,  juz- 
gamos digna  de  alguna  atención  la  manera  cómo  habla  el  poeta  de  los  mora- 
dores de  San  Esteban  (Santesteban),  apellidándoles  varones  muy  pros,  mesu- 
rados c  conoscedores,  en  esta  forma: 

2830     Los   de  Santesteban  siempre  mesnrados   son. 
285S     Varones  de  .Santesteban,  á  guisa  de  muy   pro». 


Í58  HISTORIA   CRITICA   DE    LA    LITERATURA   ESPAÍSOLA. 

allí  envía  al  Cid  mensajeros,  dándole  cuenta  de  la  desgracia  de 
doña  Sol  y  doña  Elvira  y  de  la  alevosía  de  los  condes,  sin  olvi- 
darse de  que  llegara  también  esta  á  oídos  del  rey  don  Alfonso. 
Irritado  Ruy  Díaz  con  tal  nueva,  jura  solemnemente  ^  tomar 

2862     Varones  de   Snnlestchan,    (juc  soilcs  conosccdores,  etc. 

¿Provendrá  esta  especie  de  predilección  de  la  conducta  que  el  poeta  les 
atribuye  respecto  de  las  hijas  del  Cid,  ó  más  bien  de  alguna  otra  relación  es- 
pecial entre  el  mismo  poeta  y  los  moradores  de  Santisteban?...  Una  circuns- 
tancia no  despreciable  podria  acaso  dar  alguna  luz  en  esta  investigación,  á 
que  presta  interés  el  ignorarse  el  nombre  y  la  condición  del  poeta,  por  más 
que  se  haya  fijado  la  vista  en  la  posibilidad  de  diferentes  autores.  Observa- 
mos en  la  narración  de  todos  estos  pasajes  del  Poema  cierto  conocimiento  no 
sólo  geográfico,  sino  también  topográfico,  lo  cual  no  puede  suponerse  en 
quien,  viviendo  en  el  interior  de  Castilla,  no  conociera  prácticamente  los  lu- 
gares y  sitios  descritos,  pues  que  ni  se  enseñaba  á  la  sazón  científica- 
mente la  geografia,  ni  á  enseñarse,  hubiera  sido  posible  descender  á  esos 
pormenores,  insignificantes  siempre  para  la  ciencia.  Teniendo  por  otra  parte 
muy  en  cuenta  que  las  tradiciones  relativas  á  Mió  Cid  debían  desarrollarse  y 
conservarse,  en  cuanto  tenían  de  locales,  con  más  vigor  en  las  fronteras  de 
las  comarcas  que  fueron  teatro  de  sus  hazañas,  venimos  á  deducir  que  no 
seria  del  todo  aventurado  el  sospechar  que  el  poeta,  cuando  daba  á  los  mo- 
radores de  Santisteban  esos  títulos  de  e.vcelencia,  cedía  á  alguna  razón  de 
paisanaje.  Esto  sin  embargo  no  pasa  de  ser  una  conjetura,  bien  que  no  tan 
gratuita  que  no  merezca  consignarse.  Adelante  añadiremos  algo  sobre  este 
punto. 

1     El  juramento  del  Cid  está  concebido  en  estos  términos: 

1>>li     l'or  aquesta  barb.1  |  (]ue  nadi  non  iiicssó, 
Non   la   lograrán  [  los   ¡nfjntes  de    Carrion. 

Este  era  pues  el  juramento  más  solemne  en  una  sociedad,  donde  se  confir- 
maban los  contratos  civiles  con  esta  peregrina  cláusula:  aQuod  ut  ratum  etsta- 
bile  perservet  in  posternm,  presentí  scripto  sigili  mei  robar  aposui  cum  tribus 
pilis  barbae  maen.  Aun  muchos  siglos  después  del  en  que  existió  el  Cid,  pa- 
recía serel  juramento,  hecho  por  la  barba,  el  más  terrible.  Hablando  el  P.  Juan 
de  Mariana  de  la  prisión  de  don  Alvaro  de  Luna,  cuenta  que  fué  el  rey  don 
Juan  á  comer,  después  de  oída  misa,  á  las  mismas  casas  donde  le  tenían  preso. 
«El  obispo  de  Ávila  don  Alfonso  de  Fonseca  (prosigue  aquel  historiador)  ve- 
))nia  al  lado  del  rey;  y  como  le  viese  don  Alvaro  desde  una  ventana,  puesta 
))la  mano  en  la  barba,  dijo:   aPara  estas,  clerigidllo,  que  7ne  las  habéis  depa- 
))garn.  Respondió  el  obispo: — Pongo  á  Dios  por  testigo  qUe  no  he  tenido  par- 
»te  alguna  en  este  consejo  y  acuerdo  que  se  ha  tomado,  no  más  que  el  rey 
»de  Granada»   {Hist.  gen.  de  España,  lib.  XXII,  cap.  XII). — El  entendido 
Mr.  Damás-IIinard,  que  cii  sus  crudilísinias  Notas  históricas  y  literarias  al 


11.^  PARTE,  CAP.  III.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  159 

venganza  de  aquella  deshonra,  y  ruega  á  su  primo  Alvar  Fañez 
de  Minaya,  á  Pero  Bermudez  y  á  Martin  Antolinez  que  vayan  con 
doscientos  caballeros  por  sus  hijas,  sin  descansar  de  dia  ni  de  no- 
che, hasta  traerlas  á  Valencia.  M  aproximarse  á  los  muros  de 
esta  ciudad,  sale  el  Cid  á  recibirlas  y 

2900    Besándolas  á  amas,  |  tornos'  de  sonrrisar: 

Venidas,  [las]  mis  fijas,  |  Dios  vos  curie  de  mal; 

Hyo  tome  el  casamiento,  ]  mas  non  osé  decir  ál. 

Plega  al  Criador  |  que  en  el  cielo  está. 

Que  vos  vea  meior  casadas  [  daqui  en  adelant. 
2905    De  mis  yernos  de  Carrion  [  Dios  me  faga  vengar. 

Después  de  presentarlas  á,  Jimena,  reunió  el  Cid  sus  guerreros, 
y  manifestándoles  en  efecto  su  resolución  de  tomar  venganza  de 
los  infantes,  ordena  á  Munio  Gustioz  que  se  prepare  á  llevar  al 
rey  un  mensaje,  para  pedirle  justicia,  añadiendo: 

2913    Por  mí  bésale  la  mano  |  d'alma  é  de  corazón: 

Como  yo  só  su  vasallo,  |  é  él  es  mió  Sennor. 

Desta  desondra  que  (me)  han  fecha  |  los  Infantes  de  Carrion. 

Quel'  pese  al  buen  rey  j  d'alma  é  de  corazón: 

Él  casó  [las]  mis  fijas,  |  ca  non  gelas  di  yo. 
2920    Qunndo  las  han  dexadas  |  á  tan  grant  desonor, 

Si  desondra  y  cabe  |  alguna  contra  nos, 

La  poca  é  la  grant  |  toda  es  de  mió  Sennor. 

Míos  averes  se  me  han  levado  |  que  sobeianos  son; 

Esso  me  puede  pessar  |  con  la  otra  desonor. 
2925    A.dúgamelos  á  vistas  |  ó  á  iuntas  ó  á  cortes. 

Como  aya  derecho  |  de  Infantes  de  Carrion; 

Cá  tan  grant  es  la  rencura  |  dentro  en  mi  corazón. 

Enojado  don  Alfonso  por  la  conducta  de  los  condes,  otorga  esta 


Poema  del  Cid  procura  recog-er  cuantas  analogías  encuentra  entre  este  monu- 
mento y  los  poemas  franceses,  cita,  al  llegar  á  este  punto,  algunos  ras- 
gos parecidos  al  que  mencionamos,  siempre  con  el  propósito  ya  conocido  de 
los  lectores  (pág.  266  y  sigs.);  pero  como  se  vé  por  el  hecho  relativo  á  don 
Alvaro  de  Luna  y  por  la  fórmula  escrituraria  que  trascribimos,  esta  costum- 
bre ó  preocupación  de  la  barba,  tuvo  entre  nuestros  padres  un  valor  real, 
y  por  tanto  una  significación  verdaderamente  histórica.  El  autor  del  Poema 
del  Cid  no  necesitó  pensar  en  otros  poemas,  para  revelarla  con  la  naturalidad 
y  frecuencia,  con  que  lo  verifica. 


160  HISTORIA   CRtTICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

demanda,  señalando  el  plazo  de  siete  semanas  para  que  congre- 
g-ados  en  Toledo  sus  condes  é  infanzones,  satisfagan  á  Mió  Cid 
los  de  Carrion  la  deuda  de  su  honor,  tan  villanamente  ultrajado. 
Llenos  de  temor  y  atentos  sólo  á  libertarse  de  la  tempestad  que 
habían  traido  sobre  sus  cabezas,  ruegan  los  infantes  al  rey  que 
les  exima  de  asistir  á  las  corles,  lo  cual  les  niega  don  Alfonso, 
diciéndoles:  - 

Non  lo  feré  |  sim'  salve  Dios: 

Cá  y  verná  Mió  Cid,  |  el  [buen]  Campeador. 
Dárledes  dereclio,  |  cú  rencura  lia  de  vos. 
Qui  lo  fer  non  quisiese,  [  ó  non  yr  á  mi  cort, 
3005    Quile  mió  regno,  |  ca  del  non  he  sabor. 

Cumplido  el  plazo,  acuden  á  Toledo  los  magnates  y  ricos- 
homes,  no  haciéndose  esperar  mucho  Ruy  Diaz,  quien  se  presenta 
en  la  corte  acompañado  de  cien  caballeros,  entre  los  cuales  traia 
los  más  valientes  capitanes  que  le  ayudaron  en  la  conquista  de 
Valencia.  El  recibimiento  que  hizo  el  rey  á,  tan  ilustre  caudillo, 
poniendo  de  maniQesto  la  estimación  en  que  le  tenia,  fué  causa 
para  que  los  infantes  comprendieran  que  no  les  quedaba  otro  me- 
dio de  restaurar  su  valimiento  más  que  el  de  arrostrar  el  com- 
bate, á  lo  cual  los  alentaba  don  Garcia  Ordoñez,  tenaz  enemigo 
de  Mío  Cid.  Después  de  oir  este  la  misa  del  alba  en  el  monasterio 
de  San  Servando  *  y  de  haber  ofrecido  sus  preces  y  guardado  la 
vigilia  en  aquel  sancto  logar;  es  decir,  después  de  haber  cumplido 
con  todos  los  deberes  de  la  religión  y  de  la  creencia,  aparece  en 
las  curtes,  rodeado  de  sus  guerreros,  quienes  para  evitar  cual- 
quiera sorpresa  llevaban 

Velraezes  vestidos  |  por  sofrir  las  guarnizones. 


1  El  monasterio  de  San  Servando  (Servan),  puesto  á  la  entrada  del  puen- 
te de  Alcántara,  fué  fundado  por  don  Alfonso  VI  en  j090,  poblándolo  de 
monjes  cluniacenses,  á  quienes  doló  después  de  pingües  rentas  [febrero  de 
lOOi].  Convertido  en  tiempo  del  arzobispo  Tenorio  en  fortaleza,  tras  largas 
vicisitudes,  fué  una  de  las  llaves  de  Toledo,  conservándose  todavía  sus  ruinas 
con  el  nombre  de  Castillo  de  San  Cervantes  (Yepes,  Crónica  general  de  la  Or- 
den de  San  Benito,  tomo  VI,  escrit.  43;  Toledo  Pintoresca,  pág.  293).  Poco 
tiempo  contaba  pues  de  existencia  el  monasterio,  cuando  fué  Mió  Cid  alojado 
en  él  del  modo  que  el  Poema  refiere. 


II.*    PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA  POES.    CAST.     161 

3085    Desuso  las  lorigas,  |  tan  blancas  como  el  sol: 
Sobre  las  lorigas'  |  armiños  é  pelizones: 
Que  non  parescan  las  armas,  |  bien  prisos  los  cordones; 
Só  los  mantos  las  espadas  1  dulces  é  taladores. 

Hé  aquí  cómo  se  présenla  el  Cid  en  las  cortes:  la  descripción 
de  su  traje  y  sus  arreos,  sobre  ser  un  documento  de  grande  in- 
terés para  la  historia  indumentaria  de  nuestro  suelo,  forma  un 
cuadro  digno  de  ser  trasladado  á  este  sitio : 

Calzas  de  buen  panno  |  en  sus  camas  metió: 

Sobr'  ellas  unos  zapatos  |  que  á  grant  huebra  son. 

Vistió  camisa  de  ranzal  |  tan  blanca  como  el  sol; 

Con  oro  é  con  plata  |  todas  las  presas  son: 
3100    Al  punno  bien  están,  |  ca'  él  se  lo  mandó. 

Sobrella  un  brial  |  primo  de  ciclaton; 

Obrado  es  con  oro;  |  parescen  por  ó  son. 

Sobre  esto  una  piel  bermeia,  |  las  vandas  de  oro  son: 

Siempre  la  viste  Mió  Cid,  |  el  [buen]  Campeador. 
3105    Una  cofia  sobre  los  pelos  |  de  un  escarin  de  pro: 

Con  oro  es  obrada,  |  é  fecha  por  razón 

Que  non  le  contalasen  los  pelos  |  al  buen  Cid  Campeador. 

La  barba  avíe  luenga,  |  é  prísola  con  el  cordón. 

Por  tal  lo  face  esto  que  |  recabdar  quiere  (todo)  lo  só. 
3110    Desuso  cubrió  un  manto  |  que  es  de  grant  valor. 

No  es  menos  pintoresca  la  descripción  animada  y  verdadera- 
mente dramática  de  las  cortes  ^  formando  tal  vez  el  episodio  más 
interesante  de  este  peregrino  poema.  Al  presentarse  Mió  Cid  en 
aquella  respetable  asamblea,  el  rey,  sus  yernos,  don  Ray mundo  y 


1  Aunque  de  diferente  naturaleza  el  crímea  juzgado  en  esta  manera  de 
tribunal  y  el  cometido  por  los  condes  traidores,  sentenciados  en  la  Leyenda, 
parécenos  conveniente  llamar  la  atención  délos  lectores  respecto  de  la  forma 
de  una  y  otra  asamblea.  Como  vá  notado,  sólo  toman  parte  en  ella  los  con- 
des y  ricos-homes,  todos  los  meiores  de  Castiella  (vers.  3017),  sin  que  tengan 
todavía  representación  alguna  los  cuerpos  municipales:  la  historia  no  regis- 
tra ninguna  de  estas  dos  juntas  en  los  anales  de  laí  cortes  castellanas;  pero 
la  poesía  ha  sabido  revestirlas  de  lodo  el  interés  histórico,  asimilándolas  a 
los  concilios,  conventos  ó  juntas  que  á  la  sazón  se  celebraban,  según  adver- 
timos en  el  anterior  capitulo.  Este  es  un  rasgo  no  despreciable,  para  quüatar 
la  antigüedad  de  ambos  monumentos. 

TOMO    IJl,  11 


i 62  mSTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

don  Enrique  (don  Anrrich  y  don  Rñmond)  y  lodos  los  magnates 
y  ricos-homes  se  levantan  do  sus  asientos  para  honrarle:  sólo 
pormauecieron  en  sus  sillas  los  infantes  y  sns  partidarios,  en  se- 
ñal de  que  le  despreciaban. — Señalados  por  el  rey  los  jueces  que 
hablan  de  fallar  aijuel  extraordinario  proceso  entre  el  honor  ofen- 
dido de  Rodrigo  y  la  alevosía  de  los  condes;  conjurados  todos  los 
presentes  para  que  guardasen  el  mayor  comedimiento ,  y  conce- 
dida al  Cid  licencia  para  dar  principio  á  su  demanda;  en  vez  de 
comenzar  el  héroe  manifestando  todo  el  enojo  que  ardía  en  su 
corazón,  pide  á.  los  infantes  las  espadas  lizon  y  colada  que  les 
habia  dado,  al  despedirlos  en  Valencia.  Ninguna  dificultad  oponen 
don  Fernando  y  don  Diego  á  esta  exigencia  de  Mió  Cid,  que  los 
jueces  (los  aleados)  tienen  por  moderada,  y  que  el  conde  don  Gar- 
da, patrocinador  de  los  infantes,  mira  como  preludio  de  prós- 
pero suceso  para  sus  protegidos.  Los  desvanecidos  condes,  no 
sospechando  lo  que  les  esperaba,  concertados 

Con  todos  sus  parientes  |  é  el  vando  que  y  son, 
discurrian  sobre  la  demanda  de  Mió  Cid,  en  esta  forma: 

317o    Aun  grant  amor  nos  face  |  el  Cid  Campeador, 

Quando  desondra  de  sns  fijas  ]  non  nos  demanda  lioy. 
Bien  nos  avendremos  |  con  el  rey  don  Alfon: 
Démosles  sus  espadas,  |  quando  así  finca  la  voz, 
É  quando  las  touiere,  |  partirse  ha  la  cort. 

3180    Hya  mas  non  avra  derecho  |  denos  el  Cid  Campeador. 

Mío  Cid  recibe  de  manos  del  rey  don  Alfonso  ambas  espadas,  y 
al  reconocerlas 

319o    Alftgros'l  tod'  el  cuerpo,  |  sonrrisos'  de  corazón, 

depositándolas  en  manos  de  Pero  Bermudez  y  Martín  Antolinez, 
sus  sobrinos,  y  declarando  que  mejoraban  de  señores.  Hecho  esto, 
levántase  de  nuevo  para  reclamar  no  menos  enérgicamente  tres 
mil  marcos,  que  en  oro  y  plata  habia  dado  ;'i  los  condes  de  Car- 
rion,  al  salir  estos  de  Valencia.  Inútiles  fueron  las  quejas  de 
aquellos  menguados  proceres,  alegando  que  habían  entregado 
las  espadas,  en  la  inteligencia  de  que  el  Cid  no  les  haría  otra  de- 
manda. 


II.      PARTE,    CAP.    III.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.     163 

3222    Por  esol'  diemos  sus  espadas  |  al  Cid  Campeador: 
Que  ál  non  nos  demandase:  |  que  aquí  fincó  la  voz. 

Obligados  estos  por  el  fallo  de  los  jueces  á  satisfacer  tan  cre- 
cida suma,  contrajeron  considerables  deudas  para  conseguirlo,  é 
hipotecando  todos  sus  bienes,  apenas  pudieron  allegarla.  Juzgá- 
banse con  esto  ya  del  todo  seguros  del  enojo  de  Mió  Cid,  midien- 
do por  su  codicia  la  magnanimidad  del  héroe;  mas  alzándose  este 
por  la  tercera  vez  del  escaño  en  que  tenia  asiento,  se  dirige  con 
voz  terrible  al  rey  y  á  los  magnates,  manifestándoles  que  aun  no 
habia  cobrado  la  mayor  deuda  que  era  la  de  su  honra  ofendida, 
é  increpando  en  esta  forma  á  los  infantes: 

Á  quem'  descubriestes  |  las  telas  del  corazón?... 

Á  la  salida  de  Valencia  |  mis  fijas  vos  di  yo, 

Con  muy  grand  ondra  |  é  averes  á  nombre. 
327o    Cuando  las  non  queriedes  |  ya,  canes  traydorcs, 

Por  qué  la  sacábades  |  de  Valencia,  sus  onores? 

Á  qué  las  firiestes  [  á  cinchas  é  á  espolones?... 

Solas  las  dexastes  |  en  el  Robledo  de  Corpes 

Á  las  bestias  fieras  |  é  á  las  aves  del  monte. 
3280    Por  quantoles  ficiesles,  |  menos  valedes  vos: 

Si  non  recudedes,  |  véalo  esta  cort. 

El  conde  don  Garcia,  lleno  de  saña  contra  Mió  Cid  y  gozoso  de 
su  deshonra,  pretende  justificar  la  conducta  de  los  infantes,  mani- 
festando que  siendo  estos  de  tal  prosapia  que  ni  aun  por  barraga- 
nas debian  tomar  á  las  hijas  del  Cid,  hablan  obrado  cuerdamente 
y  á  derecho,  abandonándolas.  La  circunstancia  de  traer  Ruy  Diaz 
crecida  la  barba,  hace  prorumpir  al  conde  en  esta  exclamación 
epigramática: 

3285    Dexóla  crecer  |  é  luenga  trae  la  barba: 

Los  unos  le  han  miedo,  |  é  los  otros  espanta!... 

Á  lo  cual  replica  el  Cid,  recordando  la  toma  del  castillo  de 
Cabra,  donde  habia  hecho  prisionero  al  conde: 

3295    Qué  avedes  vos,  conde,  |  por  retraer  á  mi  barba?... 
Ca  de  quando  nascó  [  á  delicio  fué  criada: 
Ca  non  me  priso  á  ella  |  fijo  de  mugier  nada, 
Nin  m'  la  mesó  fijo  |  de  mora  ni  de  Cristiana, 
Como  yo  á  vos,  Conde,  (  en  el  castiello  de  Cabra. 

3300    Quando  pris'  á  Cabra,  |  é  á  vos  por  la  barba. 


ifi4  HI5?T0RIA   CRtTíCA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Non  lii  ovo  rapaz  |  que  non  mesó  su  pulgada: 
La  que  yo  mesé,  |  aun  non  es  aguada  •• 

Irritado  Fernán  González  de  la  entereza  de  Mío  Cid,  se  levanta 
CQ  medio  de  la  asamblea,  para  repetir  las  palabras  del  conde  don 
García,  llevando  su  orgullo  al  punto  de  asegurar  que  sólo  eran 
dignas  de  unirse  á  él  y  á  su  hermano  fijas  de  reyes  ó  de  empe- 
radores. No  puede  Ruy  Díaz  tolerar  por  más  tiempo  procacidad 
tan  insensata,  y  dirigiéndose  á.  Pero  Bermudez,  le  insta  para  que 
desmienta  al  engreido  conde.  El  irascible  Bermudez,  después  de 
echarle  en  cara  sii  cobardía,  descubriendo  la  torpeza  de  que  ha- 
bía hecho  triste  gala  en  Yalencia,  ya  cuando  la  aventura  dol 
león,  ya  cuando  asedia  el  rey  Bücar  aquella  ciudad,  le  apostrofa 
de  este  modo: 

3355    Riebtol'   el  cuerpo  1  por  malo  é  por  traydor: 
Estol'  lidiaré  aqui  |  antél  rey  don  Alfon, 
Por  fijas  del  [Mió]  Cid  j  don'  Elvira  é  dona  Sol. 


Quando  fuere  la  lid,  |  si  ploguiese  al  Criador, 
Tú  lo  otorgarás,  |  á  guisa  de  traidor. 

Repite  contra  el  Cid  el  conde  don  Diego  González  los  mismos 
denuestos  que  su  hermano;  y  Martín  Antolinez  le  reta  casi  en 
iguales  términos  que  Pero  Bermudez  lo  había  hecho  á  don  Fer- 
nando. Concertado  finalmente  el  duelo  de  Asur  González,  y  de 
Munio  Gustioz,  no  bien  había  el  rey  otorgado  el  campo  á  los  man- 

^  Ea  el  capítulo  anterior  notamos  que  este  hecho,  narrado  ya  en  la  Le- 
yenda, se  refiere  al  conde  Ximeno  Sánchez  Bureva,  hermano  de  García,  ven- 
cido por  el  Cid  en  Siete-Barrios  ó  Briviesca.  De  cualquier  modo  la  tradición 
es  la  misma,  bien  que  en  el  Poema  se  recuerda  con  oportunidad  altamente 
dramática.  En  el  Cantar  latino  es  enviado  el  conde  don  García  contra  el  Cid 
por  el  mismo  rey  don  Alfonso  y  vencido  en  Cabra,  lo  cual  se  ajusta  más'á 
la  tradición  que  se  invoca  en  el  Poema  (Véase  la  Ilustración  I."^  del  anterior 
volumen,  núm.  XXI,  vers.  80  y  sigs.).  En  la  Gesta  Roderici  aparecen  tres 
condes,  García  Ordonez,  Lope  Sánchez  y  Diego  Pérez,  los  cuales  auxiliaban 
al  rey  moro  de  Granada  contra  el  de  Sevilla,  tributario  de  don  Alfonso,  y 
fueron  en  efecto  vencidos  en  el  castillo  de  Cabra,  quedando  prisioneros  de 
Rodrigo  (Véase  la  pág.  i 76  del  tomo  anterior,  «ap.  XIII).  La  ofensa  que  Mío 
Cid  recuerda,  era  por  cierto  la  mayor  que  podia  recibir  un  hombre  bien  na- 
cido, según  hemos  indicado  arriba. 


11.   PARTE,  CAP.  III.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  165 

tenedores  del  Cid,  cuando  se  presentan  en  aquella  respetable  asam- 
blea los  infantes  de  Aragón  y  de  Navarra,  pidiendo  al  vencedor 
de  Valencia  las  manos  de  sus  hijas.  El  héroe  de  Vivar,  que  al 
concederlas  á  los  perjuros  condes,  había  obedecido  ciegamente  la 
voluntad  de  don  Alfonso,  se  apresura  á  darle  en  ocasión  tan  so- 
lemne una  nueva  y  más  brillante  prueba  de  su  lealtad  y  cariño, 
dirigiéndose  á  él  y  exclamando: 

Afe  mis  fijas;  |  en  vuestras  manos  son: 
3420    Sin  vuestro  mandado  |  nada  non  feré  yo. 

Satisfecho  el  rey  de  tan  hidalgo  proceder,  levántase  en  su  tro- 
no, é  imponiendo  silencio  á  la  asamblea^  le  replica: 

Ruegovos,  [Mió]  Cid,  |  Caboso  Campeador, 
Que  plega  á  vos,  [  é  otorgarlo  he  yo. 

Entre  tanto  intenta  Alvar  Fañez  de  Minaya  tomar  parte  en  el 
duelo  contra  los  parciales  de  los  condes,  respondiendo  á  su  de- 
manda Gómez  Pelayet,  á  cuyo  nuevo  desafio  se  niega  el  rey  don 
Alfonso,  señalando  el  amanecer  del  siguiente  dia  para  la  triple 
lid  ya  otorgada.  Los  infantes  de  Carrion,  desprevenidos  para  tan 
no  esperada  liza,  ó  desconfiados  de  su  propio  esfuerzo,  piden  al 
rey  tregua  para  el  combate,  concediéndoseles  el  plazo  de  tres  se- 
manas y  designándose  las  vegas  de  Carrion  para  la  pelea.  Publi- 
cado ya  el  duelo,  como  juicio  divino  ',  y  puestos  bajo  la  salva- 
guardia del  rey  los  caballeros  de  Mió  Cid,  desátase  este  la  barba 
que  traia  sujeta  con  un  cordón  de  oro,  atrayendo  sobre  sí  todas 
las  miradas  de  la  corte: 

Allí  se  tollió  el  capiello  |  el  Cid  Campeador: 
3305    La  cofia  de  ranzal  ]  que  blanca  era  como  el  sol. 


i  Esta  suerte  de  juicios,  así  como  el  del  fuego  y  la  prueba  caldaria,  es- 
taban admitidos  por  la  ley,  según  hemos  visto  en  el  capítulo  precedente:  so- 
bre el  duelo  para  responder  á  demandas  de  hurto,  asesinato  ú  otra  traición, 
decía  el  Concilio  de  León,  celebrado  en  1012,  lo  siguiente:  «Si  accusatus  fue- 
rit  fecisse  iam  furtum,  aut  per  traditionera  homicidium,  aut  aliam  proditio- 
nem...  qui  talis  inventus  fuerit,  defendat  se  iuramenlo  et  pí;r /¿Íé7«  cm/«  ar- 
mis»  (Can.  XL).  Esta  era  pues  la  ley,  á  que  se  acogia  Mió  Cid,  ó  mejor  dicho, 
la  que  sirvió  de  base  á  la  tradición  para  crear  la  situación  que  examinamos. 


466  HISTORIA    CRlTICA^DE    LA    LITERATUílA    ESPAÑOLA. 

É  soltaba  la  barba  |  é  sacóla  del  cordón: 
Nos'  farlaa  de  catarle  |  quantos  lia  en  la  cort. 

Derramando  después  grandes  riquezas  entre  los  caballeros  de 
Castilla,  regala  al  rey  los  doscientos  marcos  de  plata  que  había 
recibido  de  los  infantes;  y  despidiéndose  de  él,  le  ofrece  su  caba- 
llo Babieca,  presente  que  no  acepta  don  Alfonso,  por  juzgar  que 
no  tendría  osí  tan  buen  Señor,  añadiendo: 

3532    Qiiien  vos  lo  toller  quisiere,  |  nol'  vala  el  Criador; 
Ca  por  vos  é  por  el  cauallo  |  ondrados  somos  nos. 

Asi  termina  este  interesante  episodio  de  las  cortes  de  Toledo: 
al  apartarse  Mió  Cid  de  sus  caballeros,  les  recomienda  de  nuevo 
la  fortaleza  y  el  valor,  de  que  tantas'pruebas  habían  dado  en  cíen 
combates,  obteniendo  de  ellos  esta  enérgica  respuesta: 

3341     Püdedes  oir  de  muertos,  |  ca  de  vencidos  non. 

Próximo  ya  el  día  del  duelo,  acuden  al  rey  los  infantes  de  Car- 
rion,  solicitando  que  no  usaran  los  paladines  del  Cid  de  las  espa- 
das tizón  y  colada,  las  cuales  para  valemos  de  la  expresión  de 
los  romances,  habían  estado  en  su  poder  hambrientas.  Indignado 
el  rey  de  esta  prueba  de  mujeril  flaqueza,  les  manifiesta  que  sólo 
en  el  valor  de  sus  pechos  podrán  encontrar  la  salvación  de  su 
honra;  y  llegado  ya  el  momento  señalado  para  el  combate,  santi- 
guan las  sillas  y  cavalgan  á  vigor  los  paladines  de  Valencia, 
acudiendo  de  una  y  otra  parte  al  palenque.  Puestos  los  mojones 
por  los  fieles,  sorteado  el  campo  y  partido  el  sol,  embístense  fu- 
riosamente, cayendo  vencidos  Fernando  y  Asur  González  y  sa- 
liendo del  palenque  el  conde  don  Diego,  despavorido  al  brillo  de 
colada.  Decidida  asi  la  victoria  por  los  mantenedores  de  Mío  Cid, 
pregonan  los  fieles  el  vencimiento  y  la  humillación  de  aquellos 
proceres  que  se  preciaban  de  igualarse  á  los  reyes  * ,  quedando 
restaurado  el  honor  de  doña  Sol  y  doña  Elvira,  y  declarados  trai- 


1      El  conde  Fcrraii  González   había  dicho  en  efecto  al   Cid  en  las  corles 
de  Toledo: 

De  nntura  so'iios  |  de  condes  de  Carrion 

r>(^bii'iiio9    casar  coii  Tijas  |  de   reys    ó   de   Emperadores; 

Ca   non   perlenccien  |  fijas  de  Inranzniicj. 


11."    PARTE,    CAP.    IIl.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    167 

dores  los  condes.  Lleno  de  alegría  supo  el  Cid  este  feliz  resul- 
tado del  juicio  divino,  exclamando: 

¡Grado  al  rey  del  Cielo!...  j  ¡Mis  fijas  vengadas  son!... 

Los  paladines  de  doña  Sol  y  doña  Elvira  fueron  recibidos  en 
Valencia  con  grandes  regocijos,  los  cuales  se  renovaron  muy  en 
breve  con  las  nuevas  bodas  de  aquellas  y  de  los  infantes  de  Ara- 
gón y  Navarra  * . 

Ponen  estas  segundas  nupcias  término  al  Poema,  cuyos  últi- 
mos versos  contienen  el  dia  en  que  pasa  de  esta  vida  el  héroe  de 
la  buena  auce  ^.  Por  la  exposición  que  acabamos  de  hacer  de  su 


1  Á  esla  cireunslancia  lian  debido  principalmeale  referirse  el  docto  Wolf 
y  el  entendido  Clarus,  cuando  asientan  que  el  objeto  preferente  del  Poema 
son  las  bodas  de  las  hijas  de  Mió  Cid,  añadiendo  que  debe  aquel  ser  corwi- 
derado  como  un  canto  epitalámico.  Pero  la  prueba  de  que  la  acción  termina 
verdaderamente  en  el  instante  en  que  el  héroe  logra  vindicar  su  honor  ofen- 
dido, está  en  la  rapidez  excesiva  con  que  el  poeta  pasa  por  todo  lo  que 
atañe  á  estas  segundas  nupcias,  invirliendo  sólo  treinta  y  cinco  versos  (3405 
á3i40)  para  exponer  la  demanda  de  los  príncipes  de  Aragón  y  Navarra,  y 
nueve  (372S  á  373(j)  para  relatar  la  realización  de  las'bodas,  sin  que  aparezcan 
otra  vez  en  la  escena  ni  los  infantes  referidos  ni  las  hijas  del  Cid,  nuevamente 
exaltadas  á  la  dignidad  que  por  su  virtud  merecían.  Sí  este  Poema  hubiera  si- 
do escrito  en  la  ocasión  solemne  que  el  sabio  Wolf  índica,  sobre  hallarse  en 
él  más  claros  vestigios  de  ello,  es  indudable  que  el  poeta  se  hubiera  detenido 
á  referir  menudamente  las  fiestas,  con  que  las  nuevas  bodas  hubieron  de  ce- 
lebrarse, no  olvidando  el  dar  á  conocer  las  prendas  y  virtudes  que  ilustraban 
á  los  príncipes  desposados  con  las  hija§  de  Mío  Cid,  asimilándolas,  así  como 
las  de  estas,  á  las  de  don  Sancho  y  doña  Blanca.  Cierto  que  en  las  bodas 
de  los  príncipes  se  cantaban  á  la  sazón  epitalamios,  como  vimos  ya  en  las 
de  don  García  y  doña  Urraca,  narradas  por  la  Chronica  de  Alfonso  Vil  (Véa- 
se cap.  XIV),  siguiéndose  asila  antiquísima  costumbre  revelada  por  San  Isi- 
doro en  sus  Etimologías  (Véase  el  cap.  X  de  la  1.*  Parte);  pero  sobre  no  pa- 
recemos muy  á  propósito  para  bodas,  por  más  que  el  espíritu  público  fuese 
altamente  guerrero,  el  asunto  del  Poema  del  Cid,  todavía  su  misma  exten- 
sión debía  ser  un  obstáculo,  á  menos  que  admitida  la  división  que  propon- 
dremos en  el  siguiente  capítulo,  no  se  cantase  en  el  espacio  de  siete  ú  ocho 
dias.  De  cualquier  modo  la  nueva  exaltación  de  doña  Sol  y  doña  Elvira  cum- 
plía á  la  dignidad  de  Mió  Cid  y  satisfacía  al  pueblo  castellano,  haciendo  la 
apoteosis  del  héroe,  vencedor  de  áulicos  y  traidores, 

2  Véase  la  nota  de   la   pág.  141.— El  Cid  murió,  en  sentir  de  los  más 


^68  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

ar^-umenlo,  puede  fácilmente  comprenderse  que  el  asunto  en  él 
CHiitado,  sobre  elevado  é  interesante,  no  podia  ser  más  nacional 
respecto  del  pueblo  castellano.  Representaba,  en  medio  de  aque- 
lla tenaz  lucha  entre  la  Cruz  y  el  Islam,  el  martirio  y  la  apoteosis 
política  del  héroe,  en  quien  se  hallaba  personificada  la  doble  pro- 
testa del  sentimiento  de  la  libertad  y  de  la  independencia  de  Cas- 
tilla. No  carecia  el  Poema,  sustancialmente  considerado,  de  cierta 
unidad  de  acción,  y  sobre  todo  de  cierta  unidad  de  interés,  ley 
suprema  en  toda  obra  de  arle,  cualquiera  que  sea  el  estado  de 
cultura  en  que  aparezca  (bien  que  poco  apreciada  y  mal  definida 
en  orden  al  monumento  que  estudiamos  por  el  común  de  los  crí- 
ticos), bastando  sin  duda  para  asegurar  el  triunfo  á  que  podia 
entonces  aspirar  el  poeta.  Mió  Cid  interesa,  como  desterrado  (el 
echado,  el  salido),  porque  siendo  víctima  de  palaciegas  envidias 
y  rencores  bastardos,  lleva  tras  sí  el  amor,  las  bendiciones  y  el 
voto  unánime  de  un  pueblo  leal,  generoso  y  magnánimo:  interesa 
como  caudillo  porque  sus  triunfos  exaltan  poderosamente  la  fan- 
tasía de  ese  mismo  pueblo,  impulsándole  á  inauditas  empresas: 
interesa  como  padre  ofendido,  porque  la  injuria  sufrida  por  él 
ofende  también  al  pueblo,  poco  avezado  aun  á  llevar  en  paciencia 
los  desmanes  de  los  áulicos,  que  favorecían  en  la  corte  á  una  no- 
bleza afeminada  é  imbele;  porque  entre  los  infantes  de  Carrion  y 
el  debelador  de  Valencia  existían  las  creencias  y  las  costumbres 
de  toda  una  edad,  levantándose  entre  el  héroe  y  los  condes,  como 
barrera  impenetrable,  la  sórdida  codicia  y  las  cobardes  y  negras 
tramas  de  estos  y  la  magnificencia  y  maravillosas  proezas  de 
aquel,  aplaudidas,  y  si  es  lícito  decirlo  así,  prohijadas  por  la  mu- 
chedumbre. Mío  Cid  interesa  finalmente  como  caballero,  porque 
es  el  espejo  de  la  lealtad,  del  valor  y  de  la  hidalguía;  porque  los 
sentimientos  que  le  animan  constituyen  el  bello  ideal  de  todo  cas- 
tellano; en  una  palabra,  porque  su  caballerismo  es,  como  deja- 
mos ya  notado,  esencialmente  español,  reílejando,  con  la  consti- 


cl  año  de  1099,  á  29  de  mayo,  según  se  deduce  de  este  verso,  que  debe  tener 
valor  histórico: 

3737      Pasado  es  de  cslc  sirglo  el   dia  de   Cinquesma. 


1 

i 


II.      PARTE,    CAP.    m.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.    169 

tucion  social  y  política  de  Castilla  en  aquellos  apartados  tiempos, 
los  deseos  y  aspiraciones  de  la  nación  entera  ^. 

Lo  mismo  puede  asegurarse  respecto  de  los  demás  personajes 
que  figuran  en  el  Poema,  cuyos  caracteres  no  han  sido  todavía 
estudiados  dignamente,  cayéndose  por  tanto  en  el  lamentable  er- 
ror de  suponer  que  no  supo  el  poeta  atribuirles  propios  sentimien- 
tos y  especial  fisonomía,  fundiéndolos  por  el  contrario  en  una 
misma  turquesa.  Los  caudillos,  que  espontáneamente  se  asocian 
á  las  empresas  de  Mió  Cid,  interesan  todos,  cautivando  la  admi- 
ración universal,  porque  todos  corresponden  á  aquella  naturaleza 
heroica,  que  levantando  la  doble  enseña  de  Dios  y  de  la  patria, 
conquistaba  con  raudales  de  sangre  la  libertad  perdida,  restaura- 
ba los  profanados  altares  y  restablecía  sobre  sólidos  fundamentos 
el  trono,  despedazado  en  los  campos  de  Guadalete.  Pero  ni  puede 
ya  con  justicia  repetirse  que  al  autor  del  Poema  de  Mió  Cid  falta- 
ron colores  para  bosquejar  debidamente  aquellos  personajes,  in- 
fundiéndoles ser  distinto  y  peculiar  fisonomía,  ni  fuera  tampoco 
empleo  digno  de  la  crítica  el  cerrar  los  ojos  á  las  nativas  be- 
llezas que  acertó  á  derramar  en  el  Poema  la  primitiva  popular 
musa  castellana,  al  revelarnos,  todavía  inexperta  y  desprovista 
de  medios  artísticos  más  esmerados,  las  condiciones  y  leyes  de  vi- 
da, á  que  debían  sujetarse  aquellos  héroes,  para  tener  verdadera 
existencia  en  el  amor  y  el  entusiasmo  de  la  muchedumbre. 

Considerada  tan  preciosa  obra  en  su  conjunto,  expuesto  ya  y 
quilatado  el  pensamiento  que  en  general  la  anima,  legitimando  el 
aplauso  que  logra  en  una  y  otra  edad  la  noble  figura  de  Mió  Cid, 
lícito  nos  será  pues  remitir  al  siguiente  capítulo,  en  uno  y  otro 
concepto,  el  indicado  examen,  abrigando  el  convencimiento  de 

\  No  hay  para  qué  declarar  que  nosotros  no  estudiamos  aquí  al  Cid  pro- 
piamente histórico;  y  sin  embargo  conviene  repetir  que  el  Poema  ofrece  un 
interés  real  bajo  el  punto  de  vista  indicado,  siendo  este  sin  duda  su  principal 
mérito.  En  él  se  reconoce  en  efecto  la  sociedad  castellana,  no  sólo  como  exis- 
tia durante  los  últimos  dias  del  siglo  XI,  sino  también  como  anhelaba  ser  á  me- 
diados ya  del  siguiente,  bajo  todas  las  relaciones  que  hemos  procurado  esta- 
blecer en  este  y  el  anterior  capítulo;  hecho  reconocido  y  confesado  aun  por 
los  mismos  escritores  que  intentan  hacernos  tributarios  de  otras  literaturas, 
í'Cspecto  de  estos  primitivos  monumentos  de  la  poesía  castellana. 


J7U  HISTORIA    CRITICA    HE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

que  no  han  de  ser  del  todo  estériles  nuestros  esfuerzos,  para  com- 
pletar el  estudio  de  los  primeros  monumentos  escritos  de  la  poe- 
sía española  '. 

1  Al  hacer  la  exposición  del  Poema  del  Cid,  no  solamente  liemos  aten- 
dido á  darlo  ú  conocer  cual  merece,  sino  también  ú  desvanecer  los  errores 
en  que  generalmente  se  ha  caldo  al  analizarlo,  alterando  á  placer  las  si- 
tuaciones, dándoles  distinto  colorido  é  introduciendo  accidentes  de  todo 
punto  ajenos  á  la  tradición,  y  fuera  ya  del  mismo  argumento.  Citar  los  auto- 
res que  hall  incurrido  en  estas  fallas  y  deslices,  cuando  no  hay  cn'llco  de 
bulto  que  no  haya  hablado  del  Poema,  seria  muy  enojoso,  y  sobre  enojoso 
acaso  impertinente:  baste  decir  con  un  escritor  no  despreciable  que  hasta 
1846,  en  que  Mr.  Clarus  escribió  su  Exposición  de  la  Literatura  espaiíolaen 
la  edad  media,  no  se  habla  hecho  «un  análisis  verdaderamente  ñel  de  esle 
i)Poeman.  Sin  embarco,  el  análisis  de  Sismoiidi  no  carece  en  general  de 
exactitud,  y  es  más  completo  que  el  de  otros  muchos  críticos,  posteriores  al 
año  de  1846. 


CAPITULO  IV. 

PRIMEROS  IIOIIIESTOS  ESCRITOS  DE  U  P0ESÍ1  CÁSTELUM  '. 


Prosigúese  el  examen  del  Poetna  de  Mió  Cid. — Estudios  sobre  los  caracte- 
res.—Tipos  especiales  de  los  primeros  caudillos. — Alvar  Fañez  de  Minaya. 
—Pero  Bermudez. —Martin  Antolinez. — Felez  Muñoz. — Muño  Guslioz. — 
El  obispo  don  Gerónimo. — Los  infantes  de  Carrion  y  las  hijas  de  Mió  Cid. 
— El  Cid,  doña  Jimena  y  el  rey  don  Alfonso, — Condiciones  artísticas  del 
Poema. — Su  división. — Medios  expositivos  del  mismo. — .Medios  artísticos. 

— Resumen. 


Cuando,  expuesto  ya  el  argumento  del  Poema  de  Mió  Cid,  ad- 
vertimos que  atesora  bajo  el  aparato  de  formas  rudas  y  ape- 
nas articuladas  el  espíritu  noble  y  ardiente  del  pueblo  castellano, 
bien  podemos  considerarlo  como  fruto  legítimo  y  espontáneo  de 


{  No  por  vana  ó  pueril  jactancia,  sino  cual  muestra  de  profunda  gratitud 
y  de  respeto,  y  como  inequívoco  testimonio  de  la  noble  protección  con  que 
S.  M.  la  Reina  doña  Isabel  II.*  y  su  augusto  esposo  se  dignan  fomentar  el 
cultivo  de  las  letras  patrias,  parécenos  oportuno  consignar  aquí,  que  según 
indicamos  en  la  dedicatoria  y  en  el  capítulo  precedente,  son  estos  estudios, 
relativos  á  los  poemas  del  Cid,  los  capítulos  que,  invitados  al  propósito,  tu- 
vimos la  honra  de  leer  á  SS.  MM.  en  setiembre  de  1853,  durante  su  perma- 
nencia en  el  Real  Sitio  de  San  Lorenzo. 


J7-2  HISTOIUA   CHlTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

aquella  poesía,  que  nacida  en  la  cuna  misma  de  la  nación,  estaba 
destinada  á  reflejar  en  todas  edades  el  genio  peculiar  de  nuestra 
cultura.  Nada  hay  en  el  Poema  de  Mió  Cid  que  no  sea,  en  este 
sentido,  verdaderamente  trascendental  y  esencialmente  castellano: 
tan  puros  son  y  brillantes  los  colores  que  matizan  los  cuadros  de 
costumbres  en  él  trazados,  tan  profundas  y  poderosas  las  creen- 
cias que  se  revelan  en  cada  uno  de  sus  rasgos,  que  no  sin  fun- 
damento asientan  casi  todos  los  críticos  que  «nada  iguala  su  au- 
i)gusta  sencillez,  ni  el  heroismo  que  en  todo  él  resplandece,  ni  el 
»encanto  de  sus  extraordinarias  situaciones^).  Y  sin  embargo  esos 
mismos  escritores  que  han  concedido  al  Poema  de  3/io  Cid  tan 
altas  cualidades,  presentándole  como  el  símbolo  de  la  originali- 
dad é  independencia  del  arte  español,  han  perdido  lastimosamente 
de  vista  que  una  de  las  grandes  dotes  de  este  Poema  es  la  pin- 
tura de  los  caracteres,  llegando  á  dar  por  cosa  fuera  de  duda  el 
que  todos  los  personajes  son  «extremadamente  parecidos»,  se- 
gún al  terminar  el  anterior  capítulo  indicábamos. 

Mas  cuando  de  este  modo  se  ha  procedido,  no  sólo  se  ha  dado 
una  prueba  de  irrellexion  y  ligereza,  tanto  más  reprensible  cuanto 
es  mayor  la  seguridad  con  que  se  asientan  tales  asertos,  sino 
que  se  han  olvidado  también  las  condiciones  de  toda  obra  de  arte 
que,  como  el  Poema  de  Mió  Cid,  presenta  esas  elogiadas  situa- 
ciones, llenas  en  verdad  de  interés  y  de  vida.  Porque  ¿qué  otra 
cosa  son  en  realidad  las  situaciones  más  que  el  resultado  de  Jos 
diferentes  caracteres?...  Si  fuera  posible  en  lo  humano  que  todos 
los  personajes  de  una  época  determinada  alx-igasen  unas  mismas 
ideas  y  pensamientos  y  tuvieran  unas  mismas  inclinaciones,  un 
mismo  temperamento  y  una  misma  educación,  inútiles  serian  de 
todo  punto  los  esfuerzos  del  poeta  que  con  semejantes  elementos 
se  propusiera  crear  un  poema,  desarrollando  en  él  grandes  situa- 
ciones. Son  estas  siempre  natural  resultado  del  choque  de  las  pa- 
siones, que  nacen,  crecen  y  llegan  á  su  colmo  en  cada  individuo, 
conforme  a  la  diversa  índole  de  su  respectivo  carácter;  y  sin  que 
estos  caracteres  sean  esencialmente  distintos,  ni  es  posible  que 
exista  ese  choque  indispensable  para  que  llegue  á  exaltarse  la  pa- 
sión, ni  podrían  pensar  ni  obrar  los  personajes  de  un  poema  de 
tal  manera  que  constituyesen,  cada  cual  en  su  órbita,  una  ver- 


II.    PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.     173 

dadera  entidad  artística.  Si,  no  pudiendo  cerrar  los  ojos  á  la  ra- 
zón, se  ha  concedido,  aun  por  los  críticos  que  más  someramente 
han  examinado  el  Poema  de  Mió  Cid  ',  que  encierra  este  mo- 
numento de  la  primitiva  poesía  española  situaciones  de  admirable 
efecto,  donde  resalta  ya  en  unos  personajes  la  lealtad,  ya  en  otros 
el  heroísmo,  ora  en  estos  un  valor  indomable  é  independiente, 
ora  en  aquellos  una  prudencia  verdaderamente  nestoriana,  ¿cómo 
se  ha  asentado  pues  que  todos  los  caracteres  del  Poema  son  en- 
tre sí  semejantes?...  Contradicción  es  esta  en  que  se  ha  caido  con 
sobrada  frecuencia,  porque  la  crítica,  siempre  descontenta  de  la 
rudeza  de  la  forma  exterior,  ha  visto  con  entero  desden  las  be- 
llezas que  bajo  la  misma  se  ocultaban,  sin  ser  bastante  á  descu- 
brir por  esta  causa  los  grandes  tesoros  de  aquella  poesía,  que  sólo 
podia  vivir  con  las  expi'esadas  condiciones. 

«Los  compañeros  de  Mió  Cid  se  parecen  mucho  unos  á  otros: 
no  hay  entre  ellos  esa  variedad  que  procede  del  contraste  de  los 
caracteres  y  que  consiste  á  veces  en  diferencias  delicadas  y  á, 
primera  vista  imperceptibles».  De  esta  manera  se  han  expresa- 
do unos  críticos  sobre  el  punto,  de  que  tratamos.  «Los  compañe- 
ros de  Mío  Cid  (añaden  otros)  son  todos  guerreros  honrados  y 
valientes:  á  todos  domina  el  deseo  de  gloria  y  el  amor  de  la 
guerra;  todos  son  hombres  rudos  é  ignorantes,  para  quienes  no 
hay  más  título  de  merecimiento  que  la  fuerza  física  y  material: 
esta  es  la  razón  por  que  se  parecen  tanto  unos  á  otros»).  Pero 
este  juicio,  donde  si  bien  se  han  tenido  presentes  las  circunstan- 
cias que  caracterizan  toda  obra  de  un  arte  primitivo,  se  han  per- 
dido de  vista  las  dotes  que  en  ú  Poema  de  Mió  Cid  resaltan,  no 
puede  ser  admitido  plenamente  por  quien  haya  estudiado  con  ma- 
durez tan  precioso  monumento. 

{  Boutterwek,  que  es  sin  duda  uno  de  los  escritores  que  más  desdeñosa  y 
ligeramente  han  juzgado  el  Poema  de  Mió  Cid,  considerándolo  como  una 
uCrónica  rimada  en  alejandrinos  bastante  incorrectos»,  no  puede  menos  de 
confesar  que  «la  sencillez  caballeresca  de  su  estilo  se  halla  realzada  por  al- 
agunas situaciones  bien  descritas».  Del  menosprecio  de  Boutterwek,  que  no 
careció  de  imitadores, ha  sido  al  cabo  vengado  este  peregrino  monumento  por 
otros  críticos  alemanes,  entre  quienes  no  podemos  olvidar  los  nombres  del 
docto  Wolf  y  del  discreto  Clarus. 


174  HIÍ5T0niA    CniTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPASOLA. 

Los  guerreros  que  siguen  los  estandartes  del  caudillo  desterra- 
do por  su  rey,  los  valerosos  capitanes  que  arrostran  la  ojeriza  de 
la  corte,  llevados  del  amor  y  entusiasmo  que  les  inspira  el  héroe 
de  Valencia,  se  parecen  en  aquellas  grandes  cualidades  en  que 
no  podian  menos  de  semejarse.  Todos  son  valientes,  todos  son 
leales,  toilos  magnánimos  y  generosos.  Anímalos  un  mismo  senti- 
miento patriótico:  tienen  una  misma  creencia;  y  caminando  á  un 
mismo  fin,  representan  una  misma  idea. — Pero  habrá  de  dedu- 
cirse de  aquí  lógica  y  naturalmente  que  no  existe  diferencia  algu- 
na entre  ellos,  acusando  al  poeta  de  impotencia  y  de  amanera- 
miento, dignos  de  menosprecio  ó  de  severa  censura?... Esto  equi- 
valdría sin  duda  á  condenar  al  inmortal  poeta  de  Smyrna,  porque 
entre  todos  los  héroes  de  la  Iliada  se  advierten  las  mismas  rela- 
ciones, deduciéndose  arbitrariamente  que  no  habia  acertado  á 
pintar  los  caracteres  de  sus  personajes  con  la  variedad  que  el  ar- 
te y  la  misma  naturaleza  exigen. 

Los  héroes  de  Homero  se  parecen  todos,  porque  todos  son  for- 
zudos y  valientes,  y  porque  á  pesar  de  estas  calidades,  aprecia- 
das en  alto  grado  por  los  pueblos  primitivos,  todos  vuelven  la  es- 
palda en  medio  del  combate,  cuando  encuentran  resistencia  supe- 
rior á  sus  fuerzas,  sin  que  tal  muestra  de  flaqueza  se  tenga  á 
deshonor,  ni  se  juzgue  indigna  de  los  hijos  de  los  héroes  y  de  los 
dioses. — ¿Y  quién  habrá  que  á  pesar  de  esto,  confunda  en  la  in- 
mortal epopeya  griega  al  astuto  Ulises  con  el  fogoso  Diomédes, 
al  prudente  Néstor  con  el  temerario  Ayax  Telamonio?...  Aquellos 
rasgos  de  carácter  que  son  hijos  de  las  costumbres  y  de  las  creen- 
cias de  los  pueblos,  que  se  refieren  principalmente  al  estado  de 
su  cultura,  no  pertenecen  por  tanto  á  individuo  alguno  determina- 
do: son  comunes  á  todos  lo  que  viven  en  un  mismo  siglo,  á  todos 
los  que  componen  una  misma  nación,  á  todos  los  que  tienen  una 
misma  moral,  y  finalmente  á  lodos  los  que  profesan  un  mismo 
dogma  religioso  y  pelean  bajo  una  misma  bandera.  El  arte  que 
únicamente  reconoce,  como  legítimos,  estos  supremos  títulos  á  la 
gratitud  y  á  la  admiración  nacional,  fija  naturalmente  su  vis- 
ta en^aquellas  cualidades  eminentes;  é  idealizándolas,  como  le  es 
dado  hacerlo  en  su  infancia,  las  atribuye  en  cierta  manera  á  to- 
das las  creaciones,  donde  recoge  y  personifica  los  más  gratos  sen- 


II.     PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA   POES.    CAST.  175 

timientos  del  pueblo  que  lo  cultiva.  Hé  aquí  pues  lo  que  sucede 
en  el  « Poema  de  Mió  Cid)y  respecto  de  los  guerreros  que  siguen 
las  huellas  de  Ruy  Diaz  de  Yivar,  llenando  de  terror  á  la  moris- 
ma, y  despertando  el  entusiasmo  de  los  castellanos  con  sus  inau- 
ditas hazañas. 

Mas  cuando  después  de  apreciar  convenientemente  estas  cuali- 
dades, que  forman  por  decirlo  así,  la  fisonomía  de  los  siglos  XI  y 
XII,  comparamos  entre  sí  á  los  capitanes  del  vencedor  de  Mon- 
tes de  Oca  y  de  Valencia  ¿qué  afinidad,  qué  semejanza  puede  en- 
contrarse entre  Alvar  Fañez  de  Minaya  y  Pero  Bermudez?...  ¿Qué 
de  común  entre  Martín  Antolinez  y  Felez  Muñoz?...  ¿Qué  puntos 
de  contacto  entre  Ñuño  Bustios  y  el  obispo  don  Gerónimo?... 
Examínense  con  la  madurez  y  el  detenimiento  debido  los  caracte- 
res de  estos  personajes:  quilátense  los  rasgos  que  constituyen  la 
individualidad  artística  de  cada  uno  de  ellos;  y  después  que  se 
hayan  dignamente  apreciado,  se  comprenderá  sin  grave  inconve- 
niente que  existe  en  realidad  ese  contraste  tan  apetecido  de  los 
críticos,  quienes  deslumhrados  tal  vez  por  las  grandes  virtudes 
que  caracterizan  aquella  ilustre  familia  de  héroes,  no  fijaron  la 
vista  en  los  perfiles  que  animan  á  cada  uno  de  sus  individuos. 

Alvar  Fañez  de  Mnaya,  el  inseparable  compañero  de  Mió  Cid, 
el  soldado  valeroso,  cuya  lanza  brilla  siempre  la  primera  en  los 
combates,  es  al  mismo  tiempo  el  capitán  de  maduro  consejo  que 
alienta  el  espíritu  heroico  de  Mió  Cid,  y  que  le  inspira  donde  quie- 
ra nuevas  hazañas,  siendo  su  voz  acatada  como  ley  de  la  guerra 
en  los  momentos  del  peligro  ^.  Es  el  caudillo,  á  cuya  intehgencia 


i  Di»no  es  de  notarse  que  los  documentos  históricos,  coetáneos  del  Poe- 
ma, atribuyen  á  Alvar  Fañez  la  misma  autoridad  y  nombradla  :  la  Chrónica 
de  Alfonso  Vil,  tantas  veces  citada,  le  califica  de  strenuus  dux  Christianorum , 
dándonos  á  entender,  cuando  menciona  los  capitanes  que  tomaron  parte  en 
la  empresa  de  Almería,  que  fué  objeto  su  nombre  délos  cantos  populares.  De- 
más de  los  versos  citados  en  el  capítulo  anterior,  hallamos  los  siguientes,  ha- 
blando de  Alvar  Rodríguez,  nieto  de  Minaya: 

Cognitus  et  ómnibus  est  avus  Alvnr:  arx  probitr.tis, 
10     Neo  iiimis   hoslibus  extitit  iinpins  urbs  boiiitatis; 
Andio  sic  dici,  quod  est  Alvanis  ille  Fanici; 
Ismaelitaruní   gentes  domuit,  nec  enram 
Oppidavel  turres  potuerrunt  stae  fortes,  etc. 


176  HISTORIA    CRITICA    PE    LA    LITERATURA    ESPA5Í0LA. 

confia  el  nieto  de  Lain  Calvo  el  éxito  de  las  más  arriesgadas  em- 
presas y  el  discreto  hidalgo  que  le  representa  dignamente  en  la 
corte  de  Alfonso  YI,  logrando  al  cabo,  venciendo  la  malquerencia 
de  los  áulicos,  desvanecer  con  su  nobleza  y  discreción  el  ceño  del 
irritado  monarca. — Los  triunfos  de  Mió  Cid  "son  sus  triunfos;  los 
quebrantos  del  héroe  llenan  su  corazón  de  amargura.  Sus  gozos, 
sus  alegrías  encuentran  eco  profundo  en  el  pecho  de  Minaya,  cu- 
ya lealtad  hacia  su  capitán  llega  al  más  alto  punto  del  idealismo, 
compitiendo  sólo  con  la  que  el  héroe  muestra  hacia  el  rey,  que  le 
echa  de  sus  Estados.  Cuanto  proviene  de  Ruy  Diaz  de  Vivar,  al 
cual  se  halla  también  ligado  por  los  vínculos  de  la  sangre,  cuan- 
to concierne  á  su  familia,  es  respecto  de  Alvar  Fañez  como  objeto 
de  veneración,  no  perdonando  sacrificio  alguno  para  duplicar  los 
laureles  que  ilustran  su  esclarecido  renombre.  Ya  lo  hemos  indi- 
cado: cuando  lleno  de  amargura,  acierta  apenas  Mió  Cid  á  sepa- 
rarse de  los  muros  de  San  Pedro  de  Cárdena,  donde  quedan  las 
dulces  prendas  de  su  amor,  oye  á  su  lado  la  voz  amiga  de  Alvar 
Fañez  que  le  exhorta  y  consuela,  exclamando: 

381     ....  Cid,  I  ¿dó  son  vuestros  esfuerzos?... 


Pensemos  de  ir  nuestra  vía;  j  esto  sea  de  vagar: 
Aun  todos  estos  duelos  j  en  gozo  se  tornarán. 

Cuando,  vencidos  los  moros  de  Castrejon,  le  ofrece  el  héroe  el 
quinto  del  botin  recogido  por  sus  soldados,  hé  aquí  cómo  se  ex- 
presa la  generosidad  de  Minaya: 

501    Mucho  vos  lo  gradesco,  |  Campeador  contado, 

D'  aquesta  quinta  parte  1  que  me  avades  mandado, 
Pagársela  della  |  Alfonso  el  castellano: 
Yo  vos  la  suelto  1  é  avello  por  quitado. 

Si  rodeado  de  poderosa  morisma,  convoca  Mió  Cid  sus  capita- 


Dado  que,  como  creemos,  el  cognitus  ómnibus  y  el  audio  sic  dici  son  indicio 
seg'uro  de  que  fué  Minaya  celebrado  por  los  cantores  del  vulg'o,  no  es  dudable, 
como  dijimos  ya,  que  el  autor  de  la  Chronica  se  refiere  aquí  al  Poema  que 
examinamos,  donde  se  cumplen  todas  las  circunstancias  atribuidas  al  carác- 
ter  de  Alvar  Fañez,  ocupando  el  primer  lugar  después  de  Mió  Cid. 

22S     Meo  Cidi   prirnus  fuit,  Alvarus  atque  sccundus. 


II.*    PARTE,    GAP.    IV.    PRIM.    MON,    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    ill 

'nes  en  medio  de  la  noche  para  pedirles  consejo,  sólo  se  escucha 
el  voto  de  Alvar  Fañez,  aplaudido  por  el  héroe  y  acogido  con  en- 
tusiasmo por  sus  compañeros: 

680    De  Castiella  la  gentil  I  exidos  somos  acá, 

Si  con  moros  non  lidiaremos,  |  non  nos  darán  del  pan: 
Bien  somos  nos  seyscientos,  |  algunos  hay  de  más. 
En  el  nombre  del  Criador  [  que  non  passe  por  ál: 
Vayamos  los  ferir  |  en  el  dia  de  crás. — 

68b    Dixo  el  Campeador:  |  Á  mi  guisa  fablastes. — 

Ondrastes  vos,  Minaya,  |  ca  aun  vos  lo  yedes  á  far. 

Mas  quien  tan  valerosamente  aconseja,  no  se  muestra  menos 
denodado  en  el  combate: 

786    Á  Minaya  Alvar  Fañez  |  bien  1'  anda  el  caballo: 
Daquestos  moros  |  mató  treynta  é  quatro: 
Espada  talador,  |  sangriento  trae  el  brazo: 
Por  el  cobdo  ayuso  |  la  sangre  destellando. 

Y  si  leal,  generoso,  cuerdo  y  valiente  se  ostenta  ya  en  el  con- 
sejo, ya  en  el  campo  de  batalla,  cortés  y  rendido  aparece  ante  la 
esposa  y  las  hijas  de  Mió  Cid,  sus  primas,  cuando  conquista  dis- 
creto el  consentimiento  del  enojado  monarca  para  llevarlas  á  Va- 
lencia, donde  el  amor  de  un  üel  esposo  y  de  un  tierno  padre  las 
espera: 

— Merced  vos  pide  el  Cid,  |  si  vos  cayese  en  sabor, 
1360    Por  su  mugier  donna  Ximena  |  é  sus  fijas  amas  á  dos. 
Saldrien  del  monesterio,  |  do  elle  las  dexó, 
É  yrien  pora  Valencia  |  al  buen  Campeador. 
Essora  dixo  el  Rey: —  |  Plaz'  me  de  corason. 

Arrodillándose  al  llegar  á  la  presencia  de  doña  Jimena,  ex- 
clama: 

i406    Salúdavos  Mió  Cid,  [  allá  onde  elle  está. 

Sano  lo  dexé  |  é  con  tan  grand  rictad: 

El  rey  por  su  merced  |  sueltas  me  vos  há. 

Por  levaros  á  Valencia  |  que  avemos  por  heredat. 
4410    Si  vos  viese  el  Cid  ]  sanas,  é  sin  mal. 

Todo  serie  alegre  que  |  non  avrie  ningún  pesar. — 

Dixo  donna  Ximena:—  |  El  Criador  lo  mande. 

Resuelta  ya  la  partida  y  lleno  Minaya  de  gozo  y  de  ternura 

TOMO   III.  12 


178  HISTORIA    CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

respecto  de  la  esposa  y  de  las  hijas  de  su  tio  y  señor,  sólo  aspira 
á  que  aparezcan  estas  ante  los  ojos  de  la  muchedumbre  con  toda 
la  dignidad  y  el  decoro  que  cumple  á  su  nobleza  y  á  la  inmarce- 
sible gloria  del  héroe: 

El  bueno  de  Minaya  |  pensólas  de  adobar: 
1435    De  los  meiores  guarnimientos  |  que  en  Burgos  pudo  fallar; 
Palafrés  é  muías  |  que  non  parezcan  mal. — 

Así  honra  Alvar  Fañez  á  doña  Jimena  y  á,  sus  hijas;  no  ha- 
biendo género  de  obsequio  que  no  les  prodigue  desde  San  Pedro 
de  Cárdena  hasta  Valencia,  y  resaltando  en  todas  sus  acciones 
aquel  imponderable  amor  y  aquel  respeto  profundo  que  le  inspi- 
raba siempre  el  nombre  de  Mió  Cid. 

Pero  donde  con  más  fuerza  resaltan  la  lealtad  y  el  cariño  de 
Minaya  respecto  del  héroe,  donde  brilla  más  noblemente  la  mag- 
nanimidad de  su  carácter,  es  ante  los  muros  de  Valencia:  cobar- 
des, como  afeminados  los  infantes  de  Carrion,  mientras  todos  los 
guerreros  combaten  valerosamente,  huyen  despavoridos  del  cam- 
/po  de  batalla,  al  moverse  contra  ellos  los  escuadrones  de  Búcar: 
la  victoria  corona  sin  embargo  los  estandartes  cristianos,  y  der- 
rotada la  morisma,  comparecen  ante  Rodrigo  todos  sus  capitanes, 
cubiertos  de  sangre  y  de  sudor  y  hartos  de  matar  sarracenos. 
Entonces  Alvar  Fañez  de  Minaya,  que  ha  visto  huir  á  los  infan- 
tes, pero  que  desea  evitar  al  Cid  el  amargo  sentimiento  que  ha 
de  causarle  la  nueva  de  la  cobardía  de  aquellos  menguados  cor- 
tesanos, se  apresura  á  presentárselos,  asegurando  en  presencia  de 
todos  los  caudillos  que  se  hablan  mostrado  en  la  lid  como  buenos: 
2465    Grado  á  Dios  Fijo  |  é  al  Padre  que  está  en  alto, 

É  á  vos,  [Mió]  Cid,  |  que  en  buen  ora  fuestes  nado, 

Mataste  á  Búcar  |  é  arrancamos  el  campo. 

Todos  estos  bienes  de  vos  |  son  é  de  vuestros  vasallos: 

É  vuestros  yernos  |  aqui  son  ensaiados, 
2470    Fartos  de  lidiar  |  con  moros  en  el  campo. — 

Dixo  Mío  Cid: —  |  Yo  deslo  so  pagado...; 

Quando  agora  son  buenos  |  adelant  serán  preciados. 

¿Quién  se  atreverla  á  negar  lo  que  Minaya  afirmaba  pública- 
mente?... ¿Quién  osarla  trocar  el  gozo  de  Mió  Cid  en  amargo 
quebranto?...  Todos  los  capitanes,  todos  los  soldados  hablan  visto 
en  efecto  la  cobarde  fuga  de  los  condes  de  Carrion,  y  sin  embar- 


II.*    PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.     i79 

go  nadie  se  atreve  á  contradecirle,  ni  aun  cuando  entran  los  in- 
fímtes  á  tomar  parte  (por  cierto  no  pequeña)  en  el  inmenso  bo- 
tín hecho  á  los  vencidos  sarracenos. 

Hé  aquí  pues  la  noble,  gallarda  y  simpática  figura  de  Alvar 
Fañez,  bosquejada  con  tan  nativa  frescura  que  apenas  se  percibe 
la  mano  del  pintor  que  la  ha  trazado,  lo  cual  contribuye  sin  duda 
á  dar  nuevo  valor  á  su  bello  carácter.  Prudente  en  el  consejo, 
animoso  en  el  combate,  discreto  en  la  corte,  solícito  y  respe- 
tuoso con  las  damas,  generoso  con  los  afeminados  infantes  de 
Carrion,  todo  lo  subordina  al  inmenso  cariño  que  profesa  al  hé- 
roe de  Yivar,  quien  le  prodiga  en  cambio  las  mayores  honras, 
confesando  pública  y  solemnemente  que  es  Minaya  su  diestro 
brazo  ^. 

Veamos  ahora  la  figura  de  Pero  Bermudez.  Cuando  examina- 
mos la  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  notamos  ya  al- 
gunos rasgos  de  su  popular  carácter:  contemplámosle  entonces 
echando  en  cara  á  Rodrigo  de  Yivar  el  olvido  en  que  le  tenia,  de- 
jándole expuesto  á  morir  de  hambre  y  de  frió  en  extrañas  tierras, 
y  vímosle  después  prometiéndole  llevar  el  estandarte  real  de  Castilla 
adonde  jamás  lo  habia  llevado  esfuerzo  humano.  Estas  cualidades 
indicadas  ligeramente,  pero  con  notable  energía  en  la  Leyenda, 
se  desarrollan  pues  en  el  Poema  de  tal  modo,  que  forman  ya  una 
creación  verdadera  en  el  carácter  de  Bermudo.  Á  diferencia  de 
Alvar  Fañez,  si  bien  no  menos  leal  y  vahente,  es  este  sobrino  de 


1  El  Cid  le  apellida  también  con  frecuencia  su  fardida  lanza,  lo  cual  ex- 
plica perfectamente  la  circunstancia  de  asegurarse  en  el  Poema  de  Almería, 
que  no  la  hubo  mejor  bajo  el  cielo: 

2l'J     NuUaque  sub  coelo  melior  fuit  hasta  sereno. 

Ni  dejan  tampoco  los  elogios  que  Mió  Cid  tributa  á  Minaya  de  darnos  ca- 
bal idea  del  valor  que  tiene  en  el  monumento  latino  la  confesión  que  se  le 
atribuye  respecto  de  Minaya: 

224     Hunc  extollebat,  se  laude  minore  ferebat. 

Lo  repetimos:  esta  avenencia  completa  y  no  intencionada  fortalece  por  lo 
mismo  más  y  más  nuestra  persuasión  de  que  el  Poema  de  Almería  se  refiere 
terminantemente  al  de  Mío  Cid,  según  mostramos  en  el  anterior  capítulo. 


ÍRO  HISTORIA    CRITICA    PE    LA    LITF.nATUnA    ESPA5!0LA. 

Mío  Cid  Áspero,  inqnieto  y  oxtrcmadamonlo,  irascible. — Ya  se 
nio^a  á  todo  género  de  obediencia,  cuando  contradice  esta  sus 
instintos  belicosos  é  independientes;  ya  se  irrita,  cuando  sospe- 
cha que  puede  dudarse  de  su  agreste  ^ld^lidad  y  de  su  brusco, 
aunque  entrañable  cariño;  y  ya  en  fin  remite  á  las  manos  cuan- 
tas dificultades  no  puede  resolver  su  lengua. — Determinado  el  Cid 
á  dar  batalla  á  los  sarracenos  que  le  cercaban  en  el  castillo  de 
Alcocer,  saca  fuera  de  los  muros  su  corta  hueste,  y  al  ver  quo 
se  adelantan  los  moros  i)ara  acometerle,  exclama: 

710    Quedas  sed,  mesnadas,  |  aqui  en  este  logar: 

Non  dcsrranclie  ninguno  |  fata  que  yo  lo  mande. — 

Mas  Pero  Bermudez,  que  lleva  la  enseña  del  héroe  y  que  no 
puede  por  más  tiempo  refrenar  su  indómito  esfuerzo,  clavando 
los  acicates  á  su  caballo  y  dirigiéndose  hacia  la  morisma,  replica 
al  mandato  de  Mió  Cid: 

— El  Criador  vos  vala,  |  Cid  Campeador  leal: 
Vo  meter  la  vuestra  senna  |  en  aquella  mayor  liaz: 
715     Los  que  el  debdo  avedos,  |  veremos  como  laacorredes. — 
— Dixo  el  Campeador:  -  |  Non  sea,  por  caridad. 
— Repusol'  Pero  Bermuez:  |  Non  rastará  por  íil. — 
Espolonó  el  caballo,  é  |  metíol'  en  el  mayor  baz. 

Ruy  Diaz  de  Yivar  se  vé  por  semejante  desobediencia  obligado 
á  empeñar  fuera  de  sazón  la  batalla,  de  que  le  sacan  vencedor 
su  fortuna  y  el  valor  sobrenatural  de  los  suyos. — Cuando  el  rey 
Búcar  dirige  sus  numerosas  haces  sobre  Valencia  y  sabe  el  Cid 
que  los  infantes  tornen  arrostrar  el  combate,  fiado  en  el  no  des- 
mentido esfuerzo  de  Bermudo,  le  encomienda  la  custodia  de  aque- 
llos, diciéndole: 

2361     Alá,  Pero  Bermuez,  [  el  niio  sobrino  caro, 

Curiesme  á  [don]  Diego  |  é  curiesme  á  don  Ferrando: 
Míos  yernos  amos  á  dos,  !  las  cosas  que  mucho  amo; 
Ca  los  moros  con  Dios  |  non  fincarán  en  campo. 

k  esta  cariñosa  demanda  de  Mió  Cid,  donde  por  una  parte  se 
descubre  el  gran  concepto  que  tenia  de  Bernindoz,  y  por  otra  la 
ternura  con  que  veia  ya  á  los  esposos  de  sus  hijas,  responde  aquel 
intrépido  guerrero  del  siguiente  modo: 


11.      PARTE,    CAP.    IV.    PKIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.      181 
2305    Hyo  vos  digo,  [Mió]  Cid,  |  por  todu  caridad 

Que  hoy  los  lulantes  á  mí  |  por  amo  >  non  avrán: 
Curieios  quiquier,  |  ca  dellos  poco  mim'cal  -. 
Hyo  con  los  mios  |  ferir  quiero  delant: 
Vos  con  los  vuesos  firme  mientre  la  zaga  tengades. 

No  puede  darse  más  brillante  rasgo  de  feroz  independencia  ni 
que  pinte  más  al  vivo  el  temerario  carácter  de  Pero  Bermudez, 
llegando  al  extremo  de  insultar  al  mismo  Cid,  suponiéndole  capaz 
de  quedarse  en  la  zaga. — Y  sin  embargo  el  guerrero  que 
así  parece  faltar  á  la  obediencia,  teniendo  en  poco  los  mandatos 
de  su  señor,  luego  que  se  ha  trabado  la  pelea,  acudo  presuroso 
á  salvar  la  vida  al  conde  don  Fernando,  que  huia  despavorido  de 
la  saña  de  un  sarraceno;  y  dando  muerte  á  este,  entrega  al  in- 
fante el  conquistado  corcel,  para  que  aparezca  el  tímido  garzón 
ante  los  ojos  de  la  muchedumbre  cual  lidiador  esforzado.  Este 
mismo  guerrero  apoya  con  su  silencio  la  declaración  hecha  por 
Alvar  Fañez  de  Minaya,  al  manifestar  en  presencia  de  todos  los 
capitanes,  que  los  condes  de  Carrion  habían  probado  valerosa- 
mente sus  armas  contra  los  moros,  haciéndose  dignos  del  amor 
de  Ruy  Diaz. 

De  tal  manera,  siendo  en  el  fondo  leal,  como  ninguno,  y  pro- 
fesando al  Cid  y  á  su  familia  un  amor  profundo,  la  aspereza  y 
natural  desabrimiento  de  su  condición,  obligan  á  Pero  Bermu- 
dez á  contradecir  y  desobedecer  á  su  tio  y  su  caudillo  y  natural 
señor,  apareciendo  como  emblema  de  la  independencia  individual 
y  de  la  ruda  fiereza  de  los  castellanos  de  los  siglos  XI  y  XII. — Y 
para  que  haya  más  verdad  en  la  creación  de  tan  señalado  carác- 
ter, á  esta  ferocidad  nativa,  retratada  con  admirable  vigor,  reúne 
Bermudez  una  calidad  física  que  le  exalta  y  exaspera  frecuente- 
mente, aamentando  el  contraste  que  existe  entre  él  y  los  demás 


1  Amo:  ayo,  director,  pedagogOi 

2  Mim'cal:  poco  me  importa  á  mí.  Sánchez  escribió  ?/«'»'  cal.  Esta  mane- 
ra especial  de  decir  se  conserva  todavía  en  algunos  pueblos  de  Castilla,  es- 
pecialmente en  la  provincia  de  Toledo:  de  ella  nació  si  duda,  por  equivaler 
al  no  me  importa,  el  adjetivo  popular  mincalero  y  meiicalero,  para  denotar  al 
(¿ue  todo  lo  desprecia  y  tiene  en  poco. 


182  HISTORIA    CRtnCA    DE    LA    LITERATURA    ESPA??OLA. 

capitanes,  que  siguen  las  banderas  del  nieto  de  Lain  Calvo.  Pero 
Bcrmudcz  es  tartamudo,  siendo  esta  imperfección  orgánica  causa 
de  que  corte  su  espada,  según  indicamos  arriba,  todos  los  nudos 
que  pudiera  acaso  desatar  su  lengua.  Cuando  en  las  cortes  de 
Toledo  apela  el  Cid  al  juicio  de  las  armas  y  se  dirige  A  Ber- 
mudez  para  que  tome  el  primero  la  demanda  de  sus  primas,  ve- 
mos terminada  en  este  sentido  la  ingenua  pintura  del  carácter  do 
este  guerrero:  Ruy  Diaz  le  dice: 

Fabla,  Pero  Mudo,  ]  varón  que  tanto  callas: 
33 Id    Hyo  las  lié  fijas  |  é  tú  primas  cormanas, 
A  mim'  lo  dicen,  |  á  ti  dan  las  orejadas. 
Si  yo  respondier',  |  tú  non  entrarás  en  armas, 

Á  tal  invitación  corresponde  Pero  Bermudez  con  la  energía  y 
aspereza  que  tiene  de  costumbre.  No  es  su  lengua  sin  embargo, 
tan  obediente  como  inflamable  su  pecho:  antes  bien  no  pudiendo 
articular  las  palabras  que  le  inspira  su  enojo  contra  los  condes,  se 
enciende  en  nueva  ira,  hasta  que  roto  aquel  dique,  se  desata  co- 
mo impetuoso  torrente,  no  encontrando  ya  fuerza  alguna  capaz  de 
resistirle. — Su  saña  se  desahoga  primero  contra  Mió  Cid,  cau- 
sa inmediata  del  sonrojo  que  ante  los  magnates  castellanos  expe- 
rimenta: 

3321     Direvos,  [Mió]  Cid,  j  costumbres  avedes  tales... 
Siempre  en  las  cortes  |  Pero  Mudo  me  lamades: 
Bien  lo  sabedes  |  que  yo  non  puedo  más; 
Por  lo  que  yo  ovier'  á  fer  j  por  mí  non  mancará. 

Después  dh*igiéndose  al  conde  don  Fernando,  le  desmiente  pa- 
ladinamente, echándole  en  cara  su  cobardía  y  retándole  como 
traidor  y  fementido.  En  esta  ocasión  solemne  es  cuando  Pero  Ber- 
mudez declara  á  la  faz  de  magnates  y  caballeros  que  el  infante 
don  Ferjíando  habia  huido  en  Valencia,  como  una  mujer,  del  cam- 
po de  batalla,  al  aspecto  de  un  sarraceno  á  quien,  para  salvarle, 
derribó  él  mismo  del  caballo;  triunfo  que  con  la  prez  del  combate 
se  habia  apropiado  tan  desvanecido,  como  poco  escrupuloso,  el 
afeminado  conde: 

Miembrat'  quando  lidiamos  |  cerca  Valencia  la  grande, 
Pedisl'  las  feridas  primeras  |  al  Campeador  leal?... 
3330    Vist'  un  moro,  |  fustel'  ensaiar?... 


II."    PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    183 

Antes  fugiste  |  que  á  él  te  alegases. 
Si  yo  non  uvias'  |  el  moro  te  jugara  mal. 
Pasé  por  tí,  con  el  moro  |  me  off  de  aiuntar  *; 
De  los  primeros  colpes  |  ofle  de  arrancar: 
Dit'  el  cavallo,  |  toveldo  en  poridad: 
3335    Fasta  este  dia  i  non  lo  descobrí  á  nadi. 

Delant'  Mió  Cid,  j  (é  delant  todos)  ovistete  de  alabar 
Que  mataras  al  moro  |  é  que  ficieras  barnax. 

Eres  fermoso;  ]  mas  mal  barragan. 
3330    Lengua  sin  manos  |  ¿cómo  osas  fablar?  etc. 

Tales  son  los  principales  rasgos  del  carácter  de  Pero  Bermu- 
dez:  compárense  con  los  que  animan  la  expresiva  y  generosa  fiso- 
nomía de  Alvar  Fañez  de  Minaya,  y  fácilmente  se  notará  la  enor- 
me distancia  que  los  separa.  Alvar  Fañez  se  distingue  entre 
todos  por  su  cordura  y  su  prudencia:  Bermudez  por  su  feroz  in- 
trepidez, su  voluntariedad  irascible  y  su  indómita  aspereza. 

Igual  diferencia  se  advierte  respecto  de  los  demás  caudi- 
llos: Martin  Antolinez,  ese  húrgales  de  pro,  demás  de  las 
grandes  dotes,  comunes  á  todos  los  guerreros  que  siguen 
las  banderas  de  Mió  Cid,  presenta  desde  el  instante  en  que 
aparece  en  escena  una  cualidad  dominante,  que  constituye  á  no 
dudarlo  la  verdadera  expresión  de  su  carácter.  Así  como  Mi- 
naya  se  distingue  por  su  discreción  y  su  hidalguía:  así  como 
Bermudez  es  entre  todos  conocido  por  su  arrojo  temerario  y 
por  su  excesiva  fiereza,  así  también  resalta  la  fisonomía  de  Mar- 
tin Antolinez  por  su  sagacidad  y  su  astucia.  Por  estas  dotes  re- 
conocidas y  apreciadas  de  Mío  Cid  es,  como  Ulises  en  la  in- 
mortal epopeya  griega,  de  grande  importancia  para  el  éxito  de  las 
empresas  que  se  propone  aquel  llevar  á  cabo  en  su  destierro. — 
Después  de  haber  abastecido  sigilosamente,  contra  el  expreso 
mandato. del  rey  don  Alfonso,  á  la  corta  mesnada  de  Rodrigo  de 
los  víveres  (conducho)  necesarios  para  emprender  su  forzado  vía- 
je,  es  elegido  por  el  héroe  para  procurar  el  dinero  que  habían 
menester  con  el  mismo  propósito.  Hé  aquí  como  Martin  Antoli- 


\     Off.  de  aiuntar:  me  hube  de  encontrar  coa  el  moro.  Ofle    de  arrancar: 
le  hube  de  derribar,  le  hube  de  vencer. 


184  HISTORIA   CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

nez,  volviendo  á  Búrjjos,  no  sin  grave  riesgo,  se  presenta  á  losju- 
dios  don  Rachel  y  don  Vidas,  para  ejecutai'  las  órdenes  del  nieto 
de  Lain  Calvo: 

103    ¿O  sodes,  Rachel  é  Vidas,  |  los  míos  amigos  caros?... 
En  poridad  fablar  J  querría  con  [vos]  amos. 

Retirados  al  lugar  más  apartado  de  la  casa,  les  añade: 

106    Rachel  é  Vidas,  |  amos  me  dallas  manos. 

Que  non  me  descubrades  |  á  moros  niii  á  cristianos: 
Por  siempre  vos  faré  ricos,  j  que  non  seades  menguados. 

Hecha  esta  singular  preparación,  para  captarse  las  benevolen- 
cias de  los  logreros  judios,  les  añade  después  con  no  menor  mis- 
terio, que  el  Campeador 

Tiene  dos  arcas  f  lennas  de  oro  esmerado. 
Ya  lo  vedes  que  el  rey  |  [mocho]  le  ha  ayrado; 
iib    Dexado  ha  heredades  |  e  casas  e  palacios: 

Aque  las  non  las  puede  levar,  |  sinon  serie  ventado,  * 
[Mío  Cid]  Campeador  |  dexarlas  ha  en  vuestra  mano, 
E  prestaldé  de  aver  |  lo  que  sea  guisado: 
Prended  las  archas  e  |  metedlas  en  vuestro  salvo. 
d20    Con  grand'  iura  meted  |  y  las  fes  amos 

Que  non  las  catedes  |  en  todo  aqueste  anno. 

Declarada  con  tales  prevenciones  y  cautelas  la  causa  de  aque- 
lla entrevista  y  movidos  los  dos  judios  por  su  astucia  á  prestar  al 
Cid  la  suma  que  pareciese  justo,  con  las  condiciones  referidas,  les 
presenta  Antolinez,  á  guisa  de  membrado,  las  arcas  diciéndoles: 

166 Carguen  las  arcas  privado: 

Levadlas,  Rachel  é  Vidas,  |  ponedlas  en  vuestro  salvo: 
Yo  iré  con  vusco  |  que  adugamos  los  marches: 
Ca  á  mover  há  Mió  Cid  |  ante  que  cante  el  gallo. 


i  En  el  impreso  dice:  serien  ventadas,  aludiendo  á  arcas;  pero  es  error 
del  copista,  no  sólo  porque  así  lo  persuade  el  sentido  gramatical,  dándonos 
á  entender  el  poeta  que  seria  Mió  Cid  descubierto  fácilmente,  llevándose  sus 
tosoros,  contra  lo  mandado  por  el  monarca,  sino  porque  el  asonante  ao  que 
vá  empleando  en  este  pasaje,  pide  esa  correspondencia.  De  cualquier  modo 
nótese  la  propiedad  del  verbo  ventar  (hoy  ventear)  en  boca  del  astuto  Martin 
Antolinez. 


II.      PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    TOES.    CAST.    iST) 

En  su  poder  ya  los  seiscientos  marcos  de  plata  y  de  oro  que 
recibe  sin  peso, 

183    Notólos  don  Martillo,  |  sin  peso  los  tomaba, 

pide  albricias  á  los  judios,  por  el  buen  negocio  que  les  habia  pro- 
porcionado, en  esta  manera: 

Ya,  don  Rachel  é  Vidas,  |  en  vuestra  mano  son  las  arcas. 
Yo  que  esto  vos  gané,  |  bien  merecía  calzas. 

Antolinez  recibe  por  via  de  alboroque  treinta  marcos, 
19o    De  que  ficiera  calzas  |  é  rica  piel  é  buen  manto, 

quedando  don  Rachel  y  don  "Vidas  satisfechos  de  su  generosidad 
y  muy  contentos  del  negocio  que  hablan  llevado  á  cabo  con  su 
ayuda.  Las  arcas  sin  embargo  estaban  llenas  de  arena  *. 


1  Este  rasgo,  recibido  por  casi  todas  las  crónicas  vulgares,  es  muy  ce- 
lebrado en  los  romances,  mostrando  de  una  parte  la  alta  idea  formada  por 
ios  usureros  judios  sobre  la  probidad  de  Mió  Cid,  y  descubriendo  de  otra  la 
religiosidad  con  que  acostumbraba  cumplir  sus  palabras.  Un  rígido  mora- 
lista condenarla  el  engaño;  y  aun  el  mismo  héroe  lo  condenaba  interiormente, 
cuando  exclama: 

84     Ferio  he  amidos,  |  Je   grado   non  avrie  nada. 


Véalo  el  Criador  |  con  todos  los   sos  sanctos: 
Yo  más  non  puedo  |  e   amidos  lo  fago; 


Los  romanceros  hacen  que  el  Cid  pida  á  los  judios  perdón,  al  entregarles  el 
capital  y  réditos,  poniendo  en  su  boca  estas  nobilísimas  palabras:  * 

Aunque  cuidan  que  es  arena 
Lo  que  en  los  cofres  está, 
Quedó  soterrado  fn  ellos 
El  oro  de  mi  verdad. 

En  el  Poema  no  se  refiere  el  acto  de  la  devolución  y  pago.  Cuando  Alvar  Fa- 
ñez,  ofrecido  á  don  Alfonso  el  magnífico  presente  que  disipad  enojo  del  rey, 
se  dispone  á  llevar  á  Valencia  la  mujer  y  las  hijas  del  héroe,  preséntansele 
Rachel  y  Vidas,  reclamándole  el  empréstito:  el  primo  de  Mió  Cid  les  replica: 

Hjo   lo  veré  con  el  Cid,  |  si  Dios  me  lieva  ala; 
1443     Por  lo  que  avedes  fecho,  |  buen  cosiment     y  avrá. 

Pero  conocida  la  magnificencia  y  largueza  de  Mió  Cid  para  con  los  suyos 
y  los  extra  fios,  y  consignado  por  el  autor  que  volvieron  á  Castilla  ricos  cuan- 


ISG  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESrA?50LA. 

Con  esta  sagacidad  y  singular  discreción  de  Marlin  Antolinez 
contrastan  grandemente  la  ingenuidad  y  ternura  de  Felez  Muñoz. 
Cuando  contempla  este  la  deshonra  de  las  hijas  del  Cid,  sus  pri- 
mas, cobardemente  maltratadas  por  los  condes  de  Carrion  en  los 
Robledos  de  Corpes;  cuando  las  halla  desnudas,  cubiertas  de  san- 
gre y  amortecidas,  no  es  el  deseo  de  la  venganza  el  primer  sen- 
timiento que  agita  su  corazón,  Pero  Bermudez,  en  su  fogosa  bra- 
vura y  en  su  irascibilidad  temeraria,  en  lugar  de  acudir  solícito 
al  remedio  de  doña  Sol  y  doña  Elvira,  habría  sin  duda  corrido 
contra  los  condes,  bramando  de  furor  y  ansiando  únicamente  su 
exterminio,  para  castigar  su  alevosia  y  vengar  el  honor  del  héroe 
de  Valencia,  tan  villanamente  ofendido.  Así  lo  vemos,  mientras 
Alvar  Fañez  de  Minaya  no  puede  contener  el  llanto,. al  encontrar 
en  Santisteban  á,  sus  maltratadas  primas,  dirigir  á  estas  las  si- 
guientes palabras: 

2876    Doña  Elvira  é  doña  Sol,  j  cuydado  non  ayades; 
Quando  vos  sodes  sanas  ]  é  vivas  é  sin  otro  mal: 
Buen  casamiento  perdiestes,  |  meior  podedes  ganar. 
Aun  veamos  el  día  |  que  vos  podamos  vengar. 

Felez  Muñoz  por  el  contrario,  más  sensible,  aunque  no  menos 
valeroso,  movido  de  la  compasión  más  viva  y  generosa,  vuela, 
lleno  de  afán,  á  salvar  las  vidas  de  aquellas  mujeres  nobles,  her- 
mosas é  indefensas,  cuya  sangre  matizaba  el  inculto  suelo,  en 
que  yacian  ex  animes: 

2793    Partiéronsele  las  telas  (  de  dentro  el  corazón  *, 

tos  le  visitaron  en  Valencia,  no  es  racional  suponer  que  dejara  sin  pag-o  y 
sin  premio  á  los  judios  de  Burgos;  por  lo  cual,  dado  que  hoy  condenemos 
esta  acción,  conforme  á  los  más  severos  principios  de  moral  (Pidal,  Discur- 
sos Académicos  de  la  Real.  Española,  tomo  I,  pág'.  373),  tenemos  por  hiper- 
bólica y  ofensiva  al  noble  carácter  del  Cid  la  calificación  del  erudito  conde 
Th.  de  Puymaigre,  al  declarar,  no  consultado  el  diverso  espíritu  y  la  condi- 
ción de  los  tiempos,  que  era  «cot  expiídient  dijne  de  Gusman  d'Alfarache». 
i  Sánchez  leyó:  de  dentro  de  los  corazones;  pero  no  advirtió  que  este  ver- 
so no  pedia  aludir  á  las  hijas  del  Cid,  quienes 

Tanto  eran    traspuestas  |  que  non   pueden   decir  iinda; 

sino  al  efecto  que  produjo  aquel  triste  espectáculo  en  Felez  Muñoz,  al  en- 
contrarlas sin  movimiento  ni  habla.  Este  es  sin  duda  uno  de  los  muchos  erro- 
res, de  que  adolece  el  Ms.  que  ha  llegado  á  nuestros  dias. 


II.      PARTE,    CAP.    IV,    PRIM.    MON.   ESC.    DE    LA     POES.     CAST.    187 

Lamando:— Primas!  primas!...  |  Don'  Elvira  é  donna  Sol!... 

Despertedes,  primas,  (  por  amor  del  Criador: 

Que  tiempo  es  el  dia  )  ante  que  entre  la  noch; 

Los  ganados  fieros  non  |  nos  coman  en  aquest,  mont. 

Á  las  cariñosas  voces  de  Felez  vuelven  en  sí  las  hijas  de  Jime- 
na,  creciendo  al  par  la  tierna  solicitud  del  hidalgo: 

2802    Esforzadvos,  primas,  |  por  amor  del  Criador. 

De  que  non  me  fallaren  |  los  Infantes  de  Carrion; 
Á  gran  priesa,  [mias  primas],  seré  buscado  yo. 
Si  Dios  non  nos  vale,  |  aquí  morremos  nos. 

Después  de  apagar  la  rabiosa  sed  que  aqueja  á  las  doloridas 
damas  y  de  restituirlas  á  la  vida,  alentándolas  para  salir  de  aquel 
lugar  montañoso,  logra  Felez  ponerlas  en  su  caballo,  y  cubrién- 
dolas con  su  propio  manto,  se  aparta  del  teatro  de  la  crueldad  de 
los  condes  y  de  la  deshonra  de  Mió  Cid,  llevando  su  corcel  de  la 
rienda. — Así  se  expresa  y  obra  este  guerrero,  cuya  fisonomía 
tierna  y  simpática  no  puede  fácilmente  confundirse  con  la  de  sus 
compañeros  de  armas. 

Muño  Gustioz  es  también  noble,  valiente  y  generoso;  pero  so- 
bre estas  cualidades  brilla  al  más  alto  grado  otro  sentimiento  que 
basta  Pitra  distinguirle  entre  sus  esforzados  compañeros:  el  senti- 
miento religioso,  que  con  tanto  vigor  anima  á  aquella  raza  de  pa- 
ladines, se  halla  más  pi^ofundamente  arraigado  en  el  corazón  de 
Gustioz.  El  respeto  á  las  costumbres  de  sus  mayores  y  la  venera- 
ción á  las  cosas  sagradas  constituyen,  digámosla  así,  el  bello 
ideal  de  su  heroísmo.  Por  esta  causa,  cuando  se  presenta  en  las 
cortes  de  Toledo  el  disipado  Asur  González, 

3386    Manto  armiño  é  un  brial  rastrando, 
le  echa  en  cara  su  libertinaje,  su  impiedad  y  su  escandalosa  im- 
pudencia, al  ver  que  para  un  acto  tan  solemne,  en  que  se  iba  á 
apelar  al  juicio  divino  y  adonde  habían  concurrido  el  Cid  y  los 
suyos,  guardada  la  vigiha  y  el  ayuno, 

Bermeio  viene,  ca  era  almorzado. 

Apostrofándole  después,  condena  de  este  modo  su  habitual  hi- 
pocresía: 
3395    Cala,  alevoso,  malo  é  traidor: 


18S  HISTORIA    CUlTICA   DB    LA    LITERATUIIA    ESPAÍÑÜLA. 

Antes  almuerzas  |  que  vayas  á  oración: 
Á  los  que  (las  paz,  |  fártaslos  aderredor. 
Non  dices  verdad  |  á  amigo  nin  á  sennor: 
Falso  eres  á  todos  |  é  más  al  Criador. 

Pero  en  quioii  más  brilla  el  eutusiasmo  religioso,  en  quien  se 
desarrolla  con  todo  el  vigor  de  que  era  susceptible  en  los  siglos 
XI  y  XII,  es  en  la  figura  del  obispo  don  Gerónimo.  Sabedor  esto 
de  las  prodigiosas  conquistas  llevadas  á  cabo  por  Mió  Cid,  y  ani- 
mado del  más  ardiente  deseo  de  sacrificarse  por  la  religión  cris- 
tiana, vuela  en  busca  de  aquel  héroe,  ansiando  honrar  sus  órde- 
nes y  sus"  manos  con  el  bautismo  de  sangre  sarracena.  Este  es 
pues  su  sueno  dorado  y  la  única  aspiración  de  su  vida,  constitu- 
yendo la  idealidad  poética  de  su  carácter,  que  es  en  suma  la  base 
del  carácter  del  clero  español  en  aquellos  dias.  Así,  después  de 
obtenido  el  obispado  de  Valencia,  todos  sus  pasos  se  encaminan 
al  exterminio  de  la  morisma;  y  ya  asedien  aquella  ciudad  las  te- 
mibles falanges  de  Yuzeph,  ya  la  cerquen  las  formidables  huestes 
de  Búcar,  no  sólo  se  manifiesta  don  Gerónimo  solicito  ministro 
del  altar,  para  absolver  de  sus  culpas  á  los  soldados  de  la  Cruz  en 
la  hora  del  combate  \  sino  que  aparece  también  como  esforzado 


1  Ya  hemos  visto  hasta  qué  punto  estaba  en  las  costumbres  españolas 
canonizadas  por  la  Iglesia  el  tomar  los  pecados,  al  entrar  en  lid  contra  los 
sarracenos  (cap.  XIV  de  la  I.*  Parte):  estas  venerandas  ceremonias  no 
se  interrumpen  en  todo  el  proceso  de  la  reconquista,  y  en  los  primeros 
dias  del  siglo  XIII  desempeñaba  el  historiador  y  guerrero  arzobispo  de  To- 
ledo, don  Rodrigo  de  Rada,  el  mismo  ministerio,  al  avistarse  en  las  gargan- 
tas deMuradal  las  huestes  de  Alfonso  VIII  con  las  falanges  africanas  (Rerum 
Hispan.  Cliron.,  lib.  VIH,  cap.  IX).  Los  soldados  de  la  Cruz  entraban  siem- 
pre en  batalla  facta  confessione,  suinptisque  sacramenlis,  como  que  peleaban 
por  su  Dios,  segaros  de  lograr  la  eterna  bienandanza,  si  morian  en  el  com- 
bate. Así,  personificando  en  el  Poema  de  Mió  Cid  el  obispo  don  Gerónimo  la 
intervención  activa  y  directa  del  clero  español  en  la  obra  de  la  recorvquisla, 
aunque  venido  del  otro  lado  de  los  Pirineos,  reflejaba,  al  filiarse  bajo 
las  banderas  de  Ruy  Díaz,  las  creencias  del  pueblo  castellano,  título  que  le 
asocia  a  la  gloria  del  conquistador  de  Valencia,  purificándole  de  todo  ex- 
tranjerismo. El  poeta  pues,  al  bosquejar  el  carácter  del  obispo  de  Valencia, 
trascribe  en  él  los  rasgos  generales  del  episcopado  y  del  clero  español,  sin 
curarse  de  su  origen  franco:  don  Gerónimo  es  por  tanto  una  idealización,  no 
un  retrato. 


II.     PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA   POES.    CAST.    ÍSQ 

guerrero,  pidiendo  á  3Iio  Cid  las  primeras  heridas,  lo  cual  estaba 
úDicaraente  reservado  á  los  paladines  de  más  probada  bravura. 

iliO    El  obispo  don  Hierónimo  |  la  misa  les  cantaba; 
La  misa  dicha,  |  grant  soltura  les  daba: 
— «El  que  aqui  muriere,  |  lidiando  de  cara, 
Predonl'  yo  los  pecados,  |  é  Dios  le  avrá  el  alma. 
A  vos,  Cid  don  Rodrigo,  |  en  buen  hora  cinxieste  espada: 

1715    Hoy  vos  canté  la  misa  |  por  aquesta  mannana. 
Pidovos  un  don,  |  é  seam'  preséntala: 
Las  feridas  primeras  |  que  las  aya  yo  otorgadas. — 
Dixo  el  Campeador:  |  — «Desaquí  vos  sean  mandadas.» 

Así  se  expresa  don  Gerónimo,  al  acercarse  á  las  puertas  de  Va- 
lencia las  enseñas  del  rey  de  Marruecos:  cuando  la  amenazan  las 
innumerables  haces  de  Búcar,  se  dirige  al  Cid  en  esta  forma: 

23S0    Oy  vos  dix'  la  misa  |  de  sancta  Trinidade, 

Por  eso  salí  de  mi  tierra  |  é  vin'  vos  buscar, 

Por  sabor  que  avía  |  de  algún  moro  matar. 

Mi  orden  é  mis  manos  |  querrialas  ondrar; 

E  á  estas  feridas  |  yo  quiero  yr  delant. 
2383    Pendón  traio  á  corzas  |  é  armas  de  señal. 

Si  pIoguieseáDios,  |  querrialas  ensaiar: 

Mío  corazón,  que  pudiesse  folgar, 

E  vos,  Mío  Cid,  |  de  mi  más,  vos  pagar. 

Si  esle  amor  non  feches  yo  |  de  vos  me  quiero  quitar. 

Á  tal  extremo  llega  el  entusiasmo  religioso  de  don  Gerónimo, 
cuyo  valor  no  se  vé  desmentido  por  el  éxito  del  combate. 

2393    Por  la  su  ventura  |  é  Dios  quel'  amaba 

A  los  primeros  colpes  |  dos  moros  mató  de  lanza: 
El  astil  ha  quebrado,  ]  é  metió  mano  al'  espada. 
Ensaiábase  el  obispo.  |  ¡Dios,  qué  bien  lidiaba!... 
Dos  [moros]  mató  con  lanza  |  é  cinco  con  el  espada. 

El  carácter  del  obispo  don  Gerónimo  es  completo :  el  único  mó- 
vil de  sus  acciones,  la  única  aspiración  de  su  vida  es  el  triunfo  de 
la  religión  cristiana.  A  este  fin  encamina  todos  sus  pensamientos, 
todas  sus  palabras  y  todas  sus  obras.  Si  á  la  fama  de  las  proezas 
del  Cid  ha  corrido  á  Valencia,  sólo  han  movido  sus  pasos  el  entu- 
siasmo religioso  y  el  odio  inextinguible  que  profesa  á  los  enemigos 
de  la  cruz.  Si  después  de  cubrir  su  consagrada  cabeza  con  el  pesa- 
do yelmo  y  de  ceñir  su  pecho  con  la  espesa  loriga ,  duda  de  que 


i 90  HISTORIA   CRITICA   DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Miü  Cid  le  coaceda  romper  el  primero  su  fuerte  lauza  contra  las 
jazerinas  sarracenas,  amenaza  al  debclador  de  Valencia  con  apar- 
tarse de  su  lado,  creyendo  malogradcis  sus  ardientes  esperanzas. — 
Don  Gerónimo,  abriga  dentro  de  su  corazón  el  fuego  sagrado 
que  á  la  inspirada  voz  de  un  oscuro  ermitaño ,  debia  en  breve  in- 
flamar á  toda  Europa,  arrojándola  sobre  el  Oriente,  para  libertare! 
sepulcro  de  Cristo  ^ 

¿Qué  puntos  do  semejanza  encuentra  pues  la  crítica  entre  los 
paladines  que  siguen  las  huellas  del  nieto  de  Lain  Calvo,  luego 
que  se  comparan  sus  caracteres  y  se  notan  maduramente  los  di- 
versos matices  que  coloran  á  cada  uno  de  ellos?...  Fuera  de  las 
grandes  cualidades  comunes  á  todos  los  españoles  de  los  siglos  XI 
y  XII ;  fuera  de  aquellas  condiciones  propias  de  los  que  abrazan  y 
defienden  una  misma  causa  (necesario  es  confesarlo,  en  vista  de 
las  pruebas  que  acabamos  de  presentar) ,  poca  ó  ninguna  es  la 
semejanza  que  entre  los  capitanes  de  Mió  Cid  existe,  no  pudiendo 
en  verdad  ser  mayor  ni  más  evidente  la  diferencia  de  sus  ca- 
racteres. 

Para  formar  contraste  con  esta  naturaleza  de  héroes,  coloca 
además  el  poeta  frente  á  frente  de  ellos  á  los  infantes  de  Carrion, 
cuyo  carácter  no  se  confundirá  por  cierto  con  los  de  tan  esclareci- 
dos campeones  de  la  religión  y  de  la  patria,  y  á  los  condes  castella- 


i  El  efeclo  religioso  de  la  primera  cruzada,  era  ya  general,  cuando  el 
Poema  se  escribe,  habiendo  concurrido  á  estas  memorables  expediciones  algu- 
nos magnates  de  Castilla:  la  Chrónica  de  Alfonso  VII  menciona  en  el  año  H34 
el  viaje  que  hizo  con  muchos  de  los  suyos  el  conde  Rodrigo  González,  toman- 
do parte  activa  en  la  guerra  santa,  construyendo  al  frente  de  Ascalonia,  y  cus- 
todiándolo con  sus  soldados,  el  castillo  de  Toron,  que  entregó  después  á  los 
templarios  (núm.  XVIII).  Aun  cuando  este  egemplo  fué  seguido  por  algunos 
españoles,  como  veremos  al  hablar  de  la  Crónica  de  Ultramar ,  debe  recor- 
darse que  Pascual  I[  expidió  bula,  declarando  que  la  guerra  de  España  era 
también  santa,  con  lo  cual  no  sólo  contuvo  la  emigración,  en  gran  manera 
perjudicial  á  los  fines  de  la  civilización  española,  sino  que  encendió  de  nuevo 
en  los  naturales  aquel  antiguo  espíritu  que  tantos  prodigios  de  valor  habia 
producido.  Por  las  razones  y  los  hechos  que  llevamos  expuestos,  precedió 
pues  en  mucho  á  la  predicación  de  Pedro  el  entusiasmo  bélico  religioso,  des- 
arrollado en  el  suelo  de  la  Península,  atrayendo  á  nuestras  lides  no  pocos 
principes  extranjeros. 


II.*  PARTE,  CAP.  IV.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  19í 

nos,  enemigos  jurados  del  conquistador  de  Yalencia.  Los  de  Carrion, 
raza  ya  afeminada  por  los  deleites ;  mancebos  que  ambicionaban 
no  la  gloria  del  guerrero,  fruto  del  valor  y  del  entusiasmo,  sino 
el  oro  que  alimentase  la  disipación  y  la  molicie,  no  bastando  su 
patrimonio  á  saciar  sus  extravíos,  codician  la  alianza  del  hijo  de 
Diego  Lainez,  para  reparar  su  decadente  fortuna,  apoderándose 
de  las  riquezas  ganadas  por  él  á  costa  de  hazañas.  Noticiosos  de 
las  conquistas  del  héroe  por  el  magnífico  presente  de  los  doscientos 
caballos,  enviados  al  rey  don  Alfonso,  tratan  en  secreto  (aviendo 
su  poridat)  del  partido  que  más  les  convenia,  diciendo: 

1890    Las  nuevas  de  [Mió]  Cid  |  muclio  van  adelant: 
Demandemos  sus  fijas  |  pora  con  ellas  casar; 
Crezreraos  en  nuestra  ondra  |  é  yremos  adelant. 

En  aquella  sed  delirante  de  oro,  olvidan  sin  embargo  las  con- 
diciones ,  y  el  precio  á  que  Mió  Cid  habia  comprado  su  opulencia; 
y  cegados  por  la  mano  de  la  avaricia  que  roe  sus  entrañas ,  no 
preven  siquiera  que  ha  de  llegar  para  ellos  la  amarga  hora  de  la 
prueba.  Asi,  cuando  el  rey  Bíicar  pone  sus  cinqüenta  mil  tiendas 
cabdales  delante  de  Valencia,  con  verdadero  gozo  de  Mió  Cid  é  de 
todos  sus  varones ,  llenos  de  pavor  los  desalmados  infantes ,  pro- 
rumpen  á  solas  (á  part)  en  estas  vergonzosas  palabras  : 

2330    Catamos  la  ganancia  |  é  la  pérdida  non: 
Ya  en  esta  batalla  |  á  entrar  avremos  nos: 
Esto  es  aguisado  |  por  non  ver  Carrion; 
Vibdas  remandrán  |  fijas  del  Campeador. 

Convencidos  interiormente  de  su  infamia,  no  apelan  en  su  des- 
pecho al  único  medio  de  restaurar  la  honra  amancillada  de  sus 
mayores,  conquistando  á  fuerza  de  arrojo  el  amor  y  el  respeto  de 
los  guerreros  de  Yalencia.  Si  han  tolerado  estos  su  cobardía,  si 
han  asentido  en  público,  bien  que  sin  poder  refrenar  la  sonrisa 
del  desprecio,  á  la  declaración  solemne  de  Alvar  Fañez,  y  aun  al 
cínico  atrevimiento  del  infante  Fernán  González,  cuando  dice  á 
Mío  Cid: 

2339    Por  vos  avernos  ondra  |  et  avemos  lidiado, 

debido  es  sólo  al  profundo  cariño  con  que  miran  la  familia  del 
héroe:  las  burlas  (güegos)  de  que  son  objeto  los  condes  entre  la 


192  HISTORIA   CUItICA    DE   LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

muchedumbre,  llegan  no  obstante  á  sus  oídos  y  son  para  ellos  el 
más  duro  castigo  de  su  vergonzosa  conducta.  Mas  sus  corazones 
corrompidos  y  afeminados  únicamente  pueden  abrigar  odio  y  ven- 
ganza: odian  como  cobardes,  y  se  vengan  como  crueles;  porque 
la  crueldad  es  siempre  atributo  de  la  cobardía.  Lleno  pues  su 
corazón  de  ponzoña  contra  Mió  Cid  y  sus  guereros,  exclaman: 

Pidamos  nuestras  mugieres  |  al  Cid  Campeador: 
Digamos  que  las  levaremos  |  á  tierras  de  Carrion. 


Después  en  la  carrera  ]  feremos  nuestro  sabor. 
Antes  que  nos  retrayan  ]  lo  que  cuntió  del  León: 

Haberes  levaremos  (grandes)  |  que  valen  grant  valor; 
2S60    Escarniremos  las  fijai5  |  del  [Cid]  Campeador. 

Daquestos  averes  siempre  |  seremos  ricos  ornes: 
Podremos  casar  con  fijas  [  de  reys  ó  de  emperadores. 

La  falacia  de  los  infantes,  tomado  tan  inicuo  partido,  habla  á 
Mío  Cid  en  esta  forma: 

Dadnos  nuestras  mugieres  I  que  avernos  á  bendiciones: 
Levarlas  liemos  á  nuestras  |  tierras  de  Carrion: 
Meterlas  hemos  [privado]  |  en  las  villas  [maiores], 
Que  las  diemos  por  arras  |  é  [las  diemos]  ñor  onores: 
2o7o    Verán  vuestras  fijas  ]  lo  que  avernos  nos; 

Los  fijos  que  ovieremos  |  en  qué  avran  partición. 

Sorprendida  la  honradez  de  Mío  Cid,  obtienen  los  infantes  sus 
esposas,  cargados  al  propio  tiempo  de  tesoros.  Los  Robledos  de 
Corpes  eran  mudo  testigo  de  la  lealtad  de  aquellos  codiciosos  y 
disipados  proceres,  y  digno  teatro  de  la  única  hazaña  que  era 
dado  llevar  á  cabo  á  aquellos  desalmados  cortesanos,  quienes  sólo 
hallan  calor  en  los  condes  que  capitanea  Asur  González,  después 
de  cometido  tan  repugnante  atentado. — Estos  personajes  comple- 
tan el  grupo  destinado  en  el  Poema  k  destacar  por  oscuro,  real- 
zando más  y  más  á  los  paladines  de  Mío  Cid.  Breves,  pero  vigo- 
rosos y  decisivos,  son  los  rasgos  que  al  caudillo  caracterizan.  El 
poeta  dice,  al  [irescntarle  por  vez  primera: 

2182    Fvay  Asur  González  |  que  era  bulidor; 

Que  es  largo  de  lengua,  \  mas  en  lo  ál  non  es  tan  pro. 


II,   PARTE,  CAP.  IV.  PRIM,  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  193 

Y  al  tomar  parte  en  el  duelo,  á  favor  de  los  condes  de  Carrion, 
después  de  mostrar  la  poca  reverencia  con  que  veia  las  cosas  sa- 
gradas, y  su  falta  de  respeto  al  rey  y  á  sus  proceres,  entrando 
en  el  palacio  descompuesto  y  bermejo  con  el  vino  y  los  manjares 
del  almuerzo,  cuando  la  solemnidad  del  acto  demandaba,  según 
arriba  vá  notado,  el  más  severo  ayuno,  pone  en  su  boca  estas 
palabras  injuriosas  y  dichas  con  poco  recabdo: 

3390    Quien  nos  darle  nuevas  |  de  Mió  Cid,  el  de  Bibar?         » 
Fues'  á  Riodouírna  |  los  molinos  picar, 
E  prender  maquilas,  |  como  lo  suele  far. 
Quir  daríe  con  los  [Gondes]  |  de  Carrion  á  casar?.;. 

Este  mismo  conde,  que  así  insultaba  á  Mió  Cid  en  pleno  con- 
sistorio, pedia  después,  invocando  el  nombre  de  Dios,  la  vida  á 
Muño  Gustioz,  derribado  del  caballo  al  golpe  de  su  lanza  en  el 
palenque  de  Carrion. 

Al  lado  de  estas  figuras,  bosquejadas  con  tan  negras  tintas, 
para  ignominioso  padrón  de  una  corte,  donde  el  sentimiento  de 
la  independencia  habia  cedido  el  puesto  á  la  lisonja  y  al  falso  in- 
terés que  acariciaba  los  instintos  del  feudalismo  extranjero,  puso 
también  el  poeta  las  dos  bellísimas  figuras  de  doña  Sol  y  doña 
Elvira,  hijas  tiernas,  respetuosas  y  obedientes  que  se  sacrifican 
en  aras  de  la  reconciliación  de  su  padre  y  de  su  rey.  Aquellas 
Cándidas  flores,  que  hablan  crecido  en  el  retiro  de  Cárdena,  ve- 
ladas al  soplo  del  mundo,  que  sólo  habían  gozado  las  caricias  de 
una  madre  apasionada,  ignorando  los  sinsabores  del  siglo,  ni  aun 
cuando  se  ven  cruelmente  ofendidas  y  maltratadas  por  los  infan- 
tes, pierden  la  fragancia  que  las  rodea,  no  logrando  marchitar  su 
lozano  brillo  el  aliento  emponzoñado  de  aquellos  crueles  ver- 
dugos. 

2736    Dos  espadas  tenedes,  j  fuertes  é  taladores. 

Cortadnos  las  cabezas,  j  mártyres  seremos  nos, 

exclaman,  al  verse  azotar  inhumanamente  por  unos  hombres  que 
habían  huido,  como  raposas,  del  estruendo  de  las  batallas,  y  que 
sólo  empuñan  las  armas,  cuando  les  acosa  el  temor  de  vergonzosa 
é  inevitable  muerte. 

En  doña  Sol  y  doña  Elvira  se  descubre  un  tesoro  de  amor  y 
de  virtud  inagotables:  han  llegado  á  la  flor  de  su  juventud  sin 

TOMO  III.  13 


194  HISTORIA    CntTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

otra  idea  que  la  del  respeto  filial,  sin  otra  voluntad  que  la  de  J¡- 
mena;  y  acostumbradas  á  la  obediencia,  (lue  es  para  ellas  un  de- 
ber sagrado,  no  vacilan  en  presentarse  erguidas  *  al  sacrificio 
de  su  libertad,  cumpliendo  así  los  mandatos  de  un  padre,  que  llo- 
raban desde  la  infancia  en  el  destierro.  Cuando  villanamente  azo- 
tadas y  escarnecidas  por  los  infantes,  vuelven  al  seno  de  Jimena 
y  de  Ruy  Diaz,  ni  una  acusación  ni  una  queja  sale  de  sus  labios, 
para  acrecentar  la  pena  de  aquellos  desconsolados  padres.  lié 
aquí  pues  cómo  en  el  Poema  de  Mió  Cid  no  faltan  esos  contrastes 
vigorosos  que  señalan  en  el  gran  cuadro  el  valor  de  cada  perso- 
naje, brillando  estos  por  la  fuerza  del  claro-oscuro  que  le  dá  ver- 
dadero relieve. 

Entre  todas  las  figuras  sobresalen  sin  embargo  la  de  Mió  Cid, 
la  de  Jimena  y  la  del  rey  don  Alfonso.  El  Cid,  á  quien  algunos 
escritores  dan  el  titulo  de  Aquiles  español",  aparece  sobre  la  cú- 


{  Acaso  al  examinar  la  obra  de  un  arte  adelantado,  no  rcparariamos  en 
esta  circunstancia;  pero  tratándose  de  un  monumento  de  la  primitiva  poesía 
castellana,  conviene  notar  el  modo  cómo  describe  el  poeta  á  las  hijas  de  Mió 
Cid,  cuando  el  héroe  ordena  á  Minaya  que  las  despose  con  los  infantes: 

223S     LcvJntanse  derechas,  |  et  metiógelas  ea  mano. 

Adviértase  lo  que  significa  levantarse  derechas,  cuando  sólo  la  idea  de  la 
obediencia  las  obliga,  y  se  acabará  de  formar  completa  idea  del  carácter  be- 
llísimo de  estas  dos  hermosas  criaturas. 

2  Como  esta  denominación  repetida  pudiera  dar  origen  en  la  juventud  á 
equivocadas  opiniones  (y  á  fin  de  completar  en  lo  posible  el  estudio  sobre 
el  carácter  del  Cid),  parécenos  oportuno  observar  que  sólo  hay  punto  de 
analogía  en  la  alta  representación  que  uno  y  otro  personaje  alcanzaron  en  su 
nación  respectiva.  Al  considerar  las  dotes  que  en  cada  cual  resaltan,  se  com- 
prende en  efecto  que  esta,  como  todas  las  comparaciones  semejantes,  no 
puede  ser  exacta.  Aquiles,  cuya  venganza  canta  Homero,  era  una  necesidad 
del  pueblo  argivo:  sin  su  brazo  invencible,  ni  podían  ser  destruidos  los  mu- 
ros de  Troya,  levantados  por  Apolo  y  Nepluno,  ni  perecer  tampoco  el  joven 
Troilo,  hijo  de  Priamo,  á  cuya  suerte  estaba  ligada  por  el  Destino  la  fortuna 
de  la  desventurada  Ilion. — Aquiles,  sacado  por  la  astucia  de  Ulises  del  pa- 
licio  de  Deidimia,  cede  al  decreto  inexorahle  del  Hado  que  le  arrastra  al  Asia, 
no  como  el  libertador  del  pueblo  lielcno,  sino  como  instrumento  de  la  ven- 
ganza de  una  familia  tristemente  fatal  para  Grecia,  hallando  ante  los  muros 
de  Troya  la  muerte,  á  que  estaba  predestinado  y  que  Tclis,  su  madre,  había 


II.*  PARTE,  CAP.  IV.  PRIM,  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  495 

pala  del  edificio,  como  la  estatua  de  la  fé  que  ostenta  en  su  dies- 
tra el  lábaro  triunfante.  Es  como  dejamos  apuntado  en  otro  lu- 
gar, la  representación  viva  del  espíritu  caballeresco  español,  el 

procurado  evitar,  bañándole  en  la  Estigia.   La  cólera  de  Aquiles,   principal 
asunto  de  Homero,   le  lleva  hasta  el  punto  de  cebarse  inhumana  y  cruel- 
mente en  el  cadáver  de  Héctor,  inmolado  á  los  manes  de  su  querido  Patro- 
clo:  no  es  ya  entonces  el  sentimiento  nacional  ni  el  ultraje  recibido  por  los 
Atridas  lo  que  mueve  su  iracunda  y  exterminadora  diestra:  muévela  sólo  el 
rencor  que  engendra  en  su  pecho  contra  los  troyanos  la  desastrosa  muerte  de 
su  amigo,  quien  según  la  inapelable  ley  del  Destino  debia  morir  á  manos  de 
Héctor.  Áquiles,  tan  impetuoso  y  terrible  como  lo   presenta  el  gran  poeta 
de  Smyrna  en  su  inmortal  epopeya,   es   el  hijo  de  la  diosa  de  los  mares  y 
viste  las  armas  que  á  ruego  de  la  misma  Tétis  le  habia  forjado  Vulcano.  Todo 
es  fatal  en  la  vida  del  héroe  griego,   sin  que   basten  ni  su  naturaleza  sobre- 
humana, ni  el  solícito  amor  de  su  madre,   ni  las  armas  invencibles  que  cu- 
bren su  cuerpo,  ni  las  aguas  de  la  Estigia  que  le  hacen  invulnerable,  á  liber- 
líirle  del  tremendo  fallo,  escrito  en  el  libro  de  la  Fatalidad  por  el  Destino. — 
El  Cid  por  el  contrario  jamás  aparece  como  una  necesidad  fatal  de  la  grey 
castellana:  el  enemigo  de  su  pueblo  lo  era  igualmente  de  su  Dios:  la  religión 
y  el  patriotismo  fueron  por  tanto  los   poderosos  móviles  de  sus  hazañas.  Ro- 
drigo, considerado  en  la  Leyenda,  despierta  al  grito  del  ofendido  honor  de  su 
padre,  para  vengar  la  recibida  injuria:  después  se  lanza  en  mitad  de  los  com- 
bates para  purgar,  por  decirlo  así,  aquella  culpa  venial  de  su  caballerismo; 
y  en  esta  carrera  de  gloriosas  jornadas,  donde  avasalla  reyes  enemigos,  con- 
quista la  admiración  de  sus  compatricios  y  el  cariño  de  su  monarca,  colo- 
cándose al  frente  de  la  nobleza  castellana.  Cuando  puede,  'caer  sobre  el  ho- 
nor de  su  pueblo  la  negra  mancha  de  la  traición  de  Vellido,  el  Cid  es  el  úni- 
co hombre  que  se  atreve  á  exigir  el  juramento  de  Alfonso,  sin  que  le  mueva 
á  tan  ardua  empresa  el  fallo  de  una  divinidad  inexorable,  ni  le  arredre  tam- 
poco la  ira  del  soberano,   tan  generosa  y  noblemente  provocada.  Si   Aquiles 
a^)andona  á  los  griegos  cuando   el  capricho   de  Agamenón  le  despoja  de  su 
esclava  Briseida,  el  Cid,   desterrado  de  Castilla,   desposeído  de  sus  bienes  y 
separado  de  su  esposa  y  de  sus  hijas,  parle  con  su  rey  el  fruto  de  sus  vic- 
torias, anhelando  su  amistad  y  no  parando  hasta  conseguir  su  gracia. — No 
es  Ruy  Diaz  de  Vivar  de  la  prosapia  de  Júpiter  ni  de  Venus,  ni  ciñe  su  cuer- 
po con  una  armadura  templada  por  los  cíclopes:  es  el  hijo  menor  de   Diego 
Lainez,  á  quien  la  primera  nobleza  de  Castilla  echaba  en  cara  la  humildad 
de  su  estirpe,  y  sólo  cubre  su  pecho  espesa  loriga,   tejida  por  mano  de  otro 
hombre.  Ki  es  tampoco  invulnerable:    sólo  se  le  ha  revelado  en  sueños  que 
obtendrá  el  premio  de  su  fé  y  de  sus  virtudes;   revelación  que  no  sale  de  su 
pecho  y  que  basta  para  encender  el  fuego  de  la  creencia  y  del  patriotismo 
en  el  fondo  dé  su  alma,  impulsándole  secretamente  en  la  senda  de  la  gloria. 


196  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    KSPAJÍOLA. 

símbolo  de  las  libertades  y  de  la  independencia  castellana,  y  en 
una  palabra  el  héroe  de  la  relip^ion  y  de  la  patria;  pero  no  un  hé- 
roe inllexible,  para  quien  nada  significan  las  flaiiuezas  de  la  hu- 
manidad, para  quien  son  estériles  los  sentimientos  de  familia.  El 
Cid  es  vasallo,  es  padre  y  es  esposo,  al  mismo  tiempo  que  ciñe 
sus  sienes  con  el  inmarcesible  lauro  de  cien  victorias.  Cual  vasa- 
llo de  un  rey,  á  quien  considera  ya  como  dado  por  la  mano  de 
Dios,  ni  puede  ni  debe  contrariar  sus  mandatos,  por  más  que  re- 
pugnen á  sus  naturales  instintos,  ni  le  es  dado  tampoco  exami- 
nar la  justicia  ó  injusticia  de  los  mismos.  La  idea  de  haber  exci- 
tado su  enojo  le  aflige  sin  embargo  en  el  destierro;  y  su  único 
deseo,  su  único  afán  se  dirige  á  disipar  el  ceño  de  su  rostro. 
Cuantas  pruebas  de  respeto  y  de  cariño  puede  imaginar  su  acri- 
solada lealtad  son  tributadas  por  Mió  Cid  al  rey  Alfonso,  no  cre- 
yendo solemnizar  sus  maravillosos  triunfos  sin  compartir  los  des- 
pojos del  campo  con  el  monarca  que  le  tiene  desterrado.  Así, 
cuando  sabe  que  vencido  el  rey  de  su  heroísmo  y  de  su  genero- 
sidad consiente  al  cabo  en  restituirle  su  cariño,  rebosa  su  alma  en 
la  más  pura  alegría,  levantando  las  manos  al  cielo  para  rendirle 
gracias  por  tan  señalada  ventura.  ^ 

1930    ¿Cómo  son  las  saludes  |  de  Alfonso,  mío  sennor?.,. 
[Decilme]  si  es  pagado,  j  ó  si  recibió  el  don?... 
Dixo  iMinaya  [Alvar  Fañez]:  j  D'alma  é  de  corazón 
Es  pagado  [don  Alfonso]  |  é  davos  su  amor. 
Dixo  Mió  Cid:  |  Grado  al  Criador. 

No  puede  en  verdad  trazarse  con  más  breves  pinceladas  cuadro 
tan  completo,  ni  donde  resalte  más  vigorosamente  la  no  desmentida 
lealtad  de  Ruy  Diaz,como  vasallo  del  rey  de  Castilla. — Como  padre 
y  como  esposo,  llora  copiosamente,  al  separarse,  tal  vez  para 
siempre,  de  su  triste  Jimena  y  de  sus  inocentes  hijas;  pero  su 

El  Cid  no  es  grande  á  pesar  suyo,  sino  en  virtud  de  su  libre  albedrio,  que 
aun  viéndole  consultar  los  agüeros,  le  separa  de  los  demás  guerreros  y  cor- 
tesanos y  que  le  presenta  como  una  individualidad  altamente  heroica,  en 
torno  de  la  cual  se  agrupa  todo  lo  más  noble,  todo  lo  más  valeroso  y  todo  lo 
más  independiente  del  pueblo  castellano.  Creemos  por  tanto  que  hay  cierto 
peligro  en  designar  al  primor  paladin  de  España  con  el  nombre  de  Aquilet, 
y  no  entera  exactitud  en  el  sentido  verdaderamete  crítico. 


II.      PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    197 

llanto  no  es  el  llanto  del  hombre  afeminado  y  cobarde,  cuya  ver- 
gonzosa debilidad  repugna  al  sentimiento  de  lo  grande  y  de  lo  su- 
blime: el  Gid  llora  con  la  ternura  apasionada  del  héroe,  á  quien 
persigue  la  ira  de  su  rey;  con  la  simpática  espansion  del  guerre- 
ro que  vuela  desde  los  brazos  de  su  esposa  á  coronarse  de  laure- 
les en  el  campo  de  batalla.  Y  á  estas  cualidades,  que  constituyen 
en  el  fondo  el  admirable  carácter  del  hijo  de  Diego  Lainez,  se 
agregan  también,' en  medio  de  una  honrada  credulidad  que  bur- 
lan torpemente  los  infantes  sus  yernos,  una  generosidad  y  esplen- 
didez sin  límites  y  una  prudencia  y  cordura  propiamente  nesto- 
rianas,  siendo  ineficaces  cuantas  alabanzas  pudieran  hacerse  de  su 
esfuerzo:  su  espada  jamás  se  mira  fambrienta.  Mió  Cid  es,  en  una 
palabra,  leal  con  su  rey  hasta  el  idealismo;  tierno  y  cariñoso  con 
su  esposa  y  sus  hijas;  generoso  y  magnánimo  con  los  vencidos: 
dadivoso  con  los  suyos;  espléndido  para  con  los  extraños;  pru- 
dente y  moderado  en  el  triunfo;  terrible  y  exterminador,  como 
el  rayo,  en  los  combates.— Y  si  lleno  de  heroico  entusiasmo,  con- 
sagra todo  su  valor  en  aras  de  la  independencia  y  de  la  religión 
de  su  pueblo,  también  responde  con  varonil  entereza  al  grito  de 
su  honor  ofendido,  siendo  éste  móvil  no  menos  poderoso  de  sus 
grandes  hazañas.  En  la  Leyenda  de  las  Mocedades  le  pone  en 
la  diestra  la  injuria  recibida  por  el  anciano  Diego  Lainez  la  ven- 
gadora espada,  quehabia  de  brillar  triunfante  en  el  suelo  de  Fran- 
cia: en  el  Poema  le  incita  á  tomar  venganza  de  los  condes  de 
Carrion  la  torpe  mancha  que  osan  estos  echar  sobre  su  clarísima 
fama  en  los  Robledos  de  Corpes.  Así,  el  honor  ultrajado  de  Mió 
Cid,  siendo  en  su  juventud  el  aguijón  que  despierta  su  heroísmo, 
le  mueve  también  en  los  últimos  dias  de  su  vida  á  recurrir  al  jui- 
cio de  Dios,  excitando  una  y  otra  vez  la  admiración  y  el  entu- 
siasmo del  pueblo  castellano.  Por  eso  el  honor  viene  á  ser  la  más 
firme  base  de  su  elevado  carácter,  animando  desde  entonces  este 
sentimiento  á  los  héroes  españoles,  y  siendo  el  tema  favorito  de 
los  poetas  populares  ' . 

i  Este  sentimiento  penetra  por  último  en  el  teatro,  produciendo  las  más 
preciosas  joyas  de  la  dramática  española.  Al  estudiar  pues  el  arte  de  Lope 
y  de  sus  discípulos,  veremos  compi-obada  esta  observación,  debida  á  los  pri- 
meros monumentos  de  la  poesía  castellana. 


198  HISTORIA    CRlTir.A    l)B    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

.limeña  es  el  modelo  de  las  esposas.  Obediente,  sumisa,  cari- 
ñosa y  tierna  para  con  Mió  Cid,  no  es  todavía  la  mujer,  á  quien 
levanta  sobre  los  altares  de  la  galantería  un  caballerismo  exa- 
gerado. Ni  la  rodea  el  fingido  respeto  que  los  provenzales  tribu- 
tan á  sus  damas,  al  mismo  tiempo  que  ponen  á  prueba  su  que- 
bradiza virtud,  ni  la  asedian  tampoco  los  voluptuosos  deseos  que 
halagan  la  imaginación  ardiente  de  las  mujeres  orientales.  El 
amor  que  une  d  Jimena  con  el  conquistador  de  Yalencia  no  ha 
menester  revestirse  de  formas  hiperbólicas  para  ser  puro,  grande 
y  verdadero,  bien  que  no  menos  respetuoso,  tierno  y  apacible: 
se  expresa  con  la  sencillez  y  la  espontaneidad  que  recibe  del  sen- 
timiento; y  sin  exigir  un  culto  idólatra,  tiene  en  el  honor  su  más 
firme  escudo  y  so  cobija  bajo  el  manto  de  la  religión,  que  le  presta 
al  par  su  magnifica  y  brillante  aureola.  Jimena  es  por  tanto  la 
mujer  histórica  de  España  en  los  siglos  XI  y  XII,  no  pudiendo 
existir  en  el  arte  con  diversas  condiciones  de  las  que  ostentaba 
en  la  vida  real;  vida  notablemente  poética  por  multitud  de  acci- 
dentes y  circunstancias,  nacidas  de  las  costumbres  y  engendradas 
por  los  sentimientos  y  las  creencias. 

Objeto  constante  del  cariño  y  del  respeto  del  héroe,  no  se  des- 
deña de  reconocerle  como  á  su  natural  señor,  ni  juzga  quebrantar 
los  fueros  de  la  belleza,  humillándose  ante  él  y  besándole  las  ma- 
nos ^.  En  semejantes  actos  de  sumisión  y  de  acendrado  cariño,  no 
es  posible  pues  encontrar  la  mujer  idealizada  por  el  arte,  cuando 
admite  ya  este  la  influencia  del  elemento  caballeresco;  porque  en 
aquellos  dias  de  heroísmo,  siendo  el  amor  un  sentimiento  verda- 
dero y  profundo,  que  bastaba  para  purificar  el  corazón,  derramando 
en  él  raudales  de  felicidad  y  brindándole  segura  bienandanza ,  ni 
se  sospechaba  siquiera  por  los  guerreros  españoles  que  para  santi- 
ficar aquella  pasión  noble  y  pura,  necesitaban  entregarse  á  los 
desvarios  y  extravagancias  que  la  adulteraban  y  desfiguraban  en 
los  paises  propiamente  feudales  2. 


i     Véase  el  capítulo  anterior,  págs.  140  y  150. 

2  Para  no  amonlonarnucvos  testimonios,  remitiremos  á  los  lectores  á  la 
lluslraciou  VI.*  de  la  I."  Parle,  donde  queda  ya  reconocida  la  mujer  ideali- 
zada por  los  trovadores,  no  menos  que  el  amor  por  ellos  cultivado  y  sometido 


11.*    PARTE,    CAP.    IV.    PniM.    MON.    ESG.    DE    LA    POES.    CAST.    199 

Mas  no  sólo  es  Jimena  la  esposa  sumisa  que  refleja  en  sí 
todas  las  dotes,  todas  las  virtudes  de  las  mujeres  castellanas  de 
los  siglos  XI  y  XII :  en  el  Poema  que  vamos  analizando,  apa- 
rece también  como  el  modelo  de  las  madres  cristianas.  Solícita, 
tierna  y  apasionada  para  con  las  prendas  de  su  amor,  consa- 
gra en  el  retiro  de  Cárdena  toda  su  existencia  á  inocular  en  sus 
corazones  aquellas  mismas  virtudes,  logrando  así  su  asiduo  des- 
velo formar  el  alma  purísima  de  doña  Sol  y  doña  Elvira. — 
Si,  cuando  los  infantes  de  Carrion  solicitan  la  mano  de  estas, 
recela  y  desconfia  de  la  probidad  de  aquellos  disipados  mancebos, 
el  respeto  profundo  que  le  inspira  la  voluntad  de  Mió  Cid  y  la  cos- 
tumbre de  la  obediencia  sellan  sus  labios,  comprendiendo  como 
prudente  y  discreta  que  debia  doblar  el  cuello  al  sacrificio  impuesto 
por  el  rey  á  la  lealtad  de  su  esposo.  Su  amor  adivina ,  al  dejar  á 
Yalencia  los  infantes  para  restituirse  á  Castilla,  la  deshonra  que  á 
sus  queridas  hijas  amenaza:  la  veneración  con  que  oye  siempre  los 
mandatos  de  su  esposo,  le  arranca  no  obstante  el  consentimiento, 
sin  que  en  el  punto  de  la  despedida  dé  muestra  alguna  de  flaque- 
za. Hé  aquí  la  simpática  y  expresiva  fisonomía  de  Jimena,  en  la 
cual,  según  vá  insinuado,  se  contempla  el  brillante  bosquejo  de  la 
mujer  española  del  siglo  XI,  con  todas  sus  virtudes  y  sencillos 
encantos . 

El  rey  don  Alfonso,  aunque  ofendido  por  la  indomable  entereza 
de  Mío  Cid,  aunque  airado  después  por  la  noble  franqueza  del  va- 
sallo que  osa  contradecirle ,  en  nombre  de  las  libertades  y  fueros 
de  Castilla,  y  siempre  excitado  contra  el  héroe  por  la  torcida  é 
implacable  envidia  de  los  áulicos,  todavía  oye  con  generoso  agrado 
los  maravillosos  triunfos  de  Ruy  Diaz ;  y  sorprendido  á  vista  de 
tanta  lealtad  y  cabaUerismo,  se  envanece  de  ser  rey  de  un  caudillo 
á  quien  pagan  tributo  otros  reyes,  volando  la  fama  de  su  nombre 
de  uno  á  otro  confín  de  España.  Don  Alfonso  duda  entre  el  herido 
orgullo,  la  dignidad  de  soberano  y  la  admiración  que  experimenta 
su  pecho  al  contemplar  la  grandeza  del  héroe:  fluctúa  en  verdad 
entre  la  influencia  de  los  áulicos  y  el  predominio  extranjero  que 


á  un  código  tan  repugnante  como  contrario  á  las  leyes  del  decoro  y  aun  de  la 
misma  naturaleza. 


200  HISTORIA    CRItICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

habia  recibido  en  su  corto,  más  inadvertido  que  prudente,  y  la 
preponderancia  popular  de  Mió  Cid ;  pero  al  cabo  triunfa  la  recti- 
tud de  su  alma  de  las  sugestiones  de  menguados  cortesanos ,  que 
envidian  el  valor  y  la  gloria  de  aquel  guerrero ;  y  dando  rienda 
suelta  ásus  nobles  sentimientos,  le  restituye  su  mujer,  sus  hijas  y 
sus  riquezas ,  conservándole  en  su  gracia  hasta  que  pasa  de  esta 
vida.  El  más  claro  testimonio  de  la  sinceridad,  con  que  el  rey  don 
Alfonso  recibe  en  sus  brazos  al  debelador  de  Valencia,  reconcilián- 
dose de  esta  manera  con  los  ofendidos  instintos  de  su  pueblo,  existe 
en  la  indignación  con  que  sabe  la  bastarda  conducta  de  los  condes. 
Cuando  á  presencia  de  los  grandes  y  prelados  del  reino,  se  dirige 
á  Mió  Cid,  para  que  exponga  su  queja  contra  aquellos,  diciéndole: 

3154    Agora  demande  j  Mió  Cid,  el  Campeador: 

Sabremos  qué  responden  |  Infantes  de  Carrion, 

y  el  Cid  le  replica : 

Por  mis  fijas  quem'  dexaron  1  yo  non  lié  desonor: 
Ca  vos  las  casastes,  Rey,  1  sabredes  que  fer  hoy; 

comprende  don  Alfonso  la  alta  prueba  de  hidalguía  que  el  hijo  de 
Diego  Lainez  exige  de  su  lealtad;  y  tomando  por  suya  la  ofensa 
recibida  en  los  Robledos  de  Corpes,  acoge  bajo  la  salvaguardia 
real  á  los  guerreros  que  en  nombre  del  héroe  apelaban  al  juicio 
divino,  para  convencer  de  traición  á  los  alevosos  infantes.  El  triunfo 
completo  que  aquellos  obtienen  en  las  mismas  tierras  de  Carrion? 
colmando  las  esperanzas  de  Mió  Cid,  llena  también  de  gozo  al 
monarca,  quien  receloso  de  los  condes,  emplea  todas  las  precau- 
ciones que  le  sugiere  su  nobleza,  para  poner  á  salvo  de  cualquier 
golpe  airado  {saltó)  á  los  paladines  de  doña  Sol  y  doña  Elvira. 

Véase  pues  cómo  no  es  la  variedad  en  los  caracteres  la  prenda 
que  menos  resalta  en  este  poema  heroico,  que  tan  dignamente  re- 
fleja la  cultura  del  pueblo  español  en  los  siglos  XI  y  XII.  Si  des- 
provisto el  poeta  de  la  experiencia  propia  de  un  arte  adelantado, 
no  ha  podido  desarrollar  plenamente  estos  caracteres;  si  conten- 
tándose con  la  belleza  extraordinaria  de  los  personajes,  tales  como 
los  habia  creado  la  imaginación  del  pueblo  y  los  conservaba  la 
inmediata  tradición,  no  concibe  siquiera  la  necesidad  de  atribuirles 


II,*  PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA   POES.    CAST.     201 

nuevas  prendas,  no  por  esto  podrá  decirse  con  justicia  que  no 
supo  distribuir  convenientemente  los  colores  en  el  cuadro  que 
pinta,  logrando  darle  esa  viril  armonía,  que  tanto  seduce  á  los 
que  aciertan  á  examinar  con  verdadero  espíritu  crítico  tan  pere- 
grino monumento.  Lo  que  se  nota  en  este  atrevido  bosquejo  del 
heroísmo  castellano  es  sin  duda  que  son  demasiado  brillantes  los 
colores  que  dan  vida  á  los  personajes,  echándose  al  par  de  menos 
la  dulzura  y  morbidez  de  las  medias  tintas.  Pero  ya  lo  hemos  indi- 
cado: esos  colores  primitivos,  tan  brillantes  en  el  Poema  de  Mió 
Cid  como  en  las  tablas  bizantinas,  son  los  únicos  de  que  puede  dis- 
poner un  arte  que  se  halla  todavía  en  sus  primeros  albores.  Ha 
bastado  no  obstante  esa  brillantez  y  extraordinaria  frescura  para 
arrancar  de  los  críticos  la  confesión  de  que  abundan  en  tan  pre- 
ciosa joya  de  la  poesía  castellana ,  rasgos  verdaderamente  subli- 
mes, no  faltando  escritores  que  en  la  nativa  sencillez  de  estos 
mismos  rasgos  hayan  descubierto  todo  el  candor  y  toda  la  gran- 
deza de  Homero . 

El  Poema  de  Mió  Cid  no  debía  sin  embargo  llenar  respecto  de 
su  conjunto  las  condiciones  deducidas  del  estudio  de  la  epopeya 
clásica:  antes  de  ahora  hemos  visto  cuáles  son  los  fundamentos  del 
arte  cristiano,  observando  también  que  apartándose  grandemente 
de  los  que  constituyen  el  arte  homérico,  no  era  posible  que  hubiese 
semejanza  alguna  en  los  medios  de  manifestación  por  entrambos 
empleados.  La  epopeya  griega  admitía  lo  sobrenatural ,  como  ele- 
mento indispensable  para  su  completo  desarrollo ,  haciendo  inter- 
venir á  los  dioses  en  las  cosas  de  los  hombres  de  una  manera 
personal  y  activa,  de  donde  han  sacado  los  preceptistas  la  necesi- 
dad de  ese  recurso  artístico  denominado  máquina.  También  la 
epopeya  cristiana  debía  fundarse  en  lo  maravilloso ;  pero  sin  nece- 
sidad de  que  se  dividiesen  en  opuestos  bandos  las  potestades 
celestiales,  para  decidir  de  la  suerte  de  dos  ejércitos  enemigos,  ni 
se  expusieran  tampoco  á  que  la  pica  de  un  caballero  derramara  su 
sangre  en  mitad  de  las  batallas  *.  Lo  maravilloso,  lo  sobrenatural 
estriba  en  la  omnipotencia  de  un  solo  Dios  y  en  la  fuerza  del  sen- 
timiento religioso  y  patriótico,  móviles  que  impulsando  á  los  guer- 

1     Riada,  lib.  V,  vers.  334  á  340. 


202  HISTORIA    CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

reros  á  lodo  liniijo  de  empresas,  patentizan  la  terrible  lucha  del 
IViiiíil  barro  que  los  viste  y  del  levantado  espíritu  que  los  intlama. 
Dios  envia  alguna  vez  sus  ángeles  ó  sus  santos  para  confortar  ese 
mismo  espíritu;  pero  sin  anular  jamás  el  libre  albedrio,  ni  con- 
ti'aponer  tampoco  su  iníinito  poder  al  de  otra  divinidad  alguna. 

Tal  es  la  inagotable  fuente  de  las  situaciones,  ya  terribles,  ya 
patí^ticas,  ya  cómicas  y  apacibles,  que  en  el  Poema  de  Mió  Cid 
encontramos.  No  hay  en  él  episodios  ni  incidentes  fantásticos,  que 
alterando  frecuentemente  el  orden  de  las  cosas,  den  forzada  varie- 
dad á  la  narración,  cargándola  de  galas  excesivas  ú  ornaraen- 
tos  extraños :  fuera  de  la  aparición  del  arcángel  Gabriel ,  expuesta 
con  suma  sencillez,  no  puede  mostrarse  el  poeta  más  sobrio,  al 
referir  los  hechos  que  le  inspiran,  tal  vez  convencido  do  que  sójo 
há  menester  de  su  propia  grandeza  para  excitar  con  ellos  el  entu- 
siasmo de  la  muchedumbre,  á  quien  dirige  sus  cantares.  Por 
esta  razón  ni  invierte  ni  trastorna  los  sucesos  (lo  cual  ha  sido 
causa  de  que  se  dé  al  Poema  el  título  de  Crónica),  ni  busca  á 
sabiendas  la  contraposición  de  estudiadas  y  facticias  situaciones, 
ni  se  mortifica  para  hallar  en  medio  de  su  entusiasmo  la  belleza 
de  la  frase;  y  sin  embargo  sorprende  y  conmueve  el  ánimo  del 
lector  muy  á  menudo  con  la  novedad  é  interés  de  las  situaciones, 
no  menos  que  con  la  ingenua  sublimidad  de  los  pensamientos. 

Fuerza  es  pues  convenir  en  que,  si  carece  el  Poema  de  Mió 
Cid  de  aquellas  ficciones  y  perfiles,  propios  de  una  poesía  más  ar- 
tística y  adelantada,  no  faltan  en  él  ciertas  condiciones  que,  en 
estrecha  armonía  con  la  sociedad  que  lo  produce ,  podrían  acaso 
colocarle  entre  los  poemas  épicos,  aun  admitiendo  la  idea  que 
dan  los  preceptistas  de  este  linaje  de  composiciones.  No  falta  en 
él  en  efecto  unidad  de  acción,  y  se  cuentan  cosas  de  reyes  y  de 
egregios  caudillos,  pudiendo  aplicársele,  como  notó  el  diligente 
don  Tomás  Antonio  Sánchez,  el  precepto  de  Horacio: 

Res  gestae  regumque,  ducumque  et  trislia  bella  '. 
Y  observaremos  más:  siguiendo  las  doctrinas  de  los  grandes 


1     Horacio,   Episl    ad  Pissoncs,  ver.  73;    Colee  de  poes.    cast.,   tomo  I, 
Páír.  230. 


II.*   PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE   LA    POES.    CAST.    203 

críticos  de  nuestros  dias,  es  decir,  admitiendo  que  la  epopeya  debe 
revelar  un  pueblo,  una  religión  y  una  historia,  tampoco  seria  gran 
despropósito  el  clasificar  este  peregrino  poema  entre  las  epopeyas 
primitivas.  Sin  embargo,  á  pesar  de  reflejarse  en  él  de  un  modo 
sorprendente  las  creencias  y  las  costumbres  del  pueblo  castellano; 
á  pesar  de  revelarnos  las  maneras  de  explicarse  aquellos  infanzo- 
nes de  luenga  é  bellida  barba ,  para  valemos  de  la  feliz  expresión 
de  su  primer  editor,  no  llena  cumplidamente  el  Poema  de  Mió  Cid 
las  condiciones  que  ha  impuesto  la  crítica  á  este  género  de  poe- 
mas. La  civilización  española,  que  se  enlaza  estrecha  y  directa- 
mente con  la  de  los  tiempos  modernos,  aparece  en  este  raro  mo- 
numento todavía  en  su  cuna:  el  carácter  nacional  personificado,  y 
si  es  lícito  hablar  así,  reconcentrado  en  Mió  Cfd,  se  halla  todavía 
en  germen.  Verdad  es  que  sin  la  idealización  de  su  historia,  idea- 
lización realizada  casi  enteramente  en  el  Poema,  ni  hubiera  tenido 
aquel  completo  desenvolvimiento ,  ni  habría  llegado  á  ser  el  nieto 
de  Lain  Calvo  tipo  á  un  tiempo  del  valor  y  del  honor  del  pueblo 
castellano.  Pero  en  aquella  primera  mañana  del  arte,  sólo  podía 
ofrecer  pueblo  tan  hidalgo  como  valiente  en  aras  de  la  religión  y 
de  la  patria  el  sacrificio  de  sus  h'ijos,  sin  que  abrigase  aun  la  espe- 
ranza de  un  triunfo  cercano  y  decisivo:  peleaba  para  lo  porvenir, 
y  guiado  de  la  fé,  caminaba  paso  á  paso  por  la  difícil  y  sangrienta 
senda  de  la  reconquista.  Las  victorias  portentosas  del  Cid  exalta- 
ban su  entusiasmo;  pero  no  podían  asegurar  definitivamente  la  paz 
de  sus  hogares,  restaurando  la  patria  de  la  opresión,  ni  rescatar 
del  todo  las  reliquias  de  sus  mártires,  restituyendo  al  culto  divino 
todos  los  altares  profanados  por  los  sarracenos.  Así,  la  civilización 
cantada  en  el  Poema  de  Mió  Cid,  no  es  una  civilización  triunfan- 
te, pudiendo  asentarse  sin  grave  riesgo,  con  arreglo  á  los  princi- 
pios arriba  indicados,  que  no  debe  ser  considerado  como  la  epope- 
ya española  propiamente  dicha,  sino  como  la  primera  página  de  la 
epopeya,  trazada  después  vigorosamente,  aunque  sin  entera  unidad 
artística,  en  los  romances  históricos. 

Tales  son  pues  las  principales  relaciones  de  esta  joya  de  nues- 
tra primitiva  poesía  respecto  de  la  cultura  castellana  y  del  arte 
que  esta  produce.  Pero  si  importante  es  en  la  historia  de  las  letras 
españolas  el  descubrir  todos  los  vínculos  que  unen  al  poeta  con  la 


204  H]<?TORfA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    EfPAÍiOLA. 

sociedad,  ó  de  otro  modo,  todos  los  tesoros  de  esa  poética  interior, 
tan  poco  apreciada  hasta  ahora,  no  menos  interesante  y  curioso 
será  el  estudiar  las  relaciones  que  existen  entre  el  poeta  y  los  rae- 
dios  del  arte,  ó  lo  que  es  lo  mismo,  el  desarrollo  de  la  poética 
exterior,  tan  despreciada,  al  tratar  de  esa  lejana  edad,  por  los  re- 
tóricos ^ 

Meditando  sobre  la  extructura  general  del  Poema,  han  vacilado 
los  escritores  de  más  nombradia ,  al  señalar  las  partes  de  que  se 
compone,  opinando  los  que  mayor  seguridad  han  mostrado,  que  se 
divide  en  tres,  comprendiendo  la  primera  hasta  el  verso  1093, 
hasta  el  2287  la  segunda  y  todo  el  resto  la  tercera  *.  Á  la  verdad 
05ta  división  nos  parece  algún  tanto  desproporcionada,  descubrién- 
dose en  el  mismo  Poema  vestigios  de  otra  más  conforme  con  la 
naturaleza  del  asunto  y  aun  con  la  índole  de  estas  producciones 
heroicas ,  sujetas  á  ciertas  y  determinadas  pausas,  por  la  misma 
necesidad  de  la  recitación  ó  del  canto.  Siete  son,  en  efecto,  las 
partes  que,  en  nuestro  sentir,  ofrece:  abraza  la  primera  todos  los 
sucesos  narrados  desde  la  salida  de  Burgos  hasta  el  vencimiento  y 
libertad  de  don  Raymundo,  conde  de  Barcelona,  momento  en  que 
alentados  Mió  Cid  y  los  suyos  por  el  éxito  de  sus  correrlas,  se  dis- 
ponen á  llevar  sus  armas  al  centro  de  la  morisma  (vers.  \ — 1092): 
tiene  la  segunda  por  objeto  la  conquista  de  Yaiencia,  con  todos  los 
incidentes  que  preceden  á  esta  empresa  memorable,  alcanzando 
hasta  la  reconciliación  del  héroe  con  el  rey  don  Alfonso  y  el  viaje 
á  Yaiencia  de  la  esposa  y  las  hijas  del  Cid,  que  vé  de  esta  manera 
satisfechos  todos  sus  deseos  (1093 — 1626):  abarca  la  tercera 


1  Nos  referimos  á  la  frecuente  y  no  explicada  calificación  de  &ár¿'ffro  y 
grosero,  con  que  designan  todo  lo  concerniente  á  esta  época,  y  no  creemos  ne- 
cesario traer  aquí  nombres  ni  títulos  de  obras.  Sin  embargo,  cuando  escritores 
de  tan  alta  nombradia  como  lo  es  Moratin,  declaran  que  todo  es  deforme  en 
este  Poema,  y  no  dan  otra  razón  del  valor  de  sus  palabras,  bien  merece  su 
opinión  ser  conocida  {Orígenes  del  teatro  español,  nota  3). 

2  Generalmente  sólo  se  reconocía  la  división  en  dos  partes,  notada  ya  por 
don  Tomás  Antonio  Sánchez  (vers.  2287).  Dozy ,  siguiendo  acaso  la  indica- 
ción de  Mr  Magnin  {De  la  chevalerie  en  Espagne,  Révue  de  deux  mondes, 
agosto  de  1847),  ha  añadido  la  tercera  {Reclierches,  pág.  640);  pero  sin  des- 
cubrir en  el  Poema  las  cuatro  restantes,  que  á  continuación  señalamos. 


II.*    PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    205 

desde  la  invasión  del  rey  Yuzeph  de  Marruecos  hasta  la  magnífica 
embajada  que  envia  Mío  Cid  al  rey  don  Alfonso  y  el  proyecto  de 
matrimonio  de  los  infantes  de  Carrion,  formando  uno  de  los  episo- 
dios más  acabados  del  Poema  (vers.  1627 — 1887):  contiene  la 
cuarta  las  bodas  de  las  hijas  de  Mió  Cid,  celebradas  en  Valencia, 
donde  permanecen  los  condes  de  Carrion,  honrados  y  contentos,  por 
el  espacio  de  dos  años  (vers.  1889 — 2288):  encierra  la  quinta  la 
aventura  del  león  y  la  breve  campaña  del  rey  Búcar,  dando  motivo 
ambos  acontecimientos  á  la  cobarde  venganza  de  los  infantes ,  y 
comprendiendo  hasta  la  despedida  de  estos  y  sus  mujeres  de  Mió 
Cid  y  de  doña  Jimena  (vers.  2289 — 2651):  ofrécenos  la  sexta  el 
infame  atentado  de  los  Robledos  de  Corpes,  con  el  dolor  de  aque- 
llos amantísimos  padres,  que  reciben  con  admirable  ternura  á  sus 
deshonradas  hijas,  jurando  tomar  enmienda  de  tan  horrible  inju- 
ria (vers.  2652 — 2950);  y  preséntanos,  finalmente,  la  sétima  el 
espectáculo  original  de  las  cortes  de  Toledo,  cerrando  todo  el 
Poema  con  el  juicio  divino  y  la  simple  conmemoración  de  las  se- 
gundas bodas  de  doña  Sol  y  doña  Elvira  y  de  la  muerte  del  héroe 
(vers.  2951—3741). 

Y  no  se  crea  en  modo  alguno  que  esta  división,  nacida  de  la 
naturaleza  misma  del  asunto  cantado  por  el  poeta,  carece  de  fun- 
damentos exteriores,  fuera  de  los  que  la  misma  acción  nos  minis- 
tra. El  verso  1093,  primero  de  la  segunda  parte,  dice: 

Aquis'  conpieza  la  gesta  j  de  Mío  Cid,  el  de  Bibar. 

Los  versos  1627  y  1628,  con  que  dá  principio  la  tercera,  es- 
tán concebidos  en  estos  términos: 

El  ibierno  es  exido,  |  que  el  Marzo  quiere  entrar: 
Decirvos  quiero  nuevas  |  d'alent  partes  del  mar. 

El  1888  es  como  sigue: 

De  los  Infantes  de  Carrion  yo  vos  quiero  contar; 

debiendo  tenerse  muy  presente  que  ni  una  vez  siquiera  han  sido 
mencionados  antes  los  referidos  condes,  terminándose  del  todo  la 
narración  de  la  embajada,  que  trajeron  al  rey  don  Alfonso  Mina- 
ya  y  Pero  Bermudez. 


20(5  HISTOIIIA    CRITICA    DE    LA    LITERATUUA    ESPASOLA. 

Los  versos  2280  y  2287,  con  que  termina  la  cuarta  parte,  for- 
man la  conocida  despedida  que  hace  el  autor  de  sus  oyentes,  en 
esta  manera: 

Las  coplas  deste  canlar  (  aqiiis'  van  acabando; 
El  Criador  vos  vala  |  con  todos  los  sus  sánelos. 

No  aparece  tan  clara  y  terminante  la  división  material  de  las 
dos  últimas  partes;  y  sin  embargo,  no  la  tenemos  nosotros  por 
dudosa:  el  verso  2652  y  siguiente  determinan  la  diversa  índole 
de  la  narración,  diciendo,  después  de  pintarse  en  el  anterior  de 
una  manera  patética  la  despedida  de  Jimena  y  de  sus  hijas: 

Hyas'  tornó  pora  Valencia  |  el  que  en  buen  ora  nasció 
Piénsanse  de  yr  |  los  infantes  de  Carrion,  etc. 

La  introducción  de  la  última  parte  es  todavía  más  sensible, 
pues  que  presentando  á  los  mensajeros  de  Mió  Cid  en  el  momento 
de  salir  de  Valencia, 

Salten  de  Valencia  |  é  andan  quanto  pueden, 

cambia  luego  la  entonación,  describiendo  los  dominios  del  rey 
don  Alfonso,  á  cuya  corte  se  dirigen,  circunstancia  no  muy  na- 
tural y  aun  del  todo  ociosa,  á  no  tomarse  la  narración  de  nuevo, 
dándole  mayor  fuerza  y  como  refrescándola  con  estas  noticias  y 
recuerdos  '. 

Semejante  división,  palpable  para  quien  estudie  este  monu- 
mento con  la  madurez  debida,  demás  de  convencernos  de  lo  ab- 
surdo de  la  opinión  que  le  dá  el  apellido  de  Crónica,  anulando 
al  par  la  teoría  de  los  rapsodistas,  no  favorece  más  á  los  que  han 
supuesto  que  es  el  Poema  de  Mío  Cid  un  solo  Cantar  de  ges-^ 

I  La  variación  de  toao  no  puedo  ser  más  sensible:  al  mencionar  de  nue- 
vo al  rey  Alfonso  en  el  cuarto  verso,  se  dice: 

Rey   es  <le   Castiella  ]  et   rey   es  de  León, 
2935      E  de  las    Asturias  |  bien  á  San   Salvador 

Fasla  dentro  eii  Santiago  |  de   todo   es   Señor; 

Et  los  condes   gallicianos  ¡  á    él    tienen   por    Señor,  etc. 

Esla  enumeración  era  innecesaria  é  impertinente,  á  no  comenzarse  aquí 
nuevo  canlar,  como  la  naturaleza  misma  de  la  acción  reclama. 


II.   PARTE,  CAP.  IV.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  207 

ta.  Y  no  porque  dicha  denomiüacioii  sea  contraria,  en  su  acep- 
ción histórica,  á  la  naturaleza  de  esta  obra  ';  sino  porque  el 
mismo  título  pudiera  darse  sin  repugnancia  á  cada  una  de  las 
partes  indicadas,  fundándose  en  las  mismas  razones  expuestas 
})or  los  que  han  adoptado  el  referido  nombre.  Apóyanse  prin- 
cipalmente en  los  versos  1095  y  2286,  ya  citados,  donde  pre- 
tenden que  se  emplean  las  voces  gesla  y  cantar  como  cali- 
ficativos de  todo  el  Poema;  pero  luego  que  se  repara  en  el  lu- 
gar que  ambas  voces  ocupan  y  en  la  significación  que  tiene  la 
última  en  la  estimación  poética  de  la  edad  media,  equivaliendo 
á  la  de  cantOy  usada  en  nuestros  dias  -;  luego  que  se  advierte 


1  Téngase  presente  lo  apuntado  en  el  capítulo  anterior,  porque  la  voz 
gesta,  si  denotó  al  principio  toda  hazaña,  hecho  prodigioso  ó  historia,  en  la 
acepción  latina  y  en  sentido  político  ó  guerrero,  siendo  usual  en  todas  las 
regiones  meridionales,  como  nos  persuade  el  verla  aplicada  á  determinar  la 
vida  de  los  santos,  tales  como  la  Vda  vel  Gesta  Saiicti  lldefonsi  {España  Sa- 
grada, tomo  V,  pág.  485),  etc.,  significó  después  en  las  lenguas  vulgares  todo 
suceso,  cualquiera  que  fuese  su  naturaleza.  Así,  por  egemplo,  Berceo  dice, 
hablando  de  Santo  Domingo  de  Silos  y  de  sus  milagros: 

La  gesta  del  C.oufesor  en  cabo  la   tenemos. 

(Copl.  754.) 

Y  en  el  Sacrificio  de  la  Misa,  al.  explicar  lo  que  significan  las  tres  segun- 
das cruces  que  hace  el  sacerdote  sobre  la  hostia: 

Las  tres  cruces  tras  esta,  |  retienen  otra  gesta. 

(Copla  245.) 
El  autor  del  elogio  {loor)  del  mismo  Berceo  escribia: 

Quiero  fer  una  prosa  |  que  noble  gesta  encierra, 
D'au  trovador  famado  |  de  Rioxa   la  tierra. 

(Copl.  i.) 

Y  después  añade: 

Qui  contarle  la  gesta  |  et  la  cosa  sobeiana 
Del  preste  don    Gonzalo  |  et  la  cosa   certana?... 

(Copl.  43.) 
No  parece  pues  quedar  duda  de  nuestra  observación.  En  el  sentido  propia- 
mente militar  conservó  no  obstante  la  palabra  gesta  el  valor  que  le  hemos 
atribuido,  al  tratar  de  los  orígenes  de  las  formas  de  la  poesía  popular  (I.^ 
Parte,  Ilustración  11.^). 

2  No  solamente  en  nuestra  literatura  tiene  la  voz  cantar  este  significado: 
en  el  poema  italiano  titulado  Buovo  d'Antona,  originario  acaso  del  libro  fran- 
cés Le  ClievaUer  Beiives  d'Anlhone  et  ¡a  belle  Josienne,  y  escrito  sin  duda  en 


208  HISTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPA?50LA. 

que  la  alusión  es  meramente  local,  refiriéndose  en  uno  y  otro 
caso  á  la  parte  á  que  pertenece  cüila  uno  de  los  mencionados  ver- 
sos, parece  indudable  que  el  conjunto  de  todos  estos  cantares,  so- 
metidos il  un  plan  y  animados  por  un  solo  pensamiento,  recibie- 
ran nombre  distinto  que  denotara  el  conjunto  y  diese  cumplida 
razón  del  asunto  que  se  cantaba.  Al  menos  abora,  con  las  dudas 
que  naturalmente  ocurren  y  perdido  el  principio  del  lib7'o,  nom- 
bre con  que  tal  vez  fué  designada  esta  producción,  luego  que 
llegó  á,  fijarse  por  la  escritura,  tenemos  por  aventurado  señalarla 
con  otro  cualquier  título  que  el  de  Poema,  generalmente  reci- 
bido *. 
Y  si  curiosas  nos  parecen  todas  estas  observaciones  relativas  á 

la  general  extructura  del  mismo,  no  menos  interesante  es  el  es- 
la  primera  mitad  del  siglo  XIV,  se  Ice  indistintamente: 

1     lo  vi  la   lasciai  ne  l'altro  ■inio  cantare. 

(Canto  V.)  etc. 

1     Signori,  tí   tasciaí  ue   1'   altró  canto, 

(Canto  III.) 
Lo  mismo  observamos  en  otro  poema  caballeresco  del  propio  siglo  que 
tiene  por  título  La  Spagna: 

Signori,  io  dissi  nell'   altro  cantare. 

(Canto  V.) 

Signori,  io  to  finir  queslo  cant.-ire. 

(Canto  VI.) 

Nel  cauto  sequente  diró   la  danza,  etc. 

(Canto  VII.) 

No  puede  en  consecuencia  darse  la  extensión  que  se  pretende  á  esta  voz, 
a  no  ser  que  se  use  en  el  plural,  como  lo  hacen  las  Crónicas,  diciendo  más 
comunmente  Cantares  de  gesta.  El  agrupamiento  de  estos  cantares  es  lo  que 
puede  determinar  el  Poema,  donde  descubrimos  claramente  la  personalidad 
artística  del  autor,  como  á  continuación  advertimos. 

1  Los  críticos  franceses  que  han  escrito  últimamente  del  Poema  de  Mió 
Cid,  declaran  que  este  título  es  demasiado  solemne,  mientras  rechazan  como 
denigrante  el  de  Crónica  rimada  (Puymaigre,  Les  vieux  auteurs  castillans, 
tomo  I,  cap.  III).  Al  mismo  tiempo  se  deciden  á  darle  sin  reserva  el  nombre 
de  Chanson  de  Geste  ya  indicado,  siguiendo  el  egemplo  de  algunos  poemas 
escritos  allende  los  Pirineos.  Las  razones  expuestas  en  el  texto  y  notas  ante- 
riores no  nos  consienten  aceptar  del  todo  esta  opinión,  que  hallamos  muy 
autorizada  largos  años  después  de  terminado  este  estudio  sobre  el  Poema  de 
Mío  Cid. 


11.      PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE    LA    POES.    CAST.    209 

tudio  de  los  medios  expositivos  empleados  por  el  poeta.  Á  la  ver- 
dad no  difieren  de  los  ya  reconocidos  por  nosotros,  al  tratar  de 
los  libros  de  los  Reys  d'Orient,  la  Vida  de  Sánela  alaria  Egi'p- 
ciaqua  y  la  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo:  el  cantor  6 
yoglar  se  dirige  con  frecuencia  al  público  que  le  escucha,  para 
despertar  su  atención  con  las  voces:  sennores,  afe,afevos,  felos, 
evay,  evades,  odredes,  veredes,  veriedes,  sabet,  avríedes,  vos 
-vala,  non  viestes,  etc.  *;  pero  dando  razón  de  su  personalidad, 
como  tal  narrador,  y  aun  interesándose  vivamente  y  á  menudo  en 
el  relato  de  los  hechos.  Así,  demás  de  los  versos  citados  arriba, 
hallamos  los  siguientes,  en  que  se  muestra  esa  entidad  artística: 

1315  Dexarvos  hé  las  posadas,  j  non  las  quiero  contar. 

1430  De  los  otros  quinientos  |  decirvos  lié  que  face. 

1784  Quierovos  decir  |  lo  que  es  más  granado. 

2774  Mas  yo  vos  diré  |  daquel  Muño  Gustioz. 

3682  Los  dos  íian  arrancado:  |  dirévos  de  Muño  Gustioz. 

'  3719  Dexémonos  de  pleytos  |  d'Infantes  de  Carrion. 

3721  Pablemos  nos  d'aqueste  |  que  en  buen  ora  nasció. 

Los  rasgos  en  que  el  poeta  manifiesta  interés  por  el  héroe  son 
muchos.  Sobre  los  que  hemos  citado  en  el  discurso  de  estos  estu- 
dios, sólo  añadiremos  algunos:  al  llegar  Mió  Cid  á  San  Pedro  de 
Cárdena,  y  recibirle  benévolamente  el  abad,  exclama: 

243    ¡Dios,  qué  alegre  fué  |  el  buen  abat  don  Sancho!... 

Al  pintar  la  desconfianza  del  conde  de  Barcelona,  parece  in- 
dignarse, diciendo: 

1088    Lo  que  non  farie  el  Caboso  j  por  quanto  en  el  mundo  ha. 


1  Los  versos  en  que  se  hallan  estas  referencias  ó  apostrofes  son:  70,  152, 
170,  188,  262,  374,  482,  493,  618,  693,  705,  734,  776,  1032,  1150,  1187, 
1206,  1223,  1264, 1318,  1423, 1431,  1439,  1460,  1507,  1576,  1784,  1844, 
1888,  1992,  1268,  2185,  2218,  2287,  2317,  2378,  2410,  2440,  2547,  2656, 
2762,  2774,  3220,  3254,  3365,  3405,  3546,  3603,  3682,  3712,  3720,  3721. 
3733,  3739.  No  creemos  que  esta  repetición  de  exhortaciones,  por  medio  de 
las  cuales  logra  el  poeta  dominar  la  atención  del  auditorio,  llevándolo  á  pla- 
cer de  una  partea  otra,  deje  duda  de  la  índole  del  Poewa,  principalmente 
Luando  no  la  hay  para  nosotros,  en  que  fué  recitado  ó  cantado  en  público. 
TOMO   IH.  14 


210  HISTOHIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Describiendo  ¡i  los  infantes  de  Carrion,  muestra  así  la  descon- 
fianza que  le  inspiran  y  su  fingida  mansedumbre,  al  presentarse 
en  el  palacio  de  Mió  Cid: 

2223    De  pié  é  á  sabor,  ¡Dios  qué  quedos  entraron!... 

Celebrando  los  regocijos  de  Valencia,  al  verificarse  las  bodas, 
exclama: 

2233    Dios!.  .  qué  bien  tnuioron  armas  |  [Mió]  Cid  e  sus  vasallos! 
Tres  cauallos  carneó  |  el  que  en  buen  ora  násco. 

Tomando  parte  en  la  desgracia  de  las  hijas  del  Cid,  dice  por 
último,  al  dar  por  consumada  la  alevosía  de  los  condes: 

2763    Quál  ventura  serie,  |  si  asomas'  (esora)  el  (Cid)  Campeador!... 

De  esta  persistencia  en  ostentar  su  personalidad,  ya  en  uno  ya 
en  otro  sentido,  á  consignar  su  nombre  en  la  misma  narración 
habia  sólo  un  paso;  y  no  tardaron  en  darlo  otros  poetas  castella- 
nos. El  autor  del  Poema  de  Mío  Cid,  que  revela  en  tal  forma 
pretensiones  artísticas,  apenas  indicadas  por  los  que  le  preceden, 
recuerda  sin  embargo  á  cada  momento  las  fuentes  en  que  se  inspi- 
ra, dando  á  conocer  la  índole  popular  de  sus  cantos:  en  contraposi- 
ción de  lo  que  observamos  respecto  del  Libro  de  los  Reijs  d'Orient 
y  de  la  Vida  de  Sancta  Maria  Egipciaqua,  lejos  de  declarar  que 
se  atiene  á  lo  escripto,  para  fundar  sus  narraciones,  nos  manifiesta 
que  sólo  refiere  las  nuevas  de  Mió  Cid,  denotando  que  se  apo- 
yaba esencialmente  en  la  tradición  y  que  recibía  de  ella  tan  pe- 
rei^rina  historia  y  tan  magnánimo  carácter  ^  Esta  confesión  im- 


\  Esta  observación,  tan  conforme  con  todas  las  expuestas,  desvanece  la 
opinión  de  un  erudito  moderno,  quien  sospecha  que  jamas  fué  popular  el 
Poema  de  Mió  Cid  (Du  Meril,  Poesies  poptilaires  ¡aliñes,  pág.  29í).  Prescin- 
diendo del  escaso  fundamento  que  ofrecen,  en  nuestro  sentir,  las  razones  que 
alega  para  justificar  su  opinión,  y  olvidándonos  por  un  ins.tante  de  cuanto 
vá  dicho  sobre  las  indubitables  referencias  del  Poema  de  Almería,  sólo  con  fijar 
la  vista  en  que  el  poeta  invoca  únicamente  la  tradición  oral  [las  nuevas  de 
Mío  Cid],  bastaría  á  demostrar  lu  aventurado  de  la  opinión  referida.  Además, 
el  examen  detenido  del  mismo  Poema  nos  ministra  observaciones  tales,  que 
no    consienten  en  nuestra  opinión  duda  alguna.  Un  poeta  que  indica  de  con- 


II.*  PARTE,  CAP.  IV.  PRIM,  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  211 

por  tantísima,  así  por  lo  ingenua  como  porque  viene  á  comprobar 
cuanto  dijimos  al  exponer  la  idea  capital  que  brilla  en  el  Poema, 
pone  en  claro  la  situación  del  poeta  respecto  de  los  elemen- 
tos interiores  del  arte,  obligándole  á  someterlos  al  pensamiento 
de  sus  coetáneos,  pensamiento  que  viene  al  cabo  á  ser  el  suyo 
propio. 

De  los  medios  expositivos  pasamos  sin  dificultad  á  los  mera- 
mente artísticos:  poco  es  por  cierto  lo  que  nos  resta  decir  sobre 
el  metro  y  la  rima,  después  de  cuanto  sobre  este  punto  dejamos 
oportunamente  observado  ^:  conveniente  nos  parece  sin  embargo 
advertir,  que  á  pesar  del  estado  en  que  el  Poema  se  ha  trasmi- 
tido á  nuestros  dias,  si  puede  tenerse  la  alteración  y  aun  la  cor- 
rupción de  los  metros  como  seguro  síntoma  de  la  ignorancia  de 
los  trasladadores,  no  es  tan  arbitraria  ni  tan  bárbara  su  variedad, 
como  se  ha  supuesto  generalmente  por  los  críticos,  así  naciona- 
les como  extranjeros  ^.  Proviniendo  de  la  imitación  de  los  exáme- 


tínuo  tener  delante  determinado  auditorio,  cuyos  sentimientos  halaga  é  inter- 
preta á  cada  momento,  ni  una  vez  sola  se  atribuye  el  título  de  juglar  ni  de 
trovador,  mientras  los  ya  conocidamente  eruditos,  tales  como  Berceo  y  As- 
torga,  se  ufanan  con  él  á  cada  paso.  ¿Qué  significa  pues  este  silencio?  Para 
nosotros  no  cabe  duda  alguna:  el  autor  del  Poema  de  Mió  Cid  no  se  apellida 
juglar,  porque  lo  era  realmente  y  nadie  necesitaba  que  él  lo  dijera,  para  sa- 
berlo: Berceo  y  Juan  Lorenzo,  siendo  realmente  eruditos  y  escribiendo  sin 
embargo  en  lengua  vulgar,  toman  para  sí  una  denominación  que  en  verdad 
no  les  correspondía:  quieren  ganar  una  popularidad  que  sólo  les  podían  con- 
ceder los  semidoctos,  y  para  ello  se  asemejan,  siquiera  fuese  sólo  en  el  nom- 
bre, á  los  cantores  populares.  Todo  nos  persuade  por  tanto  de  que  no  es  lí- 
cito negar  al  Poema  de  Mió  Cid,  sin  manifiesto  riesgo  de  error,  el  mérito  de 
la  actualidad  respecto  del  pueblo  castellano,  confesada  en  la  ya  repetida  frase 
del  Poema  de  Almería,  de  quo  cantatur. 
\     I.^  Parte,  Ilustraciones  111.^  y  V.* 

2  Siempre  hemos  creido  que  el  Poema  del  Cid  ha  llegado  á  nuestros 
dias  no  poco  adulterado,  así  respecto  de  la  metrificación  como  del  lenguaje. 
El  estudio  que  hemos  hecho  del  mismo  bajo  uno  y  otro  aspecto,  y  el  examen 
del  Ms.,  que  vimos  primero  en  poder  del  entendido  bibliólogo  don  Pascual 
de  Gayangos  y  después  en  el  del  docto  crítico  don  Pedro  José  Pidal,  nos  han 
convencido  de  que  no  nos  engañábamos.  El  códice,  de  que  se  valió  Sánchez, 
escrito  indudablemente  en  1207,  como  lo  persuade  demás  de  la  suscripción 
final,  ya  tantas  veces  reproducida,  el  examen  paleográfico  del  mismo,  aun- 


51 2  HISTORIA    CHlTICA    I)F.    LA    LITF.IUTUHA    ESPASüLA. 

Iros  y  pentámetros,  cuyo  inariiUije  era  en  la  poesía  latina  harto 
i-ogular  y  frecuente,  morced  á  la  índole  y  naturaleza  de  la  proso- 
dia de  tan  armónica  lengua,  determina  en  la  historia  de  las  for- 


que  mucho  más  esmerado  q\ic  el  de  la  Leyenda  descrito,  cual  arriba  indica- 
mos, por  el  diligente  Ochoa, 'contiene  ya  multitud  de  palabras  modernizadas 
«I  enteramente  dcsfig-uradas,  así  en  el  centro  de  los  versos  como  en  las  rimas, 
dando  claras  señales  de  que,  sacado  tal  vez  de  segundos  traslados,  se  han 
introducido  sucesivamente  en  los  versos,  quitado  de  ellos  ó  trastrocado  pala- 
bras que  los  alargan  ó  acortan  inmotivadamente.  Ni  creemos  (sea  dicho  con 
toda  consideración)  que  fué  Sánchez  tan  afortunado  y  exacto  como  debiera, 
al  publicarlo,  de  lo  cual  pueden  dar  alguna  razón  las  enmiendas  que  hemos 
propuesto  en  varios  de  los  versos  citados  en  este  capítulo,  y  nos  convence 
palmariamente  el  examen  de  una  copia  sacada  con  esmero  paleográfico  por 
nuestro  amigo  el  cutemlido  don  Florencio  Janer.  Para  nosotros  todos  los  que 
en  el  Poema  de  Mió  Cid  pasen  de  diez  y  siete  sílabas,  como  todos  los  que  ba- 
jen de  doce,  están  visiblemente  adulterados.  Acaso  algunos  de  once  puedan 
tenerse  por  genuinos;  pero  es  indudable  que  todo  el  Poema  fué  escrito  bajo 
ciertas  leyes  de  difícil  apreciación  en  la  actualidad,  y  siempre  con  el  pro- 
pósito de  seguir  la  tradición  lalino-eclcsiástica  por  nosotros  reconocida,  sin 
la  cual  no  se  concibe  la  historia  de  las  formas  artísticas  en  ninguna  de  las 
literaturas  meridionales.  Sobre  las  observaciones  que  añadimos  en  el  texto, 
remitimos  á  nuestros  lectores  á  las  Ilustraciones  III.*,  IV.*  y  V.*  de  la  I.* 
Parte,  donde  no  solamente  procuramos  dar  á  conocer  históricamente  y  bajo 
el  doble  aspecto  erudito  y  popular  el  natural  y  progresivo  desarrollo  de  las 
formas  métricas  y  rímicas  de  la  poesía  española,  sino  que  atendimos  á  rec- 
tificar la  opinión  últimamente  emitida  por  el  erudito  Damás-Hinard  respecto 
del  origen  de  los  metros  castellanos  deducid.o  del  Poema  del  Cid  (pág.  290). 
Digno  es  de  consignarse  en  este  punto  que  aun  recibida  con  aplauso  por  los 
críticos  franceses  la  teoría  del  docto  ilustrador  del  indicado  Poema,  la  exor- 
bitancia de  sus  consecuencias,  que  anularía  toda  la  historia  de  los  siglos  pre- 
cedentes, no  ha  podido  menos  de  hallar  cierto  correctivo  aun  en  el  mismo 
conde  de  Puyraaigre,  quien  confiesa  que  el  autor  del  Poema  del  Cid  conser- 
vó  ¡as  libertades  de  la  versi/icacion  española  (loco  cítalo,  pág.  181).  Esta  de- 
claración, que  presupone  la  existencia  de  un  sistema  de  metrificación,  des- 
arrollado ya  en  nuestro  suelo  cuando  el  Poema  se  escribe  ó  compone,  des- 
truye radicalmente  la  teoría  de  Mr.  Damás-Hinard,  quien  asegura  que  la 
versificación  española  vino  del  lado  allá  de  los  Pirineos  {¡ntrod. ,  pág.  XXXIV). 
Lástima  es  por  cierto  que  el  docto  conde,  descubierta  ya  alguna  luz,  no  hu- 
biese vuelto  de  lleno  sus  miradas  á  los  verdaderos  orígenes  de  las  formas 
artísticas  de  la  poesía  española,  para  librarse  del  lodo  de  los  peligros,  á 
que  lleva  el  empeño  de  sacar  triunfante  la  teoría  de  las  iuíluencias  francesas 
en  el  primitivo  desarrollo  de  nuestra  cultura.  Continuemos. 


II.   PARTE,  CAP.  IV.  PRIM.  MON.  ESC.  DE  LA  POES.  CAST.  2\3 

mas  (le  la  poesía  vulgar  una  de  sus  primeras  edades,  probando  ya 
desde  entonces  que  sustituida  la  cuantidad  por  el  acento  silábico 
en  todas  las  hablas  romances,  era  humanamente  imposible  her- 
manar los  versos  de  doce,  catorce  ó  diez  y  seis  silabas  con  los  de 
trece,  quince  y  diez  y  siete.  Una  circunstancia,  notada  antes  por 
nosotros,  señala  en  esta  producción,  bajo  tantos- aspectos  intere- 
sante, el  progreso  de  la  forma:  abundando  en  ella  los  pentáme- 
tros más  que  los  otros  metros,  demuestran  con  toda  evidencia 
que  se  propendía  naturalmente  á  dar  más  regularidad  á  la  ver- 
sificación; empresa  acometida  sin  duda  á  flnes  del  siglo  XII  y  lle- 
vada á  cabo  en  los  primeros  años  del  XIII  ^.  i 
No  juzgamos  necesario  el  detenernos  respecto  del  estilo  y  len-  / 
guaje, del  Poema  de  Mió  Cid,  cuando  habrán  ya  formado  cabal 
idea  de  uno  y  otro  los  lectores,  en  vista  de  las  numerosas  citas 
que  llevamos  hechas.  Debemos  añadir  no  qbstante,  que  á  pesar  de 
la  inexperiencia  y  rudeza  que  revelan,  á  pesar  de  la  bajeza  y  pue- 
rilidad de  algunos  símiles  y  comparaciones,  defectos  que  se  pro- 
pagan á  los  poetas  ya  eruditos  de  las  siguientes  centurias,  no  son 
tan  deformes  como  han  asegurado  ciertos  escritores,  hallándose 
á  menudo  maneras  de  decir  no  poco  graciosas  y  elegantes,  y  gi- 
ros verdaderamente  poéticos  ^.  Enredados  en  la  rudeza  de  la  di<3- 


1  Véase  el  siguiente  capítulo. 

2  En  la  producción  que  analizamos  no  son  tan  frecuentes  los  símiles  ba- 
jos y  triviales  en  demasía  como  en  los  poemas  del  siglo  XIII:  tampoco  en 
los  monumentos  anteriores  abundan.  La  Vida  de  Santa  María  Egip^iaqua  los 
ofrece  tan  contados,  que  sólo  recordamos  el  siguiente,  hablando  del  traje  de 
la  santa  en  el  desierto: 

Non  dariedes  por  su  vestidura  |  una  luaocana  madura. 

En  el  Poema  leemos  en  boca  de  Antolinez,  para  ponderar  el  amor  con  que 
sigue  las  banderas  del  Cid: 

Si  noa  quanto  dexo  |  non   lo   precio   un  figo. 

Ponderándose  después  el  rendimiento  del  héroe,  al  ser  restituido  á  la  gra- 
cia de  su  rey,  dice: 

Las  j-erbas  del   campo  |  á  dientes  las   tomó; 
Los   finólos  et  las  manos  |  en  tierra  las  fincó. 

En   cambio  tiene  el  poeta  el   privilegio  de  pintar  un  cuadro   con  un  solo 


2U  HISTORIA    CRÍTICA   DE   LA    LITERATUnA    ESPA?5oLA. 

cion,  no  advirtieron  dichos  críticos  en  esas  modestas,  bien  que 
nativas  llores,  perdiendo  al  par  de  vista  que  siendo  la  poesía  pri- 
mera cultivadora  de  todas  las  lenguas,  debieron  buscarse  en  las 
primitivas  producciones  de  la  castellana  los"g6rmenes  de  nuestro 
lenguaje  poético,  distinto  siempre  del  prosaico,  por  más  que  lo 
hayan  negado  los  retóricos,  despojando  así  del  sentimiento  de 
toda  belleza  á  nuestros  antiguos  cantores  *. 


rasgo,  ya  narre,  ya  describa.  De  uno  y  otro  tienen  ya  los  lectores  varios 
ejemplos;  y  sin  embargo  citaremos  los  dos  siguientes  versos  que,  recordan- 
do análogo  pasaje  de  la  Leyenda  de  Rodrigo,  prueban  cómo  se  expresa  siem- 
pre, un  arte  primitivo.  Pinta  el  amanecer: 

461     Ya   quiebra^  los  albores  |  é   veníe  la  mañana:  * 

Yxie  el  sol.    ¡Dios,  |  qué  fcrmoso  apuntabal...  etc. 

{  Cualquiera  que,  libre  de  ese  espíritu  infecundo  de  los  ultra-clásicos, 
penetre  en  el  santuario  de  la  antigua  poesía  española,  comprenderá  que  de- 
bieron nacer  y  crecer  con  ella  esos  bellísimos  giros  y  maneras  de  decir,  tan 
enérgicos  y  vigorosos,  que  son  en  siglos  posteriores  gala  de  la  verdadera 
musa  castellana.  Pero  cuando  más  resalta  la  diferencia  que  existe  desde  lue- 
go entre  el  lenguaje  de  la  poesía  y  el  de  la  prosa,  es  al  comparar  los  prime- 
ros cronicones  escritos  en  lengua  vulgar  y  los  poemas  que  llevamos  anali- 
zados. Y  no  hablamos  de  los  documentos  diplomáticos  ó  cancelarios  de  esta 
edad,  porque  lo  trivial  y  doméstico  de  los  asuntos  baria  sin  duda  la  compa- 
ración sospechosa.  Mas  tan  palpable  y  grande  es  esta  distancia  como  grande 
y  palpable  es  la  que  existe  entre  la  edad,  en  que  la  poesía  se  apodera  del  ha- 
bla popular  y  la  en  que  se  emplea  esta,  como  instrumento  de  la  historia, 
punto  que  trataremos  adelante.  A  un  error  ha  inducido  no  obstante  el  no 
haber  hecho  esta  observación:  críticos  tan  perspicuos  como  Mr.  Dozy  (á  quien 
sigue  el  distinguido  conde  Th.  de  Puymaigre,  según  notarán  nuestros  lecto- 
res por  lo  dicho  ya  en  otro  lugar),  han  creído  por  egemplo  que  el  lenguaje 
del  Poema  de  Mió  Cid  no  se  remontaba  á  mediados  del  siglo  XII,  por  pare- 
cerles  más  adelanHido  que  el  de  los  Fueros  de  Oviedo,  dados  por  Alfonso  VII 
en  H4o  [Reclierches,  pág.  642);  pero  sobre  perder  de  vista  las  modificacio- 
nes sufridas  en  esta  parte  por  el  Poema,  según  arriba  indicamos;  sobre  no  te- 
nerse en  cuenta  la  diversa  índole  de  uno  y  otro  documento,  no  advirtieron 
tampoco  el  largo  trecho  que  debia  llevar  andado  (y  lo  llevaba  en  efecto)  la 
lengua  vulgar,  cultivada  por  la  poesía,  desde  el  instante  en  que  se  hace  pa- 
trimonio de  la  muchedumbre  hasta  que  es  escrita  por  los  semidoctos.  En  este 
punto  llamamos  muy  formalmente  la  atención  de  nuestros  lectores  sobre  los 
estudios  hechos  ya  en  los  últimos  capítulos  y  en  las  Ilustraciones  de  \a.  1."^ 
Parto. 


II.     PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.    MON.    ESC.    DE  LA    POES.    CAST.     2if) 

Llegamos  ya  al  término  del  estudio  que  nos  propusimos  hacer 
del  Poema  de  Mió  Cid ,  fuente  en  cierto  modo ,  como  notamos 
arriba,  de  las  crónicas  posteriormente  escritas  y  origen  de  otros 
mil  cantos  populares,  de  que  iremos  tratando  en  ocasiones  opor- 
tunas. Del  examen  crítico-fllosóflco,  en  que  hemos  procurado  fijar 
las  relaciones  que  existen  entre  los  elementos  de  cultura  que  abri- 
ga la  nación  y  los  que  se  reflejan  en  el  Poema,  hemos  deducido  la 
originalidad  y  el  alto  precio  de  esta  peregrina  joya  de  nuestra  pri- 
mitiva poesía  * :  conforme  á  estos  principios,  se  ha  mostrado  á 

1  Aun  sabedores  de  que  corremos  el  riesgo  de  parecer  impertinentes,  al 
insistir  en  este  punto,  juzgamos  necesario  manifestar  aquí  cuan  deleznable  y 
quebradizo  es  el  raciocinio  de  los  que,  siguiendo  la  bandera  levantada  por  el 
sabio  Mr.  Damás-Hinard,  intentan  arrebatarnos  la  gloria  de  haber  dado  vida 
en  la  cuna  de  nuestra  moderna  civilización  al  poema  que  dejamos  estudiado. 
El  ingenioso  traductor  y  sus  parciales  dicen:  «El  Poema  del  Cid  por  lo  auste- 
»ro,  sombrío  y  feroz  del  sentimiento  religioso  es  esencialmente  español.  Res- 
wpirando  continuamente  odio  y  venganza  contra  los  enemigos  de  la  religión 
«cristiana,  preludia  ya  que  si,  andando  el  tiempo,  debe  la  Inquisición  echar 
»raices  en  alguna  parte  con  mayor  fuerza  y  energía,  será  de  seguro  en  el  suelo 
«donde  ha  nacido  el  autor  del  Poema».  Y  añaden:  «Este  monumento  ofrece 
«grande  interés  histórico:  en  él  se  reflejan  vivamente  la  civilización  y  las  cos- 
«tumbres  españolas  del  siglo  XII:  el  carácter  de  Ruy  Diaz  es  altamente  espa- 
«ñol».  Y  concluyen:  «En  el  Poema  hallamos  algunas  analogías  con  otros  fran- 
«ceses,  ya  con  relación  ala  lengua,  ya  á  la  metrificación,  ya  en  fina  las  costum" 
«bres  que  revela:  luego  fué  sin  duda  inspirado  por  nuestras  canciones  de  gesta 
afrancesas»  (Cette  ceuvre  fut  sans  doute  inspirée  par  nos  chansons  de  geste 
francaise  s).  Es  decir,  en  otros  términos:  Lo  esencial,  lo  duradero  y  propio  del 
pueblo  y  de  la  civilización  española,  aquello  que  nace  del  fondo  de  su  nacio- 
nalidad para  caracterizarla,  y  vive  y  se  trasmite  á  los  siglos  futuros  con  fuerza 
y  extraordinaria  energía,  es  en  el  Poema  de  Mió  Cid  genuinamente  español: 
lo  relativo  á  sus  formas  exteriores,  lo  accidental  y  mudable,  aquello  que  de- 
bía trasformarse  muy  en  breve,  como  sucede  en  efecto  primero  en  manos  de 
Berceo  y  después  en  las  del  Rey  Sabio,  ofrece  algunos  puntos  de  semejanza 
con  las  formas  délos  poemas  escritos,  no  ya  en  lengua  provenzal,  como  antes 
se  pretendía,  sino  en  lengua  francesa  :  luego  el  poeta  no  pudo  cantar  las  ha- 
zañas de  Ruy  Diaz,  ni  inspirarse  con  los  sentimientos  del  pueblo  castellano,  ni 
reflejar  aquella  civilización  que  en  su  obra  tan  vivamente  resplandece  ,  sin 
tener  delante  una  canción  de  gesta  francesa. — Y  esto  se  escribe  y  se  repite  de 
buena  fé  y  con  mucha  ciencia;  pero  sin  reparar  en  la  historia  de  la  cultura 
española,  y  desatendiendo  de  igual  suerte  la  historia  de  las  formas  artísticas 
(metro  y  rima)  ya  en  la  relaeion  popular,  ya  en  la  erudita.  Nuestros  leetoresi 


516  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

nuestros  ojos  el  liéroe  de  Vivar  como  el  verdadero  representante 
de  la  nacionalidad  española,  á  cuya  voz  prodigiosa  se  exaltan  to- 
dos los  instintos  generosos  de!  pueblo  que  combate  al  par  por  su 
religión  y  por  su  independencia.  Agrupada  á-su  alrededor  la  raza 
de  héroes  que  sigue  sus  victoriosas  huellas,  y  cuya  especial  fisono- 
mia  hemos  bosquejado ,  nos  ha  sido  posible  comprender  la  vida 
activa  y  belicosa  que  llevaban  nuestros  mayores,  sorprendiendo, 
digámoslo  así ,  las  libres  y  pintorescas  costumbres ,  los  tiernos  y 
magnánimos  sentimientos,  y  finalmente,  las  vigorosas  y  ardientes 
creencias  ' ,  que  sirven  de  base  al  caballerismo  castellano ,  dife- 


recordaudo  cuanto  llevamos  estudiado  respecto  de  ambos  puntos,  y  teniendo 
en  cuenta  lo  añadido  en  este  capítulo,  decidirán  si  puede  admitirse,  y  menos 
sostenerse  tan  extraño  raciocinio,  por  más  que  llegue  á  deslumhrar  á  los  inge- 
nios fáciles  y  á  seducir  á  los  semi-doctos. 

i  Hemos  procurado,  tanto  al  examinar  este  singular  monumento  como  la 
Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  dar  á  conocer  los  principales  rasgos  de 
creencias,  sentimientos  y  costumbres,  propios  de  la  edad  en  que  fueron  aque- 
llos compuestos.  Nuestras  observaciones,  como  subordinadas  á  la  necesidad 
de  no  exceder  de  límites  determinados,  están  muy  lejos  de  revelar  todos  los 
tesoros  especiales  que  en  orden  á  dichos  puntos  encierran  las  expresadas 
obras.  El  muy  entendido  Mr.  Damás-Hinard,  con  una  diligencia  digna  de  todo 
aplauso,  ha  procurado  en  las  Notas  literarias  é  históricas,  que  avaloran  su  tra- 
ducción del  Poema,  ilustrar  esta  parte  interesantísima  de  tan  raro  monumento. 
Fijas  sus  miradas  en  el  ya  anunciado  propósito  de  buscar  y  establecer  analo- 
gías con  las  costumbres  reveladas  por  los  poemas  ultrapirenaicos,  tarea  en 
que  se  le  han  hermanado  ya  otros  críticos,  respecto  de  la  Chanson  de  Roland, 
tantas  veces  citada,  ha  perdido  sin  embargo  de  vista  muchos  y  muy  preciados 
veneros  de  las  costumbres,  de  los  usos,  de  las  creencias  y  de  los  sentimientos, 
nacidos  en  el  seno  de  la  civilización  española,  como  flores  espontáneas  de 
nuestro  suelo.  El  Poema  de  Mió  Cid,  así  como  la  Leyenda,  convidan  por  tanto 
á  los  doctos  con  sus  no  quilatadas  riquezas  arqueológicas,  á  ensayar  una  edi- 
ción crítica  de  entrambos  monumentos,  donde  demás  de  sus  nativas  bellexas 
literarias,  se  den  á  conocer  todas  esas  inestimables  relaciones  de  la  vida  civil, 
política,  religiosa  y  militar  de  nuestros  mayores. — Dícese  que  la  Real  Acade- 
mia de  la  Lengua  tiene  resuelto  algo  sobre  este  punto:  ninguna  corporación 
está  en  efecto  más  obligada  á  ilustrar  los  primitivos  monumentos  déla  poesía 
española;  y  si  la  resolución  indicada  fuese  cierta,  podrían  felicitarse  al  cabo 
las  letras  patrias  de  poseer  una  edición  perfecta  del  Poema  de  Mió  Cid,  pro- 
bando que  no  es  esta  obra  tan  menospreciada  en  España  como  han  pretendido 
ciertos  críticos  extranjeros. 


11."  PARTE,    CAP.    IV.    PRIM.   MON.   ESC.   DE   LA   POES.    CAST.   217 

rente,  como  dejamos  repetido,  del  caballerismo  de  otras  naciones. 
Quilatados  también  los  medios  expositivos  del  arte ,  reconocidas 
sus  formas  exteriores,  hemos  admirado  en  el  Poema  de  Mió  Cid 
á  pesar  de  la  aparente  irregularidad  y  rudeza  de  las  mismas ,  si- 
tuaciones en  suma  interesantes,  escenas  verdaderamente  patéticas, 
y  frescas  y  enérgicas  pinceladas.  Estas  situaciones,  estas  escenas 
y  estos  rasgos  nos  han  dado  idea  elevada  de  aquella  poesía,  que 
aun  luchando  contra  tantos  y  tan  poderosos  obstáculos,  logra  so- 
breponerse á  ellos,  preparándose  de  esta  manera  á  recibir  bajo  sus 
victoriosos  pendones  todos  los  elementos  que  han  de  contribuir  muy 
luego  á  enriquecerla  (bien  que  apartándola  de  su  nativo  cauce)  y 
á  hacer  ya  más  conocidos  sus  autores  ' . 


1  Entre  las  muchas  hipótesis  de  más  ó  menos  importancia  hechas  hasta 
ahora  sobre  el  Poema  de  Mío  Cid  y  sobre  su  autor  ó  autores,  recordamos  arriba 
la  que  ofrece  como  probable  que  fué  escrito  por  dos  pajes  del  héroe  :  añádese 
que  fueron  estos  de  raza  árabe,  suponiéndose  que  entraron  á  su  servicio  en  la 
primera  juventud,  cuando  frisaba  ya  Ruy  Diaz  con  los  últimos  años  de  su  vi- 
da. Si  dada  la  verosimilitud  de  la  primera  hipótesi,  pudiera  admitirse  por  un 
momento  la  segunda,  y  lo  fuera  igualmente  la  indicación  que  hace  Rodríguez 
de  Castro  respecto  de  los  Libros  de  Isaaque  y  de  las  Cartas  de  Rabbi  Samuel 
Jehiidi  {Biblioteca  Rablnica,  tomo  I,  arts.  corresponds.),  presentaría  la  litera- 
tura española  el  raro  fenómeno  de  deber  los  primeros  monumentos  en  prosa  y 
uno  de  los  primeros  y  más  importantes  en  verso,  á  los  dos  pueblos  que  mora- 
ban con  nuestros  mayores  en  la  Península  Ibérica  y  á  quienes  más  entrañable- 
mente odiaban.  Pero  ni  la  indicación  de  Castro  puede  sostenerse,  según  antes 
de  ahora  hemos  probado  {Estud.  hist.,  polít.  y  lit.  sobre  los  Judias  de  España, 
Ens.  11,  cap.  I),  ni  existe  documento  ni  vestigio  alguno  por  donde  pueda  au- 
torizarse la  relativa  ala  naturaleza  arábiga  de  los  indicados  pajes.  Ni  hay  mayor 
fundamento  en  la  lengua  empleada  en  el  Poema,  pues  aunque  escritores  poco 
reflexivos  han  pretendido  en  él  hallar  por  todas  partes  las  huellas  de  la  influen- 
cia mahometana,  estudiado  maduramente  el  referido  Poema,  bajo  esta  impor- 
tante relación  (y  en  esta  parte  coincidimos  en  un  todo  con  la  opinión  del  docto 
Damás-Hinard),  no  pasan  según  ya  advertimos  (Ilustración  11.*,  pág.  399  del 
tomo  precedente),  de  un  breve  número  las  voces  arábigas  que  descubrimos  en 
toda  la  obra(/«/r.  au  Poeme  du  Cid,  pág.  XLVIII).  En  cuanto  á  la  hipótesi  re- 
lativa á  los  servidores  del  héroe,  la  cual  ha  podido  hallar  cierto  apoyo  en  la 
anécdota  en  que  se  funda  la  redacción  de  la  Crónica  en  prosa,  conforme  en  su 
lugar  veremos,  parécenos  bien  indicar  que  pudo  tener  nacimiento  en  la  cir- 
cunstancia, ya  notada  por  nosotros,  de  mencionarse  con  elogio,  especialidad  y 
frecuencia,  así  las  principales  poblaciones  de  las  comarcas  de  Aragón  y  Va- 


218  FUSTORIA    CRtTICA   DE   LA   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Estudio  es  este  que  nos  cumple  comenzar  en  el  siguiente  ca- 
pitulo. 


Icncia,  como  los  castillos,  fortalezas,  torres  y  casas  fuertes  fronterizas  de  Cas- 
lilla.  Pero  justo  es  repetirlo:  todo  esto,  que  no  carece  de  algún  valor  respecto 
de  haber  sido  ó  no  compuesto  el  Poema  de  Mió  Cid  por  alguno  de  sus  partida- 
rios ó  admiradores,  y  aun  respecto  del  territorio  en  que  pudo  ser  escrito, 
punto  que  arriba  tocamos  con  la  circunspección  que  pide  este  linaje  de  inves- 
tigaciones, nada  ó  muy  poco  signiñca  en  cuanto,  á  la  invención  de  los  pajes 
árabes. 


CAPITULO  V, 

nmm  hoiwnios  eboditos  de  u  poesíi  vclgar. 


Primera  trasformacion  del  arte  vulgar.— Causas  que  la  producen. — Movi- 
miento general  de  la  civilización  española  á  fines  del  siglo  XII  y  principios 
del  XIII. — Maravilloso  progreso  de  la  reconquista.— Nueva  dirección  y 
desarrollo  de  los  estudios. — Establecimiento  de  escuelas  públicas; —  en 
Castilla, —  en  León, —  en  Aragón.— Influencia  de  tan  memorables  sucesos 
en  la  sociedad  y  en  la  esfera  del  arte.— Carácter  de  esta  influencia. — Con- 
tradicciones entre  el  instinto  de  la  ciencia  y  la  actualidad  poética  de  Cas- 
tilia. — Divorcio  entre  doctos  y  populares:  en  el  fondo;  en  las  formas. — 
Monumentos  intermedios. — Examen  del  poema  anónimo  sobre  la  Disputa- 
ción del  Cuerpo  y  el  Alma. — Primer  poeta  erudito  de  nombre  conocido: 
Gonzalo  de  Berceo.— Sus  obras. — Medios  expositivos  de  las  mismas. — Si- 
tuación literaria  de  Berceo. — Su  representación  moral  y  religiosa  respec- 
to de  la  sociedad  española. — Su  mérito  literario. — índole  principal  desús 
producciones. — Formas  poéticas  que  en  ellas  dominan. — Formas  de  len- 
guaje.— Nueva  fisonomia  del  habla  castellana,  erigida  ya  en  lengua  litera- 
ria.— Resumen. 


llíl  estudio  de  los  primeros  monumentos  escritos  de  nuestra  lite- 
ratura, dándonos  á  conocer  los  verdaderos  albores  de  la  civiliza- 
ción, que  llega  á  tener  por  centro  la  monarquía  castellana,  nos 
ha  mostrado  al  mismo  tiempo  hasta  qué  punto  y  con  cuánta  fuer- 
za se  reflejan  en  las  referidas  obras  todos  los  elementos  de  vida 


220  inSTOmA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    E?PA?ÍOLA. 

lie  aquel  pueblo,  que  reconquistaba  al  par  su  libertad  y  sus  ho- 
gai'es.  Mas  cuaudo  examinadas  ya  detenidamente  estas  interesan- 
tes primicias,  lijamos  nuestras  miradas  en  las  producciones  de  fi- 
nes de  aquel  siglo,  en  que  habían  comenzado  á  escribirse  los 
cantos  de  la  musa  castellana,  y  comparadas  con  las  de  los  pri- 
meros dias  del  siguiente,  advertimos  que  se  ha  trocado  la  fisono- 
mía de  unas  y  otras,  sometiéndose  virtual  y  formalmente  á  nue- 
vos cánones  artísticos,  no  podemos  menos  de  comprender  que  se 
ha  operado  en  el  mundo  de  la  inteligencia  algún  extraordinario 
fenómeno,  digno  en  verdad  de  ser  maduramente  quilatado.  La 
poesía  religiosa,  que  al  tomar  por  instrumento  el  habla  de  la  mu- 
chedumbre, estribando  principalmente  en  las  creencias  populares, 
bien  que  inspirándose  en  las  piadosas  leyendas  eclesiásticas,  se 
habia  revestido  de  formas  groseras  é  imperfectas,  ostenta  ya  una 
metrificación  más  regular  y  esmerada,  confiando  del  todo  el  éxito 
de  sus  producciones  á  la  erudición  de  los  que  merecían  por  ex- 
celencia el  título  de  clérigos:  la  poesía  heroica,  que  aumentán- 
dose de  sus  propias  conquistas,  y  nutriéndose  con  los  sentimientos 
de  actualidad,  sólo  habia  tenido  por  norma  y  fin  de  sus  cantares 
la  vida  real  del  pueblo,  cuyas  hazañas  engrandecía  la  tradición 
oral,  pronta  siempre  á  infiamarse,  como  la  imaginación  y  la  pa- 
labra,— menos  original  ahora,  desdeñando  los  héroes  nacionales 
y  buscando  otros  en  la  historia  de  los  antiguos  tiempos,  tiene 
por  única  fuente  la  tradición  escrita,  no  contentándose  ya  con 
sus  propios  tesoros  y  anhelando  recorrer  de  un  vuelo  todas  las 
edades  y  todas  las  regiones.  ¿Cuáles  han  sido  pues  las  causas  de 
esta  peregrina  trasformacion,  que  mientras  ensancha  considera- 
blemente las  esferas  de  la  poesía,  la  despoja  de  no  pequeña  parte 
de  su  primitivo  vigor,  sujetándola  respecto  de  las  formas  exterio- 
res á  fijas  y  determinadas  leyes?... 

Cambio  tan  significativo  y  sorprendente  en  la  historia  de  nues- 
tras letras,  era  natural  consecuencia  del  progreso  que  en  todas 
vias  alcanzaba  la  civilización  española.  Robusteoido  el  poder  real, 
que  tantas  contradicciones  habia  experimentado  hasta  entonces; 
asegurado  y  ensanchado  el  territorio  con  nuevas  y  dilatadas  con- 
(piistas;  logrados  en  las  regiones  de  la  inteligencia  útiles  é  im- 
l»ortanlísimos  adelantos,  no  parecia  sino  (]uo  el  siglo  XIII  estaba 


II.''  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VÜLG.  221 

destinado  por  la  Providencia  á  recoger  el  fruto  de  los  grandes 
sacrificios,  que  desde  la  memorable  restauración  de  Toledo  había 
hecho  la  cristiandad  para  acrecentar  su  cultura  y  sostener  en  la 
Península  la  supremacía  que  le  dieron  las  armas  de  Fernando  I  y 
de  Alfonso  VI.  Desesperadas  y  colosales  fueron  durante  el  mismo 
período  las  tentativas  de  la  morisma  para  reparar  aquellas  terri- 
bles quiebras,  convocando  una  y  otra  vez  las  feroces  tribus  deí 
África  contra  el  creciente  poderlo  de  Castilla;  y  si  las  discordias 
civiles  que  afligieron  á  nuestros  mayores  en  el  último  tercio  del 
siglo  XII,  alimentaron  por  un  momento  en  el  ánimo  de  los  sar- 
racenos la  esperanza  de  aherrojarlos  de  nuevo  al  carro  de  sus 
triunfos,  al  comenzar  el  XIII  recibían  las  falanges  africanas  inusi- 
tado descalabro,  rechazadas,  ó  mejor  dicho,  encerradas  otra  vez 
más  en  los  abrasados  arenales,  de  donde  la  debilidad  y  el  apo- 
camiento de  los  árabes  españoles  las  hablan  traído.  Era  la  bata- 
lla de  Muradal,  apellidada  vulgarmente  de  las  Navas  de  Tolosa, 
el  acontecimiento  más  fausto  y  de  mayor  bulto  que  habla  aplau- 
dido Castilla  en  el  largo  espacio  de  ciento  veintisiete  años  [1085 
á  1212]:  enlazándose,  cual  fortísimo  eslabón,  á  la  empresa  de 
Toledo  y  á  la  celebrada  hazaña  de  Calatañazor,  no  solamente  apa- 
recía esta  gran  victoria  como  fruto  del  común  y  exclusivo  esfuer- 
zo de  todas  las  monarquías  españolas,  congregadas  y  acaudilla- 
das por  Alfonso  YIII  *,  sino  que  asegurando  para  siempre  la  po- 


i  Oportuno  juzgamos  observar  aquí,  para  mayor  ilustración  de  estos  he- 
chos, que  predicada  por  el  ilustre  arzobispo  de  Toledo  don  Rodrigo  XimeneZ 
de  Rada,  del  lado  allá  de  los  Pirineos,  la  cruzada  queda  por  resultado  el  glo- 
rioso triunfo  de  las  Navas,  respondieron  á  su  llamamiento  algunos  «magna- 
tes de  partibus  Galliarum,  Burdegalensis  et  Navatensis  episcopus  multisque 
Varones  de  eisdem  partibus  et  Italia»,  contándose  también  entre  los  cruza- 
dos «venerabilis  Arnaldus  qui...  tune  regebat  ecclesiara  Narbonensem»,  to- 
dos los  cuales  fueron  recibidos  «decenter»  por  el  rey  de  Castilla  (Don  Rodri- 
go, Rerum  Hispaniae  Chron.,  lib.  VIII,  cap.  II).  Pero  todos  estos  ultramon- 
tanos, á  excepción  de  Arnaldo  de  Narbona,  «qui  cum  ómnibus  quos  habere 
potuit,..  a  bono  proposito  non  dicessit»,  se  tornaron  á  sus  tierras  después  de 
la  recuperación  de  Calatrava,  sin  que  tomaran  parte  en  la  batalla  referida. 
«Rccedentibus  itaque  (añade  don  Rodrigo)  his  qui  Crucem  Domini  in  Anga- 
ria attulerunt,  son  Hispani  cura  paucis  ultramontanis...  proficisci  coeperunt 
ad  bellum  Domini  confidenler»  (Id.,  cap.  VI).  El  concurso  dclos  extranjeros 


222  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

sesioQ  de  la  Extremadura  manchoga,  mientras  anadia  á  los 
dominios  castellanos  las  fértiles  comarcas  que  se  extienden  desdo 
el  subterráneo  Guadiana  al  olivífero  Guadalquivir,  dejaba  abier- 
tas las  puertas  de  Andalucía  á  los  ejércitos  cristianos,  borrada 
del  todo  la  desastrosa  afronta  de  Alárcos. 

Y  no  trascurrieron  muchos  años  sin  que  se  diese  principio  por 
una  y  otra  parte  de  la  Península  d  la  grande  y  meritoria  empresa 
que  estaba  convidando  á  los  monarcas  de  Aragón  y  de  Castilla: 
en  1224  inauguraba  Fernando  III  la  conquista  de  la  antigua  Bé- 
tica  con  la  toma  de  Baeza  y  todas  las  villas  y  fortalezas  de  aquel 
reino,  nacido  como  otros,  de  las  ruinas  del  Califato  andaluz;  y 
poco  más  de  un  lustro  después  arrancaba  Jaime  I  de  manos  de 
los  árabes  la  isla  de  Mallorca  [1250].  Á  estos  triunfos,  recibidos 
por  toda  España  como  feliz  augurio  de  otros  mayores,  siguieron 
en  breve  la  afortunada  sorpresa,  que  sometió  al  imperio  castella- 
no la  patria  y  silla  de  los  Califas  españoles  [1256],  y  la  restau- 
ración de  la  ciudad  querida  del  Cid,  que  veia,  con  asombro  del 
islamismo,  volar  sobre  las  almenas  de  Alibufat  los  estandartes 
aragoneses  [1237].  No  habia  mediado  aun  el  siglo,  cuando  ren- 
dido el  reino  de  Murcia  al  primogénito  de  Castilla  [1242],  y  so- 
metido el  de  Jaén  á  las  huestes  de  Fernando  [1246],  movíanlas 


Tué  por  tanto  en  tan  solemne  ocasión  insignificante,  cuando  no  dañoso  para 
España,  pues  que  tanto  al  venir  como  al  volver  vejaron  y  maltrataron  las 
mismas  poblaciones  de  Castilla,  en  cuyo  auxilio  habían  tomado  la  cruz.  Véa- 
se pues  cómo  al  solo  esfuerzo  de  los  españoles  se  debió  la  maravillosa  y  tras- 
cendental victoria  de  las  Navas,  cual  se  debió  después  la  del  Salado,  causán- 
donos verdadera  oxtrañeza  el  hallar  en  escritores  respetables,  que  pelearon 
en  las  gargantas  de  Muradal  asoixante  mille  auxiliaires,  accourus  d'outre  les 
Pyrénées»  entre  los  cuales  se  contaba  Gavaudan,  el  "Viejo,  trobador  que  ha- 
bia segundado  la  predicación  del  arzobispo  don  Rodrigo,  y  á  quien  se  supo- 
ne «l'un  des  héros  de  1'  (íxpedicion,  don  il  avait  été  le  Tyrtée»  (Fauriel, 
Hist.  de  la  Poesie  proveníale,  tomo  11,  cap.  XX).  Gavaudan  excita  en  efecto 
á  los  reyes  de  Inglaterra  y  Francia,  á  los  condes  y  barones  ultramontanos, 
para  que  lomen  parle  ea  la  cruzada  (Raynouard,  CUoit,  tomo  IV,  pág.  8o); 
pero  si  es  verosímil  que  pasara  los  Pirineos,  no  consta  ni  puede  deducirse 
de  su  prezicansa,  que  pasara  de  Calutrava,  con  los  pocos  extranjeros  (paucis 
ULTRAMOM.^Nis)  quc  uo  arrojaron  la  cruz,  tomando  la  vuelta  de  sus  casas.  Yol- 
veremos  en  lugar  oportuno  á  meacionur  á  GavuuUau. 


11.*  PARTE,  CAP.  V,  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  223 

rey  y  príncipe  con  irresistible  pujanza  contra  la  república  de 
Abul-Hassan  (Axataf),  que  estrechado  por  todas  partes  y  redu- 
cido al  último  extremo,  entregaba  las  llaves  de  Sevilla  al  esfor- 
zado monarca,  que  á  tanta  prosperidad  habia  levantado  el  cristia- 
nismo [1248]. 

Sorprendentes,  inmensos  eran  pues  los  triunfos  de  las  armas 
cristianas,  que  en  el  espacio  no  cumplido  de  cinco  lustros  despo- 
jaron á  la  morisma  de  más  dilatadas  comarcas  que  las  restaura- 
das antes  á  costa  de  inauditos  sacrificios  y  en  muchas  edades. — 
La  reconquista  no  se  hacia  ya  ciudad  á  ciudad  y  castillo  á  casti- 
llo, como  en  siglos  anteriores:  extendiendo  al  par  sus  brazos, 
endurecidos  en  una  lucha  de  quinientos  años,  por  el  Ocaso  y  el 
Oriente,  estrechaba  y  comprimía  al  antiguo  coloso  del  islamismo, 
que  acorralado  en  las  partes  más  orientales  de  la  Bética,  lograba 
sólo  algún  respiro,  confesándose  vencido  y  tributario.  No  á  otro 
estado  quedaba  reducido  el  reino  de  Granada,  fundado  sobre  los 
escombros  de  numerosas  monarquías  al  mediar  del  siglo  XIII. 

Pero  si  de  tal  manera  se  exaltaba  en  aquel  venturoso  periodo 
el  sentimiento  de  la  independencia,  fuente  de  todo  lo  grande  en- 
tre nuestros  mayores,  no  con  menor  brio  entraban  los  reinos 
cristianos,  á  cuya  cabeza  se  habia  colocado  Castilla,  en  las  nue- 
vas sendas  de  cultura,  que  obedeciendo  á  la  ley  del  progreso  hu- 
mano, les  abrían  sus  propios  reyes.  Reducidas  al  retiro  de  los 
monasterios  y  acogidas  al  asilo  de  los  claustros  catedrales  ^f  ha- 

1  Sobre  lo  que  en  diferentes  pasajes  dejamos  advertido  respecto  de  las 
escuelas  eclesiásticas,  conviene  recordar  que  denriásde  las  monacales,  en  don- 
de recibían  educación  literaria,  no  solamente  los  monjes,  sino  también  los 
que  simplemente  se  dedicaban  al  sacerdocio,  se  contaron  las  escuelas  cate- 
drales y  aun  las  parroquiales.  Prueba  eficaz  de  la  existencia  de  las  primeras 
ofrecen  casi  todas  las  Constiluciones  de  las  iglesias  españolas,  en  las  cuales, 
después  de  mencionar  las  dignidades  de  capiscol  y  maestrescuela,  general- 
mente se  previene  que  el  «obispo  aya  y  su  tesorero  et  cathedrático»,  cuyo  sa- 
lario debia  ser  satisfecho  por  todos  los  clérigos  de  la  respectiva  diócesi,  sin 
exceptuar  los  de  las  Ordenes  militares.  Curiosas  son  en  este  punto  varias  bu- 
las, cartas  y  composiciones,  que  de  fines  del  siglo  XII  y  principios  del  XIII 
hemos  registrado  en  el  archivo  catedral  de  Toledo;  pero  para  no  hacer  de- 
masiado prolija  esta  nota,  citaremos  únicamente  las  Conslituliones  de  dicha 
metrópoli,  refundidas  durante  el  siglo  XIV,  en  las  cuales,  retrayéndose  á  la 


22 i  HISTORIA   CRlTIf-A   DE   LA    LITERATURA    ESPaSoLA. 

l)¡;iii  vivido  las  ciencias  y  las  letras,  aunque  lejanas  del  mundo, 
desdeñadas  de  los  poderosos  y  tal  \h  escarnecidas  de  la  muche- 
dumbre. Las  antiguas  escuelas,  creadas  por  el  lY  Concilio  de  To^ 
ledo,  salvando  las  calamidades  y  trastornos  íjue  llenaron  de  lutoá 
la  Iglesia  española,  conservaron  no  obstante  como  en  sagrado  de- 
pósito la  venerable  doctrina  de  Isidoro  ^:  respetadas  por  el  episco- 
pado y  clero  español,  rodeadas  de  aquella  aureola,  que  les  comu- 
nicaban la  autoridad  del  tiempo  y  la  claridad  de  su  origen,  sólo 
cuando  suplanta  el  rito  galicano  al  oficio  visigodo,  se  ven  forzadas 
á.  modificar  algún  tanto  la  forma  de  sus  enseñanzas,  para  cumplir 
con  las  nuevas  prescripciones  de  la  liturgia  2.  El  celebrado  libro 
de  las  Ethymologias,  que  dio  á  Silvestre  II  claro,  ya  que  no  cabal 
conocimiento  de  Aristóteles  ^,  si  antes  era  tenido  por  único  orácu- 
lo de  la  ciencia,  y  siempre  aparecía  como  cuerpo  de  doctrina  más 


antigua  organización  de  la  escuela,  se  ordenaba  mantener  «sufficientem  et 
idoneum  raag^islrum,  qui  apud  civitatem  toletanam  in  grammatica,  et  dia- 
léctica scholas  publice  lejat».  Mientras  los  escolares  tenian  el  derecho  de 
recibir  gratis  data  la  enseñanza  dictis  facultatibus,  contraían  la  obligación  de 
enmendar  y  restituir  á  su  pureza  libros  ecclesiae  continentes  errores,  corri- 
giéndose mutuamente  los  non  béne  legentes  seu  acentuantes,  todo  con  ánimo 
de  ir  restableciendo  poco  á  poco  los  buenos  estudios  (De  officio  scholaslici). 
Estas  escuelas,  alteradas  por  las  vicisitudes  de  los  tiempos,  eran  en  realidad 
las  establecidas  por  el  concilio  IV  de  los  Toledanos,  como  escribimos  en  el 
texto.  En  orden  á  las  parroquiales,  indicaremos  que  su  influencia  no  podia 
tener  en  modo  alguno  valor  literario:  su  principal  asunto  érala  enseñanza  de 
la  doctrina  cristiana,  y  su  misión  por  tanto  puramente  evangélica.  Consta  sin 
embargo  que  en  algunas  iglesias  parroquiales  llegaron  á  existir  numerosas 
bibliotecas  (Colmenares,  Hist.  sec.  y  ecl.  de  Segovia,  Part.  I,  cap.  XIII).  De 
la  existencia  de  estas  escuelas  dá  testimonio  todavía,  entre  otras  provincias, 
el  principado  de  Asturias,  en  cuyos  pórticos  parroquiales  reciben  instruc- 
ción y  doctrina  los  moradores  de  aquellas  montañas. 

i     Véase  el  cap.  VI ÍI  de  la  I."  Parte. 

2  Cúmplenos  repetir  aquí  que,  á  pesar  de  esta  inevitable  modificación  de 
los  estudios,  continuó  gozando  la  doctrina  de  San  Isidoro  la  estimación  del 
clero:  de  esto  deponen  los  trabajos  que  se  hicieron  en  el  siglo  XIII  y  siguien- 
tes sobre  el  libro  de  los  Orígenes,  y  más  que  todo  la  traducción  castellana, 
de  que  en  el  cap.  VIH  de  la  I."  Parte  hicimos  mención.  Al  bosquejar  la 
feliz  época  de  Alfonso  X,  volveremos  á  tomar  en  cuenta  tan  importante 
monumento. 

o    Véanse  en  el  cap.  XY  de  la  I.'*  Parle  las  págs.  2C8  y  sigs. 


n.  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD,  DE  LA  POES.  VULG.  225 

completo  que  otro  alguno,  compartía  ahora  su  imperio  con  otros 
tratados,  recibidos  por  los  discípulos  de  Fulberto  de  Chartres, 
Lupo  de  Ferrieres  y  Lanfranco,  cuyas  aplaudidas  doctrinas  ha- 
bían procurado  acreditar  en  nuestro  suelo  los  favorecidos  clunia- 
censes.  Esta  inevitable  innovación  de  los  estudios,  resistida  pri- 
mero por  el  clero  español  y  recibida  al  cabo,  merced  á  las  memo- 
rables circunstancias  en  que  se  halló  la  Iglesia  española  á,  fines 
del  siglo  XI  y  principios  del  XIÍ,  imprimiendo  sin  duda  cierto  y 
determinado  sello  á  la  ciencia  y  literatura  eclesiástica,  no  podía 
ser  indiferente  ni  estéril  para  la  civilización,  cuyo  principal  des- 
arrollo dejamos  reconocido,  al  considerar  los  caracteres  de  la  poe- 
sía híspano-latina  en  aquella  época  * . 

Al  movimiento  de  los  estudios  litúrgicos  y  teológicos,  al  impul- 
so dado  á  la  enseñanza  de  las  artes  liberales,  no  olvidadas  en  los 
días  de  mayores  tinieblas,  siguióse  en  efecto  la  rehabíhtacíon  len- 
ta, vaga,  incompleta,  no  determinada,  pero  eficaz  en  el  deseo  y 
en  la  aspiración  de  los  eruditos,  de  aquella  prodigiosa  cultura, 
cuyos  inmortales  resplandores  jamás  llegaron  á  oscurecerse  entre 
los  escombros  de  sus  portentosos  monumentos.  Admiradas,  bien 
que  apenas  comprendidas  y  menos  saboreadas  las  bellezas  que  ate- 
soraban las  obras  de  la  antigüedad  clásica;  evocados  sus  recuer- 
dos con  harta  frecuencia,  iba  descubriéndose  insensiblemente  á 
la  contemplación  de  los  doctos  un  mundo  desconocido,  cuyas  di- 
latadas regiones  pensaron  recorrer  fácil  y  holgadamente,  cuando 
ni  lograban  guia  seguro  para  salvar  los  escollos  de  su  inexpe- 
riencia, ni  tenían  fuerza  bastante  para  asentar  la  planta  en  tan 
resbaladizo  y  desconocido  terreno. 

Pugnando  con  estos  elementos,  y  parahzando  hasta  cierto  pun- 
to su  acción  civíhzadora,  habían  tomado  plaza  en  la  estimación 
de  los  discretos  las  producciones  de  otro  arte,  que  trayendo  dis- 
tintos orígenes,  estaba  llamado  á  ejercer  no  poca  influencia  en  la 
futura  suerte  de  las  literaturas  vulgares.  La  oriental,  cerrada 
hasta  entonces  á  las  miradas  de  los  cristianos  por  los  odios  de  la 
religión  y  los  peligros  de  la  independencia,  había  comenzado  ya 


i     Cap.  XIV. 
TOMO    III.  15 


220  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESI'AÍ^üLA. 

á  mostrar  sus  tesoros  ',  y  no  distaba  mucho  el  momento  en  que 
debía  hacer  de  ellos  completo  alarde.  Así  que,  acumulándose  du- 
rante el  siglo  XII  en  el  suelo  de  Castilla  tan  varías  intluencias, 
ensanchado  en  la  esfera  de  las  ciencias  y  de  las  letras  el  estrecho 
círculo  en  que  antes  giraban,  fenómeno  que  se  opera  igual- 
mente respecto  de  las  artes  -,  abiertos  por  último  nuevos  hori- 
zontes á  la  política  y  á  las  armas  cristianas,  presentó  una  faz 
nueva  y  en  alto  grado  interesante  la  cultura  española,  cobrando 


i  Enticiidase  bien  que  este  aserto  sólo  se  refiero  á  la  clase  docta:  la  Dis- 
ciplina Clericalis,  con  que  Pero  Alfonso  dio  osle  primer  paso,  estaba  escrita 
en  latin,  y  como  di'jamos  cun  oportunidad  advertido,  se  dirigía  exclusiva- 
mente al  clero  (cap.  XIV  de  la  I."  Parte).  Y  no  sera  fuera  de  propósito  el 
advertir,  que  si  bien  los  judios  españoles  habian  comenzado  ya  á  dar  se- 
ñales de  vida  en  el  cultivo  de  las  ciencias,  la  naturaleza  misma  de  sus  es- 
tudios los  alejaba  de  los  cristianos.  Véanse  los  caps.  I  y  II  del  Ensayo  II  de 
nuestros  Estudios  sobre  los  judios,  donde  procuramos  caracterizar  los  que  en 
esta  edad  hacen. 

2  La  historia  de  la  arquitectura  española  cobra  en  efecto  nueva  vida  y 
ofrece  nueva  faz  á  la  contemplación  del  artista-arqueólogo  desde  mediados 
del  siglo  XII. — Todos  los  miembros  que  constituían  antes  las  fábricas  de 
aquella  maravillosa  arle,  y  en  particular  de  los  templos,  presentan  diferente 
ñsüiiomia:  las  columnas  se  estiran  y  levantan  en  colosales  proporciones;  los 
arcos  se  ensauchan  y  se  elevan  con  majestuosa  grandeza,  propendiendo  á  la 
forma  ojival,  que  más  adelante  tiene  completo  desarrollo;  las  ventanas  es- 
trechas y  cerradas  al  punto  de  dar  escasa  luz  al  santuario,  se  rasgan  sobre 
el  muro,  cubriéndose  de  pintadas  vidrieras,  que  en  siglos  posteriores  debían 
aparecer  como  otras  tantas  maravillas;  las  cimbrias,  las  archivoltas,  los  pila- 
res que  van  sustituyendo  á  las  columnas,  se  pueblan  de  vistoso  follaje,  sal- 
picado de  figuras  y  representaciones  alegóricas,  mostrando  inusitada  riqueza; 
la  planta  y  la  distribución  del  templo  se  alteran,  finalmente,  obedeciendo  á 
la  misma  ley;  y  el  arle  romúaico,  que  sucede  al  latino-bizantino,  y  que  hasta 
aquella  edad  habia  conservado  entre  los  cristianos  el  dominio  de  la  arquitec- 
tura, trasforniado  por  nuevas  ideas  y  nuevos  elementos,  lo  cede  en  España, 
como  en  todo  el  Occidente,  al  arte  ojival,  que  durante  los  siglos  XIII,  XIV  y 
XV  puebla  de  verdaderos  portentos  nuestras  antiguas  ciudades. — Véase  có- 
mo no  puede  ser  mayor  la  unidad  que  realmente  existe  entre  el  movimiento 
que  presentan,  en  la  misma  edad,  las  artes  y  las  letras:  cuando  nos  toque 
trazar  el  cuadro  que  la  civilización  española  ofrece,  mediado  ya  el  siglo,  es- 
tableceremos (luevas  relaciones  entre  la  manifestación  artística  y  la  manifes- 
tación literaria. 


Il/    PARTE,    CAP.      V.    PIÍIM.    WON.    ERUD.    DE    LA  POES.    TLLG,      227 

las  ciencias  y  las  letras  mayor  extensión,  y  propendiendo  desde 
aquellos  dias  á  ostentar  cierta  independencia,  saliendo  de  los 
claustros,  donde  hasta  entonces  vivieron. 

No  brillaban  todavía  los  gloriosos  laureles  de  las  Navas  en  la 
frente  de  Alfonso  YIII,  cuando  este  esclarecido  monarca,  ya  mo- 
vido de  propio  convencimiento,  ya  cediendo  á  los  ruegos  del  obis- 
po palentino  don  Tello,  ó  ya  á  los  consejos  del  respetable  varón 
que,  para  bien  de  la  nación  entera,  se  asentaba  en  la  silla  de  los 
Eugenios  é  Ildefonsos,  dio  el  primer  paso  en  tan  nobilísima  car- 
rera. «Este  rrey  (dicen  los  antiguos  cronistas)  enbió  por  todas  las 
«tierras  por  maestros  de  las  artes,  et  fizo  escuelas  en  Falencia 
«muy  buenas  et  ricas;  et  daua  soldadas  conplidas  á  los  maestros, 
» porque  los  que  quisiessen  aprender  que  non  lo  dexassen  por 
«mengua  de  maestros»  '.  Era  esta  pues  la  vez  primera  que  los 
reyes  de  Castilla  ponian  mano  en  la  dirección  de  los  estudios  para 
satisfacer  las  necesidades  intelectuales,  producidas  en  su  pueblo 
por  la  asociación  y  uniforme  desarrollo  de  todos  los  gérmenes  de 
civilización  laboriosamente  allegados  en  tiempos  anteriores:  para 
hacer  más  fecundo  su  ilustrado  intento,  llamaba  también  Alfonso 
distinguidos  varones  de  Italia  y  Francia  que  restaurasen  en  su 
reino  la  disciplina  de  la  sabiduría,  cobrándose  en  esta  manera  de 
la  antigua  deuda  contraída  por  una  y  otra  nación  respecto  de 
nuestra  España  -;  y  la  famosa  escuqla  que  se  preciaba  de  ser  ma- 


i  Crónica  de  Once  Reyes,  cap.  XXY  de  Alfonso  VIII,  fól.  190  del  cód.  Y, 
I.,  12  de  la  Blbl.  Escurialense.  El  arzobispo  don  Rodrigo  escribe:  «Sapientes 
a  Galiis  et  Italia- convocavit,  ut  Sapientiae  disciplina  a  regao  suo  nunquam 
abesset,  et  magistros  omnium  faeultatum  Pallentiae  congregavit,  quibus  et 
magna  stipendia  est  largius,  ut  omni  studium  cupienli  quasi  nianna  aliquan- 
do  iu  os  inílueret  sapienlia  cuiuslibet  facultatis»  {Rer.  Hisp.  Gest.  Clir.,  li- 
bro VII,  cap.  XXXIV).  Don  Lúeas  de  Tuy  pone  la  fundación  de  estas  escue- 
las en  1211:  sin  embargo  el  referido  arzobispo  la  coloca  en  la  era  de  1247, 
que  equivale  al  año  de  1209.  Pulgar  declara  que  no  halla  oposición  entre 
ambos  historiadores,  pues  «bien  se  tardarla  tres  años  en  componer  lodo  lo 
onecesario  para  que  estuviese  la  Universidad  con  toda  perfección»  {Hist. 
sec.  y  ecles.  de  Falencia,  tomo  II,  lib.  II,  cap.  XIV).  Lo  que  está  fuera  de 
duda  es  que  precedió  á  1212. 

2     Véase  lo  que  dejamos  asentado  en  el  cap.  XV  de  la  1.^  Parte,  pág.  26o, 


228  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

dre  de  San  Fructuoso  antes  de  la  invasión  mahometana,  y  que 
restaurada  en  el  siglo  XI  por  el  obispo  don  Poncio,  acababa  de 
dar  al  mundo  en  Domingo  de  duzman  uuo  dé  los  más  ardientes 
propagadores  de  la  palabra  divina  ',  erigida  yá  eu  Estudio  Gene- 
ral y  centro  de  la  enseñanza  pública,  obtenía  al  cabo  la  gerarquia 


etc.,  en  orden  á  Teodulfo,  Claudio,  Prudencio  Galindo  y  Silvestre  II.  Difícil, 
cuando  no  del  todo  imposible,  es  señalar  hoy  los  nombres  de  los  sabios  italia- 
nos y  franceses  que  congre^^ó  en  su  reino  Alfonso  VIH.  Los  historiadores  más 
señalados  de  la  primer  nación  sólo  citan  á  Gerardo  de  Creniona,  cuya  patria 
les  disputan  algunos  ilustres  españoles  (Nicol.  Ant.,  Bib¡.  Veh,  tomo  II,  pági- 
na 263  y  sijs.),  concediendo  otros  escritores  italianos  que  fué  en  efecto  natu- 
ral de  Carmona  en  España  [Giornale  d'i  Letterati,  an.  1713).  Gerardo,  que  se- 
gún prueba  Tiraboschi  con  la  autoridad  de  Muratori  {Stor.  Litt.  de  Ital.,  tomo 
111,  pág.  293  y  sigs.),  pertenece  á  Italia  por  su  nacimiento,  lejos  de  pasar  á 
la  Península  Ibérica  para  derramar  la  luz  de  la  sabiduría,  vino  á  ilustrarse, 
aprendiendo  en  Toledo  la  lengua  árabe,  y  dedicándose  luego  á  traducir  cuan- 
tos tratados  de  astronomía,  fdosofia  y  medicina  hubo  á  las  manos.  No  es  ve- 
rosímil que  Gerardo  de  Cremona,  si  alcanzó  los  tiempos  de  Alfonso  VIH  y 
pudo  conocerle  y  apreciar  su  amor  á  las  ciencias,  fuese  uno  de  los  sabios  por 
él  llamados,  y  menos  uno  de  los  maestros  de  la  escuela  palentina.  Pero  no 
debían  faltar  estos  por  cierto  en  Italia,  donde  eran  ya  celebradas  las  Univer- 
sidades de  Bolonia,  Mantua  y  Pisa  por  el  número  de  los  hombres  distingui- 
dos que  de  ellas  salían,  y  donde  desde  los  tiempos  de  Irnerío  habían  tomado 
grande  incremento  los  estudios  de  la  jurisprudencia  civil,  estimulando  al  par 
los  de  la  canónica  y  los  de  la  teología. — Tampoco  faltarían  á  Francia  hom- 
bres respetables  que  enviar  á  nuestro  suelo,  después  de  haber  tenido  por 
maestros  en  uno  y  otro  decreto,  en  la  dialéctica  y  en  la  teología  á  varones 
tan  señalados  en  aquellos  tiempos  como  el  Placentino,  el  Maestro  de  las  Sen- 
tencias (Pedro  Lombardo),  Leodulfo  de  ^'ovara  y  Bernardo  de  Pisa.  En  el 
flujo  y  reflujo  de  las  ideas  y  de  los  estudios  no  creemos  indiferente  el  cono- 
cer los  nombres  de  los  que  les  sirven  de  noble  vehículo,  cualquiera  que  sea 
su  verdadero  mérito:  por  esta  razón  sentimos  no  poder  consignar  aquí  los  de 
los  sabios  convocados  por  Alfonso  VIII,  bien  que  ninguna  puede  ser  nuestra 
culpa,  cuando  los  callan  nuestras  crónicas  y  no  los  apuntan  las  historias  de 
sus  respectivas  naciones, 

i  Pulgar,  en  su  Hist.  sec.  y  ecles.  de  la  ciudad  de  Palencia,  no  sólo  prue- 
ba con  testimonios  abundantes  quí  estudió  el  fundador  de  los  predicadores 
en  la  escuela  catedral  de  Palencia,  sino  que  comenzó  allí  su  predicación,  to- 
davía en  la  juventud,  aspirando  al  lauro  del  profesorado  en  la  misma  escue- 
la, de  donde  salió  para  combatir  los  delirios  de  los  albigenses  (tomo  II,  li- 
lífo  II,  cap.  XI,  pág.  208). 


II.'    PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MO¡N.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.    229 

y  los  privilegios  concedidos  por  la  Santa  Sede  á  los  tan  celebra- 
dos de  Paris,  si  bien  no  estaba  destinada  como  ellos  á  larga  y 
floreciente  vida  *. 

Á  rivalizar  con  la  de  Falencia,  y  á  eclipsarla  del  todo,  andando 
los  tiempos,  vino  en  breve  la  escuela  clerical  de  Salamanca:  cono- 
cida desde  el  siglo  XII  por  el  crecido  número  de  sus  alumnos,  lle- 
gó á  principios  del  XIII  á  despertar  la  atención  de  Alfonso  IX  de 
León,  quien  ora  respondiera  al  movimiento  intelectual  de  su  pue- 
blo, ora  atendiese  sólo  á  seguir  el  loable  egemplo  de  los  castella- 
nos, convirtióla  en  Estudio  General,  estableciendo  nuevas  cátedras 
y  dotándolas  de  amplios  privilegios,  en  que  al  paso  que  se  confir- 
maban los  ya  concedidos  por  los  antiguos  fueros  municipales,  se 
otorgaban  á  los  escolares  [escolanos]  otras  no  menos  peregrinas  y 
preciadas  exenciones  ^.  La  unión  definitiva  de  las  coronas  de  León 


1  Cumple  á  nuestro  intento  observar  que  si  bien  tuvo  la  escuela  palentina 
algún  contratiempo,  después  de  su  erección  (Concil.  de  Valladolid,  1228, 
can.  III,  §  S)  perseveraba  por  los  años  de  1243,  en  que  el  arzobispo  don  Ro- 
drigo pareció  acabar  su  historia:  «Et  licet  (escribe)  hoc  fuit  studium  inter- 
ruptum,  tamen  per  Dei  gratia  adhuc  durat))  (Lib.  VII,  cap.  XXXIV).  Veinte 
años  adelante,  y  en  el  segundo  de  su  pontificado,  la  elevaba  Urbano  IV  á 
la  misma  categoría  de  la  Universidad  parisiense,  declarando  que  no  sólo  Pa~ 
lencia,  sino  toda  España,  recibía  de  ella  grandes  beneficios:  «Et  quia  per 
hoc,  non  solum  Pallenlia,  sed  tota  Híspanla  spiritualis  el  temporalis  solebat 
percipere  commoditatis  augmentum...  tuis  supplicationibus  inclinati,  et  sin- 
gulis  doctoribus  et  scholaribus,  quibus  in  eadem  civitate,  in  quaqumque  fa- 
cúltate studere  contigerit,  quod  lilis  privilegiis,  indulgentiis  et  inmunitatibus 
gaudeant,  quibus  magistri  et  scholaslici  gaudent  Parisiis,...  authoritate  prae- 
sentium  indulgemus»  (Pulgar,  Hist.  secul.  y  ecles  de  Patencia,  tomo  II,  lib.  II, 
pág.  279).  Se  vé  pues  que  toda  la  primera  mitad  del  siglo  XIII  y  algún 
tiempo  adelante  produjeron  los  Esludios  Generales  creados  por  Alfonso  VIII 
el  efecto,  á  que  aspiraba  tan  ilustrado  monarca. 

2  Como  advertimos  ya  en  el  capítulo  XIV  de  la  primera  Parte,  (pág.  237) 
gozaban  los  escolares  durante  el  siglo  Xll,  de  ciertos  privilegios,  consigna- 
dos en  los  fueros  y  cartas-pueblas,  bien  que  de  un  modo  indirecto.  Los  am- 
pliados por  Alfonso  IX,  y  ratificados  por  San  Fernando  en  orden  á  los  escola- 
res salmantinos,  se  encaminaban  principalmente  á  eximirlos  de  los  portazgos 
y  ampararlos  contra  toda  injusticia  y  fuerza,  mientras  seguian  los  esludios. 
Esta  política  protectora  dio  por  de  pronto  excelentes  resultados;  mas  con  el 
tiempo  llegaron  á  ser  gravosas  á  las  demás  clases  las  exenciones  é  inmuni- 
dades do  la  estudiantina. 


230  HISTORIA    CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

y  Castilla  en  las  sienes  de  Fernando  111,  daba  por  último  extraor- 
dinario impulso  á  estos  gimnasios  de  las  letras,  brotando  al  par 
en  otros  punios  de  la  monarqnia  lan  generosa  semilla:  y  mientras 
veia  Yalladolid,  ciudad  predilecta  de  doña  Berenguela,  ensancha- 
do el  circulo  de  sus  esludios  clericales  bajo  los  auspicios  de  esta 
gran  matrona,  sometida  ya  á  su  esfuerzo  gran  parle  del  Andalu- 
cía, derramaba  Fernando  sobre  los  salmantinos  gracias  y  privile- 
gios [1242,]  que  espléndidamente  ratificados  al  mediar  del  siglo 
por  el  ilustre  monarca  que  lleva  el  título  de  Sabio,  conquistaban 
á  esta  escuela  lugar  señalado  entre  los  tres  primeros  Estudios  Ge- 
nerales del  Orbe  '. 
En  esta  forma  se  fecundaba  en  Castilla  aquel  ilustrado  pensa- 


i  Asi  aparees  en  tabula  de  Alejandro  IV,  expedida  en  Ñapóles  á  "29  de 
abril  de  1253,  donde  al  mencionar  las  escuelas  de  París,  Oxford  y  Bolonia, 
se  apellida  á  la  de  Salamanca,  unum  de  quatuor  Orbis  generalibus  studiis. 
üon  Alfonso  la  organizó  y  dotó  sus  catedráticos  del  siguiente  modo:  «De  los 
«maestros  mando...  que  ay.i  uno  en  Icys;  et  yo  le  dé  quinientos  moravedis 
))de  salario  por  anno,  et  que  aya  y  un  bachiller  legista.  Otrossy  mando  que 
»aya  otro  maestro  en  decretos,  et  yo  le  dé  trescientos  moravedis  cada  anno. 
«Otrossy  he  por  bien  que  aya  dos  maestros  en  fysica,  et  yo  les  dé  doscien- 
Mtos  moravedis  cada  anno.  Otrossy  mando  que  aya  dos  maestros  de  lógica 
i>el  yo  que  les  dé  doscientos  moravedis  cada  anno.  Otrossy  he  por  bien  que 
))aya  dos  maestros  en  gramática,  el  yo  que  les  dé  doscientos  moravedis 
«cada  anno.  Otrossy  mando  que  aya  un  estacionario,  et  yo  que  le  dé  cient 
«moravedis  cada  anno  et  que  aya  los  excmplares  bien  correttos.  Otrossy 
«mando  que  aya  un  maestro  en  órgano  et  yo  que  le  dé  9inqüenta  moravedis 
«de  cada  anno». — Esta  cédula  fué  expedida  en  1234:  á  9  de  noviembre  de  52 
habia  confirmado  las  anteriores  de  su  padre  y  abuelo.  Se  ha  dicho,  y  lo  repi- 
ten modernos  historiadores  que,  al  engrandecerse  esta  Universidad,  desapare- 
ció la  escuela  regia  de  Patencia,  refundida  por  Fernando  111  en  aquella:  este 
error  queda  desvanecido  con  sólo  observar,  como  lo  hacemos  arriba,  que 
once  años  después  de  fallecer  el  Rey  Santo,  recibía  el  Estudio  palentino  la 
aprobación  pontificia.  Las  rentas  adjudicadas  áesta  escuela  pasaron  en  tiem- 
pos posteriores  á  engrosar  las  de  la  Universidad  de  Yalladolid,  lo  cual  ha  da- 
do también  ocasión  para  suponer  que  á  esta  fué  en  efecto  trasladada.  El  eru- 
dito don  Rafael  Floranes,  aunque  sin  apurar  las  causas  de  la  decadencia  de 
los  Esludios  palentinos,  ni  fijar  la  época  de  su  extinción,  prueba  que  nada 
hay  de  ciertu  ni  aun  de  fundado  respecto  de  las  pretendidas  traslaciones  {Ori- 
gen de  lOH  eüuáios  de  Castilla,  Culeccion  de  documentos  inéditos  para  \d  His- 
toria de  Entina,  tomo  XX,  pág    33) 


U.   PARTE,  CAP.  V,  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  231 

miento  que  abrigado  al  par  en  Aragón  por  el  discreto  don  Jaime 
el  Conquistador,  imprimia  determinado  sello  á  la  escuela  clerical 
de  Zaragoza,  y  daba  nacimiento  á  los  Estudios  de  Lérida  y  de  la 
rescatada  Valencia ' .  España  entera,  movida  de  un  mismo  impulso, 
ufrecia  pues  en  todas  partes  el  mismo  espectáculo;  y  saliendo 
del  estrecho  recinto  de  los  claustros  monacales,  donde  si  no  ha- 
bían permanecido  estacionarias,  no  pudieron  tampoco  hacer  las 
ciencias  y  las  letras  largo  camino,  no  solamente  se  mostraron  lim- 
pias de  toda  sospecha  á  los  ojos  de  la  indocta  muchedumbre, 
cobijadas  á  un  tiempo  bajo  el  manto  de  la  Iglesia  y  de  los  reyes, 
sino  que  traspasando  los  límites  de  las  disciplinas  liberales  y  de 
las  ciencias  litúrgicas,  se  convirtieron  igualmente  á  las  esferas  de 
la  verdadera  teología  y  de  la  legislación  civil  y  canónica,  fructifi- 
cando muy  en  breve  la  salutífera  doctrina  para  admiración  de 
Europa  y  gloría  de  España,  en  el  código  inmortal  de  las  Parti- 
das ^.  Dado  estaba  el  primer  paso  de  las  ciencias  y  de  las  letras 
en  la  carrera  de  su  exclaustración  é  independencia,  comenzando 
á  brillar  en  el  siglo,  donde  habían  de  tener  con  el  tiempo  grandes 
y  tenaces  contradicciones,  insinuadas  estas  desde  luego  en  la  Or- 
den de  Predicadores,  que  nacida  en  medio  de  aquel  movimiento  de 
la  cultura  y  de  los  estudios,  aspiró  á  heredar  la  antigua  gloría  de 
los  benedictinos,  apoderándose  de  la  enseñanza,  y  procurando  en- 
caminarla por  determinado  sendero^.  Abiertos,  sin  embargo,  nue- 


1  La  primera  noticia  que  hallamos  de  las  escuelas  de  Valencia,  después 
de  la  reconquista,  se  refiere  al  año  1240,  en  que  el  obispo  Ferrar  de  San  Mar- 
tí, distribuyéndolas  rentas  asig'uadas  por  don  Jaime  á  la  Ig'lesia,  señala  al 
preceptor  doscientos  besantes  anuales,  poniendo  bajo  su  cuidado  el  aula  de 
la  ciudad:  «ítem,  asignamus  ei  scholam  civitatis»  dice  el  obispo  (Villanueva. 
Viaje  Literario,  t.  II,  pág.  94).  Esto  prueba  que  el  rey  conquistador  la  habia 
establecido  antes  de  aquel  año.  Respecto  délos  Estudios  de  Zaragoza  pueden 
consultar  los  lectores  la  apreciable  obra  que  con  el  título  de  La  instrucción  pú- 
blica en  España,  publicó  en  l8o3,  escritos  ya  estos  capítulos,  nuestro  distin- 
guido amigo  don  Antonio  Gil  de  Zarate,  cuya  reciente  pérdida  lloran  las  le- 
tras patrias  (tomo  II,  Secc.  IV,  caps.  II  y  III). 

2  Véase  el  cap.  XII  del  presente  volumen. 

3  La  Orden  de  Predicadores  activa,  militante  y  armada  siempre  de  la  pa- 
labra para  discutir,  no  podia  renunciar  en  modo  alguno  á  la  palabra  que  se 
dirigía  á  la  enseñanza;  y  dado  por  el  fundador  el  cgemplo,  aspiró  á  recabar 


232  HISTORIA    CRITICA   DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

VOS  veneros  científicos  en  aquellas  escuelas,  base  y  fundamento  de 
nuestras  Universidades  literarias;  refrescados  los  estudios  grama- 
ticales y  dialécticos,  y  en  una  palabra,  ampliados  cuantos  conoci- 
mientos caian  bajo  la  jurisdicción  de  las  artes  liberales  (trivio  y 
quadrivio),  recibió  la  civilización  española  desde  los  primeros  dias 
del  siglo  XIII  extraordinario  incremento,  comparable  sólo  al  rá- 
pido progreso  de  las  armas  cristianas,  y  claro  precursor  de  la 
gloriosa  Era  que  simboliza  el  nombre  del  Rey  Sabio. 

Que  este  doble  n^vimienlo  de  las  armas  y  de  las  ciencias  hubo 
de  reQejarse  con  no  escaso  vigor  en  la  literatura  vulgar,  y  más 
propiamente  en  la  poesía,  no  hay  para  qué  intentar  demostrarlo, 
cuando  se  advierte  que.  modificando  en  cierto  modo  las  costum- 
bres de  una  parte  de  la  sociedad,  y  borrando  en  ella  añejas  preocu- 
paciones, produce  un  cambio  sustancial  en  la  manera  de  considerar 
las  letras,  antes  desdeñadas,  llamando  por  último  á  su  cultivo  á 
los  hombres  de  más  elevada  gerarquia.  Pero  el  arte  que  recibe 
inusitado  impulso  de  aquellos  memorables  sucesos,  si  aparece  con- 
secuente con  los  elementos  que  contribuyen  á  darle  nuevo  des- 
arrollo, no  guarda  la  misma  fidelidad  á  los  que  originaria  é  inte- 
riormente le  habian  constituido.  Cultivado  en  sus  primeros  dias 
por  los  cantores  meramente  populares ;  patrimonio ,  al  fijarse  por 
medio  de  la  escritura,  de  los  semidoctos,  que  acariciaban  las  tra- 
diciones de  la  muchedumbre,  preparábase  ahora  á  pasar  al  domi- 
nio de  los  eruditos,  quienes  viendo  con  cierto  desden  cuanto 
estaba  al  alcance  de  todos,  y  no  tan  doctos  que  pudieran  emplear 
con  aplauso  la  lengua  latina,  ya  en  parte  regenerada  con  los  es- 
tudios clásicos  1,  descendían  al  cabo  al  terreno  de  la  poesía 
vulgar,  para  hablar  la  lengua  de  los  joglares  de  boca. 

para  sí  la  misma  gloria  que  ambicionaban  las  escuelas  seculares,  ya  difun- 
diendo por  sí  misma  la  doctrina  en  sus  propios  conventos,  ya  acudiendo  a  las 
Universidades  para  disputar  este  lauro  á  los  doctores  y  maestros  que  en  ellas 
se  distinguían.  El  ascendiente  que  alcanza  duranife  los  siglos  XI II,  XIV  y  XV, 
aunque  legítimo  y  debido  principalmente  á  su  ciencia  y  á  sus  virtudes,  fué  no 
despreciable  contrapeso  de  la  estimación  y  fama  de  nuestras  antiguas  es- 
cuelas. 

1     Digno  es  de  repararse:  á  medida  que  los  buenos  estudios  se  restablecen, 
vá  siendo  menor  el  número  de  los  cultivadores  de  la  lengua  latina,  aumenta- 


II.*    PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.    233 

Pero  digno  es  de  ser  contemplado  maduramente  el  espectáculo 
que  ofrecen  á  los  ojos  de  la  filosofía  y  de  la  crítica :  con  el  temor 
de  perder  todo  su  prestigio  y  de  confundirse  entre  los  ignorantes; 
con  el  deseo  de  dar  testimonio  de  los  conocimientos  laboriosa- 
mente adquiridos  en  las  escuelas,  pusieron  igualmente  en  contri- 
bución la  moral  y  la  teología ,  la  historia  sagrada  y  la  profana, 
recorriendo  al  par  los  tiempos  antiguos  y  modernos;  y  como  niños 
que  no  hablan  podido  digerir  la  nueva  doctrina,  se  desvanecían  tal 
vez  en  incoherentes  sueños,  perdiéndose ^  otras  en  extraviadas  y 
torcidas  sendas.  Afectando  olvidarse  de  cuanto  les  rodeaba,  bus- 
caron los  asuntos  y  los  héroes  de  sus  cantos  ya  eñ  los  libros  sa- 
grados y  las  leyendas  eclesiásticas,  ya  en  la  historia  del  Asia  y  de 
la  Grecia,  que  adulteraban  y  corrompían  fantásticas  tradiciones  y 
groseros  errores;  é  impotentes  para  discernirlos  y  para  pintar  con 
verdadero  colorido  lo  que  no  conocían  prácticamente ,  dotaron  á 
la  antigüedad  de  las  costumbres  de  sus  coetáneos,  y  atribuyeron 
á  sus  personajes  los  sentimientos,  las  creencias  y  hasta  las  mis- 
mas cualidades  que  brillaban  en  los  vencedores  de  Muradal  y  ea 
los  debeladores  de  Córdoba  y  Sevilla,  vistiéndolos  y  ataviándolos 
con  las  mismas  galas  y  preseas.  No  siéndoles  dado  en  su  inexpe- 
riencia trasportarse  á  la  sociedad  y  al  tiempo  á  que  se  referían, 
ni  menos  levantarse  á  las  regiones  del  idealismo,  y  aquejados  de 
aquel  afán  que  persigue  á  la  juventud,  impulsándola  á  hacer  in- 


das las  dificultades  de  poseerla  en  el  grado  de  perfección  que  los  más  doctos 
demandaban.  Esto  dá  naturalmente  por  resultado,  que  mientras  es  palpable  el 
prog-reso  de  la  literatura  latino-eclesiástica,  próximo  ya  el  momento  de  un  Ro- 
drigo Ximenez  de  Rada,  un  Lúeas  de  Tuy  y  tantos  otros  como  en  la  primera 
mitad  del  siglo  XIII  florecen,  se  vé  la  Iglesia  obligada  á  reproducir  sus  anti- 
guos decretos  para  estimular  en  la  muchedumbre  del  clero  el  simple  estudio  de 
la  gramática.  De  otra  manera  seria  imposible  comprender  el  canon  III  del  Con- 
cilio de  Valiadolid,  celebrado  en  1228,  bajo  la  presidencia  del  Cardenal  de 
Santa  Sabina:  «Stablecemos  (dice)  que  todos  los  beneficiados  que  non  saben 
))fablar  latin,  sacados  los  vicios,  que  sean  constrennidos  quel'  aprendan,  et  que 
))non  les  den  los  beneficios  fasta  que  sepan'  fablar  latin»  {Esp.  Sagr.,  to- 
mo XXXVíI,  pág.  217).  El  número  de  los  beneficiados  que  ignoraban  la  len- 
gua latina  debia  ser  muy  crecido;  y  sin  embargo  los  estudios  latino-eclesiás- 
ticos estaban  recibiendo  un  verdadero  impulso.  La  necesidad  de  emplearla 
lengua  patria,  era  por  tanto  de  cada  dia  más  apremiante  para  los  semidoctos- 


23 1  HISTOIUA    CniTIf.A    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

oportuno  alarde  de  sus  no  sazonadas  nociones,  tropezaron  por 
último,  sin  sospecharlo  siquiera,  en  el  escollo  de  la  pedantería, 
formando  este  precoz  anhelo  muy  peregrino  contraste  con  la  lla- 
neza y  pueril  trivialidad  en  que  á  nienuilo  se  extremaban. 

Pero  estas  sensibles  contradicciones,  que  trascienden  también  á 
los  cultivadores  de  la  historia  desde  el  momento  en  que  emplean 
deliberadamente  la  lengua  castellana,  si  desnaturalizan  á  nuestros 
ojos  aquel  arte  que  habia  nacido  espontáneamente  en  el  seno  de 
la  sociedad  española,  hacen  patente  su  enérgica  vitalidad,  mos- 
trando que  eran  inútiles  todos  los  esfuerzos  de  los  eruditos  para 
sofocarla  *.  Mientras,  apartándose  estos  de  las  primitivas  fuentes 


i  Llamamos  en  este  punto  muy  formalmente  la  atención  de  los  críticos 
que  aspiran  á  poner  en  cierta  especie  de  tutela  al  ingenio  español  desde  los 
primeros  instantes  de  su  manifestación  castellana.  Sin  la  espontaneidad  enér- 
gica que  hemos  reconocido,  al  examinar  los  primeros  monumentos  escritos  de 
la  poesía  vulgar,  espontaneidad  que  refleja  aquel  primer  impulso  del  senti- 
miento nacional  que  dá  vida  á  los  cantos  populares  de  la  reconquista,  seria  de 
todo  punto  imposible  que  los  poetas  eruditos  se  mantuviesen  fieles  á  los  gran- 
des intereses  de  la  civilización  española,  careciendo  además  de  toda  represen- 
tación é  importancia  en  la  historia  de  las  letras  patrias.  Los  primeros  monu- 
mentos escritos  de  la  poesía  vulgar,  preludiando  ya  la  trasformacion  que  ahora 
estudiamos,  ora  bajo  su  aspecto  raeramenle  religioso,  ora  bajo  sus  varias  re- 
laciones de  actividad,  en  orden  á  la  vida  intelectual  y  política,  traían  profun- 
damente impreso  el  noble  estigma  de  la  nacionalidad,  que  nace  al  grito  de 
independencia  en  los  valles  asturianos.  Confundirlos  ciegamente  con  los  poe- 
mas propiamente  eruditos,  seria  error  tan  vituperable  como  desconocer  en  estos 
lo  que  se  trasmite  y  propaga  de  aquellas  primitivas  fuentes  de  la  poesía  espa- 
ñola. El  impulso  estaba  dado:  partiendo  de  la?  fuerzas  internas  de  la  sociedad 
fundada  por  los  Pelayos  y  los  Alfonsos,  no  podia  fácilmente  ser  anulado  por 
extrañas  influencias,  aun  dadas  las  causas  legítimas  que  las  alientan  y  deter- 
minan. Así,  fijados  con  la  claridad  posible  los  caracteres  de  unos  y  otros  mo- 
numentos [escritos  y  eruditos),  no  recelamos  ya  que  puedan  ser  sometidos  á 
un  mismo  criterio  respecto  de  su  representación  en  la  historia  de  nuestra  cul- 
tura, ni  menos  que  reconocida  en  los  segundos  la  influencia  de  extraños  par- 
nasos, se  abrigue  la  ambiciosa  y  no  justificada  pretensión  de  hacer  á  los 
primeros  (principalmente  los  poemas  del  Cid)  tributarios  de  otras  literaturas  *. 


*  Cuando  trazaiiint  eslos  renglones,  cülábainos  lijos  de  suponer  "luc  U  ciciic¡.i  y  lo  eru- 
dición de  Mr.  Djiuis-llitiurd  se  li.iLiidn  de  afanar  en  |icrsuadir  lo  contraria.  Véjuse  los  cu|iilulos 
(•rcwtdKOlCí. 


II.      PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MOIS.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.     235 

de  la  poesía  popular,  se  afanaban  por  conseguir  que  se  prestara 
dócil  á  celebrar  extraños  héroes  y  acontecimientos,  el  arte  por  ellos 
mismos  cultivado,  ya  sujeto  por  su  erudito  afán  á  nuevas  leyes, 
era  espejo  fiel  del  pueblo  en  que  vivia,  sobrenadando  en  medio  de 
todas  las  conquistas  de  los  discretos  los  dos  grandes  principios 
que  constituían  fundamentalmente  su  dogma  político-religioso. 
Instrumento  que  sólo  podia  producir  cierta  manera  de  sonidos, 
simpático  sólo  á  cierto  orden  de  ideas  y  de  sentimientos,  en  vano 
hubiera  aspirado  á  sustraerse  al  poderoso  influjo  de  actualidad  que 
lo  dominaba,  sin  renunciar  á  todas  sus  condiciones  de  existencia 
y  romper  en  un  solo  dia  cuantos  vínculos  le  ligaban  con  la  España 
del  siglo  XIII. 

Así  pues,  lejos  de  abjurar  ciegamente  de  su  nacionalidad  polí- 
tico-religiosa, mereciendo  título  de  apóstata  ó  tornadizo,  el  arte 
erudito,  aunque  animado  ya  de  pretensiones  ajenas  á  todo  arte 
primitivo ,  aunque  tocado  de  reprensible  pedantería  y  en  exceso 
pagado  de  sus  costosas  adquisiciones,  guardó  con  toda  integridad 
y  pureza  los  tesoros  del  dogma,  y  tributó,  como  creyente,  el  cul- 
to de  su  adoración,  culto  profundo  y  sublime ,  ante  aquellos  dos 
principios ,  que  alentaban  y  engrandecían  sin  cesar  la  obra  de  la 
reconquista.  Y  no  á  otros  títulos  logra  ser  escuchado  y  entendido; 
porque  los  pueblos  que,  como  el  español,  fortifican  y  juzgan  san- 
tificar sus  creencias  en  mitad  de  las  batallas ;  los  pueblos  que  tie- 
nen siempre  delante  un  enemigo  poderoso,  amenazador  y  tenaz, 
que  lo  es  igualmente  de  su  Dios  y  de  su  independencia,  ni  com- 
prenden que  haya  más  fé  que  la  suya,  ni  conciben  otra  doctrina, 
ni  sospechan  siquiera  la  existencia  de  otras  más  santas  costum- 
bres ,  rechazando  vigorosamente  cuanto  no  se  halla  conforme  con 
su  vida  real  ó  no  presenta  análogo  colorido. 

Hé  aquí  las  fuentes  naturales  de  las  inconsecuencias ,  anacro- 
nismos y  errores,  que  tan  desfavorable  juicio  han  inspirado  á  la 
mayor  parte  de  los  críticos,  cuando  han  fijado  la  vista  en  los  mo- 
numentos que  produce  la  poesía  vulgar,  operada  ya  la  importante 
trasformacion  que  vamos  estudiando.  Ganosos  los  eruditos  de  re- 
vestir al  arte  de  las  nuevas  galas  laboriosamente  adquiridas  por 
ellos  en  aquella  remota  edad,  no  consideraron  que  sobre  expo- 
nerse á  que  llegara  un  momento  en  que  fueran  reprobados  sus 


'23C  HISTOniA    CRITICA    DK    LA    LITIÍKATUHA    ESPAÑOLA. 

esfuerzos  por  otros  más  eruditos,  debilitaban  ^'randemenle  la  fuerza 
y  vigor  primitivos  de  la  musa  castellana,  convirtiéndola  á  extra- 
ñas reg-iones  que  desconocía ,  y  divorciándola  ilel  todo  de  los  po- 
pulares. Pero  este  divorcio,  notable  sobremanera  respecto  de  la 
materia  poética ,  no  lo  ora  menos  i-especto  de  las  formas  extorio- 
res,  en  especial  de  la  metrillcacion  y  de  la  rima.  Yagas,  indecisas, 
sin  norma  al  parecer  ni  ley  segura,  bien  que  devotas  de  sus  oríge- 
nes latinos,  se  habían  mostrado  hasta  entonces  una  y  otra  en  los 
poemas  castellanos,  bien  cantasen  los  misterios  y  piadosas  tradi- 
ciones de  la  religión,  bien  celebraran  los  héroes  de  la  patria.  Apro- 
vechando ahora  los  visibles  progresos  de  la  poesía  latino-ecle- 
siástica,  que  habia  ya  perfeccionado  en  todas  partes  las  rimas, 
distribuyéndolas  oportunamente  en  grupos  de  cuatro  versos  "^ ;  y 
cediendo  á  la  inclinación  que  desde  luego  manifestaron  los  doctos 
á  los  pentámetros,  en  lugar  del  asonanle  y  semi-monorimo  de  los 
cantares  del  Cid ,  pusieron  el  consonante  riguroso  ( ley  á  que  no 

\  Para  comprobación  de  este  aserto,  citaremos  algunos  pasajes  de  poesías 
latinas  anteriores  ó  contemporáneas  al  primer  poeta  castellano,  que  pareció 
ordenar  los  pentámetros  en  grupos  de  cuatro  versos  con  una  misma  rima.  Pre- 
ferimos el  poner  ejemplos  de  poetas  extranjeros,  para  que  se  comprenda  que 
el  indicado  movimiento  era  general  en  los  dominios  de  las  letras  latino-ecle- 
siáslicas:  recordaremos  pues  el  poema  titulado:  Fons  Philosophiae,  debido  a 
Uodofredo  de  San  Víctor  y  citado  por  Du  Meril.  Empieza  de  este  modo: 

Praesident  his  etiain  qui  hoc  ineruWuut 
Et  qui  siiigulariler  grallain  hauseruiit, 
Cuius  partes  alus  quoquc  coutiilerunt; 
Niliil  eiiiin  possident  quud  non  acceperuiU.  ■' 

Sedent  emiuentius  ínter  hos  pinccruae 
Veteres  memoriac  viri  sempitcrnae, 
Quibus  niultitudines  assideut  niodernae 
Haustu  quoque  gratiae  saturi  supcrnac. 

O  la  sátira  do  Felipe  Gualtcro  de  Chatillon,  sobre  el  estado  del  mundo,  dada 
á  luz  asimismo  por  Du  Meri!.  En  ella  leemos: 

Missus  suui  in  \ineain  circa  Loram  nonaiu; 
.Suam  quisque  nitítur  agere  personain;' 
Ergo  quia  cursitaiit  omnes  ad  coronam 
Seniper  ego  auditor  tantum,  nunquainne  reponam. 

Lo  mismo  nos  advierten  otras  muchas  composiciones  de  aquella  edad,  re- 
cogidas por  el  indicado  Du  Mcril  en  sus  Poesies  populaires  latines.  Pueden 
verse  principalmente  las  págs,  153,  Íli5,  103,  etc. 


IT.   PARTE,  CAP.  V,  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VÜLG.  237 

siempre  fueron  fleles),  colocándolo  en  cuartetos  de  catorce  sílabas, 
con  lo  cual  quedaron  también  divorciados  los  exámetros  y  pentá- 
metros, por  más  que  algunos  poetas  de  este  y  del  siguiente  siglo 
procurasen  usarlos  promiscuamente  "•. 

Modificación  tan  palpable  en  orden  á  las  formas  artísticas  no 
podia  dejar  de  tener  legítima  correspondencia  en  las  del  lenguaje: 
indiferente  el  clero  al  habla  castellana,  sólo  empleada  hasta  en- 
tonces en  los  cantos  de  la  muchedumbre  y  escrita  por  los  semi- 
doctos,  descendía  en  aquel  momento  al  terreno  antes  vedado  por 
su  propio  orgullo,  y  se  consagraba  con  desusado  ardor  á  su  cul- 
tivo. Y  si  grande. era  el  camino  que  habia  hecho  desde  que  em- 
pezó á  ser  hablada,  á  pesar  de  las  contradicciones  que  dejamos 
reconocidas  ^,  mayor  fué  el  desarrollo  que  obtuvo,  al  consu- 
marse aquella  primera  trasformacion  del  arte  vulgar,  acauda- 
lada con  los  tesoros  allegados  por  los  latinistas  y  levantada  ya 
á  la  categoría  de  lengua  literaria.  Desde  este  punto  á  ser  pro- 
clamada oficialmente,  cual  digna  depositaría  de  las  leyes,  de  los 
privilegios  y  de  los  fueros,  sirviendo  de  único  vínculo  entre  los 
ciudadanos,  faltaba  sólo  un  paso;  y  no  tardó  en  darlo,  dentro  del 
mismo  período  en  que  se  verifica  el  cambio  que  examinamos,  un 
rey  tan  celebrado  por  sus  victorias  como  digno,  por  su  ilustra- 
ción, de  eterna  alabanza  ^. 


1  Justificaremos  esta  observación,  al  estudiar  las  obras  del  archipreste  de 
Hita  y  del  gran  Canciller  de  Castilla  Pero  López  de  Ayala. 

2  Véanse  los  capítulos  XIV  y  XV  de  la  I.*  Parte,  y  sobre  todo  las  Ilus- 
traciones. 

3  Convenimos  con  el  académico  Lafuente  en  que  Mariana,  y  después  Mon- 
déjar,  Sarmiento  y  otros,  se  equivocaron,  difiriendo  esta  novedad  cancelarla 
hasta  el  tiempo  de  don  Alfonso  el  Sabio.  Muchos  son  los  documentos  que  así  lo 
acreditan,  seg-un  mostramos  en  \a Ilustración  II  del  tomo  II  de  nuestra  I.^  Par- 
te. Pero  no  podemos  en  modo  alguno  conceder  que  la  lengua  se  fijara  sólo 
por  medio  de  los  instrumentos  públicos,  debiéndoles  su  principal  incremento. 
Cuando  el  habla  castellana  llega  á  ser  declarada  lengua  oficial,  es  porque  ha 
tomado  ya  el  valor  y  consideración  de  lengua  literaria,  como  sucede  también 
con  el  lemosin  ó  catalán  en  el  antiguo  Principado  (y  no  en  Aragón,  conforme 
generalmente  se  supone).  Escrita  por  los  eruditos,  leida  por  los  cortesanos, 
aplaudida  por  los  reyes,  generalizada  en  fin  en  las  esferas  superiores  de  la 
sociedad,  se  vio  naturalmente  adoptada  por  la  cancillería,  que  la  hizo,  sí  no 


238  HISTORIA    CKlTICA    HE    LA    LITERATUÍtA    ESPAÍSOLA. 

Abandonando  pues  sus  antiguas  inspiraciones  populares,  y  obe- 
deciendg  la  ley  del  progreso  que  impulsaba  á  la  sociedad,  babia  la 
poesía  española  trocado  sus  formas  exteriores,  ganando  en  perfec- 
ción artística  cuanto  perdia  en  espontaneidad  y  fuerza,  si  bien 
conservando  siempre  el  sello  de  las  creencias,  de  los  sentimientos 
y  de  las  costumbres  nacionales.  Era  ya  erudita,  y  como  tal  iba  á 
contar  entre  sus  cultivadores,  si  no  los  hombres  de  más  ciencia, 
al  menos  los  que  más  afectos  parecían  á  la  lengua  vulgar  y  á  la 
cultura  que  representaba.  Al  frente  de  estos  se  coloca  general- 
mente el  nombre  de  un  clérigo,  nacido  en  Berceo  al  declinar  ya 
el  siglo  XII,  educado  desde  la  niñez  en  el  monasterio  de  San  Millan 
de  Suso  ^,  aplaudido  en  su  tiempo  como  poeta  religioso  y  celebrado 


más  general,  más  respetable  al  menos.  A  don  Alfonso  el  Sabio  cupo  la  glo- 
ria de  enriquecerla  en  la  forma  que  muy  en  breve  advertiremos,  explanando 
las  observaciones  que  expusimos  ya  en  la  Ilustración  citada. 

1  Hablamos  de  Gonzalo  de  Berceo:  el  mismo  dice  en  uno  de  sus  poemas 
[la  Vida  de  San  Millan,  copla  489): 

Gonzalo  fué  so  nomne  |  qui  fizo  este  tractado, 
lili  .S»ii  Millan  de  .Suso  |  fue  de  niñez  criado. 
Natural  de  Berceo,  |  ond  San  Millan  fué  nndo. 

De  aquí  han  sacado  algunos  escritores,  y  entre  ellos  Sismondi  y  Duquesnel, 
que  fué  monje  y  después  clérigo,  perdiendo  de  vista  lo  que  significaba  la  pala- 
bra criado,  é  ignorando  tal  vez  la  organización  especial  de  los  monasterios  y 
desús  escuelas  en  aquella  época.  Criado  vale  tanto  como  discípulo:  aüemandó 
al  maestro  licencia  el  criado»  dice  Berceo  en  este  sentido  (San  Millan,  copla  24); 
y  así  lo  notó  ya  don  Tomás  Antonio  Sánchez  en  el  Glosario  que  puso  á  las 
mismas  poesías.  De  donde  se  deduce  que  Berceo  fué  enseñado,  adoctrinado 
desde  la  niñez  en  San  Millan  de  Suso,  como  se  testifica  en  el  Loor  del  mismo 
Berceo,  escrito  cuando  más  tarde  a  fines  del  mismo  siglo  XIII: 

4  De  que  fu  peonciello   al  cniívieuto  fo  aducho 

Üaqueltos   clautterus  que  li  dieron   conducho, 

£t  li  amaestniron   bien  tanto  como   mucho, 

Semnaroa   bona   tierra,   ovieron   largo  Trucho, 
(i  Koronli  amaestrando  en  la  lengua  latina, 

Que  á  poco  de   niigero   li  Toé  paladina; 

biérunli  de.sende  mucho  buena  doctrina. 

Mucho  m/is  provechosa  que  caldo  de  gallina. 
8  Ue«pue»  do  latinado,  la  sancta  leulugia 

Apriso  niuch  afirmes  dentro  de  la  uioi.gia. 

Manifiesta  asimismo  que  abrazó  la  clerisia  con  loda  femencia  (copla  10);  y 


II.*    PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.    239 

por  la  posteridad,  como  cantor  de  la  devoción  y  de  la  virtud  '.  Mas 
dado  el  movimiento  general  que  desde  mediados  de  la  expresada 
centuria  se  insinúa,  y  tenidas  en  cuenta  la  extensión  é  importan- 
cia de  los  poemas  debidos  á  Gonzalo  de  Berceo,  racional  parece 
que  si  el  afortunado  cantor  de  los  Santos  logró  llamar  con  sus 
producciones  la  atención  de  sus  coetáneos  y  conquistar  el  aprecio 
de  las  edades  futuras,  presentando  ya  realizada  en  sus  mismas 
obras  la  trasformacion  artística  que  ahora  examinamos,  no  fuera 
solo  en  una  empresa,  cuya  realización  solicitaban  juntos  tantos 
intereses,  ni  el  primero  á  iniciarla,  señalada  la  única  senda  que 
podia  conducir  al  término  apetecido. 

Anterior  á  Gonzalo  de  Berceo  se  maestra  en  efecto  otro  poeta 
hasta  ahora  de  todo  punto  desconocido,  bien  que  citado  en  anti- 
quísimas escrituras  con  el  título  de  trovador,  que  usado  por  ex- 
celencia, indicaba  ya  claramente  la  inclinación,  que  siguiendo  el 
movimiento  de  los  estudios,  hablan  tpmado  los  joglares  de  peñóla 
en  el  suelo  de  Castilla.  Apellidábase  este  trovador  con  el  patroní- 
mico de  Gómez,  y  era  ya  designado  como  tal  en  H97,  época  en 
que  Berceo  debia  hallarse  todavía  muy  en  la  infancia  ^.  No  logra- 


conio,  según  declara  Yepes  diferentes  veces  en  su  Chrónica  de  San  Benito,  mo- 
raban unidos  los  clérig-os  con  los  monjes  de  esta  Congregación  en  una  misma 
casa,  nada  tiene  de  extraño  ni  peregrino  que,  siendo  ya  Gonzalo  clérigo,  per- 
maneciera en  el  monasterio  de  San  ¡Millan  sin  necesidad  de  vestir  la  cogulla. 
Lo  notable  de  todo  es  que  se  insista  todavía  en  esta  opinión,  cuando  Sánchez 
puso  fuera  de  toda  duda  el  simple  clericato  de  Berceo,  no  sólo  con  la  publica- 
ción de  su  Loor,  casi  coetáneo,  sino  con  los  preliminares  del  tomo  III  de  su 
Colección,  probando  con  testimonios  del  mismo  archivo  de  Suso,  que  en  <220, 
21  y  22,  se  contaba  entre  los  diáconos  seculares,  y  que  en  1237  y  40  firmaba 
entre  los  clérigos  adscriptos  al  mismo  monasterio.  La  insistencia  en  el  error 
nos  ha  obligado  á  combatirlo. 

\     Moratin,  Orígenes  del  Teatro  español,  nota  3. 

2  El  nombre  de  este  poeta  ap,'irece  entre  los  testigos  de  una  escritura  de 
Aguilarde  Carapóo  (H97),  alegada  por  el  P.  Sota  en  su  Crónica  de  los  princi- 
pes de  Asturias  y  Cantabria ,  T^ig .  447,  col.  1.^ — Usando  ya,  al  poner  su  firma, 
el  título  de  trovador,  es  probable  que  estuviese  entrado  en  edad  viril,  mientras 
Berceo,  que  obtenía  el  diaconato  en  1220,  en  que  contaba  de  veintitrés  á  vein- 
ticinco años,   sólo  podia  tener  muy  corta  edad  en    1197.  Que  Berceo  era 


240  HISTORIA   CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÍSOLA. 

raos  en  verdad  obra  fehaciente  de  su  mano ;  y  aunque  pudiera  con 
algún  fundamento  atribuírsele  una  larga  composición  poética,  es- 
crita sobre  ciertas  palabras  que  dix  Salomón  respecto  de  las  va- 
nidades del  mundo,  composición  donde  resaltan  todos  los  caracteres 
de  la  poesía  erudita ,  tales  como  quedan  ya  reconocidos,  una  ob- 
servación de  importancia  en  este  género  de  investigaciones  nos 
mueve  ^  suspender  nuestro  juicio.  En  efecto,  mientras  las  formas 
artísticas,  esto  es,  el  metro  y  la  rima,  ofrecen  en  la  obra  de  Gó- 
mez mayor  vaguedad,  indecisión  y  rudeza  que  en  las  de  Berceo, 
mezclándose  todavia  con  algún  desconcierto  los  exámetros  y  pen- 
támetros, como  en  los  cantares  del  Cid,  y  confundiéndose  al  propio 
tiempo  asonancias  y  consonancias;  mientras  aparecen  los  mal  me- 
didos versos  en  grupos  de  dos,  tres,  cuatro,  cinco  y  hasta  seis, 
manifestando  que  no  estaban  aun  sujetos  ú  leyes  fijas  y  determi- 
nadas, si  bien  propendían  visiblemente  á  regularizarse  en  este 
sentido,  parece  presentar  el  lenguaje  mayor  desarrollo,  así  en  la 
dicción  como  en  la  frase ,  pudiendo  con  razón  decirse  que  si  per- 
tenece esta  obra  por  sus  formas  artísticas  á  los  últimos  años  del 
siglo  XII,  corresponde  por  su  extruclura  léxica  tal  vez  á  mediados 
ó  fines  del  XIII. 

No  olvidamos  que  estas  adulteraciones  del  lenguaje,  ya  debidas 
al  espíritu  de  la  novedad,  ya  á  la  ignorancia  de  los  trasladadores, 
fueron  harto  frecuentes  en  toda  la  edad  media ;  y  considerando 
que  la  producción  de  que  tratamos ,  fué  recogida  en  el  códice 
donde  existe,  á  principios  del  siglo  XIY,  no  se  nos  oculta  que  pudo 
adulterarse  más  de  una  vez,  hasta  perder  el  primitivo  sello  de  la 
lengua  que  habia  servido  de  intérprete  á  los  pensamientos  del 
poeta,  como  sucede  en  los  cantares  del  Cid,  ya  examinados.  La 
idea  que  preside  y  domina  en  toda  la  composición,  nos  inclina,  sin 
embargo,  á  creer  que  no  puede  sin  riesgo  concedérsele  la  anti- 
güedad indicada:   inspirándose  en  el  libro  de  la  Sabiduría,  con- 

todavia  diácono  en  el  precitado  año,  sobre  los  documentos  citados  arriba ,  lo 
prueba  la  siguiente  copla  de  su  Loor: 

1 1  Mili  ce  ct  veinte  corrie  estonce  la  Era 

Ocl  Fijo  de  la  Virgo,  esto  es  cosa  vero, 
Qaaailo  el  buen  don  Gonzalo  de  diaconia  era; 
De  send  ritosc  preilc,  cerceno  la  mollera. 


ÍI.*  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VÜLG.  241 

templa  el  autor  como  cosas  pasajeras  y  deleznables  las  grandezas 
y  pompas  de  la  tierra ,  acusando  el  orgullo  y  crueldad  de  los 
poderosos,  y  condenando  la  soltura  y  protervia  de  las  costumbres 
en  clero  y  pueblo.  No  diremos  que  esto  no  pudo  hacerse  á  fines 
del  siglo  XII,  por  falta  de  modelos,  atendido  el  estado  de  las  co- 
sas y  comprendido  el  espíritu  anárquico  de  aquellos  tiempos; 
pero  ni  la  musa  vulgar  castellana  alcanzaba  entonces  autoridad 
bastante  para  ejercer  tan  noble  censura  de  un  modo  directo,  ni  el 
arte  se  habia  tampoco  revestido  de  la  forma  severamente  didáctica 
que  esta  producción  presenta;  razones  en  nuestro  sentir  muy  aten- 
dibles para  abstenernos  de  atribuir  al  Gómez,  trovador  de  1197, 
el  poema  indicado,  que  bajo  el  nombre  áQPero  Gómez  ha  llegado 
á  nuestros  dias  *. 

Mas  si  la  prudente  reserva  con  que  es  necesario  proceder  al  fi- 
jar la  cronología  literaria  en  aquellos  lejanos  siglos,  nos  mueve  á 
dudar  en  tal  forma,  no  es  lícito  abrigar  la  misma  indecisión  res- 
pecto de  otros  poemas  que  pertenecen  visiblemente  á  la  edad  in- 
termedia ya  insinuada,  si  no  es  que  pueden  competir  en  antigüedad 
con  los  monumentos  más  populares  arriba  examinados.  Hablamos 
en  especial  de  un  notable  fragmento  poético,  sacado  á  luz  en  junio 
de  1856,  largo  tiempo  después  de  terminados  los  presentes  estu- 
dios ^.  Este  singular  documento  literario  llama  en  efecto  la  aten- 


1  La  circunstancia  de  constar  en  este  poema  que  el  Gómez  trovador  tenia 
el  nombre  de  Pero,  cuando  en  la  escritura  que  trae  el  P.  Sota  sólo  se  inscribe 
con  el  apellido,  nos  ha  suscitado  también  no  despreciables  dudas.  El  códice 
que  contiene  la  poesía  indicada,  de  que  insertó  Sánchez  la  copla  XXXV,  aun- 
que sin  expresarlo  ni  determinar  la  época  del  autor  (tomo  I,  pág.  114),  se 
guarda  en  la  Biblioteca  Toletana,  caj.  17,  núm.  6:  tiene  por  título  Vocabulario 
antiguo,  y  al  folio  25  la  obra  de  Pero  Gómez,  que  daremos  á  conocer  por  com- 
pleto más  adelante.  El  papel,  la  letra  y  demás  caracteres  del  MS.  son  del 
siglo  XIV. 

2  Dio  á  luz  este  fragmento,  ilustrado  con  algunas  observaciones  críticas, 
el  entendido  marqués  de  Pidal  en  el  núm.  1239  de  El  Diario  Español:  hallólo 
entre  los  pergaminos  recogidos  y  custodiados  por  la  Real  Academia  de  la  His- 
toria el  erudito  don  Tomás  Muñoz  y  Romero ,  en  el  reverso  de  una  donación 
hecha  por  el  abad  de  Oña  á  Miguel  Domínguez  (Dominici),  Era  1239,  año 
de  1201.  Aunque  escrito  como  prosa,  suerte  que  ha  cabido  á  muchos  de 
nuestros  monumentos  poéticos,  bien  pronto  notó  la  perspicuidad  de  aquel  en- 

TOMO  III.  16 


212  HISTORIA    CRÍTICA    ÜE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

cion  de  la  critica,  tanto  raspéelo  de  la  idea  (jue  le  anima,  como  de 
las  formas  que  reviste,  cumpliéndose  en  él,  bajo  uno  y  otro  con- 
cepto, cuanto  en  orden  al  desenvolvimiento  y  trasformacion  de  la 
poesía  vulgar  castellana,  aun  sin  conocerle,  teníamos  observado. 
Aspirando  á.  elevarse  íi  las  regiones  de  la  erudición,  y  careciendo 
todavía  de  aquel  discernimiento  y  fino  tacto  que  caracteriza  á  los 
poetas  doctos,  cuando  buscan  estos  pensamientos  ó  asuntos  fuera 
de  su  propia  nacionalidad,  apoderábase  el  autor  del  poema,  á  que 
el  referido  fragmento  pertenece,  de  un  asunto,  nacido  acaso  en  las 
esferas  populares  (tras  el  terror  derramado  entre  los  pueblos  de 
Occidente  por  la  espantable  creencia  de  que  iba  á  perecer  el 
mundo,  al  consumarse  el  año  1000  de  la  Era  cristiana),  y  acari- 
ciado después  por  los  cultivadores  de  la  literatura  latino-eclesiás- 
tica,  que  lo  difunden  entre  sus  admiradores  y  adeptos.  Era  el 
indicado  asunto  la  famosa  Disputación  entre  el  Cuerpo  y  el  Alma, 
que  debia  reproducirse  una  y  otra  vez  en  las  literaturas  meridio- 
nales ',  y  que  lograba  sin  duda,  al  componerse  el  poema  de  que 


tendido  académico  que  era  dicho  frag-menlo  parte  de  un  poema,  copiado  por 
persona  imperita,  que  no  tenia  empeño  en  guardar  la  debida  fidelidad  al  ori- 
ginal, y  que  lo  trascribía  sin  duda  de  memoria,  no  completando  ni  aun  lo 
que  podía  contener  el  pergamino.  La  copia,  si  bien  se  hizo  después  de  1201, 
en  que  se  otorga  la  referida  escritura,  pertenece  á  la  primera  mitad  del  mismo 
siglo  XIII  (Véase  el  facsímile).  El  distinguido  Wolf  lo  incluyó  en  sus  ya  cita- 
dos Estudios  sobre  la  liíeratura  espaTiola  y  porlmji/esa  (púgs.  53  y  56),  siendo 
mencionado  después  por  el  diligente  Puymaigre  (Les  vieiix  auteurs  castillans, 
cap.  V  del  tomo  I);  pero  considerándolo  cual  fruto  del  siglo  Xllí  y  como  una 
prueba  más  de  la  influencia  de  los  troveras.  Sigam.os  el  comenzado  estudio. 

1  Los  doctos  marqués  de  Pidal  y  don  Fernando  Josef  de  Wolf  han  citado 
ya  los  poemas  latinos,  y  principalmente  el  Dialogas  inter  corpas  etanimam,  ó 
Rixa  aniíni  et  corporis,  recogido  por  Wright  y  Dumeril  {Latin  Poems  commonly 
attribiUed  lo  Waller  Mapes,  Londres,  1841; — Poesics  populaires  latines  anté- 
rieures  au  douziéme  siécle,  Paris,  1843);  también  han  tenido  presente  uno  y 
otro,  y  reproducido  el  segundo  parte  de  un  poema  francés,  que  se  reputa 
anterior  ó  coetáneo  del  castellano,  mencionando  el  erudito  marqués  hasta  seis 
versiones  del  mismo  asunto  en  la  nación  vecina.  A  estas  noticias,  demás  de 
las  reproducciones  latinas  que  se  derivan  á  la  literatura  italiana,  podemos 
añadir  la  del  poema,  escrito  en  esta  lengua  por  Fra  lacopone  da  Todi,  en  la 
segunda  mitad  del  siglo  Xllí,  publicado  con  sus  poesías  en  1490  (Floren- 
cia, 4.°),  y  reproducido  en  1558  (Koma)y  1C17  (Vcnccia).  El  pensamiento  de 


II.      PARTE,    CAP.    V.    PIUM.    MON.    EIIUD.    DE    LA    POES.     VULG.     243 

tratamos,  ser  ya  interpretada  por  la  musa  vulgar  de  otros  pueblos 
neo-latinos.  Respetando  la  tradición  literaria,  ya  proviniese  direc- 
tamente de  la  gente  de  derezt'a,  ya  se  derivara  de  los  juglares  de 
;;^/ío/a,  acomodábase  pues  el  poeta  español  al  argumento,  de  todos 
recibido  con  aplauso,  limitándose  en  consecuencia  á  la  posesión 
de  aquella  singular  joya  poética,  y  reputando  legítima  su  con- 
quista *. 

Pero  al  tenerla  por  de  buena  ley,  revelando  asi  la  invencible 
inclinación  de  los  cantores  vulgares  á  salir  de  la  órbita  en  que 
antes  giraban,  no  renunciaba,  ó  mejor  diciendo,  no  podia  hurtarse 

lacopone  es  el  mismo  generalizado  en  toda  Europa:  su  poema  empieza: 

Sozo,  inalvascio  corpo, 
Luxorioso,  engordo,  etc. 

En  él  sin  embargo  triunfa  el  Alma  del  Cuerpo,  flagelándolo  crudamente,  lo 
cual  revela  en  cierto  modo  la  vida  de  lacopone,  dando  alguna  originalidad  á 
sus  versos.  Dante  no  olvidó  sin  duda  esta  leyenda,  al  pintar  en  el  canto  V  del 
Purgatorio  la  lucha  del  Ángel  y  de  Luzbel  sobre  el  alma  de  Buonconte  de  Mon- 
tefeltro.  De  las  reproducciones  españolas  trataremos  con  la  oportunidad  que 
pide  la  exposición  histórica. 

i  El  diligente  marqués  de  Pidal,  comparando  este  fragmento  con  los 
primeros  versos  de  la  versión  francesa  que  se  juzga  más  antigua,  observa: 
«Es  indudable  que  una  de  las  dos  composiciones  se  tuvo  presente,  al  escribir  la 
Motra.  Cuál  imitó  á  cuál  es  difícil  decidirlo,  pues  si  por  un  lado  el  itinerario,  si 
Mpuedo  expresarme  así,  de  la  leyenda  que  parece  venir  del  Norte,  aboga  por 
))la  prioridad  de  la  composición  francesa,  hay  en  ella  un  cierto  sabor  español 
))quc  casi  nos  induce  á  sospechar  lo  contrario.  La  falta  de  los  pronombres 
«personales,  tan  contraria  á  la  índole  de  la  lengua  francesa,  como  propia  de  la 
wcastellana  (v.  g.:  Que  soleies  numbrer;  une  ne  fis  rien,  etc.)  ;  el  empleo  de 
«algunas  voces  y  frases  (como  ou  siitit  ore  U  diner;  te  soleien  doner,  les  copes 
y)de  argent,  etc.)  que  tienen  cierto  aire  castellano  más  que  francés,  y  algunas 
Motras  circunstancias  por  el  mismo  estilo,  pueden  inclinarnos  á  dar  nuestro 
»voto  al  juglar  español».  Las  observaciones  del  Sr.  Pidal  son  dignas  de  res- 
peto: sin  embargo,  no  deduciremos  de  ellas  la  prioridad  de  la  versión  espa- 
ñola, teniendo  en  cuenta  cuanto  dejamos  observado  respecto  del  movimiento 
erudito  de  los  estudios:  en  esta  edad  de  las  letras  se  aspira  sólo  á  enriquecerse, 
sin  repararen  los  medios,  y  á  esta  ley,  que  se  cumple  igualmente  enlodas  las 
literaturas,  cada  cual  en  su  dia,  no  podia  sustraerse  la  española.  La  dificultad 
de  la  crítica  está  en  no  confundir  ni  equivocar  el  momento,  punto  principa- 
lísimo á  que  hemos  consagrado  toda  atención  y  cuidado. 


iw  msToniA  CRITICA  nE  la  literatura  española. 

á  la  necesidad  de  emplear  las  formas  artísticas  tales  como  á  la 
sazón  existían,  ni  menos  le  era  dado  olvidar  que  liabia  menester 
de  las  formas  expositivas  adoptadas  por  los  populares,  para  des- 
jiertar  la  atención  de  la  muchedumbre.  Llevado  de  ambas  necesi- 
dades, mientras  manifestándose  por  extremo  devoto  de  la  metri- 
ficación latino-eclesiástica,  adoptaba  los  versos  leoninos,  rimados 
en  ambos  hemistiquios  de  la  misma  suerte  que  en  los  poemas  de 
Madona  Marín  Egipciaqua  y  los  Reys  d'  On'ent,  se  dirigía,  al 
comenzar  su  obra,  al  auditorio,  expresándose  de  esto  modo: 

Se  querelles  o//r  |  lo  que  vos  quiero  de;/r, 
Dizré  uos  lo  que  vi,  \  nul'  uos  i  puedo  fa//ir,  etc. 

Pero  digno  es  de  repararse,  porque  algo  significa  en  la  historia 
de  las  formas  artísticas  de  la  poesía  española,  y  contribuye  á  con- 
firmar la  observación  antes  de  ahora  expuesta,  respecto  del  camino 
que  llevan  aquellas  hasta  llegar  á  la  época  de  Berceo  ':  si  el  poeta 
acepta  y  sigue  en  orden  á  las  rimas  el  sistema  de  la  metrificación 
latino-eclesiástica,  que  habia  sido  y  era  todavía  imitada,  así  en  la 
Península  Ibérica  como  en  las  demás  naciones  meridionales,  incli- 
nase más  que  los  autores  de  los  poemas  hasta  aquí  examinados, 
al  uso  de  los  versos  pentámetros,  si  bien  admite  alguna  vez  los 
octonarios,  y  con  más  frecuencia  los  exámetros  de  quince  sílabas. 
Manifestaba  esta  inclinación  un  progreso  real  respecto  de  las 
formas;  y  por  más  que  el  lenguaje  de  este  singular  fragmento 
parezca  mostrar  mayor  rudeza  que  los  cantares  del  Cid,  persuáde- 
nos esta  circunstancia,  unida  á  las  indicaciones  arriba  hechas 
tocante  al  asunto  del  poema  á  que  pertenece,  de  que  no  puede 
este  sacarse  de  la  segunda  mitad  ya  declinante  del  siglo  XII,  in- 
duciéndonos al  par  á  suponerlo  escrito  fuera  de  Castilla  -. 

1  Tomo  11,  Ilustración  HI.'"',  púg.  437. 

2  El  citado  señor  marqués  de  Pidal  observa,  al  indicar  con  excelente 
acuerdo,  la  antigüedad  posible  de  este  documento  poético,  que  «se  usan  en  él 
))los  participios  activos  exient,  amanescient ,  dormient,  etc.,  al  uso  latino  ,  en 
))vez  de  los  gerundios  castellanos  en  do,  exiendo,  amaiiesciendo,  dormiendo, 
))que  desde  muy  temprano  y  casi  generalmente  los  sustituyeron.  Esto  (añade) 
»lo  vemos  en  el  Poema  del  Cid,  donde  desde  los  primeros  versos  lial laníos  usa- 
»dos  aquellos  gerundios,  v.  g.:  De  los  sos  oios  tan  fuertemientre  ¡orando— \.or- 


Il/    PARTE,    CAP.    V.    PRIM,    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.    245 

Como  quiera,  aspirando  el  poeta  á  lomar  plaza  de  erudito,  no 
deja  dudar  del  intento  que  le  animaba ,  ni  carece  de  cierto  mérito 
al  traer  al  romance  de  los  vulgares  aquella  leyenda  tan  aplaudida 
de  los  doctos.  Así  comienza  por  ejemplo  el  diálogo  entre  el  Alma 
y  el  Cuerpo ,\\QQhd.  la  exposición  del  asunto,  por  medio  de  un  sueño: 

De  ti  lieuo  mala  fama: 

Tot  siemprel'  maldizré,  |  ca  por  ti  penaré: 
Que  nunca  facist  cosa  |  que  semeiás  fermosa, 
15    Nm  de  nog  nin  de  dia  j  de  lo  que  yo  quería: 
Nunca  fust  á  altar  |  por  y  buena  oferda  dar, 

«naba  la  cabeza  é  estáualos  catando.  Esta  circunstancia  siempre  denota  mucha 
Mantig^üedad  en  el  escrito».  Sig'uiendo  el  raciocinio  del  Sr.  Pidal,  fundado  en 
buena  ley  de  crítica,  no  seria  despropositada  la  consecuencia  de  hacer  por  lo 
menos  coetáneo  áeXPoema  de  Mió  Cid  el  fragmento  que  analizamos.  Mas  repa- 
rando primero  en  que  no  es  sola  Castilla  la  región  ibérica,  donde  se  habla  el 
romance  que  recibe  con  el  tiempo  título  de  lengua  española,  y  reconociendo 
después  los  caracteres  especiales,  que  ofrece  en  el  suelo  de  Aragón  y  Navarra , 
donde,  según  hemos  notado  anteriormente,  se  descubren  ciertos  cambiantes  y 
matices  característicos  que  debían  trascender  á  las  obras  literarias  (tomo  lí, 
pág.  594),  parécenos  bien  advertir  que,  en  nuestro  concepto,  el  poema  á  que 
el  fragmento  de  que  tratamos  pertenece,  pudo  ser  y  fué  sin  duda  compuesto 
en  uno  de  aquellos  antiguos  reinos.  Ni  deja  de  contribuir  á  este  juicio  el  que 
teniendo  cierta  popularidad  entre  los  semidoctos  en  la  comarca  que  lleva  el 
título  de  Encartaciones,  por  serlo  en  realidad  de  las  tres  monarquías,  fuese 
escrito  en  un  documento  civil,  sin  pretensión  alguna  literaria,  manifestando 
que  pudo  venir  de  los  países  inmediatos,  con  los  cuales  era  frecuentísimo  todo 
género  de  comercio.  Tienen  estas  indicaciones  natural  fundamento  en  las  ob- 
servaciones apuntadas  por  el  mismo  Sr.  Pidal  en  orden  á  participios  activos  y 
gerundios:  más  amplio  y  llano,  más  inclinado  desde  luego  á  las  terminaciones 
graves  y  sonoras,  el  romance  de  la  España  Central  que  el  hablado  en  las 
extremidades,  prefiere  desde  luego  el  uso  de  los  gerundios  en  ando  y  endo  al 
de  los  participios  en  ant  y  ent,  si  bien  no  deja  de  emplearlos  (completando  la 
terminación  ante  y  ente)  en  el  trascurso  de  la  edad  media.  Así,  atendiendo  las 
razones  una  y  otra  vez  alegadas  por  nosotros,  al  señalar  las  diferencias  que 
separan  el  romance  de  Castilla  del  de  Aragón  y  Navarra,  y  no  olvidadas  las 
circunstancias  especiales  del  fragmento  que  estudiamos,  no  tenemos  por  des- 
acertado el  apuntar  que  pudo  este  poema  ser  escrito  fuera  de  Castilla ,  incli- 
nándonos á  dar  la  preferencia  á  Aragón,  por  reflejarse  en  su  lenguaje  cierto 
sabor  catalán,  no  ajeno  de  los  mismos  documentos  diplomáticos  de  más  anti- 
giiedad  formulados  en  romance,  y  conforme  con  las  continuas  y  domésticas 
relaciones  de  ambas  comarcas. 


2  ir.  HISTORIA   CHtnCA   DE   LA    LITERATURA   ESPASOLA. 

Nin  diezmo  nin  primidd  |  nin  buena  penitencia, 
Nin  fecist  oración  |  nunca  de  corazón: 
Cuando  iuas  all  egreia  (  asenláuaste  á  conseia 
20    E  fazies  tus  conseios  |  en  todos  todos  trabeios; 
Apóstol,  nen  inartyr  |  nunca  qucsist  servir, 
Juraut  por  la  tu  tiesta  |  que  non  curaries  fiesta, 

2o    Mesquina  [mal  fadada]  |  en  mal  ora  fuest'  nada,  etc. 

La  poesía  vulgar,  obedeciendo  las  leyes  generales  de  la  civiliza- 
ción, y  acomodándose  á  las  particulares  de  la  cultura  española,  so 
preparaba  á  una  trasformacion  erudita  que  alcanzara  igualmente 
al  fondo  y  á  los  medios  artísticos,  de  que  el  arte  popular,  ya  escrito, 
se  habia  hasta  entonces  valido.  Que  existe  un  desarrollo  interme- 
dio, el  cual  llena  el  notable  vacio  que  advertimos  entre  los  poemas 
del  Cid  y  las  obras  de  Berceo,  no  hay  para  ponerlo  en  duda, 
cuando  demás  de  persuadirlo  la  razón  natural ,  nos  es  ya  dado 
alegar  testimonios  que,  como  el  fragmento  de  la  Disputación  entre 
el  Alma  y  el  Cuerpo,  así  parecen  demostrarlo. 

Gonzalo  de  Berceo,  que  florece  en  la  primera  mitad  del  si- 
glo XIII  *,  continúa  no  obstante  siendo  el  primer  vate  castellanoe 
cuyas  obras  explican  satisfactoriamente  este  cambio  trascendental, 
consumado  en  la  esfera  del  arte.  Nueve  son  las  principales  que 
poseemos  debidas  á  su  pluma,  las  cuales  forman  naturalmente  dos 
diferentes  grupos:  la  Vida  de  Santo  Domingo  de  Silos,  la  de  San 

i  Don  fray  Prudencio  de  Sandoval  en  sus  Fundaciones  (Monast.  de  San  Mi- 
Uan,  ful.  57),  y  don  ¡Nicolás  Antonio,  que  nioslró  no  conocer  las  obras  de  Berceo, 
equivocando  las  citas  que  do  ellas  pone  {Bibl.  Yet.,  tomo  II,  lib.  YII,  cap.  I), 
y  el  padre  fray  Ambrosio  Gómez  en  su  Moysen  II,  Vida  de  Santo  Domingo  de 
Silos,  le  hacen  coetáneo  de  don  Alfonso  YI  de  Castilla  y  aun  del  mismo  Santo 
Domingo.  Este  error,  que  rechazó  Sarmiento  en  sus  Mems.  (nums.  573  y  sigs.), 
y  después  Sánchez  en  el  prólogo  de  las  obras  de  Berceo,  se  desvanecerla  ple- 
namente por  los  documentos  citados  arriba,  si  la  crítica  no  fuera  siilicienlc  i'i 
fijar  la  época  en  que  el  cantor  de  los  Santos  escribe.  Demás  de  las  escrituras 
mencionadas,  dio  en  1782  noticia  fray  Plácido  Romero,  archivero  de  San  Mi- 
Uan  de  la  Cogulla,  de  existir  otras  en  que  consta  que  Gonzalo  vivia  en  1242  y 
40,  siendo  probable  que  pasase  de  esta  vida  en  1202  ó  C3,  pues  que  en  me- 
moria de  1204  se  hace  mención  de  ól  por  referencia  y  como  si  ya  no  existiera 
iColecc.  de  poes.  cast.,  pról.  del  tomo  III).  Una  de  las  escrituras  citadas  por 
fray  Plácido,  existo  ahora  en  el  Archivo  de  la  Real  Academia  de  la  Historia. 


11.*  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.   247 

Millnnde  la  Cogulla,  el  31  ar  tirio  de  San  Lorenzo,  los  Milagros 
de  Nuestra  Señora  y  la  Vida  de  Santa  Oria  constituyen  el  pri- 
mero, cuyo  principal  fundamento  es  la  historia:  el  Sacrificio  de  la 
Misa,  los  Loores  de  Nuestra  Señora ,  los  Signos  del  Juicio  y  el 
Duelo  de  la  Y  ir  gen  determinan  el  segundo,  cuya  base  es  la  tradi- 
ción piadosa  ya  escrita  y  aun  la  misma  liturgia.  Á  estas  composi- 
ciones, en  cuyo  estudio  entramos  ajenos  de  toda  preocupación,  se 
añaden  los  tres  himnos  al  Salvador  y  á  su  Madre,  en  los  cuales  no 
se  mostró  el  clérigo  de  Berceo  menos  devoto  de  la  literatura  latino- 
eclesiástica,  si  bien  al  escribir  todas  sus  obras  en  el  idioma  del  vul- 
go, era  hasta  cierto  punto  inconsecuente  con  las  tradiciones  de  su 
ciasen  Para  disculparse  de  esta  falta,  tiene  la  ingenuidad  de  con- 
fesar en  el  primero  de  los  citados  poemas  que  no  era  tan  letrado 
que  pudiese  emplear  la  lengua  de  los  doctos : 

2    Quiero  fer  una  prosa  |  en  romaz  paladino, 
En  qual  suele  el  pueblo  |  fablar  á  su  vecino; 
Ca  non  so  tan  letrado  |  por  fer  otro  latino. 

Y  sin  embargo ,  apelando  á  las  mismas  tradiciones  clericales  que 
en  parte  quebranta,  dá  á  sus  poesías  el  nombre  ÓlQ  prosas  (título 
con  que  la  Iglesia  designaba  y  designa  aun  cierto  linaje  de  salmo- 
dias, que  exornan  los  oficios  divinos),  denotando  así  el  verdadero 
origen  erudito  de  sus  obras  -. 

\  A  excepción  de  los  Himnos  se  citan  todas  estas  producciones  en  el  Loor 
de  Berceo,  ya  mencionado.  Con  el  erudito  Sánchez  creemos  que,  lejos  de  ha- 
ber repugnancia  en  atribuírselos,  son  muy  propios  de  su  musa  religiosa,  é 
idénticos  á  los  demás  poemas  en  estilo  y  lenguaje. 

2  No  solamente  empleó  Berceo  repetidas  veces  la  palabra  prosa  para  de- 
notar la  índole  de  sus  poemas.  En  el  Loor  del  mismo  se  lee: 

1     Quiero  fer  una  prosa  \  que  noble  gesta  encierra 
n'  un  trovador  famado  |  de  Rioia  la  tierra. 

Y  después,  habiendo  ya  hablado  de  sus  obras: 

30     Pora  fer  sues  prosas  \  non  clamó  las  deidades, 
Caeino  la  geut  pagana  |  con  las  sas  vanidades,  etc. 

Un  siglo  más  tarde  escribía  Pero  López  de  Ayala  en  su  Rimado  del  Palacio: 

S20     Pues  otra  sQionQia  \  ninguna  non  cabe 


248  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

No  partían  ya  estas  directamente  de  la  vida  real  del  pueblo  es- 
pañol, ni  se  encomendaban  por  medio  del  canto  a  la  memoria  y 
estimación  de  la  muchedumbre:  escritas  para  los  discretos,  no 
sólo  reconoeian  por  fuente  las  historias  latinas  de  otros  siglos,  sino 
que  mostraban  en  el  poeta  extremado  respeto  á  esas  mismas  nar- 
raciones, teniendo  por  reprensible  osadia  y  aun  pecado  mortal,  el 
modificarlas  sustancialmente,  añadirlas  ó  adulterarlas,  ó  poner  en 
duda  la  veracidad  de  sus  relatos  ^ .  Así ,  mientras  en  los  primeros 

En  la  mi  cabera,  |  compongo  mi ü^rujiu. 
Loando  á  aquella  |  que  es  pura  llave 
De  el  parayso  |  et  flores  ct  rosas, 

Y  otro  adelante,  pintando  Juan  del  Enzina  en  su  Triunfo  de  Amor  la  morada 
de  Venus,  dccia: 

Tañiaii  los  tañedores 
Mili  instrumentos  diversos, 
E  rantauan  los  cantores 
Con  mili  cónsonos  dulzores 
Muy  dulQes  prosas  y  versos. 

[Canc.  de  Juan  del  Enzina,  ed.  de  Zaragoza,  fól.  5i). 

Ahora  bien,  ¿que  era  lo  que  se  entendía  en  toda  la  edad  media  por  prosa? 
Esta  voz,  que  tiene  aplicación  en  todas  las  poesías  meridionales,  y  que  en 
todas  señala  el  mismo  origen  latino,  designaba  en  general  toda  composición 
narrativa,  y  á  veces  hasta  los  poemas  heroicos.  Así  por  ejemplo  vemos  decir 
al  Dante  en  el  Cant.  XXVI  del  Purgatorio,  tratando  de  Arnaldo  Daniel,  á  quien 
declara  el  primero  de  los  trovadores  provcnzales: 

Versi  d'  amore  c  prose  di  romanzi 
Soverchió  tutti;  e  lascia  dir  gli  sciocbi. 
Che  quel  di   Lemosi  credon  che  avanri. 

Cuando  Berceo  emplea  esta  palabra,  refiriéndose  inmediatamente  al  arte 
que  imitaba,  aludía  pues  al  carácter  narrativo  y  aun  heroico  que  intentaba 
dar  á  sus  poemas,  que  eran  en  verdad  prosas  de  noble  gesta,  valiéndonos  de  la 
expresión  del  anónimo  que  escribió  su  elogio. 

\  En  la  copla  751  de  la  Vida  de  Santo  Domingo  leemos,  al  narrar  uno  de 
los  milagros,  en  que  dá  aquel  libertad  á  un  su  devoto,  sacándole  de  la  cárcel: 

De  qaal  guisa  salii'i  |  de(ir  non  lo  sabría, 
Ca  falleció  el  libro  |  en  que  lo  aprendía: 
Perdióse  un  quaderno,  )  mas  non  por  culpo  mia; 
Escrivir  n  ventara  |  serie  grand  folia. 

En  efecto,  Berceo  pone  luego  fin  al  poema,  dejando  por  romanzar  ó  poetizar 
^ste  milagro,  que  es  el  XXVI  del  libro  II  de  la  vida  latina  deGrimaldo,  y  con 


II.*  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  EKUD.  DE  LA  POES.  VULG.  249 

monumentos  escritos  de  la  poesía  castellana  se  usa  con  frecuencia 
la  voz  cantar,  dándose  á  conocer  con  ella  su  propia  índole  y  natu- 
raleza, emplea  ya  Berceo  las  de  dictado,  ystoria  y  liJfro  para  fijar 
el  carácter  de  sus  producciones,  cuidando  de  advertir  á  cada  paso 
que  cuenta,  dice  ó  refiere,  para  ser  leido,  si  bien  á  semejanza  de 
los  cantores  del  vulgo,  toma  alguna  vez  el  título  de  yoglar  con  que 
aquellos  se  distinguían,  y  supone  dirigirse  á  los  oyentes  para  captar 
su  atención  y  benevolencia  ' .  No  puede  por  tanto  ser  más  clara  la 

él  los  restantes  de  dicho  libro  hasta  el  número  de  LX,  y  todos  los  cuarenta  y 
ocho  del  III. — En  la  copla  203  de  la  Yida  de  Santa  Oria,  escribía: 

Qai  esto  dubdare  ]  que  nos  versificamos. 
Que  non  es  esta  cosa  |  tal  como  nos  contaraos. 
Pecará  duramiente  |  en  Dios  que  adoramos; 
Ca  nosquanto  decimos  |  escripto  lo  fallamos. 

\  La  importancia  de  estas  observaciones  exige  claros  comprobantes ;  y 
aunque  no  es  posible  traer  aquí  todos  los  que  las  obras  de  Berceo  nos  ofrecen, 
citaremos  algunos.  En  la  copla  5.*  de  la  Yida  de  Santo  Domingo,  dice: 

Sennor  Sancto  Domingo,  Jizh  la  escriptura. 
Natural  fué  de  Ctmnas,  etc. 

En  la  73  hallamos,  confirmando  lo  dicho  en  la  nota  anterior: 

Dizlo  ¡a  escriptura,  \  ca  yo  non  lo  sabria, 
Quando  non  lo  leyese,  \  decir  non  lo  querría; 
Ca  afirmarla  dubda  |  grand  pcccado  avria. 


En  la  123: 


Tovo  el  priorado,  |  dizlo  el  cartelario, 
Como  pastor  derecho,  1  non  como  mercenario. 


En  la  239  dice  que  entre  las  gracias  que  Dios  concedió  á  Santo  Domingo 
se  contaba  la  de 

Oyr  tales  promesas,  ]  quales  vos  he  leídas. 

En  la  533,  con  que  acaba  el  libro  II: 

El  segundo  librieUo  \  avernos  acabado: 
Queremos  empezar  |  otro  á  nuestro  grado. 
Que  sean  tres  los  libros;  \  et  uno  el  dictado, 

Y  en  la  siguiente: 

Como  son  tres  personas,  1  et  ana  diuinidat. 
Que  sean  tres  los  libros,  \  una  certenidat. 

En  la  537,  ponderando  el  número  de  los  enfermos  sanados  por  el  santo: 

Non  podriemos  los  menos  [  nos  meter  en  dicladiK 


2-;0  mSTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

modilicaciou  de  los  medios  expositivos  del  arte ,  manifestando  el 
diferonle  origen  de  sus  creaciones,  no  menos  <iue  el  distinto  objeto, 
á  cuyo  logro  se  encaminaban:  la  musa  popular  de  Castilla,  que 
aun  escritos  ya  sus  cantos ,  liabia  dirigido  su  acento  d  grandes  y 
pequeños,  á  doctos  é  ignorantes,  se  veía  de  nuevo  forzada  á  asen- 
tar su  imperio  en  las  plazas  públicas  y  los  mercados,  sin  otra 
inspiración  que  el  recuerdo  de  los  héroes  acariciados  por  ella 
desde  la  cuna,  ó  las  proezas  diariamente  llevadas  á  feliz  término 
por  los  guerreros  do  la  patria :  la  musa  de  licrcco ,  aparentando 

En  la  581: 

De  otra  paralitica  |  uos  queremos  contar. 

Ea  la  C09  añade: 

Caeció  y  un  ciego,  )  de  qual  parte  que  vino 
Non  departe  la  villa  |  luui  bien  el  pergamino , 
Ca  era  mala  letra,  \  en  cerrado  latino; 
Entender  non  lo  pudi  |  por  sennor  San  Martino. 

El  pueblo  á  que  alude  aquí  Berceo  era,  sin  embarg-o,  Aikozar  (aikozarcnsi 
castro,  dice  Griraaldo).  En  la  copla  644  leemos: 

Un  precioso  mirado  j  vos  queremos  </<■«>,  etc. 

En  la  701  ,  señalando  la  distancia  que  le  separaba  de  los  yoglares  de  boca, 
e.\clama: 

£1  escripia  lo  cuenta,  |  non  ioglar  nin  cedrcro. 

La  \ida  de  San  Millan  nos  presenta  iguales  datos:  la  I.*  copla  está  eoncc- 
bida  en  estos  términos: 

Qiii  la  vida  quisiere  |  de  San  Millan  salier, 
Et  de  la  stx /storia  |  bien  certano  ster. 
Meta  mientes  en  esto  |  que  yo  quiero  leer. 

Y  en  la  siguiente  prosigue: 

En  cabo  quando  fuere  |  lejjo  el  dictado,  etc. 

;.\.  qué  hacinar  más  pruebas?...  Vean  nuestros  lectores  en  la  Vida  de  San 
Millan  las  coplas  108,  100,  321,  362,  468,  482,  488  y  489;  en  el  Sacrificio  de 
la  Misa  y  los  Signos  del  Juicio  las  primeras;  en  los  Milagros,  la  49, 75,  625,  etc. ; 
en  la  Pasión  de  San  Lorenzo\:\  2;  y  en  la  Yida  de  Santa  O/va  la  2,  7,  10,  25,  etc.; 
con  lo  cual  adquirirán  entera  convicción  del  cambio,  introducido  por  Borceo 
en  los  medios  expositivos  del  arle. 


II.*  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  251 

tener  en  poco  á  estos  mismos  héroes  y  empresas,  y  desdeñando 
realmente  el  aplauso  de  la  muchedumbre ,  busca  sólo  la  aproba- 
ción de  los  claustros  y  acaso  la  de  los  estudios  generales,  confe- 
sando á  menudo  la  importancia  de  las  ciencias  nuevamente  apor- 
tadas á  estos  focos  de  cultura  *. 

Mas  es  lo  notable,  que  así  como  Berceo  (siguiendo  la  ley  antes 
indicada  respecto  de  los  caracteres  generales  de  la  poesía  en  esta 
primera  trasformacion)  no  puede  en  modo  alguno  sacudir  el  yugo 
de  las  costumbres  y  de  las  creencias  populares,  que  le  exaltan  y 
fortifican,  así  tampoco  le  es  dado  levantarse  de  un  vuelo  á  las  re- 
giones desconocidas  adonde  se  dirige  ,  cuando  aceptado  ya  el 
idioma  vulgar  para  sus  obras ,  se  vé  obligado  á  tomar  del  mismo 
vulgo  las  formas  del  lenguaje,  cuya  rudeza  contrastaba  grande- 
mente con  el  intento  que  guiaba  su  pluma.  Poníale  esta  necesidad 
en  situación  contradictoria,  haciéndole  iluctuar  entre  los  dos  prin- 
cipios que  daban  vida  al  arte  erudito ,  é  inclinándole  alternativa- 
mente á  uno  y  otro,  al  paso  que  le  llevaba  á  ser  pueril  y  trivial  en 
los  pensamientos,  bajo  alguna  vez  y  grosero  en  las  imágenes, 
humilde  y  descuidado  en  la  dicción  ^ ,  infundíale  cierta  afectación 

1  Una  de  las  ciencias  que  más  incremento  recibieron  en  los  estudios  ge- 
nerales, fué  sin  duda  la  jurisprudencia,  que  tanto  vuelo  habia  tomado  en  Ita- 
lia: Berceo  para  encomiar  el  saber  y  la  prudencia  de  sus  héroes,  dice  que  eran 
preciados  legistas,  y  cuando  quiere  llevar  al  último  extremo  la  alabanza,  añade 
que  mas  parecen  legistas  qae  monjes.  Así,  en  la  Vida  de  Santo  Domingo,  recha- 
zando este  la  demanda  hecha  por  don  García  de  Navarra,  para  que  el  monas- 
terio de  San  Millan  le  ayudase  en  la  guerra  contra  los  moros,  le  replica  el  rey 

Monge...  sodes  muy  razonado 

Legisla  semejades,  |  ca  non  monge  travado,  etc. 

{Copla  149.) 

2  Don  Tomas  Antonio  citó  ya  algunos  ejemplos  (prólogo  al  tomo  II  de 
la  Colee):  á  los  mismos  puede  añadirse  en  la  Vida  de  Santo  Domingo,  co- 
pla 490,  pintando  el  gozo  que  experimentó  el  santo  al  reconocer  las  señales  de 
su  próximo  fin: 

Mas  le  plpgo  con  ellas  ]  que  con  truchas  cabdales. 

Ponderando  en  la  Vida  de  San  Millan  (copla  2)  lo  grato  que  seria  esta  ¡ústo- 
ria  á  quien  la  leyese,  observa  que 

De  dar  las  tres  raeaias  ]  non  ti  será  pesado. 


232  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITEP.ATUllA    ESIWÑOLA. 

reprensible ,  despojándole  de  las  nativas  ^alas  que  atesora  en  no 
pocos  pasajes  de  sus  obras,  y  constituyendo  á  pesar  suyo  dos  di- 
ferentes poetas.  Digno  es  en  verdad  de  repararse,  porque  corres- 
ponde exactamente,  en  el  circulo  de  la  cxpiosicion  literaria,  á 
las  consideraciones  filosúíicas  que  dejamos  expuestas  en  orden  á. 
los  elementos  que  altemn  y  truecan  la  fisonomía  de  la  musa  de 
Castilla :  siempre  que  Berceo  olvida  sus  pretensiones  de  hombre 
docto,  siempre  que  apartando  la  vista  de  los  autores  que  le  sirven 
de  guia,  se  apoya  en  las  tradiciones  vivas  y  palpitantes  de  su  pueblo, 
aparece  en  su  verdadero  terreno,  describiendo  ó  contando  con 
notable  facilidad  y  desembarazo;  porque  entonces  es  el  poeta  que 
se  alimenta  de  las  creencias  y  aun  de  los  errores  de  la  muche- 
dumbre, y  que  ostentando  la  misma  simplicidad  y  rudeza,  respira 
y  vive  en  su  propia  atmósfera.  Mas  cuando  recuerda  que  pertenece 
á  la  clase  docta  del  Estado,  cuando  procura  ilustrar  con  su  erudi- 
ción el  título  de  maestro,  de  que  hace  alarde  en  sus  poemas  ', 

Hablando  de  las  tentaciones,  con  que  Luzbel  procuraba  afligirle  (copla  53), 
escribe: 

Mas  non  1¡  vnlió  tarilo  |  como  tres  caüasveras. 

Describiendo  los  ejércitos  cristiano  y  sarraceno  en  la  batalla  de  Simancas 
(copla  420),  indica  que  ambas  partes  pensaban  en 

(Jual  podrie  á  la  otra  \  sobar  el  espinazo. 

Y  narrada  la  derrota  de  los  moros,  añade  que  mucho  guerrero  ilustre  de  los 
mismos  (copla  450) 

A  malas  dineradas  |  pagó  el  ostalage. 

En  los  Milagros  de  Nuestra  Señora,  dice  que  un  senador  romano  (copla  238) 

Avie  en  prendo  prendis  \  bien  usada  la  mano. 

Y  para  no  producir  hastio,  notaremos  que  en  el  Duelo  de  la  Virgen  (copla  42) 
pinta  la  escena,  en  que  los  judios  se  mofaron  de  Jesús,  manifestando  que 

Dabanli  los  garzones  |  quisque  sn  pfscuzada. 

I     En  los  Milagros  de  Nuestra  Señora  dice: 

Yo  maestro  Gonzalo  de  Oerceo  noninndo,  etc. 

En  su  fjCor  ya  citado  se  Icc: 

.Mat-stre  don  Gonzalo,  cu  lodo  Lien  nodrido,  ele. 


II.     PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE   LA    POES.    VULG.     2a3 

perdiéndose  en  el  intrincado  laberinto  de  la  historia,  confundiendo 
los  tiempos,  alterando  las  costumbres,  y  atribuyendo  indistinta- 
mente los  sentimientos  del  siglo  XIII  á  los  personajes  de  otras 
edades,  nos  advierte  que  está  fuera  de  su  centro,  y  que  es  entonces 
el  escritor  pretencioso,  que  desvanecido  por  él  brillo  de  su  mal 
digerida  ciencia,  no  acierta  á  encontrar  los  colores  que  ambiciona 
para  animar  sus  cuadros  *. 

Pero  á  pesar  de  esta  contradicción  palpable ,  hija  al  par  de  las 
circunstancias  generales  que  rodean  á  Gonzalo  de  Berceo  y  de  su 
misma  educación  literaria,  luego  que  penetrando  más  allá  de  las 
formas  exteriores,  nos  detenemos  á  estudiarle  cual  merece,  ha- 
llamos en  él  un  fondo  de  admirable  unidad,  brillando  en  todas  sus 
poesías,  como  único  elemento  de  vida,  como  única  ley  de  existen- 
cia, el  sentimiento  religioso.  Á  este  sentimiento,  que  exaltado  por 
los  grandes  triunfos  obtenidos  sobre  la  morisma ,  dominaba  en  el 
siglo  XIII  sobre  todas  las  clases  de  la  sociedad  española,  levantán- 
dose sobre  todos  los  intereses  de  la  tierra,  están  sometidas  todas 
las  producciones,  todos  los  pensamientos,  todas  las  ideas  del  poeta 
de  Berceo.  Para  él  solo  existe  una  supremacía,  basada  en  un  prin- 
cipio único:  la  supremacía  sacerdotal,  emanada  directamente  de 
la  autoridad  divina.  Ante  esta  autoridad  se  humillan  todos  los 
poderes  del  mundo :  en  nombre  de  este  principio  desaparecen  á 


\  Esto  se  nota  principalmente  en  los  Milagros  de  Nuestra  Señora,  tomados 
en  su  mayor  parte  de  la  historia  de  otras  naciones,  si  bien,  como  veremos 
después,  no  carecen  de  mérito  en  la  estimación  meramente  artística.  Debe 
también  advertirse  que  cediendo  á  la  erudición  histórico-caballeresca,  cuando 
trata  de  los  héroes  reales  de  Castilla,  sólo  halla  en  la  corte  de  Carlo-Mag-no 
modelos,  á  quienes  compararlos.  Así  en  la  \ida  de  San  Millan  ,  narrando  los 
preparativos  de  la  batalla  de  Simancas,  dice  al  presentar  en  la  escena  al  rey 
don  Ramiro  (copla  412): 

El  rey  don  Remiro,  |  no  noble  cauallero 

Que  nol'  venzrien  d'  esfuerzo  |  RolJun,  nin  Olivero. 

Obsérvese  de  paso  cómo  la  celebridad  de  los  paladines  carlowingios  iba  ex- 
tendiéndose y  arraig-ándose  entre  los  eruditos,  trayendo  á  la  memoria  lo  que 
dejamos  dicho  en  las  págs.  104  y  10o,  cap.  II  de  este  volumen,  respecto  dr.l 
Poema  de  Almería.  Todos  estos  hechos  aislados  producirán  el  fruto  natural  en 
momento  oportuno. 


254  HISTORIA   CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

vista  de  Bercoo  todos  los  vínculos  do  la  sociedad,  y  desdeñando  la 
autoridad  humana,  cuya  potestad  desconoce  á  menudo,  la  desafia 
y  tal  vez  la  vilipendia. 

El  efecto  de  semejante  creencia  no  puede  ser  más  trascen- 
dental en  la  pluma  del  cantor  de  los  santos:  impulsados  por 
ella,  abandonan  los  garzones  á  sus  familias  para  retirarse  al 
centro  de  las  montañas,  y  huyen  las  doncellas  de  la  casa  pa- 
terna para  encerrarse  en  el  retiro  del  claustro,  sepultando  por 
siempre  su  juventud  y  su  hermosura:  bajo  su  escudo  provocan 
y  tienen  en  poco  el  enojo  de  los  reyes  aquellos  austeros  cenobitas, 
que  fijas  sus  miradas  en  la  eterna  bienaventuranza,  anhelan  el 
momento  de  desprenderse  del  barro  que  en  el  suelo  los  aprisiona. 
Asi,  Santo  Domingo  de  Silos  y  San  Millan  de  la  Cogulla,  tipos  de 
perfección  monástica  y  religiosa ,  eficaces  intercesores  para  con 
Dios  y  abogados  ambos  del  pueblo  castellano,  dejando  á  su  placer 
en  mitad  de  los  montes  el  ganado  de  sus  padres,  se  recogen  al 
desierto  para  consagrarse  de  lleno  á  la  vida  ascética :  así  Santa 
Oria  (Áurea),  desdeñando  las  caricias  de  su  tierna  y  anciana  ma- 
dre, y  hurtándose  á  sus  desvelos,  corre  á  ocultar  la  flor  de  sus 
tempranos  años  en  la  soledad  de  una  celda ;  así  también  el  prior 
de  Silos,  anteponiendo  los  intereses  del  claustro  á  todos  los  más 
altos  y  sagrados  del  mundo,  niega  al  rey  don  Garcia  de  Navarra 
el  subsidio  ó  ayuda  que  le  pide  para  proseguir  la  guerra  con- 
tra los  sarracenos,  y  sin  reparar  en  la  santidad  de  la  empresa  ni 
en  la  legitimidad  de  la  demanda,  no  vacila  en  excitar  con  su  ne- 
gativa la  cólera  de  aquel  soberano  ^  Los  héroes  de  Berceo  abju- 
rando pues  de  cuantos  sentimientos  mantienen  la  sociedad  hu- 
mana, rompiendo  todos  sus  lazos,  constituyen  un  mundo  aparte 
en  medio  de  la  sociedad  misma,  dominados  de  aquella  idea  exclu- 
siva que  absorbe  toda  su  existencia. 


i     La  escena  cnlre  el  rey  y  Sanio  Domingo  es  notable  y  caracteriza  la  épo- 
ca. El  rey,  irritado  al  fin,  exclama: 


150 Don  Mungc  (IrnodaJn, 

Faldailcs  coin'  qui  sietlc  |  cu  caslicllo  alzailo; 
Mas  ti  [ircndcr  vos  puedo  |  do  fuera  del  sogrndo, 
9cadr8  bien  segaro  |  f)ucjf  redes  coleado. 


II.   PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON,  ERUD .  DE  LA  POES.  VULG.  255 

La  fé  que  anima á  estos  personajes,  trasportándolos á,  ese  mundo, 
donde  sólo  resplandecen  las  virtudes  de  la  vida  contemplativa,  no 
es  sin  embargo  la  fé  puramente  evangélica.  Berceo  cree  y  siente 
como  creian  y  sentían  el  siglo  y  la  nación  á  que  pertenece:  aunque 
conservando  aun  parte  de  aquel  primitivo  candor  que  brilló  en 
los  primeros  dias  del  cristianismo ,  exaltábase  su  fé  en  presencia 
de  la  contradicción,  extendíase  y  arraigábase  profundamente  en 
razón  de  los  sacrificios  que  exigia  y  de  los  peligros  que  la  rodea- 
ban, y  era,  en  una  palabra,  la  fé  de  un  pueblo  empeñado  en  una 
guerra  santa,  cuyos  sacerdotes  ennoblecían  y  canonizaban  sus  ór- 
denes sagradas,  al  entrar  en  lid  sangrienta  con  los  enemigos  de  su 
Dios  y  de  su  patria.  Así,  no  es  ya  la  fé  pasiva  y  sublime  de  los 
mártires,  que  sólo  aspira  al  dominio  del  corazón  para  iluminarlo  y 
vivificarlo  con  su  antorcha;  sino  la  fé,  que  luchando  ardientemente 
para  alcanzar  un  triunfo  material  por  medio  de  las  armas,  todo  lo 
avasalla  y  somete  á  su  imperio ,  llegando  á  menudo  á  rebajar  la 
naturaleza  divina  hasta  el  cieno  del  mundo,  y  transigiendo  á  veces 
con  todas  las  flaquezas  y  miserias  de  la  carne.  Con  tal  colorido 
aparece  la  creencia  de  Berceo,  que  haciendo  intervenir  á  los  San- 
tos, á  la  Yirgen  Maria  y  al  mismo  Hacedor  Supremo  en  los  más  in- 
significantes accidentes  de  la  vida,  ha  sido  tildada,  bien  que  no  con 
entero  fundamento,  de  rebajar  la  religión  cristiana  hasta  el  punto 
de  asemejarla  al  politeísmo  ^.Pero  ni  era  posible  en  modo  alguno 
que  para  hacer  sensible  á  la  muchedumbre  la  protección  divina, 
ideara  y  trasladase  á  sus  libros  más  elevadas  concepciones  que  las  ya 
recibidas  por  la  tradición  de  doctos  y  vulgares,  ni  le  era  tampoco 
dable  mostrar  más  apacibles  y  dulces  afectos,  cuando  la  religión, 
que  en  aquella  edad,  como  en  todas,  era  un  sentimiento  enérgico 
del  corazón  humano,  se  había  también  trocado,  según  ya  conocen 
los  lectores,  en  elemento  político,  cuyo  desarrollo  fomentaban  gran- 
demente las  interminables  guerras  que  conmovían  en  sus  más 
profundos  cimientos  á  la  sociedad  entera.  Armada  pues  del  hierro 
para  extender  su  dominio,  santificaba  la  religión  todos  los  actos 
de  la  guerra,  sirviéndole  al  par  de  bandera  y  de  escudo,  y  co- 
municando á  todos  los   sentimientos  por  ella  engendrados  cierto 

1     Sismonde  de  Sismondi,  LHt,  du  Midi,  tomo  III,  cap.  XXIV. 


2b6  HISTORIA   CRITICA   DE    LA    LITERATURA    ESPA?!OLA. 

vigor  y  rigidez,  que  los  hacian  ai  par  inlolei'aiites  y  exclusivos. 
Ni  ¿qué  otro  urden  de  ¡deas  podia  representar  la  poesía  erudito- 
religiosa  después  de  la  gran  victoria  de  las  Navas ,  que  no  sola- 
mente habia  restaurado  la  libertad  del  suelo- español ,  sino  que 
fruto  de  una  cruzada,  levantada  también  en  nombre  de  la  religión, 
salvaba  de  las  amenazas  del  Islam  al  conturbado  cristianismo?... 
Mientras  el  poeta  erudito,  avasallado  por  los  hábitos  y  las  preocu- 
paciones de  escuela,  desdeñaba  celebrar  directamente  en  sus  ys- 
ton'as  y  dictados  aquel  extraordinario  triunfo ,  dominado  por  el 
maravilloso  efecto  que  en  toda  España  produce,  no  pudo  menos 
de  exaltarse  al  verse  libre  de  tan  formidable  peligro;  y  reconcen- 
trado en  su  creencia,  fortificóse  en  ella  con  la  meditación  y  estudio 
de  los  antiguos  egemplos  de  piedad,  comunicándoles  nueva  fuerza 
y  más  decisivos  colores.  He  aquí  la  situación  moral  de  Berceo:  su 
entusiasmo  religioso  ardiente,  poderoso,  superior  á  todo  otro  sen- 
timiento, muestra  que  es  en  él  indivisible  el  imperio  de  la  fé,  como 
lo  eran  el  principio  que  le  servia  de  base  y  las  consecuencias  que 
de  él  emanaban,  aun  aplicado  ya  á  la  vida  activa  y  penetrando  en 
el  terreno  de  la  política.  Por  esto,  cuando  en  el  Himno  al  Criador 
exclama : 

Un  Dios  é  tres  personas,  |  esta  es  la  creencia; 
Un  regno,  un  eraperio,  ¡  un  Rey,  una  esencia, 

no  solamente  revela  el  dogma  religioso  de  su  época,  sino  que  ex- 
plica y  desenvuelve  también  el  dogma  político  del  derecho  divino, 
que  partía  directamente  del  primero,  y  que  canonizado  ya  por  la 
teología,  comenzaba  á  ser  reducido  á  verdad  práctica  por  aquellos 
tiempos.  Berceo  crédulo,  intolerante  y  hasta  fanático,  es  el  poeta 
religioso  del  siglo  XIII ,  sin  que  sus  aspiraciones  eruditas  templen 
ni  modifiquen  el  fondo  de  su  carácter,  apareciendo  á  nuestra  vista 
cual  legítimo  intérprete  de  aquella  edad  tan  digna  de  madura  con- 
sideración como  ligeramente  juzgada  por  algunos  escritores  mo- 
dernos *. 


i  Aludimos  á  BouUerwock,  Sisinondi  y  á  los  que  han  seguido  sus  hue- 
llas. El  úllirao,  que  sólo  halló  en  liorcco  «las  ideas  de  una  religión  mona- 
cal», declara  «que  habla  y  piensa  como  un  monje  de  todos  tiempos,  sin  que 


II.*  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  257 

La  significación  de  este  poeta ,  así  respecto  de  la  historia  del 
arte,  en  que  logra  señalado  lugar,  como  respecto  de  los  elementos 
de  cultura  que  en  sus  obras  revela ,  exige  pues  que  nos  detenga- 
mos algún  tanto  á  examinarlas,  confirmando  por  una  parte  cuanto 
llevamos  observado  y  completando  por  otra  el  estudio  literario  de 
las  mismas.  Divididas  del  modo  arriba  expresado  (si  bien  todas 
ostentan  una  misma  erudición  y  domina  en  todas  un  inisrao  senti- 
miento) y  abarcando  los  poemas  en  que  prepondera  la  forma  his- 
tórica, toda  la  vida  de  Berceo,  pues  que  las  de  Santo  Domingo  y 
Santa  Oria  son  probablemente  el  primero  y  el  último  de  sus  es- 
critos^,— fácil  nos  parece  comprender  la  índole  literaria  de  aquella 
musa,  que  volviendo  los  ojos  á  los  monumentos  levantados  por  la 
piedad  de  otros  siglos,  sacábalos  del  dominio  de  la  historia  para 
traerlos  al  de  la  poesía  docta,  de  la  misma  manera  que  los  canto- 
res populares  tomaban  de  la  tradición  oral  el  asunto  de  sus  pro- 
ducciones. Gonzalo  de  Berceo  es  por  tanto  un  poeta  esencialmente 
narrativo,  aspirando  en  todas  sus  obras  á  sostener  aquel  tono 
épico-heróico ,  de  que  habia  hecho  constante  gala  la  literatura 


nada  caracterice  sü  época  con  más  exactitud  que  otra  alguna»  {Híst.  de  la  Hit. 
du  Midi,  tomo  111,  págs.  132  y  53,  ed.  de  1829).  Sismondi ,  como  nota  un 
crílico  francés  de  nuestros  dias,  se  dejó  cegar  en  tal  manera  por  el  espíritu 
enciclopédico,  que  no  supo  contemplar  las  costumbres  ni  apreciar  los  senti- 
mientos del  siglo  XIll,  quilatando  en  consecuencia  al  poeta  religioso  de  aque- 
lla época.  Negando  á  Berceo  la  verdad  del  sentimiento,  que  es  en  suma  la 
verdad  poética,  no  reparó  Sismondi  en  que  negaba  el  carácter  de  la  civilización 
española  en  el  siglo  XIII  y  con  ella  la  historia:  no  comprendiendo  la  situación 
del  escritor,  le  culpó  de  no  reflejar  con  la  misma  fuerza  que  el  Poema  del  Cid 
el  sentimiento  de  la  guerra,  que  era  el  patriótico;  y  puesto  en  esta  pendiente, 
pasó  adelante  sin  explicar  lo  que  Berceo  representaba  ni  en  la  esfera  de  las 
ideas,  ni  en  la  esfera  del  arte.  El  cantor  de  la  piedad  y  de  la  virtu3,  cual  Mo- 
ratin  le  apellida,  no  puede  ser  conocido  por  la  crítica  de  Sismondi  y  sus  parti- 
darios, bajo  ningún  aspecto. 

i  Sánchez  opina,  y  procura  probarlo,  que  la  Vida  de  Santo  Domingo  fué  la 
primera' obra  rímica  de  las  que  se  conservan  de  Berceo  (prólogo  al  tomo  II, 
pág.  XX);  y  como  en  la  de  Santa  Oria  dice  el  mismo  poeta: 

2     Quiero  en  mi  vejez,  1  maguer  só  ya  cansado. 
De  esta  sancta  virgen  |  rom.inzar  su  dictado, 

no  hallamos  repugnancia  alguna  en  admitir  la  opinión  que  presentamos  sólo 
como  probable.  De  todos  modos  la  consideración  crítica  tiene   el  mismo  peso. 
TOMO   III.  17 


258  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPASoLA. 

latino-eclesiáslica ,  y  emploaado  en  todos  los  versos  peutámetros, 
única  metrilicacion  digna  en  su  concoplo  de  la  elevación  que  pre- 
tendía comunicarles  '.  Al  seguir  esta  senda,  sola  tal  vez  para  los 
eruditos  de  aquellos  dias,  servíanle  de  pauta  las  historias  religiosas 
más  celebradas  entre  los  mismos :  Grimaldo,  coetáneo  y  admirador 
del  monje  de  Silos ,  le  ofrecía  la  vida  de  este  virtuoso  varón ,  co- 
nocida ya  de  nuestros  lectores;  Braulio,  discípulo  de  San  Isidoro, 
la  de  San  31  Ulan  de  la  Cogulla  -;  Munio,  monje  benedictino,  á 
quien  confiaba  Santa  Oria  todos  sus  secretos ,  la  de  esta  bienaven- 
turada virgen;  Prudencio  la  del  mártir  español  San  Lorenzo,  sem- 
brada ya  de  prodigiosas  anécdotas;  brindándole  por  último  los 
legendarios  y  santorales  no  menos  que  las  tradiciones  locales  de 
Castilla,  con  aquellos  maravillosos  sucesos  que  la  piedad  calificaba 
de  milagros  y  que  la  devoción  atribuía  á  la  Madre  del  Salvador, 
amparo  y  refugio  de  los  pecadores.  Y  lo  mismo  sucede  respecto 
de  las  demás  composiciones :  el  Sacrificio  de  la  Misa  y  los  Loores 
de  Nueslra  Señora  reconocen  por  fuente  y  raíz  el  Antiguo  y  Nuevo 
Testamento,  no  desechadas  en  orden  al  primero  las  enseñanzas 
de  la  liturgia;  los  Signos  del  Juicio  hallan  su  origen  en  la  expo- 
sición de  los  profetas,  debida  á  San  Gerónimo  ^;  y  el  Duelo  de  la 


\  Sólo  en  dos  momentos  faltó  Berceo  á  este  propósito,  a  saber:  en  la  can- 
tiga de  los  judíos,  que  pone  al  final  del  Duelo  de  la  Virgen,  y  en  el  epitafio  de 
Santa  Oria,  que  mencionamos  ya  en  el  Ilustración  IV  de  la  I."  Parte.  La  cantiga 
de  los  judíos,  hecha  á  semejanza  de  los  cantares  del  vulgo,  tiene  cierta  esti- 
mación tocante  á  la  historia  de  la  poesía  popular  en  el  siglo  XIII,  según  opor- 
tunamente advertiremos. 

2  Es  notable  que  Berceo  se  atuviera  en  lodo  á  la  Vida  de  San  Millan,  es- 
crita por  San  Braulio,  bien  que  dividiéndola  en  tres  libros,  ampliando  la  nar- 
ración y  añadiendo  muchas  circunstancias  poéticas:  cuando  escribió  este  poe- 
ma, habia  recogido  ya  un  monje  del  mismo  monasterio,  llamado  Fernando, 
todos  los  milagros  obrados  desde  la  traslación  del  cuerpo  de  San  Millan  (1053) 
al  año  de  1 105;  obra  que  debió  ser  conocida  indudablemente  do  Bcrcoo,  se- 
gún después  notaremos,  y  que  en  el  siglo  XV  fué  puesta  en  castellano  por 
otro  monje. 

3  Berceo  escribe: 

Qaerriavos  contar  |  un  poco  de  raliello 
Un  scrmun  que  fué  priso  |  de  un  sancto  libriplln, 
Que  fizo  Sant  llieronimo,  |  un  precioso  calidiello.    . 

Nuestro  p.idre  Iberoniíno,  |  pastor  <}uc  nos  L-iitíeiida. 


II.*  Parte,  caí»,  v.  prim.  mon.  erud.  de  la  poes.  vulg.  25í> 
Virgen  tiene  por  fundamento  la  vida  de  San  Bernardo ,  cuyas 
grandes  virtudes  se  llevaban  tras  sí  la  admiración  del  Occidente. 

Pero  no  porque  al  estudiar  esta  importante  trasformacion  del 
arte,  procuremos  recorrer  el  camino  andado  por  Gonzalo  de  Ber- 
ceo ;  no  porque  él  mismo  se  precie  de  ser  fiel  intérprete  de  los 
libros  que  le  sirven  de  norma;  ni  porque  al  fijar,  finalmente,  los 
principales  rasgos  que  le  caracterizan ,  confesemos  que  sigue  la 
pendiente  de  los  escritores  eruditos,  apareciendo  sobre  todo  como 
narrador,  carácter  que  ofrecian  también  los  yoglares  de  boca, 
resolveremos  con  un  crítico  respetable  que  «  se  ciñó  con  poca  in- 
vención á  los  asuntos  históricos  que  se  propuso  desempeñar  *»,  ni 
menos  le  despojaremos  del  lauro  debido  á  su  verdadero  talento 
poético,  cuando  le  vemos  rodear  de  circunstancias  nuevas  y  ori- 
ginales los  mismos  cuadros  que  toma  de  las  historias  latinas,  ani- 
mándolos de  una  manera  propiamente  dramática,  ó  bien  le  con- 
templamos añadiendo  libros  enteros  á  esas  mismas  historias, 
fundado  en  la  tradición  popular,  aunque  ya  escrita,  del  pueblo 
castellano  2. 


Leyendo  en  ebreo  |  en  esta  sa  leyenda. 
Trovó  cosas  extrannas  |  de  exlranna  fácienda: 
Qui  las  oyr  quisiere,  |  tenga  que  bien  merienda. 

i     Moratin,  Orígenes  del  teatro  español,  nota  3. 

2  Dejamos  advertido  que  en  la  Vida  de  San  Millan  añadió  Berceo  muchas 
circunstancias  poéticas,  ajenas  á  la  obra  de  San  Braulio;  y  debemos  observar 
aquí  que  hizo  otro  tanto  respecto  de  todas  sus  composiciones.  En  orden  á  la 
sustancia,  no  alterable  sin  exposición  de  caer  en  error,  fué  tan  exacto  como  ya 
hemos  consignado;  mas  en  lo  que  se  refiere  á  la  exornación  artística,  puso  de 
su  cosecha  cuanto  su  ingenio  le  consentía  (lo  cual  no  fué  por  cierto  cosa  des- 
preciable), haciendo  otro  tanto  respecto  de  los  sentimientos  y  costumbres  del 
siglo  en  que  vive.  Bíijo  esté  punto  de  vista  Berceo  es  un  poeta  original  y  no 
ajeno  de  inventiva,  como  se  ha  escrito  por  respetables  autores.  Lástima  que 
el  intento,  meramente  religioso,  que  le  anima  al  referir  la  batalla  de  Siman- 
cas, no  le  consienta  dar  mayor  vuelo  á  su  imaginación,  pagando  más  ingenuo 
tributo  al  sentimiento  patriótico;  pero  Berceo  halló  ya  narrado,  conforme  á 
los  privilegios  que  guardaba  el  monasterio  de  San  Millan,  este  suceso  por  el 
monje  Fernando;  y  obedeciendo  á  la  tradición  escrita,  no  fué  arbitro  de  alte- 
rarla fundamentalmente,  contentándose  con  enriquecerla  de  accidentes  más  ó 
menos  bellos,  bien  que  subordinados,  según  después  veremos,  á  sus  propias 


5f,0  HISTOIllA    Cr.lTICA    DE    L\    LITKRATÜRA    ESPaSüLA. 

Ni  putliera  sin  grave  injusticia  negársele,  (i  pesar  de  la  situa- 
ción contradictoria  en  que  le  hallamos  colocado  y  de  la  rudeza 
de  la  lengua ,  el  que  dando  vuelo  á  su  fantasia  y  remontándo- 
se á  las  regiones  del  mundo  invisible,  traza  á  veces  maravillo- 
sas y  pintorescas  descripciones,  donde  caldeada  su  imaginación 
por  el  fuego  de  la  creencia,  contrasta  grandemente  lo  elevado  de 
la  concepción  con  lo  sencillo  de  las  formas.  Elogiada  es  de  todos 
los  críticos  la  bellísima  alegoría  con  (jue  principian  los  Milagros 
de  Nuestra  Señora,  y  tenida  por  lo  más  acabado  y  feliz  que  sale 
de  la  pluma  de  Berceo  ^ ;  pero  no  es  en  verdad  el  único  pasaje  do 
sus  obras  digno  de  ser  tomado  en  cuenta  para  juzgarle  y  quilatar 
las  dotes  poéticas,  de  que  le  habla  dotado  la  Providencia.  Sin  pa- 
sar de  la  Vida  de  Sanio  Domingo  de  Silos,  donde  ya  nos  presenta 
á  este  varón  lumne  de  las  Espannas,  armado  del  báculo  pastoril, 
dedicado  al  cultivo  de  las  letras  y  consagrado  al  sacerdocio,  ya 
retirado  al  yermo  y  recogido  después  á  la  vida  monástica,  en  que 
obtiene  las  primeras  dignidades  del  claustro,  hallamos  cuadros 
copiosamente  enriquecidos  por  la  musa  de  don  Gonzalo,  ó  rasgos 
de  no  escaso  mérito ,  enteramente  originales.  Entre  varios  que 
pudieran  citarse  para  egemplo  de  los  primeros ,  bastará  traer 
aquí  la  visión  de  las  tres  coronas,  revelada  á  los  monjes  de  Silos 
por  el  mismo  santo : 

229        Vedíame  en  suennos  [  en  un  fiero  logar, 
Oriella  de  un  flumen,  |  tan  fiero  como  mar: 


creencias  y  al  sistema  poético  que  de  las  mismas  emanaba.  En  cuan^to  a  la 
batalla  de  Simancas,  que  algunos  han  tenido  por  obra  distinta  de  la  Vida  de 
San  Millan,  y  que  otros  juzgan  una  perífrasis  ácl  privilegio  de  los  votos,  des- 
echado como  apócrifo  por  casi  todos  los  historiadores  (Sarmiento,  Memor. 
para  la  hist.  de  lapoes.  cast.,  núm.  590),  repeliremos  con  Sánchez  fjnc  forma 
parte  de  diclia  vida,  sobre  lo  escrito  por  San  Braulio.  La  Historia  de  los  votos, 
debida  al  monje  Fernando  á  fines  del  reinado  de  Alfonso  VI,  existe,  traducida 
al  castellano,  entre  los  Mss.  de  San  Millan  que  posee  hoy  la  Real  Academia 
de  la  Historia,  señalada  con  el  núm.  61  de  los  mismos. 

i     Este  pasaje,  citado  en  compendios  y  manuales,  comienza: 

Yo  maestro  Gonzalvo  |  <lc  Ccrceo  nomnado, 
Irndo  rn  romcria,  (  r.ioci  en  un  prado. 
Verde,  et  bien  sencido,  |  de  (lores  bieu  poblado, 
Logar   cobdiciadurro  |  pora  oinc  cansado,  ele. 


II.'    PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.      261 

Quiquiere  avríe  miedo  ]  por  á  él  se  plegar, 
Ca  era  pauoroso,  (  et  brauo  de  passar. 

230  Ixien  delli  dos  ríos,  |  dos  aguas  bien  cabdales; 
Ríos  eran  muy  fondos,  |  non  poco  regálales: 
Blanco  era  el  uno  |  como  piedras  de  cristales; 
El  otro  plus  vérmelo  I  que  vino  de  parrales. 

231  Vedia  una  puente  |  enna  madre  primera; 
Avíe  palmo  et  medio,  |  ca  mas  ancha  non  era; 
De  vidrio  era  toda,  |  non  de  otra  madera; 
Era,  por  non  mentirvos,  |  pauorosa  carrera. 

232  Con  almátigas  blancas  |  de  finos  ojolatones 
En  cabo  de  la  puent  |  estavan  dos  varones-, 

\       Los  pechos  obresados,  |  mangas  et  cabecones; 
N(Mi  dizrien  el  adouo  |  loquele,  nec  sermones. 

233  La  una  deslas  ambas  [  tan  onrradas  personas 
Teníe  enna  su  mano  |  dos  preciosas  coronas 

De  oro  bien  obradas:  |  omme  non  vio  tan  bonas, 
Nin  un  omme  á  otro  |  non  dio  tan  ricas  donas. 

234  El  otro  teníe  una  |  seys  tanto  mas  fermosa, 
Que  teníe  en  su  cerco  |  mucha  piedra  preciosa; 
Mas  lucíe  que  el  sol  |  ¡tanto  era  de  luminosa!... 
Nunqua  omme  de  carne  |  vido  tan  bella  cosa.' 

23i)        Llamóme  el  primero  |  que  teníe  las  dobladas, 

Que  passasse  á  ellos,  |  entrasse  por  las  gradas: 

Díxeli  yo  que  eran  |  aviessas  las  pasadas; 

Díxo  él  que  sin  dubda  |  entrarse  á  osadas. 
23ü        Metíme  por  la  puente  |  maguer  estrecha  era, 

Passé  tan  sin  embargo  |  como  por  grant  carrera; 

Recibiéronme  ellos  |  de  fermossa  manera, 

Veníendo  contra  mí  |  en  medio  la  carrera. 

237  Fravre,  plaznos  contigo,  |  dixo  el  blanqueado: 
Tú  seas  bien  venido  |  et  de  nos  bien  tronado; 
Veniemos  por  decirle  )  un  sabroso  mandado: 
Quando  te  lo  dixieremos,  |  temaste  por  pagado. 

238  Estas  [tres]  que  tú  vedes  1  coronas  tan  onrradas, 
Nuestro  Sennor  las  tiene  |  pora  tí  condesadas: 
Cata  que  non  las  pierdas,  |  quando  las  has  ganadas, 
Ca  queríe  el  diablo  ]  auértelas  furtadas  *. 

i  Para  comprobación  de  las  observaciones  hechas  arriba,  y  porque  sea 
más  fácil  á  nuestros  lectores  comprender  la  sig-nificacion  de  Berceo  como 
poeta  erudito,  pondiemos  aquí  algunas  cláusulas  de  esta  visión,  narrada  por 
Grimaldo: 

«Vidcbam., .  in  visione  hac  nocle  me  iuxta  quemdaní  fluvium  stare.  De  quo 


262  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Y  para  muestra  de  felices  pinceladas,  trascribiremos  la  pintura 
(jue  hace  el  clérig^o  de  Berceo  de  la  oración  cristiana,  llevada  á  los 
cielos  por  la  Caridad;  pensamiento  que  andando  los  tiempos ,  de- 
bía producir  uno  de  los  más  celebrados  cantos  de  la  musa  religiosa 
de  Castilla  '.  Santo  Domingo  intercede  por  un  cautivo,  y 

368        La  oración  del  padre  |  de  la  grand  sanctidat 
Levóla  á  los  cielos  |  la  sánela  Caridat; 
Plegó  á  las  oreias  |  del  rey  de  Magestat: 
Escapó  el  captivo  j  de  la  captividat*. 

Pero  este  linaje  de  cuadros  y  pinceladas  abundan  en  los  poemas 
histórico-religiosos  de  Berceo,  sin  que  la  nieve  de  los  años  bastara 
á  apagar  el  entusiasmo  que  en  su  pecho  despertaba  la  contempla- 
ción de  las  regiones  celestiales.  El  poema  de  Santa  Oria,  escrito 
como  ya  sabemos  en  los  últimos  dias  de  su  vida,  se  compone  en 


fluvio  cmanabant  dúo  niag^ni  rivi  nimium  profundi,  unus  retincns  ad  instar 
laclis  coloretn  candidum,  alter  vero  ad  simiüludinem  sanguinis,  sanguineum. 
Et  dum  ambo  rivi  de  supra  dicto  fluvio  procederé  michi  viderentur,  aller  ta- 
men  alteri  non  ¡ungebalur.  Super  fluvium  vero  videbatur  michi  esse  pons  vi- 
treos, spatium  palmi  et  dimidii  habens  amplitiido  illius,  in  cuius  pontis  extre- 
mitate  stabant  dúo  viri,  ultra  huinanam  pulcritudineni  pulccrrimi,  vestibus 
albis  induti,  quorum  poctora  zonis  aureis,  miro  fulgore  fulgentibus,  erant  pro- 
cinta. Et  unus  ex  his  duas  coronas  áureas,  nimio  et  incredibili  splendore  splen- 
dentes,  in  manu  tenebat:  alter  vero  unam  solam  ferebat,  qua  septiplici  fulgore 
illas  duas,  quas  alter  tenebat,  supcrabat»,  etc.  {Vida  y  Milagros  del  Tliaumaturgo 
español,  etc.,  págs.  345  y  3i6). 

Obsérvense  pues  las  circunstancias  originales  que  ingiere  Berceo,  debiendo 
no  obstante  tenerse  entendido  que  es  esta  visión  uno  de  los  pasajes,  en  que 
con  mayor  exactitud  sigue  el  Ms.  de  Grimaldo. 

i  Hablamos  de  la  magnífica  personificación  que  ya  en  el  siglo  XVII  hizo 
de  la  oración  fray  Diego  de  Hojeda  en  el  lib.  II  de  la  Cristiada,  poema  que  en 
lugar  oportuno  examinaremos. 

2  No  pasaremos  adelante  sin  notar  que  si  bien  es  grande  la  consideración 
que  nos  merece  la  edición  de  Sánchez,  restablecemos  algunas  lecciones  de 
este  y  otros  pasajes  conforme  á  los  Mss.  más  antiguos  de  Berceo  que  tene- 
mos á  la  vista.  Entre  otros  nos  sirve  aquí  el  que  fué  de  la  Bibl.  de  Monserra- 
te,  y  hoy  posee  la  Real  Academia  de  la  Historia  (Est.  IV,  grad.  I.'',  H.  18). 
Este  códice,  escrito  en  pergamino  y  papel  á  principios  del  siglo  XIV,  consta 
de  18  fojas  fól.  mayor,  á  dos  columnas,  y  es  uno  de  los  más  aprcciablcs  de 
Berceo,  por  lo  cual  creemos  que  no  será  mal  recibido  su  facsímile. 


II.*    PARTE,    CAP.    V.    PKIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG,    2C3 

la  mayor  parte  de  místicas  visiones ,  donde  pintando  los  goces  de 
la  eterna  bienandanza,  parecen  preludiarse  las  beatíficas  aparicio- 
nes de  la  Divina  Commedia.  En  la  primera  visión,  de  que  sólo  nos 
es  dado  presentar  ligeros  extractos,  se  muestran  á  la  santa  las  vír- 
genes Ágata,  Olalla  y  Cecilia,  brillando  como  estrellas  y  osten- 
tando en  sus  diestras  sendas  palomas,  más  blancas  que  la  nieve  no 
tocada :  todas  tres  la  invitan  á  seguir  sus  huellas  hacia  las  mansio- 
nes celestes,  y  Olalla  le  añade : 

37        Guarda  esta  palomba,  |  todo  lo  ál  olvida: 
Tú  vé  do  ella  fuere;  |  non  serás  decebida. 

Levantada  la  paloma  en  los  aires,  sígnela  Oria,  llegando  con  las 
otras  vírgenes  á  desusada  altura,  donde 

"Vieron  un  buen  árbol,  |  cimas  bien  compasadas, 

Que  de  diversas  flores  [  estauan  bien  pobladas. 
4 i        Verde  era  el  ramo  j  de  fojas  bien  cargado; 

Facía  sombra  sabrosa  [  et  logar  muy  temprado: 

Tenía  redor  el  tronco  [  marauilloso  prado; 

Mas  ualia  esso  solo  |  que  un  rico  regnado. 
45        Estas  quatro  doncellas,  |  ligeras  mas  que  viento, 

Ovieron  con  este  árbol  |  placer  et  pagamiento: 

Sobieron  en  el  árbol  |  todas  de  buen  taliento: 

Ca  auían  en  él  folgura,  |  en  él  grant  complimienlo. 
40        Estando  en  el  árbol  j  estas  duennas  contadas, 

Sus  palombas  en  manos,  |  alegres  et  pagadas 

Vidieron  en  el  cielo  j  finiestras  foradadas; 

Lumbres  salian  dellas,  |  de  dur  serian  contadas. 
47        Salieron  tres  personas  |  por  essas  aberturas, 

Cosas  eran  angélicas  |  con  blancas  vestiduras; 

Sendas  vergas  en  manos  j  de  preciosas  pinturas: 

Vinieron  contra  ellas  |  en  bumanas  figuras. 

Trasportadas  al  cielo  por  estos  cuatro  varones,  se  ofrece  á  vista 
de  Oria  el  maravilloso  espectáculo  de  aquella  corte,  que  se  rego- 
cija con  la  venida  de  essa  serraniella;  y  dejados  atrás  diferentes 
coros  de  sacerdotes,  calonges  y  obispos,  entre  los  cuales  reconoce 
algunos  virtuosos  prelados  de  Castilla,  fallecidos  en  su  tiempo, 
llega  al  de  las  vírgenes ,  quienes  saliendo  á  recibirla  de  vohmtat 
payada,  le  dan  testimonio  de  cordial  amor  y  alegría : 
67        El  coro  de  las  Virgines,  |  una  fermosa  az. 


2üi  HISTORIA    ClltTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÍÍOLA, 

niéronli  á  la  freyra  |  lodas  por  orden  paz; 
Dixéronli: — Contigo  |  mucho  [virgen]  nos  plaz: 
Para  en  esta  compaña  |  digna  eres  assaz. 
tíS        Eslo  por  nuestro  mérito  |  nos  non  lo  ganariemos; 
Esto  en  que  somos,  |  nos  non  lo  mere^iemos: 
Mas  el  nuestro  Esposo,  |  á  quien  voto  fieicmos, 
Fizónos  esta  gracia  [  porque  bien  lo  quisiemos. 

Después  de  saber  que  existe  en  aquel  feliz  coro  Urraca ,  su  maes- 
tra, cuya  voz  oye  á  lo  lejos,  sin  que  logre  descubrir  su  semblan- 
te, y  ya 

77        En  cabo  de  las  Vírgines,  |  toda  la  az  posada, 
Falló  muy  rica  siella  ]  de  oro,  bien  labrada; 
■  De  piedras  muy  preciosas  |  toda  engastonada: 
Mas  estaba  vacia  1  el  muy  bien  seellada. 


79        Una  duenna  fermossa,  |  de  edat  mancebiella, 
Voxmea  auia  nombre,  |  guardaua  esta  siella: 
Daría  por  tal  su  rcgno  |  el  rey  de  Castiella, 
El  seria  tal  mercado  |  que  seria  por  fabliella. 

91        Vistia  esta  manceba  |  preciosa  vestidura: 
Mas  preciosa  que  oro,  |  mas  que  la  seda  pura; 
Era  sobresennada  |  de  buena  escritura; 
Non  cubrió  ome  vivo  |  tan  rica  cobertura. 

Los  mártires  y  los  apóstoles,  cuya  corona  es  Jesús,  forman  las 
últimas  gerarquias  celestiales,  que  aparecen  á  vista  de  Oria;  pero 
fija  en  la  mente  de  esta  la  imagen  de  aquella  silla  de  admirable 
belleza,  que 

Como  rayos  de  el  sol  |  assi  relampagaba, 

pregunta  á  Voxmea  su  destino,  sabiendo  que  le  estaba  preparada 
[lOco  después  de  la  muerte.  Vivo  deseo  de  poseerla  desde  luego  se 
apodera  de  la  virgen  reclusa,  á  cuyos  oidos  llega  la  voz  del  Hace- 
dor Supremo,  anunciándole  que  aun  no  ha  sonado  para  ella  la 
hora  de  habitar  en  el  cielo.  Oria  despierta  en  aquel  punto : 

109        Abrió  ella  los  oios,  )  cató  en  derredor, 

Non  vido  á  las  mártires  |  ovo  muy  mal  sabor; 
Vídose  alongada  j  de  muy  grande  dulzor; 
Avia  muy  grande  cuyta  |  et  sobcio  dolor. 

Enojoso  creemos  el  multiplicar  los  pasajes ,  en  (juc  brilla  l;i 


II.  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  205 

musa  de  Berceo,  deleitándose  en  fantásticas  descripciones,  y  ma- 
nifestando que  si  logra  á  menudo  el  acierto,  no  es  menos  osten- 
sible la  lucha  entre  sus  facultades  poéticas  y  los  medios  que  el 
arte  podia  á  la  sazón  ministrarle,  según  queda  antes  advertido. 
Mas  tan  acostumbrado  estaba  á  este  género  de  pinturas,  que  aun 
al  bosquejar  las  escenas  de  la  vida  activa,  logra  sólo  animarlas 
con  la  intervención  sobrenatural  de  los  santos ,  obedeciendo  de 
esta  manera  al  principio  de  acción  que  servia  de  base  á  todas  sus 
producciones.  Los  cantores  del  Cid,  teniendo  por  objeto  principal 
las  proezas  de  este  héroe,  hablan  trazado  de  mano  maestra ,  con 
vigorosos  aunque  breves  rasgos,  los  terribles  combates,  en  que  el 
valor  de  los  castellanos  sacaba  triunfante  los  pendones  de  la  cruz 
sobre  las  enseñas  de  la  morisma :  Berceo,  que  á  pesar  de  verse 
obligado  á  emplear  en  sus  poemas  religiosos  el  lenguaje  bélico  de 
los  españoles  "•,  atendía  exclusivamente  á  ensalzar  las  virtudes  do 
los  santos,  somete  esas  mismas  hazañas  á  su  poderosa  é  incontras- 
table intercesión  en  mitad  de  las  lides,  siendo  estas  por  tanto  cosa 
secundaria  en  su  consideración,  lo  cual  no  puede  menos  de  tras- 
cender á  sus  versos.  Al  recordar  por  egemplo  en  la  Vida  de  San 
Millan  la  batalla  de  Simancas,  no  escribe  ya  como  cantaban  los 
yoglares  de  boca,  para  excitar  el  entusiasmo  de  la  muchedumbre , 
ni  para  elogiar  el  esfuerzo  de  don  Ramiro,  ni  para  traer  á  la  me- 
moria del  pueblo  castellano  el  indomable  heroísmo  de  Fernan- 
Gonzalez:  el  único  intento  que  le  mueve  es  recordar  cómo,  ayu- 
dado por  el  patrón  de  las  Españas ,  ovo  ganado  San  Millan  los 
votos,  que  hacian  tributarios  del  monasterio  de  Suso  gran  número 
de  pueblos  de  Castilla,  procurando  al  propio  tiempo  despertar  la 
devoción,  que  supone  algún  tanto  resfriada  2.  Asi  describe,  pues, 

i  Aunque  no  creemos  ser  los  primeros  en  hacer  esta  observación,  paréce- 
nos  conveniente  notar  que  Berceo  llama  el  adalU  caboso  á  Santo  Domingo  (co- 
pla 441),  diciendo  para  ponderar  la  muchedumbre  de  una  clase:  mesnadas  de 
clerecías  (copla  530),  fonsado  de  enfermos  (copla  537),  fonsudo  de  bispos  et 
abades  (copla  668),  y  apellidando  alferiz  del  Criador  á  San  Mig-uel  (copla  683); 
prueba  evidente  de  cuánto  podia  en  su  ánimo,  á  pesar  de  su  eruditismo,  la 
vida  real  del  pueblo  castellano. 

2    El  poeta  exclama: 

47'J        Si  eslos  votos  fueseu  |  Icialmonte  enviados. 


266  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

tan  memorable  suceso,  puestas  ya  las  haces  sarracenas  al  freiiLe  de 
las  cristianas,  y  adelantándose  contra  aquellas  el  rey  don  Ramiro 
á  la  cabeza  de  sus  leoneses : 

433        Moviéronse  las  huestes,  ¡  tovicron  sue  carrera 

Por  acorrer  al  rey,  |  ca  en  porfazo  era; 

Mas  quando  aplegó  |  la  punta  delantera, 

Ya  pisaban  los  reys  |  el  suelo  de  la  era. 
431        Ya  eran  en  el  campo  |  entramas  las  partidas, 

Avian  ambos  los  reys  |  mezcladas  las  feridas; 

Las  azes  de  los  moros  |  ya  eran  embaydas, 

Ca  la  ira  de  Xripsto  |  las  avie  confondidas. 

435  Sennores  et  amigos,  |  quantos  aqui  seedes, 
Si  escuchar  quisierdes  |  entenderlo  podedes 
Quál  acorro  lis  traxo  |  el  voto  que  sabedes, 

Et  Dios  como  lis  fizo  |  por  ello  sues  mercedes. 

436  Quando  estañan  en  campo  j  los  reys,  azes  paradas, 
Mezclauan  las  feridas,  |  las  lanzas  abaxadas; 
Temíense  los  cristianos  |  de  las  otras  mesnadas, 

Ca  eran  ellos  pocos,  |  et  ellas  mui  granadas. 

437  Mieutre  en  esta  dubda  |  sedíen  las  buenas  yentes, 
Asuso  contra  el  cielo  )  fueron  parando  mientes: 
Vieron  dues  personas  |  fermosaset  lucientes; 
Mucho  eran  mas  blancas  |  que  las  nieves  recientes. 

438  Viníen  en  dos  caballos  |  plus  blancos  que  cristal, 
Armas  quales  non  vio  |  nunqua  onie  mortal: 

El  uno  teníe  croza,  |  mitra  ponlilical. 
El  otro  una  cruz,  |  eme  non  vio  tal. 

439  Avíen  caras  angélicas,  |  celestial  figura; 
Descendíen  por  el  aer  |  á  una  gran  presura. 
Catando  á  los  moros  |  con  turva  catadura. 
Espadas  sobre  mano,  |  un  signo  de  pavura. 

Nótese  cómo  sólo  al  aparecer  Santiago  y  San  Millan,  cobra 
Berceo  la  brillantez  de  colorido  y  la  animación  que  su  entusiasmo 
religioso  comunicaba  (l  esta  manera  de  narraciones.  La  victoria  es 
debida  exclusivamente  á  la  intervención  de  los  santos : 

440  Los  christianos  con  esto  |  fueron  mas  esforzados; 
Fincaron  los  ynoios  |  en  tierra  apeados: 


Kilos   iaiictos  (ircriosos  |  serien  niivslros  pagadcis; 
Avrieiiios  pan  ¿  vino,  |  trinporulcs  teinprailns  ; 
-Non  irrinnios,  como  somos,  |  de  tristicia  menguados. 


II.      PARTE,    CAP.    V,    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.  VULG.    2G7 
Firíen  todos  los  pechos  |  con  los  puños  cerrados, 
Prometiendo  emienda  |  á  Dios  de  sus  peccados. 

441  Quando  cerca  de  tierra  [  fueron  los  caballeros, 
Dieron  entre  los  moros  |  dando  golpes  certeros; 
Ficieron  tal  domage  (  en  los  mas  delanteros 
Que  plegó  el  espanto  |  á  los  mas  postremeros. 

442  A  vuelta  destos  ambos  |  que  del  cielo  vinieron 
Aforzaron  chrislianos,  |  al  ferir  se  metieron: 
luraban  los  moriellos,  |  por  la  lei  que  prisieron. 
Que  nunqua  en  sos  dias  |  tal  priesa  non  ovieron. 

El  esfuerzo  de  leoneses  y  castellanos  desaparece  ante  la  protec- 
ción divina,  volviéndose  contra  los  soldados  de  Abd-er-Rahman 
las  mismas  flechas  que  lanzaban  sobre  sus  enemigos. — Berceo  no 
podia,  aun  bajo  este  punto  de  vista,  ser  más  consecuente  con  la 
creencia  por  él  abrigada,  punto  capital  en  que  insisten  todos  sus 
poemas.  Las  tradiciones  populares  que  logran  penetrar  en  ellos, 
á  pesar  de  la  resistencia  erudita,  les  comunican  sin  embargo  cierto 
interés  y  movimiento  que  se  propaga  á  la  exposición  literaria, 
conforme  vá  indicado  arriba.  Sucede  esto  en  los  milagros  que 
exornan  las  vidas  de  Santo  Domingo  y  San  Millan ,  y  más  princi- 
palmente en  los  de  Nuestra  Señora :  nacidos  casi  todos  entre  la 
muchedumbre,  son  breves  cuentos  ó  anécdotas,  donde  se  ha  re- 
cogido la  memoria  de  algún  singular  beneficio,  obtenido  por  la 
mediación  de  los  indicados  santos,  y  aparecen  en  consecuencia 
destinados  á  vivir  en  el  afecto  del  pueblo ,  perpetuándose  de  edad 
en  edad  con  notabilísimas  creces.  Semejante  privilegio  alcanza 
más  por  entero  á  los  3Iilagros  de  Nuestra  Señora,  madre  de 
amor  y  de  misericordia,  símbolo  de  piedad  constantemente  invo- 
cado por  un  pueblo  tan  religioso  como  el  español,  y  tierno  objeto 
de  aquel  reverente  cariño ,  cuya  interpretación  fué  confiada  á  la 
poesía  antes  y  después  de  existir  las  hablas  vulgares ,  según  en 
lugar  oportuno  dejamos  consignado  *. 

Y  no  sólo  trascienden  esas  piadosas  leyendas  á  los  demás  can- 
tores del  siglo  XIII,  de  lo  cual  nos  dá  el  Rey  Sabio  claro  testimo- 
nio en  su  libro  de  las  Cantigas ,  precioso  monumento  que  procu- 
raremos examinar  en  breve ;  sino  que  propagándose  á  los  siglos 

1     I.''  Parte,  cap.  XIV. 


268  lUSTÜRIA    CIÚTICA    UE    LA    LITi:ilATUUA    ESPAÑOLA. 

vouideros,  llegan  tambiou  á  nuestrus  días  [lara  dar  nuevo  aliento 
ú  la  musa  castellana  é  inspirar  algunas  de  sus  más  felices  produc- 
ciones al  máts  afortunado  narrador  de  nuestros  tiempos  '.  Pero  si 
no  pueden  menos  de  llamar  la  atención  por  el  "interés  de  las  tradi- 
ciones que  encierran,  mayor  es  todavía  la  importancia  de  estas 
devotas  anécdotas  respecto  de  la  forma  literaria  en  que  aparecen. 
Digno  es  de  observarse:  cada  uno  de  los  milagros  ya  de  Sanio 
Domingo,  ya  de  San  Millan,  ya  de  Nuestra  Señora,  es  como  un 
l>equeño  drama,  con  su  exposición,  nudo  y  desenlace,  si  bien  par- 
ticipando algo  del  apólogo  en  la  manera  de  exponei"  la  doctrina, 
lo  cual  parecía  ya  preludiar  la  nueva  ¡nlluencia  que  se  disponía  á 
recibir  la  literatura  vulgar,  acaudalándose  con  los  tesoros  de  las 
orientales.  La  forma  dramática,  que  es  por  cierto,  después  de  la 
narrativa,  la  que  más  caracteriza  al  arte  de  Berceo,  resalta  sin 
embargo  con  mayor  fuerza  y  claridad  en  el  Duelo  que  fizo  la  Yir- 
(jcn  María  el  día  de  la  passíon  de  su  fijo :  este  poema,  en  el  cual 
uü  lian  podido  menos  de  reconocer  los  críticos  que  más  ligera- 
mente han  juzgado  al  cantor  de  los  santos,  grande  sencillez  y  ter- 
nura, es  un  verdadero  Coloquio,  donde  á  los  ruegos  de  San  Ber- 
nardo aparece  la  Virgen  para  manifestarle  cuan  grande  fué  su 
amargura  en  la  pasión  del  Salvador,  y  más  principalmente  al  pié 
de  la  cruz,  desde  la  cual  toma  el  mismo  Cristo  parte  en  el  diálo- 
go. Sólo  la  invocación,  el  final  y  algunas  estrofas  ó  versos  inter- 
medios revelan  la  presencia  del  poeta,  quien  al  bosquejar  tan 
interesante  cuadro,  nos  dá  sin  duda  próxima  idea  de  lo  que  fue- 
ron en  su  tiempo  y  siglos  adelante  las  escenas  y  el  lenguaje  de 
los  misterios,  representados  por  los  ministros  del  altar,  para  so- 
lemnizar las  festividades  de  la  Iglesia. 


■1  Cuando  examinemos  las  Cantigas  del  Rey  Sabio,  fijaremos  las  semejan- 
zas y  puntos  de  contacto  que  tienen  con  los  Milagros  de  Nuestra  Señora;  pero 
sin  perjuicio  de  ir  reconociendo  el  itinerario  de  estas  piadosas  leyendas  hasta 
nuestros  dias,  citaremos  ariiií  las  dos  que  en  las  obras  de  don  José  Zorrilla 
llevan  por  título:  Margarita  la  tornera  y  Á  buen  Juez  mejor  testigo.  Son  d  II  y 
el  XXIII  de  los  Milagros,  en  que  ostentó  Berceo,  tal  vez  mas  que  en  los  res- 
tantes, sus  dotes  de  narrador.  Las  leyendas  de  Zorrilla  son  admirables  bajo 
este  punto. 


11.^    PAn-TE,    CAP.    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    PGES.    VULG.    200 

73  Ai!  fiio  querido  !  sennor  de  los  sennores!... 
lo  ando  dolorida,  |  tú  padeces  los  dolores; 
Dante  malos  servicios  |  vasallos  traydores; 
Tú  sufres  el  lacerio,  |  io  los  malos  sabores. 

74  Fiio,  el  mi  querido  |  de  piedat  granada, 
Porqué  es  la  tu  madre  |  de  tí  desmamparada?... 
Si  levarme  quisiesses,  |  sería  tu  pagada: 

Que  fincaré  sin  tí  ]  non  bien  acompannada. 

75  Fiio,  cerca  de  tí  |  querría  yo  finar; 
Non  querría  al  sieglo  |  sin  mi  fiio  tornar: 
Fiio,  sennor,  et  padre,  1  denna  de  mi  catar: 
Fiio  ruego  de  madre  |  nol'  deue  refusar. 

70        Fiio,  dulz  et  sombroso  [  tiemplo  de  caridat, 
Arcba  de  sapiencia,  |  fuente  de  piedat, 
Non  dcxes  á  tu  madre  |  en  tal  soc'iedat, 
Qua  non  saben  conoscer  j  messura  nin  bondat. 


78  Fiio,  siempre  oviemos  |  io  et  tú  una  vida; 
lo  á  tí  quissi  mucbo  1  et  fui  de  tí  querida: 
lo  siempre  te  crey  |  et  fui  de  tí  creyda; 

La  tu  piadat  larga  |  agora  me  oblida!... 

79  Fiio,  non  me  oblides  |  et  liévame  contigo: 
Non  me  finca  en  sieglo  |  mas  de  un  buen  amigo; 
Juan  qu'  m'  dieste  por  fiio,  |  aquí  plora  conmigo: 
Ruégote  qu'  m'  condones  |  esto  que  yo  te  digo. 

81  (Recudió  el  Sennor  \  dixo  palabras  tales): 
Madre,  mucho  me  duelo  ]  de  los  tus  grandes  males; 
Muévenme  [las]  tus  lágrimas  |  los  tus  dichos  capdales: 
Mas  me  amarga  esso  |  que  los  colpes  mortales. 

82  Madre,  bien  te  lo  dixí,  |  mas  aslo  oblidado; 
Tuélletelo  el  duelo  |  que  es  grant  et  pessado, 
Porque  fui  del  Padre  |  del  Qielo  enuiado. 
Por  recibir  martyrío,  |  seer  crucifigado. 


Así  concebia  la  devoción  del  siglo  XIII  el  dolor  de  la  Yírgen  y 
los  últimos  instantes  de  su  Hijo.  El  Duelo  termina  con  una  plega- 
ria, llena  de  fé  y  de  amor,  donde  invocando  el  poeta  la  protección 
de  la  reina  de  gloria,  desplega  cierto  movimiento' lírico,  no  dese- 
mejante del  que  ostentan  los  tres  himnos  anteriormente  citados. 
Verdad  es  que  en  todos  los  poemas,  debidos  al  clérigo  de  Berceo, 
existen  oraciones,  plegarias  y  apostrofes,  en  los  cuales  resalta  vi- 


270  HISTORIA   crítica    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

vamenle  el  espíritu  especial  do  la  oda  '.  Pero  esta  circunstancia, 
que  niiis  que  en  otra  alguna  de  las  obras  de  que  tratamos,  se  cum- 
ple en  los  Loores  de  Nuestra  Señora,  era  más  bien  hija  del  es- 
tado en  que  el  arte  se  encontraba  (jue  del  intento  deliberado  del 
poeta.  Leyes  común  á  todas  las  literaturas  modernas,  á  excepción 
de  la  provenzal,  en  que  las  circunstancias  artificiales  que  rodean 
á  los  trovadores ,  dan  en  breve  á  la  poesía  propio  y  determinado 
carácter:  aspirando  todas  á  reflejar  en  conjunto  la  cultura  inci- 
piente de  los  pueblos,  adoptan  generalmente  tras  la  forma  fugaz  do 
los  cantos  meramente  populares,  la  forma  heróico-narrativa ,  y  sin 
tiempo  ni  criterio  para  definir  ni  analizar,  acopian  y  reúnen  en  un 
solo  cuadro  todos  los  géneros  que  existen  todavía  en  germen,  re- 
produciendo así  el  antiguo  fenómeno  de  las  primitivas  epopeyas. 
Tal  habia  sucedido  con  los  primeros  monumentos  escritos  de  la 
poesía  castellana:  semejante  á  un  inmenso  y  clarísimo  lago,  de 
donde  en  momento  dado  se  desprenden  caudalosos  rios  que  van  á 
fecundar  extendidas  y  risueñas  comarcas,  entraña  al  par  la  oda, 
la  epopeya  y  el  drama,  conforme  han  podido  ya  notar  los  discre- 
tos lectores,  al  juzgar  los  poemas  que  tienen  por  héroe  al  debelador 
de  Valencia.  Cuando  Berceo  acomete  ó  coadyuva  á  la  empresa  de 
convertir  el  arte  popular  en  arte  erudito,  no  era  otro  en  verdad 
el  caí-ácter  de  aquellos  cantos ,  viéndose  obligado  á  someterse  á 
esta  condición  suprema,  que  se  cumplía  al  mismo  tiempo  en  las 
producciones  de  la  literatura  latino-eclesiástica,  para  ser  conse- 
cuente al  estado  de  la  cultura  general  de  la  sociedad,  en  que  vive 
y  de  la  clase  privilegiada,  á  que  pertenecía.  Así  pues  al  presentar 
repetidas  veces  esos  arranques  realmente  líricos ,  que  matizando 
narraciones  y  descripciones,  alternan  en  sus  poemas  con  las  situa- 


1  Esta  circunstancia  se  cumple  muy  principalmente  en  las  oraciones,  que 
ya  pone  Berceo  en  boca  de  sus  héroes,  ya  en  la  suya  propia;  oraciones,  que 
son  por  lo  común  verdaderos  himnos.  Muchas  pudiéramos  citar:  nos  contrae- 
remos á  las  dirigidas  por  él  á  Santo  Domingo  (copla  761  y  siguientes  de  su 
Vida),  á  la  Virgen  (copla  204  y  siguientes  de  los  Loores),  y  á  la  pronunciada 
por  el  pueblo  en  el  milagro  XIX  de  Nuestra  Señora  (copla 4o3).  La  última  nos 
recuerda  sobre  todo  la  que  atribuye  el  cantor  del  Cid  á  doña  Jimena,  cuando 
sale  Ruy  Diaz  desterrado,  plegaria  que  llamó  ya  nuestra  atención  en  el  capí- 
tulo JIl  de  esta  II. "  Parte. 


II.*  PARTE,  CAP.  V.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  27J 

ciones  dfaináticas,  ya  sin  dialogar,  ya  dialogadas,  no  habia  me- 
nester hacer  extraordinarios  esfuerzos ,  llevado  únicamente  de  su 
instinto  poético ,  lauro  que  sin  razón  ni  fundamento  han  osado 
negarle  sus  mismos  encomiadores  *. 


i  Notable  es  que  hombres  de  tanto  juicio  como  Sánchez  nieguen  á  Bercco 
el  título  de  vate,  «porque  la  mitología,  que  es  como  el  más  esencial  adorno 
y  el  axuar  más  indispensable  de  un  poeta...  eslá  del  todo  desterrada  de  sus 
poesías  ,  que  son  puramente  históricas,  místicas  y  sagradas»  (pról.  al 
tomo  III  de  la  Colección).  Pero,  ¿qué  necesidad  (preguntaremos)  tenia 
Berceo,  en  medio  de  un  siglo  altamente  cristiano,  de  la  mitología  greco- 
latina,  ni  con  qué  objeto  habia  de  emplearla?  Aunque  poeta  erudito,  contaba 
con  recursos  de  más  subido  precio  para  sus  obras:  hallaba  admitidas  en  las 
leyendas  sagradas  los  sueños,  las  visiones,  los  sucesos  sobrenaturales,  las  pro- 
fecías, los  éxtasis,  y  empleó  á  veces  esta  riquísima  máquina  del  arte  cristiano 
con  brillantez  y  oportunidad,  mereciendo  entonces  el  lauro  délas  musas.  Más 
acertado  que  Sánchez,  á  quien  extravió  en  esta  parte  el  estéril  exclusivismo 
de  su  época,  se  mostraba  sin  duda  el  autor  del  elogio  de  Berceo,  cuando  alu- 
diendo acaso  á  los  poemas  heroicos,  en  que  se  celebraban  asuntos  de  la  anti- 
güedad, decía: 

39  Los  ioglares  christianos  que  pora  fer  sues  prosas^ 
Demandan  el  acorro  á  deidades  mintrosas, 
Seineian  paganismo,   que  ora  dioses  el  diosas 

Et  precia   más  follias  que  verdades  feruiosas. 

40  Estos  malos  ioglares  tienen  á  Dios  grant  tuerto; 
Van  por   camin  errado,  errado  que  non  cierto, 
Dcxan  por  las  deidades  al  que  fó  por  nos  muerto! 
Merescen  los  átales  colgar  en  un  veluerto. 

Ni  aprovecha,  para  negarle  el  título  de  poeta,  recordar,  como  lo  hace 
Mr.  Adolfo  Puibusque  {Hist.  des  Lili.  comp.  tomo  I,  pág.  376),  que  Berceo  se 
apellide  simplemente  versificador,  cuando  dice  (Vida  de  Santa  Oria,  co- 
pla 184): 

Gonzalo  li  dixeron  al  Tersificador; 

porque  esta  palabra  designaba  entonces  y  siguió  designando  algún  tiempo 
adelante  al  verdadero  poeta.  Aquella  manera  de  confesión  nada  significa  en 
cuanto  á  la  cuestión  suscitada  por  Sánchez:  también  se  llamó  Berceo  juglar 
cuando  dijo  en  la  Vida  de  Santo  Domingo  (copla  775): 

Ca  ovi  grand  laliento  de  seer  tn  ioglar; 

y  sin  embargo,  abundan  en  sus  poemas  los  pasajes  en  que  declara  que  es  todo 
lo  contrario.  El  título  de  poeta  ha  de  salir  del  fondo  de  sus  obras;  y  cuando 
comparadas  con  las  que  le  sirven  de  pauta  histórica,  se  advierte  que  accidea- 


272  HISTORIA   CntTICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Mostraba  efectivamente  (ionzalo  de  IkM'ceo  en  esa  triple  mani- 
festación (Je  la  forma  poética  que ,  por  más  contradictoria  que 
fuese  su  situación,  luchando  entre  el  respeto  que  le  inspiraba  la 
tradición  clerical  y  el  deseo  de  ser  entendido  de  (oda  la  (jent ,  no 
sólo  era  digno  de  estima,  considerado  con  relación  íi  la  historia 
del  arte  y  al  sentimiento  religioso  de  aquellos  días,  sino  que  me- 
recia  también  atraer  sobre  sí  las  miradas  de  la  crítica,  como  culti- 
vador de  las  musas,  que  tenian  por  instrumento  de  sus  inspira- 
ciones el  habla  castellana, — Pero  la  misma  lengua  vulgar,  al  ser 
adoptada  por  los  eruditos,  habia  cambiado  también  su  fisonomía, 
según  por  punto  general  advertimos  y  conviene  aquí  notar  con 
mayor  detenimiento.  Siguiendo  el  impulso  de  los  estudios,  em- 
pleada por  hombres  para  quienes  no  eran  del  todo  peregrinos  sus 
orígenes,  é  intérprete  de  obras  escritas  primitivamente  en  el  latín 
de  la  Iglesia,  natural  parecía  que  difiriese  de  la  hablada  y  usada 
en  sus  cantares  por  la  ignorante  muchedumbre,  como  se  difej'en- 
ciaban  ya  de  estos  las  producciones  de  los  doctos.  Y  en  ninguna 
parte  se  comprueba  esta  verdad  histórica  con  mayor  exactitud  que 
en  los  poemas  de  Berceo:  dicción,  frase,  locución,  todo  se  modi- 
fica, amolda  y  acaudala  en  este  poeta  conforme  á  las  leyes  de  la 
lengua  latina,  ensanchando  visiblemente  las  esferas  de  la  castella- 
na, y  dándole  una  flexibiüdad,  abundancia  y  elevación,  deque  antes 
no  habia  podido  hacer  gala  *.  Sin  duda  esta  innovación  tan  clara 


tes,  formas  y  sentimientos  reciben  dó  sus  manos  nueva  vida,  á  pesar  de  su 
propósito  de  extremada  fidelidad,  no  hay  coociencia  para  negarle  el  galardón 
que  nosotros  le  concedemos,  bien  que  sólo  bajo  el  punto  de  vista  y  con  las 
condiciones  indicadas  en  este  capítulo. 

•1  Poco  estudio  se  há  menester  para  dejar  comprobada  esta  observación, 
cuando  en  nuestra  historia  literaria  se  reproduce  con  frecuencia  semejante 
fenómeno,  no  teniendo  época  alguna  de  esplendor  la  lengua  castellana,  sin 
que  venga  a  fecundarla  en  todo  ó  en  parle  el  estudio  de  la  latina.  Sin  embar- 
go, es  sensible  que  por  no  haberse  detenido  á  examinar  bajo  este  punto  las 
obras  de  Berceo,  se  haya  dado  margen  al  error  de  suponerlas  anteriores  al 
Poema  del  Cid,  donde  no  resallan  con  tanta  abundancia  y  claridad  los  latinis- 
mos. (Jue  Berceo  aspiró  á  escribir  (y  se  preciaba  de  ello)  en  un  lenguaje  que  no 
era  simplemente  el  de  la  muchedumbre,  lo  prueba  demás  del  número  crecido 
de  voces  que  modula  sobre  las  latinas,  tales  como  qui  por  quien,  lis  por  ¡es, 
esli  por  este,  secundo  por  según,  diclt  por  decid,  jnisi  do  pressi,  frido  por  frió, 


II.     PARTE,    CAP»    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE   LA    POESt    VULG.  273 

y  palpable,  bien  que  no  reconocida  todavía  por  los  críticos,  te- 
niendo no  escaso  interés  en  la  historia  de  nuestra  misma  lengua, 
debia  ser  de  gran  provecho  para  la  expresión  poética ;  lo  cual  se 
confirma  con  no  menor  evidencia,  cuando  se  repara  en  las  muchas 
bellezas  parciales  que  el  clérigo  de  Berceo  derrama  en  todas  sus 
composiciones,  ya  sembrándolas  de  oportunos  símiles,  ya  de  gra- 
ves sentencias,  ya  en  fm  de  naturales  antitesis  ó  graciosas  traspo- 
siciones. De  esta  manera,  mientras  el  cantor  de  los  santos  y  los 
demás  poetas  que  siguen  su  egemplo  en  la  primera  mitad  del  si- 
glo XIII,  acuden  á  las  principales  fuentes  de  la  lengua  patria  para 
refrescarla ,  multiplicar  sus  tesoros  y  legitimar  hasta  cierto  punto 
su  cultivo,  logran  darle  la  estimación  y  el  carácter  de  lengua  lite- 
raria, que  no  le  habia  sido  posible  recibir  hasta  entonces  de  los 
cantores  populares.  Galardón  es  este  que  nadie  se  atreverá  á  dis- 
putar con  fundamento  á  Gonzalo  do  Berceo,  á  quien  tampoco  es 
lícito  negar  la  gloria  que  debe  corresponderle  como  reformador, 
ó  mejor  dicho,  perfeccionador  de  las  formas  artísticas,  sujetando 
metro  y  rima  á  las  leyes  de  la  quaderna  via ,  tan  celebrada  por 
los  discretos  en  todo  el  indicado  siglo  y  buena  parte  del  siguiente  ^. 
Poniendo  ya  fln  al  estudio  del  primer  poeta  castellano  que  me- 
rece el  nombre  de  erudito,  cúmplenos  consignar  que  ora  conside- 
rándole bajo  el  aspecto  filosófico,  ora  bajo  el  meramente  Hterario, 
autoriza  y  confirma  con  sus  obras  cuantas  observaciones  generales 
hicimos  en  el  ingreso  de  este  capítulo,  para  explicar  cómo  se  co- 
munica á  las  letras  vulgares,  imprimiéndoles  nuevo  sello,  el  mo- 
vimiento extraordinario  que  desde  fines  del  siglo  XII  ofrecía  la 


fecisti  T^OT  feciste,   quisque  T^or  cada  uno,  etc.,  la  declaración  que  él  mismo 
hace  en  el  Milagro  XIV  de  Nuestra  Señora  (copla  321),  diciendo: 

Colgaba  delant  della  |  un  buen  aventadero: 
En  el  seglar  ¡enguate  \  dicinli  moscadero. 

El  clérigo  de  Berceo  no  escribía  pues  en  el  seglar  lenguage,  sino  en  el  de  cle~ 
recia:  de  modo  que  cuando  leemos  que  pone  la  Yida  de  San  Lorenzo  (copla  1.*) 

En  romaz  que  la  pueda  |  saber  toda  la  gent 

se  ha  de  entender  toda  la  gente  que,  sabiendo  leer,  comprendía  el  lenguage  de 
clerécia,  no  el  mero  vulgo, 

1     Véase  la  Ilustración  IV.*  de  la  I.*  Parte. 

TOMO  m.  18 


274  mSTÚKI.V    CUlTlCA    DE    L.V    LITEiíATUIÍA    ESPAÑOLA. 

civilización  española.  Operándose  la  peregrina  trasformacion,  que 
hemos  procurado  reconocer  en  todas  sus  partes,  dentro  del  círculo 
de  la  poesía  religiosa,  como  más  cercano  á  la  clase  privilegiada 
que  la  realiza ,  no  por  esto  se  ha  libertado  Bcrceo  de  las  inconse- 
cuencias, contradicciones  y  aun  errores  que  Iraia  consigo  tan  úrdua 
empresa,  encaminada  d  hermanar  y  fundir  en  un  mismo  crisol 
desemejantes,  ya  que  no  contrarios,  elementos.  La  lucha  que  este 
empeño  produce  entre  el  anhelo  de  la  ciencia  y  la  necesidad  de 
conllevar  los  instintos  y  preocupaciones  generales  ' ,  no  puede  es- 


1  Para  que  comprendamos  cómo  se  van  propagando  de  edad  en  eda.1  los 
errores  heredados  de  remolos  tiempos,  será  bien  que  en  las  mismas  obras  del 
cantor  de  la  virtud  reconozcamos  la  fuerza  que  en  el  siglo  XIII  tcnian  entre  la 
muchedumbre  los  agüeros,  sortilegios  y  encantamientos.  Hablando  en  la  Vida 
de  Santo  Domingo  de  un  ladrón  que  robaba  las  mieses  a  sus  vecinos,  escribe 
(copla  420): 

Si  por  su  auzc  mala  |  lo  pudiesEen  tomar» 
Por  avcr  inoncilajo  |  non  podrie   escapar. 

"Narrando  más  adelante  la  enfermedad  incurable  de  tres  mujeres,  sanadas  por 
el  santo,  exclama  (copla  640): 

Guarir  non  las  pudieron  |  ningunas  maestrias, 
Nin  cartas,  nin  escantos,  nin  otras  eresias. 

Al  referir  el  mal  efecto  de  una  entrada  hecha  por  ciertos  cristianos  en  tierra 
de  moros,  observa  (copla  701): 

Mas  non  foron  guiados  de  sabio  aaorero. 

Numerando  en  los  Loores  de  la  Virgen  las  excelencias  del  domingo ,  dice 
aludiendo  á  la  festividad  judaica  (copla  10o): 

Vaia  dormir  el  sábbado,  ca  ya  j-crdió  el  fado. 

Tratando  de  pintar  en  los  Milagros  de  la  Virgen  á  un  judio,  detestable  por 
sus  malas  artes,  dice  (copla  722): 

Era  el  trufan  falsso,  |  pleno  de  malos  viQíos, 
Sabie  encantamientos  |  ct  otros  raalefi(ios, 
Facie  el  malo  cercos  |  et  otros   artifiQios: 
Bclcebnd  lo  guiaua  [  en  todos  sus  ofiQios. 

Finalmente  (y  este  pasaje  es  el  más  importante  de  lodos)  en  la  Vida  de 
Santa  Oria,  cuando  subida  esta  al  cielo,  desea  en  vano  permanecer  en  aquella 
morada,  pone  Bcrceo  en  boca  de  Dios  estas  palabras,  con  que  procura  consolar 
á  la  predilecta  rcclusa  (copla  lOo): 

Con  lo  que  has  lazrcdo  |  gnnnsli  el   mi  amor; 


Il/   PARTE,    CAP.    V.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA   POES.    VULG.    27o 

tar  más  clara  en  los  poemas  del  cantor  de  los  santos,  anulando  á 
veces  sus  más  estimables  dotes  poéticas.  De  esa  lucha  ha  salido 
triunfante  sin  embargo,  y  en  gran  manera  robustecido,  el  senti- 
miento religioso ,  que  era  una  de  las  bases  capitales  en  que  estri- 
baba el  edificio  de  la  poesía  castellana  y  la  fuente  única  de  las 
inspiraciones  de  Berceo,  mientras  cobraban  en  ella  las  formas  ex- 
teriores nueva  fuerza  y  brillo,  enriqueciéndose,  regularizándose  y 
logrando  la  perfección  posible  en  aquellos  tiempos. — No  es  fácil  ni 
discreto  el  determinar  si  esta  revolución  literaria  fué  en  sentido 
absoluto  favorable  ó  adversa  á  la  musa  de  Castilla ;  pero  sí  debe- 
mos dejar  sentado  que,  al  consumarse  semejante  divorcio  entre 
doctos  y  populares ,  perdió  ya  la  poesía  vulgar  de  su  primitiva  y 
ruda  energía  cuanto  hubo  de  ganar  en  perfección  externa,  some- 
tiéndose la  erudita  á  una  ley  superior,  que  tiene  cumplimiento  en 
cada  una  de  las  épocas  en  que  el  expresado  fenómeno  se  repro- 
duce. Porque  á  medida  que  el  arte  ensancha  la  esfera  de  sus 
conquistas,  á  medida  que  adquiere  nuevos  trofeos,  traídos  de  otras 
literaturas,  vá  perdiendo  su  originalidad  y  genuino  carácter,  ha- 
ciéndose verdaderamente  cosmopolita.  Los  poetas  que  bajo  el 
aspecto  épico-heróico  segundan  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIII 
el  movimiento  abanderado  en  Berceo  ^  no  pueden  sin  embargo 


Quitar  non  te  lo  puede  |  ni'nguiid  cscantador. 

Recuérdese  lo  que  observamos  en  el  capítulo  III  de  este  volumen,  pági- 
na 141,  y  no  se  olvide  cuanto  en  el  X  de  la  I.*  Parte  advertimos. 

1  Casi  todos  los  que  desde  1780  han  tratado  de  literatura  española,  tanto 
dentro  como  fuera  de  España,  mencionan  á  Berceo;  y  antes  de  la  publicación 
de  Sánchez  le  habían  citado  con  elogio,  demás  de  los  escritores  ya  indicados 
arriba  y  otros  de  menos  valer,  fray  Juan  de  Castro  en  su  Glorioso  Taumatur- 
go español  [Mcidrid,  1688],  donde  pone  algunos  fragmentos  de  la  Vida.de 
Santo  Domingo,  fray  Sebastian  de  Vergara,  que  la  dio  á  luz  entera  en  su  Vida 
y  milagros  de  Santo  Domingo  Manso  [Madrid  1736];  y  el  celebrado  Sarmiento 
en  sus  Memorias  (núm.  572,  etc.),  llamó  la  atención  de  los  literatos  sobre  las 
producciones  del  clérigo  don  Gonzalo,  á  quien  tuvo  por  benedictino.  La  cele- 
bridad de  Berceo  es  por  tanto  considerable  en  la  república  de  las  letras;  y  sin 
embargo  nadie  se  habia  parado  á  estudiarle  bajo  el  punto  de  vista  de  la  eru- 
dición, del  arte,  de  las  creencias  y  de  las  costumbres.  Causa  ha  sido  esta  omi- 
sión y  descuido  de  los  doctos  de  que  hayamos  necesitado  detenernos  en  su 
examen  tal  vez  más  de  lo  que  en  gtro  caso  fuera  conveniente,  bien  que  abre- 


276  HISTORIA   CRÍTICA   DE    LA    LITERATURA    ESPA>Í0LA. 

sustraerse  á,  la  fuerza  do  actualidad  que  domina  en  el  suelo  es- 
pañol á  todo  elemento  extraño,  ofreciendo  por  tanto  no  escaso 
interés  el  examen  de  sus  obras. 
Pasemos  á  este  importante  estudio. 

viando  en  lo  posible  el  estudio  que  de  sus  obras  teníamos  formado.  Pero  si 
por  ventura  hubiéremos  logrado  el  acierto,  dando  á  conocer  con  la  claridad 
que  anhelamos,  la  trasformacion  artística  que  el  clérigo  de  feerceo  representa, 
sobre  dar  por  bien  empleadas  nuestras  vigilias,  estamos  seguros  de  obtener  la 
indulgencia  de  los  hombres  ilustrados. 


CAPITULO  VI. 

nmm  uonu^eüios  groditos  de  u  poesíí  \m\h 


Poesía  heróico-erudita. — Errores  de  la  crítica  al  juzgarla. — Poemas  coe- 
táneos de  Berceo. — Los  libros  de  ApoUonio  y  de  Alexandre:  su  antigüedad 
respectiva.— Fuentes  literarias  del  libro  de  ApoUonio. — Modificación  de  las 
mismas  por  el  sentimiento  nacional. — Examen  y  exposición  de  este  poe- 
ma.^— Su  juicio. — Su  influencia  en  las  literaturas  modernas. — Episodio  y 
carácter  de  Tarsiana. — Caracteres  de  Apolonio  y  su  esposa. — ^nchitras- 
tes  y  Antinágoras. — El  poema  de  Alexandre. — Su  representación  entre  los 
doctos. — Su  autor. — División  y  análisis  de  este  monumento. — Situación 
del  poeta.— Carácter  de  Alejandro. — Sus  analogias  con  los  héroes  castella- 
nos.—Carácter  de  Darío. — Dotes  poéticas  que  en  el  poema  se  revelan. — 
Pasajes  y  rasgos  notables  del  mismo. — Observaciones  generales  sobre  el 
estado  de  la  lengua  castellana  en  esta  edad. 


Jlíscritores,  cuya  erudición  es  generalmente  aplaudida,  y  cuyo  ta- 
lento honra  sobremanera  al  nombre  español,  tienen  por  extraor- 
dinario fenómeno  que  en  el  siglo  XIII,  siglo  de  grandes  victorias 
para  las  armas  cristianas  y  de  irreparables  quiebras  para  la  mo- 
risma, hallen  acogida  entre  las  musas  de  Castilla  otros  pensa- 
mientos que  los  inspirados  por  la  guerra,  y  se  presten  estas  á 
celebrar  otros  héroes  que  los  nacidos  en  nuestro  suelo  y  acla- 
mados por  nuestros  mayores.  Admíranse  también,  no  sin  que 
alguna  vez  asome  á  sus  labios  desdeñosa  sonrisa,  de  que  traídas 


27S  HISTOniA    CUlTICA    Dli    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

ya  íi  nuestra  patria  esas  historias  peregrinas,  imperen  en  ellas  las 
costumbres  y  aun  las  creencias  de  los  castellanos;  y  sin  reparar 
en  lo  que  realmente  significan  en  la  de  nuestra  cultura,  acusan 
de  ignorancia  á  sus  autores  y  las  condenan  fifnalmente  al  despre- 
cio. Pudo  esta  manera  de  critica  tener  explicación,  ya  que  no 
cumplida  disculpa,  en  la  segunda  mitad  del  siglo  pasado,  en  que 
llegó  á  pedirse  al  arte  de  la  edad  media,  cuyo  carácter  y  condi- 
ciones de  existencia  eran  desconocidos,  los  mismos  frutos  que 
hubiera  de  producir,  ya  más  desarrollado  y  dotado  de  larga  ex- 
periencia. Mas  cuando,  abandonado  felizmente  el  camino  que  así 
conducia  á  la  negación  de  la  historia  de  nuestra  cultura,  fijamos 
nuestras  miradas  en  el  prodigioso  impulso  que  esta  recibe  en  los 
primeros  años  del  expresado  siglo;  cuando  examinamos,  en  la  forma 
que  lo  hicimos  en  el  capítulo  anterior,  las  causas  que  produjeron 
la  primera  trasformacion  de  la  poesía  vulgar;  y  cuando,  finalnjen- 
te,  advertimos  que  ese  importante  cambio  se  opera  primero  en  el 
terreno  de  la  poesía  religiosa,  guia  y  maestra  de  las  vulgares;  ni 
tenemos  á  maravilla  que  la  musa  de  los  doctos  busque  sus  inspi- 
raciones y  sus  héroes  fuera  de  la  guerra  y  de  la  Península  Ibé- 
rica, luego  que  ambiciona  el  lauro  de  la  epopeya,  ni  nos  sorpren- 
de tampoco  que  refleje  poderosamente  en  sus  cantos  las  costum- 
bres, los  sentimientos  y  las  creencias  de  nuestros  abuelos,  siendo 
para  nosotros  uno  y  otro  hecho  consecuencia  inevitable  de  la  ex- 
traordinaria situación,  en  que  las  letras  se  encontraban.  El  es- 
tudio de  esos  monumentos  no  traerá  pues  á  nuestros  labios  la 
sonrisa  del  menosprecio:  confirmación  de  cuantas  observaciones 
dejamos  expuestas,  nos. pondrá  por  el  contrario  muy  de  relieve 
todas  las  conquistas  y  preseas,  todos  los  errores  y  extravíos  de 
aquel  arte,  que  dominado  por  los  elementos  que  tenían  vida  pro- 
pia y  enérgica  representación  en  el  suelo  de  Castilla,  no  podia 
menos  de  reflejarlos  en  sus  obras. 

Dos  de  las  más  importantes  que  han  salvado  el  olvido  de  los 
tiempos,  son  indubitadamente  los  poemas  de  Apollonio  y  de  Ale- 
xandre:  coetáneos  ambos  de  las  obras  de  Berceo,  á  quien  fué  el 
segundo  atribuido  por  alguno  de  nuestros  historiadores  ^,  des- 

1     Esla  ¡dea  fué  apuntada  primero  por  cl  cistcrciciisc  fray  Francisco  Bi- 


11.^  PAUTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  EKUD.  DE  LA  POES.  VÜLG.  279 

piertan  la  atención  de  la  crítica,  asi  por  su  extraordinaria  exten- 
sión, el  carácter  y  calidad  de  sus  héroes,  como  por  los  medios 
artísticos  en  ellos  empleados.  Difícil  es  á  la  verdad  el  resolver 
con  acierto  cuál  de  estas  dos  producciones  hubo  de  aparecer  pri- 
mero en  la  república  literaria,  bien  que  no  escasean  las  razones 
para  creer  que  precedió  el  libro  de  Apollonio  al  poema  de  Ale- 
xandre,  por  más  que,  llevada  acaso  de  las  palabras  del  célebre 
marqués  de  Santillana,  haya  asentado  una  corporación  respetable 
que  era  este  anterior  al  siglo  XIII  *.  Muévenos  en  primer  lugar  á 
exponer  la  opinión  indicada  la  declaración  que  hace  el  mismo  au- 
tor :del  libro  de  Apollonio  en  la  breve  invocación,  con  que  dá 
principio  á  su  obra,  diciendo: 

\     En  el  nombre  de  Dios  1  et  de  Sánela  Maria, 
Si  ellos  rae  guiassen,  |  estudiar  quería 
Conponer  un  romance,  \  de  nueva  maestría, 
Del  l)uen  i'ey  Apollonio  |  et  de  su  cortesía. 

Comparada  esta  copla,  en  su  extructura  métrica  y  rímica,  con 
las  de  Gonzalo  de  Berceo;  reconocido  el  propósito  de  escribir  en 
el  mismo  lenguaje  adoptado  ya  por  los  eruditos,  que  no  otra  cosa 
significa  la  frase  quería  componer  un  romance  ^,  y  reparando  por 


var  {Coment.  de  Marco  Máximo,  pág.  336),  y  recibida  después  por  el  benedic- 
liao  Sarmiento  {Mem.  para  la  hist.  de  la  poesía,  núm.  558);  pero  sólo  para 
que  no  se  teng-a  por  desconocida,  puede  ya  mencionarse  en  la  histoi-ia  lite- 
raria. 

1  El  referido  magnate  decia  en  su  Carta  al  Condestable:  aEnlre  nosotros 
»usóse  primeramente  el  metro  en  assaz  formas:  asy  como  el  Libro  de  Alexan- 
ndre»,  etc.  (Núm.  XIV). — Estas  palabras,  y  el  hallar  en  los  Comentarios  de 
Bivar,  citados  arriba,  que  en  1651  era  dicho  poema  «tantaé  antiquitatis  ut 
quing-entos  anuos  exaratura,  quot  quot  eum  viderint,  credant»  (eodem  lo- 
co), fué  sin  duda  causa  de  que  la  Real  Academia  de  la  Lengua  le  colocara 
en  su  Catálogo  de  autoridades  íxniQs  del  aiío  120!)  [Dice,  déla  leng.  cast.,  ed. 
de  1726,  pág.  LXXXIX). 

2  No  lo  creyó  así  el  docto  señor  Pidal,  primer  editor  de  este  poema:  «£1 
))libro  de  Apollonio  (dice)  es  un  Romance,  como  el  mismo  autor  le  llama,  de 
«pura  invención»  (Introd.  al  mismo,  pág.  3).  Ni  tampoco  Mr.  Ticknor,  quien 
anadia  al  citar  estas  palabras:  «Romance  significa  sin  duda  ninguna  en  este 
«caso  historia,  cuento,  que  es  el  sentido  primitivo  de  aquella  voz»  {Hist.  de 
la  Ut,  esp.y  tomo  I,   cap.  11).  Mas  para  convencernos  d«  que  esto  no  es  así. 


280  HISTORIA   CRITICA    DE    LA    LITERATURA   ESI'A5!oLA. 

Último  en  que  el  arto  que  el  poeta  se  propone  emplear  recibe  co- 
mo por  excelencia  el  título  de  nueva  maestría,  título  con  que  re- 
comienda aquel  su  trabajo  á  la  estimación  de  los  lectores, — no 
hallamos  violencia  alguna  en  admitir  que  debió  escribirse  esta 
obra  poco  después  ó  acaso  en  los  momentos  en  que  se  verificaba 
la  primera  trasformacion  de  la  poesía  castellana,  tal  como  pro- 
curamos explicarla  en  el  anterior  capítulo  ^  Toman  fuerza  ma- 


y  de  que  se  alude  única  y  exclusivamente  al  lenguaje  vulg^ar,  que  en  todas 
las  naciones  occidentales  recibió  por  contraposición  al  latino  el  nombre  de 
romance,  bastará  recordar  lo  que  observamos  antes  de  ahora  {Ilustración  V.** 
de  la  I."  Parte),  teniendo  además  en  cuenta  que  lo  mismo  sig-nificó  en  las  de- 
más literaturas  neo-latinas.  Sin  apartarnos  de  los  poemas  que  examinamos 
en  este  capítulo,  vemos  por  eg-emplo  que  los  autores  franceses  del  de  Alejan- 
dro, y  en  especial  Li  Cors,  ó  Le  Court,  dijo: 

Lambert  li  Cors  Tscrit 

Qui  (le  1'  /alin  le  traist,  et  en  román  le  mit. 

El  autor  del  poema  provenzal  de  Gerardo  de  Rosellon,  al  dar  cuenta  del 
héroe  y  del  asunto  que  vá  a  cantar,  escribe: 

Lb   crnnique  en  latín  I  ainsi  le  me  raconle: 
Cilz  qui  fíl  le  román  I  en  fait  nog   altre  conté. 

Pudiéramos  multiplicar  las  citas;  pero  para  que  nuestra  observación  quede 
plenamente  confirmada,  tenemos  por  muy  suficientes  los  versos  que  siguen 
de  Berceo,  tomados  del  Sacrificio  de  ¡a  Misa  (copla  296): 

El  romance   es  complidn,  I  puesto  en  buen    logar 
Dias  ha  que   lazdrnmos  I  queremos  ir  folgar. 

¿Habrá  quien  califique  de  novela,  cuento  ó  historia  el  Sacrificio  de  la  Mi- 
sa?... No  es  pues  el  que  se  supone  el  sentido  primitivo  de  la  palabra  roman- 
ce. Adelante  volveremos  á  tratar  esta  cuestión. 

I  Nuestro  docto  amigo  el  sabio  don  Fernando  José  de  Wolf,  llevado  de 
estas  observaciones,  antepone  en  sus  Estudios  {Studien  zur  Geschichte  der  Spa- 
nischen  Nationaliiteratur,  pág.  50  y  sigs.)  el  Poema  de  Apollonio  á  las  obras 
ya  estudiadas  de  Berceo,  en  lo  cual  le  sigue  el  erudito  conde  de  Puymaigre 
(Les  vieux  auteurs,  tomo  1,  pág.  247),  manifestando  que  debe  preceder  «les 
poesies  de  Gonzalo  de  Berceo  et  suivre  d'assez  pres  le  Poéme  du  Cid».  Sen- 
timos no  participar  de  la  misma  opinión:  para  nosoiros  no  hay  duda  en  que 
este  poema  de  Apollonio  es  anterior  al  de  Alexandre,  que  pertenece  á  la  pri- 
mera mitad  del  siglo  XFII;  pero  aunque  escrito,  como  procuramos  probar,  por 
un  hombre  de  clerezía,  manifiesta  claramente  que  el  sistema  poético,  á  que 
pertenece,  estaba  ya  adoptado;  y  como  en  la  doble  manifestación  de  la  poesía 
castellana  (la  religiosa  y  la  heroica)  vemos  claramente  que  la  religiosa  an- 
tecede á  la  heroica,  cual  inevitable  consecuencia  de    las  leyes  internas  de 


II.*  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VÜLG.  281 

yor  estas  consideraciones,  cuando  se  advierte  que  en  la  introduc- 
ción del  poema  de  Álexandre,  al  dar  razón  del  intento  altamente 
erudito  que  le  pone  la  pluma  en  la  mano,  no  solamente  manifiesta 
ya  el  autor  que  acepta  una  metrificación  sujeta  á  determinadas 
leyes,  sino  que  era  esta  generalmente  conocida. 

2    Mester  trago  fermoso  |  non  es  de  ioglaría; 
Mester  es  sen  peccaclo,  |  ca  es  de  clerezia; 
Fablar  curso  rimado  |  per  la  quaderna  uía 
Á  síllauas  cuntadas,  1  cá  es  grant  maestría. 

Nadie  habrá  pues  que  al  fijar  la  vista  en  las  circunstancias  par- 
ticulares que  resaltan  en  esta  copla,  tan  interesantes  para  la  in- 
vestigación que  varaos  haciendo  como  preciosas  para  la  historia 
del  arte,  no  reconozca  en  la  protesta  contenida  en  el  primer  ver- 
so y  en  la  confesión  del  segundo  que  se  escribió  el  poema  cuando 
la  clerecía,  es  decir,  la  clase  letrada  de  la  nación,  se  habia  ya 
apoderado  exclusivamente  de  las  formas  ensayadas  ó  acreditadas 
por  Berceo,  á  las  cuales  se  refieren  palpablemente  los  dos  últimos 
versos.  La  quaderna  vía,  las  síllauas  cuntadas  y  la  grant  maes- 
tría del  poema  de  Álexandre  presuponen  mayor  desarrollo,  si  no 
mayor  conocimiento  de  los  medios  artísticos  recibidos  por  los  dis- 
cretos, al  hacer  suya  la  lengua  castellana,  que  la  nueva  maestría 
del  libro  de  Apollomo;  pareciendo  por  tanto  racional  que  hubo 
este  de  precederle  por  el  espacio  de  algunos  años.  Y  decimos  de 
algunos  años,  porque  no  puede  ser  muy  grande  la  distancia  que 
los  separa,  escrito  el  poema  de  Álexandre  al  mediay  el  siglo  XIII, 
según  lo  persuaden  varias  razones,  expuestas  antes  de  ahora  y 
generalmente  aceptadas  por  los  bibliógrafos.  A.poyándonos  en  la 
autoridad  de  Sarmiento,  que  pone  la  introducción  del  papel  en 


nuestra  civilización,  y  es  por  otra  parte  más  ingenua  y  significativa  la  de- 
claración de  Berceo,  en  su  lugar  alegada,  respecto  del  intento  que  le  guia  al 
escribir  en  romaz  paladino,  no  hallamos  razón  bastante  para  despojarle  del 
lauro,  si  lo  es,  de  iniciar  ó  segundar  en  primer  término  la  innovación  erudita 
que  examinamos,  la  cual  se  refleja  en  sus  poemas  religiosos  más  vivamente 
que  en  otra  alguna  producción  de  aquella  edad,  bajo  tan  varios  y  multipli- 
cados conceptos,  como  hemos  indicado.  De  cualquier  modo,  puede  asegurarse 
que  el  Poema  de  ApoUonio  es  uno  de  los  primeros  monumentos  eruditos  de  la 
musa  vulgar  castellana. 


282  mSTOFlIA   CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPA55oLA. 

España  por  los  años  de  12G0  ^;  teniendo  présenle  que  al  referir 
el  poeta  las  visiones  de  Alejandro,  nianillesla  para  ponderar  su 
número,  que 

2306    No  cabrien  en  carias  |  de  quince  cabrones, 

lo  cual  determina  el  uso  universal  del  pergamino  de  cuero;  y  con- 
siderando que  al  señalar  el  valor  de  alguna  cosa,  no  hace  mención 
de  los  bu  r  gal  eses,  moneda  acuñada  por  el  Rey  Sabio  en  el  primer 
año  de  su  reinado,  mientras  cita  con  frecuencia  los  pepioncs ,  á 
(jue  aquellos  sustituyeron,  no  sin  fundamento  nos  resolveriamos  á 
juzgar  que  esta  fastuosa  joya  de  la  poesía  erudita  de  Castilla  hubo 
do  aparecer  antes  de  1252,  en  que  subió  al  trono  de  sus  mayores 
don  Alfonso  X  2.  Si  pues  no  es  lícito  desconocer  que  precedió  el 
libro  de  Apollonio  al  poema  de  Alexandre ,  cuerdo  será  también 
colocar  la  composición  del  primero  en  los  últimos  dias  del  primer 
tercio,  ó  á  lo  más  comenzado  el  segundo  del  mismo  siglo,  cuando 


1  Mein,  para  ¡a  hist.  de  la  poes.,  núni.  289.  Conveniente  creemos  no 
obstante  advertir  que  la  introducción,  del  papel  en  los  dominios  de  Castilla, 
debió  preceder  á  la  fecha  que  señala  Sarmiento.  Escritas  las  Partidas  de  d25G 
á  1263,  según  demostróla  Ueal  Academia  de  la  Historia  (pról.  alas  mismas, 
pág.  XXVII),  y  siendo  muy  probable  que  lo  fuese  la  III.*  en  1258,  tercero 
de  los  años  empleados  en  dicha  empresa,  no  cabe  duda  de  la  exactitud  de 
nuestra  observación,  cuando  en  la  ley  V  del  título  XVIII  de  la  expresada 
Partida  hallamos  ya  establecida  la  diferencia  que  habia  entre  las  «cartas  que 
se  facen  en  pergamino  de  cuero»  y  «las  que  deuen  seer  fechas  en  pergamino 
de  panno».  Si  pues  el  papel  no  se  habiu  aun  admitido  generalmente  en  Cas- 
lilla,  al  escribirse  el  poema  de  Alexandre,  y  en  1238  llega  el  legislador  á  dar 
su  uso  como  cosa  de  todos  oficialmente  aceptada,  no  seria  descabellado  el 
concluir   que  debió  preceder,   por  lo  menos,   unos  diez  ó   doce  años  á  esta 

fecha. 

2  Esta  deducción,  lógica  y  natural,  ocurrió  ya  al  erudito  Sánchez  (Colee, 
de  poesías  casi.,  tomo  lll,  pág.  XIX):  como  apoyo  de  la  misma  pueden  con- 
sultarse Garibay,  Comp.  hist.,  lib.  XIII,  cap.  Vil,  y  Mariana,  Hist.  gen.,  li- 
bro XIII,  cap.  IX.  Debemos  notar  aquí  que,  á  pesar  de  estos  fundamentos  his- 
tóricos, un  distinguido  escritor  de  nuestros  dias,  cuya  amistad  tenemos  en 
mucho,  declara  que  «no  es  presumible,  si  se  examina  el  estado  de  la  lengua 
»en  la  primera  parle  del  siglo  XIII,  que  el  poema  de  Alc.vandro  sea  anterior  al 
»año  1276»  (Puibusquc,  Hist.  comp.  des  litt.  espagn.  etfranc. ,  lomo  I  ,  i'ági- 
na  381).  Sentimos  no  estar  conformes  con  su  diclámen. 


11.^  PARTE,  CAP.  Vi,  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VüLG.  283 

ya  las  primeras  poesías  de  Berceo  habían  hecho  aceptable  entre  la 
gente  docta  ó  clerical  la  nueva  maestría,  que  procuraba  ensayar 
el  autor  de,  la  mencionada  obra  ^  Acogida  esta  con  aplauso  por 
los  discretos ,  lograba  entre  ellos  cierta  popularidad ,  que  propa- 
gándose á  las  generaciones  venideras,  debía  producir  en  la  lite- 
ratura española  sazonados  frutos  ^. 

Y  que  no  debió  suceder  de  otñ)  modo  lo  comprendemos  sin 
grave  obstáculo,  al  poner  nuestra  consideración  en  el  argumento 
del  libro  de  Apollonio  y  en  la  idea  moral  que  lo  anima,  idea  y  ar- 
gumento muy  del  sabor  y  gusto  de  la  clerezia,  que  dada  á  la  in- 
vestigación y  estudio  de  la  historia  antigua,  prefería  naturalmente 
aquellas  narraciones  que  más  lisonjeaban  su  curiosidad  y  más  se 
acercaban  á  lo  peregrino  y  maravilloso.  Mucho  tenia  en  efecto  de 
uno  y  otro  la  leyenda  de  Apollonio,  que  halló  sin  duda  el  autor 
del  poema  castellano  ya  extendida  entre  los  latinistas,  y  que  debía 
ser  conocida  en  nuestra  Península  desde  siglos  anteriores ,  como 
lo  era  acaso,  ó  lo  fué  más  adelante,  en  los  demás  pueblos  de  Eu- 
ropa ^.  Originaria  del  Oriente,  y  consignada  por  el  mismo  Apolo- 

{  Imposible  es  de  todo  punto  designar  el  nombre  del  poeta  que  trajo  á 
nuestra  literatura  este  estimable  libro:  de  creer  es  sin  embargo  que  fué  clérig-o, 
no  sólo  por  la  naturaleza  del  asunto  por  él  elegido,  sino  también  por  la  predi- 
lección con  que  habla  siempre  de  la  clerezia.  Para  él  no  hay  saber  sino  en  esta 
clase,  á  la  §azon  tan  privilegiada,  llegando  hasta  el  punto  de  poner  en  boca 
de  Tarsiana  la  siguiente  exclamación,  cuando  Apolonio  le  adivina  1ú¡s  enig- 
mas (copla  510): 

Parece  bieu  que  eres  |  clérigo  entendido!... 

Adelante  haremos  alguna  observación  sobre  la  comarca,  en  que  acaso  mo- 
raba el  poeta. 

2  Sin  apartarnos  del  siglo  Xill,  hallamos  testimonios  de  la  popularidad  y 
boga  que  alcanzó  el  libro  de  Apollonio  entre  los  doctos.  El  entendido  Alonso 
de  Fuentes  pone  en  la  dedicatoria  de  los  Quarenta  Cantos  uno  muy  notable 
debido  al  Rey  Sabio,  cuyo  final,  copiado  también,  aunque  con  ciertas  varian- 
tes, por  Garibay  (Comp.  hist.,  lib.  XIII,  cap.  XHI),  es  como  sigue: 

Ya  yó  oy  otras  vezes  ]  de  otro  rey^assy  coiitarj 
Que  con  desamparo  que  ovo  {  se  metió  en  alta  mar 
A  se  morir  eu  las  ondas  |  las  aveiituras]busc.ir: 
Apollonio  fué  aqueste,  |  et  yo  faré  otro  que  tal. 

3  Para  prueba  de  esta  observación,  recordaremos  que  la  historia  da  Apollo- 
nio fué  incluida  en  el  peregrino  libro  titulado:  Romuleoii  ó  Gesta  Romanortim, 


2S4  HISTORIA   CRÍTICA    DE    LA   LITERATURA   ESPAÑOLA. 

ilio,  según  se  pretendo  por  sus  traductores  *,  después  de  dar  vida 
A  un  poema  griego,  escrito  con  toda  probabilidad  durante  aquella 

compilado  por  B^nvcnulo  de  Imola  á  ruejos  de  Micer  Gómez  de  Albornoz, 
al  mediar  el  siglo  XIV,  y  cuya  celebridad  llegó  á  ser  grande  en  toda  la  edad 
media  (cap.  CLIIl,  fól.  LXXl).  Pero  si  este  dato  fehaciente  no  existiera,  nos 
bastaría  el  advertir  que  apenas  hay  una  literatura,  á  que  no  haya  logrado  ser 
trasladada  la  indicada  leyenda.  Mencionada  varias  veces  por  los  trovadores 
provenzales,  no  cabe  duda  de  que  fué  adoptada  por  ellos.  En  ol  poema  de  Fla- 
menca, publicado  en  parte  por  Raynouard  {Lexiqíie  Román,  tomo  I,  pág.  i), 
se  lee  : 

L'  aatre  cantona  d'  Apolloine 
Cou  si  reteiic  Tyr  de  Sidoine. 

Y  Arnaldo  de  Marsan  compendiaba  sus  aventuras  en  estos  versos,  citados  por 
Fauriel  {Hist.  de  la  poes.  prov.,  tomo  III,  pág.  48G): 

D'  ApolIoÍDCS  de  Tyr 

Sapchatz  comtar  e  dir 

Comél  fos  perilbat 

El ct  tot  son  barnat 

En  mar  pcrdet  ses  gens... 

E  pueis  issic  en  terre 

On  li  fun  obs  acquerrc  ■ 

Vianda,  dont  hoin  vien 

Cniu  un  paure  cailieu... 

Mas  pueis  n'  ac  gran  honor 

C  amor  li  rendet  say 

Mas  que  non  pcrdet  lay... 

E  fó  rey  com  denans 

Fort  é  ricx  é  presans, 

(Raynouard,  Cfioix,  tomo  11,  pág.  301.) 
No  recordamos  haber  visto  en  ninguno  de  los  historiadores  literarios  que  la 
poesía  italiana  prestara  sus  formas  eruditas  á  esta  leyenda;  y  sin  embargo  te- 
nemos á  la  vista  un  poema,  dividido  en  seis  cantos  ó  cantares,  escrito  en  len- 
gua toscana  sin  duda  en  la  segunda  mitad  del  siglo  XIV.  Guárdase  el  original, 
con  un  fragmento  del  libro  de  Fiorio  é  Blanca  Fiare,  y  otros  versos  latinos  é 
italianos,  en  la  Biblioteca  Toletana,  caj.  40,  plut.  10,  núm.  28:  el  poema  de 
Apollonio  de  Ttjro  está  en  octava  rima,  y  ya  se  ofrecerá  ocasión  de  reconocer 
su  mérito  en  las  siguientes  notas.  Respecto  de  Inglaterra,  conviene  tener  pre- 
sente que  Gower  recogió  también  en  su  Confessio  Amantis  dicha  leyenda,  la 
cual, con  las  demás  de  la  Gesla  Romanorum,  tradujo  últimamente  Swan  (1824), 
habiéndose  mucho  antes  ingerido  en  el  drama  de  Pericles,  atribuido  á  Sha- 
kespeare. En  la  literatura  francesa  hubo  también  de  ser  admitida  en  los  tiem- 
pos medios,  dando  origen  en  el  pasado  siglo  á  una  novela  que  apareció  en  1710 
con  el  título  ile  Les  avenlures  dWpolloniíis  de  Tyr.  En  Alemania  fueron  estas 
igualmente  conocidas. 

1     En  la  versión  latina  más  antigua  que  ha  llegado  á  nuestras  manos,  se 


II /  PARTE,  CAP.  VI.  PñlM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VLLG.  285 

feliz  era  de  renacimieiito  de  las  letras  helénicas,  á  que  dá  impulso 
el  ilustrado  celo  de  Justiniano ,  fué  puesta  en  lengua  latina  por 
Celio  Symposio  dentro  del  mismo  siglo  YI ,  tomando  así  plaza  en- 
tre las  aplaudidas  ficciones  de  Tacio,  Longo  y  Heliodoro,  que  re- 
conocían sin  duda  la  misma  fuente  ' .  Halláranla  en  la  corte  bizan- 
tina Leandro  de  Sevilla  y  los  demás  obispos  católicos  desterrados 
por  Leovigildo ,  trayéndola  á  España  al  ser  llamados  por  Recare- 
do  2,  ó  viniese  más  adelante  con  los  primeros  cruzados  que  vuelven 
de  Palestina,  cierto  parece  que  desde  fines  del  siglo  XI  ó  princi- 
pios del  XII  merecía  ya  en  la  Península  Ibérica  la  estimación  de 
los  eruditos,  conservando  el  carácter  de  la  narración  primitiva,  si 
bien  reflejando  en  parte  las  costumbres  escolásticas  de  aquellos 
dias.  Demuéstralo  así  la  existencia  de  un  códice,  escrito  sin  duda 
en  la  citada  época,  y  compuesto  de  varias  leyendas  sagradas  y 
profanas,  entre  las  cuales  se  cuentan  algunas  que  tienen  su  raiz 
en  el  Oriente,  ocupando  el  quinto  lugar  el  libro  de  Apollonio  "\ 


lee:  «Universos  cassus  suos,  suorumque  ipse  descripsít  et  dúo  volumina,  ununí 
Dianae  in  templo  ephesiorum,  aliud  in  bibliolheca  sua  exposuit».  Esta  decla- 
ración es  sin  embargo  de  poco  precio  en  la  estimación  crítica. 

{  MarcosVelsero,quedióáluzenNurembergelaño  de  1682  una  traducción  - 
latina  de  la  misma  historia  con  el  título  de:  Narralio  eorum  quae  contingerunt 
Apollonio  Tyrio,  declarando  que  la  tomaba  ex  membranis  vetuslis,  opina  que  se 
escribió  tal  como  la  dá  á  luz  en  los  últimos  tiempos  del  imperio  romano:  Barthio 
juzga  que  en  la  época  de  Casiodoro  (470  á  562) ,  atribuyéndola  á  Symposio  (Co- 
lect.  crit.,  lib.  LVIII,  cap.  I):  el  marqués  de  Pidal  añade  que  las  dos  opiniones 
pueden  concertarse,  resultando  que  la  vida  de  Apollonio  pertenece  al  siglo  IV 
ó  V  {Revista  de  Madrid,  Z.^  serie,  tomo  V,  pág.  7).  Nosotros  sin  embargo  cree- 
mos más  conforme  con  la  historia  de  las  letras  en  el  imperio  de  Oriente  la 
indicación  que  dejamos  hecha:  en  cuanto  á  Symposio,  no  tenemos  duda  de 
que  hubo  de  ser  el  traductor,  por  las  razones  que  después  expondremos.  Sobre 
estos  puntos  pueden  consultarse  con  provecho  los  Estudios  {Studien)  del  docto 
Wolf,  tantas  veces  citados  (pág.  50  y  siguientes),  que  llegan  á  nuestras  ma- 
nos muchos  años  después  de  escritos  estos  capítulos. 

2  Véase  el  cap.  VII  de  nuestra  I.^  Parte. 

3  En  la  Biblioteca  Nacional  existe  un  precioso  códice  en  4."  vitela,  de  letra 
delsigloXII,  señalado  F.  152,  que  encierra  los  tratados  siguientes:  1. "Epístola 
Turpini  archiepiscopi  ad  Leoprandum  (fól.  1);  2.°  Historia  famosissinii  Karoli- 
Magni,  qui  tellurem  hispanicam  et  galecianam  a  potestate  sarracenorum  libe- 
ravit  (fól.  i);  3."  Gesta  Alexandri  Magni  (fól.  i9);  4."  Relatio  cuiusdam  de  - 


286  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

Niní^iin  esfuerzo  liubo  mcncstor  el  poeta  castellano  para  que  la 
ficción  por  él  aceptada  fuese  bien  recibiila  de  los  que  á  la  sazón 
se  preciaban  de  entendidos ,  cuando  los  más  doctos  del  Estado  la 
tenían  de  antiguo  colocada  entre  las  leyendasiuás  selectas  y  aplau- 
didas: llevado  del  misino  impulso  que  Berceo ,  buscaba  pues  su 
inspiración  y  sus  héroes,  no  en  la  tradición  oral,  que  habia  dado 
vida  á  los  cantares  del  Cid ,  reflejando  la  nacionalidad  española, 
sino  en  los  libros  raíls  estimados  de  la  clerezia,  no  doliéndose  do 
pasar  por  imitador  á  trueque  de  aparecer  ilustrado. 

Mas  si  al  desentenderse  de  cuanto  le  rodea,  apartando  la  vista 
del  estado  político  de  Castilla  y  desdeñando  sus  grandes  victorias, 
toma  para  su  poema  un  héroe  de  la  gentilidad,  que  oráculo  de  sa- 
ber y  modelo  de  prudencia ,  esquiva  cuerdamente  los  peligros  de 
las  armas,  mostrando  en  las  adversidades  y  quebrantos  de  la  vida 
altíi  veneración  y  respeto  á  los  dioses,  no  se  olvide  que  al  traer  á 
la  lengua  nativa  tan  preciada  leyenda,  se  vio  forzado  á  infundir  en 
ese  mismo  personaje  el  espíritu  del  siglo  XIII ,  animando  los  inte- 
resantes cuadros  de  aquella  singular  historia  con  la  luz  de  las 
creencias  y  las  costumbres  de  nuestros  abuelos.  El  sentimiento 
religioso  que  brilla  en  ApoUonio ,  no  es  ya  como  en  la  leyenda 
latina,  el  sentimiento  teogónico  del  mundo  antiguo;  el  prófugo 
rey  de  Tiro  cree,  piensa  y  habla  como  un  príncipe  cristiano  de  la 


Inrliae  regionc  et  de  brajmanis  eorunique  conversationc  (fól.  o5  vuelto.); 
5.°  Hystoria  ApoLtoMi  Tmn  (fól.  66);  6.°  Epístola  presbiteri  Johannis  ad  ro- 
manum  Imperatorem  (fól.  76);  7.°  Vita  Amici  et  Amelii  (fól.  79);  8.°  Gesta 
Salvaloris  (fól.  84  vuelto);  9."  Visio  (fól.  83);  10.  Altera  Vislo  (fól.  105); 
11.  De  Infantia  Salvaloris  (fól.  107);  12.  De  purgatorio  Sancti  Palricii  (fo- 
lio 118  vuelto);  13.  Vita  Beatorum  Barlaam  et  Josaphat  (fól.  124);  l4.Passio 
Bcati  Amasii  (fól.  136);  15.  Historia  Sanctorum  scptem  dormicnliam  (fo- 
lio 14 1);  16.  Gesta  et  passio  Bcati  Mathiae  apostoli  (fól.  143);  17.  Gesta  fran- 
corum  et  aliorum  jerosolimitanorum  (fól.  146);  y  18.  Un  tratado  incompleto 
de  plantas,  piedras  preciosas,  aves,  etc.,  que  puede  ser  acaso  el  presentado  á 
Alfonso  VI  por  Alfonso  de  Letesma  ó  Ledcsma.  Este  repertorio,  curioso  bajo 
todos  aspectos  é  interesante  por  más  de  una  razón  para  nuestros  estudios,  dá 
á  conocer  el  genero  de  erudición  que  alcanzaban  nuestros  mayores  en  los  tiem- 
pos, áque  nos  vamos  refiriendo.  Del  libro  de  ApoUonio,  que  ofrece  una  ver- 
sión distinta  de  todas  las  demás  que  dejamos  mencionadas,  daremos  razón  en 
las  notas  siguientes. 


ll/   PARTE,    CAP.    VI.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE   LA  POES.    VULG.     287 

edad  media;  y  este  anacronismo,  reprensible  en  toda  producción 
de  un  arte  ya  maduro,  dando  especial  color  á  los  demás  persona- 
jes, viene  á  ser  la  fuente  más  fecunda  de  las  bellezas  que  exornan 
el  poema,  y  el  mayor  y  tal  vez  el  único  título  con  que  puede  aspirar 
al  lauro  de  la  originalidad  el  autor  castellano.  Pero,  sobre  ser  esta 
condición  inherente  á  toda  poesía  que  anhele  representar  algo  en 
el  pais  que  la  cultiva,  porque  «todo  poeta  verdadero  describe  en 
lo  pasado  su  propio  siglo,  y  hasta  se  representa  á  sí  mismo  bajo 
cierto  aspecto»  %  era  también  en  aquellos  momentos  ley  suprema 
del  arte  erudito,  á  la  cual  ni  el  autor  del  libro  de  ApoUomo,  ni 
otro  alguno  de  cuantos  entonces  ambicionan  la  protección  de  las 
musas,  podia  sustraerse,  si  habian  de  ser  leidas  y  apreciadas  sus 
obras,  aun  por  los  que  se  contaban  entre  los  discretos.  Cediendo  á 
este  linaje  de  fuerza,  y  teniendo  presente  que  escribía  un  poema 
heroico,  fijaba  al  par  sus  miradas  en  las  epopeyas  populares,  y  á 
diferencia  de  Berceo,  recogía  los  rasgos  más  brillantes  de  los  pa- 
ladines españoles,  y  acomodándolos  á  sus  héroes,  procuraba  darles 
en  esta  forma  legítima  carta  de  naturaleza.  Al  saber,  por  egemplo, 
el  Cid  Campeador  la  afrenta  de  sus  hijas  en  los  Robledos  de  Cor- 
pes,  deja  crecer  y  ciñe  su  barba  en  son  de  luto ,  hasta  restaurar 
con  las  armas  su  honor  ofendido:  menos  belicoso,  jura  Apolonio, 
al  llorar  perdida  á  Tarsiana ,  no  cortarse  la  barba  hasta  que  el 
cielo  le  restituya  aquella  única  prenda  de  su  amor ;  y  cuando  lo- 
gra tanta  ventura,  manda  á  sus  caballeros  alzar  tablados  para 
quebrántanos,  lo  cual  hace  también  repetidas  veces,  para  so- 
lemnizar sus  alegrías,  el  debelador  de  Valencia  '^. 

Con  estos  contrarios  elementos  que  pugnaban  por  amalgamarse 
y  fundirse  en  casi  todas  las  naciones  meridionales ,  acometió  el 
poeta  castellano  la  empresa  de  escribir  el  libro  de  ApoUomo,  héroe 
que,  como  vá  insinuado,  no  era  un  guerrero  de  los  tiempos  me- 
dios, pronto  á  exaltarse  en  defensa  de  la  patria  oprimida,  ni  á 
tomar  venganza  con  sus  propias  manos  de  las  injurias  que  en  su 
honor  recibe.  Desde  la  segunda  copla  se  vé  ya  expuesto  el  argu- 


1  Schlegel,  Hist.  de  la  lit.  arit.  y  mod.,  tomo  I. 

2  Véase  el  cap.  TU  del  presente  volumen,  págs.  ISO,  153,  163,  iGQ,  ele. 


288  HISTOFIIA   CRItIC.V    DE   LA    LITERATURA   ESPAÍ'ÍOLA. 

nwnlo  qup  en  todo  el  poema  se  desenvuelve ,  é  indicado  también 
su  especial  carácter: 

2        El  rey  ApoIIonio,  |  de  Tiro  natural, 

Que  por  las  aventuras  |  visto  grant  terlporal, 
Cómo  perdió  la  fija  |  et  la  muger  capdal, 
Cómo  las  cobró  amas,  |  cá  les  fué  muy  leyal. 

Noticioso  en  efecto  el  rey  de  Tiro ,  cual  otros  muchos  prínci- 
pes, de  que  tenia  Antíoco  una  hija  de  tan  extremada  belleza  que 
no  hallaba  en  el  mundo  compañera ,  presentóse  en  la  curte  de 
aquel  monarca  á  solicitar  su  mano,  no  sospechando  la  criminal 
pasión  que  habia  concebido  por  ella  su  desalmado  padre.  El  bár- 
baro amor  de  este ,  no  satisfecho  con  el  vedado  logro,  buscaba 
todos  los  caminos  de  perpetuarse;  y  para  aterrar  á  los  pretendien- 
tes de  su  hija,  proponíales  intrincado  enigma,  cuya  errada  solución 
fué  á  muchos  señal  de  muerte,  pues  no  otro  era  el  contrapeso  que 
habia  puesto  á  la  mano  de  la  princesa.  Lleno  de  indignación  y  ar- 
repentido de  su  demanda,  oyó  ApoIIonio  el  enigma,  que  le  revelaba 
la  torpeza  de  Antíoco ;  mas  como  hombre  de  letras  profundado, 
y  por  no  ser  tenido  por  bavieca,  dio  al  rey  tan  cumplida  respuesta 
que  desconcertado  primero  é  irritado  después,  intentó  quitarle  la 
vida,  como  á  los  otros  desafortunados  pretensores  i.  La  fuga  es  el 
único  medio  de  salvación  que  halla  Apolonio  contra  aquel  omi- 
noso tirano;  y  no  creyéndose  seguro  en  su  propio  reino,  dirígese 
á  Tarso  con  numerosas  velas,  cargadas  de  riquezas  y  bastimentos, 
mientras  le  busca  en  Tiro  un  capitán  de  Antioco,  ministro  de  su 
venganza.  Poderosa  armada  apresta,  al  no  hallarle,  el  enojado 


1  Debemos  notar  aquí,  para  mayor  ilustración,  que  existió  también  du- 
rante la  edad  media  otia  versión  de  los  amores  de  Antíoco.  Apasionado  este 
de  Estratónica,  mujer  de  su  padre,  se  resuelve  á  morir  por  no  cometer  el  cri- 
men que  traia  consigo  aquel  desvario;  mas  noticioso  el  rey  de  su  terrible  si- 
tuación por  medio  de  un  astuto  médico,  le  cede  la  hermosa  Estratónica,  sal- 
vándole así  la  vida.  De  esta  historia  se  escribió  al  cabo  un  romance,  que  puso 
Alonso  de  Fuentes  en  sus  Quarenta  Cantos  (Parte  III.*,  canto  VII),  el  cual 
empieza: 

Fatigado  está  de  amores 
Antiocbo   y   inallratadn; 
Por  su  lirrinos.i  madrastra 
Está   y   Tire    lasliin.ido. 


II.*  PARTE,  CAP.  VI.  PIUM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  289 

tey  contra  Apolonio,  quien  buscando  en  Tarso  asilo  á  su  desgra- 
cia, sabe  allí  de  boca  de  un  «orne  bueno,  layco  et  de  dias  ancia- 
no», que  estaba  puesta  á  precio  su  cabeza,  viéndose  forzado  á 
esconderse,  como  un  malhechor,  en  casa  de  Estrangilo  *,  si  bien 
socorrida  el  hambre  que  padecía  la  ciudad  con  el  trigo  de  sus 
bajeles,  merece  ea  premio  de  su  largueza  que  le  erigiesen  los  tar- 
sianos  una  estatua  (ydolo).  Nuevas  persecuciones  vinieron  entre 
tanto  á  inquietarle,  y  aconsejado  por  Estrangilo,  dióse  á  la  vela 
para  Pentapolin;  pero  con  tanta  desventura  que  no  había  nave- 
gado dos  horas,  cuando 

108    Voluiéroiise  los  vientos,  |  el  mar  fué  conturbado; 
Nadauan  las  arenas  |  al  cielo  leuantado, 

y  destruida  toda  la  flota,  sólo  Apolonio  logró  arribar  á,  la  deseada 
playa,  desnudo  y  sin  sentido,  hallando  al  volver  en  sí  hospitalaria 
acogida  en  un  pobre  pescador,  quien  partiendo  con  él  sus  vestidu- 
ras, le  dio  seguro  albergue,  encaminándole  después  á  la  ciudad 
vecina.  Su  destreza  en  el  juego  de  la  pelota  y  su  extremada  ha- 
bilidad en  la  música  y  el  canto,  le  ganan  allí  en  breve  el  aprecio 
del  rey  Architrastes  y  el  amor  de  Luciana,  su  hija,  quien  tomán- 
dole por  maestro,  acaba  por  confesar  á  su  padre  la  pasión  que 
Apolonio  le  inspira  ^,  no  sin  caer  en  peligrosa  enfermedad  de 


1  El  pasaje,  en  que  se  narra  la  entrevista  de  Apolonio  y  Estrangilo,  es 
en  la  leyenda  latina  mucho  más  dramático.  En  el  cód.  F.  1S2,  se  lee:  «Ac- 
césit [ApoUonius]  ad  eum  [Strang-ilionem]  e  prolinus  et  ait: — Ave,  Strangilio. 
Strangilio  ait: — Ave,  domine  Appollonie.  ¿Quid  itaque  his  locis  turbata  raen- 
te  moraris?  AppoUonius  ait: — Proscriptura  vides.  Stiangilio  ait: — ¿Quis  te 
proscripsit?  Appollonjus  ait: — Rex  Antiochus.  Strangilio  ait: — ¿Qua  ex  cau- 
sa? AppoUonius  ait:— Quia  filiam  eius  immo  et,  ut  vcrius  dixerira,  coniu- 
gem  in  matrimonio  pecii.  Itaque,  si  fieri  potest,  in  patria  vestra  latere  voló». 
'En  la.  Gesta  Romanorum  se  halla  el  mismo  pasaje,  concebido  en  estos  tér- 
minos: «Accésit  ad  eurtí  protinüs  et  ait  AppoUonius: — Ave,  Strangilio.  Et 
ipse  ait: — Ave,  domine  mi,  rex  Appollonie;  et  rursus  ait: — Die  mihi:  ¿Quare 
in  his  locis  turbata  mente  versaris?  Ait  AppoUonius:  — Quia  filiam  regis,  n* 
verius  dixeram,  coniugem  et  in  matrimonio  petiui.  Peto  itaque,  si  fieri  po- 
test, in  patria  ucstra  voló  latere»,  etc.  (fól.  LXXII,  ed.  de  1468), 

2  Esta  escena,  en  que  el  poeta  español  ingiere  varias  circunstancias  ori- 
ginales, debe  ser  conocida  de  los  lectores.  La  Gesta  Romanorum  dice:  «Rex... 
iussit  sibi  tradi  liram,  et   egresso  foras  corona  capitis  eum  decoravit;  acci- 

TOMO  III.  19 


290  HISTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LlTERATl'RA    ESPASOLA. 

aniurcs,  y  rechazadas  una  y  otra  vez  las  solicitudes  do  varios 
príncipes  que  la  pretendían.  Al  cabo,  reconocida  la  regia  gorar- 
qiiia  de  Apolonio,  consiente  Architrasles  en  el  enlace  de  ambos 

piensque  lirara,  intrauil  Iriclinium,  pnlsabal  ante  regern  tanta  dulcedine  ut 
omncs  non  AppoUonium,  sed  AppoUinem  crederent.  Discurabcntes  cum  re- 
ge dixerunt  quod  nuuquain  melius  audissent  ncc  vidisscnt.  Filia  rcgis  hoc 
auditus,  respiciens  iuuenem  capta  est  in  amore,  et  ait  ad  patrem  suum: — O 
pater,  permittas  me  daré  iiiueni,  quod  mihi  placet.  Ait  rex: — Permitió» 
(fól.  LXXíII).  Eo  el  poema  italiano,  citado  arriba,  leemos  (canto  II): 

E  prese  I  a)pa  é  corninzó  á  sonare 
Ke  tntta  zcnte  fa  roaranigliaie. 

Sonando  sí,  cintú  una  balista 
Si  romo  que  lo  ke  lino  mageslro, 
F,  la  donzella  ka  nome  Archistrata 
^el  cuore  la  ss^itto  senza  ballestro. 
Duuanti  lo  re  se  fo  inzenogiata 
Et  disso:  Padre  (con   parlare  adestró', 
Qucslo  uaron  he  tanto  píen  d    ingeni; 
Se  lo  ue  i  grado,  voglio  kél  meisegni. 
•  Lo  Re  11  disse:  presente  costpy 

Lu  douverisi  e^ser  niagislro  da  scola, 

Se  tú  e  suffiziente,  ben  vorey 

Che  tú  insegnasti  aquesta  mia  figliola. 

Et  ello  rispuose:  Quando  placo  á  ley, 

1  li  farú  impararc  alpa  é  viola 

E  cosí  staró  per  raag^straniento 

E  g-li  mostraró  sonare  ogni  islrumcnto. 

Como  uo  dito  Apolonio  demoro 
De  bona  Qde,  como  se  conuiene, 
E  la  donzella  de  luí  se  inamora 
E  si  I  acende  d  amoroso  bcne,  etc> 

En  el  libro  castellano  se  halla  la  misma  situación  del  siguiente  modo: 

1S7         Quando  el  Riey  de  Tiro  j  so  vio  coronado. 

Fué  de  la  tristeza  |  ya  quanto  amansado; 

Fué  cobrando  el  Besso,  |  de  color  meiorado, 

Pero  que  non  oviesso  |  el  duelo  olvidado. 
1S3  Alzó  contra  la  duenya  |  un  poquiello  el  geio; 

Fué  ella  de  uergüenza  |  prisa  un  pequilleio; 

Fué  radiendo  el  arquo  |  égual  et  muy  párelo: 

Alies  cabíe  la  duenya  |  de  gofo  en  su  pelleio. 
1S9  Fué  levantando  1  unos  tí-n  dulces  sones 

Doblas  et  dobayladas,  |   temblantes,  semisones: 

A  todos  ategraua  |  la  voz  los  corazones; 

Fué  la  duenya  tocada  |  do  malos  aguijones. 
190  Todos  por  uua  boca  |  dezien  et  aCncauan 

Oqo  Apollonio  Coteo  |  nicior  non  violaua: 

El  cantar  de  la  duenya,  ]  que  mocho  alabanan, 

Contra  el  de  Apollonio  |  nada  non  lo  pre(;iauan. 


II.*  PARTE,    CAP.    VI.    PRBI.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VÜLG.     291 

jóvenes,  siendo  mayor  el  gozo  del  rey  de  Tiro,  al  saber  que^ 
muerto  ya  Antioco,  puede  restituirse  á  su  patria  sin  sobresaltos 
ni  peligros.  Con  la  bendición  de  aquel  padre  afectuoso  toman 
pues  la  via  de  su  perdido  reino,  sin  abrigar  sospecha  alguna  de 
las  nuevas  amarguras  que  los  esperaban.  Mas  ya  en  medio  de  la 
n]ar,  dio  á  luz  la  hermosa  Luciana  una  niña  con  tanta  desdicha, 
que  apareciendo  en  trance  tal  m"uerta  á  los  ojos  de  Apolonio  y  de 
los  suyos,  y  movido  el  rey  de  los  ruegos  del  piloto  {marinero), 
fundados  en  la  extravagante  creencia  de  que  habia  de  perderse 
toda  nave,  en  que  se  hallara  un  cuerpo  muerto,  determínase  en 
medio  de  la  mayor  pena  á  arrojarla  en  la  mar,  con  la  esperanza 
sin  embargo  de  que  hallase  honrada  sepultura.  Á  este  propósito 
manda  colocar  á  Luciana  en  un  féretro  {armario),  de  tal  manera 
embetunado  y  cerrado  que  fuera  impenetrable  á  las  ondas;  po- 
niendo dentro  del  mismo  un  plomo,  con  las  siguientes  palabras: 

290  Yo,  Rey  Apollonio,  ]  eiibío  merced  perür: 
Qniquier  que  la  fallare,  ]  fágala  sobollir; 

Lo  que  [nos]  nol'  pudiemos  (  sobre  la  mar  complir. 

291  El  medio  del  tresoro  |  lleve  por  su  lacerio; 
Lo  ál  por  la  su  alma  |  preste  al  monesterio; 
Sallir  le  Imn  los  clérigos  ]  meior  al  cimenterio, 
Rezaran  mas  de  grado  |  los  ninyos  el  salterio. 

292  Si  esto  non  compliere,  |  plegué  al  Criador 
Que  nin  en  muerte  nin  en  vida  ]  non  aya  valedor. 

191  El  rey  Architrastes  |   non  sería  más  pag^ado 

Si  ganasse  uu  reg'no  (  o  hun  rico  condado. 
Dixo  á  altas  voces: — Desque  yo  fui  nado 
Non  ■vi,  segunt  mió  sesso,  |  cuerpo  tan  acabado. 

192  — Padre,  dixo  la  duenya  |  al  rey  su  seiiyor, 
Vos  me  lo  condonaste  j  que  yo  por  uuestro  amor 
Que  pensasse  de  Apollonio  |  quanto  pudiese  meior, 
Quiero  desto  que  va.    digades  |  cómo  auedes  sabor. 

193  Fixa,  dixo  el  rey,  |  ya  vos  1    é  mandado; 
Seya  uuestro  maestro:  |  auetlo  otorgado. 

No  creemos  que  se  neg-ará  al  autor  castellano  el  lauro  de  haber  embellecido 
con  poéticas  circunstancias  este  pasaje,  del  cual  suprimió,  sin  duda  porque 
se  acomodaban  mal  á  nuestras  costumbres,  las  pruebas  que  dio  Apolonio, 
después  de  cantar,  de  buen  cómico  y  trágico.  El  códice  F.  152,  decía  no  obs- 
tante: «Post  hoc,  deponens  lirara,  induit  stratum  comicuní  et  inauditas  ac- 
íionesexpressit.  Delude  induit  tragcdiam,  in  qua  non  minus  ómnibus  placuit». 


292  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Tres  tli.os  anda  el  féretro  sobi'C  las  olas,  al  cabo  de  los  cuales 
es  arrojado  4  las  marinas  de  Éfeso,  donde  hallado  por  un  sabio 
médico,  lo  abre,  y  vencido  de  la  suplica  de  Apolonio,  pone  al 
cuidado  de  uno  de  sus  discípulos  el  embalsamamiento  de  Lucia- 
na. Mas  no  bien  se  preparaba  este  á  ungirla,  cuando  descubrien- 
do en  ella  síntomas  de  vida,  particípalo  á  su  maestro,  logrando 
ambos  á  fuerza  de  exquisitos  remedios  y  esmero  imponderable  que 
la  recobrase  por  completo.  Admirada  primero  de  su  desventura, 
y  resignada  después  con  su  mala  suerte,  recogióse  Luciana  á  un 
monasterio,  consagrado  á  Diana,  donde  «con  otras  duenyas  de 
orden»  la  deja  encerrada  el  poeta,  para  que 

325        Sierva  su  eglesia  |  et  reze  su  salterio, 

mientras  nos  lleva  en  busca  de  Apolonio,  dando  con  esto  fin  á  la 
primera  parte  del  poema  *. 

Dominado  de  profunda  amargura,  habia  aportado  entre  tanto 
el  desafortunado  príncipe  de  Tiro  á  la  ciudad  de  Tarso,  donde  sin 
darse  á  conocer  de  los  naturales,  deja  encomendadas  á  Estran- 
gilo  y  su  mujer  Dionisia  la  tierna  infanta  y  su  aya  Licórides;  y 
jurando  no  cortarse  barbas  ni  uñas,  ni  entrar  en  Tiro,  «hasta 
que  pueda  dar  á  Tarsiana,  su  hija,  buen  casamiento»,  se  retira 
al  Egipto,  viviendo  allí  ignorado  por  el  espacio  de  trece  años, 
tiempo  en  que  crece  en  hermosura,  virtud  y  ciencia  la  nieta  de 
Architrastes. 

350        Criaron  de  grant  vicio  |  los  amos  la  mozuela: 
Quando  de  syete  anyos  |  diéronla  á  la  escuela, 
Apriso  bien  gramática  |  et  bien  tocar  viuela: 
Aguzó  bien  como  fierro  |  que  aguzan  á  la  muela. 


332        Quando  ya  á  doce  anyos  ¡  fué  la  duenya  venida, 
Sabia  todas  las  artes,  1  era  maestra  complida; 


i     Esta  división  aparece  hecha  por  el  mismo  poeta,  cuando  escribe: 

325      Dexpinosvoí  la  dur-ny.i;  [  guarde  su   munestcrio 
Sirra  su   eglesia  |  e  reze  su    salterio. 
En  el  TCj   Apollonio  |  tornemos  el  ministerio. 
Que  por   las  auenluras  |  Itró   tau  grant  lazerio. 


11.*    PARTE,    CAP.    VI.    PIUM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.  293 

De  beltad  companyera  [  non  auíe  conoscida; 
Avíe  de  buenas  manyas  ]  toda  Tarso  uencida. 

De  tal  modo  prepara  el  poeta  á  esta  nueva  heroína  para  los 
infortunios  que  muy  en  breve  la  persiguen. — Licórides,  á  quien 
profesaba  tierno  cariño,  pasa  á  la  sazón  de  esta  vida,  y  descu- 
briéndole al  expirar  su  misterioso  nacimiento,  la  entera  de  la 
desdicha  de  su  madre  y  del  juramento  de  Apolonio,  quien  de 
«recio  cabdaleroD,  rey  y  señor  de  Tiro,  se  habia  convertido  en 
pobre  y  errante  ((palmero».  La  envidia  que  anidaba  en  el  alma 
de  Dionisia,  vino  á  turbar  los  sueños  de  esperanza  que  estas  gra- 
tas nuevas  h.ibian  despertado  en  el  pecho  de  Tarsiana.  Preferida 
esta  públicamente  por  su  belleza  y  virtud  á  una  hija  de  aquella, 
concibe  el  pérfido  proyecto  de  asesinarla,  eligiendo  el  momento 
en  que,  fiel  á  la  memoria  de  su  aya  Licórides,  le  tributaba  reli- 
giosa ofrenda,  rezando  al  pié  del  sepulcro  «los  salmos  del  Salte- 
rio». Teófilo,  asesino  pagado  al  intento,  escondido  en  el  cemen- 
terio, se  lanza  sobre  Tarsiana  en  el  instante  en  que 

376        Comienza  de  rezar  |  con  toda  mansedumbre; 

y  asiéndola  de  los  cabellos,  le  muestra  con  la  espada  desnuda  su 
alevoso  propósito.  Cediendo  sin  embargo  al  ruego  y  llanto  de  la 
huérfana,  le  dá  Teófilo  cortísima  tregua  para  invocar  la  clemen- 
cia divina,  y  en  su  dolor  exclama  la  desdichada  princesa: 

381        Senyor...  que  tienes  |  el  cielo  á  tu  mandar 
Et  fazes  á  la  luna  |  crecer  et  enpocar, 
Senyor  tú  me  acorre  |  por  tierra  et  por  mar,  etc.  * 


1  Esta  oración,  aunque  breve,  es  original,  pues  no  se  halla  en  ninguna 
de  las  versiones  latinas,  que  tenemos  á  la  vista.  El  poeta  italiano  escribe, 
nvás  esclavo  de  la  autoridad  que  el  español  (canto  IV): 

Ma  contra  que)  villan  pessimo   e  río 
Non   li  valea  niente  á  far  questione; 
E  quando  ella   vid!   pur  lo    so   desío, 
Humelmente  se  mise   a    genugioiie 
E  disse:  lo  te  prego  por  l'amor  de  Dio 
Che  tu  me  lasi  á  lay  fare  oratione, 
E  poy  moridi,  sil  convicit   che  mora; 
E  il  Tillan  per  pieta  li  disse:   Adora. 

Devotamente  Tarsia  adorando 
Et  una   nave  zouse  de  corsali,  ele. 


294  HISTORIA    CIUtICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Y  aquel  Dios  de  piedad,  quo  en  nada  so  parece  á  las  deidades 
gentílicas,  enviólo  tan  á  tiempo  el  socorro,  que  sorprendido  por 
unos  piratas,  cuando  alzaba  segunda  vez  el  acero  para  degollarla, 
huyó  Teófilo  despavorido,  dejando  á  Tarsiana  en  poder  de  los 
mismos.  Pero  si  quedó  así  libre  do  aquel  peligro,  fuélo  su  extre- 
mada hermosura  ocasión  de  nuevos  sobresaltos;  pues  llevada  á 
Mitelena  y  puesta  en  venta  pública  por  los  corsarios,  prendóse  de 
ella  Antinágoras,  príncipe  de  la  ciudad,  y  ofreciendo  crecida  su- 
ma, dio  motivo  ¿L  que  un  «señor  de  soldaderas»  aprontara  otra 
mucho  más  alta,  haciéndose  dueño  de  la  inocente  princesa,  cuya 
flor  virginal  pusoá  infame  precio  *.  Acudió  el  primero  Antinágo- 
ras;  mas  dolido  de  las  súplicas,  del  llanto  y  de  la  juventud  de  Tar- 
siana, y  recordando  sobre  todo  que  tenia  una  hija  de  la  misma 
edad  que  podia  verse  en  tal  afrenta,  no  sólo  abandona  su  carnal 
intento,  sino  que  entrega  á  la  esclava  el  precio  de  su  honra,  egem- 
plo  seguido  por  cuantos  garzones  anhelaban  gozar  las  gracias  de 
su  belleza.  Pagado  se  mostró  el  codicioso  rufián  con  la  excesiva 
ganancia  -:  Tarsiana,  quo  comprendía  sin  embargo  la  magnitud 
del  peligro,  le  ofrece  mayor  logro  con  uotro  mester  más  sin  pe- 
cado», recordando  su  habilidad  en  la  música  y  el  canto;  y  acep- 
tado su  ofrecimiento,  sale  al  dia  siguiente  á  la  plaza  pública  á 
violar  por  soldada. 

427  Comencó  unos  viessos  |  et  unos  sones  tales, 
Que  traien  graiit  dulzor,  |  et  eran  naturales: 
Finchiense  de  ornes  |  apriesa  los  portales, 

Non  les  cabíe  en  las  plazas,  j  subíense  á  los  poyales. 

428  Quando  con  su  uiola  |  Iiouo  bien  solazado, 
A  sabor  de  los  pueblos  j  liouo  assaz  cantado. 


i  Debemos  aquí  notar  que  el  autor  castellano  despojó  esta  parte  de  la  le- 
yenda de  accidentes  repugnantes,  los  cuales  ofendian  grandemente  las  cos- 
tumbres de  nuestros  padres:  «Perrexit  cum  Icnone  in  salualorium,  ubi  habuit 
I'riapum  aureumet  gcmmis  adornatum,  clait: — Puclla,  adora  istum.  Aitilla: 
Nunquam  tale  adorem». 

2  Sin  embargo,  en  la  leyenda  latina  se  muestra  el  rufián  deseoso  de  ma- 
yor ganancia,  y  para  lograrlo  «vocans  villicum  puellarum,  dixit:— Duc  cam 
ad  te,  et  frange  nodum  virginitatis  eius.  Cui  villicus  ait:— Dic  mibi  si  virgo 
os.  At  illa: — Quandiu  vult  Deus,  virgo  sum  ». 


II.*  PARTE,  CAP.  -VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  239 

Turnúlfs  á  rezar  ¡  un  romanze  bien  rimado 
De  la  su  razón  misma,  |  por  lió  avíe  pasado. 

Más  de  cien  marcos  recoge  en  este  primer  ensayo  la  infeliz 
huérfana,  que  respetada  y  acariciada  al  mismo  tiempo  por  la  mu- 
chedumbre, llega  á  ser  el  encanto  de  Mitelena,  segura  ya  su  vir- 
tud de  torpes  asechanzas. — Cumplido  entre  tanto  el  plazo  que 
Apolonio  se  había  impuesto,  vuelve  á  Tarso  en  busca  de  su  hija, 
vivas  aun  las  señales  de  la  honda  pena  que  le  produjo  la  pérdida 
de  Luciana;  mas  engañado  por  la  astucia  de  Dionisia  y  Estran- 
gilo,  sube  de  punto  su  desconsuelo,  al  mostrarle  el  sepulcro,  en 
que  suponían  aquellos  encerrado  el  cadáver  de  la  princesa,  resol- 
viéndose por  último  á  volver  á  Tiro,  donde  quería  ser  enterrado 
entre  sus  parientes. 

451        Non  quiso  Apollonio  |  en  Tarso  más  estar: 
Que  auíe  recebido  |  en  ella  grant  pesar. 
Tornóse  á  sus  ñaues  |  cansado  de  llorar; 
Su  cabeca  cobierta,  [  non  les  quiso  fablar. 

Una  tempestad  le  arroja  á  las  playas  de  Mitelena;  y  mientras 
sumido  en  el  dolor,  se  retira  Apolonio  al  último  rincón  de  su  na- 
ve, sallan  los  suyos  en  tierra  para  tomar  el  necesario  refresco, 
siendo  visitados  por  Antinágoras,  quien  preguntándoles  por  su 
señor,  forma  decidido  empeño  de  conocerle,  al  tener  noticia  de 
sus  peregrinas  aventuras.  En  vano  se  esfuerza  aquel  humanitario 
príncipe,  llegado  á  presencia  del  rey  de  Tiro,  para  alejar  de  su 
corazón  las  nieblas  que  lo  cubren:  ni  porque  le  invita  á  ver  su 
ciudad,  ni  porque  le  recuerda  lo  mudable  de  las  cosas  humanas 
y  la  grandeza  de  la  piedad  divina,  logra  sacarle  de  su  abati- 
miento y  su  retiro.  Apolonio  le  replica  á  las  reiteradas  demandas: 

479    .     .     .     Só  j)or  mis  pecados  |  de  tal  guissa  llagado, 
Ouc  el  coracon  me  siento  I  todo  atrauesado: 


De  cielo  nin  de  tierra  |  veyer  non  c  cuydado. 

Aun  más  interesado  Antinágoras  con  esta  respuesta,  trae  á  la 
memoria  la  he\\a.juglare.sa,  que  llamada  por  su  mandato,  se  pre- 
senta luego  en  las  naves,  gentilmente  vestida,  y  pronta  á  disipar 
0on  sus  cantos  la  amargura  de  Apolonio.  Puesta  ya  delante  de 


296  HISTORIA    CRfTICA    DE    LA   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

este,  y  después  de  manifestarle  que  no  es  una  «juglaresa  de  las 
de  buen  mercado», 

493        Movió  en  su  uiola  |  un  canto  natural, 
Coplas  bien  assenlad;is,  |  riinaiias  á  senyal: 
Bien  entendie  el  rey  |  que  non  lo  facíe  mal. 

Dándole  «diez  libras  de  oro  escogido»,  la  despide  no  obstante 
sin  que  alcanzara  á  desarrugar  su  dolorido  ceño;  pero  advertida 
de  Antiuágoras,  devuélveselas  Tarsiana, 

S02 faciendo  sus  trobetes, 

Tocando  su  uiola,  |  cantando  sus  uersetes, 

y  proponiéndole  después  difíciles  enigmas,  que  más  bien  por  que 
Tarsiana  reciba  el  oro  de  ella  desdeñado  que  por  hallar  pasatiem- 
po, descifra  Apolonio  con  desembarazo  admirable  ^  Cansado  fi- 
nalmente de  aquel  ejercicio,  le  ruega  de  nuevo  que  le  deje  solo; 
mas  dominada  por  oculta  simpatía,  insiste  la  esclava  juglaresa  en 
el  propósito  de  consolarle,  y  apurados  ya  cuantos  recursos  le  mi- 
nistra su  ciencia, 

327        Con  grant  coyta  que  ouo  |  non  sopo  que  asmur, 
Fuéle  amos  los  brazos  j  al  cuello  á  echar. 

i  Indicamos  arriba  que  teníamos  razones  para  creer  que  fué  Symposio 
el  traductor  latino  del  libro  de  Apolonio:  de  ello  nos  persuade  el  encontrar 
ing-eridos  en  el  mismo  algunos  de  los  enigmas,  que  en  la  colección  titulada 
Opera  et  fragmenta  veterum  poetarum  latín,  proph.,  tomo  II,  pág.  1609  de  la 
edición  de  Londres,  1713,  lleva  el  nombre  de  aquel  autor.  En  efecto,  el  pri- 
mer enigma  del  poema  es  el  XII  de  los  de  Symposio,  el  II  el  II;  el  III  es 
el  XIII;  el  IV  el  LXXXVII;  el  V  el  LXI;  el  XI  aquivale  al  LXIII;  el  VIII  al 
LXIX,  y  el  IX  al  LXXXVII.  Debemos  advertir  que  el  poeta  castellano  aña- 
dió dos  enigmas  al  cód.  F.  152  y  seis  á  la  Gesta  Romanorum.  Para  que  los 
lectores  puedan  compararlos  con  los  de  Apolonio,  trasladaremos  alguno  de 
los  enigmas  de  Symposio.  Veamos  el  XII,  intitulado  Flumen  et  piscis: 

Est  domns  ia  terris,  clara  qaae  voce  resultat, 
Ipsa  domus  resonat,  tacitus  sed  non  snuat  hospes; 
Ambo   tamen  cnrraut,  hospes  simal   et  domas  una. 

Y  el  LXXVIII,  que  se  denomina:  Rotae  seu  Quadriga,  último  de  los  del 
libro  de  Apcllonio: 

Qualuor  srquales  currunt  ex   arte  sórores. 
Sic  qnasi  certantrs,  quin  sit  labor   ómnibus  unu« 
Ductor  ubique  sequcns,  nee  6C   contiogerc  possuiil. 


II.     PARTE,    CAP.    VI.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE   LA    POES.  VULG.    297 

Esta  acción,  que  aparece  á  los  ojos  de  Apolonio  cual  punible 
desenvoltura,  arma  su  diestra  de  ira  contra  la  infeliz  Tarsiana, 
asestándole  en  el  rostro  tal  bofetada  '  que  bañándoselo  en  san- 
gre, le  hace  prorumpir  en  amargas  quejas,  lamentando  su  triste 
soledad  y  abandono,  y  refiriendo  al  par  sus  desventuras.  Al  ver 
tan  extraño  dolor,  confiesa  Apolonio  que  «erró  con  fellonia»,  y 
despertando  de  repente  en  su  pecho  una  esperanza  que  juzgaba 
muerta  del  todo,  procura  aclarar  con  nuevas  explicaciones  el  du- 
doso sentido  de  las  palabras  por  él  oidas:  con  este  intento  pre- 
gunta á  la  desconsolada  Tarsiana  el  nombre  de  su  aya;  y  cuando 
sabe  que  era  Licórides,  estalla  su  alegría  coa  el  ímpetu  de  ar- 
diente frenesí,  saltando  fuera  del  lecho,  y  exclamando,  al  estre- 
char á  su  hija  entre  sus  brazos: 

544  .    .    .    Ay  mi  fija,  |  que  yo  por  vos  muría!... 
Agora  he  perdida  |  la  cuyta  que  auía. 

Fija,  non  amanesgió  j  para  mí  tan  buen  dia. 

545  Nunqua  este  dia  |  non  lo  cuydé  veyer; 
Nunca  en  los  mios  bracos  |  yo  vos  cuydé  tener!... 
Oue  por  uos  tristizia:  |  agora  hé  placer: 
Siempre  auré  por  ello  j  á  Dios  que  agrade9er. 

546        Venit,  los  mis  uasallos, 

Sano  es  Apollonio;  ferit  palmas  et  cantos: 
Echat  las  coberteras,  corret  nuestros  cauallos: 
Alzat  taulados  muchos,  pensat  de  quebrantaüos  '. 

1  Tanto  en  las  leyendas  latinas  como  en  el  poema  italiano  maltrata  Apo- 
lonio á  Tarsiana,  dándole  un  puntapié.  El  códice  F.  252  dice:  «Et  calce  eam 
percussit,  et  impulsa  virgo  cecidit,  et  de  genu  eius  coepit  sangfuis  effluere». 
La  Gesta  Romanorum:  «Et  puellam  cum  pede  percussit.  Impulsa  vero  cecidit, 
virg'o,  et  g'enibus  eius  ruptis,  coepit  sanguis  effluere»  (fól.  LXXVI,  v.).  El 
poema  italiano: 

Ond  Apolonio,  vegandosi  á  tal  serr.i, 
Deli  un  tai  calce  che   la   gitto  á  térra. 

2  Como  advertimos  arriba,  estos  rasgos  están  tomados  de  las  costumbres 
españolas,  así  como  otros  muchos  que  habrán  ya  notado  los  lectores.  En 
las  leyendas  latinas  se  dice  solamente:  en  el  cód.  F.  152:  «Currite,  famuli; 
currite  amici  et  anxietati  patris  finem  imponito».  En  la  Gesta:  «Currite,  fa- 
muli, currite  amici,  currite  omnes  et  miseriae  meae  finem  imponite.  Inveni 
<iuam  perdideram,  sed  unicam  filiara  meam»  (fól.  LXXVII).  En  la  edición 
de  Velsero:  «Currite,  famuli,  currite  amici,  anxietati  meae  finem  imponite». 


298  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITI'UATURA    Ei^rAÑüLA. 

Después  do  esta  animada  peripecia,  no  interesa  ya  lauto  el  resta 
del  poema.  Sin  embargo,  reconocido  Apolonio  á  los  cuidados  de 
Anlinágoras,  y  noticioso  del  amor  que  profesa  á  Tarsiana,  los 
uncen  matrimonio,  dirigiéndose  con  ellos"  á  Tiro,  no  sin  casti- 
gar duramente  al  rufián,  que  habia  pretendido  abusar  de  la  ju- 
ventud de  la  princesa.  Ya  en  la  travesía,  se  le  aparece  un  ángel, 
ordenándole  que  tome  la  vuelta  de  Kfeso,  en  cuyo  templo  de 
Diana  hallará  la  perdida  esposa,  completando  su  felicidad  y  de 
los  suyos.  Asi  lo  ejecuta;  y  encaminándose  á  Tarso,  donde  casti- 
ga la  perfidia  de  Dionisia  y  de  Estrangilo,  parte  luego  para  An- 
tioquia,  cuyo  imperio  le  habia  legado  al  morir  la  hija  de  Antioco, 
dejando  alli  por  reyes  á  Tarsiana  y  Antinágoras,  y  volviendo  fi- 
nalmente á  Pentapolin,  para  visitar  al  anciano  Architrastes.  En 
esta  ciudad  le  nace  un  hijo,  destinado  á  heredar  á  su  abuelo;  y 
r:''cordando  ios  beneficios  recibidos  del  pescador  que  partió  con 
él  sus  vestiduras,  tras  el  primer  naufragio,  le  colma  de  riquezas 
y  heredades,  dándole 

033    De  campos  é  de  viiiyas  ¡  mnclns  grandes  .nncliuras, 
Monlanyas  et  ganados  ]  ct  muy  grandes  pasturas. 

Restituido  por  último  á  Tiro ,  muere  en  medio  de  las  bendiciones 
de  su  pueblo. 

6j0    Finó  Cuino  buen  rey  |  en  buena  fin  coinplida. 

Tal  es  el  Poema  de  Apoltonio ,  cuya  sabrosa  historia  fué  reci- 
bida en  toda  la  edad  media  como  lección  práctica  de  la  instabilidad 
de  las  cosas  humanas,  fecundando  el  principio  altamente  cristiano 
y  consolador  de  que  las  tribulaciones  temporales  se  truecan  final- 

El  poema  italiano  trasfiere  el   reconocimienlo  de  Tarsiana  y  las  palabras  que 
le  dirige  Apolonio,  de  este  modo: 

Tú   e  la    mía   figliola  e  la   iiiia  speinr; 
Tci   c   colvy    |ief  clii   langiitr  iioii  vuolo». 
Le  lücriinc  á  Tarsia  per  li  ochi  guiiie 
Corsé  r  tier  liiy  el  abraQolo. 
De  tciiLTCza  paiigiaiido   iiisciiic 
Tegiicnilo   ['1111    al   altro   1   krace  3   cnlo, 
B  regraliaiidu   la   virtud   divina, 
Clin  alrgreza   asciii  de  la  sciUiuj,  ele. 


II.*  PARTE,  CAP.  VI.  PRDÍ.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  299 

mente  en  sempiterno  gozo  '.  Considerado  como  obra  de  arte,  pa- 
récenos  justo  observar  que  ya  fuera  por  la  misma  regularidad  de 
la  primitiva  leyenda ,  ya  porque  no  careciese  el  autor  castellano 
de  ese  talento  creador,  que  todo  lo  subordina  al  logro  de  una  idea 
principal  y  verdaderamente  poética,  ofrece  en  su  conjunto  cierta 
armonía  inusitada  hasta  entonces,  caminando  la  acción  á  su  fin  de 
un  modo  fácil  y  desembarazado.  Los  repetidos  obstáculos  que  se 
oponen  á  la  felicidad  del  héroe ,  formando  el  nudo  de  la  misma 
acción,  no  son  sin  embargo  tan  naturales  como  fuera  de  apetecer; 
y  aun  examinados  simplemente,  cual  medios  artísticos,  exceden  los 
límites  de  lo  verosímil,  en  especial  el  hermético  encerramiento  de 
Luciana,  su  viaje  marítimo  y  resurrección  en  Éfeso,  así  como  el 
inmotivado  retiro  deApollonio,  ideado  sólo  para  dar  margen  al  be- 
llísimo episodio  de  Tarsiana  2.  Yerdad  es  que  este  peregrino  episo- 
dio constituye  la  parte  más  interesante  del  poema.  Aquella  hermosa 
niña,  criada  en  la  ignorancia  de  su  propia  grandeza ,  y  arrojada 
al  primer  albor  de  su  juventud  en  medio  del  oleaje  y  de  las  ini- 
quidades del  mundo,  rechazando  con  el  escudo  de  su  virtud  todas 
las  asechanzas ,  y  comprando  con  el  tesoro  de  sus  lágrimas  el  se- 
guro de  su  inocencia,  es  una  creación  altamente  simpática ,  que 
embellecida  por  el  poeta  español  con  las  gracias  del  cristianismo, 
se  ostenta  á  nuestros  ojos  cual  pura  azucena  sacudida  por  contra- 
rios vientos,  los  cuales  inclinan  acaso  su  misterioso  tallo,  sin  que 
logren  jamás  troncharlo  ni  deshojarla.  Su  pureza  es  como  su  her- 
mosura; y  su  alma,  nacida  para  el  bien,  se  fortifica  y  acrisola  en 
medio  de  los  peligros  que  la  rodean  y  combaten. 

Al  llegar  á  este  punto  asáltanos  una  idea,  que  ocurrirá  sin  duda 


i  En  la  Gesta  Romanorum  lleva  el  capítulo  de  ApoUonio  este  título:  «De  tri- 
bulatione  temporali,  quae  in  g-audium  sempiternum  postremo  commutabitur». 

2  Debió  ya  conocer  esta  inverosimilitud  el  ing-enioso  Juan  de  Timoneda, 
cuando  hace  en  su  Patrailuelo,  obra  de  que  vamos  á  hablar,  que  en  vez  de 
consumir  ApoUonio  en  el  desierto  los  doce  ó  catorce  años  necesarios  para  que 
su  hija  llegue  a  la  juventud,  los  emplea  en  organizar  el  imperio  de  Antíoco, 
que  le  habia  negado  la  hija  de  aquel  tirano,  y  eu  rescatar  el  reino  de  Tiro,  que 
gemia  bajo  el  yugo  de  un  usurpador,  entronizado  durante  su  ausencia.  Ver- 
dad es  que  con  estas  variaciones  perdía  el  carácter  de  ApoUonio  su  primitiva  y 
peculiar  índole,  convertido  ya  en  un  rey  valiente  y  guerrero. 


300  HISTORIA   CRITICA   DE    LA    LITERATURA    ESPA?Í0LA. 

íi  todo  el  que  fije  la  vista  en  este  precioso  monumento  de  la  lite- 
ratura española:  hablamos  do  la  estrecha  semejanza  que  existe 
entre  la  Tarsiana  del  libro  de  Apollonio,  la  Preciosa  áe  la  Gita- 
nilla  de  Madrid,  debida  á  la  pluma  de  Cervantes,  y  la  Esmeralda 
de  yotrc  Dame  de  París,  obra  de  nuestros  dias  que  enaltece  el 
talento  de  Yictor  Hugo.  Ya  antes  de  ahora  tuvimos  ocasión  de 
comparar  la  gitaniUa  española  y  la  bohemia  francesa;  pero  cuando 
hicimos  este  cotejo  no  se  habia  dado  á  luz  el  poema  de  Apollonio, 
y  aunque  teníamos  alguna  noticia  de  él  *,  no  siendo  tampoco  para 
nosotros  desconocido  el  Patrañuelo  de  Timoneda ,  como  aquella 
era  algo  incompleta,  y  veíamos  desfigurado  en  parte  por  este  el 
carácter  de  Tarsiana  ^,  no  pudimos  remontarnos  al  origen  de  la 
bella  creación  que  aclimató  en  nuestro  suelo  el  inmortal  autor 
del  Ingenioso  Hidalgo  ^,  y  que  ha  enriquecido  en  más  amplia  es- 
cala la  novela  del  siglo  XIX. 

Conocido  el  camino  que  hace  la  tradición  oriental  de  Apollo- 
nio y  de  su  hija,  cúmplenos  ahora  añadir  que  guardan  en  efecto 
con  ella  la  mayor  semejanza,  así  la  Politania  del  Patrañuelo, 
donde  más  se  altera  aquel  delicado  tipo ,  como  la  Preciosa  y  la 
Esmeralda.  Todas  nacen  en  ilustre  cuna;  todas  son  hermosas, 
se  hallan  dotadas  de  virtud,  pureza  y  valor,  y  expuestas  á  las  in- 


1  Habíala  dado  Rodríguez  de  Castro  en  su  Biblioteca  española  (tomo  II, 
pág.  504,  col.  2.*);  pero  tan  incompleta,  que  no  era  posible  formar  juicio 
aljuno.  Sólo  cuando  publicó  en  el  tomo  IV  de  la  2.^  serie  de  la  Revista  de 
Madrid  el  Sr.  Pidal  el  libro  de  Apollonio,  que  imprimió  por  separado  en  18 il, 
pudimos  completar  este  curioso  cotejo,  indicado  en  la  traducción  castellana  de 
Sismondi,  que  con  anotaciones  y  aditamentos   dimos  á  luz  en  el  mismo  año. 

2  Véase  la  Patraña  oncena,  que  tiene  por  epígrafe  estos  versos  : 

Apolonio  por  casar 
Con  la  hija  de  Antioco 
Grandes  infortanios  toco 
Oue  pasó  por  tierra  y  mar. 

3  Don  Antonio  de  Solís,  celebrado  autor  de  la  Conquista  de  Méjico  ,  puso 
en  escena  después  de  la  muerte  de  Cervantes  la  GitaniUa  de  Madrid,  conser- 
vándole el  mismo  título.  Es  una  de  sus  más  aplaudidas  comedias,  y  ocupa  en 
la  Colección  á&dA  á  luz  en  1714  el  octavo  luf^ar,  habiéndose  sostenido  en  el 
teatro  hasta  los  tiltimos  años  (Gil  y  Zarate,  Manual  de  literatura,  ed.  de  1831, 
páb'.  471). 


II.*  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  30í 

j lirias  del  mundo,  luchando  con  entereza  y  constancia  contra  la 
adversidad  de  la  suerte,  rechazando  el  oro  y  las  amenazas  de  sus 
perseguidores,  y  conservando  ilesa  la  flor  de  su  virginidad,  ar- 
dientemente codiciada.  Y  para  que  la  semejanza  sea  más  comple- 
ta, todas  ganan  el  sustento  en  medio  del  tumulto  de  las  plazas 
públicas  con  el  encanto  de  su  voz  *  y  las  melodías  de  los  instru- 
mentos poi'  ellas  pulsados;  y  mientras  despiertan  en  unos  carnales 
apetitos,  ó  mueven  en  otros  compasivos  afectos,  inspiran  profunda 
pasión  en  los  nobles  pechos  de  Antinágoras  y  Palimedo,  de  don 
Juan  de  Cárcamo  y  del  capitán  Febo. 

La  menos  pura,  la  más  sensual  de  todas  es  sin  duda  la  Esme- 
ralda de  Victor  Hugo,  á  quien  seducen  ó  deslumhran  al  cabo  la 
juventud ,  la  gallardía  y  la  nobleza  de  su  amante ;  pero  no  llega 
sin  embargo  á  marchitarse  su  frescura,  siendo  en  verdad  heroico 
el  tesón  con  que  rechaza  las  tenaces  importunaciones  de  Frollo, 
encendido  por  ella  en  amor  irresistible.  También  es  la  Esmeralda 
la  que  está  reservada  á  un  fin  más  desastroso,  sufriendo  al  propio 
tiempo  las  más  duras  pruebas :  Victor  Hugo  escoge  el  desenlace 
terrible  que  pone  fin  en  un  suplicio  á  los  dias  de  su  heroína, 
mientras  en  ApoUonio ,  en  el  Patramelo  y  en  la  Gitanilla  se 
purifican  Tarsiana,  Politania  y  Preciosa  por  medio  de  los  padeci- 
mientos, para  conquistar  la  felicidad  en  la  tierra.  Pero  en  esto 
precisamente  debemos  notar  cómo  las  ideas  de  unos  siglos  se  mo- 
difican y  someten  á  las  de  otros,  y  cómo  el  arte  de  unas  edades, 

1  Ninguna  de  las  leyendas  y  poemas  de  la  edad  media  dá  razón  de  los 
versos  que  Tarsiana  cantaba  en  el  mercado:  sólo  el  cód.  F.  152  incluye  los 
que  dirigió  á  Apolonio,  que  trasladaremos  á  este  lugar  para  completar  en  lo 
posible  la  noticia  que  hemos  dado  de  esa  versión  desconocida  hasta  ahora. 
Dicen : 

Per  sonles  gradior,  si  sordes  conscia  non  sum, 
Sic  rosa  in  spinis  nescio  conpnngi  mucrone: 
Piratae  me  rapuerunt  gladio  ferientis  iniqui. 
Lenone  nanc  uendita,  nanquam  violavi  pudurem: 
Si  fletas  et  laciimae  aut  luctus  de  amicis  inerent, 
Nulla  a  me  nobilior  patri,  si  nosset  ut  essem. 
Regio  sum  genere,  stirpe  procréala  priorum: 
Ut,  deo  volente,  nubear  qnandoqae  laetari. 
Redde  coelo  faciem,  ánimos  ad  sidera  tolle, 
Aderit  nempe  I>eus,  Creator  omnium  et  auctor, 
Qui  non  sinit  líos  flelus,  casso  labore  relínquo.  " 


302  HISTORIA   CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPASOLA. 

empleando  diferentes  medios,  desenvuelve  las  concepciones  do 
otras;  ejerciendo  grande  inllnjo  en  este  linaje  de  elaboración  no 
solamente  el  espií'itu  nacional  de  cada  pueblo,  sino  aun  el  pasajero 
capricho  de  la  moda.  Seguia  Yictor  lingo  la  escuela  apellidada 
romántica,  que  pretendía  emancipar  las  letras  de  la  autoridad  do 
los  cltisicos;  y  aunque  la  hermosa  figura  de  Tarsiana  no  habia 
nacido  cu  el  arte  clásico  propiamente  dicho ,  al  lijar  sus  miradas 
ya  en  la  Gitanilla  de  Cervantes,  ya  en  las  leyendas  de  los  siglos 
medios,  creyóse  obligado,  para  ser  consecuente,  á  cortar  el  hilo 
de  la  vida  de  su  Esmeralda  con  una  horrible  catástrofe ,  todavía 
más  terrible  por  los  dolorosos  gritos  de  la  triste  madre ,  que  sólo 
en  aquellos  desgarradores  momentos  logra  estrechar,  ya  cadáver, 
A  la  perdida  hija. 

Confesamos  que,  á  pesar  de  la  brillantez  sorprendente  con  que 
están  trazadas  estas  escenas,  no  puede  menos  de  repugnarnos 
el  arte  que  se  complace  en  bosquejarlas  á  menudo,  sólo  para 
ser  trágico  y  sanguinario ,  cayendo  en  brazos  del  más  descon- 
solador fatalismo.  La  Preciosa,  la  Politania  y  la  Tarsiana,  infun- 
dirán tal  vez  al  fin  de  la  jornada  un  interés  menos  vivo;  pero 
hallarán  sin  duda  mayor  numero  de  simpatías,  especialmente  la 
última,  que  guarda,  digámoslo  así,  más  pura  fragancia,  como 
más  cercana  á  la  fuente  primitiva.  Digno  es  sin  embargo  de  ob- 
servarse que  el  mayor  desarrollo  de  esta  idea  corresponde  á  la  li- 
teratura francesa,  postrera  que  ha  llegado  á  ensayarla  ':  en  el  libro 
de  Apollonio  y  en  el  Paírauuelo  forma  la  historia  de  Tarsiana  y 
(le  PoUtania  un  solo  episodio ;  bajo  la  pluma  de  Cervantes ,  es  la 
Preciosa  heroína  de  una  novela  de  cortas  dimensiones ;  en  A^'oíre 
Dame  de  Pan's  toma  ya  proporciones  colosales,  llenando  la  Es- 
meralda el  gran  cuadro,  en  que  se  agrupan  extraordinarios  suce- 
sos, animados  todos  por  el  espíritu  filosófico  del  siglo  XIX,  bien 
que  conservando  el  colorido  especial  de  la  corte  de  Luis  XI,  tea- 
tro de  los  mismos. 


1  Don  Gabriel  Estrella,  joven  poeta  sevillano,  ha  reproducido  en  el  teatro 
el  mismo  asunto  de  la  Gitanilla  de  Madrid,  y  al  imprimir  estas  líneas  vemos 
anunciada  una  zarzuela,  debida  á  don  Francisco  García  Cuevas,  sobre  el  mis- 
mo lema. 


II.'  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  .303 

No  están  pintados  con  tanta  verdad  y  gracia  todos  los  caracte- 
res del  libro  de  Apollomo,  ni  interesan  en  grado  igual  todos  sus 
episodios.  La  historia  de  Luciana  y  su  bello  carácter  llamarán  no 
obstante  la  atención  de  todo  crítico  que  no  detenga  sus  miradas 
en  la  rudeza  ó  brillantez  de  las  formas.  La  hija  de  Architrastes 
ama  en  Apolonio  la  virtud  y  la  ciencia,  y  por  su  ciencia  y  su  virtud 
le  antepone,  pobre  y  náufrago,  á  todos  los  príncipes  que  solicitan 
su  mano.  Su  amor  es  constante  y  duradero,  como  el  principio  que 
le  dá  aliento,  y  ni  lo  debilita  el  aparente  abandono  de  su  esposo, 
ni  lo  resfrian  los  años  de  aquella  forzada  ausencia,  gastada  en 
oraciones  y  plegarias  por  la  salud  y  bienandanza  de  Apolonio  en 
el  retiro  del  claustro.  Sólo  es  grato  á  Luciana  volver  á  la  vida, 
porque  nace  en  su  pecho  la  esperanza  de  tornar  algún  dia  á  los- 
brazos  del  hombre  sabio  y  morigerado ,  que  dominando  su  razón 
con  el  poderio  de  su  virtud  y  de  su  ciencia,  le  hizo  posible  la  fe- 
licidad en  la  tierra;  y  semejante  idea,  nada  vulgar  entre  los  espa- 
ñoles del  siglo  XIII,  debió  ser  altamente  acepta  á  los  eruditos, 
contrapuesta  como  estaba  á  las  preocupaciones  generales ,  que 
sólo  reconocían  mérito  y  valer  en  la  fuerza  de  las  armas  ó  en  el 
aparato  de  las  riquezas.  Y  esta  misma  consideración  daba  sin  duda 
subido  precio  entre  los  doctos  al  carácter  de  Apolonio :  un  hom- 
bre, que  armado  de  la  doble  antorcha  de  la  prudencia  y  del  saber, 
corre  por  todas  partes  en  busca  de  la  felicidad,  la  cual  huye  de- 
lante de  sus  ojos,  y  que  después  de  apurar  la  copa  del  infortunio, 
alcanza  esa  misma  felicidad,  que  derrama  con  mano  generosa  so- 
bre cuantos  le  rodean,  si  no  podia  despertar  en  aquella  edad  el 
interés  de  la  muchedumbre,  pagada  sólo  de  sus  propios  héroes, 
excitó  las  simpatías  de  los  discretos,  que  hartos  de  escenas  de 
violencia  y  de  sangre,  ambicionaban  acaso  tales  egemplos  y  ense- 
ñanzas. 

Y  no  hubieron  de  serles  menos  gratas  las  figuras  de  Architras- 
tes y  de  Antinágoras :  el  amor  á  la  virtud  y  el  amor  paternal  son 
las  prendas  que  más  resaltan  en  el  primero,  mientras  caracterizan 
al  segundo  la  generosidad  y  la  hidalguía.  Llevado  de  aquellos 
sentimientos,  acoge  Architrastes  al  náufrago  y  desconocido  rey,  y 
colmándole  de  beneficios,  le  entrega  al  fin  su  propia  hija,  seguro 
de  que  puede  labrar  su  felicidad,  norte  único  de  sus  deseos.  Ava- 


304  ínSTORlA   CUItICA    DE   LA   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

sallado  Antinágoras  por  la  inocencia  y  el  dolor  de  Tarsiana,  con- 
trae el  deber  de  respetarla  y  defenderla ,  teniendo  en  él  la  desva- 
lida huérfana,  asi  como  la  Preciosa  de  Cervantes  en  don  Juan  de 
Cárcamo  y  la  Esmeralda  de  Víctor  Hugo  en  el  capitán  Febo,  efi- 
caz protector  que,  siguiendo  todos  sus  pasos,  le  sirve  en  su 
abandono  de  verdadero  escudo.  Al  cabo  alcanza  Antinágoras  la 
no  sospechada  fortuna  de  restituirla  á  su  padre,  obteniendo  en 
recompensa  su  envidiada  mano ;  recompensa  que  contrasta  me- 
recidamente con  el  duro  castigo  del  codicioso  rufián  *,  de  Estran- 
gilo  y  de  Dionisia,  así  como  son  de  todo  punto  desemejantes  las 
cualidades  de  unos  y  otros  caracteres. 

Digamos  pues  al  terminar  el  estudio  del  libro  de  ApoUonio,  y 
dejando  para  luego  el  examen  de  sus  formas  meramente  artísticas, 
que  este  raro  monumento  de  la  poesía  erudita  española  es  una  do 
las  más  interesantes  conquistas  que  la  preparan  para  adquirir 
nuevos  laureles  en  la  única  senda  que  le  era  posible  recorrer,  dado 
ya  el  impulso,  en  la  manera  antes  de  ahora  examinada.  Mas  si  al 
apoderarse  de  esta  singular  historia,  pudo  el  poeta  español  comu- 
nicarle el  colorido  de  las  creencias  y  de  las  costumbres  del  si- 
glo XIII,  introduciendo  en  ella  los  aditamentos  y  alteraciones  que 
hemos  notado  oportunamente,  llevado  de  ese  instinto  de  regula- 
ridad, ya  reconocido  por  nosotros,  ó  careciendo  tal  vez  del  lleno 
de  conocimientos  que  poseían  los  más  sabios,  no  le  fué  dado  sem- 
brarla de  aquellas  múltiples  digresiones  científicas  y  literarias,  que 
en  pedantesco  maridaje  caracterizan  la  mayor  parte  de  las  pro- 
ducciones coetáneas. 

En  ninguna  de  las  obras  poéticas  escritas  por  aquellos  tiempos 
en  la  Península  Ibérica,  se  ostenta  este  aparato  de  ciencia  con  tan- 
ta profusión  como  en  el  Poema  de  Alexandre ;  prueba  suficiente 
sin  duda  para  demostrar  que  aspiraba  su  autor  á  mayor  lauro 
que  el  obtenido  por  el  de  Apollomo ,  y  causa  naturalísima  de  la 
grande  celebridad  que  alcanza,  al  aparecer  su  libro  en  la  república 


i  Juan  de  Tiinoncda,  que  allcrú  ó  halló  alterada  en  muchos  puntos  esta 
tradición,  según  vá  notado,  hace  que  Lcnio  el  mesonero  (Leño)  solicite  y  ob- 
tenga perdón  de  Polltania,  odándole  sin  esto  doblado  precio  de  aquel  que 
pagi'j  á  los  rorsarios  por  ella». 


ÍI.*  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  303 

de  las  letras.  Nada  hay  en  efecto  que  se  oculte  á  las  miradas  del 
escritor  erudito,  quien  pone  en  contribución  todo  género  de  cono- 
cimientos y  noticias  para  acaudalar  y  llenar  de  portentos  su  obra 
maestra.  Teología  y  filosofía,  astrologia  y  astronomía,  ciencias 
políticas  y  naturales,  geografía  é  historia...  cuantas  nociones  te- 
nían algún  precio  entre  los  doctos  de  la  primera  mitad  del  si- 
glo XIII,  sin  perdonar  las  que  ministraban  los  estudios  clásicos, 
hallan  acogida  en  el  Poema  de  Alexandre,  modificando  y  enrique- 
ciendo extraordinariamente  el  libro  latino  de  Gualtero  deChatillon, 
que  le  sirvió  sin  duda  de  principal  base,  y  adjudicando  así  al  vate 
castellano  el  galardón  de  la  originalidad  por  él  ambicionado  *. 
Poseído  de  esta  manera  de  pasión  erudita,  le  vemos  pues  hacer, 
cual  astrólogo,  misteriosos  vaticinios  sobre  el  nacimiento  de  Ale- 
jandro ;  explicar  con  tono  de  maestro  las  causas  que  en  su  enten- 
der producen  los  eclipses ;  enumerar  largamente  las  virtudes  de 
las  piedras  preciosas;  describir  ,  como  entendido  cosmógrafo,  las 
comarcas  reales  y  las  fantásticas  regiones,  adonde  lleva  sus  hé- 
roes, ya  levantándolos  en  rápido  vuelo  sobre  las  nubes,  ya  con- 
duciéndolos por  las  oscuras  cavernas  del  mar  y  del  averno ;  diser- 
tar con  la  gravedad  del  teólogo  y  la  autoridad  del  sacerdote  sobre 
la  religión,  la  moral  y  las  costumbres;  y  discurrir  finalmente  por 
los  dominios  de  la  historia,  repitiendo  al  propio  tiempo  la  inmor- 
tal narración  de  Homero  y  los  desastres  de  Príamo. 

A.1  compilar  y  fundir  en  una  sola  producción  estas  varias  nocio- 
nes, siguiendo  la  ley  general  de  los  estudios,  mostraba  en  verdad 
el  autor  del  poema  de  Alexandre  que  ni  le  eran  peregrinos  los  es- 
tudios hechos  ya  desde  el  siglo  XI  por  la  raza  hebrea  respecto  de  las 
ciencias  astronómicas  y  naturales,  ni  habla  olvidado  las  respetadas 
enseñanzas  de  San  Isidoro,  consignadas  en  el  libro  de  los  Origines, 
ni  era  tampoco  ajeno  al  movimiento  clásico  de  las  letras  latino- 

1  Demás  de  las  observaciones  que  adelante  expondremos,  parécenos  bien 
llamar  la  atención  de  los  lectores  sobre  las  expuestas  por  Sánchez  en  los  nú- 
meros 30,  31  y  32  del  prólogo  á  la  edición  del  mismo  poema,  tomo  III  de  su 
Colee,  depoes.  ant.  al  siglo  XV.  Posible  y  aun  probable  es  que  el  autor  del  cas- 
tellano conociera  la  Alexandriade  de  Lamberto  Le  Court  y  Alejandro  de  Ber- 
nay,  dado  á  luz  por  vez  primera  en  1861  (Paris,  por  F.  Le  Court  Yillethassetz 
y  E.  Talbol). 

TOMO   III.  20 


300  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

eclesiásticas,  siéndole  por  el  contrario  muy  familiares  así  los  es- 
critores sagrados  como  los  poetas  latinos,  (]ue  alcanzaban  enton- 
ces mayor  estima  en  las  escuelas.  Pero  en  medio  de  ese  alarde  do 
ciencia,  que  aun  no  sazonado  por  la  sobriedad  de  la  reflexión  ni 
por  la  madurez  del  juicio,  parecía  preludiar  en  nuestro  suelo  la 
memorable  época  del  Rey  Sabio,  cayó  el  poeta  en  lodos  los  ana- 
cronismos, contradicciones  é  inconsecuencias,  comunes  al  mundo 
erudito  en  aquella  edad,  y  que  determinamos  ya  al  explicar  la  pri- 
mera trasformacion  del  arte  vulgar  español:  en  el  libro  de  Ale- 
xandre  resalta  sin  embargo  más  que  en  otra  alguna  de  las  obras 
del  siglo  \ni  la  enérgica  vitalidad  del  pueblo  castellano,  destinada 
á  dominar  en  todas  edades  cuantos  elementos  extraños  vienen  á 
fecundarse  en  la  Península,  por  más  que  reconozcamos  que  esto 
notable  monumento  pertenece  fundamentalmente  al  mundo  eru- 
dito '. 


i     Sin  el  temor  de  dar  excesivo  bulto  á  estas  ¡nvestig'aciones,  expondría- 
mos aquí  cuanto  han  observado  eminentes  críticos  sol>re  las  tradiciones  rela- 
tivas al  liijo  de  Olimpias  y  sobre  los  poemas,  ya  escritos  en  lenguas  orientales, 
como  los  de  Ferdusí,  Aizamí,  Abú  Thaher,  Abd-al-Salam,  etc.,  cuyas  hue- 
llas, aunque  muy  inciertamente,  parecen    seguir   Calístencs,  Julio  Valerio  y 
sus  propagadores  en  las  literaturas  modernas;  ya  compuestos  en  las  len- 
guas clásicas,  en  que  fueron  consultados  y  tenidos  principalmente  por  guias 
Arriano  y  Quinto  Curcio,  a  cuya  escuela  perteneció  Gualtero  de  Chatillon  (el 
maestre  Gaitero),  cuya  Alexandriada,  dada  á  luz  en  MDXXXXl,  cuní  gratia  et 
privilegio,  sirvióde  base  principal  al  poeta  castellano.  Nuestros  lectores  pueden 
consultar  sobre  este  punto,  harto  ilustrado:  1."  la  Histoire  litter.  de  France, 
tomo  XV,  pág.  Í60  y  sigs,;  2.°  la  edición  de  \a  Alexandriade  de  Lamberto  Li 
Cors  (ó  le  Tors),   por  el  docto  Enrique  Michelant;  3."  el  prólogo  de  la  edi- 
ción del  mismo  poema,  debida  á  los  eruditos  F.  Le  Court  de  la  Villethassetz  y 
Eugenio  Talbot;  4.°  los  memorados  Estudios  del  docto  Wolf,  pág.  67  y  sigs.; 
y  con  ellos  los  trabajos  parciales  de  Langlet  {Uiograph.  tiniv.,  tomo  XIV); 
Molh  [Colleclion  oriéntale,  Livrc  des  Rois);  Sacy  [Biogruph.  unív.,  tomo  XXX, 
pág.  302);Cardonne  {Bibliolhéquedes  Romans,  tomo  I,  pág.  24  y  sigs.);  y  otros 
mencionados  novísimamente  por  el  diligente  Puymaigre   [Les  vieux  auteurs, 
tomo  I,  pág.  3 14  y  sigs.).  De  todos  estos  estudios  se  deduce,  como  indicamos 
arril)a,  que  Juan  Lorenzo  de  Astorga  se  inclinó  á  la  tradición  clásica,  si  bien 
mostró  no  desconocer  las  orientales,  que  acaso  echaban  en  España  más  pro- 
fundas raices  que  en  otra  de  las  naciones  meridionales,  como  advertiremos  al 
examinar  la  Grande  el  General  Estoria  del  Rey  Sabio,  todavía  desconocida  do 
os  eruditos. 


II."     PARTE,    CAP.    VI.    PRUI.    MO]N.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.      307 

Mucho  se  ha  dudado  sobre  el  nombre  del  verdadero  autor  de 
este  poema,  cuya  breve  exposición  nos  dará  cabal  idea  de  su  mé- 
rito, confirmando  las  observaciones  ya  indicadas:  los  más  escri- 
tores que  le  mencionan,  lo  atribuyeron  al  Rey  Sabio,  error  desva- 
necido por  Sánchez,  su  primer  editor,  y  que  provenia  de  no  haber 
tenido  exacto  conocimiento  de  toda  la  obra  *.  Esta,  que  es  sin 
duda  la  de  mayor  extensión  de  cuantas  se  escribieron  en  su  tiem- 
po, fué  debida  á  un  clérigo  de  x4.3torga,  oriundo  de  Segura,  lla- 
mado Juan  Lorenzo  -;  y  aunque  no  aparece  compartida  en  cantos 


1  Los  escritores  más  notables  que  cayeron  en  este  error,  suponiendo  ade- 
más que  el  poema  de  AJexandre  estaba  escrito  a  en  sextillas  y  aun  en  varias 
especies  de  versos»,  son:  don  José  Pellicer  y  Ossau,  Informe  de  la  casa  de 
los  Sarmientos,  fól.  35;  don  Kicolás  Antonio,  Bibl.  Vet.,  lib.  Vlíl,  cap.  V; 
el  marqués  de  Mondéjar,  Memorias  históricas  del  rey  don  Alonso,  el  Sabio,  li- 
bro YI,  cap.  XI;  Velazquez,  Orígenes  de  la  poesía  castellana,  pág-.  43  de  la 
ed.  de  Malag-a,  y  Rodríguez  de  Castro,  Biblioteca  española,  tomo  II,  pág.  631. 
Digno  es  de  repararse  en  que  todos  creyeron  que  el  supuesto  poema  del  Rey 
Sabio  comenzaba  con  la  copla: 

Subiujada  Egipto  \  con   toda  su  grandia,  etc. 

2  Esta  es  la  opinión  que  ha  generalizado  Sánchez,  no  sin  fundamento: 
sin  embargo,  un  hombre  respetable  por  su  mucha  lectura  y  buen  juicio,  don 
Ramón  de  Loaisa,  bibliotecario  de  la  arzobispal  de  Toledo,  cuya  pérdida  la- 
menta el  profesorado  español,  nos  manifestó  hace  algunos  años  que  abrigaba 
vehementes  dudas  respecto  de  la  opinión  de  Sánchez.  Fundábanse  estas  en 
que  en  los  III."^  Anales  toledanos,  después  de  mencionar  al  arcediano  de  To- 
ledo, que  lo  era  al  mediar  del  siglo  XIII  el  Mtro.  Jofre  García  de  Loaysa,  se 
le  designa  apellidándole  el  dicho  Alixandre  {Esp.  Sag.,  tomo  XXIII,  pág.  418). 
Y  como  este  parezca  un  título  de  excelencia,  pues  no  hay  duda  en  el  nom- 
bre del  arcediano,  constando  por  otra  parte  que  escribió  una  Crónica  castella- 
na, según  en  otro  lugar  veremos,  deducía  el  don  Ramón  que  era  su  ascen- 
diente autor  del  poema  de  Álexandre.  Puestos  en  el  terreno  de  las  congetu- 
ras,  necesario  es  confesar  que  esta  se  halla  bien  fundada;  pero. admitida,  es 
necesario  suponer:  1.°  que  Juan  Lorenzo  fué  sólo  copiante,  como  Pero  Abat 
en  el  Poema  del  Cid,  dando  á  la  voz  escribir,  usada  en  la  copla  2oi0,  con  que 
el  libro  de  Álexandre  termina,  la  común  interpretación  de  aquellos  tiempos: 
2.°  que  Jofre  ó  Gofredo  escribió  el  dicho  poema  muy  en  la  juventud,  sí  han 
de  tener  aplicación  las  pruebas  históricas  que  sobre  la  época  en  que  el  poe- 
ma se  escribe  dejamos  alegadas,  pues  que  el  arcediano  vivía  en  1290.  Una 
observación  crítica  de  mucha  importancia  debilita  sin  embargo  todas  estas 


30S  FfISrOFlIA    CRITICA    DE    I.A    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

ni  libros,  como  la  Alexandreida  de  (jualtcro,  lo  cual  puede  no  sin 
fundamento  atribuirse  á  ignorancia  de  los  Irasladadores,  admito 
una  división  natural  y  cómoda  para  la  inteligencia  del  análisis, 
resultando  de  ella  nueve  tliversos  libros  de  regulares  dimensio- 
nes. El  primero,  que  comprende  la  exposición  de  todo  el  poema, 
mostrando  que  el  autor 

5    Quiere  leer  un  libro  |  de  un  Rey  noble  pagano, 

abraza  desde  el  nacimiento  de  Alejandro,  que  adoctrinado  por 
Aristóteles  en  toda  arte  de  clerezia,  sabe  al  entrar  en  la  juventud, 
que  estaba  su  patria  sometida  á  tributo  de  los  persas,  lo  cual 
enciende  en  su  pecho  ardiente  deseo  de  venganza,  asemeján- 
dole al 

28 chicuelo  león 

Cuando  iaz  en  la  cama  |  et  vee  la  venación, 
Non  la  pueda  prender  |  et  baleiel'  coracon. 

Excitada  esta  bélica  disposición  de  Alejandro  por  los  consejos 
de  su  maestro,  resuélvese  á  recibir  la  arden  de  caballería,  y  c¡- 
ñendo  una  espada,  templada  por  Yulcano,  la  cual 

83    Avíe  grandes  virtudes,  j  ca  era  encantada, 

y  armándose  de  maravilloso  escudo,  viste  delgada  camisa,  tejida 
por  dos  «fadas  en  la  mar»),  cubriendo  no  menos  precioso  brial  y 


suposiciones:  refiérese  al  carácter  particular  del  lenguaje  usado  en  el  libro 
de  Alexandre.  Como  demuestra  Sánchez,  lejos  de  ser  la  lengua  de  las  quatro 
calles  de  Toledo,  que  el  Rey  Sabio  seüalaba,  en  vida  del  arcediano,  como 
norma  de  la  castellana  (Véase  la  Ilustración  II.*  de  la  I.''  Parte),  la  empleada 
en  el  poema  es  la  hablada  en  el  reino  de  León,  donde  todavía  se  conservan 
muchas  voces  con  la  misma  forma.  Asi,  no  siendo  creíble  que  un  arcediano 
de  Toledo,  nieto  de  un  alcayde  de  Écija  {España  Sagrada,  tomo  XXXII,  pá- 
gina 420),  y  que  anduvo  siempre  en  la  curte  de  Castilla,' adoptase  por  ca- 
pricho los  provincialismos  leoneses,  nos  inclinamos  a  seguir  la  opinión  au- 
torizada por  Sánchez,  observando  además  que  la  voz  escribir  tiene  en  el  libro 
de  Alexandre  un  sentido  especial,  pues  que  el  poeta  dá  terminantemente  el 
nombre  de  escribanos  á  los  escritores  que  cita,  y  declara  que  si  logra  su  ol>- 
jelo  se  tendrá  por  bueno  entre  ellos:  hé  aquí  sus  palabras: 

5     Terne,    si   lo   coinplicre,  |  que  soe  bon  escribano. 


Il/  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  309 

manto,  que  le  precavían  con  aquella  de  toda  lujuria,  frío  y  calor, 
haciéndole  al  par  infatigable.  Con  estos  arreos  llega  el  hijo  de 
Oh'mpias  al  pié  del  altar,  y  ofrecidas  allí  «sus  donas»,  eleva  á 
Dios  ferviente  plegaria,  exclamando: 

108  Sennor...  que  tienes  |  lodo  el  inundo  en  poder, 
A  quien  cielo  et  tierra  |  deuen  obedecer, 

Tú  guia  mi  facienda,  |  si  te  cae  en  placer, 
Que  pueda  lo  que  asmo  |  por  tí  acabecer. 

109  Tú  dá  en  estas  armas  |  la  tu  benediction, 
Ca  sin  ti  non  val  nada  |  ninguna  guarnición. 
Que  pueda  fer  con  ellas  |  atal  destruycion 
Porque  saque  á  Grecia  |  desta  tribulación. 

Quinientos  caballeros  armados  de  su  mano,  se  aprestan  á  se- 
guirle, en  busca  de  aventuras,  preparándose  de  este  modo  para 
la  grande  empresa  que  habia  concebido;  y  hechas  las  primeras 
pruebas,  con  muerte  de  Nicolás,  rey  poderoso,  que  se  opone  á 
sus  correrías,  torna  á  su  patria,  donde  niega  á  Darío  las  parias 
que  á  la  sazón  exigían  sus  mensajeros,  acometiendo  después  la 
conquista  de  Armenia  y  castigando  la  traición  de  Pausanías,  que 
apresura  su  advenimiento  al  trono  de  Macedonia. — Desde  este 
instante  dirige  ya  todas  sus  fuerzas  contra  el  coloso  del  Asia;  y 
convocando  primero  en  su  ayuda  todos  los  pueblos  de  Grecia,  y 
domeñando  después  á  los  atenienses  y  tebanos,  que  se  oponían 
á  sus  proyectos,  logra  ser  acatado  como  señor  por  todas  las  na- 
ciones del  archipiélago,  llevando  sus  armas  al  imperio  de  Darío, 
cuyas  costas  saluda,  lanzando  sobre  ellas  una  envenenada  saeta. 

Comienza  el  segundo  libro,  haciendo  una  descripción  geográ- 
fica de  todas  las  partes  del  mundo,  á  la  sazón  conocidas,  si  bien 
fijándose  principalmente  en  el  Asia:  el  espectáculo  sorprendente 
de  aquel  hermoso  y  desconocido  pais  despierta  en  el  ánimo  de 
Alejandro  gratas  sensaciones  y  alegres  esperanzas,  y  sometida 
en  breve  á  su  esfuerzo  toda  la  Frigia,  sube  de  punto  su  entusias- 
mo, al  contemplar  desde  una  colina  los  venerables  escombros  de 
Troya,  cuya  historia  refiere  á  sus  capitanes,  ambicionando  la  glo- 
ría de  Aquiles.  En  esta  relación,  que  forma  uno  de  los  episodios 
más  largos  del  poema,  no  solamente  dá  á  conocer  Juan  Lorenzo 
el  fruto  de  sus  estudios  clásicos,  con  la  lectura  de  íloraero,  Vir- 


310  HISTORIA    CniTIC.VDE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

gilio  y  Ovidio  *,  sino  que  cediendo  al  influjo  de  actualidad  más 
de  lo  que  pudiera  imaginarse,  convierte  el  palacio  de  Deidimia  en 
un  monasterio  de  monjas,  donde  encierra  entre  ((Sorores>)  al  hijo 
de  Peleo;  reviste  con  la  dignidad  de  condes  y  vizcondes  á  los  cau- 
dillos de  Troya  y  Grecia,  y  haciéndoles  recordar  que  les  «dieron 
pescozada»,  es  decir,  que  habian  recibido  orden  de  caballeria,  los 
arma  á  la  usanza  de  Castilla,  y  les  atribuye  finalmente  las  ideas, 
el  lenguaje  y  los  sentimientos  religiosos  de  nuestros  mayores;  con- 
dición que  alcanza  igualmente,  aun  respecto  de  las  costumbres,  íi 
las  mismas  deidades  del  gentilismo.  Así  vemos  por  egemplo  quo 
Yénus  se  adereza,  para  presentarse  al  juicio  de  Páris,  como  una 
dama  del  siglo  XIII: 

334        Por  mostrar  que  non  eran  |  las  otras  sus  párelas, 
Alcaforó  los  oíos  |  linnió  las  sobreceias, 
Cobrióse  de  colores  |  de  blancas  et  bermeias; 
Metió  en  sus  manos  |  d'oro  muchas  sortcias. 

Asi  también  que  aparece  Héctor  armado  como  un  Cid  ó  un 
Fernán  González: 

430  Armós'  el  buen  cuerpo  |  ardido  et  muy  leal; 
Vestió  á  corona  |  un  gambax  de  cendal, 
Desuso  la  loriga  |  blanca  cuerno  christal: 

— Fijo,  dixo  su  padre,  |  Dios  te  curie  de  mal. 

431  Calcó  las  brafoneras  |  que  eran  bien  obradas, 
Con  sortijas  d'  a<;ero  |  sabet,  bien  enlazadas: 
Asi  eran  presas  [amas]  |  et  bien  trauadas 

Que  semeiaban  calzas  (  de  la  tienda  taladas. 


1  En  efecto,  Gualiero  de  Chatillon  ó  Castillon  pono  sólo  en  boca  lie 
Alejandro,  ya  al  final  del  primer  libro  de  su  Alexandreida,  un  apostrofe  di- 
rigido á  Aquilcs,  al  contemplar  su  tumba,  mientras  el  poeta  castellano  le 
hace  contar  menudamente  toda  la  guerra  de  Troya,  ó  como  si  dijéremos  de 
fondón,  según  la  frase  del  mismo  Juan  Lorenzo  (cop.  311).  Lo  que  en  la 
Alexandreida  consta  sólo  de  veinticuatro  versos  (lib.  I),  tiene  en  el  libro  de 
Alexandre  mil  seiscientos  diez  y  seis  en  cuatrocientas  cuatro  coplas  de  a  cua- 
tro (de  312  á  716).— Verdad  es  que  antes  de  este  episodio,  tan  erudito  como 
impertinente,  habla  ingerido  ya  algunos  otros  pasajes  de  su  cosecha,  entre 
ellos  la  expedición  de  ^'icolao  (cop.  116  á  128),  que  tomó  sin  duda  del  poe- 
ma de  L¡  Cors  {Cotnment  Mccaudres  ala  contre  le  roi  Nicolás,  pág.  34,  ed.  do 
Le  Court,  etc.). 


11."  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VüLG .  311 

432        Pues  fincó  los  inoios  |  et  cinniós'  lespada: 
Qui  toliergela  quissies'  i  auerlaíe  conprada: 
Cobriós'  el  almófar  |  de  obra  adiana, 
Dessuso  el  yelmo  |  de  obra  esmerada  '. 

El  libro  tercero  nos  dá  ya  cuenta  de  Dario,  quien  al  saber  que 
Alejandro  ha  invadido  sus  dominios,  le  envia  una  embajada  para 
que  se  vuelva  á  su  reino,  amenazándole  con  que  le  entregará  á 
los  rapaces  de  su  imperio  para  que  le  deshonren,  si  insiste  en  su 
temerario  propósito: 

736  Eres  ninno  de  días  |  et  de  sesso  menguado; 
Andas  con  grant  locura  |  et  serás  mal  fadado; 
Se  te  fuesses  tu  uía,  1  seríes  bien  acordado; 
Se  te  guias  por  otro,  |  eres  mal  conseiado. 

737  El  árbol  que  se  coyta  |  temprano  florecer, 
Quémalo  la  gelada  |  non  lo  dexa  crecer... 


739        Se  tú  en  esla  porfía  |  quisieres  porfiar, 
Non  porná  en  ti  mano  |  nul  onie  de  prestar: 
Facerte  he  á  los  rapaces  |  prender  et  desonrar, 
Cuemo  á  mal  ladrón  |  que  anda  por  robar. 

Grande  fué  el  sobresalto  de  los  griegos,  al  recibir  este  mensa- 


1  No  puede  ser  mayor  la  exactitud  de  estas  observaciones  en  orden  á  las 
costumbres;  mas  para  que  se  forme  aun  más  completa  idea,  veamos  cómo 
se  pinta  la  tristeza  délas  troyanas,  al  presentarse  Aquiles  segunda  vez  en 
el  campo: 

340  L,is   madrones   de  Troya  |  fecieron  luego  cirios; 

Vistien   todas  sacos  ]  et    ásperos   cíÜQios;  ' 

Ornaron    los    altares  |  de  rosas  et  de  lirios; 
Por    pagar    los   sanciones,  |  todos  cantaban   quirios. 

Después  Héctor,  al  entrar  en  lid  con  el  hijo  de  Peleo: 

633         Acomendó  su  alma  |  al   Padre  [eterno  et]   sancto. 

Y  cuando  los  griegos  vieron  destruidos  los  muros  de  Troya: 

665     .     .     .     con  el   gozo  |  todos   palmas  ferieron. 
Todos    á  una  voz   Deo  gracias  dexieron. 


Echando  el  bofordo   et  feriendo   laulado. 


No  hizo  más  el  Cid,  cuando  ganó  á  Valencia.  Obsérvese  también  que  no 
de  otro  modo  solemnizó  Apolonio  el  hallazgo  de  su  hija,  firiendo  palmas  y 
quebrantando  tablados. 


312  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAJSOLA. 

je;  pero  encendido  por  las  palabras  de  Darío  el  esfuerzo  de  Ale- 
jandro, los  exhorta  ¡1  despreciar  la  altaneria  del  persa,  cuyas  ri- 
quezas les  ofrece  como  seguro  galardón  de  la  victoria,  mandando 
al  propio  tiempo  ahorcar  los  mensajeros,  lo  cual  no  ejecuta,  mer- 
ced al  ruego  de  sus  capitanes  ^  La  respuesta  del  hijo  dePhilipo 
advierte  al  coloso  del  Asia  que  es  inevitable  la  guerra;  pero  mien- 
tras reúne  innumerables  ejércitos,  torna  á  amonestar  á  los  grie- 
gos que  abandonen  á  su  rey,  enviándole^s  una  manga  henchida 
de  mostaza  y  manifestándoles  que 

766        Tanto  podríe  nul  orne  ]  mió  poder  asmar, 
Ouanto  esta  semiente  j  vos  podriedes  cuntar. 

Alentados  de  nuevo  por  Alejandro,  le  devuelven  los  griegos  la 
misma  manga,  llena  de  pimienía.  Entre  tanto  sigue  el  macedón 
su  marcha  victoriosa,  dá  muerte  á  Memnon,  general  de  Dario, 
se  apodera  de  Sárdis,  donde  corta  el  nudo  gordiano,  toma  á  An- 
chira  y  Capadocia,  y  se  mueve  por  último  contra  Dario,  que  ve- 
nia ya  en  su  busca.  La  descripción  verdaderamente  poética  del 
carro  de  este  gran  príncipe,  el  asalto  de  Tarso,  donde  enferma 
Alejandro  en  el  baño,  el  desaliento  de  su  ejército,  sus  sueños, 
la  batalla  de  ísus,  en  que  Dario  es  vencido  por  vez  primera,  el 
episodio  de  Coceas  y  Alejandro  y  la  expugnación  de  Damasco, 
Tiro  y  Gaza  forman  el  tercer  grupo  de  acontecimientos,  con  que 
termina  el  libro  referido. 

Principia  el  cuarto,  pidiendo  Alejandro  á  los  judios  el  tributo 
que  pagaban  al  emperador  de  Persia;  demanda  que  rechaza  Ja- 
dus,  soberano  pontífice  (maoral  de  la  ley),  lo  cual  excita  la  ira 
del  hijo  de  Olimpias,  dirigiéndose  rápidamente  contra  Jerusalem, 
con  ánimo  de  cercarla.  Mas  aplacado  su  enojo  por  el  recibimiento 
que  le  tuvieron  los  judios,  cubriendo 


i  Este  rasgo  parece  original  de  Juan  Lorenzo,  pues  no  se  halla  en  Gualtero 
ni  en  Li  Cors:  el  último  presenta  á  los  mensajeros  de  Dario  con  extraña  mag- 
nificencia, y  cumplido  su  encargo  ante  Alejandro,  y  obtenida  la  gallarda 
respuesta  de  este,  añade: 

Li  mesagenl   n  docl  de  :ou  qui'  il   lor  respont; 
Congic  prisent  au  roí,  en  Prrsr  s'en  revont. 


11  /   PARTE,    CAP.    Vi.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.    3i3 

1093 las  carreras  ]  de  ramos  et  de  flores 

Que  parecien  fremosas  |  et  dauan  buenos  olores; 

y  noticioso  de  que  se  cumplian  en  él  las  palabras  de  Daniel,  que 
le  destinaban  al  imperio  del  Asia,  se  dirige  á  Samarla  y  al  Egipto, 
comarcas  que  sojuzga  con  la  misma  fortuna,  encaminándose  des- 
pués á  Libia  para  visitar  la  fuente  de  Baco;  fábula  á  que  mezcla 
Juan  Lorenzo  varias  tradiciones  y  costumbres  cristianas.  Allí  sabe 
Alejandro  que  repuesto  de  la  pasada  derrota,  habia  congregado 
Darlo  nuevo  y  más  poderoso  ejército,  y  volviendo  por  el  Egipto, 
vuela  á  su  encuentro  con  la  rapidez  del  rayo.  Un  eclipse  de  luna 
llena  de  terror  á  los  griegos,  quejándose  amargamente  de  que 
van  derechos  á  su  perdición;  pero  explicado  aquel  fenómeno  por 
la  sabiduría  de  Aiistandro,  en  la  forma  que  lo  oyó  tal  vez  el 
poeta  castellano  de  algún  clérigo  de  escuela,  cobran  el  perdido 
aliento,  decidiendo  segunda  vez  en  la  batalla  de  Arbelas  la  suerte 
de  Dario,  que  abandonado  de  los  suyos,  vé  en  grave  riesgo  su 
vida,  perseguido  por  el  mismo  Alejandro,  el  cual 

1262        Iba  uertiendo  fuegos,  |  á  Dario  alcanzando, 
Cuerno  estrela  que  vá  [  por  el  cielo  volando; 
Cuerno  faz  el  Rhuedano,  )  quando  cae  espumando. 

El  libro  quinto  se  abre  con  la  descripción  de  Babilonia;  y  ha- 
ciendo Juan  Lorenzo  ostentosa  gala  de  sus  conocimientos  en  cien- 
cias naturales,  habla  largamente  de  las  piedras  preciosas  ',  pon- 
dera la  abundancia  de  los  ríos  y  fuentes,  la  variedad  y  belleza 
de  las  aves,  la  frescura  y  lozanía  de  los  árboles  y  demás  produc- 
tos de  aquella  feliz  comarca,  y  explicando  la  confusión  universal 
de  las  lenguas,  acaba  celebrando  la  multitud,  elevación  y  gallar- 
día de  las  torres  y  la  fortaleza  de  los  muros  de  aquella  ciudad, 
magnífica  obra  cuya  pintura 


1342        Serie  pora  Omero  |  grave,  ca  non  rafez. 


1  Aunque  pudo  valerse  del  lapidario,  que  según  veremos  en  su  lugar 
tradujo  Rabbí  Mosca,  todavía  sigue  y  cita  la  autoridad  de  San  Isidoro,  di- 
ciendo en  la  copla  1314: 

Ca   assi  lo  diz   San  Esidro  1  que  sopo   la  materia. 


311  HlSTOIllA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

babilonia  recibe  al  debelador  del  A.sia  con  tal  entusiasmo  y 
alegría,  que 

1373        Nunca  tal  gozo  ouo  |  fuera  de  parayso. 

Allí  recoge  pues  Alejandro  el  lauro  de  sus  victorias;  y  reor- 
ganizado su  ejército,  dándole 

1388        .     .     .    fueros  novos  |  que  non  solien  usar; 
Que  podiessen  las  yenles  |  mas  cierto  andar, 

torna  á  sus  empresas  belicosas,  apoderándose  al  primer  golpe  de 
Susa  y  cstrccliando  á  I'xios  de  tal  manera,  que  su  rey  Metadcs 
se  vé  forzado  á  rendirse,  pidiéndole  perdón  é  interponiendo  para 
obtenerlo  á  Sisigámbis,  madre  de  Dario.  Rendida  esta  ciudad, 
nido  de  piratas,  envia  á  Parmenion  en  busca  del  emperador  per- 
sa, mientras  él  se  dirige  á  Persépolis,  «cabeza  del  rcgnado»;  y 
encontrando  en  ella  tres  mil  soldados  griegos,  horriblemente  mu- 
tilados por  sus  enemigos,  entrega  á  las  llamas  aquella  hermosa 
ciudad,  en  donde  se  le  reúne  Parmenion,  cargado  de  riquezas. 
Desde  Persépolis  se  encamina  á  la  India,  sabedor  de  que  Dario  se 
liabia  refugiado  en  aquella  región,  y  de  (jue  procuraba  formar 
nuevos  ejércitos  para  probar  fortuna;  pero  tanta  era  la  desdicha 
de  aquel  monarca,  terror  antes  de  las  naciones,  que  al  acercarse 
las  huestes  de  Alejandro,  se  desvanecieron  como  el  humo  los 
cincuenta  mil  combatientes  por  él  allegados,  siendo  víctima  de  la 
traición  de  Narbazano  y  Beso,  en  quienes  principalmente  con- 
liaba. 

En  el  libro  ó  canto  sexto  llega  á  noticia  de  Alejandro  la  ale- 
vosía de  ambos  magnates,  y  aquel  guerrero  que  era 

130b        tesoro  de  proeza, 

Arca  de  sabieza,  |  enxenplo  de  nobleza; 

Que  sienpre  amó  prez  1  mas  que  otra  riqueza, 

lleno  de  saña  contra  los  traidores,  procura  libertar  á  Dario  de 
sus  manos,  declarando  en  medio  de  los  suyos  que 

iri7;>         .     •     •     el  oine  Iraydor  I  es  tic  mala  natura; 
.Non  lia  entro  las  bestia?  |  tan  mala  crea  tura. 


II.   PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  EKUD.  DE  LA  POES.  VULG.  315 

AI  aproximarse,  huyen  del  vencedor,  intentando  llevarse  á  Ba- 
rio, cuya  resistencia  es  causa  de  su  muerte;  crimen  que  lamenta 
y  llora  Alejandro,  mientras  dá  al  cadáver  de  su  enemigo  suntuosa 
sepultura,  exclamando: 

1618        Tú  feziste  el  enxenplo  |  que  fizo  la  cordera, 
Que  temió  los  canes,  |  exió  de  la  carrera, 
Fuyó  contra  los  lobos,  |  cayó  enna  lendera: 
Tu  fuste  engannado  j  por  esta  misma  manera. 

La  descripción  del  sepulcro  dá  á  Juan  Lorenzo  motivo  para  ex- 
planar algún  tanto  sus  conocimientos  astronómicos  y  geográficos, 
llevándole  á  meditar  sobre  la  poquedad  é  inconstancia  de  la  gran- 
deza humana,  y  á  reprender  los  vicios  de  su  tiempo,  sin  perdonar 
clase  ni  gerarquia;  ocasión  en  que  declara  pertenecer  al  estado 
eclesiástico  '.  Los  griegos  entre  tanto  intentan,  acabada  la  con- 
quista de  Persia,  volver  á  su  patria;  pero  irritado  Alejandro  al 
saber  semejante  resolución,  que  destruía  sus  nuevos  proyectos, 
les  reprende  y  afea  su  inconstancia,  logrando  al  cabo  despertar 
en  sus  pechos  el  amor  de  la  gloria.  El  castigo  de  Narbazaiio  y 
después  el  de  Beso,  el  raro  episodio  de  Calectrix,  reina  de  las 
amazonas,  que  se  presenta  en  los  reales  griegos  vestida  de 

1710        .     .     .    preciosos  pannos  |  de  bona  seda  fina, 
Azor  en  su  mano  |  que  fué  de  la  marina, 
Serie  al  menos  |  de  doz  mudas  aina, 

y  la  quema  de  las  riquezas  á  tanta  costa  allegadas  por  sí  y  por 
sus  soldados,  cierran  el  libro  sexto,  preparándose  Alejandro  en 
esta  forma  para  su  expedición  á  la  India,  con  tanto  ahinco  de- 
seada. 

Antes  sin  embargo  de  acometerla,  nos  le  presenta  el  canto  sé- 
timo domeñando  á  Ciciha,  cuyos  moradores  le  echan  en  cara  la 
ambición  que  le  devora,  diciéndole: 

1  Este  pasaje  queda  citado  en  la  Ilustración  YI.^  de  la  I.'*  Parte,  to- 
mo II,  pág'.  567. — Es  todo  él  una  reprensión  grave,  aunque  inoportuna,  de 
la  soltura  en  que  iban  cayendo  las  costumbres,  fijándose  muy  principalmenle 
en  la  simonía  que  contaminaba  al  cloro  de  su  tiempo. — Yéase  adelante  la 
pena  que  dá  en  el  infierno  á  los  que  vendían  los  oficios  eclesiásticos  y  tra- 
ficaban con  la  erracia . 


OJ8  HISTORFA    CIÚTICA    DR   ^A    Ll  tl-llATUKA    ESI'A?50LA. 

1702        Semeias  al  iilróiiico  |  que  muero  pnr  beber, 
Quaulo  más  vá  bcuiendo  |  él  más  puede  arder; 

y  tomando  luego  por  mujer  á 

179o        .     .     .     Rasena  la  geiita,  I  fembra  de  graiit  (htiiario. 

Celebradas  las  bodas,  cuya  fama  cunde  hasta  la  (¡recia,  donde 
en  honra  de  Alejandro 

Í80o        Metieron  en  canciones  |  las  suscauallerías, 
Onde  serán  contadas  |  fasta  que  venga  Helias, 

apresta  sus  ejércitos  y  loma  la  vuelta  de  la  India  para  sujetar  al 
rey  Poro,  que  á  la  cabeza  de  innumerables  combatientes  le  sale 
al  encuentro  junto  al  llidáspis. — Tenaz  y  porfiada  lucha  de  quin- 
ce dias,  en  que  halla  lugar  el  tierno  episodio  de  Nicanor  y  Sima- 
co,  victimas  de  la  amistad  mas  acendrada,  y  en  que  pierde  Ale- 
jandro su  caballo  Bucéfalo,  derriba  el  poderio  del  más  temido 
rey  del  Oriente,  que  abandonado  de  los  suyos,  sólo  encuentra 
salvación  en  la  fuga. — Alejandro,  vencedor  de  los  hombres,  de- 
bía también  triunfar  de  la  naturaleza;  y  atravesando  las  sierras 
Caspias,  donde  el  hambre,  la  sed  y  todo  linaje  de  insectos  y  rep- 
tiles parecen  conjurarse  para  acabar  con  él  y  sus  soldados  ^  llega 


i  Lícito  nos  parece  observar,  que  Si  bien  no  olvida  Juan  Lorenzo  las  ma- 
ravillas de  los  montes  Cáspios,  es  mucho  más  sobrio  en  su  relaciort  que  Lam- 
berlo Li  Cors  y  Alejandro  de  Bernay  en  su  Mexandriade.  Los  eruditos  edi- 
tores de  este  poema  escriben  al  llegar  á  este  punto:  «Nous  quiltons,  en  cet 
endroit,  le  domaine  de  la  fiction  historique,  pour  onlrer  dans  celui  des  pró- 
digos et  de  mervcilles.  L'ópopée  chevaleresque  cede  la  place  a  la  féeric  el 
menaje  au  Iccleur  les  surprises  les  plus  imprévues  du  monde  enchantc»  (pá- 
gina 200).  No  es  impertinente  añadir  que  en  esta  sobriedad  de  Juan  Lorenzo 
descubrimos  cierta  repugnancia  á  recibir  abiorlamenle  las  maravillosas  'fic- 
ciones del  mundo  romancesco,  nacida  de  la  misma  fuerza  de  la  actualidad 
poética  de  Castilla,  á  pesar  del  movimiento  erudito  que  estudiamos.  Este  li- 
naje de  ficciones,  que  penetra  fuera  de  España  en  los  libros  históricos,  según 
nos  muestra  el  Specultim  Nisturiale  de  "Vicente  Beauvais,  ya  repetidamente 
citado  (iib.  IV),  y  otras  obras  del  mismo  siglo  XIII,  logran  también  acogida 
en  nuestro  suelo,  conforme  en  oportuna  ocasión  probaremos,  produciendo 
al  cabo  efecto  real  en  las  obras  literarias;  pero  cuando  Juan  Lorenzo  escri- 
be, no  hablan  llegado  á  verdadera  sazón,  por  lo  cual  no  es  maravilla  el 


11.'*  PARTE,  CAP.  VI.  PRDI.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  317 

por  último  á  los  palacios  de  Poro,  cuya  magnificencia  y  riqueza 
no  pueden  satisfacer  el  afán  de  gloria  que  le  anima,  empeñado 
en  vencer  en  singular  batalla  [lil  soltera]  al  poseedor  de  tanta 
grandeza.  Hallarle  pues  es  todo  su  anhelo;  y  emprendiendo  nue- 
vas marchas,  en  que  el  hambre  y  la  sed  ponen  otra  vez  á  prueba 
las  altas  virtudes  de  aquel 

2021         I  guerrero  natural, 

Plus  duro  que  el  fierro,  |  nin  quel  pedernal, 

encuéntrale  por  último  en  Bractea,  allanando  el  mismo  Poro  el 
camino  de  sus  deseos,  desafiándole  á  particular  combate.  Que  este 
fué  terrible,  no  hay  para  qué  decirlo;  pero  derribado  de  su  ca- 
ballo el  rey  Poro  y  pedida  la  merced  de  la  vida  al  magnánimo 
debelador  de  Dario,  obtiene  perdón  completo,  y  con  él  más  vasto 
imperio  que  el  antes  perdido  *. 

Sólo  quedaba  ya  en  toda  el  Asia  una  ciudad  que  no  se  recono- 
ciera tributaria  de  Alejandro,  y  su  difícil  expugnación  dá  princi- 
cipio  al  libro  octavo  del  poema.  El  primero  que  salta  dentro  de 
la  ciudad  es  el  rey  de  Macedonia;  pero  herido  por  una  flecha,  hu- 
biera acabado  allí  su  carrera,  si  Thimeo,  Pencostes,  Leonato  y 
Astrion  no  hubiesen  penetrado  por  entre  millares  de  enemigos, 
para  salvar  su  vida.  Mientras  la  ciencia  de  Aristóbulo  la  asegura, 
son  pasados  á  cuchillo  los  habitantes  de  Subdracana;  y  restable- 


que  se  muestre  algún  tanto  escaso,  al  relatar  dichas  ficciones.  El  entu- 
siasmo que  el  héroe  le  inspira,  le  mueve  no  obstante  á  dar  cabida  en  su 
poema  á  las  hazañas  fantásticas,  que  en  el  texto  mencionamos. 

1  La  descripción  de  los  palacios  de  Poro  parece  del  todo  original,  así  co- 
mo este  incidente  caballeresco  del  desafio  entre  Poro  y  Alejandro.  El  mismo 
Segura  lo  advierte  en  estos  versos  (cops.  1935  y  1936): 

Pero  Galter  el   bnno,  |  en   su    versificar 
Seie  ende  cansado,  |  do   querie  destaiar. 


De  Poro  comol  fizo,  ]  él  non  escrebíó  nada, 

Nen  como  fizo  torneo  ]  á   la  segunda  vegada,  etc. 

En  el  poema  de  Gaitero  (lib.  IX)  halla  el  caudillo  macedonio  á  Poro  en 
la  batalla  de  Hidáspis,  cubierto  de  heridas  y  moribundo,  y  pagado  de  su  en- 
tereza y  valor  le  recibe  en  su  amistad  y  benevolencia. 


318  HISTORIA    Cl'.lTICA    HE    LA    LITERATURA    ESPA5Í0LA. 

oido  en  breve  Alejandro  y  sediento  de  nuevas  conquistas,  se  pre- 
para á  pasar  los  mares  más  al  Oriente,  ti  fin  de 

210G     Dusciir  otras  yonles  |  de  otro  scmeiar, 

Por  sosacar  innnora  |  nueva,  pora  guorrcíir. 

En  vano  intentan  disuadirle,  como  otras  veces,  sus  capitanes:  su 
voluntad  de  hierro  los  domina  y  los  arrastra  á  tan  Ardua  empre- 
sa; y  dándose  llenos  de  entusiasmo  á  la  mar,  llega  el  momento  cu 
que  baja  al  centro  de  los  mares  dentro  de  una  cuba  de  cristal 
aquel  invencible  guerrero,  nacido  para  sojuzgar  á  la  misma  Natu- 
raleza '.  Irritada  esta  de  tanta  osadia,  desciende  al  infierno  para 
demandar  á  Luzbel  consejo  y  ayuda,  y  alzándose  entre  todos  los 
espíritus  del  averno  una  su  criadiella  que 

2282    Tenie  cara  alegre,  [  la  voluntad  podrida, 
Mas  la  mano  seniestra  |  teníela  ascendida, 

se  ofrece  á  poner  término  á  la  ambición  de  Alejandro.  La  Traición 
viene  pues  á  la  tierra,  y  albergándose  en  el  pecho  de  Antipatro, 
prepara  la  venganza  de  la  Naturaleza. 

El  libro  noveno  y  último  nos  presenta  al  vencedor  de  Dario  y 
de  Poro  animado  del  propósito  de  sujetar  á  su  yugo  el  África  y  la 
Europa,  para  lo  cual  consulta  el  oráculo  de  Diana.  Este  le  replica: 

2327    Matarían  traedores;  |  morras  apozonado: 

El  que  tiene  las  yerbas  j  es  muclio  tu  priuado. 


1  También  este  viaje  submarino  falta  en  la  Alexandreida  de  Chalillon: 
sin  embargo  la  Alexaudriade  de  Li  Cors  lo  refiere,  y  sus  eruditos  editores  no- 
tan, que  esta  singular  victoria  se  halla  en  Schah-Nameb  (tomo  JI,  pág-.  4o). 
Semejante  cuha  de  cristal  trae  también  á  la  memoria  el  ataúd  hermético  de 
Luciana  en  el  Poema  de  Apollonio,  ya  examinado.  El  incidente  de  la  Naturale- 
za,que  irritada  contra  Alejandro,  evoca  la  Traición  del  averno,  parece  de  la  co- 
secha del  poeta  español,  y  no  carece  de  mérito.  Juan  Lorenzo  advierte  que  lo 
toma  de  la  tradición,  en  esta  forma: 

21-11      Unas  r.icianas  suelen  |  l.ns  ycnles  retraer. 
Non  yaz  en  escrito  |  ct  es  grave  <Ie  creer! 
Si  es  verdal  ó  non,  |  yo  non  he  y  <]ué  ver; 
l'rro  non  lo  quiero  |  en   oMido    poner. 


11.  PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  310 

Mas  no  por  esto  desiste  de  su  intento;  antes  bien  para  conocer  las 
regiones,  cuyo  imperio  ambicionaba,  se  apodera  de  dos  grifones, 
y  metiéndose  dentro  de  un  cuero,  sujeto  á  las  garras  de  los  mis- 
mos ,  emprende  el  más  peregrino  viaje  que  pudo  imaginar  la  fan- 
tasia ,  dando  así  pábulo  á  la  ciencia  cosmográfica  de  Juan  Loren- 
zo *.  Al  poner  término  á  semejante  ascensión,  recibe  Alejandro 
embajadores  de  todas  las  partes  del  mundo  que  le  acatan  como  á 
señor,  á  la  fama  y  ruido  de  sus  triunfos,  y  vuelve  á  Babilonia, 
donde  es  recibido  con  grande  aplauso.  Viéndole  lleno  de  alegría, 
exclama  el  poeta : 

23(;6     ....    Rey  Alexandre,  ]  corpo  tan  acabado, 
Vas  recebir  grant  gloria,  I  mas  eres  engannado!.;. 
Tal  es  la  lu  ventura  |  et  el  to  principado 
Como  la  flor  del  lilio,  |  que  se  seca  priuado. 

En  efecto,  el  hijo  de  Olimpias  dá,  en  medio  de  su  grandeza  y 
cuando  se  creia  más  feliz,  un  espléndido  banquete  á  sus  capitanes; 
pero  en  él  le  alcanza  la  ponzoña  que  le  ofrece  Antipatro  por  mano 
de  Yolas,  poniendo  fin  á  su  ambición  y  á  su  vida.  El  poeta  no  dá 
por  terminada  su  obra  sin  mencionar  la  división  del  imperio  y  la 
discordia  que  estalla  entre  los  sucesores  de  aquel  gran  príncipe, 
entregándose  por  último,  así  como  el  autor  del  libro  de  ApoUomo, 
á  graves  reflexiones  sobre  lo  deleznable  y  pasajero  de  las  pompas 
y  grandezas  del  mundo  ^. 

1  Sobre  lo  ya  indicado  en  la  nota  anterior  respecto  del  viaje  submarino, 
conviene  añadir  que  esta  ascensión  aereostática  parece  provenir  del  ya  citado 
Schah  ó  Scharaf-Na?neh,  obra  debi'Ja  al  poeta  Nizamí,  que  murió  en  576  de  la 
égira  (H80  de  J.  C).  Kei-Kaus,  esto  es,  Kembrod,  se  eleva  en  los  aires  de  la 
misma  suerte  que  Alejandro  (Herbelot,  Mefatilhalólim,  Bibl.  orient.,  tomo  III, 
pág.  32).  Si  como  nos  refiere  Juan  Lorenzo  al  hablar  del  primer  viaje  ,  este 
segundo  non  yazia  en  escripto,  cuando  llega  á  su  noticia,  habria  algún  funda- 
mento para  creer  que  oyó  la  relación  de  boca  de  los  juglares;  y  como  en  la 
corle  de  Fernando  ill  lograron  estos  singular  acogida,  conforme  luego  com- 
probaremos, podria  conjeturarse  que  recitando  ó  cantando  dichos  juglares  al- 
guno de  los  poemas  que  á  Alejandro  se  referían,  se  aprovechó  Juan  Lorenzo  de 
sus  ficciones  para  enriquecer  la  narración  de  Gualtero,  como  repetidamente  lo 
verifica.  Este  procedimiento  era  consecuente,  dada  la  situación  en  que  el  autor 
sehabia  colocado,  aspirando  á  realizar  en  su  obra  todo  género  de  conquistas. 

2  La  división  del  libro  de  Alexandre  que  hemos  establecido,  no  sólo  se 


320  HISTORIA    CRlTFCA    DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

No  en  Ixilde  hemos  procurado  dar  á  conocer,  en  cuanto  la  bre- 
vedad lo  consiente ,  el  argumento  y  desarrollo  del  poema  de  Ale- 
xandrc,  que  un  crítico  distinguido  do  nuestros  dias  califica  como 


apoya  como  hemos  visto  en  la  misma  naturaleza  de  la  narración,  sino  quo 
tiene  también  fundamentos  materiales.  El  segundo  canto  empieza  en  la  co- 
pla 254,  diciendo: 

La  mnicria  lo  niaada:  |  p6r  fuerza  de  razón 
Auemos  á  decir  |  unu  rescripcion. 
Cuerno  se  pjrle  el  mundo  |  per  trcb   parlifion. 
Cuerno  face  la  mar  |  en  todas   división. 

Acabado  el  relato  de  Troya,  comienza  el  tercero  en  la  copla  729: 

Echaron  las  algaras  |  á  todas  las  partidas,  etc. 

Y  el  cuarto  después  de  lomada  Gaza,  en  la  copla  1083,  de  este  modo: 

El   re^  Alexaadre  |  con  toda  su  mesnada,  etc. 

El  quinto  se  determina  todavía  con  mayor  precisión  con  esta  copla,  que  es 
la  1299: 

Quierovos  un  poco  |  todo  lo  ál   dexar: 
Uel  pleyto   <le  Babilonia  |  vos  quiero  contar; 
Cnemo  iaz  assentada  |  en  tan  noble  logar, 
Cuerno  es  ahondada  |  de  rios  et  de  mar. 

No  menos  claro  se  muestra  el  comienzo  del  sexto  en  la  copla  1358: 

El  rey  Alexandre,  |  una  barba  fjcera, 
Vienol'  en  esta  comedio  I  barronta  verdadera,  etc. 

Y  lo  mismo  el  del  séptimo  en  la  17b0: 

Bien  avie  guerreado  |  el  bon  emperador; 
Era  bien  prouado  |  por  bon  bataiador,  etc. 

El  octavo  principia  en  la  copla  20o3  de  este  modo  indubitable: 

Avie  toda  su  cosa  |  el  Rey  bien  acabada. 

Y  finalmente,  el  noveno  (copla  2294),  después  de  la  imprecación  que  el  poeta 
dirige  á  Antipairo  por  la  traición  que  medita,  se  abre  así: 

El  rey  Alexandre,  |  corpo  tan  acabado 

Avie  en  este  comedio  ]  todol  mar  buscado,  etc. 

Se  vé  pues  que  el  poeta  castellano,  aumentando  notablemente  los  hechos 
que  forman  su  poema,  los  agrupó  de  otra  manera  que  Gualtero,  que  los  habia 
distribuido  en  diez  libros,  apartándose  igualmente  de  Lamberto  Li  Cors  y  Ale- 
jandro de  Bernay,  que  subdividieron  la   fábula  hasta  en  cuarenta  y  cuatro 


II,*  PARTE,    CAP.    VI.    PRIM.    MON.    ERÜD.    DE   LA    POES.    VÜI.G.'    321 

«la  obra  capital  del  siglo  Xlíl  en  España^,  mientras  otros  la  con- 
denan al  desprecio,  acusando  á  su  autor  de  ignorancia  profunda  * . 


cuadros.  Pero  si  Juan  Lorenzo  añadió  hasta  duplicar  el  número  de  los  versos 
de  Gualtero,  justo  es  decir  también  que  abrevió  muchos  pasajes  y  suprimió 
notables  incidentes  de  la  Alexandriada,  por  ofender  sin  duda  el  sentimiento 
religioso  de  los  españoles.  Entre  otros  episodios  y  pasajes  que  se  hallan  en 
uno  y  olro  caso,  citaremos:  i.°La  aparición  y  discurso  de  la  Fortuna,  en  el  II 
canto  del  libro  de  Gualtero.  2.°  La  supresión  de  la  areng-a  de  Alejandro  antes, 
de  la  batalla  de  Isus,  en  que  se  abrevia  también  la  de  Darío.  3.°  La  imperti- 
nente genealogía  de  Darío,  que  trunca  el  interés  de  la  misma  batalla;  todo  en 
el  libro  III.  4.°  La  descripción  del  templo  de  la  Victoria  y  el  sueño  de  Ale- 
jandro. 5.°  El  episodio  de  Menonides  Phidias  en  la  batalla  de  Arbelas.  Y  6.°  La 
canción  de  Mazzeo  á  los  persas  (lib.  V).  Unidas  todas  estas  supresiones  á  los 
aditamentos  que  notó  Sánchez  y  á  los  que  hemos  apuntado  de  pasada,  se 
comprenderá  por  último  que  Juan  Lorenzo  hizo  algo  más  que  traer  á  la  lengua 
escrita  de  Castilla  la  obra  de  Gualtero.  De  estas  indicaciones  se  deduce  también 
cuánto  se  han  aventurado  los  orientalistas  que  han  supuesto  al  Poema  de  Ale- 
xandre  (¡tosca  traducción»  del  que  dicen  con  error  haber  «dedicado  al  mismo 
héroe  en  su  Scandeo  {Schah-Nameh)  el  persa  NezzamÍD  (El  conde  de  Noroña, 
Poesías  asiáticas,  pág.  58).  Si  Nizamí  florece  muchos  siglos  después ,  según 
notamos  arriba,  ¿cómo  pudo  presentar  ni  dedicar  su  obra  al  mismo  Alejan- 
dro?... En  cuanto  al  poema  de  Li  Cors,  conviene  advertir  que  no  hay  confor- 
midad alguna  ni  en  el  orden,  ni  en  la  apreciación  de  los  hechos,  lo  cual  llega 
á  persuadirnos  con  la  indicación  arriba  expuesta,  de  que  no  llegó  á  n\anos  de 
Juan  Lorenzo  copia  alguna  del  mismo  ,  pareciendo  lo  más  racional  que  sólo 
tuviese  noticia  por  vagas  recitaciones,  si  ya  no  es  que  las  ficciones  en  que  se 
asemejan,  traían  otro  camino.  La  averiguación  es  ahora  por  extremo  difícil, 
cuando  no  imposible. 

1  El  primero  es  el  entendido  Mr.  Adolfo  de  Puibusque,  Hist.  comp.  des 
Ult.  espagn.  et  franc,  tomo  I,  cap.  I;  los  segundos  Mr.  Sismonde  de  Sismondi, 
Hist.  de  la  litl.  du  Midi,  tomo  III,  cap.  XXIV,  y  Mr.  Amedco  Duquesne!, 
Hist.  des  lettres  au  moyen  age,  pág.  325. — Duquesnel,  sin  otro  enjuiciamien- 
to, asegura  de  un  modo  irónico  que  basta  «para  dar  la  idea  que  de  la  ciencia 
))de  la  antigüedad  tenían  los  escritores  españoles  del  siglo  Xlll». — Sin  embar- 
go, más  adelante  se  vé  obligado  á  declarar  por  boca  de  Villemain  que  en  la 
A/exa«dnflde  francesa  recita  Helínant,  poeta  de  la  corte  de  Felipe  Augusto, 
un  cántico,  mientras  come  Alejandro,  y  que  la  reina  Isabel,  esposa  del  mismo 
Felipe,  borda  la  tienda  de  Darío  (XXVI,  págs.  392  y  93).  Hablando  de  Cha- 
tillon  con  la  ligereza  que  le  distingue,  añade  que  el  conquistador  de  Per- 
sia  fué  con  frecuencia  un  caballero  de  la  edad  media  (Ib.,  pág.  397).  Si  ha- 
bía de  hacer  estas  confesiones,  ¿por  qué  no  dijo,  y  hubiera  acertado,  que 
todos  los  escritores  de  esta  edad  se  vieron  forzados  á  revestir  las  nociones 
TOMO  \\\.  21 


322    '         HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Su  exposición  nos  enseña  con  toda  exaclilud  cuál  era  el  anhelo 
constante  del  poeta  y  cuál  la  situación  del  arte  que  cultivaba.  Va- 
cilando entre  la  noción  histórica  de  la  antigüedad,  las  tradiciones 
fantásticas  y  misteriosas  de  la  edad  media. y  la  enseñanza  de  las 
ciencias,  recibida  en  las  escuelas;  deseoso  de  mostrar  á  sus  com- 
patriotas los  tesoros  recónditos  de  su  múltiple  erudición,  y  de  aco- 
modarse al  par  á  los  instintos,  á  los  sentimientos,  á  las  costumbres 
y  aun  al  lenguaje  de  su  pueblo,  si  alguna  vez  atiende  á  seguir  las 
huellas  de  Arriano,  Diodoro  Sículo,  Plutarco  y  Curcio,  si  otras  se 
aviene  á  la  heroica  narración  de  Gualtero ,  ó  se  inclina  á  las  tra- 
diciones nacidas  en  los  siglos  precedentes,  venciendo  en  él,  como 
en  todos  los  poetas  de  aquellos  tiempos,  la  incontrastable  fuerza 
de  la  vida  real  á  todo  otro  elemento  de  acción  y  de  cultura ,  no 
sólo  imprime  interiormente  (l  esa  portentosa  historia  del  antiguo 
mundo  determinado  sello,  sino  que  llega  también  á  desfigurar  aun 
las  mismas  formas,  con  que  habia  últimamente  aparecido.  De  aquí 
proviene  que  sembrando  la  acción,  grande  por  sí  y  digna  de  los 
cantos  heroicos,  de  multiplicadas  digresiones,  apostrofes  '  y  epi- 
sodios, en  que,  separadamente  considerados,  no  falta  ni  invención 
ni  belleza.,  camine  á  su  ün  entre  escollos  y  tropiezos;  y  cargada 
de  tan  extraños  ornatos,  aparezca  á  nuestros  ojos  despojada  de 
regularidad  y  armenia.  Pero  no  olvidemos  que  ese  excesivo  apa- 
rato de  erudición,  por  más  repugnante  y  pedantesco  que  sea  en 


(le  la  antigüedad  con  el  colorido  de  las  costumbres  y  de  los  sentimientos 
<[ue  en  la  sociedad  dominaban?...  Esto  sucedió  en  todas  las  naciones  mo- 
dernas, sin  que  sea  lícito  despreciar  los  laudables  esfuerzos  hechos  para 
conquistar  la  luz  de  las  ciencias  y  de  las  letras  en  aquellos  tenebrosos  días. 
Expliquemos  las  cosas  con  el  noble  anhelo  del  filósofo:  no  desdeñemos  con 
la  sonrisa  del  incrédulo,  que  es  á  veces  la  del  ig'norante. 

1  Estos  apostrofes,  dirig^idos  con  frecuencia  a  todos  los  personajes,  hacen 
aparecer  á  Juan  Lorenzo  como  el  clérigo  dogmatizador,  que  intenta  corregir 
las  costumbres  con  el  egemplo  de  los  desastres  ajenos.  Pero  es  lo  notable  que 
entonces  desaparece  el  escritor  narrativo,  mostrándose  el  poeta  lírico,  satí- 
rico ó  didáctico;  porque  como  notamos  en  el  examen  de  Berceo,  esta  primera 
edad  de  la  poesía  erudita  ofrece  en  sus  producciones  la  amalgama  de  todos 
los  géneros,  no  llegado  todavía  el  momento  en  que  deben  separarse,  ley  co- 
mún a  todas  las  literaturas  en  iguales  momentos  y  circunstancias. 


11.^   PARTE,    CAP.    VI.    PRIM.    MON.    ERÜD.    DE    LA    POES.    VULG.  323 

realidad,  por  más  que  dificulte  hoy  la  lectura  del  libro  de  Ale-- 
aoandre,  debió  ser  y  fué  de  seguro  el  más  brillante  título  de  la 
celebridad  alcanzada  por  él  en  la  edad  media  *;  no  impidiendo 
tampoco  que  el  héroe  macedonio  fuese  amado  por  la  gente  de  cle- 
rezia,  como  amaba  la  indocta  muchedumbre  sus  más  simpáticos 
y  esforzados  paladines. 

Y  á  la  verdad  no  carecía  el  Alejandro  de  Juan  Lorenzo  de  cua- 
lidades y  condiciones  que  pudieran  hacerle  popular  entre  los  que 
se  preciaban  de  entendidos:  en  su  sed  inextinguible  de  gloria,  en 
su  ardiente  espíritu  de  independencia,  en  su  aversión  terrible  á 
los  enemigos  de  su  patria,  necesario  es  reconocer  ciertas  virtudes 
comunes  á  los  castellanos,  virtudes  que  no  podian  menos  de  li- 
sonjear el  sentimiento  de  nacionalidad,  frecuentemente  excitado 
aun  entre  los  mismos  eruditos.  Porque  si  la  patria  de  Alejandro 
gime  en  vergonzosa  servidumbre,  no  pequeña  parte  de  la  Penín- 
sula Ibérica  tiene  todavía  sobre  su  cerviz  el  yugo  sarraceno;  si  el 
hijo  de  Olimpias  se  exalta,  al  contemplar  el  vilipendio  de  los  su- 
yos, determinado  á  quebrantar  tan  ominosas  cadenas,  los  héroes 
castellanos,  movidos  por  el  aguijón  de  la  afrenta  que  padecen, 
ven  con  invencible  ojeriza  el  odiado  imperio  de  los  usurpadores  2; 


i  En  el  siguiente  capítulo  demostraremos  el  efecto  que  en  la  esfera  de 
la  poesía  heróico-erudita  produjo  instantáneamente  el  eg-emplo  del  libro  de 
Alexandre:  este,  trasformado  ó  íntegro,  llegó  al  siglo  XVI,  dando  á  Cervan- 
tes motivo  para  que  pusiese  á  Alejandro,  bien  que  por  boca  de  don  Quijote, 
entre  los  héroes  caballerescos.  Adelante  veremos  cómo  cunde  entre  los  eru- 
ditos la  devoción  respecto  del  héroe  y  del  Poema. 

2  Este  sentimiento  es  tan  vivo  y  enérgico  entre  nuestros  padres,  que  no 
sólo  en  los  antiguos  cronicones  se  halla  consignado,  como  advertimos  en  el 
cap.  XIII  de  la  I.^  Parte,  sino  en  los  poemas  de  esta  edad  y  en  los  libros  de 
los  siguientes  siglos.  En  el  Poema  de  Ferran  González,  que  en  breve  exami- 
naremos, se  lee,  aludiendo  á  los  sarracenos: 

440     .  ' gente  renegada 

Heredan  naestra   tierra,  |  et  tienenla  forzada. 

El  celebrado  don  Juan  Manuel  deeia  un  siglo  adelante,  en  su  Libro  de  los 
Estados:  «Et  por  esto  ha  guerra  entre  los  xristianos  et  los  moros;  et  aura  fasta 
»que  ayan  cobrado  los  xristianos  las  tierras  que  los  moros  les  tienen  forza- 
))das))  (cap.  XXXi  fól.  61,  col,  1.*  del  cód.  S.  34  de  la  Biblioteca  Nacional). 


324  HISTOIllA   CIUtICA    DE    LA    UTEUATURA    ESPAÑOLA. 

y  si  ul  espíritu  de  hi  independencia  lleva  al  Asia  las  huestes  del 
caudillo  macedonio  para  derribar  al  tirano,  este  noble  y  rege- 
nerador sentimiento  enciende  el  entusiasmo  de  los  guerreros  de 
la  Cruz,  animándolos  sin  cesar  á  la  venganza,  y  arrojándolos  sin 
tregua  sobre  la  decadente  morisma.  Con  su  altivez  é  indepen- 
dencia, con  su  espíritu  aventurero,  con  su  anhelo  de  reparación 
y  de  venganza  halaga  pues  Alejandro  la  idealidad  poética  del  ca- 
ballerismo español,  recordando  sus  hazañas  las  inauditas  proe- 
zas de  Bernardo  del  Carpió,  de  Fernán  González  y  de  Ruy  Diaz, 
el  Castellano.  Asimilado  en  esta  forma  á  los  mismos  héroes  de 
Castilla  el  carácter  del  vencedor  de  Darío  y  de  Poro,  ¿qué  mu- 
cho que  la  poesía  erudita  le  revistiese  de  todos  los  sentimientos 
y  creencias  del  siglo  XIII,  atribuyéndole  las  costumbres  de  nues- 
tros mayores  y  haciéndole  hablar  su  mismo  lenguaje?...  No  de 
otra  manera  se  explica  el  que  Alejandro  reciba  la  orden  de  caba- 
Ueria  el  dia  de  San  Antero  y  que  vea  bendecir  las  armas,  con  que 
se  prepara  á  romper  la  tiranía  de  su  patria:  así  se  comprende 
también  cómo  en  vez  de  invocar  al  Júpiter  del  gentilismo,  levanta 
siempre  su  corazón  y  sus  palabras  al  aCriador»,  y  cómo  respi- 
rando en  todos  los  momentos  de  su  vida  la  atmósfera  de  las  creen- 
cias cristianas,  se  rebela  contra  el  fatalismo  griego,  al  saber  del 
oráculo  [ariol]  que  seria  envenenado,  deseando  conocer  el  nom- 
bre del  traidor,  para  burlar  el  fallo  del  Destino: 

2328 I  si  me  quieres  pagar, 

Demuéstrame  so  nombro  |  de  quien  me  deue  matar: 

á  lo  que  el  adivino  le  replica: 

2329 I  Si  fueses  sabidor, 

Faríes  descabezar  j  luego  al  traedor: 
El  astro  del  fado  |  non  aurie  nul  valor. 

Así,  finalmente,  se  alcanza  cómo  lega  en  su  testamento  mil  ta- 
lentos de  oro 

2478    Pora  los  sacerdotes  |  et  pora  los  convientos, 

siguiendo  la  piadosa  costumbre  de  los  caballeros  españoles  del  si- 
glo XIH. 


II.   PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  325 

Estas  circunstancias,  que  desfiguran  ciertamente  al  personaje 
histórico,  completan  sin  duda  el  carácter  del  Alejandro  de  Juan 
Lorenzo:  á  la  portentosa  fortaleza  de  ánimo  del  guerrero  mace- 
donio  y  á  la  intrepidez  que  desde  su  juventud  despliega,  se  asocia 
la  generosidad  y  perseverancia  verdaderamente  heroicas  de  los 
caudillos  castellanos,  resaltando  asi  con  mayor  fuerza  la  magna- 
nimidad del  domador  del  Asia.  Para  él  no  hay  obstáculos  ni  di- 
ficultades: lo  mismo  avasalla  á  los  hombres  que  triunfa  de  la  na- 
turaleza. Cuando  sus  soldados  dudan  del  éxito  de  los  combates, 
su  voz  los  arrastra  á  la  lid  para  darles  la  victoria;  cuando  pugnan 
con  la  sed  en  medio  del  desierto,  arroja  el  agua  reservada  para 
él,  fortaleciéndolos  con  su  egemplo  y  sus  palabras.  Su  noble  fi- 
gura debió  por  tanto  ser-  grata  á  los  ojos  de  los  eruditos  y  de 
los  caballeros  del  siglo  Xlll,  no  por  los  rasgos  de  verdad  histórica 
que  en  ella  se  descubren,  sino  á  pesar  de  esos  mismos  rasgos, 
amoldados  en  parte  á  las  costumbres  y  á  las  creencias  españo- 
las; condición  que  llega  á  comunicar  no  escaso  interés  á  la  mis- 
ma figura  de  Darío. — El  poderoso  rey  de  los  persas,  que  oprime  el 
cuello  de  los  griegos,  interesa  en  efecto  á  pesar  de  su  calidad  de 
tirano;  y  no  porque  le  abrume  la  desgracia  con  la  pérdida  y  ruina 
de  su  temido  imperio,  sino  pof  la  resignación  que  muestra  en 
mitad  de  sus  grandes  desastres;  resignación  que  está  revelando 
al  príncipe  cristiano,  dotado  de  verdaderas  creencias  religiosas, 
Darío  es  en  el  poema  castellano  el  monarca,  á  quien  sujeta  la 
Providencia  á  las  más  terribles  pruebas  en  la  vida:  no  el  rey  de 
la  antigüedad,  á  quien  predice  el  Destino  la  destrucción  suya  y  de 
su  imperio;  y  si  no  temiéramos  que  se  nos  tuviese  por  osados, 
añadiríamos  aquí  que  descubrimos  ya  en  la  obra  de  Juan  Lorenzo 
los  primeros  gérmenes  del  bellísimo  tipo,  trazado  por  Calderón 
en  su  Principe  Constante  ^. 


i  Láslima  es  que  dominado  Juan  Lorenzo  de  la  grandeza  de  Alejandro, 
no  fijara  la  vista  en  las  fig-uras  de  Sisig^ámbis  y  Rasena:  en  el  terreno  en  que 
coloca  a  los  héroes  de  su  poema,  le  hubiera  sido  fácil  revestir  aquellas  prin- 
cesas de  cierto  interés,  que  estaba  en  armonia  con  las  costumbres.  La  esposa 
y  la  hija  de  un  rey  poderoso,  reducidas  á  cautiverio,  eran  en  el  siglo  XIII 
un  espectáculo,  que  dcbia  excitar  ardientes  simpatias  en  Castilla,  donde  á 


326  mSTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPASOLA. 

lié  aquí  pues  cómo  la  poesía  heróico-emdita,  que  aparece  á. 
nuestros  ojos  desde  su  cuna  llucluando  entre  el  mundo  antiguo  y 
el  mundo  moderno,  entre  lo  pasado  y  lo  presente,  vencida  del 
superior  impulso  de  la  actualidad,  se  vé  forzada  á  alimentarse, 
digámoslo  así,  do  la  misma  sAvia  que  habia  nutrido  los  primeros 
monumentos  escritos  del  arte  castellano,  y  que  nutria  á  la  sazón 
los  cantos  populares.  Sólo  acatando  esta  suprema  ley,  podia  legi- 
timar su  existencia,  siendo  no  poco  sensible  que  ese  afán  de  eru- 
dición que  la  domina,  ahogue  con  frecuencia  entre  las  malezas 
escolásticas  sus  más  preciadas  flores.  Esta  convicción  produce  en 
nosotros  el  estudio  del  libro  de  Alexandre:  aun  encerrado  en  ese 
círculo,  donde  la  espontaneidad  de  la  inspiración  era  tenida  en 
menos,  es  Juan  Lorenzo  un  escritor^  á  quien  no  falta  verdadera 
intención  poética,  y  que  dotado  del  sentimiento  de  la  armonía, 
presta  á  los  objetos  por  él  pintados  agradable  colorido,  sembran- 
do al  par  sus  descripciones  de  pensamientos  elevados  y  no  pocas 
veces  profundos  * .  Justo  es  consignar  que  en  estas  dotes  literarias 
excede  á  todos  los  poetas  de  su  tiempo,  bastando  para  justificar 
nuestra  observación  la  simple  lectura  del  poema,  salpicado  todo 
él  de  rasgos  atrevidos  y  delicados,  que  deben  ser  tenidos  como 
otras  tantas  bellezíjLS.  Mas  para  que  no  pueda  dudarse  de  nuestra 
exactitud,  citaremos  particularmente,  demás  de  los  pasajes  apun- 
tados en  la  análisis,  la  descripción  del  carro  de  Darío  -;  el  cam- 


cada  paso  se  corría  el  riesgo  de  ver  cautivas  las  hijas  y  las  mujeres  de  los 
magnates  y  de  los  caballeros.  La  clemencia  de  Alejandro  hubiera  contrastado 
grandemente  con  estas  situaciones,  apenas  tocadas  en  el  poema.  De  estas 
faltas,  hijas  de  su  inexperiencia,  adolece  el  arte  erudito  del  siglo  XllJ,  mos- 
trando en  semejante  olvido  que  todavía  no  se  habia  verificado  en  nuestro 
suelo  la  tan  ponderada  apoteosis  caballeresca  de  Yíl  mujer. 
,  i  Sismonde  de  Sismondi  ni  aun  le  concede  el  sentimiento  de  la  armonía, 
asegurando  que  «en  su  triste  convento  no  exporimcntó,  como  Berceo,  ningu- 
na délas  inspiraciones  de  la  naturalczai)  {Litl.  dit  Midi,  tomo  III,  cap.  XXIV). 
Los  pasajes  y  rasgos  que  nos  proponemos  citar,  y  otros  muchos  que  pueden 
alegarse,  responderán  por  nosotros  respecto  de  este  punto.  En  lo  del  triste 
convento,  sólo  diremos  que  Sismondi  no  leyó  la  introducción  de  Sánchez,  y 
que  sólo  hojeó  el  poema;  achaque  de  otros  muchos  escritores  modernos. 
2     Coplas  810—817. 


II.      PARTE,    CAP.    VI.    PRIM.    MOIS.    ERUD.    DE    LA    POES.    VULG.    327 

pamento  del  mismo,  donde  se  hace  su  retrato  *;  la  batalla  de  Isus, 
en  que  aparece  Alejandro  «más  yrado  quel  rayo,  más  bravo  quel 
león»  2;  la  pintura  de  la  amazona  Calectrix,  á  que  pone  ñn,  ma- 
nifestando que 

La  rosa  del  espino  |  non  es  tan  genta  flor; 
El  rocío  á  la  mannana  |  non  parece  meior  '; 

la  del  magnífico  palacio  del  rey  Poro  ^;  la  del  Infierno,  «cibdat 
mal  complida»,  donde  en  siete  distintas  moradas  sufren  perdura- 
ble tormento  las  almas  precita»^,  y  finalmente  la  de  la  maravi- 
llosa tienda  do  Alejandro,  en  la  cual  se  ingiere  la  fresca  y  agra- 
dable descripción  de  los  meses  del  año,  ya  algún  tanto  conocida 
de  la  generalidad  de  los  lectores.  Bien  será  que,  pues  no  pode- 
mos trasladar  aquí  todos  estos  pasajes,  no  peregrinos  á  la  verda- 
dera poesía,  pongamos  algún  egemplo  de  los  mismos,  ó  ya  sa- 
quemos de  ellos  algunos  breves  rasgos.  Al  dar  á  conocer  la  si- 
tuación que  ocupaban,  al  avistarse  la  vez  primera  Darío  y  Ale- 
jandro, describe  así  un  pequeño  collado  que  los  separaba: 

889  Estaua  en  medio  1  un  lorer  anciano; 

Los  ramos  bien  espessos,  |  el  tronco  muí  sano: 
Cobrie  toda  la  tierra  |  un  uergel  mui  lozano; 
Siempre  estaua  uerde  |  inuierno  et  verano. 

890  Manaua  de  siniestro  |  una  fuente  perenal, 
Nunquas  mingüaua  |  ca  era  natural: 

Auíe  só  el  rocío  \  fecho  un  regaial, 

Por  hy  facíe  su  curso,  ]  cuerno  una  canal. 

892  Exíe  de  la  fontana  |  una  blanda  fríor, 

De  la  sombra  del  árbol  |  un  temprado  sabor: 
Daua  el  arbolorio  ]  sobre  buena  olor; 
Semeiaua  que  era  [  huerto  del  Criador. 

893  Que  por  buena  solombra,  |  et  que  por  la  fontana 
Allí  veníen  las  aves  |  tener  la  meridiana: 

Allí  facíen  los  cantos  ]  dulces  á  la  mannana; 


\  Coplas  888—907. 

2  Copla  935,  etc. 

3  Coplas  iH0—lli6. 
i  Copla  1057,  etc. 

5  Copla  2170,  etc. 


32S  HISTORIA    CIllTICA    ÜE    LA    LITEHATURA    ESPAÑOLA. 

Mas  non  cabrío  liy  ave,  |  si  non  faes  palaciana. 
8!)4        El  agua  de  la  fuente  |  descende  á  unos  prados; 
Tiénclos  siempre  uerdes,  |  de  flores  colorados: 
Avíe  liy  grand  ahondo  |  de  diuersos  uenados, 
De  quantos  en  el  mundo  |  podían  ser  "asmados. 

Narrando  la  batalla  do  Isus,  presenta  de  este  modo  el  choque 
de  ambas  huestes: 

• 
935        Ya  se  mouíen  las  aces,  1  yuanse  allegando, 
Iban  los  balesteros  |  de  las  saetas  tirando; 
Iban  los  caualleros  |  las  caLezas  abaxando, 
Iban  los  cauallos  |  las  oreias  aguzando. 
9üC        Eran  de  tal  guisa  |  mezcladas  las  feridas 

Que  eran  de  los  golpes  [  las  trompas  enmoedicks; 
Volauan  por  el  ayre  |  las  saetas  texidas; 
Al  sol  tollíen  la  lumbre:  [  tan  veníen  descosidas!... 
957        De  piedras  et  de  dardos  |  iban  grandes  nubadas 
Cuerno  si  fuesen  enxambres  |  de  abeías  aiuntadas. 

Ponderando  la  riqueza  de  los  palacios  del  rey  Poro,  sustenta- 
dos por  cuatrocientas  columnas  de  oro  puro,  dice  que  pendia  de 
ellas  una  rica  vid,  la  cual  «llenaba  foias  doro  grandes,  como  la 
palma)),  y  continúa: 

1964        La  unas  eran  fechas  |  mui  de  grant  femencia, 
Piedras  son  preciosas  ]  todas  de  grant  poten9Ía; 
Toda  la  peior  era  |  de  grant  magniücencia: 
El  que  plantó  la  vinna  |  fú  de  grant  sapiencia. 

d96o        Cuerno  todas  las  uinnas  |  son  de  diuersas  naturas, 
Assi  las  piedras  son  |  de  diuersas  figuras; 
Las  unas  eran  uerdes  |  et  las  otras  maduras: 
Nunca  les  facen  mal  |  gielos,  nen  calenturas. 

1966        Allí  fallaríe  ome  |  las  honas  cardeniellas,' 

Et  las  otras  maores  |  que  son  más  tempraniellas: 

Las  blancas  alfonsinas  |  que  tornan  amariellas, 

Las  alfonsinas  negras  ¡  que  son  más  cardeniellaí^,  etc. 

Viniendo  á  la  pintura  del  infierno,  anterior  medio  largo  siglo 
á  la  terrífica  del  Dante,  debemos  ante  todo  observar  que  Juan  Lo- 
renzo escribe  y  habla  como  poeta  cristiano,  olvidando  de  todo 
punto  las  de  Homero  y  Virgilio,  que  no  debian  serie  peregrinas. 
Bosquejando  en  ella  las  islas,  que  preceden  á  esa  «cibdad  non 


II.   PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  329 

complida»,  la  cual  está  rodeada  de  inmenso  y  frígidísimo  arenal, 
exclama: 

2177        Silvan  por  las  riberas  |  muchas  malas  serpientes; 
Están  dias  et  noches  |  aguzando  sus  dien-tes; 
Assechan  á  las  almas,  |  non  tienen  en  ál  mientes: 
Por  estas  peligraron  |  los  primeros  parientes. 
217        Quando  veen  venir  |  las  almas  peccadrices 
Páceles  encornar  |  sen  grado  las  cervices... 


Nunqua  fartarse  pueden:  |  están  muertas  de  fama. 

En  aquella  triste  y  dolorosa  comarca 

2180        I  Non  nacen  nunqua  flores, 

Se  non  spinas  duras  |  et  cardos  ponnidores; 
Tovas,  que  facen  fumos  |  et  amargos  sudores; 
Peníscales  agudos  |  que  son  mucho  peiores. 

Al  pintar  la  Ira,  á  quien  supone  ciega,  dice: 

2194        Estaual  á  los  pies  1  Heredes,  su  criado. 
El  que  ouo  con  yra  |  los  ynfantes  malado: 
Daual'  grandes  muessos  |  al  seniestro  costado 
A  don  Lamec,  el  que  ouo  |  á  su  yerno  malado. 

Mencionando  los  simoniacos,  los  castiga,  afirmando  que 

2202        El  plomo  regalado  |  beuerán  todos  los  dias: 
Non  creo  que  gusanos  |  los  echen  de  las  encías. 

Á  la  Lujmia  la  presenta 
2208        Sucia  et  escarnida,  |  más  ardiente  que  cal. 

De  los  que  se  entregan  al  vicio  de  la  inmundicia,  condenado 
por  San  Pablo,  asegura  que 

2213        Estos  tienen  las  lenguas  de  gusanos  cargadas. 

Y  por  último,  mostrando  lo  terrible  de  los  dolores  infernales, 
declara  que  las  almas  de  los  condenados 

2251        Ardiendo  en  las  llamas,  |  tremen  de  grant  friura, 
laciendo  ennas  nieves,  |  muerren  de  calentura. 

Negar  pues  á  Juan  Lorenzo  las  dotes  que  en  él  reconocemos, 


330  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

más  parece  temeridad  de  quien  no  ha  leído  el  poema  de  Alexan- 
dre  que  discreción  y  rectitud  de  critico.  Como  el  autor  del  libro 
de  Apollonio,  es  digno  de  alabanza  por  el  impulso  que  comunica 
al  arte  vulgar,  segundando  en  el  terreno  de  la  poesía  heróico- 
erudita  los  esfuerzos  de  Bcrcco,  al  aceptar  las  formas  artísticas 
por  él  ensayadas,  y  emplear  el  romance  castellano  *  con  prefe- 
rencia á  la  lengua  latina,  que  le  era  muy  familiar,  según  persua- 
den su  grande  erudición  y  lectura.  El  metro  y  la  rima  de  uno  y 
otro  monumento  ofrecen  los  mismos  caracteres,  adoleciendo  ara- 
bos poetas  de  ciertos  descuidos  en  el  uso  de  consonantes  y  aso- 
nantes, que  no  pocas  veces  colocan  promiscuamente,  como  suce- 
dió alguna  al  cantor  de  los  santos-,  manifestando  así  que  no  ha- 
blan logrado  todavía  entero  dominio  sobre  la  lengua. 

Iba  esta  sin  embargo  enriqueciéndose  de  dia  en  dia  y  cobrando 
nueva  tlexibilidad  y  soltura,  al  mismo  tiempo  que  se  fijaba  y  ad- 
quiría mayor  consideración  y  estima  entre  los  eruditos  de  las  dife- 
rentes comarcas  que  hablaban  el  romance  castellano,  bien  que  os- 
tentando diversos  cambiantes  y  caracteres.  Gonzalode  Berceo, es- 
cribiendo en  la  Rioja  el  lengiiagede  /a c/^r^;;/rt,  mostró  á pesar  su- 
yo que  el  comercio  habitual  con  el  reino  de  Navarra,  donde  era 
inevitable  el  influjo  transpirenaico,  por  las  razones  históricas  antes 
alegadas  ^,  imprimía  cierto  sello  al  habla  de  la  muchedumbre,  se- 


i  Tanto  el  autor  del  libro  de  Apollonio  como  Juan  Lorenzo  mostraron  que 
se  inspiraban,  así  como  Berceo,  no  en  la  tradición  oral,  sino  más  principal- 
mente en  las  obras  escritas  de  tiempos  anteriores.  Así  por  ejemplo,  mientras 
el  ses;undo  citaba  a  Gualtcro  de  Chatillon  (coplas  i4o2 — 193jj,  decia  el 
primero: 

372         Su   nombre   fué   Teófilo  \  si   lo  saber   queredes; 
Catatlo  en   la  estoria,  |  si  á  mi  non  me  creycdes. 

Pero  si  en  esta  parte  se  sujetaba  la  poesía  heróico-erudita  á  las  condiciones 
de  existencia  de  la  erudito-religiosa,  no  podia  menos  de  someterse  á  la  mis- 
ma ley  que  aquella  al  adoptar,  para  ser  entendida,  el  lenguaje  de  la  muche- 
dumbre; rasgo  característico  que  procuraremos  reconocer,  al  terminar  el  es- 
tudio de  los  monumentos  producidos  en  esta  primera  trasformacion  del  arte. 

2  Para  no  caer  en  el  error  que  sobre  este  punto  presenta  como  una  teoria 
aceptable  el  docto  anglo-americano  Ticknor,  véase  la  Ilustración  Ul.'^  i\c  la 
I.''  Parle. 

3  Véase  la  Ilustración  11."*  del  anterior  volumen  y  suS  Aditamentos. 


H.   PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VÜLG.  331 

lio  que  no  pudo  borrar  de  sus  propias  obras:  el  autor  del  libro  de 
ApoUonio,  que  no  sin  fundamento  podría  ser  tenido  por  arago- 
nés, conforme  al  crecido  número  de  voces  catalanas  que  recibe, 
lo  cual  indujo  á  uno  de  nuestros  más  apreciables  bibliólogos  á  su- 
poner escrita  dicha  obra  en  lemosin  *,  daba  á  conocer  que  si  en 
aquella  parte  de  la  Península  experimentaba  el  habla  romance 
cierta  modificación,  no  desatendible  para  la  consideración  de  la 
crítica,  había  conquistado  el  aprecio  de  los  doctos  hasta  ser  em- 
pleado para  trasferir  á  la  literatura  vulgar  las  más  estimadas  jo- 


1  El  erudito  Pérez  Bayer,  anotador  de  don  Nicolás  Antonio,  decía:  «Ano- 
nimus  hispanus  lemosinus,  qui  Apollomi  regis  historian!  versibus  pentedeca- 
syllabis,  et  alia  metrice  scripsit»  {Bibl.  Vetus,  tomo  II,  pág-.  d06).  Sobre 
las  muchas  voces  catalanas  que  en  el  libro  de  ApoUonio  encontramos, 
voces  comunes  á  los  documentos  castellanos  escritos  en  Aragón  (Véase  la 
Ilustración  II.*  de  la  I."  Parte),  debemos  advertir  que  hallamos  en  dicho  poe- 
ma ciertas  circunstancias  que  nos  confirman  en  el  expresado  juicio.  Así  como 
Berceo  y  Juan  Lorenzo  de  Astorga  dicen,  para  ponderar  el  valor  de  cual- 
quier objeto  precioso,  que  no  habia  oro  en  Castiella  para  comprarlo,  ó  que  va- 
lia más  que  Castiella,  advertimos  que  el  autor  del  libro  de  ApoUonio  acude  al 
vecino  reino  de  Francia,  para  expresar  la  misma  hipérbole,  exclamando: 

54S     Auu  si  gonasse  el  imperio  de  Francia, 

Non  serie  mas  alegre,    etc. 
5S3     Si  lú  eslo  ficieres,  ]  ganaras  tal  ganancia 

Que   más  la  preciarás  |  que  el  rcgno  de  Francia. 

Así  pues,  no  mencionándose  una  vez  sola  á  Castilla  y  sí  al  reino  de  Fran- 
cia, lindante  con  el  de  Aragón,  nos  parece  muy  verosímil  que  este  mo- 
numento pudo  ser  escrito  en  aquella  comarca,  con  la  cual  tenían  navarros  y 
aragoneses  continuo  comercio.  Y  no  se  crea  que  este  hecho  es  peregri- 
no entre  los  poetas  de  la  edad  media:  los  juglares  de  la  Provenza,  así  como 
los  troveras  franceses,  citan  á  cada  paso  los  reinos  de  España  en  el  mismo 
concepto;  y  toda  región  ó  ciudad  fantástica,  toda  riqueza  extraña,  todo  caba- 
llo, traje,  arma,  etc.,  que  exceda  de  lo  ordinario,  es  asemejado  á  lo  que 
existe,  cuando  no  llevado  de  la  Península,  lo  cual  sucede  una  y  otra  vez  en 
la  Alexandriade  de  Li  Cors  y  Bernay.  Críticos,  más  aventurados,  sacarían 
de  esta  observación  osadas  consecuencias:  para  nosotros  sólo  prueba,  así  en 
los  poetas  españoles  como  en  los  franceses,  que  llegado  el  momento  de  co- 
municación entre  ambos  pueblos,  no  les  es  posible  desasirse  de  la  mutua  y 
natural  influencia  que  exige  el  desarrollo  de  su  respectiva  cultura;  pero  no 
anulando  su  nacionalidad,  como  sin  razón  se  ha  llegado  á  suponer,  según  sa- 
ben ya  los  lectores. 


31)2  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÍÍULA. 

yas  de  la  lalino-eclesiáslica:  Juan  Lorenzo,  nacido  en  Astorga  y 
casi  fronterizo  de  los  antiguos  reinos  de  Asturias  y  Galicia,  en- 
seña por  último  que  no  dejaban  de  refluir  sobre  León  y  Castilla 
los  despojos  del  dialecto  bable  y  del  //r/Z/íY/o,' destinado  el  primero 
á  reflejar  en  sencillos  cantares  la  vida  interior  do  las  montañas, 
cediendo  por  último  el  puesto  al  habla  de  Castilla  ',  y  llamado  el 
segundo  á  traer  muy  en  breve,  así  como  el  catalán,  mayores  ri- 
quezas al  centro  mismo  del  imperio  castellano. 

Estos  matices  claros,  palpables  para  todo  el  que  estudie  los 
monumentos  en  que  se  revelan,  sobre  infundir  cierta  fisonomía  á 
la  lengua  hablada  en  cada  una  de  las  comarcas  referidas,  son  de 
DO  escasa  importancia  en  la  historia  de  la  misma  lengua,  y  por 
tanto  en  la  de  las  letras  y  de  la  civilización  españolas,  más  armó- 
nica y  uniforme  de -lo  que  hasta  ahora  se  ha  sospechado.  Digno 
es  por  último  de  advertirse  que  aun  tenidas  en  cuenta  estas  no- 
tabilísimas circunstancias,  luego  que  se  desciende  á  la  compara- 
ción filológica  de  unos  y  otros  monumentos,  se  descubre  cierto 
progreso  relativo,  que  confirmando  la  cronología  por  nosotros  es- 
tablecida, indica  ya  que  los  poetas  eruditos  se  iban  poco  á  poco 
alejando  del  terreno  á  que  Berceo  habia  conducido  el  habla  cas- 
tellana, convenciéndonos  al  par  de  que  eran  mutua  ó  sucesiva- 
mente conocidos  los  esfuerzos  que  en  tan  apartadas  comarcas  se 
hacían  para  llevar  el  arte  erudito  á  su  mayor  altura  ^.  Mas  todas 

i  Adelante  tendremos  ocasión  de  dar  á  conocer  algunos  de  estos  sing'u- 
lares  cantos,  reproduciendo  el  estudio  que  al  visitar  las  montañas  asturianas 
hicimos,  respecto  de  tan  peregrino  fenómeno,  y  que  en  carta  publicada  por  la 
Revista  de  Berlin  {Jahrbuchs  für  Romanische  und  englische  Lileratur)  y  repro- 
ducida por  la  Revista  Ibérica  y  otros  diarios  espaüoles,  dirigimos  á  nuestro 
docto  amigo,  don  Fernando  José  Wolf. 

2  Muchas  locuciones,  frases,  giros,  hemistiquios  y  aun  versos  podríamos 
citar  para  comprobación  de  este  aserto.  A  fin  de  no  ser  tildados  de  prolijos, 
nos  contentaremos  con  el  siguiente  cgemplo,  que  no  solo  señala  el  camino 
que  llevaba  la  tradición  artística,  sino  el  progreso  de  la  lengua.  Berceo,  en 
la  Vida  de  Santo  Domingo,  cop.  232,  dice: 

Non  dizrirn  el    adobo  loqiiele  ncc    smiioiics. 

El  autor  del  libro  de  Ajwlloiiio,  en  la  558: 

Que  nun  podrán  cantarlas  loqúclas,  nin  seriuoiici. 


II.   PARTE,  CAP.  VI.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  VULG.  333 

estas  observaciones  adquirirán  sin  duda  nuevo  peso,  cuando  he- 
cho el  estudio  de  los  demás  poemas,  escritos  por  aquellos  tiempos 
y  bajo  la  misma  pauta,  podamos  apreciar  en  todas  sus  fases  el 
desarrollo  de  la  poesía  heróico-erudita. 
Asunto  será  este  del  siguiente  capítulo  "•. 

Juan  Lorenzo  escribe,  copla  -1376: 

IVon  lo  sabrien  (Ie(¡r  paraulas  ncn  sermones. 

Las  modiricaciones  sucesivas  determinan  pues  el  conocimiento  de  las  obras 
anteriormente  escritas  y  el  desarrollo  parcial  del  romance  castellano  en  cada 
una  de  las  comarcas,   en  que  se  hablaba. 

i  Cerraremos  el  presente,  tributando  al  señor  marqués  de  Pidal  el  debido 
aplauso  por  la  publicación  del  libro  de  ApoUonio ,  y  recordando  al  par  con  lite- 
raria g-ratitud  el  nombre  de  Sánchez,  que  dio  á  la  estampa  el  de  klexandre.  La 
imparcialidad,  que  en  todos  nuestros  trabajos  guardamos,  nos  mueve  sin  em- 
bargo á  insinuar  que  en  caso  de  hacerse  nuevas  ediciones,  seria  muy  conve- 
niente consultar  los  códices  orig-inales.  El  de  ApoUonio  se  guarda  en  la  Biblioteca 
Escurialense,  lU.  K.  4.°,  y  es  un  volumen  4.°  mayor,  escrito  en  grueso  papel 
coptí,  letra  del  siglo  XIII,  como  el  facsímile  de  la  Vida  de  Sania  María  Egip- 
giaqua:  consta  de  ochenta  fojas  útiles.  El  áeAlexandre,  que  se  conserva  en  la 
selecta  librería  del  duque  de  Osuna,  donde  existen  la  mayor  parte  de  los  Mss. 
que  fueron  del  Marqués  de  Santillana,  es  también  un  tomo  4."  prolongado,  de 
letra  defines  del  siglo  XIII  ó  principios  del  XIV,  según  demuestra  el  facsími- 
le que  damos  de  él,  y  está  escrito  en  vitela,  constando  de  153  fojas  útiles.  A 
pesar  del  esmero  de  Sánchez,  mostrará  el  calco  del  original  que  no  fué  tanta 
su  escrupulosidad  como  en  la  pág.  XII  del  prologo  de  su  edición  declara;  y  en 
cuanto  al  libro  de  ApoUonio  probará  el  examen  comparativo  que  la  copia  de 
que  dispuso  el  señor  Pidal,  estaba  muy  lejos  de  ser  exacta.  Para  que  no  se  nos 
crea  por  nuestra  palabra,  citaremos  algunas  lecciones  visiblemente  pervertidas: 
tales  son:  cazones  por  criazones;  va  fez  por  rafez;  mano  aflblando  por  manto 
afiliando;  yviero  por  yuierno;  terrer  por  tener;  capter  por  captener;  avió  por 
auino;  non  vi  á  tal  por  non  vio  atal;  roto  por  rota  [instrumento  músico];  vymen 
por  vinien;  reyer  por  seyer;  nascida  por  nada;  ropa  ofrescida  por  ropa  ofres- 
sada;  companya  rascada  por  companya  raneada;  pena  va  é  grisa  por  pena  vera 
et  grisa;  el  astro  so  por  el  astroso;  asino  por  asmó;  consejo  por  conceio;  fablar 
por  fallar;  manya  por  manyera,  y  otras  muchas  que  omitimos. 


CAPITULO  VII. 

PRIMEROS  JIONDIIEMOS  ERUDITOS  DE  U  POESÍA  CASTEllMi. 


Prosigue  el  examen  de  la  poesía  heróico-erudita.— Influencia  de  los  poe- 
mas ya  examinados  en  los  escritos  durante  la  primera  mitad  del  siglo 
XIII. — El  Poema  de  Ferran  González. — Época  y  comarca  donde  se  escribe. 
— Opiniones  de  los  críticos  nacionales  y  extranjeros.— Pruebas  sacadas 
del  mismo  poema,  en  comprobación  de  que  es  posterior  al  de  Alexandre.—^ 
Gerarquia  de  su  autor. — Examen  literario  del  mismo.— Carácter  de  Fer- 
nán González,  comparado  con  el  de  Alejandro. — Puntos  en  que  discrepan. 
— Nueva  faz  de  la  poesía  heróico-erudita. — Relaciones  entre  los  vasallos 
mudejares  y  los  cristianos.— Segundan  los  primeros  el  movimiento  litera- 
rio, inaugurado  por  Berceo. — El  Poema  de  Yusuf. — índole  erudita  del  mis- 
mo.— Tiempo  y  región  en  que  hubo  de  ser  compuesto. — Exposición  de 
su  argumento. — Caracteres  artísticos  del  Poema. — Influencia  de  las  cos- 
tumbres cristianas. — Carácter  de  Jacob: — de  Joseph. — Tipo  de  Zaleikha. 
— Comparación  entre  la  mujer  árabe  y  la  cristiana: — doña  Sancha  en  el 
Poema  de  Ferran  González. — Considera'ciones  generales  sobre  la  poesía 
heróico-erudita. 


A  medida  que  vamos  adelantando  en  las  investigaciones  críticas, 
presenta  el  arte  cultivado  en  nuestro  suelo  nuevas  y  más  variadas 
fases,  dignas  por  cierto  del  mayor  estudio.  Los  poemas  de  Apo- 
llonio  y  de  Alexandre  nos  han  enseñado  á  conocer  la  forma  en 
que  se  realiza  en  el  terreno  de  la  poesía  heróico-erudita  la  tras- 


336  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

fürraacion  operada,  respecto  de  la  hcrúico-rclijjiosa,  por  la  musa 
de  Berceo;  y  en  medio  de  los  anacronismos,  contradicciones  é  in- 
experiencia que  en  los  referidos  monumentos  resaltan,  y  cuyo  orí- 
gen  dejamos  oportunamente  designado,  hemos  sorprendido  vivo, 
enérgico,  poderoso  el  espíritu  de  la  nacionalidad  española,  pro- 
bando así  que  todo  elemento  extraño  se  sometía  á  la  invencible 
fuerza  de  actualidad,  que  impulsaba  nuestra  creciente  civilización 
en  las  vias  del  verdadero  progreso. — Tócanos  ahora  examinar 
cómo  esos  ensayos,  estériles  en  el  concepto  de  algunos  críticos  *, 
son  de  grande  efecto  en  el  desarrollo  del  arte  que  toma  por  ins- 
trumento la  lengua  castellana,  no  solamente  porque  en  todas  las 
comarcas,  donde  es  hablada,  le  imprimen  determinado  sello,  pre- 
parándola á  mayores  conquistas,  sino  porque  van  también  sir- 
viendo de  norma  y  modelo  á  las  producciones  sucesivas,  esta- 
bleciendo la  tradición  literaria.  Pero  es  lo  notable  que  semejante 
comprobación  crítica  ha  de  hacerse,  no  en  un  poema  que  tenga 
por  asunto  las  hazañas  ó  aventuras  de  un  héroe  extraño,  como  en 
los  de  .i;;o//o?n'o  y  áeAlexandre,  sino  un  caudillo  nacido  en  el  suelo 
de  Castilla  y  aplaudido  por  grandes  y  pequeños,  ignorantes  y  dis- 
cretos, cual  fundador  de  aquella  nacionalidad  y  paladín  de  su  in- 
dependencia, así  contra  el  enemigo  común  del  nombre  cristiano 
como  contra  los  demás  reyes  españoles,  que  aspiraban  á  señorear 
el  pueblo  de  Lain  Calvo  y  de  Ñuño  Rasura.  Este  guerrero,  cons- 
tante ídolo  de  los  cantores  populares,  que  alentados  por  la  tradi- 
ción oral  habían  alterado  y  enriquecido  al  par  en  el  trascurso  de 
dos  siglos  y  medio  la  narración  histórica  ^,  era  pues  Fernán  Gon- 


1  Bouttcrweck  juzga  con  tal  desprecio  el  Poema  de  Alexandre,  que  no 
vacila  en  declarar  que  «es  indiferenle  para  la  historia  de  la  poesía  española 
»el  que  pertenezca  al  siglo  XII  ó  al  XIII,  que  sea  original  ó  traducido».  Lás- 
tima es  que  el  celebrado  autor  de  la  Historia  general  de  la  literatura  moderna 
se  dejase  dominar  del  espíritu  de  escuela  hasta  el  punto  de  negar  su  verda- 
dero  precio  á  este  monumento  del  arte  erudito  del  siglo  XIll,  siendo  muy  de 
notar  que  ni  aun  acertara  á  establecer  una  cronología  racional,  pues  que  lo 
antepone  d  las  obras  de  Berceo.  Despreciado  por  él  ó  no  leido  siquiera,  fuélc 
impos¡I)le  discernir  la  influf^ncia  que  ejerció  el  libro  de  Alexandre  en  las  de- 
más obras  de  la  poesía  heroico-erudita,  según  notaremos  en  breve. 

2  Véase  el  cap.  XIII  de  la  í.*  Parle,  pág.  151 


II.   PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  337 

zalez,  cuyas  proezas  fueron  una  y  otra  vez  comparadas  á  las  del 
Cid  Campeador,  permaneciendo  el  lauro  dudoso  entre  ambos  ada- 
lides durante  toda  la  edad  media. 

Y  no  se  crea,  al  escuchar  el  nombre  de  un  caudillo  castellano, 
tan  popular  y  simpático  á  la  muchedumbre  (la  cual  sólo  podia  cono- 
cerle bajo  el  aspecto  meramente  mítico),  que  es  debido  el  Poema 
de  Ferran  González  á  la  inspiración  libre  y  espontánea  del  pue- 
blo, como  lo  hablan  sido  un  siglo  antes  los  cantares  del  Cid,  ya  en 
su  lugar  analizados.  Erigido  sin  duda  por  la  gratitud,  reconocía 
este  monumento,  todavía  peregrino  en  la  república  literaria,  las 
mismas  fuentes  que  hemos  señalado  á  los  que  le  preceden,  fun- 
dándose por  tanto  en  la  tradición  escrita,  y  mostrando  el  autor 
el  mismo  respeto  que  tributaron  Berceo  y  Juan  Lorenzo  á  la  au- 
toridad en  que  se  apoyaban.  La  narración  poética  del  libro  ó  his- 
toria de  Ferran  González  descansa  por  consecuencia  en  lo  que 
dice  el  escripto,  en  lo  que  refiere  el  dictado,  ó  enseña  la  leijen- 
da^;y  partiendo  de  este  principio,  admite  todo  lo  que  halla  con- 
signado por  la  piedad  ó  sancionado  por  el  respeto  religioso  que 
domina  al  poeta,  legitimando  en  esta  manera  y  sólo  con  este  tí- 
tulo esas  mismas  relaciones  míticas  ó  fabulosas,  que  teniendo 
tal  vez  su  primitivo  origen  en  el  vulgo,  llegaban  al  cabo  á  ser 
patrimonio  de  los  doctos.  Colocado  ya  en  esta  posición  del  todo 
erudita,  no  solamente  quiso  el  autor  del  Poema  de  Ferran  Gon- 
zález seguir  las  huellas  de  los  que  habiau  inaugurado   aquel 


{     Frecuentes  son  las  alusiones  que  hace  el  poeta  á  los  libros,  de  que  to- 
ma las  noticias:  en  la  copla  15  observa  que  vá  a  referir  los  sucesos 

Como   el  escripto  diz  |  nos   aiisi  lo    fablainos. 

En  la  103  advierte  que  debe  ser  creida  su  narración,  bien  que 

Semeia  fiera  cosa,  |  mas  dizlo  el  dytado. 

En  la  136  asegura  que  narra 

Como   diz  la   escriplura,  |  et  esto  bien  creades. 

Y  finalmente,  para  no  ser  prolijos,  en  la  688  recuerda  que  expone  los  mis- 
mos hechos, 

Seguiid   nos  lo   leemos  ]  et   dizlo  la   lehenda. 
TOMO  IH.  22 


;j38  HISTOIIIA    CIUIICA    Iti:    LA    Ll  1  lülATUl'.A    liSI'AÑÜLA. 

lüoviinicQlo  lilerario,  adoptando  el  mismo  sistema  poético  y  los 
mismos  medios  artísticos,  sino  que  fijando  su  vista  en  la  magni- 
tud de  los  héroes  celebrados  por  aquellos  ingenios,  aspiró  indu- 
bitadamente á,  oscurecerla  ó  emularla.  Observación  es  esta  que 
surge  naturalmente  de  la  simple  lectura  del  indicado  poema,  cuan- 
do estudiado  ya  el  de  Alexandre^  recordamos  la  situación  y  el 
carácter  del  héroe  macedonio  y  los  comparamos  con  la  situación 
y  el  carácter  del  castellano;  pero  esta  investigación,  tan  nueva 
como  importante  en  la  historia  de  la  literatura  española,  demás 
de  robustecer  cuanto  dejamos  advertido  sobre  las  causas  del 
aplauso  que  logra  entre  la  clerezia  el  libro  de  Juan  Lorenzo,  nos 
lleva  como  de  la  mano  á  fijar  la  época,  en  que  fué  compuesto  el 
Poema  de  F erran  González. 

Respetables  escritores  españoles  asientan  que  vivía  su  autor  «al 
acabar  el  siglo  XII  y  cuando  menos  al  principio  del  Xlll»,  fun- 
dándose en  el  metro  y  estilo  del  poema,  cuya  venerable  antigüe- 
dad los  induce  á  mencionarlo  antes  que  el  libro  de  Alexandre  *. 
Con  mayor  conocimiento  de  causa  opinan  otros  que  apareció  «du- 
rante el  periodo  trascurrido  desde  unes  del  siglo  XII  hasta  me- 
diados del  siguiente»,  dando  por  cosa  probada  que  es  posterior  á 
las  obras  del  clérigo  de  la  Rioja  -;  y  no  satisfechos  del  todo,  pro- 
ponen otros  por  último  á  la  investigación  crítica  la  cuestión  si- 
guiente: ¿El  autor  desconocido  del  Poema  de  Ferran  González , 
es  anterior  ó  posterior  á  Berceo?. . .  -'.  Estas  legítimas  dudas  de  los 


i     Sarmionto,  Memor.  para  la  ///?/.  de  la  poes,  y  poet.  esp.,  núm.  ob2. 

2  Gil  y  Zarate,  Resumen  de  la  literatura  española,  cap.  II  de  la  edición 
de  1851. 

3  Don  José  de  la  Revilla,  onleiidido  académico  de  la  Lengua,  cuyo  tem- 
prano fallecimiento  lamentamos  sus  amig-os,  diú  á  luz  en  el  lomo  IV  de  la 
Revista  de  Madrid  (tercera  serie,  1842)  un  razonado  artículo  sobre  la  Historia 
en  verso  del  conde  Ferran  González,  sacado  de  las  Lecciones  de  literatura  espa- 
ñola, explicadas  i)or  él  mismo  en  el  Ateneo  de  esta  corte,  en  años  anteriores. 
En  dicho  artículo  propone  el  señor  Revilla  esta  cuestión  de  crítica,  tal  como 
nosotros  la  apuntamos,  resolviéndola  en  el  sentido  histórico,  es  decir:  «con- 
jeturando que  el  Poema  de  Ferran  González,  es  posterior  á  los  de  Berceo,  ó 
cuando  más  contemporáneo  suyo».  Lástima  es  que  quien  tan  buen  juicio 
mostró  en  punto  tan  interesante  de  nuestra  historia  literaria,  sólo  sacara  á 
luz  este  breve  estudio  de  los  que  sobre  la  misma  tenia  hechos,  sin  que  apa- 


II.     PARTE,    CAP.    Vil.    PRIM.    ¡VION.    ERUD.    DE    LA    POES.    CAST.    330 

escritores  nacionales  no  han  sido  obstáculo  á  que  algunos  extran- 
jeros, olvidados  de  las  condiciones  artísticas  del  citado  poema,  ó 
ya  desconociendo  las  leyes,  á  que  en  esta  edad  aparece  sujeta  la 
poesía^  heróico-erudita,  hayan  colocado  aquel  monumento  un  siglo 
adelante,  ya  en  la  época  del  rey  don  Pedro  y  de  su  favorecido  acon- 
sejador Rabbí  don  Sem  Tob  ^.  La  sana  razón  de  nuestros  eruditos 
ha  triunfado  esta  vez  sin  embargo  de  la  crítica  extranjera;  pues 
que  el  Poema  de  F erran  González,  maduramente  examinado, 
ofrece  abundantes  pruebas  para  resolver  de  un  modo  satisfactorio 
la  cuestión  propuesta,  dándole  el  lugar  que  legítimamente  le  cor- 
responde en  la  historia  de  la  literatura  española.  Para  nosotros 
no  cabe  pues  duda  en  que  habiendo  sido  escrito  en  la  primera 
mitad  del  siglo  XIII,  es  posterior  á  las  obras  de  Berceo  y  á  los 
poemas  de  ApoUonio  y  de  Alexandre.  Una  sola  observación  nos 
bastará  para  dejar  comprobado  este  aserto:  Juan  Lorenzo  de  As- 
torga,,  que  empleó  la  quaderna  via  después  del  autor  del  libro 
de  ApoUonio,  ponia  en  boca  de  Alejandro,  al  replicar  este  á  las 
amonestaciones  pacíficas  de  sus  capitanes,  los  siguientes  versos:   ^ 


rezca  por  tanto  en  relación  con  los  demás  monumentos  de  la  poesía  heroico - 
erudita  del  siglo  XIII. 

1  El  docto  Mr.  George  Ticknor  coloca  en  efecto  el  Poema  de  Ferran  Gon- 
zález después  de  la  Danza  de  la  muerte  y  de  los  Consejos  y  documentos  al  rey 
don  Pedro,  obras  atribuidas  á  Rabbí  don  Santo  {Hist.  de  la  lil.  esp.,  I.*  época, 
cap.  V),  en  lo  cual  le  sigue,  confesándolo  así,  el  erudito  conde  Th.  Puymai- 
gre  (Les  vieux  auíeurs  castillans,  cap.  XVI).  Verdades  que  también  había 
ya  Ticknor  antepuesto  el  libro  de  ApoUonio  á  las  obras  de  Berceo  (cap.  II)  y 
pospuesto  á  las  de  don  Alfonso  el  Sabio  el  Poema  de  Alexandre.  Lástima  es 
por  cierto  que  tan  respetable  historiador  se  atuviera  sólo  para  fundar  la  cro- 
nología, respecto  de  los  poemas  de  ApoUonio  y  de  Ferran  González,  á  la  for- 
tuita circunstancia  de  haber  hallado  el  primero  á  la  cabeza  del  códice  que 
encierra  los  de  Sancta  Maria  EgipQÍaqua  y  de  los  Reyes  magos,  mencionados 
por  él  en  el  orden  que  tienen  en  dicho  Ms.,  y  de  ocupar  el  segundo  el  pos- 
trer lugar  en  el  volumen  de  las  poesías  de  Rabbí  don  Santo.  Esta  manera  de 
establecer  la  cronología  literaria,  rechazada  alguna  vez  por  el  mismo  Puy- 
maigre,  que  respecto  del  Poema  de  Ferran  González  la  adopta,  está  sin  duda 
sujeta  á  muy  graves  errores  y  puede  conducir,  como  en  el  caso  presente,  á 
la  oscuridad  más  profunda.  En  cuanto  al  hecho  de  hacer  posterior  al  Rey 
Sabio  el  libro  de  Juan  Lorenzo,  juzgarán  en  breve  los  lectores. 


3 JO  msTOi\iA  cniriCA  de  la  liteíiatIí'Ra  f.spaííüla. 

2<2i    Non  ruiito  yo  mi  vida  |  por  anuos  iicn  por  dias, 
Mas  por  lionas  facioiiiias  |  et  por  cauallorias:. 
Non  oscrihió  Omero  |  en  las  sos  elegías  ' 
F.os  meses  de  Achiles,  |  mas  las  sus  barraganías. 

Aconsejando  los  guerreros  de  Castilla  á.  Fernán  González  que 
se  (iiire  las  heridas  que  ha  recibido  en  la  batalla  de  Era  Degolla- 
da, y  disuadiéndole  de  entrar  en  nueva  lid  con  los  condes  de 
Poitou  y  de  Tolosa,  exclama: 

350    Non  cuentan  de  Alcxandrc  |  las  nociies  nin  los  días; 
Cuentan  sus  buenos  fechos  j  et  sus  cauallerías; 
Cuenlan  del  rey  Dauyd,  |  que  mató  á  Golías, 
De  Judas  Macabro,  |  fijo  de  Matatías. 

A.quí  no  sólo  hay  referencia  é  imitación,  sino  copia  clara,  ter- 
minante, textual  de  las  frases  atribuidas  por  Juan  Lorenzo  al  hé- 
roe macedonio,  lo  cual  no  consiente  dudar  por  más  tiempo  de  que 
fueron  escritos  estos  versos,  y  en  consecuencia  el  Poema  de 
Forran  González,  después  del  libro  de  Alexandre.  Mas  aun 
faltando  esta  prueba  tan  concluyento,  todavía  nos  ministra  el 
mismo  Poema  otros  datos  no  menos  seguros  y  luminosos  para 
sustentar  con  buen  éxito  el  aserto  indicado:  después  de  la  primera 
rola  de  Almanzor,  asegura  el  poeta  que  el  Conde  y  los  suyos 

272     Fallaron  en  las  tiendas  |  sobeiano  tesoro, 
Muchas  copas  et  uasos  |  qu'eran  de  fino  oro: 
Nunqua  vio  tal  riqueea  (  nin  xripstiano,  nin  moro; 
Serien  ende  ahondados  |  Alexander  et  Poro. 

Narrando  la  segunda  algara  que  hizo  el  referido  Almanzor  en 
tierras  de  Castilla,  dice  que 

433    Teníe  el  rey  Alexandre  |  muy  gran  pueblo  sobeio: 
Ksso  mesmo  Almoncore  |  fuerte  pueblo  moreio; 
Nunqua  en  la  sue  vida  |  ayuntó  tal  conccio. 

Y  dando  d  conocer  las  virtudes  y  dotes  de  Fernán  González,  le 
vemos  por  último  declarar  que 

3Í4    Avia  granl  conplimyento  I  del  scsso  de  Salomen: 
Nunqua  fué  Alexandre  |  de  más  grant  corazón. 


Alegrías  imprimió  Sánchez,  pero  con  visible  error. 


II.*  PARTE,  CAP.  Vil.  PRIM,  MON.  EUUD.  DE  LA  P0E3.  CAST.  34 1 

Fresco  estaba  pues  en  la  mente  del  autor  del  Poema  de  Fer- 
raii  González  el  libro  de  Juan  Lorenzo,  llevándole  á  imitarlo  el 
entusiasmo  con  que  fué  este  recibido  de  los  eruditos,  y  no  te- 
niendo reparo  en  atribuir  á  su  héroe  las  mismas  cualidades  que 
resplandecían  en  Alejandro,  según  veremos  muy  luego.  Queda 
per  tanto  críticamente  demostrada  nuestra  opinión,  no  cabiendo 
duda  en  que  si  el  monumento,  de  que  tratamos,  es  posterior  á 
las  obras  de  Berceo  y  á  las  dos  producciones  en  el  capitulo  ante- 
rior examinadas,  fueron  coetáneos  todos  cuatro  autores,  conside- 
rada la  época  en  que  vivió  y  liubo  de  pasar  de  esta  vida  el  can- 
tor de  los  Santos  ' . 


1  Véase  el  cap.  V  de  esta  II.*  Parte.  Oportuno  juzgamos  observar  que 
el  sabio  autor  anglo-americano  de  la  Historia  de  la  lil.  esp.  apunta,  al 
dar  por  sentado  que  el  poema  de  Ferran  González  se  escribió  al  mediar  el  si- 
glo XIV,  que  era  posterior  á  la  Crónica  General  del  Rey  Sabio,  lo  cual  esta- 
ría probado  ipso  facto  wfK  sólo  demostrar  que  el  poema  era  fruto  del  referido 
siglo  ó  fines  del  precedente.  Ticknor  sin  embargo  apoya  su  dictamen  en  la 
copla  350,  ya  trascrita,  del  citado  poema,  comparándola  con  el  siguiente 
pasaje  de  la  Crónica:  «Non  cuentan  de  Alixandre  los  dias  nin  los  años,  mas 
«los  buenos  fechos  et  las  sus  cauallerías  qu'el  fizo,  et  otrosy  de  Judas  Ma- 
))cabeo)),  etc.  (111. ^^  Parte,  cap.  XVIII,  fól.  CCXLIV,  col.  1).  Al  mismo  tiem- 
po cita  otros  pasajes  con  este  propósito  ;  pero  únicamente  pueden  pro- 
ducir contrario  efecto  del  que  se  propoite,  una  vez  demostrado,  como  va 
arriba,  que  esos  versos  no  son  otra  cosa  más  que  uu  vivo  recuerdo  y  aun 
reproducción  de  los  trascritos  del  Poema  de  Alexandre,  si  bien  trocando  en  los 
dos  últimos  la  erudición  clásica  por  la  bíblica,  lo  cual  se  trasfiere  á  la  lla- 
mada Crónica  General.  Para  que  fuera  aceptable  la  opinión  de  Mr.  George 
Ticknor,  debió  probarnos  antes  que  el  Rey  Sabio  había  tomado  por  fuenle 
histórica  para  su  crónica  nacional  este  poema  de  Alexandre,  donde  por  vez 
primera  se  formula  aquel  pensamiento;  y  como  esto  seria  empeño  vano,  y 
más  que  vano  absurdo,  atendidos  los  hechos  sobre  que  la  obra  de  Juan  Lo- 
renzo se  funda,  y  principalmente  después  de  haber  puesto  el  mismo  Ticknor 
el  referido  libro  de  Alexandre  tras  las  obras  del  rey  don  Alfonso,  parece  lo 
más  prudente  el  concluir  que  la  Crónica  siguió  al  Poema  de  Ferran  González, 
de  cuya  narración  apenas  se  aparta  en  todo  lo  relativo  á  tan  celebrado  guer- 
rero. De  otra  manera,  no  solamente  desconoceríamos  la  verdad  de  los  he- 
chos, sino  que  llegaríamos  á  contradecir  la  índole  misma  de  la  poesía  he- 
róico-erudita  y  la  tradición  del  arte,  cuya  enseñanza  no  puede  ser  perdida 
para  la  crítica.  En  cuanto  á  nosotros  es  indudable  que  si  el  erudito  Ticknor 
imbicra  tropezado  con  la  copla  212i  del  libro    de  Alexandre,   comparándola 


312  HISrOKIA    CIÚTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

Mas  ¿á  quién  debe  atribuirse  el  libro  de  Fcrran  González"!... 
Señalar  el  nombre  de  su  autor,  empresa  es  de  todo  punto  insu- 
perable, cuando  no  sólo  carece  el  códice  escurialense  de  la  parle 


con  la  3S0  del  de  Ferran  González  y  con  el  pasaje  de  la  Crónica,  no  le  hu- 
biera parecido  «lo  más  verosímil  que  la  narraciog  en  prosa  fuera  la  más  an- 
Mligua  de  las  dos  y  la  que.  suministró  materiales  para  la  composición  poé- 
Mtica»:  esta  por  el  contrario  sirvió  de  base  á  la  Crónica  hasta  el  punto  de 
conservarse  en  ella  multitud  de  versos,  todavía  intactos,  siendo  innumerables 
los  hemistiquios  que  se  salvaron  de  la  descomposición  del  metro  y  de  la 
rima.  Como  no  queremos  ser  creídos  por  nuestra  palabra,  y  esta  demostración 
corta  toda  disputa,  trasladaremos  aquí  algunos  ejemplos.  Narrando  el  primer 
consejo,  habido  por  el  Conde  con  los  castellanos,  dícele  Gonzalo  Diaz,  que  se 
inclinaba  á  la  paz: 

Mas  si  .niguna  carrera  |  poJiesstiuos  fallar 
Por  do    sn  podiessc  I  esta  lid   cstorunr. 
Tenerlo  ya  yo  por  bien,  |  etc. 

El  conde  le  replica   entre  otras  cosas:  ^ 

por  pecharles  algo 

De  seüon;s   que   somos  |  facernos  hemos   siervos. 


Los  donde  nos  venimos  |  guardaron  lealtad. 

El  monje  Pelayo  le  ofrece  hospedaje,  diciendo:  , 

Darte  lie  pan  de  ordio  |  [que  comas)  que  non  tengo  de  trigo. 

Refiriendo  el  prodigio  que  le  anuncia  dicho  monje,  se  lee: 

Un  caballern   de  los  sujos  orne  muy  arreciado 

et  mny  valiente  caballero. 

Cabalgó  en  un  caballo  |  may  (valiente  el)  fermoso  et  ligero 
Et  firiol'  délas   espuelas  |  por  [salir  adelante) 
Et  abrióse  la   tierra  |  et  sumióse    el  cauallero. 

En  el  poema  dice  esta  desfigurada  estrofa: 

257     Uno   de  los  del    conde,  |  valiente  caballero, 

Caualgó  en  un  cauallo  |  muy  fermoso  et  ligero, 
nioT  de  las  espuelas  |  por  9Íma  d'   un  otero, 
Et  abrióse   la  tierra  |  et  sumióse  el   cauallero. 

Esforzando  á  los  suyos,  exclama  el  conde  en  la  llamada  Crónica: 

Ca  por   cienl  langas    buenas  |  se  ven(;e   la   farienda  . 

Ya  ei)  la  batalla  de  Hacinas: 

Saquemos  á    Cisliella  |  de   la    premia    en    que  csln. 


II.*    PARTE,    CAP.    Vil.    PRIM.    MON.    ERUD.    DE    LA    POES.    CAST.  343 

final  del  poema,  sino  que  ha  desaparecido  por  desgracia,  acaso 
en  nuestros  propios  días,  el  que  se  guardaba  en  San  Pedro  de 
Arlanza,  que  era  sin  duda  el  manuscrito  primitivo  *•.  Pero  si  el 


Y  después,  llamado  á  León  por  doa  Sancho,  repite  en  su  oración  á  Dios: 

Señor,   pidote  merced  \  que  me  quieras  ayudar 

Por  que  yo  saque  á   Castiella  |  de  la   premia  en   que  está. 

Visitado  en  la  prisión  de  Navarra  por  doña  Sandia,  que  lo  propone  la  fuga, 

El  conde  quando   lo  oyó  |  touose   por   guurido. 

Sorprendido  en  el  monte  por  el  arcipreste,  le  habla  así: 

Ruégovos   amigo  |  que   nos   tengades   porid;it, 

el  prometovos  si  lo  f acedes 

Que  yo  vos  de   eu  Castiella  i  una  cibd.-it 

de  las  mejo-es  que  yo   ouiese. 

Que  sien.pre   la  aj.ides  por  liered;.t. 

En  el  Poema  se  lee  (copla  642): 

Por   Dios  «era  tu   boni'at 

Que  nos  quieras  a  entramos  I  teñir  aq^iesla   poriJat; 
En   medio  de   Castiella  j  darle  be  ana  cibdat 
De  guisa  que  la   ayas  |  siempre  por  beredat. 

Las  citas  pueden  multiplicarse  ilimitadamente;  pero  juzgamos  que  bastan 
las  alegadas  para  producir  en  nuestros  lectores  el  convencimiento  de  que  la 
Crónica  siguió  extriclamenle  al  Poema,  bien  que  cortando,  desfigurando  y 
trastrocando  los  versos,  alterando  ó  ampliando  á  veces  algunos  hechos,  según 
iremos  notando.  La  historia  de  Fernán  González,  unida  á  los  sucesos  gene- 
rales de  España,  se  contiene  en  los  caps.  XVII,  XVÍII,  XIX  y  parle  del  XX 
de  la  llamada  Crónica  General. 

\  Citando  fray  Gonzalo  Arredondo  y  Alvarado,  cronista  de  los  Reyes  Ca- 
tólicos, abad  de  Arlanza  y  prior  de  Bóveda,  en  su  Chronica  de  Fernán  Gonzá- 
lez, lag  coplas  160  á  172,  ambas  inclusive,  dice  que  utanta  era  la  mayor 
))verdad  de  aquellos  metros  quanto  son  más  antiguos,  pues  que  paresce,  ansy 
))por  coronicas  como  por  otras  escripluras,  que  los  tales  rimos  se  usaban  é 
))aun  dellos  se  preciaban  en  tiempo  del  infante  don  Pelayo  y  del  rey  don  Al- 
))fonso,  el  Católico,  y  del  rey  don  Alfonso,  el  Casto,  y  de  otros  reyes  suce- 
))sivamente  hasta  el  rey  don  Fernando  el  Magno». — Dejando  aparte  la  inex- 
periencia crítica  del  abad  de  Arlanza,  y  teniendo  en  cuenta  que  antes  habia 
declarado  que  su  Crónica  estaba  sacada  «con  gran  estudio  de  muchos,  singu- 
))lares  y  ciertos  libros  de  dicho  monasterio»  (pról.,  fól.  4),  parece  indudable 
(]ue  existia  entonces  el  Poema  de  Ferran  González  en  aquel  archivo,  donde 
lo  halló  sin  duda  don  fray  Prudencio  de  Sandoval,  cuando  escribió  su  Libro 


344  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAPÍOLA. 

nombre  no,  pueden  con  fundamento  deducirse  de  la  misma  obra 
la  condición  social  del  poeta  y  la  comarca  y  aun  el  sitio  en  que 
escribe,  no  aventurándonos  mucho  al  tener  por  cierto  que  fué 
monje  del  mencionado  monasterio  de  Arlanza,  en  el  cual  hubo  de 
dar  cima  á  su  obra,  tributando  esta  ofrenda  de  gratitud  á  la  me- 
moria de  aquel  fundador  magnánimo.  Persuádenos  de  todo,  no 
solamente  el  género  de  erudición  por  él  empleada  y  la  excesiva 
predilección  con  que  habla  de  Castilla,  sino  también  las  referen- 
cias que  hace  de  continuo  á  la  iglesia  y  monasterio  de  San  Pe- 
dro, mostrando  que  al  escribir  residía  en  aquella  casa.  Cuando  le 
vemos  por  egemplo  sostener  que 

58 I  Castiella  la  preciada 

Non  sería  en  el  mundo  |  tal  provincia  tallada, 

y  asegurar  después  que 

159  De  toda  Espanna  |  Castiella  es  lo  meior, 

añadiendo  con  no  menor  ahinco  que 

160  Aun  Castiella  la  vieia  |  al  su  entendimiento 
Meior  es  que  lo  al ; 

cuando  al  describir  los  trofeos  alcanzados  en  la  primera  batalla 
que  gana  Fernán  González  de  los  sarracenos,  revela  al  lector  que 
las  «arquetas  de  marfil  muy  preciadas»,  recogidas  en  la  tienda 
de  Almanzor, 


de  los  Cinco  obispos,  calificándolo  de  historia  antiquísima  (pág.  289  de  la  edi- 
ción de  1634).  Siendo  pues  Arredondo  muy  anterior  á  Gonzalo  Argotc  de 
Molina,  que  citó  el  poema  en  su  Discurso  sobre  ¡a  poesía  castellana,  manifes- 
tando que  le  lograba  en  su  musco  (Núm.  XI),  no  tenemos  por  descaminado 
el  suponer  que  el  códice  extractado  por  el  abad  de  Arlanza  era  el  primitivo; 
lo  cual  no  es  maravilla,  pues  como  después  veremos,  debió  escribirse  la  his- 
toria poética  de  Fernán  González  en  aquel  monasterio  y  por  mano  de  algún 
monje,  devoto  á  la  memoria  del  fundador.  En  orden  al  Ms.  de  Argote,  no 
será  impertinente  advertir  que  hubo  de  ser  otro  que  el  escurialense:  ni  aun 
consiente  suponerlo  copia  la  circunstancia  de  notarse  que  la  primera  estrofa 
de  las  cuatro  trascritas  por  el  autor  de  la  nobleza  de  Andalucía  se  halla  com- 
pleta,  cuando  en  el  ISls.  escurialense  falla  el  tercer  verso  '^Véase  copla  17'{)- 


11.'    PARTE,    CAP.    VII.    PRIM.    MON.    EIíUD.    DE    LA    POES.    CAST.    3'*» 

274    Fueron  para  Sant  Pedro  |  las  daquellas  donadas; 
Están  en  este  día  |  en  el  su  altar  asentadas, 

manifestaudo  finalmente  que  así  el  conde  como  sus  vasallos 
27o    Con  toda  su  ganancia  |  á  Sant  Pedro  venieron; — 

no  es  ya  lícito,  en  nuestro  juicio,  abrigar  duda  alguna  sobre  la 
clase  á  que  pertenece,  sobre  la  religión  en  que  nace,  ni  sobre  la 
localidad  en  que  vive  el  cantor  del  primer  conde  independiente  de 
Castilla  ^  La  veneración  y  el  cariño,  con  que  habla  siempre  di 

i  Nuestro  amado  discípulo  don  Miguel  Morayta,  para  quien  no  eran 
peregrinos  estos  estudios,  pues  que  asistió  á  nuestras  explicaciones  de  litera- 
tura española  durante  el  curso  de  1849  á  1850,  en  que  examinamos  los  siglos 
medios,  ha  dado  últimamente  á  luz  dos  curiosos  artículos  en  la  revista  inti- 
tulada La  Razón,  sobre  la  época  en  que  debió  escribirse  el  Poema  de  Ferraii 
González.  Prescindiendo  de  que  por  huir  del  j'a  indicado  error  del  erudito 
Ticknor,  exagera  algún  tanto  en  el  primer  artículo  la  antigüedad  de  este  mo- 
numento, haciéndolo  anterior  á  Berceo,  llama  nuestra  atención  en  el  segundo 
la  indicación  que  sobre  su  autor  expone.  Citada  la  autoridad  de  Sandoval, 
cuyo  juicio  ya  conocemos,  añade:  ((Hablando  de  la  batalla  de  Hacinas  que 
wnarra  (Sandoval)  guardando  casi  entera  conformidad  con  el  poema,  escri- 
»be:  Deste  cauallero  don  Pelayo  dize  la  historia  del  Sevillano  que  ha  casi 
«trescientos  años  que  se  escribió,  que  era  tan  ualientc  cauallero  que  por  miedo 
»de  la  muerte  no  dexaria  el  camino  á  ninguno».  Es  de  notar  que  en  el  poe- 
))ma  se  aplican  casi  idénticos  dictados  á  este  valeroso  caudillo,  y  por  tanto 
«en  estas  palabras  parece  que  se  descubre  una  noticia  acerca  del  autor  del 
nPoeman.  Nuestro  estudioso  discípulo  no  olvida  que  habiendo  llevado  la 
composición  de  esta  obra  á  los  primeros  dias  del  siglo  XIII,  y  ganada  Sevi- 
lla en  1248,  pierde  por  sí  gran  fuerza  la  conjetura  de  que  pudo  ser  natural 
de  Sevilla  el  autor  del  poema,  y  no  desconoce  que  el  fondo,  la  forma  y  el 
lenguaje  de  esta  obra  la  hacen  esencialmente  castellana;  por  manera  que  no 
le  es  posible  explicar  satisfactoriamente  las  palabras  de  Sandoval  que  tras- 
cribe. Y  no  era  fácil,  tenidos  en  cuenta  los  precedentes  históricos:  Sandoval 
dio  á  luz  su  Historia  de  los  Cinco  obispos  en  Pamplona,  el  año  de  1615:  su- 
poniendo que  la  escribía  cinco  antes,  podemos  tomar  el  de  1610  como  el  en 
que  trazaba  el  elogio  trascrito  dé  don  Pelayo:  quitando  de  esta  fecha  no  casi 
los  trescientos  años,  sino  los  trescientos  años  íntegros,  que  él  dá  de  antigüedad 
á  la  historia  del  Sevillano,  resulta  que  esta  se  hubo  de  escribir  en  1310,  ó  lo 
que  es  lo  mismo,  un  siglo  después  de  la  fecha  que  nuestro  entendido  discí- 
pulo asigna  al  Poema  de  Ferran  González,  y  02  años  adelante  de  la  toma 
de  Sevilla.  Es  evidente  que  ya  en  aquel  tiempo  pudo  haber  escritores  sevi- 
llanos que  historiasen  los  hechos  de  Castilla  como  propios,  y  que  allí  como 


34C  UISTOUIA    CUlTICA    l)l£    LA   LITIinATUUA    ESPAÑOLA. 

tan  celebrado  caudillo,  asi  como  el  empeño  que  pone  en  sublimar 
todas  las  escenas  relativas  íl  la  fundación  de  aquel  poderoso  mo- 
nasterio, serian  también  no  despreciable  testimonio  de  su  gerar- 
ijuia,  si  careció>>cmos  de  los  datos  expuestos  '.  Natural  do  Cas- 
tilla la  Vieja,  monje  y  habitador  de  San  Pedro  de  Arlanza,  docto 
á  la  manera  de  su  tiempo,  filiado  en  la  escuela  autorizada  por 
Bercoo  é  imitador  de  Juan  Lorenzo  de  Astorga,  es  digno  de  toda 
e.>lima  el  autor  de!  poema  de  Forran  González;  obra  que  aparece 
á  nuestros  ojos  como  el  primei-  paso  dado  por  la  clerczia  para  re- 
anudar la  historia  de  la  epopeya  nacional,  í'undúndola  ya  en  la 
tradición  escrita,  si  bien  no  tuvo  por  desgracia  dentro  del  siglo 


cu  todas  las  comarcas  de  la  España  Central,  gozaba  Fernán  González  do  gran 
prestigio,  merced  al  mismo  Poema,  a  la  Estaría  d'  Espanna,  de  que  en 
breve  trataremos,  y  aun  á  las  tradiciones  populares.  La  indicación  de  San- 
doval  respecto  de  la  historia  del  Sevillano,  si  acaso  pudo  referirse  á  la  Cró- 
nica de  don  Jofre  de  Loaisa,  hijo  de  un  alcaide  de  Ecija,  que  fué  uno  de  los 
conquistadores  de  Sevilla,  no  ofrece  luz  alguna  en  ór  leu  á  la  investigación  del 
autor  del  Poema  que  estudiamos,  dado  el  punto  de  vista  en  que  el  señor  Mo- 
rayta  se  coloca;  y  las  palabras,  con  que  aquel  historiador  se  refiere  clara  y 
terminantemente  al  indicado  monumento,  la  extravian  todavía  más,  pues  que 
lo  alejan  de  la  fecha  señalada  por  nuestro  discípulo.  Por  nuestra  parle,  sólo 
añadiremos  que  mientras  no  aparezca  un  documento  fehaciente  que  nos  revelp 
el  nombre  del  autor  del  Poema,  nos  limitaremos  á  las  indicaciones  expuestas, 
fundadas  en  el  detenido  examen  de  tan  interesante  obra. 

\  Demás  de  estas  observaciones,  conviene  reparar  en  la  manera  de  cru. 
(lición  que  en  todo  el  poema  resalta;  erudición  enteramente  bíblica  y  mona- 
cal, que  aun  después  del  progreso  ya  reconocido  de  los  estudios,  era  en  la 
primera  mitad  del  siglo  Xlll  patrimonio  de  uno  y  otro  clero.  Ni  debe  olvi- 
darse la  forma,  en  que  alude  á  las  demasías  de  los  poderosos  de  su  tiempo, 
para  conocer  la  extracción  humilde  del  poeta  y  la  posición  que  en  la  socie- 
dad ocupaba.  Hablando  de  la  prosperidad  de  los  godos,  decía: 

40     Ves<|uiaii   de  su  lafcrio  |  toüus  los   Libradores: 
Las   graiijc's    pülestaües  |  non  eran  robadores; 
Guardauan   birtí   sus   pui-blos  |  como- titics  sennnres; 
Todos  vesipiian  de  sus  dcrecbos  |  los  grandes   ct  menores,    etc. 

El  tono  de  esta  reprobación  de  los  desmanes  de  la  nobleza,  es  muy  seme- 
;antc  al  empleado  por  Juan  Lorenzo,  al  condenar  los  extravíos  de  las  costum- 
linrs  castellanas,  dando  á  conocer  visiblenaente  que  el  autor  era  ajeno  á  las 
•iMilticiones  del  mundo,  y  prelndiaiiilu  la  enérgica  protesta  que  más  adelante 
f'K-mula  la  elocuencia  sagrada. 


II.''  PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  P0E3.  CAST.  3Í7 

XIII  numerosos  imitadores,  inclinada  la  poesía,  según  en  breve 
advertiremos,  á  otras  menos  ásperas  y  difíciles  sendas  *. 

Tiene  el  Poema  de  F erran  González  por  objeto  principal  y 
único  el  celebrar  las  ínclitas  hazañas,  atribuidas  á  tan  valeroso 
conde  de  Castilla;  y  obedeciendo  la  general  costumbre  de  los  poe- 
tas doctos,  comienza  invocando  el  favor  divino  de  modo  tan  se- 
mejante al  de  Berceo  en  la  \ida  de  Santo  Domingo,  que  no  es 
dudable  el  que  tuvo  su  autor  presentes,  al  escribir,  las  obras  del 
cantor  de  los  Santos. 

1    En  el  nombre  del  Padre  |  que  fiso  toda  cosa, 
El  que  quiso  nascer  ]  de  la  Virgen  preciossa 
Del  Espirito  Santo  |  que  es  ygual  de  la  Espossa, 
Del  conde  de  Castiella  |  quiero  facer  una  prossa. 

i  Digno  es  de  tenerse  muy  presente  que  en  la  misma  edad  á  que  el  Poe- 
ma de  Ferran  González  pertenece,  despertaba  es  Le  héroe  el  entusiasmo  de  los 
mas  esclarecidos  varones  de  Castilla,  para  quienes  no  eran  sin  duda  desco- 
nocidos los  primitivos  cantares  que  ensalzaron  las  proezas  del  primer  conde 
independiente  (Yéase  cap.  I,  pág.  46  y  sigs.  de  este  volumen).  Los  ilustres 
historiadores  don  Rodrigo  Ximenez  de  Rada  y  don  Lúeas  de  Tuy,  cuyo  tes- 
timonio hemos  invocado  con  frecuencia,  y  cuyo  juicio  expondremos  en  breve, 
preciándose  de  poetas  latinos,  le  consagraron  cada  cual  un  himno,  no  exento 
de  movimiento  lírico,  donde  resplandecían  la  veneración  y  el  respeto  que  le 
profesaban.  El  del  arzobispo  toledano  comenzaba  así: 

Comes  bellicose, 
Gigasque  precióse. 
Tu  fortior  leone 
Validior  dracone, 
Hinc  SuiDini  regis  ducis 
Vexillum  Sanctae  Crucis, 
Cum  quo  hostes  temporales 
Vincis  et  infernales,  etc. 

El  del  obispo  tudense  empezaba: 

o   decus    iniütiae 
Comesque  letitiae^ 
Oimiis  mundas    te   hiudet. 
Qui  per  maltiim  bellando 
Deum  quiescis   laudando,    etc. 

Ambos  himnos  fueron  conservados  por  el  docto  Luis  Tri baldos  de  Toledo  é 
insertos  en  el  prólogo  que  puso  á  cierta  Crónica  inédita  de  Fernán  González, 
de  que  daremos  oportuna  noticia  (Bibl.  Nacional,  cód.  F.  68).  Lásliraa  que 
estas  poesías  no  fuesen  compuestas  en  castellano. 


318  IIISiUKIA    CIÚTICA    ÜE    L\    LITEUAiUKA    ESPAÑOLA. 

2        El  Seiinor  que  crió  |  la  tierra  el  la  mar 
He  las  cosas  passadas  |  que  yo  pueda  contar, 
fil  que  es  l»uon  mai-slro  |  me  dcue  demostrar 
Cómo  cobró  la  tierra  |  toda  de  mar  á  mar  '. 

No  puede  el  intento  del  poeta  estar  anunciado  cuii  mayor  cla- 
ridad y  precisión;  y  sin  embargo,  ya  porque  lo  creyese  indispen- 
sable para  pintar  con  mayor  fuerza  la  situación  del  héroe,  ya 
porque  cediera  á  la  tentación  erudita  de  hacer  gala  de  sus  coiio- 
cimienlos  históricos,  anadia  en  la  siguiente  copla: 

I         Contaruos  lié  primero  |  como  la  perilieron 

Nuestros  antecessores  |  que  en  graiU  coyta  visquieron: 
Como  ornes  desheredados  |  foydos  andodieroii,  etc. 


\  Aljatiüs  exlraiijoros  reprenden  en  nuestros  poetas  del  siglo  XI I í  que  den 
jtrincipio  á  sus  obras  con  invocaciones,  como  esla,  diciendo  que  semejan  en- 
cabezamientos de  homilías.  Eslo  se  ha  escrito  principalmente  de  Berceo;  pero 
con  excesiva  parcialidad  y  dureza,  pues  que  se  ha  querido  hacer  defecto  suyo 
y  de  los  que  le  imitan  lo  que  ora  costumbre  general  de  los  poetas  cristianos 
en  las  regiones  meridionales.  Recuérdese  en  efecto  el  modo  de  empezar  los 
libros  provenzales  el  Fierabrás,  la  Guerra  de  Pamplona  y  la  Albigense,  citados 
ya  oportunamente,  pareciéndonos  bien  observar,  en  orden  á  la  poesía 
italiana,  que  no  sólo  imperú  en  ella  esta  costumbre,  mas  que  también  lle- 
gó á  repetirse  la  invocación  en  todos  los  cantos  de  un  mismo  poema.  De  lo 
primero  nos  dará  egemplo  el  antes  de  ahora  mencionado  de  Apollonio,  que 
comienza  así: 

Oiniiipotrnle    i    nío,   srgiinre  stip(*riio, 
Senz.n    coininzauíento  v   senza  ñne,    ele. 

De  lo  segundo  hallamos  testimonio  en  el  libro  de  Douvo  d'  inloiia,  uno  de 
los  primeros  poemas  caballerescos,  et  cual  empieza: 

o  Giesu   Chrislo  clie    |ji'r    il    peccato 
n    (|U(il  fcce   Era,    priin.'i    iio^tra   iiuxlrc, 
In  sulla  croce  fusti  coiirici.ilo,   etc. 

Y  después  principia  todos  los  cantos  del  mismo  modo,  repitiendo  con  poca 
diferencia: 

Eterno  Pailre,  cliii'  il  mondo  creasli 

E  pe'l   peccato   tu  moriste   ¡n   troce,  etc. 

lo  cual  repite  asimismo  al  terminar  cada  uno  de  dichos  cantos.  Igual  sucede 
con  los  demás  poemas  italianos  del  siglo  XIV,  tales  como  La  Spagna,  Im  Re- 
gina d'  Xncroya,  U  Mambrianu,  etc.,  y  no  otra  cosa  con  los  franceses  úi  esla 
edad  y  de  la  anterior  centuria. 


íl.*  PARTE,  CAP.  Vil.  PP.ni.  MON.  EUUD.  DE  LA  POES.  CAST.  3-iO 

completando  por  último  la  idea  que  le  animaba,  con  estos  versos: 

6        yruos  lie  yo  contando 

Como  fueron  la  tierra  |  perdiendo  et  cobrando 
Fata  que  fuera  el  Conde  [  que  disen  don  Ferrando. 

Movido  pues  de  tal  propósito ,  retrocede  á  narrar  los  sucesos 
indicados ,  manifestando  que  los  españoles  profesaron  la  ley  evan- 
gélica desde  su  predicación ;  y  dada  breve  noticia  de  nuestros  pri- 
meros mártires  y  de  la  venida  de  algunos  santos  apostólicos  á  la 
Península,  apunta  el  origen,  conversión  y  catolicismo  de  los  go- 
dos, á,  quienes  compara  el  conde  de  Castilla,  en  lo  cual  daba  á  en- 
tender que  no  olvidaba  su  principal  asunto: 

24        Alearon  Xripstiandat  ]  haxaron  paganysmo; 
El  Cond  Ferran  González  |  fiso  aquesto  mismo. 

El  primer  rey  visigodo  que  menciona  es  R€oes^Yinto  [don  Cidus], 
memorando  luego  por  completo  la  anédocta  de  Wamba  y  dando  ra- 
zón deEgica,  Witiza  [Vautizanos]  y  don  Rodrigo,  en  cuyo  reinado 
se  consuma  la  destrucción  de  España.  Digno  es  de  notarse  que  des- 
conociendo la  fabulosa  leyenda  de  Florinda  [la  Cava],  atribuye  el 
poeta  semejante  fracaso  á  la  venganza  de  los  hijos  de  Witiza,  de 
que  fué  instrumento  la  perfidia  del  conde  don  Julián  [Ulan],  aconse- 
jando al  inexperto  don  Rodrigo  quemar  todas  las  armas  de  sus  va- 
sallos ó  convertirlas  en  arados  y  estevas,  hachas  y  destrales.  Des- 
armados ya  los  visigodos,  no  fué  difícil  la  ejecución  de  aquella  ter- 
rible venganza,  cayendo  sobre  las  regiones  de  la  Bética  las  falan- 
ges mahometanas,  que  á  orillas  del  Guadalete  derrocan  el  trono 
de  Ataúlfo  con  muerte  de  don  Rodrigo  ';  y  recogidos  á  Asturias, 
aterrados  de  la  ferocidad  africana,  que  cocia  en  calderas  y  devo- 
raba á  los  vencidos,  elevan  estos  á  Dios  ardiente  plegaria,  á  fin  de 


\  Curioso  nos  parece  advertir  que  el  autor  del  poema  de  Ferran  Gonzá- 
lez hubo  de  tener  presente  en  esta  parte  el  cronicón  de  Sebastiano,  recor- 
dando con  cierta  fidelidad  el  epitafio  de  don  Rodrigo,  que  el  obispo  dá  por 
hallado  en  su  tiempo  dentro  de  Viseo.  Así  lo  formula  el  poeta  castellano: 

Aquí  yaz  don  Rodrigo,  1  un  rey  de  gran  natum. 
El  que    perdió  la  tierra  I  per  la  su  desventura. 


3IiO  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?!OLA. 

que  se  apiade  de  lautas  desdichas,  alcanzando  que  les  envié  un 
ángel  para  mostrarles  la  cueva ,  donde  hallaba  asilo  el  valeroso 
don  Pelayo.  Con  la  visible  protección  del  cielo  di  principio  este  á 
la  restauración  de  España,  segundados  sus  maravillosos  triunfos 
por  Alonso  el  Católico,  y  más  adelante  por  el  Casto,  con  cuyo 
reinado  enlaza  el  poeta  la  expedición  de  Carlo-Magno  y  la  fa- 
mosa rota  de  Ronces  valles,  pagando  culto  á  las  tradiciones  popu- 
lares ya  escritas,  que  enaltecian  el  valor  y  las  inauditas  aventuras 
de  Bernardo  del  Carpió. — Una  agradable  y  poética  descripción  de 
España,  cuyo  más  preciado  florón  es  Castilla,  teatro  de  las  proezas 
del  Conde,  prepara  finalmente  la  narración  de  las  mismas,  cerrán- 
dose toda  esta  parte  preliminar  con  la  institución  de  los  jueces, 
de  donde  sale  la  autoridad  de  los  condes  y  la  familia  de  Fernán 
González. 

Tras  semejante  preparación ,  no  del  todo  ociosa ,  bien  que  ex- 
cesivamente extensa  y  prolija,  comienza  el  verdadero  poema  ', 

1  La  estrofa  en  que  realmente  empieza  el  interés  del  poema  es  aquella 
tan  conocida,  que  puso  Argole  de  Molina  en  su  Discurso  sobre  la  poesía  cas- 
tellana: 

173  Estonce  era  C-isliella  |  nii  pequeiino  rencoii; 

Era  (le  castellanos  |  Montedoca  moion,  etc. 

la  cual  nos  trae  a  la  memoria  otra  de  Berceo,  en  que  describiendo  el  imperio 
de  don  Fernando  el  Mayor  [Vida  de  Santo  Bomingo,  cop.  130),  manifiesta 
que 

«Era  de  los  sus  regnos  |  Monte-Doca  moion. 

Uno  y  otro  pasaje  guardan  analogía  con  el  proverbio  vulgar,  recogido  por 
Fcman-Nuñcz  Pinciano  en  sus  Refranes  glosados  (ed.  de  1516,  pág.  51),  que 
dice: 

Farta  era   Castilla  |  de  chico  riúcon 

Cuando  Amaya  era  cabeza  |  c  Ilitero  el  mojón. 

De  observar  es  que  un  escritor  tan  docto  como  Mr.  Damas  Hinard,  hablan- 
do del  Poema  de  Ferran  González,  afirma  que  sólo  existen  las  «qualre  cou- 
plets de  qualrc  verses»,  conservadas  por  Argote  de  Molina,  y  deduciendo  no 
obstante  de  su  examen  que  dicho  poema  se  remonta  á  la  segunda  mitad  del 
siglo  XII.  Respecto  del  primer  punto,  no  puede  menos  de  sorprendernos  que 
no  haya  llegado  á  manos  de  tan  diligente  investigador  el  único  tomo  de  la 
traducción  castellana  de  Bouterweck,  donde  insertaron  Cortina  y  Hugaldc 
extensos  extractos  (pág.  IjI  y  siguientes):  respecto  del  segundo  punto,  con- 
viene advertir  que  aun  desconociendo  Mr.  Damas  Hinard  el  Poema  de  Fer- 
ran  González,   se  acercó  más  á  la  verdad   que  otros  críticos  extranjeros,  que 


H.*  PARTE,  CAP.  VJI.  PRIM.  MON.  ERÜD.  DE  LA  POES.  CAST,  3ol 

dando  á  conocer  cuál  era  la  situación  de  Castilla  y  sus  morado- 
res, al  levantar  por  señor  al  nieto  de  Ñuño  Rasura.  Hurtado  este 
á  los  peligros  que  corre  en  su  infancia  por  la  lealtad  de  un  carbo- 
nero ,  es  criado  en  el  monte ,  donde  vive  ignorante  de  su  cuna  y 
gerarquia  hasta  llegar  á  la  edad  juvenil,  en  que  advertido  por  «el 
pobreciello  que  lo  auia  criado»  del  estado  de  opresión  de  su  patria 
y  do  lo  ilustre  de  su  linaje,  se  resuelve  á  entrar  en  poblado ,  no 
sin  invocar  antes ,  con  fervor  propio  de  más  granados  dias ,  la 
protección  divina. — Reconocido  y  acatado  por  sus  vasallos,  como 
cabeza  del  condado ,  dá  nuevamente  gracias  á  Dios ,  y  como  Ale- 
jandro, demanda  el  celestial  auxilio  para  libertar  á  Castilla  do 
sus  opresores: 

488        Señor,  tú  me  ayuda,  |  só  mucho  peccador: 
Que  yo  saque  á  Castiella  |  del  antigo  dolor!! 

El  cerco  y  toma  de  Carazo,  «muy  firme  castellar»,  dá  aviso  á  Al- 
manzor  de  que  no  se  ha  extinguido  en  Castilla  el  espíritu  de  la 
independencia,  y  de  que  ha  renacido  en  el  aquel  fogoso  rapaz  el 
valor  de  los  antiguos  paladines  del  cristianismo.  Orgulloso  y  pagado 
de  su  inmenso  poder,  piensa  sin  embargo  á  la  manera  de  Darío, 
que  era  fácil  cosa  castigar  los  desmanes  que  comenzaba  á  come- 
ter el  conde,  y  al  frente  de  grueso  ejército  se  dirige  con  este  pro- 
pósito á  Castilla.  El  rumor  de  aquella  temible  algara  reúne  en 
breve  la  corta  mesnada  de  Fernán  González ;  y  consultados  sus 
caudillos  se  alza  entre  todos  Gonzalo  Diez,  «sesso  debuen  varón», 
para  aconsejarle  que  esquive  toda  lid  con  Almanzor  ,    tenido  por 
invencible,  esperando  más  favorable  sazón  para  hacerle  guerra. 
Esta  sospecha  de  engaño  excita  el  heroísmo  del  joven  Conde,  quien 
declara  solemnemente  que  jamás  entrará  en  lid  con  falsía,  pues 
que 

214    Por  defender  engarnio  |  morió  el  Salvador, 

se  precian  de  haberlo  examinado.  Hecho  el  estudio,  tal  como  nosotros  lo  ex- 
ponemos, abrig-amos  el  convencimiento  de  que  tanto  este  señalado  escritor 
como  el  conde  Th.  de  Puymaigre  que  le  contradice  (tomo  lí,  ca^.  XVI  de 
Les  vienx  auteurs)  en  el  sentido  del  erudito  Ticknor,  reconocerán  que  no  pue- 
de el  Poetna  sacarse  del  tiempo  que  media  entre  la  aparición  del  libro  de  Ate- 
xandre  y  la  publicación  de  la  Crónica  General  ó  Esloria  de  Espauna  del  Rey 
Sabio. 


3:í2  historia   CUlTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA5Í0LA. 

niíinifeslando  al  propio  tiempo  la  íjenerosa  resolución  de  morir 
en  defensa  de  la  patria. — Esforzados  los  castellanos  al  oir  sus  pa- 
labras ,  se  preparan  á  recibir  con  las  armas  al  coloso  del  Medio- 
día, dirigiéndose  á  Lara  para  esperarle.  Allí  "se  ejercitaba  el  con- 
de en  la  caza,  espejo  de  la  guQrra,  cuando  persiguiendo  un  jabalí 
[puei'co],  se  acoge  este  1  una  cueva,  viéndose  el  joven  forzado  á 
descender  del  caballo  para  darle  alcance.  Extraordinaria  fué  su 
admiración  al  verse  dentro  de  una  ermita ,  á  cuyo  altar  se  habia 
acogido  la  acosada  fiera;  y  lleno  de  temor  religioso,  cayó  de  rodi- 
llas, implorando  el  perdón  de  Dios  por  haber  profanado  aquel  santo 
retiro. — Pelayo,  uno  de  los  tres  monjes  que  en  él  se  albergaban, 
saliendo  á  poco  á  su  encuentro ,  le  pregunta  la  causa  de  su  veni- 
da; y  enterado  de  quién  es  y  del  incidente  que  allí  le  ha  traido, 
le  ofrece  cordial  hospedaje,  exclamando: 

237    Darte  e  yo  pan  dordio,  |  ca  non  tengo  de  trigo; 
El  darte  e  yo  del  agua,  |  que  non  tengo  del  vino. 

Aceptado  tan  modesto  ofrecimiento,  escucha  el  denodado  garzón 
de  boca  del  venerable  ermitaño  el  vaticinio  de  los  grandes  triun- 
fos que  ha  de  concederle  la  Providencia ,  no  sin  que  le  revele  al 
par  los  infortunios  que  le  están  reservados. 

239  Dixo  don  fray  Pelayo  \  esconlra  su  Señor: 
—Fagote,  el  buen  conde,  j  de  tanto  sabydor 
Que  quiere  la  tu  fazienda  |  guiar  el  alto  Criador: 
Vencerás  todo  fl  poder  |  del  moro  Almocor. 

240  Faras  grandes  batallas  |  en  la  gente  descreyda; 
Muchas  serán  las  gentes,  ]  á  quien  quitarás  la  vida; 
Cobrarás  de  la  tierra  j  una  buena  partyda; 

I.a  sangre  de  los  reys  |  por  ti  será  vertida. 

241  Non  quiero  más  decirte  |  de  toda  la  tu  andanza: 
Será  por  lodo  el  mundo  j  temida  la  tu  lanza: 
Quanlo  que  yo  te  digo  |  tenio  por  seguranza; 
Dos  veces  serás  presso:  |   creyme  sin  dubdanza. 

Vuelto  á  los  castellanos ,  que  desconfiaban  ya  de  su  tardanza, 
llega  el  momento  del  combate,  operándose  antes  algunos  prodi- 
gios, que  son  para  el  Conde  señal  segura  de  la  victoria.  El  códice 
escurialense  ofrece  en  este  punto  sensible  laguna ,  pues  que  no  se 
halla  en  él  la  narración  de  tan  señalada  pelea,  y  sólo  nos  advier- 


11.*  PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  333 

te  que  viendo  Almanzor  la  destrucción  de  los  suyos,  sale  de  su 
tienda  á  repararlos,  siendo  también  derrotado ,  y  prorumpiendo 
al  huir  de  esta  manera: 

266     .     .     .     Ay  Mofamat  |  en  mal  ora  en  lí  fío!... 
Non  vale  tres  arueias  |  todo  tu  poderío. 


267    El  mi  grande  poder  ¡  es  muerto  et  cativo: 

Pues  ellos  muertos  son  |  ¿por  qué  finco  yo  vivo? 

Dueños  del  campo  y  del  inmenso  botin  que  en  él  dejan  los  sar- 
racenos, ofrécenlo  el  Conde  y  los  suyos  á  San  Pedro  de  Arlanza, 
que  con  esta  advocación  fué  desde  entonces  conocida  la  ermita,  á 
donde  se  había  acogido  el  jabalí ,  despidiéndose  luego  del  monje 
Pelayo  y  dirigiéndose  á  Burgos  para  curar  los  heridos. 

Poco  descanso  habla  tomado  Fernán  González ,  cuando  supo 
que  mientras  él  «facía  á  Dios  placer»,  corría  el  rey  de  Navarra 
las  tierras  de  Castilla,  robando  los  pueblos  y  yermando  los  cam- 
pos: tal  fué  su  sorpresa  que 

313    Por  poco  con  pesar  |  non  salió  de  sentido, 
Et  como  león  bravo  |  ansy  díó  un  gemido. 

Para  evitar  el  escándalo  y  daño  de  la  cristiandad,  envía  el  joven 
caudillo  un  mensajero  al  rey  don  Sancho,  proponiéndole  tratos  de 
paz  y  desafiándole  á  singular  batalla,  en  caso  de  que  estos  no  fue- 
ran aceptados.  Menosprecióle  el  rey  y  túvole  por  loco,  replicando 
á  su  demanda  que  no  se  le  «escaparla  en  torre  nin  en  cerca»;  con 
lo  cual  perdida  toda  esperanza  de  avenimiento,  congregó  el  Conde 
sus  guerreros,  y  mostrándoles  la  ofensa  recibida,  logró  despertar 
su  bravura,  declarando  que  serla  «muerto  ó  vencedor»,  mas  que 
no  quedarla  sin  venganza.  En  Era  Degollada  se  avistaron  las  nu- 
merosas huestes  de  Navarra  y  las  cortas  mesnadas  de  Castilla, 
trabándose  cruda  y  sangrienta  lucha:  al  fm  se  afrontaron  en  me- 
dio del  combate  rey  y  conde,  librando  ambos  la  suerte  de  los  su- 
yos en  la  destreza  y  brío  de  sus  brazos: 

313  El  buen  conde  et  el  rey  |  buscándose  andudieron 
Fasta  que  uno  á  otro  |  á  oio  se  ouieron: 

Las  armas  que  trayan  j  arteros  las  fecieron; 
Fuéronse  á  ferir  |  quan  de  recio  podieron. 

314  Entramos  uno  á  otro  |  tales  golpes  se  dieron 
TOMO  lu.  25 


354  HISTOKIA    CRITICA    DE   LA    LITEUATÜIIA    ESPAÑOLA. 

Que  fierros  tic  las  lanzas  |  á  una  parle  salieron: 
Nunqua  en  dos  caualleros  |  tales  golpes  se  vieron; 
Todas  sus  guarniciones  |  nada  non  les  valieron. 

3i5        Cuytado  fué  el  rey  j  de  la  mala  ferida 

Entendió  que  del  golpe  |  ya  perdiera  la  vida: 
La  su  grant  ualenlia  |  luego  foé  abatida: 
Mano  á  mano  del  cuerpo  |  fué  el  ánima  sallida. 

316  El  conde  fué  del  golpe  ]  fieramente  golpado, 
Ca  tenie  grant  laucada  I  por  el  diestro  costado: 
Lainaua  Castellanos!,  |  mas  non  era  escucliado; 
Ya  de  sus  caualleros  |  era  desmamparado. 

Socorrido  sin  embargo  y  puesto  en  otro  caballo,  ejecuta  el 
alcance  de  los  navarros,  haciendo  en  ellos  terrible  matanza  y  en- 
viándoles  por  último  el  cadáver  de  su  desventurado  rey.  Los  con- 
des de  Poitou  (Pitcos)  y  de  Tolosa,  que  venian  en  busca  de  don 
Sancho,  su  deudo,  saben  entre  tanto  su  derrota  y  muerte;  y  ani- 
mados por  el  deseo  de  vengarle,  se  dirigen  contra  el  castellano, 
cuyos  capitanes,  semejantes  así  en  el  seso  y  madurez  como  en  el 
esfuerzo,  á  los  del  héroe  macedonio,  le  aconsejan  y  ruegan  que 
evite  aquel  nuevo  trance,  para  curar  de  sus  peligrosas  y  recientes 
heridas.  Animado  del  mismo  espíritu  que  hemos  admirado  en 
Alejandro,  rechaza  el  conde  de  Castilla  aquellos  prudentes  conse- 
jos, doliéndose  de  perder  inútilmente  el  tiempo  reservado  para 
conquistar  duradera  gloria. 

34C        Un  dia  que  perdamos  I  nol'  podremos  cobrar: 
Jamás  en  aquel  dia  |  non  podemos  tornar  ': 

1  Para  que  los  lectores  comprendan  con  cuánta  razón  traemos  aquí  el 
recuerdo  de  Alejandro  en  el  Poema  de  Juan  Lorenzo,  no  será  malo  trasladar 
las  palabras,  con  que  vence  el  héroe  griego  la  repugnancia  de  sus  capitanes 
á  entrar  en  lid  contra  los  ejércitos  de  Darío: 

722         Sipmprc  qnieii  la  grant  cosa  |  quisíer  aciibcQer, 

Por  pierda  qael'  venga  |  non  ileue  recrecer: 

El  oine  que  es  firme  |  todo  lo  puede  nenferí 

Podemos  csla  cosa  f  por  muchos  enxemplos  ver. 
726  Oesque  orne  de  morlc  I  non   puede  cstorcer, 

P.l  bien  daqueste  mundo  I  lodo  lo  ba  á  perder: 

Se  Don  gana  pre(io  I  por  decir  ii  por  faCer, 

V^lerlia  mucbo  más  |  que  ou¡e&'  por  na(er. 

Y  en  otro  lugar,  después  de  herido  en  Subdracana  y  de  mostrar  que  no 
«cuenta  los  años  nin  los  dias»,  etc.,  añade: 


II.  PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  355 

Sus  palabras  alcanzan,  como  las  del  hijo  de  Olimpias,  el  privi- 
legio de  encender  el  entusiasmo  de  «caualleros  et  peones»,  en- 
trando en  nueva  lid  orillas  del  Ebro  con  los  condes  tolosano  y 
<vpetavino));  lid  que  nos  trae  á  la  memoria  la  batalla  del  Gránico, 
narrada  en  el  libro  de  Alexandre.  Los  castellanos  vadean  final- 
mente el  caudaloso  rio ,  y  mientras  destruyen ,  como  impetuoso 


2128         Los  oines  que  non  saben  ]  bon  prez  aprender, 
Et   se    tienen  en    gloria  |  et   en   valde  yacer. 
Mas  diz  assi   el  maestro,  ]  mándalo  retener: 
Quien  proeza  quisiere,  ]  afán  deue   sofrcr. 

El  monje  de  Arlanza  pone  en  boca  de  Fernán  González,  en  la  situación  que 
el  texto  indica,  las  siguientes  razones: 

347  Si  orne  su  tiempo  quiere  |  en  ualde  lo  passar, 
Nun  quiere  deste  mundo  ]  otra  cosa  leuar 

Si  non  estar  tíqíoso  |  et  dormir  et  folgar". 
Oeste  mueren  sus   fechos,  |  quando  viene  n  fínar. 

348  £1  vicioso  et  lazrado  |  amos  3n  á  morir; 
El  uno  nin  el  otro  |  non  lo  pueden  foyr*. 
Quedan  los  buenos  fechos,  |  estos  han  de  vesquir; 
Uellos  toman  eaxiemplo  |  los   que  han   de  uenir. 

34"J         Todos  los   que   grant  fecho  |  quisieron  acabar 
Por   muy   grandes   traba  ios  |  ouieron  á  passar 
Non  comen  quando  quieren  |  nin  Qenan,  ni'  an   yantar: 
Los  víqíos  de  la  carne  |  Snlos  á   oblidar. 

350         Non  cuentan  de  Alixandre,  ]  etc. 

La  iiíiitacion  en  el  fondo  y  aun  en  las  formas  es  visible.  La  llamada  Crónica 
General  dice:  «El  orne  que  quisiere  estar  vicioso,  et  dormir  et  folgar,  et  non  qui- 
»siere  ál  llenar  deste  mundo,  deste  atal,  mueren  los  sus  buenos  fechos  el  dia 
))que  se  sale  su  alma  del  cuerpo — ,  et  el  vicioso  et  el  lazrado  amos  han  á  morir , 
«et  non  lo  puede  escusar  el  uno  nin  el  otro;  mas  los  buenos  fechos  nunca  mueren 
))et  siempre  es  remembranza  aquel  que  los  fizo  en  que  tomen  del  exemplo  los 
wotros  que  vienen  del — ;  et  todos  los  que  grandes  fechos  fizieron,  todos  pasa- 
vron  por  trabajos  mmj  grandes,  et  non  comieron  quando  ellos  quisieron  á  cenar, 
nnin  á  yantar  et  ouieron  á  oluidar  los  vicios  de  la  carne  (Parte  III. ^,  cap.  18.)» 
Separamos  por  medio  de  un  guión  cada  una  de  las  tres  coplas  contenidas  en 
estas  líneas,  y  subrayamos  los  versos  trastocados  por  el  autor  de  la  Crónica, 
y  cuya  reconstrucción  pueden  hacer  fácilmente  los  lectores,  con  sólo  tener 
presentes  las  estrofas  trascritas  del  Poema  de  Ferran  González.  Nadie  habrá 
pues  que  desconozca  la  fuente,  en  que  el  autor  de  este  libro  se  inspira;  y  es- 
tablecida la  tradición,  á  nadie  se  ocultará  tampoco  la  evidencia  de  que  la 
Crónica  General  reconoció  por  base  en  este  punto  el  monumento  poético  que 
examinamos,  como  tuvo  en  otros  pasajes  los  Cantares  del  Cid  y  otros  mera- 
mente tradicionales  que  no  han  llegado  á  nuestros  días. 


35G  IIISTOIUA    CalTICA    DE    l.A    LITIiinATUnA    ESPAÑOLA. 

torrente,  las  haces  extranjeras,  busca  Fernán  González  al  conde 
lie  Tolosa,  ganoso  de  probarle  la  pujanza  de  su  diestra: 

364        Metióse  por  las  azes  |  muy  ruorte  espoleando; 
La  lani;a  sobre  la  mano,  |  el  su  pendón  aleando: 
— «Dónde  estás,  el  buen  conde,»  |  diz  grandes  voces  dando, 
«Sal  acá,  ai  campo,  sal:  |  cala  aquí  á  don  Ferrando.» 

Encuéntrale,  en  efecto,  dándole  muerte  de  una  lanzada;  y  ha- 
ciéndole después  magnificas  exequias,  entrega  el  cadáver  á  los 
tolosanos ,  quienes  lo  llevan  á  su  patria  con  las  mayores  señales 
de  dolor  y  de  vergüenza.  El  poeta  dice,  narrada  la  catástrofe  del 
conde  de  Tolosa: 

.     .     Desguarneciorel  cuerpo  ¡  el  niesmo  con  su  mano 
Non  le  fis  menos  onrra  |  que  si  fuesse  so  hermano. 
374        Et  quando  ya  le  ouo  |  del  lodo  despoiado 
Levóle  el  vistióle  |  un  xamcle  preciado; 
Echol'en  v\n  escanno  |  solilmcnle  labrado; 
Ovol  en  la  batalla  |  de  Ahnozore  ganado,  etc. 

Nadie  habrá  que ,  teniendo  noticia  del  poema  de  Alexandre, 
no  descubra  en  esta  escena  una  imitación  de  la  en  (pie  el  héroe 
macedonio  tributa  iguales  honras  al  cadáver  de  Darío  ' . 

Entre  tanto  vuelve  Almanzor,  repuesto  de  la  pasada  rota,  á 
tentar  fortuna  «con  muy  fuertes  fonsados»  ,  penetrando  hasta  las 
inmediaciones  de  Lara  [Ñuño],  Bajo  sus  banderas  vienen  los  mo- 
radores del  África  y  las  tribus  guerreras  de  Andalucía ,  llenando 
los  valles  y  colinas  ciento  treinta  mil  «lorigados»  é  innumerable 
multitud  de  peones:  contra  ellos  reúne  el  Conde  sus  guerreros,  y 


1  Sin  embargo,  para  desvanecer  toda  sombra  de  duda  respecto  de  las 
frecuentes  imitaciones  del  poema  de  Alexandre,  pondremos  aquí  los  versos, 
en  que  este  manifiesta  su  dolor  y  respeto  sobre  el  cadáver  de  Darío: 

tolo         Fiíol  el  rey  grant  íIupIo  |  sobre!  emperador; 

S¡  fuse  su  licrmaiio,  [  nol"  l';iríe  inaor... 
1611  Tollienge  la  sangre  |  et  los  pannos  untados; 

Vesticronle  Tremosos  |  blancos  et  ordenadoí; 

Calzáronle  cspocras  |  con  zapatos  dorados... 


1012         Pusiéronle  corona  |  cl.ira  et  bien  bruñida. 
HilS         ti  rry   Alpxandrr  |  j'úsol  en  su  Iccbo,  etc.. 


II.*  PAKTE,  CAP.  Vil.  PRIJI.  MÜN.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  357 

mientras  Almanzor  se  dirige  sobre  Hacinas,  vuelve  el  héroe  de  la 
religión  y  de  la  independencia  á  la  ermita  de  San  Pedro,  sabiendo 
con  dolor  que  ocho  dias  antes  habia  pasado  de  esta  vida  el  monje 
Pelayo ,  á  quien  pensaba  consultar  sobre  la  futura  suerte  suya  y 
de  su  pueblo.  Devota  plegaria,  dirigida  al  Criador,  parece  templar 
la  amargura  del  Conde,  que,  rendido  de  la  fatiga,  se  queda  al  fin 
dormido ,  apareciéndosele  en  sueños  Pelayo  para  anunciarle  la 
victoria: 

402  ün  sucnno  muy  sabroso  |  al  conrle  faó  tomanrlo: 
Con  sus  armas  guarnido  |  asy  se  fué  acostando; 
La  carne  adormida  |  asi  yace  soñando. 

403  Non  podrie  el  conde  |  aun  ser  bien  adormido, 
El  monje  Sant  Pelayo  |  de  susol'  fué  venido: 

De  pannos,  como  el  sol,  |  todo  venye  vestido: 

Nunqua  mas  bella  cosa  |  veyera  orne  nascido. 
40i        Llamólo  por  su  nombre  |  al  conde  don  Ferrando; 

Disol: — ¿Duermes  ó  velas?  1  ¿Cómo  estás  assy  callando? 

Despierta  et  ve  tu  vya,  |  ca  te  cresce  grant  vando; 

Vete  para  el  tu  pueblo  |  que  te  está  esperando. 
405        El  Cryador  te  otorga  |  quanto  pedido  le  as: 

En  los  pueblos  paganos  |  grant  mortandat  farás; 

De  tas  buenas  compannas  |  mucho  ay  perderás: 

Pero  con  todol'  danno  |  el  campo  vencerás,  etc. 

Esta  segunda  profecía,  confirmada  por  San  Millan,  se  cumple 
como  la  priuiera:  el  Conde  torna  á  los  suyos,  los  anima  y  exhorta 
á  la  pelea,  declarando  que  se  dará  muerte  con  sus  propias  manos 
antes  de  entregarse  á  los  sarracenos,  y  maldiciendo  á  todo  el  que 
vuelva  el  rostro  en  el  combate.  Ordenado  su  ejército ,  más  nu- 
meroso que  nunca ,  cuya  descripción  no  carece  de  cierto  movi- 
miento poético  ' ,  arma  caballeros  veinte  donceles  escogidos ,  y 
asignado  el  puesto  de  cada  capitán  para  entrar  en  lid  al  siguiente 
dia,  se  retira  á  sus  tiendas  á  fin  de  tomar  algún  descanso.  Una 
serpiente  de  fuego  aparece  aquella  noche  en  los  aires,  llenando  de 
terror  á  los  cristianos,  como  habia  esparcido  el  espanto  el  eclipse 


1  Esta  piutura,  animada  por  abundantes  rasgos  originales,  nos  recuerda 
la  que  hizo  Juan  Lorenzo  de  las  huestes  de  Darío,  desde  la  copla  1 140  á  1 144 
inclusive.  La  Crónica  general  ó  Estarla  de  Espanna  la  adopta  por  entero,  bien 
f|uc  despojándola  de  algunas  circunstancias  poéticas. 


338  HISTORIA    CRItICA   DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

de  luna  que  precedió  á  la  batalla  de  Arbelas  en  el  campo  griesjo. 
Fernán  González,  nuevo  Aristandro,  disipa  de  los  suyos  todo  te- 
mor, despreciando  á  los  astrólogos  [estrelleros],  cuya  vana  cien- 
cia habia  fingido  aquella  visión  aterradora: 

479    — Algund  moro  astrólogo  |  que  sabe  encantar 
Fiso  aquel  diablo  |  en  syerpe  fegurar 
t'ür  amor  que  podiesse  |  á  nosotros  espantar: 
Con  este  tai  eiiganno  |  coibdaron  rcuoltoniar. 

•i80        Como  sodos  sessudo,  |  bien  podedes  saber 
Que  non  ban  ellos  poder  |  de  mal  á  nos  faser, 
Ca  quitóles  Jbesu  Xpto  |  el  su  fuerte  poder: 
Veades  que  son  locos  [  los  que  quieren  creyer. 

Aquietados  los  ánimos,  hecha  general  oración,  confesadas  por 
cada  cual  sus  culpas  y  recibida  la  «hostia  consagrada»  ',  trábase 
con  igual  bravura  y  encarnizamiento  la  batalla,  que  suspensa  por 
tres  dias,  dá  finalmente  la  victoria  al  denodado  Conde,  no  sin  la 
intervención  divina,  que  le  hablan  prometido  Pelayo  y  Millan  en 
la  pobre  ermita  de  San  Pedro. — Grandes  fueron  sin  embargo  los 
peligros  de  Fernán  González,  quien  perdido  el  caballo  y  cubierto 
de  heridas,  vio  caer  á  su  lado  la  flor  de  sus  guerreros,  y  con  ellos 
ásus  más  esforzados  caudillos.  El  poeta,  que  logra  amenizar  esta 
gran  batalla  con  la  descripción  animada  de  interesantes  episodios, 
en  los  cuales  descubre  que  no  era  peregrino  á  la  lectura  de  los 


1  Sobre  la  verdad  de  esta  costumbre  bélico-religiosa,  puede  verse  lo  que 
dijimos  ya,  al  tratar  del  poema  de  Almería  y  de  los  Poemas  de  Mió  Cid:  en  el 
que  analizamos,  dice: 

480         Todos  grandes  et   chicos  )  su  oración  fiQÍeron; 
Del    mal  que  auien  fecho  |  todos  s'  arrepintieron: 
I.a  hostia  consagrada  |  todos   la   rebebieron; 
Todos  de  corafuu  |  á    Dios   merced  pidieron. 

Esta  preparación,  que  infunde  no  poco  interés  al  pasaje  de  que  hablamos, 
descansaba  en  la  creencia  de  que  los  que  morian  en  la  guerra  contra  moros, 
«auiendo  coraplido  los  mandamientos  de  Sancta  Eglesia,  eran  martyrcs  et 
))eran  las  sus  ánimas  por  el  martyrio  quitas  del  pcecado  que  fizieron»  (Don 
Juan  Manuel,  ¡ibro  délos  Estados,  fól.  61,  col.  1.^  del  cód.  S.  34  de  la  Bi- 
blioteca Nacional). 


II.      PARTE,    CAP.    Vil.    PlllM.    WON.    ERUÜ.    DE    LA    PÜES.    CAST.    330 

vates  de  la  antigüedad,  nos  presenta  en  tan  recio  combate  la  fi- 
gura del  nieto  de  Ñuño  Rasura,  diciendo: 

488        El  conde  don  Ferrando,  |  esle  leal  cabdiello, 
Parecía  entre  todos  |  un  fermoso  castiello; 
Auíe  en  la  az  primera  |  abierto  un  grant  portiello. 


489        Rompía  todas  las  azes  |  que  fronteras  esiauan: 
A  la  parte  quél  yua,  |  todos  carrera  1'  dauan: 
Los  golpes  quél  fasía  |  bien  á  lueñe  sonauan. 

49        Andana  por  las  azes  |  como  león  fambriento; 
De  vencer  ó  de  morir  |  teníe  fuerte  talíento; 
Deíxaua  por  do  yua  i  todol  campo  sangriento,  etc.  '. 

Obtenido  tan  maravilloso  triunfo,  y  encendida  de  nuevo  ía  de- 
voción del  Conde  con  la  aparición  de  Santiago,  que  al  frente  de 
celestial  milicia  habia  peleado  contra  los  sarracenos,  recoge  los 
muertos,  y  llevándolos  á  la  ermita  de  San  Pedro,  les  dá  en  ella 
sepultura  «mucho  onrradamente»,  colmando  de  riquezas  aquel 
venerable  retiro. 

Don  Sancho  Ordonez,  rey  de  León,  le  participa  en  este  tiempo 
que  le  estaba  esperando  para  las  cortes  que  tenia  convocadas  en 
la  capital  de  su  reino;  y  aunque  no  de  buen  grado,  porque  «era 
muy  fuerte  cosa  la  mano  le  besar»,  pasó  el  Conde  á  la  ciudad  re- 
ferida, siendo  recibido  de  todos  con  el  aplauso  y  respeto  que  le 


1  Debemos  advertir  que  en  esta  y  en  las  demás  batallas,  descritas  por  el 
monje  de  Arlanza,  hallamos  ciertos  incidentes  personales,  que  dando  gran 
movimiento  á  la  narración,  despiertan  verdadero  interés  en  el  ánimo.  Entre 
otros,  que  enriquecen  la  descripción,  de  que  tomamos  estas  copias,  recorda- 
mos el  del  valeroso  doncel  Gustio  González,  sobrino  del  héroe,  que  deseando 
probar  su  valor  con  uno  de  los  más  esforzados  reyes  de  África,  cae  muerto 
ú  los  pies  de  su  tio,  en  el  momento  en  que  llega  este  á  libertarle  de  la  pu- 
janza africana.  Este  bello  cuadro,  digno  de  un  arte  más  adelantado,  nos  trae 
a  la  memoria  el  bellísimo,  en  que  Tasso  pint^  la  muerte  de  Lesbino,  que  ex- 
pira al  rigor  del  hierro  de  Argilan  en  e!  instante  en  que  Soüman  juzga  socor- 
rerle (Canto  IX).  Lo  mismo  el  rey  de  África  que  Argilan  hallan,  el  primero 
en  la  espada  de  Fernán  González  y  el  segundo  en  la  de  Solimán,  el  fin  de 
sus  dias.  De  esta  manera  se  reproducen  por  el  arle  en  diversos  pueblos  y 
edades  las  más  simpáticas  concepciones,  probando  que  no  faltaba  al  vate 
castellano  del  siglo  Xill  verdadero  instinto  poético. 


360  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

leniau  conquistados  sus  grandes  victorias.  En  esta  visita  pone  el 
poeta  la  tan  conocida  anécdota  del  azor  y  el  caballo,  cuya  venta 
fué  el  cimiento  de  la  independencia  de  Castilla  ^  Disponíase  ya 
Fernán  González  para  restituirse  á  su  patria,,  cuando  la  reina  de 
León,  hermana  de  don  Sancho  de  Navarra,  deseosa  de  vengar  su 
muerte,  proponéis  con  fingido  cariño  el  casamiento  de  doña  San- 
cha, su  sobrina;  partido  que  aceptó  el  Conde  sin  recelo  alguno, 
cayendo  así  en  la  celada  que  la  reina  le  habia  preparado.  Avisado 
oportunamente  don  Garcia,  mientras  el  castellano,  como  quien 
iba  de  bodas,  lleva  consigo  solos  cinco  caballeros,  sale  á  su  en- 
cuentro con  numeroso  séquito,  y  apoderándose  de  él,  no  sin  re- 
sistencia, ni  prodigio  -,  le  encierra  en  Castro-viejo,  lo  cual  pro- 
duce en  el  Conde  profunda  amargura.  A  sus  ruegos  permite  don 
Garcia  sin  embargo  que  vuelvan  á  Castilla  los  cinco  caballeros  re- 
feridos, quienes  contada  la  prisión  de  Ferran  González,  derraman 
en  todas  partes  honda  amargura: 

Nunqua  tan  mal  mensaie  |  castellanos  res^ebieron: 

i  Véase  en  el  cap.  H  del  presente  volumen  el  análisis  de  la  Leyenda  ó 
Crónica  de  las  Mocedades  de  Rodrigo,  donde  se  hace  ya  mención  de  esta  pe- 
regrina venta. 

2  El  Conde  se  acogió  ú  una  ermita  inmediata,  donde  fué  cercado  por  el 
rey:  al  entregársele  bajo  el  seguro  de  la  vida, 

592         Parlióse   el   altar  por  medio  |  de  soino  fasta  fondón, 

añadiendo  el  poeta  en  la  siguiente  copla,  con  referencia  á  su  tiempo,  que 

Está  aquella  cglesia  |  oy  en   el  día  perdida. 

Es  de  notar  que  la  Crónica  General  añade  en  este  pasaje  algunas  circuns- 
tancias, que  no  se  hallan  en  la  narración  poética:  tales  son  la  de  arrojar  á  la 
iglesia  un  escudero  del  Conde  «por  una  finiestra»  espadas  para  que  él  y  los 
cinco  caballeros  se  defendiesen;  la  de  oirse  una  voz  aterradora  en  el  aire,  al 
caer  el  Conde  en  poder  del  rey  de  Navarra,  partiéndose  al  par  la  ermita  por 
medio  «desde  arriba  fasta  ayuso»;  y  muy  especialmente  la  de  mezclar  Fernán 
González  en  la  oración  que  dirige  al  cielo,  preso  ya  en  Castro-viejo,  arrogan- 
tes fanfarronadas,  indignas  de  la  humildad  de  un  cristiano.  Esto  prueba  que 
el  historiador,  ó  consultó  otras  fuentes  demás  del  poema,  ó  añadió  de  su  co- 
secha esas  circunstancias,  para  hacer  más  vario  su  relato:  en  uno  y  otro  caso 
parece  evidente  que  si  el  monje  de  Arlanza  hubiera  escrito  después  del  cro- 
nista, no  las  habria  olvidado,  como  no  se  olvidaron  en  otro  poema  que  tiene 
el  mismo  asunto,  según  en  el  siguiente  volumen,  cap.  XXI,  advertiremos. 


II.     PAUTE,    CAP.    VII.    PRIM.    MOIS.    ERUD.    DE    LA    POES.    CAST.     361 

Por  poco  de  pessar  |  de  sseso  non  salieron. 
600        Fisieron  muy  grant  duelo  |  estonce  por  Castiella; 
Mucho  uestido  negro,  |  rota  mucha  capiella; 
Rasgadas  muchas  fruestes,  |  rola  mucha  maxiella; 
Tenia  cada  guno  |  en  su  cuer  grant  manciella. 

Un  conde  de  Lombardia,  romero  de  Santiago,  y  admirador  del 
esfuerzo  de  Fernán  González,  sabe  al  pasar  por  Navarra  su  injusta 
prisión;  y  determinado  á  visitarlo,  gana  con  oro  las  guardas  del 
castillo,  y  después  de  hablar  largo  espacio  con  él,  se  despide  «de 
los  oíos  llorando»  y  animado  por  el  intento  de  salvarle.  Para  lo- 
grarlo, se  presenta  á  la  infanta  doña  Sancha,  causa  inocente  de 
todo,  y  viéndola  tan  «apuesta  que  era  maraviella»,  no  duda  ya  del 
éxito  de  su  empresa,  invitándola  á  libertar  al  Conde  con  tan  bue- 
na fortuna  que,  arriesgando  vida  y  fama,  penetra  la  princesa  en 
el  castillo,  sacándole  de  la  torre  en  que  yacia,  y  huyendo  con  él 
á  Castilla.  Sola  una  condición  le  habia  impuesto,  al  partir,  doña 
Sancha,  segura  de  que  no  podia  el  Conde  serle  perjuro,  al  verle 
invocar  el  nombre  de  la  Virgen,  exclamando: 

Si  desto  faleseiere  |  falescame  la  Gloriosa. 

Cargado  de  hierros,  apenas  le  era  dado  caminar,  circunstancia 
que  obliga  á  doña  Sancha  á  llevarle  gran  trecho- sobre  sus  hom- 
bros, acogiéndose  después  á  la  espesura  de  un  monte,  donde  son 
descubiertos  por  los  perros  de  un  arcipreste  que  andaba  á  caza. 
Para  traerle  á  su  devoción,  le  promete  el  nieto  de  Ñuño  Ra- 
sura una  ciudad  en  Castilla;  pero  tomado  de  carnales  deseos, 
sólo  consiente  en  vender  su  silencio  al  precio  de  la  prostitución 
de  la  infanta,  infame  propuesta  que  subleva  la  dignidad  é  hidal- 
guía del  Conde,  quien  la  rechaza  indignado.  Doña  Sancha  di- 
simula no  obstante  la  ira  producida  en  su  pecho,  y  aparentando 
ceder  á  los  torpes  deseos  del  arcipreste,  se  aparta  con  él  algún 
tanto  del  conde;  y  cuando  juzgaba  aquel  logrado  su  grosero  ape- 
tito, le  coge  y  sujeta  de  la  barba,  llegando  á  la  sazón  el  injuriado 
castellano  y  dándole  muerte  con  un  cuchillo.  Libres  asi  de  seme- 
jante peligro,  prosiguen  su  difícil  camino  hacia  Castilla,  temero- 
sos de  nuevos  sobresaltos  y  contratiempos. 

Resueltos  sus  vasallos  á  conquistar  con  las  armas  la  libertad  de 


302  IIISTOIUA    CIlhlCA    DE    LA    LITKUATUKA    ESPA?5uLA. 

Fernán  González,  y  movidos  por  las  palabras  de  Ñuño  Lainez, 
liabian  en  tanto  hecho  á  su  semejanza  una  estatua  de  piedra,  y 
poniéndola  sobre  un  carro,  llevábanla  por  guia  y  capitán,  cual  si 
fuera  el  mismo  Conde  '.  Hasta  Velorado  [Yilforadü]  llegaron  en 
esta  peregrina  forma;  mas  á  poca  distancia  de  sus  muros,  fueron 
divisados  por  los  fugitivos,  que  llenos  primero  de  zozobra  y  col- 
mados después  de  alegría,  al  reconocer  las  enseñas  castellanas, 
se  vieron  recibidos  por  el  ejército  con  el  mayor  regocijo,  y  aca- 
,  tados,  como  naturales  señores,  por  los  capitanes  y  ricos-hombres 
de  la  tierra.  En  Velorado  quitaron  al  rescatado  prisionero  los 
hierros  que  le  agobiaban,  dirigiéndose  luego  á  Burgos,  «cabeza 
del  condado»,  y  celebrando  allí  sus  bodas  con  toda  solemnidad  y 
pompa,  conforme  á  la  usanza  de  Castilla: 

rt83        Alanzauan  taulados  |  todos  los  caualleros;     , 
Atabal  el  cantares  |  sonauan  escuderos; 
Et  avíe  muchas  cíiolas  |  ft  muclios  violeros: 
De  otra  parte  matauan  |  los  toros  los  monteros,  efe, 

Pero  no  bien  hablan  terminado  las  fiestas,  cuando  hubo  me- 
nester Fernán  González  empuñar  de  nuevo  las  armas  para  recha- 
zar al  rey  don  Garcia,  que  deseoso  de  tomar  venganza  de  su  fuga, 
se  habia  metido  con  poderoso  ejército  en  los  dominios  castella- 
nos. La  suerte  del  combate  es  una  vez  más  favorable  al  Conde, 
quedando  vencido  de  su  diestra  y  prisionero  el  rey  de  Navarra, 
que  es  conducido  á  Burgos,  donde  le  tiene  encerrado  por  el  es- 
l)acio  de  adoce  meses». — Semejante  dureza  ofende  al  cabo  la  hi- 
dalguía de  doña  Sancha,  hermana  del  navarro,  la  cual,  auxiliada 
por  algunos  caballeros  de  Castilla,  parece  restituirlo  á  la  libertad, 
aun  á  despecho  del  Conde.  Y  decimos  parece,  porque  en  esta  parte 
del  Poema  advertimos  varias  lagunas,  que  truncan  y  hacen  inco- 
herente la  narración  *;  presentando  después  á  Fernán  González, 


1  Este  pasaje  dio  origen  al  tan  conocido  romance  que  empieza: 

Juramento  llevan  hecho 
Todos  juntos  á  un.'i  voz,   etc. 

Es  de  los  contrahechos  en  el  siglo  XVI,  y  según  Duran  perlcnece  á  la  úl- 
tima decada  del  mismo  {liom.  Gen.,  tomo  I,  pág.  461,  col.  I,  ed.  de  Rivad.). 

2  La  más  notable  laguna  del  cód.  oscur.  existe  entre  la  estrofa  701  y  702 


Il/    PARTE,    CAP.    VII.    PHIM.    MON.     ERUD.    DE    LA   POES.  CAST.    303 

ya  en  guerra  con  los  moros  cordobeses,  que  huyen  de  él,  como 
de  «águila  fambrienta»,  ya  declarándose  del  todo  independiente 
del  rey  de  León,  ya  en  fln  en  nueva  lucha  con  don  Garcia,  que 
avistándole  en  Yalpir,  junto  á  Cirueña,  intenta  saldar  las  quiebras 
pasadas,  bien  que  con  no  mejor  fortuna,  á  juzgar  por  los  últimos 
versos  que  se  han  conservado: 

7-íl        Quiso  Dios  al  buen  conde  I  esta  gracia  faser: 

Que  moros  nin  xripstianos  |  non  le  podyan  vencer. 

El  rey  debió  en  consecuencia  ser  nuevamente  humillado. — Esta 
sencilla  exposición  de  la  historia  poética  de  Ferran  González, 
demás  de  probar  á  nuestros  lectores  cuan  incompleta  ha  llegado 
la  misma  á  nuestras  manos  ^  los  convencerá  de  la  exactitud  de 
nuestras  observaciones,  así  respecto  del  lugar  que  le  corresponde 
en  la  cronología  literaria,  como  de  las  frecuentes  imitaciones  del 
poema  de  Alexandre,  con  que,  descubriendo  la  índole  de  la  es- 
cuela, en  que  se  filiaba,  quiso  enriquecer  y  refrescar  las  tradicio- 
nes escritas,  que  le  servían  de  fundamento.  Digno  es  de  tenerse 
muy  en  cuenta:  en  todas  las  situaciones  que  le  ofrecen  alguna 
semejanza  ó  analogía  con  la  historia  por  él  narrada,  procura  el 

de  las  que  se  conservan  — Toda  la  parte  final  adolece  sin  embargo  de  estas 
interrupciones,  cuya  ilación  puede  suplirse  por  la  Crónica  General  ó  Estoria 
de  Espanna,  tantas  veces  citada. 

1  El  último  hecho,  mencionado  en  el  Poema  de  Ferran  González,  es  la 
batalla  de  Valpir  ó  de  Aronia  (y  no  Moret,  como  equivocadamente  dice  un 
historiador  moderno):  acaeció  por  las  años  de  965,  tres  antes  del  fallecimiento 
del  Conde. — Los  susesos  comprendidos  en  este  período,  son:  el  nuevo  llama- 
miento que  el  rey  de  León  hace  á  Fernán  González;  la  mala  acogida  y  segunda 
prisión  de  este;  el  duelo  de  los  castellanos  y  astucia  de  dolía  Sancha,  que  se 
disfraza  de  romera  para  salvar  al  Conde;  la  demanda  que  este  hace  del  ré- 
dito de  la  venta  del  azor  y  del  caballo,  que  no  puede  pagar  el  rey;  la  exen- 
ción del  condado  de  Castilla;  la  entrada  que  hace  Fernán  González  en  tierras 
de  León,  y  su  muerte.  Debemos  notar  que  en  todos  estos  pasajes,  comprendi- 
dos en  los  capítulos  XIX  y  XX  de  la  Crónica  General,  se  descubren  vestigios 
de  versificación,  así  como  en  lo  que  precede,  según  dejamos  probado;  y  esto 
convence  de  que  el  poema  abrazaba  hasta  la  muerte  del  Conde. — Digna  de  ad- 
vertirse es  también  la  circunstancia  de  no  mencionarse  ni  en  el  Poema  ni  en 
la  Crónica  la  célebre  batalla  de  Simancas,  en  que  Berceo  hizo  intervenir  á 
Fernán  González,  con  don  Ramiro  II:  el  Conde  alcanzó,  según  el  Poema  y  hi 
fónica,  los  reinados  de  Ordoño  III,  Sancho  1  y  Ramiro  III. 


36 i  Hisruiii.v  ciiincA  ue  la  lmeiiatuka  española. 

uutor  seguir  las  huellas  de  Juan  Lorenzo,  y  aspirando  sin  duda  al 
mismo  aplauso,  atribuye  al  conde  de  Castilla  aquellas  dotes  que 
nitis  resaltan  en  el  gran  rey  de  Macedonia.  Aml)üs  llegan  á  edad 
juvenil,  ignorando  la  opresión  en  que  yace,  su  patria,  y  ambos 
conciben,  al  sabor  su  afrenta,  el  irrevocable  proyecto  de  romper 
tan  pesada  coyunda.  El  ejército  de  uno  y  otro  se  compone  de  es- 
caso número  de  combatientes,  cuyos  capitanes,  amaestrados  en 
el  arte  de  la  guerra,  quisieran  más  bien  obtener  la  victoria  por 
medio  de  la  astucia  que  luchar  cuerpo  á,  cuerpo  con  un  enemigo 
l)oderoso,  cuyas  falanges  no  tenían  cuento.  Mas  alentados  por 
a(|uel  valor  sobrenatural  que  los  hacia  invencibles,  desechan  en- 
trambos todo  linaje  de  consejos  que  puedan  contrariar  sus  altas 
empresas,  arrastrando  á  la  lid  con  el  imán  de  sus  palabras  á  los 
mismos  guerreros,  que  dudaban  antes  del  éxito.  Alejandro  es  en 
el  poema  de  Juan  Lorenzo  un  ((guerrero  natural,  tesoro  de  proe- 
za, arca  de  sabiduría  y  egemplo  de  nobleza»:  Fernán  González  es 
en  el  libro  del  monje  de  Arlanzaaun  natural  guerrero 

o  17 I  corazón  sin  flaqueza, 

Sennor  de  enseñamiento,  |  cimiento  de  nobleza, 

sin  que  jamás  se  hubiera  mostrado  ((de  más  grant  corac^on»  el 
hijo  de  Olimpias,  según  ya  dejamos  advertido.  Y  si  llora  Alejan- 
dro sobre  el  cadáver  de  Darlo,  después  de  haber  destruido  su  im- 
perio, haciéndole  suntuosas  exequias,  también  el  nieto  de  Ñuño 
Rasura  derrama  compasivas  lágrimas  sobre  el  conde  de  Tolosa, 
muerto  á  sus  manos,  honrándole  con  regios  funerales. 

En  el  pensamiento  patriótico  que  los  anima,  en  la  indomable 
fortaleza  de  su  pecho  y  de  su  brazo,  en  el  arrebato  de  sus  palabras 
pensó  encontrar,  ó  mejor  dicho,  aspiró  á  fundar  el  autor  del  Poe- 
ma de  F erran  González  estrecha  semejanza  entre  este  y  el  héroe 
macedonio,  si  bien  la  ch^cunstancia  de  ser  el  Conde  personaje  po- 
pular en  el  suelo  de  Castilla  le  obligaba  á  desechar  aquellos  ras- 
gos y  cualidades  que  repugnaban  abiertamente  al  sentimiento  na- 
cional, ó  contradecían  el  tipo  creado  por  la  tradición  y  aceptado 
ya  por  los  eruditos.  Un  cantor  meramente  popular  se  hubiera 
atenido  de  un  modo  absoluto  á  lo  que  el  pueblo  castellano  sabia, 
pensaba  y  creía  respecto  de  tan  celebrado  caudillo:  el  poeta  doc- 
to, llamado  á  ostentar  sus  conocimientos  bíblicos  é  histórico*, 


ÍI.*  PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON,  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  365 

teniendo  muy  presentes  las  relaciones  piadosas  que  sobre  el  mis- 
mo Conde  se  conservaban  dentro  y  fuera  del  claustro,  y  fijando  la 
vista  en  lo  que  eran  las  producciones  de  aquel  arte  aplaudido 
por  los  discretos,  contraía  el  empeño  de  hermanar,  en  cuanto  sus 
fuerzas  lo  consintieran,  lo  popular  y  lo  erudito;  pensamiento  que 
naciendo  espontáneamente  de  la  naturaleza  del  asunto  y  de  la  po- 
sición literaria  del  autor,  hubiera  podido  dar  sazonado  fruto,  á 
ser  otra  la  edad  de  la  poesía  castellana  y  los  medios  de  exposi- 
ción que  le  era  dado  emplear  en  aquellos  dias. 

El  Poema  de  Ferran  González,  aunque  incompleto  y  despro- 
porcionado *,  aunque  fundido,  digámoslo  así,  en  la  misma  tur- 


1  Aludimos  principalmente  á  la  introducción,  que  comprende  i72  coplas, 
número  excesivo  con  relación  al  resto  del  poema,  aun  supliendo  lo  que  falta 
relativamente  á  los  tres  últimos  años  de  la  vida  del  Conde. — En  lo  demás  ad- 
vertimos cierta  regularidad,  no  despreciable,  pudiendo  dividirse  el  Poema, 
tal  como  existe,  en  siete  parles  diferentes:  la  seg^unda,  conforme  antes  apun- 
tamos, empieza  en  la  estrofa  d73,  que  dice: 

Estonce  era  Castiell.i  \  un  pequcnno   reiicun: 

la  tercera  en  la  guerra  primera  de  Navarra,  con  la  copla  280: 

Mientra  que  estaua   el  conde  |  fasiendo   á    Dios  plaQer. 

La  cuarta  con  la  invasión  segunda  de  Almanzor,  en  la  copla  380: 

Dexemos  tolosands  ]  tristes  et  desonrrados 
Que  eran   ya  en  Tolosa  |  con  su   sennor  llegados: 
Tornemos    en   el  conde  |  de  los  fechos   granados. 
Cómo  avíe  oydo  |  otros  malos  inan<lados: 

la  quinta  con  la  convocatoria  á  las  cortes  de  León,  en  la  copla  564,  de  este 
modo: 

Enbió  Sánclio  Ordonnes  I  al  buen  conde  mandado 
Que   quería  facer  cortes  |  et  que  fuese  priado: 

la  sexta  con  la  resolución  tomada  por  los  castellanos  de  ir  en  busca  de  su 
señor,  llevando  su  imagen  de  piedra  en  un  carro,  en  la  copla  653: 

Oexemos  aquí  a  ellos  )  entrados   en   carrera; 
Decir  de  castellanos  I  vos;  é,  gente  ligera,  etc. 

y  finalmente  la  sétima  en  la  copla  702,  tras  la  reparable  laguna  que  deja- 
mos ya  notada  arriba,  en  la  cual  hubo  de  comprenderse  todo  lo  relativo  á  la 
libertad  del  rey  de  Navarra  y  á  la  tercera  invasión  de  Almanzor,  rechazada 
por  el  Conde.  La  división  referida  no  sólo  se  apoya  en  la  naturaleza  y  orden 
déla  narración,  sino  también  en  las  declaraciones  terminantes  del  poeta. 


3C6  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

quesa  quo  los  precedentes,  encierra  sin  embargo  crecido  número 
de  bellezas  que  le  son  propias,  y  refleja  con  mayor  energía  que 
otro  alguno  la  vitalidad  poética  del  pueblo  castellano.  0'»ítale  el 
anhelo  de  la  imitación  erudita  aquella  fuerza  y  nativa  frescura, 
que  hemos  admirado  en  los  Cantares  de  Mió  Cid,  el  Campeador, 
debidos  exclusivamente  al  fiaf  poderoso  de  la  muchedumbre;  pero 
la  misma  fama  del  héroe  y  el  respeto  que  inspira  su  nombre  en 
las  clases  privilegiadas  le  comunican  cierto  interés,  ajeno  á  los 
libros  de  Apollonio  y  de  Alexandre,  dando  á  sus  narraciones  y 
descripciones  más  propio  y  verdadero  colorido,  y  animándolas  al 
par  con  bellas  pinceladas,  características  de  la  civilización  y  del 
pueblo,  á  que  el  libro  pertenece  ^  Hé  aquí  pues  cómo  presentan- 
do el  Poema  de  Ferran  González  una  faz  nueva  en  la  historia 
del  arte  erudito,  parecía  inclinarlo  á  un  campo  más  dilatado  y 
fecundo;  pero  si  era  contraria  á  este  movimiento  la  misma  índole 
de  aquel  arte,  que  sólo  podia  acaudalarse  con  los  tesoros  de  ex- 
trañas literaturas,  no  por  esto  dejaba  de  tener  trascendencia  la 
leyenda  de  las  proezas  del  Conde,  tal  como  la  formula  en  sus  ver- 


i     Lícito  creemos  trasladar  aquí  algunos  de  estos  rasgos.  Hablando  de  la 
primera  batalla  contra  Almanzor,  se  lee: 

Allí    fue  demostrado  |  el   poder   de  Mexias; 
El  Conde  fui!    David  I  Alinozore  Golías. 

Pintando  la  hueste  vizcaína,  se  retrata  así  á  su  capitán: 

Fué  dado  por  cabdiello  I  don  Lope  el  vizc.iyiio; 
Bien   rico  de  mnnzanas,  |  pobre  de  pan  et  vino. 

Y  de  Fernán  González  se  dice  por  boca  de  los  suyos,  ponderando  su  bra- 
vura y  espíritu  emprendedor,  que 

A  Sitanás  semeia  |  el  nos  á  sus   pecados. 

Ya  en  mitad  de  la  lid  aparece, 

Facieudo  In  que  fa(e  I  el  lobo  en  los  rediles, 

siendo  tan  recio  el  combate  que 

A  los  golpes   que  dauan  |  lús  sierras  retefíian, 
Ó 

I.os  montes  ot  Ins   valles  I  semeialian  movidos. 

La  hipérbole  continúa  siendo  uno  do  los  principales  caracteres  del  ingenio 
español,  cual  en  los  tiempos  de  Lucano. 


II.*  PARTE,  CAP.  Vil.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  gf)? 

SOS  el  monje  de  Arlanza,  tomando  primero  plaza  en  la  historia  y 
dando  más  adelante  vida  á  otros  poemas  y  cantares  ' . 

Mas  al  paso  que  es  interesante  estudiar  en  este  libro,  escrito 
en  la  España  Central,  los  plausibles  esfuerzos  hechos  por  los  cas- 
tellanos para  emular  la  gloria  alcanzada  por  Berceo ,  Juan  Lorenzo 
y  el  autor  del  libro  de  Apnllonio,  llama  también  la  atención  de  la 
crítica  el  contemplar  el  empeño  que  ponen  las  razas  vencidas  que 
vivian  bajo  el  amparo  de  nuestros  reyes  en  apoderarse  de  las  for- 
mas artísticas  de  la  poesía  heróico-erudita ,  mientras  la  enrique- 
cían con  sus  más  estimadas  leyendas  y  tradiciones. — Próximo  es- 
taba en  verdad  el  momento  en  que ,  respondiendo  á  la  generosa 
voz  del  Rey  Sabio ,  acudieran  árabes  y  hebreos  á  dotar  nuestra 
creciente  civilización  con  los  despojos  de  las  ciencias ,  de  largos 
años  cultivadas  por  sus  ulemas  y  rabbinos.  Antes  de  que  esto 
sucediera  con  no  poca  gloria  del  nombre  español,  quisieron,  sin 
embargo,  una  y  otra  raza  dar  inequívocas  señales  de  su  actividad 
intelectual  en  los  dominios  cristianos;  y  en  tanto  que  los  judíos, 
con  mayor  anhelo  de  ciencia ,  cultivaban  la  teología  y  la  medi- 
cina, la  filosofía  y  la  astronomía,  bien  que  sometida  á  los  extra- 
víos de  la  cabala,  inclinábanse  los  vasallos  mudejares,  olvidada 
su  lengua  nativa  y  consignadas  sus  propias  leyes  en  el  idioma  de 
sus  dominadores  ^,  á  formular  también  en  el  mismo  sus  ínspira- 


1  Ya  hemos  notado  cómo  la  Crónica  General,  de  que  visiblemente  se  sacó 
la  particular  de  Ferran  González,  reconoce  por  fuente  principal  el  Poema  de 
que  vamos  hablando.  En  cuanto  á  la  poesía,  al  tratar  del  siglo  XIV  haremos 
mención  del  poema  todavía  desconocido  que  fué  dedicado  á  refrescar  la  tra- 
dición de  las  proezas  del  conde,  debiendo  añadir  en  este  lugar  que  á  fines 
del  siglo  XV  ó  principios  del  XVI  se  compuso  por  el  abad  fray  Gonzalo  Ar- 
redondo otro  poema,  que  con  el  título  de  la  ArlanÜna  tenia  el  propósito  de 
sublimar  las  hazañas  del  fundador  de  su  monasterio,  comparándolas  con  las 
del  Cid,  libro  á  que,  además  de  los  romances  populares,  aludíamos  al  indi- 
car que  anduvo  el  lauro  dudoso  entre  uno  y  otro  héroe  en  toda  la  edad  me- 
dia. El  primero  de  estos  monumentos  está  escrito  en  versos  de  ocho  sílabas: 
el  segundo  en  coplas  de  arte  mayor:  de  ambos  hablaremos  respectivamente. 

2  Nos  referimos  á  las  Leyes  (le  Moros,  que  recogió  el  erudito  don  Manuel 
Abella  en  el  tomo  VIII  de  su  Colección,  y  que  ha  dado  á  luz  últimamente  la 
Real  Academia  de  la  Historia  {Mem.  Hist.,  tomo  V.,  pág.  H).  Abella  ,  cuyo 
voto  alcanzó  grande  autoridad  en  estas  materias,  opina  que  la  letra  del  códice 


3C8  IIlSTOm.V   CRÍTICA   DE   LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

ciones  poéticas ,  pagando  este  tributo  de  respeto  á  la  cultura  cas- 
tellana. 

.\i  se  croa  que  al  emplear  los  mahomelanüs  la  leng-ua  y  las  for- 
mas artísticas,  autorizadas  por  Borcoo  y  sus  imitadores,  deja- 
ban de  reconocer  la  ley  suprema,  impuesta  por  la  Providencia  á 
todos  los  pueblos  colocados  en  situación  análoga.  Era  la  existen- 
cia de  los  vasallos  mudejares ,  reconocida  en  la  bistoria  de  la 
reconquista  desde  el  año  de  1058  con  lá  capitulación  de  Sena 
otorgada  por  Fernando  I  ',  la  prueba  más  clara  y  terminante  de 
la  supremacia  que  desde  principios  del  siglo  XI  comenzó  á  ejercer 
en  la  Península  el  cristianismo;  supremacia  que  vá  en  aumento 
durante  toda  aquella  centuria,  bien  que  no  sin  rudas  y  terribles 
contradicciones,  y  llega  á  su  colmo  en  la  siguiente  ^.  Favorecida 
por  la  potestad  real,  respetada  en  sus  propiedades  y  en  el  ejer- 
cicio de  su  religión  y  de  sus  leyes,  preciosas  garantías  que  lle- 
gan á  consignarse  al  mediar  el  siglo  XIII  en  la  ley  de  Partida 
y  en  el  Forum  valentinum,  vuelve  pues  aquella  raza  la  vista  á 
su  antigua  literatura,  para  demandarle  inspiraciones  con  que  en- 
riquecer espontáneamente  la  castellana ,  mientras  le  pide  los  me- 
dios artísticos  y  expositivos  por  ella  elaborados,  lo  cual  se  veri- 


original,  de  que  sacó  un  facsímile,  es  del  siglo  XIII,  bien  que  ya  á  los  fines: 
de  modo  que  poniendo  la  formación  primitiva  de  esta  manera  de  código  cin- 
cuenta años  antes,  no  parecerá  infundado  eldeducir  que  los  mudejares  tuvie- 
ron ya  escritas  en  castellano  sus  leyes  especiales,  al  principiar  el  segundo  ter- 
cio del  referido  siglo. 

1  Narrando  el  arzobispo  don  Rodrigo  este  hecho  memorable,  escribe  al 
numerar  las  conquistas  que  Fernando  el  Mayor  llevó  á  cabo  en  las  regiones 
occidentales:  «Primo  ingressu  caesis  pluribus,  cepit  Senam,  eo  pacto  ut  in- 
wcolae  rcmanerent  et  essent  subditi  sub  tributo»  (libro  VI,  cap.  XI).  Es  la  vez 
primera,  según  dejamos  advertido,  que  se  hallan  estas  notables  cláusulas  en 
nuestros  cronistas. 

2  La  conquista  de  Toledo,  que  tanta  importancia  tuvo  en  la  historia  do 
nuestra  civilización,  inclinó,  cual  vá  repelido,  k  balanza  al  lado  de  los  cris- 
tianos, quedando  bajo  su  dominio  la  población  árabe  en  masa,  lo  cual  se  re- 
produjo en  las  conquistas  posteriores:  en  Aragón  se  insinúa  este  hecho  en  ios 
primeros  dias  del  siglo  XII  con  la  toma  de  Zaragoza,  Tudcla,  Tortosa,  etc., 
á  cuyos  moradores  maliomctanos  protegió  don  Alfonso,  el  Batallador,  deján- 
doles sus  leyes  y  sus  jueces,  como  en  Castilla. 


II.*  PARTE,  CAP.  Vil.  PRIM.  MON.  EKUD.  DE  LA  POES.  CAST.  369 

ficaba  también  en  cierta  manera  respecto  de  las  artes  ^.  Y  este 
acaecimiento,  importante  por  más  de  un  concepto  en  el  estudio  de 
la  civilización  española,  y  que  jamás  hubiera  podido  realizarse  sin 
la  templada  y  cuerda  política  de  nuestros  reyes  respecto  de  los 
mudejares,  viene  á  tomar  plaza  en  la  serie  de  los  fenómenos  li- 
terarios ,  que  vamos  examinando,  con  el  Poema  de  Yusuf,  sim- 
pática leyenda  consignada  en  el  Génesis,  introducida  en  el  Ko- 
ram,  y  acariciada  constantemente  en  las  regiones  orientales -. 

1  Alg'unos  años  después  de  formalizados  estos  estudios  (que  lo  estaban 
ya  en  1848),  pronunciamos  ante  la  Real  Academia  de  Nobles  Artes  de  San 
Fernando  (19  de  junio  de  1859)  un  discurso  sobre  el  Estilo  mudejar  en  la  his- 
toria de  la  arquitectura  española.  En  él  procuramos  quilatar  el  origen  y  des- 
arrollo de  aquel  peregrino  estilo,  que  tantos  monumentos  produjo  en  nuestro 
suslo  desde  el  siglo  XII  en  adelante,  fijando  al  par  los  caracteres  que  le  dis- 
tinguen, y  que  hacen  hoy  fácil  aun  para  los  menos  entendidos  en  la  historia 
de  las  artes  españolas,  la  cksificacion  de  los  expresados  monumentos.  Consi- 
derado este  desenvolvimiento  de  la  arquitectura,  donde  hallamos  todos  los 
elementos  del  arte  arábigo,  sometiéndose  á  las  leyes  superiores  de  la  civiliza- 
ción cristiana,  y  comparado  con  el  que  ofrecen  las  letras,  de  que  es  ya  insig- 
ne muestra,  aunque  no  única,  según  en  breve  advertiremos,  el  Poema  de 
Ytisuf,  no  puede  ser  mayor,  ni  más  significativa  la  unidad  que  en  esta  doble 
manifestación  del  ingenio  español  advertimos.  Ni  pudiera  ser  de  otro  modo, 
conocidos  los  antecedentes  histdiücos  que  llevamos  expuestos.  En  su  lugar 
volveremos  á  fijar  nuestras  miradas  en  la  historia  do  las  artes  del  siglo  XIII. 

2  Entre  los  pueblos  orientales  era  Joseph  tenido  por  el  hombre  más 
hermoso  de  los  nacidos,  siendo  varios  los  poemas,  en  que  se  narra  su  histo- 
ria, y  muy  frecuentes  las  alusiones  que  hacen  á  la  misma  los  poetas,  con 
aplicaciones  particulares.  Son  dignos  de  mencionarse  los  poemas  que  Amak, 
Abd-el-Rahman  y  Nizamí,  mencionado  antes  de  ahora,  escribieron  sobre  este 
asunto,  y  entre  otras  muchas  citas'  que  pudieran  hacerse,  recordamos  aquí  las 
Gazelas  II.*  y  III. '^  de  Mohamed  Sheras-Eddin  (trad.  lat.  de  Revizky),  en  las 
cuales  este  celebrado  cantor,  que  generalmente  es  conocido  con  el  nombre  de 
Hafiz,  pondera  la  pasión  de  Zaleikha,  y  dando  á  Joseph  el  título  de  Lu72a 
Cananea,  le  llama  su  querido,  y  figurando  que  es  Egipto  su  corazón,  le  brin- 
da con  su  imperio,  aplicando  en  este  sentido  metafórico  la  peregrina  leyenda 
¿el  hijo  de  Israel.  Los  lectores  no  iniciados  en  los  estudios  orientales  pueden 
consultar  la  versión  francesa  del  poema  de  Nizamí,  debida  á  Cardonne  (Biblio- 
theque  des  Romans,  1778),  y  \a.s  Poesías  Asiáticas  del  conde  de  Noroña  (pági- 
nas 230  y  2oa,  Paris  1833).  Sin  salir  de  nuestra  España  podemos  citar  tam- 
bién la  historia  de  Joseph  narrada  en  el  Quiteb  almazahelic  vhalmelic  (libro 
de  los  caminos  y  de  los  reinos),  escrito  por  uno  de  los  reyes  de  Niebla,  según 
nos  advierte  don  Alfonso  el  Sabio ,  y  veremos  adelante. 

TOMO  III.  24 


370  mSlDItlA    CRtriCA    UE    LA    LITEUATL'IU    ESPAÑOLA. 

Tan  peregrino  monnmcnlo,  escrito  en  caracteres  arábigos,  co- 
mo todos  los  que  llevan  entre  los  orientalistas  el  título  de  alja- 
miados, tiene  por  asunto  la  vida  de  .losoph,  hijo  de  Jacob,  y  no 
simplemente  los  amores  de  Zuleiklia  ó  ZaleicA,  mujer  de  Putifar, 
como  ha  supuesto  algún  escritor  de  nuestros  dias,  creyéndolo 
tal  vez  imitación  ó  trasunto  del  poema  debido  al  persa  Noraddín 
.lamí,  poeta  que  tlorece  en  la  corte  de  Moharaed  II,  dcbclador  de 
Coaslantinopla  *.  Mucho  más  antiguo  que  esta  producción,  tenida 
por  una  de  las  más  delicadas  joyas  de  su  lengua,  parece  recono- 
cer por  fuente  la  tradición  consignada  en  la  sura  ó  capítulo  Xíl 
del  Koram,  que  es  sin  .duda  uno  de  los  más  elegantes  que  en- 
cierra el  extraordinario  libro  del  falso  profeta. 

Pero  al  confesar  el  autor,  en  la  misma  forma  que  Bercco  y 
Juan  Lorenzo,  que  escribe  more  erudito,  sujetando  su  narración 
á  lo  que  le  prescribía  el  dictado  ^,  no  por  esto  renuncia  al  galar- 
dón de  la  originalidad,  introduciendo  en  tan  aplaudida  historia 
accidentes  y  episodios,  por  él  ideados  para  darle  mayor  variedad, 
según  notaremos  en  la  exposición  del  mismo  poema.  Obedecía  en 
esto  la  ley  general,  que  reglaba  las  obras  de  la  poesía  hcróico- 
erudita  (ley  acatada  por  todos  los  poetas  castellanos  de  aquella 
época),  si  bien  presentaba  una  faz  nueva  del  arte,  preludiando  su 
próxima  trasformacion,  al  recibir  de  lleno  la  influencia  oriental, 
cuyos  primitivos  gérmenes  llevaba  dentro  de  sí  desde  la  edad  más 
remota  ^.  Difícil  es  sin  duda  el  determinar  la  en  que  se  escribe  el 


1  Véase  la  Gramática  persa  de  W.  Jones,  y  al  final  el  catálogo  de  los 
poemas  de  más  celebridad,  escritos  en  esta  lengua. 

2  Hablando  por  egcmplo  de  la  segunda  venta  de  Joseph,  escribe  que  el 
esposo  de  Zalija 

50     Sa  peso  de  plata  |  por   rl   daba   biro  pessado, 
Kt  otro  que  tal   faQia  |  de  oro   esmerado 
Et  de  piidras  preciosas,  I  loiuo   diQe   el    dictado,    etc. 

Debe  notarse  que  csla  segunda  venta  no  so  menciona  en  el  Koram,  siendo 
el  mercader  que  recibe  á  Joseph  de  sus  hermanos  el  mismo  que  después  im- 
pera en  Egipto  (vcrs.  21  y  23).  En  el  cap.  XXXVII  del  Génesis,  vers.  36,  se 
refiere  este  suceso,  manifestando  que  los  mercaderes  madianilas  vendieron  al 
hijo  de  Jacob  en  Egipto. 

3  Véase  lo  que  en  los  caps.  VI,  ÍX  y  XV  de  la  I.*  Parle  dojamos  dicho 
sobre  la  ihflucncia  de  la  Biblia  en  la  literatura  hispano-latina. 


II.   PARTE,  CAP.  VII.  PniM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  371 

Poema  de  Yusuf,  señalando  al  par  la  comarca,  en  que  su  autor 
florece:  los  medios  expositivos  y  artísticos;  el  lenguaje,  salpicado 
de  frases  y  maneras  de  hablar  que  sólo  hallan  semejanza  en  los 
más  antiguos  monumentos  de  la  poesía  escrita  de  Castilla;  la  cir- 
cunstancia no  despreciable  de  ser  este  reino  el  primero  que  ad- 
mite los  vasallos  mudejares;  en  una  palabra,  cuanto  se  refiere  y 
atañe  á  las  formas  exteriores,  cuanto  se  relaciona  con  los  carac- 
teres especiales  de  las  diversas  regiones  en  que  liabia  logrado  el 
idioma  castellano  la  consideración  de  lengua  literaria,  todo  nos 
lleva  sin  embargo  á  poner  esta  rara  composición  entre  los  poemas 
heróico-eruditos,  que  forman  la  primera  época  de  nuestra  poesía 
docta,  resolviéndonos  á  creer  que  fué  escrito  en  las  provincias 
castellanas  *.  Pero  estas  observaciones  han  menester  compro- 


i  No  han  opinado  así  el  académico  de  la  Historia  don  Serafín  Estébanez 
Calderón  en  su  Discurso  inaugural  de  la  cátedra  de  árabe  del  Ateneo  Matri- 
tense {Sem.  Pint.,  núm.  46,  1848)  ni  el  ya  citado  Mr.  George  Ticknor,  en  su 
Historia  de  la  liter.  csp.  {\.^  ép.,  cap.  I),  á  quien  siguen  algunos  escritores 
extranjeros  (Puymaigre,  Les  vieux  anteurs,  cap.  XVI).  Uno  y  otro  suponen 
que  se  escribió  en  Aragón,  adelantándose  el  segundo  a  dar  por  sentado  «que, 
»el  autor  del  poema  fué  alguno  de  los  muchos  moriscos  que  á  la  expulsión 
))de  sus  compañeros  quedaron-escondidos  en  el  norte  de  España»,  y  añadiendo 
«que  se  encuentran  en  él  no  sólo  voces,  sino  hasta  frases  enteras  propias  del 
))pais  confinante  con  la  Provenía». — En  cuanto  á  las  frases  no  cita  ninguna, 
y  seria  muy  difícil:  respecto  de  las  voces,  únicamente  pone  como  aragonesa 
la  palabra  mercadero;  pero  de  propia  autoridad,  porque  no  solóse  halla  usada 
en  las  obras  de  Berceo,  escritas  en  la  Rioja,  sino  también  en  el  poema  de 
Alejandre,  compuesto  en  el  reino  de  León,  según  vá  advertido.  Berceo  decia 
en  los  M/a^ros  de  Nuestra  Señora,  copla.  Q83: 

Andido  un  gran  tiempo,  |  ganó  muchos  dineros. 
Comprando  et  vendiendo  |  á  ley  de  mercaderos,  etc. 

Juan  Lorenzo,  en  la  copla  368: 

Fazte  camiar  el  nombre;  |  ve  cuerno,  mercadero. 
Non  te  entienda  ome  1  que  eres  cauallero. 

En  Castilla  se  decia  indistintamente  mercadero,  mercader  y  mercador,  como 
se  lee  en  los  poemas  citados  y  en  el  de  Yusuf,  en  el  Fuero  Juzgo  y  las  Parti- 
das, en  la  llamada  Crónica  General  y  en  la  Grande  et  General  Estoria  del  Rey 
Sabio.  Contándose  en  esta  última  la  misma  historia  de  Joseph,  ajustada  á  la 
tradición  oriental  del  poema,  se  lee:  aEt  passauan  essora  unos  mercaderos 
))quc  uenien  de  Galaal»: — Estos  mercaderos  parientes  eran  de  Josep»: — Los 
nmercaderos  de  Madian  quel  compraron»,  etc. — Pues  que  Josep  fue  vendida á 


372  mSTOIUA    CUlTICA    DE    LA    LITEKATimA    ESPAÑOLA. 

barse  por  t'l  único  medio  que  lioy  lioue  á  su  alcance  la  crítica, 
habiendo  llegado  ¡i  nuestros  dias  el  Poema  de  Yusuf  falto  de  prin- 
cipio y  de  fin,  y  no  ofreciendo  por  tanto  dato  aly:uno  propiamente 
histórico  para  ilustrar  esta  cuestión  interesante:  hablamos  de  la 
exposición  analítica  di^l  expresado  monumento. 

Como  vá  indicado,  no  descansa  en  la  tradición  bíblica,  si  bien 
alguna  vez  apartándose  del  Koram,  parece  recordarla. — Ynsuf,  ó 
Joseph,  todavía  niño,  revela  á,  su  padre  delante  de  sus  hermanos 
el  misterioso  sueño  que  «vido  en  los  altos»  y  que  le  auguraba 
cierta  supremacía  sobre  los  mismos,  llenando  sus  corazones  de 
siniestra  envidia,  la  cual  les  infunde  el  proyecto  de  asesinarle  ^ 
Para  conseguirlo,  piden  á  Jacob  que  les  consienta  llevarlo  con- 
sigo, á  fin  de  enseñarle  á  guai'dar  el  ganado  y  cazar  las  fieras; 
mas  presintiendo  el  anciano  la  desgraciada  suerte  del  tierno  Jo- 


))los  mercaderosn,  etc.  (I.'""  Parte,  lih.  VIH,  caps.  I  y  III,  Tols.  01  á  02  v.). 
Y  no  se  diga  que  no  escribía  don  Alfonso  en  castellano.  Sobre  que  esto  . 
á  nadie  ocurrirá,  en  los  mismos  capítulos  decia,  respecto  de  algunas  vo- 
ces arábigas:  «Que  quiero  dezir  en  el  nuestro  Icnguage  de  CasticUa: — Que 
nmucstra  en  esta  nuestra  lengua  de  Casticlla: — Que  diz  en  esta  fabla  de  Cas- 
Mliella»,  etc.  De  la  misma  forma  usó  don  Juan  Manuel  dicha  palabra  en  el 
Conde  Lucanor,  en  el  Libro  de  hs  Estados  y  en  otros  diversos.  Siendo  tan 
frágil  el  fundamento  del  erudito  Ticknor,  que  no  descubrió  en  ei  libro  de 
Apollonio  los  caracteres  que  busca  en  vano  en  el  Poema  de  Yusuf,  perdiendo 
de  vista  la  situación  de  los  vasallos  mudejares  de  Castilla,  no  puede  ser  su 
opinión  más  respetada. — Las  maneras  de  decir,  harto  frecuentes  en  el  monu- 
mento aljamiado,  tales  como:  esa  ora  por  entonces,  en  este  instante;  barba 
onrada,  barba  canosa,  bella  barba,  por  hombre  honrado,  anciano,  gentil;  ve- 
nir meciendo  las  cabezas,  por  dar  señales  de  dolor  profundo;  llorar  de  los 
olhos,  por  llorando  abundosamente;  venir  con  apellido,  por  venir  con  un  solo 
grito,  etc.,  son  altamente  castellanas,  como  que  tienen  en  el  Poema  de  Mió 
Cid  otras  muchas  análogas  ó  del  todo  semejantes,  según  pueden  ver  los  lec- 
tores en  los  versos  1,  13,  i9,  2(i8,  038,  1700,  1706,  etc.,  del  indicado  poe- 
ma. Estas  observaciones,  las  expuestas  en  el  texto  y  las  que  apuntaremos 
luego,  no  solamente  hacen  castellano  al  autor  mudejar  del  libro  de  Yusuf, 
sino   que  parecen  acercarle  al  primer  tercio  del  siglo  XIII. 

1  Tanto  en  el  Koram  como  en  el  Poema  de  Yusuf,  se  omite  el  sueño  de  los 
hacecillos  (manipuli)  que  menciona  el  vers.  7  del  cap.  XXXVII  del  Génesis, 
y  sólo  se  habla  de  las  once  estrellas  que  con  el  sol  y  la  luna  adoraron  á  Jo- 
seph {Kor.,   vers.  IV,  cap.  XII). 


II.*  PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON.  EUUD.  DE  LA  POES.  CAST.  373 

seph,  se  niega  á  esta  demanda,  siendo  al  cabo  vencido  de  los 
ruegos  y  promesas  de  sus  vengativos  hijos: 

7  Atanto  le  dixeron  |  de  palabras  fermosaí, 
Tanto  le  prometieron  [  de  palabras  piadosas, 
Que  él  les  dio  e!  ninno  |  et  dixoles  essas  oras, 
Qup,  lo  guarde  Alláh  |  de  manos  engannosas. 

8  nióseles  el  padre,  |  como  non  debia  far, 
Fiándose  en  sus  filhos  |  et  non  quis  más  dubdar: 
Dixo:  Filbos,  los  mis  ñlhos,  |  lo  que  vos  quiero  rogar 
Que  me  lo  catedes  |  et  me  lo  querades  guardar. 

9  Et  me  lo  bolbades  luego  1  en  amor  del  Criador; 
A  él  faredes  placer  |  et  á  mí  mayor  sabor: 

En  esto  non  fallezcades,  [  fdlios,  por  mi  amor; 
Encomiéndelo  á  d'  Alláh,  |  poderoso  sennor. 

En  pago  de  esta  sentida  súplica,  los  hermanos  de  Joseph,  que 
lo  llevan  en  hombros  mientras  los  divisa  el  anciano,  le  maltratan 
después  impiamente,  desoyendo  sus  lamentos  y  negándole  el  agua 
que  ansioso  demanda,  para  templar  la  sed  que  le  devora. — Ce- 
diendo á  los  consejos  de  Judá,  [Jahudá],  determinan  arrojarle  en 
un  pozo,  donde  fuese  pasto  de  las  fieras,  burlando  la  ternura  de 
Jacob,  á  quien  intentan  convencer  de  que  ha  sido  víctima  de  un 
lobo.  La  amargura  del  afligido  padre  no  tiene  límites,  cayendo 
al  suelo  sin  sentido,  y  despertando  la  compasión  de  Judá,  quien 
propone  en  vano  que  le  restituyan  el  perdido  infante.  Vudto  en 
sí,  les  manda  cazar  el  lobo,  que  traido  á  la  presencia  de  Jacob, 
declara,  para  confusión  de  aquellos  malos  hijos,  que  no  .habia 
dado  muerte  al  futuro  profeta  [nabíj.  Al  ver  tanta  perfidia,  llega 
á  su  colmo  el  dolor  de  Jacob,  invocando  sobre  los  culpables  la 
justicia  divina;  pero  lejos  de  producir  en  ellos  arrepentimiento, 
excita  nuevamente  el  deseo  de  la  venganza;  y  sacando  á  Joseph 
de  la  cisterna  de  Azariel  ó  Zarayel,  donde  le  tenían,  le  arrojan 
en  otro  pozo,  del  cual  le  extraen  fortuitamente  unos  mercaderes, 
maravillándose  de  la  hermosura  de  tan  «bella  barba».  Sobrevi- 
niendo de  nuevo  sus  hermanos,  reclámanlo  como  su  cautivo,  y  le 
venden  al  jefe  de  aquella  caravana  por  veinte  dineros,  obteniendo 
al  par  su  desprecio.  El  mercader  dirige  al  triste  niño  estas  pa- 
labras: 

35        Eslo  es  raarabellia 


374  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Que  ellos  te  án  beiidiilo,  |  como  si  fues  obellia, 
Dixiemlo  que  eras  ladrón  |  el  de  mala  polcllia!... 
Yo  i>or  tales  semiores  |  non  daría  una  arbelha. 

Despedido  de  sus  hermanos,  no  sin  perdonarlos  y  derramar 
abundantes  y  tiernas  lágrimas,  pasa  Joseph  junto  á  la  huesa  de 
su  madre,  y  descendiendo  de  la  camella  en  que  le  llevaban,  se 
arrodilla  piadosamente,  exclamando: 

40  ....     Madre  sennora,  |  perdóneos  el  Sennor: 
Madre,  si  me  vidieses,  j  de  mí  abrías  dolor: 

Boy  con  cadena  al  cuello,  (  calibo  con  sennor; 
Bendido  de  mis  ermanos,  |  como  si  fuese  traydor. 

41  Ellos  me  lian  bendido,  |  non  teniéndoles  tuerto: 
Partiéronme  de  mi  padre  ¡  ante  que  fuese  muerto!... 

Un  negro,  á  quien  iba  confiada  la  custodia  de  Joseph,  le  echa 
entre  tanto  de  menos,  vuelve  atrás,  le  encuentra  al  lado  del  tú- 
mulo de  su  madre  «llorando  que  es  marabelha»,  y  dándole  una 
terrible  bofetada,  le  prodiga  los  mayores  insultos.  El  maltratado 
cautivo  le  replica: 

44        Ruego  á  d'  Alláh  del  Cielo  |  et  á  él  fago  oración, 
Que  si  colpa  non  te  tengo,  |  te  envié  su  maldición. 

Proseguía  la  caravana  su  camino,  cuando  en  medio  del  dia  le- 
vantóse furioso  vendabal,  oscureciéndose  el  sol  y  dejando  envuel- 
tos á  los  mercaderes  en  profunda  noche.  La  sospecha  de  que  se 
habia  cometido  algún  crimen,  que  demandaba  expiación,  asalta 
entonces  al  jefe,  y  ordenando  que  todos  publiquen  sus  pecados 
para  aplacar  la  ira  del  cielo,  confiesa  el  negro  la  injuria  hecha  al 
indefenso  Joseph,  cuyo  perdón  obtiene,  cuando  esperaba  el  casti- 
go, calmándose  en  aquel  punto  los  vientos  y  volviendo  á  resplan- 
decer con  nueva  claridad  la  luz  del  dia  ' . 


1  Todo  este  episodio,  así  como  la  escena  del  lobo,  parece  original  del  poe- 
ta castellano,  bien  que  en  nuestro  juicio  ambos  accidentes  son  derivados  de 
alguna  otra  leyenda  oriental,  y  tal  vez  del  Qiiiteb  almazahelic  vhalmelic,  ya 
citado.  Ni  en  el  Génesis  ni  en  el  Koram  hay  la  más  leve  alusión  á  estos  su- 
cesos verdaderamente  maravillosos:  el  último  episodio  aparece  como  inter- 
medio de  los  versíc.  2«  y  29  del  cap.  XXXVII  del  Génesis  y  del  20  y  21 
del  Koram. 


II.*    PARTE,    CAP.    VII.    PKIM.    MON.    EKUD.    DE    LA    POES.    CA3T.    37o 

Llegado  al  fin  de  su  viaje,  hace  el  mercader  lavar  al  hijo  de 
Jacoh,  y  vistiéndole  ricos  paños,  le  pone  en  pública  venta  con  ad- 
miración de  los  moradores  de  la  ciudad,  que  le  tienen  por  un  án- 
gel ó  un  «orne  santurero». — Zalija  ó  Zaliha,  mujer  del  rey  de 
Egipto,  lo  compra  á  peso  de  plata,  oro  y  piedras  preciosas,  crián- 
dole  con  esperanzas  de  hijo,  amor  que  se  convierte  al  cabo  en 
verdadera  pasión,  siendo  rechazado  por  el  joven  con  digna  ente- 
reza. No  era  Zalija  mujer  que  se  dejara  vencer  tan  fácilmente: 
antes  bien  encendida  en  mayor  deseo  con  la  negativa  de  Joseph, 
consulta  con  una  de  sus  criadas  los  medios  de  ganar  su  cariño, 
labrando  al  intento  magnífico  palacio,  cuyos  muros  exornados  de 
representaciones  que  incitan  á  los  placeres  sensuales,  hicieran  en 
el  ánimo  del  casto  hebreo  lo  que  su  persuasión  no  habia  logrado. 
Llamado  Joseph  y  requerido  de  nuevo  por  Zalija,  que  le  promete 
delicias  y  riquezas  sin  cuento,  duda  un  instante  deslumhrado  por 
las  seductoras  pinturas  que  por  todas  partes  le  rodean;  pero  re- 
puesto al  punto,  huye  de  su  incontinente  señora,  la  cual,  asién- 
dole al  fin  de  la  túnica  y  prorumpiendo  en  descompasadas  voces, 
atrae  al  ofendido  rey,  cuya  sorpresa  no  puede  ser  mayor,  al  en- 
contrar á  Joseph  con  la  «falda  rota»,  y  ver  á  Zalija 

79  tendidos  los  cabellos, 

En  manera  de  forzuda  |  con  sus  olhos  bermellos  '. 

Joseph  es  acusado,  en  efecto,  por  la  infiel  esposa,  cuya  Uvian- 
dad,  reconocida  por  las  mujeres  de  la  ciudad,  despierta  contra 
ella  graves  murmuraciones.  Para  acallarlas,  convídalas  aun  ban- 
quete, y  dándoles  á  comer  ricas  viandas  y  «vinos  esmerados», 
les  ofrece  por  último' hermosas  toronjas,  presentándoles  en  el  acto 
el  garzón,  suntuosamente  vestido: 

81  Ellas  de  que  lo  vieron,  |  perdieron  su  cordura: 

Tanto  era  de  apuesto  |  et  de  buena  figura: 

i  El  poeta  mudejar  oraile  la  circunstancia  de  haber  uolado  un  deudo  de 
Zaleiklia  que  el  girón  de  la  túnica  de  Joseph  estaba  detrás,  circunstancia  quo 
se  halla  en  el  Koram,  poniéndose  en  boca  de  dicho  pariente  estas  palabras: 
«Si  la  túnica  ha  sido  desgarrada  por  delante,  la  mujer  dice  verdad,  y  Joscplí 
es  el  mentiroso»  (vers.  XXVII  y  XXVlü).  «El  marido  examinó  la  lúnica  y 
vio  que  estaba  rota  por  detrás:  ¡He  aquí  tus  infamias  ,  dijo  el  marido ,  y  en 
verdad  que  son  grandes  tus  infamias!    .» 


376  HISTORIA    CIjItICA    DE   LA   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

PiMisaban  que  era  un  ángel  |  et  lornabnn  pii  locura; 
Cortábanse  las  manos  |  o[  non  de  ál  abion  cura. 
S2  Que  por  las  toronjas  |  la  sangre  iba  añilando: 

Zalija  quando  lo  bido,  |  toda  se  fué  alegrando; 
Díxoles  Zalija:— ¿Qué  far,  locas,  non  coijjdando 
Que  por  buesas  manos  |  la  sangre  iba  andando?... 

La  astucia  de  Zalija  le  dá  completo  triunfo  sobro  sus  detracto- 
ras,  que,  invitadas  por  ella  para  servir  de  medianeras,  atienden 
sólo  á  ganar  para  sí  el  afecto  de  Joseph ,  en  cuya  limpieza  y  cas- 
tidad se  estrellan  todas  aquellas  carnales  tentaciones ,  caracterís- 
ticas de  la  mujer  pintada  por  la  poesía  oriental  desde  los  tiempos 
más  remotos.  El  hijo  de  Jacob  es  conducido,  sin  embargo,  á  la 
cárcel,  donde  vive  largos  años,  á  pesar  del  arrepentimiento  de 
Zalija;  debiendo  á  la  tardía  memoria  del  escanciador  [escanciano] 
del  rey  el  ser  llamado  á  interpretar  los  sueños  del  príncipe,  así 
como  habia  explicado  con  éxito  seguro  los  del  mismo  copero.  Jo- 
seph, que  no  halla  dificultad  en  revelar  á  este  la  significación  de 
las  visiones  del  monarca,  se  niega  á  comparecer  en  su  presencia 
sin  que  antes  quede  comprobada  9u  lealtad  con  la  confesión  de 
sus  seductoras;  y  Zalija  y  las  demás  «dueñas^)  que  habían  aten- 
tado contra  la  castidad  del  joven  hebreo  ,  declaran  paladinamente 
SQ  torpeza;  enviando  el  rey  á  la  cárcel  crecido  número  de  «caba- 
lleros» para  que  saquen  de  ella  á  Joseph  en  son  de  triunfo,  y  re- 
cibiéndolo en  su  palacio  con  todo  linaje  de  distinciones.  Expli- 
cado el  mistecioso  sueño  de  las  catorce  vacas' y  las  catorce  espi- 
gas, no  comprendido  por  los  sabios  de  Egipto,  y  notando  las  du- 
das producidas  en  el  rey,  se  brinda  su  antiguo  cautivo  á  disponer 
lo  necesario  para  evitar  los  estragos  del  hambre,  que  debía  suce- 
der por  siete  años  á  la  abundancia  de  los  siete  primeros ,  siendo 
en  consecuencia  revestido  de  la  autoridad  suprema,  á  que  se  so- 
mete el  mismo  soberano,  bien  que  á  condición  de  que  le  devuelva 
el  reino,  pasado  ya  el  peligro: 

loO  .  •  .  Ruégotc,  amigo,  |  que  seyas  en  amiganza: 
Que  me  buelbas  mi  regno  |  el  non  pongas  dubdanza, 
Al  cabo  de  diclio  tiempo  |  non  finques  con  mal  andanza. 

Recogido  en  anchurosos  trojes,  fabricados  de  propósito,  todo 
jbI  trigo  producido  en  los  años  de  abundancia,  y  vedado  el  sembrar 


Il/   PARTE,    CAP.    VII.    PIUM.    MON.    ERUD.    DE   LA    POES.    CAST.    377 

en  los  siguientes,  comienzan  la  sed  y  el  hambre  á  derramar  la 
aflicción  en  todos  los  pueblos,  que,  agotadas  sus  riquezas,  no  sólo 
venden  sus  hijos  para  comprar  el  sustento,  sino  que  se  entregan 
á  Joseph,  como  esclavos,  para  libertarse  de  rabiosa  muerte.  El 
cautivo  de  Canaan,  probada  la  verdad  de  sus  vaticinios,  muestra 
al  rey'  entre  tanto  deseos  de  restituirle  su  imperio;  pero  lejos  de 
consentir  en  ello,  le  confirma  este  de  nuevo  en  la  potestad  que 
ejerce,  cumpliendo  así  los  decretos  de  la  Providencia  ',  Presa  la 
familia  de  Jacob  de  los  horrores  del  hambre,  sabe  en  efecto  aque- 
lla «barba  onrrada»  que  habia  en  Egipto  un  príncipe  «bueno  é 
berdadero»,  á  cuya  piedad  era  debida  la  salvación  de  los  pueblos 
comarcanos,  y  envía  á  sus  hijos  para  que,  informado  de  su  cuita, 
se  digne  venderles  el  trigo  que  han  menester.  Llegados  á  la  ciu- 
dad, donde  Joseph  reside,  condúcelos  á  su  presencia  un  «escu- 
dero» que  tenia  á  su  cargo  la  venta  del  «pan  y  la  cebada»,  no 
sin  enterarle  antes  de  la  tierra  y  nombres  de  aquellos  hebreos,  á 
cuya  vista  aparece  el  vendido  hermano  rodeado  de  dos  mil  «ca- 
balleros» y  regiamente  ataviado; 

188        Los  bostidos  quo  traya  |  eran  de  grant  balor; 
Eran  de  oro  et  de  seda  |  et  de  fermosa  labor; 
Et  traya  piedras  preciosas  1  de  que  saiia  claror: 
Más  traya  algalia  |  et  muy  rico  golor. 

Tres  días  retiene  el  príncipe  de  Egipto  á,  sus  hermanos ,  quie- 
nes llegan  á  recelar  de  sus  intenciones,  al  verse  halagados  «ansi 
como  filhos»,  sin  atinar  la  causa.  Al  cabo  tomando  en  sus  manos 
la  medida  [mesura]  del  trigo,  que  tenia  la  rara  virtud  de  revelar- 
le la  verdad  de  todo,  les  hace  ciertas  preguntas  sobre  su  padre, 
cuya  exactitud  confirma  la  medida  ,  insistiendo  en  saber  cuántos 
hermanos  eran,  á  lo  cual  satisfacen,  añadiendo  que  uno  de  ellos 
habia  sido  devorado  por  un  lobo,  y  que  el  último  permanecía  con 
el  anciano.  Sólo  el  respeto  que  inspiraba  á  Joseph  el  nombre  de 


i  También  este  como  otros  muchos  rasgos  ,  que  por  evitar  prolijidad  no 
apuntamos,  parece  orig-inal  del  poeta  castellano.  El  Koram  pasa  desde  el  ver- 
sículo 55,  en  que  Joseph  pide  á  Faraón  que  le  instituya  intendente  ó  director 
de  los  pósitos  de  Egipto,  al  58,  en  que  habla  de  los  demás  hijos  de  Jacob  , 
que  vienen  en  busca  de  trigo. 


378  mSTOUIA    CKlTICA    DE    L\    UTEUATÜIIA    ESPA550LA. 

Jacob,  pudo  libertar  A  los  hebreos  de  la  cadena  que  merecían  por 
haber  mentido;  pero  al  consentir  en  que  vuelvan  á  la  tierra  de 
Canaan,  les  impone  la  obligación  de  traerle  (i  Benjamin ,  man- 
dando que  entre  tanto  quede  en  rehenes  uno  do  ellos,  suerte  que 
toca  á  Simeón,  cuya  impiedad  habla  cortado  la  soga  que  ligaba 
al  hijo  de  Raijuel,  cuando  le  arrojaron  en  el  pozo.  Al  despedirlos, 
previene  á  los  suyos  que  oculten  en  cada  saco  el  precio  del  trigo; 
y  vueltos  á  Jacob ,  á  quien  refieren  cuanto  les  ha  sucedido ,  sube 
de  punto  su  asombro,  al  encontrar  el  dinero:  recordando  el  an- 
ciano la  desgracia  de  Joseph,  so  niega  sin  embargo  á  entregar- 
les el  tierno  Benjauíin,  si  bien  cediendo  á  sus  repetidas  súplicas  y 
protestas,  lo  envia  con  ellos  al  rey  de  Egipto,  á  quien  dirige 
afectuosa  carta ,  contándole  sus  cuitas  y  dolores. — Con  la  carta  y 
el  deseado  garzón  se  presentan  á  Joseph  de  nuevo  sus  herma- 
nos ,  siendo  agasajados  ¡wr  él  con  espléndido  banquete ,  en  el 
cual  dispone  que  coman  de  dos  en  dos,  asi  como  habian  nacido: 
todos  se  mostraban  contentos ,  á  excepción  de  Benjamin ,  cuyos 
ojos  se  cubrieron  de  lágrimas  con  aquel  espectáculo,  hasta  que, 
ahogado  por  la  congoja ,  cayó  al  suelo  sin  sentido.  Adivinando 
Joseph  lo  que  en  su  corazón  pasaba,  lo  levanta  cariñosamente,  y 
sentándole  á  su  lado ,  no  sin  despertar  la  envidia  de  los  otros, 
le  dice: 

241        Piios  quo  lú  fincas  sólo,  |  ábrete  de  acornpannar; 
En  lugar  de  tu  hermano  ¡  contigo  quiero  yantar. 

Imponderable  fué  la  alegría  de  Benjamin  al  saber  que  era  el 
poderoso  príncipe  que  tenia  delante,  su  hermano  Joseph,  á  quien 
lloraba  perdido;  pero  obedeciendo  sus  deseos,  guarda  profundo 
silencio  respecto  de  los  demás  hijos  de  Jacob,  conviniendo  en  que 
ocultada  al  partir  en  su  saco  la  medida  del  trigo ,  cuyo  valor  era 
extremado ,  quedaría  en  poder  del  rey  de  Egipto ,  como  esclavo, 
en  castigo  del  supuesto  crimen  ^  Asi  lo  ejecutan  en  efecto;  y 

i  En  el  Génesis  (cap.  XLIV,  vcrs.  2  y  sijuicnles)  y  en  el  Koram  (ver- 
sículo 70,  cap.  úl.)  es  una  copa  de  oro  lo  que  Joseph  manda  ocultar  en  el 
saco  de  Benjamin,  sin  que  tenga  este  noticia  alguna.  La  medida,  de  que  se 
valió  Joseph  para  sorprender  en  una  y  otra  ocasión  la  ignuraucia  y  maldad 
de  sus  hermanos, 

1U3         de  oro  era  ubrada 


II.'*   PARTE,    CAP.    VII.    PRIM.    BION.    ERÜD.    DE    LA    POES.    CAST.    379 

mientras  enojados  contra  Benjamín,  le  echan  sus  diez  hermanos 
en  cara  el  infamante  robo,  recordando  el  de  una  «cinta»,  acha- 
cado á  Joseph  en  su  edad  primera ,  se  apoderan  de  aquel  los  mi- 
nistros del  rey,  conduciéndole  á  manera  de  forzado,  escena  que 
se  trueca  en  acto  de  consideración  y  respeto  al  penetrar  en  el 
palacio,  donde  vestido  magníficamente,  comparte  con  el  valido  de 
Faraón  la  grandeza  por  este  alcanzada.  De  nuevo  se  presenta  Jo- 
seph á  los  desconsolados  hebreos ,  manifestándoles  que  el  miste- 
rioso sonido  de  la  recobrada  medida  los  condena  á  todos  como 
ladrones;  mas  interponiendo  el  nombre  de  Jacob ,  se  ofrecen  á 
que  en  lugar  de  Benjamín  sea  reducido  uno  de  ellos  á  la  esclavi- 
tud; propuesta  que  al  ser  rechazada  por  el  hijo  de  Raquel ,  des- 
pierta el  enojo  y  saña  de  Judá,  quien  no  sólo  declara  que  no  vol- 
verá á  su  padre  sin  Benjamín ,  sino  que  llega  á  proponer  á  sus 
hermanos  el  uso  de  la  fuerza,  para  rescatarle. 

Conbatiremos  el  castieüo  |  el  la  ci!)clacl  entrando. 
286        Yo  fallo  en  la  cibdat  |  nueve  barrios  granados, 
Et  el  palacio  del  Rei  |  que  es  al  su  costado: 
Yo  conbatiré  al  Rei  |  et  matarle  y  lie  á  recabdo; 
Et  vosotros  la  cibdad  ¡  cada  guno  á  su  barrio. 

Animado  de  esta  idea,  vuelve  sólo  á  Joseph,  y  exigiéndole  que- 
le  restituya  su  hermaro,  enciende  la  negativa  su  furor,  y  hacien- 
do alarde  de  sus  fuerzas  prodigiosas ,  lanza  á  la  ciudad  por  enci- 
ma del  muro  una  gruesa  rueda  de  mohno  «como  una  manzana». 
Lejos  de  intimidarse,  se  acerca  el  ministro  de  Faraón  á  la  piedra 
y  metiendo  el  pié  en  el  agujero  del  centro,  la  arroja  con  mayor 
violencia  fuera  de  la  ciudad,  mandando  al  propio  tiempo  á  su  hijo 
que,  llegándose  á  Judá,  le  toque  levemente,  con  lo  cual  pierde  el 
irritado  hebreo  todas  sus  fuerzas.  Lleno  de  espanto  torna  á  sus 
hermanos,  que,  enterados  de  aquel  nuevo  prodigio,  corren  á  im- 
plorar la  misericordia  de  Joseph,  quien  les  manifiesta  que  la  me- 
dida le  ha  revelado  el  tratamiento  dado  por  ellos  al  primer  hijo 

lít  de    piedras  preciosas  |  era  estrelada; 
Et  era  de  ver  toda  |  coh  guisa   enclabada. 
Que  facía  decir  al  rey  I  la  verdad  apurada. 

Esta  ficción  es  de  no  escasa  importancia  en  el  Poema,  porque  contribuye 
á  dar  cierto  interés  dramático  á  las  escenas  entre  Joseph  y  sus  hermanos. 


3S0  HISTORIA    CRlriC.V    Ui:    LA    LITIMIATUIIA    ESI'ASoLA. 

(le  Raquel ,  mostríindoles  al  par  la  caria  de  venta  otorgada  al 
mercader  que  le  sacó  del  pozo  y  descubriéndoles  que  vive  aun  su 
injuriado  hermano.  Convencidos  del  crimen ,  les  manda  el  rey 
cortar  las  manos,  como  li-aidorcs  ';  pero  humillados  á  sus  plantas 
y  dando  señales  de  verdadero  arrepentimiento,  los  perdona  final- 
mente, aunque  sin  declarárseles,  disponiendo  que  pai'tan  ocho  en 
busca  de  Jacob  para  traerle  á.  Egipto.  Yiéndolos  el  anciano  llegar 
sin  Judá,  Simeón  y  Benjamín,  prorumpe  en  amargas  quejas; 
mas  sabedor  de  cuanto  les  ha  ocurrido  y  de  la  voluntad  del  que 
tonian  por  rey,  ordena  A  sus  hijos  que  busquen  de  nuevo  á  Jo- 
seph,  punto  en  que  termina  desgraciadamente  el  manuscrito  -. 

Tal  es  en  suma  este  peregrino  monumento  poético ,  debido  in- 
dudablemente á  la  raza  mudejar,  única  que  hablando  en  los  do- 
minios de  la  Cruz  el  idioma  de  Castilla,  podia  seguir  la  autoridad 
del  Koram,  bien  que  alterando  y  enriqueciendo  en  la  manera  no- 
tada la  referida  leyenda.  De  los  breves  pasajes  que  hemos  trascrito, 
se  habrá  podido  deducir  con  cuánta  razón  ponemos  el  Poema  de 
Yusiif  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIII  ó  en  los  primeros  años 
do  la  segunda,  no  faltando  tal  vez  quien,  estudiadas  concienzuda- 
mente las  formas  del  lenguaje,  cuya  inexperiencia  en  la  dicción 
llega  al  punto  de  no  seguir  las  irregularidades  ya  establecidas  en 
las  voces  conjugables  ^,  se  decida  á  creer  (jue  hubo  de  escribirse 

i  Ninguno  de  eslos  accidentes  existe  en  el  Koram,  ni  menos  en  el  Gene- 
sis,  siendo  en  verdad  muy  difícil,  cuando  no  imposible,  el  señalar  lasfuenleis 
donde  pudo  inspirarse  el  poeta.  Algunos  de  estos  rasgos  parecen  sin  embar- 
go hijos  de  las  costumbres  de  la  edad  media ,  mientras  otros  son  entera- 
mente orientales,  é  indican  que  se  refieren  a  tradiciones  primitivas.  De  cual- 
quier modo,  el  Poema  ofrece  en  todos  estos  pasajes  verdadero  interés  y  nota- 
ble originalidad. 

2  El  Poema  alcanza  hasta  el  versículo  88  del  referido  capítulo  del  Koram, 
cuya  narración  difiere  en  esta  parte,  como  habrán  notado  los  lectores,  de  la 
del  Génesis.  Falta  pues  todo  lo  contenido  desde  el  citado  vcrs.  al  102,  en 
que  realmente  acaba  la  versión  mahometana  de  la  historia  de  Joscph,  siendo 
por  tanto  de  no  escasa  consideración  esta  pérdida.  Tal  como  el  Ms.  aljamiado 
existe,  solo  cuenta  319  coplas,  y  no  cerca  de  400  como  equivocadamente  ase- 
guró el  académico  señor  Calderón,  en  el  discurso  mencionado  arriba. 

3  Tales  son  las  voces  fació  por  fizo,  sabo  por  sé,  cabio  y  sttpiendo  por 
cupo  y  sabiendo,  así  como  otras  muchas  de  igual  género  que  salpican  todo  el 
poema. 


II.*  PARTE,  CAP.  Vlt.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CA3T.  381 

muy  al  principio  de  la  misma  centuria,  no  habiendo  en  verdad 
dificultad  alguna  histórica  que  lo  contradiga.  Y  será  mayor  el 
fundamento,  cuando  se  repare  en  el  crecido  número  de  frases  y 
giros  primitivos  que  hallamos  en  toda  la  obra,  lo  cual  toma  toda- 
vía mayor  consistencia  al  fijar  la  vista  en  los  medios  puramente 
artísticos.  Metro  y  rima  son  efectivamente  en  el  Poema  de  Yusuf 
dignos  de  estudio;  pues  que  abundando  el  primero  de  versos  octo- 
narios y  exámetros ,  y  notándose  mayor  irregularidad  que  en  los 
libros  de  Apollonio ,  Alexandre  y  Peroran  González ,  no  seria  del 
todo  gratuito  el  suponer,  de  acuerdo  con  la  historia  de  las  formas 
poéticas,  que  se  halla  el  expresado  poema  más  cercano  á  los  pri- 
meros monumentos  escritos  de  la  literatura  castellana.  Ni  parece- 
ría aventurado  el  obtener  la  misma  deducción  del  examen  de  la 
rima:  dispuesta  á  la  manera  de  Berceo,  y  sometida  á  las  leyes  de 
la  quaderna  vía ,  ofrece  con  tal  frecuencia  el  uso  de  las  asonan- 
cias, que  á  juzgar  por  este  solo  hecho,  seria  necesario  concluir 
que  aun  excede  en  antigüedad  á  las  mismas  producciones  del  can- 
tor de  los  Santos, — Considerando  no  obstante  la  condición  social 
del  autor  del  Poema  de  Yusuf,  que  á  pesar  de  su  manifiesto  em- 
peño de  imitación,  debia  naturalmente  alejarle  de  los  circuios  de 
la  clerezia,  donde  era  cultivada  la  poesía  heróico-erudita,  lícito 
nos  parece  reconocer  que  todos  estos  caracteres  de  antigüedad 
deben  reducirse  á  la  época  ya  designada ,  sin  que  sea  posible  lle- 
var tampoco  este  monumento  un  siglo  adelante,  como  se  ha  pre- 
tendido por  alguno  de  los  que  hasta  ahora  lo  han  mencionado  *. 


1  Aludimos  á  los  eruditos  Calderón  y  Ticknor  anteriormente  citados:  el 
primero  sobre  todo  dice  estas  notables  palabras:  «Según  los  sones  de  esta  com- 
posición y  los  términos  y  giros  empleados  en  ella,  recuerda  la  época  y  ma- 
nera del  Rabí  don  Santos»  {Discurso  inaugural,  cit.  arr.).  Siguiendo  el  len- 
guaje poético  de  la  edad  media,  que  debe  ser  muy  respetado  por  la  crítica, 
la  palabra  son  significa  la  música,  á  que  se  ajustaba  una  composición  cual- 
quiera en  el  canto;  porque  la  música,  según  la  define  el  Rey  Sabio,  «es  el 
arle  de  cantar  et  de  facer  sones»  {La  Grande  et  General  Estoria,  I.*  Parto, 
lib.  I,  cap.  16);  de  donde  se  dijo  asonar,  esto  es,  componer  la  música  pro- 
pia de  una  poesía;  y  como  no  sepamos  que  el  Poema  de  Yusuf  haya,  llegado 
á  nosotros  asonado,  no  podemos  entender  lo  que  el  docto  señor  Calderón 
quiso  decir,  en  el  sentido  histórico,  con  la  palabra  sones.  Si  se  referia  al  me- 


3S2  nisTORiA  crítica  de  la  literatura  española. 

Mas  si  al  delermiiiar  la  edad,  á  que  el  libro  de  }«.v»/' correspon- 
de, creemos  necesario  tener  presente  la  situación  especial  del  poeta, 
no  olvidemos  que  dominado  este  del  espíritu  de  la  nacionalidad 
castellana,  presta  el  color  de  las  costumbres-  de  nuestros  abuelos 
i\  los  personajes  bíblicos  que  figuran  en  su  obra,  haciéndoles  hablar 
de  la  misma  suerte  que  aquellos  lo  acostumbraban.  —  Así,  mien- 
tras en  la  carta  de  venta  de  Joseph,  en  los  cuadros  y  pinturas  con 
que  Zalija  exorna  su  libidinoso  palacio,  en  las  palabras  del  rey  de 
Egipto ,  que  tiene  al  cautivo  hebreo  por  digno  de  « mandar  un 
condado » ,  en  el  proyecto  bélico  de  Judá,  y  en  otros  diferentes 
rasgos  *,  vemos  palpable  la  influencia  de  nuestra  antigua  cultura 


tro  y  á  la  rima  de  Rabbí  don-Sem-Tob  ,  debemos  observar  que  no  hay 
punto  alg'uno  de  contacto,  pues  esto  Rabbí  escribió  sus  poemas  en  coplas  de 
siete,  ocho  y  doce  sílabas  (si  se  le  adjudican  la  Doclrina  Cristiana  y  la  Danza 
de  ¡a  muerte),  y  sus  rimas  aparecen  cruzadas  de  varios  modos,  lo  cual  no 
sucede  en  los  exámetros,  octonarios  y  pentámetros  del  libro  de  Yusuf,  donde 
camina  sólo  de  cuatro  en  cuatro  versos.  En  orden  á  los  términos,  es  decir,  á  la 
dicción  yá  los  giros,  véase  la  nota  de  la  pág.  371.  Ticknor,  que  tuvo 
acaso  presente  el  Discurso  'del  señor  Calderón,  se  veia  obligado  a  confesar, 
que  «si  el  poema  hubiera  sido  escrito  en  el  centro  de  la  Península,  lo  rudo  é 
inculto  del  lenguaje  serian  prueba  de  más  remota  antigüedad»  que  la  que  sin 
razón  le  señala.  Sus  traductores  castellanos,  llevados  de  no  probadas  conjetu- 
ras respecto  del  lenguaje  del  Poema  de  Yusuf,  se  apartaron  tanto  de  lo  asentado 
por  Ticknor,  que  trajeron  aquel  monumento  á  la  mitad  del  siglo  XVI  (to- 
mo IV,  pág.  417  y  sigs.);  pero  de  esta  opinión  nos  hacemos  cargo  mas  ade- 
lante, al  tratar  de  otros  poemas  aljamiados  (mudejares),  bastándonos  por. 
ahora  añadir  que  las  supuestas  razones  de  lenguaje,  insuficientes  y  contra- 
rias para  la  prueba,  no  son  las  únicas  en  este  linaje  de  cuestiones,  como  cre- 
yeron tal  vez  los  traductores  referidos. 

i  Ninguno  de  los  indicados  existe  en  el  Koraní:  respecto  de  las  pinturas 
del  palacio,  debe  tenerse  muy  presente  el  género  de  ornamentación  empleado 
en  este  tiempo  por  el  arle  cristiano,  así  en  los  templos  como  en  los  alcázares 
de  los  magnates  y  los  reyes;  y  con  este  conocimiento  de  la  historia  del  arte, 
se  verá  que  el  poeta  se  refiere  á  una  época  en  que  imperaban  todavía  en  el 
gusto  los  ricos  ornamentos  de  la  arquitectura  románica,  que  sigue  al  desar- 
rollo alcanzado  en  el  Occidente  por  la  bizantina,  sirviéndole  ya  la  pintura  de 
au.viliar  poderoso.  Esto  nos  llevaría  nalurahnentc  á  deducir  que  el  estilo  ojival, 
no  se  había  desarrollado  todavía  por  completo  cuando  el  Poema  se  escribe,  y 
que  por  tanto  podría  este  colocarse  á  principios  del  siglo  Xill,  pues  que 
el  primer  desarrollo  de  la  arquitectura  íy7i/fl/ aparece  ya  operado  en  España 


II,  PARTE,  CAP.  VII.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  383 

sobre  la  raza  sometida,  llama  nuestra  atención  el  escuchar  á  lo:? 
hijos  de  Jacob  jurar  «á  fé  de  caballeros»  ,  deseando  estar  «fuera 
del  reino  de  León  »  al  ser  acusados  por  el  que  contemplaban  como 
rey  de  Egipto  '.  Injustos  seriamos  si  desconociéramos  no  obs- 
tante en  la  venerable  figura  de  Jacob ,  movida  siempre  por  dolo- 
rosos afectos,  los  primitivos  rasgos  con  que  la  tradición  bíblica  lo 
presenta  á  nuestras  miradas ,  brillando  en  él  constantemente  el 
más  apasionado  amor  paternal  respecto  de  Joseph  y  de  Benjamín, 
y  la  mayor  tibieza  y  desconfianza  respecto  de  sus  restantes  hijos, 
á  quienes  devora  el  cáncer  de  la  envidia.  Y  más  todavía  que  en  el 
de  Jacob  se  conservan  en  el  carácter  de  su  hijo  predilecto  aquellas 
cualidades,  que  le  han  conquistado  desde  el  Génesis  la  simpatía  de 

al  mediar  del  referido  sig'lo.  De  notar  es  que  esta  manera  de  ornamentación 
pictórica  se  hermana  grandemente  con  el  estilo  mudejar,  á  que  en  la  esfera  li- 
teraria responde  el  Poema. 

i     Véanse  las  coplas  230  y  275:  en  la  primera  pregunta  Joseph  á  Benjamin 
si  le  conoce,  en  estos  términos: 

Oixole  el  Rev:  |  — ConoQesme,  escudero?... 
Et  él  le  tlixo;— Non,  |  a  fé  de  caballero. 

La  circunstancia  notada  en  el  texto  respecto  del  reino  de  León  no  debe  pasarse 
por  alto:  Judáh,  después  de  ser  vencido  por  Joseph  y  por  el  hijo  de  este,  con- 
forme vá  notado,  dice  á  sus  hermanos  (copla  2^8): 

Querría  que  fucssemos  fuera  |  del  Reino  de  Leou, 

¿Qué  significa  pues  esta  especie  en  el  Poe7«a  (/e  I'msíí/'.'*...  Ni  Joseph  ni  sus 
hermanos  tienen  relación  alguna  con  la  historia  de  este  antiguo  reino ;  y  lo 
que  únicamente  podria  conjeturarse,  teniendo  presente  que  los  mudejares  vi- 
vian  al  ñn  (así  en  León  como  en  Castilla)  bajo  yugo  extraño,  es  que  este  modo 
de  hablar  optativo  se  referia  á  sus  deseos  de  recobrar  la  libertad  en  otro  terri- 
torio. A  esta  observación  se  añade  la  mención  del  condado,  dando  este  título 
por  excelencia  al  reino  de  Egipto  (copla  173);  y  como  la  denominación  de 
gOndado  en  la  forma  expresada  y  con  relación  al  reino  de  León,  sólo  conviene 
á  Castilla,  no  parecerá  forzado  el  deducir  que  siendo  al  poeta  familiar  la  his- 
toria de  estas  comarcas,  en  ellas  hubo  de  vivir  y  escribir  su  libro.  Unidas 
pues  estas  indicaciones  á  las  ya  expuestas  en  el  texto  y  notas  anteriores,  toma 
nueva  fuerza  la  opinión  que  indicamos,  pudiendo  acaso  llevarnos  en  orden  d 
la  época  en  que  fué  compuesto  el  Poema  en  cuestión,  hasta  la  en  que  existían 
divididas  las  coronas,  que  unió  para  siempre  doña  Berenguela  en  las  sienes  d(} 
Fernando  IIL  Mas  si  los  fundamentos  históricos  que  alegamos  nos  conducen 
á  tan  remota  antigüedad,  el  deseo  de  no  pasar  por  exagerados  nos  mueve  á 
no  sacar  tan  peregrino  monumento  de  la  edad,  en  que  le  dejamos  colocado. 


38t  HISTORIA   CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?50LA. 

todos  los  pueblos  y  de  todos  los  siglos :  obligado  el  falso  profeta  ¿i 
respetar  el  tipo  creado  por  Moisés  para  deducir  la  doctrina  que 
pretendia  dar  á  sus  sectarios  ' ,  puede  asegurarse  que  esta  bellí- 
sima concepción  pasó  por  el  Koram  sin  mancha  ni  losion  alguna, 
llegando  al  poeta  mudejar  del  siglo  XIII  con  toda  pureza.  Aun 
cuando  su  ingenio  poético  le  lleve  á  colocar  á  Joseph  en  nuevas 
situaciones;  aun  cuando  aumente  la  dureza  de  sus  hermanos  y  la 
amargura  de  su  esclavitud,  y  sean  mayores  las  artes  de  Zalija  para 
vencerle,  el  autor  del  Poema  de  Yimif  lo  pinta  siempre  cual  mo- 
delo de  piedad,  amor  y  mansedumbre,  llorando  sobre  la  ingratitud 
y  maldad  do  sus  hermanos,  y  derramando  generoso  perdón  sobre 
cuantos  le  injurian  y  maltratan. 

Era  este  resultado  hijo  más  bien  del  respeto  que  el  nombre  de 
Joseph  infundía  que  del  espíritu  erudito  que  impulsaba  al  poeta 
mudejar,  así  como  á  los  escritores  cristianos,  á  modificar  las  pro- 
ducciones de  las  antiguas  literaturas,  imprimiéndoles  el  sello  de 
las  creencias  y  de  las  costumbres  populares.  Confirmación  de  esta 
verdad  es  en  el  Poema  de  Yusuf,  demás  de  las  circunstancias  ya 
notadas,  el  carácter  de  Zalija:  la  incontinente  esposa  de  Putifar 
aparece  animada  en  la  narración  del  Génesis  con  verdadero  colo- 
rido homérico;  la  hermosura  de  Joseph  despierta  en  su  pecho  carnal 
apetito,  y  sólo  se  cura  de  satisfacerlo,  disponiendo  de  su  esclavo 
como  tal  señora:  la  Zuleikha  del  Koram,  empleando  la  cautelado 
cerrar  todas  las  puertas  para  lograr  su  intento ,  y  congregando 
después  todas  las  mujeres  de  la  ciudad  para  disculpar  con  la  ajena 
su  flaqueza,  mostraba  ya  que  aquel  tipo  bíblico  se  habia  refundido 
en  la  turquesa  de  la  mujer  musulmana,  centro  de  liviandades  y 
artificios :  la  Zalija  del  Poema  de  Yusuf  forma  por  último  el  ideal 
de  la  mujer  y  aun  de  la  esposa  árabe,  tal  como  la  hallamos  bos- 
quejada por  los  historiadores  y  los  poetas  de  la  edad  media ,  tal 
como  tendremos  en  breve  ocasión  de  considerarla,  al  estudiar  la 
introducción  del  apólogo  oriental  en  las  literaturas  europeas.  L&s- 
civa,  astuta,  cautelosa,  osada,  ningún  medio  perdona  para  lograr 


1  Mahoma  introdujo  la  historia  de  Joseph  en  el  Koram,  para  salisracer  y 
persuadir  á  los  koreichilas,  rjue  con  el  ánimo  do  suscitarle  obstáculos,  le  pi- 
dieron la  interpretación  de  ella. 


n.   PARTE,  CAP.  Vil.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  383 

el  fin  de  sus  deseos,  procurando  corromper  primero  con  el  atrac- 
tivo del  vicio  el  corazón  á  cuya  posesión  aspira,  para  que  sea  más 
fácil  y  segura  su  victoria.  El  tipo  primitivo  de  este  carácter  se 
halla  visiblemente  alterado,  conforme  á  la  idea  que  el  pueblo  ma- 
hometano tenia  formada  de  la  mujer,  pareciéndonos  licito  apuntar 
aquí,  para  empezar  á  combatir  una  preocupación  harto  vulgar 
entre  nuestros  eruditos,  cuánto  se  apartaba  de  la  idea  de  la  mujer 
entre  los  cristianos. 

Fijemos  si  no  la  vista  en  la  mujer  histórica  del  siglo  XIII ,  que 
es  por  cierto  la  mujer  del  Poema  de  F erran  González;  y  mien- 
tras vemos  á  la  Zalija  del  poeta  mudejar  exornando  de  impúdicas 
representaciones  los  muros  del  palacio,  teatro  de  su  adúltero 
amor,  para  manchar  el  alma  pura  de  Joseph ,  contemplaremos  á 
doña  Sancha  de  Navarra,  que  cediendo  á  un  impulso  noble  y  ge- 
neroso, penetra  en  la  prisión  del  hombre  que  padece  por  ella,  y  al 
darle  libertad  con  peligro  de  su  vida,  sólo  exige  de  él,  en  nombre 
de  la  Virgen  Maria,  que  respete  su  honra.  La  palabra  del  Conde 
de  Castilla,  empeñada  al  invocar  el  patrocinio  de  la  Madre  de  Dios, 
es  para  la  infanta  de  Navarra  prenda  segura  de  la  no  desmentida 
lealtad  del  caballero;  y  aquella  mujer,  nacida  en  los  palacios  rea- 
les y  mecida  en  dorada  cuna,  mirándole  desde  este  instante  como 
legítimo  esposo,  no  vacila  en  confiarle  de  lleno  la  guarda  de  su 
honor,  llevando  la  honesta  sumisión  que  hemos  reconocido  ya 
en  las  bellas  figuras  de  Jiraena  y  de  sus  hijas,  al  punto  de  con- 
ducir sobre  sus  débiles  hombros  al  mismo  conde  de  Castilla,  para 
libertarle  de  la  saña  del  rey,  su  hermano.  Ninguna  semejanza 
descubrimos  pues  entre  la  mujer  libidinosa  de  la  literatura  arábi- 
ga, imitada  en  esta  parte  por  el  poeta  mudejar,  y  la  mujer  caste- 
llana del  siglo  XIII,  para  quien  las  ideas  del  honor  y  del  respeto 
debido  al  esposo,  hallaban  en  las  creencias  rehgiosas  consagración 
y  escudo. 

El  Poema  de  Yusuf,  considerado  bajo  este  interesante  aspecto, 
viene  á  significar  en  la  esfera  de  la  poesía  erudita  la  desemejanza 
que  existia  en  el  fondo  entre  la  arábigo-oriental  y  la  castellana,  des- 
mintiendo desde  luego  la  infundada  opinión  que  deriva  la  galan- 
tería española  de  la  cultura  sarracena,  y  preludiando  el  género  de 
influencia  que  podia  ejercer  esta  en  nuestra  literatura,  llegado  el 

TOMO  III,  25 


386  msTOiiiA  ciUrir.A  de  la  i.itI'P.ah'ua  i:?PAf!oLA. 

momento  de  acercársele.  Descubriendo  el  estado  intelectual  de  los 
vasallos  mudejares  de  Castilla,  que  lenian  olvidada  la  lengua  do 
sus  padres,  circunstancia  que  so  cumplia  ya  ig-ualmente  con  el 
común  de  la  raza  hebrea,  completa  asimismo  la  breve  poro  impor- 
liüUe  galcria  de  los  monumentos  poéticos  que  de  la  segunda  época 
del  arte  vulgar  escrito  se  han  trasmitido  ó.  nuestros  dias  \  siendo 
también  su  estudio  del  mayor  provecho  para  reconocer  el  nuevo 
matiz  que  prestaba  al  itlionia  aquel  linaje  de  pobladores.  Las  obras 
do  Bcrceo,  el  libro  de  Ápollonio  y  el  Poema  de  Alexandre,  escri- 
tos en  la  Rioja,  Aragón  y  el  antiguo  reino  leonés,  nos  han  ense- 
ñado ;l  estimar  las  diversas  modificaciones  (¡ue  el  romance  castella- 
no experimentaba  en  dichas  comarcas ,  poniéndonos  en  claro  las 
distintas  inlluencias  que  en  cada  una  recibia  con  mayor  ó  menor 
fuerza  -:  el  Poema  de  Ferran  González,  compuesto  en  el  centro 
de  Castilla  la  Vieja,  nos  revela,  á  pesar  de  la  notable  corrupción 
con  que  se  ha  conservado,  el  carácter  peculiar  de  la  lengua  pro- 
piamente castellana,  ajena  en  gran  parte  í5l  esos  extraños  elemen- 


1  Demás  de  eslos  poemas  debieron  escribirse  otros  muchos,  así  heróico- 
religiosos  como  heróico-eruditos,  que  por  desgracia  no  han  llegado  á  nuestros 
dias.  Mencionando  el  rey  don  Sancho  IV  en  el  Libro  de  los  castigos  tt  docu- 
mentos que  escribió  para  su  hijo  Fernando  IV,  la  catástrofe  del  infante  don 
Garcia,  asesinado  por  el  conde  don  Vela,  dccia  por  cgemplo  después  de  nar- 
rar este  alentado:  «Assi  es  como  el  Arzobispo  [don  Rodrigo]  et  don  Lúeas  de 
)>Tuy  lo  cuentan;  pero  la  Estoria  del  romance  del  Infante  don  Garcia  dice  esto 
))en  otra  manera»  (cap.  XLIVJ.  En  nuestro  sentir  alude  el  rey  claramente 
á  un  poema  histórico,  y  escrito  en  consecuencia  antes  del  último  tercio  de 
aquel  siglo.  Dos  más  adelanto  el  citado  fray  Gonzalo  Arredondo  y  Alvara- 
do,  después  <le  elogiar  el  Poema  de  Ferran  González,  dice:  «E  no  solo  esta 
nmanera  de  escrevir  se  usaba  en  aquellos  tiempos  en  las  coránicas,  mas  aun 
»en  las  vidas  é  historias  de  los  santos,  como  paresce  de  San  Millan  é  de 
nSanto  Toribio,  y  de  otros»  {Chrónica  de  Fernán  González,  cop.  81. — Biblio- 
teca Escurialens.^,  Y.  iij — 2).  Aunque  sin  la  seguridad  que  deseáramos,  te- 
nemos noticia  de  que  en  el  siglo  Xlll  se  escribió  también  un  poema  rela- 
tivo á  la  historia  del  Cid  por  un  Juan  do  Grlal,  siguiendo  las  prescripciones 
de  la  escuela  erudita.  Mucho  hemos  trabajado  por  hallar  este  monumento,  pe- 
ro en  vano.  Su  aparición,  así  como  la  de  la  Estoria  del  Infante  don  García, 
seria  de  grande  ofoclo,  para  proseguir  el  estudio,  iniciado  con  el  Poema  de 
Ferran  González. 

2  Véase  el  capítulo  anterior,  pág.  330,  etc. 


II.   PARTE,  CAP.  Vlí.  PRIM.  MON.  ERUD.  DE  LA  POES.  CAST.  387 

tos  que  infunden  cierta  fisonomia  á  los  citados  poemas,  lo  cual  no 
puede  menos  de  darle  alta  significación  é  importancia  en  el  aprecio 
de  la  crítica :  el  Poema  de  Yusuf,  hijo  en  su  fondo  de  la  tradición 
bíblico-mahometana,  y  fruto  natural  en  sus  formas  de  la  influen- 
cia ejercida  por  el  pueblo  cristiano  sobre  las  razas  sometidas  á  su 
imperio,  nos  advierte  por  último  hasta  qué  punto  y  bajo  qué  con- 
diciones llegaron  los  mudejares  á  cultivar  durante  el  siglo  XIII  el 
habla  española,  siendo  digno  de  tenerse  en  cuenta  el  escaso  nú- 
mero de  voces  originariamente  arábigas  que  en  el  referido  monu- 
mento encontramos. 

En  medio  de  estos  diferentes  matices,  que  responden  exacta- 
mente á  la  situación  peculiar  de  los  dominios  cristianos,  es  de 
observar  con  el  mayor  cuidado  la  unidad  artística  que  en  los  men- 
cionados poemas  existe,  como  que  todos  son  debidos  á  un  mismo 
desarrollo  social  y  movimiento  literario ,  obedeciendo  por  tanto  á 
una  misma  ley.  Y  esta  circunstancia,  relativa  muy  principalmente 
á  ios  medios  expositivos ,  si  establece  en  las  diversas  regiones  un 
mismo  dialecto  poético,  generalizando  y  consagrando  copioso  nú- 
mero de  frases  y  palabras,  que  se  trasmiten  á  los  futuros  siglos 
como  patrimonio  exclusivo  de  las  musas,  forma  también  aun  fuera 
de  los  poemas  en  que  la  imitación  es  visible,  cierta  manera  de  tra- 
dición respecto  de  los  rasgos  y  pinceladas  que  más  los  avaloran, 
constituyendo  al  cabo,  si  no  entera  semejanza  en  los  héroes,  al 
menos  notable  analogía  en  los  accidentes  que  los  caracterizan. 
Oportuno  juzgamos  el  traer  aquí  algunos  egemplos ,  bien  que  con 
la  sobriedad  que  exigQ  la  naturaleza  misma  de  nuestros  trabajos. 
Al  examinar  el  libro  de  Apollonio  apuntamos  ya  la  relación  que 
habia  entre  el  juramento  del  Cid,  que  deja  crecer  su  barba  hasta 
vengar  la  afrenta  de  sus  hijas,  y  el  juramento  del  rey  de  Tiro, 
que  se  determina  á  lo  mismo 

Fasta  que  á  su  fija  |  ouiese  bien  casada. 

Ruy  Diaz,  concedido  el  campo  á  sus  guerreros,  y  teniendo  por 
segura  la  victoria  sobre  los  Infantes  de  Carrion, 

Allí  se  tollió  el  capiello  |  el  Cid  Campeador, 
3505    La  cofia  de  ranzal  1  que  blanca  era  como  el  sol; 
Et  soltaba  la  barba  I  et  sacóla  del  cordón: 


aSis  HISTORIA  r.iUTir.A  iiK  LA  i.ukuatuiia  española. 

Nons'  farlaii  do  catarle  |  quuHtus  ha  on  la  cort. 

Rescatada  ya  por  .\poloiiio  y  casada  ?u  liija, 

375    Quiso  entrar  en  Tiro  |  con  su  barba  trenzada; 
Metióse  en  las  naves  |  su  barba  adobada, 
Non  podríe  la  riqueza  |  orne  asmar  por  nada. 

La  tradición  popular  habia  hecho  al  Cid  invencible,  aun  des- 
pués de  la  muerte:  recordando  esta  circunstancia,  pone  Juan  Lo- 
renzo en  boca  de  Alejandro,  después  de  atribuirle  otras  virtudes 
propias  del  héroe  castellano,  las  siguientes  palabras  dirigidas  á 
los  griegos: 

So3    Subrel  cal)alIo  sol  j  que  me  podies''  tener 
Et  ante  mis  uasallos  |  en  el  campo  seer, 
Auríense  los  de  Persia  |  sen  grado  á  vencer, 
Et  faríedes  los  míos  [  lo  que  soledes  facer. 

Al  entrar  en  batalla,  esfuerza  el  conquistador  de  Valencia  una 
Y  ulra  vez  el  ánimo  de  sus  soldados,  exclamando: 

728    Ferillos,  cauallero?:,  |  por  amor  de  caridat: 
Yo  só  Ruy  Diaz,  el  Cid  |  Campeador,  du  Bibar. 

Fernán  González  alienta  á  sus  guerreros,  diciéndoles: 

532    .     .    .     Yo  só  el  Conde:  I  esforcad,  castellanos!... 
Feritles  bien  de  recio,  j  mis  amigos  et  hermanos  *. 


1  No  solamente  en  estos  notables  rasgos  descubrimos  la  tradición  artís- 
tica, recibida  por  los  poetas  eruditos  de  la  primera  mitad  del  siglo  XIII:  la 
hallamos  igualmente  en  los  medios  internos  y  en  los  elementos  que  consti- 
tuyen la  verdadera  máquina  de  la  poesía  cristiana.  En  la  Crónica  ó  Leyenda 
de  las  Mocedades  de  Rodrigo  tuvimos  ocasión  de  observar  que  dormido  este, 
se  le  aparece  San  Lázaro,  ya  en  forma  gloriosa,  para  anunciarle  que  seria 
invencible,  siempre  que  se  sintiera  acometido  de  cierta  calentura:  eo  el  Poe- 
ma le  despierta  el  ángel  Gabriel  para  hacerle  igual  predicción,  que  le  alienta 
en  todas  sus  empresas.  Inútil  es  recordar  las  visiones  de  los  personajes  de 
Berceo,  pues  que  esta  suerte  de  comunicación  entre  el  mundo  real  y  el  mundo 
invisible  constituye  el  principal  aparato  de  su  musa.  En  el  libro  de  Apollonio, 
cuando  este  ha  recobrado  ya  su  bija  y  sólo  amarga  su  ventura  el  recuerdo 
triste  de  la  pérdida  de  su  esposa, 

5"'      Vínol    una  tuíoii  I  de  un  orne  lilaiiquendo; 

Ángel  podrie  seyer  I  se^ut  que  era  aguisado, 

para  mostrarle  el  camino  que  debia  seguir,  á  fin  de  alcanzar  felicidad   cum- 
plida, hallando  viva  á  Luciana:  en  el  Poema  de  Alejandre,  dueño  ya  de  casi 


II.   PARTE,  CAT».  VII.  I'RIM.  MON.  EKUD.  DE  LA  POES.  CASI.  389 

Esta  filiacioíi  artística,  que  partiendo  de  los  primeros  monu- 
iiieíTtos  escritos,  vinculaba  entre  los  doctos  el  respeto  debido  á 
las  abras,  que  iban  formando  el  caudal  poético  de  nuestra  litera- 
tura, aparece  establecida  de  la  misma  suerte  respecto  del  estilo, 
y  más  principalmente  de  los  símiles  y  comparaciones,  con  que 
procura  cada  autor  animarla.  Pero  si  vivas,  enérgicas  y  natura- 
les son  á  menudo  las  comparaciones  tradicionales,  que  en  los  mo- 
numentos de  la  poesía  beróico-erudita  encontramos,  no  menos 
abundantes  son  las  triviales,  bajas,  groseras'  y  ridiculamente  bi- 
perbúlicas  que  los  salpican,  no  pareciendo  sino  que  tiene  en  esta 
parte  mayor  fuerza  la  imitación,  ó  que  ejercen  de  cada  dia  mayor 
influjo  las  causas  de  este  raro  fenómeno,  reconocidas  ya  por  no- 
sotros al  estudiar  en  Berceo  la  situación  especial  de  los  poetas 
eruditos.  ^ 


toda  el  Asia,  penetra  en  Judea,  y  al  ver  al  gran  sacerdote,  recuerda  á  sus  ca- 
pitanes la  aparición  ó  sueño  que  tuvo  al  emprender  la  conquista,  diciéndolcs: 

1104     P.nróseme  delaiitre  |  un    orne   revestiilo: 

En  quo  orne  le  llamo,  |  (¡engome   por   fiílliJo, 
Tiengo  que  era  ángel  I  del  rielo  defendido. 

Este  le  vaticina  triunfos  sin  cuento,  con  las  siguientes  palabras: 

1103     Avrás  todos  los  regnns  |  del   mundo  íi   ganar; 
Nunca   fallaras  orne  I  quet'   pueda  contrastar. 

Y  ya  hemos  visto  cómo  en  el  Poema  de  Ferrari  González  se  aparece  al  hé- 
roe el  monje  Pelayo,  para  anunciarle  que  Dios  le  bübia  otorgado  la  victoria 
sobre  sus  enemigos. — Pelayo  venia  «vestido  de  pannos  como  el  sol»,  para 
que  hubiese  mayor  analogía.  Así  pues  encontramos  que  cualquiera  que  sea 
el  asunto  adoptado  por  los  poetas  eruditos,  los  medios  que  el  arte  vá  elabo- 
rando, son  siempre  los  mismos. 

1  Véase  en  el  cap.  V  de  esta  II.''  Parle  la  nota  2  de  la  pág.  251,  res- 
pecto de  Berceo:  como  egemplo  de  los  demás  poemas,  recordaremos  que  en 
el  libro  de  Apollonio,  hablando  de  Luciana,  ya  vuelta  del  parasismo,  se  dice 
on  la  copla  314  que 

Metió  una   voz  Haca  |  cansada,  como   galo. 

Y  ya  repuesta,   e.xclama  recordando  á  Apolonio: 

Creyó  que  non  me  precia  ]  quanto  á  su  zapato. 

En  el  de  Alexandre,  demás  de  los  aducidos  ya  por  Sánchez  (prólogo,  pági- 
nas 32  y  33),  se  encuentra  crecido  número  de  comparaciones  de  esta  especie: 
entre  otras: 

Esto,   dixo  el  rey,  |  non  vdl   una   arveia. 


390  HrSTORIA    CRfTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Bajo  lotlos  aspectos  se  reconoce  pues  en  estas  obras,  que  cons- 
tituyen la  segunda  época  de  la  poesía  vulgar,  consignada  por  me- 
dio de  la  escritura,  el  no  dudoso  espíritu  de  escuela  que  la  aparta 
de  la  popular,  confiada  exclusivamente  á  los  "cantores  que  busca- 
ban en  las  plazas  y  mercados  el  aplauso  de  la  muchedumbre. 
Partiendo  del  principio  de  erudición,  esto  es,  teniendo  por  fuente 


SeJien  corno  vrrricos  |  qae  estañan  porRosns. 
Non  vüliron  sus  armas  |  qnanto  tres  cannareras. 

En  el  de  Ferran  González  no  escasean  por  cierto  los  eg'cmplos,  tales  como: 

si  yo  daqui   non  s»lgo,  |  nunqua 'valdré  un  figo. 

Kon  Tale  tres  arveias  |  todo  tu  poderío. 

Maguer  que  muchos  son  |  non  valen  tres  nrveiss. 

Y  lo  mismo  en  el  de  Yusttf,  debiendo  advertirse  que  la  comparación  de  las 
arbeias  se  hace  muy  familiar  en  todos.  Así  dijo  el  poeta  mudejar,  hablando 
de  los  hermanos  de  Joseph: 

Yo   por  tales  sennores  |  non  daría  una  arrelba. 

Respecto  de  las  cornparaciones  de  otro  género,  sólo  nos  bastará  observar 
que  desde  los  Poemas  del  Cid  hasta  el  de  Ferran  González  son  comunes  los 
símiles  con  que  se  pintan  los  guerreros,  ya  presentándolos  como  león  fam- 
briento,  ya  como  león  irado,  ora  como  sierpe  rabiosa,  ora  como  sierpe  fiera, 
abundando  las  maneras  de  decir  análogas  ó  semejantes,  así  como:  quebrar  ó 
apuntarlos  albores, — sonrisar  de  la  boca, — quebrar  ó  batir  el  corazón, — fa- 
blar,  ver  ó  catar  á  oio  velido,  ele. — Mas  para  que  no  quede  duda  de  ningún 
género  respecto  de  esta  filiación  poética,  recordaremos  aquí  un  rasgo  carac- 
terístico de  las  descripciones  de  batallas. — En  la  Crónica  ó  Leyenda  de  las 
Mocedades  de  Rodrigo  se  pinta  el  efecto  del  choque  de  dos  ejércitos,  diciendo 
que  se  veian:  , 

Ver.  809.     Atanto   cauallo  sin  duenno  por   el  campo   andar. 

En  el  Poema  de  Mió  Cid: 

Ver.  T3S.     Tantos  buenos   canallos    sin  sos  dueños  andar. 

En  el  de  Alexandre: 

Cop.   1199.     Andaua  mucho  cauallo  connas  riendas  colgadas. 

En  el  de  Ferran  González: 

Cop.   ólO.     Satia   mucho  cauallo  vacío  sin   su   siclla. 

¿Podrá  negarse  la  tradición  arlíslico-literaria,  que  apoyándose  en  las  cos- 
tumbres, aparece  tal  como  la  dejamos  establecida?.. 


II.   PAUTE.  CAP.  VI!.  PP.IM.  MON.  EUUD.  DE  LA  PUES.  CAST.  30! 

jtrincipal  de  sus  inspiraciones  las  obras  compuestas  en  otros  si- 
glos, ó  producidas  por  extrañas  literaturas,  emplea  constante- 
miente  los  mismos  elementos  artísticos;  y  manifestándose  al  par 
en  todas  las  comarcas,  donde  impera  el  romance  que  apellidamos 
castellano,  revela  con  toda  exactitud  é  ingenuidad  los  esfuerzos 
hechos  por  los  doctos  para  perfeccionarla,  y  pone  de  relieve  la 
varia  fisonomía  de  aquella  misma  lengua,  no  sólo  en  la  conside- 
rable extensión  del  territorio  cristiano,  donde  era  originariamente 
hablada,  sino  también  con  relación  á  la  raza  musulmana,  que 
reconocía  en  nuestras  antiguas  ciudades  el  dominio  de  León  y  de 
Castilla. 

Pero  al  paso  que  ofrece  bajo  estas  interesantes  relaciones  larga 
materia  de  estudio,  no  es  menos  digna  de  maduro  examen  bajo 
el  aspecto  de  las  costumbres:  la  vida  real  y  activa  del  pueblo  cas- 
tellano, sus  creencias  religiosas,  sus  más  íntimos  sentimientos, 
todo  se  halla  revelado  en  esos  poemas,  ya  de  un  modo  indirecto 
como  en  los  de  Apollonio,  Alexandre  y  Yusuf,  ya  directamente 
como  en  el  de  F erran  González,  ahogando  toda  otra  idea  reli- 
giosa que  no  sea  cristiana,  y  avasallando  toda  otra  nacíonahdad 
que  no  sea  la  española  *.  Ley  tan  poderosa  y  que  así  domina  en 
las  esferas  de  la  poesía  heróico-erudita  debia,  según  antes  de 
ahora  dejamos  asentado,  regir  constantemente  las  producciones 
de  nuestra  literatura,  cualquiera  que  fuese  el  elemento  que  vi- 
niera á  modificarla;  siendo  por  otra  parte  el  título  más  valedero 
que  podían  presentar  á  la  estimación  de  sus  contemporáneos  los 
poetas  de  la  edad,  que  vamos  examinando.  Así  que,  obede- 
ciendo al  impulso  que  desde  fines  del  siglo  XII  recibe  la  civi- 
lización cristiana,  cuyo  desenvolvimiento  en  lo  político  y  en  lo 
intelectual  toma  notabilísimas  creces  durante  los  reinados  de 
Alfonso  YIII  y  Fernando  III,  trazaba  la  poesía  cultivada  por 
Berceo  y  sus  imitadores  la  única  senda  que  era  dado  recorrer  a! 
arte  vulgar,  desde  el  momento  en  que  separándose  de  sus  primi- 
tivas fuentes,  aspiró  á  sustentar  las  galas  y  preseas  conquistadas 
por  las  ciencias  en  medio  de  la  oscuridad  de  que  empezaba  á  salir 
el  mundo  de  Occidente.  Cercano  estaba  el  dia  en  que  la  poesía  y 

1     Véase  el  cap.  I  del  presente  volumen,  pág.  8  y  sig-ulentes. 


392  HISTORIA   CRÍTICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

literatura  española,  extendiendo  sus  miradas  á  otras  r^iones, 
recabase  para  si  nuevos  y  muy  preciados  tesoros;  pero  antes  de 
que  entremos  en  este  agradable,  aunque  difícil  estudio,  será  bien 
que  nos  detengamos  por  breves  instantes  <1  considerar  lo  que  era 
la  historia  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIII  *. 


í  AI  terminar  este  capítulo  cúmplenos  consignar  que  nos  hemos  servido 
directamente  de  los  códices  originales,  así  del  Poema  de  Ferran  González 
como  del  de  Yusvf,  los  cuales  se  custodian,  el  primero  en  la  Biblioteca  Es- 
curialense,  b.  IlII,  21  (fól.  136),  y  el  segundo  en  la  Biblioteca  Nacional, 
G,  g.  101. — El  Poema  de  Yusufha  sido  últimamente  impreso  por  el  diligente 
historiador  Ticknor,  en  el  tomo  III  de  su  Ilistonj  of  Spanish  Literature, 
Apénd.  II,  pág.  39o  de  la  edición  de  Londres;  pero  son  tan  frecuentes  los 
descuidos  que  hemos  notado,  al  compararlo  con  el  original,  que  no  sin  ra- 
zón nos  atenemos  á  este,  deseando  que  se  dé  á  la  estampa  de  nuevo  con 
mayor  esmero.  De  ambos -poemas  ofrecemos  oportuno  facsímile. 


CAPITULO  VIH. 

PRIMEROS  HISTORIADORES  Y  PROSISTAS  VULGARES. 


Aparición  de  la  prosa  castellana. — Los  fueros. — No  son  monumentos  lite- 
rarios.— La  poesía  popular:  su  influencia  en  la  historia:  testimonios  de 
su  existencia  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIIL — Primera  manifesta- 
ción de  la  historia  en  la  lengua  vulgar. — Los  anales. — Carácter  de  los 
mismos:  en  el  fondo:  en  la  forma. — Anales  toledanos:  de  Aragón  y  Na- 
varra: de  los  Reyes  Godos. — Relaciones  y  genealogías. — Progreso  nota- 
ble del  romance  castellano. — Influencia  de  los  estudios  latinos  en  el 
desarrollo  de  la  historia  vulgar. — Don  Lúeas  de  Tuy:  sus  crónicas. — El 
arzobispo  don  Rodrigo:  sus  historias. — Notable  influjo  de  la  Gothica  en 
los  estudios  históricos:  su  examen. — Redacción  castellana  de  la  misma. 
— Pruebas  de  su  autenticidad. — Su  estilo  y  lenguaje. — Elementos  popu- 
lares que  la  caracterizan. — Imitaciones  y  traducciones  de  la  Historia 
Gothica.— Ld.  .Chrónica  de  los  Reys  d'Espanna. — Versión  completa  de 
las  obras  históricas  de  don  Rodrigo. — Traducción  castellana  del  Fuero 
Juzgo. — El  libro  de  Los  Doce  Sabios  y  las  Flores  de  PliUosopliia. — Juicio  de 
estos  tratados. — Carácter  de  los  mismos. — Estado  de  la  prosa  castellana 
al  mediar  del  siglo  XIII. — Resumen. 


iiermanada  con  la  poesía  popular  hasta  el  momento  en  que 
llega  esta  á  ser  escrita,  se  ha  mostrado  á  nuestros  ojos  la  historia, 
aspirando  á  consignar  los  memorables  triunfos  y  conflictos  de  la 
reconquista  en  la  lengua  de  los  doctos,  únicos  que  hasta  los  pri- 
meros dias  del  siglo  XIII  habian  gozado  el  privilegio  de  cultivarla. 
Reflejando  el  notable  desarrollo  que  logran  los  estudios  latino- 
eclesiásticos  en  la  segunda  mitad  de  la  anterior  centuria,  nos  han 


39»  HISTORIA    CRITICA   DE    LA    LITERATURA   ESPA?50LA. 

enseñadü  al  propio  tiempo  los  monumentos  históricos  de  aquella 
ciad,  que  mientras  ganaba  la  poesía  del  vulj^o  progresivo  ascen- 
diente en  el  ánimo  de  los  semidoctos,  se  circunscribia  y  estre- 
chaba el  campo  de  los  latinistas,  dificultíindoso  extraordinaria- 
mente la  posesión  de  aquella  lengua  y  literatura  á  medida  que 
sus  escasos  cultivadores  ostentaban  mayor  afán  para  restituirlas, 
ya  que  no  á,  la  majestad  de  los  antiguos  tiempos,  al  siglo  de  oro 
de  nuestro  episcopado.  La  Historia  Composlelana  y  la  Chrónica 
de  Alfonso  VII,  distantes  en  gran  manera  de  los  primitivos  cro- 
nicones, dejaban  abierto  el  camino,  tomado  por  los  eruditos  en 
este  linaje  de  tareas,  que,  apartándolos  cada  vez  más  de  la  mu- 
chedumbre, debian  por  último  producir  en  el  terreno  de  la  histo- 
ria el  mismo  divorcio  realizado  ya  en  el  de  la  poesía.  Así,  en 
tanto  que  con  mayor  ó  menor  fortuna  procuraban  los  escritores 
latino-eclesiásticos  segundar  aquellos  meritorios  esfuerzos,  mos- 
trando por  todas  partes  el  anhelo  de  trasmitir  á  la  posteridad  los 
memorables  sucesos  que  ó  recogían  de  la  tradición  viva  ó  fijaban 
por  vez  primera,  como  testigos  presenciales  \  llegaba  para  otros 
muchos  el  momento  en  que  no  siendo  tan  «letrados  que  pudieran 
escribir  en  lengua  latina»,  se  veian  forzados  á  consignar  los  he- 
chos, de  que  adquirirían  conocimiento  por  uno  ú  otro  sendero,  en 
el  romance  del  vulgo. 


{  Muchos  son  los  cronicones  latinos  que  pudiéramos  citar  aquí,  escritos 
en  los  primeros  años  del  siglo  XIII,  además  de  los  mencionados  en  el  capí- 
tulo XIII  de  la  I.^  Parle.  Recogidos  en  las  curiosas  colecciones  de  Abolla  y  de 
Velazquez,  que  posee  la  Real  Academia  de  la  Historia,  sólo  nos  cumple  ad- 
vertir que  su  forma  literaria  es  la  misma  que  ofrecen  los  castellanos  por  este 
mismo  tiempo.  Debe  al  par' notarse  que  abundan  desde  fines  del  siglo  anterior 
los  documentos,  en  que  al  celebrar  un  contrato,  hacer  una  donación  ú  otor- 
gar un  fuero,  se  hace  mención  de  los  hechos  acaecidos  en  el  mismo  año  con 
una  puntualidad  admirable,  siendo  en  consecuencia  esta  clase  de  documen- 
tos dignos  del  mayor  estudio,  como  fuentes  históricas.  Su  examen  nos  lleva 
á  comprender  el  anhelo  que  mostraron  nuestros  antepasados  por  consignar 
los  hechos  memorables,  aun  no  poseyendo  generalmente  una  forma  adecuada; 
y  este  convencimiento  ha  movido  sin  duda  á  la  expresada  Real  Academia  á 
disponer  la  publicación  ordenaila  de  los  cronicones  latinos  y  castellanos, 
ilustrándolos  con  las  advertencias  y  noticias  quede  los  indicados  documentos 
se  deducen. 


II.*   PARTE,    CAP.    VIH.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VüLG.  395 

Difícil  es  por  cierto  el  determinar  de  una  manera  satisfactoria 
el  instante  en  que  este  acontecimiento  literario  se  verifica.  Escrita 
la  prosa  castellana  desde  los  tiempos  de  Alfonso  YII,  según  com- 
prueba la  confirmación  del  Fuero  de  Aviles,  otorgada  por  este 
monarca  íl  mediados  del  siglo  XII  ',  fueron  sin  embargo  muy 
contados  los  monumentos  que  hasta  los  primeros  dias  del  siguiente 
ofrece,  limitándose  á  un  corto  número  todos  los  que  se  han  reco- 
nocido como  auténticos.  Fruto  en  su  mayor  parte  del  último  ter- 
cio del  expresado  siglo,  manifiestan  por  lo  peregrinos  y  por  la 
rudeza  con  que  en  ellos  aparece  el  romance  castellano,  que  no 
hablan  sido  escritos  con  el  deliberado  propósito  de  cultivar  la 
lengua  patria,  ni  menos  con  intento  alguno  hterario,  dejando  á  la 
poesía  la  meritoria  tarea  de  preparar  el  idioma  para  aquella  nue- 
va Era  de  cultura  ^.  Recibiendo  desde  el  reinado  de  Alfonso  YIII 


i  Dig'no  es  de  observarse,  no  obstante,  que  otorgado  el  fuero  de  Oviedo 
en  1145,  y  acordada  la  confirmación  del  de  Aviles  en  11  oo,  hay  una  dife- 
rencia notabilísima  entre  el  lenguaje  de  uno  y  otro,  siendo  enteramente  igua- 
les en  la  sustancia.  En  el  fuero  de  Oviedo  se  lee:  «Istos  sunt  foros  quos  dedit 
))Rex  domno  Adcffonso  ad  Oueto,  quando  populauit  ista  villa  per  foro  santi 
))Facundi  et  otorgauit  istos  foros  illo  imperatore.  In  primis,  pro  solare  pren- 
»dere  uno  solido  ad  illo  Rex  et  dúos  denarios  ad  illo  sayone»,  etc.  En  el  de 
Avüés,  dice;  «Istos  son  los  foros  que  deu  el  Rex  d.  Alfonso  ad  Abiliés, 
»quando  la  poblou  per  foro  sancti  Facundi  et  otorgólo  emperador.  Em  pri- 
wmo,  per  solar  pinder,  I  solido  á  lo  Rey  et  II  denarios  á  lo  salón»,  etc.,  etc. 
Suponiendo  que  uno  y  otro  estuvieran  escritos  en  el  lenguaje  hablado,  lo 
cual  es  muy  problemático,  hay  que  deducir  que  hizo  el  romance  colosales 
progresos  en  la  decada  que  entre  ambos  media,  ó  que  la  actual  redacción  del 
fuero  de  Aviles  es  posterior  á  la  fecha  que  lleva.  No  se  olvide,  sin  embargo, 
que  fué  dado  á  una  población  de  Asturias,  donde  el  romance  aparece  con 
cierto  colorido  (Véase  la  Ilustr.  11.^  de  la  I.^  Parte). 

2  Esta  observación  es  de  suma  importancia  en  nuestro  estudio:  pueden 
citarse,  bien  que  no  todos  con  igual  seguridad,  varias  escrituras  romanzadas 
que  parecen  haberse  otorgado  en  1173,  1182,  1193,  según  asegura  Berganza 
en  las  páginas  460,  468  y  492  del  tomo  II  de  las  Antigüedades  de  España. 
El  erudito  Risco  dio  á  luz  en  el  tomo  XXXVI  de  la.  Espa?2a  Sagrada,  la  «Con- 
cordia de  Cabreros»,  acordada  en  1026  (Era  1244),  y  el  entendido  don  Tomás 
Antonio  Sánchez  cita  en  un  papel  Ms.  el  fuero  de  Molina,  como  dado  en  11 57. 
Prescindiendo  de  que  el  fuero  de  Molina  hubo  de  ser  romanzado  .  varias  ve- 
ces y  lo  menos  un  siglo  adelante,  como  lo  prueban  las  dos  copias  que  hemos 
examinado  en  las  colecciones  de  Abella  (Academia  de  la  Historia,  col.  cit,, 


39G  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITEUATUItA    ESPA5!üLA. 

inusitado  impulso  el  halila  que  en  los  poemas  de  los  Reyes  Ma- 
yos y  de  Mío  Cid  Campeador  hahia  revelado  ya  el  doble  carác- 
ter de  la  naciente  civilización  española,  parecía  prepararse  á.  sus- 
tituir al  latin  de  la  clerezia  en  el  terreno  de -la  historia;  empresa 
que  no  podia  en  verdad  llevarse  á  cabo  sin  repetidas  y  laborio- 
sas tentativas. 

Ni  era  tampoco  hacedero  el  (¡ue  llegasen  estas  á  sazón  ,  sin  el 
auxilio  poderoso  de  la  poesía,  reproduciéndose  por  vez  sej^unda 
en  nuestro  suelo  el  notable  egemplo  que  ofrece  la  historia  de  las 
literaturas  antiguas  y  modernas  en  los  primeros  dias  de  su  vida. 
Operada  la  trasforinacion  de  la  poesía  escrita,  de  la  suerte  que 
dejamos  expuesto,  y  hecha  en  consecuencia  patrimonio  exclusivo 
de  los  discretos,  según  queda  probado,  veíase  la  popular  reducida 
á  su  antigua  esfera,  buscando  en  las  plazas  y  mercados  el  aplauso 
que  le  negaban  los  doctos,  y  celebrando  los  héroes  que  aquellos 
desdeñaban,  al  mismo  tiempo  que  halagaba  los  instintos  de  la 
multitud  é  interpretaba  activamente  sus  costumbres.  Mas  es  lo 
singular  que  sólo  halla  la  crítica  testimonios  fehacientes  de  lo  que 
fué  la  poesía  popular  y  del  ministerio  que  ejerció  durante  la  pri- 
mera mitad  del  siglo  XIII,  en  los  monumentos  eruditos.  En  ellos 
aprendemos  á  conocer  que  lejos  de  haberse  extinguido  las  tradi- 
ciones poéticas,  derivadas  de  la  antigüedad  y  recibidas  desde  el 
siglo  YII,  no  solamente  se  hablan  trasmitido  hasta  el  XII,  confor- 
me en  otro  lugar  comprobamos,  sino  que  arraigadas  profunda- 
mente en  la  sociedad,  cobraban  vigor  nuevo  en  la  primera  mitad 
del  XIII,  robustecidas  acaso  con  el  egemplo  de  otras  naciones  '. 
Y  ningún  documento  más  claro  y  luminoso  respecto  de  este 
punto  que  los  poemas,  ya  en  los  capítulos  precedentes  exami- 
nados, bastando  los  libros  de  Apollonin  y  de  Alexandre  para 
darnos  á  conocer  del  modo  cómo  la  poesía  popular  continuaba 

tomo  XIII)  y  del  Padre  Burriel  (Bibl.  Nac,  DD.  dOO),  debe  tenerse  presente 
que  ninguno  de  los  referidos  documentos  fué  escrito  con  el  propósito  de  cul- 
tivar la  prosa,  y  que  por  consecuencia  no  tienen  interés  literario.  Demuestran 
sólo  que  existia  el  romance;  poro  esto  lo  tenemos  probado  desde  tiempos  muy 
anteriores  con  irrecusables  testimonios  (I.*  Parte,  cap.  XIII  é  Ilttstr.  II."). 

1     I."  Parte,  caps.  X  y  XIV.  Adelante   tocaremos  con   mayor  extensión 
este  interesante  asunto. 


II.'    PARTE,    CAP.    VIH,    PRIM.    IIIST.    Y    PROS.    VULG.  397 

solemnizando  todos  los  sucesos  de  la  vida,  al  mismo  tiempo 
que  trasmitía  á  otras  edades  la  memoria  de  ilustres  hechos. 
Celebrado  hemos  visto  en  las  crónicas  latinas  por  los  juglares  de 
péñola  y  de  boca  las  bodas  de  los  reyes  y  magnates  castellanos, 
sus  triunfos  militares,  sus  entradas  victoriosas  en  las  ciudades  y 
castillos  libertados  del  poder  de  los  sarracenos,  y  Analmente  su 
magnanimidad  y  largueza  para  con  sus  vasallos  y  para  con  los 
mismos  cantores  que  entonaban  sus  alabanzas  *.  Pues  no  de  otra 
manera  que  los  antiguos  cronistas,  nos  pinta  el  clérigo  de  Astor- 
ga  las  bodas  de  Tétis  y  Peleo,  ó  las  de  Alejandro  y  Rasena,  ya 
manifestando  que  habia  en  las  primeras  un  pueblo  entero  de 
wgraresas,  siendo  innumerables  los  lograres  que  de  todo  el  mun- 
do habian  acudido,  ya  ponderando  en  las  segundas  los  dones  y 
regalos  que  aquellos  recibían  y  las  diversas  clases  de  oficios  de 
los  mismos  -:  no  de  otra  suerte  nos  muestra  que  fueron  ensalza- 
das la  proezas  del  héroe  macedonio, 

1806    Metidas  en  canciones  |  las  sus  cauallerias, 

Onde  serán  cantadas  |  fasta  que  venga  Helias  ^; 

ni  con  menor  solemnidad  nos  describe  la  entrada  triunfal  de  Ale- 
jandro en  Babilonia ,  recordándonos  la  ovación  alcanzada  por  Al- 
fonso Yin  al  volver  á  la  imperial  Toledo ,  aniquilado  el  poder  do 
los  almohades  en  las  Navas  de  Tolosa  ■*.  Á  estos  cuadros  que  to- 

1  1.='  Parte,  cap.  XIV,  \}ág.  228  y  sigs. 

2  Eran  grandes  et  iniichns  |  las  donas  et  los  dones; 
Non  qnerien  los  ¡ogiares  |  cendal  nen  ciclatones; 
Pastos  auie  y  muchos  )  que  fasien  buenos  sones; 
Otros  que  meneaban  |  simios  et  xafarrones. 

(Cop.  1798). 

.3     Poema  de  Alexandre,  copla  1806. 

4  En  la  Historia  Gothica,  de  que  hablaremos  después,  dice  el  arzobispo 
don  Rodrigo:  «Nos  vero  cum  nobili  rege  Aldephonso  ad  urbem   pervenimus 

))Toletanam;  iblque  cuín  ponlificibus  et  clero  et  universo  populo proces- 

«sionaliter  est  receptus,  niuitis  Deum  laudantibus  et  In  musicis  instrumentis 
wacclamanlibus,  quod  eis  regem  suum  reddiderat  sanum  et  incolumem  el  co- 
nrona  victoriae  coronatum»  (lib.  VIH,  cap.  12).  En  la  Crónica  de  Once  reyes, 
escrita  á  fines  de  este  siglo  ó  a  principios  del  siguiente,  se  observa  que  arzo- 
bispo y  rey  «fueron  bien  rescebidos  de  xristianos  et  de  moros  et  de  jodios  que 
salieron  fuera  de  la  villa  con  ioglares  et  con  strumentos»  (cap.  CCCIII,  fó- 


308  HISTOUIA    CRITICA    DE    LA    LITERATUUA    ESPAÑOLA. 

maba  la  poesía  lieróico-cruilila  do  las  cüstumbres  populares,  se 
juntaban  otros  no  menos  interesantes  de  la  vida  de  aquellos  can- 
tores que  para  «ganar  averes»  recorrían  las  plazas  públicas,  He- 
lando al  cabo  con  la  soltura  de  sus  costumbres  á  atraer  sobre  sí 
la  indignación  de  las  leyes.  Ningún  egemplo  más  vivo  é  inequívoco 
de  esta  manera  de  oQcio  y  manifestación  de  la  poesía  popular,  que 
'el  ofrecido  por  el  libro  de  Apollonin  en  la  bellísima  figura  de  Tar- 
siana:  afiuoUa  desgraciada  princesa,  á  quien  hace  el  poeta  declarar 
que  ((uo  era  juglaresa  de  las  de  buen  mercado))  *,  no  solamente 
presentaba  el  tipo  de  la  perfecta  juglaresa,  pulsando  apacible  y 
dulcemente  «su  viola)) ,  sino  que  daba  á,  conocer  también  que  este 
linaje  decentes  se  ejercitaban  en  el  cultivo  de  la  poesía,  compo- 
niendo sus  tróveles  y  cantares  *.  Y  no  se  nos  diga  por  esto  que 


lio  CCCVm  del  cód.  de  la  Bibl.  Nac).  En  la  copla  1376  del  Poema  de  Ale- 
xandre  se  lee: 

Al  entrar  en  la  villa  |  mugieres  et  varones 
Exieron  re(el>irlo  |  con  diversas  canciones: 
Quales  eran  los  cantos,  |  nen  quales  et  los  sones 
Nnn  lo  sabrien  decir  |  páranlas  nen  sermones. 

Y  dando  luego  más  colorido  á  esta  ovación,  añade  (copla  1383): 

El  plej-to  de  yoglares  ]  era  fiera  nota: 
Avie  y  siiifonia,  arba.  |  giga  et  rota; 
Albogues  et  salterio^  citóla  que  mas  trota, 
Cedra  et  uiola,  |  que  las  coitas  embota. 

1  Copla  4'JO. 

2  Don  Tomás  Antonio  Sánchez,  en  una  Refutación  Ms.  de  la  Censura  que 
hizo  don  Rafael  Floranes  de  sus  Notas  á  la  Carta  al  Condestable  [Colee,  depoes. 
cast.,  tomo  I),  sostiene  que  los  juglares  no  componían  los  cantares  que  en 
público  entonaban,  añadiendo  que  los  yoglares  de  boca  eran  los  que  tocaban 
instrumentos  de  viento,  como  trompas,  clarines,  etc.,  y  los  ÚQ  péñola  los  que 
se  ejercitaban  en  los  de  pluma,  como  cítara,  bandurria,  viola,  etc.  Aun  cuando 
nada  hubiese  que  oponer  á  esta  clasificación,  rechazada  por  Floranes,  todavía 
deberíamos  notar  que  no  destruye  el  hecho  reconocido  de  que  los  juglares 
compusieron  primero  y  escribieron  después  sus  cantaros,  sobre  todo  los  que 
se  referían  directamente  á  las  fiestas  y  demás  regocijos  del  pueblo.  Así  nos  lo 
enseña  también  la  historia  de  la  poesía  provenzal  con  los  egemplosde  Cerca- 
mon,  Marcabrú,  Galceim  Faydit  y  otros,  que  con  pombre  áe  juglares  escri- 
bieron notables  canciones,  y  así  lo  persuade  el  siguiente  pasaje  del  Libro  de 
Apollonio,  citado  en  el  texto  (pág.  259): 

428         Tornóles  ñ  rezar  |  un  romance  bien  rimado 
Uf  In  su  ra/otí  misma  |  por  liO  aiiia  paskdo. 


n.''    PARTE,    CAP.    VIH.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VÜLG.  399 

no  había  diferencia  alguna  entre  semejantes  poetas  y  los  que  se 
preciaban  de  entendidos;  porque  sobre  separarlos  enteramente  las 
aspiraciones  que  unos  y  otros  abrigaban ,  sobre  determinar  la  di- 
versidad de  los  asuntos  por  ellos  cantados  ó  escritos,  su  diferente 
índole  y  naturaleza,  hasta  los  mismos  instrumentos  de  que  se  va- 
lían eran  desemejantes  y  de  precio  distinto,  conforme  nos  advierte 
el  mencionado  Juan  Lorenzo,  cuando  al  describir  los  maravillosos- 
palacios  de  la  India,  dice  que  había  en  ellos  colgados  de  un  árbol 
de  oro 

1971     Todos  los  estrumentos  |  que  usan  los  ioglares; 
Otros  de  mayor  precio  |  que  usan  escolares  *. 

De  este  modo  pues,  no  solamente  conflrmaba  la  poesía  heróico- 
erudita  la  existencia  de  la  popular  durante  la  primera  mitad  del 
siglo  XIII,  señalando  indirecta,  bien  que  distintamente,  el  minis- 
terio que  ejercía  en  la  vida  pública  del  pueblo  español ,  sino  que 
indicaba  al  propio  tiempo  la  influencia  que  debía  alcanzar  en  la 
historia,  como  consagrada  á  poner  en  cánticos  las  proezas  de  los 
héroes  2.  Y  en  efecto,  esas  mismas  advertencias  nos  hacen  después 
á  cada  paso  los  cronistas ,  aun  llegado  el  instante  en  que  reciben 
ya  los  estudios  históricos,  formulados  en  romance,  extraordinario 
desarrollo;  esa  misma  enseñanza  nos  ministran  otros  documentos 
importantes  de  tan  remota  edad,  poniéndonos  fuera  de  toda  duda 
que  llamada  la  poesía  á  dar  lustre  á  los  más  solemnes  sucesos  y 

Adviértase  que  lo  que  aquí  dice  el  poeta  es  que  cantó  Tarsiana  sus  aventuras 
en  la  lengua  vii%ar  ó  romance,  para  no  caer  en  el  error  que  hemos  combatido 
en  el  cap.  VI,  pág.  259  y  sigs.  y  en  la  Ilustración  IV."  del  tomo  II.  En  cuan- 
to á  la  supuesta  esterilidad  poética  de  los  juglares,  no  es  lícito  abrigar  dudas, 
así  como  tampoco  puede  suponerse  racionalmente  que  todos  hubieron  de  ser 
poetas. 

i     Copla  1971. 

2  El  Poema  de  Alexandre  nos  dá  más  de  una  vez  cumplida,  aunque  indi- 
recta, razón  de  esta  influencia:  en  la  copla  1547  exclama  Darío  de  este  modo: 

De  manos  de  vil  orne  |  non  quiero  yo  finar: 
Rey  raató  á  Darío  |  dirán  eiino  cantar. 

Y  en  la  copla  2127  oimos  decir  á  Alejandro : 

Serán  Us  nuestras  novas  |  en  cantiga  metidas. 

¿Qué  más  podría  tener  y  desear  un  héroe  de  Castilla?... 


400  HISTORIA    CIÚTICA    DE    LA    LITERATUIIA    ESPASOLA. 

ceremonias  de  la  vida  de  los  reyes  y  de  los  magnates  castellanos  S 
dcbia  naturalmente  reílejarsc  después  en  la  historia  de  los  mag- 
nates y  los  reyes,  acariciados  por  el  pueblo,  á  quien  servian  en- 
tonces de  protectores  y  caudillos. 

Lógica  era  en  consecuencia  la  iniciativa  de  la  poesía  popular, 
como  expresión  espontanea  del  sentimiento  artístico  de  la  muche- 
dumbre, y  depositaria  de  las  tradiciones  nacionales  en  una  época 
en  que  podia  decirse  de  la  tradición  lo  que  en  otro  tiempo  escri- 
bieron de  ella  dos  respetabilísimos  autores:  «Traditio  est?...  nihil 
quacras  amplius. — Traditio  est?...  ne  sis  avarus»  -.  Porque  en- 
riquecida con  todas  las  galas  de  una  imaginación  infantil,  rodeada 
del  universal  respeto,  tan  enérgica  y  vigorosa  como  era  ingenua 
la  credulidad  que  le  servia  de  base,  mostrábase  la  tradición,  ate- 
sorada por  la  poesía  popular,  como  el  único  intérprete  de  la  na- 
cionalidad española,  y  sólo  á  ella  era  debida  la  memoria  de  las 
grandes  hazañas  de  la  guerra  y  de  los  portentos  de  la  religión, 
apenas  apuntados  ó  de  todo  punto  olvidados  en  las  obras  de  los 
doctos. 

Mas  esta  influencia  legítima,  natural,  inevitable  en  todas  las 
literaturas  nacientes,  no  podia  fecundar  la  historia  hasta  el  mo- 
mento en  que  aspirase  esta  á  revestirse  de  una  forma  verdade- 
ramente artística;  galardón  que  no  le  era  dado  alcanzar,  al  re- 
velarse por  vez  primera  en  las  lenguas  romances.  Ruda,  pobre, 
inarticulada,  atenta  sólo  á  fijar  en  cláusulas  breves,  cortadas  é 
inarmónicas,  los  hechos  que  iban  acaeciendo,  sin  ostentar  siquiera 
el  orden  de  la  cronología,  ni  el  fortuito  enlace  de  los  sucesos, 
tornaba  la  historia  á  recogerse  en  los  Santorales,  Cartularios  y 
Necrolofjios  de  las  catedrales  y  monasterios,  siendo  debida,  aun 
en  aquella  redacción  bárbara  y  grosera,  á  diferentes  manos,  y 
mezclándose  al  román  paladino  de  los  vulgares  el  desconcertado 
y  áspero  latin  de  los  que  se  tenían  por  discretos.  Ni  podían  tam- 
poco ofrecer  otro  carácter  los  primeros  bajidos  de  la  historia,  al 
descender  de  la  altura  en  que  la  habían  puesto  los  latinistas. 


i     Véase  el  cap.  X.XIII,  úllinio  de  csla  II."  Parle  ,  en  que  Iratamos  e.\pro- 
feso  de  la  poesía  popular  hasta  mediados  del  siglo  XIV. 

2    San  Juan  Crisóslomo,  Homilía  IV ;  Tliephilato,  Epist.  ad  Tesalicenses. 


II.'  PARTE,  CAP.  VIH,  PRIM.  HIST.  Y  PROS.  VULG.     40i 

para  hablar  por  vez  primera  el  idioma  de  la  muchedumbre,  aun- 
que de  largos  años  cultivado  por  la  poesía,  se  ostentase  ya  este 
con  cierta  flexibilidad  y  riqueza,  pugnando  por  conquistar  el  tí- 
tulo de  lengua  literaria.  Conveniente  nos  parece  observarlo:  ja- 
más el  lenguaje  tosco,  desaliñado  y  seco  del  primitivo  cronista, 
que  sólo  cuida  de  la  noticia  descarnada  y  á  menudo  incoherente, 
podrá  asemejarse  al  lenguaje  pintoresco,  aunque  rudo,  del  primi- 
tivo poeta,  ni  presentar  en  modo  alguno  la  viveza  y  frescura  que 
prestan  á  este  la  imaginación  y  el  entusiasmo. 

Tras  este  primer  momento,  que  sólo  ofrece  algunas  huellas  en 
las  márgenes  de  los  libros  latinos  y  en  las  fojas  que  habia  tal  vez 
dejado  en  blanco  el  lujo  caligráfico  de  los  trasladadores,  debia 
aparecer  la  historia  un  tanto  más  ordenada  y  uniforme,  bien  que 
envuelta  en  la  mayor  rudeza  y  sometida  interior  y  exteriormente 
á  las  mismas  leyes.  Sólo  ha  cambiado  el  propósito;  y  en  vez  de 
apuntar  sucintamente  y  como  de  pasada  los  fechos  coetáneos,  se 
atiende  ya  á  someterlos  á  un  sistema  cronológico,  poniéndolos  en 
relación  más  ó  menos  directa  con  los  acaecidos  en  otras  edades. 
Empeño  semejante  exigia  en  verdad  cierta  erudición  histórica, 
que  fundándose  esencialmente  en  el  conocimiento  de  los  primiti- 
vos cronicones,  formulados  en  lengua  latina,  ponia  estos  monu- 
mentos bajo  el  dominio  de  la  clerezía,  si  bien  únicamente  se  dig- 
naran contribuir  á  su  formación  los  que  pasaban  por  menos 
doctos.  Sometidos  asi  los  hechos  á  este  pensamiento,  hijo  de  la 
doble  necesidad  de  ordenarlos  y  de  conservar  su  memoria,  con 
utilidad  de  los  lectores,  recibieron  la  forma  de  Anales,  indicada 
desde  los  primeros  apuntamientos  hechos  en  el  idioma  vulgar, 
constituyendo  este  lazo  exterior  el  único  artificio  que  le  fué  dado 
presentar  á  la  historia  escrita  en  romance,  por  aquellos  dias. 

Pero  esa  misma  falta  de  cohesión  y  de  unidad,  característica  de 
tan  peregrinos  ensayos,  daba  á  sus  autores  cierta  libertad  y  am- 
plitud de  miras,  consintiéndoles  abarcar  al  propio  tiempo  la  histo- 
ria política  y  religiosa,  y  dándoles  espacio  para  apuntar  bajo  una 
misma  Era  los  acontecimientos  nacionales  y  extranjeros,  los  de- 
sastres de  la  guerra  y  los  fenómenos  meteorológicos,  que  tan  po- 
derosa influencia  ejercían  á  la  sazón  en  el  ánimo  de  las  gentes. 
inútil,  y  más  que  inútil  enojoso,  seria  no  obstante  el  buscaren 

TOMO     111,  26 


402  HISTORIA    CfllTICA    DF.    LA    LITKRATURA    ESPAÑOLA. 

estos  primeros  embriones  de  la  historia  gala  alguna  de  lenguaje, 
ni  menos  bellezas  de  dicción  y  de  estilo:  el  objeto  de  los  que  los 
•'arriben,  no  siendo  lodavia  verdaderamente  literario,  estaba  re- 
ducido á  perpetuar  entre  los  que  ignoraban  el  latin  todo  recuerdo 
de  un  hecho  memorable;  y  no  cultivada  antes  la  prosa  castella- 
na, sobre  ser  gratuita  toda  exigencia  relativa  á  este  punto,  justo 
nos  parece  reconocer  que  hubiera  sido  entonces  prematura  y  te- 
meraria la  referida  empresa.  Cualquiera  que  sea  pues  la  rudeza 
y  tosquedad  do  la  lengua;  cualquiera  que  sea  la  incoherencia  y 
vaguedad  de  la  noticia,  necesario  es  ver  en  estos  monumentos, 
venerables  por  su  antigüedad,  los  primeros  pasos  que  dá  la  his- 
toria, cuando  empieza  á  hablar  la  lengua  romance,  pudiendo  de- 
cirse de  ellos  lo  que  escribía  el  padre  de  la  elocuencia  latina,  alu- 
diendo á  los  orígenes  históricos  del  pueblo  rey:  «Erat  cnim  his- 
toria nihil  aliud,  nisi  annalium  confectio»  *. 

Tarea  poco  grata  áferia  'a  de  examinar  aquí  todos  los  monu- 
mentos de  esta  especie,  que  á  pesar  de  la  oscuridad  de  los  tiem- 
pos y  de  la  indiferencia  de  los  eruditos,  han  llegado  hasta  noso- 
tros: bastarános  recordar,  para  dar  cima  al  estudio  que  vamos 
haciendo,  los  Anales  Toledanos  I."*  y  II. "%  los  de  los  Beyes  Go- 
dos de  Aslúrias,  León,  Castilla,  Aragón  y  Navarra,  y  los  de 
Aragón  y  Navarra,  escritos  todos  en  la  primera  mitad  del  si- 
glo XIII.  Conservados  los  primeros  en  un  precioso  códice  de  la 
Biblioteca  Toletana,  fueron  ya  dados  á,  luz  desde  fines  de  la  úl- 
tima centuria  -,  manifestándose  que  habian  sido  compuestos  ó 
terminados  en  1219  y  1247,  lo  cual  era  ao  pequeña  recomenda- 
ción respecto  de  la  autoridad  y  valor  histórico  de  los  mismos. 
Mas  no  podían  tener  igual  estimación  literaria:  comprendiendo 
los  Anales  I."*  el  largo  espacio  de  doce  siglos,  en  que  los  sucesos 

i     Cicerón,  De  Oratore,  lib.  II,  cap.  LlI. 

2  Publicólos  en  cfiíclo  el  P.  Fiorez  el  año  de  1709  en  el  tomo  XXIII  de 
la  España  Sagrada,  pág.  382  y  siguientes,  ilustrándolos  con  oportunas  pre- 
venciones, que  pueden  verse  desde  la  pág.  3ü9  á  la  365,  ambas  inclusive.  De- 
más do  esta  edición  y  de  la  de  Berganza,  citada  por  el  mismo  Fiorez,  hemos 
tenido  presentes  varios  Mss.  de  las  Bibliotecas  Toletana  y  Escurialense,  y 
diversas  copias  de  Ambrosio  de  Morales,  don  Juan  Bautista  Pérez,  obispo  de 
S-^orhe,  Velazqnez ,  Abolla  y  otros  colectores  de  antiguas  crónicas. 


II.     PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VÜLG.  403 

se  precipitan  y  amontonan  con  rapidez  extraordinaria,  apenas 
hallamos  en  ellos  un  período,  que  preludie  la  majestad  y  gracia 
que  cincuenta  años  después  desplega  la  prosa  castellana,  fatigán- 
donos á  menudo  aquella  lectura  seca,  cortada  é  inarmónica,  si 
bien  descubre  á,  veces  en  su  ruda  energía  y  excesivo  laconismo 
algunas  de  las  dotes,  que  iban  á  brillar  en  nuestros  más  celebra- 
dos cronistas.  Veamos,  en  confirmación  de  lo  expuesto,  cómo 
narra  los  acontecimientos  de  los  primeros  años  del  siglo  XII: 

mO — Posó  el  rey  Aly  sobre  Toledo  et  tóuola  cercada  VIII  días,  era 

MCXLVIII. 
Morió  el  rey  Almorlay  en  Valencia,  era  MCXLVIII. 
MU — El  rey  de  Aragón  en  XIII  dias  Kal.  de  mayo  entró  en  Toledo,  et 

regnó,  era  MCXLIX. 
mi — Albar  Hannez  priso  Cuenca  de  moros  en  el  mes  de  julio,  era 

MCXLIX. 
1113 — El  Bispo  dom.  Pelayo  fizo  la  eglesia  d'Oreens  et  guarnecióla,  era 

MCLÍ. 
1  i  14— Los  de  Segovia  después  de  las  octavas  de  pasqua  maior,  mataron  á 

Albar  Hannez,  era  MCLII. 
Corrieron  los  moros  la  sagra  et  levaron  más  de  D.  cativos  de  Regi- 
nas et  de  Cabannas  et  de  Magan,  en  dia  de  mércores,  primero  dia 

de  julio,  era  de  MCLII. 
un — Alfon  Raymondo  entró  en  Toledo  et  regnó,  en  XVI  dias  Kal.  de 

decembre,  era  MCLV. 
ms — El  arzobispo  dom.  Bernaldo  levó  sus  engennos  á  Alcalá,  q^ue  era  de 

moros,  et  cercóla  et  prísola,  era  MCLVI. 
El  rey  de  Aragón  con  ayuda  de  Dios  et  de  sus  xripstianos,  en  el 

mes  de  maio  priso  a  Zaragoca  de  moros,  era  MCLVI. 
i  H9 — Quando  la  reyna  donna  Urraca  fué  cercada  en  las  Torres  de  León, 

era  de  MCLVH. 
i  120 — El  dia  de  Sant  Paulo,  en  mes  de  ianero,  ordenaron  en  Segovia  á 

dom.  Pedro,  el  primer  bispo  que  y  fué,  era  MCLVIII, 
H21— Fué  la  batalla  de  Cotanda,  era  MCLIX.)) 

Y  sin  embargo  de  esta  sequedad  fatigosa,  ya  porque  interesa- 
ran más  al  analista  los  hechos  cercanos  á  la  edad  en  que  escribe, 
ya  porque  como  testigo  presencial  tuviese  mayor  conocimiento  de 
ellos,  digno  es  de  notarse  que  al  llegar  al  reinado  de  Alfonso  VIII 
procura  dar  mayor  extensión  á  sus  noticias,  componiendo  al  par 
la  frase  hasta  aquel  punto  desaliñada  y  pobre,  y  dando  mayor 
consistencia  á  la  narración,  ó  mejor  dicho,   mostrando  el  anhelo 


401  HisiumA  r.iiliiCA  de  la  literatura  espa5!üla. 

fie  formularla.  Prueba  de  esta  observación  es  indubitadamenle  la 
jiinlura  que  inteuta  hacer  de  la  Imtalla  de  las  Navas,  al  m^ncio- 
uar  la  Era  de  MCCL  (1212).  Apuntados  los  hechos  que  preceden 
á  tan  famoso  acontecimiento,  escribe: 

«Et  uino  el  rrey'  de  Marruecos  con  toda  su  huesl,  et  priso  Losa  et  non 
»los  devaua  pasar  [á  los  cristianos],  et  derrompieron  la  sierra,  el  pasaron 
))cl  fueron  posar  en  las  Navas  de  Tolosa,  et  paró  el  rrey  moro  las  azes 
xadorredor  de  los  xrisplianos  IV  dias  et  dióles  grandes  torneos:  et  lune-; 
))amnnpcient  paróse  doin.  Diego  López  con  todos  sus  caualleros  et  lodos  los 
xreys  de  los  finco  regnos  á  las  primeras  feridas.  Et  el  rrey  de  Navarra  era 
))la  costanera  diestra,  et  el  rrey  d'Aragon  era  la  siniestra,  el  el  rrey  do. 
»Casliella  tenia  la  zaga  con  todas  las  oirás  gienles  del  mundo.  Et  paró  e\ 
»rrey  moro  sus  azes  et  ferió  la  azdedom.  Diego  et  de  los  rreyes  etmovie- 
))ron  los  moros  á  la  primera  az;  et  ferió  el  rrey  de  Navarra  sobrellos  et  non 
))los  pudo  sofrir;  el  ferió  el  rrey  d'Aragon  sobrellos,  et  non  los  pudo  sofrir, 
))nin  los  pudo  mover.  Üespues  ferió  el  rrey  de  Casliella  con  toda  la  zaga, 
))el  plogó  á  Dios  que  fueron  los  moros  arrancados  et  murieron  todos,  sinon 
»los  que  escaparon  por  pié  de  cauallo;  el  fugieron  los  de  Baeza  et  los  de 
»oLfas  villas  muchas  para  Ubeda.  Et  fueron  los  rreys  xripstianos  prender 
»á  Ubeda  el  prisieron  muchos  cativos  et  cativas,  más  de  LX  mili»,  etc. 

Nadie  habrá  que  al  leer  esta  descripción,  hecha  siete  años  des- 
pués de  la  gran  victoria  de  Muradal  ' ,  descubra  todavía  en  ella 
el  sello  del  arte:  llama  por  el  contrario  nuestra  atención  la  po- 
breza é  inexperiencia  del  analista,  que  se  veia  forzado  á  repetir 
las  mismas  frases  para  expresar  análogas  ideas,  y  la  indiferencia, 
con  que  atento  sólo  al  éxito  del  combate,  menciona  los  hechos  de 
aquella  sangrienta  lid,  hechos  altamente  dramáticos  en  la  pluma 
de  su  primer  cronista.  Pero  todo  el  que  aciértela  compararla  con 
las  cláusulas  arriba  trascritas,  comprenderá  fácilmente  que  la 
situación  del  autor  era  más  favorable  á  los  sucesos  últimamente 
consignados  en  sus  Anales,  como  que  se  hallaba  más  inmediato, 
ó  habia  tal  vez  tomado  parte  en  ellos.  Consideración  es  esta  que 

i  Que  el  autor  de  estos  Anales  escribe  como  tcsligo  de  vista,  se  demues- 
tra en  diversos  pasajes  de  los  mismos.  En  la  Era  MCCXLI,  año  1213,  dice: 
uNon  louió  en  mar(;io,  nin  en  abril,  nin  en  maio,  nin  en  iunio,  et  nunca  tan 
»nial  anno  fué,  et  non  cogiemos  pan  ninguno». — En  la  de  MCCLV,  año  1217, 
se  lee:  «Vino  grant  huest  en  barcas  por  sobre  mar,  gientes  que  non  cnlcndie- 
))mos)),  etc. — El  úllinio  suceso  que  cita,  es  la  malograda  empre.sa  de  Roque- 
ña, acometiiia  en  1219  por  el  arzobispo  don  Rodrigo. 


lí.      PARTK,    CAP.    VI!I.    I'P.IM.    HIST.    Y    PROS.    VULG,  405 

siendo  común  á  todos  los  monumentos  vulgares  de  la  primera 
edad  de  la  historia,  escritos  en  las  diferentes  regiones  en  que  se 
hablaba  el  romance  castellano,  no  solamente  explica  la  índole  y 
naturaleza  de  los  mismos,  sino  que  nos  convence  al  propio  tiempo 
de  que  no  hubiera  podido  la  historia  llegar  á  la  altura  en  que  la 
vemos  mediado  ya  el  siglo  XIII,  fiada  únicamente  á  los  esfuerzos 
de  los  analistas,  aun  cuando  no  podamos  menos  de  reconocer  en 
ellos  cierta  ilustración,  superior  sin  duda  á  la  que  alcanzaba  la 
muchedumbre. 

Ninguna  prueba  más  clara  que  el  estudio  de  los  referidos  Ana- 
les: los  de  Aragón  y  Navarra,  que  empiezan  en  la  Era  de  Au- 
gusto y  llegan  á  la  de  MCCXXXIY  [año  1196],  sobre  mostrar- 
nos el  estado  de  rudeza  en  que  se  hallaba  la  lengua  en  una  ú 
otra  comarca  ',  nos  ofrecen  también  en  la  desmañada  é  incohe- 
rente exposición  de  los  hechos  y  en  la  desaliñada  extructura  y 
sequedad  de  las  frases  notorio  egemplo  del  meritorio,  aunque 
infecundo,  anhelo  con  que  acudían  los  analistas  á  cultivar  la  his- 
toria. Traslademos  algún  pasaje  de  los  mismos: 

1155— En  era  de  miU  CLXXXÜI  aynnos  (dice)  fueron  las  potestades  en 

Huesqua. 
1059 — En  era  de  mili  XCVII  aynnos  fue  la  batailla  Dueles  et  morió  el  in- 

fant  don  Sancho. 
En  era  de  mili  CVII  aynnos  morió  el  rey  don  Alfon,  el  vieio. 
En  era  de  mili  CXLVIII  aynnos  morió  Almorcaeli. 
En  era  de  mili  CXXX  aynos  morió  Mió  Cid  en  Vallencia. 
En  era  de  mili  CLXXXV  aynnos  priso  Almacian  el  emperador  el  al 

conté  de  Barcallona. 
En  era  de  mili  CLXXXII  aynnos  priso  el  emperador  Córdoua,  et 

dióla  ad  Abengamia,  qui  se  aleó  con  ella. 


1  Estos  Anales,  que  precedieron  sobre  unos  treinta  años  al  poema  de 
ApoUonio,  ya  examinado  en  el  cap.  VI,  ofrecen  todavía  con  mayor  fuerza  el 
sello  que  imprime  al  hablar  de  Aragón  su  proximidad  con  Cataluña.  Así  ve- 
mos, por  eg-emplo,  en  ellos  las  dicciones  prendre;  aynos  y  an/jos;  Espayna  y 
Espanya;  bataylla;  montayna  y  montanya;  conté-,  saillient,  etc.,  en  vez  de  pren- 
der, amos,  Espanna,  batalla,  montannas,  cuende  ó  conde,  saliente,  etc.  I>e 
cualquier  modo  son  clara  prueba  de  que  no  sólo  en  Castilla,  sino  también  en 
las  demás  regiones,  donde  se  habló  el  romance,  á  que  dio  nombre,  se  hi- 
cieron repetidos  ensayos  para  escribir  la  historia  en  el  idioma  del  vulgo; 


406  HISTORIA    CHItICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAJlOLA. 

En  era  de  mili  CLXXXIII  aynnos  morió  el  cnperador  •. 

Los  Anales  de  los  Reyes  Godos  de  Astún'oSy  Lean,  etc.,  que 
abriéndose  en  la  Era  de  CCCLXXX  [año  de  548]  alcanzan  á  la  de 
MCCLXXXX  [año  1252],  y  los  II.*"  Toledanos,  que  comprenden 
desde  el  año  de  712  al  1250,  aunque  menos  toscos  que  estos  de 
Aragón  y  Navarra,  presentan  por  cierto  los  mismos  caracteres  ^: 
como  documentos  meramente  históricos,  contienen  curiosas  é  im- 
portantes noticias,  que  en  balde  buscarla  el  erudito  en  otros  tra- 
tados de  antigüedad  tan  remota:  como  producciones  literarias,  si 
ya  es  que  merecen  en  rigor  este  título,  poco  ó  ninguno  es  el  pro- 
greso que  revelan  en  aquella  forma  expositiva  de  la  historia,  si 
bien  denotan  que,  según  hemos  demostrado  con  el  examen  de  los 
poemas  heróico-eruditos,  no  habia  permanecido  estacionaria  la 
lengua  romance  en  aquella  media  centuria.  De  una  y  otra  ob- 
servación darán  sin  duda  inequívoco  testimonio  las  siguientes  lí- 
neas, con  que  los  Anales  de  los  Reyes  Godos  de  Asturias,  etc., 
encabezan  la  rúbrica  ó  capítulo  de  los  condes  castellanos: 

«En  dias  del  rrey  don  Fruella,  que  regnó  en  León  en  la  era  de  dcccc 
))el  xxxiü  annos  Nunno  Nunnez  Rasuera,  fijo  de  Nunno  Vellidcz,  fue  alca- 
))do  iuez  eu  Casliella,  el  fué  muy  derecho  et  muy  entendido  en  iuizos. 

wGon^aluo  Nunnez,  fijo  de  Nunno  Rassuera,  fué  iuez  en  logar  de  su  pa- 
»dre,  el  fue  capdiello  de  la  caualleria,  el  con  muchos  fijosdalgo,  cria- 


i  £sle  curioso  monumento  existe  en  la  Bibhoteca  Nacional,  cód.  D.  56, 
el  cual  contiene  además  el  Fuero  de  Sobrarve  y  varios  anales  latinos.  Tam- 
bién lo  incluyó  Abella  en  el  tomo  8.°,  fól.  154,  de  su  Colección  de  Escritores 
coetáneos  de  la  Historia  de  España. 

2  Los  II. os  Anales  Toledanos  parecen  haber  sido  escritos,  como  los  I.*", 
en  la  ciudad  quo  les  dá  nombre.  Así  lo  convence  el  hallar  á  menudo  cláu- 
sulas concebidas  en  estos  términos:  «Vino  Sancho  Ferrandez,  filio  del  rey 
))don  Ferrando,  filio  del  emperador,  á  Toledo»,  etc. — Conforme  dejamos 
apuntado,  abrazan  no  sólo  los  acaecimientos  notables  de  España,  sino  tam- 
bién los  extranjeros:  enlre  otros  llama  la  atención  el  punto  siguiente:  «Su- 
unüóse  Verona,  una  cibdad  de  Lombardia,  en  que  tenia  un  cauallero  preso  á 
Molro,  et  matólo  de  fambre:  et  priso  ásu  filio,  et  matólo  et  fizo  asar  su  carne 
)íct  dióla  á  comer  al  padre,  et  por  este  peccado  fué  la  cibdad  sumida.  Era 
wMCCLX  [1222])).  Este  acto  de  barbarie  nos  trae  á  la  memoria  el  terrible 
episodio  del  conde  Ugolino,  ideado  por  el  Dante,  siendo  muy  posible  que 
contribuyera  á  inspirárselo  {Divina  Commedia,  Inferno,  caul.  XXXIIl). 


in"    PARTE,    CAP.    VIII.    PKIM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  407 

ndos  de  su  padre,  ovo  guerra  con  moros   el  sieuiipre  ganó  dellos. " 

))Don  FerraiidGoncMuez,  fijo  de  Goncaluo  Nuuuez,  fué  aleado  conde  de 
))aItos  omines  de  Casliella.  Guerreó  con  moros  et  ganó  dellos  Osma,  Sant 
oEsleuan,  et  fico  el  monesterio  de  Sanl  Pedro  de  Arlanca,  et  hy  iaz  so- 
Dterrado. 

))E1  conde  don  García  Ferrandez  fué  lijo  del  conde  don  Ferrand  Gon- 
>ícaluez.Esle  pobló  el  monesterio  de  Cueuas  Ruuias  en  ribera  d' Arlan- 
)>ca,  et  dLol'  g'randes  heredades  et  ganó  mucho  en  la  guerra  de  moros»  '. 

Al  mismo  tiempo  que  pugnaba  la  historia,  aunque  con  poco 
fruto,  para  perfeccionar  la  forma  de  los  Anales,  preparando  la 
prosa  castellana  á  mayor  desenvolvimiento,  ejercitábase  en  otro 
linaje  de  ensayos,  que  debian  también  contribuir  á,  dotarla  de 
fuerzas  para  llegar  al  grado  de  esplendor,  en  que  aparece  durante 
el  próximo  reinado  del  X  Alfonso.  Hablamos  de  las  narraciones 
parciales  de  alguna  conquista  ó  señalada  victoria,  y  de  las  genea- 
logías particulares  de  los  reyes  y  de  los  héroes.  Cítanse  entre  estos 
documentos,  ya  debidos  al  deseo  de  perpetuar  los  triunfos  del 
cristianismo,  ya  al  empeño  de  enaltecer  los  propios  caudillos  y  los 
príncipes,  la  Toma  de  Exea,  la  Conquista  de  Almena,  la  Esto- 
ria  de  Conca,  escrita  por  el  maestro  Giraldo  -,  y  los  Linaies  de 

^  Los  Anales  de  los  Reyes  Godos  de  Asturias,  León,  ele.,  etc.,  existen  en 
un  cód.  fól.  real  de  la  Biblioteca  Toletana,  caj.  3i,  n.°  4,  escrito  cu  perga- 
mino é  intitulado:  Darelis  Phrijgn  Historia  troyana  et  Chronica  f ralis  Martini 
et  Compendium  regnum  gothorum.  La  letra  de  los  anales,  que  se  contienen 
en  solas  tres  fojas,  es  de  mediados,  ó  poco  después,  del  sig'lo  XIII»  si  bien 
se  hallan  seguidos  de  varias  notas  posteriores,  que  abrazan  hasta  la  toma  de 
Tarifa. por  don  Sancho  el  Bravo.  En  el  mismo  códice  hallamos  otras  obras 
históricas  en  lengua  vulgar,  de  las  cuales  hablaremos  luego.  Abella  incluyó 
estos  anales  en  el  tomo  YIIl  (fól.  413)  de  su  citada  Colección. 

2  Debemos' advertir  que  si  bien  vemos  palpable  esta  inclinación  de  los  es- 
tudios históricos,  es  necesario  guardar  cierta  reserva  respecto  de  la  autentici- 
dad de  todas  las  historias  p.arciales  que  á  esta  época  se  atribuyen.  En  orden 
á  la  Conquista  de  Almería,  citada  por  Sandoval  {Crónica  de  Alfonso  VII,  pági- 
na 188),  debe  tenerse  entendido  que  es  un  fragmento  de  una  Crónica  de  los 
reyes  de  España,  escrita  sin  duda  al  mediar  el  siglo  XIII,  con  presencia  de  la 
Historia  de  don  Rodrigo,  lib.  VII,  cap.  XI;  y  lo  mismo  nos  atrevemos  á  decir 
de  la  Toma  de  Exea,  mencionada  por  el  abate  Andrés  {Slor.  della  Lett.,  capí- 
tulo XI).  No  así  de  luConquisla  de  Conca, de  que  tenemos  á  la  vista  diferentes 
Mss.,  atribuyéndose  constantemente  al  maestro  Giraldo,  que  se  supone 
canciller  de  Alfonso  YIll,  afumándose  al  par  que  fue  aquella  escrita  en  Í212* 


408  HISTORIA    CUlTICA    DE    LA    LITKKATUHA    ESI'AÍJOLA. 

ios  Reys,  en  qao  se  comprende  también  el  de  Mió  Cid  Campea- 
dor, no  olvidado  tampoco  el  de  los  jueces  y  ios  condes  de  Casti- 
lla.—  Estas  historias  y  genealogías,  que  se  componen  antes  de 
mediar  el  siglo  XIIÍ,  dando  razón  de  un  propósito  diferente  al  de 
los  Anales,  y  presentando  una  faz  distinta  de  la  exposición  histó- 
rica, inspiran  ya  cierto  interés  literario  y.  señalan  un  verdadero 
progreso  en  el  cultivo  de  la  prosa.  Por  grande  que  sea  la  corrup- 
ción en  que  han  llegado  á  nuestros  dias,  especialmente  en  la  Es- 
taría de  Canea  y  los  Linaies  de  los  Reys,  se  ofrece  ya  el  romance 
castellano  más  suelto  y  armonioso ;  y  sometido  á  ciertas  leyes  sin- 
táxicas,  que  facilitan  y  allanan  el  enlace  y  trabazón  de  las  cláusu- 
las, parece  preludiar  más  de  cerca  el  extraordinario  brillo  y  la  viril 
entonación  de  la  prosa  en  la  Esloria  de  Espanna  ó  Crónica  ^e- 

La  circunstancia  de  no  aparecer  el  nombre  de  Giraldo,  como  de  tal  canciller, 
en  ios  documentos  diplomáticos  de  estos  años,  y  sí  como  de  notario  de  los 
cancilleres  mayores,  engendra  algunas  dudas  sobre  la  autenticidad  de  esta 
obra.  En  algunos  Mss.  se  habla  de  olrí.ysloiia  de  Conca,  debida  á  un  tal  Si- 
leo,  que  floreció  por  aquel  tiempo;  mas  sólo  conocemos  un  fragmento  de  la 
obra  que  se  le  atribuye. — El  diligente  Jimena,  en  sus  Anales  eclesiásticos  de 
Jaén,  pág.  97,  inserta  una  Historia  de  la  gran  batalla  de  las  Navas  de  Tolosa, 
que  siguiendo  al  jesuíta  Buches  (cap.  38  de  la  Historia  de  los  Santos  del  obis- 
pado de  Jaén),  asegura  haber  sido  escrita  por  el  arzobispo  don  Rodrigo  en 
J213  (pág.  110):  esta  historia,  que  se  guarda  Ms.  en  la  Biblioteca  Nacional, 
parece  sin  embargo  ser  una  traducción  'de  los  capítulos  que  en  la  crónica  lati- 
na dedica  el  arzobispo  á  tan  plausible  suceso. — No  olvidaremos  por  último  las 
especies  que  han  cundido  sobre  una  Crónica  Iriense,  escrita  á  fines  del  siglo  X[ 
en  lengua  vulgar,  cuyo  error  condenó  ya  Sandoval  {Historia  de  los  cinco 
Obispos,  pág.  219),  si  bien  cundió  después  á  don  Nicolás  Antonio  (fí¿7>/.  Vetas, 
lib.  VII,  cap.  4),  y  de  este  al  abate  Andrés  (loe.  cit.),  y  en  nuestros  dias  al 
académico  don  José  Cavada  (Colee,  de  poes.  astur.,  pág.  18  del  disc.  prel.); 
pero  sobre  notarse  que  no  era  el  idioma  vernáculo  de  Galicia  el  romance  cas- 
tellano, luego  que  el  P.  Florez  dio  á  luz  el  Cronicón  Iriense,  tal  como  fué 
escrito  en  la  Era  de  MCLXIV  (año  i  126),  debió  desaparecer  semejante  aserto, 
contrario  á  todas  las  leyes  de  la  crítica  {España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  598). 
La  supuesta  Crónica  Iriense,  aducida  sin  juicio  literario  por  el  autor  de  la 
Historia  del  Apóstol  Santiago,  combatida  por  Sandoval,  pudo  ser  á  lo  más  una 
traducción  muy  infiel  del  Cronicón  latino,  hecha  en  siglos  posteriores.  En  la 
misma  categoría  se  halla  la  Crónica  española  de  Alfonso  VI,  compuesta  según 
el  testimonio  poco  seguro  del  abate  Andrés,  á  principios  del  siglo  XII  (loco  ci- 
tato):  lástima  que  le  siga  también  en  esto  el  Sr.  Cavcda. 


II,*    PAHTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  409 

neralyen  las  Partidas.  Comprobemos  esta  observación  impor- 
tante en  el  estudio  que  vamos  haciendo  con  el  siguiente  pasaje,  to- 
mado de  los  Linaies  de  los  Reys,  obra  anterior  al  año  de  1234  ' : 

((Quando  fué  perdudo  el  rrey  Ruderich,  conquerieron  moros  toda  la  tierra 
»hata  Portogal  de  Galliza,  fueras  ende  las  moiitannas  d'  Asturias,  ó  se 
))aeoll¡eron  todas  las  gientes  de  la  tierra;  et  fezieron  hy  rrey  por  esleycion 
wal  rrey  don  PeIayo,"qiie  eslaua  en  una  cueua  d'  Asseua.  Este  rrey  don 
))Pelayo  fué  muy  buen  rrey  el  leyal,  et  los  xripstianos  que  eran  en  las 
nmontannas,  acolliéronge  todos  á  él,  et  guerrearon  con  él  á  moros  et  fecie- 
))ron  muchas  batallas  et  uenciéronlas.  Morió  el  rrey  don  Pelayo:  Dios  aya 
))la  su  anima.  Amen. 

))Et  regnó  su  filio  el  rey  don  Fafila,  el  fué  auol  omme  ;  et  lidió  con  ua 
>)Oso  et  malo  el  oso  á  él.  El  rrey  don  Pelayo  ouo  una  filia  el  diéronla  por 
wmogier  á  don  Alfonso,  filio  de  don  Pedro,  sennor  de  Cantabria,  et  leuan- 
«táronle  rrey.  Este  rrey  don  Alfonso  guerreó  bien  á  moros  el  fizo  con  ellos 
«muchas  batallas  el  uenciólas;  et  conquerió  luego  de  moros  á  Tuy  et  Por- 
»togal,  el  Braga,  et  Visen,  et  Flauia,  et  Ledesma,  et  Salamanca,  et  Zamora, 
))et  Aslorga,  el  León,  et  Sietmancas,  el  Saldanna,  et  Segouia,  et  Setpúluega 
»et  Maya,  Todas  estas  dichas  [cibdades]  priso  de  moros  el  poblólas  de 
»xripslianos:  Galliza,  Asturias,  Alaifa,  Bizcaya,  Vidonna,  Edearri,  Barrue- 
»ca  en  lodos  tiempos  fueron  de  xripstianos:  que  nunqua  las  perdieroni)  -. 

Pocos  esfuerzos  se  necesitaban  para  comprender  que  mientras 
sólo  podían  contribuir  las  vigilias  de  los  analistas  á  fijar  en  cierto 

1  La  época  en  que  los  Linaies  de  los  Retjs  se  esciibieron  no  puede  ponerse 
en  duda:  en  la  rúbrica  de  los  reyes  de  Castilla  se  lee:  «Mas  trebeió  (Enrique  I) 
))Con  sus  mocos  et  feriáronlo  con  una  piedra  en  la  cabeca  et  morió;  et  regnú 
Hsu  ermana  donna  Berenguella;  ct  dio  el  reg-no  á  su  filio  don  Ferrando.  De 
waqui  adelant  será  lo  que  Dios  quisiere».  Después,  al  tratar  del  linaje  del  Cid, 
dice,  reconocida  su  descendencia:  «El  rey  don  Garcia  tomó  por  mugier  á  la 
«reyna  donna  Magelina  ct  ouo  della  filio  al  rey  don  Sancho  de  Navarra.  Este 
»rey  don  Sancho  tomó  por  mugier  la  filia  del  emperador  Dcspanna  et  ouo  della 
))fiIlo  al  rey  don  Sancho,  que  agora  es  rey  de  Navarra».  Habiendo  pues  vivido 
este  don  Sancho,  que  se  denominó  el  Fuerte,  hasta  1234,  y  comenzado  á  rei- 
nar Fernando  III  en  1217,  es  evidente  que  no  pueden  sacarse  de  estos  diez  y 
siete  años  los  Linaies  de  los  Reys,  pareciéndonos  verosímil  que  se  escribieran 
de  1220  a  1230. 

2  Este  curioso  ensayo,  que  existe  en  la  numerosa  Colección  de  don  Juan 
Bautista  Pérez,  tomo  III,  pág.  331,  y  de  que  se  conservan  copias  en  la  Biblio- 
teca Escurialense(j.  L.  12),  y  en  la  Academia  de  la  Historia  {Colee,  de  Abella, 
tomo  8,  fól.  170),  ha  sido  publicado  con  notables  incorrecciones  en  el  Sema- 
nario Pintoresco,  núm.  correspondiente  al  8  de  setiembre  de  ISoO,  págf.  283. 


410  HISTÜKIA    CIUIIC.V    bE    LA    LllLKATLKA    LSI'A.ÑULA. 

modo  la  cronología ,  siendo  ineficaces  para  desarrullar  la  prosa 
castellana,  iba  esta  haciendo  naturales  progresos,  auxiliada  por 
el  egemplo  de  la  poesía,  que  en  manos  de  los  eruditos  había  ele- 
vado la  lengua  á  la  categoría  de  literaria,  según  queda  en  su  lu- 
gar demostrado  *.  Ni  es  posible  tampoco  desconocer  cómo  iba 
formándose,  bien  que  no  sin  lentitud,  la  narración  histórica,  sa- 
hendo  de  la  aridez  de  los  Anales  para  campear  con  alguíia  mayor 
soltura  en  las  historias  particulares  y  en  las  genealogías.  Pero 
hubieran  sido  estériles  todos  estos  ensayos,  sin  que  reííejándose 
en  la  naciente  literatura  vulgar  el  extraordinario  movimiento  que 
á  la  sazón  tomaba  la  latino-eclesíástíca,  no  hubiesen  encontrado 
los  cultivadores  de  la  lengua  romance  dignos  y  aplaudidos  nwde- 
los,  cuyas  huellas  debían  seguir  resueltamente.  Numeroso  es  por 
cierto  el  catálogo  de  los  escritores  latinos  que  produce  España  en 
la  época  de  que  vamos  tratando:  distinguense,  no  obstante,  entre 
los  agíógrafos  el  abad  don  Martín  de  León,  don  Alfonso  Ramírez, 
obispo  de  Orense,  y  el  celebrado  Diego  de  Campos  '^;  entre  los 
filósofos  y  gramáticos  Pedro  IIisi>ano  y  fray  Bartolomé  ^,  entre 


1  Véase  el  cap.  V.  del  presente  volumen,  pág:.  237. 

2  Don  Nicolás  Antonio  ZftMo//í.  Yetus,  lib.  VIII,  cap.  I;  Rodrig'ucz  de 
Castro.  Bibl.  Española,  lomo  11,  pájs.  304,  5-10  y  514:  Ferran  Ptrez  de 
Guzman  en  sus  C/aros  t^aroftes,  puijücados  por  el  Sr.  Uchoa  (París,  1845), 
dice  de  este  Diego  de  Campos  lo  que  sig-ue: 

407     Otro  doctor  castellano 

Que  en  estilo  asaz   poliJn, 

Yo  me  acuerdo  haber  levdo 

Un   rolumen  de  su  mano. 
40S     Diego  de  Campos  se  llama 

Este  doctor  qne  yo  digo,  etc. 

La  obra  más  famosa  del  doctor  Diego  de  Campos  es  la  intitulada  Planeta, 
porque  conteniendo  siate  libros,  trata  de  materia  de  gran  claridad,  según  ad- 
virtió el  docto  Durricl  en  la  copia  que  sacó  en  l7o2  del  original  que  hemos 
consultado  en  la  Biblioteca  Toledana  (Caj.  V,  n.°  6).  Este  códice  parece 
haber  sido  escrito  en  1218,  y  tiene  por  objeto  ilustrar  diversas  cuestiones 
sobre  Cristo,  la  Virgen,  el  arcángel  San  Miguel,  el  alma  de  Cristo  y  de  los 
bienaventurados,  y  finalmente,  la  paz  interior  y  exterior  y  la  general  de  la 
Iglesia. — Fué  dirigido  al  arzobispo  don  Rodrigo. 

3  Don  Nicolás  Antonio,  liibl.  Ve/.,  lib.  VIH,  cap.  III;  Rodríguez  de  Cas- 
tro, tomo  II,  págs.  598  y  616. 


II.      PARTE,    CAP.    VIH.    PRI.M.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  411 

los  jurisconsultos  Juan  Hispano,  que  honró  en  Bolonia  el  nombre 
de  su  patria  * ,  y  entre  los  historiadores  el  renombrado  don  Lúeas 
Tudense,  y  el  clarísimo  arzobispo  don  Rodrigo.  Inútil  juzgamos 
el  insistir  aquí  sobre  las  causas  que  produjeron  este  singular  des- 
arrollo de  los  estudios  latinos,  cuando  en  otro  lugar  del  presente 
volumen  quedan  ampliamente  explicadas  '^:  lícito  nos  será,  sin 
embargo,  advertir  que  así  como  los  expresados  estudios  ejercie- 
ron notable  influencia  en  la  primera  trasformacion  de  la  poesía 
castellana,  así  también  debían  tenerla  (y  grande)  en  el  naci- 
miento de  la  historia  vulgar  propiamente  dicha,,  levantada  esta 
por  los  esfuerzos  de  los  dos  últimos  escritores,  y  muy  especial- 
mente por  los  del  celebrado  don  Rodrigo  Ximenez  de  Rada,  al 
más  alto  punto  en  que  se  había  visto  desde  la  antigüedad  más 
remota. 

Y  damos  la  preferencia  en  la  estimación  crítica  al  renombrado 
arzobispo  de  Toledo,  no  porque  desconozcamos  la  ilustración  del 
Tudense:  nacido  este  en  León,  mediado  ya  el  siglo  XII,  distin- 
guióse, en  efecto,  desde  su  juventud  por  su  afición  á  las  letras, 
pasando  á  Roma  con  el  deseo  de  adelantarse  en  su  cultivo,  y  lle- 
vándole después  su  devoción  á  las  partes  de  Levante,  donde  vi- 
sitó á  Constan tinopla,  Chipre  y  Jerusalem,  con  los  Santos  Luga- 
res ^.  R,estituido  á  la  Península,  conquistó  el  afecto  de  la  gran 
reina  doña  Berenguela,  por  cuyo  mandado  escribió,  ó  mejor  di- 
ciendo, compiló  el  libro  de  las  Crónicas,  que  terminó  en  1256, 
cuando  era  todavía  diácono:  dos  años  antes  habia  compuesto  el 
tratado  Contra  los  alhUjenscs,  sacado  á  luz  por  el  docto  Mariana  •*. 

1  Fabricio,  Bibl.  mediae  et  infimae  latinitalis,  lib.  IV. — También  este  y 
otros  no  menos  señalados  latinistas  dan  noticia  de  otro  Juan  de  Dios,  docto 
en  el  estudio  de  los  Cánones,  ofreciendo  menuda  cuenta  de  sus  obras.  Rodrí- 
guez de  Castro  (tomo  II,  pág;s.  588  y  siguientes),  resume  todo  lo  más  curioso 
sobre  estos  escritores. 

2  Cap.  V. 

3  Mariana,  ffis/.  Gen.de  Esp.,  lib.  XII,  cap.  12,— Auberto  Mireo,  De 
Scrip.  eclesiast.,  cap.  130;— Don  Nicolás  Antonio,  Biblioth.  Yetas,  lib.  VIH, 
cap.  III; — Rodríguez  de  Castro,  Bibl.  Esp.,  tomo  II,  pág.  507. 

4  Ingolstad,  1612. — Este  tratado  se  compone  de  tres  libros  con  el  si- 
guiente título:  De  altera  Vita  fideique  controversiis  adversas  albigensium  er- 
rores. Se  ha  reimpreso  diferentes  voces  en  la  Bibliotheca  Patrum. 


412  mSTÜlllA    CKlTICA    DE    LA    LlTIilUTUIlA    ESI'A.^ÜLA. 

Alguii  tiempo  después,  y  no  investido  aun  con  la  dignidad  del 
episcopado,  puso  fin  á  la  Vida  de  San  Isidoro,  comenzada  en  su 
juventud,  y  recogió  la  memoria  de  los  milagros  que  la  piedad  le 
atribula  hasta  aquel  tiempo,  narrando  en  otro  escrito  su  trasla- 
ción portentosa  '. — Injusto  seria  pues  negar  á  don  Lúeas  de  Tuy 
el  galardón  que  le  concedió  en  sus  dias  la  ilustre  matrona,  á 
quien  debió  el  siglo  XIII  gran  parte  de  su  cultura;  pero  al  fijar  la 
vista  en  su  compilación  y  hallarle  empeñado  en  la  tortuosa  senda 
abierta  por  el  obispo  don  Pelayo;  al  contemplarle  truncando,  va- 
riando ó  añadiendo  á  su  placer  las  obras  de  San  Isidoro  y  San 
Julián,  conforme  en  lugar  oportuno  advertimos  ';  al  notar  por 
último  la  seguridad  con  que  atribuye  á  San  Ildefonso  una  cró- 
nica plagada  de  anacronismos  y  de  absurdos,  no  se  nos  tildará 
por  cierto  de  ligeros,  si  desconfiamos  del  buen  juicio  histórico  del 
Tudense,  ya  que  no  le  culpemos  de  mendaz  ó  fabuloso,  nombre 
que  ha  dado  la  critica  al  obispo  de  Oviedo,  cuyos  pasos  segunda- 
ba. Cierto  es  que  en  la  última  parte  del  libro  IV  refiere  con 
integridad  los  sucesos  coetáneos,  dando  la  primacía  á  las  empre- 
sas de  Fernando  III,  en  especial  á  la  conquista  de  Córdoba  y  á  su 
vuelta  triunfante  á  Castilla,  instante  en  que  deja  la  pluma;  pero 
sobre  mostrar  en  esto  que  padecía  del  achaque  de  los  analistas, 
no  era  gran  virtud  decir  la  verdad  á  los  que  no  hubieran  consen- 
tido adulterarla,  ni  había  tampoco  gran  mérito  en  narrar  las  co- 
sas, que  estaban  pasando  á  vista  de  todos,  del  mismo  modo  que 
las  contaba  la  muchedumbre;  por  más  que  procurase  autorizarlas 
con  sentencias  revesadas  y  oscuras,  formulándolas  en  un  latín, 
que  era  al  propio  tiempo  sobradamente  humilde  y  afectado  ^. 


1  Véase  la  Disertación  que  sobre  este  punto  escribe  el  erudito  Florez,  in- 
sería en  el  tomo  XXII  de  la  España  Sagrada,  pág.  108  y  sij,'u¡entos. 

2  I."  Parle,  cap.  IX. 

3  Como  se  deduce  de  lo  (\nc  vamos  diciendo,  consta  el  Chronicon  del  Tu- 
dense de  cuatro  diferentes  libros:  el  primero  contiene  las  seis  edades  del 
mundo  de  San  Isidoro;  bien  que  con  notables  adiciones:  el  segundo  encierra 
el  tratado  del  mismo  santo  sobre  el  origen  de  los  godos,  españoles,  sue- 
vos, etc.:  abraza  el  tercero  la  supuesta  crónica  de  San  Ildefonso  y  la  historia 
de  San  Julián,  lastimosamente  trastocada  y  mutilada;  y  empezando  el  cuarto 
oa  la  época  de  don  Pelayo,  acaba  con  la  conquista  de  Córdoba. — El    trabajo 


II.      PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST,    Y   PROS.    VULG.  413 

El  poner  en  contribución  los  escritores  de  la  antigüedad  ,  tales 
como  Claudio  Tolomeo,  Trogo  Pompeyo,  Dion  Casio  y  Jornan- 
des;  el  someterá  un  sistema  racional  los  primitivos  cronicones  des- 
de el  celebrado  de  ídacio  hasta  los  últimos  latinos  ',  no  olvidando 
la  enseñanza  que  se  deducía  de  los  Concilios  Toledanos;  el  orde- 
nar todos  los  hechos  atesorados  en  los  referidos  monumentos  en 
un  cuerpo  regular  de  historia,  animándolo  con  la  luz  de  las  tra- 
diciones populares,  formuladas  ya  en  los  cantos  de  la  muchedum- 
bre,— mérito  extraordinario  es  que  la  crítica  reconoce  en  el  arzo- 
bispo don  Rodrigo,  concediéndole  el  justo  galardón  que  su  precla- 
ro talento  y  sus  estudios  le  conquistaron  dentro  y  fuera  de  Espa- 
ña, asi  en  la  época  en  que  florece  como  en  los  siglos  posteriores. 
Y  depone  desde  luego  en  pro  de  su  ilustración  y  de  sus  virtudes 
el  verle  prohijado  en  Castilla  por  la  Iglesia,  honrado  por  los  re- 
yes y  ejerciendo  notable  influencia  en  la  dirección  y  gobierno  de 
la  república.  Navarro  de  nación,  pues  que  habia  visto  la  luz  pri- 
mera por  los  años  de  H70  en  Puente  la  Picina  2,  estudió  en  Pa- 


del  Tudense  no  es  propiamente  histórico  y  literario  hasta  llegar  á  los  tiempos 
dp  la  reconquista,  en  que  se  atiene  también  con  sobrada  frecuencia  al  obispo 
de  Oviedo.  Fué  este  Cronicón  romanzado  tal  vez  á  fines  del  mismo  siglo  XIll 
ó  en  el  primer  tercio  del  siguiente,  con  el  título  de  Coránica  de  Spaña  por 
don  Luchas  de  Tiii,  alterándose  la  división  que  el  obispo  le  habia  dado,  pues 
que  del  orden  de  capítulos  resultan  hasta  diez  libros  distintos:  también  tiene 
añadida  en  trece  capítulos  la  relación  de  los  sucesos  que  mediaron  desde  1236 
á  1232,  acabando  con  la  proclamación  de  Alonso  X.  El  último  capítulo, 
que  es  el  89  de  la  décima  parte,  lleva  este  título:  «Como  el  dicho  Rey 
don  Alfonso,  fijo  del  dicho  Rey  don  Fernando,  leuantáronlo  por  rey  en  la  di- 
cha cibdad  de  Seuilla.» — El  códice  que  hemos  consultado  perteneció  á  Santa 
Maria  de  las  Cuevas  de  la  referida  ciudad,  y  consta  de  un  volumen  de  245 
fojas,  fól.  de  letra  del  siglo  XV,  encuadernado  en  pergamino  (Acad.  de  la 
Hist.,  E.  99).  La  primera  edición  del  Cronicón  latino  es  la  de  Francfort,  160S. 

i  Después  de  mencionar  los  escritores  citados  en  el  texto,  añade  que  se 
habia  valido  de  «alus  scripturis,  quas  de  membranis  et  pictatiis  laborioso  in- 
vestigatas,  laboriosiíis  compilavi».  Antes  declara  haber  tenido  presentes  las 
historias  de  San  Isidoro  y  aun  la  supuesta  de  San  Ildefonso. 

2  Mariana  dijo  que  nació  en  Puente  la  Rada:  Puente  la  Reina  conserva, 
sin  embargo,  viva  la  tradición  de  que  nació  allí  tan  ilustre  prelado,  celebran- 
do anualmente  una  fiesta  de  iglesia,  el  IG  de  julio,  en  honra  del  mismo,  y  en 
conmemoración  de  la  batalla  de  las  Navas,  en  que  tuvo  tanta  parte:  su  re- 


41  i  HISTORIA    CnlTir.A    DE    U    LITERATURA   ESPA?50LA. 

r¡s  las  disciplinas  liberales  y  la  teología,  pasando  á  Castilla  du- 
rante el  último  tercio  del  siglo  XII;  y  elevado  primero  á  la  silla  de 
Osma  y  electo  en  1208  arzobispo  de  Toledo,  ácuya  cátedra  subía 
en  1210  *,  coadyuvó  felizmente  i  las  empresas  memorables,  lle- 
vadas á  cabo  por  Alfonso  VIII,  señalándose  sobre  todo  en  la  fa- 
mosa cruzada,  que  dio  por  resultado  la  gran  victoria  de  las  Navas. 
El  generoso  pi'elado,  que  habiendo  convocado  los  pueblos  del 
Occidente  á  la  guerra  santa,  absolvió  en  aquel  fausto  dia  á  los 
guerreros  de  la  Cruz  do  todo  pecado,  y  confortó  en  mitad  del 
combate  el  ánimo  vacilante  del  rey  de  Castilla,  asegurándole  en 
la  forma  que  notaremos  después,  tan  inaudito  triunfo,  recibia  de 
manos  del  mismo  principe  mercedes  sin  cuento,  con  que  enrique- 
oia  la  mitra  toledana  ^.  Muerto  ya  aquel  monarca,  asistía  al  lY 


tralo  se  guarda  en  la  Iglesia  parroquial  de  Santiago  de  la  misma  villa,  y  se 
muestra  á  los  viajeros  la  casa,  donde  vio  la  luz  del  dia,  la  cual  perteneció 
hasta  1S28  á  los  condes  de  Guendulain.  Por  manera  que  todas  estas  memo- 
rias tradicionales  parecen  inclinar  la  balanza  á  favor  de  Puente  la  Reina,  si 
bien  el  segundo  apellido  que  usó  don  Rodrigo,  depone  en  favor  de  Puente  la 
Rada.  De  cualquier  modo,  Navarra  tuvo  la  gloria  de  engendrar  tan  esclare- 
cido hijo.  Respecto  de  la  familia  del  arzobispo,  aunque  punto  muy  secunda- 
rio para  nosotros,  puede  consultarse  á  Loperraez  [Descripción  histórica  del 
obispado  de  Osma,  tomo  I,  pág,  10o,  etc.). 

1  El  cabildo  y  pueblo  toledano  le  eligieron  en  efecto  en  1208  por  muerte 
del  arzobispo  don  Martin  López  de  Pisuerga;  pero  hasta  27  de  febrero  de  i210 
no  confirmó  Inocencio  III  dicha  elección,  como  prueba  el  Rescripto  original 
del  mismo  Pontífice,  guardado  en  el  archivo  de  aquella  Iglesia  Primada  (Ar- 
queta 0.*,  leg.  i.°),  publicado  antes  de  ahora  por  el  citado  Loperraez  {Des- 
cripción histórica,  etc.,  tomo  I,  docum.  XXXVI),  y  reproducido  há  poco  por 
el  académico  don  Vicente  Lafuente  {Elogio  hist.  del  Arzob.  don  Rodrigo, 
Apénd.  n.°  VI). 

2  Narrando  el  mismo  don  Rodrigo  los  hechos  que  siguieron  al  triunfo  de 
las  Navas,  donde  hahian  resplandecido  su  valor  y  su  prudencia,  anadia  al 
terminar  el  capítulo  XÍV  del  lib.  VIII  de  la  Historia  gothica:  «Rodericus  au- 
tem  Pontifex,  his  disposilis,  ivil  Burgis  ad  regem  nobilem  Adephonsum,  qui 
opera  eius  commendans  in  Domino,  dedit  ei  viginti  aldeas  in  posessionem 
perpetuam  Ecclcsiae  Toletanae.»  Quien  de  este  modo  enriqueció  la  mitra  pri- 
mada y  echaba  en  1227,  según  notamos  después,  los  cimientos  á  la  suntuosa 
basílica  de  Toledo,  era  en  1237  acusado  por  los  racioneros  de  aquella  catedral 
ante  el  Legado  Olhon  de  haber  usurpado  y  malgastado  los  bienes  de  la  Igle- 
sia. ¡Cosas  y  juicios  de  los  hombres!... 


n.*    PARTE,    CAP.    MIT.    PniM.    HIST.    Y    PROS,    VÚLG.  -H3 

Concilio  lateranense,  convocado  por  Inocencio  III  en  1215,  siendo 
extraordinario  el  crédito  que  ganó  entre  los  padres  de  la  Iglesia 
por  su  erudición  y  su  ingenio:  a  hizo  una  oración  á  los  del  Cond- 
olió (dice  un  historiador  respetable)  en  lengua  latina;  pero  mez- 
»cladas  sentencias  y  como  flores  de  las  otras  lenguas  italiana, 
»alemana,  inglesa,  francesa,  como  el  que  bien  las  sabia,  que  puso 
«admiración  á  los  padres  hasta  decir  que  desde  el  tiempo  de  los 
«apóstoles  nunca  ?e  vio  cosa  semejante  *.))  Defendió  asimismo 
con  éxito  cumplido  la  supremacía  de  Toledo  contra  los  metropo- 
litanos de  Braga,  Santiago  y  Tarragona:  y  restituido  á  España, 
continuó  alentando  la  obra  de  la  reconquista,  ya  concurriendo 
con  sus  gentes  á  las  algaras  y  empresas  de  los  reyes,  ya  convo- 
cando por  sí  numerosas  cruzadas  que  arrebataron  á  la  morisma, 
bajo  su  propia  conducta,  fuertes  y  ambicionados  castillos,  entre 
los  cuales  contaba  en  1219  los  de  Sierra,  Serresuela  y  Mira, 
asentados  en  los  confines  de  Aragón  y  Valencia  *. 

La  historia  de  Fernando  III  no  puede  en  efecto  leerse,  sin  que 
el  nombre  del  insigne  don  Rodrigo  Ximenez  de  Rada  aparezca  en 
cada  página  para  ilustrarla;  pues  respetado  por  este  soberano, 
como  lo  fué  dos  siglos  adelante  por  los  Reyes  Católicos  el  Gran 
Cardenal  de  España,  nada  se  hacia  en  Castilla  sin  su  consejo,  vo- 
lando siempre  el  pendón  arzobispal  al  lado  de  las  señas  reales,  y 
defendiendo  con  sus  propias  mesnadas  los  puntos  más  arriesga- 
dos de  la  frontera  musulmana  ^.  Pero  en  medio  de  las  fatigas  de 


\  Mariana,  Htst.  Gen.  de  Esp.,  \\h.  XII,  cap.  IV:  Fabricio,  Biblioíh.  me- 
d iae  et  infímae  latinit.,  \ih.  X\U;  Auberto  Mireo,  De  Scripioribus  ecclesias- 
ticis,  cap.  392. — Alg^un  escritor  de  nuestros  dias  supone  que  el  arzobispo 
pronunció  la  oración  referida  en  diferentes  dias  é  idiomas:  otros  niegan  que 
asistiera  al  Concilio,  y  no  sin  alg-un  fundamento  (Florez,  España  Sagrada, 
tomo  III,  pág.  46  y  siguientes). 

2  Primeros  Anales  Toledanos,  Era  MCCLVII,  año  Í2V.). 

3  Don  Rodrigo  recibió  en  pago  de  los  servicios  prestados  al  rey  don  Fer- 
nando la  villa  de  Ouesada,  en  los  confines  del  nuevo  reino  de  Jaén;  pero  apo- 
derados de  ella  los  sarracenos,  pusieron  grande  empeño  en  fortificarla,  para 
que  les  sirviese  de  barrera  a  las  invasiones  cristianas.  Súpolo  el  arzobispo, 
y  al  frente  de  belicosa  hueste;  penetró  hasta  la  referida  villa,  apoderándose 
de  ella  á  fuerza  de  armas,  así  como  de  otros  quince  pueblos,  villas  y  fortale- 
zas comarcanos,  con  los  cuales  formó  lo  que  fué  desde  entonces  conocido  con 


416  hi?;toria  critica  de  la  literatura  espa?5ola. 

una  guerra  que  no  tenia  lin,  en  medio  de  los  sinsabores  de  una 
l»olílica,  1  que  sólo  pudo  dar  fisonomía  y  consistencia  la  prudente 
perseverancia  de  la  gran  Rerenguela  y  la  entereza  de  su  hijo,  no 
olvidó  el  arzobispo  las  letras  ni  las  artesa  y  mientras  con  pia- 
doso anheio  fomentaba  la  gran  fábrica  de  la  catedral  de  Toledo, 
que  empezada  en  1227,  calificaba  él  mismo  en  1243  de  opere  7m- 
rabili  \  cultivaba  las  Sagradas  Escrituras,  componiendo  un  no- 
tabilísimo Breviario  déla  Jlisloria  Católica  -;  y  correspondiendo 
á  los  deseos  de  San  Fernando,  trazaba  la  Historia  Gothica,  no 
sin  babor  antes. bosquejado  la  de  los  árabes.  Como  complemento 
de  la  Gothica,  añadía  en  un  libro  la  de  los  Ostrogodos,  Hunnos, 
Vándalos  y  Suevos,  y  reunía  en  otro,  no  menos  estimado  en  su 
tiempo,  la  de  los  Romanos,  á  fin  de  dai'  entera  idea  de  los  diver- 
sos linajes  de  gentes  que  habian  dominado  en  la  Península*^.  Á 
estas  importantes  y  difíciles  tareas,  interrumpidas  únicamente  por 
los  cuidados  de  la  guerra  y  por  el  solícito  afán  de  mantener  la 
integridad  y  lustre  de  la  cátedra  de  los  Eugenios  é  Ildefonsos, 
vino  á  poner  término  doloroso  la  inesperada  muerte  de  tan  ilus- 
tre metropolitano.  Empeñado  el  de  Tarragona  en  la  disputa  tan- 
tas veces  reproducida  de  la  supremacia,  no  bien  restituido  don 


titulo  de  Adelantamiento  de  Cazorla,  estado  que  perteneció  ala  mitra  toledana 
hasta  el  siglo  XVI. 

1  Chronico  Rerum  Gestarum  in  Hispania,  lib.  IX,  cap.  XIII. — Véase  tam- 
bién nuestra  Toledo  Pintoresca,  pág-.   14. 

2  El  título  latino  es:  Breviariiim  Ecclesiae  Catholicae,  compilatum  a  Ro- 
derico  Toletanae  Ecclesiae  sacerdote.  Guárdase  esta  obra  en  la  Biblioteca  Es- 
curialense,  .j.  X.  10;  códice  de  letra  coetánea,  escrito  en  pergamino  y  com- 
puesto de  292  fojas,  folio  real.  Cítanla  don  Nicolás  Antonio,  lib.  Vlil,  capí- 
tulo II  de  su  liibl.  Vetits,  y  Rodríguez  de  Castro,  tomo  II,  pág.  1522  de  la 
Española.    El  último  ofrece  curiosas  muestras  del  ¡Vis.  citado. 

3  Conservamos  el  título  de  Historia  Gothica  á  la  obra  que  es  vulgarmente 
conocida  con  el  de  Chronico  Rerum  Gestarum  in  Hispania,  porque  tal  fué  el  que 
le  puso  el  mismo  arzobispo,  como  lo  comprueban  los  más  antiguos  Mss.  que 
hemos  consultado,  y  lo  declara  el  mismo  autor  en  el  cap.  XXXIII  y  en  el  úl- 
timo de  la  Historia  arahum.  Y  debemos  añadir  que  no  es  indiferente  esta  cir- 
cunstancia en  la  apreciación  crítica;  pues  que  mostrando,  como  después  ve- 
remos, el  propósito  del  historiador,  justifica  en  parte  el  plan  de  su  obra, 
explicando  al  par  la  existencia  de  las  demás  compuestas  por  don  Rodrigo. 


II.      PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VÜLG,  417 

Rodrigo  del  concilio  de  León  [1245],  se  vio  forzado  á  dar  la  vuelta 
á  Roma,  para  impetrar  de  Inocencio  lY  sentencia  definitiva;  y 
cuando  se  encaminaba  á  España,  obtenida  la  justicia,  se  vio 
asaltado  en  el  Ródano  de  mortal  dolencia,  pasando  de  esta  vida 
en  1247  '. 

Al  contemplar  ese  conjunto  de  obras  históricas  que  recomien- 
dan á  la  posteridad  el  nombre  del  arzobispo  don  Rodrigo,  no  hay 
para  qué  decir  que  despiertan  desde  luego  nuestra  atención  las 
de  los  Godos  y  los  Árabes,  y  más  principalmente  la  primera, 
por  el  influjo  directo  é  inmediato  que  ejerce  en  el  desarrollo  lite- 
rario, que  vamos  estudiando.  El  intento  del  arzobispo,  al  cumplir 
los  mandatos  del  conquistador  de  Córdoba  y  Jaén,  no  podia  ser 


i  Mariana  {Hist.  gen.  de  España,  lib.  XIII,  cap.  V)  dá  el  nombre  de 
Gregorio  IX  al  pontífice  que  en  1247  resolvió  la  cuestión  de  primacia;  pero 
esto  no  puede  ser:  Gregorio  murió  en  21  de  agosto  de  1241,  sucediéndole 
Celestino  IV,  al  cual  reemplazó  Inocencio  IV,  en  26  de  junio  de  1243,  des- 
pués de  un  doloroso  interregno. — El  cadáver  de  don  Rodrigo  de  Rada  fué 
traído  á  España,  y  sepultado  en  el  monasterio  de  Huerta,  á  la  raya  de  Ara- 
gón, habiéndosele  hecho  varios  epitafios,  á  cual  más  laudatorio:  el  más  co- 
nocido es  el  siguiente: 

Mater  Navarra,  Nutrix    Castella, 
Schola   ParisÍQS,  Sedes  Toletum, 
Horta   Mauseolum,  Requies  coelum. 

Mariana  lo  tradujo,  diciendo: 

Navarra  me    engendra,    Castilla   me   cria: 

Mi    escuela  Paris,   Toledo  itii  silla: 

£a   Huerta  mi   entierro;   tú  al  cielo   me  guia. 

El  Panegírico,  reproducido  por  casi  todos  los  que  han  hablado  de  don 
Rodrigo,  fué  escrito  por  un  monje  de  Huerta,  coetáneo  del  arzobispo  y  lla- 
mado Ricardo,  según  constaba  en  una  gran  tabla  que  se  conservó  hasta  los 
últimos  tiempos  al  lado  del  sepulcro.  En  1766  se  hizo  en  este  un  reconoci- 
miento de  orden  del  abad  fray  Rafael  Cañibano  y  en  presencia  del  prior,  dos 
ex-abades  y  treinta  y  nueve  monjes,  hallándose  el  cuerpo  del  arzobispo  casi 
íntegro,  vestido  de  pontifical,  con  un  anillo  en  la  mano  derecha,  una  cruz  de 
San  Juan  al  pecho,  y  un  pergamino  rollado,  en  el  cual  constaba  su  resolución 
de  ser  enterrado  en  aquel  monasterio,  tomada  desde  1201  en  Paris  {Noticia 
del  vener.  don  Rodrigo  Ximenez,  Pap.  Var.  de  la  Acad.  de  la  Hist.,  M.  127). 
Debemos  añadir  aquí  que  el  académico  Lafuente  ha  reunido  en  el  expresado 
Elogio  de  don  Rodrigo  curiosos  datos  sobre  su  vida,  insertando  el  Panegírico 
latino   y  los  epitafios  en  uno  de  sus  Apéndices. 

TOMO  III.  27 


41  «5  FIISTOIUA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

más  plausible,  según  queda  arriba  insinuado:  trazando  una  his- 
toria general,  en  que  se  pusieran  de  relieve  las  gloriosas  hazañas 
de  los  principes  y  magnates  que  se  ufanaban  con  llevar  en  sus 
venas  sangre  visigoda,  dirigió  principalmente  sus  miradas  á  la 
investigación  de  los  orígenes  y  expediciones  de  aquel  pueblo  que 
en  lucha  y  comercio  muchos  años  con  la  civilización  romana, 
acabó  por  apoderarse  de  las  comarcas  más  florecientes  del  Impe- 
rio. Causa  fué  este  reconocido  é  interesado  propósito  de  que  ape- 
nas salido  el  arzobispo  historiador  de  los  tiempos  fabulosos,  cuyos 
personajes  admite  con  sobrada  credulidad,  pase  de  largo  por  la 
historia  de  la  conquista  y  dominación  de  Roma  en  nuestro  suelo; 
vacio  que  hubo  sin  duda  de  advertir  después,  atendiendo  á  lle- 
narlo con  el  libro  especial  ya  mencionado.  Pero  invertido  el  pri- 
mero de  la  Jlistoria  Golhica  en  estos  dudosos  preliminares,  que 
tienen  principio,  dando  á  conocer  la  situación  geográfica  de  Eu- 
ropa y  las  generaciones  dn  Jafet,  presenta  ya  en  el  segundo  al  pue- 
blo visigodo,  capitaneado  por  Atanarico  y  después  por  Alarico  y 
Ataúlfo,  dirigiéndose  4  turnar  definitivo  asiento  en  las  regiones 
occidentales,  y  avasallando  en  ellas,  y  sobre  todo  en  nuestra  Pe- 
nínsula, á  las  demás  naciones  bárbaras  que  le  habían  precedido  en 
la  conquista.  Narrada  después  toda  aquella  parte  de  la  historia  de 
la  nación  visigoda,  que  bien  pudiera  considerarse  como  su  siglo 
de  oro,  comienza  el  libro  tercoro  con  la  peregrina  elección  de 
Waraba,  abarcando  hasta  la  invasión  sarracena,  no  sin  ponderar 
la  soltura  de  AVitiza  y  la  liviandad  de  Rodrigo,  causas  inmediatas 
de  la  corrupción  y  ruina  de  los  visigodos.  La  impremeditada  vi- 
sita del  palacio  encantado  y  la  violación  de  la  Cava,  sucesos  am- 
bos hijos  de  la  tradición  popular,  hallan  también  cabida  en  este 
libro,  notable  por  sus  curiosos  pormenores  sobre  la  conquista  mu- 
sulmana '. 


\  Digno  es  de  loncrse  muy  en  caonla  el  que  toman  nuevo  valor  en  nues- 
tros (lias  los  trabajos  di?l  arzobispo  don  Rodrigo,  conocidos  los  últimos  estu- 
dios hechos  por  los  que  se  precian  de  arabistas,  respecto  de  la  invasión  y  con- 
quista de  España  por  los  mahometanos.  La  relación  del  entendido  R.  Dozy 
en  su  novísima  Historia  de  los  Musulmanes  de  España,  tanto  mas  digna  de 
tenerse  en  cuenta  cuanto  que  declara  haber  consagrado  á  estas  difíciles  tareas 
el  espacio  de  veinte  años,   es  sin  duda  la  prueba  más  terminante  del  esmero 


II.*   PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.  VULG.  419 

Desde  el  alzamiento  de  don  Pelayo  hasta  la  institución  de  los 
jueces  de  Castilla  objeto  es  del  libro  cuarto,  en  el  cual  se  re- 
cogen ya  las  piadosas  creencias  de  la  muchedumbre,  así  res- 
pecto del  feudo  de  las  cien  doncellas,  padrón  de  infamia  para  el 
nombre  de  Mauregato,  como  de  la  construccioij  de  la  cruz  de  Al- 
fonso el  Casto  '  y  de  la  aparición  de  Santiago  en  la  batalla  de 
Clavijo,  mientras  por  otra  parte  se  rechazan  las  fábulas  que  atri- 
buían á  Cario  Magno  la  conquista  de  casi  toda  España  2.  Con  la 
muerte  de  Alfonso  YI  de  Castilla  termina  el  libro  sexto,  compren- 
diéndose en  este  y  el  anterior  uno  de  los  más  interesantes  perío- 
dos de  la  restauración  cristiana,  pues  que  presentando  el  naci- 
miento y  progreso  de  la  monarquía  central,  encierra  las  hazañas 
de  los  héroes  más  populares,  tales  como  Fernán  González  y  el 
Cid  Campeador,  señalando  al  par  el  perigeo  del  poder  sarraceno 
con  la  destrucción  del  Califato  de  Córdoba  y  la  pérdida  de  Toledo 
y  de  sus  tierras.  El  sétimo,  no  menos  importante,  alcanza  hasta 
las  terribles  expediciones  de  Yacub  Almanzor,  dando  á  cono- 
cer los  preparativos  de  la  gran  cruzada  que  en  las  gargan- 


é  inteligencia  con  que  el  arzobispo  don  Rodrigo  consultó  y  utilizó,  no  sólo 
en  su  Historia  de  los  árabes,  sino  en  la  Gothica  que  ahora  examinamos,  los 
escritores  mahometanos  que  habían  florecido  hasta  su  tiempo. 

i  La  cruz  de  Alfonso  el  Casto,  que  seg-un  la  piadosa  tradición  ovetense, 
consignada  ya  en  los  cronicones  del  siglo  XII,  fué  construida  por  los  ánge- 
les, de  cuyo  hecho  tomó  el  nombre  que  aun  hoy  lleva,  es  uno  de  los  mo- 
numentos más  importantes  de  las  artes  espafiolas  en  el  siglo  IX.  Sobre  re- 
velar de  una  manera  indubitable  la  tradición  artística,  en  la  forma  que  hemos 
demostrado  en  nuestro  libro  áslArte  latino  bizantino  en  España,  ofrece  la  sin- 
gular circunstancia  de  hallarse  enriquecida  por  varios  sellos  y  camafeos  grie- 
gos y  romanos,  de  extraordinario  mérito,  los  cuales  representan,  entre  otros 
asuntos,  una  Minerva,  una  Cibeles,  una  Bacante,  un  Dragan  y  una  Psiquis. 
Esto  prueba  el  respeto  que  el  II. °  Alfonso  tributaba  á  la  antigüedad,  y  es  un 
argumento  indestructible  de  la  influencia  que  esta  ejerce  en  toda  la  edad  me- 
dia. La  Cruz  de  los  Ángeles  ha  sido  publicada  en  magnífica  crorao-litografia 
por  la  Comisión  de  los  Monumentos  Arquitectónicos  de  España,  obra  donde 
ofrecemos  una  descripción  tan  exacta  como  nos  ha  sido  posible. 

2  «Tíonnulli  istorum  fabulis  inhaerentes,  ferunt  Carolum  civilates  pluri- 
mas,  castra,  et  oppida  in  Hispaniis  acquisisse,  multaque  praelia  cum  arabi- 
bus  slrenue  perpetrasse,  et  stratam  publicara  a  Gallis  et  Gemianía  adSanetum 
Jacobum  recto  itinerc  direxisse»,  etc.   (Lib.  IV,  cap.  X). 


420  HISTORIA    CRÍTICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

tas  ác  Miiradal  debia  lavar  la  desastrosa  afrenta  de  Alarcos. 

Á  consignar  todos  los  hechos  que  preceden  al  triunfo  de  las  Na- 
vas de  Tolosa,  desde  que  las  huestes  coligadas  se  reúnen  al  pié  de 
los  muros  de  Toledo  hasta  que,  después  dé  recobrada  Calatrava, 
abandonan  los  ultramontanos  aquella  noble  empresa;  á  describir 
menudamente  la  referida  batalla,  tomando  en  cuenta  el  inmenso 
holin  que  logran  en  ella  los  cristianos,  así  como  las  grandes  venta- 
jas que  reportan,  apoderándose  de  numerosos  castillos  y  fortale- 
zas; y  finalmente,  á,  bosquejar  la  muerte  del  ilustre  príncipe,  que 
habia  tributado  al  cristianismo  servicio  tan  memorable,  está  con- 
sagrado el  libro  octavo.  El  breve  é  insignificante  reinado  de  Enri- 
que I  y  el  gloriosísimo  de  doña  Barenguela  y  Fernando  III  ocupan 
el  noveno  y  último,  si  bien  sólo  se  extiende  hasta  el  año  de  1243, 
en  que  el  arzobispo  puso  fin  á  la  Ilistoria  Gothica  ^ .  La  claridad 
y  magnitud  de  los  sucesos,  y  la  circunstancia  de  ser  narrados 
por  uno  de  los  principales  personajes,  que  en  ellos  intervienen, 
comunican  á.  esta  parte  interés  extraordinario. 

Una  obra  pues  que  abarcaba  tan  largo  espacio  de  tiempo,  dando 
no  escasa  representación  á  las  tradiciones  populares,  y  compren- 
diendo bajo  una  misma  narración  los  principios  y  sucesivo  engran- 
decimiento de  las  diversas  monarquías  nacidas  de  los  escombros 
del  imperio  visigodo;  una  obra  sometida  á  un  plan  propiamente  his- 
tórico, y  escrita  en  un  latín  muy  superior  á  cuanto  se  conserva  de 
aquella  edad  *,  debia  ser  y  fué  en  efecto,  al  mediar  del  siglo  XIII, 
una  verdadera  novedad  literaria,  ejerciendo  notable  influencia,  ó 
mejor  dicho,  dando  nuevo  aliento  y  vida  á  los  ensayos  que  habían 
tenido  por  forma  primera  los  descarnados  Anales,  escritos  en  los 


i  Al  final  escribe;  «Hoc  opusculum,  ut  sclvi  el  potui,  consumavi  anno 
Incarnalionis  Domini  millessimo,  ducentcssimo  quadragessimo  tertio,  aera 
millessima  ducentessima  octogessima   prima»,  ele. 

2  Justo  Lipsio  en  las  notas  á  los  libros  PoUlicornm,  \\h.  I,  cap.  9,  decia 
que  fué  don  Rodrigo  autor  tan  bueno  cuanto  pudo  dar  de  sí  aquel  siglo:  «esse 
honum  quantum  potuit  tali  aevo».  El  doctorante  de  Nebrija,  primer  editor 
de  la  Historia  Gothica,  habia  dicho:  «Sermo  ille  incultus  obtusaquestyli  acies 
))non  illi  mérito  iure  ausus  fuerim,  sed  potius  infoelici  illi  saeculo,  in  quo 
«pene  res  Iliteraria  obdormierat,  vixque  aliquis  eloquena  saltem  diaertux  re- 
»¡ierliix  estn  (Edic.  de  Granada  MCXLV,  in  1*  Praefatione). 


n.     PARTE,    CAP.    Víll.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  421 

primeros  dias  de  la  misma  centuria.  Pero  ünicaraínte  podrá  qai- 
latarse  el  efecto  que  en  el  desarrollo  de  la  historia  vulgar  produjo 
la  aparición  de  la  Got/uca,  cuando  se  repare  en  que,  dando  él 
egemplo,  tres  siglos  adelante  seguido  por  el  docto  Mariana,  la  puso 
el  mismo  don  Rodrigo  en  lengua  romance,  ya  cediendo  al  deseo 
deque  fuese  más  generalmente  conocida,  ya  obedeciendo  los  pre- 
ceptos de  Fernando  III,  lo  cual  parece  más  probable,  atendida  la 
predilección  que  mostró  el  rey  al  idioma  castellano,  mandando 
trasferir  al  mismo  las  obras  que  á  la  sazón  lograban  mayor  esti- 
ma. Nuestros  más  eruditos  bibliógrafos  han  apuntado  ya  diferentes 
veces  este  importante  hecho ;  y  sin  embargo  todavía  no  se  ha  re- 
suelto por  ninguno  cuál  de  las  muchas  versiones  que  poseemos  de 
la  Historia  Goíhica,  es  la  debida  al  arzobispo.  Perplejos  andaría- 
mos también  nosotros ,  si  no  hubiéramos  examinado  en  la  selecta 
Biblioteca  Toletana  un  precioso  códice,  escrito  en  pergamino,  cuya, 
antigüedad  no  puede  ser  puesta  en  duda ,  ora  lo  contemplemos 
bajo  el  aspecto  de  la  paleografía,  ora  bajo  el  de  la  filología  '. 


1  El  códice  á  que  nos  referimos,  es  el  que  existe  en  el  Caj.  26,  núm.  23  de 
la  citada  Biblioteca  de  los  Canónigos  de  Toledo:  consta  de  setenta  y  tres  fojas 
en  4.°  español,  de  letra  clara  y  bien  formada,  semejante  á  la  emp'eada  en  los 
privilegios  rodados  del  tiempo  de  San  Fernando  y  su  hijo,  é  igual  á  los  carac- 
teres de  códices  coetáneos  y  de  inscripciones  grabadas  en  vasos,  chapas  y  otras 
joyas  de  aquella  edad.  Entre  otros  testimonios  análogos  y  fehacientes,  citare- 
mos el  celebrado  códice  del  Fuero  Juzgo  de  Murcia,  de  que  publicó  la  Real 
Academia  de  la  Lengua  un  curioso  facsímile  en  el  prólogo  de  su  excelente 
edición  de  aquel  monumento,  y  la  bellísima  taza  de  cristal  de  roca,  engarzada 
en  oro,  que  se  conserva  en  el  relicario  de  la  catedral  de  Sevilla,  exornada  con 
leyendas  de  los  salmos.  En  uno  y  otro  documento  ofrece  la  escritura  la  ma- 
yor semejanza  con  el  Ms.  de  que  tratamos,  lo  cual  no  carece  de  peso  en  la 
estimación  crítica.  Inclinado  á  esta  opinión,  aunque  sin  entrar  en  el  examen 
paleográfico,  se  mostró  ya  el  erudito  don  Juan  Bautista  Pérez,  de  cuya  letra 
es  la  siguiente  nota  que  se  lee  en  la  primera  foja  del  códice:  «Esta  es  la  His- 
))toria  de  don  Rodrigo,  arzobispo  de  Toledo  y  es  en  romance;  y  según  su  ma- 
))nera  y  slilo  deviera  de  ser  de  aquel  tiempo:  y  en  el  trasladar  añide  muchas 
))cosas  el  trasladador  de  suyo  que  dan  gran  luz  á  la  verdad  de  la  historia  que 
)>no  están  en  la  latina,  y  ansy  es  este  libro  de  mucha  estima».  Al  final  halla- 
mos esta  advertencia,  de  la  misma  letra  de  todo  el  Ms.  :  «  Fata  aqui  escripso 
wel  arcobispo  don  Rodrigo,  anno  domini  m. ce. xLm  anuos,  era  mili  ccLxxxi  á 
wlos  XXVI  annos  que  regnaiia  el  rey  clon  Ferrando  et  á  los  XXXtlI  anuos  quti 


422  HISTORIA    CRlllCA    I>E    l.A   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Y  sube  de  puntp  su  importancia,  al  cousiderarlo  cual  monumento 
literario;  pues  que,  si  bien  reconoce  por  base  y  fundamento  la 
menciónala  Historia  Gothica ,  no  solamente  hallamos  en  él  alie- 
rada  la  distribución  y  reducido  grandemente  el  número  de  los 
capítulos,  suprimidos  algunos  ó  abreviados  muchos  pasajes ,  sino 
que  encontramos  á  menudo  curiosas  adiciones  y  rasgos  altamente 
originales,  que  prestando  no  escaso  interés  á,  la  historia  caste- 
llana, prueban  hasta  donde  es  posible  su  autenticidad,  recomen- 
dándola muy  eficazmente  al  aprecio  de  los  doctos.  Imposible  nos 
parece  en  efecto  que  nadie,  viviendo  don  Rodrigo  ó  muy  reciente 
su  respetable  memoria,  hubiera  osado  introducir  en  la  obra  de 
mayor  extensión  y  mérito  que  habia  salido  de  sus  manos,  y  dedi- 
cada al  rey  don  Fernando,  como  el  libro  latino,  semejantes  varia- 
ciones; y  cuando  vemos  por  otra  parte  que  las  traducciones  hechas 
en  la  segunda  mitad  de  aquel  siglo  y  aun  en  el  siguiente,  se  ajus- 
tan más  estrictamente  al  original,  razón  juzgamos  tener  para  dar 
por  sentado  que  sólo  cabe  en  lo  verosímil  el  que  fuera  el  arzobispo 
quien,  usando  del  mismo  derecho  que  asistió  á  Mariana  al  roman- 
zar su  Historia,  modificara  el  plan  de  la  Gothica,  abreviándola  é 
ingiriendo  en  ella  nuevos  accidentes  y  pormenores,  que  no  creyó 
tal  vez  dignos  de  la  narración  latina.  Toman  estas  observaciones 
mayor  consistencia,  notando  que  las  indicadas  supresiones,  varia- 
ciones y  aditamentos,  que  empiezan  ya  en  el  mismo  prólogo,  dife- 
rente en  gran  manera  del  latino  y  sus  traducciones  ',  insisten 


»él  fué  arcobispo,  el  vacó  entoz  la  siet  de  Roma  un  anuo  el  VIH  meses  et  X 
))d¡as,  muerlo  Gregorio:  después  fisieron  á  Sinobaldo,  que  fué  lamado  Inocen- 
wcio  quarto».  Del  estado  de  la  leng-ua  podrán  juzgarlos  lectores  por  los  pasa- 
jes que  en  el  texto  insertamos,  comparándolos  con  los  de  oíros  documentos 
coetáneos. 

1  Siguiéndose  en  casi  todas  las  traducciones  el  texlo  latino,  comienza  el 
prólogo  de  esta  manera:  «La  leal  anligüedad,  el  antigua  leatad  de  los  pry- 
wmeros  syenpre  fue  guiadora  et  mostradora  de  los  que  después  vinieron;  ca 
))los  prymeros  por  las  cosas  que  estauan  fechas  antes,  entendieron  las  cosas  de 
»D¡os,  que  nosotros  con  estos  ojos  corporales  non  podemos  ver»,  ele.  (Bibl. 
Escur.,  V.  ij.  5;  Bibl.  Nación.,  F.  133,  ele).  El  de  la  redacción  castellana  de 
don  Rodrigo  empieza:  aSonnor,  pues  á  la  uucslra  real  Mageslat  plogo  cnuiar- 
»me  preguntar  si  sabia  algunas  cosas  de  los  fechos  que  acacscieronen  Espan- 
»na,  también  de  los  prcsscntes  como  de  los  passados,  que  me  curiase  de  uo» 


II.      PAUTE,    CAP.    VJJI.    l'imi.    HI5T.    Y    PROS.    VULG  423 

priucipalrneiite  en  la  última  parte  de  la  historia,  y  con  especialidad 
en  la  descripción  de  la  batalla  de  las  Navas,  más  dramática  é  in- 
teresante aun  en  la  crónica  romanzada  (¡ue  en  la  historia  primitiva. 
Y  al  advertir  por  último  que  sólo  en  esta  versión  se  ha  respetado 
el  pensamiento  que  abrigó  el  arzobispo  don  Rodrigo,  al  trazar  su 
obra,  conservándole  el  título  de  Estoria  de  los  Godos,  único  que, 
visto  su  especial  propósito,  podia  á  la  sazón  cuadrarle,  no  tememos 
aventurarnos  en  demasía,  sí  damos  por  resuelto  que  encierra  el  có- 
dice toletano  la  verdadera  traducción  de  la  Ilisloria  Gothica,  de- 
bida al  arzobispo,  ó  con  mayor  exactitud,  la  redacción  castellana 
de  la  misma  historia  ^ 

Insinuado  dejamos  que  ofrece  esta  igual  extensión  de  tiempo 
que  la  latina,  si  bien  comienza  con  el  diluvio  de  Noé ,  invirtiendo 
los  capítulos  segundo  y  tercero  en  dar  á  conocer  su  descendencia 
y  la  de  sus  hijos.  Entrado  ya  en  materia,  sigue  el  arzobispo  sus- 


Mfaser  bien  cierto  ó  por  libros  ó  por  oyilas  ú  por  mi  mismo,  yo  non  faí  osado 
))cle  uos  non  responder,  magfüer  bien  sé  que  ensayé  de  responder  á  grand  cosa, 
))commo  omne  non  abastado  de  sesso  nin  de  coraeon»,  etc.  Debe  notarse 
igualmente  que  en  este  prólogo  se  menciona  á  Estacio  entre  las  autoridades 
históricas,  diciendo  :  «Et  de  Claudio  Tolomeo  que  escreuió  el  mundo  et  sus 
fechos  et  de  Stacio  que  escreuió  la  Estoria  Gótica,  et  Pompeo  Trogo»,  etc.  No 
citándose  el  nombre  de  Estacio  en  el  prólogo  latino,  ¿qué  escritor  de  media- 
dos del  siglo  XIII  osarla  alterar  el  texto  de  don  Rodrigo,  asignando  á  su  his- 
toria una  fuente  más  que  él  no  habia  determinado?...  Esta  circunstancia  ñus 
parece  de  sumo  peso  en  la  investigación  que  vamos  haciendo* 

i  La  primera  versión  de  la  Historia  Gothica  lleva  este  título  :  «  Corónica 
))que  Maestro  Rodrigo,  arcobispo  de  Toledo,  conpuso,  rogado  por  don  Fernan- 
))do,  rey  de  Castiella»  (Bibl.  Nac,  cód.  F.  36). Los  códs.  V.  ij.  5  y  F  133  de 
las  Bibliotecas  Escurialense  y  Nacional,  y  otros  muchos  que  hemos  consulta- 
do, la  nombran  también  Crónica,  Chronica  ó  Corónica  de  España,  dando  á  en- 
tender que  se  habia  perdido  ya  de  vista  el  pensamiento  que  abrigó  el  arzobispo, 
al  trazar  su  obra:  en  el  códice  toletano  se  lee  :  «  Aqui  conpiesa  la  Estoria  de 
nlos  Godos,  et  compúsola  don  Rodrigo,  arcobispo  de  Toledo  et  confirmador  de 
»las  Espannas».  Se  vé  claramente  por  esta  y  por  las  observaciones  expuestas, 
que  quien  así  quitaba,  ponia  y  alegaba  nuevas  autoridades,  conservando  con 
toda  fidelidad  el  pensamiento  primitivo,  no  podia  s.er  otro  que  el  mismo  don 
Rodrigo.  Mas  porque  la  novedad  é  importancia  de  esta  investigación  lo  re- 
quiere, y  para  que  no  quede  duda  alguna  de  nuestras  observaciones  ,  consa- 
graremos á  este  punto  una  de  las  ¡Itistraciones  del  presente  volumen. 


4*24  HISTORIA    crítica    nii    LA    LliERATüRA    ESPAÑOLA. 

taucialraente  el  plan  adoptado  para  la  primera;  y  extractando  ge- 
neralmente y  poniendo  alguna  vez  en  romance  la  relación  latina, 
reduce  casi  á  la  mitad  el  número  de  los  capítulos  de  (]ue  aquella 
se  componia,  reconcentrando  asi  el  interés. do  los  hechos  por  él 
referidos,  y  poniéndolos  más  fácilmente  al  alcance  de  los  lectores 
castellanos,  no  avezados  todavía  á  la  lectura  de  gruesos  volúme- 
nes en  prosa.  Digno  es  de  consignarse  que ,  á  pesar  de  ese  cons- 
tante empeño  de  reducir  á  términos  más  breves  la  Estoria  de  los 
Godos,  empeño  contrario  al  que  mostraron  después  todos  los  tra- 
ductores é  imitadores  de  don  Rodrigo,  cuando  este  se  refiere  á  las 
tradiciones  populares,  á  que  dá  por  vez  primera  plaza  en  la  nar- 
ración histórica,  como  que  se  olvida  algún  tanto  de  aquel  propó- 
sito, deteniéndose  á  presentarlas  con  su  más  fantástico  colorido. 
Llegando  á  mencionar  la  aventura  del  palacio  encantado  de  To- 
ledo, escribía: 

«Auie  eslonz  en  Toledo  un  palacio  que  un  rey  fiziera  execútar  et  puso  y 
))un  cannado;  el  puso  por  fuero  el  por  ley  que  nunqua  abricssen  aquel  pa- 
Mlacio,  et  cada  rey  que  viniesse  que  posiesse  y  su  cagnado:  et  asy  fasta  el 
))tienpo  del  rey  Rodrigo,  pues  el  non  auiendo  guerra  nin  coyta  nin  men- 
))gua,  creció!'  coracon  por  saber  si  auie  Ihesoro  en  aquel  palalio,  et  non  quis' 
wescuxar  por  conseio  de  los  suyos,  et  fico  abrir  el  palalio  el  non  falaron  y 
))mas  de  una  arca,  el  ya  alli  non  pud  seer  granl  Ihesoro,  como  e'l  coibdó:  et 
«abrieron  el  arca  et  fallaron  y  un  panno  de  seda  preciado,  á  formas  de 
))omnes  et  escripto  aderredor:  las  formas  de  los  omnes  que  eran  con  barbas 
))luengas  el  locas  en  las  cabescas  et  ueslidos  anchos  como  almexías:  las  le- 
))tras  griegas,  ebráicas  et  latinas  et  aráuigas,  et  todas  dicien  esta  ra9on:  «Al 
))tienpo  quesle  palalio  sea  abierto  et  esta  arca  catada  el  este  panno  sacado, 
))se  perderá  Espanna,  el  perderán  godos  su  regno  et  ganarán  yentes  desla 
))facion  que  son  aqui.»  Et  el  rey  Rodrigo  en  que  vido  eslo,  no  falo  y  theso- 
))ro,  como  el  cuydaua:  demás  oyó  tan  mal  mandado  et  ouo  miedo  el  pésol', 
wet  fiso  el  panno  tornar  á  su  arca  et  cerraron  el  palalio  de  como  ante  era»  *. 

Narrando  más  adelante  la  batalla  de  Clavijo ,  de  cuya  autenti- 
cidad han  dudado  notables  historiadores,  cuenta  así  la  aparición 
de  Santiago : 

«Estonz  vino  sobre  el  rey  granl  poder  de  moros:  el  rey  temióse  quera 
))granl  poder,  el  aleóse  con  su  poder  en  un  casticllo  flauio.  El  de  noch  como 
wen  vesion,  como  en  suenno  apares^iól'  al  rey  Remiro  Sancliague  en  sem- 

1     Cap.  XXXVIÍ. 


II.*    PARTEj    CAP.    Vil!,    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VÜLG.  42a 

«blanca  de  caualleroetdixol: — «Non  lemas:  yo  so  el  apóstol  Sancl  lago;  li- 
))dia  et  vencer  ás».  Otro  dia  contó  esta  vesion  á  los  obispos,  et  ouieron  grant 
))goco:  entraron  en  la  facienda  et  á  la  maior  priesa  aparecióles  Sanct  lago 
))vesiblemente,  con  poder,  en  cauallo  blanco,  armas  blancas  et  senna  blan- 
))ca;  et  desent  aquá  es  costumbre  oy  en  dia  decir  en  fa»jienda:  Diox  ayuda, 
))et  Sandia gue.  Plogo  á  Dios,  venció  el  rey  don  Remiro  ;  priso  muchos  et 
))mató  de  los  moros  mas  de  Lxx  mili.  Estonz  priso  el  rey  Clauigio  et  Al- 
))bayda  et  Calagurra;  et  diól  et  estableciól  que  ouiese  Sanctiague  una  ca- 
))ualleria  en  sus  caualgadas  que  foé  por  costumbre,  et  asy  es  oy  dia  en 
yalgunas  fronteras»  •. 

Pero  si  al  introducir  en  la  Esloria  de  los  Godos  estas  y  otras 
no  menos  peregrinas  tradiciones  vulgares,  obedecía  e!  arzobispo  la 
imperiosa  ley  reconocida  por  todos  los  historiadores  primitivos, 
pagando  á  la  poesía  popular  respetuoso  tributo  2,  no  menos  soli- 
cito se  manifestaba  de  la  buena  fama  y  gloria  del  cristianismo,  al 
recordar  los  triunfos  alcanzados  sobre  el  Islam  y  al  describir  aque- 
llos en  que  había  tenido  parte.  Ya  hemos  indicado  que  es  la  batalla 
de  las  Navas  de  Tolosa  el  suceso  de  más  bulto  y  trascendencia  de 
cuantos  acaecen  en  su  tiempo ,  notando  al  par  que  ofrece  acaso 
mayor  interés  la  castellana  que  la  redacción  latina.  Mucho  senti- 
mos no  trasladar  toda  esta  animada  pintura ;  pero  á  fin  de  que 
pueda  ser  comparada  con  la  de  los  1.°^  Anales  Toledanos  ya 
trascrita,  comprendiéndose  sin  dificultad  alguna  los  considerables 
progresos  hechos  por  la  prosa  castellana  y  por  la  narración  histó- 
rica, formulada  en  romance,  bien  será  que  pongamos  aquí  algunos 
rasgos.  Determinada  la  situación  de  moros  y  cristianos,  al  darse  la 
señal  de  acometer,  dice: 

«Los  xripstianos  comencaron  de  sobir  por  fuerl  logar  et  los  moros  fecié- 
Mronlos  tornar  mucho  á  zaga.  Estonz  algunos  xrislianos  de  las  azes  de 
))Castiella  et  de  Aragón  aiuntaronse  á  la  primera  az:  los  castellanos  iidia- 
))uan  bien  otrosy;  pero  asi  semeió  que  algunos  quisieron  foyr,  et  dixo  el 
«rey  don  Alfon: — «Arcobispo  don  Rodrigo,  et  vosotros  obispos,  mal  dia  es 
))oy  para  mí  et  para  la  xrisliandat.  Nunqua  fues'  yo  nacido:  que  yo  seré, 
«vencido:  ©y  se  pierde  toda  Espanna.»  Todos  comencaron  de  lorar  con  e'l 


i     Cap.  L. 

2  Véase  lo  que  en  el  cap.  XIII  y  la  Ilustración  IV. ^  de  la  I.*  Parte  dejamos 
apuntado  sobre  esta  materia.  Don  Rodrigo  seguía  en  esto  (aunque  sin  delibe- 
rado propósito)  el  egemplo  de  Moisés,  Herodoto,  Livio,  etc. 


426  HISrOlUA    CRÍTICA    UE    LA    LlIEllAllUA    ESPAÑOLA. 

')el  para  conorlarlo,  et  dixolos: — «Varones,  oy  aquí  muramos   lodos:   non 

)iveanios  perdida  Espaiina.  Non  se  di-  ninguno  á  priísion:  anle  se  mate,  si 

»non  ouier  qui  lo  matar;  que  yo  asy  fan-,  amig:os  el  uasalos.»  Entre  lodos 

))dix  el  arcobispo:— Sennor,  si  ú  morir  lu(.'re,  todos  yrán  con  uusco  ú  pa- 

»rayso:  que  nin  queremos  morir,  nin  vevir  si  non  con  vos,  et  por  essoson 

xlodos  estos  aquí.  Mas  seel  seguro  et  non  lemades:  que  este  es  nuestro 

)»dia,  et  oy  venceredes  el  ganadores  prec-io;  ucngaredes  nuoslra  lionía,  el 

í)Dios  es  con  uusco.))...  Los  colpes  oran  grandes;   los  atanborps  sonauan; 

»feridas  las  trompetas,  semeiaua  que  el  mundo  se  Iraslornaua.  El  rey  don 

»Alfon  quebról  su  corazón  et  lorando  de  los  oios,  dixo: — «Castellanos,  oy 

«es  nuessodia:  calat  la  d'Alarcos.» — Pues  dixo: — «Aragoneses  el  nauarros, 

))catat  quáles  fustes  sienpre,  ca  hoy  es  nuestro  día.» — Vido  los  xrislianos 

«mal  trechos  et  quiso  descender  del  cauallo,  et  lorando  el  qucrelándose  á 

))Dios  quel'  fisiera  rrey,  et  que  naciera  á  fuert  piinclo  et  diriendo: — «Dios, 

)>sy  non  ueyes  á  mí,  acorre  á  tu  ley  que  se  pierde:  si  tú  eres   uerdadero 

«Dios,  que  prisisli  carne  de  Sancta  María,  el  tomesle  y  muerl  por  nos  pe- 

wcadores  que  aqui  esperamos  muerte  por  tí,  alúdanos;  ca  sin  tí  non  val- 

))dremos  nada.»  Enlanto  fueron  cobrando  xristianos,  et  dixo  el  rey  don 

».\!fon: — «A  por  Dios,  uayan  aiudar  á  la  delantera. n  Sallió  don  Garsiu 

))Royz  con  sus  ermanos  et  fuetes  aiudar:  don  Garsia  Remon  quiso  yrctre- 

))lóuolo  el  rey  á  su  fabla,  porque  fues'  después  meior  aiudar.  Dix  otra  vez 

»el  rey: — «Arcobispo  amigo  el  uosotros  obispos,  aqui  morit  comigo.»  Di- 

))xeron: — «Sennor,  morir  ó  uevir  con  vos:  mas  oy  ueneeredeset  uevireJes 

wel  gocaremos  con  uusco  '.» 

Cualquiera  que  sea  pues  la  opinión  de  los  eruditos  respecto 
de  la  autenticidad  de  la  Estoria  de  los  Godos,  no  puede  caber 
duda  en  que  más  (jiie  una  traducción,  es  una  redacción  nueva  y 
abreviada  de  la  Historia  Golhica,  anterior  á  la  llamada  Crónica 
General  del  Rey  Sabio,  quien  hubo  de  tener  entrambas  presen- 
tes, como  adelante  advertiremos.  Y  siendo  este  un  hecho  demos- 
trado, ¿quién  (repetimos)  podia  en  aquella  edad  desarrollar  un 
mismo  pensamiento  bajo  distintas  formas,  sino  el  autor  de  la 
obra  en  que  dicho  pensamiento  habia  aparecido  por  vez  primera? 
Que  á  ninguno  de  cuantos  romanzaron  la  Historia  Gothica  ocur- 
rió semejante  idea,  lo  dejamos  ya  apuntado  y  aun  probado  en  las 
páginas  anteriores ,  lo  cual ,  unido  á  las  demás  circunstancias 
también  notadas,  produce  en  nosotros  el  posible  convencimiento 
de  que  el  códice  toledano  encierra  la  histoi^ia  castellana,  debida 

\     Caps.  XCIV  y  XCV.  Véase  la  Ilustración  cürrcspüucliciilc. 


11."   PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    fflST.    Y   PROS.    YüLG.  427 

al  arzobispo  don  Rodrigo.  Pero  concedamos  por  un  instante  que 
aun  después  de  nuestras  investigaciones,  continúa  siendo  un  pro- 
blema para  la  crítica  la  designación  de  la  verdadera  historia  ro- 
manzada del  arzobispo:  lo  que  no  es  lícito  poner  un  momento  en 
duda,  lo  que  está  confirmado  ampliamente  por  los  hechos,  es  la 
influencia  que  la  historia  latina  y  la  vulgar,  cualquiera  que  ella 
sea,  tuvieron  en  la  república  literaria,  produciendo  desde  luego 
imitaciones  y  traducciones  que,  generalizando  los  conocimientos 
históricos,  dieron  á  este  linaje  de  estudios  inusitado  impulso. 

Prueba  de  esta  verdad,  entre  otros  monumentos  que  pudieran 
citarse,  es  la  Chrónica  de  los  Reys  de  Espanna,  que  se  custodia  en 
la  ya  citada  BibUoteca  de  Toledo,  y  parece  haber  sido  terminada 
en  1256  ',  y  la  versión  completa  de  las  obras  del  arzobispo,  poseí- 
da por  la  Biblioteca  Nacional  y  acabada  indudablemente  en  dicho 
año.  Recordando  unas  veces  la  forma  expositiva  de  los  Anales,  y 
adoptando  otras  la  narrativa  autorizada  por  el  egemplo  de  don 
Rodrigo,  abraza  la  primera  el  mismo  espacio  de  tiempo  compren- 
dido en  la  Historia  Gotliica,  si  bien  descartándose  de  todos  los 


\  La  Chrónica  de  los  Reys  de  Espanna  exisle  en  caj.  4,  n.°  31  de  la  Bi- 
blioteca Toledana,  conocida  con  el  título  de  Daretis  P/iri/gü  Historia  íro- 
yana,  etc.,  y  escrita  en  la  segunda  mitad  del  siglo  XIII.  También  hemos  exa- 
minado una  copia  antigua  entre  los  Mss.  de  Salazar  (que  posee  hoy  la  Acade- 
mia de  la  Historia)  marcada  M.  35  y  precedida  en  este  volumen  de  los  Ilf."'* 
Anales  toledanos.  Como  cabeza  de  estos,  publicó  el  erudito  Florez  los  once 
primeros  párrafos  de  la  expresada  Chrónica  en  el  tomo  XXUI  de  la  España 
Sagrada,  siendo  en  verdad  doloroso  que  permanezca  inédito  todo  lo  restante: 
en  el  número  doscientos  tres  llega  la  narración  al  año  de  1243,  en  que  se  lee 
esta  advertencia  que  pone  de  manifiesto  el  propósito  del  cronista:  «Esta  Chró- 
nica de  don  Rodrigo  fué  acabada  anno  Domini  MCCXLHI,  Era  MCCLXXXI.» 
El  erudito  Abella,  que  la  incluyó  en  el  tomo  VIII  de  sus  Escritores  coetáneos 
déla  Historia  de  España,  íó\.  180  y  siguientes,  expuso  la  opinión,  que  nos 
parece  aceptable,  de  que  hasta  este  punto  fué  escrita  la  Chrónica  de  primera 
mano,  continuándose  algún  tiempo  después  hasta  el  número  doscientos  doce 
y  en  el  cuarto  año  del  reinado  de  Alfonso  X.  De  cualquier  modo  este  trabajo, 
que  según  indicamos  en  el  texto,  no  puede  considerarse  como  una  simple 
traducción,  precede  á  la  Crónica  General  del  Rey  Sabio,  debiendo  advertirse 
queen  algunas  copias  se  han  intercalado,  como  parte  del  texto,  varias  notas 
marginales,  puestas  en  época  más  cercana,  lo  cual  debe  tenerse  muy  en 
cuenta  para  evitar  el  error,  á  que  pudiera  inducir  esta  circunstancia  fortuita. 


428  HISTüRlA    CKlllCA    ÜE    LA    LlTEllATUllA    E31'a5!OLA. 

sucesos  de  época  fabulosa  y  desechando  los  dudosos  orígenes  de 
los  g-odos,  entra  desde  la  segunda  rúbrica  en  la  relación  de  las 
expediciones  de  este  pueblo,  á  que  dá  principio  el  paso  del  Danu- 
bio en  la  Era  CXXY  (año  87  de  J.  C),  siendo  emperador  Dorai- 
ciano.  Acatando  casi  siempre  su  autoridad,  traduciéndole  á  me- 
nudo é  interpretando  acaso  arbitrariamente  sus  conceptos,  llega 
al  momento  en  que  el  arzobispo  terminó  su  obra,  añadiendo  los 
últimos  nueve  años  de  la  vida  del  rey  don  Fernando  y  adelantán- 
dose cuatro  en  el  de  don  Alfonso,  que  era  en  concepto  del  cro- 
nista «el  mas  largo  et  mas  noble  omnc  del  mundo». — El  len- 
guaje de  esta  Crónica,  sembrado  de  modismos  leoneses,  muy  se- 
mejantes á  los  que  caracterizan  el  poema  de  Alexandre,  y  la  dic- 
ción cargada  de  terminaciones  gallegas  y  aun  bables  ó  asturianas, 
especialmente  en  el  uso  de  los  artículos  y  pronombres,  le  impri- 
men cierta  üsonomia  particular,  persuadiéndonos  de  que  hubo  de 
ser  escrita  en  las  comarcas  aledañas  de  Asturias  y  Galicia. 

No  así  la  traducción  de  las  historias  del  arzobispo,  la  cual, 
juzgando  por  su  estilo,  fué  hecha  sin  duda  en  el  centro  de  Casti- 
lla. Circunscrita  al  texto  latino  en  cuanto  lo  consentía  la  rudeza 
del  romance,  no  amoldado  todavía  ala  narración  histórica,  divide 
no  obstante  algunos  capítulos,  tanto  de  la  Historia  Goíhica  como 
de  las  de  los  Romanos,  Vándalos  y  Ostrogodos,  aumentando  el 
número  total  de  los  mismos,  si  bien  respetando  la  materia  en  ellos 
contenida,  egemplo  que  no  fué  religiosamente  imitado  en  siglos 
posteriores  ^  Comprendiendo  pues  esta  importante  versión,  ter- 


l  Esta  versión  es  la  señalada  en  la  Biblioleca  Nacional  con  la  marca  F.  30, 
citada  anteriormente.  Dicho  códice  es  un  lomo  pergamino  avitelado,  folio 
real,  en  201  fojas,  escritas  á  dos  columnas  de  lotra  clara  del  sig'lo  XIII  decli- 
nante. Después  de  la  Coránica  del  Maestro  Hodrifjo  que  alcanza  al  fól.  104, 
contiene:  i.°  Esloria  de  los  romanos,  en  once  capítulos  (al  fól.  11 1  v.);  2.° 
Estaría  de  los  hugnos  et  vándalos  et  sueiios  et  alanos  el  selingos,  en  quince 
capítulos  (al  fól.  118);  3.°  Estaría  de  los  estragados,  en  seis  capítulos  (al 
ful.  120  V.);  i."  El  Libro  de  los  Árabes  después  del  prernipada  de  Mahamad, 
en  cincuenta  capítulos  (al  fól.  141).  Terminado  este  libro,  se  halla  otro  trata- 
do histórico  con  el  título  siguiente:  La  Estaría  de  Gerusalem  abreuiada:  tiene 
esta  noventa  y  nueve  capítulos,  y  ocupa  desde  el  fól.  141  v.  al  201  final. 
De  esta  última  obra  volveremos  á  tratar  mas  adelante,   así  como  tendremos 


Il/    PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  429 

minada  nueve  años  después  de  la  muerte  del  arzobispo,  todas  su9 
producciones  históricas  ',  injusto  seria,  y  más  que  injusto  repren- 
sible, el  negarle  la  influencia  que  tuvo  en  este  género  de  estu- 
dios, confirmada  al  propio  tiempo  en  las  imitaciones  que  de  la 
ílistoria  Gótica  se  hicieron;  ensayos  que,  como  la  Ckróm'ca  de 
los  Reys  de  Espanna,  abrieron  el  camino  á  la  llamada  Crónica 
general  del  Rey  Sabio. 

Imposible  seria  el  comprender  siquiera  el  pensamiento  que  ani- 
mó á  este  ilustre  monarca,  al  acometer  tan  ardua  y  colosal  em- 
presa, sin  tener  en  cuenta  todos  estos  monumentos,  recorriendo 
al  par  el  largo  espacio  que  media  entre  ellos  y  los  primeros  Ana- 
les, formulados  en  romance.  Cargo  es  este  que  puede  en  verdad 
dirigirse  á  todos  los  que  dentro  y  fuera  de  la  Península  han  pre- 
tendido hasta  ahora  trazar  la  historia  de  las  letras  españolas,  pre- 
sentando la  obra  de  don  Alfonso  como  el  primer  ensayo  de  la 
prosa  castellana,  cual  si  fuera  verosímil  suposición  semejante, 
hija  más  bien  de  la  incuria  que  de  la  falta  de  crítica  de  los  ex- 
presados escritores^.  Pero  ya  queda  plenamente  comprobado:  así 


también  ocasión  de  mencionar  otras  versiones  de  la  Historia  Gothica,  alguna 
<ie  las  cuales,  reproducida  en  multitud  do  traslados,  llegó  á  imprimirse  en 
Toledo  en  1493. 

i  Term'insiáo  el  Libro  de  los  Árabes,  íó\.  141,  leemos:  «Acabóse  en  Era 
de  mili  et  dosientos  et  nouenta  et  quatro»,  que  equivale  exactamente  al  año 
de  12o6,  cuarto  del  reinado  de  don  Alfonso.  De  modo  que  es,  como  vá  dicho, 
la  primera  versión  completa  de  las  obras  históricas  de  don  Rodrigo. 

2  A  la  verdad  es  notable  que  ni  Boutterwek,  ni  Sismondi,  ni  tantos  otros 
como  hasta  ahora  han  escrito  de  nuestra  literatura,  entre  los  cuales  no  puede 
olvidarse  el  nombre  del  diligente  Mr.  George  Ticknor,  hayan  sospechado  si- 
quiera que  antes  del  prodigioso  movimiento  que  toman  las  letras  bajo  los 
auspicios  de  Alfonso  X,  se  descubrieran  síntomas  de  este  mismo  desarrollo. 
Sobre  todo,  cuando  vemos  que  el  sabio  historiador  anglo-americano  asegura 
que  es  la  Crónica  General  la  primera  en  el  orden  cronológico  (í.^  Parte,  capí- 
tulo VIlí),  no  podemos  disimular  la  sorpresa  que  experimentamos,  resistién- 
dose nuestra  razón  á  creer  que  escritor  tan  erudito  haya  podido  asentar  esta 
proposición  con  la  meditación  necesaria.  Nuestros  lectores  ,  que  pueden 
ya  quilatar  por  sí  los  diferentes  grados  por  donde  vá  pasando  la  forma  histó- 
rica, desde  que  aparece  en  los  primeros  Anales  romanzados  hasta  que  llega  á 
la  Estoria  de  los  Godos  del  arzobispo  don  Rodrigo  y  á  sus  versiones  é  imita- 
ciones, juzgarán  si  pudo  darse  el  fenómeno  de  la  llamada  Crónica  General, 


430  Hlf^TORIA   CRITICA    DE   LA    LITERATURA   ESPAf50LA. 

romo  es  humanamente  imposible  el  considei'ar  el  incremenlo  y 
desarrollo  que  en  manos  del  expresado  monarca  recibe  la  poesía, 
sin  reconocer  antes  cuantas  producciones  alienta  la  musa  caste- 
llana hasta  mediar  el  siglo  XIII,  así  también"  es  contrario  á  las 
leyes  críticas  el  pretender  quilatar  los  esfuerzos  que  hizo  para  le- 
vantar la  historia  al  punto  en  que  la  vemos  en  la  citada  Cró- 
nica General,  sin  apreciar  debidamente  el  movimiento  de  los  es- 
tudios históricos,  tal  como  lo  dejamos  trazado.  Aun  cuando  sólo 
existiera  la  razón  cronológica,  debió  despertar  la  atención  de  los 
indicados  autores  la  indubitable  existencia  de  los  monumentos  re- 
feridos; y  ya  que  desconocieran  los  castellanos,  justo  parecia  ha- 
ber reparado  en  las  obras  latinas  de  Lúeas  Tudense,  y  sobre  todo 
en  las  del  arzobispo  don  Rodrigo,  las  cuales,  de  la  misma  suerte 
que  en  la  literatura  italiana  preparan  las  tareas  de  Jacobo  de  Yo- 
ragine,  Alfieri  y  Gofredo  de  Viterbo,  las  crónicas  vulgares  de 
Mateo  Spinello  y  Ricordano  Malaspina,  prepararon  en  nuestro 
suelo  la  Estoria  de  Espanna  del  Rey  Sabio  ' ,  alcanzando  también 
no  escasa  influencia  fuera  de  las  comarcas,  donde  se  hablaba  el 
castellano  -. 


sin  oslos  ensayos,  y  si  es  ó  no  digna  de  censura  la  crítica  que  cierra  los  ojos  a 
todos  estos  hechos,  privándose  al  par  de  los  medios  de  comprender  y  explicar 
el  extraordinario  espectáculo  de  la  Era,  personificada  en  Alfonso  X.  Esta  ma- 
nera de  incuria  ha  sido  indudablemente  causa  de  que  se  haya  Ueg^ado  hasta 
ol  punto  de  asegurar  que  la  prosa  española  comienza  sólo  en  el  siglo  XIV 
(Duquesnel,  Hist.  des  Lettres,  lomo  IV, — XXII,  pág.  336). 

1  Digno  es  de  advertirse  en  este  lugar  que  el  desarrollo  histórico  precedió 
en  España,  en  un  tercio  de  siglo,  á  los  primeros  ensayos  hechos  en  lengua 
italiana  con  el  mismo  intento. — El  docto  Tirabosehi  menciona  como  «prima 
opera...  scrila  in  prosa  vulgare»,  dándole  el  titulo  de  Giornale  (Slor.  della 
Letter.  ilal,  lib.  11,  cap.  IV),  una  especie  de  Anales  incluidos  por  el  diligen- 
tísimo Muratori  en  el  tomo  VII  de  sus  Script.  Rer.  ItaL  pág.  963,  y  debidos 
á  Matteo  Spinello  da  Giovenazzo.  Estos  Anales  comprenden  desde  1247  á 
i 268,  en  que  hubieron  sin  duda  de  escribirse.  En  el  mismo  capítulo  habla  de 
Kicordano  Mulaspina,  diciendo  que  «6  il  piu  anlico  scritlore  di  storia,  che 
abbia  avuto  Firenze»,  y  manifestando  que  puso  fin  á  su  crónica  en  1281, 
año  «in  cui  morí».  Por  manera  que  siendo  el  primero  de  mediados  del  si- 
glo XIII  y  el  segundo  de  fines  ,  queda  plenamente  comprobado  nuestro 
aserto. 

2  La  Historia  Gothica,  que  tenia  un  interés  general  en  todas  las  monar- 


II.      PARTE,    CAP.    VIH.    PRTM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  43\ 

Ni  fuera  tampoco  hacedero  dar  im  paso  en  el  examen  de  las 
demás  obras  que  forman  la  aureola  científica  y  literaria  de  tan 
esclarecido  príncipe,  olvidado  el  noble  empeño  con  que  acudió  su 
renombrado  padre  á  fomentar  la  civilización  española.  Heredando 
pI  ilustrado  espíritu  de  Alfonso  YÍII,  estatuidor  de  la  primera  es- 
cuela secular  que  existe  en  nuestro  suelo;  digno  discípulo  de  la 
ilustre  matrona  '  que  habia  exornado  su  frente  con  la  doble  dia- 
dema de  León  y  de  Castilla,  enseñándole  á  respetar  las  letras  y  las 
ciencias  y  á  distinguir  á  sus  cultivadores  con  honrosos  premios, 
habia  Fernando  IIl  logrado  imprimir  inusitado  movimiento  á  las 
letras  y  á  las  ciencias;  movimiento  que  no  solamente  se  revela  en 
la  manifestación  poética  y  bajo  el  aspecto  heróico-erudito  ya  ca- 
racterizado en  los  capítulos  precedentes,  sino  que  reflejándose  in- 
mediatamente en  la  literatura  latino-eclesiástica,  debia  también 
comunicarse  á  los  ensayos  hechos  hasta  su  tiempo  para  crear  la 
prosa  castellana.  Dentro  de  su  reinado  caen  pues  casi  todos  los 
raonum.entos  históricos  que  llevamos  examinados  en  el  presente 
capítulo;  y  si  cupo  á  su  virtuosísima  madre  la  honra  de  proteger 
las  tareas  de  don  Lúeas  de  Tuy,  suya  fué  la  gloria  de  promover 
los  trabajos  del  arzobispo  don  Rodrigo,  invitándole  á  poner  en 
romance  la  Historia  Gothica,  tantas  veces  citada,  mientras  diri- 
gía iguales  demandas  á  otros  no  menos  ilustres  varones,  para 
acaudalar  la  lengua  patria  con  los  tesoros  hasta  entonces  guar- 
dados en  el  retiro  del  claustro,  ó  apenas  conocidos  en  las  escuelas, 
protegidas  por  el  mismo  soberano  '^. 


quias  cristianas,  fué  traducida  al  catalán  en  d266,  según  se  expresa  en  la 
misma  versión  coa  estas  palabras:  «Et  fó  felá  en  romans  per  en  Pere  Ribera  de 
))Perpeja  que  la  feu  ne  segons  son  pbder  en  lany  qui  on  contaua  de  Jhesu 
))Chrisl  MCCLXVI  en  leraps  del  rey  noble  en  Jacme  Daragó  et  de  Valencia, 
))ct  de  Mallorca,  etc.» — Citan  esta  traducción  don  Nicolás  Antonio,  Bibliothe- 
ca  Yetus,  lib.  VIH,  cap.  3.°;  Rodriguez  de  Castro,  Biblioteca  española,  to- 
mo JI,  pág.  066. 

i  Ayo  y  maestro  de  San  Fernando  fué,  por  disposición  de  doña  Beren- 
guela,  el  ilustre  dan  Lope,  á  quien  elevó  á  la  silla  de  Córdoba  al  sacarla  del 
poder  de  la  morisma.  La  virtud  y  la  ciencia  de  este  prelado  merecen  especial 
aplauso  en  la  historia  de  nuestra  cultura. 

2     Véase  el  cap.  V  del  presente  volumen. 


432  HISTORIA    CRITICA   DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Memorable  es  el  anhelo  con  que  siguiendo  tan  laudable  propó- 
silo,  atendió  ¡i  traer  al  idioma  del  vulgo  el  celebrado  libro  del 
Fuero  Juzgo,  dado  en  1241  á  los  pobladores  de  Córdoba,  y  al- 
gún tiempo  después  á  los  de  Sevilla  y  Murcia  ^:  este  libro,  que 
fué  puesto  por  la  Academia  Española  en  el  catálogo  de  las  auto- 
ridades de  la  lengua,  bien  que  colocándolo  con  notable  error  en 
el  siglo  XII,  lo  cual  rectificó  ya  en  la  excelente  edición  que  en 
1815  hizo  del  mismo,  es  en  verdad  un  monumento  literario  2. 
Ni  nos  fuera  licito  considerarlo  en  este  lugar  de  otra  manera, 
cuando  al  fijar  en  él  sus  miradas,  no  sólo  reconoce  la  crítica  el 
estado  del  romance  castellano,  tal  como  fué  escrito  por  los  hom- 
bres entendidos  en  la  postrera  parte  del  reinado  del  conquista- 
dor de  Sevilla,  sino  que  establece  desde  luego  un  tipo  seguro  y 
como  una  piedra  de  toque,  así  para  apreciar  los  monumentos  de 
la  misma  edad,  como  para  determinar  los  progresos  que  hizo  años 
adelante  la  prosa  castellana  bajo  los  auspicios  de  Alfonso  X. 

Cierto  es  que,  por  los  esfuerzos  de  este  monarca^  que  procura- 
remos quilatar  en  breve,  eclipsó  el  romance  del  Fuero  Real  y  de 
las  Partidas  al  romance  del  Fuero  Juzgo;  pero  no  lo  es  menos 
que  mostrando  aun  todavía  en  su  infancia,  que  era  digno  de  ser 
empleado  para  expresar  las  prescripciones  del  derecho,  del  mismo 
modo  que  habia  ¡do  labrando  la  narración  histórica,  descubría  ya 
en  si  el  idioma  castellano  todas  las  virtudes  que  resplandecen  en 
las  obras  legales  que  ilustran  el  siglo  XIII,  dando  seguros  indicios 
de  lo  que  debían  ser  en  las  producciones  científicas  de  las  acade- 
mias toledanas.  Dignidad,  nervio,  concisión  y  sencillez  son  en 
efecto  las  principales  dotes  que  brillan  en  este  primer  ensayo 
didáctico  de  la  lengua  castellana,  el  cual,  según  el  sentir  de  la 
Academia,  fué  uno  de  los  «que  más  contribuyeron  á  formar  el 

i     Véase  la  Ilustración  II.*  de  la  I.*  Parte,  tomo  II,  pág.  410. 

2  Diccionario  de  la  Lengua  castellana,  1726.  pág.  LXXXV;  Prólogo  del 
Fuero  Juzgo  por  la  Real  Academia  Española. — Esta  Corporación  afirma  que 
es  el  Fuero  un  monumento  de  los  más  calificados  de  nuestro  idioma,  con  el 
eual  pocos  pueden  competir  en  antigüedad  y  «ninguno  en  la  importancia  del 
asunto.» — Algunos  eruditos  le  suponen  obra  del  reinado  de  Alfonso  el  Casto, 
mencionando  otras  especies  no  más  dignas  de  respeto,  hijas  del  afán  de 
apuntar  cosas  nuevas,  por  más  extravagantes  que  aparezcan. 


n.*    PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  433 

Diiuevo  romance  y  á  darle  pulidez  y  hermosura».  Testimonio  de 
estas  observaciones  y  prueba  suficiente  del  empeño  con  que  el 
rey  don  Fernando  aspiraba  á  dar  autoridad  al  habla  de  la  mu- 
chedumbre, será  sin  duda  el  siguiente  pasaje,  que  pone  de  mani- 
fiesto la  influencia  que  durante  la  dominación  visigoda  alcanzaron 
los  adivinos  y  agoreros,  conforme  en  otro  lugar  demostramos: 

(íAssi  cuerno  la  verdal  non  es  precedida  de  la  mentira,  assi  se  sigue  que 
))la  mentira  non  viene  de  la  verdat;  ca  toda  verdal  viene  de  Dios  el  la  men- 
))tira  viene  del  diablo,  ca  el  diablo  fué  siempre  menlirero.  El  por  que  cada 
))una  deslas  á  su  prencipio  ¿cuémo  deue  omne  pesquerir  la  verdat  por  la 
«mentira?  Ca  algunos  iuezes  que  non  son  de  Dios  el  son  llenos  de  error, 
))quando  non  pueden  fallar  por  pesquisa  los  fechos  de  los  malfechores,  van 
«lomar  conseio  con  los  adeuinos  el  con  los  agoradores  el  non  cuidan  fallar 
))uerdat,  se  non  toman  conseio  con  cslos;  mas  por  end  non  pueden  fallar 
«verdal,  porque  la  quieren  demandar  por  la  mentira,  el  quieren  prouar 
»los  malos  fechos  por  las  adevinaciones  el  los  malfechores  por  los  adevina- 
))dores;  el  dan  á  sí  mesmos  en  lugar  del  diablo  con  los  adevinadores.  El 
«por  ende  mandamos  que  si  algún  iuez  quisier  pesquirir  ó  prouar  alguna 
«cosa  por  adivinos  ó  por  agoradores,  ó  si  algún  omne  toma  conseio  con  es- 
»tos  tales  de  muerte  ó  de  vida  dotre,  ó  demandar  que  le  respondan  en  al- 
«guna  cosa,  faga  la  enmienda  que  dice  en  este  sexto  libro  en  la  ley  que  es 
»en  el  segundo  títol»,  ele.  '. 

Mas  no  sólo  dejó  Fernando  III,  cuya  gloria  alcanza  á  todas  las 
esferas  de  la  civilización,  comprobada  su  predilección  á  la  lengua 
castellana  en  este  importante  monumento,  que  únicamente  nos 
es  dado  ahora  considerar  bajo  el  aspecto  filológico,  por  más  que 
hallemos  en  él  algunas  leyes ,  ó  acomodadas  á  las  costumbres  y 
creencias  del  siglo  XIII,  ó  enteramente  originales  '.  Protector  na- 


1  Lib.  VI,  tít.  H,  ley  111.» 

2  Véanse  sobre  este  punto  la  erudita  disertación  que  precede  á  la  edición 
de  la  Academia,  debida  á  su  entendido  miembro  don  Manuel  de  Lardizabal 
y  Uribe  (cap.  V,  pág.  XXXVII),  y  el  discurso  preliminar  que  don  Joaquín 
Francisco  Pacheco  puso  á  la  última  edición  del  Fuero  Juzgo  {Códigos  españo- 
les, tomo  I,  cap.  IV  de  la  Introd.).  Después  de  estas  útiles  y  acertadas  tareas 
no  es  difícil  separar  lo  que  es  en  el  código  visigodo  simple  traducción  de  lo 
que  es  aditamento  debido  á  las  costumbres  de  los  tiempos  en  que  se  traduce. 
Tampoco  nos  parecía  posible,  hechos  estos  trabajos,  el  traer  de  nuevo  á  dis- 
cusión si  fué  traducido  dicho  Código  en  el  reinado  de  Fernando  III,  ó  de  don 
Alfonso,  su  hijo;  y  sin  embargo  vemos  suscitada  la  duda  en  la  Historia  de  la 

TOMO   III.  28 


\:\\  HisTOMiA  r.nlrirA  de  la  i.itkratimu  esi'Aí^ola. 

liiral  (le  Iüs  varones  dislingiiklos  por  su  ciencia,  y  congregados  por 
iM  en  sn  corte ,  logró  también  aquel  gran  rey  que  entrando  en  el 
terreno  do  la  fdosofia,  ensayaran  estos  la  lengua  vulgar  en  su  cul- 
tivo, y  á  sus  ilustradas  instancias  fuiM'on  compuestos  los  dos  pere- 
grinos tratados,  que  llevan  por  titulo  el  Libro  de  los  doce  sabios  y 
Flores  de  Philosophia.  Ministrando  el  primero  al  mismo  rey  don 
Fernando  útiles  avisos  sobre  «lo  que  todo  príncipe  et  regidor  de 
Dregno  il  de  fasser  en  ssí  el  de  cómmo  deiuí  obrar  en  aquello  que 
>»al  mesmo  pertenesge,  et  otrossí  de  cómmo  deue  regir  et  castigar 
»et  mandar  et  conoscer  á  los  del  su  regno » ,  tiene  por  objeto 
prinoipal  la  educación  de  los  infantes,  sus  hijos,  quienes  debían 
(i estudiar  et  catar  en  ella  como  en  espeio»,  pues  que  «aunque 
breve  escriptura,  grandes  iuicios  et  buenos  trahia  ella  consigo»  ^. 
Era  pues  el  Libro  de  los  doce  sabios  cierta  manera  de  cate- 
cismo político,  cuya  existencia  no  podría  fácilmente  comprenderse 
sin  apreciar,  en  la  forma  que  lo  dejamos  ya  realizado,  el  extraor- 
dinario movimiento  que  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIII  ofrece 
la  cultura  intelectual  de  Castilla.  Tomando,  al  escribirle,  la  misma 
forma  expositiva  adoptada  por  cuantos  tratan  después  de  las  cien- 
cias políticas  ó  lilosófícas,  artificio  que  era  harto  común  en  los  li- 
bros orientales,  arábigos  y  rabínicos,  de  aquella  edad  y  de  las  an- 
teriores, fingieron  dichos  sabios  una  especie  ríe  junta  ó  academia, 
en  que  dando  principio  á  sus  tareas  con  la  definición  de  la  lealtad 
[lealtanca],  expone  cad;i  uno  la  idea  que  ti(Mie  formada  de  ella, 
tratando  después  de  la  cobdida  y  deíiniéndola  asimismo  en  breves 
máximas  y  sentencias.  Señaladas  menudamente  las  cualidades  y 
virtudes  que  debian  brillar  en  los  reyes,  así  en  los  goces  de  la  paz 
como  en  las  artes  y  peligros  de  la  guerra,  pintanlos  revestidos  de 


Literatura  es¡mño!a  del  doclo  Mr.  Georg-c  Ticknor  (I.*  época,  cap.  III).  Pero 
esta  opinión  puede  colocarse  al  lado  de  la  quo  atribuye  á  los  doce  sabios  que 
convocó  don  Fernando  en  su  corte  para  instituir  el  consojo  real,  la  formación 
del  Código  de  la»  Partidas,  Ni  don  Alfonso  ha  menester  usurpar  la  gloria  do 
su  padre,  ni  este  es  menos  grande,  porque  su  hijo  merezca  el  lauro,  con  que 
la  posteridad  le  corona.  Para  fijar  la  época  en  que  se  tradujo  el  Forum  Judi- 
cum,  si  desconociéramos  la  fecha,  baslaria  sólo  su  e.vámen  filológico  compa- 
rándole con  el  Fuero  Real  y  el  Fuero  de  las  Leyes. 
i     Prologo  al  Libro  de  loi  doce  xabiox. 


n.      PARTE,    CAP.    VIH.    PUIM.    HIST.    Y    PIíOS.    VÜLG.  435 

amor  y  sabiduria,  asistidos  de  piedad  y  de  justicia,  fortalecidos  de 
castidad  y  de  templanza ,  inclinados  á  la  liberalidad  y  munificen- 
cia, y  finalmente  circunspectos,  honradores  de  los  buenos,  prontos 
á  reprimir  á  los  orgullosos ,  humildes  en  la  prosperidad  y  celosos 
de  su  autoridad  y  fortuna. 

Este  libro,  que  halla  adelante  felices  imitadores,  formulado 
en  el  idioma  vulgar  y  animado  de  cierto  espíritu  práctico,  po- 
día en  verdad  lograr  alguna  aplicación  al  gobierno  del  Estado^ 
por  más  que  en  nuestros  dias  sea  tenido  en  poco  y  aun  des- 
deñado por  nuestros  eruditos  ^ :  reconociéronlo  así  los  mismos 
autores,  suplicando  al  rey  de  Castilla  que  mandase  «dará cada 
))uno  de  los  ditos  sennores  infantes,  sus  flios,  un  traslado»  de 
aquella  obra;  «porque  anssí  agora  en  lo  pressente  commo  en 
))lo  d'  adelant  porvenir  (anadian)  ella  es  tal  escriptura  que  bien 
»s'  aprobechará  qui  la  leyer  et  tomare  algo  della  á  pro  de  las 
«ánimas  et  de  los  cuerpos»  -.  Mas  cualquiera  que  fuese  el  aplau- 
so que  obtuvo  el  Lihro  de  los  doce  sabios  en  la  corte  de  Fernan- 
do III;  cualquiera  que  sea  el  juicio  de  nuestros  coetáneos  respecto 
de  su  doctrina,  cuerdo  nos  parece  indicar  que  sólo  debe  ser  con- 


1  Uno  de  nuestros  más  claros  escritores  contemporáneos  observa  que  el 
«trabajo  de  los  Doce  sabios  no  encierra  mérito  alguno  particular»,  añadiendo 
que  «en  él  se  descubre  sólo  el  espíritu  monárquico  y  aquella  mania  de  co- 
«mentar  ó  perifrasear  una  palabra  ó  idea,  cuyo  gusto  dominó  después  mucho 
))t¡empo  en  nuestra  literatura»  (Morón,  Historia  de  la  civilización  de  España, 
tomo  V,  pág-.  160).  Mas  este  juicio  seguido  por  el  académico  don  Mcídesto 
Lafaenie  {Historia  de  España,  Varíe  U.^,  lib.  If),  no  puede  plenamente  ser 
aceptado  por  nosotros,  porque  sobre  no  estar  todo  el  libro  escrito  de  la  misma 
suerte,  debe  repararse  en  que  esa  forma  expositiva  viene  á  determinar  en  la 
historia  de  nuestras  letras  la  aparición  del  elemento  didáctico-oriental  que 
les  comunica  en  breve  especial  carácter,  siendo  por  tanto  digno  del  mayor 
estudio  el  monumento  de  que  tratamos.  Ni  aun  considerado  en  absoluto,  po- 
demos admitir  el  dictamen  referido,  pues  lejos  de  esa  hinchazón,  atnpulosidad 
y  mal  gusto  de  que  se  acusa  al  Libro  de  los  doce  sabios,  nos  parecen  sus  ad- 
vertencias claras,  sencillas,  útiles,  y  formuladas  con  la  gracia  de  que  era  la 
lengua  susceptible,  lo  cual  juzgó  también  el  entendido  P.  Burriel,  cuando  en 
sus  Memorias  para  la  Vida  del  Santo  rey ,  después  de  apellidarle  tratado  dis- 
cretisimo,  manifestó  que  le  hallaba  «digno  de  que  no  le  dejasen  de  la  mano 
»los  que  gobiernan  nuestra  monarquía»  (Pág.  188). 

2  Prólogo  del  Libro  de  los  doce  sabios. 


43G  HISTORIA    CIÚTICA    HE    LA    LITIIRATUIU    ESPAÑOLA. 

sideiMilo  como  un  ensayo  (y  por  cierto  el  primero  hasta  hoy  co- 
nocido ')  de  lo  que  poilia  alcanzar  la  prosa  castellana  en  el  cultivo 
de  las  ciencias,  gloria  iniciada  por  Fernando  111  y  cosechada  más 
tarde  por  su  hijo  don  Alfonso.  Con  este  proprjsito,  y  á  fin  de  que 
pueda  formarse  cabal  juicio  del  estilo  y  lenguaje  de  tan  antiguo 
monumento,  trasladaremos  el  capítulo  XXVI,  en  que  hablando  de 
la  manera  de  hacer  y  conservar  las  conquistas,  revela  el  espíritu 
de  la  épocii  en  que  fué  escrito,  y  del  rey  fuerte,  grande  y  con- 
quistador,  por  cuyo  mandato  se  escribe  : 


\  El  entendido  don  Pascual  Gayangos,  en  la  Inlioduccion  á  los  Escri' 
lores  en  prosa  anteriores  al  siglo  AT(tomo  LI  de  la  Biblioteca  de  autores  espa- 
ñoles), manifiesta  no  creer  «que  el  Tractado  de  la  nobleza  et  Lealtad  se  es- 
"cribicse  durante  el  reinado  de  don  Fernando  el  Santo».  Alega  por  razón, 
domas  de  suponer  el  lenguaje  impropio  de  aquella  época,  que  se  habla  en 
dicho  libro  «de  las  milicias  concejiles  de  un  modo  incidental  y  en  tono  tan 
«despreciativo  que  excluye  toda  suposición  de  que  el  libro  se  escribiera  en 
«tiempo  del  expresado  rey».  La  indicación  relativa  al  lenguaje,  por  ser  de- 
masiado vaga,  nada  prueba,  demostrando  por  el  contrario  el  examen  detenido 
de  este  monumento,  que  como  otros  muchos  ha  llegado  á  nuestros  dias  muy 
adulterado,  que  abundan  en  él  los  rasgos  característicos  de  aquella  época  en 
orden  á  la  dicción  y  á  la  frase.  Respecto  del  menosprecio  de  las  milicias  con- 
cejiles, daríamos  el  valor  que  le  atribuye  el  señor  Gayangos  á  la  observación, 
cuando  se  tratara  de  una  época  esencialmente  militar;  pero  el  reinado  de  Fer- 
nando IH,  si  cumple  como  pocos,  durante  la  edad  media,  aquella  ley  supe- 
rior de  la  reconquista,  se  distingue  más  principalmente  por  el  espíritu  de 
unidad  que  en  todos  los  actos  del  monarca  resplandece  y  por  el  predominio 
que  dio  á  la  idea  sobre  el  hecho,  al  derecho  sobre  la  fuerza;  origen  indubita- 
ble de  las  grandes  empresas  legales  que  don  Alfonso,  su  hijo,  realiza.  Esto  y 
no  otra  cosa  significa  el  anhelo  con  que  doló  á  todas  las  ciudades  que  pudo 
del  Fuero  Juzgo;  esto  la  preponderancia  que  en  su  tiempo  lograron  los  le- 
gistas, preponderancia  insinuada  ya  desde  el  reinado  de  Alfonso  VIH;  y  esto 
en  fin  el  empeño  no  disimulado  de  crear  un  solo  derecho,  proyecto  que  de- 
bía tener  por  corona  la  institución  de  un  imperio  cristiano,  según  después 
comprobaremos.  En  época  como  esta,  y  escribiendo  filósofos  ó  legistas,  no 
es,  ni  puede  ser  extraño,  que  no  logre  aplauso  ningún  elemento  de  fuerza, 
cualquiera  que  sea  su  representación  y  aun  su  origen;  y  como  el  Libro  de  los 
doce  sabios  ó  de  La  uoblesa  respira  desde  el  primero  al  último  capítulo  aquel 
mismo  espíritu  de  unidad  y  supremacía  en  el  trono,  tratando  de  igual  suerte 
a  grandes  y  pequeños,  si  ya  no  es  que  atiende  á  despojar  á  los  primeros  de 
todo  poder  tiránico,  de  aquí  que  la  observación  del  señor  Gayangos,  aunque 
muy  erudita,  carezca  de  la  fuerza  decisiva  que  le  atribuye. 


II.*    PARTE,    CAP.    Vm.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VULfi.  437 

«Sennor  conqueridor,  si  quieres  ^anar  oirás  (ierras  ó  comarcas,  et  las 
«conquerir  es  tu  dessoo,  et  amochiguar  la  ley  de  Dios  et  le  seguir  et  faser 
))plaser  et  dexar  al  mundo  algima  buena  memoria  el  nonbradia  ,  primera- 
»mientre  conquiere  et  soiudg'a  los  altos  el  poderosos;  et  la  lu  voz  enpavo- 
))resca  al  lu  pueblo  el  sea  el  lu  nombre  temido;  et  con  eslo  enpavorescerán 
))los  tus  enemigos,  et  la  meitad  de  la  lu  conquista  tienes  íecba  el  la  tu  en- 
»tencion  ayna  s' acabará.  Ca  si  tú  bien,  non  corriges  et  soiudgas  lo  tuyo, 
«¿cuerno  soiudgarás  aquello  en  que  non  ás  poder?  Et  non  te  lernia  pro  lo  que 
«conquiriesses  el  muy  ligero  paresceria  esso  et  lo  ál:  cá  fallarás  que  de  los 
))que  conquerieron  mucho,  asi  Alixandre  cuemo  todos  los  otros,  mas  con- 
wquerió  la  su  voz  et  el  su  Ihemor  que  los  golpes  de  las  sus  espadas»  '. 


1     El  Libro  de  los  Doce  Sabios  ó  de  la  Nobleza  ó  Lealtat  fué  dado  primera- 
mente á  la  estampa  en  1502  (Valladolidi  por  Diego  Gumiel);  reimpreso 
en  1509  en  la  misma  ciudad  (Burriel,  Memorias  para  la  Vida  del  Santo  rey  i, 
pag.  188);  reproducido  en  1800  (Madrid,  Metn.  citadas,  pág.  188    y  siguien- 
tes), é  incluido  por  último  en  el  tomo  V  de  la  Hist.  de  Eap.  del  distinguido 
académico  Lafuente,  bien  que  sin  el  prólogo  y  con  notables  supresiones  (Ma- 
drid, 1851).  A  pesar  del  esmero  que  el   P.    Burriel  puso  en  el  cotejo  de  la 
edición  de  1509  con  el  códice  del   Escorial,  hemos  examinado  este  precioso 
Ms.,  designado  con  la  marca  B  ij.  7,  y  los  que  en  la  Biblioteca  Nacional  tie- 
nen las  señales  Bb.  52  y  Ce  88;  La  primera  copia  es  del  siglo  XV  y  se  halla 
al  fól.  94  del  indicado  volumen,  que  encierra  además  Los  Casos  é  Caydas  de 
principes,  traducción  de  Bocaccio:  la  segunda  es  del  siglo  XVIII,  y  lleva  este 
título  moderno:  Junta  de  los  Doce  Sanios  que  hizo  el  rey  don  Fernando  el  santo 
que  ganó  á  Sevilla,  y  los  consejos  que  dieron,  con  los  dichos  y  sentencias  de 
estos.  El  entendido  Burriel  suprimió  el  último  capítulo  de  los  códices  (el  LXV), 
porque  «se  añadió  después  de  la  muerte  del  Santo  rey»:  en  efecto,  dicho  ca- 
pítulo tiene  el  siguiente  epígrafe:  «Cómo  después  quel  rey  d.   Ferrando  finó, 
))regnó  el  Infante  d.  Alfon,  su  fijo,  et  de  cómo  enbió  por  los   sabios  et  dd 
Mconselo  quel'  dieron  ellos.»  Después  de  expresarse  que   ya  hablan  muerto 
dos  de  los  primeros,  siendo  repuestos  por  otros  dos,  se  manifiesta  que  les  pi- 
dió don  Alfonso  parecer  sobre  lo  que  podría  decirse  en  la  sepulturade  su  pa- 
dre, y  respondieron  sucesivamente:  «Dixo  el  primero  sabio  dellos: — Meior  es 
»tu  fin  que  tu  comienzo.  El  segundo  sabio  dixo: — En  la  muerte  fallé  los  sa- 
»beres  et  en  la  deste   rrey  creció  la  sabiduría.   Et  el  tercero  sabio  dixo: — 
))Fucste  en  la  uida  con  mucha  líondat  et  eres  sabio  en  la  muerte.    El  cuarto 
«sabio  dixo: — Mas  será  la  tu  remenbrancaque  el  tiempo  de  tu  vida.  El  quinto 
))sabio  dixo: — Maior  fecho  es  el  tuyo  que  de  los  que  conquerieron  el  mundo. 
»E1  sexto  sabio  dixo: — Preciaste  las  cosas  enfinidas  et  fasta  la  fin  será  el  tu 
»nombre.  El  seteno  sabio  dixo: — Non  te  queda  al  de  tu   señorío   sinon  del 
«mandamiento  que  dexaste  á  los  sabios,  et  del  bien  que  fesiste.  El  otauo  sa- 
«bío  dixo: — Preciaste  el  saber  el  siempre  te  loarán  los  sabios.  El  nobcuo  sabio 


438  HISiOHIA    CHlTICA    IlK    LA    LITlillATUIlA    ESPAÑOLA. 

Conocido  el  anhelo  con  que  el  gran  rey  don  Fernando  atendió 
á  la  educación  de  sus  hijos,  y  en  especial  de  su  primogénito, 
(«metiéndolo  mucho  en  sus  conseios  et  en  sus  fablas,  maguer  que 
))la  liedat  non  era  tamanna  por  que  sóplese  conseiar,  segunt  con- 
«uenie  á  la  su  nobleza»  ^  tampoco  seria  descabellado  el  atribuir 
al  libro  de  las  Flores  de  Philosophia  el  mismo  origen.  Bien 
sabemos  que  esta  obra,  citada  de  muchos,  vista  de  pocos,  y  toda- 
vía no  examinada,  ha  sido  constantemente  reputada  como  pro- 
ducción de  la  época  de  don  Alfonso  YIII,  colocándola  en  la  segunda 
mitad  del  siglo  XII  ^;  pero  luego  que  tomados  en  cuenta  los  pri- 


»dixo: — Fesisle  fermosa  casa  con  pocos  dineros.  El  deseno  sabio  dixo:  —  En 
»la  uida  ouisle  la  fcrmosura  del  cuerpo  ct  en  la  muerte  mostrestc  fcrmosura 
»del  alma.  El  lionseno  sabio  dixo: — Mas  conocido  serás  muerto  que  biuo. 
»El  doseno  sauio  dixo: — Fasta  aqui  te  loauan  los  que  te  conos^ian  et  agora 
Mloartehan  los  que  non  te  conoscen». — Es  por  tanto  evidente  que  este  capí' 
tulo,  en  que  resalta  la  forma  expositiva  de  los  moralistas  orientales,  fué  aña- 
dido, como  indicó  el  P.  Burriel,  después  del  fallecimiento  del  rey  don  Fernan- 
do. (Véase  la  pág.  212  de  las  citadas  Memorias). 

i     Cap.  V  de  los  conservados  del  libro  Septenario. 

2  El  primero  que  atribuyó  este  tratado  á  la  época  de  Alfonso,  el  Bueno, 
asegurando  que  lo  mandó  componer,  fué  don  Sebastian  de  Cobarrubias  en 
su  Tesoro  de  la  lengua  castellana,  púy.  317,  voz  Lazeria{cá.  do  Madrid,  16M). 
Siguióle  don  Nicolás  Antonio,  declarando  que  no  habia  visto  dicho  libro 
(quem  non  vidimus),  si  bien  determinaba  que  Alfonso  VIH  comenzó  ú  rei- 
nar en  H:)8,  como  para  colocarlo  en  esta  centuria  (Bibl.  Vet.,  lib.  Vil,  capi- 
tulo VI);  y  generalizó  semejante  idea  el  Abate  Andrés,  dando  por  sentado 
que  el  referido  príticipe  «queriendo  que  la  lengua  nacional  adquiriese  mayor 
«esplendor  por  medio  de  los  tratados  filosóficos,  hizo  escribir  un  libro  inlitu- 
Mlado  Flores  de  Filosofia».  Andrés  lo  supone  compuesto  al  mediar  del  si- 
glo XII,  como  las  crónicas,  de  que  hablamos  en  la  nota  2  de  la  pág.  407. — 
Don  Fermin  Gonzalo  Morón  añade  en  nuestros  dias,  admitida  la  época  ú 
que  se  atribuye  el  libro  referido,  (¡ue  «Cobarrubias  lo  elogió  mucho»,  ob- 
servando de  propia  cosecha  que  «se  reduce  á  una  especie  de  traducción  ó 
Mexposicion  de  varias  ideas  y  doctrinas  de  Séneca»  {¡¡ist.  de  la  Civiliz.  Esp., 
lomo  V,  pág.  i 38).  Prescindiendo  de  esta  noción  no  exacta,  pues  Séneca  es 
sólo  uno  de  tantos  filósofos,  como  se  ponen  en  contribución,  al  recoger  las 
Flores  de  Philosophia ,  bastará  recordar  lo  expuesto  en  las  notas  de  la  pági- 
na 30o,  y  cuanto  en  el  texto  llevamos  observado,  para  comprender  que 
la  opinión  de  Cobarrubias,  exagerada  por  los  que  la  siguen,  no  puede  en 
modo  alguno  sostenerse.  Sensible  Cb  que  persona  tan  docta  como  el  señor  Mo- 


II.      PARTE,    CAP.    VIH.    PlílM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  439 

milivos  monumentos  de  la  prosa  castellana ,  tal  como  lo  hemos 
hecho  en  el  presente  capítulo,  se  viene  en  conocimiento  de  que  no 
se  habla  escrito  aun  aquella  con  intento  literario  en  el  citado  pe- 
riodo; luego  que  fijando  la  atención  en  la  naturaleza  del  referido 
tratado,  y  comparándole  con  otros  de  igual  índole,  trazados  al 
mediar  el  siglo  que  historiamos,  descubrimos  en  él  cierto  sabor 
oriental  que  le  asocia  al  movimiento  insinuado  ya  en  el  Libro  de 
los  doce  sabios,  no  podemos  asentir  á  la  opinión  indicada,  cre- 
yendo por  el  contrario  que  no  deben  sacarse  las  Flores  de  Phi- 
losophia  del  reinado  del  conquistador  de  Sevilla ,  gloriosa  prepa- 
ración de  la  memorable  época  del  Rey  Sabio. 

El  indicado  libro,  que  se  supone  escogido  y  tomado  de  los  dichos 
de  los  filósofos,  y  terminado  por  Séneca,  último  de  los  treinta  y 
siete  que  se  congregan  para  componerle,  guardando  no  poca  ana- 
logia  con  el  ya  mencionado  de  la  Noblenca  et  Lealtanca,  y  enla- 
zándose con  el  de  la  Sabieca  y  el  de  los  Bocados  de  oro,  que  en 
su  lugar  examinaremos,  es  una  compilación  de  máximas  y  sen- 
tencias morales,  religiosas  y  políticas,  distribuidas  en  treinta  y 
ocho  leyes  ó  capítulos  '.  Manifestado  en  el  prólogo  que  fué  es- 


ron,  que  vio  y  examinó  uno  de  los  Mss.  del  Escorial,  haya  caldo  en  error 
semejante.  En  cambio  el  erudito  Mr.  George  Ticknor,  que  únicamente  cono- 
ció el  título  de  este  peregrino  tratado,  parece  confundirlo  con  el  libro  del 
Tesoro,  traducido  ó  imitado  del  de  Brunetto  Latino,  de  que  en  adelante  ha- 
blaremos {Hist.  de  ¡a  Liter.  Esp.,  I.^  época,  cap.  111). 

1  D  )S  son  los  códices  que  en  la  Biblioteca  Escurialense  hemos  examinado, 
marcados  &,  ij  8  (fól.  27)  y  X  ij  12  (fól.  (S7):  en  el  primero,  Ms.  del  siglo  XV, 
tiene  treinta  y  ocho  capítulos  y  treinta  en  el  segundo,  que  es  copia  de  prin- 
cipios del  XVI.  El  título  del  códice  &,  ij  8  dice:.  «Este  libro  es  de  Flores  de 
nPMIosopMa  que  fué  escogido  et  tomado  de  los' dichos  de  los  sabios;  é  quifn 
))bien  quisiere  fascr  á  sí  et  á  su  fasienda,  estudie  en  esta  poca  el  noble  escrip- 
))tura.  Et  á  la  ordenar  é  componer  por  sus  capítulos,  ayuntáronse  treynta  é 
«siete  sabios,  et  de  si  acabólo  Séneca  que  fué  filósofo  sabio  de  Córdoba,  el 
))fisole  para  que  se  aprovechasen  del  los  homes  ricos  é  mas  los  minguados  é 
«los  vieios  é  los  mancebos».  En  el  Ms.  X.  ij.  -12  se  lee:  «Este  libro  es  de 
ytFlores  de  Filosofía  que  fué  escogido  é  tomado  de  los  dichos  de  los  sabios, 
«que  es  de  Castigos  para  quien  algo  quiera  aprender».  No  hay  para  qué  de- 
cir que  uno  y  otro  titulo  están  notablemente  alterados,  y  que  son  más  mo- 
dernos que  el  tratado  mismo. 


4*0  HISTOIIIA    CHlriCA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

crilo  para  que  se  aprovechasen  de  él  a  los  omnes  ricos  el  mas  los 
minguados  el  los  vieios  et  los  mangcbos » ,  y  consig-nado  en  la  ley 
priraera  que  es  el  amor  de  Dios  principio  de  la  felicidad  humana, 
entra  pues  en  materia  con  el  siguiente  apólogo ,  encaminado  á 
limpiar  al  hombre  de  toda  mancha  y  pecado: 

«Un  rey  [dice]  yua  á  caca  el  vido  un  pcdricador  que  pcdricaua  al  pue- 
))blo,  el  dixo  el  rey  al  pedricador:  Non  puedo  eslar  á  oyr  el  sermón,  mas 
nruégole  que  me  lo  dig^as  brebcmienlre  el  yrme  é.  Et  dixo  el  pedricador: 
))Il  á  buena  uenlura,  mas  mienbrouos  alanto  que  por  un  peccado  solo  foé 
weliado  Adam  de  parayso  el  quica  si  querrá  yoguir  en  él  el  que  fuer  car- 
->i  gado  de  inuclios.  El  andando  el  rey  lod  esse  dia,  pensando  en  eslaparabla, 
))á  la  lomada  que  lornaua  de  su  caca,  vido  eslar  ante  su  físigo  muchos  ori- 
wnales,  el  dixo  el  rey  al  íísigo:  Tú  que  eslos  enfermos  cuydas  melesinar, 
«¿sabrás  melesina  para  los  peccados  ssanar?...  Dixo  el  íis'igo:  Et  tú,  caua- 
))llero,  ¿sabrás  sofrir  la  amargura  de  la  melesina?...  Dixo  el  rey:  Si.  Dixo 
wel  físigo: — Pues  escreuit  esla  recepta:  Tomat  de  la  rais  del  estudiar  ellas 
wraises  de  aturar  en  ello  el  la  cortesa  de  seguillo  el  los  mirabolanos  de  la 
j)umildal  el  los  mirabolanos  de  la  caridat  el  los  mirabolanos  del  miedo  de 
«Dios  et  la  simiente  de  la  uergüenca  et  la  simiente  de  la  obidiencia  et  la  si- 
amiente  de  la  esperanca  de  Dios,  et  metetlo  á  co9er  en  una  caldera  de  me- 
3)sura  et  ponetle  fuego  de  amor  uerdadero  et  soplatlo  con  uienlode  perdón, 
))et  cuega  fata  que  se  alce  la  espuma  del  saber,  el  esfriallo  al  ayre  del  uen- 
vcer  la  uohmlat,  et  beuetlo  con  douolion  de  buenas  obras.  Et  seguil  esto, 
))Ct  sanaredes  de  los  peccados»  ' . 


i  Á  fin  de  que  formón  los  lectores  más  cabul  idea  de  las  Flores  de  Pililo- 
sophia,  pondremos  aquí  ios  epíg^rafes  de  todas  sus  leyes  ó  capítulos:  I.  Cóm- 
mo  el  orne  deue  de  amar  á  Dios. — 11.  Del  rey  et  del  fysico. — III.  De  la  Re- 
cebta. — IV.  De  la  ley  et  del  rrey  que  la  guarda. — V.  Commo  los  omnes  de- 
uen  seer  leíales  et  obedientes  al  rey. — VI.  De  la  lusticia  et  de  la  iniusticia. — 
VII.  De  los  que  án  de  auer  uida  con  los  reys. — VIH.  Del  rey  que  sabe  bien 
guardar  su  pueblo. — IX.  Del  rey  que  postpone  las  cosas. — X.  Del  esfuerco  et 
del  desmayamiento. — XI.  De  commo  se  cambian  los  tiempos. — XII.  Del  sa- 
ber et  de  la  nobleza  et  de  la  pro  que  uiene  del. — XIII.  De  commo  omne  deue 
guardar  su  lengua. — XIV.  Como  orne  deue  seer  paciente. — XV.  Commo  om- 
ne deue  seer  sofrido. — XVI.  Commo  omne  deue  seer  de  buen  talante. — XVII. 
Commo  orne  deue  ser  de  buenas  maneras. — XVIII.  Commo  orne  deue  punnar 
cu  seer  noble. — XIX.  De  la  corlosía  et  de  su  nobicca. — XX.  De  la  omildat  et 
del  bien  que  nascje  della. — XXí,  De  commo  omne  non  deue  seer  orgulloso  nin 
presciarse  mucho. — XXlí.  De  commo  omne  deue  punnar  en  saber  licuar  los 
omnes. — XXIII.  De  commo  ome  se  deue  auenircon  sus  amigos. — XXIV.  Del 
esfuer9o  et  de  la  cobardía. — XXV.  Commo  las  cosas  deue  ome  leuar  por  ua 


II.      PARTE,    CAP.    VIH.    PRIM.    HIST.    Y   PROS.    VULG.  4íl 

Llamará  á  no  dudarlo  la  atención  de  los  eruditos  el  descubrir 
en  este  peregrino  libro  el  primer  paso  que  dá  el  apólogo  oriental, 
recibido  en  la  literatura  latino-eclesiástica  desde  los  tiempos  del 
converso  Per  Alfonso,  para  tomar  plaza  en  la  propiamente  espa- 
ñola. Cercano  estaba  en  efecto  el  momento  en  que  este  fenómeno 
literario  debia  realizarse;  y  no  es  maravilla  que  un  libro  escrito  á 
imitación  de  otros  de  conocido  origen  oriental,  en  los  cuales  bri- 
llaba la  doctrina  por  la  gracia  y  oportunidad  del  apólogo,  reflejara 
esta  antiquísima  forma  poética,  que  por  opuestos  senderos  iba  á 
enriquecer  las  literaturas  occidentales,  habiéndose  ya  insinuado 
en  las  producciones  de  la  poesía  heróico-erudita  de  Castilla  ^. 
Pero  dejando  para  lugar  más  adecuado  el  tratar  ampliamente  ma- 
teria tan  nueva  y  difícil,  bueno  será  advertir  después  de  asentado 
este  interesante  hecho ,  que  así  como  el  Libro  de  los  doce  sabios 
se  encamina  principalmente  á  labrar  la  educación  de  los  reyes, 
tiene  por  objeto  el  de  las  Flores  de  Philosophia  la  enseñanza  ge- 
neral, sin  olvidarlos  deberes  del  pueblo  para  con  sus  monarcas, y 
atesorando  cuerdos  y  fructuosos  consejos  sobre  la  próspera  y  ad- 
versa fortuna. 

No  faltará  acaso  quien,  recorriendo  sus  capítulos  ó  leyes,  ob- 
serve como  ha  sucedido  ya  respecto  del  Libro  de  los  doce  sa- 
bios, que  «no  pasan  sus  doctrinas  de  generalidades  que  hoy  al- 
Mcanza  el  hombre  menos  versado  en  los  preceptos  de  la  moral 


gar. — XXVI.  De  la  riqueca  et  de  la  pobreca. — XXVII.  De  commo  omne  deue 
ondrar  sus  parientes. — XXVIII.  Del  departimknto  de  la  riqueca  et  de  la  es- 
caseca. — XXIX.  De  la  medida  de  todas  las  cosas. — XXX.  De  la  marvsedat  et 
de  la  braucsa. — XXXI.  De  la  nicior  g-anancia  del  mundo.  XXXII.  De  la  bue- 
na guarda. — XXXIII.  De  la  osadía. — XXXIV.  De  commo  ome  non  deue  auer 
cobdicia  del  auer  aieno. — XXXV.  De  commo  cobdicia  fase  perder  al  omne. — 
XXXVI.  Qué  cosa  es  el  saber. — XXXVII.  Commo  la  uoluntad  es  enemigo  del 
omne. — XXXVIII.  De  las  mercaderías  et  de  los  mercaderos».  Terminado  este 
último  capítulo,  se  lee:  «Aquis'  acaua  este  libro  de  Flores  de  Philosophia:  et 
bienandante  es  qui  por  estos  castigos  se  guia. — Finito  libro  sit  semper  laus, 
gloria  Xpo.» 

1  En  la  copla  2196  y  siguientes  del  Poema  de  Alexandre  inserta  Juan  Lo- 
renzo el  apólogo  XIX  de  la  Disciplina  Clericalis  de  Per  Alfonso.  Volveremos 
á  locar  este  punto  en  los  capítulos  siguientes, 


442  HISTORIA    crítica    DE    LA    LITERATURA    ESI'AÑOLA. 

«y  de  la  ciencia  del  gobieniü».  Mas  cualesquiera  que  sean  eu 
nuestros  dias  los  adelantos  de  las  ciencias  morales  y  políticas, 
siempre  nos  parecerá,  infundada,  por  lo  menos,  esta  manera  de  juz- 
gar las  producciones  de  edad  tan  remota,  causjlndoiios  en  cambio 
verdadera  admiración  el  seso  y  cordura  de  los  que,  acomodando 
las  lecciones  de  la  antigua  filosofla  á  las  ¡deas  y  creencias  de  su 
tiempo,  acometían  la  noble  empresa  de  restituir  á  la  razón  el  im- 
perio que  habia  perdido  en  medio  de  la  barbarie  de  otros  siglos, 
avasallada  por  todo  linaje  de  violencias.  Y  si,  como  llevamos  apun- 
tado, reparamos  al  par  en  (pie  se  bacian  estos  ensayos  en  el  idio- 
ma hablado  por  la  muchedumbre ,  y  bajo  los  auspicios  de  un 
príncipe  que  tanto  hizo  para  fomentar  durante  su  reinado  la  len- 
gua vulgar  y  la  prosa  castellana ,  subirá  de  puilto  la  estimación 
con  que  debemos  contemplar  semejantes  obras,  y  muy  especial- 
mente la  que  merece  el  libro  de  las  Flores  de  Philosophia. 
Observar  se  debe  por  último  que  si  la  forma  expositiva  de  este  y 
del  tratado  de  los  Doce  Sabios  se  deriva  de  otras  literaturas,  el 
fondo,  esto  es,  las  doctrinas  capitales  de  uno  y  otro,  reciben  ge- 
neral colorido  de  la  cultura  española  ó  ya  son  enteramente  cristia- 
nas, sometiéndose  así  al  incontrastable  principio  do  actualidad, 
que  dando  aliento  á  nuestra  civilización,  caracteriza  todas  nues- 
tras coníiuistas  literarias  '. 

Considerables  son  pues  las  que  en  la  primera  mitad  del  si- 
glo XIII  hizo  la  prosa  castellana,  contándose  el  mismo  Fernan- 
do III  entre  sus  más  celosos  cultivadores.  No  caeremos  nosotros  en 
el  error  de  los  que  por  no  haber  examinado  los  monumentos  ori- 
ginales, insisten  en  atribuirle  al  pensamiento  de  las  Partidas, 
equivocándolas  lastimosamente  con  el  libro  que  lleva  el  título  de 
Septenario  -;  pero  á  la  gloria  de  su  reinado,  que  demás  de  las 

1  Véase  cuanlo  dejamos  dicho  en  el  ingreso  del  capítulo  I  del  présenle 
volumen. 

2  Es  notable  que  aun  después  de  haber  dado  Rodríguez  de  Castro  menuda 
cuenta  de  la  exlructura  del  libro  Septenario  {Bibl.  Esp.,  pág.  (iSO  y  siguientes 
del  tomo  II),  se  oqiiivür]ue  todavía  con  el  código  de  las  Partidas;  pero  como 
en  materia  de  hechos  basta  la  exposición  de  los  misinos,  para  desbaratar  todo 
error,  nos  remitimos  al  análisis  que  haremos  adelante  del  indicado  libro  Sep- 
tenario, trabajo  que  desvanecerá  toda  duda  iobrc  cslc  punió. 


II.      PARTE,    CAP.    VIH.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    YULG.  443 

grandes  empresas  militares  felizmente  rematadas,  une  el  galardón 
de  haber  afianzado  en  la  Península  el  imperio  del  cristianismo, 
cumple  sin  duda  el  recordar  su  ilustrado  empeño  por  dotar  á  sus 
Estados  de  una  sola  ley,  deseo  que  logró  inocular  en  Alfonso 
su  hijo,  y  el  no  menos  loable  anhelo  que  le  impulsó  á  preparar 
los  ánimos  de  sus  vasallos  para  recibirla,  dando  con  este  intento 
principio  al  indicado  libro  Septenario,  terminado  después  de  su 
muerte  por  el  mismo  Alfonso  '.  Sólo  pues  fijando  la  vista  en  este 
largo  y  venturoso  reinado  [1217  á  1252],  es  dable  comprender  el 
prodigioso  desarrollo  que  al  mediar  la  centuria,  de  que  vamos 
hablando,  ofrece  la  literatura  castellana,  enlazándose  su  historia 
con  las  de  otras  comarcas  y  naciones.  En  ese  afortunado  periodo 
se  opera  tal  vez  ó  se  lleva  á  cabo  la  primera  transformación  de  la 
poesía  escrita,  llegando  al  punto  de  cultura  en  que  la  hemos  con- 
siderado en  los  precedentes  capítulos:  en  él  nace  también  la  prosa 
literaria  que  tosca,  ruda,  desapacible  é  inarmónica,  recibe  en 
breve  extraordinario  incremento,  merced  al  egemplo  de  la  poesía 
y  á  la  predilección  con  que  empiezan  á  verla  algunos  eruditos;  y 
mostrando  primero  su  rusticidad  y  pobreza  en  breves,  cortados  y 
áridos  Anales,  y  dando  muy  luego  claras  muestras  de  progreso 


1  Que  el  pensamiento  de  dotar  á  los  dominios  castellanos  de  una  sola  ley 
pertenece  al  conquistador  de  Sevilla,  nadie  habrá  que  lo  dude,  cuando  lea 
en  el  prólogo  del  libro  de  las  Píir/íí/as:  «El  muy  noble  rey  don  FernamJc, 
nuestro  padre,  que  era  muy  complido  de  justicia  et  de  verdat,  lo  quisiera  fa- 
cer, si  mas  visquiera,  et  mandó  á  nos  que  lo  fecicsemos»  (Ed.  de  la  Acade- 
mia, pág.  5).  Pero  antes  de  emprender  esta  obra,  «cafó  que  lo  meior  et  mas 
apuesto  que  podie  seer  era  de  fazer  escripiura  en  que  les  demostrasse  [á  los 
onines]  aquellas  cosas  que  auian  de  fazer  para  seer  buenos  et  auer  bien  et 
guardarse  de  aquellos  que  los  fiziessen  malos»  {Septenario,  cap.  IX  de  lo  con- 
servado); y  con  este  propósito  acometió  la  empresa  del  libro  Septenario,  obra 
que  terminó  después  de  su  muerte  don  Alfonso,  según  él  mismo  nos  revela. 
«Quisiemos  (dice  el  Rey  Sabio)  conplir  después  de  su  fin  esta  obra  quél  auia 
comencado  en  su  uida,  et  mandó  á  nos  que  la  compliésemos»  {Septenario, 
cap.  IV  de  lo  conservado).  Se  vé  pues  claramente  que  el  libro  intitulado 
Septenario,  fué  ideado  por  San  Fernando  y  aun  comenzado  a  escribir  como 
una  preparación  moral  para  el  Libro  de  las  Leyes  que  meditaba,  y  con  un 
objeto  puramente  didáctico.  Así  lo  convencen  plenamente  su  forma  y  las  ma- 
terias que  contiene,  según  después  observaremos. 


444  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

en  las  relacioaes  ó  historias  de  parciales  sucesos  y  en  las  genea- 
logías de  los  reyes,  la  vemos  ensayarse  en  la  narración  histórica 
con  no  escaso  vigor,  tomando  en  hreve  el  tono  didáctico,  y  no 
desdeñando  tampoco  el  estilo  familiar,  como  nos  prueban  las  car- 
tas de  Alexandre  á  su  madre,  debidas  al  renombrado  Juan  Lo- 
renzo de  Asiorga  *. 

Así  que,  recorriendo  prosa  y  poesia  todo  el  espacio  posible  en 
aquella  época,  por  tantos  conceptos  digna  de  madura  contempla- 
ción y  estudio,  aprestábanse  para  entrar  en  nuevos  y  más  anchos 
senderos,  conducidas  victoriosamente  por  la  ilustrada  enseña  de 
Alfonso  X.  No  cabe  á  este  ilustre  principe  el  lauro  de  haber  sido 
el  primer  rey  de  Castilla  que  promueve  é  impulsa  en  aquella  edad 
la  civilización  española:  antecédenle  con  alta  fama  de  sus  nom- 
bres Alfonso  Yin,  la  gran  reina  doña  Berenguela  y  su  dignísimo 
padre  Fernando  III,  cuya  eximia  piedad  y  virtud  le  han  levantado 
á  la  adoración  de  los  altares;  pero  si  abrieron  tan  egregios  mo- 
narcas nuevas  y  desconocidas  vias  á  la  cultura  española,  si  pre- 
pararon en  el  largo  trecho  de  medio  siglo  la  Era  de  general  des- 
envolvimiento en  que  resplandece  como  verdadero  astro  y  con  la 
prez  del  poeta,  del  filósofo,  del  liistoriador,  del  teólogo  y  del  ma- 
temático el  celebórrimo  príncipe,  á  quien  la  posteridad  corona 
con  el  epíteto  de  Sabio,  á  ninguno  más  que  á  este  pertenece  la 
gloria  de  haber  fijado  el  carácter  de  la  lengua  y  de  las  letras  cas- 
tellanas, convirtiendo  á  un  sólo  punto  todos  los  esfuerzos  de  los 


1  Nuestro  erudilo  amigo  don  Eugenio  de  Ochoa,  en  su  Tesoro  de  Prosa- 
dores Españoles,  pone  eslas  Cartas  de  Juan  Lorenzo  como  el  primer  monu- 
mento en  prosa  de  nuestra  literatura,  después  de  mencionar  el  Fuero  Juzgo 
{Colección  de  los  mejores  autores  españoles,  tomo  XXII,  pág.  -í  y  siguientes). 
Pero  aun  concediendo  que  el  Fuero  Juzgo  precedió  al  poema  de  Alexandre,  á 
que  dichas  Carlas  acompañan,  conocidos  ya  los  adelantos  que  se  hicieron  en 
el  cultivo  de  la  prosa  durante  la  primera  mitad  del  siglo  XIII,  es  evidente 
que  no  deben  señalarse  aquellas  como  sus  primeros  ensayos,  dado  que  estos 
pudieran  referirse  al  estilo  epistolar  en  la  literatura  española,  conforme  suce- 
de en  la  italiana  con  las  Lettere  di  frá  Guiltone  d'Arezzo,  que  en  sentir  de  al- 
gunos críticos  es  acaso  el  primer  monumento  de  la  prosa  toscana  (Ginguené, 
ílisl.  littef.  d'ltalie,  lomo  I,  cap.  Vf),  si  bien  Tiraboschi  observa  únicamente 
que  son  «il  piii  anlico  esempio  che  abbiavi  di  Icttcre  scritte  ncl  volgar  suo 
nlinguaggio»  {Stor  delta  Lilter.  ital.,  lib.  lil,  pág.  416). 


n.*    PARTE,    CAP.    VIII.    PRIM.    HIST.    Y    PROS.    VULG.  443 

más  ilustres  varones  de  aquella  edad,  y  fundiendo  en  una  misma 
turquesa  todos  los  documentos,  que  ponían  á  su  alcance  las  di- 
versas razas  y  naciones  que  le  rodeaban. 

Ardua  es  la  empresa  de  trazar  este  magnífico  y  complicadísimo 
cuadro:  animados  del  mismo  celo  que  ha  movido  hasta  aquí  nues- 
tra pluma,  procuraremos  no  obstante  bosquejarlo,  pudiendo  ex- 
clamar, si  logramos  siquiera  dar  alguna  vida  á  sus  principales 


figuras: 


Anch'  io  sonó  pittore. 


CAPITULO  IX. 

mCSDÍ  TBJNSFORIIACIOS  MI  UTE  VülCJIl  ERUDITO, 


Don  Alfonso  el  Sabio. — Su  representación  en  la  historia  de  las  letras. — Sa^ 
empresas  literarias.— Tnlroduccion  dala  forma  lírica  en  la  poesía  eru- 
dita.— Triple  fuente  de  donde  pudo  derivarse:  los  provenzales  acogidos 
en  la  corte  de  Castilla:  los  catalanes  en  relación  con  la  España  Central: 
los  gallegos. — Momento  en  que  pudo  hacerse  sensible  la  poesía  de  todos 
estos  pueblos  en  el  parnaso  castellano. — Aparición  de  la  forma  simbó- 
lica.— Arte  oriental. — Su  trasmisión  á  los  árabes  y  hebreos  españoles. 
— Importancia  de  la  tradición  lalino-eclesiástica  respecto  del  arte  simbó- 
lico.— Los  libros  del  Pantha-Tantra  y  de  Sendebar. — Trasládanse  á  la  len- 
gua de  Castilla.— Empresas  científicas. — Academias  de  Córdoba  trasla- 
dadas á  Toledo. — Escuelas  cristianas. — Su  doctrina  respetada  por  el  Rey 
Sabio. — Estudios  de  Sevilla:  su  carácter. — Obras  legales.— Introducción 
á  las  mismas:  el  Septenario. — Obras  históricas. — Pensamiento  que  las  ins- 
pira.—Obras  de  Recreación.— Últimos  años  del  Rey  don  Alfonso. — Sus 
poesías  elegiacas.— Noticia  de  otras  producciones  del  Rey  Sabio. — Ca- 
racteres generales  de  todas  sus  obras. — Clasificación  de  las  mismas. 


borprendente  y  magnífico  es  por  cierto  el  cuadro,  que  al  mediar 
del  siglo  XIII  ofrece  á  nuestra  vista  la  historia  de  las  letras  espa- 
ñolas, y  no  menos  difícil  el  empeño  de  bosquejarlo  con  su  más 
propio  y  verdadero  colorido.  Sometidos  á  un  pensamiento,  tan 
generoso  como  ilustrado  y  fecundo,  todos  los  elementos  de  cul- 
tura laboriosamente  allegados  en  épocas  anteriores;  dirigidos  á 
im  fin  todos  los  esfuerzos  intelectuales  de  los  diferentes  pueblos 


418  HISTORIA    CnlTlCA    DE   LA    LITERATURA    ESPASOLA. 

cristianos  en  que  se  dividía  á  la  sazón  la  Península;  congregadas 
bajo  una  sola  enseña  todas  las  razas  que  inoraban  de  tiempo  an- 
tiguo en  nuestro  suelo,  consagradas  al  cultivo  de  las  ciencias;  y 
acatados,  por  último,  y  seguidos  con  religioso  anhelo  los  egem- 
plos  de  extrañas  naciones,  mostrábase  la  civilización  castellana 
cual  centro  y  genuina  expresión  de  todas  las  nacionalidades  es- 
pañolas, y  acaudalada  coa  los  tesoros  que  cada  cual  había  reco- 
gido, reílejaba  viva  y  poderosamente  los  progresos  y  conquistas 
hechos  por  todos  en  la  esfera  del  ai'te. 

Tan  extraordinario  movimiento,  que  sólo  puede  ser  compren- 
dido, teniendo  en  cuenta  el  feliz  desarrollo  que  política  y  mo- 
ralraenté  logra  en  la  primera  mitad  de  aquel  siglo  el  imperio 
castellano  bajo  los  auspicios  de  un  Alfonso  YIII  y  un  Fernan- 
do Hl,  no  podría  tampoco  hallar  explicación  cumplida  sin  fijar 
nuestras  investigadoras  miradas  en  la  simpática  y  noble  figura 
de  un  Alfonso  X,  alma  de  aquel  admirable  concierto  de  cien- 
cias y  de  letras,  que  aparece  en  medio  de  la  oscuridad  de  los 
tiempos  como  inverosímil  fenómeno.  "Dotado  este  príncipe  del  ver- 
dadero celo  de  la  sabiduría;  incansable  en  el  estudio;  ilustrado 
hasta  el  punto  de  no  odiar,  como  odiaron  sus  antepasados,  los 
libros  ni  los  sabios  árabes  ni  hebreos  ^;  y  deseoso  de  domeñar  la 
bélica  aspereza  de  sus  vasallos  con  las  dulzuras  de  las  artes  de  la 
paz,  ni  omite  desvelo  alguno  para  dotar  á  su  patria  de  la  cul- 
tura por  él  ambicionada,  ni  halla  obstáculo  invencible  á  sus  co- 
losales proyectos  que,  encaminados  al  par  á  las  letras  y  á  las 
ciencias,  abarcan  la  vida  entera  del  pueblo  castellano. 

Y  sin  embargo,  este  monarca,  cuyo  nombre  llena  la  historia 
del  siglo  Xlll,  y  cuya  mayor  falta  fué  sin  duda  el  insaciable  afán 
de  ilustrar  á  sus  mal  sosegados  subditos,  no  solamente  se  vio  un 
día  despojado  del  justo  galardón  debido  á  sus  empresas  militares, 
coronadas  de  feliz  éxito,  sino  que  torpemente  calumniado  por  la 
emulación  ó  la  envidia,  llegó  á  ser  tenido  en  menos  aun  entre  los 
que  se  preciaban  de  entendidos,  siendo  desdeñada  su  ciencia,  cual 
vana,  mentida  y  peligrosa  2.  Pero  si,  como  hemos  dicho  antes 

1  Véase  el  capítulo  XV  de  la  1.*  Parle,  pag.  278. 

2  .Apenas  hay  escritor  de  los  últimos  siglos  que,  hablando  del  Rey  don 


II. *  PAUTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   449 

de  ahora,  más  incrédula  de  lo  que  á  la  gloria  de  España  conve- 
nia, ó  tal  vez  más  ignorante  de  lo  que  debia  esperarse,  no  supo 
su  posterioridad  comprender  tan  generosos  sacrificios;  si  llevó  el 
extravio  hasta  el  punto  de  escarnecerlos,  ya  felizmente  han  pa- 

Alfonso,  no  haya  lanzado  sobre  su  nombre  la  nota  de  impiedad,  refiriendo  la 
conocida  anédocla  de  Segovia,  que  con  extremada  credulidad  prohijó  el  eru- 
dito Colmenares  en  la  Historia  de  la  ciudad  referida,  é  insertando  el  dicho,  que 
se  le  atribuye  con  el  mismo  propósito:  «Si  Dios  me  hubiera  pedido  consejo, 
cuando  creó  el  universo,  lo  hubiera  hecho  de  otro  modo».  Pero  si  esta  inven- 
ción puede  correr  todavía  entre  los  extraños,  no  es  lícito  tolerarla  por  más 
tiempo  entre  nosotros,  señalado  ya  atinadamente  su  origen  por  el  docto  mar- 
qués de  Mondéjar  en  las  Memorias  Históricas  del  expresado  monarca.  «La  suma 
»presuncion  que  se  le  atribuye  (escribía  don  Gaspar  Ibañez  de  Mendoza),  no 
«advertida  do  otro  escritor  nuestro  de  los  antiguos  que  florecieron  en  su  tiem- 
»po  ú  en  otro  más  inmediato  á  él,  con  el  sacrilego  arrojo  que  como  efecto  de 
))la  incierta  satisfacción  que  presupone  tuvo  de  su  sabiduría,  y  que  le  drs- 
«acredita  y  malquista  con  los  profesores  de  nuestra  sagrada  religión»,  obra 
fué  de  Pedro  IV,  el  Ceremonioso,  primero  que  le  atribuyó  aquellas  palabras, 
las  cuales  vinieron  á  hacer  fortuna  en  la  pluma  de  Zurita  y  de  ella  en  la  de 
otros  muchos  que  le  siguieron  (Apénd.  I,  pág.  638  y  639).  Pero  es  lo  nota- 
ble que  un  escritor,  á  quien  anima  y  distingue  el  celo  de  la  verdad,  par- 
tiendo de  esta  indigna  suposición,  haya  asentado  que  si  bien  «era  don  Alfon- 
»so  intiligente  en  la  ciencia  astronómica,  corto  mérito  en  un  rey...,  sabia 
«poco  ó  nada  de  aquella  que  justamente  se  llama  arto  de  las  artes  y  ciencia 
»de  las  ciencias:  ars  artium  et  scientia  scientiarum  hominum  régete,  por  lo 
«que  dijo  de  él  un  célebre  historiador  español:  Dum  coelum  considerat,  terram 
namissit))  (Feijóo,  Carlas  curiosas,  tomo  V,  dedicat.).  Con  perdón  sea  dicho 
de  Feijóo  y  de  Mariana,  á  quien  aquel  alude,  este  aserto  no  pasa  de  ser  una 
vulgaridad  reprensible,  que  no  puede  hoy  sin  desdoro  propio  aplicarse  al 
autor  del  Fuero  Real,  del  Espéculo  y  de  las  Partidas,  cuyo  intento  principal, 
reflejado  en  todas  sus  producciones,  fué  el  de  mejorar  y  promover  la  cultura 
española,  con  un  fin  altamente  político,  según  resultará  claramente  del  estu- 
dio que  emprendemos.  Lo  notable  de  todo  es,  como  ya  observamos  en  nues- 
tros Estudios  sobre  los  Judíos  de  España  (Ensayo  I,  cap.  III),  que  los  aceros 
de  la  calumnia  asestada  contra  la  piedad  del  Rey  Sabio,  vinieron  á  romperse 
en  los  grandes  descubrimientos  astronómicos  del  siglo  XYI.  Nicolás  Copér- 
nico  y  Galileo  Galillci,  manifestaron  al  publicar  sus  sistemas,  que  si  abrigó 
en  efecto  don  Alfonso  algunas  dudas  sobre  el  de  Ptolomeo,  universalmente 
acatado  en  su  tiempo,  no  sólo  pueden  hoy  calificarse  de  legítimas,  sino  tam- 
bién de  acertadas.  Así,  lo  que  antes  pareció  vituperio,  ha  debido  convertirse 
en  aplauso.  Pero  en  su  lugar  veremos  cómo  juzgó  á  Ptolomeo  el  mismo  Rey 
Sabio. 

TOMO   III.  29 


4oO  HISTORIA    ChItICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA . 

;;ailo  aquellos  dias,  y  la  crítica  imparcial,  grave  y  circunspecta, 
no  puede  menos  de  protestar  contra  aquellos  desdenes  y  mal 
fundadas  acusaciones  *.  La  vindicación  del  ultrajado  monarca, 
digno  por  tantos  conceptos  de  admiración  y  de-respeto,  debe  pues 
ser  completa,  cuando  las  pruebas  son  tan  claras  y  tan  copiosas, 
cuando  la  justicia  no  vacila  en  inclinar  la  balanza  al  peso  de  la 
gloria  y  del  patriotismo,  y  cuando  sin  reconocerle  cual  móvil  y 
regulador  de  todas  las  empresas  científicas  y  literarias  que  se  lle- 
van acabo  en  la  segunda  mitad  del  siglo  XIII,  ni  es  posible  apre- 
ciarlas dignamente,  ni  hallar  tampoco  fácil  manera  de  explicarlas. 
En  la  poesía  y  en  la  historia,  en  la  filosofia  y  la  jurisprudencia, 
cu  las  ciencias  astronómicas  y  naturales  dejó  Alfonso  X  de  Casti- 
lla consignados  los  altos  títulos  que  le  confirman  hoy  el  renom- 
bre de  Sabio,  y  que  dándolo  entonces  el  de  innovador,  le  atra^ 
jeron  la  ojeriza  y  enemistad  de  unos,  la  veneración  y  las  bendi- 
ciones de  otros. 

Animado  el  Rey  Sabio  de  verdadero  espíritu  de  progreso,  im- 
primía á  lodos  los  elementos  de  cultura  sello  extraordinario;  y 
aspirando  á  modificar  lo  existente,  no  reparaba  en  pasar  plaza 
de  imitador,  con  tal  de  alcanzar  el  fin  apetecido.  Era  este  doble 
empeño  el  estímulo  más  poderoso  de  todas  sus  tarcas;  y  lleván- 
dole, según  vá  insinuado,  á  buscar  las  nociones  de  la  ciencia  y 
del  arte  donde  quiera  que  el  arte  y  la  ciencia  existían,  caracteriza 
principalmente  las  producciones  que  salen  de  su  pluma  y  las  que 
se  escriben  bajo  la  som.bra  do  su  trono,  trayendo  al  suelo  de  Cas- 
tilla é  introduciendo  en  su  literatura  los  granados  frutos  de  otras 
civilizaciones.  Evidente  parece  en  consecuencia  que  aun  siendo 


\  Salisraclorio  es  por  cierto  para  todo  el  que  abrigue  verdadero  senti- 
miento patriótico,  que  esta  manera  de  protesta,  nacida  en  nuestro  suelo  con 
las  tareas  de  don  Nicolás  Antonio,  Velazquez,  Mondéjar,  Sarmiento,  Rodri- 
gucz  de  Castro  y  otros,  tome  hoy  nuevo  cuerpo  y  mayor  fuerza  en  la  pluma 
(le  notabilísimos  escritores  alemanes.  Entre  otros  varios  parécenos  convenien- 
te citar  al  erudito  Mr.  Clarus,  que  aun  no  conociendo  todas  las  obras  del  Rey 
Sabio,  según  ingenua  y  dignamente  confiesa,  procura  y  aun  logra  vindicarle 
de  repetidas  acusaciones,  hijas  unas  de  mala  fé  y  engendradas  otras  por  osa- 
<la  ignorancia  {Darstellutig  úer  spnnischen  Literatitr  in  Mittelalter,  tomo  I, 
p.ig.  n27  y  siguientes). 


II.*  PARTE,  CAP.  TX.  SEC.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   451 

uno  y  constante  el  objeto,  á  cuyo  logro  se  encaminaba,  debían 
naturalmente  diferir  los  resultados  parciales  obtenidos  por  el  rey 
don  Alfonso  y  sus  ayudadores,  como  eran  distintos  los  medios 
empleados  para  infundir  nuevo  aliento  á  la  cultura  castellana. 
Pero  si  descubriendo  la  extensión  y  profundidad  de  sus  miras, 
aumenta  notablemente  esta  complicación  de  medios  la  dificultad 
del  estudio,  no  por  eso  dejan  de  ser  menos  estimables  los  timbres 
con  que  se  ilustra  el  hijo  de  Fernando  III,  ya  se  nos  muestre 
como  poeta  ó  historiador,  ya  como  filósofo  ó  matemático.  En  uno 
y  otro  concepto  le  vemos  enriquecer  la  literatura  y  las  ciencias 
con  extraños  tesoros,  y  en  uno  y  otro  concepto  será  bien  que  exa- 
minemos lo  que  debe  á  su  protección  y  á  su  talento  la  España 
del  siglo  XIII. 

Acordes  andan  cuantos  han  escrito  del  Rey  Sabio  con  algún 
fundamento,  en  que,  educado  bajo  los  auspicios  de  doña  Beren- 
guela,  cuya  gran  virtud  y  amor  á  las  letras  dejamos  ya  recono- 
cidos, inclinóse  desde  la  primera  juventud  al  cultivo  de  la  poesía 
y  de  la  amena  literatura,  manifestando  que  no  le  había  negado  la 
Providencia  las  dotes  concedidas  á  otros  ingenios  de  su  tiempo. 
Mas  ora  fuese  porque  la  misma  edad  juvenil  le  llevara  á  expre- 
sar sus  pensamientos  en  composiciones  breves,  ligeras  y  ade- 
cuadas al  canto,  ora  porque  no  le  consintieran  todavía  sus  estu- 
dios emplearse,  á  la  manera  de  Berceo  y  Juan  Lorenzo  de  As- 
torga,  en  obras  de  cierta  magnitud  é  importancia,  es  lo  notable 
que  aparece  don  Alfonso  como  el  primer  poeta  castellano  que  in- 
trodujo en  la  poesía  erudita  de  los  vulgares  el  sentimiento  lírico, 
apenas  insinuado  hasta  entonces  en  los  poemas  heroicos.  Pero 
esta  innovación  que  debía  producir  un  cambio  sustancial  en  el 
sistema  artístico  de  la  poesía  castellana,  tomando  por  instrumento 
una  lengua  que  no  era  en  verdad  la  hablada  en  la  España  Cen- 
tral, descubre  á  los  ojos  de  la  crítica,  que  lejos  de  haberse  extin- 
guido aquel  espíritu  de  localidad  que  dio  vida  á  los  diversos  dia- 
lectos desarrollados  en  uno  y  otro  ángulo  de  la  Península  ^,  había 
tenido  fuerzas  bastantes  para  aspirar  también  á  la  adopción  de 
una  poética,  viniendo  al  cabo  á  reflejarse  en  el  gran  cuadro  que 

i     Véase  la  Ilustración  U.^  del  tomo  precedente. 


4:í2  »!i>n>itiA  ciiíTiCA  nr.  i,a  Mrt;nATimA  ^:sp.^^(ll,A. 

iba  A  prosi'utai'  en  el  reinado  de  aquel  príncipe  la  civilización  es- 
pifióla.  Diferentes  eran,  sin  embargo,  las  fuentes  en  que  pudo 
inspirarse  el  joven  príncipe  para  dar  cima  á  la  innovación  men- 
cionada, ofreciéndose  á  su  vista  con  igual  prestigio  los  últimos 
restos  de  la  poesía  lírica  de  los  provenzales,  los  ensayos  de  los 
catalanes  y  las  imitaciones  de  los  gallegos. 

Y  decimos  los  últimos  restos  de  la  poesía  de  los  provenzales, 
porque  antes  de  subir  el  Rey  Sabio  al  trono  de  sus  mayores,  ha- 
bía ya  venido  aquella  poesía  á,  dolorosa  decadencia,  y  envueltos 
los  trovadores  en  el  común  naufragio  de  los  albigenses,  se  habian 
visto  forzados  á  mendigar  en  tierra  extraña  el  asilo  y  protección 
que  le  negaban  en  la  propia  el  odio  y  la  intolerancia  de  los  cruza- 
dos. Cierto  es  que  antes  de  esta  época  habian  ya  penetrado  en  el 
territorio  de  Castilla  algunos  trovadores,  para  alentar  con  sus  can- 
tos las  huestes  ultramontanas  que  en  determinados  momentos  lle- 
gaban á  tomar  parte  en  la  guerra  contra  los  sarracenos:  entre 
los  escasos  cultivadores,  que  tuvo  en  el  suelo  de  Provenza  la 
poesía  lirico-heróica,  señala  su  historia  los  nombres  de  un  Mar- 
cabrü  y  de  un  Gabaldan  el  Viejo,  que  doblando  los  Pirineos,  se 
cuentan,  el  primero  en  la  celebrada  expedición  de  Almería  y  el 
segundo  en  la  famosísima  cruzada  de  las  Navas  de  Tolosa  ^ .  Mas 


\  Fauriel  {Rist.  de  la  poes.  proveiif,  tomo  II,  cap.  XX). — Millot 
{Hist.  Lilt.  des  Troub,  tomo  II,  pág.  230),  y  don  Pedro  José  Pidal  en  su  Dis- 
curso de  la  poesía  casi,  de  los  siglos  XIV  y  XV  (pág.  LI),  ponen  á  Marcabrú 
en  la  corle  de  Alfonso  X. — Fauriel  prueba  que  la  prezicansa,  que  intituló  La- 
vador ó  Piscina,  se  refiere  á  la  empresa  de  Almería,  y  que  la  poesía  escrita 
después,  fué  dirigida  al  emperador  Alfonso  VII.  En  efecto,  en  ella  se  habla  de 
los  almorávides,  que  habian  desaparecido  de  España  mucho  antes  de  la  época 
de  don  Alfonso,  el  Sabio.  Dicha  canción  comienza: 

Eioperairp,  per  mi  mezeis 
•   Sai,  quant  vostra  proeza  eréis,  etc. 

Y  en  la  estrofa  IV."  se  lee: 

Ais   Ainoravis  fui  coiiort 

l'er  las  pote&tatz  d'outra  'I  port, 

C'ant  pres  una  tella  ad  orilir.  etc. 

(Rayiiouard,  Choix,  tomo  IV,  pág.  129). 

Esta  canción  y  la  Piscina  ú  Lavador  han  sido  reproducidas  úllimamcnle 
por  el  distinguido  profesor  de  Literatura  en  la  Universidad  de  Barcelona,  don 


II.   PAUTE,  C\V.    IX.  SEG.  TRASF.  DEL  AUTE  VULG.  ERUD.   45) 

sobre  revelarnos  las  composiciones  de  uno  y  otro  que  no  se  dirigían 
estos  cantares  á,  los  ejércitos  españoles,  pruébanos  también  lo  pe- 
regrino de  los  mismos  ^  que  no  eran  bastantes  á  torcer  el  ins- 
tinto poético  de  la  muchedumbre,  ni  menos  á  dominar  el  gusto 
de  los  eruditos,  encaminado  ya  por  muy  diferente  sendero.  Abier- 
tas entre  tanto  para  aquellos  miseros  náufragos,  libertados  de  la 
matanza  de  Besieres  y  del  saco  de  Tolosa,  las  curtes  do  Al- 
fonso IX  de  León  y  de  Fernando  III  de  Castilla,  ilustrado  monarca 
que  enviaba  á  su  hijo  don  Felipe  á  la  escuela  de  Paris  para  estu- 
diar teología  -,  no  solamente  hallaban  en  ellas  el  deseado  asilo, 
sino  que,  según  los  mismos  repetidamente  aseguran,  eran  recibi- 
dos con  distinción  y  aplauso.  Ni  pudiera  sospecharse  otra  cosa  del 


Manuel  Milá  y  Fontanals,  en  el  muy  estimable  estudio,  que  con  el  título  de 
Los  Trovadores  en  Espatla  ha  dado  á  luz  en  1801  (pág-s.  7o  y  80).  También 
Inserta  la  de  Gabaldan  ó  Givaudan,  do  que  hicimos  ya  mención  antes  de 
ahora  (tomo  II,  pág.  124),  la  cual  juzga  no  indigna  de  la  empresa  por  él 
cantada  (pág-.  127). 

1  Todo  el  anhelo  de  los  escritores  que  han  pretendido  hacer  tributaria  á!a 
poesía  española  desde  la  referida  época,  no  ha  alcanzado  á  reunir  para  de- 
mostración de  su  tesis  sino  contadísimo  número  de  poesías,  cortas  y  fuga- 
ces, en  que  algunos  trovadores  aluden  más  ó  menos  remotamente  á  España 
durante  la  segunda  mitad  del  siglo  XII  y  la  primera  del  XIII.  Los  nombres 
de  Pedro  de  Alvernia,  Bellran  del  Born,  Fulco  de  Marsella  y  otros  trovado- 
res de  menor  talla,  se  citan  en  efecto  como  inequívoca  prueba:  pero  apartando 
la  vista  de  lo  que  era  ya  el  arte  español,  cuando  dichos  poetas  escriben,  y 
desconociendo  el  sello  especialísimo  que  habia  recibido,  al  nacer,  de  la  cultura 
que  lo  engendra.  Los  hechos  que  vamos  exponiendo,  manifiestan  sin  embargo 
que  verificada  la  transformación  de  la  poesía  vulgar  en  erudita,  tal  como  vá 
estudiada,  era  ya  más  fácil  que  se  abriese  el  parnaso  de  la  España  Central  á 
la  influencia  de  los  trovadores.  Esta  consideración  y  la  ingenuidad,  conque 
procedemos  en  nuestras  tareas,  probarán  á  los  doctos  que  al  rechazar  la  pa- 
ternidad de  otras  poesías,  respecto  de  los  cantos  populares,  y  aun  de  los  pri- 
meros monumentos  escritos  de  la  castellana,  no  procedemos  caprichosamente, 
ni  negamos  aquellos  beneficios  recibidos  de  otras  civilizaciones.  Pero  la  edad 
de  Alfonso  X  no  es  la  época,  en  que  se  componen  los  Cantares  de  Ruy  Diaz, 
si  bien  el  espíritu  que  resplandece  en  las  Cantigas  del  Rey  Sabio,  de  que  en 
breve  trataremos,  es  el  mismo  que  anima  las  plegarias  de  Mió  Cid  y  de 
Jimena. 

2     Anotaciones  á  la  Crónica  de  los  qualro  reyes,  por  Ambrosio  de  Morales 
(Bibl.  Escur.,  cód.  &,  ij  7,  fól  97  v.). 


45  i  HISiÜlUA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?50LA. 

hijo  de  doña  Berengiiela,  quien  al  propio  tiempo  que  se  distinguía 
coma  experto  caudillo,  siendo  el  más  feliz  de  nuestros  conquista- 
dores, preciábase  también  de  protector  de  las  letras  en  la  forma 
antes  de  ahora  indicada;  y  entendido  en  todas  las  maneras  de  la 
caballería,  «pagáiuase  de  ornes  de  corte  que  sabien  bien  de  trovar 
«et  de  cantar,  et  de  ioglares  que  sopiesen  bien  tocar  estrumentos», 
discerniendo  perfectamente  el  mérito  de  cada  uno  *, 

No  es  por  tanto  maravilla,  trocado  ya  el  señorío  de  las  comar- 
cas, donde  hablan  florecido  los  trovadores,  y  disipadas,  en  odio  á 
la  soltura  de  su  musa  respecto  del  clero,  las  antiguas  Cortes  ó 
Tribunales  de  Amor  que  les  dieron  no  escasa  importancia  y  nom- 
bradla, que  mientras  atravesando  los  Alpes,  llevaban  al  Monfer- 
rato,  á  Sicilia  y  Lombardia  las  reliquias  del  arte  por  ellos  culti- 
vado, impetrasen  en  Castilla  la  protección  de  nuestros  reyes, 
atraídos  por  la  justa  fama  de  su  ilustración  y  largueza.  Gozando 
generosa  hospitalidad,  señaláronse  en  el  suelo  castellano  un  Gi- 
raldo  de  Calanson,  que  lloraba  en  sentida  elegia  la  temprana 
muerte  del  infante  don  Fernando,  hijo  de  Alfonso  YIII  y  de  Leo- 
nor de  Inglaterra;  un  Giraldo  de  Borneil,  que  celebrando  las  no- 
bles prendas  del  rey  don  Jaime  de  Aragón  y  de  don  Sancho  de 
Navarra,  dirigía  á  Alfonso  IX  de  León  y  Fernando  III  de  Castilla 
una  de  sus  más  notables  canciones  heroicas;  un  Guillermo  de 
Ademar,  que  siguiendo  las  costumbres  de  los  antiguos  trovado- 
res, aconsejaba  al  citado  Alfonso  que  levantase  un  ejército  contra 
los  sarracenos,  «para  que  llevase  consigo  al  marido  celoso  que  te- 
nia encerrada  á  su  bella»,  mostrándose  al  propio  tiempo  pagado 
del  rey  don  Fernando;  y  tantos  otros  como  pudieran  citarse,  que 
bien  acogidos  y  agasajados  por  el  conquistador  de  Sevilla,  le 
consagraron  en  sus  poesías  notables  recuerdos,  como  para  pa- 
garle la  benevolencia  y  esplendidez,  conque  los  habla  distinguido  2. 


i     Septenario,  cap.  VI  délo  conservado. 

2     Millot,  Hist.  Litt.  des  Troub. ,iomo  II,  págs.  28,  80,  497,  etc.  La  elegia 
de  Calanson,  insoria  en  el  tomo  IV  de  Raynouard,   pág.  65,  empieza: 

üclb  Senhor  Dieus,  quo  pot  csser  sufritz 
Tan  rstr.inh  dols  cuín  es  del  jov'  enfan' 
Del  filh  del   rry   de  Castella  pre/.un,   ele. 


II.  PAUTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   455 

Y  si  tuvo  el  Rey  Sabio  tan  plausible  egemplo  en  la  corte  de  su 
esclarecido  padre,  no  quiso  en  verdad  ser  vencido  por  su  magni- 
ficencia, extremándose  en  la  protección  que  dispensó  á  los  trova- 
dores, los  cuales  vieron  su  palacio  cual  digno  teatro  de  las  musas, 
declarándole  al  par  como  el  más  entendido  de  los  monarcas  en 
las  artes  de  la  poetria.  Crecido  fué  entonces  el  número  de  los 
trovadores  y  juglares,  que  vinieron  á  la  España  Central,  para  re- 
coger los  aplausos,  que  les  negaban  en  su  propia  nación  los  nue- 
vos dominadores  '.  Entre  otros  muchos  hacíanse  aceptos  á  los 
ojos  del  rey  Alfonso  Pedro  Vidal  de  Tolosa,  que  recordaba  tam- 
bién complacido  los  tiempos  de  Fernando  III  y  de  Alfonso  YIII; 
Raimundo  de  Castelnau,  que  declamando  contra  el  clero,  los  re- 
yes y  magnates  de  su  tiempo,  señalaba  al  rey  poeta  como  el  más 
ilustre  de  los  soberanos;  Fulco  de  Lunel,  que  felicitándole  por  su 
elección  al  imperio,  censuraba  la  parcialidad  de  Gregorio  X  á  fa- 
vor de  Ricardo  de  Inglaterra;  Hugo  de  la  Escaura,  que  teniéndole 
por- el  mejor  de  los  reyes  que  hubo  en  el  mundo,  le  consagra  re- 
petidos sirventesios,  los  cuales  debían  purificarse  como  el  oro  al 
fuego,  á  medida  que  fuesen  oidos  por  los  discretos  -;  Beltran  Car- 


La  poesía  de  Guillermo  de  Ademar,  á  que  en  este  lugar  aludimos,    co- 
mienza: 

Non  pot  esser  suffert,  ni  ateadut,   ele. 

Los  versos  indicados  dicen: 

Si  '1  reys  N'  Ainfos.  cui  doptou  li  Masmut, 
£  '1  meilher  cotiis  de   la  crestiandat, 


Ab  que  Tus  d'els  raeres  ensems  ab  se 
i  Marit  gelos  q'  inclau  é  sera   e  te, 

Non  an  peccat  non  lur  fos  perdonatz. 

(Raynouard,  tomo  III,  pág^.  197  y  98.) 

1  El  matrimonio  de  Carlos  de  Anjou  con  la  hija  de  Ramón  Berenguer  V 
se  llevó  á  cabo  en  1245.  Fauriel,  movido  de  un  espíritu  crítico  digno  de  ala- 
banza, señala  este  hecho  como  la  última  fuente  de  la  sátira  provenzal,  postrera 
expresión  de  aquella  nacionalidad  poética  [Hist.  de  la  poesía  proven^..,  lomo  II, 
cap.  XXII). 

2  En  una  de  las  composiciones  que  dirige  Escaura  al  Rey  Sabio  hace 
mención  de  los  trovadores  Pedro  Vidal,  Alberto  de  Saboya,  Arnaldo  Romieu, 
Peguilano,  Fonsalada,  Pelardit  y  Galobet,  como  de  poetas  conocidos  en  lu 
corte  de  Castilla  (Millol,  Hist.  litt.  des  Troub.,  tomo  II,  pág.  205), 


456  HISTORIA    CRITICA    Üt    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

bonel,  que  dirigiéndole  varias  de  sus  canciones  eróticas,  le  de- 
signa cual  juez  entendido  en  las  lides  del  amor  y  de  la  caballeria, 
y  Guillermo  de  Montagnagut,  qno  invitándole  á  tomar  posesión 
del  imperio,  le  prodiga  asimismo  las  más  expresivas  alabanzas  '. 
Ni  dejaron  tampoco  de  recordar  las  distinciones  logradas  en  la 
curte  de  tan  generoso  príncipe  Aimerico  de  Belenvci  ó  Bclenoi, 
declamador  vehemente  contra  las  costumbres  de  su  siglo,  que  sólo 
hallaba  digna  de  elogio  la  corte  de  Castilla,  á  cuyo  rey  agrada- 
ron sobremanera  sus  hermosos  versos;  Bonifacio  Calvo,  distin- 
guido genovés,  que  arrojado  de  su  patria  por  los  disturbios  civi- 
les, interpone  sus  conocimientos  en  el  cultivo  de  la  poesía  pro- 
venzal,  para  merecer  el  aprecio  de  don  Alfonso,  excitando  al  cabo 
la  envidia  de  los  cortesanos;  y  Aimerico  de  Pugilano,  inconside- 
rado amante,  que  habiendo  herido  en  Tolosa  al  esposo  de  su  ama- 
da, buscó  refugio  en  Castilla,  alcanzando  del  hijo  de  Fernando  III 
armas,  honras  y  riquezas  '. 
Pero  más  que  todos  estos  famosos  trovadores  llaman  nuestra 


\  Millot,  Hist.  lili,  des  Troub.,  tomo  II,  págs.  288,  206,  43  8;  tomo  III, 
págs.  77,  92. — Entre  todas  las  composiciones  citadas,  merece  especial  men- 
ción la  de  Fulco  de  Lunel,  por  el  extremado  elogio  que  hace  del  Rey  Sabio: 
empieza  así: 

Al  bon  rey  qu'  es  reys  de  pretz  car, 

Reys  de  Castelln  é  de  Leo, 

Reys  d'  acuihir  é  reys  d'  onrar, 

Reys  de  rendre  bon  giiiardo, 

Reys  de  valor  é  reys  de  cortczia, 

Reys,  a  cui  platz  joys  é  solatz  tot'  l'an, 

Qui  Tol  saber  de  far  bos  faitz  s'  en   an 

Qqí'  en  luec  del  ninn  tan  be  no'  Is  apenria.  > 

(Raynouard,  Choix,  tomo  IV,  pág.  230.) 

2  Millot,  tomo  II,  págs.  331,  362;  tomo  IIÍ,  pag.  233.— De  estos  trova- 
dores, ninguno  llama  nuestra  atención  tanto  como  Bonifacio  Calvo,  por  ser 
uno  de  los  poetas  italo-provenzales  que  más  contribuyeron  al  desarrollo  de  la 
poesía  italiana:  la  composición  mas  notable  que  dirige  al  Rey  Sabio,  está 
encaminada  á  promover  la  guerra,  y  comienza  con  estos  versos: 

En   luec  de  Tcrjauz  floritz 

E  roillatz 
Volgra  ppr  cainps  é  per   pralz 
Vi-zer  lantas  c  peños,  etc. 

(Raynouard,  Chota-,  lomo  IV,  pág.  224.) 


II.   PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.    457 

atención  los  no  menos  celebrados  Nat  de  Mons  y  Giraldo  Riquier 
de  Narbona,  quienes  no  solamente  obtuvieron  la  protección  del 
Rey  Sabio,  sino  que  habiéndole  dirigido  diferentes  reqüestas,  se 
manifestaron  también  gozosos  de  haberle  debido  la  solución  de- 
seada. Haciendo  gala  de  ciertas  nociones  metafísicas  y  astrológi- 
cas, discurría  el  primero  sobre  la  influencia  de  los  planetas  en  la 
suerte  de  los  hombres:  lamentándose  el  segundo  del  descrédito  y 
confusión,  en  que  habia  caido  la  verdadera  juglaría,  echaba  do 
menos  una  clasificación  racional,  que  sepárase  á  los  que  decoro- 
samente profesaban  la  música  y  dignamente  cultivaban  la  poesía, 
de  los  que  cantaban  en  calles,  plazas  y  tabernas,  y  de  los  que 
hacian  bailar  perros,  gimios  y  otros  animales,  remedando  el  trino 
de  los  pájaros  y  divirtiendo  á  la  gente  menuda  con  saltos  y  con- 
torsiones. No  elogiaremos  por  cierto  la  forma  en  que  está  con- 
cebida la  respuesta  dada  á  Nat  de  Mons  por  don  Alfonso  * ;  pero 
si  nos  cumple  observar  que  si  fuese  dictada  por  aquel  rey,  así 
como  la  Declaratió  que  Giraldo  Riquier  le  atribuye,  habríamos 
de  contarle,  no  ya  en  el  número  de  los  príncipes  que  protegieron 


1  Millot,  tomo  II,  pág-.  193.  La  respuesta  que  sobre  los  versos  de  Kat  de 
Mons  se  atribuye  al  Rey  Sabio,  dá  principio  con  estos  versos: 

Auzidas  las  razos. 

Volens  jutjamen  dar, 

Dig  a  son  coinensar: 

Aiifos  per  las  vertutz 

De  Dieu  endevengutz 

Augutz  tots  teinps  creissens,   ele. 

(Raynouard,  Choix,  tomo  V,  pág.  269)¿ 

Giraldo  Riquier  de  Narbona  consagró  al  rey  don  Alfonso,  después  de  su 
muerte  (acaecida  en  1284  y  no  1287  como  dice  Raynouard),  una  composición 
elegiaca,  que  tiene  este  principio: 

Eu  la   greu  iiiort  amara  , 

Del  bon  rey  es  serratz 

Pretz  qu'  en  est  mon  non  platz 

N'Anfos,  qu'   elh  saup  culhir,         * 

Boa   fiíitz  e'ls  raals  fugir,  etc. 

Dos  años  después  escribía  otra  canción,  recordándole,  la  cual  comienza: 

*  Qai  m  dísses,   non  a  dos  ans, 

Que  el   laus  me  fes  desgrazitz 
Del   rey  N'  Anfos,  de  prelz  quitz,  etc. 


458  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ES1'A5SüLA. 

á  los  trovadores,  sino  en  el  de  los  cultivadores  de  la  poesía  pro- 
venzal,  en  cuya  lengua  se  hallan  escritas  ambas  composiciones. 
Giraldo  Riquicr,  no  sin  razón  tenido  por  el  rey  de  las  pastorelas 
y  vaqneiras,  género  que  al  cabo  cultivaron  los  poetas  castellanos 
no  sin  fortuna,  y  uno  de  los  últimos  que  sostuvieron  la  decadente 
gloria  de  la  poesía  lírica  de  los  trovadores,  manifestaba  en  su  fa- 
mosa Supltcatió  que  tenia  el  nieto  de  doña  Berenguela  «toda  la 
«autoridad,  lodo  el  saber  y  el  discernimiento  para  corregir  tan 
^pernicioso  desorden»,  añadiendo  que  en-todas  edades  habian  en- 
contrado la  «juglaría  y  la  ciencia  más  protección  en  Castilla  que 
»>en  otra  curte  alguna»  '. — No  podia  en  consecuencia  ser  más  ac- 
tiva la  comunicación  que  tuvo,  el  Rey  Sabio  con  los  trovadores 
provenzales,  antes  y  después  de  subir  al  trono  de  sus  abuelos; 
pero  según  arriba  apuntamos,  no  fué  este  el  único  egemplo  que 
pudo  seguir  para  comunicar  á  la  poesía  erudita  de  los  vulgares  el 
sentimiento  y  las  formas  líricas,  de  que  hasta  entonces  habia  ca- 
recido el  parnaso  docto  castellano. 

Notables  eran  en  verdad  los  que  en  las  regiones  orientales  de 
la  Península,  donde  se  habia  formado  y  caminaba  á  su  perfeccio- 
namiento un  romance  distinto  del  de  Castilla  ^,  le  ofrecían  insig- 
nes cultivadores  de  la  poesía,  entre  los  cuales  se.  contaban  tam- 
bién algunos  monarcas.  Constante  el  empeño  de  los  catalanes  des- 
de los  tiempos  de  Berenguer  I,  conde  de  Provenza,  en  crear  una 
poesía  nacional,  habian  sucedido  á  los  nobles  esfuerzos  y  magni- 
ficencia de  aquel  príncipe  para  con  los  hombres  ilustrados,  los  de 
Alfonso  I,  protector  de  los  trovadores,  y  con  mayor  efecto  los  de 
Alfonso  II,  que  se  preciaba  de  poeta,  así  como  los  de  Pedro  II  y 
Pedro  III,  objeto  ambos  de  las  alabanzas  de  los  cantores  proven- 
zales que  hallaron  digno  refugio  en  su  corte,  y  contados  ambos 
en  el  número  de  los  favorecidos  de  las  musas  ^.  No  seremos  no- 


1  Millot,  tomo  111,  pág.  359. — La  Decíaratió  del  Rey  se  comprende  desde 
la  pág.  363  á  la  372  inclusive.  Milá  la  inserta  original,  con  la  SupHcatió  de 
Riquier,  desde  la  pág.  233  á  la  240  de  sus  Trovadores  en  España. 

2  Véase  la  Ilustración  II.*  del  t.  II  de  la  I.^  Parte. 

3  Amat,  Memorias  de  los  escritores  catalanes,  págs.  13,  474  y  470; — 
Millot,  Hist.  Hit.  des  Troub.^  lomo  I,  pág.  13;  tomo  III,  pág.  150;— Quadrio, 
Storia  d'ognipoesie,  lomo  II,  pág.  i  1  í;— Milá,  págs.  257,  339  y  396. 


II.   PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EUUD.   459 

sotros  los  que  pretendamos  sacar  á  la  poesía  catalana  libre  de 
toda  influencia  provenzal,  ni  menos  dar  calor  á  la  opinión  pere- 
grina de  que  fué  la  primera  fuente  y  raiz  de  la  segunda:  unidos 
ambos  paises  por  una  suerte  común  desde  la  más  remota  anti- 
güedad ',  y  desde  fines  del  siglo  XI  hasta  mediados  del  XIII  bajo 
un  mismo  cetro;  frecuentado  el  suelo  de  Cataluña  por  los  más 
famosos  trovadores  ultramontanos  ^,  parece  racional  que  no  so- 
lamente fuese  en  él  aplaudida  la  poesía  de  las  Cortes  de  Amor, 
sino  también  imitada.  Pruébalo  de  un  modo  concluyente  la  can- 
ción amorosa,  que  ha  llegado  á  nuestros  dias,  debida  al  rey  Al- 
fonso II,  y  con  ella  las  muy  celebradas  de  Guillermo  Cabestany, 
cuya  trágica  muerte  es  una  de  las  más  dolorosas  consecuencias 
del  Código  de  amor;  no  debiendo  tampoco  olvidarse  los  sueltos, 
malignos  y  repugnantes  sirventesios  de  Guillermo  de  Bcrguedan 
ó  de  Berga,  como  resultado  inevitable  de  la  torcida  moral  pre- 
conizada por  los  trovadores  ^. 


\     Véase  el  cap.  XV  y  la  Ilustración  II.*  del  tomo  precedente,  pág-.  401. 

2  Ocioso  creemos  el  poner  aquí  los  nombres  de  los  trovadores  que  halla- 
ron acogida  en  la  corte  de  los  reyes  de  Aragón,  condes  de  Barcelona.  Cual- 
quiera de  las  historias  de  la  poesía  provenzal  satisfará  plenamente  la  curio- 
sidad de  los  lectores  que  desearen  hacer  este  examen,  y  muy  especialmente 
el  libro  recientemente  publicado  por  el  profesor  Milá  y  Fontanals. 

3  Millot,  Hist.  un.  des  Troub.,  tomo  I,  pág.  134  y  siguientes;  tomo  UÍ, 
págs.  125;  Raynouard,  Choix,  tomo  III,  pág.  106  y  siguientes.  El  antiguo 
biógrafo  de  los  trovadores,  calificaba  así  á  Guillermo  de  Berguedan,  después 
de  decir  que  todos  sus  parientes  le  abandonaron  «per  so  que  tuich  los  esco- 
gosset  ó  de  las  moillers,  o  de  las  filias  o  de  las  serrors»: — Bons  sirvenles  fetz, 
on  disia  mals  ais  uns  é  bens  ais  allres:  é  se  vana  de  totas  las  domnas  que 
ill  soffrian  amor.  Mout  li  vengon  grans  aventuras  d'armas  et  de  domnas  é 
de  grans  desaventuras»  (Raynouard,  Choix,  tomo  V,  pág.  186).  Los  catala- 
nes le  señalan  como  uno  de  los  primeros  poetas  que  escribieron  en  este  ro- 
mance: fuera  de  la  composición  á  la  muerte  del  marqués  de  Mataplana,  no  es 
lícito  citar  sus  poesías. — No  así  respecto  de  Alfonso  II:  la  única  que  se  ha 
conservado  es  inofensiva,  y  empieza  de  este  modo: 

Per  mantas  guizas  m'  es  datz 

Joys  e  deport  e  solatz; 

Qiie  per  vergiers  e  per  praU 

E  per  fuelhas  e  per  flors 

E  pcl  temps  qu'  es  refrescatz. 


460  IIISTOUIA    ClliriCA    DE    LA    LITEKATUIIA  ESPASüLA. 

Pero  si  hay  una  época  de  imitación,  en  que  los  poetas  calala- 
ues  se  confunden,  autí  en  el  uso  de  la  ieníjua,  con  los  que  nacen 
y  florecen  allende  los  Pirineos,  lícito  es  observar,  para  gloria  del 
nombre  español,  que  pasado  aquel  primer  momento,  imperan  en 
los  cantos  poéticos  de  los  catalanes  la  gravedad  y  cordura,  que 
formaban  la  base  del  carácter  nacional,  resplandeciendo  en  ellos 
al  propio  tiempo  la  devoción  y  el  patriotismo. — Semejante  con- 
vencimiento produce  el  estudio  de  los  cantos  religiosos  consagra- 
dos á  la  Virgen,  objeto  en  Cataluña, como  en  toda  España,  déla 
más  piadosa  adoración  \  las  poesías  morales  de  Serverí  de  Giro- 
na,  y  ya  al  terminar  el  siglo  XIII  los  famosos  sirventesios  de  Pe- 
dro III  contra  Felipe,  el  Atrevido,  y  Carlos  de  Yalois,  que  inten- 
taban despojarle  del  trono,  así  como  también  los  memorables 
cantos  de  Fadrique  de  Sicilia  y  Pons  Hugo,  conde  de  Ampurias; 
enérgico  llamamiento  al  patriotismo  de  catalanes  y  aragoneses, 
altamente  comprometido  en  aquellas  regiones  *.  No  cabe  por  tanto 
duda  en  que  la  poesía  lírica  de  los  trovadores,  que  fué  imitada 
por  nuestros  orientales  en  la  edad  más  floreciente  de  aquellos, 
hubo  al  cabo  de  someterse  al  influjo  de  las  costumbres  y  de  las 
creencias  españolas;  trasformacion  importantísima  que  explicando 
poí-  una  parte  la  índole  general  de  nuestra  cnltm-a,  y  dando  por 
otra  cumplida  razón  de  las  causas  por  qué  se  trasmitió  á  los  si- 
guientes siglos  la  poesía  lírico-erudita  de  los  catalanes,  se  ope- 


Vei  alrgrar  ch.intadors,  etc. 

Tiene  todo  el  corle  de  las  canciones  provonzales. 

1  Véase  el  cap.  XlVde  la  l.^Parlc,  pág'.  203,  ele— ElcrmHto  Villanueva 
insertó  en  su  Viaje  Literario  unas  Lamentaciones  de  la  Virgen  Maria,  repro- 
ducidas há  poco  en  sus  Observaciones  de  la  poesía  popular  por  el  señor  Mllá, 
atribuyéndolas  uno  y  otro  al  siglo  XII.  Comienzan: 

Auyats,  Senyos,   qui  credcst  Dcu  lo  payre 
Aiiyasts,  si  us  plau,  de  Jeshus,   lo  saUayre 
Sos  en  la  creo   on   lo  preygft  lo   layrc 
E   r    .ich  iniTcc  axi  coiii  ó   dct    fayre,   etc.,  etc. 

Otros  varios  cantos  se  conservan,  que  tienen  al  parecer  la  misma  anti- 
güedad. 

2  Millot,  ///«/.  Utt.  des  Trouh.,  lomo  III,  púgs.  316,  151,  2."),  27.— El  se- 
ñor Milá,  en  su  libro  de  los  Trovadores  en  España,  ha  reproducido  laml)icn 
ostos  notables  cantos  (págs.  430  y  sigs.). 


II.   PAUTE,  C-.\P.  IX.  SCC.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.  iñi 

raba  precisamente  durante  el  glorioso  reinado  del  Rey  Sabio. 

Coincidia  con  esta  época  la  no  menos  memorable  de  Jaime  I, 
ípiien  alcanzando  gran  parte  de  la  vida  de  San  Fernando,  no  so- 
lamente aspiraba  al  galardón  de  protector  de  las  letras,  sino  que 
ambicionaba  también  el  lauro  de  los  historiadores.  Entendido  este 
celebérrimo  principe  en  las  artes  de  la  juglaría ,  según  nos  ad- 
vierte don  Juan,  hijo  del  infante  don  Manuel  *,  logró  dará  la  poe- 
sía y  lengua  catalana  el  considerable  impulso,  que  testifican  las 
obras  de  Mossen  Jordí  del  Rey,  su  criado,  teniendo  en  ellas  com- 
pleto desarrollólas  formas  lírico-eruditas^,  que  recibían  más  tardo 
los  poetas  de  la  corte  de  Pedro  III.  Siendo  pues  frecuentes  las  co- 
municaciones entre  Aragón  y  Castilla,  y  estrechadas  las  relaciones 
de  parentesco  entre  ambos  soberanos  con  el  matrimonio  de  don 
Alfonso  y  doña  Violante,  no  se  achacará  á  vano  capricho  el  su- 
poner que  pudo  el  nieto  de  doña  Berenguela  tener  presentes  las 
formas  líricas  cultivadas  por  los  catalanes,  al  cantar  en  copiosa 
variedad  de  metros  las  alabanzas  de  la  Yírgen. 

Y  sin  embargo,  cuando  notamos  que  se  hallan  estas  formula- 
das en  el  romance  hablado  en  el  ángulo  opuesto  y  más  occidental 
de  la  Península,  no  podemos  menos  de  dirigir  á  él  nuestras  mi- 
radas, para  examinar  hasta  qué  punto  fué  posible  al  primogénito 
de  Castilla  hallar  modelos  dignos  de  ser  imitados  entre  los  poetas 


1  Prúlog-o  al  Caballero  et  el  EscuderQ,  Bibl.  Nac,  S.  34.  fól.  1. 

2  Amat^  Memor .  de  los  escritores  catalanes,  pág^.  331. — Las  poesías  que 
de  este  trovador  inserta ,  le  fueron  remitidas  desde  París  por  el  erudito  Mr.  Tas- 
tú:  la  más  notable,  escrita  en  ocasión  en  que  estaba  preso  ó  cautivo,  co- 
mienza: 

Descrt  d'ainichs,  de  bens  et  de  Seiiyor 
En  straiiy  locli  e  en  sirany  encontrada, 
Luny  dé  tot  be  far,   d'  enuig  et  de  tristor, 
Ma   voluntat  é  penQa  cativada. 

Conviene  advertir  que  á  este  Mossen  Jordi  del  Rey,  apellidado  también  Fe- 
brer,  se  han  atribuido  unas  Trovas,  que  tratan  de  los  conquistadores  de  Va- 
lencia, escritas  en  versos  de  arte  ó  maestría  mayor,  las  cuales  fueron  sin  duda 
compuestas  entrado  ya  el  siglo  XVI,  según  indican  Xímeno  y  otros  autores 
valencianos.  En  nuestros  dias  las  ha  reproducido  don  Joaquín  María  Bover, 
como  obra  de  JorUi  Febrer,  sin  tocar  siquiera  esta  cuestión  crítica  (Palma  de 
Mallorca,  i 848). 


402  HISTOIIIA   CIllTICA    DE    I.A    LITERATURA    ESPANOLA. 

ííallegos.  Consignado  en  olro  lugar  ilc  una  manera  indubitable 
que  existia  ya  formado  desde  los  tiempos  del  obispo  don  Diego 
(íelniirez  el  romance  que  lleva  aquel  nombre,  y  probado  también 
que  se  aplicó  en  la  misma  edad  á  los  cantos  populares  ',  natural 
parece  que  dialecto  y  poesía  tuviesen  con  el  trascurso  de  los  tiem- 
pos algún  desarrollo.  Cuatro  son  los  monumentos  que  se  ban  alegado 
en  efecto  para  comprobarlo,  si  bien  con  más  confianza  que  fortu- 
na, y  refiriéndose  principalmente  á.  la  literatura  portuguesa.  Es 
el  primero  un  fragmento  de  un  poema  histórico  sobre  la  pérdida 
de  España,  que  se  supone  hallado  en  el  castillo  de  Arouce,  junto 
á  Coimbra,  en  tiempo  de  Alfonso  Enriquez,  y  escrito  muchos  años 
antes  por  un  cautivo  cristiano  en  las  mazmorras  de  la  misma  for- 
taleza. Pero  la  antigüedad  de  este  poema,  que  excederia,  á  ser 
cierta,  á  la  muy  respetable  de  los  Cantares  del  Cid  y  aun  á  la  exis- 
tencia del  condado  de  Portugal,  debido  á,  la  errada  política  de  Al- 
fonso Yl,  no  solamente  se  halla  rechazada  por  la  critica  bajo  el 
aspecto  de  la  lengua,  sino  también  bajo  la  relación  del  arte:  com- 
puesto en  versos  de  cuatro  cadencias  y  de  rimas  cruzadas,  y  con 
un  lenguaje  más  portugués  que  gallego,  muéstranos  á  lo  sumo 
que  pertenece  á  mediados  ó  fines  del  siglo  XIV  ^.  El  canto  de 
Gonzalo  Hermiguez  5,  el  del  origen  de  los  Figueroas  *  y  las  poe- 


i     Véase  el  cap.  XIV  de  la  I.^  Parte,  pag-.  231. 

2  Véase  el  único  fragmento  de  esta  canción,  que  ha  llegado  á  nuestras 
manos,  en  la  Ilustración  I.*  del  tomo  II  de  la  I.*  Parte,  núm.  XXXVI. 

3  Este  fragmento  fué  impreso  por  vez  primera  en  la  Miscelánea  do  sitio 
de  N.  Señhora  da  Luz,  publicada  en  Lisboa  en  1629  por  Miguel  Leitao  de 
Andrade:  reprodújolo  después  en  su  Europa  portuguesa  Manuel  Faría  y  Son- 
sa, sin  oponerse  á  su  autenticidad;  y  sin  embargo,  sólo  con  reparar  que  está 
escrito  en  versos  de  arte  mayor,  debió  quedar  desvanecida  la  gratuita  supo- 
sición de  Leitao.  Así  lo  ha  manifestado  el  doctor  Cliistiano  Fr.  Bellermann, 
contra  lo  asentado  por  Boulterwek  y  repetido  por  Sismondi,  en  su  tratado 
de  la  poesía  portuguesa  {Die  alten  Liederbücher  der  Vortugiesen,  etc.  Berlin, 
iSiO),  calificando  de  error  descabellado  la  suposición  del  Andrade  (pág.  6), 
como  lo  ha  repetido  Costa  y  Silva  en  su  Ensayo    hiográphico-crllico,  pág.  82. 

4  Refiérese  esta  canción  al  famoso  cuanto  controvertido  feudo  de  las  cien 
doncellas,  que  infamó  por  largo  tiempo  el  nombre  de  Mauregato,  y  dio  mo- 
tivo á  la  tradición  que  hace  á  Gocslo  Ansurcz  liéroe  de  la  redención  román- 


H/  Í'ARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   463 

sías  de  Egas  Moñiz,  atribuidas  á  la  época  del  primer  Alfonso 
[H59  á  1185],  completando  el  número  de  los  citados  documen- 
tos literarios  \  no  son  en  verdad  menos  sospechosos;  y  á  excep- 
ción de  lo  conservado  del  primero,  que  en  su  rudeza  y  vaguedad 
descubre  ciertos  rasgos  tradicionales,  manifiestan  ser  remedos  de 
otras  poesías,  posteriores  sin  duda  al  siglo  XIII  -.  Mas  no  porque 
estas  composiciones  infundan  racionales  dudas  sobre  su  autenti- 
cidad, será  bien  condenar  al  silencio  la  musa  de  gallegos  y  por- 
tugueses hasta  la  época  memorable  del  rey  don  Dionis  [1279  á 


cesca  de  seis  de  aquellas  desventuradas.   Consta  de  cuatro  estrofas  de  versos 
de  ocho  y  siete  sílabas,  y  empieza: 

No  figueiral  figueiredo, 
A  no  figueiral  entre!; 
Seis  niñas  encontrara. 
Seis  niñas  encontré!. 

Examinando  esta  composición  el  dilig'ente  Costa  y  Silva  en  su  Ensayo  bio- 
grápMco-crüico  sóbreos  melhores  poetas  portugueses,  obra  menos  apreciada  de 
sus  compatriotas  de  lo  que  en  realidad  merece,  manifiesta  que  «é  um  dos 
mais  antígos  monumentos  da  nossa  poesia»  (la  portuguesa)  (tomo  I,  cap.  IV); 
y  en  efecto  hay  en  ella  un  no  sé  qué  de  tradicional  que  le  presta  no  poco  in- 
terés. Sin  embargo,  lejos  de  remontarse  á  la  época  en  que  se  supone  haber 
vivido  Ansurez,  revela  un  grado  de  cultura  muy  superior,  que  es  tanto  más 
notable  cuanto  más  tradicional  nos  parezca  la  canción  referida. 

\  Supónese  á  Egas  Moñiz  coetáneo  de  Gonzalo  Hermiguez  ó  Herminguez, 
y  sin  embargo,  comparado  el  fragmento  de  la  poesía  A  Oriana  del  último,  con 
las  canciones  que  el  primero  dedica  á  cantar  los  amores  y  la  infidelidad  de 
Violante,  se  advierte  tal  diferencia  de  lenguaje  como  disparidad  en  los  me- 
dios artísticos.  Esto  ha  movido  sin  duda  al  referido  Costa  y  Silva  á  negar  la 
autenticidad  de  las  referidas  coplas  de  Egas  Moñiz  [Ensayo  biográphico-critico , 
tomo  I,  cap.  VI),  no  habiendo  crítico  ni  literato  portugués  que  se  atreva  hoy 
á  sostener  la  pretendida  antigüedad  de  las  mismas.  La  primera  de  las  referi- 
das canciones  comienza: 

Fincarédes  bos  embora 
Taom  cuitada, 
Qu!  si  boi-me  per  hi  fora 
De  tongada,  etc. 

2  Bellerraann,  ubi  supra.  La  citada  canción  del  origen  de  los  Figueroas 
la  copió  Brito  de  un  Cancionero  Ms.  que  fué  de  don  Francisco  Coutinho  (Mo- 
narquía Lusitana,  lib.  VIII,  cap.  IX). 


4r)l  HISTORIA    CUlTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPASOLA. 

152o],  ;'i  quien  algunos  liistoriadoros  lusitanos  señalan  como  uno 
lie  los  primeros  trovadores  de  su  patria  '. 

Guarda  en  efecto  la  historia  los  nombres  de  otros  poetas  que 
le  precedieron  en  mucho,  entre  los  cuales  se  cuenta  Johan  Xoarez 
de  Paiva,  que  florece  á  fines  del  siglo  XII  ó  principios  del  Xlll  -, 
y  menciónanse  otros,  coetáneos  del  Rey  Sabio,  que  vivieron  por 
tanto  en  tiempo  de  Sancho  II  y  Alfonso  III  "\  Consérvase  también, 
y  ha  visto  ya  la  luz  pública  diferentes  veces,  un  precioso  Cancio- 
nero, que  se  atribuye  á  fines  de  la  misma  centuria  ó  á  principios 
de  la  siguiente  *,  el  cual,  unido  al  del  rey  don  Dionís,  ya  oono- 

i  Daaite  Nuñcz,  en  la  Chronica  del  mismo  rey,  decía  de  él  lo  siguienle: 
«Foi  quasi  ó  primeiro  que  na  linjoa  portuguesa  sabemos  screber  versos,  o 
que  elle  et  os  daquel  lempo  comencaron  fazer,  áa  imitacaó  dos  arvernos  et 
provencaes»  (pág.  133).  En  otro  lugar  anadia:  «Compós  mullas  cousas  en 
metro,  áa  imilacaJ  dos  poetas  proven9aes))  (Origem  da  Lingoa  portuguesa, 
cap.  VI). 

2  Cítale  el  marqués  de  SanlíUana  en  su  Carta  al  Condestable,  manifes- 
tando que  de  él  «se  dice  auer  muerto  en  Galicia  por  amores  de  una  infanta 
))de  Portugal»  (n.°  XV).  El  conde  don  Pedro  de  Barcellos  lo  menciona  en  su 
Nobiliario  con  estas  palabras:  «Joao  Soarez  de  Pay va,  ó  tronador,  foy  cazado 
))com  donna  Mariannez,  filha  de  Joao  Fernandez  de  Riva  Vísela  et  de  donna 
MMaría  Soarez  de  Sousa»  (pág.  242).  Y  en  otro  pasaje  añade:  «Donna  María 
))Anes  foy  cazada  com  Joaü  Soarez  de  Payva,  ó  trovador»  (pág.  281).  Este 
trovador,  según  la  cronología  establecida  por  don  Pedro,  debió  nacer  media- 
do ya  el  siglo  XII.  Sánchez  y  Sarmiento  desacuerdan  en  este,  como  en  otros 
muchos  puntos. 

3  En  la  introducción  del  Cangionero  de  dom  Diniz,  dado  á  la  estampa  en 
los  últimos  años,  se  dice  que  en  el  códice,  de  donde  se  han  sacado  sus  poe- 
sías, existen  las  de  otros  trovadores,  algunos  de  los  cuales  llevan  nombres 
de  personajes  muy  conocidos  en  la  corte  de  los  citados  monarcas.  Por  la  des- 
cripción que  se  hace  del  Ms.,  no  creemos  ir  descaminados,  creyendo  que  es 
este  copia  ó  acaso  el  mismo  «grand  volumen  de  cantigas,  serranas  é  decires 
«portugueses  y  gallegos,  que  poseyó  el  marqués  de  Santillana,  y  cuya  ma- 
))yor  parte  eran  del  rey  don  Dionís  de  Portugal»  {Carta  al  Condestable,  nú- 
mero XV).  Esta  declaración  del  marqués  nos  persuade,  unida  á  la  noticia 
que  nos  dan  los  referidos  editores,  de  que  lo  que  se  ha  tenido  por  Candoníro 
del  rey  don  Dionís,  era  en  realidad  una  colección  de  poesías,  debidas  á  los 
poetas  de  su  tiempo  y  aun  á  algunos  de  los  que  le  preceden.  El  marques  de 
Santillana  declara  que  con  las  «invenciones  sotiles  del  rey»,  había  otras  de 
Johan  Xoarez  de  Payva,  que  según  hemos  notado,  vivió  casi  un  siglo  antes. 

i     Iicñida  es  la  dispula  que  se  ha  levantado  entre  el  erudito  brasileño  don 


II.   PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG,  ERUD.   465 

dido  de  los  eruditos,  constituye  el  más  fehaciente  documento  de 
los  progresos  que  en  la  referida  época  alcanzaba  la  lengua  em- 
pleada por  los  trovadores  gallegos  y  portugueses,  y  con  ella  los 
metros  y  las  rimas  que  exornaban  sus  cantos  eruditos  ' .  Porque 
téngase  muy  en  cuenta:  lo  primero  que  en  todas  estas  poesías 
despierta  la  atención  de  la  critica,  y  acaso  lo  de  más  importancia 
respecto  de  ellas,  es  el  examen  de  los  elementos  artísticos,  que 
aparecen  contrapuestos  por  su  artificio  y  rigorosa  exactitud  á  la 
sencillez  y  rudeza  de  la  lengua,  no  pareciendo  sino  que  elabora- 
dos por  otra  literatura,  habían  sido  adoptados  sin  más  esfuerzo,  que 


F.  A.  de  Varnhag;en  y  otros  literatos  portugueses  respecto  de  dicho  Cancio- 
nero: quieren  estos  que  sea  anterior  ó  cuando  más  coetáneo  á  don  Dionís,  y 
debido  á  varios  poetas:  pretende  aquel  que  sea  posterior  y  escrito  por  uno 
sólo,  señalando  á  don  Pedro  de  Portugal,  que  florece  en  la  primera  mitad  del 
siglo  XIV,  como  verdadero  autor  del  mismo.  Las  pruebas  que  unos  y  otros 
alegan  no  son  tan  concluyentes  que  merezcan  el  nombre  de  históricas.  Var- 
nhagen  aduce  sin  embargo  varias  razones  de  peso,  y  se  apoya  en  la  autoridad 
paleográfico-filológica  del  erudito  Joao  Pedro  Ribeiro,  quien  declaró  que  «ó 
Hcstylo  uniforme  das  poesías  deste  Cancioneiro  mostra  ser  antes  todo  obra  de 
»ura  auctor  é  nao  de  diversos».  Para  nosotros  no  es  ahora  de  grande  interés 
esta  controversia. 

i  Este  peregrino  Cancionero,  cuyo  original  se  conservó  un  dia  en  el  Colle- 
gio  dos  Nobres  de  Lisboa,  instituto  igual  al  e.xtinguido  Seminario  de  Nobles  de 
Madrid, existe  hoyen  la  Biblioteca  Real  de  aquella  corle.  Sacólo  á  luz  en  Pa- 
rís Sir  Carlos  Stuard  el  año  de  1824;  pero  incompleto  y  en  tan  corto  número 
de  egemplares,  que  se  tiene  esta  edición  por  agotada.  El  doctor  Bellermann, 
citado  arriba,  incluyó  en  su  tratado  de  la  poesía  portuguesa  hasta  diez  y  siete 
cantares  ó  cantigas  de  las  doscientas  sesenta  publicadas  por  Sluart  (pág.  53 
á  60);  mas  ni  uno  ni  otro,  aunque  dieron  menuda  razón  del  Ms.,  han  cono- 
cido las  diez  y  seis  fojas  del  mismo  Cancionero  que  existían  en  Evora,  y  que 
se  han  añadido  últimamente  al  códice  original,  que  ni  aun  así  ha  podido 
completarse.  El  erudito  Varnhagen  ha  hecho  dos  ediciones,  ilustradas  de 
facsímiles,  con  todos  los  fragmentos.  La  última  es  de  1849.  Sobre  el  lenguaje 
de  estas  poesías  es  digno  de  notarse  lo  que  nos  dice  el  sabio  A.  Herculano, 
consultado  por  nosotros  al  intento;  «A  minha  opiniaCÍ  é  que  este  Cancioneiro 
))se  nao  pode  rigorosamente  dizer  escripto  emportuguez,  mas  sim  n'  uma  es- 
wpecie  de  lingoa,  ou  antes  dialecto  galliziano,  que  parece  servir  para  estas 
Mcomposicoes  mais  ou  menos  líricas,  como  ó  castellano  servia  para  á  poesía 
«narrativa».  Debemos  advertir  que  esta  nota  llegó  á  nuestras  manos  mucho 
después  de  escrito  el  presente  capítulo. 

TOMO    \U.  50 


40í;  mSTÚRIA    CRiTir.A    DE    LA    LITEUATÜRA    ESPA5SoLA. 

el  do  una  imitación  deliboraJa  y  erudita.  Y  cuando  vueltos  los 
ojos  á  la  historia,  vemos  cuan  grande  fué  el  comercio  que  sos- 
tuvo el  antiguo  reino  de  Galicia  con  todos  los  pueblos  cristianos, 
atraídos  en  afiuellos  tiempos  do  fé  por  la  devoción  que  en  todas 
partes  inspiraba  el  culto  del  apóstol  Santiago,  cuyo  cuíM'po  era 
venerado  en  Compostela,  no  tenemos  por  aventurada  la  opinión 
de  los  que  hallan  el  origen  do  las  formas  artísticas  de  la  poesía 
erudita,  gallega  y  portuguesa,  en  la  lírica  de  los  trovadores.  Algu- 
nas de  las  producciones  más  interesantes  de  este  copioso  Cancio- 
nero eran  sin  embargo  escritas  en  Castilla,  cuyo  rey  merecía  los 
elogios  del  poeta,  quien  fijando  su  morada  en  Segovia,  declaraba 
por  último  que  sólo  aspiraba  ti  vivir  y  morir  en  aquella  ciudad, 
olvidado  por  la  dama  (luc  le  había  inspirado  sus  apasionados 
versos  ^ 

Fuese  pu3S  quo  el  Rey  Sabio  hubiera  recibido,  como  sucedió  á  su 
padre,  la  primera  educación  en  el  suelo  de  Galicia,  conjetura  apo- 
yada en  muy  plausibles  razones  ^;  fuese  que  siguiera  el  egemplo 
de  los  poetas  catalanes;  ya  que  familiarizado  con  los  pro  vénzales, 
se  propusiera  imitarlos  directamente,  ó  ya  en  fin  las  cuatro  co- 
sas juntas, — no  cabe  duda  alguna  en  que  trajo  á  la  España 
Central  las  formas  lírico-eruditas  cultivadas  en  Galicia,  Cataluña 
y  Provenza,  precisamente  en  el  momento  en  que  expiraba  la  musa 
de  los  trovadores,  cobraba  mayor  virilidad  la  de  los  catalanes  y 


1  Sluart,  ful.  91  y  88.  Alijuii  cn'lico  indica  que  el  rey,  á  quien  aluile, 
era  Alfonso  X:  en  la  inJicada  composición  le  compara  al  mar,  diciendo: 

De   qiiaiitas  causas  en  o   inundo  son. 
Non  Vfj'  cu  ben,   qual   ¡jodc  senioUar 
Al  rey  de  C:i5lrlla   rt  de  León, 
Se   non    uní)   qnal  vos  direi;  o  mar,  etc. 

(Bcllermann,  pág.  57.) 

Varnhagon  quiere  que  sea  Alfonso  XI. 

2  Así  lo  cree  el  erudito  jesuila  Burriel;  en  cuanto  al  rey  don  Fernando 
nos  l)asla  el  testimonio  del  mismo  don  Alfonso,  que  dice  de  el  en  una  de  las 
Caiiligas,  do  que  hablamos  adelante: 

Kstit  nirngí  en    Casida 
'  Con  rey   don   Alfonso  era 

Seu  auoo,  que  do  reyno 
De  Caliza  ó  fe^erS 
Vtitir,  ta    lien  ó  aninbn,  etc. 


11.*  PARTE,  CAP.  IX.  SEG,  TARSF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   467 

aparecía  revestida  coa  nuevas  galas  la-  de  los  portugueses  y  galle- 
gos. El  libro  memorable  de  las  Cantigas,  escrito  en  la  lengua  de 
los  últimos,  y  digno  por  muchos  conceptos  de  admiración  y 
estudio,  es  el  monumento  en  que  se  halla  principalmente  realizada 
tan  importante  innovación,  que  debia  encontrar  en  el  parnaso 
erudito  de  los  castellanos  numerosos  imitadores,  no  sin  que  en- 
sayara el  mismo  don  Alfonso  más  adelante  aquellos  y  otros  me- 
tros en  la  lengua  patria  *. 

Y  no  eran  entre  tanto  menos  trascendentales  los  esfuerzos  que 
hacia  tan  ilustre  príncipe  para  enriquecer  la  creciente  literatura 
de  la  España  Central  con  otros  preciosos  tesoros.  Originaria  déla 
India  y  recibida  después  entre  los  demás  pueblos  orientales,  habia 
caracterizado  la  forma  simbólica  casi  todas  las  producciones  de  la 
filosofía  y  del  arte,  debidas  á  los  referidos  pueblos,  atendiendo  á 
presentar  la  doctrina  de  una  manera  sensible  y  al  alcance  de  to- 
das las  inteligencias.  Contábase  entre  los  más  antiguos  monumen- 
tos de  la  literatura  sánscrita,  el  famoso  libro  designado  coft  los 
titules  de  Pantcha-Tantra  [las  cinco  divisiones]  y  Pantcha-Pá- 
hijana  [las  cinco  series  de  cuentos];  é  imitado  el  primero  en  el 
mismo  suelo  de  la  India,  ya  en  la  otra  apellidada  Kathámita- 
Nidhi  [tesoro  de  la  ambrosia  de  los  cuentos],  ya  en  la  más  cele- 
brada y  conocida  con  el  nombre  de  Hitopadesa  [instrucción  salu- 
tífera], fué  trasferido  á  la  antigua  lengua  de  los  persas,  llamada 
pehlevy,  por  el  docto  Busurviáh  ó  Barzuyéh,  médico  del  famoso 
Khosru  Nichirwan  [Cosroes]  con  el  título  de  Homajun-Nameh  [li- 
bro real]  que  se  trocaba  en  el  mismo  siglo  por  el  de  Calilagh  y 
Damnagh'^.  Extendida  por  aquellas  regiones  la  dominación  de 


i  Aludimos  á  los  versos  de  arle  mayor,  usados  en  el  Libro  de  las  Quere- 
llas. Sobre  su  posible  origen  véase  la  Ilustración  III.*  del  tomo  II  de  la  I.* 
Parte. 

2  El  docto  Mr.  de  Puibusque,  de  quien  volveremos  á  hacer  mención  ade- 
lante, indica  que  al  ser  traducido  el  Pantcha-Tantra  en  la  antigua  lengua 
persa,  recibió  el  título  de  Libro  de  Calila  y  Dimna  (trad.  franc.  del  Conde  Lii- 
canor,  discurso  preliminar,  pág.  425).  Sin  embargo,  la  versión  en  que  tomó 
por  vez  primera  este  nombre,  no  parece  haber  sido  hecha  al  pehlevy,  sino 
al  siriaco,  según  testifican  diferentes  autores.  De  cualquier  modo,  ambas  tra- 
ducciones son  del  siglo  X,  siendo  de  notar,  como  después  veremos,  que  al 


^r.-í  ni^ToaiA  CRÍTICA  nr.  i,.\  literatura  espa?5ola. 

los  Califas,  y  desperlailo  en  la  dinastia  de  los  Abassidas  o\  ar- 
diente anhelo  de  cultura  que  disculpa  su  ambición,  mandó  tradu- 
cirlo al  árabe  Abú  Djafar  Mansur,  ó  según  otros  el  renombrado 
Augusto  de  los  muslimes,  cabiendo  esta  honra  al  persa  Abdalláh- 
Ebn-Almocaffá ,  antiguo  sectario  do  Zoroastrcs,  convertido  re- 
cientemente al  mahometismo.  Lograba  tal  aplauso  en  las  partes 
orientales  el  libro  de  Barzuyéh  que  mientras  era  de  mil  formas 
extractado  \  pasaba  nuevamente  al  persa,  ya  en  el  siglo  X,  y  lo 
ponia  en  griego  Simeón  Sehto,  al  declinar  el  XI,  con  la  denomi- 
nación de  Slhephanites  é  Ichnelates  [-Ts^av.TYi;  xaí  \vr[>Mri<;], 
siendo  al  mismo  tiempo  traido  á  la  Península  Ibérica,  como  per- 
suade el  examen  de  la  Disciplina  Clericalis  del  rabino  converso 
Pero  Alfonso,  en  otro  lugar  estudiada  2.  Ya  en  España,  ora  por 
el  conducto  de  los  hebreos,  que  lo  trascriben  á  su  propia  lengua  5, 


pisar»al  idioma  caslcllano,  Irajose  este  peroe^rino  libro  el  titulo  indicado  de 
Calila  y  Dimna. 

\  El  libro  de  Calila  y  Dimna  era  objeto  de  multitud  de  versiones,  extrac- 
tos ó  compilaciones,  debidas  ya  á  los  árabes,  ya  á  los  persas,  y  entre  ellas 
merecen  mencionarse,  respecto  de  los  primeros,  la  traducción  de  Aban~Ebn- 
Abd-el-Hamid,  el  compendio  de  Á\i  Ahwazí,  y  la  versión  de  Abd-cl-Muraen- 
hen-Hassán;  y  respecto  de  los  segundos  la  del  poeta  Rudegui,  premiada  por 
el  Emir  Nasr,  el  samanida,  con  80,000  dineros  de  plata,  así  como  otras  ^- 
rias,  citadas  en  las  Bibliotecas  orientales.  Puede  también  consultarse  con 
provecho  cuanto  expone  sobre  este  punto  el  docto  Hammer  Purgslall  en  el  to- 
mo ll[  de  su  Historia  de  la  Literatura  árabe. 

2  Véase  el  tomo  lí,  pág.  241  y  293.  Sobre  lo  que  expusimos  en  dichos 
lugares,  conviene  advertir  que  Pero  Alfonso  demás  de  confesar,  como  luego 
probamos,  que  se  habia  servido  de  libros  arábigos,  trascribió  al  suyo  algu- 
nos apólogos  de  Calila  y  Dimna,  según  lo  hizo  después  don  Juan,  hijo  del 
Infante  don  Manuel,  en  su  Conde  Lucanor,  que  en  el  siguiente  volumen  exa- 
minaremos. Esto  prueba  que  habia  llegado  á  sus  manos  aquel  singular  mo- 
numento. 

3  La  existencia  de  una  versión  hebrea  del  Calila  y  Dimna  es  indudable: 
no  así  el  nombre  del  autor.  El  laborioso  Rodriguez  de  Castro  en  su  Biblioteca 
Española,  ya  porque  interpretase  mal  un  pasaje  de  la  Grande  et  General  Es- 
toria  del  Rey  Sabio,  de  que  trataremos  en  breve,  ya  porque  hallase  la  indi- 
cación en  La  filosofía  morale  del  Doni,  versión  del  Calila  y  Dimna  hecha  sobre 
la  de  Juan  de  Capua  (Venecia,  io52,  4.°),  ya  porque  se  atuviese  extricta- 
mcntc  á  lo  que  dice  Wolfio  en  su  biblioteca  Hebrea  sobreesté  punto  (tomo  III, 


11.*  I-ARTE,  CAP.  ÍX.  SEG.  TRASF,  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   469 

ora  por  el  de  los  árabes,  que  tuvieron  en  mucho  precio  la  tra- 
ducción de  Abdalláli-Ebü-Almocaffá,  parecía  ser  trasferido  al  la- 
tín de  la  derezia  de  la  expresada  versión  arábiga,  y  puesto  al 
cabo  en  el  romance  vulgar  bajo  los  auspicios  del  nieto  de  la  ilus- 
tre doña  Berenguela  ' . 

Compartía  la  celebridad  con  el  Panlcha-Tantra  otra  obra  no 
menos  ingeniosa,  y  conocida  en  la  India  con  el  nombre  de  Libro 
de  Sendebar  ó  Sandabad,  que  experimentando  las  mismas  tras- 
formaciones,  pasaba  sucesivamente  á  las  lenguas  persa,  siriaca, 
hebrea,  griega  y  árabe,  llegando  por  último  al  suelo  español  con 
las  numerosas  imitaciones  de  Calila  y  Dimna,  y  las  que  más  6 
menos  directamente  liabia  él  mismo  producido.  Era  sin  duda  el 
libro  de  Sendebar  grandemente  aplaudido  de  los  árabes  y  hebreos 
españoles;  é  imitado  en  la  exposicion.de  la  doctrina  por  el  Rabbí 

pág:.  330),  la  atribuyó  á  Rabbí  Joel  ben  Aaron,  hebreo  que  se  dice  nacido  en 
España  (tomo  I,  pág.  636).  Le  ha  seguido  en  los  últimos  años  el  docto  Pui- 
busque  en  el  discurso  preliminar  á  la  versión  francesa  del  Conde  Lucanor^ 
pero  sin  producir  verdadera  prueba,  como  despu.es  veremos.  El  Ms.  de  esta 
traducción  hebraica,  sin  principio  y  lleno  de  lagunas,  existe  en  la  Biblioteca 
que  hoy  lleva  d  nombre  de  Imperial  enParis,  y  fué  ya  dado  á  conocer  por  el 
sabio  Mr.  Silvestre  de  Sacy  en  las  ISotices  el  extraits  des  manuscrits  de  la  Bi- 
btiothéque  dii  Roi  (tomo  IX,  pág.  397  y  siguientes). 

1  Trataremos  en  el  capítulo  siguiente  este  punto:  ahora  nos  limitaremos 
á  notar  que  la  versión  árabe  de  Abdallah-Ebn-Almocaffá  es  sin  duda  la  más 
exacta  y  literal,  lo  cual  ha  sido  causa  de  que  se  diga  que  «carece  absaluta- 
wmente  de  color  y  poesía,  efecto  sin  duda  de  su  antigüedad  excesiva»  (Gin- 
guené,  Hist.  Litt.  d'  Italie,  tomo  I,  cap.  IV).  En  efecto,  comparadas  todas 
las  versiones  que  han  llegado  á  los  tiempos  modernos,  se  demuestra  que  al- 
terado ya  el  texto,  en  la  traducción  liebráica,  cada  escritor  ha  enriquecido  la 
compilación  del  libro  sánscrito  con  circunstancias  más  ó  menos  poéticas,  hi- 
jas de  su  imaginación,  de  las  costumbres  de  su  tiempo  y  de  la  sociedad  en 
que  vive.  No  otra  suerte  podia  caber  á  una  obra  que,  demás  de  las  versio- 
nes indicadas,  pasaba  sucesivamente  al  latin,  al  turco,  al  alemán,  al  italiano 
y  al  francés;  no  habiendo  literatura  que  no  le  deba  alguna  ficción  ó  ense- 
ñanza. Sarmiento  en  sus  Memorias  para  la  Historia  de  ¡a  poesía  (núm.  73i  y 
siguientes),  y  Pellicer  en  su  Ensayo  de  una  Biblioteca  de  traductores  (pá- 
gina 156,  etc.),  recogieron  las  más  interesantes  noticias  que  sobre  este 
punto  hallaron  en  los  escritores  de  Bibliotecas:  aunque  no  todas  las  especies 
son  igualmente  aceptables,  pueden  consultarse  dichas  obras,  no  sin  provecho 
bibliográfico. 


470  IIISTUlllA    CKllICA    DE    LA    LITEKATUKA    ESPAÑOLA. 

Jehiidih-ha-Leví  en  su  libro  de  Cuzarij,  escrito  en  lengua  aiíi- 
biga  y  trasladado  á  la  bebrea  por  Rabbí  Jehudad-Aben-Thibon, 
era  puesto  en  contribución  por  Moséli  Sephardi,  convertido  ya  al 
cristianismo,  según  oportunamente  ob5ervamo3  '.  Antes  de  que 
el  monje  de  Haute-Selve  [Alta  Silva]  hiciera  la  traducción  ó  imi- 
tación latina  sobre  un  texto  hebreo,  debido  acaso  á  los  rabinos 
españoles;  antes  de  que  Ilebers,  tomlndolo  de  una  versión  fran- 
cesa, metrificara  aquel  mismo  tratado  -,  se  habia  hecho  familiar 
A  mahometanos  y  judios,  íntimamente  asociados  en  el  cultivo  de 
las  ciencias  y  de  las  letras  bajo  la  dominación  de  los  Califas  cor- 
dobeses. Los  apólogos  de  la  Disciplina  Clericoiis,  aunque  lejanos 
de  su  primitiva  fuente,  pues  que  el  mismo  Pedro  Alfonso  declara 
que  los  habia  tomado  de  libros  anibigos  ^,  trajeron  pues  á  la  li- 
teratura latino-eclesiíistica  la  forma  simbólica,  cuando  apenas  se 
habia  podido  ensayar  el  habla  de  los  castellanos  en  los  cantos  de 
la  indocta  muchedumbre:  hecha  ya  lengua  literaria  y  ejercitada 
así  en  la  poesía  como  en  la  prosa,  preparábase  á  reflejar  aquellos 
desconocidos  tesoros,  que  hermanados  con  los  del  Panlcha-Tan- 
tra  y  sus  derivaciones,  iban  á  comunicar  nuevo  impulso  á,  la  li- 
teratura española,  propagándose  después  á  todas  las  europeas  ^. 


I      Véase  el  cap.  XIV  de  la  1.=*  Partvi. 

2  Ginjuoné,  Hist.  litt.  d'  Ilalie,  tomo  lil,  cap.  XVÍ.  La  versión  del 
monje  Juan  de  Alta  Silva  es  conocida  con  ol  título  d'»  Dulopalhos  ó  Román 
du  Roí  et  des  sept  Sages. 

3  Véase  el  cap.  XIV  de  la  1  .*  Parte,  citado  arriba. 

i  Al  mencionar  por  vez  primera  el  curioso  libro  de  Pero  Alfonso  [Disci- 
plina ClericaUs],  manifestamos  que  el  señalado  crítico  Mr.  Adolfo  de  Puibus- 
que  habia  dado  d  luz  una  excelente  disertación  sobre  el  origen  del  Apólogo 
español,  concediendo  a  nuestra  literatura  la  gloria  de  haber  introducido  en 
las  occidentales  la  forma  simbólica.  El  trabajo  de  Puibusque  es  tan  luminoso, 
que  no  consiente  dudas  sobre  el  referido  aserto:  lástima  que,  seg-un  observa- 
mos en  el  lugar  citado,  no  haya  podido  este  ¡lustrado  escritor  establecer  la 
tradición,  siéndole  desconocidos  diferentes  libros,  que  como  el  de  los  Assa- 
yamientos  et  engannos  de  las  inogieres,  el  de  los  Enseñamientos  et  castigos  de 
Alexandre,  el  de  los  Bocados  de  oro  y  otros  que  adelante  examinaremos,  hu- 
bieran contribuido  sin  duda  á  dar  mayor  realce  á  las  investigaciones  con  que 
ha  ilustrado  su  traducción  del  Conde  Lucanor,  haciendo  con  ella  un  verdade- 
ro servicio  á  las  letras  españolas. 


1).'  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TKASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERÜl).   471 

Mas  así  como  no  puede  dejar  de  reconocerse  que  introducién- 
dose en  la  latino-eclesiástica  con  la  Disciplina  Clerica'is  á  fines 
del  siglo  XI  ó  principios  del  XII,  se  abrió  al  apólog-o  oriental  ex- 
pedito camino  para  comunicarse  directamente  á  la  castellana,  lí- 
cito es  observ.ar  que  halló  en  parte  dispuesto  el  terreno  por  la 
misma  tradición  clásica,  que  hemos  reconocido  en  todos  los  pasos 
dados  por  las  letras  en  medio  de  la  oscuridad  de  los  precedentes 
siglos.  Sea  ó  no  el  frigio  Esopo  el  Lokman  de  los  árabes,  es  para 
nosotros  evidente  que  la  poesía  griega  recibió  de  la  India  la  for- 
ma simbólica,  desemejante  si  no  contraria  á  la  unidad  y  perfecta 
armonía  de  la  idea  y  su  manifestación  exterior,  carácter  principal 
y  base  de  la  literatura  helénica  ' .  Aceptóla  al  señorearse  de  Gre- 
cia la  romana;  y  docto  en  el  conocimiento  de  los  historiadores  y 
poetas  que  florecieron  en  aquel  privilegiado  suelo,  cultivóla  pri- 
mero el  español  Hijino,  y  algo  adelante  el  celebrado  Fedro,  quien 
seguía  de  continuo  é  invocaba  con  grande  veneración  la  autori- 
dad de  Esopo.  Tres  siglos  después,  ya  en  el  lY  de  la  Iglesia,  po- 
nía Avíano  en  versos  elegiacos  las  mismas  fábulas,  acudiendo  sin 
duda  á  la  versión  griega  del  esclavo  frigio,  perdida  ú  olvidada  la 
imitación  de  Fedro;  y  recogidas,  al  comenzar  del  siglo  YII,  por  el 
doctor  de  las  Españas  las  principales  tradiciones  del  arte  antiguo, 
no  solamente  manifestaba  que  le  eran  conocidas  aquellas  peregri- 
nas producciones,  sino  que  atendía  también  á  clasificarlas  de  una 
manera  filosófica  ^. 

Asi,  destinado  el  libro  de  las  Ethimologias  á  la  enseñanza 
del  clero,  que  le  conserva  y  trasmite,  parecían  aclimatarse  en 
la  literatura  latino-eclesiástica  tanto  !a  noción  como  la  forma 
simbólica,  llegando  por  último  á  tomar  cuerpo  en  versos  lati- 


1  San  Isidoro  apunta  que  fué  Alcnion  de  Crotona  el  primero  que  cultivó 
en  Grecia  el  apólogo,  señalándole  como  su  inventor.  «Has  [fábulas]  primus 
jnvcnisse  traditur  Alcmon  Crotoniensis:  apellantur  aesopicae,  quia  is  apud 
Frigiam  in  hac  repoUebat»  {Originum,  lib.  I,  cap.  XXXVIÍI). 

2  Decia  el  Santo:  «Sunt  autein  fabulae  aut  aesopicae  aut  libysticae.  AEso- 
picae  sunt,  quuní  animalia  muta  inter  se  sermocinasse  fing-untur,  vcl  quae 
aniniam  non  habent;  ut  urbes,  arbores,  montes,  pelrae,  flumina.  Lybislicae 
autem  dum  hominum  cum  bestiis,  aut  besliarum  cum  hominibus  fingilur 
vocis  csse  comerciuní))  {Origin.,  ul  supra). 


472  HISTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

nos,  distintos  de  los  de  Aviano  y  de  Fedro,  si  bien  atesorando 
la  mayor  parte  de  los  apólogos  que  uno  y  otro  habían  traducido 
de  la  literatura  griega.  Comprobación  de  esta  verdad  es  sin  duda 
un  curioso  libro,  que  con  el  nombre  de  líorjulus  ha  llegado  á 
nuestros  días,  escrito  al  parecer  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIII 
y  digno  de  singular  estudio;  pues  componiéndose  de  cincuenta  y 
nueve  apólogos,  cuyo  primer  origen  reconocen  casi  todos  en  el 
libro  de  Esopo,  dan  claro  testimonio  de  que  no  se  atuvo  el  autor 
á  la  imitación  de  Fedro,  siguiendo  otra  versión  distinta  y  gene- 
ralmente aplaudida  por  los  eruditos  ^  Es  pues  innegable  que,  aun 
señalando  á  la  forma  simbólica  una  misma  cuna  y  procedencia, 
lo  cual  no  puede  ponerse  en  tela  de  juicio  sin  temeridad  repren- 
sible, pudo  llegar  al  Rey  Sabio  por  dos  distintos  senderos,  no 
siéndole  en  modo  alguno  despreciable  la  tradición  latina,  cuando 
sabemos  que  «metrificaba  altamente»  en  aquella  lengua,  según  la 
autorizada  expresión  del  marqués  de  Santillana  2. 


i  Debemos  notar  que  no  sólo  difiere  la  versión,  sino  que  se  hallan  en  este 
libro  algunas  fábulas  de  todo  punto  diversas  de  las  de  Fedro  y  muy  pareci- 
das á  las  del  converso  Pedro  Alfonso:  otras  son  enteramente  peregrinas.  Para 
demostrar  no  obstante  cómo  se  altera  la  tradición  de  las  fábulas  esópicas,  ci- 
taremos la  tan  conocida  Canis  per  fluvium  carnem  ferens  (IV.*  del  lib.  I  de 
Fedro),  ^ue  lleva  en  el  Hortuliis  el  título  Canis  et  timbra.  Dice  así; 

Nat  canis,  ore  gerit  corncín,  caro  porrigit  uinbrain. 
Unibra  coberens  aquis,  bas  canis   urget  aquas; 
Spem   carnis    pías  carne    cupit,    pías   fenore  signuin 
Fenoris  os  aperit;  sic  caro  spesque  peril- 
Non  igitur  dcbent  per  vanis   certa   relinqui. 
Non  sna  siqais   avet,  niox  caret  ipse  suis. 

Advirtiendo  de  paso  que  esta  fábula  tiene  su  origen  en  el  Panctha-Tantra, 
será  bien  consignar  que  el  Ms.  del  Hortuhis,  que  es  un  tomo  en  4.°,  conser- 
vado en  la  Biblioteca  Nacional,  M.  HO.,  contiene  varias  poesías  elegiacas  de 
la  edad  media  y  la  fábula  de  Alcmena  y  Anfitrión  (fól.  60),  empezando  los 
apólogos  en  el  fól.  82  v.,  con  una  breve  y  graciosa  introducción,  que  parece 
original  del  poeta  ó  traductor  latino.  Comienza  así; 

Duiriiis   arrident  seria  piola    iocis: 
O&TDLDS  islc  parit  fructiim   cum  flore  favorein. 
Flos   et  fruclLis   einunt,  hi:  sapit,  illc  nitel. 
Si  fruclus  plus  flore  placet,  legc  fruclum;  si  flos 
Plus  fructu,    florem;   si  dúo,  carpcre  dúo,  etc. 

2  Carta  al  Condestable  de  Portugal,  núm.  XVI  de  nuestra  edición  de  las 
Obras  del  Marqués. 


,1.  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERÜD.   473 

Vivo  no  obstante  en  su  ánimo  el  efecto  que  produjo  el  espec- 
táculo de  la  civilización  arábiga,  sorprendida  de  lleno  en  las  co- 
marcas de  Andalucia  y  de  Murcia;  dominado  de  aquel  ilustrado 
afán  que  le  distingue  en  toda  su  vida,  y  obedeciendo  sin  duda  al 
impulso  dado  por  el  tercer  Fernando,  aspiró  el  nieto  de  doña  Be- 
renguela  á  poseer  los  tesoros  de  la  filosofía  moral,  recogidos  en 
los  libros  de  la  antigua  India,  y  trasferidos  ya  á  nuestro  suelo  por 
hebreos  y  mahometanos.  Servíanle  también  de  incentivo  los  ce- 
lebrados libros  de  los  Doce  Sabios  y  de  las  Flores  de  Philosophia, 
monumentos  escritos  ambos  en  cierto  sentido  didáctico,  donde  se 
habia  insinuado  el  apólogo;  y  aquella  forma  que  penetrando  pri- 
mero en  las  Sagradas  Escrituras  ' ,  animó  un  dia  la  elocuencia  de 
Demóstenes  ^,  ensayada  en  la  poesía  heróico-erudita  de  los  vulga- 
res ^,  venia  finalmente  á  revelarse  por  completo  en  la  prosa  cas- 
tellana, no  asentado  aun  el  Rey  Sabio  en  el  trono  de  sus  mayo- 
res. Om  mandándola  traducir,  ora  poniéndola  él  mismo  en  el 


\  Liber  Judicum,  cap.  IX,  versíc.  8  al  15  inclusive.  La  fábula  de  los  ár- 
boles, pidiendo  rey,  es  una  de  las  más  bellas  que  pueden  idearse. 

2  Oratio  adversus  Philipum. 

3  El  apólogo,  á  que  antes  de  ahora  hemos  aludido,  tomado  de  la  Bisci- 
plina  Clericalis,  se  contiene  en  el  Poema  de  Alejandre,  y  dirigido  á  reprender 
la  envidia,  está  concebido  en  los  siguientes  términos: 

2197     Diz   que  dos  compañeros  |  de  diverso    semeiante, 
El  uno   envidioso,  |  et  el  otro  cobizante, 
Ficieron  arabos  carrera,  |  por  mantener  verdade  ; 
Fallaron   un  ricome  |  de   corpo  bien  estante. 

1193     Prometióles   grant  promesa  |  ante   que  ende  se  partiessc. 
Que  pedisse   el   uno  |  lo   que  sabor  ouiesse; 
A   ese   darie  todo  |  quanto  quel'  pidiesse, 
Al  otro  el  doblo  tanto  |  que  postremas  pediesse. 

2199  Calló  el  cobdicioso,  [  non  quiso  deQir  nada, 
Porque  podier   leuar  j  la  rabión  dobrada: 
Quando   entendió  l'otro  |  esta  mala   celada. 
Quiso  quebrar  d'eiiuidia  |  por  medio  la  corada. 

2200  Asmó  en  su  coracon  |  un  fuerte  pedido, 

Qnal  non  fué   en   el  sieglo  |  nen   visto  nen  oído: 
— Sennor,  diz,  tú  me  tnelle  |  el   oio   más   querido; 
Dobra   al  compannero  |  el  don   que  te  pido. 

2201  Fizos  el  eme  bono  |  desto  raaraviellado; 
Del   ome  enuidioso  |  fué  mucho  dcspagado". 
Vio  que   enuidia   es  ]  tan  mortal  peccado, 

Que  non  es  por  nul   vi^io — orne  tan   mal  damnado. 


471  IIISTOlilA    CIllTICA    I»K    LA    LITEIlATUllA    ESt-AÑULA. 

habla  de  la  muchedumbre,  Imia  pues  esle  principe  á  la  lileía- 
tura  española  la,  renombrada  compilación,  sacada  del  Pantcha- 
Tantra  con  el  título  de  Calila  ct  Dimmi,  en  1251;  y  dos  años 
adelante,  siguiendo  su  egemplo,  acaudalaba  el  infante  don  Fa- 
drique  la  misma  literatura  con  la  versión  del  no  menos  celebrado 
Libro  de  Sendebar,  designándola  con  el  nombre  de  Libro  de  los 
Assayamienlos  et  Engannos  de  las  mogicres;  obra  de  lodo  punto 
desconocida  hasta  hoy  de  los  eruditos  nacionales  y  extranjeros. 
Pasaba  la  primera  al  castellano  por  medio  de  una  traducción  la- 
tina, sacada  de  otra  arábiga,  que  era  sin  duda  la  ya  citada  de  Ab- 
dalláh-Ebn-Ahuocafrá,  y  derivábase  el  segundo  directamente  del 
árabe;  si  bien  una  y  otro,  sometiéndose  á  la  ley  general  que 
domina  nuestra  civilización,  reilejaron  desde  luego  los  senti- 
mientos y  creencias  de  nuestros  padres  ' . 

El  egemplo  dado  al  Rey  Sabio  por  las  razas  orientales,  aunque 
produciendo  otras  versiones  ó  imitaciones  dignas  de  la  estimación 
critica,  no  se  circunscribía  sin  embargo  á  la  amena  literatura. 
Puestas  las  miras  del  príncipe  de  Castilla  en  otras  empresas,  y 
levantado  su  espíritu  á  las  regiones  de  las  ciencias,  cuyo  cultivo 
habia  tomado  extraordinario  incremento  desde  los  tiempos  de  Al- 
fonso Yin,  (juiso  también  enriquecer  la  cultura  española  con  los 
despojos  científicos  de  árabes  y  hebreos;  y  mientras  la  vencida 
civilización  de  los  Califas  buscaba  en  Granada  nuevo  asilo,  que- 
dando huérfanos  los  maestros  universales  [niiii]  de  los  judíos, 
abría  don  Alfonso  las  puertas  de  su  palacio  á  los  sectarios  de 
Mahoma,  á  quienes  ilustraba  todavía  la  doctrina  de  sus  fdósofos, 
y  patrocinaba  á  los  rabinos  con  protección  inusitada.  Las  céle- 
bres Academias  [n^'^r'']  de  Mehasiáh  y  Pombediláh,  trasladadas 
á  Córdoba  por  Rabbí  Moséh  y  Rabbí  Hanoc,  al  mediar  del  si- 
glo X  [948],  y  depositarías  allí  de  todas  las  tradiciones  de  las 
ciencias  y  de  las  letras  entre  los  hebreos  occidentales,  eran  reci- 
bidas bajo  los  auspicios  del  Rey  Sabio,  quien  mirándolas  como 
uno  de  los  más  preciosos  ornamentos  de  sus  dominios,  dábales  en 
Toledo  privilegiado  albergue,  preparando  así  la  peregrina  tras- 


1     Véase  en  el  siguicnlc  capítulo  la  descripción  y  juicio  de  cslos  peregri- 
nos libros. 


II,*  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VILG.  ERUD.   473 

formación  que  iba  á  experimentar  la  cultura  de  aquel  desdichado 
pueblo  '. 

Digno  es  por  cierto  del  mayor  estudio,  y  antes  de  ahora  hemos 
consagrado  á  este  punto  algunas  vigilias.  Aquellos  celebrados-  ra- 
binos, que  libertaron  del  naufragio  padecido  en  las  regiones 
orientales  las  reliquias  de  la  lengua  santa,  y  con  ellas  la  respe- 
tada doctrina  de  sus  tradiciones,  abrigaban  al- poner  en  Córdoba 
sus  academias,  la  patriótica  esperanza  de  legar  á  las  generaciones 
futuras  en  toda  su  pureza  el  depósito  por  ellos  custodiado.  Mas 
no  comprendieron  que  al  invocar  la  protección  de  los  Califas  cor- 
dobeses, sometían  lo  porvenir  de  su  cultura  y  de  su  lengua  á  la 
cultura  y  lengua  de  los  árabes,  perdida  su  existencia  política'  y 
forzados  á  reconocer  la  supremacía  del  pueblo  mahometano.  «Du- 
wrante  su  permanencia  entre  los  árabes  orientales,  entre  los  ule- 
mnas  de  Córdoba  (escribiaraos),  los  rabinos  de  las  academias  se 
whabian  empapado,  digámoslo  así,  en  su  literatura  y  en  sus  cien- 
»cias:  sin  otros  estudios  que  los  talmúdicos  y  misnáticos,  des- 
«poseidos  ya  del  espíritu  de  nacionalidad  é  independencia,  que 
«constituye  la  vida  de  los  pueblos,  sin  estímulo  de  verdadera  glo- 
»ria,  cultivaron  las  ciencias  que  poseían  los  musulmanes,  y  rin- 
))dieron  el  tributo  de  su  admiración  á  su  literatura,  tenida  por  la 
«más  rica,  la  más  brillante  entre  todas  las  literaturas  de  aquella 
«época.  Los  hebreos  de  Córdoba  escribieron  pues  muchas  de  sus 
«más  apreciables  obras  en  la  lengua  arábiga,  guiando  sus  plumas 


1  Es  por  extremo  curioso  el  observar  cómo  el  príncipe  don  Alfonso,  aun 
antes  de  la  muerte  del  Rey  Santo,  había  procurado  dar  cima  á  las  empresas 
científicas  que  empiezan  á  llamar  la  atención  del  mundo  sabio  en  el  primer 
año  de  su  reinado.  Tratando  de  sus  famosas  Tablas  astronómicas,  decian  sus 
autores:  «Et  todas  estas  rayzes  (observaciones)  sobre  que  se  fundan  estas  Ta- 
))b¡as  et  todas  sus  obras  (trabajos  astronómicos  preparatorios  y  fundamcnla- 
))les)  son  fechas  et  compuestas  al  medio  dia  de  la  cibdad  de  Toledo,  que  es  la 
Ti)cibdad  en  que  fué  este  notable  acaesámienío  de  la  nascencia  de  nuestro  sen- 
^mor  (don  Alfonso)».  Los  autores  de  las  Tablas,  que  adelante  conocerán  nues- 
tros lectores,  fijan  perfectamente  la  situación  del  observatorio,  construido  en 
la  parte  meridional  de  Toledo  por  el  nieto  de  doña  Berenguela.  Quede  pues 
sentado  que  antes  de  mediar  el  siglo  Xül  era  debido  a  la  munificencia  de  los 
reyes  de  Castilla  un  establecimiento,  de  cuya  posesión  no  pueden  jactarse  aun 
todas  las  naciones  modernas. 


476  HISTORIA  culirr.A  de  i,a  literatuka  espaSula. 

))el  mismo  espíritu  que  animaba  al  pueldo  sarraceno.  La  litera- 
))tura  rabínica,  que  habia  nacido  de  la  misma  manera  que  la  de 
))lo3  árabes;  que  se  habia  empleado,  como  esta,  en  las  explica- 
))CÍones  y  comentarios  de  los  libros  sagrados,  llegó  á  ser  en  la 
Mcórle  de  los  Califas  cordobeses  enteramente  muslímica,  no  pu- 
))diendo  sustraerse  4  la  influencia  de  atjuel  pueblo  ilustrado»  '. 

No  otro  es  el  espectáculo  que  la  raza  proscrita  ofrece  en  el 
largo  período  de  tres  siglos,  durante  los  cuales,  según  la  ingenua 
confesión  de  los  más  afamados  rabinos,  casi  llegó  á  olvidarse  la 
lengua  de  sus  mayores,  perdida  toda  su  elevación  y  pureza;  y 
mientras  en  la  primera  mitad  del  siglo  XI  hacian  notables  esfuer- 
zos para  conservarla  un  Rabbí  Samuel  ben-Chophni,  un  Rabbi 
Isahak-bar-Baruq  y  un  Rabbí  Jehudáh-bea-Barsilí,  veíanse  obli- 
gados á  cultivar  la  arábiga  los  hombres  de  más  ciencia  y  talento, 
deseosos  de  que  no  fueran  sus  trabajos,  ni  estériles  de  todo  pun- 
to, ni  fácilmente  olvidados.  Pera  lo  que  llama  todavía  más  la 
atención  de  la  crítica  es  sin  duda  el  considerar  que  los  mismos 
escritores  hebraicos  que  más  se  duelen  de  la  postración  y  decai- 
miento de  la  lengua  santa,  los  mismos  que  se  preciaban  de  ser 
sus  restauradores,  emplearan  el  idioma  de  los  muslimes  para  com- 
poner las  obras,  en  que  aspiraban  á  mayor  galardón  científico  ó 
literario.  Esta  enseñanza  debemos  en  efecto  al  estudio  de  la  his- 
toria de  las  letras  judaicas:  Rabbí  Samuel  Jehudí,  autor  de  la  fa- 
mosa Carla  á  Rabbí  ísahák  de  Marruecos;  Rabbí  Selemóh-ben- 
Gabirol,  que  mereció  en  su  tiempo  el  renombre  de  maestro  de  los 
cánticos  y  se  distinguió  cual  filósofo  moralista  en  su  Colección  de 
Rubíes,  y  Rabbí  ísahák- ben-Reubcn,  aplaudido  por  sus  Exorla- 
ciones  poéticas,  señalábanse  todos  dentro  del  mismo  siglo  XI  co- 
mo aficionados  y  felices  cultivadores  de  la  lengua  y  literatura 
arábiga  2.  Seguían  sus  huellas  en  el  XII,  si  bien  con  mayor  for- 
tuna, los  encomiados  Rabbí  Moséh-ben-Mayemon,  apellidado  vul- 
garmente Maiiraonides;  Rabbí  Moséh  Jehudáh-ben-Thibon  Mari- 
mon,  que  llevó  el  título  de  padre  de  los  traductores;  Rabbí  Jo- 


1  Estudios  históricos,  políticos  y  literarios  sobre  los  judias  de  España,  In- 
troducción. 

2  Id.,  id.  Ensayo  II,  cap.  I. 


II.   PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   477 

iVdh  ben  Ganaj,  príncipe  de  los  gramáticos;  Rabbí  Jehudáh  Leví 
ben  Saúl,  el  divino  poeta,  y  finalmente  el  esclarecido  Abraham 
bcn-Meir-aben-Hezra,  varón  consumado  en  las  artes  liberales, 
peritísimo  en  las  ciencias  sagradas  y  superior  á  todos  sus  coetá- 
neos en  las  matemáticas  *. 

Dominados  pues  de  aquella  ley  superior  que  los  avasallaba,  con- 
tribuían los  hebreos  en  el  suelo  mahometano  al  desarrollo  de  las 
letras  y  de  las  ciencias  cultivadas  por  los  árabes. — Habíanse  estos 
consagrado  con  persistente  anhelo  al  estudio  de  la  filosofía,  de  la 
astronomía,  de  la  medicina,  de  las  matemáticas  y  de  las  ciencias 
naturales,  floreciendo  en  todos  estos  ramos,  así  como  en  el  de 
las  letras,  muchos  y  muy  señalados  varones  2. — Cierto  es  que 
apenas  puede  citarse  una  ciencia,  en  que  mostraran  originalidad, 
reducidos  como  estaban  á  ser  meros  depositarios  del  saber  del  an- 
tiguo mundo,  y  que  empeñados  en  la  escabrosa  tarea  de  comen- 
tar los  libros  traídos  á  la  lengua  arábiga  desde  los  tiempos  de  los 
Cahfas  orientales,  consumieron  con  poco  fruto  las  fuerzas  de  su 
inteligencia,  llenando  de  oscuridades  y  malezas  las  mismas  obras 
que  intentaban  ilustrar  con  sus  anotaciones  y  comentos. — Plinio 
y  Dioscórides,  Hipócrates  y  Galeno,  Euclides  y  Apolonio  Pergeo, 
Ptolomeo  y  Aristóteles  dieron  con  sus  libros  abundante  materia  y 
no  poco  ejercicio  á  los  ingenios  árabes,  que  al  mediar  el  siglo  XH 
hallaban  digno  representante  de  su  cultura  intelectual  en  el  ce- 
lebrado Abulvalid  Mahoraad-ben-.\.hmad-ben-Roschd ,  cuya  in- 
fluencia en  los  estudios  filosóficos  sólo  puede  comprenderse,  cuan- 


{     Id.,  id.,  cap.  II. 

2  Largo  es  en  efecto  el  catálog^o,  formado  por  los  autores  de  Bibliotecas 
Orientales,  respecto  de  los  ingenios  arábigo-hispanos  que  se  distinguieron  en 
el  cultivo  de  las  ciencias.  Como  una  prueba  de  los  que  se  dedicaron  á  las  le- 
tras, y  en  especial  á  la  poesía,  pueden  verse  los  números  CCCLIV  y  CCCLV 
del  tomo  [  de  la  Bibliotheca  arábico-hispana  Escurialensis,  pág.  93  y  siguien- 
tes: en  el  primero  se  mencionan  hasta  ciento  un  poetas;  en  el  segundo  cin- 
cuenta y  nueve,  debiendo  advertirse  que  se  trata  sólo  de  los  más  insignes 
[insignorum].  Nuestro  amado  discípulo,  don  Francisco  Fernandez  y  Gonzá- 
lez, siguiendo  las  huellas  del  docto  alemán  Hammer  Purgstall,  ha  aumentado 
considerablemente  este  número  en  los  Estudios  críticos  y  literarios  sobre  los 
árabes  de  España,  obra  á  que  dará  en  breve  cumplida  cima. 


4TS  HISTORIA    CniTICA   DE    LA    LlIRR ATURA    ESPA?50LA. 

do  le  hallamos  colocatlo  por  el  Dante  entre  los  sabios  de  la  anti- 
güedad, como  una  de  las  principales  lumbreras  de  la  ciencia, 
exclamando  al  contemplarle: 

Avcrrois,  che'l  gran  comento  feo  •. 

Mas  cualquiera  que  fuese  el  carácter  de  los  estudios  filosóficos 
y  científicos  entre  los  árabes;  cualquiera  que  fuese  su  extensión 
y  el  predominio  que  alcanzaron  sobre  la  raza  hebrea,  la  cual  con- 
tribuia  también  por  su  parte  á  su  cultivo  y  desarrollo,  licito  es 
consignar  que  no  hablan  podido  tener  activa  influencia  en  el 
pueblo  cristiano  hasta  la  primera  mitad  del  siglo  XIII,  vistos  con 
entera  aversión  y  menosprecio  por  los  cultivadores  de  la  literatura 
latino-eclesiástica,  únicos  á  quienes  era  dado  apreciarlas.  Ni  cabe 
tampoco  poner  en  duda  que  encerradas  en  el  círculo  de  los  co- 
mentos y  apostillas,  y  pervertidas  por  las  vanas  especulaciones  de 
la  astrologia  y  de  la  cabala,  si  tuvieron  la  filosofía  y  las  ciencias 
de  judios  y  muslimes  copioso  número  de  escritores  en  el  suelo  de 
la  Península,  no  por  esto  dejaron  de  ser  menos  antipáticas  á  la 
clerezía,  rechazadas  al  propio  tiempo  de  sus  escuelas,  donde  se 
habla  conservado  con  toda  pureza  la  acreditada  doctrina  de  Isi- 
doro. Necesario  era  que  aquella  animadversión  y  constante  odio, 
que  aquel  antagonismo  de  ambas  civilizaciones,  sostenido  por  los 
furores  del  hierro  y  del  fuego  en  la  forma  ya  en  otro  lugar  reco- 
nocida 2,  se  templaran  algún  tanto  para  producir  resultados  de 
recíproca  utilidad  é  influencia;  y  este  momento,  preludiado  por 
los  sucesivos  y  multiplicados  triunfos  alcanzados  sobre  la  moris- 
ma, podia  llegar  únicamente  cuando  acorralada  esta  en  un  rincón 
de  Andalucía,  reconociera  el  señorío  de  los  reyes  castellanos. 
Sólo  en  este  Instante  debía  contribuir  la  cultura  arábiga  á  enri- 
quecer la  civilización  española;  pero  no  ejerciendo  desde  luego 
directo  infiujo  sobre  la  muchedumbre,  como  unlversalmentc  se 
ha  juzgado;  no  trayendo  á  nuestra  literatura  las  formas  de  su 
poesía  y  el  ejercicio  de  sus  costumbres,  según  se  ha  pretendido 
sin  criterio;  sino  ofreciendo  á  los  vencedores  el  tributo  de  sus 

1  Divina  Commedia,  canlo  IV  del  Inferno. 

2  I.^  Parle,  cap.  XV,  páf.  278  y  sigruiontes. 


Il/  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   479 

ciencias,  que  envueltas  en  la  ruina  de  su  imperio,  se  sometían  á 
la  fecunda  y  trascendental  idea,  que  abrigada  por  el  hijo  de  Fer- 
nando III,  iba  á  dar  al  pueblo  cristiano  en  el  terreno  de  la  inte- 
ligencia la  misma  supremacía  que  le  hablan  conquistado  sus 
aguerridas  huestes  en  el  campo  de  batalla. 

Hermanados  árabes  y  hebreos  en  los  estudios  fdosóficos  y  cien- 
tíficos, vencidos  unos  y  dominados  otros  por  nuevos  señores, ' 
mientras  cobijaba  á  los  segundos  la  misma  suerte  que  les  habia 
cabido  en  el  suelo  de  Córdoba,  procuraban  los  primeros  hacerse 
aceptos  al  ilustrado  príncipe,  en  cuyas  manos  hablan  caldo  las 
más  fértiles  y  poderosas  comarcas  de  sus  antiguos  dominios;  y 
congregados  por  el  Rey  Sabio  en  las  famosas  academias  de  To- 
ledo, acometían  bajo  su  dirección  inmediata  las  más  arduas  em- 
presas científicas,  de  que  daban  insigne  testimonio  en  el  primer 
año  de  su  reinado  las  aplaudidas  Tablas  astronómicas ,  que  llevan 
todavía  su  nombre.  Mas  para  que  fuese  más  clara  y  palpable  la 
iniciativa  de  don  Alfonso,  para  que  resaltara  con  mayor  fuerza  la 
posición  en  que  se  habia  colocado  respecto  de  los  sabios  de  am- 
bas razas  reunidos  á  la  sombra  de  su  trono,  aquellos  trabajos  en 
que  se  iban  á  tratar  y  á  resolver  acaso  las  más  difíciles  cuestiones 
de  la  astronomía  y  de  la  física,  se  formulaban  en  la  lengua  ha- 
blada por  la  muchedumbre,  presentando  así  uno  de  los  más  pe- 
regrinos fenómenos  que  ofrece  en  los  tiempos  modernos  la  histo- 
ria de  las  letras.  Promoviendo,  alentando,  dirigiendo  y  pagando 
con  munificencia  de  príncipe  tan  útiles  y  meritorias  tareas,  eclip- 
saba el  nieto  de  doña  Berenguela  la  fausta  memoria  del  Augusto 
de  los  árabes,  y  preciándose  de  entendido  en  el  cultivo  del  idioma 
patrio,  apenas  ensayado  en  la  prosa,  bien  que  enriquecido  ya  por 
la  poesía,  mostraba  palpablemente  que  no  sólo  anhelaba  imprimir 
determinado  carácter  á  las  empresas  Uevadas  á  cabo  en  las  aca- 
demias toledanas,  sino  que  atendiendo  también  á  los  perfiles  del 
lenguaje  y  del  estilo,  procuraba  sobreponer  su  lengua  á  todas  las 
habladas  á  la  sazón  en  la  Península  *. 


\  E^le  pensamiento  del  Rey  Sabio,  confirmado  en  todo  lo  que  se  escribe 
bajo  su  dirección  y  sus  auspicios,  se  halla  conforme  con  los  intentos  políticos 
que  abrig-a,  según  después  veremos.  Conocido  es  también  el  pasaje  del  pro- 


4S0  HISTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPA?ÍOLA. 

Pero  este  celo  de  sabiduría,  que  los  antiguos  cronistas  caste* 
llanos  caracterizan  perfectamente,  asegurando  que  mandó  roman- 
zar el  Rey  Sabio  cuantos  libros  liabia  en  España,  si  buscó  entre 
las  razas  orientales  el  noble  alimento  que  anabicionaba,  no  des- 
deñó en  modo  alguno  la  ciencia  guardada  en  las  escuelas  cristia- 
nas desde  los  tiempos  más  remotos,  dirigiendo  principalmente 
sus  esfuerzos  á,  hacer  de  todos  conocida  la  doctrina  de  Isidoro, 
consignada  en  el  aplaudido  libro  de  las  Elhimologias.  Era  este 
universalmente  leido  en  las  aulas,  y  reflejando,  según  advertimos 
en  su  propio  lugar,  todos  los  conocimientos  científicos  y  literarios 
del  antiguo  mundo,  habia  conservado  en  medio  de  la  oscuridad 
de  los  siglos  la  nocion'pura  de  la  filosofía  aristotélica,  trasmitién- 
dola á  otras  naciones  de  Europa,  cuando  más  cerradas  estaban 
las  tinieblas  do  la  barbarie  y  apenas  poseia  el  clero  los  más  gro- 
seros rudimentos  de  la  lengua  del  Lacio  *.  Traer  pues  al  acervo 
común  tan  venerada  doctrina,  ya  para  templar  las  exageraciones, 
ya  para  corregir  los  errores  de  la  filosofía  arábigo-hebraica,  era 
deber  principalísimo  en  quien  al  propio  tiempo  que  pretendia  con- 
quistar la  ciencia  de  otras  naciones,  no  rehusaba  el  tributo  de  su 
respeto  á  la  tradición  de  la  cultivada  por  sus  padres;  y  la  obra 
memorable  del  doctor  de  las  Españas  fué  también  trasladada  al 
romance  de  Castilla,  para  representar  en  la  historia  de  aquel  ex- 
traordinario movimiento,  abanderado  en  el  Rey  Sabio  (si  es  lícito 
decirlo  así),  el  principio  de  la  nacionalidad  científica  de  la  Penín- 
sula Ibérica. 

Ni  dejaba  don  Alfonso  de  consignar  de  una  manera  solemne  el 
doble  afecto  que  le  inspiraba  la  ciencia  de  árabes  y  hebreos  y 
la  ciencia  de  los  cristianos:  dos  años  después  de  subir  al  trono  de 
sus  mayores  fundaba  en  Sevilla  «estudios  et  Escuelas  Generales  de 
latin  et  de  arábigo»,  y  estatuyendo  en  las  primeras  las  enseñanzas 


logo  del  libro  de  la  Espera  [esfera],  donde  el  mismo  rey  declara  «que  tollo 
))las  ra9ones  que  entendió  eran  sobeianas  et  dobladas  et  que  non  eran  en 
«castellano  derecho  et  puso  las  otras  que  entendíe  que  conplian,  et  en  quanlo 
))en  el  Icnguaie  endercíolo  el  por  sí»  [Estud.  hisl.,  polit.  y  lit.  sobre  los  ju- 
díos,  Ens.  II,  cap.  III). 

i     Véase  el  cap.  XV  de  la  I.'"'  Parle,  pág.  268  y  siguientes. 


11.*  PARTE.  CAP.  rX.  SEG,  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   481 

de  gramática,  lógica,  retórica,  aritmética,  geometria,  música  y  as- 
tronomia,  que  formaban  el  trivio  y  el  quadrivio  de  las  antiguas 
disciplinas  liberales,  autorizaba  en  las  segundas  el  estudio  de  la  fi- 
losofía y  de  ía  lengua  de  los  sarracenos,  colmando  á  unas  y  otras 
de  privilegios  y  distinciones  ''.  Erigíale  esta  protección  concedida 
á  los  mahometanos  y  á  su  decadente  cultura,  en  arbitro  de  la 
ciencia  de  aquella  raza  sometida  en  gran  número  al  floreciente 
imperio  de  Castilla;  y  más  ilustrado  que  los  Abd-er-Rahmanes, 
lejos  de  extinguirla  por  medio  de  la  fuerza,  intento  ensayado  cua- 
tro siglos  antes  respecto  de  la  lengua  hablada  por  los  mozára- 
bes 2,  no  solamente  patrocinaba  en  Toledo  y  Sevilla  á  sus  más 
doctos  varones,  sino  que  estableciendo  ya  cierto  comercio  intelec- 
tual entre  los  vasallos  mudejares  y  los  cristianos,  atendia  á  esti- 
mular en  los  últimos,  con  el  egemplo  de  los  primeros,  el  verda- 
dero amor  de  las  ciencias  y  de  las  letras.  En  vez  de  esparcir  al 
viento  las  reliquias  de  aquella  civilización,  conducida  á  lastimosa 
ruina  por  el  sangriento  furor  de  civiles  disturbios;  en  vez  de  se- 
guir la  poco  humanitaria  política  de  los  Califas  cordobeses,  reco- 
gía el  Rey  Sabio  benévolo  y  generoso  aquellos  preciosos  restos,  y 
fija  la  vista  en  lo  porvenir,  convertíalos  á  la  ilustración  de  su  pue- 

1  La  ley  V  del  título  XXXI  de  la  Partida  II  define  de  este  modo  los  Es- 
tudios generales:  aDicen  Estudio  General  [aquel]  en  que  ha  maestros  de  las 
Martes,  así  como  de  gramática,  et  de  lógica,  et  de  arismética,  et  de  geome- 
»tría,  et  de  música,  et  de  astronomía  et  otrosí  en  que  ha  maestros  et  señores 
»de  leyes;  et  este  estudio  debe  ser  establecido  por  mandado  de  papa,  ó  de 
«emperador  ó  de  rey».  Don  Alfonso  decia  en  el  privilegio  otorgado  á  Sevilla 
en  8  de  diciembre  de  1234,  después  de  calificar  con  las  palabras  trascritas  en 
el  texto  las  escuelas  referidas:  «Et  mando  que  los  maestros  et  los  escolares 
«que  vinieren  hy  al  estudio,  que  vengan  salvos  et  seguros  por  todas  las  par- 
í)tes  de  mis  regnos  et  por  todo  mió  señorío,  con  todas  sus  cosas,  et  que  non 
«den  portadgo  ninguno  de  sus  libros  nin  de  sus  cosas  que  troxieren  para  sí  et 
»que  estudien  et  vivan  seguramente  et  en  paz  en  la  cibdat  de  Sevilla.  Et 
«mando  et  deffiendo  firmemente  que  ninguno  non  sea  ossado  de  facerles 
«fuerca,  nin  tuerto,  nin  demás:  ca  qualquier  que  lo  ficiere  auria  mi  yra  é 
wpecharmíe  en  cotto  mili  maravedís,  et  á  ellos  todo  el  danno  doblado»  (Me- 
morial  Histórico  de  la  Real  Academia  de  la  Historia,  tomo  1,  pág.  54).  Estas 
seguridades  y  exenciones  comprendían  pues  al  Estudio  arábigo  lo  mismo  que 
al  latino. 

2  Véase  el  cap.  XII  de  la  I.*  Parte. 

TOMO   III.  31 


482  HISTORIA    CRlTir.A    M.    I, A    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

blo,  cuya  prosperidad  y  engraudeciiniento  era  el  fin  constante  de 
sus  doctas  vigilias  '. 

Tan  plausible  deseo,  expresado  por  don  Alfonso  en  multitud  de 
formas,  llevábale  también  íi  introducir  fundamentales  innovacio- 
nes en  la  esfera  de  la  política,  procurando  realizar  en  ella  los 
grandiosos  proyectos  de  su  magnánimo  padre.  Divididos  los  reinos 
de  León  y  Castilla  en  tantos  círculos  políticos  cuantos  eran  sus 
concejos,  y  desmembrado  b\  derecho  en  tantos  girones  cuantas 
eran  las  cartas-pueblas,  ordenanzas,  fazañas,  usos  y  fueros  mu- 
nicipales, que  reconocían  con  frecuencia  distinto  y  aun  encontra- 
do origen,  partiendo  unas  veces  de  la  potestad  real,  derivándose 
otras  del  poder  clerical  ó  monástico,  y  proviniendo  otras  del  se- 
ñorial, existia  en  la  república  un  verdedero  caos,  de  que  sólo  po- 
dían surgir  conturbaciones  y  escándalos  sin  cuento.  Aprovechan- 
do Fernando  III  la  conquista  de  Andalucía  y  de  Murcia,  había 
establecido  en  estas  comarcas  un  sólo  derecho,  dándoles  por  fuero 
el  Libro  de  los  Jueces,  conforme  en  el  precedente  capítulo  recor- 
damos; y  ya  repugnara  á  aquel  ilustre  monarca,  que  abrigó  como 
Alfonso  VII,  el  unitario  proyecto  de  ser  coronado  emperador  2, 
esta  perniciosa  anarquía  de  las  leyes,  ya  cediera  á  las  instancias 
de  sus  consejeros,  que  le  ponderaban  sin  tregua  la  necesidad  y 
conveniencia  de  quitar  los  malos  fueros  y  costumbres,  pensó  for- 


i  Conocemos  y  hemos  mencionado  ya  las  muchas  preocupaciones  y 
errores  que  existen  aun  respecto  del  Rey  Sabio;  pero  á  pesar  de  que,  al  ter- 
minar el  estudio  de  este  monarca,  abrigarán  sin  duda  nuestros  lectores  el 
mismo  convencimiento  que  nosotros,  todavía  nos  juzg'amos  obligados  á  lla- 
mar la  atención  de  los  sabios  sobre  los  hechos  aquí  mencionados.  Y  cuando 
en  nuestros  días  se  ha  pretendido  hacer  la  apoteosis  de  la  política  de  los  Ca- 
lifas cordobeses,  razón  será  compararla  con  la  observada  por  Alfonso  X  ni 
mediar  el  siglo  XIII:  sólo  el  ciego  espíritu  de  la  intolerancia,  y  el  ignorante 
desden  con  que  se  ha  perseguido  por  algunos  escritores  la  memoria  de  este 
rey,  podrían  negarle  el  alto  galardón  que  le  conquistó  su  cordura.  Véase  en 
este  mismo  capítulo  el  singular  elogio  que  de  él  hizo  su  sobrino  don  Juan, 
hijo  del  Infante  don  Manuel,  adjudicándole  la  misma  palma. 

2  Su  hijo  don  Alfonso  escribía:  «Quisiera  [don  Ferrando]  que  fuesse  asi 
))llamado  su  sennorio  [emperiob  el  non  rcgno  ct  que  fuesse  él  coronado  por 
«emperador,  soguiit  lo  fueron  otros  de  su  linaic»  {Septenario,  cap.  IX  de  lo 
conservado). 


II.*  PARTE,  CAP.  IX.  SETo.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG  ERUD.   483 

mal  y  maduramente  en  poner  alguna  enmienda  á  tantos  desma- 
nes, si  bien  reparando  en  la  dificultad  de  los  tiempos,  eligió  el 
camino  de  preparar  los  ánimos  de  sus  vasallos  á  tan  grave  nove- 
dad, valiéndose  de  la  doctrina.  «Convenie  (escribe  el  Rey  Sabio 
»sobre  este  punto)  que  este  castigo  fuesse  fecho  por  escripto  para 
wsiempre,  non  tan  solamiente  para  los  de  agora,  mas  para  los  que 
wavien  de  venir.  Et  por  ende  cató  [el  rey  don  Ferrando]  que  lo 
wmeior  et  mas  apuesto  que  podíe  seer,  era  de  fazer  escriptura  en 
»que  les  demostrasse  aquellas  cosas  que  avien  de  fazer  para  seer 
))buenos  et  auer  bien  et  guardarse  daquellos  que  los  flziessen  ma- 
»los,  porque  ouiessen  á,  fazer  mal.  Et  esta  escriptura  que  la  fizies- 
))sen  et  la  touiessen  asi  como  heredamiento  de  padre  et  bien  fecho 
))de  sennor  et  como  conseio  de  buen  amigo.  Et  esto  que  fuesse 
apuesto  en  libro  que  oyessen  á  menudo,  con  que  se  acostumbras- 
))sen  para  seer  bien  acostumbrados  et  que  se  affiziessen  et  usas- 
))sen,  raigando  en  sí  el  bien  ettoUiendoelmal.  Et  que  lo  ouiessen 
wpor  fuero  et  por  ley  complida  et  cierta»  *.  Iniciado  de  esta  mar- 
neca  el  pensamiento  de  reformar  la  múltiple  y  contradictoria  le- 
gislación de  León  y  Castilla,  y  obligado  el  rey  don  Alfonso  por 
mandato  expreso  de  su  padre  á  poner  mano  en  tan  difícil  empresa, 
acometia  la  de  escribir  aquella  suerte  de  catecismo  político,  mo- 
ral y  religioso,  que  debia  en  su  entender  facilitarla,  y  que  siendo 
verdadero  resumen  de  todos  sus  conocimientos  en  ciencias  y  le- 
tras, recibia  el  enigmático  nombre  de  Septenario. 

Aventurado  creemos  el  determinar  hoy  el  éxito  que  obtuvo  en- 
tre los  vasallos  de  don  Alfonso  la  aparición  de  este  peregrino  li- 
bro, tenido  por  su  autor  en  grande  estima  y  apenas  conocido  en 
nuestros  diasde  los  más  entendidos  literatos.  Mas  si  pudiera  te- 
nerse cual  indicio  de  aceptación  y  aplauso  la  resolución  con  que 
el  Rey  Sabio  echó  sobre  sus  hombros  el  peso  que  tuvo  por  exce- 
sivo, sin  la  expresada  preparación,  todo  un  Fernando  III,  razón 
habría  para  juzgar  que  no  debió  serle  contraria  la  opinión  pública, 
cuando  le  vemos  en  el  tercer  año  de  su  reinado  2,  dar  ya  principio 


1  Septenario,  cap.  IX  de  lo  conservado. 

2  ((Con  la  formación  del  Espéculo  debió  coincidir  al  parecer  la  del  Fuero 
nReal...  Cual  fuese  el  tiempo  en  que  este  se  compuso,  resulta  indudablemente 


484  HISTOniA    CUlTICA    HE    LA    LITKKATUIIA    ESPAÑOLA. 

á  tan  ilificil  y  espinosa  obra,  que  aun  inspirada  por  el  celo  del  bien 
ijeneral,  iba  á  lastimar  ueccsariamonte  muchos  y  muy  distintos 
intereses.  Acogiendo  la  solicitud  de  Valladoiid,  que  «non  oviera 
«fuero  fasta  en  el  su  tiempo  et  iutigábasc  por.fazanas  et  por  alve- 
))drios  departidos  de  los  ornes,  et  por  usos  desaguisados  et  sin 
«derecho»,  dábale  el  Fitero  Real  \  ampliándolo  después  <i  Fa- 
lencia, Burgos  y  otras  ciudades,  que  lo  rccibian  sin  repugnancia, 
ganosas  de  salir  del  laberinto  en  (juc  habian  vivido  basta  enton- 
ces. Coiistituia  en  efecto  el  Fuero  Real,  á  que  se  agregaba  el 
Libro  del  Espéculo,  publicado  tal  vez  en  el  mismo  año,  el  núcleo 
y  alma  del  derecho  municipal,  reducido  este  á  cierta  unidad  de 
que  podia  surgir  con  el  tiempo  el  derecho  civil  y  aun  el  dere- 
cho político.  El  rey  don  Alfonso  decia:  «Entendiendo  et  veyendo 
))los  males  que  nascen  et  se  Icuantan  en  las  tierras  et  en  los  nues- 
Mtros  regnos,  por  los  muchos  fueros  que  eran  en  las  villas  et  en 
))las  tierras,  departidas  en  muchas  maneras,  que  los  unos  se  iul- 
wgavan  por  fueros  de  libros  minguados  et  los  otros  se  iudgan  por 
«fazanas  desaguisadas  et  sin  derecho;  et  porque  aquellos  libros 
«minguados  porque  se  iudgauan,  algunos  raíenlos  et  camiáuanlos 
«como  ellos  se  quedan,  á  pro  de  si  et  á  danno  de  los  pueblos,.., 
«fezicraos  [este  libro]  con  conseio  et  con  acuerdo  de  los  arzo- 
«bispos  et  de  los  obispos  de  Dios,  et  de  los  ricos  omes  et  de  los 
«mas  onrados  sabidores  de  derecho  que  podiemos  auer  et  fallar 
«et  otrosí  de  otros  que  auie  en  nuestra  corte  et  en  nuestro  regno, 
>)et  catamos  et  escogicnws  de  todos  los  fueros  lo  que  mas  ualie 
Mi  lo  metor,  et  posiemoslo  y  también  del  fuero  de  Castiella  como 
)>de  los  otros  logares  (jue  nos  fallarnos  que  eran  derechos  et  con 


»(le  una  nota  puesta  al  Au  del  códice  que  ha  servido  de  lexlo,  la  cual  dice  así: 
(lEste  libro  fué  fecho  el  acabado  en  Valladolil  por  mandado  del  Rey  treynla 
))dias  andados  del  mes  de  agosto  en  Era  de  mili  ot  doscientos  é  noventa  é 
»tres  años:  en  el  anno  que  don  Odoarle,  fijo  primero  heredero  del  rey  Enri- 
»que  de  Anglalicrra,  rcscibió  caualleria  en  Burgos  del  rey  don  Alfonso  el  so- 
«bredicho».  Corresponde  pues  al  año  12j5,  tercero  del  reinado»  (Edición  de  la 
Real  Academia  de  la  Historia,  pág.  IV  del  prólogo). 

i     Opúsculos  legales  (ic\  Rey  Sabio,  lomo  11,  prólogo  al  Fuero  Real,  pú- 
í;ina  G. 


II.*  PARTE,  GAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   485 

«razón»  ^.  Digna,  patriótica  y  de  incalculable  trascendencia  era 
por  tanto  la  reforma  emprendida  por  el  Rey  Sabio,  quien  aspi- 
rando á  crear  un  sólo  pueblo  con  las  diversas  nacionalidades  aso- 
ciadas alrededor  del  trono  castellano,  veia  sin  duda,  como  único 
medio  de  lograrlo,  la  constitución  de  un  sólo  derecho. 

Pero  esta  idea  altamente  ilustrada  y  nacida  de  los  estudios  filo- 
sóficos, dando  al  lenguaje  del  Fuero  Real  y  del  Espéculo  un  ca- 
rácter esencialmente  didáctico,  debia  labrar  en  el  ánimo  de  don 
Alfonso  el  deseo  de  mayor  perfeccionamiento,  llevándole  más  allá 
de  lo  que  podian  consentir  el  espíritu  de  su  época  y  la  índole  de 
su  mismo  pueblo.  Inclinábale  á  esta  senda  el  impulso  dado  desde 
los  tiempos  de  Alfonso  VIII  á  la  enseñanza  de  la  jurisprudencin ; 
y  ampliadas  las  nociones  que  sobre  ambos  decretos  trajeron  á  la 
Península  los  discípulos  de  Irnerio,  llamados  por  aquel  esclarecido 
príncipe,  demás  de  los  doctos  varones  citados  en  el  capítulo  prece- 
dente, florecían  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIII  otros  no  menos 
distinguidos  juristas  que  honran  el  nombre  castellano.  Señalábanse 
entre  todos  como  cultivadores  del  derecho  romano  y  del  canónico, 
Melendo,  obispo  de  Osma;  Lorenzo,  que  lo  era  de  Orense;  Juan, 
abad  de  Santander  y  canciller  de  Castilla;  Fernando  de  Zamora, 
canónigo  de  la  misma  iglesia;  y  finalmente,  Maestre  Jacobo  de 
las  Leyes,  tenido  por  el  más  sabio  y  experto  jurisconsulto  de  su 
tiempo )  y  considerado  en  nuestros  dias  como  el  primero  que  trató 
de  estas  materias  en  lengua  castellana,  dirigiendo  sus  trabajos 
al  mismo  don  Alfonso  -. 

El  prestigio  y  consideración  que  estos  estudios  lograron  en 
el  ánimo  de  Fernando  III,  no  fueron  pues  menores  en  el  de 
su  ilustrado  hijo,  quien  mirando  «la  ciencia  de  las  leyes  como 


1  Opúsculos  legales,  tomo  I,  prólogo  del  Espéculo,  pág.  2. 

2  Con  el  título  de  Flores  de  las  Leyes  ha  publicado  la  Real  Academia  de 
la  Historia  {Memorial  Histórico,  tomo  II,  pág-.  137  y  siguientes)  la  suma  le- 
gal, que  dedicó  Maestre  Jacobo  Ruiz,  llamado  de  Las  leyes  «al  muy  noble 
wsennor  don  Alfonso  Fernandez,  fijo  del  muy  noble  et  bien  aueiiturado  sen- 
»nor  don  Fernando,  por  la  gracia  de  Dios,  rey  de  Castiella,  etc.» — Acompá- 
ñanla  ciertas  ilustraciones  del  erudito  don  Rafael  Floranes,  donde  pone  en 
claro  con  gran  copia  de  datos  la  época  y  la  ocasión  con  que  fué  escrita. 


486  HISTORIA   ClttTfCADE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

fuente  de  justicia»,  habia  derramado  á  manos  llenas  sobre  sus 
cultivadores  honras,  distinciones  y  privilegios.  Los  maestros  del 
derecho  no  solamente  eran  elevados  á  la  gerarquia  de  los  ca- 
balleros, siendo  considerados  como  jueces  naturales,  sino  que 
admitidos  en  toda  ocasión  á  la  presencia  de  los  reyes,  obte- 
nían, en  premio  á  su  saber  y  su  perseverancia  en  tan  honrosa 
profesión,  la  dignidad  de  condes,  estimada  á  la  sazón  en  mucho 
y  grandemente  ambicionada.  Libres  también  de  todo  pecho,  no 
podian  ser  obligados  á  lomar  las  armas,  ni  á  ejercer  cargo  ni  ofi- 
cio alguno,  constituyendo  en  medio  de  aquella  sociedad  de  hierro 
cierta  categoría  independiente,  primera  base  del  poder  que  iban 
á  representar  siglos  adelante,  en  oposición  á  la  preponderancia 
militar  de  los  rícos-omes  ^  Protegidos  en  esta  forma  los  maestros 
del  derecho,  luego  que,  penetrado  el  Rey  Sabio  de  que  habia  en 
aquella  ciencia  algo  más  que  los  fueros  municipales  y  el  Libro  de 
los  Jueces,  concibió  el  proyecto  de  recoger  en  un  sólo  código  toda 
la  doctrina  ya  atesorada  sobre  uno  y  otro  decreto,  halló  en  los 
mismos  profesores  entendidos  y  celosos  operarios,  para  dar  cima 
á  la  más  alta  y  difícil  empresa  llevada  á  granazón  en  los  siglos 
medios. 

Bajo  tales  auspicios  se  empezaba  en  1256  la  admirable  y  sa- 
pientísima obra  de  las  Partidas,  que  siendo  glorioso  barómetro 
del  estado  á  que  habían  llegado  en  el  suelo  de  Castilla  los  estu- 
dios morales  y  jurídicos,  debía  al  par  comprender  amplias  nocio- 
nes de  las  demás  ciencias,  siendo  en  siglos  posteriores  reputada 
cual  preclaro  monumento  de  la  lengua  y  de  la  literatura  española. 
Hijo  este  famoso  código,  apellidado  también  el  Libro  de  las 
Leyes,  de  un  pensamiento  meramente  especulativo,  tenía  por  ob- 
jeto «acordar  en  uno  con  razón  complida  los  entendimientos  de 
))los  omnes  que  son  departidos  en  muchas  maneras,  catando  asi 
w mismo  carrera  para  saber  ciertamente  los  derechos  et  mantener 


1  Ley  VIII.»  del  titulo  XXXI  de  la  11.=*  Partida.  La  ley  III.''  del  ti- 
tulo XVII  de  la  Partida  VI. ^  e.\ime  también  «á  los  maestros  de  las  ciencias 
»de  ser  guardadores  de  otri»,  y  la  II.''  del  titulo  XXX  de  la  Vil."*  Partida 
ordena  que  «no  se  dé  tormento  a  maestros  de  leyes  ó  de  otro  saber»  ,  levan- 
tándolos por  este  hecho  á  la  categoría  de  caballeros. 


II.  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TIUSF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   487 

))los  pueblos  en  paz  et  en  iusticia».  Coa  este  vivo  deseo  de  públi- 
ca prosperidad,  dio  el  Rey  Sabio  á  las  Partidas  la  unidad  y  ele- 
vación que  no  habia  tenido  antes  de  su  tiempo  código  alguno, 
infundiéndoles  un  espíritu  esencialmente  didáctico,  como  que  par- 
tiendo del  fecundo  terreno  de  la  ciencia,  se  encaminaba  á  mejo- 
rar la  condición  de  sus  pueblos  por  medio  de  la  persuasión  y  de 
la  enseñanza.  Mas  esa  misma  unidad,  que  es  sin  duda  el  timbre 
de  mayor  precio  del  Libro  de  las  Leyes,  revelando  al  propio 
tiempo  las  fuentes  en  que  se  inspirra  don  Alfonso  y  los  sabios  que 
le  ayudaron,  debia  ser  invencible  obstáculo  al  entero  logro  de 
aquella  doctrina,  pues  que  ofendiendo  directamente  muchos  de 
los  intereses  arraigados  en  el  suelo  de  Castilla,  iba  de  pronto  á 
sublevarlos.  Al  ceder  en  demasía  al  movimiento  de  los  estudies 
legales,  reuniendo  en  un  solo  cuerpo  la  doctrina  de  los  antiguos 
códigos  civiles  y  canónicos,  y  poniendo  en  contribución  las  es- 
peculaciones de  los  comentaristas  que  le  habían  precedido  dentro 
y  fuera  de  España,  se  apartaba  el  Rey  Sabio  del  verdadero  ca- 
mino, emprendido  ya  al  publicar  el  Fuero  Real  y  el  Libro  del 
Espéculo  y  comprometiendo  por  sobra  de  anhelo  científico  el  mis- 
mo bienestar  de  la  patria,  tan  ardientemente  ambicionado.  La 
obra  inmortal  de  las  Partidas,  rechazada  por  la  turbulenta  no- 
bleza ^,  que  la  tildaba  de  especulativa  y  estranna,  no  alcanzaba 
fuerza  de  ley  hasta  mediar  el  siglo  XIV,  á  la  sombra  del  último 
Alfonso  [1548]. 

Antes  de  que  el  Sabio  terminara  el  Libro  de  las  Leyes,  habia 
acometido  sin  embargo  otra  empresa  de  no  menor  bulto  é  im- 
portancia, hija  sin  duda  del  mismo  pensamiento   y.  dirigida  á 


\  Debe  tenerse  en  cuenta  que  los  nobles  rechazaron  ¡gualmente  el  Fuero 
Real  y  el  Fuero  del  Espéculo:  en  la  revuelta  de  1271,  capitaneada  por  el  In- 
fante don  Felipe,  más  aprovechado  en  tumultos  que  en  letras,  á  pesar  de  sus 
esludios  en  Paris,  decian  aquellos,  entre  otras  cosas  de  que  se  quejaban  del 
Rey  Sabio:  «Que  los  fueros  que  el  rey  diera  á  algunas  vlellas,  con  que  los  fi- 
))josda!go  comarcaban,  que  apremiauan  á  ellos  et  á  sus  uasallos  en  guisa  que 
Mpor  fuerca  auian  de  yr  á  aquel  fuero»  {Crón.  del  Rey  don  Alonso  el  Sabio, 
cap.  XXI).  Esta  acusación,  que  nos  revela  el  carácter  anárquico  de  la  noble- 
za, siendo  en  realidad  un  verdadero  elogio  de  don  Alfonso,  explica  las  causas 
de  no  haber  tenido  validez  de  ley  en  su  tiempo  el  libro  de  las  Partidas. 


488  HISTORIA    CIÚTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

fin  análogo.  Preciábase  de  haber  ayudado  á  su  pa<lre  á  ensan- 
char los  hinites  de  la  monarquía,  apodeiYmdose  del  reino  de  Mur- 
cia y  contribuyendo  á  la  conquista  de  Jaén,  Sevilla  y  el  Algarbe  ^: 
su  participación  en  todos  estos  triunfos  y  la  magnitud  de  sus  re- 
sultados le  movian  tal  vez  á  consignarlos.  Mas  ¿érale  conveniente 
seguir  la  senda  de  los  antiguos  cronistas  latinos,  encerrándose  en 
un  período  determinado  y  reduciendo  á  tan  estrecho  círculo  la 
historia  de  aquella  Castilla,  que  según  las  últimas  palabras  del 
tercer  Femando,  era  la  nación  más  poderosa  del  cristianismo?  ^. 
Nacida  ya  la  idea  del  Fuero  Real  y  del  Espéculo,  que  trascendió 
con  tanta  fuerza  á  las  Partidas,  ¿podía  dejar  de  reílejarse  en 
cualquiera  obra  histórica,  concebida  y  realizada  por  el  Rey  Sa- 
bio?... De  un  modo  meramente  especulativo  habia  sido  conside- 
rada la  unidad  del  derecho;  y  sin  embargo,  tan  luminosa  y  fe- 
cunda era  esta  idea,  que  hubo  también  de  iluminar  la  historia, 
luego  que  fijó  en  ella  sus  investigadoras  miradas  el  nieto  de  doña 
Berenguela.  «Porque  fuesse  sabido  el  comienco  de  los  españoles 
))et  de  quáles  gentes  fuera  Espanna  maltrecha,  et  los  dcstroymien- 
))to3  et  mortandades  que  los  romanos  flcieron...  et  otrosy  los 
«vándalos  et  los  silingos  et  los  alanos  et  los  suevos...;  et  por 
«mostrar  la  noblega  de  los  godos  et  cómo  echaron  d'  Espanna  á 
«todas  las  otras  gentes  et  fueron  sennores  della;  et  cómo  passa- 
«ron  los  de  África  et  ganaron  lodo  lo  más...;  et  cómo  fueron  los 
«christíanos  después  cobrando  la  tierra,  á  que  vino  grand  danno 
))por  partir  los  regnos,  et  cómo  después  los  ayuntó  Dios,  ganando 
))los  reyes  fasta  en  el  mar  mediterráneo»  '\  entraba  el  rey  don 
Alfonso  en  el  terreno  de  la  historia.  Era  su  intento  pues  presentar 
en  una  sola  obra  los  orígenes,  las  vicisitudes  y  las  glorias  de  tan 
diversos  pueblos,  cómo  habían  con  el  tiempo  de  gobernarse  por 


1  Hablando  el  Rey  Sabio  de  su  padre,  dice:  «Por  sulinaie  ganó  el  regno 
))de  Murcia,  et  scnaladamiente  por  su  fijo  el  mayor  don  Alonso,  et  fizóle 
»aver  el  de  Jahen,  et  olrosi  el  del  Algarbe  et  ayudol'  á  ganar  la  cibdat  de 
«Sevilla  el  lo  más  de  todo  o]  rcgno»  (Septenario,  cap.  VIH  de  lo  conservado). 

2  Las  palabras  de  San  Fernando  fueron:  «Fijo,  rico  fincas  de  tierras  et 
))de  muchos  buenos  vasallos  más  que  rey  en  la  christiandal  sea»  {Estoria 
d'Espanna,  ó  Crónica  general,  IV."*  Parte,  cap.  último). 

3  Estoria  d' Espanna,  prólogo. 


II.   PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   489 

un  derecho  común,  sometidos  á  un  mismo  cetro;  y  para  realizarlo 
en  la  esfera,  á  qiie  levantaba  todas  sus  tareas,  dio  en  1260  prin- 
cipio á  la  Estoria  d'Espanna,  que  debia  vincular  su  nombre  en  la 
de  las  letras  españolas. 

No  era  en  verdad  el  Rey  Sabio  el  primero  que  escribía  historia 
patria  en  la  lengua  de  la  muchedumbre,  ni  puede  decirse  tam- 
poco con  razón  que  no  se  abrigó  en  Castilla  antes  de  su  tiempo  el 
propósito  de  ampliar  la  narración  histórica  á  las  demás  naciones 
en  que  á  la  sazón  se  dividía  la  Península.  Contra  aserto  semejante 
protesta  de  lleno  el  estudio  que  dejamos  hecho  en  el  anterior  ca- 
pítulo, y  deponen  sobre  todo  los  generosos  esfuerzos  del  arzobispo 
don  Rodrigo.  Distinto  es  no  obstante  el  pensamiento  que  la  Ilis- 
toria  Guthica  del  primado  de  las  Españas  y  la  Estoria  d'Espanna 
del  rey  don  Alfonso  revelan:  empeñado  el  arzobispo  en  trazar  el 
cuadro  de  la  dominación  visigoda,  de  que  traia  principalmente 
las  nuevas  monarquías  cristianas,  habia  quitado  á  su  obra  aquel 
interés  é  importancia  que  hubieran  debido  comunicarle  la  con- 
templación y  estudio  de  las  demás  razas,  venidas  á  nuestro  suelo, 
y  fundidas  por  último  en  una  sola  familia:  alentado  el  Rey  Sabio 
de  más  filosófica  y  unitaria  idea,  ya  que  no  más  digna  y  patrió- 
tica, atendía  á  dotar  á  la  corona  de  Castilla  de  una  historia  ge- 
neral, en  que  teniéndose  en  cuenta  el  origen  y  procedencia  de 
cada  uno  de  los  pueblos  que  tomaron  sucesivo  asiento  en  la  Pe- 
nínsula, fuera  posible  comprender  la  forma  en  que  había  llegado 
á  crearse  aquella  nacionalidad  fuerte,  enérgica  y  poderosa,  que 
aun  dividida  en  diversos  reinos  y  fraccionada  por  multiplicados 
intereses,  buscaba  ya  un  centro  común,  apoyándose  mayormente 
en  el  imperio  castellano.  Empresa  era  esta  tanto  más  loable  y 
meritoria,  cuanto  más  grandes  los  obstáculos  que  se  oponían  á 
su  logro:  escasos  é  incompletos  los  ensayos  hechos  hasta  mediar 
el  siglo  XIIl,  acomodada  apenas  el  habla  de  la  muchedumbre  á  la 
narración  histórica,  no  parecía  por  cierto  llegado  el  momento 
de  producir  naturalmente  tan  adelantado  fruto.  Necesitaba 
luchar  el  rey  don  Alfonso  con  todos  los  inconvenientes  y  dificul- 
tades de  quien  intenta  dar  cima  por  vez  primera  á  un  pensamiento 
elevado  y  trascendental,  no  recogidos  ni  menos  elaborados  toda- 
vía todos  aquellos  elementos  que  deben  contribuir  necesariamente  á 


490  HISIÜRIA    CUlTlCA    DE    LA    LITERATURA    ESl'AÑOLA. 

desarrollarlo;  y  á  pesar  de  estos  considerables  obstáculos,  á  pe- 
sar de  la  invencible  magnitud  de  aquella  idea,  no  presentida 
siquiera  en  el  resto  de  Europa,  no  solamente  logró  verla  reali- 
zada con  más  fortuna  de  la  que  tal  vez  esperaba,  sino  que  no  tuvo 
después  de  sus  dias  imitadores  capaces  de  fecundar  aquella  misma 
idea,  contrariada  al  mismo  tiempo  por  las  aberraciones  y  desacier- 
tos de  la  política.  La  Estoria  General  del  Rey  Sabio,  por  el  mo- 
mento en  que  aparece,  por  las  relaciones  que  guarda  con  las  de- 
más obras  científicas  y  literarias  que  ilustran  la  memoria  de  este 
renombrado  monarca,  y  finalmente  por  los  diversos  estudios  que 
revela,  constituye  uno  de  los  más  extraordinarios  monumentos 
que  ofrece  la  civilización  española,  por  grandes  que  sean  la  inex- 
periencia, credulidad  y  rudeza,  y  por  excesivo  el  candor  que  en 
ella  descubramos. 

Pero,  ya  coma  complemento  de  la  Estoria  d'Espanna,  ó  ya 
porque  hubiera  formado  desde  luego  el  proyecto  de  elevarse  en  la 
investigación  de  los  orígenes  históricos  á  las  fuentes  de  la  Biblia, 
conveniente  es  observar  que  acometió  el  Rey  Sabio  la  no  más  fá- 
cil tarea  de  escribir  la  Grande  et  General  Estoria,  obra  colosal 
y  de  mayor  extensión  que  la  española,  según  después  comproba- 
remos. Partiendo  de  la  creación  del  mundo,  narrada  por  el  Gé- 
nesis, tomando  por  modelo  la  flistoria  Cathólica  del  arzobispo 
don  Rodrigo,  ó  recordando  acaso  los  siete  libros  del  español  Oro- 
sio,  que  le  eran  familiares,  entretegia  don  Alfonso  los  sucesos  de 
la  Sagrada  Escritura  con  los  de  la  historia  gentílica,  dirigiéndose 
por  este  camino  á  concertar  una  y  otra,  y  aspirando  á  comprobar 
la  unidad  de  la  raza  humana.  No  podia  ser  más  alto  y  trascen- 
dental el  pensamiento  de  esta  grande  obra,  que  se  enlazaba  al  de 
la  Esloria  d'Espanna,  conocida  hoy  con  el  título  de  Crónica  Ge- 
neral, sirviendo  como  de  cúpula  a!  sistema  histórico  adoptado  por 
el  Rey  Sabio:  ambas  nos  ponen  de  manifiesto  la  profundidad  y 
extensión  de  miras,  que  así  en  este  punto,  cual  en  todos  los  que 
se  referían  á  la  cultura  intelectual  de  su  pueblo,  abrigaba. 

Y  es  digno  de  la  mayor  alabanza  que  mientras  la  promovía  con 
tan  generoso  anhelo,  poniendo  en  contribución  á  todas  las  razas 
(jue  moraban  en  la  Península  Ibérica;  mientras  levantado  su  es- 
píritu á  la  esfera  de  las  ciencias,  parecía  agotar  en  lodos  senti- 


11."  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EUUD.   491 

dos  los  esfuerzos  de  los  ilustrados  varones  que  bajo  sus  auspicios 
las  cultivaban,  y  aun  sus  propios  esfuerzos, — volviese  también  la 
vista  á  la  vida  real  de  sus  vasallos,  para  imprimir  en  sus  costum- 
bres el  estigma  de  su  sabiduría.  Espejo  era  de  la  guerra  el  ejer- 
cicio de  la  caza,  dando  frecuente  ocupación  á  los  príncipes  y  mag- 
nates que  buscaban  en  él  varonil  pasatiempo;  y  considerando  el 
rey  don  Alfonso  «que  los  sabios  antigos,  que  fablaron  en  todas 
>)las  cosas  naturalmente,  fallaron  que  una  de  las  cosas  por  que 
))los  reys  et  los  príncipes  et  los  grandes  sennores  podrían  mas 
«bevir  et  auer  los  entendimientos  mas  claros,  era  por  calar  al- 
))gunas  maneras  de  plaser  et  que  diesen  espacio  et  folgura  al  en- 
wtendimiento,  et  que  con  esto  podrían  meior  sofrir  el  cuydado  et 
»el  afán  del  librar,  ca  sy  sienpre  estouiese  el  entendimiento  tra- 
wbaiando  en  coydar,  no  lo  podía  sofrir,  et  enflaquesceria  et  po- 
))dria  venir  á  tornarse»,  procuró  recoger  en  un  libro  todas  las 
reglas  y  prescripciones  relativas  al  arte  de  la  caza.  Manifestaba 
el  rey  que  era  «entre  todas  la  más  noble  et  la  mayor  et  la  más 
walta  et  la  más  caballeresca  et  de  mayor  plaser  la  caca  de  uena- 
»dos...,  por  quel  cauallero  deue  siempre  húsar  toda  cosa  que 
wtanga  á  armas  et  á  cauallería,  et  quando  non  lo  podiesse 
»usar  en  guerra,  déuelo  siempre  húsar  en  las  cosas  que  son  se- 
))mejantes  á  ella»;  y  dándole  por  tanto  la  preferencia,  destinaba 
el  referido  libro  á  tratar  exclusivamente  de  la  Montería  '. 

Ni  hallaba  tampoco  menor  utilidad  en  otros  honestos  solaces, 
«por  que  podiessen  los  omnes  soffrir  las  cueytas  et  los  trabajos, 
»quando  les  uiníessen...,  logando  acedrez  et  tablas  et  dados  et 
«otros  trebeios...,  los  quales  son  cutianos,  et  se  fazen  también 
» de  noche  como  de  día...,  usando  dellos  las  mugieres  que  non 
»caualgan  et  están  encerradas...  et  otrosy,  los  orones  vieíos  et 
»flacos,  ó  los  que  son  en  presión  ó  en  cativerio,  ó  que  van  sobre 


1  Este  libro  es  el  publicado  en  1582  por  Argote  de  Molina,  atribuyén- 
dolo equivocadamente  al  último  Alfonso.  En  el  siguiente  capitulo  ilustrare- 
mos esta  cuestión  con  el  detenimiento  debido,  no  sin  advertir  ahora  que  el 
rey  don  Alfonso  compuso  además  otros  dos  libros,  que  trataban  do  la  Yola- 
íeria  y  de  la  Pesca,  completando  así  el  pensamiento  que  le  animó,  al  trazar 
el  de  la  \enacion  ó  Montería. 


492  HISTORIA    CKÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

»iiiiir,  el  coinuualmente  todos  aquellos  que  án  fuerte  tiempo,  por 
«que  non  pueden  caualgar  nin  yr  á  caea  nin  á  otra  parte,  et  han 
))por  fuerza  de  fincar  en  las  casas  el  buscar  algunas  maneras  de 
))¡uegos,  con  que  ayan  plazer  el  se  conorteu  et  non  estén  bal- 
»dios».  Llevado  de  este  propósito,  así  como  liabia  declarado  li- 
bres de  infamia  á  los  que  tocaban  y  tañian  instrumentos  por  su 
placer  y  el  de  sus  iguales  ',  parecía  en  cierta  manera  legitimar 
los  juegos,  cuyo  abuso  condenaba  en  el  código  ó  libro  de  las  Ta- 
furerias  ^,  poniendo  á  la  cabeza  de  todos  el  del  axedrez,  que  era 
el  más  noble  y  antiguo,  y  que  mostraba,  con  los  demás,  «cómo 
»los  reyes  en  el  tiempo  de  las  guerras,  en  que  se  fazen  las  liues- 
))les,  han  de  guerrear  á  sus  enemigos,  punnando  de  los  venger, 
«prendiéndolos  et  matándolos  ó  echándolos  de  las  tierras;  et 
«otrosy  como  en  el  tiempo  de  las  pazes  han  de  mostrar  sus  the- 
))Soros  et  sus  riquecas  el  las  cosas  que  tienen  nobles  et  estrannas». 
Con  tal  objeto  mandaba  componer  el  Rey  Sabio  el  Libro  del  Ace- 
drex  el  de  los  dados  et  de  las  labias,  que  recordando  en  dife- 
rentes sentidos  la  influencia  oriental,  era  terminado  el  año  de 
1283  en  su  leal  Sevilla. 

Recios  eran  entre  tanto  los  vendábales  que  vinieron  á  contur- 
bar los  últimos  dias  de  aquella  vida  laboriosa  y  consagrada  á  la- 
brar la  felicidad  del  pueblo  castellano.  Más  pagado  del  voto  que 
le  llamaba  al  imperio  de  lo  que  tal  vez  convenia  á  los  intereses 
de  España;  contradicho  por  la  ambición  de  una  nobleza,  mal  do- 
meñada é  inquieta;  afligido  por  frecuentes  penurias,  que  atribu- 
yen diversos  historiadores  á  su  debilidad  y  falta  de  sentido  prác- 
tico en  el  gobierno;  y  flnalmeote  contrariado  por  su  propio  hijo 
don  Sancho,  que  pretendía  despojar  á  sus  sobrinos,  los  Infantes 


i  Véase  la  ley  IV. =*  del  título  VI. °  de  la  Partida  VII. =»;  la  III.*  del  tí- 
tulo XIV  de  la  IV. =*  y  la  V.*  del  título  VII  de  la  Partida  VI.'*,  relativas  to- 
das á  los  juglares  y  juglaresas,  cuya  infamia  se  declara  y  condena,  inhabili- 
tándolos aun  para  heredar  á  sus  padres,  si  no  han  sido  estos  juglares  de  ofi- 
cio. La  primera  ley  citada  establece  la  diferencia  á  que  aludimos. 

2  Este  libro  fué  compuesto  en  127C  por  Maestre  Roldan,  á  quien  atribu- 
yf  II  algunos,  sin  gran  fundamento,  la  gloria  de  haber  dirigido  la  educación 
literaria  del  Rey  Sabio.  Publicólo  la  Real  Academia  de  la  Historia  en  el  to- 
mo II  deles  Opúsculos  legales,  pág.  210. 


U.*  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERÜD.   493 

Cerdas,  de  la  herencia  legítima  del  príncipe  don  Fernando,  apu- 
raba el  Rey  Sabio  la  copa  de  la  amargura,  exhalando  en  lasti- 
mosas quejas  el  dolor  que  le  devoraba.  El  ilustrado  príncipe  que 
habia  cantado  en  su  juventud  los  Loores  de  la  Virgen  María, 
repetidos  durante  su  vida  con  no  menor  entusiasmo,  acome- 
tiendo y  dando  cima  en  su  virilidad  á  las  más  colosales  empresas 
científicas  y  literarias,  trocaba,  al  rayar  en  la  senectud,  su  de- 
vota inspiración  por  la  inspiración  amarga  del  dolor;  y  olvidado 
el  dialecto  gallego,  lloraba  en  el  idioma  nativo  con  la  voz  del 
cisne  que  preludia  su  triste  fln,  la  ingratitud  de  sus  vasallos  y 
la  deslealtad  de  su  familia  ■•.  Al  descender  á  la  tumba  en  1284, 
volvía  por  último  á  lamentar  en  tono  elocuente  su  desgracia,  cas- 
ligando  con  su  maldición  el  crimen  de  don  Sancho  y  la  protervia 
de  sus  revueltos  proceres. 

Grande,  inextinguible  habia  sido  pues  en  don  Alfonso  el  amor 
á  las  letras  y  á  las  ciencias,  consignado  en  las  numerosas  obras 
que  han  llegado  á  nuestros  dias,  y  aplaudido  de  una  manera  dig- 
na y  solemne  por  sus  más  ilustres  coetáneos,  que  nos  revelan  al 
par  otras  muchas  producciones.  «Entre  muchos  complimientos  et 
))buenas  cosas  que  Dios  puso  en  el  rey  don  Alfonso,  fijo  del  santo 
))et  bienaventurado  rey  don  Ferrando',  puso  en  él  su  talante  de 
wacrescentar  el  saber  quanto  pudo,  et  fizo  por  ello  mucho,  assi 
wque  non  se  falla  que  del  rey  Ptolomeo  acá  ningún  rey,  nin  otro 
»ome  tanto  fisiesse  por  ello  como  él.  Et  tanto  cobdigió  que  los  de 
))los  sus  regnos  fuesen  muy  sabidores  que  fizo  trasladar  en  este 
wlinguaje  de  Castiella  todas  las  sgiencias,  también  de  theologia 
))como  la  lógica  et  todas  las  siete  artes  liberales  2,  como  toda  la 
«arte  que  dicen  mecánica  ^.  Otrosí  fizo  trasladar  toda  la  secta  de 


1  Aladimos  al  Libro  de  las  Querellas,  de  que  en  el  capítulo  siguiente  ha- 
blaremos. 

2  El  infante  don  Juan  Manuel  se  refiere  sin  duda  á  la  versión  de  las 
Ethimologias  de  San  Isidoro,  arriba  mencionadas.  Véase  el  cap.  XII  de  esta 
11.^  Parte. 

3  Son  las  obras  astronómicas,  llevadas  á  cabo  en  las  academias  y  obser- 
vatorio de  Toledo,  que  examinaremos  en  el  cap.  XII  y  último  del  presente 
volumen. 


40 i  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

))los  moros  *,  por  que  paresciessen  por  ella  los  errores  en  que 
wMahoraad,  el  su  falso  propheta,  les  puso  et  en  que  ellos  están 
»lioy  en  dia.  Olrosi  fizo  trasladar  toda  la  ley  de  los  judios  -,  et 
^)auu  el  su  Talmud  et  otras  scienrias  que  han  los  judios  muy  es- 
«condidas,  á  que  llaman  Cabala:  et  esto  fizo,  por  que  paresce  ma- 
»nifiestainente  por  la  su  ley  que  toda  fue  figura  de  esta  ley  que 
))los  christianos  auemos,  et  que  también  ellos  como  los  moros  es- 
))tán  en  grant  error,  et  en  estado  de  perder  las  almas.  Otrosí  ro- 
))manzó  todos  los  derechos  eclesiásticos  et  seglares^.  ¿Qué  vos  di- 
)>rémás?  Non  vospodria  desir  ningund  orne  quanto  bien  esteno- 
»ble  rey  fizo,  seüaladamiente  en  acrescentar  et  alumbrar  el  sa- 
»ber)). — Tan  cumplido  elogio,  debido  á  la  pluma  de  don  Juan  Ma- 
nuel, á  quien  no  puede  tildarse  de  parcial  del  Rey  Sabio,  pues 
que  era  hijo  del  infante  que  pronunció  en  Yalladolid  la  sentencia 
que  le  despojaba  del  trono  ^,  revelándonos  la  existencia  de  ciertas 
obras  no  mencionadas  hasta  ahora,  corona  dignamente  el  ad- 
mirable cuadro  que  ofrece  á  la  contemplación  de  la  crítica  lahis- 
toiMa  literaria  de  aquel  esclarecido  monarca. 

Ningún  elemento  de  cultura,  ningún  medio  de  promoverla  y 
fomentarla  hubo  en  España  que  no  fuese  por  él  oportunamente 
removido  y  empleado,  prdduciendo  abundantes  é  inusitados  fru- 
tos. Innovador  por  excelencia,  pero  dueño  de  su  volundad  y  ar- 
bitro del  pensamiento  que  ¡rétenla  comunicar  á  cuanto  le  rodea, 
ni  teme  el  conflicto  de  las  diversas  nociones  y  encontrados  siste- 
mas que  llama  en  auxilio  de  sus  colosales  proyectos,  ni  vacila  un 


1  La  Iraduccion  del  Koram:  esta  obra  no  ha  llegado  á  nuestros  dias. 

2  La  historia  llamada  de  la  Biblia:  se  conserva  esta  versión  en  la  Biblio- 
teca Escurialense,  y  según  veremos  en  el  cap.  XI  forma  parte  de  la  Grande 
et  General  Estoria. 

3  Las  Partidas:  la  calificación  de  don  Juan  Manuel  determina  perfecta- 
mente la  naturaleza  de  esta  obra. 

4  En  la  Crónica  especial  del  rey  don  Alfonso  se  lee,  después  de  referir  la 
sentencia  expoliatoria  de  la  nobleza:  «Et  esta  sentencia  dio  el  Infante  don 
»Manuel,  su  hermano  dei  rey  don  Alonso;  et  dióle  luego  el  Infante  don  San- 
»cho  por  heredamiento  estas  villas:  Chúchela  é  Xurquera  c  Almaquear  é  As- 
))pe,  é  llecas»  (Cap.  LXXIV).  Don  Juan  Manuel  poseia  las  expresadas  villas, 
que  fueron  premio  á  la  parcialidad  de  su  padre. 


Il/  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TP.ASF.  DEL  AP.TE  VÜLG.  ERUD.   493 

punto  en  aceptar  la  doctrina,  cualquiera  que  sea  su  origen,  siem- 
pre que  pueda  contribuir  al  esclarecimiento  de  la  ciencia  y  á  la 
prosperidad  de  su  Estado.  Compuesto  este  de  árabes,  hebreos 
y  cristianos,  elévase  don  Alfonso  sobre  las  funestas  preocupacio- 
nes de  sus  mayores,  depone  el  odio  y  aversión  de  los  antiguos 
tiempos;  y  para  que  no  fuera  ya  obstáculo  al  comercio  é  inteli- 
gencia de  todos  el  tenebroso  misterio  de  la  religión  y  de  la  cien- 
cia profesadas  por  hebreos  y  árabes,  no  solamente  los  convoca  en 
las  academias  de  Toledo  y  en  las  escuelas  de  Sevilla,  para  reco- 
ger y  hacer  de  todos  conocidas  las  reliquias  de  aquella  civiliza- 
ción, que  iba  á  tener  un  siglo  adelante  pasajero  renacimiento  en 
el  suelo  de  Granada,  sino  que  trae  también  á  la  lengua  castellana 
los  libros  de  su  respectiva  ley,  poniendo  así  de  relieve  los  aciertos 
de  su  moral  y  los  extravíos  de  su  creencia.  Fijas  entre  tanto  sus 
miradas  en  la  fecunda  y  respetable  tradición  de  los  estudios  latino- 
eclesiásticos;  atento  al  par  á  los  notables  progresos  de  las  nacien- 
tes escuelas  seculares,  que  reciben  de  sus  manos  extraordinarios 
beneficios,  y  docto  apreciador  de  los  adelantos  que  hablan  hecho 
fuera  de  España  las  ciencias  y  las  letras,  reúne  pues  todos  estos 
preciosos  tesoros  con  los  tesoros  orientales,  infundiendo  á  la  cul- 
tura española  aquel  peculiar  carácter  que  la  distingue  en  las  eda- 
des futuras,  y,  que  no  discernido  todavía  convenientemente,  ha 
dado  causa  á  un  distinguido  escritor  de  nuestros  dias  para  excla- 
mar diciendo  que  es  el  orientahsmo  el  espectro  de  la  literatura 
castellana  ^ 

Al  lado  de  esos  grandes  rasgos  que  dan  vida  á  nuestra  civiliza- 
ción desde  mediados  del  siglo  XIII,  descubre  la  critica  otros  no 
menos  dignos  de  examen  y  que  son  de  sumo  interés  para  las  in- 
vestigaciones que  vamos  haciendo.  Ya  lo  hemos  insinuado:  la 
historia  de  las  letras  españolas  debe  al  Rey  Sabio  la  introducción 
y  cultivo  de  la  forma  lírica  en  la  poesía  erudita,  y  con  ella  la  acli- 
matación, si  es  lícito  decirlo  así,  de  la  forma  simbólica  traída  á 
nuestro  suelo  por  los  árabes,  y  transferida  á  la  literatura  latino- 


]     Don  Fernando  José  Wolf  tantas  veces  citado,  Wiener  JahrMicher  {A.x\&- 
les  de  Yiena) — 117,  pág-.  104. 


496  HISTORIA   CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

eclesiástica  por  el  rabino  Pero  Alfonso  '.  La  adopción  tic  esta 
forma,  apoyada  en  el  egemplo  dado  por  los  sabios  de  Fer- 
nando llí,  y  el  vivo  anhelo  del  saber  que  desde  la  infancia  le  dis- 
tingue, llevan  naturalmente  á  don  Alfonso  al. cultivo  de  la  didác- 
tica, que  constituye  asimismo  una  de  las  grandes  fases  de  las  le- 
tras españolas  desde  aquel  afortunado  momento.  Leyes,  historia, 
ciencias,  todo  se  estudia  con  el  generoso  propósito  de  ilustrar,  y 
todo  aparece  revestido  con  el  lenguaje  de  la  enseñanza,  formulado 
en  el  idioma  de  la  muchedumbre;  notable  desarrollo  en  que,  así 
como  en  otros  muchos,  se  anticipa  la  literatura  española  á  las 
demás  vulgares,  siendo  necesario  llegar  en  Italia  á  los  comenta- 
rios de  la  Divina  Commedia,  escritos  por  Bocaccio,  para  encon- 
trar el  primer  modelo  de  la  prosa  didáctica. 

Mas  reconocida  ya  la  ocasión  en  que  todos  estos  monumentos 
aparecen,  designada  su  relación  con  el  estado  intelectual  de  Cas- 
tilla, y  señalados  en  cierto  modo  sus  principales  caracteres,  no 
llenariamos  el  objeto  de  estas  investigaciones,  sin  dar  razón  cum- 
plida de  los  mismos,  llánlos  clasificado  algunos  escritores,  bien 
que  sin  bastante  conocimiento  de  causa,  en  políticos,  científicos, 
históricos  y  literarios  -:  no  cumple  á  nuestro  intento  el  refutar 


1  Véase  el  cap.  XIV  de  la  K*  Parte. 

2  El  erudito  Vargas  Ponce,  en  su  Elogio  del  Rey  don  Alonso  el  Sabio,  pre- 
miado por  la  Real  Academia  Española,  presenta  la  siguiente  clasificación, 
dando  por  genuinas  las  obras  que  en  ella  se  comprenden:  «Como  legislador, 
))El  Fuero  Real  ó  el  libro  del  Fuero:  las  Partidas;  la  traducción  ó  enmienda 
))del  Fuero  Juzgo.  Como  filósofo:  el  Libro  del  Tesoro,  que  contiene  las  tres 
wpartes  de  la  filosofía;  el  del  Candado:  todo  de  química.  Como  astrónomo:  las 
«tablas  en  que  tuvo  parte;  la  corrección  de  cuanto  facultativo  se  traduce  á  su 
))idioma.  Como  historiador:  la  General  de  España;  la  Universal,  perdida  en 
»parte  ó  no  acabada;  la  de  las  Cruzadas;  el  libro  que  llamó  Septenario  y  an- 
«tecedia  a  las  Partidas,  en  que  puso  un  magnífico  elogio  de  su  padre:  Como 
wpoela,  los  cantares  ó  cantigas;  la  Vida  de  Alexandre;  las  Querellas»  (pá- 
gina 73).  Prescindiendo  de  los  errores  y  omisiones  de  esta  clasiñcacion,  ad- 
vertiremos que  ni  el  Fuero  Juzgo,  ni  los  libros  del  Tesoro  y  del  Candado,  ni 
la  historia  de  las  Cruzadas  ó  Conquista  de  Ultramar,  ni  la  vida  ó  Poema  de 
Alexandre,  pertenecen  al  rey  don  Alfonso.  Del  Poema  de  Alexandre  y  del  Fuero 
Juzgo  liemos  dicho  ya  lo  conveniente:  de  las  demás  producciones,  que  res- 
petables críticos  atribuyen  en  nuestros  dias  al  nieto  de  doña  Berenguela,  ha- 


II.  PARTE,  CAP.  IX.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   497 

aqui  esta  clasificación,  cuyos  términos,  vistos  á  la  luz  de  la  ló- 
gica, se  excluyen  mutuamente,  tratándose  de  las  obras  del  Rey 
Sabio.  Poeta,  filósofo  moral,  historiador,  legislador  y  cientí- 
fico, en  todas  partes  aparece  á  nuestros  ojos  animado  de  un  pen- 
samiento político  y  trascendental  y  en  todas  partes  le  vemos  im- 
primir el  sello  de  la  filosofia  y  el  esmerado  gusto  de  las  letras. 
Literarias  y  científicas  son  pues  las  producciones  que  hacen  fa- 
moso su  reinado;  y  consintiéndonos  esta  división  general  mayor 
holgura  para  acomodar  á  ella,  así  los  libros  que  tienen  un  fin  me- 
ramente recreativo  como  los  que  ofrecen  una  enseñanza  más  di- 
recta, no  traspasaremos  ahora  sus  límites  para  no  producir  en  la 
mente  de  los  lectores  la  confusión  que  necesariamente  resulta  de 
una  clasificación  ó  excesivamente  vaga  ó  sobradamente  arbitraria. 
Tres  son,  no  obstante,  los  grupos  que  pueden  formarse  de  las 
obras  referidas,  atendiendo  á  la  progresión  filosófica  de  la  idea 
que  representan,  único  medio  de  conservar  por  la  análisis  la  uni- 
dad que  en  el  fondo  y  en  las  aspiraciones  de  todos  encontramos. 
Colocados  aparecen  en  el  primero,  con  las  poesías  y  los  apólogos, 
los  hbros  de  filosofía  y  los  de  recreación,  que  se  encaminan  á  es- 
clarecer y  moderar  las  costumbres:  tienen  plaza  en  el  segundo  las 
obras  históricas;  y  estableciendo  el  mutuo  enlace  de  las  teorías  y 
las  aplicaciones,  compréndense  en  el  tercero  todas  las  científicas, 
ya  traten  del  derecho,  ya  de  la  física  en  sus  ramificaciones  di- 
versas. 

Á  examinar  en  el  orden  indicado  estas  producciones,  que  en 
prodigioso  conjunto  caracterizan  el  gran  movimiento  intelectual, 
capitaneado  por  el  nieto  de  doña  Berenguela,  consagraremos  los 
siguientes  capítulos. 

blaremos  en  los  capítulos  que  siguen,  exponiendo  las  razones  en  que  nos  fun- 
damos para  no  adjudicárselas. 


TOMO  IIÍ.  52 


CAPITULO  X. 

SECIJSDi  TRIÜSFORMCIOS  OEl  IRTE  VUICAR-ERÜDITO. 


Don  Alfonso  el  Sabio. —Sus  Odras  poéticas. — Las  Cantigas. — Su  clasifica- 
ción y  juicio. — El  libro  poético  del  Tesoro  —  No  es  de  don  Alfonso. — Las 
Querellas. — .Muestras  de  las  que  han  llegado  á  nuestros  dias.— Libros  orien- 
tales: arte  simbólico. — Examen  de  Calila  y  Dimna. — Su  influencia  en  las  li- 
teraturas meridionales. — Egemplo  de  sus  apólogos. — Análisis  de  los  En- 
gannos  el  Assuyamientos  de  las  mugieres. — Carácter  de  la  mujer  oriental, 
pintada  en  este  libro. — Egemplo  de  sus  fábulas. — Forma  didáctica:  el  libro 
del  Boninm  ó  Bocados  de  oro. — Exposición  de  su  idea  y  argumento. — Su 
analogía  con  el  libro  de  la  Sauiesa  del  rey  don  Jaime  L — Poridat  de  Pa- 
ridades.— Su  extructura  y  doctrina. — Obras  de  recreación:  el  Libro  de  los 
Juegos. — Su  origen  oriental. — Noticia  de  los  tratados  que  encierra. — El 
Libro  de  la  Montería. — Su  autenticidad. — Su  análisis. — Obras  histórico-fi- 
LOSüFiCAs:  el  Septenario. — Materias,  de  que  trata  lo  conservado:  doctrinas 
del  Rey  Sabio  respecto  de  la  retórica  y  la  astrología. — Juicio  de  tan  pere- 
grino libro. 


Advertido,  al  trazar  el  gran  cuadro  que  ofrece  á  nuestra  vista 
el  glorioso  reinado  de  Alfonso  X,  que  fueron  poesía  y  filosofla 
moral  preferentes  ocupaciones  de  su  juventud;  mostrada  ya  la 
forma  en  que  se  aplica  al  cultivo  de  entrambas,  y  determinados 
los  caracteres  generales  con  que  bajo  sus  regios  auspicios  apa- 
recen, tócanos  entrar  en  el  particular  análisis  de  las  obras  que 
constituyen  este  primer  grupo  de  las  producciones  debidas  al  Rey 
Sabio,  no  sin  tener  presentes  las  de  solaz  y  recreación,  escritas 


500  HIÍ^TOIIIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA??ULA. 

también  con  un  fin  altamente  moral  y  político.  Son  las  poéticas 
las  primeras  que  llaman  nuestra  atención,  y  entre  ellas  merécenla 
con,  sin;^ular  preferencia  las  Cantigas  á  la  Virgen  3fana,  com- 
puestas, según  val  notado,  en  dialecto  gallego.  Y  bien  será,  con- 
signar ante  todo,  (jue  si  esta  peregrina  circunstancia  ha  podido 
extraviar  la  crítica  de  muy  entendidos  investigadores,  no  debe  en 
modo  alguno  inducirnos  al  error  en  que  ellos  cayeron,  apartando 
lo  accidental  y  transitorio  de  lo  esencial  y  constante  en  la  poesía 
y  literatura  españolas,  para  deducir  y  sustentar  la  verdad  histó- 
rica. Porque  ya  fuera  que  el  Rey  Sabio  pasara  su  infancia  y  aun 
su  primera  juventud  en  el  suelo  de  Galicia,  yaque  la  misma  dul- 
zura del  dialecto  hablado  en  aquella  comarca  le  moviese  á  em- 
plearlo, nunca  habrá  razón  para  asentar  que  fué  este  el  primer 
instrumento  de  la  poesía  española  y  el  único  modelo  en  metros  y 
nmas  de  la  que  ha  merecido  por  excelencia  el  título  de  caste- 
llana *. 

Cierto  parece  que  tuvo  el  dialecto  gallego  la  gloria  de  inter- 
pi'etar  el  sentimiento  lírico  que  se  insinúa  en  el  paraaso  español 
con  los  cantares  eruditos  del  príncipe  de  León  y  de  Castilla,  re- 
petidos por  él  en  edad  más  granada;  pero  si  esto  sucedia  en  la 
primera  mitad  de  aquel  siglo,  no  es  para  olvidado  el  testimonio 
que  al  mediar  del  mismo  nos  ofrece  el  Rey  Sabio,  condenan- 
do á  los  que  infamaban  á  otros  «por  escriptura,  faciendo  can- 
)ítigas,  ó  rimas  ó  dictados  malos»,  y  prohibiendo  que  los  canta- 
ran ú  dijesen  -.  Claro  se  muestra  pues  que  el  legislador  no  pudo 

1  Véase  la  Ilustración  III. ^  de  la  1.^  Parte,  en  que  aludimos  al  empeño 
que  puso  el  P.  Sarmiento  en  hacer  originaria  -de  Galicia  la  poesía  castella- 
na; empeño  contradicho  victoriosameiile  ya  en  el  pasado  siglo  por  el  erudito 
Sánchez  (Colección  de  poesías  casi.,  tomo  I,  pág.  132  y  siguientes).  Á  pesar 
de  las  no  probadas  exageraciones  de  Sarmiento  {Mein,  para  ¡a  hist.  la  de 
poes.,  núra.  566),  seria  injusto  negar  la  recíproca  influencia,  que  en  deter- 
minados momentos  pudieron  tener  la  poesía  gallega  y  la  castellana;  pero  no 
en  la  época  del  nacimiento  de  la  segunda,   como  pretendió  Samiienlo. 

2  Las  leyes  III,  XX  y  XXI  del  tít.  IX  de  la  Partida  VII  ofrecen  sobre 
este  punto  toda  la  claridad  apetecible.   La  primera  dice:   «Enfaman  et  des- 

*))honran  unos  á  otros  non  tan  solamiente  por  palabra,  mas  aun  por  escrip- 
»lura,  faciendo  cantigas  ó  rimas  ó  dictados  malos,  de  los  que  han  sabor  de 
weiifamar.  Et  esto  facen  á  las  vegadas  paladinamente  ct  á  las  vegadas  encu- 


II.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TKASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUl).   501 

condenar  ni  prohibir  lo  que  no  existia,  atendiendo  por  el  contra- 
rio á  corregir  lo  perjudicial  y  abusivo;  y  siéndolo  la  escritura  de 
cantigas  satíricas  y  dictados  de  escarnio,  no  hay  para  qué  esfor- 
zarnos en  probar  que  ya  en  1263  se  habia  generalizado  en  los 
dominios  de  don  Alfonso  el  movimiento  lírico-erudito  que  él  acau- 
dilla, no  siendo  en  consecuencia  el  dialecto  gallego  la  única  len- 
gua poética  de  España  en  aquellos  dias.  Esto,  prescindiendo  de 
los  poemas  heroicos  que  llevamos  examinados,  y  aun  de  otras 
producciones  que  el  mismo  don  Alfonso  confiesa  haber  escrito 
antes  de  las  Caníigas,  siendo  verosímil  que  no  todas  lo  fueran 
en  lengua  gallega  ' . 
*La  obra  de  los  Loores  et  Milagros  de  Nuestra  Señora  ^,  que 


))bierlamente,  echando  aquellas  escripturas  malas  en  las  casas  de  los  grandes 
Hseñores  ó  en  las  ig-lesias  ó  en  las  plazas  comunales  de  las  clbdades  ó  las 
»villas,  por  que  cada  uno  lo  pueda  leer».  Después  añade:  «El  mal  que  los 
«ornes  dicen  unos  á  otros  por  escrlpto  ó  por  rimas  es  peor  que  aquel  que  di- 
»cen  d'  otra  guisa  por  palabra,  por  que  dura  la  remembranza  della  para 
«siempre,  si  la  escriptura  non  se  pierde».  Las  otras  dos  leyes  citadas  califi- 
can de  atroces  las  injurias  hechas  «por  cantig-as  ó  por  rimas  ó  por  famoso 
«libelo»,  y  las  equiparan  á  las  que  se  infieren  á  los  enfermos  y  á  los  muertos. 
Se  vé  por  tanto,  sin  género  de  duda,  que  al  mediar  el  siglo  XIII  se  culti- 
vaban en  Castilla  con  cierto  exceso  y  por  escrito  las  formas  líricas,  odefen- 
«diendo  [el  legislador]  que  ningún  ome  non  fuese  osado  de  cantar  cantiga, 
»nin  decir  rimas,  nin  dictados  que  fuesen  fechos  por  deshonra  ó  por  denuesto 
«de  otro»  (Ley  III  de  las  citadas). 

1  En  el  prólogo  de  los  Loores,  que  lo  es  en  el  códice  de  Toledo  (de  que 
vamos  á  hablar)  de  todas  las  cantigas,  se  lee: 

Qnerríeme  leixar  de  t  robar  desí 
Pur  outra  dona  et  cuid'  a  cobrar 
Por  esta  quant  enas  outras  perdí. 

En  otra  cantiga  (que  es  la  X  del  Ms.  toledano)  decia: 

Esta  dona  qae  tenno  por  senuor 
Et  de  que  quero  seer  trobador. 
Se  eu  per  ren  poss'  aaer  sea  amor 
Doa  a  ó  demó  os  outros  amores. 

2  Tenemos  verdadera  satisfacción  en  consignar  aquí  que  nuestro  distin- 
guido discípulo,  don  Miguel  Morayta,  ya  en  otro  lugar  mencionado,  hadado 
á  luz  bajo  el  título  de  las  Cantigas  de  don  Alonso  el  Sabio,  un  interesante  ar- 
tículo, inserto  en  la  revista  denominada  la  Razón,  en  que  acredita  sus  buenos 
estudios,  no  menos  que  el  noble  entusiasmo  que  le  inspiran  las  letras  patrias. 


502  HISTORIA    CIUtICA    DE    LA    LITKUATUUA    ESPA.Ñ'OLA. 

así  es  también  apellidado  el  cancionero  sagrado  del  rey  don  Al- 
fonso, ha  llegado  á  nuestros  dias  en  diversas  formas.  Dado  (i  co- 
nocer desdo  el  pasado  siglo  el  códice  que  se  custodia  en  la  Biblio- 
teca Toletaua,  cítanlo  exclusivamente  los  eruditos,  alguno  de  los 
cuales  ha  supuesto,  al  mencionarlo,  que  sólo  consagró  el  Rey  Sa- 
bio las  cien  composiciones,  que  encierra,  á  las  alabanzas  de  la 
Virgen,  fundándose  acaso  en  los  siguientes  versos,  últimos  de 
título  métrico  que  las  precede: 

Fez  ^en  cantares  et  soes 
Saborosos  de  cantar; 
Todos  de  sennas  razoes, 
Com'  y  podedes  acliar. 

Escrito  el  libro  con  grande  esmero  paleográfico  en  esquisito 
pergamino;  iluminado  todo  de  colores;  exornada  con  la  respectiva 
música  la  primera  estrofa  de  cada  cantiga,  y  salpicado  el  texto 
de  notables  correcciones,  que  parecen  originales,  no  ha  faltado 
en  verdad  fundamento  para  creer  que  hubo  de  ser  propiedad  del 
mismo  don  Alfonso  * .  Mas  como  quiera  que  este  monarca  men- 
ciona en  su  testamento  diferentes  «libros  de  los  cantares  et  de  los 
«loores  de  Sancta  Maria»,  mandando  «que  sean  todos  en  aque- 
»lla  yglesia  donde  el  su  cuerpo  fuere  enterrado»,  ha  debido  re- 


El  expresado  trabajo,  aunque  no  debe  tenerse  por  completo,  muestra  por 
una  parte  lo  mucho  que  puede  hacerse  sobre  las  Cantigas,  y  por  otra  lo  no 
poco  que  debe  esperarse  del  señor  Morayta,  si  prosigue  con  igual  celo  en 
este  linaje  de  estudios.  A  la  juventud,  ante  cuyos  ojos  se  abre,  merced  á  los 
fecundos  principios  que  hoy  sustenta  y  aplica  la  crítica,  un  mundo  descono- 
cido, toca  en  efecto  ensanchar  sus  horizontes  con  hidalgo  anhelo  y  meritoria 
perseverancia:  nosotros  nos  contentaremos  con  mostrarle  el  camino  y  adver- 
tirle de  los  peligros  que  ha  de  hallar,  al  emprenderlo. 

4  Así  lo  creyeron  los  eruditos  Palomares  y  Burriel,  cuya  autoridad  es  de 
mucho  peso  en  este  linaje  de  investigaciones;  declarando  que  las  enmiendas 
marginales  son  «al  parecer  de  mano  del  mismo  Rey  Sabio»,  al  presentar  á 
la  Reina  de  España  la  copia  que  sacaron  del  códice  de  Toledo,  la  cual  se 
guarda  en  la  Biblioteca  Nacional  con  la  marca  Dd.  9i. — El  traslado  de  la 
música  es  de  Palomares:  las  advertencias  sobre  las  correcciones  del  libro  ori- 
ginal, del  P.  Burriel.  En  la  Paleografía  Castellana,  pág.  72,  lám.  8,  publicó 
el  último  una  muestra  de  la  música  y  facsímile  del  mencionado  códice,  dan- 
do la  descripción  del  mismo. 


11.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   503 

pararse  en  que  la  colección  de  las  cien  cantigas  del  códice  tole- 
dano no  pbdia  ser  única.  Que  esto  es  así,  lo  confirman  los  códices 
existentes  en  la  Biblioteca  del  Escorial,  monumentos  verdadera- 
mente regios,  tanto  por  su  riqueza  y  suntuosidad,  como  por  la 
innumerable  copia  de  bellos  ornatos  que  atesoran.  Trasladólos 
Felipe  II  de  la  catedral  de  Sevilla,  donde  yace  el  hijo  de  San 
Fernando,  al  crear  la  referida  Biblioteca;  no  pareciendo  en  con- 
secuencia caber  duda  de  que  son  los  alibros  de  los  cantares  et 
loores»,  citados  en  el  testamento  del  expresado  rey,  quien  preve- 
nía que  sólo  haciendo  «bien  et  algo»  á,  la  iglesia,  donde  se  guar- 
daran, pudieran  poseerlos  sus  descendientes  '. — Vario  es  el  núme- 
ro de  las  cantigas  que  uno  y  otro  contienen:  el  más  rico,  el  que  no 
halla  par,  así  por  el  extremado  gusto  de  la  escritura  como  por  el 
subido  precio  de  las  miniaturas  que  lo  esmaltan,  comprende  dos- 
cientos noventa  y  dos  cantares:  á  cuatrocientos  uno  ascienden  los 
que  se  cuentan  en  el  otro,  que  menos  estimable  respecto  de  la 
parte  paleográíica  y  avalorado  sólo  por  contadas  viñetas  y  letras 
iniciales,  despierta  sin  embargo  mayor  interés  literario  ^.  Ambos 


i  Las  palabras  del  rey  don  Alfonso  son:  «Et  si  aquel  que  lo  nuestro  he- 
))redare  coa  derecho  et  por  nos  quisiere  auer  estos  libros  de  los  Cantares  de 
))Sancta  María,  mandamos  que  faga  bien  et  algo  por  ende  á  la  yg-lesia  do 
))los  tomare,  por  que  los  aya  por  mercet  et  sin  peecado»  {Crónica  de  don 
Alonso  el  Sabio,  ed.  de  Valladolid,  ■)oo4,  fól.  Lvij).  Respecto  de  los  Ms.  de 
las  Cantigas,  será  bien  notar  que  la  Reina  Católica  poseyó  un  libro  de  «mare.i 
mayor  en  pergamino»,  el  cual  encerraba  los  Milagros  de  Nuestra  Señora,  «á 
partes  apuntados  de  canto  llano»  {Me?n.  de  la  Real  Academia  de  la  Historia, 
tomo  VI,  pág.  457),  siendo  muy  posible  que  fuera  uno  de  los  códices  del 
cancionero  místico  del  Rey  Sabio.  Don  Nicolás  Antonio  y  don  Diego  Ortiz 
de  Zúñiga  dan  asimismo  noticia  de  otro  Ms.  que  poseía,  cuando  uno  y  otro 
escribieron,  el  entendido  don  Juan  Lúeas  Cortes,  manifestando  que  se  hallaba 
enriquecido  de  numerosas  miniaturas  y  que  habia  sido  propiedad  de  don 
Alfonso  Silíceo.  Desgraciadamente  se  hallaba  incompleto  (Bibl.  Yet.,  libro 
\lll,  cap.  V;  Anales  eclesiásticos  y  seglares  de  Sevilla,  lib.  I,  pág.  30,  y  li- 
bro lí,  pág.  132).  El  docto  Burriel  no  abriga  duda  alguna  respecto  de  que  los 
códices  conservados  en  el  Escorial  son  los  mencionados  en  el  testamento  del 
rey  don  Alfonso,  traídos  de  Sevilla  por  mandado  de  Felipe  II  {Mem.  para  la 
vida  d¿l  rey  don  Fernando  III,  parte  I,  pág.  7). 

2     Los  códices  del  Escorial  tienen  las  marcas  j.  b.  2,  y  j  T  i.  El  primero, 
que  es  un  tomo  fól.  ma.x.   en   pergamino   avitelado,   consta   de  201  fojas,-  y 


504  mSTÜKlA    CIÚTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPASOLA. 

exceden  al  códice  de  Toledo  en  gran  numero  de  cantigas,  llegan- 
do d  trescientas  una  las  que  tiene  do  más  el  último,  comprendi- 
das en  la  totalidad  de  ellas  las  ciento  del  libro  toledano:  en  uno 
y  otro  se  leen  ya  modificados  los  versos  arriba  trascritos,  dejando 
indeterminada  la  cantidad,  antes  precisa,  del  siguiente  modo: 
Fezü  cantares  et  sones,  etc. 

Atendiendo  á  dar  una  explicación  satisfactoria  en  orden  á  la 


aparece  escrito  por  un  Juan  González,  conforme  dan  en  la  última  á  entender 
estas  palabras: 

virgen  bienauenturada, 
Sey  de  mí  remembrada: 
Johaniies  Gundisalui. 

EstaH  puestas  en  música  las  primeras  estrofas  de  cada  cantiga;  y  entre  las 
viñetas  que  avaloran  tan  precioso  Ms.  llama  la  atención  la  que  se  halla  en  el 
fól.  28,  y  representa  al  mismo  rey  don  Alfonso  rodeado  de  pendolistas,  can- 
tores y  tañedores,  escribiendo  y  entonando  las  alabanzas  de  la  Inmaculada. 
Tal  es  el  códice  que  mayor  número  de  composiciones  encierra.  El  segundo 
se  compone  de  256  fojas,  escritas  asimismo  en  pergamino  avitelado,  y  como 
el  anterior,  pertenece,  considerado  paleográñcamente,  á  la  segunda  mitad  del 
siglo  XIII.  Mas  aunque  falto  en  el  principio  (sólo  en  el  índice)  ofrece  tal 
abundancia  de  bellísimas  iniciales  de  colores  y  de  esmeradas  miniaturas,  las 
cuales  van  representando  los  sucesos  narrados  en  cada  cantiga,  que  merece 
ser  considerado  como  un  verdadero  tesoro  histórico  y  un  monumento  artísti- 
co del  más  alto  precio.  La  arqueología,  en  todas  sus  aplicaciones,  halla  en 
tan  suntuoso  libro  larga  materia  de  admiración  y  estudio:  arquitectura,  mú- 
sica, pintura,  indumentaria,  tienen  allí  inagotable  copia  de  edificios  y  orna- 
tos, armas  é  instrumentos,  muebles  y  trajes,  cuya  variedad  y  riqueza  se  au- 
menta por  e.\trenio,  pues  que  se  ven  alternativamente  representados  reyes  y 
magnates,  caballeros,  ciudadanos  y  gente  menuda,  clérigos  y  prelados,  mon- 
jes y  monjas,  doncellas  y  matronas,  apareciendo  ul  par  cristianos,  sarrace- 
nos y  judíos,  caracterizados  todos  perfectamente,  según  su  origen  y  cos- 
tumbres. Mutable  es  sobremanera  que  en  este  peregrino  monumento  se  mues- 
tre la  pintura  en  sorprendente  estado  de  progreso,  no  pareciendo  sino  que 
el  Rey  Sabio  se  valió,  para  darle  cima,  de  los  más  famosos  artistas  de  Italia, 
que  comenzaban  á  despertar  á  la  sazón  con  los  esfuerzos  de  Cimabué.  El  nú- 
mero total  de  las  miniaturas  ó  viñetas  asciende  á  1292,  lo  cual  basta  para 
dar  idea  de  su  riqueza.  Lástima  es  que  no  haya  habido  todavía  quien,  ani- 
mado de  noble  patriotismo,  aconseje  á  los  reyes  de  España  la  publicación 
on  facsímiles  de  joya  tan  sin  igual,  enlazando  sus  nombres  al  glorioso  de  su 
esclarecido  abuelo!...  Nuestros  lectores  juzgarán  del  mérito  de  este  precioso 
códice  por  la  muestra  que  ofrecemos. 


li.*   PARTE,    CAP.    X.    SEG.    TARSF.    DEL    ARTE    VULG.    ERUD.       TjOS 

casi  probada  autenticidad  de  los  tres  códices,  ninguna  repugnan- 
cia hallamos  en  admitir  que  es  el  de  la  Biblioteca  Toletana  más 
antiguo  que  los  escurialenses,  encerrando  con  preferencia  los  can- 
tares de  la  Virgen,  compuestos  por  el  rey  don  Alfonso  durante 
su  juventud,  si  bien  escrito  y  corregido  después  de  1255  '.  No 
incluidas  en  él  ninguna  de  las  cantigas,  que  perpetúan  la  memo- 
ria de  los  milagros  obrados  por  la  Virgen  en  la  familia  real  de 
Castilla  desde  la  niñez  de  Fernando  III,  bien  puede  también  de- 
ducirse que  no  hablan  sido  todavía  compuestas,  al  formarse  la  co- 
lección de  los  cien  cantares;  y  como  en  los  códices  escurialenses 
leemos  no  pocos  que  se  refieren  á  los  años  1274,  75  y  aun  79, 
demostrado  nos  parece  que  animado  sin  cesar  el  Rey  Sabio  de  la 
ardiente  devoción  que  el  nombre  de  Maria  le  inspiraba,  prosiguió 
en  su  edad  madura  la  obra  empezada  en  la  juventud,  llevándola 
á  cabo  en  los  cinco  últimos  años  de  su  reinado,  época  en  que 
mandó  sin  duda  hacer  los  magníficos  traslados,  que  legó  á  la  ca- 
tedral de  Sevilla.  Teniendo  sólo  en  cuenta  el  códice  de  Toledo, 
sobre  ser  imposible  darla  cumplida  del  copioso  cancionero  sagra- 
do, escrito  por  don  Alfonso,  córrese  pues  el  riesgo  de  suponer 
obras  diversas  las  cantigas  que  encierra  y  las  comprendidas  en  los 
escurialenses  2,  y  lo  que  es  de  mayor  trascendencia,  se  interrum- 


1  En  el  prólogo  ó  título  métrico  del  códice  toledano  se  declara  que  el  rey 
don  Alfonso  lo  era  de  los  romanos,  diciendo: 

Et  que  dos  romanos  rey 
é  per  (lereit  et  senuor; 

título  que  no  pudo  usar  hasta  el  referido  año;  y  como  se  hace  también  re- 
ferencia á  la  conquista  de  Jerez,  acaecida  en  1263,  parece  indudable  que  el 
libro  indicado  fué  escrito  pasado  este  año,  sin  que  haya  obstáculo  para 
creer  con  el  diligente  Burriel,  que  la  mayor  parte  de  las  cantigas  en  él  con- 
tenidas, sean  fruto  de  la  juventud  del  Rey  Sabio,  según  en  el  texto  adver- 
timos. 

2  En  este  error  ha  caido  el  distinguido  alemán  Mr.  Clarus,  diciendo  des- 
pués de  hablar  del  códice  de  Toledo,  conforme  á  la  descripción  del  P.  Bur- 
riel, y  de  mencionar  el  poema  de  Alexandre,  rechazando  la  equivocación  de 
don  Nicolás  Antonio,  Velazquez  y  otros  que  lo  atribuyeron  al  rey  don  Alfonso: 
«Otra  colección  de  versos  suyos  vio  Ortiz  de  Zúñiga,  de  los  cuales  trae  mu- 
Mchos  en  sus  Anales  de  Sevilla:  también  están  estos  en  dialecto  gallego  y 
«muchos  son  .versos  de  arle  mayor,»  etc.  {Darstelhing  des  spaniscJien  literatur 


;;oc  HISTORIA  ciUtica  de  i. a  litiíratuíia  kspaSola. 

pi  lie  una  manera  inconveniente  la  historia  poética  del  Rey  Sa- 
bio, haciénilole  enmiulecer  en  lo  más  granado  de  su  edad  para 
presentarle  inspirado  por  el  dolor  al  bajar  á  la  tumba. 

Las  Cantigas  de  Sancfa  Man'a,  manteniendo  vivas  en  el  pecho 
del  monarca  de  León  y  Castilla  las  dulces  aFecciones  de  la  juven- 
tud, son  el  más  fiel  trasunto  de  las  creencias  religiosas  que  abriga 
mientras  alienta,  y  claro  espejo  del  filial  y  acendrado  amor  con 
que  el  pueblo  español  adoraba  á  la  Madre  del  Salvador  del  mun- 
do. Recogiendo  en  ellas  las  tradiciones  de  la  muchedumbre,  que 
más  autoridad  y  aplauso  alcanzaban;  atento  jí  consignar  los  favo- 
res que  debian  sus  padres  á  la  intercesión  poderosa  de  la  Virgen, 
á  quien  aDeus  non  pode  dizer  de  non»;  y  agradecido  ala  protec- 
ción que  habia  él  mismo  experimentado,  dando  de  ella  repetidos 
testimonios,  no  olvidó  tampoco  el  principe  y  rey  castellano  que 
pertenecía  á  la  escuela  de  los  poetas  eruditos,  acudiendo  por  tanto 
á  la  historia  para  enriquecer  la  ya  abundante  colección  de  piado- 
sas anécdotas,  que  con  tanto  anhelo  iba  allegando.  Sin  desechar 
el  egemplo  de  Berceo,  de  quien  loma  asunto  para  diversas  canti- 
gas, escritas  antes  de  ceñir  la  corona  ^  ya  fuese  que  pusiera  en 


in  Miltelalter,  tomo  I).  Las  cantigas  citadas  por  Zúñiga  y  tomadas  del  códice 
que  poseía  el  sevillano  don  Juan  Lúeas  Cortés,  se  hallan  todas  en  el  códice 
oscurialense,  j.  b.  2. 

i  Además  de  lo  dicho,  al  hablar  de  los  veinticinco  Milugroa  de  Nues- 
tra Señora,  escritos  porBcrcco,  cúmplenos  observar  aquí  que,  á  excepción  de 
once,  lodos  los  restantes  se  hallan  reproducidos  en  las  Cantigas  del  Rey 
Sabio  y  contenidos  en  el  códice  toledano.  En  efecto,  el  I  *"'  milagro  del  cantor 
de  Santo  Domingo  es  la  II.*  cantiga,  que  celebra  la  aparición  de  la  Virgen  á 
San  Ildefonso:  el  11. °  la  XXXI. ",  que  narra  la  historia  de  la  monja  tesorera, 
reproducida  en  el  Quijote  de  Avellaneda  con  el  título  de  Los  dos  Amantes  fe- 
lices, y  referida  con  el  de  Margarita  la  tornera  en  los  Cantos  del  Trovador  por 
el  renombrado  Zorrilla:  el  [II.°  es  la  XVII.'',  que  enaltece  los  favores  conce- 
didos por  Santa  Maria  á  sus  devotos  en  el  cadáver  del  monje,  en  cuya  boca 
nace  una  flor  fragante:  el  IV. "  la  LXXl.*,  que  consagra  asimismo  la  devoción 
de  ¡Maria  en  los  que  dicen  sus  loores:  el  VI. °  la  XIV. ",  en  que  so  libra  un 
ahorcado  de  las  penas  infernales  por  su  amor  á  la  Inmaculada:  el  VIII."  es  la 
XXIV.*,  que  fija  la  tradición  del  romero  de  Santiago  engañado  por  Satán,  y 
salvado  de  eterna  condenación  por  ruego  de  la  Madre  de  Cristo:  el  IX. °  la 
XXXIV.',  que  ofrece  todo  el  poder  de  la  fe  aun  respecto  lie  los  ignorantes  ó 
¡'liólas:  el  XVI. "  es  la  1 V.",  en  que  libra  la  Gloriosa  á  un  niño  jmlio  del  fufgo, 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VüLG.  EUUD.    o07 

contribución  el  a  Espejo  Ilistoriah  que  le  había  clonado  San  Luis, 
su  primo,  ya  que  con  mayor  provecho  consultara  el  copioso  re- 
pertorio que  bajo  el  título  De  Mirnmlis  Beaíae  Mariae  Yirginis 
andaba  acreditado  entre  los  doctos  del  siglo  XI ',  acumuló  el  nieto 
de  doña  Berenguela  no  escaso  número  de  milagros,  acaecidos  en 
Francia,  Inglaterra,  Italia,  Alemania,  Constantinopla  y  Siria, 
manifestando,  al  ponerlos  en  verso,  que  debia  su.  conocimiento  á 
la  lectura  de  otros  libros  -.  Constituyen  estos  en  verdad  la  mayor 


á  que  su  padre  le  condena,  por  haber  dicho  las  alabanzas  de  la  misma  Vir- 
gen: el  XVIII. °  la  XXII.*,  en  que  salva  de  la  saña  de  sus  perscg-uidores  á  un 
devoto,  que  se  acoge  á  su  altar:  el  XVIIl."  la  Xíll.'^,  destinada  a  revelar  por 
boca  de  Santa  Maria  los  agravios  que  le  hacian  los  judies  de  Toledo  en  una 
de  sus  imágenes:  el  XrX.°  es  la  XXXV. =*,  en  que  saca  de  éntrelas  ondas  á  un 
romero  que  al  naufragar  invoca  su  nombre:  el  XXI. "  la  VI.",  en  que  patro- 
cina á  una  abadesa,  la  cual,  vencida  de  la  tentación  carnal,  había  llegado  á 
ser  madre:  el  XXII."  es  la  XXXVII. =*,  en  que  se  ensalza  la  piedad  de  Nuestra 
Señora,  respecto  de  un  barco  de  peregrinos  de  Ultramar,  que  se  acogen  á  su 
amparo:  el  XXIII. °  la  XXXVIII.",  de  cuyo  asunto  ha  formado  el  mencio- 
nado Zorrilla  el  bellísimo  cuento  de  A  buen  Juez  mejor  testigo;  finalmente,  el 
XXIV. °,  que  dio  origen  a  la  cantiga  III. ^,  mucho  más  breve  que  el  Milagro 
de  Berceo.  Todas  estas  composiciones  pudieron  ser  escritas  antes  de  -1202,  y 
por  tanto  en  vida  del  cantor  de  Santo  Domingo,  que  en  la  copla  3.^  del  mi- 
lagro XIV  de  Nuestra  Señora,  hablaba  del  reinado  de  San  Fernando  como 
de  cosa  ya  pasada,  diciendo: 

En  el  tiempo  del  rey  de  la  buena  ventura, 
don   Ferrando  por  noinne,   sennor  de  Estremadura, 
nieto  del  rey   Alffonso,   cuerpo  de  grant  mesura, 
cuntió  este  mirado  de  muy  grant  apostura. 

i  Era  debido  al  benedictino  alemán  Pothon,  y  se  dio  á  la  eslampa  en 
1731.  Acaso  pudo  también  conocer  el  rey  don  Alfonso  el  libro  que  Jacobo  de 
Vorágine  escribió  en  su  tiempo  con  el  título  de  Mariale,  consagrado  en  ala- 
banza de  la  Virgen.  El  Espejo  historial,  enviado  al  de  Castilla  por  el  rey  de 
Francia,  es  la  tercera  parte  de  la  grande  obra  que,  intitulada  Speculitm  tnaius, 
escribió  por  mandado  de  aquel  príncipe  el  dominicano  fray  Vicente  de  Beau- 
vais:  comprende  la  historia  del  mundo  desde  la  creación  hasta  la  mitad  del 
siglo  XIII,  narrando  muchos  y  muy  maravillosos  sucesos,  algunos  de  los 
cuales  dejamos  citados.  Don  Alfonso  la  menciona  en  su  testamento;  y  en  el 
catálogo  de  los  libros  de  la  Reina  Católica  tiene  los  números  1  13  y  1 14  {Mein. 
de  la  Real  Academia  de  la  Historia,  tomo  VI,  púg.  433). 

2  Al  narrar  los  milagros  de  Nuestra  Señora,  emplea  generalmente  estas 
fórmulas:  «A  SanUí  escritura  nos  conta;  segund  que  a  letra   diz;  com'  eu  es- 


508  mSTOUlA    CRITICA    DE    LA    LlTliRATlIIlA    ESPÁTULA. 

parte  de  las  Cantigas;  pero  aunque  no  oslan  desnudos  de  inte- 
rés, generalmente  hablando,  tiénenlo  muy  superior  los  que  se  re- 
fieren á  la  historia  de  España,  como  que  reflejando  directameale 
el  sentimiento  religioso  de  nuestros  antepasados,  pintan  al  vivo 
sus  costumbres. 

Dignas  son  de  citarse  en  este  concepto  las  cantigas  consagra- 
das á  recordar  la  aparición  de  la  Yirgen  á  San  Ildefonso;  la  luz 
(jue  en  Rocamador  brota  en  el  laúd  de  un  juglar;  la  toca  miste- 
riosa labrada  en  Segovia  por  gusanos  de  seda;  el  romero  de  San- 
tiago; la  monja  tesorera,  á  quien  sustituye  Santa  Maria  en  aquel 
oficio  durante  sus  mundanos  amónos;  el  aldeano  de  Segovia,  que 
olvidado  de  sus  promesas  á  la  Yirgen,  recibe  el  merecido  escar- 
miento; el  caballero  de  Santisteban  de  Gormaz,  cuya  figura  pelea 
contra  los  sarracenos,  mientras  él  ora  devoto  ante  el  altar  de  la 
Inmaculada;  el  infanzón  aragonés,  que  halla,  al  volver  de  la  guer- 
ra, guardada  la  castidad  de  su  esposa  por  la  protección  directa 
de  la  Madre  de  Dios;  el  sordo-mudo  de  Toledo,  que  recibe  habla 
y  oído  de  sus  piadosas  manos;  el  niño  feliz,  que  pasados  cinco 
dias  de  su  muerte,  vuelve  á  la  vida  en  el  santuario  de  Salas,  á 
donde  le  llevan  sus  desconsolados  padres;  el  cazador  afortunado, 
que,  perdido  su  más  preciado  azor,  lo  recobra  en  la  misma  igle- 
sia de  Salas,  donde  invoca  el  favor  de  su  patrona;  el  castigo  del 
magnate  catalán,  que  había  hecho  tributario  al  monasterio  de 
Monserrate,  obligándole  á  pagar  el  agua,  que  los  monjes  bebian, 


«crilo  achei;  que  achei  escrito  n'  un  livre  todo  cheno  de  nüragres;  como  es- 
Mcrito  yaz: 

un  miragre  que  achar 

oune  n'  un  livre  el  tirar 

o  fny  ben  d'  outre  treszentos, 

que  fez  a  Virgen  sen  par,  ele.» 

En  cambio,  al  referir  los  que  se  apoyan  únicamente  en  la  tradición,  se  expresa 
en  estos  términos:  «com'  oy  contar;  eu  dizer  oy  á  omes  que  foron  y;  per 
»quant  aprendi;  segund  eu  contar  oy;  un  miragre  que  oy;  que  el  fez  [la 
))Vír^en]  nos  meus  dias;  que  contar  oy  á  omes  et  molieres;  que  eu  d'  un  bon 
))om*  aprix,»  etc.  De  esta  manera  explica  el  Rey  Sabio  la  situación  en  que 
respecto  del  arte  se  encuentra,  descubriendo  las  dos  diversas  fuentes  en  que 
se  Inspira. 


II.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   509 

mientras  la  Reina  del  Cielo  les  enviaba  cabras  monteses,  que  apa- 
garan la  sed  y  el  hambre  con  su  sabrosa  leche;  y  finalmente  otras 
muchas  destinadas  á  tener  vivos  en  la  memoria  de  la  muchedum- 
bre los  beneficios  de  la  piedad  divina,  reflejando  la  manera  de  ser, 
pensar  y  obrar  de  nuestros  mayores  ' . 

Mas  si  excitan  estas  cantigas  la  devoción  y  presentan  á  la  crí- 
tica no. pocos  atractivos,  cual  monumentos  literarios,  mayor  in- 
centivo ofrecen  á  la  curiosidad  histórica  las  que,  según  vá  indi- 
cado, hallan  asunto  en  los  sucesos  coetáneos  á  don  Alfonso  y  en 
su  propia  familia:  entre  otras  parécennos  muy  estimables,  ya  la 
que  tiene  por  objeto  consignar  «cómo  Sancta  Maria  guarecen  en 
))Onna  al  rey  don  Ferrando,  quando  era  menyno»;  ya  la  que  cele- 
bra el  favor  concedido  á  la  reina  doña  Beatriz,  sacada  en  Cuenca 
«de  grande  enferraedade,  porque  orou  á  ssa  omágen  con  grande 
wasperanqa»;  ya  la  dedicada  á  elogiar  los  prodigiosos  efectos 
obrados  por  la  Yírgen  en  sus  propias  reliquias,  curando  «que  se 
«non  dannassen  entre  outras  multas  que  se  dannaron»;  ora  la  que 
narra  los  estragos  hechos  por  el  africano  Aben-Yuzeph  en  las 
tierras  y  aldeas  de  Sevilla,  perdonando  sólo  en  la  del  Coria  la  casa 
de  un  «bon  orne»,  cuya  devoción  á  la  Gloriosa  alcanzaba  al  par  la 
vida  y  salud  de  un  «su  menyno»,  que  lloraba  por  muerto;  ora  la 
que  refiere  el  milagro  hecho  por  una  imagen  de  Santa  Maria,  que 
habia  sido  de  doña  Beatriz,  en  un  mudo  de  Sevilla,  y  ora  por 
último  la  que  nos  pinta  la  aparición  «del  rey  don  Ferrando  á 
«maestre  lorge»,  mandándole  «que  tirasse  ó  anel  de  seu  dedo  et 
))ó  metesse  no  da  omásren  de  Sancta  Maria»  ". 


i  Estas  cantigas  tienen  en  el  códice  de  Toledo  los  números  II,  VIII,  XVI, 
XXIV,  XXXI,  XXXII,  LI,  LII,  LIV,  LVI,  LVIII,  LXII  y  LXVI:  todas  se  re- 
fieren á  épocas  anteriores  al  reinado  de  don  Alfonso. 

2  Los  cantares  á  que  aludimos,  se  leen  en  el  códice  escurialense  j.  b.  2. ;  y 
fueron  publicados  por  Ortiz  de  Zúiiiga  en  sus  Anales  de  Sevilla,  refiriéndose  á 
los  años  1209  (pág.  36),  1227  (pág.  43),  1274  (pág.  109),  1273  (pág.  Hl), 
1279  (págs.  H6  y  121).  Daniel  Papebroquio  en  su  Acta  vitae  Sancti  Ferdi- 
nandi  trascribió  las  dos  cantigas  que  se  refieren  á  las  enfermedades  de  esto 
príncipe  y  de  la  reina  doúa  Beatriz,  cayendo  en  el  error  de  suponerlas  escri- 
tas en  la  lengua  de  Castilla  (veleris  linguae  castellanae) ,  pág.  321  y  123.  El 
P.  Burriel  en  sus  Memorias  para  la  vida  de  San  Fernando  reprodujo  la  primera 
de  dichas  cantigas  (pág.  7);  Mondéjar  y  Sarmiento  citaron  los  comienzos  de 


>H0  nisTOlUA  crítica  nr.  la  liikiiatura  española. 

Resplandece  en  todos  estos  cantares  la  más  pura  devoción,  y 
brilla  en  ellos  á  menudo  verdadero  entusiasmo  poético.  Mas  fuese 
porque  la  misma  naturaleza  de  los  asuntos  lo  exigiera,  fuese  por- 
ijue  el  arte  erudito  estaba  todavia  muy  cercano  á  su  manifesta- 
ción épico-heróica,  debe  observarse  que  son  más  narrativos  que 
líricos,  ateniéndose  el  rey  poeta  al  oficio  de  expositor,  y  herma- 
nándose de  este  modo  con  los  cantores  populares,  que  en  igual 
sentido  celebraban  las  hazañas  de  los  héroes.  Causa  es  esto  de 
que  no  hallemos  en  las  Cantigas  de  la  Virgen  el  arrebato  indi- 
vidual, la  fuerza  subjetiva,  que  constituye  el  genio  é  índole  pro- 
pia de  la  poesía  lírica,  si  bien  en  todas  partes  procuró  don  Alfonso 
dejar  hondamente  grabado  el  sello  de  sus  creencias.  Hay  sin  em- 
bargo entre  las  Cantigas  cierto  linaje  de  composiciones  que, 
acordes  en  su  forma  y  esencia  con  el  sentimiento  que  las  inspira, 
pueden  y  deben  ser  consideradas  como  otros  tantos  himnos:  tales 
son  los  Loores  de  Santa  Maria,  los  cantares  adas  cinco  festas)> 
que  á  la  sazón  le  consagraba  la  Iglesia,  las  plegarias  en  que  se 
implora  su  maternal  auxilio,  como  abogada  de  pecadores,  y  otras 
varias  canciones  en  que  ya  se  enaltecen  las  dotes  con  que  fué  la 
Inmaculada  enriquecida  por  la  Trinidad,  ya  se  pondera  el  rego- 
cijo de  los  bienaventurados  y  de  los  ángeles,  al  subir  al  cielo  y 
ser  coronada  reina  de  la  creación  entera  ',  Son  pues  todas  estas 


una  y  otra  {Mtm.  de  don  Alonso  el  Sabio,  pág-.  7,  Mem .  para  la  historia  de  la 
poesía,  núm.  612),  y  el  erudito  alemán  Christiano  Fr.  Belleinian,  las  ha  re- 
impreso en  su  curioso  opúsculo  sobre  la  antigua  poesía  portuguesa  {Die  al- 
ien Liederbiicher  der  Porlugiesen,  Borlin,  i 840,  pág.  60). 

1  En  el  códice  escurialense  j.  b.  2.  preceden  estas  cantigas  á  los  mila- 
gros de  la  Virgen,  que  ascienden  al  número  de  401:  en  el  toledano  siguen  á 
los  cien  cantares  que  forman  el  cancionero,  y  preceden  á  otros  diez  y  seis 
milag.'-os,  añadidos  después  de  terminado  este  por  el  Rey  Sabio.  Entre  estos 
verdaderos  himnos  llama  nuestra  atención  el  dirigido  á  saludar  la  venida 
del  mes  de  mayo,  cuya  frescura  y  gala  parecen  solemnizar  las  alabanzas  de 
Maria.  Quisiéramos  trascribirlo  íntegro;  pero  á  fin  de  no  abultar  demasiado 
estas  notas,  nos  contentaremos  con  algunas  estrofas.  Comienza,  después  del 
estribillo: 

Ben  vcnnas,  mayo,  ton    toda  saude. 
Por  que  loemos  a  de  gran   verlude 
Que   ú   Ueus    rnguc  (juc  dos  seiipr'  aiude 


1.      PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERUD.   BH 

poesías  verdaderamente  líricas,  brillando  al  propio  tiempo  por  la 
riqueza  y  variedad  de  las  formas  artísticas  que  las  revisten,  pren- 
das que  se  reconocen  igualmente  en  todas  las  cantigas  del  Rey 
Sabio.  La  multitud  de  metros  que  estas  ofrecen  y  el  repetido  y  á 
veces  complicado  cruzamiento  de  rimas,  donde  se  mezclan  con 
frecuencia  asonancias  y  consonancias,  apareciendo  también  no 
pocos  versos  libres,  en  cuya  colocación  se  guarda  cierta  regulari- 
dad, dan  en  efecto  á  tan  peregrino  monumento  levantada  estima, 
siendo  en  verdad  sensible  que  no  correspondan  á  la  extraordina- 
ria riqueza  de  sus  ornatos  exteriores  el  estilo  y  lenguaje  que  en 
las  cantigas  encontramos.  Y  no  porque  se  hallen  escritas  en  un 
dialecto  ajeno  á  Castilla,  pues  ya  hemos  indicado  que  la  dulzura 
y  aun  el  énfasis,  que  resaltan  en  el  gallego,  eran  muy  propios  y 
adecuados  para  la  poesía:  cuando  el  rey  don  Alfonso  componía 


Contra  o  deino  et  dessi   ñus  escude. 

Ben  Telinas,  mayo»  et  con   lealtade. 
Porque   loemos   a  de   gran    bondade 
Que  seiipre   aia   de  nos    pifidade 
Et  que  uos  guarde  de   toda   inaldudc. 


Ben   vennaSj   mayo,  con  bonos  sabores, 
Et   nos  roguemos  et  demos  loores 
A  a  que  senpre  por  nos  peccadores 
Boga  á  Deus  que  nos  guarde   de  doores. 

Ben  vennas,  mayo,  alegre,  sen  saniia, 
Et  nos  ruguemos  á  a  que  nos   ganna 
Ben   de  seu  filio,  que  nos  dé   tamanna 
ForQa   que  sayan  os  mouros  de   Spanna. 

Ben  vennas,  mayo,  con  pan  et  con   vino 
Et  nos  roguemos  á  a  que  Deus  minyno 
Troux'  en  sus  braQos,  que  nos  de  camino 
Por  que  seiamos  con  ela  festino. 


Ben  vennas,  mayo>  con  bonos   maulares 
Et  nos  roguemos  en  nossos  cantares 
A  a  sancta   Virgen  ant'  os  seus  altares 
Que  nos  defenda  de  grandes  pesares. 


Esta  cantiga  nos  recuerda  los  versos,  con  que  saludaban  los  trovadores  la 
venida  de  la  primavera,  época  feliz  de  sus  empresas  amorosas.  No  es  en  ella 
por  cierto  despreciable  el  rasgo,  en  que  se  expresa  el  anhelo  de  arrojar  de 
España,  con  la  protección  divina,  á  los  sarracenos. 


5f2  HISTORIA   CRÍTICA   DE   LA   LITERATURA   ESPAÑOLA. 

estas  obras,  no  se  había  hecho  ensayo  alguno  para  crear  el  len- 
guaje poético-lírico,  como  que  sólo  habia  dominado  en  el  parnaso 
erudito  el  sentimiento  heroico,  según  dejamos  latamente  exami- 
nado; y  no  debe  en  consecuencia  maravillarnos  el  que  se  mos- 
trase en  lucha  con  los  elementos  de  que  el  arte  disponía,  no  lo- 
grando vencerlos  con  igual  fortuna. 

Que  existe  esa  lucha  y  que  anima  al  Rey  Sabio  el  deseo  de 
comunicar  al  estilo  y  lenguaje  de  las  Cantigas  cierta  elevación, 
llevándole  alguna  vez  al  extremo  opuesto  ',  lo  muestra  palpable- 
mente el  examen  literario  de  las  mismas.  Del  referido  estudio, 
que  no  juzgamos  oportuno  exponer  aquí  con  excesivos  pormeno- 
res, resulta  que  no  carecía  don  Alfonso  de  naturalidad  y  gracia 
para  expresar  los  más  delicados  sentimientos  é  imágenes.  Nar- 
rando el  milagro  de  Coria  [1275],  revelaba  con  este  rasgo  el  amor 

paternal: 

Ly  era  un  bon  omme 
Que  un  fillyno  auía 
Pequenno,  que  tant'  amaua 
Com'  a  uida  que  uivia  ^. 

i  Observación  digna  de  tenerse  en  cuenta  es  la  que  nos  ministra  la  can- 
tiga LXX  del  códice  toledano,  qae  trata  «do  departimento  que  a  entre  Ave 
et  Evan,  con  aplicación  á  la  Virgen.  El  rey  don  Alfonso,  llevado  acaso  del 
ogemplo  de  la  decadente  poesía  de  los  provenzales,  se  muestra  excesiva- 
mente ingenioso  y  rebuscado,  inclinándose  al  par  más  de  lo  justo  á  las  antí- 
tesis poco  naturales  y  aun  pueriles.  También  caia  en  el  defecto,  que  en  el  si- 
glo XVI  se  miró  como  el  último  ápice  de  la  afectación,  partiendo  las  pala- 
bras de  uno  á  otro  verso;  así  por  cgemplo  dijo  en  la  Cantiga  LXXII  de  la 
colección  toledana: 

Quen  catar  et  reuolver 
Estes   salmos,  acbará 
Magníficat  y  iazer, 
Et   ad  Dominum  y  S 
Et  cabo  del  in  conuer- 
Tendo,   et  ad  te  está, 
Et  pois  retribuí   ser- 
Vo  tuo  muit  omildoso,   etc. 

Estos  primores,  propios  de  un  arte  que  imita  sin  el  discernimiento  nece- 
sario, manifiestan  el  empeño  que  ponia  don  Alfonso  por  dar  á  sus  versos, 
así  respecto  del  lenguaje  como  de  las  formas  métricas,  toda  la  perfección  lo- 
grada en  su  tiempo. 

2     Ortiz  de  Zúñiga,  Anales  de  Sevilla,  pág.  I  H. 


11.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERLD.   Si3 

Y  no  es  menos  enérgico  el  dolor,  que  atribuye  á  una  madre; 
la  cual  obtenido  un  hijo  por  la  intercesión  de  la  Virgen,  le  vé  mo- 
rir en  sus  brazos: 

Enton  a  catiua  j  con  grant  quebranto, 

Et  braadando,  comencou  á  dizer: 
Sancta  María,  ¿qué  fuste  fazer 
En  darm'  este  fill  et  logo  mí  o  toller, 
Porque  non  podesse  con  elle  goír?... 

Sennor,  que  de  madre  o  nome  me  deste, 
En  toller  mío  logo  mal  me  fezeste! 
Mas  po  lo  prazer  que  do  teu  ouueste, 
Filio,  dam'este  mío  que  ueia  riir!  '. 

Pintando  la  belleza  de  la  Madre  de  Dios,  al  dar  habla  y  oido  en 
Toledo  á  un  hermano  del  conde  don  Ponce,  decia  que  vio  el  sor- 
do mudo 

De  muy  gran  fermosura  una  donzela 
Que  de  faicon  et  de  cóór  mais  bela 
Era,  que  non  é  a  nevé  é  a  grana  -. 

Dirigiéndose  á  la  misma  Virgen  en  uno  de  sus  loores,  la  ape- 
llidaba: 

Rosas  das  rosas  et  flor  das  flores 

Dona  das  donas,  Sennor  das  Sennores '. 

Y  en  otro  la  invocaba,  diciendo: 

Deus  te  salve,  Groríosa 
Reyna  María; 
Lume  dos  santos  fremosa, 
Et  dos  ceos  uía,  etc.  *. 

Hablando  de  una  jovencilla,  predilecta  de  la  Inmaculada,  des- 
cribia  así  su  belleza  y  sus  pocos  años: 

.    .     .    una  mínyna 
Que  chamauan  Musa, 


1  Cód.  de  Toledo,  cantiga  XXVI. 

2  Cód.  de  Toledo,  cantiga  LIV. 

3  Cod.  de  Toledo,  cant.  X. 

4  Cód.  de  Toledo,  cant.  XXX. 

TOMO   lU.  35 


Sn  HISTOniA    CUItICA    de    la    LITF.KATLT.A    KSJ'AÑOLA. 

Que  muy  fromosina 
Era,  el  aposta; 
Mas  garridelyna 
Et  de  pouco  sen,  ele. 

A  esta  se  apareció  Santa  María,  en  sueños: 

A  muito  Groriosa 
Pareceuir  en  sonnos 
Sobeio,  fremosa, 
Con  muylas  minynas, 
De  marauillosa 
Beldat,  etc.  '.. 

Nadie  habrá  pues  que  niegue  al  Rey  Sabio  verdaderas  faculta- 
des poéticas,  examinando  las  Cantigas  de  Nuestra  Señora,  aun 
lio  contadas  la  sencillez  con  que  expone  los  sucesos  por  él  narra- 
dos, ni  la  facilidad  con  que  domina  toda  clase  de  metros,  acomo- 
dando á  ellos  holgadamente  sus  ideas  y  pensamientos  -.  k.  con- 
sentirlo las  numerosas  producciones,  de  que  en  el  presente  capi- 
tulo tratamos,  multiplicariaraos  las  citas,  lo  cual  no  habría  me- 
nester de  grande  esfuerzo,  cuando  es  el  cancionero  sagrado  del 
rey  don  Alfonso  la  colección  más  copiosa  de  cuantas  se  forman  en 
la  edad  media.  Para  que  pueda  apreciarse  sin  embargo  la  forma 
de  su  narración,  así  como  la  manera  de  disponer  los  metros  y 
las  rimas,  lícito  creemos  añadir  algunos  egemplos:  celebradas  las 
virtudes  de  la  monja  tesorera,  cuya  historia  nos  refiere  Berceo 
en  versos  pentámetros,  conocidos  sus  mundanales  amoríos  y  lle- 
gado el  instante  de  su  arrepentimiento,  leemos: 

Et  o  caualeiro  fez, 
Poi  la  leuou^  dessa  vez 


i     Cód.  de  Toledo,  cant.  XXXVI II.  , 

2  Rodiiijucz  de  CasUo  en  su  Biblioteca  Española,  tomo  II,  pá*^.  ti41,  y 
Pérez  Bayer  en  sus  eruditas  notas  á  la  Biblioteca  de  don  Nicolás  Antonio, 
lomo  11,  pág:.  80,  ponen  abundantes  muestras  de  la  varia  metrificación  em- 
pleada por  el  Rey  Sabio  en  las  Cantigas,  abarcando  desde  los  versos  de  diez 
y  siete  sílabas  hasta  los  de  cuatro.  Véase  la  Ilustración  111.*  del  lomo  II, 
donde  exponemos  ampliamente  análogos  eg'cmplos.  La  versificación  de  don 
.Mfonso  es  notable  por  la  facilidad,  con  que  obedece  las  formas  g-ramatica- 
Ics,  respetadas  por  el  rey  cuidadosamente. 


n.  PAUTE.  CAP.  X.  SEG,  TRASF,  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   515 

En  ela  fillos  et  filias; 
Mas  la  Virgen  de  bon  prez, 
Que  nunca  amou  sandez, 
Emostrou  y  marauilla?, 
Que  la  uida  estranyar 
Lie  fez  que  fazía, 
Por  en  sa  claustro  tornar, 
Ú  ante  uivía. 

De  vergonna  nos  guardar 

Punna  toda  uía 

Et  de  falir  et  de  errar 

A  "Virgen  María. 
Et  ela  con  gran  pauor 
Tremendo  en  seu  cóór, 
Foísse  pera  a  eigreja; 
Mais  a  madre  do  Sennor 
Lie  mostrou  tan  grand  amor, 
(Et  poren  beneita  seya) 
Que  as  chaves  foi  achar 
Ü  postas  auía, 
Et  seus  pannos  foi  filiar, 
Que  ante  vestia. 

De  vergonna,  etc. 
Et  tan  tosté  sen  desden 
Et  sen  vergonna  de  ren 
Auer,  juntou  o  conuento, 
Et  contolles  o  gran  ben 
Que  lie  fezo  a  que  ten 
O  mund'  en  seu  raandamento: 
Et  per  lias  toudo  prouar 
Quanto  lies  dizia, 
Fez  seu  amigo  chamar, 
Q,ue  lio  contar  ya. 

De  vergonna,  etc.  *. 

Tentado  por  Satanás,  que  se  le  aparece  bajo  la  forma  de  San- 
tiago, ejecuta  el  romero  de  Compostela  en  sí  mismo  el  error  de 
Orígenes,  para  castigo  de  sus  pecados,  degollándose  después: 

Seus  companeiros  poi  lo  mort  acharon, 
Por  non  lies  aponer  que  o  mataron, 
Foronss';  et  logo  chegaron 

{     Cód.  de  Toledo,  cantiga  XXXL 


516  RISTOIUA    crítica    T)E    LA    LirERATlIRA    ESPAÑOLA. 

A  alma  lomar 
Detnoes,  que  á  louaron 
Muí  tdste  sen  lardar. 

Kú  passauaii  anl  una  cápela 
He  Sanl  Pedro  muil  aposta  ct  béla: 
San  James  de  Conposteia 
De  la  foí  trauar 
Dizcnd:  Ay,  falss'  alcauela, 
Non  podedes  leuar 

A  alma  de  meu  romeu  que  fdlastcs, 
Ca  por  razón  de  mi  o  engaunasles. — 
Gran  traieon  V  pensasles; 
Et,  se  Dcus  man  par, 
Pois  falsamente  a  ganastes 
Non  uos  pode  durar,  etc.  '. 

En  lal  manera  empleaba  el  Rey  Sabio,  al  componer  las  Canti- 
f/as  á  la  Virgen,  los  melros  y  las  rimas,  siendo  digno  de  adver- 
tirse que  mostró  mayor  facilidad  y  elegancia  en  los  versos  de 
maestría  real  que  en  los  de  gran  maestría,  cultivados  antes  de  su 
tiempo. 

Llegado  á  los  últimos  años  de  su  vida,  abandonaba  el  romance 
gallego  para  dolerse  en  la  lengua  patria  de  la  infidelidad  de  los 
suyos  y  de  la  ingratitud  de  su  propio  hijo,  don  Sancho.  Pero 
antes  de  este  momento  le  presentan  casi  todos  los  críticos  escri- 
biendo el  libro  poético  del  Tesoro,  que  tiene  por  asunto  la  tras- 
mutación de  los  metales,  dando  en  consecuencia  al  rey  don  Al- 
fonso el  extraño  título  de  alquimista.  Historiadores  hay  que, 
partiendo  de  semejante  suposición,  han  llegado  á  sentar  que  más 
ilustrado  don  Juan,  hijo  del  Infante  don  Manuel,  que  el  Rey 
Sabio,  burlóse  de  este  en  uno  de  los  apólogos  del  Conde  Luca- 
nor,  libro  de  que  hablaremos  adelante,  porque  daba  crédito  á  las 
mentiras  de  los  alquimistas,  teniéndolas  por  verdades  probadas  2. 

i  "Cód.  de  Toledo,  cantiga  XXIV. — Nótese  cómo  alternan  los  versos  de 
once,  ocho  y  siete  sílabas  en  estas  esfrofas. 

2  El  marqués  de  Mondéjar  decia  del  Rey  Sabio,  aludiendo  al  libro  del 
Tesoro  <'>  del  Candado:  «Si  acaso  no  le  hubiese  sucedido  lo  mismo  que  con 
«nombres  supuestos  refiere  el  príncipe  don  Juan  Manuel,  su  sobrino,  en  el 
nCoiide  Lucanor,  acontecido  á  cierto  rey,  á  quien  burló  un  chimico  cmbus- 
Dtcrc»  {Mem   hisl.  de!  rey  don  Alonso  el  Sabio,  lib.  Vil,  cap.  XII).  Mr.  Gcor- 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   5Í7 

Y  sin  embargo,  los  que  así  han  discurrido,  no  solamente  desco- 
nocieron el  respeto  y  veneración  con  que  habló  siempre  don  Juan 
Manuel  de  su  ilustre  tio,  rindiendo  gracias  á  Dios  porque  le  habla 
dotado  de  tan  alta  sabiduría  ' ,  sino  que  desconocieron  la  forma 
en  que  el  mismo  don  Alfonso  había  condenado  á  los  que  se  da- 
ban á  la  alquimia,  algunos  años  antes  del  en  que  se  supone  es- 
crito el  libro  del  Tesoro.  Tres  leyes  hallamos  efectivamente  en 
el  código  de  las  Partidas,  las  cuales  reprueban  aquella  ciencia 
vana  del  modo  más  terminante,  declarando  como  desentendudos 
íi  los  que  tenian  fé  en  ella,  y  como  engannadores  á  los  que  la 
practicaban  é  intentaban  «facer  creer  á  los  ommes  lo  que  non  pue- 
))de  seer,  segunt  natura»;  y  cuando  tan  irrecusables  testimonios 
nos  enseñan  que  miró  el  hijo  de  San  Fernando  con  entero  me- 
nosprecio una  ciencia  que  seducía  en  su  tiempo  á  hombres  tan 
respetables  como  un  Arnaldo  de  Yillanueva,  un  Santo  Tomás  de 
Aquino  y  un  Raimundo  Lulio,  lícito  nos  parece  tributarle  las  me- 
recidas alabanzas,  por  haberse  sobrepuesto  en  esto  como  en  todo, 
á  las  preocupaciones  de  su  siglo,  en  vez  de  abrumarle  con  injusto 
vituperio  -'.  Y  no  se  nos  diga  que  desde  1265,  en  que  se  termina- 


ge  Ticknor  dio  ya  por  sentado  que  don  Juan  Manuel  se  reia  de  su  lio  (cpor- 
»que  daba  crédito  á  las  patrañas  de  los  alquimistas  y  ponia  confianza  en  un 
whcmbre  que  tenia  la  vanidad  de  convertir  los  metales  en  oro»  {fÜst.  de 
la  liter.  esp.,  I.^  ép.,  cap.  IV).  El  docto  autor  anglo-americano  no  se  sirvió 
sin  embargo  revelarnos  el  nombre  del  erabaydor  que  engañaba  al  rey  don 
Alfonso. 

1  Al  terminar  el  notabilísimo  elogio  del  Rey  Sabio  que  en  el  capítulo 
anterior  copiamos,  decia:  «O  Dios,  padre  et  criador  ct  poderoso  et  sabidor  so- 
wbre  todas  las  cosas:  bendicho  et  loado  seas  tú  de  todas  las  criaturas;  el  es- 
Mpecialmente  quieras  que  te  loen  en  buenas  obras  el  en  buenas  voluntades 
))las  criaturas  razonables  que  tú  señaladamente  crieste  para  te  conoscer,  por 
))que  de  tí  se  puede  alcanzar  et  para  te  loar.  Et  marauillosos  el  derecliurosos 
))son  los  tus  juizios.  El  marauilloso  fué  el  que  uino  contra  este  lan  noble  rey.- 
))lú  Sennor  sabes  lo  quefeziste.  Bendito  seas  tú,  por  quanlo  fezisle,  et  quanto 
«fazos  et  por  quanto  farás!...»  {Libro  de  la  Caza,  Bibl.  Nao.,  cód.  S.  34,  fo- 
lio 201  V.).  Quien  así  admira  la  infinita  bondad  de  Dios  para  con  don  Al- 
fonso, ¿podia  mirarle  cual  objeto  de  burla?... — Adelante  veremos  como  le 
considera  en  otras  obras. 

2  La  ley  XIII  del  tít.  V  de  la  II  Partida,  que  trata  «de  cómo  el  rey  non 
deue  cobdiciar  á  fazer  cosa  que  sea  contra  derecho-»,  levmind  así;    «Etestonríi 


318  HISTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

ron  las  Partidas,  hasta  1272,  en  que  sin  criterio  cronológico  se 
dice  escrito  el  libro  del  Tesoro  ',  pudo  cambiar  don  Alfonso  do 


wcobdiciaríc  el  rey  la  cosa  que  non  podiesse  soer,  quando  quisiesse  fazer  por 
«maestría  lo  que,  scgunl  natura,  non  se  puede  acabar,  assí  como  el  alquimia: 
))et  desla  guissa  darse  híe  por  desentendudo  el  perderte  su  tiempo  eí  su  auern. 
En  la  ley  IV  del  tít.  IV  de  la  Part.  VI  dice  el  Rey  Sabio:  «Si  dixicre  el  tes- 
))tador  en  el  testamento: — «Establesco  por  mió  heredero  ú  fulan,  si  diere  a 
wtal  eg^resia  un  monte  de  oro»,  ca  tal  establecimiento  como  este  non  uale, 
Mpor  que  es  puesto  só  tal  condición  que  se  non  puede  conplir  de  fecho,  ma- 
y)güer  que  los  alchirnistas  cuydan  que  pueden  facer  oro  quando  quisieren,  lo 
nque  fasta  en  este  tiempo  non  fué  cosa  manifiesta  á  los  otros  omesn,  etc.  La 
ley  IX  del  tít.  VHI  de  la  VII.^Tartida,  destinada  á  tratar  del  que  face  mo- 
neda falsa  ó  ferfena  la  buena,  acaba  con  estas  notables  palabras:  «Esso  mes- 
wmo  deue  seer  guardado  de  los  que  linxiesen  la  moneda  que  touiese  mucho 
wcobre,  por  que  paresciese  buena,  ó  que  ficiesen  alquimia  engañando  los  ornes, 
i)et  fazerles  creer  lo  que  non  puede  seer,  segunt  natura».  ¿Puede  ser  acusado 
de  alquimista  el  legislador  que  habla  de  este  modo?...  Pues  en  el  mismo  si- 
glo vjvia  Santo  Tomás  de  Aquino  [1227  á  1274],  cuya  ciencia  respeta  la 
edad  moderna,  y  creyó  en  la  trasmutación  de  los  metales  (Tirabosehi,  Sloria 
de  la  Letter.  ital.,  tomo  V,  lib.  II,  cap.  II),  y  en  el  mismo  tiempo  eran  que- 
mados vivos  en  Italia,  por  haber  falsificado  la  moneda,  valiéndose  de  la  al- 
quimia, Griffolino  de  Arezo  y  Capocchio  de  Siena,  a  quienes  halla  el  Dante 
en  la  décima  bolgia  (cap.  XXIX  del  Infierno),  haciéndoles  declarar  que  usarou 
en  el  mundo  de  la  alquimia.  El  primero  dice: 

.  .  .  Neir  ultima  bolgia  delle  diece 
Me  per  alchimin,  che  nel  montln  usui, 
Uainnó    Minos,  etc. 


El  segundo: 


.    .     .     lo  son   1'  oinbrn  di  Capocchio, 
che  falsa!  I¡  metal li   con  alckimia. 


Dante  admite  el  hecho,  lo  cual  prueba  que  la  docta  Italia,  medio  siglo  des- 
pués de  escritas  las  Partidas,  seguia  creyendo  lo  que  el  Rey  Sabio  rechazaba 
como  imposible. 

1  Al  final  del  códice  L.,  85  de  la  Biblioteca  Nacional,  descrito  por  Sán- 
chez {Poes.  Casi.,  tomo  I,  pág.  d32  y  siguientes),  se  lee:  «Sea alabado  Dios. 
))Fecho  fué  este  libro  en  el  anno  de  la  nuestra  salud  MCCLXXII».  Obsérvese 
que  se  cuenta  aquí  por  el  año  del  nacimiento  de  Jesús,  cuando  todavia  se  con- 
taba en  Castilla  y  siguió  contándose  después  en  todo  un  largo  siglo  por  la  Era 
del  César.  Hablando  el  mismo  rey  don  Alfonso  en  el  prólogo  déla  IV. ^  Parte 
de  la  Grande  et  General  Estoria  del  comienzo  de  dicha  Era,  que  pone  en  el 
tercer  año  del  impisrio  de  Octacviano,  decía:  «De  aquellos  tres  años  adelante 
Mpor  los  de  la  cuenta  de  la  Era  desde  Céssar  Augusto,  se  cuentan  lasestorias 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VüLG.  ERUD.   519 

dictamen,  declarando  ya  en  aquella  fecha  que,  ayudado  del  sabio 
de  Egipto,  acrecentó  su  caudal  muchas  veces:  porque  aun  conce- 
diendo que  el  Rey  Sabio  cayera  en  semejante  error,  después  de 
rechazarlo,  nunca  será  admisible  el  suponerle  tan  ignorante  de  su 
propia  vida,  que  en  1272  asegurase  que  hahia  sido  emperador, 
cuando  tres  años  adelante  se  honraba  con  el  referido  título,  de- 
puesto al  cabo  no  sin  hondo  sentimiento  *. 

Este  anacronismo  grosero,  en  que  no  se  ha  reparado  con  el 
detenimiento  debido,  nos  lleva  á  dar  el  valor  que  realmente  tie- 
nen, á  las  demás  inconexiones  y  anacronismos  de  estilo  y  de  len- 
guaje que  plagan  el  libro  del  Tesoro,  encaminándonos  á  la  época 
en  que  hubo  de  ser  escrito.  Hay  en  la  historia  de  Castilla  un  pe- 
riodo notabilísimo,  en  que  alcanzaba  extremado  poder  y  riqueza 
el  arzobispo  de  Toledo,  dpn  Alonso  Carrillo  [1440  á  1484]:  no 
carecía  este  prelado  de  cierta  ilustración  y  deseo  de  cultura;  pero 
dominado  por  la  ambición,  y  afecto  más  de  lo  que  debiera  á  las 
cosas  del  mundo,  habia  caído  en  el  lazo  de  los  que  juzgaban  ha- 
cedero trasmutar  en  oro  los  demás  metales,  manteniendo  á  su 
lado  gran  número  de  alquimistas,  entre  los  .cuales  se  distinguía 
un  Alarcon,  criado  y  mayordomo  suyo,  quien  en  pago  de  sus  im- 
posturas era  finalmente  degollado  en  la  plaza  pública  de  Zocodo- 
ver  sobre  una  espuerta  de  paja  "2.  Que  estos  embaydores,  que ;?or 


«ct  los  fechos  que  acaescieron» — (Bibl.  Escur.,  cód,  j.  Y.  q.,  fól.  \).  Adviér- 
tase que  era  por  otra  parte  lo  general,  dado  que  se  mencionara  también 
el  año  de  Cristo,  hacerlo  con  el  título  de  la  Encarnación  y  no  con  el  de  nues- 
ica  salud,  manera  de  decir  mucho  más  mx)derna.  Esto  prueba:  \°  Que  el  li- 
bro no  se  escribió,  como  se  pretende,  en  el  sigilo  XIII:  2."  Que  el  autor  de 
esta  ficción  olvidó  las  apariencias. 

{  Véase  sobre  este  punto  el  cap.  XXII  del  libro  XIII  de  la  ffisí.  gen.  de 
Esp.  del  P.  Mariana,  y  con  mayor  cuidado  el  cap.  XXXí  del  libro  Ilí  de  las 
yacitadas  iI/e;«or¿as  históricas  del  Reij  don  Alfonso  el  Sabio,  pov  el  erudito 
marqués  de  Mondéjar. 

2  Dan  testimonio  de  esta  verdad  histórica  el  diligente  Cura  de  los  Pala- 
cios, cap.  XI  de  su  Crónica  de  los  Reyes  Católicos,  y  el  laborioso  Gonzalo  Fer- 
nandez de  Oviedo,  coetáneo  como  aquel  del  arzobispo  Carrillo  de  Acuña 
(Hist.  General  de  Indias,  tomo  II,  lib.  XXYII,  cap.  VI).  La  superchería  llegó 
á  punto  de  suponerse  en  un  librejo,  trazado  en  1463,  con  el  título  de  Defen- 
sorio  de  la  Astrologia  [Varié  I.*,  cap.    1."),   que  escribió  don  Alfonso  (dan 


520  HISTORIA    CUÍTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAJÍOLA. 

mucho  espacio  de  tiempo  sacaron  gran  suma  de  dinero  al  arzo- 
bispo, ú  otros  de  la  misma  laya  fingieran  el  libro  del  Tesoro,  te- 
niendo la  osadia  de  atribuirlo  al  rey  don  Alfonso,  para  darle  la 
autoridad  que  ellos  no  gozaban,  si  no  aparece  enteramente  de- 
mostrado, ofrece  al  menos  las  probabilidades  de  una  conjetura 
verdaderamente  histórica.  Nada  hay  en  ercódice  que  se  reputa 
por  más  antiguo,  y  aun  propiedad  de  don  Enrique  de  Aragón,  á 
cuya  muerte  se  dice  que  pasó  á.  la  cámara  de  don  Juan  II,  que  le 
lleve  más  allá  de  la  segunda  mitad  del  siglo  XY  *;  y  como  por 
otra  parte  poseemos  un  manuscrito  de  este  singular  poema,  en 
que  se  cuentan  hasta  treinta  y  seis  octavas,  demás  de  las  doce  con- 
tenidas en  dicho  códice,  no  hay  duda  alguna  en  que  no  hubo  de 
ser  único,  ignorándose  cuál  de  estos  dos  es  el  primitivo  y  verda- 
dero '^.  Si  esta  notable  circunstancia  presenta  ya  el  libro  poético 


Mgrandes  secretos  de  naturaleza,  que  los  espíritus  malinos  con  invidia,  por 
»odio  é  malquerencia  movidos,  porque  á  los  onbres  non  aprovechassen,  des- 
Mtruyeron  muy  grant  parte  de  sus  libros,  en  especial  aquellos  donde  eran  es- 
«criptos  aquellos  secretos  é  cosas  que  aprovecha)-  podiessen».  Estas  y  otras 
suposiciones  análogas  fueron  anzuelo  de  la  credulidad  del  buen  arzobispo. 

1  La  fama  que  tuvo  el  marqués  de  Villena  de  nigromante,  pareció  sin 
duda  excelente  ocasión  á  los  embaydores  de  mediados  del  siglo  XV,  para 
graduarle  también  de  alquimista,  dando  por  existente  entre  sus  libros  el  del 
Tesoro;  pero  no  sospecharon  que  habia  de  llegar  tiempo  en  que  se  reconociera 
la  ilegitimidad  de  su  mercancía,  viniendo  por  tierra  todo  el  artificio  de  se- 
mejante impostura.  Prescindiendo  de  que,  según  observó  ya  don  Tomás  An- 
tonio, la  letr;i  está  formada  á  golpes  de  pluma,  como  imitación  de  otra  que 
se  tenia  presente,  es  de  advertir  que  la  nota  en  que  se  expresa  que  fité  falla- 
do este  libro  con  los  del  magnífico  don  Enrique,  señor  de  Villena,  é  fincó  en  poder 
del  Señor  rey,  sobre  ser  de  la  misma  tinta  que  todo  el  texto,  ofrece  iguales 
rasgos  de  pluma,  bien  que  en  contrario  sentado,  lo  cual  prueba  claramente 
que  texto  y  noAa  fueron  fingidos  por  una  sola  mano.  Mas  con  todo,  no  habrá 
paleógrafo  alguno  que  no  declare  este  Ms.  posterior  por  lo  menos  á  la  pri- 
mera mitad  del  siglo  XV,  lo  cual  basta  para  resolver  que  no  pudo  ser  pro- 
piedad de  don  Enrique  de  Aragón,  muerto  en  1434,  ni  tampoco  de  don 
Juan  (I  que  fallecía  veinte  anos  adelante.  Es  notable  también  que  no  se  haga 
mencix)n  de  este  entre  los  libros  de  la  Real  Cámara  que  heredó  Isabel  I.* 

2  Sarmiento  y  antes  Gil  González  Dávila  hablaron  de  otros  Mss.  que 
nosotros  no  hemos  logrado  examinar.  Lo  que  estos  eruditos  declaran  y  aun 
lo  que  observa  el  citado  Sánchez,  nos  ha  dado  motivo  para  insertar  el  poema 
que   nosotros  poseemos,  en  las  Ilustraciones   do  este  volumen. 


II.   PAUTE,  CAP.  X.  SEO.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EUUü.  Hit 

del  Tesoro,  como  obra  de  legitimidad  dudosa;  si  el  estilo,  el  len- 
guaje y  aun  el  poco  arte  que  se  descubre  en  la  imitación,  lo  traen 
cuando  más  á  la  mitad  del  siglo  XY;  si  los  anacronismos  de  con- 
tar únicamente  por  el  año  del  nacimiento  de  Cristo,  y  de  suponer 
que  el  Rey  Sabio  depuso  la  majestad  de  emperador  antes  de  1272, 
manifiestan  que  el  autor  de  aquel  libro  desconocía  la  historia  del 
príncipe,  cuya  memoria  vilipendiaba;  y  Analmente,  si  es  innega- 
ble que  don  Alfonso  despreció  y  aun  condenó  á  los  alquimistas — 
¿qué  mucho  que,  respetando  las  cuerdas  sospechas  del  erudito 
Sánchez  y  del  eminente  Moratin,  demos  por  apócrifo  el  mencio- 
nado poema,  fijándolo  en  una  época  en  que  se  hizo  materia  de 
logro  el  codicioso  y  vano  arte  de  la  alquimia,  patrimonio  de  gente 
baldía  y  embaucadora?  *. 

Mas  no  diremos  otro  tanto  del  Libro  de  las  Querellas,  á  pesar 
de  las  sospechas  que  sobre  su  autenticidad  han  apuntado  señala- 
dos escritores  ^:  expresión  dolorosa  del  sentimiento  que  inspira  en 
el  pecho  de  don  Alfonso  la  deslealtad  de  sus  ricos-ornes  y  de  su 
hijo  don  Sancho,  muestran  las  pocas  estrofas  de  tan  peregrino  li- 
bro llegadas  á  nuestros  tiempos,  el  dolor  profundo  y  la  airada 
energía  del  ofendido  príncipe,  que,  al  dirigirse  á  don  Alonso  Pe- 


i  Aun  cuando  el  entendido  marqués  de  Mondéjar  en  el  cap.  XIX  del  li- 
bro Vil  de  sus  Mem.  Hisí.  del  Rey  Sabio  rechazó  ya  cuanto  Lázaro  Zeisnero 
dijo  al  publicar  en  su  Teat.  Chiin.  la  Clavis  Sapientiae  (Clave  de  la  Sabiduría), 
que  se  adjudicaba  al  referido  monarca;  aun  cuando  desvaneció  asimismo  las 
suposiciones  de  Pedro  Borelo,  que  insertó  en  su  Biblioth.  Chim.  otro  tratado 
de  igual  estofa  con  nombre  del  mismo  rey, — todavía  los  historiadores  de  la 
quírai'ca  insisten  en  ponerle  entre  los  alquimistas  del  siglo  XIII.  Entre  otros 
citaremos  á  los  alemanes  Erdemann  Hopp,  Gnielin  y  Hoeffer,  quienes  termi- 
nantemente lo  aseguran,  si  bien  el  primero  en  su  Geschickte  der  Chemie 
(Brauinsweig,  1845),  parece  vacilar  un  momento,  cu"ando  dice:  «Tambicn 
wlos  alquimistas  de  este  siglo  (el  XIU)  cuentan  á  Alfonso  X  de  Castilla  entre 
»los  suyos,  pero  con  datos  muy  dudosos».  Ocho  páginas  adelante  anadia  sin 
embargo:  «El  rey  Alfonso  X  de  Castilla  (muerto  en  1284)  es  considerado 
Mcomo  escritor  alquimista,  aschemistischen  Schrisflstellern  (tomo  11,  pág.  193). 
Tanta  fuerza  tienen  el  error  y  la"calumnia  que  Sisraondi,  Puibusque,  Tick- 
nor,  Villemain,  Viardot,  Dozy,  Menechct,  Clarus,  y  otros  muchos  críticos 
se  han  dejado  tambicn  dominar  de  ellos. 

2     Moratin,  Orígenes  del  Teatro  Español,  nota  3. 


;.22  HISTORIA    CIUTIC.V    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

roz  (le  Guzman,  exclamaba:  «Si  los  mis  fijos  son  mis  enemigos, 
»noQ  será  ende  mal  que  tome  ü  los  mis  enemigos  por  íijos»  ^. 
Contado  es  en  efecto  el  número  de  los  magnates  que  le  obedecen: 
Diego  Pérez  Sarmiento,  ó  según  otros  Forran  Pérez  Ponce,  que 
liabia  permanecido  fiel  hasta  el  último  extremo,  y  que  tenia  dadas 
á  su  desdichado  rey  las  más  claras  pruebas  de  afecto  y  de  cariño, 
es  entre  aquella  reducida  cohorte  el  procer  elegido,  para  recoger 
los  tristes  suspiros  de  su  primo  y  de  su  rey: 

A  lí,  Diego  Pérez  |  Sarmiento  leal, 
normano,  et  amigo,  |  et  firme  vasüllo, 
Lo  que  á  míos  oinos  j  de  coila  les  callo 
Entiendo  dezir,  |  plannendo  m¡  mal. 

La  pluma  del  esclarecido  autor  de  las  Parlidas,  empapada  en 
el  llanto  del  dolor,  gritaba  ahora  «eo»  fabla  morlah),  para  echar 
en  cara  á  la  revuelta  nobleza  de  Castilla  su  ingratitud  y  su  perfi- 
dia. Al  verse  de  todos  abandonado,  exclama: 

Cómmo  yaz  solo  [  el  rey  de  Castiella, 
Emperador  de  |  Alemanna  que  foé!... 
Aquel  que  los  reyes  |  besauan  el  pié, 
El  reynas  pedían  |  limosna  en  man(iella!... 
Aquel  que  de  liuesle  |  manlouo  en  Seviella 
Diez  mili  de  á  cauallo  |  el  Ires  dohle  peones!... 
Aquel  que  acatado  |  en  lejanas  naciones 
Foé  por  sus  Tablas  |  et  por  su  cuchiella!...  * 

Ninguno  que  no  se  hubiera  visto  en  situación  tan  amarga,  po- 
día fingir  el  sentimiento  profundo  que  revelan  estos  versos,  dán- 
donos la  medida  de  lo  que  debió  ser  el  lastimoso  libro,  con  justa 
razón  apellidado  de  las  Querellas.  Y  si  habia  en  don  Sancho  IV  y 
en  sus  magnates  algún  interés  respecto  de  tan  peregrinas  elegías, 
no  era  en  verdad  el  de  contrahacerlas,  para  recordar  al  vivo  sus 


i  Carta  d  Alonso  Pérez  de  Guzman,  publicada  por  Barraníes  Maldonado, 
y  reproducida  por  Urliz  de  ZiiMija,  Moiidéjar,  la  Academia  de  la  Lengua  y 
oíros  varios  escritores. 

2  Desgraciadamente  sólo  se  han  conservado  las  dos  primeras  estrofas  de 
l;i  Invocación,  y  tan  viciadas  que  hasta  falla  en  algunos  versos  el  sentido,  lo 
cual  nos  ha  movido  á  iulroducir  algunas  leves  enmiendas. 


11.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD,   523 

faltas  y  desmanes,  sino  más  bien  el  de  hacerlas  perdedizas,  para 
que  del  todo  se  borraran  de  la  memoria  de  las  gentes.  Circuns- 
tancia es  esta  que  puede  en  parte  explicar  la  ineficacia  de  las  dili- 
gencias hechas  para  completar  dicho  libro,  y  que  dá  también  cier- 
ta razón  de  la  forma  en  que  se  han  trasmitido  á  nuestros  dias  los 
fragmentos  que  de  ella  poseemos  '.  Porque  no  son  en  nuestro  jui- 
cio estas  dos  estrofas  de  la  introducción  al  libro  de  las  Querellas, 
la  única  muestra  de  aquellas  desconsoladoras  elegías  (donde  se 
hallan  consignadas  la  falsía  de  los  ricos-ornes  y  prelados  y  la 
amargura  del  rey  don  Alfonso)  que  felizmente  poseemos:  notables 
son  en  efecto  los  versos  que  dirigiéndose  más  bien  á  la  posteridad 
que  á  sus  contemporáneos,  escribía  en  el  metro  oí;fó««nb,  emplea- 
do con  mucha  frecuencia  en  sus  Cantigas,  y  que  formando  un 
verdadero  canto  de  dolor  no  menos  triste  y  desconsolador  que  la 
invocación  á  Diego  Pérez,  manifiesta  pertenecer  al  deseado  Libro 
de  las  Querellas.  El  desventurado  rey  se  lamenta  del  siguiente 
modo: 


Yo  sali  de  la  mi  tierra  |  para  yr  á  Dios  seruir; 
Et  perdi  lo  que  auia  j  desde  mayo  fasta  abril: 
Todo  el  regno  de  Castiella  j  fasta  allá  á  Guadalquevir. 

Los  obispos  et  perlados  |  cuydé  que  metien  paz 
Entre  mí  et  el  mió  fijo,  |  commo  en  su  decreto  iaz: 
Ellos  dexaron  aquesto  |  et  metieron  mal  assaz, 
Non  á  escuso,  roas  á  vozes,  |  bien  commo  el  annafil  faz. 


{  La  Real  Academia  de  la  Historia  detJaró  solemnemente  en  un  Informe 
sobre  las  obras  del  Rey  Sabio,  elevado  al  Gobierno  en  1798,  que  se  proponía 
((practicar  todas  las  diligencias  que  le  fueran  posibles  para  encontrar  el  Libro 
»de  las  Querellas,  pues  lo  juzgaba  legítimo  del  rey  don  Alfonso,  y  digno  de 
))que  viese  la  lu?  pública».  La  Academia  creyó,  como  Orliz  de  Zúñig-a, 
Mondéjar,  Sarmiento,  Velazquez  y  tantos  otros,  que  el  primero,,  á  quien  se 
debió  el  conocimiento  de  este  libro,  fué  don  José  Pellicer  en  sa  Memorial  de 
la  casa  de  los  Sarmientos,  pág.  72.  El  primero  que  imprimió  el  fragmento 
citado  de  las  Querellas  fué  no  obstante  Alvar  Gutiérrez  Torres  de  Toledo, 
en  un  libro  muy  raro,  publicado  á  fines  del  siglo  XV,  poniéndolo  como  pro- 
sa: Garibay  lo  trasladó  de  allí  á  su  Compendio  historial,  ya  en  forma  de  me- 
tros. Nuestros  esfuerzos  han  sido  de  todo  punto  infructuosos  para  completar 
esta  preciosa  obra,  asi  como  lo  fueron  los  de  la  Real  Academia;  sólo  nos  es 
dado  añadir  los  fragmentos,  de  que  en  el  texto  hacemos  mérito. 


52 i  IUSILHIIA    OlllTICA    Üli    L.V    LULIIATUIIA    liSI'AÑuLA. 

Falleciéroiiinc  parientes  |  et  amigos  que  yo  auia 
Con  aueres  ct  con  cuerpos  |  ct  con  su  caualliMi;.: 
Ayúilenme  Jcsu-Clirislo,  |  su  madre  Suncl;i  María: 
Que  yo  á  ellos  me  acomiemio  |  de  noche  el  tamhitMi  de  dia. 

Manifestando  después  cuan  grande  era  la  soledad  que  le  abatia, 
continuaba: 

Non  lió  mas  á  quien  lo  diga  (  nin  á  quien  me  querellar, 
Pues  los  amigos  que  auie  |  non  me  ossan  ayudar: 
Que  por  miedo  de  don  Sandio  |  desmamparado  me  han: 
I\ies  Dios  non  me  desmampare,  j  quando  por  mí  a  imbiar. 

Xponia  fin  á  este  melílncúlico  y  peregrino  canto,  recordando  el 
egemplo  de  Apolonio  de  Tiro,  que,  según  queda  mostrado  en  otro 
lugar,  buscó  en  las  ondas  el  remedio  de  sus  males  '. 


1  Alonso  de  Fuentes  en  su  dedicatoria  a  los  Quarciüa  Cantos  puso  ínte- 
gra esta  peregrina  composición,  que  copió  en  parte  Garibay,  según  antes 
notamos  (cap.  VI).  Algunos  de  nuestros  eruditos  y  aun  ciertos  escritores  ex- 
tranjeros de  nota  la  han  citado,  partiendo  los  versos  por  el  primer  hemisti- 
quio y  suponiendo  que  era  un  romanee.  Con  sólo  reparar  el  orden  de  las  es- 
trofas y  saber  que  en  el  libro  de  las  Cantigas  hay  muchas  del  mismo  metro  y 
rimadas  en  igual  forma,  queda  este  error  desvanecido.  Sirva  de  egemplo  para 
nuestros  lectores,  entre  otras  muchas,  la  cantiga  XII  del  códice  b.  j.  2.  de  la 
liib.  Esc.  que  lleva  este  título:  uEsta  é  como  Santa  Maria  se  quexon  en  Toledo 
nen  o  dia  de  essa  festa  de  agosto,  perqué  os  iudeos  cnicifigaiian  una  omagen 
)>de  cera  á  ssa  sometíanla»,  y  después  del  bordón  ú  estribillo  empieza: 

E  d'  aquest  aii   grant  inirag^re  |  uos  quer  en  ora  contar 
Que  &  Reyna  de  ceo  |  qais  en  Toledo  inustrar,   etc. 

Esta  caní/pa  refiere  el  milagro  XVII  de  los  de  Berceo,  como  queda  en  su 
lugar  notado. — Respecto  de  la  autenticidad  de  esta  querella  y  de  si  formó 
parle  del  Libro,  escrito  por  don  Alfonso  en  las  postreras  amarguras  de  su 
vida,  si  bien  carecemos  de  pruebas  positivas,  conviene  advertir  que  el  tono 
general  de  la  composición,  sus  formas  artísticas  tan  del  gusto  del  Rey  Sobio, 
su  estilo,  su  lenguaje,  la  singular  coincidencia  de  hermanarse  perfectamente 
en  uno  y  otro  concepto  con  las  únicas  estrofas  de  la  Invocación  llegadas  a 
nuestros  dias,  y  aun  la  manera  peregrina  como  estas  se  han  conservado, 
todo  nos  lleva  á  recibir  cual  producción  de  aquel  infortunado  príncipe  este 
doloroso  canto,  donde  le  vemos  acudir,  por  último,  como  único  remedio  de 
sus  penas  á  la  piedad  divina.  Siguiendo  pues  diferente  camino,  perdidas  para 
los  populares,  é  ignoradas  acaso  de  los  eruditos,  la  Invocación  ú  Diego  Pérez 
y  la  Querella,  recogida  ¡lor  Alonso  de  Fuentes,  han  venido  á  darnos  alguna 
idea  de  lo  que  fué  el  Libro  de  las  Querellas,  úllimo  testimonio  intelectual  de 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERÜD.   525 

No  á  otros  títulos  logra  pues  el  Rey  Sabio  el  de  poeta,  mere- 
ciendo al  par  el  de  innovador,  que  le  asegura  la  introducción  do 
las  formas  y  del  sentimiento  lírico  en  el  parnaso  castellano.  Mas 
si  esta  innovación,  que  constituye  una  edad  nueva  en  la  vida  del 
arte  vulgar- erudito,  es  gloriosa  para  el  nieto  de  doña  Berenguela, 
no  lo  es  menos  la  adopción  del  apólogo  oriental,  traido  á  la  Pe- 
nínsula pirenaica  del  modo  y  por  la  senda  que  en  el  capítulo  an- 
terior demostramos.  Era  todavía  infante  de  Castilla  don  A.Ifonso, 
«fijo  del  muy  noble  rey  don  Ferrando»,  cuando  fué  traido  al  ro- 
mance vulgar  upor  su  mandado»  el  ya  famoso  libro  de  Calila  el 
Dimna,  que  «departiendo  por  exemplos  de  omes  et  de  aves  et  de 
»animalias»,  reconocía  su  origen  en  el  más  celebrado  del  Pant- 
cha-Tantra  '.Difícil  es  hoy  determinar  si  el  nieto  de  doña  Be- 


aquclla  noble  y  laboriosa  existencia,  consag^rada  á  labrar  la  felicidad  de  sus 
pueblos,  entre  quienes  sólo  Sevilla  supo  apreciar  lo  que  don  Alfonso  valia, 
mereciendo  la  más  expresiva  muestra  de  su  cariño  en  el  mote  que  ilustra  sus 
armas. 

\  En  la  Biblioteca  del  Escorial  existen  dos  códices  castellanos  del  libro 
de  Calila  el  Dimna:  arabos  muy  anteriores  á  la  publicación  del  Exemplario 
contra  engatio.t  ect  [i 498],  traducido  de  la  versión  latina  de  Juan  de  Capua, 
hecha  á  fines  del  siglo  XIII,  con  el  título  de  üirectorium  vitae  humanae,  a  la 
cual  precedió  aquella  versión  en  mucho.  En  el  códice  más  antig^uo,  marcado 
iij,  h.  g.  á  que  aludimos  en  el  texto,  se  declara  que  se  acabó  «en  la  era  de 
))mill  et  doscientos  et  nouenta  et  nueue  annos».  Pero  hay  error  de  copia,  pues 
que  en  el  año  de  1261  del  Nacimiento  de  Cristo,  era  ya  don  Alfonso  rey,  y 
no  infante,  como  se  dice  expresamente  en  la  citada  nota.  Así  debe  reducirse 
á  1231,  uno  antes  de  que  ciñera  la  corona,  esto  es,  á  la  Era  1289. — En  elaño 
de  1273,  al  formarse  el  inventarlo  de  los  libros  de  don  Gonzalo  Palomeque, 
obispo  de  Cuenca,  se  hacia  ya  mención  de  este  con  el  título  de  Enxenplario 
enromanz  (Marina,  Ensayo  Hist.  Crit.,  páj.  7).  Consta  el  expresado  Ms.  de 
94  fojas,  si  bien  tiene  varias  lag-unas;  está  en  papel  y  letra  del  sig-lo  XIV, 
si  bien  Rodríguez  de  Castro  lo  llevó  al  XIII,  y  aparece  todo  él  historiado, 
aunque  sin  miniaturas  de  colores.  El  segundo  códice  fué  escrito  en  1467  por 
un  García  de  Medina,  morador  de  Valladolid:  está  signado  iij.  X.  4.  y  con- 
tiene además  del  libro  de  Calila  et  Dimna,  la  Cosmographia  de  San  Isidoro  y 
la  primera  parte  del  Invencionario  del  Bachiller  Alonso  de  Toledo.  Elcód.  pri- 
mero parece  ser  el  citado  en  el  n.°  157  del  catálogo  de  los  libros  de  la  Reina 
Católica  {Mem.  de  la  Real  Academia  de  la  Hist.,  tomo  VI,  pág.  463). — El  di- 
ligente académico  don  Pascual  Gayaugos,  mucho  tiempo  después  de  termina- 


52l"¡  m.-íTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATUIU    ESPAÍ^OLA. 

rcng^uda  mandó  traducir  este  peregrino  libro  de  la  lengua  árabe 
ú  de  la  hebrea,  á  las  cuales  habia  sido  trasladado  en  tiempos  an- 
teriores, ó  si  lo  hizo  transferir  al  castellano  de  una  versión  latina, 
heclia  acaso  bajo  sus  mismos  auspicios,  ó  ya  debida  á  la  litera- 
tura latino-eclesiástica,  que  habia  producido  la  Disciplina  Cleri- 
calis  '.  Razones  hay  dignas  sin  duda  de  atención  para  fluctuar 
entre  todas  estas  indicaciones,  conocida  la  personal  ilustración  del 
Rey  Sabio,  y  quilatado  en  cierto  modo  el  prodigioso  movimiento 
que  logra  imprimir  á  los  estudios,  llamando  á  sí  y  dándoles  ocu- 
pación científica  ó  literaria  á  cuantos  se  distinguían  en  el  cultivo 
de  las  letras  y  de  las  ciencias. 

Pudieran  tal  vez  dar  motivo  á  recibir  como  un  hecho  histórico 
que  vino  al  habla  vulgar  por  vez  primera  el  libro  de  Calila  et 
Dimna  del  latín,  cultivado  por  la  gente  de  clerezia,  dos  hechos 
que  el  examen  de  los  códices  en  que  dicha  versión  se  contiene  y 
el  estudio  de  la  Grande  et  general  Estoria  debida  al  mismo  rey 
don  Alfonso,  nos  ministran.  Ofrecen  en  efecto  todos  los  manus- 
critos del  Calila  et  Dimna  llegados  á  nuestros  días,  cierta  nota 
final,  en  que  se  declara  queafué  [aquel]  sacado  de  aráuigo  en 
»latyii  et  romanzado»  de  orden  del  referido  príncipe,  infante  aun 
cuando  esto  se  verifica  -:  tratando  el  Rey  Sabio  en  la  Grande  et 
General  Estoria  de  las  maneras  de  los  axedreses  et  de  sus  iuegos 
»é  de  la  semeianra  á  que  fueron  fechos»,  observaba:  «Muerto  el 
»rrey  Benhahut,regnó  en  pos  él  un  rrey,que  le  dixeronDayslen. 


dos  estos  esludios,  ha  dado  á  luz  en  el  lomo  LI  de  la  Biblioteca  de  Autores  Es- 
pañoles [1860]  este  precioso  monumento,  procurando  ilustrarlo  con  una  ad- 
vertencia pr¿/¿ín/nar,  en  que  muestra  su  erudición  acostumbrada.  Aunque  no 
se  adopten  todas  sus  conclusiones,  es  este  trabajo  digno  de  elogio,  porque  rec- 
tifica alg-unos  errores  de  críticos  extranjeros,  que  andaban  no  poco  autoriza- 
dos en  la  república  literaria. 

i     Véase  el  cap.  XIV  del  tomo  11,  pág.  240. 

2  Demás  de  los  códices  escurialenses,  citados  arriba,  dá  razón  el  erudito 
benedictino,  fray  Martin  Sarmiento,  de  otro  Ms.  en  que  se  hallaba  la  misma 
nota,  si  bien  se  alteraba  el  año  de  la  Era  que  Sarmiento  reducía  á  la  de  1289, 
con  buena  crítica  (núms.  749  y  siguientes).  Ignórase  el  paradero  de  este  Ms., 
que  parece  haber  pasado  d  Portugal,  según  indica  el  referido  monje. — Esta 
copia  se  hizo  en  1416  por  un  fray  Juan  Guallense,  de  la  Orden  de  San  Fran- 
cisco. 


II.*  PAKTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERUD.   527 

))Este  rrey  fiso  el  libro  á  que  clisen  Calila  et  Dygna,  que  es  de 
))exenpIos  et  de  sesos:  et  este  liuro  trasladó  de  aráuigo  en  latino 
))Aben  Mochafa»  ^  Ahora  bien:  consignada  en  los  códices  caste- 
llanos la  memoria  de  una  versión  latina ,  sacada  de  la  lengua 
árabe  antes  del  año  1252,  en  que  por  muerte  de  su  padre  sube 
al  trono  de  Castilla  «el  infante  don  Alonso»,  y  confirmada  la 
existencia  de  la  expresada  versión  por  las  palabras  textuales  de  la 
Grande  et  General  Estoria,  escrita,  según  adelante  comprobare- 
mos, después  de  1270,  no  tenemos  poi'  repugnante,  y  más  bien 
juzgamos  racional,  el  admitir  que  en  la  primera  mitad  del  si- 
glo XIII  era  conocida  de  los  doctos  una  traducción  latina  de  aquel 
libro  originariamente  sánscrito,  á  menos  que  no  supongamos  al  par 
que  ignoraba  el  Rey  Sabio  lo  que  decia,  y  que  dada  esta  inexacta 
afirmación,  fué  á  los  pendolistas  ó  trasladadores  de  los  siglos  XIV 
y  XY  familiar  por  extremo  la  Grande  et  General  Estoria,  tan 
poco  leida  en  nuestros  tiempos  ^ 


i  Citó  este  pasaje,  refiriéndose  á  la  III.^  Parte,  cap.  LXIII  de  la  Estoria 
General,  Rodríguez  de  Castro,  y  aludió  visiblemente  á  la  Grande  et  General 
Estoria,  de  que  ya  habia  dado  noticia.  Al  folio  163  de  dicha  Parte  se 
leen  estas  palabras:  «Et  pues  que  este  libro  de  Calila  et  Dimna  fué  fecho,  un 
«sabio  á  que  llamaron  Qeael,  fijo  de  Harón,  fiso  otro  libro  para  un  rey,  á  que 
Mdisien  Mimo;  et  semejaua  aquel  libro  al  de  Calila  et  Dtjmna,  ca  asy  fablaba 
))de  sessos  et  de  exemplos.  Et  pero  por  algunos  departimientos  que  ouo  entre 
))el  un  libro  et  el  otro,  pusol'  nombre  aquel  Sabio  Taulahuefra»  {Bibl.  Esp., 
tomo  1,  pág.  637,  col.  1).  Ignoramos  qué  libro  sea  este:  el  erudito  Puibus- 
que,  siguiendo  á  Rodríguez  de  Castro,  cree  que  es  la  versión  de  Rabbí  Joel, 
citada  en  el  capítulo  precedente;  más  ¿qué  rey  Mitno  es  este,  á  quien  ^eaeldi. 
rige  su  obra? — En  España  no  sabemos  que  hubiese  en  los  siglos  XII  y  XIII 
semejante  rey;  pareciéndonos  en  este  punto  más  aceptable  la  explicación  que 
ha  dado  al  propósito  el  académico  Gayangos  en  su  Advertencia  preliminar  á 
la  edición  del  Calila  et  Dimna.  «Qael,  hijo  de  Harón  (dice)  no  es  como  supuso 
«Rodríguez  de  Castro,  el  rabino  Joél,  sino  Sahl  ben  Harón,  escritor  árabe  del 
Msiglo  VIII,  que  compuso  por  orden  del  Califa  Al-mamon  ó  Al-memon,  según 
«pronunciaban  los  nuestros,  un  libro  parecido  en  el  asunto  al  de  Calila  é  Dym- 
))na,  según  refiere  Herbelot  en  su  Bibliothéque  oriéntale  (V.  Hassan».)  El  rey 
Mimo  ó  Mimon  pudo  en  efecto  ser  Almemon,  quitado  el  artículo:  y  en  este  ca- 
so no  tiene  valor  la  conjetura  de  Castro,  acogida  por  Puibusque. 

2  Véase  el  siguiente  capítulo,  en  que  examinamos  esta  obra,  la  cual  es 
en  efecto  tan  desconocida  de  los  doctos,  que  el  diligentísimo  académico  don 


528  HISTORIA   CRITICA    DE   LA    LITERATURA   ESPA?l0LA. 

Ni  contradice  esta  lóg-ica  y  sencilla  conclusión  el  que  pudiera 
tener  presente  el  traductor  del  libro  castellano  un  original  ará- 
bigo ó  hebreo,  ni  menos  el  error  cometido  por  el  rey  don  Alfonso, 
cuando  atribuye  en  el  pasaje  citado  de  la  Grande  et  General 
Esforia  la  versión  latina  de  las  Fábulas  de  Bidpay  d  Abdalláh- 
Ebn-.Vlmocaffá.  [Aben  jMochafa].  Rodeado  el  Rey  Sabio  de  doctos 
arabos  y  hebreos,  iniciado  él  mismo  en  el  conocimiento  de  ambas 
lenguas,  y  acaudalado  de  numerosos  libros  orientales,  no  sólo 
para  dar  cima  á,  sus  empresas  científicas,  sino  para  llevar  á  cabo 
las  literarias  é  históricas,  lo  cual  demostraremos  en  breve,  no  es 
por  cierto  inverosímil  que  mientras  daba  razón  del  libro  latino  que 
sirvió  de  texto  principal  á  la  traducción  castellana,  aspirase  á  rec- 
tificarla sobre  la  arábiga,  de  donde  aquella  procedia.  Y  no  pare- 
cerá tampoco  repugnante  á  los  lectores  el  que  conservado  sin  duda 
el  nombre  de  Almocaffá  en  el  referido  libro  latino,  y  contándose 
entre  los  árabes  y  hebreos  entendidos  cultivadores  do  dicha  len- 
gua, so  dejase  llevar  el  nieto  de  doña  Rerenguela  de  aquella  cir- 
cunstancia, y  diese  por  segundo  intérprete  del  Calila  et  Dimna 
al  que  en  realidad  lo  habia  sido  primero,  conforme  apuntamos  en 
lugar  oportuno  '. 


Pascual  de  Gayang'os  la  ha  equivocado  úllimamcnte  con  la  Estaría  de  Es- 
patina,  buscando  on  esta  invililmente  la  cita  que  hizo  Rodriguez  de  Castro,  y 
declarando  cual  era  natural,  que  no  se  comprendia  «cómo  en  una  obra  exclu- 
osivamcnte  consagrada  á  la  historia  de  España  se  pudo  introducir  un  capítulo 
«relativo  á  los  reyes  de  la  India  y  al  juego  de  ajedrez»,  mientras  acusaba  al 
citado  Castro  de  no  haber  dicho  á  qué  códice  de  la  Crónica  General  se  referia 
{Bibliol.  de  Aul.  esp.,  tomo  II,  pag.  8).  Conocida  La  Grande  et  General  Esto- 
ria,  hubieran  desaparecido  todas  estas  dificultades. 

i  Véase  el  capítulo  anterior.  El  citado  académico  don  Pascual  de  Gayan- 
gos  procura  demostrar  en  la  ya  referida  Advertencia  preliminar  al  libro  de 
Calila  et  Dimna,  que  la  versión  castellana  «no  se  hizo  sobre  la  latina  de  Juan 
»de  Capua,  sino  sobre  la  arábiga  de  Abdalla-ben-Al-mocaffá»  (pág.  9).  En  el 
primer  punto  estamos  enteramente  de  acuerdo,  porque  el  libro  castellano, 
como  vá  dicho  arriba,  precede  en  mucho  al  del  referido  Juan  de  Capua,  y  di- 
fiere no  menos  en  el  orden  de  materias,  como  también  hemos  insinuado,  y 
comprobaría  ampliamente  el  examen  comparativo.  Respecto  del  segundo,  de- 
bemos confesar  que  no  carecen  de  fuerza  algunas  délas  indicaciones  del  señor 
Ciayangos,  sobre  todo  las  que  se  refieren  á  los  modismos  y  voces  que  pudie- 


11. *  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRA5F.  DEL  ARTE  VüLG.  ERüD.   529 

Como  quiera,  resalta  entre  todas  estas  indicaciones  y  conjetu- 
ras un  hecho  innegable;  á  saber:  que  ya  provenga  la  traducción 
española  de  otra  latina  ó  hebrea,  ya  directamente  de  la  arábiga, 
tiene  por  fundamento  el  libro  de  Abdalláh-Ebn-Almocaffá,  ala  cual 
se  ajusta  en  un  todo,  conservando  los  preámbulos  que  habia  aquel 
añadido  para  explicar  el  origen  del  Calila  et  Dimna.  Demués- 
tralo así  la  simple  comparación  de  los  ya  referidos  códices  con  el 
texto  arábigo  de  Abdalláh-Ebn-Almocaffá,  dado  á  luz  por  un  docto 
orientalista  en  el  primer  tercio  del  presente  siglo  ' :  por  manera 
que  en  todo  caso  puede  asegurarse  que  la  versión  castellana,  he- 
cha bajo  los  auspicios  del  príncipe  don  Alfonso  de  Castilla,  es  una 
de  las  más  fieles  y  allegadas  á  la  compilación,  sacada  por  el  persa 
Barzúyeh  para  presentarla  al  famoso  Cosroes,  ora  del  Pantcha- 
Tantra,  ora  del  Eitopadesa  -. 

ron  pasar  al  libro  castellano  de  las  lenguas  árabe  ó  hebrea.  Sin  embargo,  no 
las  reputamos  suficientes  para  alterar  lo  que  mucho  antes  de  ver  la  luz  la 
expresad-a  Advertencia  preliminar  teníamos  escrito  respecto  de  este  punto.  El 
que  el  Rey  Sabio,  ó  la  persona  á  quien  encargó  este  trabajo,  tuviese  presente 
algún  códice  árabe  ó  hebreo,  para  consultarlo  oportunamente,  no  destruyela 
posibilidad  de  una  traducción  latina  existente  ya  en  1251,  ni  anula  por  tanto 
el  testimonio  de  los  códices,  autorizado  por  la  inequívoca  declaración  del 
mismo  don  Alfonso,  hecha  en  la  Grande  et  General  Estaría.  Continuemos. 

1  Aludimos  al  Sabio  Barón  Mr.  Silvestre  de  Sacy,  quien  en  1816  publicó 
en  la  Imprenta  Real  de  Paris  cotejado  hasta  con  tres  códices  de  la  Biblioteca 
hoy  llamada  Imperial,  el  referido  texto  arábigo  con  este  título:  uCalila  et 
-fíDymna,  ou  Fables  de  Bidpay  en  árabe,  avec  la  Moollaca  de  Lebid,  en  franjáis 
net  en  árabe».  El  texto  de  Abdalláh  aparece  íntegro  en  esta  edición,  lo  cual 
estimuló  sin  duda  al  celebrado  orientalista  don  José  Antonio  Conde  á  tradu- 
cir de  nuevo  á  lengua  castellana  el  mencionado  libro,  que  con  otras  versiones 
arábigas,  tales  como  la  del  Alkiteb  de  sueños,  los  Consejos  de  Safiar,  el  Kiteb 
de  las  suertes,  el  Kadit  de  la  doncella  Alcayona,  etc.,  se  custodian  en  la  Bi- 
blioteca de  la  Real  Academia  de  la  Historia  (E.   n.    i51,    152,    153,    154 

y  m). 

2  Con  verdadero  placer  advertimos  aquí  que  el  diligente  académico  señor 
Gayangos  obtiene  el  mismo  resultado  respecto  de  este  punto,  ampliando  sus 
investigaciones  á  desvanecer  las  dudas,  que  pudieran  surgir  de  hallarse  en 
algunos  egemplares  de  Calila  y  Dimna  cierto  capítulo  preUminar,  atribuido  á 
Behmid,  hijo  de  Sehwán,  el  persa,  capítulo  en  que  se  asigna  distinto  origen 
al  expresado  libro.  Todo  persuade  en  efecto  de  que  el  primer  traductor  cas- 
tellano gozó  de  códices  donde  se  conservaba  con  cierta  integridad  el  libro  de 

TOMO  llí.  54 


5,'^0  HISTORIA    CUlTICA    HE    LA    LlTF.KATUliA    ESPAÑOLA. 

Pasando  al  pxáincn  del  Calila  ct  Di  nina,  tal  como  aparece  en 
la  traducción  española,  conviene  observar  que  tras  un  prólogo 
encaminado  á  probar  la  utilidad  del  libro  y  esmaltado  ya  de  muy 


Abdalláh,  si  bien  los  trasladadores  arábigos,  como  los  latinos  y  castellanos, 
no  todas  veces  fueron  fieles  al  texto  que  copiaban,  lo  cual  demuestra  el  mismo 
señor  Gayanjos,  citando  varios  Mss.  de  la  versión  referida,  donde  se  hallan 
algunos  apólogos  que  faltan  en  otros  códices.  Pero  si  no  podemos  menos  de 
congratularnos,  al  ver  de  nuestra  parle  á  tan  renombrado  arabista,  dando  la 
preferencia  á  la  primitiva  versión  castellana  sobre  la  latina  de  Juan  de  Ca- 
pua.  hecha  como  vá  dicho,  sobre  la  hebrea,  sentimos  que  nuestra  opinión  no 
concicrlc  con  la  suya  en  orden  al  autor  de  la  traducción  mencionada.  Con- 
viene el  señor  Gayangos  en  que  es  muy  probable  que  «conociendo  la  impor- 
»tancia  y  utilidad  de  la  obra,  y  atendido  el  gusto  de  aquella  época  en  que 
«los  escritos  filosóficos  de  griegos  y  romanos  y  las  obras  doctrinales,  al  par 
))que  sentenciosas  del  viejo  Oriente,  alcanzaron  mayor  boga,  don  Alfonso  hi- 
))ciese  traducir  el  Libro  de  Calila  é  Dimnan:  conviene  asimismo  en  que  el 
lenguaje  de  la  versión  primitiva  es  propio  dol  siglo  Xílf  y  aun  del  reinado 
<lcl  autor  de  las  Partidas,  ofreciendo  el  texto  que  publica  «indicios  bastantes 
«(escribe)  para  poder  juzgar  de  la  antigüedad  de  la  obra  y  colocarla  sin  reparo 
nentre  los  escritos  del  siglo  XHIn  (pág.  5  de  la  Adver.  prelim.);  y  sin  embargo, 
pareciendo  arrepentirse  de  estas  fundadas  declaraciones,  pretende  anular  el 
valor  de  las  notas  finales,  en  que  consta  el  nombre  y  la  situación  de  don  Al- 
fonso, cuando  mandó  hacer  la  traducción  castellana  (sin  duda  porque  en  ellas 
se  habla  de  otra  latina),  y  llega  a  sentar  en  sus  conclusiones  que  dicha  ver- 
sión «pertenece  á  la  primera  mitad  del  siglo  XIV»,  añadiendo  como  para 
aquietar  su  consecuencia:  «si  no  es  anterior»  (pág.  9).  Mas  sobre  dejar  yain- 
<licado  en  nota  precedente  que  por  los  años  de  1273  andaba  en  las  librerías 
de  los  prelados  españoles,  puesto  en  romanz  el  precitado  libro,  constando 
que  don  Alfonso  «fizo  trasladar  en  el  lenguaje  de  Casliella  todas  la  sciencias» 
(don  Juan  Manuel,  pról.  al  Libro  de  la  Caza);  siendo  un  hecho  hasta  ahora 
no  conocido  que  su  hermano  el  infante  don  Fadrique,  hizo  trasladar  en  el  año 
de  1253,  como  después  veremos,  el  Libro  de  Sendebar,  consanguíneo,  si  es 
lícito  decirlo  así,  del  de  Calila  et  Dimna;  haciendo  el  mismo  don  Alfonso  re- 
potida  mención  del  último  y  copiando  largos  pasajes  en  su  Grande  et  Gene- 
ral Extoria,  según  hallarán  los  lectores  en  el  siguiente  capítulo;  y  utilizando 
por  último  en  todas  sus  obras,  y  aun  en  las  mismas  I'artidas,  la  doctrina  de 
este  y  los  demás  libros  sánscritos  que  después  mencionaremos,  comprobando 
estos  asertos, — no  hallamos  razón  plausible  para  desechar  como  caprichosas  y 
puestas  «para  acreditar  más  su  trabajo  por  escribientes  ignorantes»  las  notas 
finales  (jue  aparecen  en  todos  los  códices  castellanos  del  Calila  et  Dimna.  Las 
aficiones  personales  del  príncipe  que  recibe  después  título  de  Hcy  Sabio;  la 
situación  general  de  los  esludios;   la  política  adoptada  por  el  nielo  de  doña 


n.*  PARTE.  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VLLG.  ERUD.   531 

sabrosos  apólogos,  se  explica,  según  arriba  insinuamos,  el  origen 
del  mismo.  Syrechuel,  como  dice  el  Ms.  más  antiguo,  ó  Nixhuen, 
«fijo  de  Cadet»  como  se  escribe  en  otros,  tenia  por  físico  al  sabio 
Bersehuey,  quien,  noticioso  de  «que  en  tierra  de  India  auia  unos 
«montes  en  que  auia  tantas  yernas  de  muchas  maneras,  et  que 
«conoscidasque  fuessen  et  cogidas  etconfacionadas,  que  se  sacarían 
))dellas  melesinas,  conque  resucitassen  los  muertos»,  pidió  al  rey 
licencia  para  ir  á  buscarlas,  gastando  en  el  intento  más  de  un 
año.  Probadas  sin  embargo  aquellas  prodigiosas  yerbas,  ningún 
efecto  logró  Bersehuey,  quedándose  los  finados  tan  muertos  como 
antes;  lo  cual  le  movió  á  consultar  con  los  sabios  y  filósofos  de  la 
India  la  inteligencia  y  valor  de  los  libros,  de  que  habia  tomado 
tan  extrañas  noticias.  Advertido  por  los  referidos  sabios  de  que 
«el  entendimiento  de  los  libros  de  la  su  filosofía  et  el  saber  que 
dDíos  puso  en  ellos,  son  los  cuerpos,  et  que  la  melesina  que  en 
wellos  desia,  son  los  buenos  castigos  et  el  saber,  et  los  muertos 
«que  resucitauan  con  aquellas  yernas,  son  los  ommes  nescios  que 
«non  saben  quando  son  melesinados  con  el  saber...,  buscó  [Ber- 
wsehuey]  aquellas  escripturas  et  fallólas  en  lenguaie  de  India  et 
«trasladólas  en  lenguaie  de  Persia,  et  concertólas».  De  vuelta  en 
su  patria,  presentó  al  rey  dichos  libros,  siendo  uno  de  ellos  el  de 
Calila  et  Dimna,  en  el  cual  «trasladó  unas  quistiones  que  fizo  un 
«rey  de  India,  que  auia  nombre  Dicelem ,  al  su  alguacil,  que 
«disian  Burduben,  filósofo,  á  quien  mucho  amaba,»  y  mandóle  que 


Berenguela  con  árabes  y  hebreos,  asociándolos  á  sus  grandes  empresas;  el  ca- 
rácter mismo  que  estas  ofrecen...,  todo  nos  llevaría  á  conjeturar  que  don  Al- 
fonso habia  tomado  la  iniciativa  en  la  versión  de  los  libros  sánscritos,  traídos 
ya  á  las  lenguas  orientales  (y  aun  á  la  latina),  cuando  sabemos  que  «fizo  tras- 
aladar,  con  los  libros  de  todas  las  sciencias»  el  Koram  (la  secta  de  los  moros\ 
el  Jalmud  (la  ley  de  los  judios)  y  hasta  la  Cabala.  ¿Cómo  pues  si  á  este  resul- 
tado nos  llevarla  el  simple  raciocinio,  hemos  de  convenir  en  que  las  notas 
finales  de  los  códices  de  Calila  et  Dimna  son  apócrifas,  sólo  porque  aparece 
en  ellas  el  nombre  del  infante  don  Alonsol— El  estudio  que  bajo  diversos  pun- 
tos de  vista  hacemos  en  los  capítulos  siguientes,  y  en  el  tomo  IV,  consagrado 
á  los  sucesores  literarios  del  Rey  Sabio,  explicará  con  cuánta  razón  hemos 
dado  el  valor  que  realmente  tienen  á  las  mencionadas  notas.  El  señor  Gayan- 
gos  ha  conservado  con  buen  acuerdo  al  final  de  su  edición  la  que  halló  en  el 
Ms.  que  le  sirve  principalmente  de  texto. 


S32  HISTORIA    CnlTir.A    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

resjxindiese   ((capítulo  por  capítulo,  et  respuesta  verdadera   et 
^apuesta,  et  que  le  diesse  cnxemplos  et  seniejaní^as»  '. 

Tal  es  la  historia  del  libro  de  Calila  el  Dimna,  narrada  en  el 
códice  escurialense,  á  la  cual  sigue  la  del  mismo  filósofo  Berse- 
huey,  que  alguno  de  los  críticos  modernos  ha  supuesto  ser  la  del 
traductor  castellano  ^.  Como  es  fácil  deducir,  esta  singular  com- 
pilación del  Pantcha-Tanlra  que  recibe  el  indicado  título  de  uno 
de  los  capítulos  más  importantes  que  encierra,  se  halla  en  suma 
reducida  á  una  serie  numerosa  de  fábulas,  que,  encaminadas  á  la 
enseñanza  práctica  de  la  vida,  tienen  por  lazo  común  las  conferen- 
cias de  un  rey  y  de  un  filósofo,  relativas  á  las  más  arduas  cues- 
tiones de  la  moral  y  de  la  política.  Este  artificio,  sencillo  y  natu- 
ral, que  debia  ser  imitado  en  todas  las  literaturas  meridionales,  y 
que  era  ya  conocido  en  la  hispano-latina  desde  la  época  de  Pero 
Alfonso,  se  ofrece  holgadamente  á  lodo  género  de  consideraciones 
filosóficas,  explanadas  y  comprobadas  con  oportunos  y  bellísimos 
apólogos.  Las  ideas  de  la  justicia  y  del  temor  de  Dios,  de  la  amis- 
tad y  de  la  cuerda  confianza,  de  la  maldad  y  del  fraude:  las  del 
menosprecio  de  lo  porvenir  y  de  la  ciega  vanagloria;  las  del  pro- 
pio envilecimiento  y  de  la  humillación  inoportuna  ante  enemigos 
cautelosos  ó  encubiertos;  las  déla  mansedumbre  y  la  resignación, 
de  la  inocencia  y  la  gratitud,  llaman  sucesivamente  la  atención  del 
príncipe  indiano,  quien,  obteniendo  explicación  cumplida  del  filó- 
sofo, procura  grabar  en  su  memoria  aquellas  fructuosas  enseñan- 
zas, para  evitar  atinadamente  los  peligros  del  mundo,  venciendo 
al  par  la  ignorancia,  la  falsedad  y  la  cautela.  Ni  la  vanidad  impru- 
dente de  los  que  aspiran  á  ser  tenidos  por  sabios  en  lo  (jue  igno- 
ran, olvidando  lo  que  han  aprendido  desde  la  infancia;  ni  la  in- 
sensatez de  los  que  sin  talento  y  experiencia  bastantes  buscan 
plaza  de  consejeros  en  los  palacios  de  los  príncipes;  ni  la  perfi- 
dia de  los  que  escudados  con  la  inmunidad  del  parentesco,  po- 
nen odiosas  asechanzas  á  sus  propios  deudos,  libran  en  las  con- 
ferencias de  rey  y  filósofo  sin  conveniente  correctivo,  produciendo 


\     Cód.  Escurialense,  iij  h.  9. 

2     Mr.  Adolfo  Puibusque,  en  su  Origine  de  VXpologuc  espagnol,   discurso 
que  precede  á  la  versión  francesa  del  Conde  Lucanor,  pág.  128. 


II.*  PAaTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EHUD.   333 

todas  estas  nociones  un  verdadero  catecismo  político  y  moral,  en 
todos  tiempos  aceptable  *. 

Pero  esta  enseñanza,  que  no  podría  ser  estéril,  aun  expuesta 
de  un  modo  meramente  didáctico,  logra  mayor  eficacia  cuando, 
según  vá  advertido,  aparece  fortalecida  y  confirmada  por  el  egem- 
plo  de  muy  sabrosos  apólogos,  que  no  sólo  tienen  el  mérito  de 
autorizar  la  doctrina,  sino  que  juzgados  críticamente,  vienen  á 
satisfacer,  con  no  pequeña  sorpresa,  cierta  curiosidad  literaria, 
despertada  en  nosotros  desde  los  primeros  estudios  de  la  infancia. 
Apenas  se  hallará  colección  ó  repertorio  de  fábulas,  ya  formado 
en  la  antigüedad  clásica,  ya  en  la  edad  media,  ya  en  los  tiempos 
modernos,  donde  no  descubramos  á  cada  paso  claras  derivaciones 
del  libro  de  Calila  et  Dimna,  cuyo  sazonado  estudio  nos  minis- 
tra la  verdadera  clave  de  los  misteriosos  y  largos  viajes,  que  ha 
hecho  por  el  mundo  la  forma  simbólica,  nacida  en  el  Oriente  -. 
Tarea  no  difícil  seria  la  de  poner  aquí  abundantes  testimonios  de 
esta  verdad,  cualquiera  que  fuese  la  historia  literaria,  á  que  los 
demandáramos;  mas  no  tan  propia  del  estudio  que  vamos  hacien- 
do, como  se  habría  menester,  nos  apartaría  sin  duda  del  punto 
principal  de  las  presentes  investigaciones.  Añadiremos  sin  em- 
bargo, que  no  solamente  los  fabulistas  de  todas  edades,  sino  tam- 


{  La  versioa  primitiva  de  Calila  et  Dimna  aparece  virtualmente  divi- 
dida en  cinco  parles  ó  capítulos,  mientras  en  la  castellana  llegan  á  diez  y 
siete.  Mr.  Adolfo  de  Puibusque  advierte  que  estas  diferentes  parles  no  guar- 
dan el  mismo  orden  que  en  el  Pantcha-Tantra:  por  egemplo,  el  primer  capí- 
tulo de  este  que  lleva  el  título  de  Mitra-Bhéda  [Rompimiento  de  la  Amistad] 
es  el  quinto  de  Calila  et  Dimna,  trocados  en  estos  nombres  (de  que  recibieron 
el  suyo  las  versiones  arábiga  y  española)  los  de  Cataraca  y  Damanaca,  malos 
consejeros  de  Puijalaca  [el  león]  y  enemigos  de  Sandjivaca  [el  toro]  (Trad. 
del  Conde  Liicanor,  pág-.  289).  En  los  códices  del  Escorial  forma  no  obstante 
el  primer  grupo  del  Calila  et  Dimna  la  historia  del  rey  león  y  su  ministro  el 
toro:  en  el  Exemplario  contra  engaños  se  refiere  en  el  segundo  capítulo,  des- 
tinado el  primero  á  tratar  de  la  «justicia  é  temor  de  Dios».  La  mencionada 
historia  del  león  y  el  toro  anda,  aunque  algo  desfigurada,  en  boca  del  vulgo, 
en  un  cuento  que  se  titula:  aEl  compadre  León  y  El  Compadre  Burro»-,  la  ve- 
remos reproducWa  por  don  Juan  Manuel  en  el  Conde  Lucanor. 

2  Sobre  este  punto  es  digno  de  citarse  el  curioso  estudio  hecho  por  !Mr. 
Philarete  Ghasles  con  el  título  de  Yiaje  de  una  fábula. 


•  534  HISTOKIA   CIÚTICA    ÜE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

bien  los  novelistas  y  los  poetas  dramáticos,  han  puesto  en  contri- 
bución, tal  vez  ignorando  su  primer  origen,  los  antiquísimos  apó- 
logos de  Calila  el  Dimna,  si  bien  revistiéndolos  con  el  colorido 
propio  de  cada  nacionalidad  y  de  cada  época.  Y  para  que  pueda 
con  toda  facilidad  comprenderse  la  forma  en  que  estas  continuas 
trasformaciones  se  han  verificado,  conociendo  al  propio  tiempo  la 
que  dichos  apólogos  presentaron,  al  manifestarse  por  vez  primera 
en  la  lengua  de  Castilla,  bien  será  que  traslademos  á  este  lugar 
el  muy  aplaudido,  que  llegó  á  la  postre  á  versificar  el  popular 
Samaniego,  dándolo  el  título  de  la  Lechera: 

viDisen  que  un  religioso  [brahma]  auíe  cada  dia  limosna  de  casa  de  un 
))nieroador  rico,  pan  et  iniol  et  manteca  el  otras  cosas  de  comer;  et  comia 
wel  pan  ct  los  otros  comeres  et  guardaua  la  miel  el  la  manteca  una  jarra* 
j)Et  acaesció  que  encaresció  la  miel  et  la  manteca.  Et  estando  una  ve- 
ngada asentado  en  su  cama,  comencó  de  fablar  entre  sy,  et  dixo  assy: — 
3) Venderé  lo  que  está  en  esta  jarra  por  tantos  maravedís  el  conpraré  por 
3)ellos  diez  cabras  et  enprennarsehan  et  parirán  á  cabo  de  cinco  meses.  Et 
lífiso  cuenta  desla  guisa,  et  falló  que  fasta  cinco  años  montana  bien  qualro- 
3)cientas  cabras.  Desy  dixo: — Vcnderlohé,  el  conpraré  por  lo  que  ualieren 
M^ien  uacas,  por  cada  qualro  cabras  una  uaca:  et  aura  simiente  et  senbraré 
3)C0n  los  bueyes  et  aprouecharmehé  de  los  besserros  et  de  las  fenbras  el  de 
j)la  leche;  et  ante  de  los  cinco  anuos  passados  auré  dellas  et  de  la  leche  et 
j)de  la  crianza  algo  grande.  Et  labraré  muy  nobles  casas  el  conpraré  es- 
Dclauos  el  esclauas.  El  esto  fecho,  casarmehc  con  una  muger  muy  fer- 
wmosa  et  de  grant  linaie  et  noble;  et  enprennarsehá  de  un  fijo  uaron  con- 
wplido,  et  ponerlehé  muy  buen  nonbre  el  ensennarlehé  buenas  costumbres, 
))el  castigarlehé  de  los  castigos  de  los  reyes  et  de  los  sabios.  Et  si  el  cas- 
))tigo  el  el  ensennamiento  non  rescibiere,  ferirlohc  con  esta  uaraque  tengo 
))en  la  mano  muy  mal.  El  aleo  la  uara  el  ^la  mano,  diciendo  esto,  et  dio 
))Con  ella  en  la  jarra  que  tenie  á  la  cabecera  de  la  cama,  et  quebróse,  et 
^derramóse  la  miel  el  la jnanleca  sobre  su  cabecan  '. 

Tendremos  adelante  ocasión  de  ver  cómo  este  apólogo  se  mo- 
difica en  la  pluma  de  don  Juan,  hijo  del  infante  don  Manuel,  uno 
de  los  primerosj  escritores  castellanos  que  recogen  el  fruto  de  la 
imitación  del_arte  simbólico,  lo  cual  notaremos  también  respecto 

\  Es  el  apólogo  II  del  cap  VIH  y  XLIII  del  cód.  escur.  iij.  10.  9,  que 
lleva  este  título:  bel  religioso  que  vertió  la  miel  et  la  manteca  sobre  su  cabeza- 
Ocupa  la  pag.  37  de  la  cd.  de  Gayangos,  bien  que  connotablcs  variantes. 


11."  P\UTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   SSS 

de  otras  varias  fábulas  que  habían  tomado  plaza  en  la  literatura 
latina  desde  los  tiempos  de  Augusto.  No  tan  vulgarizados,  con- 
tiene el  libro  de  Calila  et  Dimna  otros  diferentes  apólogos,  dig- 
nos en  verdad  de  ser  conocidos  en  la  traducción  del  Rey  Sabio. 
Procurando  demostrar  que  no  debe  hallar  fé  en  los  demás  hom- 
bres quien  no  sabe  guardarla,  se  refiere  el  siguiente,  bajo  el  tí- 
tulo De  los  mures  que  comían  fierro: 

«En  una  lierra  auie  un  mercadero  pobre,  et.  quísose  yr  en  su  camino;  et 
))auíe  cienl  quhilales  de  fierro,  el  dexólo  en  encomienda  á  un  ome  quel  co- 
«noscie.  Et  fuesse  para  lo  que  auie  menester,  et  pues  que  fué  venido,  de-  l 
))mándogelo,  Et  aquel  ome  auielo  uendido  et  despendido  el  prescio  dello 
)>et  dixole: — Yo  lo  tenia  al  rencon  de  mi  casa  et  comiéronlo  los  mures. 
))Dixo  el  mercadero: — Yayo  oy  decir  muchas  vezes  quemas  foya  el  fierro 
)jquellos;  et  non  daríe  nada  por  eslo,  pues  tú  estorciste  bien  dellos.  Et  el 
))otro  pagóse  deslo  quel'  oyó  dezir,  et  dixol: — Come  et  beue  oy  comigo». — 
))El  prometióle  que  lornarie  á  él,  et  sallió  ende  et  guisó  commo  le  tomó  un 
))su  fijo  pequenno  quél  auie  et  leuólo  para  su  casa,  et  escondiól.  Desy  tor- 
wnóse  para  él,  et  el  otro  preguntol': — Viste  mió  fijo?  Dixole. — Vi  quando 
»fué  cerca  dallí,  un  azor  que  rrebató  un  ninno:  quizá  tu  fijo  era.  Et  el  otro 
).h1íó  grandes  bozes  et  quexó.se  et  dixo: — Viste  nunca  tal  azor  rrebatar  un 
Muinno? — Dixo  el  mercador: — En  la  tierra,  do  los  mures  comen  ciento 
«quintales  de  fierro,  non  es  marauiella  que  sus 'azores  rrebaten  los  yn- 
wfantes.  Et  eslonz  dixo  el  ome  bueno: — Yo  comí  tu  fierro  et  tósico  comí 
«et  metí  en  mi  vientre.  Dixo  el  mercador: — Pues  yo  tomé  tu  fijo.  Et  dixol, 
«el  ome: — Pues  dame  mi  fijo  et  yo  dartehé  lo  que  me  diesle  en  cncomien- 
»da.  Et  fuéfecho  asy»  '. 

Enriquecíanse  pues  en  esta  forma  la  lengua  y  la  literatura  cas- 
tellana con  los  maravillosos  despojos  del  Oriente,  no  tardando  en 
tener  imitador  el  egemplo  de  don  Alfonso,  según  queda  oportu- 
namente advertido. — Educado,  como  él,  con  el  mayor  esmero, 
aficionado  á  las  letras  orientales,  y  «con  amor  de  aprouechar  et 
))faser  bien  á  los  que  aman  la  sciencia»,  mandó  el  Infante  don 


\  Es  el  apólogo  XXXI  del  citado  códice,  último  del  referido  capítulo  III. 
Para  que  pueda  formarse  concepto  de  la  anárquica  variedad,  con  que  trasla- 
daban los  copistas,  haciendo  hoy  muy  difícil  la  adopción  de  un  texto  que 
pueda  ser  tenido  por  genuino,  hemos  copiado  este  apólogo  del  cód.  nj  x  4, 
de  la  Bibl.  Escur.  Comparado  con  la  publicación  del  señor  GayangoS,  son  ta- 
los las  variantes,  que  no  parecen  apólogos  de  una  misma  versión. 


530  HISTORIA    CHÍTIC.V    ÜE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Fadrique,  «fijo  del  muy  auenturado  et  muy  noble  rey  don  Fer- 
wrando  et  de  la  muy  sancta  reyna,  conplida  de  todo  bien,  doña 
í)Bealr¡s>),  trasladar  «de  aráuigo  en  castellano»  el  libro  de  los 
Engannos  et  Assayamicntos  de  las  mugieres  *.  No  perseveró  el 
Infante  en  la  ilustrada  afición  literaria,  que  se  descubría  en  seme- 
jante propósito:  antes  envuelto  en  los  disturbios  promovidos  por 
la  nobleza,  desterrado  de  Castilla  por  sus  desmanes,  y  avezado  á 
la  rebelión,  que  ensayaba  de  nuevo,  al  volver  al  suelo  patrio,  re- 
cibía en  1277  dura  y  feroz  muerte  por  mandado  de  su  propio  her- 
M  mano,  sin  que  aparezca  unido  su  nombre  íl  otra  nueva  produc- 
ción, ya  original,  ya  traducida.  El  Libro  de  los  Engannos,  que 
es  el  más  famoso  de  los  de  Sendebar,  pasabaála  lengua  de  Berceo 
y  de  Juan  Lorenzo  en  1291  de  la  Era,  1253  de  Cristo  -. 


1  El  único  Ms.  que  existe  de  este  precioso  monumento  literario,  que 
tanta  luz  viene  á  arrojar  en  la  historia  de  la  literatura  española,  es  propiedad 
del  Excmo.  Sr.  conde  de  Puñonrostro,  quien  a  la  menor  indicación  por  nues- 
tra parte  se  sirvió  franqueárnoslo  con  su  generosidad  acostumbrada.  Consta 
de  ciento  sesenta  y  tres  fojas  en  4.";  y  con  el  título  de  Conde  Lucunor,  en- 
cierra: 1.°  Este  celebrado  libro  (del  i.°  al  fól.  62  v.);  2."  el  de  los  Assaya- 
tnientos  et  Engannos  (del  62  v.  al  79  v.);  3.°  una  explicación  del  Padre  Nues- 
tro, y  el  Testamento  de  Alfonso  de  Cuenca,  físico  del  rey  (del  fól.  63  al  68); 
4.*'  una  epístola  de  San  Bernardo  a  Ramón  de  San  Ambrosio  (fól.  69  al  85); 
y  5.°,  finalmente  un  tratado  de  moral,  de  religión  y  de  ciencias,  que  recor- 
daremos en  sazón  propia,  compuesto  de  diálogos  entre  un  maestro  y  un  dis- 
cípulo y  compartido  en  ochenta  y  cuatro  capítulos,  que  ocupan  el  resto  del 
códice,  en  setenta  y  siete  fojas.  La  letra  de  todo  el  Ms.  es  del  siglo  XV. — La 
primera  noticia  que  de  él  tuvimos,  fué  debida  al  aplicadísimo  joven  don  Flo- 
rencio Janer,  cuyo  amor  á  la  ciencia  histórica  ha  encontrado  ya  premio  en  los 
concursos  públicos  de  la  Real  Academia.  Perteneció  este  códice  á  la  libreria 
de  los  condes  de  Santiago. 

2  Al  terminar  el  prólogo,  de  que  transferimos  las  cláusulas  acoladas,  se 
lee:  «Este  libro  fué  trasladado  en  nouenta  et  un  años»,  esto  es,  de  la  Era; 
pues  como  vá  dicho,  don  Fadrique  fué  ahogado  por  mandado  del  rey  don 
Alfonso  en  1277.  La  versión  arábiga  que  el  Infante  tuvo  presente  pudo  ser 
acaso  la  de  El-Arbaá-ben-Abdalaziz-ben-Salim,  citada  por  el  docto  Hammer 
Purgstall,  a!  dar  razón,  en  su  Historia  de  la  literatura  árabe,  de  las  Coleccio- 
nes de  Cuentos,  ya  originales,  ya  derivados  á  la  expresada  literatura  de  otras 
más  antiguas  (tomo  III,  pág.  3i7  á355). — Conveniente  juzgamos  añadir  aquí 
que  la  versión  latina  hecha  por  el  monje  de  Alta  Silva,  fué  Iraida  al  caste- 
llano con  título  de  Libro  de  los  siete  sabios  de  Roma,  é  impresa  en  Burgos 


•   II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   537 

Distinto  del  Calila  et  Dimna  en  el  fin  moral,  adonde  se  dirige, 
presenta  este  monumento  mayor  unidad  en  el  plan,  si  bien  no  es 
tan  rico  en  el  número  de  apólogos,  que  se  enlazan  al  principal 
asunto,  y  son  los  que  atesora  menos  varios.  Alcos,  rey  del  Orien- 
te, muy  querido  de  sus  vasallos,  tenia  noventa  mujeres,  sin  que 
hubiese  logrado  hijos  en  ninguna  de  ellas.  «Yaciendo  en  uno»  con 
la  que  más  amaba,  impetra  el  favor  divino  para  satisfacer  sus 
deseos,  y  obtiene  al  cabo  un  heredero  de  su  nombre.  La  educa- 
ción del  príncipe  es  objeto  de  sus  desvelos:  consultada  su  estre- 
lla, sabe  que  al  cumplir  la  edad  de  veinte  años,  se  verá  por  él  en 
grave  peligro  de  la  vida;  y  lleno  de  sobresalto,  intenta  torcer  la 
ley  del  destino,  encomendando  su  crianza  al  más  sabio  de  los  fi- 
lósofos.— (lendubete  [Sendebar],  que  es  el  escogido,  encerrado 
con  el  príncipe  en  magnífico  palacio,  instruyele  en  todos  los  sa- 
beres, hasta  que  llegado  el  momento  de  restituirle  á  su  padre, 
consulta  de  nuevo  su  estrella,  viendo  que  se  pondría  en  trabajo 
de  muerte,  si  hablase  antes  de  los  siete  primeros  dias.  Este  fallo 
estaba  conforme  con  el  primer  horóscopo,  y  no  sin  recelo  con- 
siente Sendebar  en  que  vuelva  el  infante  al  palacio  de  sus  mayo- 
res, si  bien  el  buen  natural  y  la  entereza  del  garzón  le  inspiraban 
grande  confianza.  Vanas  son  en  efecto  las  reiteradas  preguntas,  las 
súplicas  y  aun  las  amenazas  del  rey  para  que  el  príncipe  articule 
una  sola  palabra:  fiel  á  la  que  habia  empeñado  á  su  maestro,  ni 
le  ablandan  los  halagos,  ni  le  intimidan  los  rigores.  Una  de  las 
más  jóvenes  y  hermosas  mujeres  del  anciano  monarca  se  ofrece 
entre  tanto  á  vencer  el  tenaz  silencio  del  príncipe,  y  llevándole 
consigo  á  su  aposento,  mientras  procura  encender  en  su  pecho  el 
fuego  de  la  lascivia,  le  propone  dar  muerte  á  su  padre,  coronán- 
dose ambos  soberanos. 


por  Juan  de  Yunta  en  1530.  Más  adelante  tradujo  Pedro  Hurtado  de  Vera,  con 
nombre  de  Historia  lastimera  del  principe  Erasto  {Aniheres,  1579),  esta  mis- 
ma obra  sin  duda  de  la  versión  italiana  Li  compasionevoU  avenimenti  di  Eras- 
te, impresos  en  Venecia  el  año  de  1542.  De  todo  resulta  que  el  libro  de  los 
Engannos  et  Assayamientos  puesto  en  castellano  por  dilig-encia  del  Infante  don 
Fadrique,  fué  desconocido  en  el  siglo  XVI,  como  lo  ha  sido  hasta  ahora,  y 
que  siendo  una  versión  directa  del  árabe,  merece  mayor  estima  que  las  de- 
más, hechas  posteriormente. 


538  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA.  * 

La  saña  del  joven,  comprimida  largo  tiempo,  estalla  por  últi- 
mo, pronunciando  breves,  pero  terribles  palabras,  que  revelan  k 
la  infame  concubina  todo  el  peligro  en  que  su  liviandad  la  habia 
puesto.  Remedando  la  limpia  ira  de  la  inocencia,  rasga  entonces 
sus  vestiduras,  mesa  sus  cabellos,  golpea  su  rostro,  y  prorumpe 
en  lastimosos  gritos,  que  atronando  el  palacio,  acusan  al  gene- 
roso príncipe  del  mismo  crimen  con  que  Zuleika  habia  querido 
manchar  la  castidad  de  Joseph.  Irritado  el  rey,  decreta  su  muer- 
te; pero  llegando  esta  precipitada  resolución  á  noticia  de  los  siete 
sabios,  que  forman  su  consejo,  determinan  suspenderla,  narrán- 
dole cada  dia  una  historia  en  que  se  condene  el  arrebatado  obrar 
de  los  principes.  La  bella  y  desalmada  concubina  viene  también 
muy  de  mañana  á  recordarle  sus  fingidas  ofensas,  pidiéndole  ven- 
ganza, y  poniéndole  delante,  por  medio  de  nuevos  apólogos,  el 
peligro  de  la  dilación  en  castigar  la  afrenta  que  le  deshonra.  En 
esta  alternativa  de  cuentos  y  relaciones  contradictorias,  que  des- 
truyen y  rehabilitan  al  par  la  sentencia  lanzada  contra  el  prínci- 
})e,  trascurren  los  siete  dias  fatales;  y  compareciendo  Sendebar  y 
los  privados  ante  el  ofendido  monarca,  revela  su  hijo  á  presen- 
cia de  todos  el  crimen  de  la  comblesa,  siendo  esta  quemada  en 
una  caldera  en  seco,  para  escarmiento  de  sus  iguales  *. 

En  tal  manera  llegaba  á  la  literatura  castellana  el  libro  sáns- 
crito de  Sendebar,  mediado  apenas  el  siglo  XIII,  descubriendo  á 
vista  de  los  eruditos  algunas  de  las  fuentes,  donde  habia  bebido 
el  converso  Per  Alfonso.  Mas  si  este  se  propuso  en  su  Disciplina 
Clericalis  preparar  á  la  juventud  para  entrar  con  menos  peligro 
en  el  comercio  de  la  vida,  el  Libro  de  Sendebar  tenia  por  único 


\  Así  acaba  el  libro  castellano,  amoldándose  á  las  costumbres  de  la 
época:  en  el  primitivo  original,  reconocida  la  inocencia  del  príncipe,  tiene 
este  la  generosidad  de  probar,  por  medio  de  un  apólogo,  que  no  debe  su  acu- 
sadora ser  justiciada:  el  rey  quiere  que  por  lo  menos  se  la  mutile,  rasgo  ca- 
racterístico del  Oriente;  pero  contando  ella  otro  apólogo,  en  que  sostiene  que 
no  debo  ser  mutilada,  expia  su  crimen  con  un  castigo  humillante  y  público. 
Este  desenlace  no  podia  ser  admitido  por  el  Infante  de  Castilla,  y  lo  varió: 
el  apólogo  con  que  termina  su  versión  es  por  tanto  original  y  tomado  de  las 
costumbres  y  civilización  cristianas,  como  persuade  desde  luego  su  título: 
Lnxemplo  de  la  mttger  ít  del  clérigo  et  del  frmjre. 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUH.   53?) 

y  principal  objeto  precaver  al  hombre  de  las  travesuras,  engaños 
y  liviandades  de  la  mujer,  pintándola  repetidamente  con  el  más 
desapacible  y  odioso  colorido.  Dominada  de  sus  caprichos,  arras- 
trada de  sus  pasiones,  ningún  medio,  por  reprobado  é  ilícito  que 
sea,  omite  la  mujer  siempre  que  conduzca  al  fin  por  ella  apeteci- 
do, mostrándose  animada  de  espíritu  satánico  y  apareciendo  en 
todas  partes  como  el  genio  del  mal,  que  llena  de  amargura  la 
existencia  del  hombre,  lo  cual  le  quita  en  las  famosas  Leyes  de 
Manú  toda  consideración  y  aprecio.  Al  ver  delineado  en  este 
raro  libro  con  tan  persistente  fijeza  el  tipo  de  la  mujer  oriental, 
que  hallamos  asimismo  bosquejado  en  diversos  apólogos  del  Ptint- 
cha-Taníra,  y  que  se  reproduce  á  menudo  en  las  novelas  y  poe- 
mas de  los  árabes  *,  asáltanos  de  nuevo  la  consideración,  que 
expusimos  al  estudiar  el  Poema  de  Yusuf.  Si  este  es  el  tipo,  tan 
decantado,  de  la  mujer  oriental,  y  si  en  las  costumbres  y  en  las 
creencias  musulmanas  le  hallamos  íntimamente  encarnado,  pres- 
tando vida  y  color  á  las  producciones  de  moralistas,  narradores 
y  poetas,  ¿cómo  se  ha  de  admitir  la  vulgar  suposición  de  que  el 

i  La  condición  de  la  mujer  árabe  y  la  consideración  en  que  es  tenida  por 
los  hombres,  se  reconoce  desde  luego  en  el  Koram:  la  Sura  ó  Azora  XXXII [ 
previene  que  «vayan  siempre  con  el  velo  cubierto,  dejando  sólo  dos  ag-uje- 
wros  para  los  ojos»;  en  la  IV. ^,  versíc.  33,  se  dan  facultades  á  los  hombres 
«para  encerrarlas  y  azotarlas,  si  temiesen  su  maldad». — Cuando  la  ley  reli- 
giosa las  consideraba  en  esta  forma,  ¿puede  decirse  que  estaban  divinizadas 
por  el  amor?...  ¿Qué  significarla  entonces  la  poligamia?...  Lo  que  es  la  mu- 
jer árabe,  pintada  por  la  poesía  y  la  novela,  lo  dicen  muchas  anécdotas  de  ■ 
las  Mil  y  una  Noches,  así  como  las  recogidas  por  Ibn  Batutáh  en  los  veinti- 
nueve años  que  viajo  por  Asia,  el  archipiélago  índico  y  el  África  [1323  á 
1334],  entre  las  cuales  pueden  recordarse  las  del  Xeque  Chemal-Eddin-Asauy 
(Viaje  del  Kairo)  y  la  no  menos  picaiite  y  lastimosa  de  Abú-Abd-Alláh  Alga- 
ruaty  (Descripción  de  Medina).  Ni  son  tampoco  para  olvidados  el  cuento  del 
Cambista  de  Bagdad,  narrado  por  Ben  Jaldun,  inserto  en  el  Regalo  de  los  va- 
rones eruditos,  y  publicado  por  Rosegarten,  y  el  más  suelto  y  aun  obsceno 
del  Vestido  del  Rey,  incluido  por  el  famoso  Cazify  en  sus  Resplandores  de  una 
Estrella  brillante,  y  traido  al  castellano  desde  el  siglo  XVII.  Estos  solos  ci- 
tamos, por  no  formar  un  largo  catálogo.  De  todo  resulta  pues  que  la  mujer 
árabe  era  altamente  repulsiva  á  las  ideas  religiosas  y  morales  de  la  sociedad 
cristiana,  y  por  tanto  contraria  á  la  mujer  pintada  por  el  arte  español,  según 
queda  demostrado  en  el  examen  de  nuestros  primitivos  poemas  heroicos. 


:íIO  mSTOKIA    CKlTICA    DK    LA    LITEIIATURA    ESPAÑOL.V. 

respeto  debido  á,  la  mujer,  la  adoración  en  que  la  puso  la  caba- 
llería durante  la  edad  media,  provenia  del  Oi'ienle  y  se  comuni- 
caba á  nuestros  mayores  por  medio  de  los  áralies?...  Lo  que  los 
mahometanos  pudieron  traer  á  nuestro  suelo,  lo  que  se  propagó  á 
imestra  literatura  en  este  punto  y  pasó  de  ella  á  las  demás  occi- 
dentales, lo  explica  perfectamente  el  Libro  de  los  Engannos  ct 
Ássayamienlos  de  las  miujieres,  que  si  pudo  servir  en  el  Oriente 
y  aun  entre  los  mismos  árabes  como  un  cuerdo  avisador  de  los 
hombres,  se  convertía  entre  los  cristianos  en  verdadera  escuela 
de  liviandad,  disculpando  con  sus  lascivos  y  sueltos  apólogos  las 
hcenciosas  y  obscenas  novelas  que  un  siglo  después  se  introdu- 
cían en  //  Dccamerone  de  Bocaccio  '. 

Ni  juzguen  los  lectores  que  todos  los  apólogos  del  Libro  de 
Sendebar  se  resisten  á  la  decencia:  entre  los  veinticinco  que  en- 
cierra la  versión  castellana,  algunos  de  los  cuales  figuran  en  las 
Mil  y  una  Noches,  hallamos  hasta  ocho  que  revelando  no  poco 
ingenio,  pueden  leerse  sin  ofensa  de  las  buenas  costumbres,  y 
que  ofrecen  realmente  provechosa  dodrina  -.  Á  fin  de  que  puedan 
ser  apreciados  y  se  avalore  el  servicio  hecho  á  las  letras  españo- 
las por  el  Infante  don  Fadrique,  uniendo  durante  la  juventud  sus 
propios  esfuerzos  á  los  de  su  hermano  don  Alfonso,  será  bien 
que  traslademos  á  este  lugar  alguno  de  ellos.  Oigamos  el  primero 


\  Mr.  Caylus  {Mem.  de  la  Acad.  des  Inscrip.,  tomo  XX,  pág.  375);  Bar- 
bazan  [Recueil  des  Fabliaux  et  Cantes,  ele. ,  pref.);  Le  Grand  d'Aussi  (Recueü 
des  Fabliaux,  lomo  If,  pág-.  2S8),  y  otros  cn'lieos  del  pasado  siglo,  teniendo 
á  Per  Alfonso  por  escritor  francés,  declaran  que  debió  la  italiana  á  la  litera- 
tura francesa  muchos  de  sus  mejores  cuentos,  en  especial  de  //  Decamerone . 
La  primera  fuente  de  muchos  apólogos  que  Bocaccio  trasforma  en  bellas  no- 
velas, aunque  por  lo  común  demasiaflo  libres  y  aun  peligrosas,  eslá  en  los 
libros  orientales  citados,  y  la  gloria  de  haberlos  comunicado  d  Francia  é  Ita- 
lia, ya  con  la  Disciplina  Clericalis  de  Alfonso,  ya  con  el  Calila  y  Dimna,  ya 
con  el  Directorium  de  Capua,  ya  con  los  Assayamieníos,  corresponde  á  la  li- 
teratura española.  Lástima  fué  sin  duda  que  al  hacerles  tal  presente,  no  hu- 
biera ido  despojado  del  cinismo  oriental,  que  se  propagó  mas  de  lo  justo. 

2  Son  los  que  llevan  los  núms.  Xll,  Xill,  XVI,  XXIÍ,  XXIII,  XXIV  y 
XXV,  algunos  de  los  cuales,  así  como  el  dol  Palomo  et  la  paloma  que  aijun- 
taran  en  uno  el  trigo  en  s'i  nido  (el  XII)  y  el  de  los  Dos  ninnos  sabios  (el  XXIIl) 
ofrecen  verdadero  interés. 


11.*  PAP.TC,  CAP.  X.  SEG.  TRA3F.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   54Í 

de  todo  el  libro,  narrado  por  el  primero  de  los  siete  sabios  al  in- 
juriado anciano: 

«Oy  di^zir  que  un  rrey  que  amaua  mucho  las  mugieres  et  non  avie  otra 
))mala  manera  sinon  esta.  Et  seye  el  rrey  un  dia  encima  de  un  soberado 
))muy  alto  et  miró  ayuso  el  vido  una  muger  muy  fermosa  el  pagóse  mu- 
))cho  delta;  el  cnbió  á  demandar  su  amor  el  ella  dixol'  que  non  lo  podría 
))faser,  seyendo  su  marido  en  la  viella.  Et.quando  el  rrey  oyó  esto,  enbió 
))á  su  marido  á  una  fuesle.  El  la  muger  era  muy  casta  et  muy  buena  et 
))muy  entendida  el  dixo:  Sennor,  tú  eres  mi  Sennor  et  yo  so  lu  sierua  et 
))lo  que  lú  quisieres,  quiórolo  yo;  mas  yrmehé  á  los  bannos  afeylar.  Et 
))  juando  tornó,  dióP  un  libro  de  su  marido  en  que  auíe  leyes  el  juisios  de 
))los  rreyes  de  commo  escarnientauan  á  las  mugeres  que  fasian  adulterios, 
))el  dixo: — Sennor,  ley  por  esse  libro  fasta  que  me  afeyte.  El  el  rrey  abrió 
))el  libro  et  falló  en  el  primero  capitulo  cómo  deuia  el  adulterio  seer  defen- 
))dido,  et  ouo  grant  uergüencaet  pesól'  mucho  de  lo  quel  quisiera  láser,  et 
»)puso  el  libro  en  tierra  et  sallióse  por  la  puerta  de  la  cámara,  et  dexó  los 
walcórcolcs  só  el  lecho  en  que  eslaua  asentado.  Et  en  esto  llegó  su  marido 
'  »de  la  fuesle,  et  quando  se  asentó  él  en  su  casa,  sospechó  que  y  durmiera 
»el  rrey  con  su  muger  el  ouo  miedo,  et  non  osó  desir  nada  por  miedo  del 
«rrey  et  non  osó  entrar  do  ella  estaua.  Et  duró  esto  grant  sason;  et  la  mu- 
))gler  díxolo  á  sus  parientes  que  su  marido  que  la  auie  dexado  et  non  sa- 
))bia  por  qual  rrason.  Et  ellos  dixiéronlo  á  su  marido: — Por  qué  non  le 
«llegas  á  tu  mugcr?  Et  él  dixo: — Yo  fallé  los  alcórcolcs  del  rrey  en  mi 
wcasa  et  hé  miedo  el  por  eso  non  me  oso  llegar  á  ella.  Et  ellos  dixieron: — 
wVaymos  al  rrey  el  agora  démosle  enxenplo  daquesle  fecho  de  la  mugier; 
))et  si  él  entendido  fuere,  luego  lo  estenderá.  Et  estonce  entraron  al  rrey 
))et  dixieronl': — Sennor:  nos  auíemos  una  tierra  et  diemosla  á  este  ome 
» bueno  á  labrar  que  la  labrasse  et  que  la  desfructasse  del  fruclo  della,  et  el 
))físolo  asi  una  grant  sason  el  dexola  una  grant  pleca  por  labrar.  Et  el  rrey 
))dixo: — ¿Qué  dises  lú  á  esto?  Et  el  ome  bueno  respondió  et  dixo: — Uerdad 
«disen:  que  me  dieron  una  tierra  asy  como  ellos  disen,  et  quando  fuy  un 
))dia  por  la  tierra,  fallé  rastro  del  león  et  oue  miedo  que  me  combríe.  Por 
wende  dexé  la  tierra  por  labrar.  El  dixo  el  rrey: — Uerdad  es  que  entró  el 
wleon  en  ella,  mas  non  le  íiso  cosa  que  non  te  ouiese  de  faser,  nin  te  tornó 
«mal  dello.  Por  ende  toma  la  tierra  et  lábrala.  El  el  ome  bueno  tornó  a  su 
wmogier  el  preguntóle  por  qué  fecho  fuera  aquello,  et  ella  contógelo  todo 
wet  dixol'  la  uerdad  comol'  conleciera  con  el  rrey:  et  creyóla  por  las  sen- 
»nales  quel'  diera  el  rrey  et  después  se  fiaua  en  ella  mas  que  non  d'ante». 

Digno  es  de  notarse  que  en  este  gracioso  apólogo  encuentra  la 
crítica  algunos  rasgos  que  traen  á  la  memoria  la  conocida  anéc- 
dota bíblica  de  Uría,  así  como  todo  el  libro  de  Sendebar  nos  re- 
cuerda la  historia  de  Joseplí,  tan  aplaudida  en  Oriente. 


li\2  HISTORIA    CRlTlC.V    DE    LA    LITF.KATUnA    ESPaSOLA. 

El  lenguaje  y  estilo  de  la  versión  de  don  Fadriquc  no  se  apar- 
tan de  los  empleados  en  el  libro  de  Calila  el  Dimna,  vertido  al 
castellano  por  mandado  de  don  Alfonso,  en  cuyo  reinado  deben 
también  ponerse  otras  producciones  traídas  á  nuestra  literatura 
de  las  mismas  fuentes  orientales.  Distinguense  entre  todos  los  que 
llevan  por  título  el  Libro  dclBoniumó  Bocados  de  Oro,  y  Pori- 
dad  de  Pon'dades,  6  Enseñamiento  el  Castigos  de  Alexandre, 
los  cuales  corresponden  sin  ningún  linaje  de  dudas  al  primer  ter- 
cio de  aquel  glorioso  reinado.  Tienen  ambos  muchos  puntos  de 
contacto,  y  guardan  estrecha  analogía  con  los  ya  examinados  de 
las  Flores  de  Filosofía  y  de  los  Doce  Sabios.  El  pensamiento  de 
los  Bocados  de  Oro  se  halla  resumido  en  estas  palabras:  «Mucho 
))deuen  los  ornes  obrar  bien  et  punnar  sicnpre  en  oyr  buenas  co- 
))sas  de  buenos  oranes,  sennaladamente  daquellos  que  las  sepan 
))bien  desir,  et  punnar  en  oyr  los  libros  antiguos  et  las  estorias 
))de  los  grandes  fechos  et  los  conseios  et  los  castigos  et  los  pro- 
))verb¡os  que  los  sabios  et  los  philosophos  dixeron  et  muchos  que 
»dexaron  escriptos;  de  ios  qnales  uerá  et  oyrá,  muchas  et  buenas 
«rasones  en  este  libro  todo  ornen  cuerdo  et  de  buen  entendi- 
wmienlo,  que  aya  sabor  de  oyr  bien  et  sacar  alguna  pro»  *. 

El  artificio  de  que  el  autor  se  vale  es  el  siguiente:  Bonium,  rey 
de  Persia,  deseoso  de  alcanzar  la  sabiduría  de  la  India,  se  enca- 
mina disfrazado  á,  esta  región,  y  llegando  á  una  de  las  ciudades 
fronterizas,  sabe  de  boca  de  un  anciano  que  se  encuentra  próximo 
al  término  de  sus  deseos.  Al  penetrar  en  la  segunda  ciudad  le 
explica  un  predicador,  por  medio  del  apólogo  de  los  mirabolanos, 
citado  en  las  Flores  de  philosophia  2,  el  precio  de  la  ciencia;  y 
prosiguiendo  su  viaje,  arriba  por  último  á  la  gran  ciudad  de  los 
sabios,  siendo  conducido  por  uno  de  los  ciudadanos  al  portentoso 

i  Es  notable  la  semejanza  que  hay  enlre  estas  palabras  y  las  de  la 
ley  20.*  del  lít.  XXI  de  la  II.*  Partida,  donde  se  recomienda  que  «en  tiempo 
))de  par  aprendan  los  caballeros»  «por  oydo  et  por  entendimiento  las  esto- 
))rias  de  los  grandes  fechos  el  los  sesos,  faciéndolos  leer  et  retraer  como  or- 
))denaron  et  touieron  por  bien  los  antiguos».  ¿Precedió  acaso  el  Libro  del 
Bonium  a  la  redacción  del  código  referido?  Adelante  hallaremos  pruebas  tales 
que  nos  decidirán  sin  duda  por  la  afirmativa. 

2     Capítulo  YIII,  pág.  440. 


■  11  /  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   543 

palacio,  donde  tenían  los  más  doctos  su  morada.  Juanicio,  hijo 
de  Isahak,  que  se  contaba  entre  estos,  le  introduce  en  aquella  ve- 
nerable asamblea,  y  dándole  conocimiento  de  los  filósofos  y  do 
los  sabios,  le  muestra  el  libro  de  los  Enxemplos  et  de  los  Pro- 
verbios] explicándole  lo  que  debe  entenderse  por  sapiencia  otros 
cinco  ilustres  varones  que  estaban  apartados  de  todos,  como  los 
más  doctos  y  principales.  A.dmirado  y  contento,  pregunta  el  Bo- 
nium  á  su  guia  el  nombre  del  autor  de  aquel  maravilloso  palacio, 
y  Juanicio  le  declara  que  fué  edificado  por  los  gentiles  y  los  grie- 
gos, quienes,  para  excitar  el  deseo  de  la  ciencia,  lo  exornaron 
de  representaciones  históricas,  trayendo  á  él  los  hijos  de  los  re- 
yes, á  fin  de  que  ejercitados  en  el  estudio,  pudieran  gobernar  bien 
sus  pueblos.  El  deseo  de  permanecer  por  siempre  en  aquella  feliz 
morada  asalta  luego  al  rey  de  Persia;  pero  aconsejado  por  Juani- 
cio, se  resuelve  á  escribir  los  dichos  de  los  sabios,  para  hacer  más 
duradera  su  doctrina,  pensamiento  que  constituye  en  realidad  el 
libro  de  los  Bocados  de  Oro  i.  Numerosa  cohorte  de  filósofos  in- 
dios, griegos,  latinos  y  árabes,  cuyos  nombres  se  hallan  lastimo- 
samente corrompidos,  ministran  al  Bonium  la  ciencia  apetecida, 
formando  una  colección  abundantísima  de  máximas,  sentencias, 
proverbios  y  aforismos,  ya  relativos  á  la  religión  y  la  política,  ya 
á  la  astronomía  y  la  medicina,  ya  á  la  economía  y  á  la  higiene 
doméstica.  Sazónanla  y  hácenla  más  agradable  las  vidas  de  los 
filósofos,  cuyas  enseñanzas  se  exponen;  punto  en  que  se  trata  de 


1  Conviene  advertir  que  con  el  mismo  lítulo  de  Bocados  de  Oro  se  con- 
serva en  la  Biblioteca  Escurialense  un  cód.  signado  a.  IV.  9,  en  4.°,  el  cual 
encierra  la  exposición  de  los  dichos  más  célebres  de  veinticuatro  filósofos  ó 
sabios,  omitida  ya  la  forma  dramática  del  libro  de  Bonium.  Dicho  tratado  em- 
pieza: «En  el  nombre  de  la  sancta  et  non  partida  Trinidad  que  es  padre  et 
«fijo  et  Spiritu  sancto,  et  tres  personas  et  una  esencia  et  un  Dios  uiuo  et  ver- 
wdadero,  al  qual  todas  las  criaturas  deuen  seruir:  por  ende  aqui  comienca  un 
«libro  el  qual  se  llama  Bocados  de  Oro,  et  fué  acopilado  por  dichos  de  mu- 
))chos  philosofos,»  etc. — Al  fól.  25  v.  acaba  y  en  el  20  v.  se  hallan  las  sen- 
tencias de  Sulpicio,  sabio  en  las  siete  artes  liberales  (saberes),  así  como  las 
de  Justino,  que  era  muy  católico,  las  cuales  se  comprenden  desde  el  fól.  33  v. 
al  48  v. — Este  libro  parece  formado  sobre  el  Bonium,  Poridai  de  Puridades, 
y  otros  de  que  haremos  mención  oportuna. 


5U  HISTOIU.V    CrItICA    de    l.A    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Aristúleles  y  de  la  educación  de  Alejandro  con  no  poca  extensión, 
manileslando  así  el  prestigio  que  maestro  y  discípulo  alcanzaban 
entre  los  pueblos  orientales  ^ 

Pero  el  libro  del  Bonium,  aunque  originario  de  estas  regiones, 
no  puede  sin  embargo  considerarse  conro  primitivo  en  el  sentido 
del  Scndebar  y  del  Pantcha-Tantra,  con  los  cuales  se  pretendió 
unirlo,  aceptando  la  ficción  que  sirve  de  base  al  de  Calila  y  Dim- 
na.  Las  nociones  de  la  filosofia  griega  y  romana,  la  mención  de 
Galeno,  Segundo  y  Tolomeo,  que  florecen  todos  en  el  siglo  II  de  la 
Iglesia,  y  lo  que  es  más  notable,  la  exposición  de  algunas  doctri- 
nas de  los  Morales  de  San  Gregorio,  obra  que,  según  probaremos 
después,  ejerció  en  la  edad  media  no  pequeña  influencia  literaria, 
prueban  no  solamente  que  el  libro  del  Bonium  fué  escrito,  realiza- 
das ya  las  grandes  conquistas  de  los  Califas  de  Oriente,  sino  que 
admitió,  al  menos  tal  como  aparece  en  la  versión  de  que  trata- 
mos, la  influencia  del  cristianismo.  Esta  notabilísima  circuns- 
tancia ha  sido  acaso  motivo  para  que  el  único  autor  castellano 
que  hasta  ahora  se  ha  fijado  en  su  examen,  le  tenga  por  ori- 
ginal del  Rey  Sabio  ';  más  al  considerar  que  don  Jaime  I  de  Ara- 


\  En  algunos  Mss.  se  halla  al  final  del  Libro  del  Bonium  la  historia  de  la 
Princesa  Theodor,  que  en  lug-ar  oportuno  tendremos  presente. 

2  Hablamos  de  don  Rafael  Floranes,  que  en  sus  Memor.  del  Rey  don 
Alonso  VIH,  Apcnd.  XVI,  observa  que  uEl  Bonium,  leído  al  revés  dice  Muy 
imoble,  indicando  el  ing-enio  que  el  libro  presupone  á  don  Alonso  el  Sabio». 
Y  añade:  «Al  fin  casi  do  su  siglo  el  franciscano  Juan  Valense  en  la  Suma  de 
nRegimine  vitae  huinanae,  impresa  en  León  año  MDXf,  11.'^  Parle.  Breviloq, 
))cap.  o,  citó  así:  Sic  enim  narrat  Alfonsus  (Rex)  in  tractatu  suo  de  Prudentia: 
nMorluo  Alexandro,  cum  fieret  sibi  sepultura  áurea,  convenerunt  ibi  philosophi 
nplurimi»,  etc.  Todo  lo  cual  se  halla,  como  allí  lo  pone  en  este  libro  Bocados 
de  Oro,  en  romance.  Con  que  no  creo  hemos  perdido  del  todo  la  conjetura 
heclia  por  el  Rey  don  Alonso  el  Sabio».  La  indicación  de  Floranes,  tratándose 
de  autor  coetáneo,  ó  casi  coetáneo,  es  en  verdad  de  sumo  peso;  pero  no  de- 
termina del  todo  que  el  mismo  don  Alfonso  fuese  autor  original  del  Libro  del 
Bonium,  como  intenta,  pues  aunque  la  frase  sic  narrat  Alfonsus  parece  refe- 
rirse al  mismo  rey,  considerada  la  índole  de  este  libro  igual  á  la  de  la  mayor 
parte  de  los  que  se  trajeron  al  lenguaje  castellano  bajo  sus  auspicios,  no  es 
inverosímil  que  fuese  este  uno  de  los  muchos  ulibros  de  las  si-iencias  que  fiso 
nírasladar»  á  los  doctos  que  seguían  su  casa  y  corte;  y  que  lo  hubieron  de 
ejecular  no  sin  ingerir  oportunamente  los  testimonios,  doctrinas  y  sentencias 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DHL   ARTE  VULG.  ERUD.   51o 

gon  lo  ponia  casi  al  mismo  tiempo  en  coiitribucioü  para  escribir 
su  Libro  de  la  Sauiesa,  declarando  que  halló  en  las  obras  de  los 
filósofos  las  máximas  que  recogió  en  el  referido  tratado,  ó  seria 
necesario  dar  por  supuesto  que  don  Alfonso  lo  compuso  muyen 
la  juventud  para  que  pudiera  ser  utilizado  por  don  Jaime,  ó  lo 
que  parece  más  probable,  hay  qae  admitir  la  existencia  del  origi- 
nal como  anterior  á  la  edad  en  que  ambos  reyes  florecen  * . 

Y  lo  mismo  debe  asegurarse  respecto  del  libro  Poridat  de  Pa- 
ridades, atribuido  al  «filósofo  leal  Aristótil,  fijo  de  iXicomaco»; 
libro  que,  atestiguando  la  celebridad  alcanzada  por  Alejandi-o 
Magno  en  las  regiones  orientales,  consignada  al  par  en  historias 
y  poemas,  fué  puesto  en  árabe  por  mandado  de  uno  de  los  Mira- 
mamoUnes,  si  ya  no  es  que  se  escribió  en  realidad  bajo  sus  aus- 
picios, siguiendo  las  antiguas  tradiciones  2.  Como  el  Libro  de  los 


que  le  separan  algún  tanto  de  los  demás  tratados  orientales,  seg:un  expresa- 
mos en  el  texto.  Nótese  sin  embargo  que  en  muchos  libros  arábigos  penetran, 
como  después  advertiremos,  las  doctrinas  de  los  PP.  de  la  Iglesia. 

i  Una  observación  de  no  escasa  importancia  nos  ocurre,  al  comparar  am- 
bos libros:  en  el  catalán,  que  expresamente  se  dice  escrito  por  el  rey  don 
Jaime  (perqué  jo  rey  en  Jacme,  etc.),  se  omite  todo  lo  relativo  al  viaje  del 
rey  de  Persia,  perdiéndose  la  tradición  oriental  que  los  une  al  del  Pantcha- 
Tantra,  Sendebar,  etc.;  y  despojándole  de  la  forma  dramática,  con  que  los 
Bocados  de  Oro  empiezan:  al  mismo  tiempo  desde  el  cap.  IV  en  adelante  si- 
gue la  exposición,  casi  al  pié  de  la  letra,  el  orden  del  tratado  Poridat  de  Pu- 
ridades^ de  que  vamos  á  hablar  en  seguida.  Esto  nos  prueba  que  el  rey  don 
Jaime  tuvo  á  la  vista  las  dos  obras  para  formar  su  libro  de  la  Sauiesa.  ¿Eran 
las  originales?  Bien  pudo  ser,  y  á  esto  nos  inclinamos;  pero  como  el  movi- 
miento venia  de  la  corte  de  Castilla  desde  principios  del  siglo,  no  seria  tam- 
poco repugnante  el  admitir  que  tomara  el  Rey  Sabio  la  iniciativa  en  dispo- 
ner la  compilación  ó  traducción,  conservando  ambos  tratados  con  mayor  re- 
ligiosidad literaria.  El  códice  catalán  tiene  en  la  Biblioteca  Escurialense  la 
marca  j.  M.  29;  es  de  letra  del  siglo  XIU,  y  está  repetido,  aunque  una  y  otra 
vez  incompleto:  el  Libro  del  Bonium  se  ha  publicado  en  Sevilla,  149o;  Sala- 
manca, 1499;  Toledo,  1510;  Valencia,  1522,  y  Valladolid,  1527.  Nosotros 
nos  hemos  valido  del  Ms.  Bb.  59  de  la  Biblioteca  Nacional,  porque  nos  fia- 
mos poco  de  las  antiguas  ediciones,  respecto  de  las  obras  de  la  edad  media. 
2  En  el  códice  único  que  hemos  visto  de  este  tratado,  el  cual  se  guarda 
en  la  Bibl.  del  Escorial,  iij.  h.  1.,  después  del  título  indicado,  se  lee:  «Loado 
Msea  el  sennor  de  todo  el  mundo;  el  Mirabolin  mandó  á  mí  su  siervo  que  bus- 
wcase  el  libro  de  las  Paridades,  el  que  fiso  el  filósofo  leal  Aristótil,  fijo  de 
TOMO    IlL  55 


54(5  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?ÍOLA. 

Doce  Sabios,  al  cual  pudo  lal  vez  servir  de  modelo,  liene  por  ob- 
jeto principal  la  educación  de  los  reyes,  pi-escribiéndoles  las  ma- 
neras de  obrar  respecto  de  sus  pueblos,  de  sus  magnates  y  caba- 
lleros, íi  (juienes  deben  mantener  en  [)az  y  eivjuslicia,  atendiendo 
á  la  defensa  y  guarda  del  Estado  y  á  la  dignidad  de  sus  propias 
personas.  Terminada  esta  manera  de  introducción,  que  tuvo  muy 
presente  el  rey  don  Jaime  para  el  citado  Libro  de  la  Sauiesa  *, 
se  entra  en  la  exposición  de  la  doctrina,  avalorando  las  excelentes 
máximas  y  sentencias  morales  y  religiosas  que  le  dan  vida,  con 
oportunas  citas  y  recuerdos,  no  solamente  de  los  filósofos  grie- 
gos, sino  también  de  las  Sagradas  Escrituras.  Una  especie  de  la- 
pidario, semejante  al  de  Rabbí  Mosca,  de  que  hablaremos  en  otro 
lugar,  sigue  á  esta  segunda  parte  del  libro  de  la  Poridat,  hallán- 
dose después  los  Enseñamientos  et  castigos  de  Alixandre,  donde 
advertido  lo  que  conviene  á  la  persona  y  dignidad  del  rey,  se  in- 
cluyen diferentes  epístolas,  escritas  por  Aristóteles  y  su  regio  pu- 
pilo, dando  en  ellas  y  en  los  restantes  capítulos  muchas  y  muy 
piovechosas  lecciones  de  política  y  de  moral,  las  cuales  no  fueron 
por  cierto  perdidas  para  el  Rey  Sabio,  según  nos  advierte  el  código 
inmortal  de  las  Partidas  *.  Notables  son  entre  otros  enseñamien- 


wNicomaco  a  su  discipulo  Alixandre,  fijo  del  rrey  Philipo  el  mayor».  Es  dig'no 
de  advertirse  el  empeño  que  ponen  los  orientales  en  dar  autoridad  á  sus  obras, 
refiriendo  su  origen  á  una  antigüedad  respetable:  el  libro  de  las  Paridades 
se  enlaza  en  esta  forma  á  los  del  Boniíim,  Sendebar  y  Pantcha-Tantra,  y  tes- 
tifica, respecto  de  Alejandro,  cuanto  dijimos,  al  tratar  del  Poema  de  Juan 
Lorenzo.  El  Rey  Sabio  adoptó  también  aquella  respetuosa  manera  de  ex- 
poner la  doctrina. 

1  Forman  en  efecto  la  última  parte  del  libro  catalán  estos  primeros  capí- 
tulos: don  Jaime  termina  hablando  udells  mañas  e  estaments  dells  reijs;  de  la 
y)j¡isliíia  e  dell  recline  a  maníenir;  dells  cauallers  e  de  lurs  mafias  e  dell  rechne 
lié  dells  faijzoiis  dells  fiomnes^y;  punto  en  que  se  ocupa  después  el  libro  de  las 
Poridades.  No  admite  pues  du.la  alguna  el  que  don  Jaime  extractó  su  tratado 
de  este  y  de  los  Bocados  de  Oro. 

2  Curioso  estudio  y  por  demás  interesante  seria  el  de  notar  punto  por 
punto  las  doctrinas  que  tomó  el  rey  don  Alfonso  para  el  código  inmortal  de 
las  Partidas,  de  este  y  de  los  demás  tratados  de  origen  sánscrito;  y  esta  in- 
vestigación, no  acometida  hasta  ahora,  daria  exacto  conocimiento  de  la  in- 
fluencia que  aquellos  libros  tuvieron  en  la  civilización  española.  Algo  hare- 
mos de  esto  en  el  cap.  XII:  entre  tanto,  y  para  que  no  se  nos  crea  por  nuestra 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG,  ERUD.   547 

tos  que  pudiéramos  citar,  las  advertencias  semi-frenológicas  que. 
dá  el  Estagirita  á  su  discípulo,  para  que  sepa  elegir  y  conservar 
amigos: 

«Las  compUsiones  [dice]  son  diuersas,  segunt  las  maneras,  el  las  naturas 
))seg-unt  los  ayuntamientos.  Onde  sabed  quel  muy  aluo  et  muy  ruuio  et 
wdemas  garco  es  sennal  de  desuergoncado  et  de  traydor  et  fornicioso  et  de 


palabra,  sobre  notar  que  desde  el  proheraio  alude  á  este  raro  libro,  sin  salir 
de  los  primeros  títulos  de  la  11.^  Partida,  en  que  trata  del  rey  y  de  su  casa  y 
reino,  vamos  á  exponer  aquí  pruebas  suficientes  de  la  observación  apuntada. 
La  ley  IL^  del  tít.  IV,  dice,  tratando  del  comedimiento  en  el  hablar:  «Et 
))sobre  esta  razón  fabló  Aristóteles  al  rey  Alexandre»,  etc.  La  IV.*  del  tít.  V 
decia:  «Et  sobre  esto  castigó  Aristóteles  al  rey  Alexandre»,  etc.  La  IX.*,  en 
orden  á  las  buenas  costumbres  del  príncipe:  «Segunt  mostró  Aristóteles  et  los 
«otros  sabios)),  etc.  La  XIV.*,  á  propósito  de  la  mesura  en  la  cobdi^ia:  «Ca 
wsegunt  dixo  Aristóteles  á  Alexandre,  el  mejor  tesoro  que  el  rey  ha  et  el  que 
wmas  tarde  se  pierde,  es  el  pueblo»,  etc.  La  XVIII.*,  recomendando  la  fran- 
queza: «Dixo  Aristóteles  á  Alexandre  que  el  que  púnase  de  auer  en  sí  fran- 
«queza...,  ganarle  el  amor  et  los  corazones  de  las  gentes».  La  11.^  del  tít.  IX, 
aconsejando  el  género  de  hombres  que  debe  el  rey  admitir  á  su  servicio:  «Se- 
»gunt  el  conseio  que  dio  Aristóteles  á  Alexandre  sobre  el  ordenamiento  de  su 
wcasa»,  etc.  La  V.*,  sobre  los  consejeros  del  rey:  «Por  esso  dixo  Aristóteles 
»á  Alexandre  cómo  en  manera  de  castigo»,  etc.  La  VI.*,  sobre  los  ricos  omes: 
«Por  ende  conseió  Aristóteles  á  Alexandre»,  etc.  Y  lo  mismo  las  leyes  JX.*, 
X.*,  XI.*,  XVI.*,  XX.*  del  referido  título  y  otras  muchas  de  los  siguientes. 
Pudiera  tal  vez  suponerse  que  don  Alfonso  aludía  en  todos  estos  pasajes  al 
Poema  de  Alexandre,  donde  aconseja  el  Estagirita  á  su  discípulo,  como  he- 
mos notado  en  su  lugar;  pero  no  es  así:  porque  sobre  abarcar  las  citas  mu- 
chos puntos  que  no  se  tocan  en  el  Poema,  y  referirse  de  continuo  á  los  oíros 
sabios,  el  rey  habla  terminantemente  del  Libro  de  los  Enseñamientos  et  casti- 
gos: en  la  ley  I.*  del  título  IX,  definiendo  el  oficio  y  los  oficiales,  escribe:  «Et 
»por  ende  Aristóteles  en  el  libro  que  fizo  á  Alexandre  en  queV  mostró  cómo 
^ydeuie  ordenar  su  casa  et  su  señorío,  diole»,  etc.  El  libro  hecho  por  Aristóte- 
les, en  que  constan  los  dichos  de  los  oíros  sabios,  según  se  creía  en  el  si- 
glo XIII,  es  el  de  la  Poridat  de  Paridades,  que  era  en  consecuencia  conocido  y 
seguido  del  rey  de  Castilla  antes  de  d2o7,  en  que  se  escribió  la  II.*  Parti- 
da.— La  misma  prueba  produce  el  examen  de  la  Grande  et  General  Estoria, 
que  en  el  capítulo  siguiente  estudiamos,  si  bien  esta  se  escribe  después  de 
1270.  Los  Enseñamientos  de  Alexandre  fueron  trascritos  á  ella  casi  al  pié 
de  la  letra,  después  de  narrarse  los  famosos  hechos  y  la  muerte  del  héroe 
(Parte  IV.",  cap.  XLV);  relación  que  tomaba  el  Rey  don  Alfonso  de  otro  libro 
oriental,  designado  por  él  bajo  el  título  de  Las  Estarlas  de  Egi/pto. 


5>S  HISTOIUA    CKITICA    DE    LA    LITF.UATIÜU    ESrAÍJüLA. 

"poco  spsso.  El  podes  esto  enlcndor  do  las  oiclanos  qiio  son  de  tal  facion, 
oca  todos  son  locos  el  traydores  el  desuorgonrados.  Puos  guardaluos  de 
«cada  uno  rmiio  el  garco.  Kl  sy  ouiore  con  eslo  la  fruenle  mucho  ancha 
»)et  la  barbiella  pequenna  el  las  maxicllas  grandes  et  el  cuerpo  roxo,  guar- 
»datuos  del  como  guardariedes  de  la  uíuora  mortal.  Otrosy  en  los  oios  ha 
«sennalcs  que  non  mienten  que  puede  ouie  entender  el  plaser  el  la  sanna 
»et  la  bienquerencia  el  la  malqucriencia:  el  el  que  ha  los  oios  garros  et 
))syn  piada  I  grandes  contra  fuera,  es  ynvidioso  et  peresoso  et  non  puede 
))ome  seer  seguro  del:  et  el  que  ha  los  oios  tenplados  nin  muy  grandes  nin 
»muy  pequennos,  entrados  contra  dentro  et  negros,  es  dispierlo  et  en- 
«tendido  et  ama  lealtal;  et  sy  fueron  tendidos  con  longura  del  rostro, 
«muestra  ques  engannoso:  el  el  que  lia  los  oios  senieiand'  oios  de  las  bes- 
))lias,  aterreseidos  el  de  poco  mouimiento,  aniorlescidos  en  cafar,  es  engan- 
wnoso  el  ladrón  el  traydor  et  mentiroso.  Et  el  que  ouiese  los  oios  bermeios, 
))es  esforcado  et  entremetido;  el  si  ouiesse  enderredor  de  los  oios  golas 
))amariellas,  es  peor  que  puede  seer  en  el  mundo,  Alixandre,  quando 
wuierdes  el  omne  que  mucho  uos  cata,  et  caladeslc  et  ha  uergüenc  a  de  uus 
«el  paresee  en  ("i  commo  onuie  que  rrie  syn  su  gradj  el  como  quel'  loran 
))los  oios,  sabel  que  uos  ama  el  que  uos  teme;  et  mayormiente  sy  ouiesse 
))en  él  las  sennales  de  ios  buenos  oios  que  ante  nombramos.  Et  sy  lo  ca- 
«tardes  el  lo  uierdes  syn  uergüenca  de  uos  el  syn  miedo,  sabet  que  uos 
»non  teme  et  ques  ynuidioso  et  que  uos  présela  poco,  et  non  seades  seguro 
))dél,  el  guardaluos  del  lodo,  ansy  como  de  nuestro  enemigo». 

El  vaticinio  de  su  propia  muerte  hecho  por  Alejandro;  el  enter- 
ramiento de  tan  celebrado  príncipe;  las  palabras  y  sentencias  que 
dixieron  los  sabios  sobre  su  sepulcro,  y  las  cartas  de  Aristóteles 
y  Olimpias,  lamentando  tan  inesperada  desgracia,  cierran  la  parte 
relativa  á  los  «enseñamientos  y  castigos»  del  hijo  de  Filipo;  ter- 
minándose todo  el  libro  con  una  abundante  y  varia  compilación 
de  los  buenos  proverbios  que  dixieron  los  filósofos  el  los  sabios 
antiyos,  titiles  para  todos  los  estados  y  situaciones  de  la  vida. 
Salpicada  esta  colección,  así  como  la  primera  parte  de  la  obra, 
de  máximas  visiblemente  tomadas  de  los  libros  bíblicos  y  aun  de 
los  Santos  Padres,  prueba  evidentemente  la  incontrastable  influen- 
cia del  sentimiento  religioso,  que  modificaba  todo  elemento  de 
cultura  extraño  á  la  civilización  española,  y  que  infundía  deter- 
minado carácter  á  todas  las  producciones  literarias.  Condición  es 
esta  que  habían  reconocido  ya  otras  muchas  obras  traídas  á  nues- 
tro suelo,  y  á  que  hubo  por  tanto  de  sujetarse  el  arte  oriental, 
ya  al  coinniiicarnos  la  iornuí  simbólica,  ya  al  aparecer  simple- 


II.   PARTE,  CAP.  X.  SRG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   540 

mente  didáctico  ^.  Ni  ¿qué  utilidad  y  prestigio  hubieran  tampoco 
alcanzado  estos  libros,  sin  fundir  de  nuevo  su  doctrina  en  el  mol- 
de propio  y  genuino  de  la  cultura  española?...  Imposible  era  que 
se  ocultara  al  Rey  Sabio  esta  necesidad  de  toda  obra  de  ingenio 
que  intentase  tomar  carta  de  naturaleza  en  nuestra  literatura;  y 
ora  dispusiera  la  versión  del  libro  de  la  Poridat  antes  de  subir 
al  trono,  ora  en  los  primeros  años  de  su  reinado,  que  es  lo  más 
verosímil  '2,  sobre  no  serle  dado  desprenderse  de  sus  propias 
creencias  religiosas,  tampoco  le  era  posible,  como  príncipe  cristia'- 
no,  derramar  entre  sus  vasallos  sin  legítima  censura  doctrinas  peli- 
grosas ó  palpablemente  nocivas.  Todas  estas  razones  juntas,  y 
cada  una  de  por  sí,  contribuían  pues  á  alterar  en  parte  la  flsono- 
mia  interior  de  estos  peregrinos  libros,  que  conservaron  sin  em- 
bargo, aunque  algo  alteradas,  las  formas  exteriores,  sirviendo 
más  adelante  de  modelo  á  otros  enteramente  originales,  preciosas 
joyas  de  la  vulgar  literatura. 

Sin  apartar  la  vista  de  las  orientales,  escribía  también  el  rey 
don  Alfonso  el  libro  de  los  Juegos  de  Acedrez,  dados  et  tablas, 
cuya  invención  atribuía  á  la  India  en  la  siguiente  anécdota: 

((Segunt  cuenfaa  en  las  yslorías  anligiias,  en  India  la  mayor  ouo  im 
))rey  queamaua  mucho  los  sabios  el  teníelos  siempre  coñsig-o  et  l'azieles 
«mucho  á  menudo  razonar  sobre  los  fechos  que  nascíen  de  las  cosas  et 
wdestos  auie  y  tres  que  leníen  sennas  razones.  El  uno  dizíe  que  ualíe  mas 


1  Véase  la  pág.  o44.  Si  no  fueran  excesivamente  extensas  las  notas  del 
presente  capítulo,  pondríamos  aquí,  según  teníamos  determinado,  algunos 
apólog-os  y  sentencias  en  que  resalla  vivamente  la  doctrina  cristiana.  No  pa- 
saremos, sin  embarg-o,  en  silencio  que  en  la  Bibliotheca  Arábico-Hispana  de 
Casiri,  con  el  número  MCCXXV  se  describe  un  códice,  sin  principio  ni  el  año 
á  que  corresponde,  que  como  el  libro  de  las  Paridades  encierra  con  la  doctrina 
de  Platón  y  Galeno,  la  de  Gregorio  Nacianzeno  y  de  otros  Padres,  terminando 
también  con  la  vida  de  Alejandro.  ¿Fué  este  el  original  de  que  se  valió  el 
traductor  ó  imitador  castellano?...  De  cualquier  modo,  es  muy  notable  la  cir- 
cunstancia de  haber  penetrado  en  los  libros  árabes  que  se  escriben  después 
que  el  Koram,  la  doctrina  evangélica. 

2  Esta  observación  está  probada  con  lo  expuesto  arriba,  inclinándonos  á 
creer  que  lo  mismo  hubo  de  suceder  con  el  libro  del  Bonium,  cuyas  doctri- 
nas se  hallan  también  conformes  con  muchas  leyes  de  Partida,  en  que  $e 
mencionan  los  dichos  de  ¡os  sabios.  Véase  el  cap.  XII. 


550  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPASüLA. 

»seso  que  uenlura,  ca  el  que  uiuíc  por  el  seso,  fazíe  sus  cosas  ordenada- 
«mienlre  el  aunque  jKírdiesse,  que  non  auíe  y  culpa,  pues  que  fazie  lo 
«quel  conuinie.  El  el  olro  dizíe  que  mas  ualíe  uenlura  que  seso;  ca  si  uen- 
»lura  ouiesse  de  perder  ó  de  ganar,  que  por  ningún  seso  que  ouiesse  non 
"podríe  eslorcer  dello.  El  leroero  dizíe  que  era  meior  qui  pudiese  ucuir, 
«lomando  de  lo  uno  el  de  lo  ál;  ca  psIo  era  cordura,  ca  el  seso  quaiilo 
»meior  era,  lanío  auíe  y  maior  cuydado  cómo  se  podiesse  fazer  con)pl¡(la- 
wmienlre;  el  olrosy  en  la  uenlura  quanlo  mayor  era,  que  lanío  auíe  y  ma- 
"ior  peligro,  porque  non  es  cosa  cierla.  Mas  la  cordura  derecha  era  lomar 
)>del  seso  aquello  que  enlendiesse  omne  que  mas  su  pro  fiziesse,  el  de  la 
Duenlura  guardarse  omne  de  su  damno  lo  más  que  podiesse  el  ayudarse 
)>della  en  lo  que  fuesse  su  pro.  El  desque  ouieron  dichas  sus  razones 
)>mucho  affmcadas,  mandóles  el  rey  quel'  aduxiosse  ende  cada  uno  mues- 
wlra  de  prueua  daqucllo  que  dizíen,  el  dióles  plazo  qual  lo  demandaron. 
)»El  ellos  fueronse  el  calaron  sus  libros  cada  uno,  segunl  su  razón.  El 
»quando  llegó  el  plazo,  uinieron  cada  uno  aniel  rey  con  su  mueslra.  Et 
))el  que  leníe  razón  del  seso,  Iroxo  el  acedrez  con  sus  juegos,  mostrando 
«que  el  que  mayor  seso  ouiesse  el  esludiesse  aperecbido,  podríe  uencer 
wall  olro.  El  el  segundo  que  lenie  la  razón  de  la  uenlura,  Iroxo  los  da- 
rdos, mostrando  que  non  ualíe  nada  el  seso,  sinon  la  uenlura,  segunl  pa- 
«rescíe  por  la  suerte,  llegando  el  omne  por  ella  á  pro  et  á  damno.  El 
»lercero,  que  dizíe  que  era  meior  lomar  de  lo  uno  et  de  lo  ál,  Iroxo  el  ta- 
))blero  con  sus  tablas  contadas  el  puestas  en  sus  casas  ordenadamienlre 
»el  con  sus  dados  que  los  mov'iosen  por  jugar,  segunl  se  muestran  en  este 
«libro  que  fabla  separadamientre  deslo,  en  que  faze  entender  que  por  el 
))iueg^o  dellas  que  el  que  las  sopiere  bien  Jogar,  que  aunque  la  suerte  de 
«los  dados  le  sea  contraria,  que  por  su  cordura  podrá  jogar  con  las  ta- 
«blas,  de  manera  que  esquiuará  el  damno  quel'  puede  uenir  por  la  auen- 
«tura  de  los  dados»  *. 

Presentada  así  la  clave  de  los  diversos  juegos,  que  se  cora- 


1  El  códice  de  los  Juegos  de  a<;edrez,  etc.,  tiene  en  la  Bibl.  del  Escorial 
la  marca  j.  T.  6:  es  un  mag-nífico  tomo  fól.  m.,  escrito  en  rico  pergamino, 
letra  del  sig-lo  XIII,  exornado  de  curiosas  miniaturas,  de  gran  precio  para  la 
historia  del  traje  español,  y  desdichadamente  maltratado,  por  ser  uno  de  los 
Mss.  que  de  continuo  se  enseñan  á  doctos  é  ignorantes.  Al  final  se  lee:  «Este 
«libro  fué  comentado  et  acabado  en  la  cibdat  de  Sevilla,  por  mandado  del 
»muy  noble  rey  don  Alfonso,  fijo  del  muy  noble  rey  don  Ferrando,  et  de  la 
«reyna  doña  Beatris,  sennor  de  Castiella  et  de  León,  de  Toledo,  de  Gallisia, 
«de  Cordoua,  de  Murcia,  de  lahen,  de  Badaioz,  et  dell  Algarljc,  en  trcynla 
»et  dos  annos  quel  rey  sobredicho  regnó.  En  la  era  de  mili  et  trezientos  ct 
»veynt  et  un  annos».  El  apólogo  copiado  aparece  inserto  en  el  prólogo.. 


II.  PARTE.  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG,  ERUI).   551 

prenden  en  este  notable  libro,  explica  el  Uey  Sabio  los  distintos 
modos  de  ajedrez,  comparándolos,  según  lo  había  hecho  ya  Rabbi 
Abraham  ben  Meir  aben  Hezra,  con  los  movimientos  de  ejércitos 
beligerantes  ^;  y  se  ocupa  después  en  la  definición  de  los  dados, 
cuyas  suertes  designa  con  los  nombres  de  triga,  azar,  marlota, 
riffa,  par  con  ás,  ranquist,  medio,  azar,  azar  puiado  y  giiir- 
guiesca  ^.  Con  los  títulos  de  las  quince  tablas,  los  doce  canes  ó 
hermanos,  el  doblet,  las  fallas,  seys  dos  ás,  emperador,  medio 
emperador,  la  pareia  de  entrada,  cal  é  quinal,  todas  tablas, 
laquet,  la  buffa  corlessa,  la  buffa  de  Baldrac  y  el  reencon- 
trar señala  asimismo  las  diferentes  peripecias  de  las  tablas,  vol- 
viendo á  tratar  del  grant  acedrez  que  fué  fecho  en  la  India,  en 
el  cual  se  empleaban  aves  et  bestias  estrannas  ^,  y  describiendo 
finalmente  otras  diversas  maneras  de  ajedrez,  que  se  jugaban  por 
astronomía  '*.  El  libro  de  los  Juegos  del  Rey  Sabio,  aunque  es- 
crito para  común  recreación,  conforme  advertimos  en  el  anterior 
capítulo,  estaba  pues  vedado  en  esta  última  parte  á  los  que  care- 
cían de  ciertas  nociones  de  aquella  ciencia,  manifestando  clara- 
mente la  estimación  en  que  la  tuvo  el  soberano  de  Castilla:  el  re- 
cuerdo continuo  de  las  costumbres  orientales  y  la  invocación  no 
menos  frecuente  de  India,  la  mayor,  hermanándolo  con  los  tra-  ¿z' 
tados  ya  referidos,  le  comunicaban  extraordinaria  novedad,  la 
cual  se  aumenta  en  gran  manera,  al  examinar  el  códice  original, 
exornado  de  bellas  miniaturas,  en  que  resalta  el  gusto  especial 
de  la  arquitectura  arábiga  ^. 


1  Fól.  1.0  al  64. 

2  Fól.  63  V.  al  71. 

3  Fól.  72  al  79. 

4  Fól.  80  al  97,  en  que  todo  el  códice  termina. — Al  fól.  95  está  el  Juego 
de  los  escaques  por  astronomía . 

5  En  efecto:  todos  los  edificios  que  se  representan  en  las  miniaturas  son  ^ 
de  esta  arquitectura;  prueba  evidente  del  efecto  producido  en  nuestros  pa- 
dres, durante  el  sig^lo  XIII,  por  el  espectáculo  de  las  comarcas  andaluzas, 
donde  sorprendieron  de  lleno  la  civilización  musulmana.  El  cód.  de  los  Jue- 
gos es  bajo  este  concepto  uno  de  los  monumentos  más  interesantes  en  la  his- 
toria de  las  artes  españolas,  y  habrá  de  ser  útil  desde  luego  para  la  de  los 
trajes  y  muebles,  si  los  señores  don  Florencio  Janer  y  don  Isidoro  Lozano  lo- 


532  HiSTüuiA  ciilric.v  DE  LA  lueiiatüha  española. 

Más  enlazado  coa  las  costumbres  españolas  y  con  las  habitua- 
les ocupaciones  de  la  nobleza  se  halla  el  tratado  de  la  Montería, 
publicado  con  el  nombre  de  Alfonso  XI.  No  vaciló  en  efecto  Ar- 
gote  de  Molina  en  dar  por  reí^uelto  que  fué  mandado  escribir  por 
el  vencedor  del  Salado,  adelantándose  á  sentar  que  lo  compusie- 
ron sus  monteros  y  presentilndole  dividido  en  tres  diferentes  li- 
bros. Pero  sobre  atribuir  á  los  refei'idos  monteros  una  ilustración 
muy  superior  á  su  estado,  sobre  alterar  de  propia  autoridad  el 
texto  del  prólogo,  introduciendo  cláusulas  ajenas  al  propósito  del 
verdadero  autor  ^  ignoró  sin  duda  aquel  diligente  investigador 
que  los  hijos  de  Fernando  III  (y  señaladamente  el  rey  don  Al- 
fonso) fueron  muy  grandes  cazadores,  habiendo  introducido  así 
en  la  montería  como  en  la  volatería  nuevos  lances  de  guerra  ^, 
y  no  llegó  sobre  todo  á  averiguar  que  el  mismo  rey  había  escrito 
tres  diversos  tratados:  de  la  Venación,  de  la  Cetrería  y  de  la 
Pesca.  Conocidos  estos  antecedentes  y  examinado  con  verdadero 
espíritu  critico  el  Líl)ro  de  la  Montería,  en  cuyo  prólogo  se  re- 
producen casi  textualmente  las  razones  que  alega  el  Rey,  al 
acometer  sus  empresas  literarias  2,  seguro  es  que  no  hubiera  Ar- 


graii  dar  cima  á  su  publicación  en  facsímiles,  empezada  en  los  momentos  en 
que  imprimimos  estas  lineas. 

\  Argote,  después  de  suponer  arbitrariamente  que  el  tratado  se  parte  en 
tres  libros,  ingiere  en  el  prólogo  estas  líneas  respecto  del  último:  aEl  tercero 
»fabla  de  los  montes  de  nro.  Señorío,  en  quáles  comarcas  son  buenos  de  in- 
Muierno  y  de  verano».  Estas  palabras,  que  se  acuerdan  muy  mal  con  la  de- 
claración de  que  fué  escrita  esta  obra  por  los  monteros  de  Alfonso  XI,  fallan 
en  los  códices  del  Escorial,  á  que  aludimos  en  el  texto. 

2  Asegúralo  así  don  Juan,  hijo  del  infante  don  Manuel,  en  su  Libro  de 
la  Caza,  cód.  de  la  Bibl.  Nac. .  S.  3i,  fól.  210. 

3  Al  hablar  de  los  libros  orientales,  hemos  notado  que  sus  autores  bus- 
can la  autoridad  de  la  doctrina  en  la  antigüedad  y  aplauso  de  la  misma.  No 
otra  cosa  sucede  al  rey  don  Alfonso.  Así  le  vemos  invocar  frecuentemente  a 
los  sabios  antigás:  en  el  prólogo  de  la  Estoria  de  Espanna  dice,  por  egem- 
plo;  «Los  sabios  antigos  que  fueron  en  los  primeros  tiempos  et  fallaron  los 
«saberes  et  las  otras  cosas»,  etc.  Y  adelante:  «Los  sabios  ancianos  escribie- 
»ron  los  fechos»,  etc. — En  el  del  Libro  de  los  Juegos:  «Queremos  amostrar 
«algunas  razones,  según  los  sabios  antigos  dixeron»,  etc. — En  el  de  las  Par- 
tidas. «Las  buenas  razones  que  dixieron  los  sabios  que  entendieron  las  co- 
Msasw,  etc. — Y  lo  mismo  en  casi  todas  las  leyes  de  cslc  preciado  código.  En 


II.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   553 

gote  de  Molina  caido  en  tamaño  error,  confirmado  palmariamente 
en  la  declaración  que  nos  hace  el  príncipe,  su  sobrino,  en  el  tra- 
tado de  la  Caza:  «El  rey  don  Alfonso  (decia  don  Juan  Manuel) 
«deseando  el  saber...  et  pagándose  de  todas  las  cosas  nobles  et 
«sabrosas  et  aprouechosas,  entendiendo  que  en  la  caga  há  estas 
«quatro  cosas  muy  complidamente  á  los  que  quieren  usar  della, 
«como  deuen,  et  non  dexar  por  ella  otros  fechos  mayores,  ca  los 
wque  en  otra  manera  cacassen,  aunque  guardassen  el  sabor  et-la 
«apostura-  de  la  caca,  non  guardarían  la  noblega  nin  el  aprove- 
«chamiento;  por  ende  mandó  fazer  muchos  libros  buenos,  en  que 
))puso  muy  cumplidamente  (oda  la  arfe  de  la  caca,  también  del 
))cacar,  como  del  uenar,  como  del  pescar.  Et  puso  muy  compli- 
«damente  la  teórica  et  la  plática  como  conviene  á,  esta  arte;  et 
«tan  complidamente  lo  fizo  que  bien  cuydan  que  non  podrá  otro 
"^emendar  nin  añadir  ninguna  cosa  de  lo  que  él  fizo,  nin  aun 
y) fazer  tanto,  nin  también  como  él»  ^   Que  el  Rey  Sabio  com- 
puso entre  otras  obras  de  caza  y  pesca,  hoy  perdidas  ó  ignora- 
das, un  tratado  de  la  3fonteria,  fuera  incalificable  temeridad 
negarlo,  cuando  así  lo  abona  tan  excelente  testigo,  confesando 
al  par  que  habia  leido  mucho  en  él,  lo  cual  asegura  también  de 
las  demás  obras  de  aquel  monarca,  que  toma  por  modelo,  según 
probaremos  adelante:  que  dicho  tratado  comprendía  la  teórica  y 
h  práctica,  tampoco  habrá  quien  ose  ponerlo  en  duda,  oidas  las 
palabras  de  don  Juan,  hijo  del  Infante  don  Manuel,  ya  trascritas. 
Ahora  bien:  si  en  los  códices,  que  hemos  examinado,  alguno 
de  los  cuales  parece  anterior  al  reinado  de  Alfonso  XI,  consta  el 
tratado  de  la  Monteria  de  dos  solos  hbros,  dedicados  á  ilustrar 
la  teoria  y  \d. práctica  de  la  venación,  según  las  expresiones  del 
hijo  del  Infante;  si  la  manera  de  exponer  las  reglas  que  debe 
guardar  todo  montero,  ora  respecto  de  su  propio  guisamien- 


el  prólogo  do  la  Monteria  se  lee:  «Et  la  rason  porqué  fecimos  este  libro,  es 
wpor  que  es  verdad  que  los  sabios  antigos  que  fablaron  en  todas  las  cosas  na- 
wturalmente,  fallaron»,  etc. — ¿Puede  darse  mayor  semejanza  y  unidad  en  el 
modo  de  recibir  y  exponer  la  doctrina?...  Pues  esta  manera,  que  caracteriza 
una  época  en  la  historia  de  las  letras  españolas,  entre  los  reyes  de  Castilla 
sólo  cuadra  al  Rey  Sabio. 

1     Libro  de  la  caza,  cód.  S.  34  de  la  Bibl.  Nac,  fól.  201  v. 


5d4  HISTORIA    CKÍTICA    DE    LA    LITEUATURA    ESPAÑOLA. 

to,  ora  de  la  cria  do  sus  canes,  ora  de  los  lances  que  pueden 
acaecer  en  el  monte,  está  revelando  el  espíritu  crítico  y  didáctico 
que  distingue  al  Roy  Sabio;  si  el  primer  libro  presenta  ya  en  el 
«ordenamiento  del  fuero  de  la  libertad  el  de  los  dercclios  que  de- 
))uen  auer  los  monteros»,  claras  señales  de  que  era  debida  toda 
la  obra  á  un  príncipe  legislador  por  excelencia;  si  al  tratarse  en 
las  Partidas  de  «cómo  el  rey  debe  seer  mañoso  en  cazar»,  se  de- 
fine y  quilata  este  ejercicio  del  mismo  modo  y  casi  con  las  mis- 
mas palabras  que  en  el  prólogo  del  tratado  de  la  Montería  ' ;  y 
finalmente,  si  no  hay  en  los  demás  libros,  que  lo  componen,  re- 
ferencia, ni  alusión  alguna  al  hijo  de  doña  Maria  de  Molina,  ¿có- 
mo se  resolvió  Argote  á  dar  por  cosa  probada  lo  que  habia  de 
resultar  en  el  momento  del  examen,  no  sólo  dudoso,  sino  también 
contrario  á  sus  confiados  y  no  esclarecidos  asertos? 

Deslumhróle  sin  duda  otro  libro,  en  que  mencionándose  los  más 
nombrados  montes,  propios  para  la  venación,  se  alude  alguna 
vez  á  la  batalla  del  Salado  ^i  creyó  aquel  erudito  que  fijada  esta 


{  La  ley  XX.*  del  tít.  V  de  la  11.^  Partida  dice:  «De  las  cosas  que  falla- 
»ron  los  antiguos  que  más  tienen  pro  es  la  caca...  et  por  ende  tovieion  que 
«conviene  esto  mucho  á  los  reyes  más  que  á  los  otros  ornes  et  esto  por  tres 
«razones:  la  primera  por  alongar  su  vida  et  su  salud  et  acresccntar  su  cnten- 
«dimiento  et  redrar  de  sí  los  cuydados  et  los  pesares  que  son  cosas  que  em- 
«barg-an  muy  mucho  el  seso:  et  todos  los  ornes  de  buen  sentido  deuen  esto 
wfazer  para  poder  meior  venir  á  acabamiento  de  sus  fechos.  La  segunda  por 
«que  es  arle  de  sabidoría  de  guerrear  et  de  uencer,  de  lo  que  deuen  los  re- 
))yes  seer  mucho  sabidores»,  etc.  En  el  libro  de  la  Montería  se  lee:  «Los  sa- 
»bios  antigos  que  fablaron  en  todas  las  cosas  nafuralmiente,  fallaron  que  una 
»de  las  cosas  por  que  los  reyes  et  los  príncipes  et  los  grandes  sennores  po- 
))dian  mas  beuir  et  aucr  los  entendimientos  mas  claros,  era  por  catar  algunas 
«maneras  de  plaser  et  que  diessen  espacio  et  folgura  al  entendimiento,  el  que 
«con  esto  podrían  mejor  sofrir  el  cuydado  et  el  afán  del  librar,  ca  sy  sien- 
«pre  estouiesse  el  entendimiento  trabaiando  en  cuydar,  non  lo  podría  sofrir 
»et  enflaques9eria  et  podría  uenir  á  tornarse»,  etc.  Comprobada  nuestra  ob- 
servación, ocurre  preguntar  ¿cuál  de  las  dos  obras  fué  escrita  primero?...  La 
respuesta  es  muy  difícil,  bastando  á  nuestro  propósito  demostrar  la  identidad 
de  la  doctrina. 

2  En  el  cap.  XXX  del  libro  añadido  se  alude  á  dicho  acaecimiento  con 
estas  palabras:  «El  Colmenar  de  Pedro  Ximonez,  á  do  tomaron  el  infante  de 
«Benamarin,  qnando  á  la  de  Tarifa,  es  buen  monte  de  puerco»,  etc.  Dada  la 


II.'  PARTE,  CAP.  X.  SEG,  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD,   5a5 

fecha  y  apareciendo  así  completo  el  tratado  de  la  Montería,  no 
era  posible  recelar  de  que  se  componía  de  tres  libros,  habiendo 
sido  todo  él  escrito  en  el  reinado  y  bajo  los  auspicios  de  don  Al- 
fonso, el  último.  Mas  olvidó  ó  no  tuvo  en  cuenta  que  el  códice 
del  Escorial  que  lo  encierra,  sobre  ser  el  más  moderno  de  los 
existentes,  expresa  también  que  el  referido  tratado  se  partía  en 
solos  dos  libros,  circunstancia  característica  de  la  obra  del  Rey 
Sabio;  y  no  advirtiendo  que  el  segundo  terminaba  con  una  carta 
dirigida  á  Alvar  García,  magnate  gallego,  perito  en  la  venación, 
perdió  de  vista  la  gran  distancia  que  hay  entre  el  estilo  y  len- 
guaje de  la  parte  principal  y  de  la  añadida,  revelando  aquella  un 
hombre  de  ciencia,  dando  esta  razón  de  un  simple  aficionado  á  la 
montería.  Sin  la  incorrección  y  ligereza  con  que  están  escritos 
estos  apuntamientos,  acaso  nos  atreveríamos  á  creer  que  forma- 
ron parte  del  Libro  de  la  Caza  del  Infante  don  Juan  Manuel, 
libro  que  según  notaremos  en  su  lugar,  ha  llegado  á  nuestros  días 
yicompleto  '. 

El  tratado  de  la  Montería  del  rey  don  Alfonso  X,  dividido  en 
dos  libros,  abraza  pues  la  teórica  y  la.  práctica:  en  el  primero, 
compuesto  de  cuarenta  y  dos  capítulos,  habla  de  los  arreos  de  los 
monteros,  de  la  enseñanza  de  los  canes,  de  los  tiempos  y  modos 
de  preparar  y  rastrear  la  caza  y  disponer  el  monte,  de  las  diver- 
sas suertes  que  ocurren  con  los  venados  ya  de  día  ya  de  noche, 
de  la  diferencia  entre  la  montería  del  oso  y  del  jabalí  (puerco), 
de  la  que  existe  entre  la  cacería  de  invierno  y  de  verano,  del  en- 
carnar y  desencarnar  de  los  perros;  y  dando  razón  de  todos  los 
lances  relativos  á  la  venación  del  oso,  explica  el  modo  de  retirar- 
se y  retirar  del  monte  alanos  y  sabuesos,  no  sin  describir  sus  fe- 
churas  y  más  lindas  colores,  terminando  por  último  con  el  orde- 
namiento de  la  libertad  de  los  monteros.  Divídese  el  segundo  libro 


batalla  del  Salado  en  30  de  octubre  de  1340,  y  muerto  Alfonso  XI  en  marzo 
de  1350,  hay  que  suponer  escrito  este  tercer  libro  durante  la  década  com- 
prendida entre  una  y  otra  fecha,  si  ha  de  atribuírsele. 

i  El  erudito  Mr.  Adolfo  de  Puibusque  sospecha  más:  cree  que  todo  el 
tratado  es  el  que  don  Juan  Manuel  cita  en  sus  obras;  pero  con  error,  según 
demostraremos  al  examinarle,  advirtiendo  desde  luego  que  lo  conservado  de 
este  trata  sólo  de  cetrería. 


55(i  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITKUATL'RA    ESPAÑOLA. 

en  dos  parles:  la  primera  trata,  en  veintidós  capítulos,  de  las 
heridas,  contusiones  y  golpes  que  pueden  recibir  los  perros,  al 
luchar  con  osos  y  jabalíes,  exponiéndose  ai  par  la  manera  de  cu- 
rarlos (la  celugía):  la  segunda  tiene  por  objeto,  no  solamente  la 
designación  de  las  mejores  castas  y  los  medios  de  mejorarlas,  sino 
el  modo  y  forma  «cómo  se  deuen  melesinar  los  canes  de  todas 
)/Ias  dolencias  que  les  pueden  acaes^er»,  constando  de  cuarenta 
y  seis  capítulos,  el  último  de  los  cuales  es  la  carta  ya  refei-ida, 
«enbiada  á  Alvar  García  sobre  una  montería  que  le  acaesció  en 
«Gallisia»  '. 

Réstanos  examinar  el  libro  (pie  lleva  por  título  Septenario,  y 
con  él  cerraremos  este  primer  grupo  de  las  obras  del  rey  don 
.  Alfonso.  Conocemos  ya  el  objeto  y  la  ocasión  con  que  fué  escri- 
to, la  intervención  que  tuvo  en  él  Fernando  III,  y  el  error  de  los 
que  sin  haberlo  estudiado,  lo  confunden  con  las  Partidas  -.  Este 
error  lamentable,  que  ha  provenido  de  la  adulteración  del  testa- 
mento del  Rey  Sabio,  introduciendo  en  su  texto,  al  darlo  á  luz, 
una  nota  marginal  puesta  con  escaso  criterio,  no  sólo  se  ha- 
lla desvanecido  con  la  reciente  publicación  de  dicho  documento, 
hecha  por  la  Academia  de  la  Historia,  sino  que  no  hubiera  podido 

\  Esla  carta  se  halla  on  el  códice  más  anligiio,  que  tiene  en  la  Bibl.  Es- 
cur.  la  marca  ij.  Y.  m.  Los  magnates  galleg-os,  según  nos  dice  don  Juan 
Manuel  (y  parece  natural  dado  el  pais  en  que  moraban)  eran  muy  entendidos 
en  la  venación,  y  en  su  tiempo  se  distinguían  un  Rodrigo  Gómez  y  un  Gon- 
zalo Garcia,  hijo  tal  vez  de  Alvar,  á  quien  don  Alfonso  se  dirige.  El  códice 
indicado  «es  en  folio,  está  escrito  eii  grueso  papel  ccptí,  de  letra  según  pa- 
«recedel  siglo  XIII;  algunas  iniciales  son  encarnadas  y  otras  azules,  sin  otro 
«adorno:  los  títulos  ó  rúbricas  de  encarnado:  tiene  algunas  fojas  maltratadas, 
))y  faltan  algunos  capítulos».  Es  lo  notable  que  ofrece  diferentes  enmiendas 
(Rodríguez  d*-  Castro,  Bibl.  esp.,  tomo  II,  pág.  636).  ¿Serán  acaso  de  mano 
del  Rey?...  El  otro  códice  parece  escrito  á  fines  del  siglo  XIV:  tiene  las  se- 
ñales ij.  Y.  19.:  está  en  pergamino  avitelado,  lleva  las  iniciales  de  oro  lige- 
ramente iluminado,  y  no  presenta  enmienda  alguna,  conformándose  con  las 
del  anterior:  lástima  es  que  la  ignorancia  del  encuadernador  haya  trastrocado 
las  fojas  en  tal  manera  que  es  imposible  la  lectura,  sin  un  estudio  previo.  Uno 
y  otro  Ms.  acusan  de  inexacta  la  edición  de  Argote  de  Molina,  dedicada  ú 
Felipe  II  en  1582  (Sevilla,  por  Andrea  Tescioni).  Acaso  el  primero  os  el 
núm.  171  del  catálogo  de  los  libros  de  la  Reina   Isabel  I.'' 

2     Véanse  los  dos  capítulos  anteriores. 


11.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   537 

sostenerse,  á  reparar  en  lo  que  sobre  la  indicada  obra  habian  ya 
manifestado  algunos  escritores  nacionales  *.  Pulverízalo  sobre 
todo  el  análisis  del  mismo  Septenario,  que  aun  hallándose  incom- 
pleto en  los  dos  códices  del  Escorial  y  de  Toledo,  trasmitidos  á 
nuestros  dias,  dará  razón  en  la  forma  notada  en  el  anterior  capí- 
tulo del  propósito,  extensión  y  mérito  de  aquel  precioso  monu- 
mento. 

Comienza  pues  lo  consei"vado  exponiendo,  en  reverente  invo- 
cación, los  nombres  con  que  ha  sido  designado  entre  todos  los 
pueblos  el  Hacedor  Supremo:  apunta  después  don  Alfonso  las  ra- 
zones que  le  movieron  á  trazar  esta  obra,  y  haciendo  el  más  cum- 
plido elogio  de  su  padre  (parte  que  algunos  escritores  tienen  por 
la  vida  del  Santo  ^),  describe  gallardamente  el  reino  de  Sevilla, 
ponderando  sus  excelencias  y  bondades.  Tras  esta  manera  de  in- 
troducción, qne  abraza  hasta  el  capítulo  IX  dé  lo  existente,  y  que 

1  Rodriguez  de  Castro,  en  el  lomo  II,  pág-.  ti80  y  sigs.  de  su  Bibl.  Esp., 
puso  el  índice  de  los  capítulos  del  códice  del  Escorial,  marcado  P.  ij  20, 
describiéndolo  con  todo  esmero:  el  docto  Burriel  copió  en  sus  Memorias  para 
la  vida  de  San  Fernando,  pág.  2i6  y  sigs.,  los  nueve  primeros  capítulos  de 
lo  conservado  en  el  códice  tolelano,  que  se  guarda  en  el  Caj .  26,  n.**  14  de 
la  Biblioteca  de  aquella  Iglesia  Primada.  Este  códice  es  coetáneo  del  Rey  Sa- 
bio, como  prueba  el  facsímile.  En  cuanto  al  error  del  testamento  notó  ya  la 
Academia  de  la  Historia  en  su  edición  de  las  Partidas,  que  en  la  cláusula:  el 
libro  que  nos  fezikos  Setenario,  este  libro  es  las  siete  Partidas,  está  ingerida 
posteriormente  la  última  frase;  lo  cual  prueba  el  testamento  original,  donde 
se  lee  simplemente:  «Otrosí  mandamos  á  aquel  que  lo  nuestro  heredare  el  li- 
wbro  Setenario  que  nos  fezimos.  Mandárnosle  otrosí  lo  que  tenemos  en  Tole- 
do», etc.  {Mein.  Hisl.,  tomo  II,  pág.  126).  La  misma  Academia,  en  el  Infor- 
me t\c  {O  de  abril  de  1798,  antes  citado,  decía,  hablando  de  las  materias 
contenidas  en  dicho  libro:  «Es  una  obra  enciclopédica,  donde  á  la  explica- 
))CÍon  de  la  variedad  de  materias  que  comprende,  se  procede  constantemente 
«explicándolas  por  siete  medios  ó  [artículos,  cuya  división  pareció  al  autor 
Mser  la  más  ajustada  á  la  naturaleza  de  las  razones  y  al  método  de  hablar;  y 
»por  esto  le  llamó  Septenario». 

2  Tal  supone  el  docto  alemán  Luis  Clarus,  cuando  dice:  «En  un  Ms.  ha- 
Mllado  por  Sarmiento  en  Toledo  existen  otras  obras  compuestas  por  Alfon- 
))so.  En  primer  lugar  una  vida  del  rey  Fernando  su  padre,  en  la  cual  mani- 
»festó  también  su  inclinación  por  los  pensamientos  místicos.  Consagró  á  esta 
))vida  siete  capítulos»,  etc.  {Expos.  de  la  til.  esp.  en  la  edad  media,  tomo  11). 
Publ  icadüs  los  capítulos  referidos  por  Burriel,  no  era  lícito  opinar  así. 


558  HISTORIA    CRITICA    DR    LA    LITERATURA    ESP/SOLA. 

ofrece  ya  la  paula  seguida  en  todo  el  tratado,  alega  las  usiete  ra- 
nzones principales  de  que  sale  el  nombre  Septenario)),  tomando 
en  cuenta  las  siete  naturas,  que  son  una  de  las  más  eficientes 

causas  de  la  ciencia  humana,  engendrando -los  siete  saberes. 

» 

«Onde  todas  estas  siete  cosas  de  las  siete  naturas  que  son  dichas  sabi- 
>iduría,  seg^unt  dixeron  los  sabios,  fazen  ueiiir  á  orne  á  acabamiento  de  to- 
vdas  las  cosas  que  sabe  fazer  el  acabar.  Et  por  ende  ordenaron  los  sabios 
»los  siete  saberes,  á  que  llaman  artes;  et  estas  son  maestrías  soliles  et  no- 
wbles  que  fallaron  por  saber  las  cosas  cierlamenle  et  obrar  dellas,  segunt 
wconuiniesseí). 

Definidas  así  las  disciplinas  liberales,  entra  en  la  apreciación 
particular  de  cada  una  de  ellas,  variando  en  cierto  modo  las 
comprendidas  generalmente  en  el  trivio  y  e\quadrivio:  gramáti- 
ca, lógica  y  retórica  forman  el  primero:  música,  astrologia,  física 
y  metafísica  componen  el  segundo,  no  sin  que  el  Septenario' deje 
de  dar  al  propio  tiempo  interesantes  nociones  de  la  aritmética  y 
de  la  geometria.  Hablando  de  la  retórica,  decía  el  Rey  Sabio  con 
envidiable  acierto: 

«Retórica  llaman  á  la  tercera  partida  deslas  tres  que  se  entiende  que 
«enseña  á  fablar  fcrmoso  el  apuesto,  el  esto  en  siete  razones:  color,  fermo- 
))sura,  apostura,  conueniente,  amorosa,  en  buen  son,  en  buen  continente.  Ca 
«esto  conuiene  niuclio  al  que  esta  arte  usare:  que  cate  que  la  razón  que 
))ouyere  á  desir,  que  la  colore  en  manera  que  parezca  bien  en  las  uolun- 
))tades  de  los  que  lo  oyeren,  el  la  tengaq  otrosy  por  fermosa  para  cobdi- 
)>cialla,  aprehender  et  sabella  raconar.  Et  que  se  diga  apucstamiente,  non 
«mucho  á  pensar,  nin  mucho  de  uag-ar.  El  que  ponga  cada  razón  alli  do 
))COnuiene,  segunt  aquello  que  quisiere  fablar  et  que  lo  diga  amorosa- 
))mente,  non  muy  recio,  nin  muy  brauo,  nin  otrosy  muy  flaco:  asas  en 
))buen  son,  mesurado,  non  en  altas  voces.  Et  ha  de  catar  que  el  continente 
«que  touiere  que  se  acuerde  con  la  razón  que  dixere,  Et  desta  guisa  se 
«mostrará  por  bien  rasonado  aquel  que  rasonare,  et  mouerá  los  corazo- 
»nes  daqucllos  que  lo  oyeren  para  aducillos  mas  ayna  á  lo  que  quisiere». 

Tratando  de  la  astrologia,  observaba: 

«Astrologia  que  quiere  decir  que  se  alcanza  por  calamiento  et  por  uis- 
«la,  es  la  quinta  arle  deslas  siete,  et  fabla  de  los  cielos  por  que  es  llamada 
«en  latin  astra:  el  esta  es  partida  en  siclc  maneras:  por  vista,  por  entendi- 
Timiento,  por  ffabla,  por  mudamiento ,  por  cuenta,  por  medida,  por  acordanza. 
«Onde  la  primera  que  es  por  visla,  fase  conoscer  las  siete  estrellas  á  que 
«llaman  planetas,  cada  uno  en  qual  cielo  está  et  cómmo  sse  mucue  en  dos 


II.      Í'ARTE,    CAP,    X.    SEG.    TIUSF.    DEL    ARTE    VULG.    ERUD.       559 

"g'uisas:  la  una  en  su  cielo,  la  otra  en  su  cerco  apartado.  El  la  segunda 
))de  entendimiento  fase  que  entiendan  los  onies  de  qué  natura  son  los  cie- 
))los  el  quantos  son,  et  cómmo  se  mueuen  et  por  qué  rason.  La  tercera  es 
wque  veyendo  esto,  han  los  omnes  á  conoscer  á  cada  una  dellas  quál 
))es  ot  qué  nombre  há,  seg'unt  sus  obras,  et  por  qué  rason  fasen  esle  mu- 
))damienlo.  La  quarta  es  que  puede  auer  saber  por  cuenta  de  puntos  et  de 
"grados  et  de  oras  el  de  dias  et  de  semanas  et  de  meses,  et  de  annos, 
))quando  se  há  esle  de  faser...  La  ssesena  es  de  saber  por  cuenta  et  por 
Dmedlda  el  por  entendimiento  el  por  rason  quánla  há  en  cada  una  destas 
«sobredichas  el  de  la  una  á  la  otra.  Et  la  setena  es  cómo  se  acuerdan  log 
«cielos  en  tenerse  los  unos  con  los  otros,  otrosy  en  sus  mouimientos;  et 
«por  ende  estas  ssiete  maneras  desla  arle  muestran  cómo  Dios  es  conocido, 
Msegunt  estas  siete  racones». 

Quien  de  esla  manera  define  y  aprecia  la  astrologia  (que  no 
otro  nombre  llevaba  por  lo  común  la  asti^onomia  de  aquel  tiem- 
po), ¿podia  ser  acusado  de  visionario  á  la  manera  de  un  Pedro 
de  Albano  ó  de  un  Checo  d'Ascoli?...  Quien  de  la  meditación  de 
la  ciencia  se  elevaba  al  conocimiento  de  la  omnipotencia  divina, 
¿podrá  ser  vituperado  de  blasfemo?...  Cristiano,  y  piadoso  por  ex- 
celencia, tomaba  el  rey  de  Castilla  por  el  contrario  ocasión  en  la 
astronomía  para  combatir  en  el  Septenario  las  sectas  religiosas, 
estableciendo  la  doctrina  de  un  solo  Dios  verdadero,  y  conde- 
nando así  á  los  adoradores  de  la  tierra,  el  agua,  el  aire  y  el  fue- 
go, como  á  los  idólali^as  y  gentiles.  El  paralelo  ingenioso  de  los 
errores  de  estos  y  de  los  misterios  del  cristianismo,  y  la  explica- 
ción de  los  signos  del  zodiaco  respecto  de  los  extravíos  mitoló- 
gicos y  de  las  verdades  reveladas,  constituyen  una  parte  no  pe- 
queña de  tan  desconocido  libro,  dándonos  al  par  la  medida  de 
los  conocimientos  que  en  la  teogonia  é  historia  del  antiguo  mun- 
do alcanzaba  don  Alfonso.  Pasando  luego  á  otra  serie  de  consi- 
deraciones, compara  los  doce  signos  con  los  doce  apóstoles,  y  fi- 
jando sus  miradas  en  los  profetas  que  hablan  anunciado  solamente 
cuatro  evangelistas,  éntrase  á  tratar  de  la  institución,  número  y 
gracia  de  los  sacramentos,  determinando  por  quién,  cómo  y  en 
qué  momento  pueden  y  deben  administrarse.  Largamente  se  de- 
tiene el  Rey  ¡Babio  en  todas  estas  cuestiones,  muy  del  gusto  y  de 
la  erudición  de  aquefios  dias,  y  sin  duda  útiles  en  sumo  grado  en 
el  estado  de  cultura  de  nuestros  mayores.  Terminados  los  capí- 
tulos relativos  al  bautismo  y  confirmación,  en  los  cuales  demues- 


fi60  HISTORIA    CnlTICA    DE    LA    LITERATUUA    ESPa550LA. 

Ira  grandes  cúnocirnienlos  lilíirgicos,  se  ocupa  en  definir  h  peni- 
leiicia,  investigando  el  origen  filológico  de  esta  palabra,  seña- 
lando los  pecados  que  la  han  menester  y  quién  está  llamado  á 
imponerla,  y  clasificándola  en  solemne,  pública  y  privada.  Los 
saludables  efectos  de  la  penitencia  y  los  mortíferos  del  pecado 
llaman  también  la  atención  de  don  Alfonso,  quien  explicado  el 
sacramento  de  la  comunión,  indica  los  grandes  bienes  que  pro- 
duce al  verdadero  cristiano,  punto  en  que  por  desgracia  se  inter- 
rumpe el  códice  de  la  Biblioteca  Escurialense.  El  de  la  Tolelana, 
que  ofrece  una  laguna,  comprensiva  á  no  dudarlo  de  la  exposi- 
ción de  los  restantes  sacramentos,  abarca  otros  dos  capítulos,  de- 
dicados el  primero  á  mostrar  las  vestimenías  establecidas  por  la 
Iglesia  «para  los  mayores  sacerdotes»,  punto  en  que  parece  re- 
cordar las  prescripciones  del  Deuteronomio,  y  el  segundo  á  pro- 
bar que  así  como  las  «armaduras  temporales))  defienden  el  cuer- 
po, así  también  las  espirituales  el  alma  '. 

Tal  es  en  suma  el  Septenario,  ó  más  bien  diciendo  la  parte 
que  de  tan  peregrino  monumento  ha.  llegado  á  los  tiempos  mo- 
dernos. Conocidas  ya  las  materias  de  que  trata,  ¿será  posible  se- 
guir confundiéndolo  con  las  Partidas?...  Pudo  servir,  y  quisieron 
don  Fernando  III  y  su  hijo  que  sirviera  de  introducción,  no  á 
este  código  precisamente,  sino  á  un  cuerpo  legal  que  uniformase 
todos  los  fueros,  según  queda  antes  demostrado;  pero  aunque  lo 
concluyó  don  Alfonso  y  le  hubo  de  dar  la  postrera  lima,  tenién- 
dolo en  gran  precio  al  otorgar  su  testamento,  no  ha  logrado  la 
fortuna  de  salvar  integro  las  tinieblas  é  injuria  de  los  siglos,  lo 
cual  nos  impide  formar  cabal  juicio  de  su  mérito  é  importancia  -. 


\  Entre  uno  y  otro  códice  se  advierten  otras  diferencias,  ya  respecio  del 
orden  de  capítulos,  ya  del  número  de  estos:  aunque  incompleto  el  del  Esco- 
rial y  más  moderno,  como  que  es  de  letra  del  siglo  XV,  cuenta  algunos  más, 
no  siendo  posible  hacer  una. edición  esmerada  sin  confrontarlos.  El  P.  Bur- 
rlel  sacó  una  copia  del  toledano,  la  cual  existe  en  la  Biblioteca  N'ac.  Dd.  iO. 

2  El  docto  Marina  apunta  que  no  llega  lo  que  so  ha  conservado  al  com- 
pleto de  la  primera  parte  de  las  siete,  de  que  debió  constar  {Ens.  liist.  sobre 
lalegisL,  §§200  y  01).  Aunque  esta  afirmación  sea  un  tanto  exagorada,* 
siemjirc  hay  que  lamentar,  así  las  mutilaciones  de  lo  conservado,  como  lo 
mucho  que  del  Septenario  ha  desaparecido. 


11.*  PARTE,  CAP.  X.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULC.  ERÜD.   56i 

Grande  debió  tenerla  en  el  siglo  XIII,  si  hemos  de  juzgar  por  la 
parte  conservada:  la  manera  sencilla,  exacta  y  aun  profunda,  con 
que  expone  la  doctrina,  siempre  bajo  siete  diversos  aspectos;  la 
familiar  superioridad  con  que  trata  de  las  artes  liberales,  de  que 
pueden  juzgar  los  lectores  por  los  dos  pasajes  arriba  insertos;  la 
abundancia  de  noticias  y  de  cosas  que  hallamos  en  todo  lo  con- 
cerniente á  la  astronomía-teológica,  si  es  lícito  llamarla  así;  y  fi- 
nalmente el  acierto  y  circunspección  que  brillan  en  todo  lo  rela- 
tivo á  la  liturgia,  hacen  creer  que  dio  el  rey  don  Alfonso  el  mismo 
ó  mayor  interés  á  la  parte  política  y  demás  comprendidas  en  el 
Septenario,  presentando  así  el  primer  modelo  de  este  linaje  de 
obras,  que  encerrando  toda  la  ciencia  de  la  edad  media,  llegaron 
á  formularse  en  casi  todas  las  literaturas.  Bien  sabemos  que  al 
leer  este  aserto,  no  faltarán  eruditos  que  lo  tengan  por  infunda- 
do, sacándonos  á  plaza  el  Libro  del  Tesoro  de  Bruneto  Latino, 
traducido  según  hasta  ahora  se  ha  juzgado  por  el  Rey  Sabio  '; 
mas  cuando  se  repare  en  que  el  maestro  del  Dante  vino  sólo  á 
Castilla  en  1260,  año  en  que  don  Alfonso  habia  ya  terminado  su 
libro,  y  comenzaba  á  recoger  el  fruto  de  sus  doctrinas;  cuando 
se  advierta  que  el  Tesoro  de  Bruneto  fué  compuesto  en  Paris  du- 
rante su  destierro,  que  duró  hasta  1284,  en  que  volvió  á  su  pa- 
tria -,  no  habrá  ya  motivo  alguno  de  extrañeza,  tomando  toda 
fuerza  de  una  demostración  histórica  lo  que  de  pronto  parecería 
aserto  aventurado. 

El  Septenario  del  rey  don  Alfonso  precedió  pues  al  Libro  del 
Tesoro  de  Bruneto  Latino,  que  sólo  pasaba  á  la  lengua  de  Cas- 
tilla en  los  últimos  días  del  siglo,  muerto  ya  aquel  Sabio  monarca. 
¿Pudo  el  gramático  florentino  tomar  de  él  la  idea  para  su  Tesoroh . . 
El  aplauso  que  la  obra  del  rey  alcanzaba,  la  estimación  y  el  res- 
peto en  que  era  tenida  su  ciencia  por  los  extraños,  y  la  no  despre- 
ciable circunstancia  de  venir  Bruneto  á  Castilla  en  los  momentos 
de  mayor  esplendor  de  aquella  corte,  ó  más  bien  de  aquella  aca- 
demia científico-literaria,  pudieran  llevarnos  á  sentar  como  probable 


i     véase  el  cap.  XIII  en  el  siguiente  volumen. 

2     Tiraboschi,  Stor.  de  la  letterat.  ital.,\\b.  lU,  cííy>.  Y.  Recuérdese  que 
en  este  año  falleció  el  Rey  Sabio. 

TOMO  m  56 


jr,2  HISTORIA    CKItICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?!OLA. 

csle  aserto.  No  lo  esforzaremos  sin  erabari^o  para  no  ser  tenidos 
por  apasionados,  pues  que  no  podemos  tampoco  formar  completo 
juicio  de  la  obra  castellana.  Para  dar  íín  á  su  examen,  breve  tal 
vez  en  demasía,  así  como  el  de  todas  las  producciones  que  van 
mencionadas,  observaremos  que  el  estilo  y  lenguaje  del  Septe- 
f)nrio  revelan  ya  al  autor  de  las  Partidas  y  de  la  Estoria  de  Es- 
pauna,  presentando  aquella  frescura,  exactitud  y  riqueza  que  tan 
alta  reputación  le  han  conquistado  entre  nuestros  primeros  ha- 
blistas. De  la  propiedad  didáctica  que  tomó  en  sus  manos  la  len- 
gua vulgar,  habrán  ya  juzgado  los  lectores  por  los  fragmentos 
arriba  trascritos:  de  la  facilidad  y  gala  con  que  narra,  pinta  ó 
describe,  deponen  los  nueve  primeros  capítulos  del  mismo  Sep- 
tenario; y  para  que  puedan  los  lectores  formar  alguna  idea  de  su 
mérito,  copiaremos  aquí  algunas  cláusulas  de  la  descripción  del 
reino  de  Sevilla.  Ponderada  su  antigüedad  y  nobleza,  leemos: 

«Grande  es  otrosí  non  solamiente  el  cuerpo  de  la  cibdat,  que  es  mayor 
«que  olra  que  sea  en  España,  mas  aun  todo  el  regno;  ca  la  su  longueza 
«tiene  desde  la  grant  mar  fasta  el  rio  Guadiana;  ella  anchura  en  do  mas 
«estrecha,  extiende  de  aquella  mar  mesma  fasta  las  sierras  de  Ronda,  eldcn- 
»de  adelante  como  va  la  tierra  derechamiente  fasta  Guadiana.  Asi  que  den- 
))lroen  estos  términos  hay  niuclias  villas  el  casliellos  muy  fuertes.  Abonda- 
))daes  otrosí  de  todas  cosas  que  son  para  uida,  et  mantenimiento  de  los 
»omnes,  mas  que  reg^no  de  Espanna  toda,  nin  otro  que  ome  sepa.  Et  todas 
«las  cosas  ha  de  suyo  complidamienle,  non  tan  solamiente  de  pan  et  de 
))UÍno  que  ha  mucho  ademas  muy  bueno,  mas  aun  de  carnes  también  de 
«bestias  brauas  como  de  criadizas.  Otrosí  de  pescados  de  muchas  maneras 
«de  amos  mares  et  de  aguas  dulces,  que  ha  muchas  et  buenas.  Et  de  olio 
«que  lia  en  el  mayor  ahondamiento  que  en  logar  del  mundo,  etaun  fructas 
«de  muchas  maneras,  et  grana  et  yerua,  el  montes  muchos  et  buenos,  et 
«uinnas  de  todas  naturas.  Otrosí  es  viciosa,  porque  los  fructos  nascen  et 
«cresQen  mucho  ajina.  Et  el  tiempo  es  temprado  comunalmienle,  non  se- 
«yendo  muy  í'rio  al  tiempo  de  la  friura,  nin  muy  caliente  ademas  á  la  sa- 
«zon  de  la  calentura.  El  sin  todo  esto  es  cosa  que  ayuda  mucho  á  acres- 
«centar  el  vicio.  Poderoso  regno  es  otrosí  para  quebrantar  sus  enemigos, 
«non  tan  solamiente  los  que  están  cerca  de  Espanna,  mas  aun  los  de  alien 
«mar.  Ca  él  ha  en  poder  amas  las  mares;  la  mayor  que  cerca  lodo  el  mun- 
»do,  el  la  menor  que  llaman  mediterránea,  que  va  por  medio  de  la  tierra. 
«El  ha  muchas  fortalezas  buenas  para  guerrear  el  otrosí  deffenderse, 
«quando  es  mester.  El  por  lodas  estas  cosas  que  ha,  es  alabado  sobre  to- 
adas las  otras  tierras,  et  gentes  del  mundo.  Asi  que,  lodas  han  sabor  do 
«uer  ct  de  fahlar  de  los  sus  bienes  comunalmienle  mas  que  de  otra  tierra: 


II.      PARTE,    CAP.    X.    SEG.    TRASF.    DEL    ARTE    VULG.    ERUD.       663 

))ca  maguer  se  pague  omne  de  su  tierra,  onde  es  natural  el  la  alabe  por 
)) razón  de  la  naturaleza,  esta  por  su  bondat  es  tan  solamiente  alabada  de 
«todas;  ca  en  ella  han  lo  que  han  mester  para  los  que  y  moran,  et  para 
«abondar  las  otras  tierras,  leuandolo  por  tierra  et  por  mar»  *. 

El  habla  de  Castilla,  apenas  ensayada  en  el  lenguaje  de  la  his- 
toria, según  ya  queda  probado  ^,  mostrábase  en  manos  del  Rey 
Sabio  bastante  enérgica  y  abundante  para  revelar  dignamente  las 
glorias  y  dolores  de  España.  Veamos  cómo  lleva  á  término  cum- 
plido esta  grande  y  difícil  empresa,  acometida  en  el  octavo  año  de 
su  reinado  ^. 


i     Cap.  IX  de  lo  conservado. 

2  Cap.  VIH  de  esta  11.=^  Parte. 

3  Debemos  advertir  que  el  rey  don  Alfonso  es  también  autor  de  otra 
obra,  que  deberla  clasificarse  entre  las  ya  mencionadas,  si  existiera.  Dá  razón 
de  ella  su  sobrino  don  Juan  Manuel,  diciendo:  «El dicho  rey  auia  compuesto... 
))otro  libro  que  fabla  de  lo  que  pertenesce  á  estado  de  Cauallerian  {Libro  de 
la  Caza,  Bibl.  Nacional,  S.  34,  fól.  201  v.).  Sin  duda  le  tuvo  el  hijo  del  In- 
fante presente,  al  escribir  su  tratado  de  la  Caballería,  de  que  hablaremos  en 
lugar  oportuno.  También  se  le  atribuye,  aunque  sin  fundamento,  la  siguiente 
obra:  aOpusculum  Ildefonsi,  Regís  Dei  grafía  Romanorum  ac  Castellae,  de  íis 
nquae  sunt  necessaria  ad  stabilímentum  castrí  tempore  obsidionisn  (B'M.  Escur., 
ij.  I.  Z.  4;  Real  Acad.  de  la  Hist.,  E.  37  gr.  5.  E.  n.°  138).  Decimos  sin 
fundamento,  porque  sobre  estar  plagada  de  catalanismos,  alude  esta  obra  á 
sucesos  y  personajes  muy  posteriores  al  X  Alfonso;  y  en  nuestro  sentir  es, 
según  mostraremos  en  su  dia,  obra  del  V  de  Aragón,  confundido  con  el  de 
Castilla  más  de  una  vez  por  el  renombre  de  Sabio,  que  ambos  llevaron.  Cítalo 
Pérez  Bayer  en  sus  notas  á  la  Bibl.  Vet.  (tomo  II,  pág.  88). 


CAPITULO  XI, 

SeCDlA  TRffiFOeUACIOTl  DEl  UIE  VUIGAR-EBDDITO. 


Don  Alfonso  el  Sabio. — Obras  históricas. — La  Estaría  de  Espanna. — Duda 
de  los  críticos  sobre  su  verdadero  autor  y  la  época  en  que  se  escribe. — 
Declaración  del  Rey  sobre  uno  y  otro  punto. — Plan  de  la  Estaría  de  Es- 
panna.—Diversas  fuentes  de  la  misma: — los  escritores  de  la  antigüedad: — 
los  cronistas  cristianos: — las  tradiciones  populares: — los  historiadores  ára- 
bes y  hebreos.— Criterio  histórico  del  Rey  Sabio. — Juicio  de  don  Juan  Ma- 
nuel respecto  de  la  Estaría  de  Espanna: — de  la  crítica  moderna. — Corrup- 
ción de  la  misma  historia  en  la  edición  de  Ocampo. — División  que  este 
le  atribuye. — Su  análisis. — Comprobación  de  la  doctrina  expuesta. — La 
Grande  et  General  Estaría. — Acopia  el  rey  multitud  de  libros  para  llevarla 
á  cabo. — Pensamiento  filosófico  que  la  anima. — Su  división  y  examen. — 
Influencia  de  los  diversos  elementos  que  la  componen: — los  libros  orien- 
tales;— aparición  en  ella  del  apólogo  indiano;— historias  maravillosas  de 
]0s  árabes; — los  libros  latinos  y  los  mitos  gentílicos. — Medios  expositivos 
de  ambas  historias. — Don  Jaime  I  de  Aragón  asociado  al  movimiento  his- 
tórico.—Su  Chrónica:  exposición  y  juicio  de  la  misma. — Influencia  de 
ambos  soberanos  en  el  cultivo  de  la  historia. 


JN Otado  queda,  al  bosquejar  el  maravilloso  cuadro  que  ofrece  á 
la  contemplación  de  la  crítica  el  memorable  reinado  del  rey  don 
Alfonso  X,  el  meritorio  anhelo  con  que  se  consagra  al  cultivo  de 
la  historia,  oscureciendo  con  sus  colosales  empresas  cuantos  es- 
fuerzos se  hablan  hecho  antes  de  su  época,  y  muy  especialmente 
los  ensayos  relativos  á  la  historia  patria.  No  eran  en  el  monarca 


56G  HISTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

de  Castilla  fortuitas  semejantes  vigilias,  ni  pueden  ser  en  conse- 
cuencia consideradas  sus  obras  históricas  con  separación  de  las 
meramente  literarias  ó  esencialmente  científicas:  hijas  del  nobilí- 
simo y  fecundo  pensamiento  que  su  docto  sobrino  don  Juan  Ma- 
nuel le  reconoce;  encaminadas  á  labrar  la  cultura  del  pueblo  es- 
pañol, afán  constante  do  dun  Alfonso,  cnlázanse,  así  en  el  fondo 
como  en  las  formas,  á  las  producciones  ya  examinadas,  consti- 
tuyendo al  par  una  de  las  más  anchas  y  duraderas  bases  del  sun- 
tuoso edificio  de  su  gloria.  Intentaba  el  hijo  de  Fernando  III  la- 
brar cumplidamente  la  ilustración  de  sus  vasallos,  y  procurando 
templar  la  aspereza  de  sus  costumbres  con  los  avisos  de  la  moral 
y  las  enseñanzas  de  la  fdosofia,  no  olvidaba  tampoco  los  elocuen- 
tes egemplos  de  la  historia.  Reducida  hasta  mediar  del  siglo  XIII 
á  la  esfera  de  los  simples  cronicones,  encerrada  en  el  estrecho 
circulo  de  uno  ó  más  reinados,  coetáneos  del  que  recogía  ó  apun- 
taba los  sucesos,  en  vez  de  producir  esta  en  armonioso  conjunto 
verdadera  doctrina,  aplicable  á  los  actos  de  la  vida,  halagaba 
cuando  más  el  interés  parcial  de  un  príncipe  ó  de  un  Estado,  y 
llenaba  á  duras  penas  reducido  número  de  incoherentes  páginas. 
Más  ruda,  más  descompuesta  y  grosera,  al  tom.ar  por  instrumento 
el  habla  de  la  muchedumbre,  habia  necesitado  robustecerse  con 
las  tareas  eruditas  del  obispo  don  Lúeas  de  Tuy,  y  muy  princi- 
palmente con  las  del  arzobispo  don  Rodrigo.  Las  versiones  de  su 
Hisloria  Gotliica  y  las  imitaciones  que  la  siguieron,  parecían  ya 
mostrar  el  camino  que  debía  emprenderse  para  dar  nuevo  aspecto 
á  la  historia,  escrita  en  el  idioma  del  vulgo  *:  venciendo  impon- 
derables obstáculos,  superando  todas  las  esperanzas,  concebía  y 
llevaba  á  cabo  el  rey  don  Alfonso  un  pensamiento  más  generoso 
y  elevado,  más  trascendental  y  fecundo,  aspirando  á  dotar  á  su 
patria  de  una  sola  hisloria,  así  como  le  estaba  hacientio  el  raro 
presente  de  un  solo  código. 

Mas  ya  lo  dejamos  insinuado:  si  no  puede  menos  de  causarnos 
verdadera  maravilla  el  descubrir  en  medio  de  aquel  siglo  de  bar- 
barie la  extraordinaria  idea  de  fundar  en  unos  mismos  orígenes 
y  en  unas  mismas  tradiciones  la  nacionalidad  de  todas  las  rao- 

\     Véase  el  cap.  VIH  del  présenle  volumen,  pág.  416  y  siguientes. 


II.   PABTE,  CAP,  XI.  SEG.  TRASP\  DEL  ARTE  VULG.  ERLD.   567 

narquias  que  seguras  de  la  victoria,  peleaban  denodadamente  con- 
tra el  Islam,  mayor  es  todavía  nuestra  sorpresa,  cuando  viéndole 
salir  de  la  Península  Ibérica,  contemplamos  al  rey  de  Castilla  re- 
montándose á  la  cuna  del  género  humano,  para  trazar  la  historia 
de  todos  los  pueblos.  Ningún  otro  de  los  que  fundaban  su  nueva 
cultura  sobre  las  ruinas  del  imperio  latino,  había  podido  abrigar 
hasta  entonces  tan  altos  y  laudables  propósitos:  ninguno  poseyó 
antes  que  España  una  historia  general  en  el  idioma  patrio,  ni  lo- 
gró tampoco  que  sirviera  este  de  intérprete  á  la  de  todos  los  im- 
perios de  la  antigüedad;  doble  galardón  conquistado  para  la  ci- 
vilización española  por  el  talento  y  la  ciencia  del  Rey  Sabio  '. 
Volvia  á  ser  la  historia  para  tan  ilustre  príncipe,  así  como  lo  ha- 
bla sido  para  Marco  Tullo,  maestra  de  la  vida;  y  codiciando  saber 
los  hechos  acaecidos  en  todas  las  edades,  y  que  fueran  igual- 
mente estímulo  del  bien  obrar  para  los  presentes  y  venideros, 
acometía  lleno  de  celo  y  patriotismo  aquella  grande  obra,  capaz 
de  agotar  en  uno  ú  otro  concepto  las  fuerzas  de  los  más  laborio- 
sos y  entendidos.  Dos  fueron  por  tanto  las  producciones  nacidas 
de  tan  alta  idea:  la  Estoria  de  Espanna  y  la  Grande  et  General 
Estoria,  confundidas  ambas  en  una  por  casi  todos  los  escritores 
que  las  han  mencionado,  bien  que  dirigidas  cada  cual,  si  no  á 
diverso  fin,  á  distinto  y  apartado  terreno. 

Cuestiones  han  sido  una  y  otra  vez  empeñadas  las  de  averiguar 
si  fué  don  Alfonso  autor  único  de  la  Estoria  ó  Crónica  General, 
y  si  llegó  á  terminarla:  muéstranse  todavía  divididos  los  parece- 
res de  los  críticos,  quienes  sorprendidos  sin  duda  por  el  número 
y  magnitud  de  los  trabajos  científicos  y  literarios,  conocidos  con 
el  nombre  de  aquel  monarca,  han  vacilado  en  tenerla  por  fruto 
de  su  pluma,  insinuando  que  no  toda  se  escribió  durante  su  vida  -. 


1  El  primer  hecho  es  reconocido  por  los  críticos  franceses  y  alemanes  de 
más  legítima  nombradla:  del  segundo  no  será  posible  dudar,  leido  el  presente 
capítulo. 

2  El  distinguido  Du  Meril  asienta  en  su  estimable  Colection  de  Poesies 
populaires  latines,  pág.  288,  que  la  Estoria  de  Espanna  fué  escrita  por  don 
Martin  de  Córdoba  de  orden  del  rey  don  Alfonso.  No  sabemos  en  qué  fun- 
damentos se  apoya;  pero  según  verán  los  lectores,  su  opinión  no  puede  ser 
más  peregrina. 


568  HiSTOIlIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

nacional  parece  en  efecto  el  suponer  en  orden  al  primer  punto, 
que  empleó  don  Alfonso,  no  sin  acierto  y  fortuna,  manos  auxilia- 
res, que  dóciles  á  sus  intentos,  acopiaran  y  ordenaran  al  par  el 
gran  cúmulo  de  noticias  necesarias  para  dar  cima  á  la  mencio- 
nada historia;  mas  con  sólo  examinar  su  prólogo,  grandemente 
elogiado  por  don  Juan  Manuel,  su  sobrino,  se  advierte  que  no  hay 
razón  plausible  para  recelar  de  lo  que  han  admitido  y  asentado  lo^ 
más  autorizados  y  doctos  varones  de  nuestra  patria  '.  Ambos 
asertos  aparecen  confirmados  por  la  unidad  de  miras  que  en  toda 
U  obra  resplandece,  y  más  que  lodo  por  la  declaración  termi- 
nante que  hace  don  Alfonso  en  varios  pasajes  de  la  misma,  así 
como  en  la  historia  universal,  escrita  algunos  años  adelante. — 
Tratando  de  los  descendientes  de  Gomer  decia  en  este  grandioso 
monumento  el  soberano  de  Castilla:  «Los  de  Thogorma,  el  ter- 
»Qero  fijo  de  Gomer,  apartáronse  de  las  otras  sus  generaciones 
wet  passaron  á  África,  et  poblaron  y,  et  daquí  fueron  los  tigra- 
))theos  del  regno  de  Tigran,  de  que  fablamos  nos  en  la  nuestra 
nEstoria  que  fizíemos  de  Espanna,  en  las  razones  de  las  cod- 
wquistas  que  contamos  de  Pompeo,  el  Grand».  Y  después,  hablan- 
do del  origen  de  los  suevos,  alanos,  silingos,  vándalos  y  godos, 
anadia:  a  Como  lo  auemos  ya  departido  en  la  nuestra  Estona  de 
nEspanna^K  Al  fijar  finalmente  el  nombre  de  la  península  pire- 
naica, llamada  primero  Hesperia,  repetía:  «Pusol'  [Spaim]  nom- 
»bre  Espanna  del  su  nombre  del,  assi  como  lo  auemos  nos  de- 
spartido en  la  nuestra  Estoria  de  Espanna,  en  el  su  comien- 


{  Don  Juan  Manuel  dice,  hablando  de  los  libros  históricos  consultados 
por  el  Rey  Sabio:  (iTan  conplidamente  los  pone  en  el  prólogo  quél  fizo  de 
))la  dicha  Crónica,  donde  le  sopo,  que  ninguno  non  podría  y  mas  dezir,  niii 
»aun  tanto  nin  tan  bien  como  él»  [Chronica  Abreviada,  Bibl.  Nac,  F.  81 ,  fo- 
lio 24).  Durante  los  siglos  XIV  y  XV  á  nadie  ocurrió  dudar  en  España  de  la 
autenticidad  de  la  Estoria:  y  en  todo  el  XVI  escritores  tan  doctos  como  Al- 
fonso de  Fuentes,  Ambrosio  de  Morales,  Gonzalo  Fernandez  de  Oviedo,  Es- 
teban de  Garibay,  Gerónimo  de  Zurita  y  otros  muchos  afirmaron  que  la  Chro- 
nica General  era  obra  del  ilustrado  monarca  que  le  dio  su  nombre.  Las 
palabras  del  rey  que  en  este  lugar  trascribimos,  dicen  hasta  qué  punto  acer-' 
taron. 


II.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERUD.   5C9 

))C0))  *.  Tres  hechos  de  no  exigua  importancia  para  nuestros 
estudios,  se  deducen  pues  de  estos  inequívocos  testimonios:  pri- 
mero, que  don  Alfonso  X  de  Castilla  es  en  realidad  autor  de  la 
obra  histórica,  vulgarmente  conocida  con  el  título  de  Crónica 
General:  segundo,  que  fué  por  él  terminada  y  precedió  á  la 
Grande  et  General  Estoria,  lo  cual  habia  negado  el  ünico  de 
nuestros  bibliógrafos  que  tuvo  ocasión  de  reconocer  la  última  en 
los  códices  originales  ":  y  tercero,  que  ya  al  ponerle  título,  ya  al 
mencionarla  en  otras  producciones,  apellidó  el  Rey  Sabio  la  re- 
ferida obra  con  el  nombre  de  Estoria  de  Espanna,  mostrando 
una  y  otra  vez  el  pensamiento  que  le  habia  animado  al  escribir- 
la, y  aceptando  toda  la  responsabilidad  de  tamaña  empresa  ^. 

Ni  dejaba  tampoco  de  anunciar  esta  idea,  al  exponer  los  me- 
dios de  que  se  habia  valido  para  llegar  al  término  deseado:  aun- 
que apenas  podían  determinarse  los  orígenes  de  las  gentes  que 
poblaron  á  España,  «por  los  libros  que  se  perdieron  et  fueron 
))destroydos  en  el  mudamiento  de  los  sennorios»,  ganoso  de  que 
fuera  «sabudo  el  comienzo  de  los  espannoles»,  mandaba  «ayun- 
>Uar  quantos  libros  pudo  auer  de  estorias  en  que  alguna  cosa 
))Constasse  de  los  fechos  de  Espanna»,  desde  los  tiempos  de  Noé 
hasta  su  propio  reinado.  Abarcando  tan  ancho  espacio,  propo- 
níase, como  los  sabios  antiguos,  narrar  los  sucesos  relativos  á 
los  buenos  y  á  los  malos  príncipes,  «porque  los  que  después  vi- 


1  La  Grande  et  General  Estoria,  í.^  Parle,  lib.  IH,  cap.  II,  fól.  23  vuelto 
y  24  recio  del  cód.  F  I  de  la  Bibl.  Nacional.  Los  hechos,  á  que  alude  en  estas 
citas,  se  hallan  narrados  en  la  Esloria  de  Espanna,  I.*  Parte,  cap.  III,  VIIí 
LXXI  y  CXLIX  de  la  edición  de  Zamora, 

2  Rodriguez  de  Castro,  Bibl.  Espan.,  tomo  II,  pág.  674.  Vistas  las  pa- 
labras del  rey,  no  puede  dudarse  de  que  Rodríguez  de  Castro  no  leyó  la 
Grande  et  General  Estoria  con  el  detenimiento  debido. 

3  Debe  notarse  en  este  lugar  que  en  los  más  antiguos  Mss.  que  han  lle- 
gado á  nuestros  dias,  se  halla  constantemente  designada  con  el  título  de  Es- 
toria de  Espanna  que  le  dio  el  rey.  Así  sucede  en  efecto  en  los  códices  escu- 
rialensesj.  Y.  2 — •,  j.  Y.  9 — ,  j.  Y.  12 — ,  iij  x  4—,  j.  x.  6 — ,  j.  x.  7 — , 
j  X  11,  y  iij.  Z.  3,  donde  sólo  en  notas  posteriores  se  halla  la  voz  Crónica. 
Verdad  es  que  ya  desde  mediados  del  siglo  XIV  la  apellidó  así  el  ilustre  don 
Juan  Manuel,  según  vá  indicado,  y  que  tal  vez  de  aquí  provino  el  que  pro- 
siguiera siendo  conocida  con  este  nombre. 


:;70  niSTÚlUA    CIllTICA    DE    1-A    LITERATURA    ESPAÍsOLA. 

»niessen  (decia)  por  los  fechos  de  los  buenos  punnassen  en  fazer 
Hbien,  et  por  los  de  los  malos  que  se  castigassen  de  fazer  mal», 
loííríindose  en  consecuencia  la  apetecida  y  fructuosa  enseñanza  de 
la  historia.  Difícil  era  el  empeño  de  quien  así  comprendía,  no 
solamente  la  extensión  del  trabajo  que  echaba  sobre  sus  hombros, 
sino  también  la  índole  y  naturaleza  del  mismo,  en  medio  de  la 
oscuridad  que  por  todas  partes  le  rodeaba.,  «Tomamos  (advertía 
))don  Alfonso,  tratando  de  las  fuentes  históricas)  de  la  Crónica 
))dell  arzobispo  don  Rodrigo,  que  fiso  por  mandado  del  rey  don 
«Ferrando,  nuestro  padre,  et  de  la  de  Maestre  Luchas,  obispo  de 
«Tuy,  et  de  Paulo  Orosio  et  de  Lucano,  et  de  Sant  Esidro,  el 
«mancebo,  et  de  Idagio,  obispo  de  Gallisia,  et  de  Sulpicio,  obispo 
))de  Gascona,  el  de  los  otros  escriptos  de  los  Concillios  de  Tole- 
»do;  et  de  don  Jordán,  chanceller  del  sánelo  palago;  et  de  Clau- 
))dio  Tholomeo,  que  departió  del  cerco  de  la  tierra  meior  que  otro 
«sabio  fasta  su  sacón;  et  de  Dion  que  escreuió  uerdadera  la  esto- 
»ria  de  los  godos,  et  de  Pompeyo  Trogo,  et  de  otras  estorias  de 
«Roma,  las  que  podiemos  auer,  que  contassen  algunas  cosas  del 
«fecho  d'Espanna,  et  compussiemos  este  libro  de  todos  los  fechos 
«que  fallarse  podieron»  ^  Tal  era  el  propósito  abrigado  por  el 
Rey  Sabio,  y  tal  la  materia  histórico-erudita  de  que  disponía  para 
darle  cima,  según  sus  palabras. 

Mas,  concebido  aquel  pensamiento,  ¿era  posible  que  se  atuviera 
extrictamente  á  los  escritores  indicados,  sobre  todo  al  hacer  la 
narración  de  los  sucesos,  acaecidos  desde  la  invasión  sarracena? 
Ofrecíale  el  obispo  de  Tuy,  aunque  adulterados  á  su  placer  con- 
forme antes  demostramos,  los  antiguos  cronicones  que  señalaban 
el  trabajoso  y  lento  progreso  de  la  reconquista:  brindábale  el  ar- 
zobispo don  Rodrigo  con  una  exposición  más  ordenada,  en  la  cual 
habían  lomado  asiento  no  pocas  tradiciones  populares,  infundién- 


\  Prólogo  del  Ms.  eseur.  j.  Y.  2. — Don  Alfonso,  demás  de  los  autores 
antiguos  aquí  mencionados,  cita  en  el  curso  de  la  historia  otros  muchos, 
entre  los  cuales  se  hallan  César,  Catón,  Mela,  Josefo,  Zenon,  Séneca,  Porfi- 
rio, Ablavio,  Virgilio,  Juvenal,  Suetonio,  Justino,  Casiodoro,  Yuvenco,  San 
Juan  Evangelista,  San  Hilario,  etc.,  todo  lo  cual  demuestra  la  extensión  de 
los  esludios  hechos  en  su  tiempo. 


II.*  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DF.L  ARTE  VULG.  ERUD.   571 

dolé  cierto  espíritu  nacional  que  habia  asegurado  su  éxito  entre 
doctos  y  vulgares,  pasada  ya  del  latin  al  habla  de  Castilla.  Pero, 
¿bastaban  todos  aquellos  recuerdos  á  reflejar  la  sociedad  española? 
¿Alcanzaban  las  tradiciones  patrocinadas  por  el  arzobispo  á  des- 
cribir la  serie  angustiosa  de  calamidades,  en  que  se  habia  visto  el 
pueblo  cristiano  desde  el  momento  de  proclamar  su  independen- 
cia? ¿Se  pintaban  en  ellos  el  carácter  y  los  triunfos  de  sus  héroes 
con  el  vigoroso  colorido  que  les  daba  la  creencia  de  la  muche- 
dumbre? En  una  palabra,  ¿podía  el  nieto  de  doña  Berenguela  con- 
tentarse con  el  título  de  mero  copiante,  cuando  aspiraba  á  ser  el 
primer  historiador  de  los  vulgares?... 

Ni  las  costumbres,  ni  los  sentimientos,  ni  las  creencias  de  las 
diferentes  razas  que  poblaban  la  Península,  podían  ser  indiferen- 
tes para  don  Alfonso,  al  escribir  la  Estoria  de  Espanna,  como 
no  lo  fueron  tampoco,  al  acometer  otras  empresas  ';  y  atento  á 
dar  al  gran  cuadro  que  bosquejaba  la  misma  animación  que  en 
aquel  múltiple  original  descubría,  acudió  á  recoger  las  tradicio- 
nes nacionales,  acariciadas  de  grandes  y  pequeños,  ya  sorpren- 
diéndolas en  los  cantos  de  ¡os  juglares,  ya  en  los  poemas  escritos 
de  los  semi-doctos,  ya  en  los  más  artísticos  y  esmerados  de  la 
poesía  erudita.  Reproducíase  una  vez  más,  si  bien  no  debia  ser 
la  ultima,  el  singular  consorcio  de  la  poesía  y  de  la  historia,  que 
ofrecen  todas  las  literaturas  en  las  primeras  edades  de  su  existen- 
cia; y  acaudalada  la  narración  del  Rey  Sabio  con  las  maravillosas 
hazañas  de  Bernardo  del  Carpió,  con  las  grandes  proezas  de  Fer- 
nando el  Mayor,  cuyas  leyendas  poéticas,  según  notamos  ya,  se 
han  perdido  ^,  con  las  aventuras  prodigiosas  del  Cid,  reproduci- 
das en  uno  y  otro  poema,  y  con  las  no  menos  populares  del  conde 
Fernán  González,  solemnizadas  ya  por  los  cantores  eruditos,  pre- 
sentaba aquella  variedad  agradable  y  pintoresca  que  la  distingue 
entre  todas  las  producciones  del  siglo  XIII,  y  aquel  extraordinario 
sabor  popular  y  romancesco  que  ha  sido  causa  de  que  algunos 


1  Véanse  los  dos  capítulos  anteriores. 

2  Véase  el  cap.  i.°  del  presente  volumen,  págs.  44  y  siguientes. 


578  HISTOniA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

escritores  sobradamente  excépticos  hayan  osado  colocarla  en  el 
número  de  las  historias  fabulosas  * . 

Y  no  se  limitó  el  monarca  de  Castilla  á  poner  en  contribución 
los  monumentos  de  la  antigüedad  y  las  tradiciones  populares  de 
los  cristianos,  al  escribir  la  Esíon'a  de  Lspanna:  deponiendo 
el  odio  abrigado  por  sus  mayores  contra  los  musulmanes,  y  el 
despreciativo  desden  que  les  inspiraban  sus  artes  y  sus  letras, 
unió  y  contrapuso  muchas  veces  al  testimonio  de  nuestros  primi- 
tivos cronicones  y  á  la  narración  ya  más  ordenada  de  don  Lúeas  y 
don  Rodrigo  el  testimonio  y  la  narración  de  los  historiadores  ára- 
bes; procuró  hermanar  las  tradiciones  maravillosas  de  uno  y  otro 
pueblo,  ya  las  encontrara  formuladas  en  piadosas  leyendas,  ya  en 
heroicas  relaciones  orales;  y  colocando  junto  á  los  juglares  caste- 
llanos los  cantores  sarracenos,  no  solamente  fueron  por  él  con- 
sultados con  frecuencia,  sino  que  reproduciendo  apenas  alterados 
los  poemas  históricos  de  los  primeros,  llegó  también  á  transferir 
al  habla  castellana  los  versos  líricos  y  elegiacos  de  los  segundos  *. 
Templada  en  el  ánimo  de  don  Alfonso  la  ojeriza  contra  los  he- 
breos, eran  al  propio  tiempo  tenidas  en  cuenta  sus  historias,  ó 
mejor  diciendo,  aquellas  producciones,  en  que  tratando  de  las 
ciencias  y  de  la  moral ,  ingerían  los  rabinos  españoles  alguna 
parte  de  sus  desgracias  y  desventuras;  y  amasada  con  tan  diver- 
sos materiales  la  Estoria  de  Espanna,  ofrecía  el  más  vario  con- 
junto, contrastando  en  gran  manera  el  pensamiento  unitario  que 
le  daba  vida,  con  los  encontrados  orígenes,  creencias,  lenguajes, 
ritos  y  costumbres,  que  en  sus  páginas  revelaba.  La  obra  del  Rey 


1  Esta  calificación,  arbitraria  y  ofensiva  al  buen  sentido  histórico,  fué 
debida  al  renombrado  Masdeu,  quien,  negando  la  existencia  del  Cid,  no  po- 
día dar  por  buena  una  historia,  en  que  se  hacia  de  él  mención  especiaiísima. 
Los  estudios  posteriores,  y  sobre  todo  los  hechos,  respecto  de  los  testimonios 
árabes,  han  venido  á  desbaratar  el  castillo  que  levantó  en  el  aire  la  criticado 
Masdeu;  siendo  digno  de  todo  elogio  entre  los  que  han  tratado  este  punto  in- 
teresantísimo de  nuestra  historia,  el  ya  citado  Mr.  Dozy,  cuyas  opiniones 
respetables,  aunque  no  admisibles  de  todo  punto,  tendremos  en  cuenta  más 
adelante. 

2  De  una  y  otra  observación  ofrecemos  adelante  la  confirmación  necesa- 
ria, por  lo  cual  no  creemos  conveniente  el  detenernos  en  este  punto. 


II.'  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   573 

Sabio  era  en  este  sentido  el  más  fiel  espejo  de  la  sociedad  española 
hasta  mediar  del  siglo  XIII,  y  ponia  de  relieve  sobre  todo  la  tole- 
rante ilustración  del  filósofo  y  del  historiador,  que  no  desdeñaba 
el  testimonio  de  los  enemigos  de  su  ley  y  de  su  patria. 

Cierto  es  que  no  en  todas  estas  fuentes  podia  beber  con  entera 
confianza,  y  que  muchas  de  ellas  ó  no  eran  tan  puras  como 
se  habia  menester,  ó  estaban  corrompidas  por  la  ignorancia 
y  la  malicia:  cierto  es  asimismo  que  no  sazonados  los  estudios 
históricos  y  vista  entre  sombras  la  antigüedad,  por  más  que  em- 
pezara á  insinuarse  el  afán  de  reconocerla, — se  exponía  don  Al- 
fonso á  tropezar,  y  tropezaba  repetidas  veces  en  las  fábulas  y  ab- 
surda cronología  del  Beroso  y  de  otros  escritores  sus  iguales, 
poblando  los  primeros  tiempos  de  la  historia  patria  de  principes  y 
héroes,  que  sólo  pudo  engendrar  la  fantasia,  y  que  ha  desterrado 
por  fortuna  la  critica  moderna.  Pero  si  no  es  lícito  atribuir  al  rey 
de  Castilla  la  madurez  de  juicio,  el  tino  y  perspicacia,  el  frió  y 
desapasionado  criterio  que  han  fundado  en  los  últimos  siglos  la 
verdadera  ciencia  histórica,  tampoco  hay  razón  para  negarle,  con 
la  grandeza  y  elevación  de  miras  que  le  ponian  la  pluma  en  la 
mano,  la  honradez,  la  rectitud  y  el  anhelo  de  la  verdad  que  dis- 
tinguen su  Estoria  de  Espanna.  Respecto  de  los  tiempos  anti- 
guos sabia  y  decia  don  Alfonso  cuanto  sabian  y  decian  los  hom- 
bres más  doctos  de  su  siglo,  cuanto  se  habia  podido  averiguar 
hasta  aquella  época:  respecto  de  los  tiempos  medios,  y  en  espe- 
cial de  las  edades  que  le  preceden,  no  sólo  enmendaba  y  ampliaba 
los  historiadores  que  tenia  delante,  inclusos  don  Lúeas  de  Tuy 
y  el  arzobispo  don  Rodrigo,  sino  que  rechazaba  la  tradición, 
cuando  no  se  avenia  con  la  autoridad  ya  respetada,  y  daba  por 
nulo  el  testimonio  de  los  poetas  y  juglares,  cuando  se  oponia  á  la 
razón  ó  atropellaba  los  fueros  de  la  cronología  ^ .  Persuaden  sin 


l  Machos  son  los  pasajes  en  que  esta  observación  se  halla  comprobada. 
Hablando  del  nacimiento  de  Bernardo  del  Carpió,  escribía  el  rey:  «Et  algunos 
))dizen  en  sus  cantares  de  gesta  que  fué  este  don  Bernaldo  fijo  de  donna  Tiber, 
«hermana  de  Carlos  el  Grande  de  Francia...,  mas  esto  non  podria  seer;  por 
»ende  non  son  de  creer  todas  las  cosas  que  los  ornes  dizen  en  sus  cantares, 
«et  la  verdal  es  asi  como  auemos  ya  dicho,  segunt  fallamos  en  las  estorias 


574  HISTORIA    CKÍTICA    DE    LA    LITi:«ATURA    ESPAÑOLA. 

duda  estas  observaciones  de  que  si  fuera  candidez  excesiva  el  re- 
cibir hoy  como  verdaderos  y  aulónticos  todos  los  sucesos  narrados 
en  la  Estoria  de  Espanna,  dura  y  poco  razonable  ha  sido  la  con- 
ducta de  los  que  por  hallar  algunos  hechos-dudosos  ó  no  compro- 
bados, la  han  calificado  de  mendaz  y  fabulosa,  dando  así  motivo 
á  la  justa  reprobación  de  escritores  extraños  *. 

En  grande  estimación  y  crédito  estuvo,  sin  embargo,  durante 
la  edad  media:  el  celebrado  don  Juan  Manuel,  que  la  extractó  en 
su  Crónica  Abreviada,  recomendábala  á  su  posteridad  del  si- 
guiente modo:  «Este  muy  noble  rey  don  Alfonso  (escribía)  entre 
«muchas  nobles  cosas  que  fizo,  ordenó  conplidamcnte  la  Crónica 
)hI' España  et  púsolo  todo  conplido  et  por  muy  apuestas  razones 
wet  en  las  menos  palabras  que  se  ppdia  poner:  en  tal  manera  que 
))todo  orne  que  la  lea,  puede  entender  en  esta  obra  (et  en  las 
ootras  que  él  conpuso  et  mandó  conponer)  que  auia  muy  grant 


«ueidaderas,  las  que  fezieron  los  sabios».  Y  tratando  de  su  viaje  á  Italia,  ana- 
dia: «Mas  porqué  nos  non  fallamos  esto  en  los  libros  antigos,  por  ende  non 
))lo  afirmamos».  Y  después,  al  referir  las  proezas  de  Carlo-Magno  y  sus  con- 
quistas en  España:  «Et  agora  sabet,  los  que  esta  estoria  oyedes,  que  maguer 
«que  los  juglares  cantan  en  sus  cantares  et  dizcn  en  sus  fablas  que  Carlos, 
»el  Emperador,  conquirió  en  Espanna  muchos  castiellos  et  muchas  cibdades 
))et  que  ovo  y  muchas  batallas  con  moros  et  que  desenbargó  el  camino  fran- 
))cés  desde  Francia  fasta  Sanctiago,  esto  non  podie  seer,  fueras  ende  que  en 
«Cantabria  conquirió  algo».  Narrando  las  aventuras  de  don  Bueso,  decia: 
«Algunos  dicen  que  aquel  don  Bueso  que  era  primo  cormano  de  Bernaldo, 
»mas  esto  non  podrie  seer»  (MI.*  Parte  de  la  edic.  de  Ocampo,  cap.  X).  Al 
llegar  al  reinado  de  Alfonso  IX  de  León,  observaba:  «Porque  el  arcobispo 
))[don  Rodrigo]  quiso  poner  las  sus  razones  tan  breues  et  atan  atalantes  en 
»aienamiento  de  muchos  et  de  grandes  fechos  en  poca  razón  et  non  departen 
))las  razones  suyas  de  muchos  otros  fechos  que  se  fallaron  et  acaesricron  en 
))los  tiempos  que  conuienen  aquiser  puestos  en  esta  estoria  et  non  lo  fueron, 
»nos  posimoslos  aquí»,  etc.  Y  más  abajo:  »Et  desto  nin  de  otras  cosas  que 
«fallamos  que  fueron  en  su  tiempo  que  deuieran  seer  puestas,  nin  lo  departe, 
»n¡n  lo  dice  el  ar9obispo  don  Rodrigo  nin  don  Luchas  de  Tuy...;  et  pprquc 
»sauemos  por  prueba  de  otras  estorias  que  esto  fué  assi  et  que  es  (jierto,  po- 
»némoslo  aqui  en  la  Estoria  en  los  logares  que  conuiene»  (IV.*  Parte,  ca- 
pítulo VIH). 

1     Dozy,  llecherches  sur  l'histoire  politique  et  litleraire  de  í  Espagne,  pá- 
gina 38 i  y  siguientes. 


II.*  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   575 

))entendimiento  et  auia  muy  grant  talante  de  acrescenlar  el  saber, 
«et  cobdiciaua  mucho  la  onrra  de  sus  regnos;  et  que  era  alun- 
))brado  de  la  gracia  de  Dios  para  entender  et  facer  mucho  bien»  '. 
Repetían  después  este  elogio  cuantos  aspiraban  al  renombre  de 
doctos,  y  aplaudida  durante  los  siglos  XYI  y  XYII  la  Esloria  de 
Espanna,  si  pudo  á  fines  del  pasado  y  principios  del  presente  caer 
en  descrédito,  vuelve  hoy  á  cobrar  su  antigua  estima,  mere- 
ciendo las  desinteresadas  alabanzas  de  insignes  críticos:  <xLa 
))Cróm'ca  General  de  España  (dice  un  historiador  alemán)  es  un 
«fenómeno  de  sumo  interés,  no  sólo  en  la  historia  de  los  españo- 
))les,  sino  en  la  literatura  de  la  edad  media,  generalmente  ha- 
«blando,  y  en  consecuencia  un  monumento  de  eterna  memoria 
))para  Alfonso  el  Sabio.  En  viveza,  gravedad  profunda,  sencilla 
«ingenuidad  y  candor  de  exposición  apenas  tiene  igual»,  etc.  2. 
El  juicio  del  sabio  magnate  castellano  del  siglo  XIV  ha  encontrado 
pues  entera  confirmación  en  la  crítica  del  siglo  XIX. 

La  Estoria  de  Espanna  tuvo  no  obstante  la  desventura  de 
aparecer  en  la  república  de  las  letras,  incompleta,  mutilada,  cor- 
rompida, plagada  de  errores  de  todos  géneros,  y  lo  que  ha  sido 
de  peor  efecto  escoltada  de  notas  ó  advertencias  que  daban  por 
cierto  desfavorable  idea  del  editor,  y  que  sólo  han  servido  de  tro- 
piezo á  la  crítica  moderna,  desacreditando  la  del  siglo  XYI.  No 
cabe  suponer  que  Florian  de  Ocampo,  que  la  sacó  á  luz  en  1541 , 
contándose  entre  los  más  ardientes  cultivadores  de  la  historia 
patria,  la  adulterase  de  propósito;  pero  sobre  traer  ya  trocado  el 
titulo,  que  no  era  cosa  tan  despreciable,  y  presentar  una  división 
distinta  de  la  que  hallamos  en  los  códices  más  antiguos,  lo  cual 
indicó  alguno  de  nuestros  diligentes  bibliógrafos  ^,  faltan  á  la 


•1      Chrouiea  Abreiiiada,  piól.  del  cód.  F.  81,  fól.  24  v. 

2  Claras,  üarslellung  der  spanischen  Literalur  in  Müíelalter  tomo  I,  pá- 
gina 337  y  siguientes. 

3  Don  Nicolás  Antonio  dice:  «Observationc  lamen  praecipua  dignum  est, 
»hisloriam  hanc...  olim  fuisse  biparütam»  (Biblioilieca  Vetus,  lib.  VIH,  ca- 
pítulo Y).  En  efecto,  los  más  antiguos  códices  que  hemos  consultado  presen- 
tan dividida  la  Estoria  de  Espanna  en  solas  dos  partes:  la  primera,  que  abraza 
desde  la  población  de  la  Península  hasta  la  invasión  sarracena,  consta  de 
trescientos  cuarenta  y  un  capítulos  (Bibl.  Escur.,  cód.  j.  Y.  2):  'a  segunda, 


576  HISTORIA    CIllTICA   DE    LA    UTEUATUIIA    ESPASOLA. 

edición  do  Zamora  reinados  enteros,  carece  de  no  corlo  número 
de  capítulos,  y  se  hallan  estos  sobre  todo  tan  barajados  y  someti- 
dos á  ordenación  tan  caprichosa  que  no  hay  escrúpulo  aIi,^uno  en 
asegurar  que  ó  se  valió  Ocampo  de  uno  dejos  Mss.  más  despre- 
ciables de  la  Estoria  del  Rey  Sivbio,  ó  procedió  con  la  mayor  ar- 
bitrariedad y  descuido.  Todo  puede  creerse,  al  recordar  el  em- 
peño que  mostraron  los  eruditos  del  siglo  XVI  enpolir  el  antiguo 
lenguaje  de  Castilla,  dando  nueva  forma  á  las  producciones  de 
sus  abuelos,  y  al  tener  en  cuenta  la  excesiva  licencia  de  los  tras- 
ladadores  ó  pendolistas ,  que  al  maravilloso  invento  del  célebre 
Wutlemberg  precedieron  ^ 

Tal  como  es  generalmente  conocida,  consta  la  Estoria  de  Es- 
pannn  de  cuatro  diferentes  partes.  Comienza  la  primera,  no  con 
la  creación  del  mundo,  como  se  ha  pretendido  equivocadamente, 
sino  con  la  división  que  hicieron  los  sabios  de  todas  las  tierras, 
punto  que  explanó  después  don  Alfonso  en  la  Grande  et  General 
Estoria,  y  con  la  descripción  y  población  de  Europa,  consumado 
ya  el  diluvio. — Tubal,  hijo  de  Japhed,  fué  el  poblador  de  España: 
con  su  historia  se  enlaza  la  no  menos  oscura  de  los  Geriones;  ex- 
terminados por  Hércules,  y  á  la  de  este  se  eslabonan  las  fábulas 
de  Espan,  que  dio  su  nombre  á  la  Península,  asi  como  las  de 
Iberia,  su  hija,  y  de  Piros.su  yerno,  á  quienes  ciñe  aquel  la  co- 
rona.— De  Rocas  y  Tartús,  personajes  altamente  fantásticos,  pasa 
el  historiador  al  señorío  de  los  griegos,  almunices  y  africanos, 
caminando  velozmente  y  entre  sombras  hasta  llegar  á  la  venida 
de  los  cartagineses.  Las  guerras  de  Amilcar,  Asdrubal  y  Aníbal, 
abriendo  el  periodo  verdaderamente  histórico,  traen  á  España  las 
águilas  del  Tiber,  que  no  sin  repetidas  luchas  logran  al  cabo  se- 
que comprende'desde  la  proclamación  de  don  Pelayo  hasla  el  sepulturamienlo 
del  mwj  sánelo  cuerpo  del  mtnj  noble  rey  don  Ferrando,  encierra  quinientos 
setenta  y  uno  (Bibl.  Escur.,  cod.  j.  X.  4).  Conveniente  nos  parece  notar  que 
una  y  otra  parle  ofrecen  diferentes  subdivisiones,  como  para  indicar  los  di- 
versos períodos  históricos  que  encierran. 

\  Convencida  de  estas  razones,  prepara  la  Real  Academia  de  la  Historia 
una  edición  completa  de  la  mal  llamada  Crónica  general,  teniendo  presentes  los 
más  autorizados  Mss. — Esta  publicación  será  el  más  seguro  comprobante  de 
las  observaciones  que  en  orden  á  la  impresión  de  Ocampo  dejamos  apuntadas. 


n.*  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRÁSF.  DEL  ARTE  VL'LG.  ERUD.   577 

florearla.  Admirando  en  los  romanos  el  consejo,  la  subordinación 
y  la  constancia  en  las  adversidades,  sígnelos  el  Rey  Sabio  en  sus 
desastres  y  sus  triunfos,  é  ingiriendo  de  paso  la  historia  de  Car- 
tago  \  narra  las  crueldades  de  Sila  y  las  costosas  rivalidades  do 
César  y  Pompeyo,  que  aniquilaron  la  República.  Detiénele  algún 
tanto  la  historia  del  Imperio,  en  que  no  olvida  sus  deberes  de 
cristiano,  ni  sus  aficiones  de  erudito,  ora  consignando  el  naci- 
miento, vida  y  muerte  del  Salvador  con  el  milagroso  efecto  de  su 
doctrina,  acrisolada  en  el  martirio,  ora  recordando  oportunamente 
los  sucesos  relativos  á,  la  historia  de  las  letras  -.  Notable  es  en 


1  Digno  es  de  consignarse  que  el  rey  don  Alfonso,  dando  el  ogcmplo  que 
siguieron  después  desde  su  hijo  don  Sancho  hasta  el  marqués  de  Santillana  y 
desde  Lasso  de  la  Vega  y  Ercilla  á  Lope  de  Vega,  se  mostrase  partidario  déla 
reina  Dido,  fundadora  de  la  antigua  Birsa,  rechazando  las  ficciones  de  Virgi- 
lio. Deseoso  de  darlas  á  conocer,  extractó  y  parafraseó  no  obstante  cnloscapí- 
tulos  LV  y  siguientes  el  libro  IV  de  la  Eneida,  añadiendo  al  final  una  carta 
de  Dido  al  engañoso  Eneas,  llena  de  calor  y  energía.  La  primera  versión,  se- 
gún el  mismo  rey  apunta,  la  tomó  de  Justino,  lib.  XVIII,  cap.  4  y  siguien- 
tes: en  ambas  probó  que  le  eran  familiares  los  libros  de  la  antigüedad  clásica. 

2  Entre  los  muchos  rasgos  de  historia  literaria  que  exornan  la  de  la  Re- 
pública y  del  Imperio,  narrada  por  don  Alfonso,  son  notables  los  que  se  re- 
fieren á  Julio  César,  Cicerón,  Virgilio,  Ovidio,  Varron,  Séneca  y  Lucano. — 
El  Rey  Sabio  declara  que  el  vencedor  de  Farsalia  era  docto  en  el  conoci- 
miento de  la  lengua  griega,  dictaba  al  par  á  cuatro  amanuenses,  y  aversifi- 
caiia  muy  fermoso  et  mucho  ayua»,  atribuyéndole  el  siguiente  epigrama,  es- 
crito en  la  Península  Ibérica: 

'rr;ix  puer  astricto   glacie  iluin  ludit  in   Ebro, 

Frigore  concretas  pondere  rupit  aqaas; 
Duincjue  immae  partes  rápido  tralierentur  ab   ainne, 

l'crcusit   teneruiu  lubrica  testa  caput. 
Orba  quod  invtntum  inater  dura  conderet  urna, 

Hüc  ppperi  ilammis  celera  dixit  aquis. 

Al  mencionar  la  muerte  de  Virgilio,  refiere  que  Octaviano  amando  á  Varro  y 
•nLucan,  dos  sabios,  que  emendassen  el  libro  que  fiziera  Uergillo  de  Eneas  et  de 
vlos  oíros  cabdiellos  de  Troya,  et  castigólos  (añade)  que  non  annadicscn  y  nen- 
Mguna  cosa  de  suyo;  et  por  esto  áy  en  aquel  libro  muchos  versos,  en  que  non 
«áy  sinon  los  comiences,  et  en  otros  sinon  los  medios,  et  en  otros  los  cabosv. 
Antes  inserta  el  conocido  dístico: 

Mantua  rae  genuit,  Calabri  rapuere,   tenet  nuiíc 
Partenope,  ccciiii  pascua,  rura,  dmes. 
TOMO    ÍH.  57 


579  FIlSrOUlA    CIltnCA    de    la    LITERATUIU    ESI'AÑOLA. 

verdad  la  copia  de  noticias  que  doQ  A.lfonso  atesora  en  este  pun- 
ió, no  menos  que  en  lo  referente  á  la  decadencia  del  Imperio  y  á, 
las  irrupciones  sucesivas  de  los  pueblos  septentrionales,  pudiondo 
asentarse  con  entero  convencimiento  que  superó  á  cuantos  Ic  ha- 
bian  precedido  en  el  estudio  de  las  antigüedades  romanas,  no 
teniendo  dignos  rivales  en  nuestro  suelo  hasta  el  siglo  XVÍ  ^ 

Tras  las  desoladoras  invasiones  de  alanos,  vándalos,  suevos  y 
silingos,  que  procura  el  rey  de  Castilla  bosquejar  con  el  pincel 
del  afligido  Idacio,  presenta  ya  en  la  segunda  parte  á  los  visigo- 
dos en  quieta  posesión  de  la  Península,  bien  que  hundidos  al  cabo 
en  la  molicie  y  corrupción,  de  que  vienen  á  sacarlos  las  vence- 
doras falanges  de  Tariq  y  de  Muza.  Todo  se  ajusta  en  este  im- 
portante periodo  á  las  relaciones  de  Isidoro,  Sulpicio  y  Julián,  no 
olvidadas  por  cierto  las  actas  de  los  famosos  Concilios  Toledanos; 
mas  al  llegar  á  la  aparición  de  Mahoma,  ligeramente  apuntada 
por  el  obispo  de  Sevilla,  cobra  la  narración  nuevo  aspecto,  en- 
riqueciéndose sobremanera  con  el  auxilio  de  los  libros  arábigos, 
que  tan  familiares  eran  á  don  Alfonso.  Para  que  puedan  nues- 
tros lectores  formar  idea  de  esta  nueva  influencia  histórica  y  del 
color  que  presta  al  estilo  del  rey  de  Castilla,  no  será  inoportuno 
el  poner  aquí  algún  fragmento  de  la  visión  de  Mahoma,  revelada 
á  sus  discípulos  después  de  su  viaje  á  Jerusalem,  de  vuelta  ya 
para  la  Meca: 


Hablando,  en  el  imperio  de  Keron,  de  los  sabios  de  Córdoba,  elogia  sobrema- 
nera á  Séneca,  y  pone  el  epiláfio  de  Lucano,  que  anda  en  los  principios  de 
casi  todos  los  códices  de  la  Farsalia: 

Cordul>.i  me  gcnuit,  rapuit  Ñero,  praelia   dixi. 

i  Aunque  pareciere  á  alguno  que  exageramos,  puede  asegurarse  que 
ni  aun  la  misma  Italia  poseyó  hasta  los  tiempos  de  Petrarca  quien  conociera, 
como  el  rey  de  Castilla,  la  historia  de  Roma.  De  advertir  es  sin  embargo  que 
mientras  el  cantor  de  Laura  tenia  la  lengua  vulgar  toscana  por  indigna  de 
los  grandes  nombres  de  la  República  y  del  Imperio,  escribiendo  en  latin  sus 
libros  Rerum  Memor andar um  y  su  epítome  Vitarutnillustrtum  Viror«/»,  se  afa- 
naba el  Rey  Sabio  por  traerlos  á  la  de  España;  servicio  insigne,  cuyo  precio 
sube  de  punto,  considerada  la  época  en  que  se  tributa  á  la  historia  patria. 
Todo  prueba  cuanto  dejamos  observado  respecto  al  estudio  de  la  aiiligücdad, 
(jue  iba  poco  á  poco  reapareciendo  en  el  hori/.onle  de  las  letras. 


II.*    PARTE,    CAP.    XI.    SEG.    TP.ASF.    DEL    ARTE    VULG.    ERUD.       579 

«Tomóme  el  ángel  Gabriel  (decía  Mahoma)  et  leiióme  suso  fasta  el  pri- 
»mero  cielo:  et  los  ángeles  que  y  estañan  venieron  contra  mí  el  rescibié- 
Mronme  muy  bien,  et  fueron  muy  alegres  comigo.  Et  con  el  gran  plazer 
))que  ende  ouieron,  catáronse  unos  a  otros  el  decien:  Ay  qué  bien!...  Ay 
»qué  bien  es  este!  El  oráuanme  todos  todo  bien  et  toda  salud,  synon  uno 
Msolo  que  estaua  ahy,  que  non  'se  alegraua  comigo  nin  se  reya  como  los 
))otros,  Et  yo  pregunté  estonze  al  ángel  Gabriel  que  quién  era  aquel  ó  por 
))qué  fazie  aquello.  Et  Gabriel  me  dixo:  Sepas  queste  ángel  nunca  se  reyó, 
«nin  se  reyerá:  que  este  es  el  ángel  guardador  del  fuego.  Et  yo  dixe  á 
))Gabriel:  ¿Es  aqui  ángel  alguno  que  sea  dicho  El  muy  amado  de  Dios?... 
)>Et  dixome  estonze:  Este  es  que  tú  dizes.  Et  dixel':  Pues  dil'  que  me  de- 
Dmuestre  el  fuego.  Et  él  díxogelo,  et  el  ángel  tiró  luego  la  cobertura,  de 
«que  estaua  cobierto  el  fuego  el  sallió  una  foguera  el  una  llama  alan  gran- 
))de  que  sabet  que  yo  oue  miedo  que  quemaríe  quantas  cosas  auíe  uesti- 
))das;  et  rogue  estonze  á  Gabriel  quel'  dixesse  al  ángel  que  cobriesse  aquel 
))fuego:  et  el  ángel  triste  cobriol'  luego  assi  cuemo  de  ante  estaua  cobier- 
»to.  Et  otrossi  quando  entramos  en  aquel  cielo,  fallé  un  orne  onrrado  ques- 
))laua  y  assentado  en  una  siella  et  amoslráuanles  las  almas  de  todos  los 
))omes  que  moríen,  et  quando  vefa  en  el  alma  alguna  cosa,  de  que  non  le 
))plazíe,  toUíe  los  oios  della,  que  non  la  queríe  veer  et  maltrayala,  dizien- 
))do  assi:  Perduda  ¿porqué  sallieste  d'aquel  malauenturado  cuerpo,  en  que 
wyacies? — Mas  quando  el  alma  le  mostraua  alguna  cosa  de  bien  en  quel' 
»plazie,  folgaua  él  con  ella,  el  dezie:  Bien  ayas,  alma  bienauenlurada,  que 
sallieste  de  buen  cuerpo.  Et  yo  pregunte  al  ángel  que  quién  era  aquel 
))ome  tan  onrrado  et  dixome: — Este  esAdam  quese  allegracon  los  buenos 
))d'aqu ellos  que  son  del  su  linaie,  et  tuelle  la  su  faz  de  los  malos:  que  los 
))non  quiere  veer  et  amuéstrales  las  penas  de  los  peccadores;  et  esto  es  el 
«fuego  que  de  susso  dexiemos»,  etc.  * 

Enlazados  á  la  historia  de  los  visigodos  los  sucesos  de  la  vida 
y  predicación  del  falso  profeta,  mencionadas  las  rápidas  conquis- 

1  Esta  visión  se  refiere  en  la  azora  ó  sura  XVII,  versíc.  1 ,  bien  que  sólo 
apuntándola:  la  relación  que  hace  el  Rey  Sabio,  aunque  declara  que  la  tomó 
del  libro  II  de  Mahoma,  no  se  halla  sino  en  la  Zuna  yen los  comentadores,  que 
son  los  que  explican  cuanto  sóbrelos  vasos  de  leche,  agua  y  miel,  dice  el  mis- 
mo soberano.  La  división  del  Koram,  indicada  por  don  Alfonso,  no  se  encuen- 
tra en  los  impresos,  y  sí  únicamente  en  los  Mss.  de  los  moros  españoles  y 
africanos,  los  cuales  contaban  sólo  113  suras  ó  capítulos,  en  vez  de  las  114 
que  generalmente  ofrece,  por  considerar  la  primera  como  oración  dominical 
ó  prólogo  de  todo  el  libro.  Este  constaba,  conforme  á  dicha  división,  de 
cuatro  partes:  la  primera  tenia  nueve  azoras  ó  capítulos,  diez  y  siete  la  se- 
gunda, etc.;  por  manera  que  la  sura  XVII,  de  que  hablamos,  era  el  capí- 
tulo VII  del  libro  II  en  el  códice  que  usaba  el  Rey  Sabio. 


580  HISTOniA    CRITICA    DE    LA    LITERATUnA    ESPAÑOLA. 

las  de  sus  sectarios,  y  referidas  las  pavorosas  invenciones  del  pa- 
lacio encantado  de  Toledo,  contadas  ya  en  la  Historia  Gothica 
por  el  arzobispo  don  Rodrigo,  y  las  más  infelices  de  la  Cava,  no 
admitidas  del  toJo  por  don  Alfonso  *,  pónesp  término  á  esta  se- 
gunda parte  con  la  destrucción  y  llanto  de  España  -,  que  viene 
casi  toda  á  poder  de  los  sarracenos.  Comprenden  las  dos  últimas 
el  largo  y  glorioso  período  que  media  entre  la  proclamación  y 
jura  de  don  Pelayo  en  las  breñas  asturianas  hasta  el  fallccimienlo 
de  Fernando  III  en  la  (;apital  de  Andalucía:  nace  en  él,  crece  y 
llega  á  su  primera  juventud  el  carácter  nacional,  no  sin  terribles 
peligros  y  contradicciones,  que  infunden  á  la  Esloria  de  Espan- 
na  vivo  y  extraordinario  interés,  realzado  por  los  encantos  de  una 
imaginación  poética,  y  por  las  multiplicadas  bellezas  de  un  Icn- 


\  Después  de  mencionar  los  torpes  amores  de  Florinda,  dice,  aludiendo 
á  don  Julián:  «Algunos  dizen  que  fué  la  muger,  et  gcla  forcó;  mas  pero  por 
Mqualquier  que  fue  deslas  cosas,  deslo  se  leuanlo  el  deslroyoiionlo  de  Es- 
))panna  et  de  la  Gallia  gótica»  (II.*  Parte,  cap.  Lv). 

2  Debemos  advertir  que  el  celebrado  llanto  de  España  lo  imito  don  Al- 
fonso, bien  que  ampliándolo  y  dándole  más  color,  del  escrito  por  el  arzobispo 
don  Rodrigo  en  su  Historia  Gothica,  teniendo  sin  duda  presente  la  versión 
castellana  debida  al  mismo  prelado.  En  esta  comienza  el  referido  llanto: 
«Qué  dolor!  Ya  non  auie  qui  al^ar  la  mano  á  defender  Espanna!...  Fincó  la 
«tierra  yerma,  lienna  de  gentes  aienas:  rcnouáronse  los  males  de  Hércolcs 
»et  de  los  griegos:  rcnouáronse  los  males  de  los  alanos,  et  de  los  uándalos/ 
»Agora  conpecó  de  reg:iar  en  Espanna  lenguaie  aieno  ct  non  ouo  qui  la 
«conortar  nin  qui  fablassc  ó  se  doliesse  del  su  mal»  (cap.  .jO).  En  la  Esloria 
de  Espanna  que  analizamos,  comienza:  «Et  fincara  toda  la  tierra  vazia  del 
«pueblo,  bañada  de  lágrymas,  conplida  de  apellido,  huéspeda  de  los  extran- 
nnos,  cngannada  de  los  vezinos,  desmanparada  de  los  moradores,  uiuda  et 
«asolada  de  los  sus  fijos,  confondida  de  los  bárbaros,  desmedrada  por  llanto 
»et  por  llaga,  fallesdda  de  fortale9a.  Haca  de  fuerca,  menguada  de  conortc 
«asolada  de  los  suyos.  Allí  se  renouaron  las  mortandades  del  tiempo  de  Hér^ 
«coles;  allí  se  refrescaron  ct  podrescieron  las  llagas  del  tiempo  de  los  uán- 
«dalos,  el  de  los  alanos...  Olvidados  son  los  sus  cantares,  et  el  su  lenguaie 
«ya  tornado  es  en  ajeno  et  en  palabra  estranna»  (11."  Parte,  cap.  Lv).  Tanto 
aplauso  obtuvo  este  ensayo  de  elocuencia  declamatoria,  que  al  mediar  el 
siglo  XV  era  imitado  entre  otros  escritores  por  el  Marqués  de  Sanlilana  en 
otro,  que  intituló  Lamentación  en  propIiei;ia  de  la  segunda  destruijnon  de  Es- 
paña (Obras  del  mismo  publicadas  por  nosotros,  pág.  483). 


II. *  PARTE.  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   581 

guaje  fresco,  sencillo  y  lozano.  Como  otros  tantos  grupos  de  co- 
losales dimensiones,  resaltan  en  la  tercera  parte,  con  el  levanta- 
miento de  don  Pelayo,  coronado  de  prodigioso  triunfo,  las  sabro- 
sas historias  de  Cario'  Magno  y  Marsilio,  de  Alfonso  el  Casto  y 
Bernardo  del  Carpió,  de  Fernán  González  y  los  siete  Infantes  do 
Lara;  peregrinos  episodios,  donde  vemos  ya  el  influjo,  que  em- 
pezaban á  tener  la  llamada  Crónica  de  Turpin  ^  y  los  libros 
que  de  ella  se  derivan,  y  donde  resplandece  más  directamente  y 
con  mayor  fuerza  el  que  ejercían,  así  en  el  ánimo  del  historiador 
como  en  el  de  la  muchedumbre,  los  cantos  populares  y  los  poe- 
mas de  los  doctos  que  en  aquellos  estribaban.  Ni  deja  de  apare- 
cer esta  misma  influencia  en  los  sucesos  milagrosos,  que  desdo 
la  gran  victoria  de  Covadonga  hasta  la  aparición  de  San  Antoliu 
en  los  valles  de  Falencia,  esriíaltan  digámoslo  así  la  historia  de 
la  reconquista:  las  visiones  de  Alfonso  el  Casto,  Ramiro  II,  Fer- 
nán González  y  don  Sancho  el  Mayor,  fortaleciendo  el  patriotis- 
mo del  pueblo  castellano,  dan  razón  cumplida  del  sentimiento 
religioso,  que  le  alienta,  y  muestran  sobre  todo  que  la  guerra 
sostenida  contra  la  morisma  no  solamente  era  guerra  nacional, 
sino  esencialmente  religiosa. 

La  cuarta  parte,  cuya  autenticidad  se  ha  puesto  en  duda,  dan- 
do motivo  á  largas  y  eruditas  disquisiciones  críticas,  merced  alas 
poco  atinadas  advertencias  de  Florian  de  Ocampo  '^,  llamará  nues- 


i  En  el  cód.  F.  152  de  la  Blbl.  Nac,  antes  de  ahora  descrito,  ocupan 
los  dos  primeros  lug-ares  la  Epístola  Titrpini  ad  Leoprandum  y  la  Historia  fa- 
mosissimi  Karoli  Magni  qui  tellurem  hispanicam  et  galecianam  e  potesíate  sar- 
racenorum  Uberavit  (fól.  1.°  v.  al  fól.  19).  Según  ella,  fué  restaurada  casi  to- 
da España  del  yugo  mahometano  por  las  armas  de  Carlos,  pareciéndonos  pro- 
bable que  fuera  esta  historia,  extractada  de  la  fabulosa  de  Turpin,  el  libro  á 
que  aludió  primero  el  arzobispo  don  Rodrigo,  conforme  en  sulugar  apunta- 
mos, y  á  que  se  refirió  don  Alfonso  en  toda  esta  parte,  sin  olvidar  los  canta- 
res de  gesta,  que  en  nuestro  juicio  deben  ser  los  compuestos  por  los  proven- 
zales  y  franceses,  de  que  en  su  dia  trataremos. 

2  Florian  de  Ocampo  escribía,  al  comenzar  la  IV. **  Parte:  «Dizen  algunos 
»que  en  llegando  aqui,  sucedió  su  muerte  [del  Rey  Sabio];  con  cuyo  falleci- 
»miento  fallaron  también  sus  coronistas,  y  lo  siguiente  fué  recolegido  y  es- 
))crito  por  mandado  del  señor  rey  don  Sancho,  su  hijo»  (fól..  279  de  la  ed.  de 
Zamora).   La   suposición  no  puede  ser  más  infundada,  y  para  desvanecerla 


582  HISTOIIIA    CRITICA    DE    LA    LITEUATÜKA    ESPA^ÍOLA. 

tra  atención  muy  particularmente,  porque  más  que  otra  coulirma 
nuestras  anteriores  observaciones.  Principia  con  el  reinado  de 
Fernando  el  Mayor,  al  cual  se  enlaza,  lo  mismo  que  á  los  de  sus 
hijos  don  Sancho  el  Fuerte  y  Alfonso  VI,  *la. popular  historia  del 
Cid,  sobre  que  han  recaiJo  principalmente  las  sospechas,  cre- 
yéndola escrita  con  anterioridad  y  por  separado '.  Las  pruebas  en 


bastará  sólo  recordar  las  palabras  del  rey  don  Alfonso,  trascritas  en  el  texto. 
Si  pues  el  rey  declara  (por  los  años  de  1270,  como  lueg-o  comprobaremos)  que 
tenia  ya  terminada  algrun  tiempo  antes  la  Esloria  de  Espanna,  ¿cómo  se  ha  de 
dudar  de  sus  palabras?...  A  conocer  Ocampo  la  Grande et  General Estoria,  de 
seg^uro  hubiera  evitado  este  error,  que  ha  sido  padre  de  oíros  muchos,  aun 
entre  los  críticos  modernos  de  más  justa  nombradla,  según  en  la  siguiente 
nota  advertimos. 

i  Esta  es  la  opinión  do!  ilustrado  M.  Huber,  en  su  muy  erudita  Intro- 
ducción á  la  Chronica  del  famoso  Cavallero  Cid  Rui/  Diez  Campeador,  fundán- 
dose en  las  palabras  de  Ocampo  ya  trasladadas.  El  docto  j^rofosor  de  Berlín, 
con  una  paciencia  digna  de  todo  elogio,  copiando  además  la  final  adverten- 
cia del  expresado  edilor  (fól.  XLVII),  intenta  sacar  «las  pruebas  más  convin- 
»centcs  de  los  hechos  alegados  por  el  marqués  de  Mondéjar  para  fundar  una 
«opinión  todo  contraria»  (pág.  xLix).  Estos  hechos  so  reducen  al  recono- 
cimiento efectuado  por  el  marqués  sobre  la  Crónica  Abreviada  de  don  Juan 
Manuel,  sobrino  del  rey  don  Alfonso,  reconocimiento  que  dá  el  inteligente 
M.  Huber  por  incompleto,  declarando  que  no  prueba  lo  pretendido.  Para 
demostrarlo,  apela  al  número  de  capítulos  que  cada  una  de  las  tres  par- 
tes del  Sumario  de  la  Abreviada  contiene,  comparándolo  con  el  de  las  cuatro 
de  la  edición  de  Ocampo.  Si  esta  pudiera  tomarse  por  base,  probaria  algo, 
no  todo  el  trabajo  de  Iluber,  según  ha  indicado  ya  Mr.  Dozy,  rebatiendo  es- 
las  observaciones  {Recherches,  pág.  589).  Pero  para  nosotros  es  indiferente 
la  cuestión  de  las  partes,  pues  que  ya  sabemos  que  la  división  de  Ocampo  es 
arbitraria,  y  que  en  los  códices  más  antiguos  sólo  tiene  la  Estoria  de  Es- 
panna dos  grandes  secciones:  lo  que  importa  es  reconocer  si  la  abreviación 
de  don  Juan  Manuel,  que  fué  hecha  capítulo  á  capítulo,  sigue  ó  no  fielmente 
dicha  historia;  y  verificado  el  trabajo  sobre  los  Mss.  j.  Y.  2.  y  j.  x.  4.  de 
la  Biblioteca  Escurialense  y  el  códice  F.  81  de  la  Nacional,  declaramos  que 
la  historia  del  Cid  sobre  que  versa  la  cuestión,  abraza  en  el  segundo  Ms. 
ciento  sesenta  y  un  capítulos,  contando  en  el  tercero  ciento  sesenta,  sin  que 
se  aparte  el  abreviador  un  solo  ápice  de  la  historia  que  compendia.  Ahora 
bien;  como  es  muy  posible  ó  que  don  Juan  Manuel  reuniese  en  uno  dos  de 
esos  mismos  capítulos,  ó  que  en  el  códice  que  él  extractó  sólo  hubiera  los 
ciento  sesenta  del  Ms.  matritense,  ó  que  el  trasladador  del  códice  del  Esco- 
rial aumentase  de  propia  cosecha  una  rúbrica,  lo  cual  es  probable,  se  vé  con 


II.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERÜD.   583 

contrario  resultarán  de  la  exposición  siguiente. — En  ciento  sesen- 
ta y  un  capítulos,  extractados  en  su  Crónica  Abreviada  por  don 
Juan  Manuel,  se  repite  en  efecto  aquel  glorioso  nombre,  que  te- 
niendo despierto  el  entusiasmo  del  pueblo,  no  pudo  menos  de 
atraer-  sobre  sí  las  miradas  del  Rey  Sabio,  llevándole  al  propio 
tiempo  á  consultar  por  vez  primera  los  cantares  del  vulgo,  los  poe- 
mas ó  leyendas  de  los  semi-eruditos  y  las  historias  y  poesías  de  los 
mahometanos.  Preséntale  no  obstante  el  historiador  del  siglo  XIII 
más  devoto  y  sumiso  á  la  potestad  real  de  lo  que  le  hemos  visto 
en  la  Crónica  rimada  ó  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo, 
prueba  inequívoca  de  que,  ó  atendía  á  darle  nuevo  carácter,  ó 
se  habia  ya  modificado  aquella  tradición  primitiva,  revistiéndose 
tal  vez  de  nuevas  formas  poéticas  ^ .  Alterando  la  cronología  es- 
toda  claridad  que  las  arg'umentaciones  del  entendido  Huber  no  pasan  de  ser 
meras,  aunque  bien  fundadas,  conjeturas.  El  hecho  es  indudable:  don  Al- 
fonso el  Sabio  es  el  autor  de  toda  la  Estoria  de  Espanna,  como  él  lo  dice  y  lo 
evidencian  las  irrecusables  pruebas  alegadas:  en  orden  á  las  aventuras  ó  his- 
toria del  Cid,  exponemos  nuestra  opinión  en  el  texto,  y  respecto  de  su  Chró- 
nica  especial  en  el  lugar  oportuno. 

i  En  el  cap.  11  del  presente  volumen,  págs.  94  y  95,  trascribimos  el  pa- 
saje de  la  Leyenda  ó  Crónica  rimada,  en  que  se  narra  el  desafio  do  Marlin  Gon- 
zález y  del  Cid  sobre  la  ciudad  de  Calahorra:  tardando  Rodrigo  al  plazo  in- 
dicado, toma  la  demanda  su  padre,  y  cuando  llega  aquel,  se  fortalece  con  una 
sopa  en  vino,  entrando  luego  en  la  lid;  la  rima  del  indicado  pasaje  insiste  en 
el  asonante  ao.  En  la  Crónica  Genera/ hallamos,  al  narrar  este  hecho  ya  algún 
tanto  alterado,  los  versos  siguientes  (IV. ^  Parte,  cap.  I): 

Qiiando  el  plaí'o  fué  llegndo  |  en  que  auie  de    lidiar. 

Sobre  Calahorr.i...  Rodrigo  el  de  Bivar... 

Aluar   Fannez   de  Minnya  j  tomó   la  lid    en  su  logar — 

Macho  vos  pesa,   Rodrigo,  ¡  que  entraste   en  este  logar. 

Este  preito  por  las  manos  |  lo  auedes  a   librar 

Mas  Rodrigo  non  lo  quiso  | olbidar 

Et  diol'  una  ferida  ]  por  rostro  muy  grand... 

Muy  fuertes  et  muy  crueles  |  feríense  sin  piedat 
Ca  amos  eran  átales  |  que  sabien  muy  bien  far — ■ 

Martin  González  fab^tua  |  cuydandol'  espantar.— 

Estos  vestigios  de  metrificación,  manifiestamente  anteriores  á  la  época  de 
Berceo,  no  dejan  lugar  alguno  á  la  duda. 


SS4  HISTORIA    CRITICA    HE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

tiiblccida  por  el  Poema  de  Mió  Cid,  y  adoptada  tambicn  por  los 
romances,  púnele  la  Estoria  desterrado  bajo  el  ¡raperio  de  San- 
cho II,  colocando  en  los  primeros  años  del  reinado  de  Alfonso  YI 
el  extrañamiento  con  que  empieza  el  Poema,  en  que  se  pinta  al 
caudillo  castellano  ya  en  edad  avanzada.  Mas  es  lo  nolaWe  que 
en  la  narración  de  estos  acaecimientos  conocidos  de  nuestros  lec- 
tores, sigue  la  Estoria  de  Espanna  tan  al  pié  de  la  letra  al  men- 
cionado Poema,  que  pueden  fácilmente  restablecerse  los  versos. 
Sabemos  ya  cómo  cercado  en  el  castillo  de  Alcocer,  habló  el  Cid 
en  el  Poema  á  sus  caballeros:  veamos  este  mismo  pasaje  en  la 
Esloria  ': 

<iEl  agua  nos  han  ya  lollida  los  moros  el  si  assi  eslamos,  fallecemos  ha  el 
ytpan,  ct  aunq^ite  nos  queramos  yr  de  noche  á  furlo  non  podemos  nin  nos  con- 
tisentirán  ellos,  canos  tienen  cercados  de  todas  parles  et  vernos  yan.  Olrosy 
))Con  ellos  non  podremos  lidiar,  ca  son  muchos  además.  Et  Aluar  Fanez 
wMinaya  dixo  enlonze  contra  las  compañas:  Caualleros  como  queredes  vos 
vfazer?...  Ca  salidos  somos  de  Casliella  la  noble  et  la  lozana,  ct  uenidos  so- 
i)mos  á  este  logar  do  nos  es  menester  el  esfuerzo.  Si  con  moros  non  lidiamos 
»non  nos  querrán  dar  del  pan:  ca  bien  somos  aquí  seiscientos  ornes  de  armas 
))et  algunos  de  mas.  Pues  en  nombre  de  nuestro  Sennor  Dios  que  non  aya  y 
nal:  salgamos  á  ellos  ct  uayamos  los  ferir  como  uarones  et  esto  sea  crás. 
»Et  repusol'  el  Cid  el  dixoV:  Minaya,  fahlaste  como  yo  querie  el  assi  lo  de_ 
uemos  fazer  et  honrastesvos  en  ello:  ct  echemos  luego  fuera  del  casüello  á 
nlos  moros  et  las  moras,  por  que  non  sepan  nuestra  paridad,  nin  lo  fagan  sa- 
»ber  á  los  de  fuera»,  etc. 

Aceptado  este  partido,  salen  todos  al  campo,  dirigiéndose  con- 
tra los  moros,  los  cuales  se  pusieron  asimismo  en  movimiento: 

(iMouieron  sus  haz-es  contra  el  Cid,  cuydando  tomar  á  manos  al  Cid  et  á 
nlos  suyos.  Et  el  Cid  quando  aquello  vio,  comcncó  de  castigar  á  los  suyos 
«el  díxoles:  Aqui  estad  agora  quedos  en  este  logar  el  non  mouades  nin  dcrra- 
»mcdes  ninguno  de  uos  contra  ellos  fasta  que  yo  lo  mande.  Mas  Pero  Ber- 
ftmudez  non  gelo  pudo  endurar  el  corazón,  el  aguijo  adelante  con  la  seña  et 
))d¡xo  contra  el  Cid: — Mío  Cid,  el  nuestro  señor  Jhcsu  Chrislo  vos  ayude  á 
))la  vuestra  lealtad,  ca  yo  non  puede  al  fazer,  et  vo  meter  la  vuestra  seña 
t)en  aquella  mayor  haz  ct  en  el  mas  fuerte  logar  que  yo  allí  veo.  Desy  dixo 
)>assi  á  todos:  Amigos  los  que  dehdo  auedes,  en  buen  agora  veré  yo  en  como 
hocorredes  á  la  seña»,  etc.  * 


i     Véase  el  cap.  IV  de  cslc  lomo,  y  en  él  las  págs.  177  y  180. 

2    Subrayamos  las  palabras,  las  frases  y  los  versos  que  se  conservan  ín- 


II.*  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   583 

¿Puede  darse  mayor  fidelidad,  al  traer  á  la  historia  tan  pere- 
grinos materiales?...  Pues  no  menor  es  por  cierto  la  que  notamos 
en  orden  á,  las  fuentes  arábigas  de  la  vida  del  mismo  caudillo: 
carecía  el  Rey  Sabio  de  un  guia  seguro  respecto  de  la  conquista 
de  Valencia,  pues  que,  según  oportunamente  advertimos,  apenas 
se  hallan  apuntados  en  el  Poema  tan  memorables  sucesos  ':  no 
le  hubieron  de  satisfacer  acaso  las  tradiciones  de  los  eruditos, 
recogidas  en  la  Gesta  ó  Crónica  latina,  y  acudió  á  los  escrito- 
res árabes,  que  sobrecogidos  de  terror  y  llenos  de  admiración 
respecto  del  Cid,  hablan  consignado  en  sus  anales  la  memoria  del 
héroe.  Aben-al-Farax,  según  le  apellida  don  Alfonso,  ó  Abú 
Djafar-al-Battí,  como  quieren  modernos  críticos,  parece  ser  el 
autor  que  le  ministra  la  relación  del  asedio,  toma  y  posesión  de 
Valencia  ^;  mas  no  canonizando  al  Cid  en  la  forma  que  lo  habían 
hecho  los  poemas,  sino  presentándole  como  un  guerrero  feroz-  y 
cruel  que  se  ensañaba  con  los  vencidos,  llevándolos  á  la  hogue- 
ra, suerte  que  cobija  á  Abeniat  [Aben-Djahhá],  matador  del  rey 
Yahía  [Al-Kadir]  y  usurpador  de  sus  tesoros.  Al  leer  esta  singu- 
lar relación,  traducida  literalmente,  aunque  no  con  entero  acier- 
to ^,  y  al  reparar  en  el  empeño  con  que  el* Rey  Sabio  templa  y 


tegros,  y  damos  la  preferencia  á  los  pasajes  que  cUamos  en  el  análisis  del 
Poema,  á  fin  de  que  puedan  los  lectores  conoprobar  por  sí  en  los  capítulos  III 
y  IV  de  este  volumen  todas  estas  observaciones  críticas. 

i  Véanse  los  versos  H85  y  sig-uientes,  trascritos  en  el  cap.  III,  antes 
citado. 

2  El  estudio  que  sobre  este  punto  ha  hecho  Mr.  Dozy  en  las  Investigacio- 
nes mencionadas  arriba,  es  de  suma  importancia  histórica  y  literaria.  Sin 
embargo,  en  lo  relativo  al  nombre  del  autor  no  producen  sus  observaciones 
entera  convicción:  que  la  relaciones  debida  á  un  escritor  mahometano,  es 
indudable:  que  sea  Abú  Djafar-al-Batti  ó  Aben-al-Farax  no  pasará  tan  fácil- 
mente á  ser  hecho  demostrado. 

3  Dozy  dice  sobre  este  punto:  «El  estilo  [de  esta  narración]  contrasta  sin- 
Mgularmente  con  el  de  la  Crónica.  Pesado  y  embarazoso,  desfallece  de  con- 
Mtínuo:  presenta  todo  el  carácter  de. una  traducción,  no  ya  fiel,  sino  servil, 
»de  una  traducción  que  aspira  hasta  á  conservar  la  construcción  del  original. 
))Es  á  veces  tan  oscura,  sobre  todo  cuando  el  traductor  se  enreda  en  los  pro- 
Mnombres  posesivos  (y  téngase  en  cuenta  que  por  el  frecuente  uso  de  dichos 
«pronombres  será  siempre  oscura  toda  traducción  servil  del  árabe),  que  oso 


3SK  HISTORIA    CRItICA    DE    LA    LITEUATUnA    KSPAÑOLA. 

modifica  cu  la  persona  de  Ruy  Diaz  aquellos  agrestes  instintos 
de  independencia  que  hemos  reconocido  en  el  Rodrigo  de  la  Le- 
yenda de  las  Mocedades,  creemos  descubrir  el  pensamiento  po- 
lítico de  rebajar  algún  tanto  la  estatura  del-  conquistador  de  Va- 
lencia, atenuando  el  interés,  que  sus  altas  empresas  inspiraban, 
con  los  efectos  repugnantes  de  su  fiereza.  El  cuadro,  verdadera- 
mente patético,  de  la  cautividad  de  la  corte  de  Yahía,  está  com- 
pendiado en  la  canción  elegiaca,  atribuida  por  don  Alfonso  al  al- 
caide Alhugi  [Alfaraxí]  y  notable  por  más  de  un  concepto: 

«Valencia!...  Valencia!...  (dice)  uenieron  sobre  (i  muchos  qucbranlos  el 
Mestás  en  hora  de  morir;  pues  si  ucnlura  fuere  que  lú  escapes,  esto  será 
wgrand  marauiella  á  quien  quier  que  te  uierc. 

))Et  si  Dios  fizo  merced  á  alg"un  logar,  tenga  por  bien  de  lo  facer  á  lí;  ca 
wfuesle  nonbrada  alegría  el  solaz  en  que  lodos  los  moros  folgauan,  el  auien 
Msabor  el  plazer. 

))El  si  Dios  quisier  que  de  todo  en  todo  le  ayas  de  perder  desla  vez,  será 
))por  los  tus  grandes  peccados  el  por  los  tus  grandes  atreuimienlos  que 
))0uisle  con  tu  soberuia. 

»Las  primeras  quairo  piedras  cabdales  sobre  que  lú  fueste  formadaj 
wquiérense  ayuntar  por  fazer  grand  duelo  por  lí  el  non  pueden. 

))El  tu  noble  muro  que  sobre  estas  quairo  piedras  fué  leuantado,  ya  se 
Mcslremece  lodo  el  quiere  caer,  ca  perdido  ha  la  fuerca  que  auíe. 

))Las  tus  muy  altas  torres  el  muy  fcrmosas  que  de  lueñe  parescíen  el 
))Conorlauan  los  cora9ones  del  pueblo,  poco  á  poco  se  uan  cayendo. 

MLas  lus  blancas  almenas  que  de  lueñe  muy  bien  relunbrauan,  perdido 
))han  la  su  beldat,  con  que  bien  parescíen  al  rayo  del  sol. 

»Et  lu  muy  noble  rio  cabdal  Guadalaiiiar  con  todas  las  otras  aguas  de 
wque  le  lú  muy  bien  seruíes,  saludo  es  de  madre  el  ua  onde  non  deue. 

))Las  lus  a9equias  muy  claras  el  á  las  gentes  mucho  aprouechosas,  re- 
)) lomaron  toruias,  el  con  la  mengua  de  las  limpiar  uan  llenas  de  muy 
Mgrand  cieno. 

»Las  lus  muy  nobles  et  uiciosas  üerlas  que  enderredor  de  lí  son,  el  lobo 
«rauioso  lies  cauó  las  rayzes  el  non  pueden  dar  fructo. 

))Los  lus  muy  nobles  prados,  en  que  muy  fermosas  flores  el  muclias 
))auie,  eon  que  tomaua  el  lu  puebro  muy  grant  allegria,  lodos  son  ya  secos. 

))E1  muy  noble  puerto  de  mar,  de  que  tú  lomauas  muy  grand'  onrra,  ya 


«decir  que  mullilud  de  frases  son  ininteligibles,  a  cualquiera  que  no  posea  el 
«árabe  y  no  traduzca  á  osla  lenjua  sus  frases  embrolladas»  (pag.  394).  Mr. 
Doy  pone  después  algunos  egcmplos,  que  si  no  son  lodos  ¡guahncnle  admi- 
sibles y  salisfactorios,  prueban  no  obstante  sus  observaciones. 


II.      PARTE,    GAP,    XI.    SEG.    TRVSF.    DEL    AKTE    VULG.    ERÜU.       fiS? 
«es  menguado  de  las  noblezas  que  por  el  te  solíen  uenir  á  menudo. 

))E1  tu  grand  término,  de  que  tú  te  llamauas  sennora,  los  fuegos  lo  án 
«quemado  et  á  tí  llegan  los  grandes  fumos. 

))A  la  tu  grand  enfermedat  nol'  puedo  fallar  melesina  el  los  físigos  son 
wya  desesperados  de  te  nunca  poder  sanar. 

«Valencia!...  Valencia!...  Todas  estas  cosas  que  te  hé  dichas  de  ti,  con 
Mgrand  quebranto  que  yo  tengo  en  el  mi  coracon,las  dixe  et  las  razoné»". 

Leída  esta  elegía,  característica  del  genio  oriental,  ¿dudará  al- 
guno de  que  fué  traducida  de  su  original  directamente?...  Tras 
semejante  relación,  que  acreditando  una  vez  más  el  noble  anhelo 
de  la  verdad,  abrigado  por  don  Alfonso,  ponia  de  manifiesto  con 
lo  genuino  de  su  origen  la  predilección  del  rey  á  la  literatura  de 
los  árabes,  tornaba  á  ser  tenido  por  guia  el  Poema  de  Mió  Cid, 
no  sin  introducirse  en  la  historia  las  aventuras  de  Martin  Pelaez, 
su  sobrino,  personaje  que  no  tiene  representación  alguna  en  el 
indicado  poema.  La  narración  vuelve  á  ir  sin  embargo  tan  ceñida 
á  este  monumento  poético  como  demuestran  los  siguientes  pasa- 
jes. El  Cid  demanda  y  reta  á  los  infantes  de  Carrion  en  las  curtes 
de  Toledo,  obtenidas  ya  sus  riquezas  y  recobradas  sus  espadas: 

^Infantes,  qué  uos  merescl  ijo,  porque  me  desonrrastes  mis  fijas  et  las 
«acotástes  en  el  Robledo  de  Carpes?  Ca  mucho  ualedes  jnenos  por  lo  que  fe- 
))Cistes  [uos]...  El  conde  don  García  dixo:  Sennor  R.ey  don  Alfonso,  en  1q  que 
))fezieron  los  ynfanles  á  las  fijas  del  Cid  non  erraron  y  nada,  ca  non  ¡as 
nquirien  solmente  para  seer  sus  barraganas.  El  Cid  es  avezado  á  venir  á  cortes 
^pregonadas  et  por  esto  trae  la  barba  luenga;  et  por  quanto  el  diz  non  damos 
npor  ello  nada. — El  Cid  quando  esto  oyó,  leuantóse  en  pié  et  puso  la  mano 
nen  su  barba,  et  dixo:  Conde,  grafías  á  Dios  porque  la  mi  barba  es  luenga, 
tica  fué  siempre  criada  en  vicio  el  á  sabor  de  sí,  et  pues  ¿qué  auedes  uos  á 
^retraer  della?  Ca  nunca  della  me  priso  orne  del  mundo  nin  mela  mesó,  como 


\  IV.*  Parte,  fól.  239  de  la  ed.  de  Ocampo.  En  un  magnífico  Ms.  de  la 
librería  del  señor  duque  de  Osuna,  que  fué  escrito  de  orden  y  bajo  la  direc- 
ción del  Marqués  de  Santillana,  según  demuestra  su  escudo  de  armas  y  su 
empresa  caballeresca  puesta  en  la  primera  foja,  se  inserta  en  caracteres  lati- 
nos el  texto  árabe  de  esta  singular  elegía. — De  una  á  otra  estrofa  se  lee  la 
versión  castellana  de  la  misma,  que  difiere  muy  poco  de  la  trascrita  en  el 
texto:  el  expresado  códice  parece  corresponderá  la  Estoria  de  Espanna  del  rey 
don  Alfonso. — Doq  Pedro  José  Pidal  ha  publicado  dicho  texto  en  los  apéndices 
al  Discurso  preliminar  del  Cancionero  de  Baena  (pág.  LXXXIV),  bien  que  atri- 
buyéndolo á  otra  Crónica,  de  que  en  su  lugar  hablaremos. 


S38  HISTOIVIA    crítica    DE    LA    LITERATURA    ESPS?!OLA 

})yo  la  mesé  á  uos  en  el  Casíiello  de  Cabra  el  nos  saqué  dolía  nn'ts  quo  una 
tipulgada  grande,  el  bien  ciiydo  que  la  non  Iciicdes  aun  bien  coiqtlida,  ea 
)>yo  la  tengo  aqui  en  mi  bolsa». 

Replicando  Ferran  González,  uno  de  los  infantes  de  Carrion, 
añade  Ruy  Diaz,  dirigiéndose  á  Pedro  Rormudez: 

uFabla,  Pero  Mudo:  ¿cómo  íe  callas!  ¿Non  sabes  que  tus  primas  cormaims 
))Son  mis  pjas  el  como  quier  quedos  me  digan  esto,  ú  ti  dan  las  oreiadas' 
yyPero  Bermiidez-  dixo: — Cid,  nunca  tales  costumbres  vi  como  uos  auedes: 
Mnunca  me  lamades  en  las  Cortes  sinon  Pero  Mudo.  Eslonze  se  lornó  conlra 
))Ferran  González  el  dixo: — Mentiste  en  quanto  dixiesle,  ca  sienpre  ualiesfe 
))lú  mas  por  el  Cid;  el  lodas  las  tus  tnannos  yo  te  las  diré  agora.  Sabes  que 
))uiníe  un  moro  por  lidiar  eonligo  el  con  el  yranl  miedo  que  ouisles,  fugis- 
níes  conlra  él  el  ouiérale  muerlo,  sinon  por  mí  que  lidié  con  él  el  malélo  el 
))lomé  su  cauallo  et  áltelo;  el  alabástete  lú  aritel  Cid  que  tú  mataste  al  moro, 
Mcuyo  era.  Tú  eres  fermoso,  mas  mal  barragan,  ¿pues  cómo  osas  fablar,len- 
lygua  sin  manos'.  Olrosí  non  te  acuerdas  de  lo  que  te  contenió  en  Valenria, 
wquando  se  solió  el  león  que  le  metieste  só  el  escarnio  con  el  grand  miedo  que 
))ouisle  del?...  Por  quanlo  allá  fezisle,  vales  01/  menos,  el  por  ende  et  por  lo 
))que  fezisle  á  las  fijas  del  Cid,  reptóte  por  malo  et  por  traijdor  el  lidiártelo 
»lié  delante  del  reij  don  .Mfonsoiy  *. 

La  Última  parle  de  la  historia  del  héroe  de  Rivar  que,  demás 
del  segundo  matrimonio  de  sus  hija?,  comprende  la  embajada  del 
Soldán  de  Egipto,  la  conversión  de  Alfaraxi,  quien  recibe  en  el 
bautismo  el  nombre  de  Gil  Diaz,  la  muerte  y  victoria  del  Cid  sobre 
un  segundo  rey  Rucar,  su  enterramiento  en  Cárdena  y  el  milagro 
del  judio  que  osó  tocarle  ía  barba,  reconoce  por  fuente  otras  di- 
versas tradiciones  ó  leyendas,  consultadas  sin  duda  las  que  en  el 
referido  monasterio  se  conservaban  '2. 


{  Debemos  declarar  aquí  quo  al  transcribir  estos  pasajes  hemos  preferido 
los  códices  j.  X.  4.  del  Escorial,  y  F.  133  de  la  Biblioteca  Nacional,  capí- 
tulo 233.  Pueden  verse  los  correspondientes  del />Oíí/Ha  en  las  págs.  1(33  y 
182  del  présenle  volumen. 

2  Que  el  Rey  Sabio  consultara  las  tradiciones  locales  de  Cárdena,  no 
puede  ponerse  en  duda,  leidos  los  últimos  capítulos  quo  al  Cid  se  refieren:  ni 
podrá  parecer  tampoco  inverosímil,  cuando  se  repare  en  que  acudió  el  Rey  á 
los  monasterios  para  recoger  materiales  históricos,  de  lo  cual  puede  tam- 
bién ser  comprobante  la  naYracion  relativa  a  Fernán  González,  cuyo  poema, 
según  demostramos,  hubo  de  escribirse  en  Arlanza. 


II.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF,  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   589 

No  tan  populares  los  caudillos  que  suceden  al  debelador  de  Ya- 
lencia,  ni  tan  abundantes  los  materiales  acopiados  por  la  poesía  y 
la  historia,  encierra  el  Rey  Sabio  la  relativa  al  siglo  XII  en  redu- 
cido número  de  capítulos,  bien  que  deteniéndose  al  tratar  de  Al- 
fonso YIII  ante  el  sorprendente  espectáculo  que  ofrece  su  prós- 
pero y  glorioso  reinado.  No  menos  feliz  el  de  Fernando  III,  en 
cuyas  sienes  se  reúnen  para  siempre  las  coronas  de  León  y  Cas- 
. tilla,  merced  á  los  generosos  esfuerzos  de  la  gran  Berenguela, 
conságrale  el  rey  historiador  hasta  noventa  y  dos  capítulos,  llenos 
de  interés  y  no  exentos  de  novedad,  aun  después  de  conocidos 
los  principales  sucesos  de  aquel  tiempo.  Las  interesantes  anécdo- 
tas del  largo  asedio  de  Sevilla,  que,  recordando  algunos  de  los 
más  sabrosos  apólogos  del  Conde  Liicanor,  vinculan  en  la  histo- 
ria patria  los  nombres  de  don  Lorenzo  Xuarez  Gallinato,  Garcipe- 
rez  de  Yargas,  Pero  Ponce  de  León,  Alfonso  Tellez  de  Meneses, 
Melendo  y  otros  muchos  ',  comunican  á  esta  final  parle  de  la 
Estoria  de  Espanna  extraordinario  movimiento  dramático,  ha- 
llando digna  corona  en  el  fallecimiento  de  Fernando  III,  llorado 
amargamente  por  todos  sus  vasallos: 

«Quién  (dice)  podrá  contar  las  marauiellas  de  los  grandes  llantos  que 
«por  este  noble  et  bienaiienturado  rey  don  Ferrando  fueron  fechos  por 
»Seuilla,  donde  el  su  finamiento  fué  et  el  su  cuerpo  sancto  yaz  etpor  todos 
»los  regnos  de  Castiella  et  de  León?  Et  quién  vido  tanta  duenna  de  alta 
«guisa  et  tantas  donzellas  andar  descabelladas  et  rasgadas  et  ronpidas  de 
))sus  fazes  et  tornándolas  en  sangre  et  en  la  carne  uiva?  Quién  uido  laníos 
wynfantes  et  tan  ricos-ornes  et  tantos  ynfancones  et  laníos  caualleros  et 
womes  nobles  andando  baladrando  et  dando  boces,  messando  sus  cabecas 
))et  rompiendo  sus  fruentes  et  faziendo  en  sí  grandes  quexas?  Et  las  mara- 
))uiel!as  de  los  llantos  que  los  ornes  de  la  cibdad  fazien  non  es  ome  que  lo 
)'pudiesse  pensar.  luenes  fué  por  noche  aquel  doloroso  dia,  en  queste  sancto 


\  Entre  las  curiosas  anécdotas  que  encierra  esta  última  parle  de  la  Esto- 
ria de  Espanna,  son  de  recordar  la  aventura  de  la  cofia  de  Garci  Porez,  cele- 
brada en  los  cantos  populares  (cap.  419);  las  proezas  de  los  maestres  de  Al- 
cántara, Calatrava,  Avís  y  Uclés,  á  quienes  mueve  g-enerosa  emulación  (ca- 
pítulos siguientes);  la  victoria  de  Gallinato  y  Arias  González  de  Quexada  en 
el  Axarafe  (427);  la  de  Diego  López  de  Haro  (437);  la  prueba  de  las  armas 
de  Garci  Pérez  contra  el  infanzón  aragonés,  que  pictendió  usurparle  timbre  y 
mote,  y  otros  no  menos  importantes  episodios,  consagrados  por  la  poesía. 


;;90  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

nrey,  de  que  la  esloria  ha  contado,  doxú  la  uida  dosle  mundo  el  fucsse 
xpara  la  perdurable,  do  regna  aquel,  cuyo  seriiidur  era»  '. 

Tal  es  la  Estoria  de  Esjmnna  escrita  por  Alfonso  X:  en  ella  se 
acumulan  y  funden  por  vez  primera  en  lengua  castellana  todos  los 
elementos  históricos  que  hemos  indicado,  deteniéndonos  á  com- 
probarlo con  egcmplos,  lomados  en  especial  de  la  cuarta  y  última 
parte,  porque  la  singular  manera  de  asimilación  que  respecto  de 
los  mismos  ofrecen,  ha  dado  origen  á  las  ya  referidas  controver- 
sias. Quién  ha  sostenido  en  efecto  que  no  terminó  el  Rey  Sabio 
tan  renombrada  obra:  quién  ha  supuesto  que  la  historia  del  Cid 
fué  ingerida  en  la  de  Espanna,  muerto  ya  el  monarca,  y  lomán- 
dola de  la  Crónica  vulgar  del  héroe  castellano:  quién  ha  negado 
la  autenticidad  de  estas  narraciones,  adelantándose  hasta  decla- 
rarlas absolutamente  apócrifas.  Todo  rcqueria  larga  meditación  y 
estudio  para  ser  resuelto  de  un  modo  lan  decisivo;  pero  á  todo 
contestan  victoriosamente  los  hechos,  comprobados  ya  por  noso- 
tros de  una  manera  indubitable.  Si  pudiera  abrigarse  todavía 
alguna  duda  sobre  la  legitimidad  de  la  última  parte,  preguntaría- 
mos, ¿cuál  es  el  libro  castellano,  en  que  se  hallan  recogidos  con 
lan  nativa  pureza,  con  tan  extraordinaria  frescura,  esos  materiales 
históricos  elaborados  por  la  poesía  cristiana  y  por  la  tradición  ya 
escrita  de  los  árabes?...  ¿Quién  pudo  ser  en  la  España  del  si- 
glo XIII  el  autor  ilustrado  por  excelencia,  que  anhelando  consul- 
tar al  propio  tiempo  todas  las  fuentes  de  la  historia  nacional,  no 
temiera  contaminarse,  al  poner  en  contribución  los  libros  históricos 
y  la  poesía  musulmana?...  Pues  si  se  muestran  en  la  Estoria  de 
Espnnna  los  materiales  que  respecto  de  la  vida  del  Cid  se  derivan 
del  Poema,  tan  poco  alterados  como  ya  hemos  advertido;  si  la 
relación  de  la  conquista  de  Valencia  es  una  simple  traducción  de 
otra  arábiga;  y  finalmente,  si  consta  por  declaración  del  Rey  Sa- 
bio que,  al  empezar  la  Grande  el  Generql  Estoria,  tenia  ya  con- 
cluida la  de  Espanna,  ¿cómo  se  ha  de  traer  á  tela  de  juicio  la 


i  Este  final,  que  dista  mucho  del  que  hallamos  en  la  edición  de  Ocampo, 
eslá  tomado  de  los  códices  F.  133  de  la  Biblioteca  Nacional  y  j  X.  H  de  la 
Escurialense,  que  encierra,  aunque  sin  guardar  el  mismo  orden  de  capítulos, 
la  anticua  H.*  Parto  do  la  Estoria  de  Espantta. 


11.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EUUD.   591 

legitimidad  de  la  última  parte  de  la  misma?...  ¿Ni  cómo  ha  de  ser 
posible  anteponerle  la  Crónica  particular  del  Cid,  donde  todos 
esos  elementos,  más  desfigurados,  más  fundidos  digámoslo  así, 
apenas  dan  leves  indicios  de  su  origen?...  ^  Al  tratar  de  la  Cró- 
nica mencionada,  explanaremos  estas  y  expondremos  otras  obser- 
vaciones que  no  dejan  resquicio  alguno  á  la  duda:  notaremos  por 
último  en  urden  á  la  Estoria  de  Espanna,  que  si  hay  en  esta 
parte  más  rudeza  de  estilo  que  en  las  tres  anteriores,  si  hay  al- 
guna desigualdad,  no  deberán  por  cierto  parecemos  peregrinas, 
cuando  reparemos  en  la  fidelidad  con  que  se  ha  procurado  seguir 
la  narración  del  Poema,  escrito  un  siglo  antes,  y  en  la  exactitud 
con  que  se  atendió  á  trasladar  al  castellano  la  relación  arábiga: 
no  olvidemos  que  el  estilo  y  lenguaje  de  la  vida  de  Fernán  Gon- 
zález, tomada  de  un  poema  compuesto  pocos  años  antes  que  la 
Estoria,  se  hermanan  mucho  más  con  el  lenguaje  y  el  estilo  del 
Rey  Sabio  2. 

Incansable  este  príncipe  en  la  realización  de  sus  grandes  pro- 
yectos, acometía  algunos  años  después  de  terminada  la  de  España 
la  historia  universal;  pensamiento  que  por  lo  nuevo  en  aquel  siglo, 
por  lo  trascendental  y  elevado  debiera  hoy  causarnos  verdadera 
maravilla,  si  para  quilatar  la  gloria  que  dio  su  ejecución  al  hijo 
de  Fernando  III,  no  poseyéramos  la  misma  historia.  Acopiaba  el 
rey  para  llevarla  á  cabo,  cuantos  libros  llegaron  á  su  conoci- 
miento, ya  fueran  debidos  á  la  antigüedad,  ya  á  los  tiempos  que 
le  preceden,  ora  á  los  pueblos  cristianos,  ora  á  los  orientales,  sin 
olvidar  las  obras  que  más  fama  tenían  en  países  extraños  y  acu- 
diendo al  par  á  las  bibliotecas  de  las  catedrales  y  los  monasterios, 
principales  depósitos  de  toda  riqueza  literaria  ^.  Inmenso  fué  el 


1  Hasla  aquí  hemos  atendido  á  probar  que  la  Estoria  de  Espanna  fué  ter- 
minada por  el  Rey  don  Alfonso,  y  lo  dejamos  demostrado  histórica  y  litera- 
riamente con  la  declaración  del  mismo  autor  y  con  el  examen  de  su  obra:  en 
lug'ar  oportuno  desvaneceremos  las  erradas  consecuencias  y  aplicaciones  que 
se  han  hecho  á  la  historia  literaria  de  la  opinión  que  combatimos. 

2  Véanse  las  observaciones  que  sobre  este  punto  hicimos,  al  examinar  el 
Poema  de  Ferran  González,  y  sobre  todo  las  notas  de  la  págs.  342,  3o5  y 
360  del  indicado  cap.  VII. 

3  El  entendido  marqués  de  Mondéjar  inserto  en  sus  Memorias  Históricas 


592  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITElt ATURA    trSPAÍÍOLA. 

cúmulo  de  historiadores,  geógrafos,  poetas,  santos  Padres,  expo- 
sitores, teólogos,  canonistas,  jurisconsultos  y  íliósofos,que  reunió 
con  aquel  intento,  y  cuya  autoridad,  alegada  do  continuo,  prueba 
de  un  modo  irrecusable  que  hubieron  de  ser  todos  atentamente 
consultados.  No  puede  asegurarse  ni  aun  suponerse  sin  peligro  de 
error,  que  lo  fueran  todos  con  igual  criterio,  como  no  lo  habían 
sido  respecto  de  la  Estoria  de  Espanna:  ái'duas,  insuperables 
eran  en  el  siglo  XIII  las  diflcultades  de  la  cronologia;  plagada  do 
absurdos  y  desprovista  de  medios  de  esclarecimiento,  hallábase  la 
geografía  en  el  más  completo  caos;  mal  expuestos,  contradichos  ó 
negados  los  hechos,  carecía  la  narración  de  todo  racional  apoyo, 
olvidado,  más  bien  que  perdido,  el  egemplo  de  los  grandes  histo- 
riadores griegos  y  latinos.  Empeño  verdaderamente  hercúleo  era 
pues  el  de  Alfonso  X,  que,  aspirando  á  levantar  edificio  tan  sun- 
tuoso, habia  menester  primero  reducir  á  un  centro  común  y  dar- 
les armonía  los  multiplicados  materiales,  cuya  desemejanza  y  opo- 
sición rechazaban  todo  amigable  avenimiento.  La  empresa  era  en 
verdad  de  aquellas,  á  que  puede  aplicarse  el  dístico  de  un  cele- 
brado poeta  moderno: 


del  rey  don  Alonso,  y  dio  razón  de  varios  recibos  otorgados  por  este  principa 
á  favor  de  los  monasterios  y  catedrales  en  que  existían  Mss.  El  primero,  fe- 
cliado  a  20  de  febrero  de  la  Era  1 308  ( 1 270),  dice:  «Otorgo  que  tengo  de  vos, 
»el  prior  y  convenio  de  Sánela  Maria  de  Nágera,  prestados  estos  libros:  las 
)iAddii;.iünes  de  Donato,  Eslacio  de  Tliébas,  el  Catálogo  de  los  reijes  Godos,  el 
»libro  Juzgo  de  ellos,  Boecio  De  Consolalione,  un  libro  úc  Justicia,  Prudencio, 
»Geórgicas  de  "Virgilio,  Epístolas  de  Ovidio,  la  Historia  de  los  Reyes,  Isidoro 
))el  menor,  Donato,  el  Barbarismo,  el  comento  de  Cicerón  sobre  el  Sueño  de 
))S^ipion;  el  olorgándolos  cnibiar  tanto  que  los  fagamos  escreuir»  (págs.  432 
y  453). El  segundo,  menciona  el  libro  de  los  Cánones,  las  Eiymologias  de  San 
Isidoro,  las  Colaciones  de  Juan  Cassiano  y  el  Lucano  (id.,  id.,  y  Bibl.  ¡N'ac, 
cód.  D.  41,  fól.  47))-  Atendida  la  fecha  de  estos  documentos  y  constando 
que  la  Esloria  de  Espanna  estaba  ya  concluida  al  escribirse  los  primeros  libros 
de  la  Grande  et  General;  fijándose  el  año  1200  como  época,  en  que  la  pri- 
mera se  empieza,  y  denotándose  por  las  palabras  del  rey  feziemos,  departi- 
mos, etc.,  que  median  algunos  años  enlre  la  terminación  de  la  primera  y  el 
principiar  de  la  segunda,  no  creemos  fuera  de  razón  el  suponer  que  acabada 
\3.  Esloria  de  Espanna  ó  Crónica  General  de  1260  á  1208,  se  comenzábala 
universal  en  1270  ú  1271,  invertidos  los  años  intermedios  en  acopiar  los  ma- 
teriales. 


II.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EUUD.   393 

Dirán:  al  cielo  se  atrevió  el  aliismo: 
El  atreverse  sólo  es  lieroismo  '. 

En  medio  de  los  obstáculos  que  el  estado  de  las  ciencias  y  de 
las  letras,  la  inexperiencia  de  la  historia  y  su  propia  credulidad 
le  suscitaban,  no  perdia  sin  embargo  el  Rey  Sabio  de  vista  que 
era  católico;  y  buscó  en  las  Sagradas  Escrituras  el  principio  de 
unidad  fija,  inmutable,  eterna,  que  debia  servir  de  norte  á  todas 
sus  tareas.  Proponíase  narrar  «las  grandes  cosas  que  acaescieron 
)jpor  el  mundo  desde  que  fué  comengado  fastal  su  tienpo»,  con- 
tando según  lo  hicieron  los  «ornes  sabios  los  fechos  de  Dios  et  de 
))los  prophetas  et  de  los  sanctos,  et  otrosy  de  los  reyes  et  de  los 
«altos  ornes,  et  de  las  cauallerias  et  de  los  pueblos»:  la  historia 


1  Rcinoso,  Inocencia  perdida,  oct.  VII.  La  extensión  é  importancia  de  los 
estudios  que  hizo  el  Rey  Sabio  para  dar  cima  á  la  historia  universal,  sólo 
pueden  debidamenle  apreciarse  al  considerar  el  prodigioso  número  de  autores 
que  consulta.  Sin  pretender  formar  un  catálogo  (que  fuera  lo  más  acertado, 
á  no  abultar  por  exceso),  pondremos  aquí  algunos  nombres  de  escritores 
griegos,  latinos,  hebreos  y  árabes,  que  contribuirán  sin  duda  á  esclarecer  este 
punto.  Entre  los  griegos  se  cuentan:  Hesiodo,  Macón  ó  Machaon,  Agatheo, 
Acusilao,  Ephoro,  Eusebio,  Josepho,  Procopio,  Mancthon,  Belenico,  Theo- 
docion,  Methodio,  Papias,  Orígenes,  Nicholao  de  Damasco,  Hierónimo  de 
Egipto,  Constantino,  Manassés  ó  Manasseas,  etc.:  entre  los  latinos:  M. 
Varron,  M.  Tullo,  Virgilio,  Plinio,  Livio,  Mela,  Ovidio,  Cornelio  Nepote, 
Orosio,  Lucano,  Trogo  Pompeyo,  Justino,  Justiniano,  San  Gerónimo,  Do- 
nato, San  Agustín,  Simaco,  Prisciano,  San  Isidoro,  Beda,  Pedro  de  Riga, 
Maestre  Gualtero,  Pedro  Lombardo,  Strabon  (Walafrido),  Rábano  Mauro, 
Godofre  de  Viterbo,  don  Lúeas  de  Tuy,  don  Rodrigo  de  Rada,  etc.  Entre  los 
hebreos  y  árabes,  demás  de  los  sagrados  libros,  la  Misnáh,  la  Cabala  y  el 
Talmud,  Miniamí,  Beroso,  Abu  Obaid-al-Kortobí,  Abí  Ali-ben-Alzeiat,  Aben- 
Abec  y  otros  muchos,  cuyos  nombres  pasa  en  silencio.  Digno  es  de  tenerse 
presente  que  el  rey  don  Alfonso  cita  con  mucha  frecuencia,  diciendo:  ((Cuen- 
tan las  ostorias  arábigas;  como  fablan  los  hebraicos;  departen  los  Setenta;  di- 
cen los  Padres  et  los  exponedores»,  etc.,  todo  lo  cual  supone  inmensa  lec- 
tura. Ni  es  para  olvidarse  la  observación  que  ciertos  nombres  nos  ministran: 
los  libros  de  Godofre  de  Viterbo  ó  Witemberga,  titulados  Pantheon  y  Ge- 
nealogia  Reguin  et  Iinperatorum,  que  fueron  escritos  en  los  últimos  años  del 
siglo  XII,  así  como  los  de  otros  escritores  que  florecen  ya  entrado  el  XIII, 
son,  lo  mismo  que  los  de  la  antigüedad,  muy  familiares  al  rey  de  Castilla: 
esto  confirma  cuanto  llevamos  dicho  respecto  del  noble  anhelo  de  ciencia  que 
le  distingue,  y  corona  el  cuadro  de  sus  merecidas  alabanzas. 
TOMO    lll.  58 


r,!)^  Hlí^TORIA    CRlTir.A    DE    LA    LlTEnAinRA    ESPAÑOLA. 

(le  la  liumanitlad  entera,  diciendo  «la  ucrdat  de  todas  las  cosas, 
«para  que  lomassen  los  ornes  ensenplo»,  era  por  tanto  el  objeto 
de  sus  vigilias,  que  reconociendo  al  Génesis  por  base  y  cimiento, 
se  encaminaban  constantemente  á  derivar  de.  este  común  princi- 
pio el  origen  de  todas  las  naciones.  Aparecía  en  la  grande  obra 
del  rey  de  Castilla  cual  la  primera  ley  histórica,  la  unidad  de  la 
iTLza  humana;  y  estableciéndose  como  consecuencia  inevitable  la 
coexistencia  armónica  y  el  progresivo  y  mutuo  desari'ollo  de  to- 
das las  generaciones  que  tenian  en  los  hijos  de  Noé  reconocidas 
cabezas,  salvábase  en  las  famosas  columnas  ó  pilares  de  Jubal, 
lio  la  memoria,  sino  la  ciencia  del  hombre,  trasmitiéndose  en  esta 
l'orma  á  todos  los  pueblos  la  idea  de  la  revelación,  oscurecida 
por  último  en  diversas  regiones  por  las  nieblas  de  la  idolatría.  La 
ignorante  gratitud  de  los  hombres  dá  nacimiento  á  las  falsas 
creencias  sobre  que  aquella  se  funda,  siendo  distintas  sus  ma- 
nifestaciones en  los  adoradores  de  la  tierra,  del  aire,  del  agua, 
del  fuego,  de  los  astros  y  de  los  animales;  adoradores  que  mul- 
tiplicándose en  las  más  apartadas  comarcas,  llegan  á  perder  la 
noción  del  verdadero  Dios,  conservada  únicamente  por  el  pueblo 
elegido,  dimanando  de  aquí  la  adoración  personal,  fuente  inme- 
diata de  la  idolatría  mitológica.  En  tal  manera  quedaba  funda- 
mentalmente unida  á  la  historia  de  los  israelitas,  consignada  en 
la  Biblia,  la  historia  de  las  demás  naciones;  y  explicadas  sus 
creencias,  definidos  sus  ritos,  bosquejadas  sus  costumbres,  seña- 
lábase el  nacimiento  de  las  artes,  las  letras  y  las  ciencias,  que 
desarrollándose  sucesivamente  en  el  seno  de  los  grandes  impe- 
rios, levantados  por  la  soberbia  y  la  ambición,  caminaban  con 
ellos  á  su  apogeo,  se  precipitaban,  como  ellos,  en  lastimosa  deca- 
dencia, y  se  transferían  de  una  en  otra  nación,  con  el  poderlo  y 
dominio  de  las  gentes.  Tan  grande,  tan  luminoso  es  el  pensa- 
miento que  brilla  en  la  Grande  et  General  Estoria  de  Alfonso  X, 
quien  sobreponiéndose  á  la  ciencia  de  su  siglo,  parecía,  no  pre- 
sentir, sino  adivinar  lo  que  en  los  tiempos  modernos  habla  de  re- 
cibir el  nombre  de  historia  filosófica;  siendo  en  verdad  harto  do- 
loroso que  duerma  aun,  desconocido  de  los  sabios,  en  el  polvo 
de  las  bibliotecas  este  grandioso  monumento. 
Y  decimos  desconocido,  porque  únicamente  ha  sido  menciona- 


II.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRA5F.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   593 

da,  bien  que  sin  el  debido  examen,  la  primera  parte  de  las  cinco 
que  se  conservan,  no  sospechándose  la  existencia  de  las  otras 
cuatro,  ó  dándose  del  todo  por  perdidas  *.  Con  fortuna  de  las  le- 
tras españolas  y  para  gloria  del  Rey  Sabio,  custodiase  casi  toda 
la  obra  en  la  Biblioteca  Escurialense,  no  atreviéndonos  á  sentar 
que  se  halle  completa,  cuando  vemos  prevenir  al  mismo  autor  que 
abrazaba  hasta  su  tiempo,  y  sólo  alcanza  la  última  parte,  que  po- 
seemos, á  la  propagación  del  cristianismo.  De  cualquier  modo, 
basta  lo  conservado  para  que  sea  la  Grande  et  General  Estoria 
considerada  como  uno  de  los  más  generosos  esfuerzos*  hechos  por 
el  soberano  de  Castilla,  en  bien  de  la  civilización  española.  Apo- 
yado este  en  el  Pentateuco,  y  auxiliado  por  la  doctrina  de  los 
Padres  y  Expositores,  echa  en  el  primer  volumen,  compartido  en 
treinta  libros,  los  fundamentos  á  la  exposición  en  la  forma  ya 
mencionada;  y  engastando  á  los  sucesos  narrados  por  Moisés  los 
vinculados  en  la  fábula,  que  adquieren  bajo  su  pluma  no  escasa 
importancia  histórica,  comienza  ya  desde  el  capítulo  VI  del  li- 
bro II  á  tejer  los  anales  de  todos  los  pueblos,  estableciendo  una 


{  El  primero  de  nuestros  bibliógrafos  que  dio  noticia  de  la  Gra:ide  et 
General  Estaría  fué  don  Nicolás  Antonio;  pero  sólo  conoció  la  primera  par- 
te, que  poseía  el  erudito  don  Juan  Lúeas  Cortés,  expresándose  respecto  de  las 
demá-s  en  esta  forma:  «Quod  autem  deest  haius  magnae  historiae,  tomis  alus 
duobus  aut  pluribus  latet  adhuc„aut  esca  vermibus  tineisve  factura  ianí  fuit, 
magno  eorum  dolore  dispendioque,  quolquot  antiquitatis  amore  flagrant, 
veteraquc  clarissimorum  hominum  huiusniodi  monumento  toto  ore  exoscu- 
Mlantur»  {B'M.  Vet.,  lib.  VIH,  cap.  V).  Así  lo  han  temido,  entre  otros  es- 
critores, el  diligente  Sarmiento,  quien  Jiabiendo  visto  el  tomo  primero  que  con- 
tiene todo  el  Génesis,  dijo  con  error  que  constaba  de  diez  libros. — De  Sar- 
miento y  don  Nicolás  Antonio  ha  pasado  la  noticia  á  otros  literatos,  llegan- 
do por  último  á  suponerse  que  toda  la  obra  consta  de  treinta  libros  y  de 
treinta  á  cuarenta  capítulos  (Clarus,  Exposición  de  la  liter.  esp.,  tomo  I).  Afor- 
tunadamente estos  treinta  libros  y  todos  los  que  encierran  las  cuatro  partes 
siguientes  se  conservan  en  la  Biblioteca  del  Escorial,  según  dijo  en  i 781 
Rodríguez  de  Castro  {Bibl.  Rabín.,  pág.  4H  y  sigs.),  señalados  con  las  mar- 
cas J.  Y.  4,  6,  7,  8.  y  9.— ,j.  Z  11  —  ,  iij  J.  12.—,  j  x  1  y  2—,  iij  Y  13  y 
ij  Y  22.  La  breve  exposición  que  en  el  texto  hacemos,  dará  razón  del  pre- 
cio de  estos  Mss.,  que  como  todos  los  del  Rey  Sabio,  son  de  la  mayor  im- 
portancia. La  Biblioteca  Nacional  posee  también  la  primera  parte,  en  un  her- 
mosísimo códice  coetáneo  del  Rey  Sabio,  marcado  F.  1. 


r,06  linTOUIA    CRlTIf.A    DE    LA    LITF.H ATURA    ESPAÑOLA. 

?ola  cronologia  ' .  lícrmauíulos  así  con  los  patriarcas  de  Israel  los 
scmiilioscs  y  los  héroes  de  los  gentiles,  viénese  á.  tiempos  de  ma- 
yor claridad,  donde  abundando  los  testimonios,  es  ya  míis  fi'icil 
el  seguir  tan  áspero  y  no  trillado  sendero,.  No  otra  cosa  sucede 
en  la  segunda  parle,  que  reconoce  por  tronco,  al  cual  se  asocian 
y  rodean  los  más  notables  sucesos  de  la  historia  profana,  los  li- 
bros de  Josué,  de  los  Jueces,  de  Ruth,  y  los  dos  primeros  de  los 
Reyes.  Con  los  Ires  siguientes  principia  la  tercera  parle,  no  sin 
que  se  unan  á  su  narración  la  más  general  de  los  hechos,  loma- 
dos ya  de  la  historia  del  A.sia,  ya  de  los  pueblos  helénicos,  cuya 
antigüedad  dejaba  reconocida  don  Alfonso  desde  el  primer  volu- 
men. Concertando  el  asedio  y  destrucción  de  Troya  con  el  go- 
bierno de  los  reyes;  estableciendo  que  «los  fechos  de  Ulixes  el  de 
«Diomcdes  en  el  tiempo  del  rey  Dauid  fueron»,  ingiérense  los  li- 
bros del  Paralipomcnon,  Esdras,  Judilh,  Eslher  y  Job,  y  se  tra- 
ducen sentido  á  sentido  los  salmos,  el  Cantar  de  los  Cantares,  los 
Proverbios,  el  libro  de  la  Sahiduria  y  el  Eclesiastés,  comprendién- 
dose igualmente  hasta  los  profetas  menores. 

«Fasla  aqúi  (escribía  el  rey  de  Castilla  en  el  prólogo  de  la  cuaría  parle) 
))aiieinüs  leuadas  las  estorias  de  las  quatro  hedades  del  mundo  por  annos, 
ixloparlidas  assi  como  acaescicron  los  lechos  de  cada  una  en  sus  lienpos: 
«primeramenle,  por  los  padres  de  los  patriarcas;  en  pos  aquellos,  por  los 
xannos  de  la  scruidumbre  que  auemos  departido  assaz  en  su  logar  quantos 
Mfueron  aquellos  que  lo>;  fijos  d'Isrrael  yoguieron  en  Egipto:  en  el  tercero 
xlogar  después  de  la  seruidumlire  por  Moysen  et  por  losué,  que  fueron 
xcahdiellos  de  Isrrael,  et  en  pos  estos  por  los  jueses  de  Isrrael:  en  el  quarlo 
))por  los  rreycs  de  Isrrael  el  de  Judea;  et  entro  en  pos  ella  la  quinta.  El 
xdaqui  adelante  yran  hordenadas  las  eslorias  desta  quinta  hedat  por  los 
xannos  de  la  trasmigración  de  Babilonia  en  quanto  ella  duró...  El  de  los 
)»annos  de  la  trasmigración  fasta  el  nascimienlo  de  Ihesu  Xrispto  uá  la 
«cuenta  de  todas  las  estorias  por  los  annos  de  los  gentiles  que  asennorea- 
xron  la  tierra:  primeramente  por  los  annos  de  los  reyes  de  Persia;  en  el 
Dscgundo  logar  por  los  del  regno  de  Macedonia,  por  razón  del  rey  Alc- 
xxandrc,  el  Grande;  et  en  el  tercero  por  los  de  los  Tholomeos  de  Alexan- 
"dría,  la  de  Egipto;  en  el  quarto  logar  por  los  annos  de  los  emperadores 


i     Fcnix,  Europa,  Cadmo  (á  quien  se  llamó  también  en  la  edad  media  Ca- 
dino  y    Cadimo)  son  los  prmieros  personajes  profanos,  cuyos  nombres  Icomo 
en  la  Grande  et  General  Esloria. 


II.*    PARTE,    CAP.    XI.    SEG.    TRASF.    DEL    ARTE    VULG.    ERUI).       597 
))de  Roma  que  fueron  lullio  Qéssar  et  Oetauiano  Céssar  Augusto,  su  so- 
»brino...  El  de  los  xLij  annos  del  su  regnado  adelante  en  que  nasció  Ihcsu 
))Xripsto,  van  los  cuentos  de  las  estorias  de  los  fechos  del  mundo  por  aque- 
))lla  era  de  Qéssar»,  etc. 

Cambiábase  pues,  al  comenzar  la  cuarta  pai^te  de  la  Grande  et 
General  Estoria  el  principio,  á  que  se  habia  ajustado  en  las  tres 
anteriores  la  cronología,  abarcando  desde  la  transmigración  de 
Babilonia  hasta  la  muerte  de  Antioco,  el  Grande,  cayos  extraor- 
dinarios triunfos  llaman  al  Asia  las  águilas  romanas,  abriéndoles 
el  imperio  de  aquellas  regiones.  No  olvidaba  el  Rey  Sabio,  al 
proseguir  su  obra,  ya  en  la  quinta  parte,  los  interesantes  libros 
de  los  Macabeos,  eslabón  que  ata  la  historia  del  pueblo  de  Dios 
con  la  del  romano,  cuyo  apogeo  y  colosal  grandeza  excitan  so- 
bremanera su  admiración,  llevándole  á  narrar  el  nacimiento  del 
Salvador,  al  proclamarse  bajo  las  enseñas  de  Augusto  la  paz 
del  Universo.  La  vida  de  Jesús,  expuesta  conforme  á  los  Evange- 
lios, el  efecto  de  su  predicación  y  de  su  muerte,  el  triunfo  prodi- 
gioso de  su  doctrina  difundida  por  los  apóstoles,  y  finalmente  las 
epístolas  de  San  Pablo,  Santiago  y  las  demás  canónicas  cierran 
esta  quinta  parte  de  la  Grande  et  General  Estoria,  última  según 
hemos  observado  de  las  trasmitidas  á  nuestros  dias  ' . 

Por  este  sumario,  que  ha  reducido  á  tan  breves  términos  el 
deseo  de  no  ser  difusos,  puede  fácilmente  comprenderse  la  índole 
y  naturaleza  de  la  historia  universal,  escrita  por  el  soberano  de 
Castilla,  y  sin  duda  la  primera  que  se  intenta  y  realiza  en  los 
idiomas  vulgares.  Á.  diferencia  de  la  de  Espanna,  que  recibe  su 


t  No  creemos  aventurarnos  al  asegurar,  conocida  la  extensión  que  dio 
don  Alfonso  á  las  cinco  partes  existentes,  que  la  Grande  et  General  Estoria 
comprendía  otras  dos  más,  componiendo  todas  el  número  de  siete.  Las  pala- 
bras son  terminantes  y  dan  ya  toda  la  historia  por  acabada:  «Mandé  (dice  en 
»el  prólogo  de  la  I.^  Parle)  y  poner  todos  los  fechos  señalados,  también  de 
»las  estorias  de  la  Biblia  como  de  las  otras  grandes  cosas  que  acacscieron 
»por  el  mundo  desde  que  fue  coraencado  fastal  nuestro  tiempo».  Contándose 
en  el  espacio  que  media  entre  la  predicación  de  San  Pablo  y  Santiago  y  el 
reinado  de  don  Alfonso  doce  largos  siglos,  no  parecerá  despropositado  el  te- 
ner por  cierto  que  llenó  con  los  sucesos,  en  dicho  espacio  acaecidos,  las  dos 
parles  indica. las. 


598  HisroiiiA  ciihiCA  de  la  liteuatuka  española. 

mayor  precio  de  las  tradiciones  abrigadas  por  lf>  muchedumbre, 
se  funda  exclusivamente  en  la  autoridad  de  los  doctos,  consig- 
nada por  las  letras,  y  se  dirige  principalmente  á  los  eruditos,  to- 
mando alguna  vez  el  título  de  historia  escolástica  ^,  que  determi- 
naba el  privilegiado  círculo  de  lectores,  cuya  ilustración  tenia  por 
objeto.  Descansando  en  el  principio  católico,  ya  antes  reconocido, 
giraba  digámoslo  así  alrededor  del  Viejo  y  Nuevo  Testamento, 
concertándolos  con  las  historias  profanas  y  ampliando  á  menudo 
los  mismos  acaecimientos  narrados  por  uno  y  otro,  ó  diversificán- 
dolos con  el  testimonio  de  los  historiógrafos,  de  los  expositores  y 
de  los  Padres.  Ya  lo  dejamos  insinuado:  tan  nueva,  tan  difícil 
tarea  no  siempre  aparece  coronada  por  el  éxito;  mas  cuando  ve- 
mos consultados  al  par  los  más  antiguos  historiadores  de  Grecia 
y  Roma  y  los  más  respetables  agiógrafos;  cuando  al  lado  de  un 
escritor  hebreo  hallamos  á  un  narrador  ó  geógrafo  árabe;  cuando 
así  las  venerables  vigilias  de  los  expositores  que  florecen  en  los 
primeros  siglos  de  la  Iglesia  como  las  plausibles  de  los  que  viven 
en  la  edad  media,  son  igualmente  puestas  en  contribución  para 
ilustrar  la  verdad;  y  finalmente,  cuando  poetas,  gramáticos,  mo- 
ralistas y  filósofos  se  muestran  en  racional  maridaje,  obedeciendo 
todos  el  pensamiento  unitario  que  domina  en  la  Grande  et  Gene- 
ral Estoria,  no  podemos  ocultar  la  admiración  y  el  respeto  que 
nos  inspiran  la  erudición  y  el  talento  del  hombre,  para  quien  la 
magnitud  de  la  empresa  y  la  dificultad  de  darle  cima  eran  seguro 
estímulo  y  prenda  del  posible  acierto  -. 


\  En  el  cúd.  iij.  Z.  13.  de  la  Bibl.  Escur.  se  lee:  «Aqui  comicnoa  la  se- 
«gunda  parle  de  la  General  Esloria  escolástica  que  mandó  fazer»,  etc. 

2  Esta  predilección  ú  los  estudios  históricos  ha  sido  causa  de  que  se  atri- 
buyan á  Alfonso  X  de  Castilla  el  hecho  y  las  palabras  que  el  Panormita  re- 
feria dos  siglos  después,  contando  los  Dichos  y  Hechos  de  Alfonso  V  de  Ara- 
gón, rey  de  Ñapóles.  El  erudito  Vargas  l'once  decia  en  el  Elogio  de  aquel 
soberano,  premiado  por  la  Real  Academia  Española  en  1782,  que  «estando 
«gravemente  enfermo — ,  la  amena  lección  de  Quinto  Curcio  le  recobró  la  salud, 
))lo  que  le  obligó  ú  decir  con  el  dialecto  del  historiador,  á  quien  tanto  csti- 
«niaba:  Valeant  Avicenna,  ilypocratcs,  medici  caeteri;  vivat  Curtius,  sospi- 
))tator  nieus»  (pág.  09).  El  l'anurmila  declara  que  cuando  esto  sucedió  al  rey 
de  Nápolcs,  Icia  él  en  su  presencia  la  vida  de  Alejandro:  el  error  de  Vargas 


II. "^  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  AUIE  VULG.  ERUD.   599 

En  medio  del  noble  afán  que  llama  su  aleucion  sobre  lodos  los 
pueblos  y  todas  las  literaturas,  manifestando  no  vulgares  conoci- 
mientos en  las  lenguas  latina,  griega,  árabe  y  hebrea  ^,  es  de 
notar  el  singularísimo  empeño  que  pone  don  Alfonso  en  traer  á 
la  castellana  y  hacer  propiamente  españoles  todos  aquellos  teso- 
ros, dando  no  obstante  la  preferencia  á  los  que  se  hallaban  reves- 
tidos con  las  formas  que  desde  la  juventud  le  eran  familiares.  No 
de  otra  arte  pudiera  explicarse  el  que  salpiquen  y  maticen  la 
Grande  et  General  Estoria  frecuentes  máximas,  sentencias  y 


Ponce  proviene  de  que  Alfonso  V  de  Arag-on  fué  saludado,  como  el  X  de  Cas- 
tilla, con  el  título  de  Sabio,  segiln  ya  advertimos  (pág-.  563). 

1  Con  frecuencia  leemos  en  la  Grande  et  General  Esloria,  donde  declara 
el  Rey  Sabio  que  «el  saber  latino  provino  de  Grecia,  asi  como  el  arroyo  de  la 
»fuente))  (IIII.^  Parle,  lib.  Vil,  cap.  34),  estas  ó  análogas  palabras:  wFalla- 
wmos  también  en  los  griegos,  como  en  los  arábigos,  como  en  los  hebraicos, 
«et  los  latinos»,  etc.,  lo  cual  no  permite  dudar  de  que  don  Alfonso  consul- 
taba los  textos  originales;  pero  si  pudiera  abrigarse  alguna  duda,  quedarla 
desvanecida  cuando  se  fijase  la  vista  en  el  estudio  que  hace  el  rey  al  explicar 
la  etimología  y  significación  de  los  nombres  científicos,  propios  y  geográ- 
ficos, si  bien  no  siempre  sea  dable  aceptar  sus  explicaciones.  «Este  nombre 
»de  música  (dice)  que  es  compuesto  destas  dos  palabras  griegas  moiis  et  sicox, 
«tanto  quiere  mostrar  como  arte  de  son,  fallada  por  agua  et  por  uieiito»  (li- 
bro Vil,  cap.  38).  «Este  nombre  de  Alhenas  compusieron  los  sabios  de  A  que 
«diz  el  griego  por  sin  et  thanaos  por  mortal»  (id.,  cap.  42).  uBethleem  quiere 
decir  tanto  como  casa  de  pann  [en  el  lenguaje  hebraico]  (cap.  31).  ((Bel  tanto 
«quiere  dezir  como  Dios  vieio;  Belial  tanto  quiere  dezir  como  sin  yugo,  fascas 
«sin  premia  ó  sin  Dios;  Baal  tanto  quiere  dezir  como  ydolo  de  uanidad»  (li- 
bro III,  cap.  17).  «Llama  el  ebráico  cherubin  á  una  animalia  de  aues  que 
«uuelan  et  de  tal  figura  quel'  non  uiera  aun  ome  que  en  el  mundo  fuesse» 
(lib.  XV,  cap.  43).  ((Propiciatorio  uiene  desta  palabra  prop¿dar¿,  que  dizen  en 
«latín  por  empiadar  ó  por  auer  merced,  que  es  lo  mismo»  (lib.  XV,  cap.  42). 
((Oráculo  es  palabra  de  latín,  et  quiere  dezir  en  el  leiiguaie  de  Castíella  tanto 
«como  oraderon  (id.,  id.).  «El  lalin  llama  galea,  á  lo  que  podemos  dezir 
nyelmon.  aTunica  en  el  \a.ún,  es  tnachir  en  el  ebráico»  (lib.  XV,  cap  73). 
((Álgarbe  tanto  quiere  dezir  como  postrimera  parte  de  Occidente».  «Los  ará- 
Muigos  ^orAaron  dizen  ellos  Aliaron,  et  por  Caliaz  Quihacn  (lib.  XIII,  cap.  6). 
«Dizen  en  aráuigo  por  Coré  Carón,  por  Isuar  Icliar,  por  María  Mariam»,  etc., 
(id.,  id.).  No  creemos  que  sea  necesario  acumular  más  comprobantes,  aunque 
sin  tenerlos  á  la  vista,  afirman  algunos  críticos  modernos  en  orden  á  la  lengua 
árabe,  que  si  don  Alfonso  hubiese  ido  al  Kairo  ó  á  líagdád,  hubiera  pasado 
por  musulmán  ilustrado. 


(¡00  HISTORIA    CRlnCA    DE    LA    LITEUATUIIA    ESPASoLA. 

observaciones  morales,  infundióndole  en  su  totalidad  cierto  carác- 
ter didáctico:  ni  se  comprondoria  tampoco  de  otra  suerte  cómo 
llega  A  penetrar  en  la  narración  el  apólogo,  apenas  iniciado  en  la 
vulgar  literatura,  bien  (jue  pugnando  ya  por  establecer  la  tradi- 
ción de  la  manera  que  adelante  notaremos.  Y  penetra  en  la  histo- 
ria universal  del  Rey  Sabio  el  apólogo  de  los  orientales,  no  por 
cualquier  sendero,  sino  pasando  á  ella  directamente  de  los  libros 
indianos,  cuyo  estudio  dejamos  hecho  en  los  capítulos  anteriores. 
Describiendo  la  ciudad  do  Atenas  y  procurando  hacer  otro  tanto 
con  sus  famosos  gimnasios  literarios,  ponderal)a  don  Alfonso  las 
excelencias  de  la  sabiduría,  comprobando  su  doctrina  con  el  si- 
guiente egemplo,  que  es  uno  de  los  primeros  que  exornan  el  pró- 
logo del  libro  por  el  mismo  rey  mencionado: 

«Fallamos  (dico)  un  onxiomplo  deslo  pn  un  libro  que  fué  fecho  en  India 
»et  S  nombre  Calila  el  Dimna.  El  dix  que  un  rey  de  Persia  que  falló  en  sus 
"libros  que  auie  montes  en  India,  en  que  nascien  yeruas  que  qui  las  co- 
))giesse  et  las  maiasse  et  sacasse  el  cumo  dellas  et  unlasse  los  muertos  con 
))él  que  uiuirien.  Et  quando  el  rey  esto  oyó,  plog-ol'  mucho,  cuydando 
))que  assi  era  de  llano  en  llano,  como  los  libros  dizien.  Et  llamo  y  un  phi- 
))losopho  que  dizien  Barzcuay,  et  maudól'  que  fuesse  á  India  et  que  pro- 
»uasse  aquello  et  diol'  grande  au«r  et  cartas  pora  los  reyes  daquellas  tier- 
Mras  quel  dcxassen  andar  por  sus  regnos  et  coger  las  yeruas  que  ouiessc 
wmester.  Et  fué  el  sabio  et  dio  las  cartas  á  los  reyes,  et  á  ellos  plógoles 
))Con  ellas,  el  mandáronle  guiar  el  guardar  de  todo  estoruo  por  todas  sus 
"tierras.  Et  él  fué  et  subió  en  los  montes  el  cogió  las  yeruas  asi  como  man- 
))dauan  los  sabios  en  aquel  libro,  et  adúxolas  al  rey  daquella  tierra,  et  sacó 
wdellas  el  cumo  el  pusol'  sobre  los  muertos  antel  rey,  et  non  resuscitó  nin- 
))guno.  Cuando  él  esto  uió,  touo  que  eran  minlrosos  los  escriplos,  et  qui- 
))Sose  tornar  assi,  sin  todo  recabdo.  Essora  los  Reyes  daquellas  tierras  de- 
))mandáronle  por  qué  s'  yua  et  si  fallara  recabdo  de  lo  que  demandara,  ó 
))por  qui»  se  yua  assi.  Et  él  contóles  lodo  aquello  que  fieiera,  por  lo  que  auie 
»pasado.  Et  el  rey  daquellos  que  era  mas  sabio  que  los  otros,  disol'  que  lo 
))lenie  por  marauiella  del  Rey  de  Persia  que  tan  sabio  uaron  era,  cómol 
«enuiara  assi  sobre  aquella  razón;  et  leníe  quel  auie  y  enuiado  como  por 
Mcscarnio  dellos  el  porque  él  non  enlendie  los  libros.  El  á  esto  repujo  Ber- 
))Zeuay  el  dixo  que  ol  rey  de  Persia  non  íiziera  esto  por  escarnio  dellos, 
»mas  porque  cuydaua  que  era  uerdat  lo  que  en  los  libros  fallara  escripto. 
))Entonces  le  repuso  el  rey: — Eli  entendimiento  de  los  libros  tal  deuc  secr 
))Como  le  yo  agora  deparliré:  por  los  montes  déuensc  entender  los  sabios, 
Dca  assi  como  los  montes  son  mas  altos  que  lodos  los  oíros  logares,  assi 
nson  los  sabios  sobre  lodos  los  otros  omes  en  ol  entender.   E(  por  lo  que 


11."  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  EUUD.  ^0* 
»dize  de  India,  entiéndese  que  al  tiempo  en  que  somos  que  en  esla  tierra 
Mse  busca  el  saber  de  las  naturas  mas  que  en  olra.  Lo  ál  que  dize  que 
))Coian  las  yemas  et  que  las  maien  et  saquen  ende  et  cumo,  esto  se  deue 
))entender  que  eoian  el  ayunten  las  palabras  et  los  entendimientos  de  los 
«libros  de  los  sabios  et  que  las  maien  en  sus  coraeones,  estudiando  por 
)>ellos  et  mostrando  lo  que  quieren  dezir.  Et  aquell  entendimiento  que  de- 
))llos  sale,  es  el  cumo  con  que  untan  á  los  que  non  saben  que  son  tales 
wcomo  muertos,  et  salen  daquella  neseiedat  en  que  están,  et  son  entonces 
))tales  como  que  resuscitassen  de  nmert'  auida.  Et  desta  guisa  prcoiauan 
))los  antigos  el  saber:  que  al  qui  lo  sanie,  llamáuanle  biuo  el  all  otro 
wmuerto))  '. 

Esta  inclinación  á  los  libros  orientales,  excitada  al  par  en  Al- 
fonso con  el  estudio  de  las  Sagradas  Escrituras  y  con  el  egemplo 
ya  inofensivo  de  los  árabes,  llevábale  á  menudo  á  dar  excesivo 
crédito  á  los  historiadores  de  estos,  introduciendo  en  la  Grande 
et  General  Eston'a  creado  número  de  peregrinas  leyendas,  donde 
no  solamente  predomina  lo  maravilloso,  característico  de  la  lite- 
ratura musulmana,  sino  que  forman  lo  sobrenatural  y  lo  fantás- 
tico la  base  principal  de  la  narración  histórica.  Especial  es  por 
cierto  el  colorido  que  recibe  esta  de  semejantes  relaciones,  y  tanto 
más  notable  cuanto  que  alternando  con  las  lomadas  de  la  Biblia 
y  con  las  deducidas  de  los  poetas  clásicos,  producen  extraordina- 
rio y  no  esperado  contraste.  Varias  son  las  historias  que  pudieran 
citarse  en  comprobación  de  estas  observaciones:  merecen  sin  em- 
bai^go  ser  mencionadas  la  de  Zula  y  me  ij  Joseph;  la  de  la  sq^bia 
Boluca,  cuyos  palacios  encantados  eran  maravilla  de  Egipto;  la  do. 
la  infanta  Terinut,  modelo  de  piedad  y  de  prudencia;  y  las  no  me- 
nos sabrosas  y  sorprendentes  de  la  reina  Munene  y  de  Tacrisa  ^. 
No  seria  posible  á  los  lectores  juzgar  con  entero  conocimionto  de 
causa  sin  algún  egemplo  de  estas  singulares  narraciones;  y  como 
conocen  ya  el  Poema  de  Yusuf,  derivado  á  nuestra  vulgar  lilera- 


\  I.*  Parte,  lib.  VIÍ,  cap.  41.— Debemos  notar  que  la  versión  de  este 
apólogo  es  distinta  de  la  que  ofrece  el  cód.  iij.  h.  9.  de  la  Biblioteca  del  Es- 
corial, citado  en  el  capítulo  precedente,  por  más  que  el  asunto  sea  el  mismo, 
que  sirve  en  dicho  Ms.  de  introducción  al  libro  de  Calila  et  Dimna. 

2  Caps.  26  y  siguientes  del  lib.  XXIII;  H  y  siguientes  del  lib.  XIII,  y 
6,  etc.,  del  XIX  de  la  1.=»  Parte. 


G02  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?50LA. 

tura  por  medio  de  la  tradición  mahometana,  parécenos  acertado 
cl  preferir  la  historia  de  Joseph,  en  lo  que,  aviniéndose  con  el  in- 
dicado poema,  se  aparta  de  la  exposición  bíblica.  Acusada  Zu- 
layine  (que  es  la  Zuleika  del  Koran)  de  fácil  y  liviana  por  las 
mujeres  del  palacio  de  Faraón,  convidalas  á  un  opulento  ban- 
quete, segura  de  vencer  su  murmuración  con  la  presencia  sola  de 
su  siervo: 

«Quando  las  duennas  aiiien  á  ucnir  (escribe  el  rey)  ásenlos'  ella  en  un 
«palacio  en  que  auie  olro  de  denlro  et  eran  amos  pintados  cl  labrados  con 
«mucho  oro.  El  fizo  lender  por  ellos  pannos  de  seda  de  color  jalde  el  do- 
wlros  colores  muchos,  el  labrados  con  oro  duna  lauor  que  dizen  en  aráui- 
ngo  dibeth...  Et  colgó  aderredor  acilaras  daquel  panno.  Et  mando  uenir 
Munas  mugieres  que  affeylauan  las  nouias  el  mandóles  que  affeylassen  á 
))Josep  quanlo  meior  sopiessen  el  pudiesson  el  quel  sacassen  desta  guisa 
waffeylado  al  palacio  ó  eslauan  las  duennas  quella  conuidara  de  casa  del 
))rey.  El  este  palacio  auíc  la  pucrla  ó  nasce  cl  sol;  et  enlraua  eslonees  cl 
))Sol  por  lodo  él.  El  aquellas  mugieres  que  affeylauan  á  Josep,  piKsiéronle 
))una  redeciella  sobre  los  cabellos  labrada  con  aljófar  el  con  piedras  pre- 
))CÍosas,  el  uistiéronle  pannos  de  seda  jalde  labrados  con  oro  et  con  plata, 
»á  sennales  de  ruedas  uermeias  por  sus  logares  otrosí  con  oro:  et  dentro 
»daquellas  ruedas  auíe  unas  figuras  de  aueziellas  pequennas  de  color 
»uerde;  et  el  panno  era  forrado  el  enueslido  de  cendal  doblado  de  color 
))uerde;  el  las  bocas  de  las  mangas  labradas  con  piedras  preciosas  de  mu- 
))chos  colores.  El  uistiéronle  sobre  aquel  panno  una  camisa  uermeia  dcl- 
Mgada;  el  pusiéronle  sobre  lodo  en  la  cabera  una  corona  doro,  labrada 
HOtrossí  con  piedras  preciosas  muy  nobles.  Et  fiziéronlo  de  guisa  que  pa- 
wresciessen  los  cabellos  só  la  corona,  et  lomáronle  una  pieca  dcllos  delant 
wquel  colgassen  sobre  los  pechos  el  fiziéronle  del  los  trencas  como  de  redc- 
))ziellas.  El  sobreslo  alcohoráronle  los  oios  el  pusiéronle  en  la  mano  un 
))ysopo  doro  con  sedas  uerdes,  |conque  echasse  agua  rosada  á  las  ducn- 
wnas,  conio  si  fuesse  obispo  ó  arzobispo  ó  donzella  de  linaie  de  reyes  ó  de 
»muy  ^alla  sangro. 

»El  quando  las  duennas  ouieron  comido  los  otros  comeres,  aduxioronlcs 
«delante  cidrias  el  otras  fructas  de  muchas  naturas,  segund  tierra  de  Ma- 
))nip  el  sennos  cucbiellos  con  mangos  de  piedras  preciosas,  conque  las 
Maparassen.  El  dixolcs  aquella  ora  dona  Zulaymc:  — Duennas,  taiad  dessa 
))frucla  et  comed. — El  fizo  luego  adozir  uinos  de  nuiclias  naturas  por  fa- 
Mzerles  más  plazeres  el  alegrarlas  más;  et  mandóles  parar  muchos  uasos 
))delanlc  con  ello,  que  beuiesse  cada  una  de  qual  se  pagasse  el  quanlo  qui- 
Msicsse.  El  pues  que  comieron  de  la  fructa  el  beuieron  del  uino,  dixolcs: 
)) — Fiziéronmc  entender  que  tratauadcs  en  cl  nuestro  palacio,  las  duennas, 
))cn  cl  mió  fecho  con  cl  mío  sicruo.  Respusicronlc  ellas:— Pero  dcparlicn- 


II.*  PAUTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.  603 
))do  nos  sobrestá  razón,  dixiemos  que  uos  erades  de  grand  guisa  et  que 
wnon  fariedes  tal  cosa,  ca  tan  onrrada  sodes  uos  que  tenemos  que  non  tor- 
»naríedes  cabeza  aun  por  fijos  de  reyes,  pues  quanlo  menos  por  uuestro 
wsieruo.  Essora  les  respuso  ella:  — Non  uos  dixieron  verdad:  que  lo  yo 
))quis  fazer;  pero  aunque  assi  fuesse,  como  lo  uos  oyesles,  non  era  cosa 
))muy  desguisada,  ca  ome  es  pora  tal  fecho. 

«Estonces  enuió  dezir  á  las  quel'  compusieran  quel  aduxiessen  ante  ella 
yetante  las  otras  duennas  á  aquel  palacio,  ó  estauan.  Et  quando  uino  á 
»aqucl  logar  ó  su  Sennora  seye  con  las  duennas,  dio  por  él  el  rayo  del  sol 
))quel  entraña  por  la  puerta,  como  lo  auie  mandado  guisar  donna  Zulayme, 
))et  resplandesció  todol  palacio  et  la  fae  de  Josep  et  quanlo  él  uislíe.  Et 
»Josep  fué  uiniendo  su  passo  con.  su  ysopo  en  la  mano,  assi  comol'  cas- 
)) ligaran,  fasta  que  llegó  á  su  sennora,  et  se  paró  ante  ella.  El  pararon 
Mmientes  en  él  todas  las  duennas.  Essora  comenzó  á  tablar  con  ellas  dona 
»Zulayme;  mas  ellas  lanío  estauan  pensando  en  la  beldat  de  Josep  que 
wnon  parauan  mientes  en  lo  que  les  ella  dizíe;  et  díxolesr — Duennas,  ¿qué 
»auedes  que  non  parades  mientes  en  lo  que  uos  digo  yo,  catando  á  mió 
Msieruo?...  El  respondiéronle  ellas: — Dios  le  libre  de  seer  sieruo,  ca  este 
»non  es  sieruo,  mas  semeia  rey  noble. — Et  catando  á  él,  non  fincó  y  nin- 
»guna  que  non  fues  mouida  en  su  coracon,  et  non  cobdiciasse  uaron»  '. 

Pensamientos,  imágenes,  giros,  locuciones,  y  hasta  la  dicción 
misma,  darían  razón  cumplida  del  origen  inmediato  de  esta  pere- 
grina historia,  si  el  rey  de  Castilla  no  lo  hubiese  declarado,  lo 
cual  sucede  también  con  las  demás  leyendas  mencionadas.  A 
ellas  se  contra'ponen  con  notabilísimo  efecto  los  mitos  de  la  teogo- 
nia gentílica,  que,  según  arriba  insinuamos,  tienen  en  la  estima- 
ción de  don  Alfonso  un  valor  meramente  histórico,  si  bien  equi- 
parando á  la  Biblia  los  libros,  en  que  se  hallan  consignados.  «El 
«Ovidio  mayor  (dice)  non  es  ál  entre  ellos  [griegos  y  roma- 
wnos]  sinon  la  theología,  et  la  Biblia  dellos  entre  los  gentiles»  ^. 
Mas  emprendida  por  Alfonso  la  difícil  tarea  de  dar  á  conocer, 
aunque  en  el  sentido  ya  indicado,  la  mitología,  no  se  hubo  de 
contentar  con  la  exposición  de  los  3Iet/iamori)hoseos,  y  acopió  y 


i  I.^  Parte,  lib.  VIII,  cap.  VH. — La  historia  de  Joseph,  así  referida,  la 
tomó  don  Alfonso  del  uQuiteb  almazahelit  vhalmelic,  libro  de  los  caminos  et 
»de  los  reg-nos»,  debido  a  Abú  Obayd  Al-Becri  Al-Eumbí  ^1  de  Huelva),  «rey 
))de  Niebla  et  de  Salces».  Cítalo  al  propósito  diferentes  veces,  así  como  en 
otros  muchos  pasajes. 

2     I."  Parte,  lib.  VI,  cap.  XXVí. 


en  i  HISTOKIA    CRITICA    DE    LA    LITEHATL'RA    ESI'A^OLA. 

consullú  diferentes  obras,  lioy  de  todo  punto  desconocidas  V  las 
cuales  bastan  para  desvanecer  la  vulgar  preocupación  de  los  (pie 
asiiMitan  que  fué  la  antigüedad  clásica  ignorada  de  todo  punto  en 
la  edad  media.  Observemos  aquí,  para  gloria  de  nuestra  litera- 
tura patria,  que  el  nieto  de  doña  Berenguela  componía  la  Grande 
cf  General  Estoria  casi  un  siglo  antes  de  florecer  en  Italia  el  ce- 
lebrado autor  de  la  Genealogía  de  los  Dioses  ^. 

Cuan  vario  y  distinto  sea  el  objeto  y  carácter  de  las  dos  gran- 
des obras  bistóricas  del  soberano  de  Castilla,  no  hay  para  qué 
demostrarlo,  cuando  el  examen  que  de  entrambas  hemos  hecho 
lo  persuade,  probando  al  par  el  error  de  los  que,  sin  más  funda- 
mento que  su  propia  incuria,  han  llegado  á  confundirlas.  Pero  si 
en  la  materia  son  tan  diferentes,  una  y  otra  aspiran  al  mismo  fin 
de  la  enseñanza,  y  una  y  otra  son  hijas  del  hidalgo  anhelo  de  la- 
brar la  felicidad  de  la  patria;  anhelo  que  impulsaba  á  don  Alfonso 
en  tantas  y  tan  meritorias  empresas.  La  semejanza  es  sin  em- 
bargo completa  respecto  de  los  medios  del  arte:  siguiendo  el 
egemplo  de  los  cronistas  latinos,  que  habían  conservado,  aunque 
imperfectamente,  la  tradición  de  las  formas  históricas  consagradas 
por  la  antigüedad,  adoptábase  en  ambas  principalmente  la  dra- 
mática, poniendo  en  boca  de  los  personajes,  cuyos  hechos  se  re- 
fieren, frecuentes  discursos,  arengas  y  diálogos.  Tan  cercana  á 


i  Enlrc  otras  obras,  cuyos  títulos  apunta  el  Rey  Sabio,  relativas  á  la 
antigüedad,  citaremos  el  Libro  de  lasEstorias  et  de  ¡as  fabliellas  y  el  Cúmpoto 
de  los  tiempos,  producciones  que  son  hoy  de  todo  punto  ignoradas.  Déla  pri- 
mera nos  dice  el  rey  sin  embargo  que  presentaba  en  lucha  constante  los  he- 
chos históricos  y  los  fabulosos:  do  la  segunda  sabemos  que  estaba  csciita  cu 
versos  latinos  y  que  trataba  principalmente  de  las  primeras  edades  dol 
mundo . 

2  .Antes  de  conocer  la  Grande  et  General  Esloria  dol  Roy  de  Caslüla  nos 
parccian  mayores  y  más  dignos  de  alal)anza  los  esfuerzos  que  hizo  Bocaccio 
en  su  Genealogía  Deorum  y  en  su  libro  De  Montibns,  sijlvis,  etc.,  para  resta- 
blecer el  conocimiento  de  la  mitologia  gentílica:  considerando  cuántas  no- 
cionis  atesora  don  Alfonso  en  este  punto;  siendo  claro  que  se  halla  más  dis- 
tante de  los  gérmMjes  de  clasicismo,  que  fermentan  en  Italia,  y  que  vive 
mucho  antes,  si  no  decae  en  nuestra  estimación  el  autor  de  //  Decamerone, 
como  erudito,  pierde  al  menos  el  mérito  de  la  prioridad,  que  es  mayor  en  el 
Roy  Sabio,  por  haber  escrito  en  su  lengua  patria. 


II.''  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   C05 

la  epopeya  heroica,  como  hemos  observado,  al  reconocer  las  fuen- 
tes de  la  de  Espanna,  no  podía  la  historia  desprenderse  de  su  in- 
iluencia;  y  contribuyendo  esta  á  darle  cierto  movimiento  que  ro- 
bustecía la  indicada  tradición,  comunicáb'ale  también  las  formas 
expositivas,  con  las  cuales  parecía  tomar  cierta  popularidad, 
ajena  en  parte  á  su  índole  ya  erudita.  El  historiador  supone  que 
dirige  la  palabra  á  un  número  determinado  de  oyentes,  como  lo 
habían  hecho  y  lo  verificaban  aun  los  cantores  de  las ;;ro5as  he- 
roicas y  caballerescas;  y  en  tal  concepto  emplea  muy  á  menudo 
las  siguientes  fórmulas:  aSabed  quantos  esta  estoria  oydes: — 
«Agora  sabed,  los  que  esta  estoria  auedes  oyda: — Oyestes  ya  de 
«suso: — Maguer  que  oyestes: — Como  agora  veredes: — Dezir  uos 
))hemos: — Agora  uos  diremos: — Como  auedes  uos  oydo»,  etc.  Y 
sin  embargo  la  historia  se  destinaba  á  la  lectura,  dirigiéndose 
sobre  todo  la  Grande  et  General,  no  sólo  á  los  que  pasaban  por 
entendidos,  sino  también  á  los  que  llevaban  título  de  escolásticos. 
Dedúcese  de  todo  lo  expuesto,  que  sin  divorciarse  de  lo  exis- 
tente, sin  rechazar  los  medios  adoptados  por  el  arte,  antes  bien 
atendiendo  á  infundir  á  este  nueva  vida  en  más  anchurosa  órbita, 
dio  el  rey  de  Castilla  inusitado  impulso  á  los  estudios  históricos, 
mereciendo,  no  que  se  le  apellide  el  primer  cronista  castellano, 
sino  que  se  le  intitule  el  primer  historiador  vulgar,  cuyo  nombre 
guardan  con  gloria  los  anales  de  la  literatura  patria.  Su  egemplo 
en  el  cultivo  de  la  historia  de  España  hubo  menester  de  un  siglo 
entero  para  encontrar  dignos  imitadores:  la  historia  universal  no 
los  tuvo  en  la  Península  durante  la  edad  media,  ni  los  ha  produ- 
cido tampoco,  tan  dignos  como  fuera  de  desear,  en  los  tiempos 
modernos  '.  Así,  tomando  unas  veces  la  iniciativa,  y  siendo  otras 


i  El  aplauso  con  que  fué  recibida  la  Estoria  de  Espnnna  por  los  doclos, 
movió  sin  duda  al  obispo  de  Burgos  don  Gonzalo  García  Gudiel,  que  en  1 270 
fué  elevado  á  la  metrópoli  de  Toledo,  a  ponerla  en  leng-ua  latina,  según  dijo 
ya  el  diligentísimo  Zurita  (.4«a/.,  lib.  II,  caps.  2  y  3  del  tomo  I).  Hecha 
osla  traducción,  siendo  don  Gonzalo  prelado  de  Burgos,  es  evidente  que  la 
Estoria  ó  Crónica  General  fué  terminada  por  aquel  príncipe  en  el  tiempo  que 
dejamos  indicado.  De  la  Grande  et  General  Estoria  se  conserva  en  el  Escorial 
un  Ms.  que  encierra  (j.  0.  i.)  los  seis  primeros  libros  de  la  I.'*  Parte  y  veinte 
capítulos  del  sétimo,  escritos  en  lengua  gallega.  ¿Pensó  acaso  el   Roy  Sabio 


600  mSTORlA    CnlTICA    ÜE    LA    LITERATURA    ESI'A?Í0LA. 

íinioo  cii  SOS  elevados  proyectos,  logró  el  Rey  Sabio  sobreponer- 
se á  todos  sus  coetáneos,  no  debiendo  sin  embargo  olvidarse  que 
•el  movimiento  impreso  desde  principios  del  siglo  XIII  á  los  estu- 
dios, daba  también  en  otras  comarcas  de  la  Península  satisfacto- 
rios resultados. 

Asociado  á  esta  era  de  engrandecimiento  para  las  monarquías 
cristianas  y  de  verdadero  desarrollo  intelectual,  hemos  visto  al  rey 
don  Jaime  I  de  Aragón,  ya  fundando  universidades  literarias,  ya 
protegiendo  á  los  hombres  doctos,  ya  acaudalando  las  letras  cata- 
lanas con  los  tesoros  de  los  orientales:  aun  cuando  no  en  la  esfera 
que  el  rey  don  Alfonso,  quiso  también  lo  glorias  En  Jaume  dar 
testimonio  de  su  predilección  á  la  historia;  y  ya  en  los  últimos 
años  de  su  vida,  enlazando  á  los  laureles  del  guerrero  la  palma 
del  historiador,  narraba  sus  propias  conquistas  *.  Su  Chronica  o 
comeiüari,  comprendiendo  tols  los  fets  el  les  gralies  que  Noslrc 
Sennor  li  feíi,  es  sin  duda  uno  de  los  monumentos  más  estima- 
bles que  ha  trasmitido  á  la  posterichd  el  siglo  XIII.  Con  inge- 
nuidad no  muy  habitual  en  el  monarca,  de  quien  el  pueblo  caste- 


valerse  de  este  romance  para  componer  toda  la  obra?  ¿Fué  la  dicha  parle  tra- 
ducida después  de  acabada  esta?...  Lo  natural  parece,  en  el  orden  de  estudios 
realizados  por  don  Alfonso,  que  la  Grande  et  General  Esloria  fuese  redactada 
en  castellano,  y  que  el  afecto  que  guardó  toda  su  vida  al  romance  gallego,  le 
llevara  á  desear  leerla  en  la  misma  lengua  de  las  Cantigas.  La  cuestión  no 
puede  sin  embargo  resolverse  definitivamente. 

i  Casi  todos  los  escritores  catalanes  opinan  que  la  historia  de  don  Jaime 
fue  escrita  por  este  al  propio  tiempo  que  sucedían  los  acontecimientos  narra- 
dos en  la  misma.  Examinada  detenidamente,  y  notándose  que  respecto  délos 
primeros  años  de  su  reinado  manifiesta  frecuentemente  haber  olvidado  los 
nombres  de  muchos  personajes;  reparando  en  que  habla  siempre  del  tiempo 
pasado,  sin  advertir  una  sola  vez  que  apuntó  ó  escribió  antes  los  hechos  que 
refiere;  y  considerando  por  último  que  abraza  toda  su  vida,  no  creemos  que 
pueden  aplicársele  con  entera  razón  aquellos  versos  que  Lope  de  Vega  hizo, 
aludiendo  á  Cesar: 

Letras  y  armas  igualaba, 
mientras  inás  la  guerra  ardia: 
si   (leleaiido,  escribía, 
escribiendo  peleaba. 

Para  nosotros  es  indudable  que  el  rey  de  Aragón  escribió  su  historia  en  la 
última  década  de  su  reinado. 


II. *  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERUD.   007 

llano  mostraba  en  sus  días  extraña  desconflauza,  cantando: 

Rey  bello,  que  Deo  confonda, 
Tres  son  esta  con'  a  de  Malonda  S 

refiere  el  conquistador  todas  sus  empresas,  no  sin  apuntar  las  ex- 
celencias de  seu  linatje,  y  exponer  complacido  las  raras  circuns- 
tancias que  precedieron  á  su  nacimiento.  La  desastrosa  muerte  de 
su  padre  en  la  batalla  de  Muret,  dejándole  en  la  infancia,  con  un 
patrimonio  disipado,  una  nobleza  Jlltiva  y  ambiciosa  y  un  pueblo 
avezado  á  la  anarquía  y  no  muy  devoto  de  la  autoridad  de  los  re- 
yes, vino  á  lanzarle  antes  de  tiempo  en  aquel  mar  tempestuoso, 
que  fué  para  él  escuela  práctica,  donde  aprendió  á  conocer  las 
cosas  y  á  los  hombres.  Este  laborioso  período  de  su  vida,  en  que 
luchó  cuerpo  á  cuerpo  con  los  magnates  de  Aragón  y  Cataluña, 
postrando  con  entereza  de  granado  varón  la  soberbia  de  los  Abo- 
nes, la  arrogancia  de  los  Moneadas  y  la  fiereza  de  los  Cabreras, 
alcanza  hasta  el  memorable  proyecto  de  la  conquista  de  Mallorca. 
Grato  es  por  cierto  el  ver  pintada  por  mano  del  mismo  príncipe 
que  la  convoca,  aquella  respetabilísima  asamblea  en  que  depuestos 
antiguos  rencores,  magnates,  prelados,  caballeros  y  ciudadanos, 
ponen  sus  vidas  y  haciendas  á  los  pies  de  un  soberano  mozo  aun, 
que  después  de  haberlos  vencido  con  la  entereza  de  su  carácter  y 
la  fuerza  de  su  brazo,  sabe  inflamarlos  al  grito  santo  de  la  reli- 
gión y  de  la  patria.  Coronada  aquella  empresa,  verdaderamente 
épica,  por  el  más  feliz  éxito;  ganadas  con  las  islas  Baleares  que 
vienen  sucesivamente  á  su  poder,  innumerables  riquezas,  y  más 
que  todo  acreditado  don  Jaime  de  experto  caudillo  y  valerosísimo 
soldado,  pone  sus  ojos  en  el  reino  de  Yalencia,  cuya  conquista 
empieza  con  las  hazañas  de  Burriana  y  termina  con  la  capitula- 
ción de  Játiva.  Interesante,  rica  en  pormenores  y  en  extraordina- 
rias proezas  personales,  que  le  infunden  el  carácter  de  un  poema 
heroico,  ó  de  un  libro  de  caballerías,  es  esta  parte  de  la  Chró- 


1  Hablando  don  Juan  Manuel  del  abandono  en  que  dejó  don  Jaime  al  in^ 
fante  don  Enrique,  y  del  concierto  de  las  bodas  de  don  Manuel  y  doña  Cons- 
tanza, dice:  aFeziéronle  un  cantar,  de  que  non  me  acuerdo  sinon  del  refrann-,'^ 
pone  los  dos  versos  citados. 


6ftS  HISTORIA    CIUtICA    ÍIE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

¡¡ka,  en  que  ni  los  temores  del  clero,  ni  las  maniíicslas  conlra- 
dicciones  de  la  nobleza,  ni  la  defección  y  desaliento  de  los  caba- 
lleros quebrantan  el  ánimo  de  don  Jaime,  firme  en  su  patriótico 
empeño  y  seguro  de  la  victoria. 

La  administración  de  justicia  en  todos  sus  estados,  la  pacilica- 
cioa  de  los  vasallos  mudejares  sublevados  por  el  alcaide  Alazarch, 
la  insubordinación  de  la  nobleza  de  Aragón  que  se  niega  á  socor- 
rer á  don  Alfonso  de  Castilla,  la  reconquista  del  reino  de  Murcia 
en  nombre  de  este  monarca,  y  finalmente  el  castigo  de  los  mag- 
nates aragoneses,  son  los  acontecimientos  de  más  bulto  contados 
por  el  rey  cronista,  tras  los  triunfos  memorables  de  Valencia ,  pin- 
tando en  ellos  con  toda  exactitud  el  espíritu  anárquico  y  contra- 
dictorio de  aquella  múltiple  sociedad  que  tenia  bajo  su  cetro. 
Excitado  entre  tanto  por  el  emperador  de  Constantinopla  y  por  el 
gran  Can  de  Tartaria  para  pasar  á  Tierra  Santa,  y  llamado  á, 
Castilla  por  su  liijo  don  Sancho,  exaltado  á  la  silla  de  Toledo 
para  solemnizar  su  consagración,  entrábase  don  Jaime  en  los  do- 
minios de  don  Alfonso,  (juicn,  después  de  agasajarle  dignamente, 
le  ayudaba  con  no  pequeña  suma  de  maravedises  para  la  empre- 
sa de  los  Santos  Lugares.  Malograda  esta,  después  de  embarcado 
el  valeroso  monarca,  llámanle  de  nuevo  á  Castilla  las  bodas  del 
infante  don  Fernando  de  la  Cerda;  ocasión  en  que  fomenta  sin 
advertirlo  las  pretensiones  de  don  Sancho,  que  produjeron  ade- 
lante escandalosos  disturbios,  mientras  dá  al  Rey  Sabio  los  más 
saludables  consejos. 

Nuevos  desmanes  de  la  nobleza  catalana  le  obligan  después 
á  usar  del  rigor,  llegando  el  espíritu  de  rebelión  hasta  el  punto 
de  anidar  en  su  propio  heredero;  mas  reducido  este  á  la  obe- 
diencia y  restablecida  la  calma,  es  don  Jaime  invitado  por  el 
Pontífice  al  concilio  de  Lyon,  donde  debia  tratarse  do  organizar 
í-ierta  cruzada  para  rescatar  otra  vez  el  Santo  Sepulcro.  Curio- 
sa es  la  descripción  que  el  i'cy  aragonés  nos  hace  de  aquella  re- 
ligiosa asamblea,  donde  .se  contaban  más  de  quinientos  prela- 
dos: expuesto  sin  embargo  el  voto  de  don  JaiAe,  favorable  á  la 
empresa,  nadie  se  atreve  á  segundarlo,  volviéndose  el  español  á 
su  reino,  sin  que  el  Papa  se  dignara  coronarle,  á  menos  que  se 
le  confesara  tributario.  La  ¡nsurrccion  de  los  moros  valencianos 


II.*  PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VlILG.  ERUD.   609 

acaecida  en  1276,  es  el  último  suceso  público  en  que  el  Conquis- 
tador interviene,  asaltándole  aguda  dolencia,  cuando  se  preparaba 
á  castigarla.  En  Alcira  comprendió  don  Jaime  que  se  le  acercaba 
el  momento  supremo;  y  hecha  renuncia  de  la  corona  en  su  hijo, 
vestia  con  devoción  cristiana  el  hábito  del  Císter,  dirigiéndose  al 
retiro  de  Poblet  para  acabar  sus  dias;  mas  llegado  á  Valencia, 
agrávesele  en  tal  manera  la  enfermedad,  que  ni  pudo  seguir  el 
viaje,  ni  añadir  una  página  más  á  su  Chrónka  "•. 

Abraza  esta  pues  la  vida  entera  del  rey  don  Jaime,  que  en- 
cierra el  largo,  difícil  y  glorioso  período  de  sesenta  y  ocho  años, 
ocupando  aquel  el  trono  de  sus  mayores  por  el  espacio  de  sesenta. 
Escrita  con  suma  naturalidad  y  frescura,  ofrece  al  par  el  interés 
de  un  diario  y  la  regularidad  de  una  historia,  esquivando  á  me- 
nudo los  excesivos  pormenores.  La  narración  que  bien  pudiera 
en  suma  apellidarse  familiar,  toma  á  veces  el  tono  elevado  de  la 
epopeya,  conforme  á  la  situación  que  describe;  é  iniciado  el  Con- 
quistador en  el  conocimiento  de  las  sagradas  letras,  salpícala  con 
frecuencia  de  oportunas  máximas  y  piadosos  versículos,  que,  ex- 
plicando la  conducta  del  soberano,  acreditan  su  ilustración  y  su 
talento.  Elogiado  es  también  sobremanera  por  los  amantes  de  las 
letras  catalanas  el  lenguaje  de  la  Chrónka  del  rey  don  Jaime, 
señalado  como  el  primer  ensayo  histórico  hecho  en  el  habla  cata- 
lana: sencillo  y  pintoresco  á  la  vez,  participaba  de  la  misma  inge- 
nuidad que  en  toda  la  obra  resplandece,  no  sin  que  lo  esmalten 


1  Es  notable  el  error  en  que  cayó  Rodríguez  de  Castro,  insertando  en  su 
Biblioteca  (tomo  II,  pág.  606  y  siguientes)  el  índice  de  capítulos  del  códice 
j  M  29  del  Escorial,  que  tuvo  por  la  historia  de  don  Jaime  sin  ver  que  era 
del  caballero  Desclot,  de  quien  en  su  lugar  trataremos.  Con  sólo  advertir  que 
el  cap.  XIV  trata  «í)e  la  morí  del  rey  en  Jaume  el  com  V  Infant  En  Pere  fó 
yycoronat  Rey  el  recobra  lol  lo  regne  de  Valencia  que  s'ere  alrat»,  se  viene  en 
conocimiento  de  que  la  suposición  indicada  es  inadmisible,  admirándonos 
todavía  más  el  error  de  Castro,  cuando  vemos  que  los  cincuenta  y  siete 
capíittlos  restantes  (en  el  códice  G.  160  de  la  Bibl.  Nac.  son  69)  compreriden 
casi  lodo  e\  reinado  de  Pedro  III  [1276  á  1283].  Amat  cayó  en  el  mismo  des- 
liz {Mem.  de  los  Eacrils.  cats.,  pág.  320).  El  Comentario  se  imprimió  por  Diego 
do  Gumiei  en  1515,  y  por  la  viuda  de  Juan  Mey  1337.  Don  Mariano  Flolats 
y  don  Antonio  de  BofaruU  lo  pusieron  en  castellano  en  1848,  con  el  título  de 
Historia  del  Rey  don  Jaime  I,  el  Conquistador. 

TOMO    DI.  59 


610  mSTOIllA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA550LA. 

algunas  llores  retóricas,  especialmente  en  los  repelidos  discursos 
(jue  pone  el  rey  en  boca  de  los  prelados  y  de  los  proceres.  Ni  se 
muestra  menos  entendido  en  el  idioma  de  Castilla  que  era  hablado 
por  no  pequeña  parte  de  sus  vasallos  *,  probando  de  este  modo 
que  si,  cediendo  al  influjo  erudito  de  la  Iglesia,  prohibía  en  1255 
que  se  pusiera  la  Biblia  en  romance,  ya  en  edad  madura  juzgaba 
dignos  intérpretes  de  la  historia  á  los  hablados  en  España  -. 


\  Digna  es  de  tomarse  en  consideración  la  circunstancia  de  poner  con  ai- 
puna  frecuencia  el  mismo  don  Jaime  en  castellano  las  palabras  que  en  diclia 
lengua  se  le  dirigen:  invilatios  los  prohombres  de  Teruel  para  que  le  ayudasen 
á  recobrar,  en  nombre  de  Alfonso  X,  el  reino  de  Murcia,  le  habla  así  Gil 
Sánchez  Muñoz  a  nombre  de  lodos:  «Senyor,  bien  sabedes  uos  en  lo  que  uos 
))mandastes  ¡e  nos  rogastes,  que  nuncha  trovastes  de  non  en  nos,  nin  lo  fe- 
))zistes,  nin  lo  farcdes  agora.  Decimosuos  que  uós  enprestarcmos  tres  mili 
))cargas  de  pan  et  mili  de  trigo,  ó  dos  mili  dordio,  et  veynte  mili  carneros  et 
»dos  mili  naques.  Et  si  quercdes  mas,  prendet  de  nos»  (cap.  CCLV).  Arre- 
pentido el  infante  don  Pedro  de  haber  desobedecido  á  su  padre,  le  pide  per- 
don  en  estas  palabras:  «Senyor,  lo  que  yo  feyto  hé,  me  pesa  muyto,  et  muyta 
))grant  dolor  hé  yo  en  mió  coracon  com'  yo  he  feyta  ninguna  cosa  que  á  uos 
))pese:  et  uicngo  aqui  á  uostra  mercet,  et  fets  de  mí  et  de  las  mias  cosas  lo 
))qne  querades»  (cap.  CCXCXV).  Aun  entre  los  moros  latinados  de  esta  parte 
del  Ebro,  se  hablaba  el  castellano:  contando  don  Jaime  la  rendición  de  Peñís- 
cola,  escribe  que  los  sarracenos  de  aquella  villa  y  castillo  le  dijeron  estas  pa- 
labras: «Senyor,  ¿quéreslo  tú  axí?  Et  nos  lo  queremos,  et  nos  fiaremos  en 
»tú  et  donarte  hemos  lo  castello  de  la  tua  fe»  (cap.  CXXXVIil).  Obsérvese 
que  este  lenguaje  tiene  muchos  puntos  de  contacto  con  el  del  libro  de  Appolo- 
nio,  y  se  reconocerá  fácilmente  la  exactitud  de  cuantas  observaciones  hici- 
mos respecto  de  este  punto  en  la  Ilustración  11.^  del  tomo  precedente. 

2  Las  palabras  de  esta  disposición  son:  «Statuitur  ne  aliquis  libros  Vete- 
nris  uel  Novi  Testamenti  in  romancio  habeat»  {Ooncil.  Tarracon.  Martene, 
tomo  Ylí,  pág.  i23  y  siguientes).  Imposible  es  determinar  hoy  si  el  rey  don 
Jaime  alude  aquí  á  versiones  catalanas  ó  aragonesas  (castellanas)  con  la  voz 
romancio:  posible  es  uno  y  otro.  Cónstanos  sin  embargo  que  Ij  Biblia  fué 
puesta  en  castellano  desde  los  primeros  dias  del  siglo  XIII;  y  si  hemos  de 
creer  á  Gisberto  Yoccio  y  á  Juan  Enrique  Hottingero,  se  debió  esta  primera 
versión  al  docto  Rabbí  David  Quimji,  que  floreció  de  1190  á  1223  (Üibl. 
Stud.  theol.,  lib.  II;  Thesaur.  philolog.  Sacr.  Scrip.).  La  famosa  Biblia  de 
Ferrara,  según  antes  de  ahora  hemos  probado,  atestig-na  una  antigüedad 
respetable  y  fué  en  toda  la  edad  media  el  texto  verdaderamente  auténtico  do 
los  judios  españoles  {Estad,  hists.  polils.  y  Hts.  sobre  los  jiidios  en  España, 
ensayo  III,  cap.  II).  De  Cataluña  no  podemos  decir  otro  lanío,  á  pesar  de  que 


II.   PARTE,  CAP.  XI.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   611 

¿Pudo  esto  ser  debido  al  noble  egemplo  del  Rey  Sabio?...  La 
Estoria  de  Espanna  aparece  compuesta  de  1200  á  1268:  la 
Grande  et  General  hubo  de  ser  escrita  de  1270  en  adelante, 
época  en  que  más  tranquilo  don  Jaime  y  confiando  alguna  parte 
de  los  negocios  del  Estado  á  su  hijo  don  Pedro,  pudo  trazar  y 
trazó  sin  duda  su  Chrónica,  según  queda  ya  advertido.  Cono- 
ciendo el  estrecho  comercio  y  amistad  gue  por  el  mismo  tiempo 
existe  entre  ambos  soberanos,  temerario  seria  el  dudar  de  que 
aficionados  uno  y  otro  á  las  letras  y  á  las  ciencias,  y  distinguién- 
dose sus  cortes  por  el  número  de  sabios  que  las  exornaban  *, 
dejasen  de  comunicarse  sus  mutuos  proyectos  Kterarios,  cual  se 
consultaban  los  políticos;  y  asi  como  hemos  notado  en  el  capítulo 
anterior  que  al  compilar  el  libro  de  la  Sauiesa,  tuvo  presentes  el 
rey  de  Aragón  los  tratados  del  Bonium  y  los  Ensennamientos  et 
Castigos  de  Alexandre,  traídos  al  habla  vulgar  bajo  los  auspicios 
del  castellano,  así  puede  también  admitirse  que  los  generosos  es- 
fuerzos de  este  y  el  brillante  éxito  de  sus  empresas  movieron  al 
Conquistador  á  cultivar  la  lengua  de  la  muchedumbre,  prefiriendo 
la  catalana,  más  semejante  á  la  hablada  en  su  niñez,  y  como 
aquella  no  ejercitada  todavía  en  la  prosa  hteraria  ^.  De  cualquier 


la  circunstancia  de  celebrarse  en  Tarragona  el  concilio,  en  que  dicha  disposi- 
ción se  adopta,  pudiera  deponer  á  su  favor. 

1  Curioso  y  de  no  escasa  importancia  es  lo  que  el  rey  don  Jaime  nos  re- 
fiere de  su  corte,  al  narrar  la  rebelión  de  los  mag-nates  aragoneses:  así  como 
los  ricos-ornes  de  Castilla  (V.  cap.  IX) protestaban,  para  rechazarlas  reformas, 
que  eran  excesivamente  especulativas,  así  los  nobles  de  Aragón  acusaban  al 
rey  de  llevar  á  su  lado  algunos  sabios  en  derecho,  que  eran  los  que  juzgaban 
los  negocios  del  Estado,  teniéndolos  á  raya  (cap.  CCL):  esto,  que  sirve  para 
condenar  el  espíritu  anárquico  de  los  proceres  en  ambos  reinos,  es  el  mejor 
elogio  de  uno  y  otro  soberano. 

2  Ni  Raynouard,  ni  Fauriel,  ni  otro  alguno  de  los  críticos  que  han  ha- 
blado de  los  proveníales,  les  atribuyen  historia  escrita  en  la  lengua  de  los 
trovadores. — Tampoco  en  Cataluña,  al  menos  que  nosotros  sepamos,  existe 
otra  obra  de  alguna  importancia  escrita  en  prosa  anterior  á  don  Jaime. 
Muerta  en  flor  la  poesía  provenzal,  no  llegó  á  constituir  una  literatura  pro- 
piamente hablando;  fenómeno  que  pudo  felizmente  operarse  en  Cataluña,  mer- 
ced á  las  condiciones  políticas,  antes  de  ahora  apuntadas. — Advertiremos  por 
último  que  para  el  examen  de  este  primer  fruto  de  la  historia  en  el  romance 


612  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

manera,  don  Jaime  I  de  Aragón  logra  señalado  lugar  en  la  historia 
de  la  literatura  patria,  no  siendo  lícito  apartarlo  de  Alfonso  X  de 
Castilla:  llevado  esto  de  más  altos  pensamientos  literarios,  recaba 
para  sí  el  lauro  del  primer  historiador  vulgar,  según  arriba  de- 
mostramos: prendado  aquel  de  sus  propias  hazañas,  es  sin  duda 
en  mérito  y  antigüedad  el  primer  cronista  de  los  catalanes.  Ambos 
fueron  claro  egemplo  á  los  historiógrafos  de  los  siguientes  siglos. 

Al  Rey  Sabio  se  han  atribuido,  demás  de  las  ya  mencionadas, 
otras  producciones  históricas,  contándose  entre  ellas  La  Grant 
Conquista  de  iltramar,  repetidamente  citada  con  su  nombre. 
Pero  así  como  el  Libro  del  Thesoro  en  prosa,  mencionado  en  otro 
lugar,  pertenece  esta  obra  al  reinado  de  don  Sancho  l\,  no  ha- 
biendo menester  de  ella  el  hijo  de  Fernando  III,  para  sustentar  el 
glorioso  titulo  con  que  la  posteridad  le  distingue. 

Nuevo  y  no  dudoso  testimonio  de  esta  verdad,  sobre  los  ya 
expuestos,  será  el  estudio  que  hacemos  en  el  siguiente  capítulo. 


catalán,  nos  hemos  valido  del  bellísimo  Ms.  que  en  la  librería  del  señor  Du- 
que de  Osuna  lleva  este  título:  «Libre  que  feu  lo  gloriós  Rey  En  Jaume,  per 
»la  gratia  de  Deu,  rey  Darago,  de  Mallorques,  é  de  Valentía,  Comte  do  Bar- 
Mcelona  é  de  Urgell,  é  de  Muntpeller,  de  tots  los  fets  é  de  les  gratics  que 
))nostre  Señor  11  feu  en  la  sua  vida». 


CAPITULO  XII. 

SEGDNDA  TRiMtlIMIOÜ  MI  iRTG  YDlGmiIDDITO. 


Don  Alfonso  el  Sabio. — Obras  Científjcas. — Juicio  de  la  edad  media  y  de 
los  tiempos  modernos  sobre  las  mismas. — Obras  Jurídicas. — Las  Partidas: 
diversas  opiniones  sobre  sus  autores.— Examen  de  este  celebrado  código, 
como  obra  literaria. — Sus  fuentes:  los  libros  de  filosofía  moral:  las  Sagradas 
Escrituras:  los  Padres. — Análisis  de  las  Partidas. — Comparación  entre  la 
doctrina  de  los  libros  orientales  y  la  del  Libro  de  las  Leyes. — Obras  mine- 
ralógicas Y  astronómicas. — Número  y  orden  cronológico  de  las  genuinas. 
— Examen  expositivo  de  los  tres  Lapidarios  de  Abolays. — De  las  Tablas 
Alfonsies. — Del  Libro  de  la  Ochava  Sphera.— ídem  de  la  Sphera  redonda. — 
Ídem  del  Aleara. — ídem  de  los  libros  del  Astrolabio.— ídem  de  la  Azafeha. 
— La  Lámina  Universal.— E\  Libro  de  las  Armiellas. — El  de  las  Láminas  de 
los  Planetas. — Los  seis  ¡ibros  del  Qiiadrante,  de  los  Relogios  y  del  Atazir. — 
Los  Cánones  de  Albateni. — El  Libro  de  los  Juicios. — El  de  las  Tres  Cruces. — 
Carácter  de  las  ciencias  derivadas  de  los  árabes. — Su  relación  con  los  de- 
más estudios  del  Rey  Sabio. ^-Observaciones  generales. 


Jlíl  muy  noble  rey  don  Alfonso  «aula  en  su  corte  muchos  maes- 
))tros  de  las  ciencias  et  de  los  saberes,  á  los  quales  él  facia  mu- 
))cho  bien,  et  por  leuar  adelante  el  saber  et  por  nosblecer  sus 
))regnos.  Ca  fallamos  que  en  todas  las  giencias  fizo  muchos  libros 
»et  todos  muy  buenos...,  porque  auia  muy  grant  espacio  para 


6!4  HISTORIA    CRItICA    1»E    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

«estudiar  en  las  materias,  de  que  quería  conponer  algunos  libros: 
))ca  raoraua  en  algunos  lugares  un  año  el  dos  el  mas  ct  aun  se- 
))gunt  dizen  los  que  uiuian  á  su  merced,  que  fablauan  ron  él  los 
«que  querían  el  quando  61  queria:  et  ansi  auia -espacio  de  estu- 
))diar  en  lo  que  él  queria  fazcr  pora  sí  mismo,  etaun  para  veer  et 
»determiuar  las  cosas  de  los  saberes  quel  mandaua  ordenar  á  los 
«maestros  et  á  los  sabios  que  traya  para  esto  en  su  corte».  Estas 
autorizadas  palabras  del  insigne  don  Juan  Manuel,  escritas  en  el 
l»rólogo  del  Sumario  de  la  Crónica  de  Espanna,  nos  abren  el 
camino  para  entrar  en  el  estudio  de  las  obras  científicas  llevadas 
d  cabo  por  el  rey  de  Castilla,  ó  realizadas  bajo  sus  nobles  aus- 
picios, contrastando  grandemente  con  el  injurioso  desden  de  los 
que,  sin  haber  tenido  aliento  para  examinarlas,  le  han  conde- 
nado al  desprecio  ' .  Muchas  son  las  producciones  de  este  género 
qiie  han  llegado  afortunadamente  á  nuestros  dias,  y  crecido  el 
número  de  los  hombres  doctos  que  don  Alfonso  convoca  y  reúne 
con  tan  ilustrado  intento:  cristianos,  árabes,  hebreos,  cuantos  se 
consagran  al  cultivo  de  la  filosofía  y  la  jurisprudencia,  cuantos 
investigan  los  problemas  y  misterios  de  las  matemáticas,  de  la 
medicina  y  de  las  ciencias  naturales,  todos  encuentran  protección 
y  cumplido  agasajo  en  la  corte  de  Castilla.  Era  esta  «la  primera 
«vez  [dice  la  Real  Academia  de  la  Historia]  que  en  tiempos  bár- 
«baros  se  ofrecía  á  la  república  literaria  una  academia  de  sabios, 
«ocupados  por  el  espacio  de  muchos  años  en  rectificar  los  an- 
«tiguos  cálculos  astronómicos,  en  disputar  sobre  los  artículos 
«más  difíciles  de  esta  ciencia,  en  construir  nuevos  instrumentos, 
«en  observar  por  medio  de  ellos  el   curso  de  los  astros,  sus 


1  Este  desden  generalizó  el  P.  Isla  en  el  Resumen  de  la  Ilisloria  de  Es- 
paña, que,  escrito  en  pobres  versos,  anda  en  manos  de  los  niños.  Allí  recor- 
damos haber  leido: 

Alonso  diez,  á  quien  llamaron  Saliio, 
Por  no  sé  qué  tintura  de  nslrolabio. 
Lejos  de  dominar  á  las  estrellas, 
Jio  las  uiandii,    que  lu  mandaron  ellas. 

Muchos  escritores  del  pasado  siglo  y  del  presente,- vencidos  del  error,  han 
exagerado  esta  calificación  injuriosa,  que  rechaza  y  condena  el  buen  sentido. 


II.   PARTE,  flAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERUD.   615 

«declinaciones,    ascensiones,  eclipses,  longitudes  y  latitudes  '. 

Y  este  inusitado  movimiento  de  las  ciencias,  que,  tomando  por 
instrumento  el  habla  de  la  muchedumbre,  venian  á  hacerse  en 
cierto  modo  populares,  si  guarda  estrecha  analogía  con  el  desar- 
rollo de  las  letras,  no  es  en  sí  mismo  menos  armónico  y  concer- 
tado. El  rey  don  Alfonso  no  se  iba,  como  han  supuesto  la  irrefle- 
xión y  la  ignorancia  tras  las  cosas  del  cielo,  olvidando  las  de  la 
tierra:  para  hacer  á  todos  partícipes  de  los  beneficios  de  la  cultura 
por  él  alcanzada,  trajo  al  lenguaje  común  los  avisos  y  preceptos 
de  la  moral  y  de  la  religión;  para  fortificar  los  lazos  apenas  for- 
mados entre  los  diferentes  pueblos  que  constituían  su  impeiio, 
apeló  á  las  enseñanzas  de  la  historia;  para  echar  los  cimientos  á 
la  unidad  política  de  aquel  múltiple  estado,  procuró  transformar 
sus  leyes,  creando  un  solo  derecho;  para  dotar  á  sus  vasallos  de 
los  tesoros  de  las  ciencias  allegados  por  otras  naciones,  alentó  y 
prohijó  las  vigilias  de  los  sabios,  sin  reparar  en  su  contrario  origen, 
y  sometiendo  sus  esfuerzos  á  un  solo  principio.  Conocida  ya  la 
forma  en  que  dá  cima  á  las  empresas  literarias,  apreciados  la 
ocasión  y  el  intento  con  que  acomete  y  fomenta  las  científicas, 
tócanos  pues  fijar  la  vista  en  las  últimas,  á  fin  de  que  puedan  ser 
quilatadas  por  nuestros  lectores,  llamando  nuestra  atención  con 
preferencia  las  obras  legales,  como  que  se  ligan  más  directamente 
á  la  sociedad  española  del  siglo  XIII. 

Es,  como  antes  queda  manifestado,  el  Libro  de  las  Leyes,  co- 
munmente apellidado  Las  Siete  Partidas,  el  cuerpo  de  derecho 
más  completo  que  sale  de  las  manos  del  Rey  Sabio,  y  el  más  in- 
signe monumento  que  en  esta  importante  rama  del  saber  humano 
produjo  la  edad  media.  Largamente  han  discutido  los  juriscon- 
sultos é  historiadores  de  más  nota  sobre  el  autor  ó  autores  que 
tomaron  parte  en  obra  de  tal  magnitud,  cayéndose  á  menudo  en 
lastimosas  contradicciones:  quién  de  propia  autoridad  y  sin  indi- 
car otro  autor  á  quien  atribuirla,  ha  negado  simplemente  al  Rey 
Sabio  la  gloria  de  haberla  ideado;  quién,  desconociendo  la  histo- 
ria de  la  ciencia  de  ambos  derechos  en  nuestros  suelo,  ha  resuelto 

1  Informe  de  la  Real  Academia  de  la  Historia,  escrito  por  el  diligente 
Pellicer  cu  10  de  abril  de  1798. 


ClÜ  HISTOIUA    ClUlICA    DK    LA    LITEIIATÜRA    ESPAÑOLA. 

la  cuestión  declarando  que  trajo  de  Italia  para  que  llevaran  á  cabo 
esta  empresa  á  los  discípulos  del  célebre  Azon,  muerto  cincuenta 
años  antes;  quién  ha  dado  finalmente  por  cierto  ijue  fué  esta  fa* 
mosa  compilación  debida  á  los  doce  consejeros  de  San  Fernando, 
á  los  cuales  se  atribuye,  como  vimos  ya,  d  Libro  de  los  Doce  Sa- 
bios. No  tienen  ahora  todas  estas  cuestiones  el  interés  que  ofrecían 
antes  de  darse  á  luz  el  docto  prohemio  que  puso  A  las  Partidas  la 
Real  Academia  de  la  Historia;  mas  aun  reconociendo  con  tan  ilus- 
tre corporación  que  fué  del  rey  don  Alfonso  e\  plan,  coordinación 
y  extensión  uniforme  de  las  leyes  ^  nos  será  permitido  añadir  en 
abono  de  esta  opinión  algunas  reflexiones,  que  destruirán  al  par 
la  no  bien  fundada  de  los  que  aseguran  que  se  Umitó  el  trabajo 
del  Rey  Sabio  á  terminar  la  obra  comenzada  ya  por  su  padre. 

Recordando  ante  todo  el  objeto,  carácter  y  tiempo  en  que  se 
escribe  el  Septenario,  y  no  olvidando  el  año  en  que  se  acomete  la 
empresa  de  las  Partidas,  que  sigue  á  la  del  Fuero  Real  y  á  la 
del  Espéculo,  queda  en  efecto  demostrado  que  son  aquellas  fruto 
del  reinado  de  don  Alfonso,  por  más  que  Fernando  Ilí  anhelase 
formar  un  cuerpo  de  doctrina  jurídica,  aplicable  á  todos  sus  Esta- 
dos, según  depone  su  hijo  en  el  mismo  prólogo  del  Fuero  ó  Libro 
de  las  Leyes  ^  Al  realizarse  esta  empresa,  habían  llegado  en  Cas- 
tilla á  un  grado,  si  no  de  esplendor,  al  menos  de  notable  adelanto 
los  estudios  del  derecho  civil  y  del  derecho  canónico:  la  universi- 
dad de  Falencia  en  el  primer  tercio  del  siglo,  y  la  de  Salamanca 
desde  el  reinado  de  San  Fernando,  contaron  en  su  seno  juristas 
distinguidos,  cuyos  nombres  hemos  ya  consignado,  y  cuyas  obras 
daban  clara  señal  de  que  no  había  caído  en  tierra  ingrata  la  se- 


1  Prólogo  á  las  Partidas,  pág.  XV  y  siguientes. 

2  Don  Alfonso  escribe:  «A  esto  nos  movió  sennalaclamente...que  el  muy 
«noble  et  bien  auenlurado  rey  don  Ferrando,  nuestro  padre,  que  era  muy 
wcomplido  de  justicia  et  de  ucrdal,  lo  quisiera  fazcr,  si  mas  uisquisiera,  et 
«mandó  á  nos  que  lo  fiziésemos»  (pág.  5  de  la  ed.  de  la  Acad.).  Declarando 
después  el  mismo  rey  que  se  empezaron  las  Partidas  la  «uiéspera  de  sant 
uJohan  Bautista,  quatro  annos  et  veynte  et  tres  dias  andados  del  comenza- 
«miento  del  su  regnado...,  et  fué  acabado  (dicho  libro)  desque  fué  comenzado 
»á  siete  annos  complidos»;  no  comprendemos  cómo  ha  podido  haber  disputa 
ni  duda  cu  este  punto. 


II.*  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERL'D.   617 

milla,  traida  á  España  por  los  últimos  Alfonsos  *:  atento  el  Xá 
promover  estos  estudios,  encomendó  desde  su  juventud  útilísimos 
trabajos  á  los  que  más  sobresalían;  y  deseoso  de  conocer  en  sus 
verdaderas  fuentes  el  derecho  romano,  renacido  en  las  escuelas 
de  Irnerio,  con  el  mismo  celo  con  que  dotaba  á  las  aulas  univer- 
sitarias de  las  Summas  de  Gofredo  y  del  Hostiense,  adquiría  la 
Jnstituta  de  Justiciano,  que  utilizaba  adelante  en  la  Grande  et 
General  Estoria,  y  adicto  igualmente  á  los  cánones  eclesiásticos, 
acaudalábase  con  el  Decreto  de  Graciano  y  con  las  Decretales  de 
Gregorio  IX  y  de  Bonifacio  YIII.  La  ciencia  de  los  decretistas  y 
de  los  decretalistas,  que  hablan  fomentado  en  Italia  las  luchas 
siempre  crecientes  entre  el  sacerdocio  y  el  imperio,  era  pues  cul- 
tivada en  la  España  de  Alfonso  X,  sin  aquella  rivalidad  que  le  dá 
primero  vida  en  la  patria  de  los  Azones  y  Sicardos,  y  que  llega 
por  último  á  hacerla  sospechosa.  Aplicar  estos  estudios,  que  iban 
tomando  cada  dia  en  las  monarquías  españolas  mayor  predominio, 
someterlos  al  pensamiento  político  y  altamente  ilustrado  que  he- 
redó de  su  magnánimo  padre,  tal  fué  la  noble  empresa  del  Rey 
Sabio  realizada  en  las  Partidas,  con  el  auxilio  de  los  más  grana- 
dos legistas  españoles-. 


1  Véase  lo  que  sobre  el  particular  dejamos  notado  en  los  capítulos  V, 
VIII,  IX  de  esta  11.^  Parte. 

2  El  erudito  don  Rafael  Floranes  intentó  probar  que  tomaron  parte  en  la 
redacción  del  Libro  de  las  Leyes  los  alcaldes  mayores  de  Sevilla,  Fernand 
Mateos,  Rodrigo  Esteban  y  Alfonso  Diaz,  el  de  Toledo,  llamado  Gonzalo 
Ibañez  y  Maestre  Gonzalo,  deán  de  aquella  metropolitana.  Fúndase  en  que 
en  la  ley  7.*  tít.  XVIII  de  la  III.*  Partida  se  copia  el  título  del  primero;  y  en 
las  leyes  7o.*,  93.*  y  98.*  del  mismo  título  y  Partida,  se  hace  mención  de 
los  segundos.  La  Academia  de  la  Historia  no  dá  el  valor  que  Floranes  le 
atribuye  á  esta  observación  erudita;  pero  sí  conviene  en  que  pudo  contribuir 
á  la  redacción  de  las  Partidas  el  maestro  Jacobo  de  las  Leyes,  autor  de  las 
Flores,  ya  antes  de  ahora  citado.  No  creemos  fuera  de  propósito  el  notar  que 
en  la  corte  del  rey  don  Alfonso  tenían  acostamiento,  entre  otros  doctos  varo- 
nes, un  Maestre  Nicolás,  un  Maestre  Ferrando,  un  Maestre  Martin  y  un  Maes- 
tre Juan,  graduados  todos  en  la  universidad  salmantina  y  tenidos  por  extre- 
mados legistas.  En  orden  á  la  venida  de  los  italianos,  nos  parece  de  algún 
valor  la  observación  de  no  hallarse  en  parte  alguna  vestigio  de  sus  nombres, 
así  como  se  halla  memoria  expresa  en  los  libros,  escritos  por  los  discípulos 


f,|8  HISTORIA    CRtTICA    DE    LA    LITERATUIU    ESPAÑOLA. 

Pero  s¡  es  racional  el-admilir  para  obra  de  lauto  bulto  el  con- 
curso de  los  varones  más  consumados  en  uno  y  otro  decreto,  (i 
nadie  más  que  al  Rey  Sabio  cuadra  el  nombre  de  autor  del  Libi'o 
de  las  Leyes,  ya  se  le  considere  bajo  el  punto  de  vista  filosófico, 
ya  en  su  relación  simplemente  literaria.  El  consorcio  de  uno  y 
otro  decreto,  cuyo  antagonismo  habia  producido  en  la  sociedad 
italiana  no  pocos  escándalos  y  conturbaciones  ^;  la  sobria  y  se- 
suda fusión  de  la  antigua  doctrina  de  los  filósofos  griegos  y  ro- 
manos y  de  los  filósofos  sánscritos  y  árabes  con  la  doctrina  cató- 
lica, idea  que  sólo  podia  abrigar  quien  hubiera  nutrido  su  espí- 
ritu en  unas  y  otras  enseñanzas  -;  la  amalgama,  tan  perfecta 
como  era  posible,  entre  el  derecho  patrio,  representado  en  los 
fueros  y  en  las  decisiones  de  los  concilios,  y  el  derecho  romano, 
tal  como  era  conocido  en  las  escuelas,  y  finalmente,  aquella  uni- 
dad de  estilo  y  de  lenguaje  que  brilla  en  las  Siete  Par  ¡idas  y 
que  hermanan  esta  obra  inmortal  con  todas  las  que  llevan  el 
nombre  del  hijo  de  San  Fernando,  pruebas  son  irrecusables  de 
que  ordena  este  y  preside  todas  las  tareas,  imponiéndoles  el  sello 
de  su  elevado  carácter.  Debe  á  esta  feliz  circunstancia  el  ser  el 
Libi'o  de  las  Leyes  uno  de  los  más  grandes  monumentos  de  la 
edad  media.  Formar  un  código  meramente  dispositivo,  en  que  se 
resumieran  las  prescripciones  de  las  Pnndecfas  y  aun  de  las  /)e~ 
creíales,  enriqueciéndolo  al  par  con  las  declaraciones  de  los  con- 
cilios españoles  y  las  fazañas  de  los  viejos  fueros  de  la  tierra, 


(le  Irnerio  á  fines  del  siglo  XH  y  principios  del  XIlí,  no  siendo  para  olvidada 
la  mención  que,  según  veremos  luego,  se  hace  en  años  posteriores  de  algu- 
nos sabios  de  Italia  en  los  libros  astronómicos.  De  grande  peso  es  por  último 
en  esta  cuestión  el  silencio  de  Tiraboschi,  cuya  solicitud  por  las  gloriaste  su 
patria  le  empeña  con  frecuencia  en  análogas  investigaciones,  siendo  para 
nosotros  evidente  que  á  tener  algún  fundamento  la  opinión  indicada,  no  hu- 
biera dejado  de  ilustrarla  este  distinguido  crítico  amplia  y  acertadamente. 

\  Hablando  don  Alfonso  de  ambos  decretos,  decia:  «Et  de  los  manda- 
«mientos  destas  dos  maneras  de  derechos  et  de  todos  lo's  grandes  saberes, 
«sacamos  et  ayuntamos  las  leyes  deste  nuestro  libro»,  etc.  (Partida  I,  ley  2"). 

2  En  la  misma  ley  anadia:  «Sacamos  el  ayuntamos  las  leyes  deslc  nues- 
tro libro  segunl  que  las  fallamos  escripias  en  los  libros  de  los  sabios  antigás». 
Ya  hemos  notado  el  valor  que  duba  el  rey  a  estas  palabras. 


11."  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERLD.   619 

habria  sido  indubitadamente  obra  digna  de  un  príncipe  que  aspi- 
rase al  título  de  legislador:  reconocer,  al  trazar  ese  mismo  edifi- 
cio, los  orígenes  de  todo  derecho,  determinar  los  fundamentos  de 
las  leyes,  definirlas  conforme  á  los  principios  de  la  moral  cristia- 
na, y  autorizarlas  con  la  doctrina  de  los  sagrados  libros  y  de  los 
Santos  Padres,  de  los  filósofos  de  la  antigüedad  gentílica  y  de  los 
sabios  antiguos  y  modernos  del  Oriente,  empeño  era  de  quien 
ambicionara  el  renombre  de  legislador  y  de  filósofo. 

Mérito  es  este  que  dando  á  las  Partidas  un  interés  altamente 
literario,  y  ligándolas  con  los  demás  libros  filosóficos,  cuyo  exa- 
men dejamos  hecho,  las  presenta  cual  verdadera  síntesis  de  to- 
dos los  estudios  morales,  reflejando  en  consecuencia  todo  el  sa- 
ber del  siglo  XIII;  y  si  ha  sido  propia  de  jurisperitos,  y  lo  es  to- 
davía, la  tarea  de  señalar  hasta  qué  punto  adoptó  el  rey  de 
Castilla  el  espíritu  de  la  antigua  legislación  romana,  siguiendo  al 
par  las  disposiciones  canónicas;  si,  descendiendo  á  los  pormeno- 
res, ofrecerá  siempre  sabroso  incentivo  para  la  historia  de  la  juris- 
prudencia española  el  considerar  cómo  se  procura,  aunque  no  con 
entera  fortuna,  amoldar  á  los  usos  y  costumbres  del  pueblo  cas- 
tellano el  derecho  civil,  privado  y  criminal,  depositado  en  las 
Pandectas, — importante  y  propio  de  una  historia  crítica  de  la  li- 
teratura española  es  y  será  la  investigación  de  esas  relaciones  fi- 
losóficas y  literarias  que  descubren  á  nuestra  vista  la  extraordi- 
naria fusión  que  bajo  el  imperio  del  Rey  Sabio  se  operaba  en  la 
Península  entre  todos  los  elementos  sociales  en  ella  congregados, 
y  cuya  existencia  queda  ya  evidentemente  demostrada  '. 

Los  libros  simbólicos  de  la  India,  y  los  catecismos  que  sobre 
ellos  forman  los  persas  y  los  árabes,  imitados  ó  traídos  á  la  cre- 
ciente literatura  castellana  desde  el  reinado  de  Fernando  III,  te- 
nían por  objeto  señalar  los  deberes  del  hombre  para  con  Dios, 
definir  la  autoridad  de  los  reyes,  discernir  sus  obligaciones  para 
con  los  vasallos,  y  determinar  las  de  estos  para  con  los  reyes, 
presentando  por  último  todo  linaje  de  máximas  y  avisos,  propios 
para  reglar  la  vida  de  subditos  y  señores  -.  Sigue  el  Libro  de 

{     Véanse  los  capítulos  anteriores,  relativos  al  Rey  Sabio. 

2    Si  no  bastara  el  examen,  hecho  en  el  cap.  X,  de  los  libros  orientales 


«20  HISTORIA   CRITICA    DE   LA    LITERATURA   ESPAfíOLA. 

las  Leyes  fundamentalmente  igual  sistema  y  anímalo  sin  cesar  el 
mismo  espíritu  didáctico:  el  nieto  de  doña  Berenguela  escribe  ú 
servicio  de  Dios  et  á  pro  comunal,  para  ayuntar  por  medio  de 
las  leyes  de  la  fé  al  orne  con  Dios  por  <imor  y  para  lograr  el 
gobernamiento  de  las  gentes,  ayuntando  los  coracones  de  los 
ornes  por  amor,  objeto  sagrado  de  la  moral  y  fin  humano  de  las 
leyes  '.  La  ley  es  para  don  Alfonso  «leyenda  en  que  yace  ense- 
«üamiento  et  castigo  que  liga  et  apremia  la  vida  del  ome  que  non 
wfaga  mal,  et  que  muestra  et  enseña  las  cosas  que  ome  deue  fa- 
))zer  et  usar»  -:  conocer  á  Dios,  amarle  y  temerle;  conocer  á  los 
reyes  y  señores,  siéndoles  fieles  y  obedientes,  y  conocerse  á  sí 
mismo,  para  obrar  cuerdamente,  «faciendo  bien  et  guardándose 
»de  mal»  ^:  hé  aquí  el  fin  práctico  de  las  leyes  que  deben  ser  res- 
petadas y  defendidas  por  el  rey  como  su  honra  propia,  y  acatadas 
y  aceptas  á  los  ojos  del  pueblo  como  su  pro  y  su  vida  *.  El  li- 
naje, la  creencia,  el  poder,  la  honra,  todo  obliga  al  pueblo  y  al 
soberano  á  mirarse  con  verdadero  amor,  porque  sólo  asi  se  cum- 
plen los  preceptos  divinos,  sobre  que  estriban  las  leyes:  estas, 
que  traen  á  todo  hombre  dos  grandes  proes  ó  ventajas,  hacién- 
dole más  entendido  y  dándole  mayor  provecho  ^,  reconocen  en 
el  libro  de  las  Partidas  dos  principales  fuentes:  primera,  «las  pa- 
»labras  de  los  Sanctos  que  fablaron  espiritualmente  lo  que  con- 


traidos al  castellano,  mediado  el  siglo  XIII,  para  comprobación  de  esla  doc- 
trina, nos  seria  fácil  recordar  aquí  el  orden  de  capítalos  que  ofrece,  entre 
todos,  el  Libro  de  los  Castigos  et  enseñamientos  de  Alexandre,  que  según  pen- 
samos demostrar  y  en  dicho  capítulo  dejamos  ya  apuntado,  fué  el  que  más 
influyó  en  la  parte  literaria  de  las  Partidas.  Por  lo  demás,  empezando  por  el 
Libro  de  Calila  et  Dina  y  acabando  por  el  de  los  Dichos  et  castigos  de  los  fi- 
lósofos, todos  siguen  la  misma  pauta,  como  que  todos  tienen  un  fin  altamente 
moral  y  político.  Los  lectores,  que  sin  curarse  de  los  estudios  originales, 
quieran  mayor  ilustración,  pueden  consultar  los  análisis,  que  hace  en  su 
Ensayo  sobre  las  Fábulas  indias,  el  erudito  Le  Roux  de  Linci,  al  dar  á  conocer 
algunos  de  estos  libros  orientales  (París,  1838). 

1  Partida  I.*,  lít.  I,  ley  VII.* 

2  Id.  id.,  ley  IV. ^ 

3  Id.  id.,  ley  X.* 

4  Id.  id.,  ley  XVI. 
b     Id.  id.,  ley  V. 


II.  PARTE.  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   621 

))uiene  á  bondat  del  cuerpo  et  á  saluamiento  del  alma»:  segunda, 
(dos  dichos  de  los  sabios  que  viostrai^on  las  cosas  naturalmente, 
«que  es  para  ordenar  los  fechos  del  mundo  cómo  se  fagan  bien 
wet  con  razón»  *. 

Tras  estos  preciosos  preliminares,  que  anuncian  desde  luego 
el  sentido  didáctico  de  todo  el  Código,  explicando  al  propio  tiem- 
po las  diferencias  que  existen  entre  uso,  costumbre,  fuero  y  ley  ", 
entra  el  rey  de  Castilla  en  el  verdadero  asunto  de  su  libro:  la 
doctrina  católica,  la  Iglesia,  el  clero  y  la  liturgia  objeto  son  de 
la  /.*  Partida,  que  puede  también  ser  reputada  como  un  tratado 
completo  de  derecho  eclesiástico,  donde  tenida  en  cuenta  la  ín- 
dole general  de  las  relaciones  de  la  Iglesia  y  del  Estado,  se  ha- 
cen notabilísimas  aplicaciones  á  nuestra  España,  las  cuales  acre- 
ditan la  cordura  y  el  celo  religioso  del  Rey  Sabio  5.  Tratando  «de 
»todas  las  cosas  que  pertehesgen  á  la  fé  cathólica»,  y  consecuente 
con  el  principio  por  él  sentado,  enciérrase  al  escribir  esta  primera 
parte,  en  la  erudición  propiamente  sagrada,  si  bien  alguna  vez 
se  refiere  á  los  sabios  antiguos,  que  án  nombre  philósophos.  En 
el  Viejo  y  Nuevo  Testamento,  en  los  libros  de  San  Gerónimo  y 
San  Agustín,  San  Ambrosio  y  San  Gregorio,  San  Clemente  y  San 
Benito  halla  don  Alfonso  abundante  cosecha  de  sentencias  y  pre- 
ceptos á  que  ajustar  su  doctrina,  comunicándole  la  severa  aus- 
teridad que  en  ellos  resplandece,  si  bien  adopte  alguna  vez  la 
forma  del  apólogo  para  hacerla  más  aceptable  á  todas  las  inteli- 
gencias, Egemplo  de  esta  observación,  que  enlaza  todavía  más 
el  estudio  de  las  Partidas  con  el  de  los  libros  orientales,  es  en- 
tre otros  la  ley  XXXI V.^  del  título  IY.°,  en  que  ponderándose  los 
saludables  efectos  de  la  penitencia,  se  reviste  de  la  expresada 


i     Id.  id.,  ley  YI. 

2  Tal  es  el  objeto  del  11.°  Título. 

3  Entre  otras  leyes  que  nos  llaman  la  atención  en  este  sentido,  es  muy 
notable  la  XVIII.*  del  título  Y,  que  trata  de  la  elección  de  los  obispos:  el  rey 
de  Castilla,  reconocido  el  principio  de  unidad  en  la  disciplina  eclesiástica, 
consigna  el  derecho  de  patronato  que  gozaban  los  reyes  y  la  respetabilísima 
costumbre  de  la  Iglesia  española  en  la  provisión  de  sus  mitras,  la  cual  sólo 
se  modifica  un  siglo  adelante.  Ocasión  tendremos  de  notar  cómo  fué  recibida 
esta  innovación  por  nuestros  prelados  y  magnates. 


C22  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

forma  la  anécdota  bíblica  de  Nínive  y  Jonás,  confirmando  por  sí 
propia,  y  sin  otra  exposición  didáctica,  aquella  consoladora  doc- 
trina '. 

Revélase  con  mayor  fuerza  esta  filiación  en  la  segunda  Parti- 
da, la  cual,  fuera  de  las  nociones  políticas,  filosóficas  y  morales 
que  le  sirven  como  de  pórtico  y  fundamento,  debe  ser  conside- 
rada cual  un  monumento  esencialmente  español.  ]Vo  sigue  el  rey 
de  Castilla  sin  embargo  de  una  manera  absoluta  la  doctrina  de  los 
antiguos  filósofos:  hermanándolas  con  las  de  las  Sagradas  Escri- 
turas y  las  de  los  Padres,  fundiéndolas  digámoslo  así  en  la  tur- 
quesa del  cristianismo,  expone  las  máximas  y  sentencias  de  grie- 
gos y  latinos,  de  indianos,  persas  y  árabes  con  extremada  opor- 
tunidad, caracterizando  perfectamente  aquel  múltiple  desarrollo 
de  las  letras  y  de  las  ciencias,  en  que  pugnaban  por  asimilarse  el 
Occidente  y  el  Oriente  ^.  El  libro  de  El  Bonium  y  las  Flores  de 
Fíloso/ia,  los  Casdíjamieníos  et  Consejos  de  Alexandre  y  los  Di- 
chos de  los  Philosophos  parecen  dominar  no  obstante  al  trazar  la 
planta  del  grandioso  edificio  del  derecho  público  de  los  castella- 


i  Téngase  esta  observación  muy  en  cuenta:  la  expresada  ley  nada  tiene 
de  dispositiva,  tomando  exclusivamente  el  tono  de  la  narración  didáctica. 
Comienza  así:  «Auie  una  cibdat  que  por  nombre  decien  Nínive,  et  esta  cib- 
Mdat  era  tan  grande  que  auíe  en  ella  tres  dias  de  andadura,  et  morauaa  y 
))unas  gentes  que  veuian  todas  en  pecado»,  etc.  Y  termina,  después  de  re- 
ferir la  anécdota  de  la  ballena  y  de  la  yedra  que  daba  sombra  á  Jonás,  po- 
niendo en  boca  del  ángel  estas  palabras:  «Pues  las  gentes  de  Nínive,  que 
Muiuen  ya  todos  en  penitencia  desde  que  tú  les  pedricaste  et  más  que  los  fizo 
))D¡os  Padre  á  su  semejanca  et  á  su  figura,  et  repiéntense  de  lo  que  erraron 
»¿como  quieres  tú  et  estás  rogando  á  Dios  que  los  destruya?...  Vé  tu  car- 
enera: que  Dios  Padre  perdonado  los  há  et  non  los  matará  desla  vez». 

2  Despertará  siempre  el  interés  de  la  crítica  el  ver  cómo  se  hermanan  en 
el  Libro  de  las  Leyes  doctrinas  que  reconocen  tan  diversos  orígenes*  Las  má- 
ximas de  David,  Salomón,  Jeremías,  Isaias,  Malaquias,  San  Pablo,  Santiago, 
San  Juan,  San  Gerónimo,  San  Juan  Damasccno,  San  Agustín,  San  Gregorio 
y  San  Bernardo  contrastan  admirablemente  con  las  tomadas  de  Aristóteles 
(De  República),  Hipócrates,  Catón,  Séneca,  Valerio,  Justiniano,  Boecio  y 
otros  escritores  de  la  antigüedad  clásica,  siendo  no  menos  dignas  de  notarse 
las  que  proceden  directamente  de  los  libros  orientales,  traídas  habia  poco  al 
lenguaje  castellano.  En  el  texto  ofreceremos  pruebas  inequívocas  de  esta  ob- 
servación importante. 


II.*  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   623 

nos:  cuando  el  gran  filósofo  de  Eslagira,  siguiendo  la  tradición 
persa-oriental,  dirige  al  domador  del  Asia  sus  consejos,  bosqueja 
de  este  modo  la  autoridad  y  poderlo  de  los  reyes,  basados  una  y 
otro  en  la  ciencia: 

«La  sabiencia  [dice]  es  alma  dell  alma  et  espeio  del  sesso.  Et  cómo  se 
))bien  apresso  el  que  puna  en  demandarla!...  Ca  ella  es  comienco  délas 
))Cosas  acabadas  et  rays  de  las  noblesas,  el  por  ella  se  gana  la  buena  fin 
wet  por  ella  estuerce  ell  ánima  de  la  pena.  Por  non  usar  ornen  el  sennorio 
wassi  commo  deue,  nasce  mentira  et  de  la  mentira  nasce  aborrescimienlo 
«et  del  aborrescimienlo  nasce  tuerto,  el  del  tuerto  nasce  enemistat  et  de 
))la  enemistat  nasce  lid  et  desffallesce  la  ley  et  estragas'  lo  poblado.  Et  por 
Mussar  ornen  el  sennorio,  assi  commo  deue,  nasce  uerdal  et  de  la  uerdat 
))nasce  derecho  et  del  derecho  nas^e  amor  et  del  amor  nasce  dar  et  def- 
wfender;  el  con  eslo  se  mantiene  la  ley  et  pueblasseel  regno.  El  rey  que 
wfface  su  rcgno  sieruo  de  la  ley,  él  deue  ser  rey,  et  el  rey  que  ffase  su 
treguado  sennor  de  la  ley,  es  el  regnado  lenpestat  para  él.  Conuiene  al 
»rey  de  seer  de  grant  coracon  et  de  mucho  pensar  et  catador  á  las  fines 
))de  las  cosas  et  piadoso  el  retenedor  de  su  yra  do  la  ha  de  retener  et  apre- 
wmiador  con  el  su  sesso  á  la  su  cobdicia,  non  porfioso;  et  que  se  siga  por 
»los  rastros  de  los  que  ffueron  ante  del,  et  ponga  á  los  ornes  en  los  estados 
wque  merescen  et  tenga  con  ellos  ffée...  El  rey  que  se  guia  por  su  sesso, 
))non  es  alabado,  et  el  rey  que  descubre  la  poridat  á  otrie,  es  de  flaco 
Msesso. — Et,  Alixandre,  si  quieres  seer  muy  grand  gouernador...  sey  pia- 
))doso  con  tal  piadat  que  non  se  torne  danno,  et  non  poner  al  que  meresce 
«pena:  et  trabaja  de  conffirmar  la  ley:  ca  en  ella  yase  el  temor  de  Dios. 
«Quando  uieres  que  puedes  auer  el  amor  de  tu  enemigo,  non  lo  tardes 
wmás,  ca  el  estado  del  mundo  cámbiasse...  Honra  la  sapiencia  et  puna  de 
))la  coniffirmar  et  dar  soldada  et  á  los  maestros  et  á  los  deciplos:  puna  de 
wlos  solasar  et  pon  al  qui  allega  gran  estado  della  con  los  tus  proprios... 
»E1  que  contralla  al  rey,  muere  ante  de  su  lienpo:  el  que  non  contralla  á 
))los  uiles,  pierde  la  su  onrra...  La  sapiencia  es  onrra  del  que  non, ha  li- 
))na¡e,  et  la  cobdicia  ffase  ganar  quebranto  que  nunqua  se  emienda...  Si 
»el  rey  non  es  justo,  non  es  rey,  mas  es  forcador  et  robador...  La  tu  yra 
))non  sea  muy  rescia  nin  muy  flaca...  Por  tress  cosas  se  onrran  los  reyes, 
))ó  por  poner  fermosas  leyes,  ó  por  conquerir  buenas  conquistas  ó  por  po- 
))blar  las  tierras  yermas...  (juando  penares  algunos  ommes,  non  te  mues- 
))tres  commo  qui  se  uenga  dellos,  mas  como  qui  puna  de  los  endercscar... 
))Rey  et  sennor  del  tu  pueblo  serás  por  le  ffaser  bien,  et  por  lo  apremiar, 
wpiérdeslo.  Ca  pues  eres  sennor  de  los  sus  cuerpos,  puna  en  seer  sennor 
»de  los  sus  coraeones...  La  lengua  del  nescio  es  llaue  de  la  su  muerte;  la 
«lengua  del  ornen  es  escriuano  del  su  sesso...  Los  ommes  se  pagan  de  ly 
wpor  el  tu  grand  esfuerce  et  por  la  tu  grandesa  de  la  tu  volunlat  et  amar- 
Mteán  por  la  tu  mansedumbre:  pues  ayúntalos  araos  et  auerlos  ás  amos... 


621  FllSTORIA    CRITICA    nE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA, 

))E1  feslinamionlo  do  la  parabla  ffase  errar  ayna...  Toma  el  aljófar  de  la 
Hooncha  de  la  mar,  et  el  oro  do  la  Horra  el  la  sapiencia  de  qual  qui  la 
))diga...  Non  ha  sabor  do  la  iustiíj'ia  sinon  el  juslo,  nía  de  la  sapiencia  si- 
»non  el  sabio...  Puna  en  ganar  nombradla;  que  nunca  muere  el  auer 
))amor  de  los  ornes...  El  regnado  manlise  por  las  leys,  el  las  leys  esla- 
wblescelas  el  rey  el  el  rey  es  paslor,  el  manliense  por  la  caualleria,  et 
))la  caualleria  manlionso  con  el  auor  et  el  auer  manliense  del  pueblo  et 
Mcll  pueblo  es  sicruo  de  la  justicia,  et  por  la  justicia  enderescasse  el 
«mundo»  '. 

Estas  doctrinas,  que  se  explanan  y  aplican  á  todos  los  actos  de 
la  vida  en  el  libro  de  las  Paridades,  sin  duda  el  más  directa- 
mente consultado  por  don  Alfonso,  nos  muestran  con  toda  clari- 
dad el  camino  seguido  por  este,  al  trazar  la  figura  del  soberano: 

«Los  sánelos  (escribe)  llamaron  al  rey  coracon  el  alma  del  pueblo,  el  na- 
))luralmenle  dixeron  los  sabios  que  es  cabeea  del  regno  *.  Tiene  el  rey  lu- 
Mgar  de  Dios  para  facer  justicia  et  derecho  en  el  regno ',  et  deue  más 
))guardar  la  pro  comunal  de  su  pueblo  que  la  suya  misma,  et  otrosí  amar 
))el  honrrar  los  sabios  et  alegrarse  con  los  entendudos.  Non  ahonda  al  rey 
)>de  conoscer  et  de  amar  á  Dios  tan  solamiente,  mas  ha  menester  que  des- 
wpues  quel'  conosgiere  et  1'  amare,  quel  lema;  lo  uno  porque  es  poderoso, 
»et  lo  ál  por  que  es  justiciero  *...  El  rey  que  guarda  su  honra,...  aqueste 
»es  tenido  por  de  buen  sesso  et  que  ama  lo  suyo,  et  es  sabidor  ^...  Los 
«sanios  et  los  sabios  se  acordaron  que  la  cobdicia..  es  madre  et  raíz  de 


.  i  Extractamos  estas  sentencias  del  cap.  XX  del  Libro  del  Uonium,  que 
lleva  cl  título  siguiente:  «Dalos  dichos  et  pcdricaciones  et  castigamientos  del 
«philosopho  Aristótiles». — Este  capítulo  es  compendio  y  resumen  de  los 
Castigamientos  et  Consejos  de  Alixandre,  atribuidos  al  mismo  Aristóteles,  pa- 
reciéndonos  oportuno  indicar  que  nos  hemos  valido  del  cód.  Bb.  o9  de  la  Bi- 
blioteca Nacional,  con  preferencia  á,  las  ediciones  antes  citadas,  á  fin  de  con- 
servar su  verdadero  carácter. 

2  Part.  II.*,  tít.  I,  ley  V.* — En  el  libro  de  los  Fechos  et  castigos  de  ¡os 
Philosophos,  que  dejamos  citado,  se  lee  al  mismo  propósito:  «El  rey  es  Sa- 
»nescal  de  Dios  que  lien  la  su  vez  et  el  su  poder  en  la  tierra. — El  rey  es  fiel 
))de  Dios  en  su  tierra  sobre  aquel  pueblo  quel'  metió  en  su  poder. — El  buen 
))rey  es  como  águila  que  anda  a  ca9a;  et  el  mal  rey  es  cuerno  ca9a  cercada 
))de  águilas. — El  rey  es  guarda  de  la  ley  et  onra  del  pueblo  et  enderesca- 
»miento  del  regno»  (Cap.  I,  II."  Parle,  ó  Libro  de  ¡os  Cien  capílu¡os). 

3  Part.  II.*,  tít.  I,  ley  VII.* 

4  Id.,  tít.  II,  ley  III." 
"•      Id.,  tít.  III,  ley  líl." 


11.  PARTE,  CAP.  XIÍ.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.  62i^> 
))lodos  los  males,  et  dixeron  quel  orne  que  cobdicia  allegar  grandes  teso- 
))ros  para  non  obrar  bien  con  ellos,  maguer  los  aya,  que  non  es  ende  sen- 
»nor,  mas  sieruo  *.  Non  conviene  al  rey  cobdiciar  seer  muy  uicioso,  ca  el 
))vic¡0  mengua  el  sesso  et  la  forlaleca  del  coracon,  et  según  dixieron  los 
Msabios  non  puede  orne  ganar  bondat,  sin  grant  afán  *.  Palabra  es  muestra 
))del  coracon,  et  sobre  esta  racon  fabló  Aristóliles  al  rey  Alexandre  como 
))C»  manera  de  castigo,  que  non  convenie  al  rey  de  seer  muy  fablador,  nin 
«que  dixíese  á  muy  grandes  uoses  lo  que  oviese  de  decir,  fueras  ende  en 
))lugar  do  conviniesse,  por  que  el  uso  de  muchas  palabras  enuilesce  al  que 
wlas  dice,  et  otrosí  las  grandes  uozes  sácanle  de  messura,  faciéndol'  que 
«non  fable  apuesto  ^...  Castigó  Aristóliles  al  rey  Alexandre,  diciéndol  que 
Mguardasse  mucho  las  palabras  que  dezie,  por  que  de  la  boca  del  rey  salle 
))uida  et  muerte  á  su  pueblo,  et  onrra  et  desonrra,  et  mal  et  bien,  et  el 
«mucho  fablar  faze  enuilecer  las  palabras  del  rey  *.  Los  reyes  son  como 
wespeio,  en  que  los  ornes  veen  su  semejanea  de  apostura  ó  de  enalieza: 
«atal  es  la  yra  del  rey  como  la  braueza  del  león  que  antel  su  bramido  to- 
))das  las  otras  bestias  tremen;  mas  cobdiciar  non  deue  fazer  cosa  que  sea 
«contra  derecho,  et  ha  menester  que  sea  iusticiero  et  mesurado:  que  el  rey 
«iusto  et  amador  de  la  iustieia  esse  enderesca  la  tierra  et  el  que  es  cobdi- 
«cioso,  esse  la  desfruye:  ca  segunt  dixo  Arislóliles  á  Alexandre,  el  meior 
«tesoro  que  el  rey  ha  et  el  que  mas  tarde  se  pierde  es  el  pueblo,  quando 
»es  bien  guardado  ^.  Acucioso  deue  seer  el  rey  en  aprehender  los  sa- 
«beres:  el  rey  que  despreciasse  de  aprehender  los  saberes,  despreciarla  á 
«Dios,  de  quien  vienen  (odos  ^.  Dixo  Aristóliles  á  Alexandre  que  él  que 

\  Id.,  id.,  ley  IV.' 

2  Id.,  id.,  ley  V.^ 

3  Id.,  tít.  IN.\  ley  II.=* 

4  Id.,  id.,  ley  IV.* 

5  Id.,  til.  V.*,  leyes  IV.*,  XI.*  y  XIV.*  Respecto  de  la  justicia  en  el  rey, 
dice  el  Libro  de  los  Fechos  et  Castigamientos:  uSi  e\  rey  fiziere  iustieia,  et 
«guardase  su  fialdat,  cuerno  deue,  guardarleha  Dios  como  guarda  á  su  fiel. 
«Et  sy  malg-uardare  la  fialdat,  él  se  cate,  ca  dixo  Dios: — Si  uos  desuiardes 
«del  bien,  el  bien  desuiarseha  de  uos. — Los  reyes  de  iustieia  han  luenga  ui- 
»da  et  los  que  son  sin  iustieia,  non  pueden  mucho  bevir.  Con  la  iusti9ia  tu- 
»ran  los  bienes  et  con  la  desiusti9ia  se  pierden...  El  mejor  tiempo  del  mun- 
»do  es  el  tiempo  del  rey  iusticiero.  Los  annos  qualisquier  que  uengan  en 
«tienpo  del  rey  iusticiero,  más  ualen  que  annos  buenos  que  uienen  en  el 
«tienpo  del  rey  sin  iustieia.  El  rey  iusticiero  non  consiente  fuerca  nen  so- 
«beruia:  lo  que  ualle  más  que  todas  las  cosas,  et  lo  ques  mas  noble  es  la  ca- 
«beca  del  regno  ques  el  rey;  et  la  cosa  por  que  más  ual  él  es  iustieia,  et  mer- 
»ced»  (Cap.  IV  de  la  II.*  Parte  ó  Libro  de  los  Cient  capítulos). 

6  Partida  II.*,  tít.  V,  ley  XVI.'  En  el  citado  libro,  refiriendo  los  dichos 
del  filósofo  Assaron,  se  escribe:  «El  rey  sabio  et  entendido  faze  crescer  el  su 

TOMO    III.  40 


626  HISiOlUA    CRITICA    HE    LA    LITlíRATUlU    ESPAÑOLA, 

"punassc  de  aiuT  cti  sí  franqueza,  ca  j)or  ella  ganarle  mas  ayna  el  amor  el 
)ilos  corac'ones  de  la  geiile:  los  que  de  Inieii  lugar  vienen,  meior  se  casti- 
))gan  por  palabra  quq  por  feridas  •.  Segim  dixeron  los  sabios,  alai  es  el 
))que  dice  su  poridal  á  olri,  como  sil'  diesse  su  coraeon,  el  qui  la  sabe 
«guardar,  sennor  es  de  su  coracon  *.  En  fecho  dearjnas  conviene  quel  rey 
»sea  sabidor,  para  poder  meior  amparar  lo  suyo  et  conquerir  lo  de  sus 
Menemigos  '.  Üixo  Arislól¡le.s  al  rey  Alexandre,  en  raeon  del  manteni- 
wmiento  del  regno  el  del  pueblo,  que  el  regno  es  como  huerta  el  el  pueblo 
Mcomo  arboles,  el  el  rey  es  como  sennor  della  el  los  oficiales  del  rey  que 
))han  de  iudgar  el  de  seer  ayudadores  á  fazer  la  iuslicia,  son  como  labra- 
))dores  el  los  ricos  ornes  el  los  caballeros  son  como  asoldadados  para  guar- 
))darla  el  las  leyes  et  los  fueros  el  los  derechos  son  como  ualladar  que  la 
«cercan  el  los  iueres  el  las  iuslicias  son  como  paredes  el  selos,  por  que 
«amparan  que  non  entren  lii  á  fazer  danno»  *. 

Comparadas  estas  máximas,  que  prestan  determinado  colorido 
al  estilo  de  las  Partidas,  con  las  sentencias  extractadas  del  Libro 
del  Boniíim,  y  declarado  una  y  otra  vez  por  el  Rey  Sabio  que  tu- 
vo muy  presentes  los  Ennennnmicntos  et  Castlfjos  de  Alexandre, 
temerario  seria  por  extremo  el  negar  la  influencia  que  en  el  Có- 
digo inmortal,  de  qne  tratamos,  tuvieron  los  libros  orientales,  traí- 
dos al  habla  castellana  al  mediar  del  siglo  XIII,  por  más  que 
hasta  ahora  no  se  haya  sospechado  semejante  infltiencia.  Ni  fue- 
ra tampoco  prudente  el  desconocer  la  parte  que  tomó  don  Al- 
fonso de  las  Sagradas  Escrituras  y  de  los  filósofos  gentiles,  no 
olvidados  en  esta  manera  de  selección  los  escritores  cristianos 
de  los  tiempos  medios  ^.  Iluminado  por  esta  cuádruple  antorcha 
en  la  11/  Partida,  que  establece  las  relaciones  del  monarca,  del 


«saber  tomando  conseio,   como  cresce  la  lumbre  del  crusuelo  por  el  olio  que 
«ponen  en  él. — Si  el  rey  fuere  sabio,  cresce  el  saber  en  su  regno». 

1  Part.  II. %  tít.  V,  ley  XVIII,— lít.  VII,  ley  VIII. 

2  M.,  til.  IX,  ley  VHl.*  Al  explanarse  en  el  libro  mencionado  esta  idea, 
perfectamente  indicada  en  los  Bocados  de  Oro,  se  añade:  «Guarte  de  aucr 
«solaz  cúu  niiiü;uiio,  non  le  descubras  tu  poridat«. 

3  II. '^  Parí.,   tít.  V,  ley  XIX. 

4  Id.,  tít.  X,  ley  III.''  El  Rey  Sabio  compara  en  otra  ley  La  corte  de  los 
reyes  al  mar,  y  en  el  libro  de  los  Dichos  es  comparada  á  la  feria,  diciéndose: 
uLa  corte  del  rey  es  como  la  feria:  que  lieuan  allá  los  oranes  todas  las  cosas 
«que  entienden  bien  ucnder»  (Cap.  III  de  los  Cienl). 

í>     Véase  lo  dicho  cu  la  ñuta  2  de  la  pág.  G22. 


II.   PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VÜLG.  ERUD.   627 

Estado  y  de  los  subditos,  y  que  pudiera  ser  designada  con  el  tí- 
tulo de  constitución  castellana,  acaso  más  propiamente  que  las 
escritas  y  adobadas  en  nuestros  dias,  dedica  don  Alfonso  las  cua- 
tro siguientes  al  derecho  privado,  consagrando  la  séptima  á  «mos- 
))trar  cómo  se  deuen  escarmentar  todos  los  males  que  los  ornes 
))fazen,  por  voluntat  de  la  una  parte  et  apesar  de  la  otra»  *.  La 
legislación  romana,  como  tantas  veces  se  ha  dicho,  y  la  doctrina 
de  los  sabios  antigos,  según  manifiesta  el  rey,  son  los  polos 
principales  sobre  que  giran  las  mencionadas  cinco  partes,  no  sin 
que  al  definir  las  transacciones  de  la  vida  civil  y  al  designar  la 
penalidad  de  los  crímenes,  consulte  y  respete  los  usos,  fueros  y 
costumbres  de  la  tierra  y  de  la  ruda  época  en  que  florece,  confor- 
me nos  enseñan  las  leyes  del  repto  y  juicio  divino,  y  la  aplica- 
ción terrible  y  bárbara  del  tormento  ^. 

Por  estas  notables  circunstancias  es  pues  el  Libro  de  las  Le- 
yes, tan  celebrado  por  lo  gallardo  y  pintoresco  de  su  estilo  como 
por  la  exactitud  y  nervio  de  su  lenguaje  y  lo  esmerado  y  correcto 
de  su  dicción,  el  monumento  que  más  vivamente  revela  los  ge- 
nerosos esfuerzos  del  Rey  Sabio  en  bien  de  la  civilización  espa- 
ñola; y  con  la  Grande  et  General  Estoria,  á  que  precede,  y  con 
la  de  Espanna,  con  que  en  parte  coincide,  forma  la  piedra  trian- 
gular del  suntuoso  edificio  de  su  gloria  ^. 


1  Prólogo  á  la  Part.  IV. ^,  t.  III,  pág.  2  de  la  ed.  de  la  Academia. 

2  No  hacemos  aquí  una  acusación  á  don  Alfonso:  nos  limitamos  única- 
mente á  apuntar  que  reconoció  y  admitió  en  su  libro,  acusado  como  ya  sa- 
bemos de  especulativo  dentro  del  mismo  siglo  XIII,  la  influencia  de  las  cos- 
tumbres y  de  los  fueros  aun  en  la  parte  criminal,  donde  siguió  más  de  cerca 
la  jurisprudencia  romana.  En  esta,  como  en  la  11.^  Partida,  siempre  que  se 
refiere  á  los  usos,  costumbres  y  fueros  de  Castilla,  lo  determinó  diciendo: 
«Segunt  fuero  antiguo  de  Espanna: — Antigua  fazanna  es. — Posieron  los  sa- 
ubidores  de  los  fueros»,  etc.,  contrastando  estas  frases  con  las  de:  «Dixieron 
»los  sabios. — Los  antigos  sabios  et  los  sanctos  fallaron. — Fablaron  los  libros 
»de  los  sabios»,  y  otras  semejantes,  ya  conocidas  de  los  lectores,  que  seña- 
lan el  origen  de  la  doctrina  aceptada  por  el  rey  en  el  Código,  de  que  tra- 
tamos. 

3  La  fama  alcanzada  por  el  Código  de  las  Partidas  al  reanudarse  los  bue- 
nos esludios,  se  ha  sostenido,  ó  mejor  dicho,  ha  crecido  grandemente  en 
nuestros  dias,  así  entre  los  jurisconsultos  como  entre  los  críticos.   Todos  lo 


628  HISTORIA    CRITICA    I»E    LA    LITERATURA    ESPASOLA. 

Ni  son  on  verdad  menos  brillantes  las  demás  preseas  literarias 
y  cienliíicas  que  lo  exornan,  restándonos  ya  sólo  considerar  las 
obras  que  se  llevan  á  cabo  bajo  sus  regios  auspicios,  no  sin  que 
pusiera  también  en  ellas  su  inteligente  mano.-  Bien  se  advertirá 
que  aludimos  á  las  astronómicas,  que  llevan  su  nombre,  así  co- 
mo también  á  las  de  ciencias  naturales,  debiendo  unas  y  otras 
reputarse  cual  fiel  barómetro  de  lo  que  en  el  siglo  XUI  se  sabia, 
al  reparar  en  que  nadie  aventajaba  á  la  sazón  en  semejantes  es- 
tudios á  los  hebreos  ni  á  los  árabes,  convocados  y  protegidos  por 
don  Alfonso.  Debiera  en  verdad  esta  singular  circunstancia  haber 
despertado  el  celo  y  patriotismo  de  nuestros  hombres  científicos, 
para  dar  á  la  estampa  con  las  ilustraciones  convenientes  todos 
estos  monumentos,  que  tan  alto  lugar  conquistaron  á  la  civiliza- 
ción española  durante  la  edad  media.  No  se  lograrla  tal  vez  con 
la  publicación  de  tan  peregrinas  producciones  que  adelantasen  las 
ciencias  de  nuestros  dias  un  solo  paso;  pero  cuando  siempre  que 
se  traza  la  historia  de  las  físico-matemáticas,  siempre  que  se  ha- 
y)la  de  las  naturales  y  aun  de  las  médicas,  se  atribuye  á  los  ára- 
bes una  influencia  al  parecer  excesiva,  y  de  seguro  no  bien  qui- 
latada,  racional  cosa  es  que  lamentemos  la  incuria  y  abandono  de 
los  que  pudieran  haber  resuelto  esas  cuestiones  históricas,  con 
sólo  estudiar  los  libros  científicos  del  Rey  Sabio.  Seria  también 
para  nosotros  de  grande  efecto  la  citada  publicación,  porque  no 
ejercitados  en  semejantes  investigaciones,  ceñiriamos  nuestro  jui- 
cio al  más  competente  de  los  maestros  de  la  ciencia,  ministrando 
al  par  á  nuestros  lectores  más  cabal  ¡dea  de  lo  que  son,  valen  y 
significan  en  su  historia  los  referidos  monumentos.  Obligación 
nuestra  es  sin  embargo  el  tomarlos  en  consideración;  y  ya  que 
esta  meritoria  tarea  no  ha  sido  hasta  ahora  desempeñada  ^  lícito 

repulan  como  un  colosal  esfuerzo  de  la  ciencia  y  de  la  inteligencia  en  el 
siglo  Xlll;  pero  nadie  lo  ha  considerado  en  la  relación  que  nosotros  hemos 
establecido,  la  cual  es  en  nuestro  juicio  de  la  más  alta  trascendencia.  Las 
Partidas,  que  desde  la  edición  de  1491  se  multiplicaron  extraordinariamente 
(io28— 15o0 — 1555  y  1587),  fueron  reimpresas]  por  la  Real  Academia  de  la 
Historia  con  el  mayor  esmero,  si  bien  no  han  faltado  censores,  así  como  para 
las  últimas  ediciones  que  de  las  mismas  se  han  hecho. 

1     El  único  escritor  que  reconoció  con  algún  fundamento  parte,  no  to- 


II.*  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   629 

nos  será  poner  mano  en  ella,  bien  que  inclinándonos  principal- 
mente, según  pide  la  naturaleza  de  esta  historia,  á  la  parte  li- 
teraria. 

Á  veintiuno  ascienden  los  trabajos  científicos  de  que  logramos 
noticia,  escritos  por  mandado  y  bajo  la  dirección  del  rey  de  Cas- 
lilla,  sin  que  sea  posible  dudar  de  su  autenticidad,  reconocida  en 
códices  coetáneos,  entre  los  cuales  merece  la  preferencia  el  de  la 
Biblioteca  Complutense  Ildefonsina  ' .  Tiene  por  asunto  el  prime- 


dos  los  libros  científicos  escritos  bajo  la  dirección  del  rey  de  Castilla,  fué 
Rodrig-uez  de  Castro  en  su  Biblioteca  de  Escritores  rabinicos  españoles;  pero 
sin  establecer  la  cronolog'ia  de  las  indicadas  obras,  cosa  que  no  pudieron  ha- 
cer antes  de  ahora  ni  don  Nicolás  Antonio,  que  sólo  tuvo  noticia  de  algunos 
libros,  ni  Pérez  Bayer,  el  cual  se  limitó  á  dar  conocimiento  de  los  códices  de  la 
Biblioteca  Nacional,  que  después  citaremos.  Tampoco  nosotros  en  los  Estu- 
dios sobre  los  Judíos  de  España  acometimos  esta  investig-acion  que  hoy  pro- 
curamos realizar,  tomando  á  don  Alfonso  como  punto  céntrico,  lo  cual  no 
podíamos  hacer  en  dicha  obra,  sin  alterar  el  plan  que  habíamos  trazado.  Por 
esta  razón  pues  ofrece  dicha  tarea  toda  novedad  é  interés,  y  está  convidando 
á  los  que  se  precian  de  entendidos  en  el  cultivo  de  las  ciencias  '. 

1  Este  magnifico  Ms.,  formado  sin  duda  durante  el  reinado  del  mismo 
don  Alfonso,  con  admirable  lujo  y  pulcritud,  fué  designado  en  la  antigua  Bi- 
blioteca Complutense  con  el  título  de  Tablas  Astronómicas,   probando  así  que 


Pasados  algunos  años  de  escritas  estas  líneas,  decíamos,  al  escribir  la  no- 
ticia histórica  de  la  solemne  regia  apertura  de  la  Urdversidad  Central  en  el  cur- 
so académico  de  18.H5  á  1856,  dados  á  conocerlos  tratados  científicos  que  en- 
cierra el  cód.  lldefonsino,  de  que  á  continuación  hablamos:  «Es  por  cierto 
"doloroso  para  todo  el  que  abrigue  en  su  pecho  el  sentimiento  de  la  dignidad 
))nacional,  que  mientras  son  los  referidos  tratados  vistos  por  la  crítica  litera- 
wria  como  otras  tantas  joyas  del  habla  castellana,  aplicada  desde  su  infancia 
))á  revelar  los  misterios  de  la  ciencia,  permanezcan  ignorados  de  los  hom- 
))bres  que  llevan  hoy  título  de  sabios,  y  continúen  siendo  un  problema  en  el 
«mundo  científico,  así  los  esfuerzos  del  rey  don  Alfonso  como  las  obras  de 
«sus  protegidos,  y  cuya  existencia  se  ha  llegado  alg-una  vez  á  poner  en  duda» 
(pág.  33  y  34).  Invitado  después  por  nosotros,  para  reconocer  el  referido 
códice,  el  digno  profesor  de  la  Universidad  Central  y  académico  de  la  de 
Ciencias  exactas,  don  Manuel  Rico  y  Sinobas,  resolvióse  á  estudiarlo,  y  al- 
gún tiempo  después  proponía  á  dicha  Real  Academia  la  publicación  de  todos 
los  libros  científicos,  escritos  bajólos  auspicios  del  Rey  Sabio.  La  Academia 
ha  obtenido  del  Gobierno  los  fondos  necesarios  al  efecto,  y  según  tenemos 
entendido  dará  á  luz  con  las  ilustraciones  convenientes  las  referidas  obras. 
Nos  felicitamos  pues  de  que  no  hayan  sido  esta  vez  estériles  nuestras  indi- 
caciones, y  confiamos  en  que  la  Academia  sabrá  vindicar  al  nombre  español 
de  los  cargos,  y  aun  acusaciones,  que  sobre  este  punto  se  le  han  dirigido. 


630  HISTOIIIA    CniriCA    de    la    LirEnAllRA    KSPAÑÜLA. 

ro,  llevado  ú.  cabo  «en  el  segundo  anno  quel  noble  rey  don  Fer- 
«rando  ganó  la  gibdad  de  Seuilla»,  h  propiedad  de  las  piedras, 
comprendiendo  hasta  el  número  de  trescientas  sesenta,  que  for- 
maban el  más  completo  repertorio  hasta  entonces  conocido.  Per- 
dida por  largo  tiempo  esta  preciosa  obra,  que  habia  traído  al  árabe 
de  lengua  caldea  el  renombrado  Abolays,  «quiso  Dios  que  ve- 
«niesse  á  manos  del  noble  rey  don  Alfonso,  fijo  del  muy  noble 
»rey  don  Ferrando  et  de  la  reyna  donna  Beatriz...,  en  seyendo 
)>infante,  en  uidadel  su  padre,  en  el  anno  que  ganó  el  regno  de 
«Mursia»  [1241].  Adquiriólo  en  Toledo  de  un  judio  que  lo  tenia 
escondido,  y  cual  otro  perro  de  hortelano,  ni  «queria  aprove- 
Mcharse  del,  nin  que  á  otro  ouiesse  pro»;  y  sabedor  de  la  materia 
que  encerraba  por  medio  de  su  físico,  Rabbí  Jehudáh  Mosca  ha- 
Qaton,  «mandógelo  trasladar  de  aráuigo  en  lenguaie  castellano», 
ordenando  que  le  ayudase  Garci  Pérez,  clérigo  del  mismo  rey, 
«que  era  otrosí  mucho  entendido  en  el  saber  dastronomía»  '. 


no  habia  sido  examinado.  Pero  no  ha  sido  esta  sola  su  desventura,  pues  que 
sobre  aparecer  mutilado,  habiendo  en  él  diversos  tratados  ya  incompletos, 
ha  sido  atarazado  con  impiedad  de  bárbaros  en  diversos  puutos,  recor- 
tadas hasta  diez  y  siete  láminas  ó  miniaturas  de  las  que  exornaban  cada 
libro,  para  demostración  de  la  doctrina;  lo  cual  es  por  cierto  verdadero  pa- 
drón de  ignominia  para  la  escuela  de  Alcalá,  que  en  los  últimos  tiempos 
lo  tuvo  en  tan  vituperable  abandono.  Subo  de  punto  la  indignación  que  expe- 
rimentamos á  vista  de  este  atentado,  cuando  al  registrar  el  códice  del  Esco- 
rial j  h  1,  reconocemos  que  fué  trasladado  de  este,  por  mandado  de  Felipe  II 
y  bajo  el  cuidado  del  docto  Honorato  Juan,  maestro  del  príncipe  don  Carlos, 
cuidando  Juan  de  Herrera  Montaües  de  la  copia  de  las  figuras  astronómicas,  y 
Diego  de  Valencia  de  la  letra.  Este  traslado  se  acabó  «en  la  villa  de  Alcalá 
»de  Henares,  estando  en  ella  la  corte  de  su  alteza  el  principe  don  Carlos,  en 
))la  era  de  1600,  año  del  nacimiento  de  Xpo.  nro.  Señor  1562,  y  desiseteno 
))de  la  hedad  de  dicho  principe».  El  Ms.,  tal  como  hoy  existe,  consta  de  dos- 
cientas fojas  de  pergamino  avitelado,  y  encierra  los  tratados  que  iremos  indi- 
cando. Para  terminar  esta  nota,  advertiremos  que  Honorato  Juan  declaró,  al 
disponer  la  copia,  que  era  el  códice  en  cuestión  «el  mas  principal  y  mas  ne- 
Mcesario  libro  que  en  esta  ciencia  se  halla».  Conocida  la  declaración  de  este 
sabio,  ¿será  disculpable  el  desden  con  que  hasta  ahora  han  oido  hablar  del 
mismo  libro  nuestros  modernos  astrónomos? 

1     Los  Lapidarios  iic  Rabbí  Jehudáh  Mosca-ha-Qalon  existen  en  el  Esco- 
rial en  un  hermoso  códice  vitela,  señalado  j.  h.  15.,  que  puede  tenerse  como 


II.''  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRA3F.  ni.L  ARTE  VULG.  ERUD.   631 

Compónese  dicho  tratado,  conforme  advertimos  en  nuestros 
Estudios  sobre  los  Judíos  de  España  ' ,  de  tres  diferentes  partes 
ó  Lapidarios:  comprende  la  primera  la  descripción  de  las  tres- 
cientas sesenta  piedras  que  forman  aquella  manera  de  catálogo, 
si  bien  aparece  dividida,  con  arreglo  á  los  signos  del  zodiaco,  en 
otras  doce  partes  subalternas:  es  objeto  de  la  segunda  el  dar  á 
conocer  las  especiales  virtudes  de  cada  piedra  por  la  influencia 
del  sol  en  las  fases  de  los  signos,  extendiéndose  á  sefialar  las  fi- 
guras de  las  estrellas,  el  tiempo  en  que  ejercen  en  las  piedras  m;ls 
ó  menos  acción,  y  el  en  que  estas  se  trasforman  ó  cambian  de 
virtudes:  explícanse  en  la  tercera  las  causas  principales  de  tan 
singular  fenómeno,  atendiendo  en  todo  al  estado  de  los  planetas, 
y  bosquejadas  las  figuras  que  hay  en  el  ochavo  cielo  [el  firma- 
mento], determínase  por  último  el  influjo  que  individualmente  al- 
canzan en  las  citadas  piedras.  Terminado  el  libro  do  Abolays, 
añadiéronle  los  traductores  el  Lapidario  de  Mahomad-Aben- 
Quich,  obra  muy  estimada  en  aquellos  dias  y  escrita  «segund'el 
))saber  de  los  libros  de  los  sabios»  y  su  propia  experiencia.  So- 
metida al  orden  alfabético,  muy  usual  entre  los  mahometanos, 
abraza  como  los  tres  Lapidarios  anteriores,  cuanto  se  refiere  á 
la  descripción  y  virtudes  de  las  piedras,  conforme  al  especial  co- 
lor que  «án  por  natura»,  fijando  al  propio  tiempo  sus  relaciones 
con  las  estrellas. y  planetas,  de  acuerdo  con  los  preceptos  de  la 
astrologia  judiciaria  ^.  En  tal  manera  comenzaba  esta  mentida 
ciencia  á  tener  estima  entre  los  vulgares,  si  bien  nunca  logró  ser 


el  anterior,  por  coetáneo  de  don  Alfonso.  Las  iniciales  y  figuras  astronómi- 
cas están  diseñadas  y  miniadas  con  el  mayor  esmero;  la  letra  es  grande  y 
bella,  y  las  rúbricas  de  los  capítulos  justifican  su  nombro.  También  hemos 
consultado  otro  Ms.  de  la  Biblioteca  Nacional,  marcado  L.  3.,  que  al  fol.  50 
tiene  una  esmerada  copia  hecha  ¿.principios  del  siglo  XVI.  Rodrig-uez  de 
Castro  dá  razón  del  códice  escurialense  desde  la  pág.  l04  del  tomo  1  de  su 
Biblioteca  Española. 

i     Ensayo  (I,  cap.  IV. 

2  Aun  cuando  reconocemos  que  todos  estos  Lapidarios  se  someten  más  de 
lo  conveniente  al  influjo  astrológico,  todavía  creemos  que  puede  su  estudio 
ser  de  grande  utilidad  para  la  historia  de  las  ciencias  naturales,  y  en  este 
concepto  llamárnosla  atención  de  nuestros  minerólogos.  El  libro  ó  traducción 
de  Aben-Quich  existe  en  el  cód.  del  Escorial,  no  en  el  de  Madrid. 


632  HISiüKIA    CIÚTICA    l)E    LA    LlTIiKATUUA    ESPAÍÑüLA. 

elevada  á  la  categoría  de  euseñanza  universitai-ia,  según  lo  habia 
sido  entre  los  sarracenos  y  lo  fué  adelante  en  las  más  celebradas 
escuelas  de  Europa  ' . 

Dos  años  habían  apenas  trascurrido,  cuando. recibieron  los  doc- 
tos rabinos  Jehudáh-bar-Moseh-ben-Mosca  y  Rabbí  Zag  ben-Za- 
(jul-Melolitolah  [el  de  Toledo]  el  difícil  encargo  de  formar  las 
Tablas  Astronómicas,  que  tan  alta  reputación  dieron  al  soberano 
de  Castilla,  siendo  el  oráculo  de  las  escuelas  hasta  el  siglo  XYII  -. 
Opinión  es  sin  embargo  de  los  más  autorizados  escritores  que 
«hizo  don  Alfonso  convocar  cuantos  hombres  insignes  se  hallaban 
«entonces  en  la  astronomía,  asi  en  España  como  fuera  de  nues- 
»tra  provincia,  juntándolos  en  Toledo»,  donde  se  dio  cima  á  se- 
mejante empresa,  en  que  hubo  de  invertirse  la  suma  de  cuarenta 


i  La  aslrologia  judiciaria  no  solamente  corrompió  la  aslronomia,  sino  que 
pervirtió  y  llenó  de  absurdos,  con  sus  extravagantes  visiones,  los  estudios  fi- 
losóficos. De  esta  verdad  ofrecen  lastimosa  prueba  las  Universidades  de  Bo- 
lonia y  Pádua,  que  siendo  las  dos  más  famosas  de  Italia,  abrieron  sus  puer- 
tas y  erigieron  cátedras  á  tan  repugnantes  delirios,  señalándose  entre  sus 
maestros  un  Pedro  de  Abano  y  un  Checo  d'Ascoli  (Tiraboschi,  tomo  V,  li- 
bro II,  cap.  II).  Y  tan  profundas  fueron  las  raices  que  echó  dicha  ciencia  en 
ci  suelo  de  Italia,  que  aun  en  la  época  del  gran  Cosme  de  Médicis,  discul- 
pándose con  el  égomplo  del  Dante  y  de  otros  doctísimos  varones,  se  mostró 
Marsillq  Flcino,  cabeza  de  la  Academia  platoniana,  apasionado  de  ella  (Gin- 
guoné,  tomo  III,  pág.  367).  Pico  de  la  ]\Iirándula  escribió  en  cambio  ocho  li- 
bros en  contra,  los  cuales  produjeron  admirable  efecto  entre  los  eruditos,  á 
quienes  hablan  seducido  los  errores  de  Ficino  (Ginguené,  Hist.  litt.  d'Italie, 
tomo  III,  pág.  4Ü7). 

2  Mosen  Diego  de  Valera  manifestaba,  al  declinar  del  siglo  XV,  en  su 
Doctrinal  de  Príncipes,  dirigido  á  los  Reyes  Católicos,  «que  fué  don  Alfon- 
Mso  grand  philósopho  y  cstrólogo  é  compuso...  las  Tablas  Alfonsls  que  en 
))todos  los  Estudios  Generales  se  leen»  (Bibl.  Nac,  cód.FIOS,  fól.  125  v.). 
Gabriel  Lasso  de  la  Vega,  que  florece  uu  largo  siglo  adelante,  decia  también 
en  los  apuntamientos  que  formó  para  sus  Yarones  ilustres:  «las  Tablas  Al- 
ytfojisles  astronómicas  se  leen  en  los  estudios  y  universidades  generales»  (Bi- 
blioleca  Escur.,  cód.  iij  L.  27).  No  creemos  del  todo  indiferente  advertir  que 
sólo  cuando  dejaron  de  ser  estudiadas  las  referidas  tablas,  se  trocó  el  título 
de  Alfonsles,  que  en  su  origen  recibieron,  por  el  de  Alfonsinas,  dando  lu- 
gar á  que  se  equivoquen  con  los  relicarios  que  el  Rey  Sabio  menciona  en 
sus  Cantigas  y  fueron  legados  á  la  catedral  de  Sevilla,  donde  se  conservan 
con  aquel  título  (Véase  nuestra  Sevilla  Pintoresca,  lib.  I,  pág.  107). 


II.''  PARTE,  CAP,  XII,  SEG,  TRASF,  DEL  AP.TE  VULG.  ERUD.   633 

mil  escudos  '.  Mas  por  grande  que  sea  el  respeto  que  estos  cla- 
ros varones  nos  inspiren,  como  todos  afirman  que  las  conferen- 
cias habidas  en  dicha  ciudad  duraron  «desde  el  año  de  1258  hasta 
))1262)),  dando  por  resultado  las  expresadas  Tablas,  y  consta  en 
ellas  que  se  empezaron  y  acabaron  diez  años  antes  y  que  las  cal- 
cularon y  escribieron  los  ya  expresados  rabinos,  no  será  aventu- 
rado sospechar  que  no  examinaron  ó  vieron  con  sobrada  precipi- 
tación la  referida  obra,  Yudáh  fi  de  Mosé,  fi  de  Mosca  y  Rabbí 
ÍJag-aben-Yacub,  el  de  Toledo,  explicaban  su  propósito  y  daban 
cuenta  de  los  medios  empleados  para  llevarlo  á  cabo,  en  los  tér- 
minos siguientes: 

«Paresció  el  regnado  fortunado  et  ayudado  de  Dios:  el  regnado  del  muy 
«alto  et  muy  noble  sennor  rey  don  Alfonso  que  Dios  mantenga.  Et  porque 
))amaua  los  saberes  et  los  presciaua,  mandónos  fazer  los  estrumentos  que 
))dixo  Ptolomeo  en  el  su  libro  del  Almagesío,  segund  son  las  armiellas  et 
))olros  estrumentos.  Et  mandónos  retificar  en  la  cibdat  de  Toledo  ques  una 
))de  las  cibdades  principales  d'Espanna  [guárdela  Diosl,  et  en  ella  fué  el 
»retificar  de  Asarquiel.  Et  esto  mandó  por  enderescar  et  corregir  las  di- 
Muersidades  et  las  desacordancas  que  parescieron  en  algunos  logares  de 
Malgunos  de  los  planetas  et  en  otros  mouimientos.  Et  nos  obedeciemos  su 
wmandado...  et  refisiémos  los  estrumentos  lo  meior  que  se  pudo  faser  et 
))trabajamos  de  relificar  una  sacón  et  seguimos  en  retificar  el  sol  quanlo 
))un  anno  complido;  et  ante  desto  et  después  relificámoslo  todavía  quanto 
«entraua  en  las  egualdades  et  en  los  trópicos  et  en  los  otros  quartos  del 
Mcielo,  que  son  el  medio  del  Tauro,  et  d'Escurpion,  et  de  León,  et  d'Aqua- 
wrio.  Et  relificamos  otrosy  algunas  coniuncioiies  de  los  puntos  quando  se 
«allegaban  á  las  estrellas  fixas.  Et  retificamos  muchas  eclypsis  de  las  so- 
plares et  de  las  lunares.  Et  retificamos  otros  reüficamientos  muchas  vega- 
»das,  por  quitar  la  dubda,  et  non  dexamos  de  buscar  ninguna  cosa  nin  de 
wynquerirla  fasta  que  nos  paresció  emendar  lo  que  era  razón  de  emendar. 
»Et  todo  examinado,  dexamos  por  aueriguado  lo  ques  cierto,  et  lesiémos 
«estas  Tablas  sobre  rayses  que  son  sacadas  daquellos  retificamienlos...  Et 
wposiemos  nombre  á  este  libro  Libro  de  las  Tablas  Alfonsies,  porque  fué  fe- 
»cho  et  copilado  por  el  su  mandado»  ^ 


i  Consúltese  principalmente  el  cap.  X  del  lib.  VII  de  las  Memorias  His- 
tóricas de  don  Alonso,  el  Sabio,  por  el  erudito  Mondéjar,  pues  que  recoge  en 
él  lo  más  granado  que  se  había  dicho  hasta  su  tiempo,  y  después  han  acu- 
dido á  copiarle  cuantos  han  tratado  de  este  punto.  Los  testimonios  irrecusa- 
bles que  alegamos  en  el  texto,  no  consienten  mayor  discusión. 

2    El  códice,  de  que  tomamos  este  pasaje  es  el  que  en  la  Biblioteca  Nació- 


631  HISTORIA    CRITICA    Dli    LA    LITICRATL'RA    ESPAÑOLA, 

Kxpuesla  la  idea  de  las  diferentes  Eras  en  la  misma  l'oi*ma  que 
se  hizo  poco  después  en  la  introducción  de  las  Partidas,  y  decla- 
rado que  el  nuevo  rey  don  Alfonso  sobrepujaba  «en  saber,  sesso 
))et  entendimiento,  ley,  bondat,  piedat  et  noblesa  á  lodos  los  reys 
))sabios)),  añadíase  que  tomaban  la  Era  en  el  principio  de  su  rei- 
nado, dándole  el  título  de  alfonsí,  «porque  durasse  la  noiniíradia 
)>deste  noble  rey  para  siempre».  «El  qni  quisier  obrar  con  estas 
^)Tablas  [proseguían]  conuien  que  primero  sepa  esta  liera,  pues 
«que  las  rayses  de  los  medios  cursos  et  de  los  centros  ct  de  los 
«argumentos  et  de  los  otros  movimientos  et  de  las  otras  obras 
«son  puestos  en  estas  Tablas  sobre  la  rays  de  la  hera».  Para 
desatar  cualquiera  duda  respecto  del  año  en  que  se  hizo  tan  me- 
morable estudio,  decian  finalmente:  «Et  este  anno  que  se  fesieron 
«estas  Tablas,  fué  de  mili  et  doscientos  et  nouenta  de  la  hera  de 
«Céssar»  [1252]  ^  Si  pues  al  verificar  todos  jos  cálculos  tomaron 
por  norma  el  primer  año  del  reinado  de  don  Alfonso,  y  declaran' 
de  un  modo  tan  explícito  que  los  terminaron  dentro  del  mismo, 
¿cómo  se  han  podido  admitir  los  asertos  que  dejamos  arriba  apun- 
tados, sin  entera  ignorancia  de  las  Tablas  Alf'onsksl...  Que  sólo 
se  ha  escrito  de  esta  obra,  así  como  de  otras  muchas  que  exami- 
naremos, por  simple  referencia,  pruébalo  el  no  haber  indicado 
siquiera  el  punto  de  partida,  ni  señalado  tampoco  el  meridiano 
que  adoptaron  tan  ilustres  rabíes  para  ajusfar  á  uno  y  otro  dato 
sus  importantes  especulaciones.  El  meridiano  de  Toledo  y  el  ad- 
venimiento al  trono  del  Rey  Sabio,  son  los  dos  polos  sobre  que 
giran  las  Tablas  Alfonsíes,  monumento  de  la  ciencia  astronómica, 
que  no  solamente  aventajaba  á  los  del  mismo  género,  compuestos 
en  siglos  anteriores,  sino  que  eclipsaba  también  las  famosas  Ta- 
blas de  Abulabbas  Ahmed-ben-Mahoraad  Ebn-Othman  Alazadí, 


nal  lleva  la  marca  L  97,  y  comprende  también  la  mayor  parle  de  las  obras 
astronómicas  que  vamos  a  examinar.  Es  en  su  mayor  parle  copia  del  si- 
glo XV.  También  hemos  consultado  los  Mss.L.  184,— T.  273  y  K  196,  y  en 
la  Biblioteca  Escurialense  el  designado  iij.  Q.  26.  En  este  último  so  contie- 
nen además  los  u cánones  ordenados  de  Juan  de  Saxonia  para  las  Tablas  del 
»rrcy  don  Alfonso»  (fól.  120),  libro  que  llegó  á  tener  no  menos  cclcbíidad 
que  las  mismas  Tablas  Alfonsíes. 

1     Capítulo  I  de  las  referidas    Tablas,  cód.  L  97. 


II.*  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   633 

publicadas  un  año  después  del  nacimiento  del  soberano  de  Cas- 
tilla '. 

Contiénase  toda  la  doctrina  de  las  Alfonsíes  en  cincuenta  y 
cuatro  capítulos:  dedicados  los  cinco  primeros  á  concertar  la 
nueva  Era  y  año  alfonsí  [1252]  con  las  Eras  y  años  hebreos,  ára- 
bes, persianos  y  latinos,  explícanse  las  relaciones  de  los  meses  y 
dias  en  cada  uno  de  estos  sistemas;  y  no  olvidada  la  consonancia 
del  año  bisiesto  con  la  novísima  Era,  se  establece  la  entrada  del 
natural  conforme  á  las  precitadas,  apreciando  la  diversidad  de  los 
tiempos,  de  acuerdo  siempre  con  la  alfonsí.  Averiguase  después 
el  valor  de  cada  Era  por  la  cuarta  de  otra  y  aun  por  los  dias;  y 
fijas  las  diferencias  que  todas  ofrecen  con  la  escogitada  para,  las 
Tablas,  se  definen  y  exponen  las  ecuaciones  del  sol,  de  la  luna  y 
de  los  planetas  2,  tratándose  de  la  declinación  del  sol,  de  la  lati- 
tud de  la  luna  y  de  la  respectiva  de  los  planetas  citados,  con  su 
retrogradacion ,  su  oposición  [oponimiento],  aparición  [paresci- 
miento],  ocultación  [abscondimiento]  y  ascenso  [alcamiento] .  La 
conjunción  de  dias  y  de  noches,  la  oposición  y  catamiento  de  la 
luna  en  todo  tiempo  y  lugar,  y  los  eclipses  solares  y  lunares  pre- 
ceden finalmente  á  la  explicación  del  uso  de  las  Tablas  y  de  los 
signos  en  ellas  convenidos,  dando  su  aplicación  por  resultado  el 
conocimiento  exacto  de  las  alturas  y  latitudes  en  cualquier  hora  y 
situación,  de  las  horas  temporales  é  iguales,  de  las  revoluciones 
de  los  años,  de  la  declinación  universal  de  los  signos  y  de  las  som- 
bras, según  el  sistema  de  Mahomad-ben-Giaber  (Albategui),  y 
determinando  por  último  el  dia  en  que  caen  los  miércoles  de  Ce- 
niza y  de  Pascua,  para  fundar  el  ciclo.  No  otro  es  en  suma  el 


1  Estas  celebradas  Tablas  salieron  á  luz  en  1222,  año  619  de  la  égira,  y 
don  Alfonso  nació  el  23  de  noviembre  de  1221.  Mucho  antes  se  habian 
divulgado  entre  los  doctos  las  Tablas  de  AUnamun,  formadas  de  orden  de 
aquel  príncipe  por  Jahia  Ben  Abi  Mansur,  y  eran  asimismo  conocidas  las 
Tablas  de  Azzarcal,  que  utilizó  años  adelante  el  mismo  Rabbí  Zag-ben-Ya- 
cub,  y  el  compendio  de  las  de  Albategui  y  las  Tablas  de  Mahomad  ben  Musa, 
ilustrados  uno  y  otras  por  Moslemá  ben  Ahmad  Abul-cassem  Magrití.  Los 
trabajos  de  los  ilustres  rabinos  toledanos  fueron  más  completos  que  todos 
los  anteriores  á  su  época. 

2  Caps.  XVI  y  XVH, 


630  HISTORIA    CRITICA    DE    U    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

objeto  y  la  materia  de  las  Tablas  Alfonsíes,  de  todos  aplaudidas 
y  de  pocos  ó  ninguno  examinadas;  obra  que,  reconociendo  por 
base  la  doctrina  de  Tolomeo,  aspira  con  razón  al  título  de  origi- 
nal, mostrando  la  ciencia  que  en  el  siglo  XIII  alcanzaban  los  ju- 
díos españoles  y  la  nobilísima  protección  que  les  concedía  el  Rey 
Sabio  *. 

,  Daba  esta,  estimulada  por  el  éxito  de  producciones  tan  no- 
tables, si  no  más  granados,  mi'is  abundantes  frutos  en  aquella 
serie  de  tratados,  que  por  fortuna  se  custodian- en  el  códice  Ilde- 
fonsino,  formando  un  solo  cuerpo  de  doctrina.  «Este  libro  del  sa- 
))ber  de  astrologia,  que  mandó  componer  de  los  libros  do  los  sa- 
))b¡os  antigos,  que  fablaron  en  esta  scien(^ia,  don  Alfonso,  por  la 
))graQÍa  de  Dios,  rey  de  Castiella  et  de  León,  etc.,  fijo  del  muy 
Mnoble  rey  don  Ferrando  et  de  la  reyna  donna  Beatriz...,  fabla 


i  En  orden  á  la  protección  que  otorgó  don  Alfonso  a  los  judíos  pueden 
verse,  demás  de  lo  que  del  presente  se  deduce,  los  capítulos  11  y  III  del  I.*"" 
Ensayo,  y  III  y  IV  de  nuestros  Estudios,  antes  de  ahora  recordados.  Respecto 
de  la  autoridad  de  Tolomeo,  cúmplenos  advertir,  para  pulverizar  la  calumnia 
fraguada  contra  la  ciencia  del  rey  de  Castilla,  que  tanto  él  como  todos  los 
rabinos  y  maestros  que  llevan  á  cabo  sus  proyectos,  profesaron  á  aquel  re- 
nombrado astrónomo  profundo  respeto.  Don  Alfonso,  en  su  libro  del  Septena- 
rio, le  tributaba  este  insigne  elogio:  «Phtolomeo  ffué  uno  de  los  grandes  plii- 
«lósophos  que  nunca  ouo  en  la  arte  de  astrologia,  ca  este  fabló  mas  alto  en 
))fecho  de  los  cielos  et  lo  de  las  estrellas  que  otro  que  ffué,  et  departió  más 
))de  cosas  et  fecho  de  los  planetas  de  los  ssignos  que  otro,  ca  ffué  omc  que  en- 
Mtendió  et  punnó  en  saber  mas  las  propiedades  de  los  cielos»,  etc.  Ahora 
bien:  si  con  tanta  veneración  habló  el  rey  don  Alfonso  de  Tolomeo,  contribu- 
yendo tal  vez  á  que  Bruneto  Latino,  que  halló  en  Castilla  ya  publicado  el 
Septenario,  le  adoptase  en  su  Tesoreto  como  personificación  délas  ciencias,  y 
en  especial  de  la  astronomía,  cgemplo  que  un  siglo  después  siguió  Fació  de  gli 
Uberti  en  su  Diltamondo,  ¿cómo  no  se  ha  de  condenar,  cual  despreciable  su- 
perchería, el  dicho  que  sobre  la  creación  se  atribuye  al  hijo  de  San  Fernando, 
y  que  era  en  suma  la  condenación  del  sistema  de  Tolomeo?...  Al  estudiar  los 
demás  libros  de  astronomía,  acabaremos  de  comprender  lo  absurdo  de  seme- 
jante patraña. —  De  la  breve  exposición  que  hacemos  de  las  Tablas  Alfonsies 
se  deduce  también  quo  las  conocidas  generalmente  con  título  de  Alfonsi- 
nas, escritas  en  latín  y  reducidas  á  simples  cuadros  de  cálculos,  no  son  las 
verdaderas  que  el  Rey  Sabio  alienta  y  protege,  dándoles  su  nombre.  El  in- 
terés de  la  ciencia  pide  un  estudio  comparativo,  en  que  no  podemos  entrar 
nosotros. 


11."  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   C37 

))de  todas  aquellas  maneras  por  qué  se  puede  catar  et  conoscer  et 
«entender  el  nacimiento  de  todos  los  gielos  que  se  mueuen  et  de 
))las  estrellas  que  son  en  ellos,  también  de  las  del  ochauo  cielo 
Mcomo  de  las  otra  siete,  que  llaman  planetas,  porque  son  moue- 
»deras  en  sí  mismas,  et  otrosy  por  los  cielos  en  que  están  que  se 
))mueuen  siempre.  Et  fizo  partir  este  libro  en  XYI  partes,  cada 
))una  con  sus  capítulos  que  muestran  Uanamiente  las  racones  que 
«en  ellas  son.  Et  fizólas  olrossi  figurar,  porque  los  que  esto  qui- 
«siessen  deprender,  lo  podiessen  mas  de  ligero  saber,  non  tan  so- 
))lamiente  por  entendimiento,  mas  por  vista»  ^  Prueban  estas 
palabras,  con  toda  evidencia  y  en  contrario  de  lo  que  general- 
mente se  ha  creído,  que  fué  el  propósito  del  rey  don  Alfonso 
reunir  en  un  solo  volumen  cuantas  obras  astronómicas  tenían  en 
su  tiempo  merecida  estima,  enseñándonos  el  examen  de  los  diez 
y  seis  tratados  comprendidos  en  esta  suerte  de  florilogio,  que  se 
ensayó  también  la  ciencia  de  los  rabinos  españoles  en  diversas 
materias,  no  tocadas  hasta  entonces  á  satisfacción  del  nieto  de 
doña  Berenguela. 

Cuatro  años  se  contaban  solamente  desde  la  publicación  de  las 
Tablas  Alfonstes ,  cuando  apareció  ya  el  Libro  de  la  ochaua 
Sphera  et  de  sus  XLY III  figuras,  traducido  «de  aráuigo  et  de 
caldeo»  por  Jehudáh-ha-Cohen ,  alfaqui  del  rey  don  Alfonso,  y 
Guillen,  fí  de  Remon  d'Aspa,  so  clérigo  ^.  «Cobdiciando  (escribía 
))el  rey)  que  las  grandes  virtudes  et  maravillosas  que  Dios  puso 
»en  las  cosas  quél  fizo  que  fuessen  conoscudas  et  sabudas  de  los 
»omes  entendidos  de  manera  que  se  pudiessen  aiudar  dellas,  por- 
))que  Dios  fuesse  de  ellos  loado,  amado  et  temido;  et  catando  to- 


\  El  prólog'o  general  de  las  obras  astronómicas,  falto  en  el  códice  Ilde- 
fonsino,  se  halla  completo  en  el  marcado  L.  3  de  la  Bibl.  Nacional,  cuya  pri- 
mera parte,  escrita  en  vitela  á  principios  del  siglo  XVI,  es  el  Libro  de  la 
Ochaua  Sphera,  mejor  conservado  que  el  del  Ms.  Complutense.  De  él  tomamos 
pues  las  preinsertas  líneas. 

2  En  el  Ms.  original  se  lee  d'Aspa,  en  lugar  de  Daspaso,  donde  se  han 
confundido  la  preposición,  el  apellido  y  el  pronombre.  Guillen  y  Johan  de 
Aspa  son  designados  ambos  como  capellanes  reales  [sos  clérigos)  del  rey  don 
Alfonso.  De  aquel  error  nos  dejanios  vencer  en  los  Estudios  sobre  los  Judíos, 
siguiendo  á  Castro. 


G38  HISTÜIUA  'CnlTICA    DE    LA    LITlüRATUKA    ESPAÍÑOLA. 

))tlas  estas  razones,  mandamos  trasUular  et  componer  este  libro, 
wen  que  fabla  de  las  virtudes  de  las  estrellas  fixas  que  son  en  las 
)')riguras  del  ochavo  cielo,-  et  mostramos  de  qué  manera  eran  fe- 
))chas  por  asmamiento  et  por  uista,  segunt  ilixcron  los  sabios  an- 
))tigos;  et  qué  nombre  án  et  por  quíilos  razones  et  do  quál  grandez 
))Son,  et  de  qué  ladeza,  et  de  quíil  longitud,  et  de  quáles  natu- 
))ras,  et  de  qué  complisiones;  et  la  virtud  que  a  cada  una  en  sí, 
))et  qué  flguras  otras  sallen  dellas,  que  son  partidas  por  cccLx 
«grados»  ^  Divídese  este  libro  en  dos  partes  principales  que  en- 
cierran en  cuarenta  y  ocho  ruedas  la  descripción  de  las  estrellas 
de  Oriente  y  Ocaso,  del  Septentrión  y  Mediodía,  abrazando  diez  y 
siete  grados  más  que  los  comprendidos  en  el  Almagestü  de  Tolo- 
raeo;  y  como  indica  el  rey  don  Alfonso,  determinada  ya  la  situa- 
ción respectiva  de  las  constelaciones  y  de  los  signos,  y  establecida 
la  relación  de  sus  nombres  en  latin,  griego,  árabe  y  castellano  -, 
se  expone  alguna  razón  do  sus  virtudes,  pagando  así  tributo  á  la 
ciencia  astrológica.  Complemento  de  este  tratado  fué  sin  duda  la 
segunda  partida  de  la  colección  que  vamos  examinando,  la  cual 
tenia  por  título  El  libro  de  la  Sp/iera  Redonda,  y  se  limitaba  á 
prescribir  las  reglas  «cómo  se  deue  fazer,  et  cómo  deuen  obrar 
))Con  ella»  ^. 

Tras  esta  obra  aparecia  el  Libro  del  Alcora,  6  de  la  Esfera, 
escrito  en  lengua  árabe  por  el  oriental  Coslha  (Alcozrí-ben-Lu- 
cháh),  y  traducido  en  la  Era  de  1297  [1259].  «Mandólo  trasia- 
))dar  de  aráuigo  en  lenguaie  castellano  el  rey  don  Alfonso,  fijo 
))del  muy  noble  rey  don  Ferrando  et  de  la  reyna  doña  Beatriz,... 
»á  Maestre  Johan  Daspa,  so  clérigo,  et  Hyudá,  el  Cohem,  so  alha- 
»quim.  Et  fué  fecho  yueues  YI  dias  de  febrero,  en  era  de  mili  et 
»dozientos  et  nouaenta  et  siete  annos,  el  seteno  anno  del  regno 


i     Cód.  L..  3  de  la  Bibl.  Nacional,  fól.  1.»  v.,  col.  I." 

2  Cualquier  capítulo  basta  para  demostrar  este  aserto,  comprobando  lo 
dicho  antes  de  ahora  sobre  los  estudios  filológicos:  hablando  en  el  cap.  XIII 
del  Centauro,  dice:  uCentaurus  nombran  en  latin  á  esta  figura,  et  en  caste- 
wllano  la  llaman  centauro,  el  en  griego  cantores,  et  en  arábigo  ve-el-cahba, 
Mque  quiere  dezir  el  centauro»,  etc. — Todas  las  figuras  y  estrellas  se  men- 
cionan de  igual  modo. 

3  Cód.  L.  3  citado,  fól.  1  r.,  col.  1." 


11.'  PARTE,  CAP.  XII.  SEO.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   639 

»deste  rey  sobredicho»  \  Corno  persuade  su  mismo  título,  trata 
de  «todo  el  ordenamiento  del  esfera,  á  que  dicen  en  aráuigo  vet~ 
-^alcorcij»,  dando  el  mismo  don  Alfonso  idea  cumplida  de  los 
puntos  más  notables  que  abraza,  en  los  términos  siguientes: 

«En  esta  alcora  paresce  la  forma  el  el  estado  del  cielo  et  la  diuersidat  de 
))!os  mouimientos  del  sol  et  de  la  luna  el  de  los  plan  elas  et  de  las  otras  es 
))trellas,  según  las  ladezas  de  las  uillas.  El  por  qué  razón  meng-ua  el  día 
))et  cresce  por  lodo  logar  et  por  toda  ladeza.  Et  por  qué  razón  es  siempre 
«egual  en  la  lintia  equinoclial,  do  es  siempre  el  dia  de  XII  horas  et  la  no- 
))clie  dolras  XII  horas.  Et  por  qué  razón  se  faze  en  un  logar  todo  el  anno 
))un  d¡a  natural  que  es  un  dia  el  una  noche;  ca  todos  los  seys  meses  son 
))un  dia  et  los  seys  una  noche.  Et  en  otros  logares  por  qué  acaesee  que 
«qualro  meses  son  un  día  et  qualro  meses  una  noche;  et  en  otros  dos  me- 
))ses  son  un  dia,  et  otros  dos  meses  una  noche,  el  en  otros  un  mes  un  dia, 
))el  un  mes  una  noche;  et  más  desto  que  es  dicho  et  oírossi  menos.  El  en 
))olros  logares  llega  el  mayor  dia  á  veynle  et  quatro  horas  et  la  mayor  no- 
))che  olrossí  á  veynle  et  qualro  horas,  el  más  desto  el  menos  deslo»,  etc. 

Hállase  toda  la  obra  compartida  en  setenta  capítulos,  añadidos 
cuatro  preliminares  y  uno  fmal  al  libro  de  Costha,  ti^abajo  que 
desempeñaron  los  traductores,  de  orden  del  soberano,  porque  sin 
él  «non  podría  seer  bien  ordenado  el  libro»,  y  para  que  fuese  esta 
obra  dell  Espera  más  complida.  El  último  capítulo,  escrito  por 
Rabbí  Mosseh  ha-Cohen,  siguiendo  la  doctrina  de  Kermes,  tenia 
por  objeto  establecer  las  reglas  para  «faser  las  armiellas  et  para 
))saber  ell  atagyr,  et  egualar  las  casas»  2. 

Siguiei^on  á  este  los  dos  libros  del  Ástrolahio  redondo  y  del 
Astrolabio  llano,  compuestos  ambos  por  Rabbí  Zag,  el  de  Tole- 
do, cuya  ciencia  era  aplaudida  desde  la  publicación  de  las  Ta- 
blas Alfonsíes  y  muy  acepta  á  los  ojos  del  Rey  Sabio.  uDe  to- 
ados los  libros,  en  que  fabla  de  los  estrumentos  que  pertenescen 


1  Cód.  Ildefonsino,  fól.  23  r. 

2  Don  Alfonso  decía:  «Por  que  fuesse  esta  obra  de  la  Espera  mas  com- 
wplida,  mandamos  nos  Rey  don  Alfonso,  el  sobredicho,  annadir  hy  este  ca- 
Mpítulo  para  fazer  armiellas  en  la  espera,  para  saber  ell  at.acir  et  egualar  las 
wcasas,  segund  la  oppinion  de  Kermes;  et  mandamos  á  don  Mossé,  nuestro 
walfaquim,  que  lo  fiziosse»  (Cód.  Ildefonsino,  fol.  36  r.).  Debemos  notar  que 
el  título  de  Alfaqui  del  rey  equivaha  á  Gran  Juez  de  las  aljamas  en  la  dióce- 
sis, á  que  correspondía. 


6i0  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA5!0LA. 

»en  la  arle  de  aslrología  (observaba  este  príncipe)-  auemos  ya 
»dicho.  Et  agora  queremos  fablar  en  cómo  se  deue  faser  el  as- 
»luolab¡o  redondo,  et  cómo  deuen  obrar  con  él,  por  que  es  uno 
))de  los  buenos  cstrunienlos  que  fueron  fechos  en  esla  sciencia 
))Sobred¡cha.  Et  porque  non  fallamos  libro  que  fable  de  cómo  se 
))deue  fazer  de  nuevo;  por  ende  nos  rey  don  Alfonso,  el  sobredi- 
»cho,  mandamos  al  dicho  Rabbí  Cag  que  lo  fiziesse  bien  conplido 
»et  bien  paladino,  de  guisa  que  lo  entendiessen  aquellos  que  ouies- 
»sen  sabor  de  lo  fazer  nueuamientre,  assi  como  lo  auemos  fecho 
«en  los  otros  libros  que  fesiemos  de  los  otros  cstrumentos».  Casi 
las  mismas  razones  alegaba  respecto  del  Asírolabio  llano,  decla- 
rando formalmente  que  era  dicho  libro  escrito  después  de  termi- 
nado el  del  Alcora  y  el  del  Asírolabio  redondo  \  Consta  este  de 
dos  partes,  compuesta  la  primera  de  veintiséis  capítulos,  y  de 
ciento  treinta  y  cinco  la  segunda;  y  dados  en  aquella  oportunos 
consejos  sobre  la  construcción  y  uso  del  referido  instrumento, 
elevábase  en  esta  á,  profundas  consideraciones  científicas,  mos- 
trando los  grandes  é  inequívocos  conocimientos  que  poseía  en  las 
ciencias  exactas.  «Averiguar  la  altura  del  sol  en  todas  sus  situa- 
ciones (escribíamos  hace  algunos  años);  señalar  la  de  las  estre- 
llas; determinar  el  movimiento  de  los  astros  en  general;  fijar  la 
duración  del  tiempo,  designando  al  par  sus  alteraciones  y  las  cau- 
sas de  estas;  explicar  la  declinación  de  cada  uno  de  los  signos  del 
zodiaco  y  sus  relaciones;  indicar  la  manera  de  conocer  las  orien- 
taciones y  latitudes;  dar  norma  segura  para  comprender  las  re- 
voluciones de  los  años;  medir  la  distancia  de  un  objeto  dado, 
comparativa  y  absolutamente...  hé  aquí  algunas  de  las  cuestio- 
nes propuestas  y  dilucidadas  por  Rabbí  (Jag  Hatolaitoláh  en  el  li- 
bro del  Asírolabio  Redondo  con  tanta  copia  de  erudición  como 
doctrina»  2. 


i  El  prólogo  dice:  «Auemos  fablado  primeramicntre  de  la  Espera...  mas 
wagora  queremos  dezir  del  Asírolabio  que  fué  fecho  primeramente  redondo... 
aet  cuerno  quier  que  nos  ouiessemos  fablado  en  otro  logar  del  asírolabio..., 
»non  fablamos  de  cuerno  deue  seer  fecho,  nin  de  cucmo  deuen  obrar  por  éll, 
))el  por  ende  qucrcmoslo  agora  aqui  mostrar»  (Cód.   Ildefonsino,  fól.  65  r.). 

2  Esludios  hist.,  polits,  y  lils.  sobre  los  Judias,  Ensayo  II,  cap.  III,  pági- 
na 273. 


II.*  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   641 

Y  no  era  el  del  Astrolabio  Llano  menos  importante.  Consignadas 
en  su  primer  capítulo  las  razones  por  qué  recibe  este  nombre,  á 
diferencia  del  Redondo ,  trata  la  primera  parte  en  veinticinco 
capítulos,  de  su  coQStruccion,  uso  y  aplicación,  determinando 
menudamente  los  objetos  de  que  se  compone,  desde  la  red,  que 
abraza  y  recoge  sus  diferentes  cercos,  hasta  la  cuerda  que  lo  sus- 
pende. La  segunda  parte,  que  en  cincuenta  y  siete  capítulos  en- 
seña cómo  deben  obrar  con  el  asfrolabio,  fija  y  resuelve  las  mis- 
mas cuestiones  expuestas  en  el  Libro  del  Redondo,  confirmando 
la  idea  ya  indicada  de  la  erudición  y  talento  de  Rabbí  Zag,  el  de 
Toledo:  sus  estudios  sobre  los  sistemas  astronómicos  hasta  enton- 
ces conocidos,  sus  observaciones  propias  y  las  advertencias  de  los 
demás  sabios,  con  quienes  consultaba  sus  tareas,  imprimían  á  la 
ciencia  un  nuevo  carácter,  contribuyendo  á  su  adelantamiento, 
bien  que  sin  perder  de  vista  á  los  árabes,  ya  para  adoptar  su  doc- 
trina, ya  para  desvanecer  sus  errores  ^.  Digno  es  de  notarse  que 
la  nomenclatura  empleada  por  Rabbí  Zag  en  este  y  los  demás 
tratados,  debidos  á  su  pluma,  es  esencialmente  arábiga. 

Casi  al  mismo  tiempo  que  se  escribía  el  del  Asfrolabio  llano 
encargaba  el  rey  de  Castilla  la  traducción  del  Libro  de  la  Aza~ 
feha  del  celebrado  Abu  Isahak-Ben-Yahia  Azzarcall  á  Maestre  Fer- 
nando de  Toledo:  «Dicho  auemos  fasta  aqui  (observaba  don  Al- 
))fonso)  dell  Alcora  cómo  es  fecha  et  cómo  deuen  obrar  por  ella, 
))et  otrossy  dell  astrolabio  cómo  es  fecho  et  de  las  huebras  que 
«se  pueden  fazer  por  él.  Mas  agora  queremos  fablar  de  la  Aza- 
'»feha,  que  fizo  Azarquiel,  el  sabio  astrolomiano  de  Toledo,  á  onra 
wdel  rey  Almemun,  que  era  entonce  sennor  dessa  gibdat,  et  nom- 
«bróla  por  ende  Almemom'a.  Et  después  fué  á  Sevilla  et  fizo  esta 
nAzafeha  misma  en  otra  manera  mas  complida  et  mas  acabada... 
)>Et  este  libro  sobredicho  trasladó  de  arábigo  et  romaneó  Maes- 
»tre  Fernando  de  Toledo,  por  mandado  del  muy  noble  rey  don 
«Alfonso,  fijo  del  muy  noble  rey  don  Fernando,  et  de  la  reyna 
«donna  Beatriz»,  etc.  Dos  partes,  la  primera  de  cuatro  capítulos 


i  En  el  libro  II,  cap.  CXXXV  del  Asfrolabio  Redondo  contradice  la  doc- 
trina del  renombrado  Nalasor  victoriosamente,  y  lo  mismo  observamos  en 
varios  pasajes  respecto  de  otros  astiónúmos. 

TOMO   111.  41 


6i2  HISTOUIA    ClllTlCA    DE    LA    LITEll ATURA    ESPÁTULA. 

y  la  segunda  de  ciento,  componen  la  Aznfeha,  que,  según  lian 
mostrado  antes  de  ahora  entendidos  bibliólogos,  examinando  la 
obra  de  Azzarcall,  abraza  las  nociones  más  generales  de  la  as- 
tronomía y  resuelve  los  problemas  que  mayor,  interés  ofrecían  en 
los  tiempos  medios  ^  Aspiraba  de  este  modo  el  Rey  Sabio  á  ro- 
bustecer los  esludios  hechos  bajo  sus  auspicios,  y  no  satisfecho  de 
la  versión  de  Maestre  Fernando,  mandaba  trasladar  tan  celebrada 
producción  «otra  vez  en  Burgos,  meior  et  mas  complidamente,  á 
«Maestre  Bernaldo,  el  arábigo,  et  á  don  Abrahem,  su  alfaqui,  en 
»el  XXYI  anno  de  so  regno,  que  andana  la  era  de  fésar  en  mili 
))et  CCC  et  XV  anuos»  [1277].  Esta  parece  pues  ser  la  traducción 
que  en  el  códice  lldefonsino  ha  llegado  á  nuestros  dias  ^. 

En  seis  libros  se  divide  el  que  tiene  por  asunto  la  Lámina  Uni- 
versal, obra  encomendada  por  el  rey  de  Castilla  después  de  tra- 
ducida la  Azafrha  al  ya  citado  Rabbí  Zag  Ilatolaitoláh,  según 
declara  el  mismo  principe  en  estas  palabras:  «Agora  queremos 
))fablar  de  como  deuen  fazer  la  Lámina  Universal,  que  fué  fecha 
))en  Toledo,  donde  fué  sacada  la  Acafefa  del  Zarquiel;  et  el  sabio 
))que  fizo  esta  lámina  sobredicha,  non  fizo  libro  de  cómo  se  deue 
wfazer  de  nueuo:  por  ende  Nos  don  Alfonso,  el  sobredicho,  man- 
))damos  al  nuestro  sabio  Rabi  (:ag,  el  de  Toledo,  que  lo  fiziesse 
«bien  complido  con  sus  pruebas  et  sus  figuras».  Siguiendo  el  mé- 
todo adoptado  para  las  obras  precedentes  y  el  mandato  expreso 
del  monarca,  explica  Rabbí  Zag  el  modo  de  construir  la  Lámina 
en  el  primero  de  dichos  seis  libros,  dejando  hablar  en  los  siguien- 
tes al  autor  musulmán,  que  se  atribuye  la  gloria  de  haber  inven- 
tado aquel  instrumento  astronómico.  Alí-ben-Halaf,  que  tal  es  su 
nombre,  advertido  por  el  estudio  de  Tolomeo  de  que  era  posible 

i  Casiri,  Biblioth.  arábico-hispana,  tomo  I,  cód.  CMLVII,  pág.  392  y 
siguientes. 

2  El  erudito  Baycr  dio  en  sus  Notas  á  la  Bibliotheca  Veíus  alguna  noticia 
de  la  segunda  traducción  de  la  Azafeha  (lib.  VIH,  cap.  5,  pág.  84),  manifes- 
tando que  el  Ms.  de  la  Biblioteca  Nacional  que  la  encierra,  era  de  letra  ut  vi- 
detur  XIV  saeculo  exarala.  El  prólogo,  que  también  se  pone  en  boca  del  Rey 
Sabio,  es  absolutamente  distinto,  y  en  lo  demás,  fuera  de  la  doctrina,  no  hay 
mayor  semejanza.  En  el  códice  lldefonsino  precede  á  la  Azafeha  el  tratado 
de  la  Lámina,  pero  indebidamente,  como  veremos  en  el  prólogo  de  este. 


II.  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   043 

allanar  la  esfera,  et  sennalar  linnas  que  sean  semeiantes  á  las 
linnas  que  son  sennaladas  en  la  sobre f a::  de  la  espera,  objeto 
que  no  llenaba  cumplidamente  el  astrolabio,  por  necesitar  una 
lámina  á  cada  ladeza,  inventó  pues  el  indicado  instrumento.  aYo 
))pensé  (dice)  de  cómo  se  puede  fazer  un  estrumente  que  cumple 
wá  todas  las  ladezas,  por  toUer  la  lazería  de  fazer  cada  ladeza 
))una  lámina;  et  tanto  pensé  en  ello  fata  que  entendí  cómo  se 
«puede  fazer  un  estrumente  pora  toda  la  tierra  que  non  aya  en 
))él  mas  de  una  lámina  et  una  red,  et  puslo  nombre  el  Orhon 
r)Uniuersal.  Et  álcelo  pora  mi  sennor  el  rey  Meymon,  et  fiz  este 
wlibro,  en  que  fabla  de  cómo  se  deue  fazer»  *.  Tan  importan- 
te obra,  escrita  desde  el  año  455  al  470  de  la  égira  ^,  en  que 
reinó  en  Toledo  Yahya  I,  apellidado  por  excelencia  Al-mamwi 
billáh,  era  una  verdadera  novedad  en  la  historia  de  la  astrono- 
mía: encaminábase  á  resolver  sin  más  auxilio  que  el  de  la  lámina 
ó  planisferio  cuantas  cuestiones  habían  tenido  hasta  entonces 
satisfactoria  explicación,  ya  por  medio  de  la  esfera,  ya  por  medio 
de  los  astrolabios.  Determinar  hasta  qué  punto  se  logra  este  pro- 
pósito con  el  tratado  de  Ali,  tarea  es  más  propia  de  los  que  se 
consagran  al  estudio  de  la  expresada  ciencia,  quienes  utilizando 
el  instrumento  por  él  inventado,  tienen  la  obligación  de  discernir 
el  galardón  que  al  referido  escritor  corresponde  en  sus  anales. 
Para  nuestro  intento  bastan  las  indicaciones  apuntadas. 

El  noveno  tratado  de  los  científicos  dados  á  luz  bajo  los  auspi- 
cios del  X  Alfonso,  séptimo  de  los  que  figuran  en  el  hermoso  có- 
dice lldefonsino,  apareció  también  como  una  novedad,  al  comenzar 
el  último  tercio  del  siglo  Xlll.  Explicada  por  Tolomeo  la  manera 
en  que  debia  construirse  la  esfera  armilar,  y  no  habiéndose  escrito 
hasta  el  año  1277  sobre  la  apUcacion  de  la  misma,  decia  el  rey 
en  el  prólogo  que  encabeza  las  dos  partes  del  Libido  de  las  Ar- 
miellas:  «Tenemos  por  razón  demostrar  del...  estrumente  que 
»fizo  Ptholomeo,  á  que  dizen  en  arábigo  det  alhalac  y  en  latin 
))armiellas.  Et  mostraremos  otrossi  en  quál  guisa  deuen  obrar 
))Con  ellas,  maguer  este  libro  de  cómo  obran  con  ellas  non  era 


1  Cód.  lldefonsino,  fól.  82  r. 

2  De  1043  á  1077  de  Cristo. 


fi44  HISTORIA    CKlTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA5Í0LA. 

Mlallado  en  esta  nuestra  sazón:  el  por  ende  mandamos  á  nuestro 
«sabio  Rabbí  Cag,  el  de  Toledo,  que  lo  fiziesse  bien  complido  et 
))bien  llano,  en  guisa  que  pueda  obrar  con  él  qual  omne  quier  que 
))cate  este  libro»  *.  Aplicando  la  doctrina  del  mismo  Toloraeo.  y 
teniendo  presente  la  de  llermes  y  la  de  los  renombrados  árabes 
Albategní  y  Aben  Mobat,  daba  el  esclarecido  hebreo  razón  cum- 
plida de  todas  las  operaciones  que  se  ejecutaban  por  medio  de  la 
citada  esfera,  desde  el  movimiento  de  los  astros  y  la  situación  de 
las  estrellas  fijas  hasta  la  averiguación  del  crecimiento  del  dia  y 
de  la  noche,  determinando  el  sohimicnto  del  aluor  et  el  poni- 
miento del  crepúscid.  Rabbí  Zag-ben-Yacub-ha-Tolailoláh,  que 
gozaba  ya  merecida  reputación  de  astrolomiano,  acrecentábala 
con  el  Libro  de  las  Armiellas,  que  no  fué  por  cierto  el  último 
debido  á  su  erudición  y  á  su  ciencia. 

No  consta  en  el  de  los  Láminas,  que'  sigue  en  orden  cronoló- 
gico *,  si  fué  traído  al  habla  castellana  por  aquel  docto  toledano: 
adviértenos  sólo  el  rey  que  la  primera  parte  de  este  libro  estaba 
tomada  del  escrito  por  Ali  Bcn  Alhassan  Abulcassim,  uno  de  los 
más  claros  astrónomos  de  su  tiempo,  manifestando  al  par  que  di- 
cha primera  parte  «fabla  de  cómo  puede  el  omne  fazer  una  lámi- 
))na  á  cada  planeta»,  demostrando  la  segunda  «cómo  puede  el 
womne  fazer  una  lámina  para  todas  las  planetas».  Anunciado  así 
el  propósito,  dábanse  las  reglas  para  construir  individualmente 
las  expresadas  láminas  en  diez  y  seis  capítulos,  dedicándose  otros 
once  á  determinar  la  forma  en  que  «podían  excusarse»  todas  sie- 
te, fabricando  una  sola  para  estudiar  la  posición,  movimiento  y 
demás  accidentes  de  los  planetas. 

Seis  breves  tratados,  debidos  al  tantas  veces  citado  Rabbí  Zag, 
y  compuestos  desde  1277  en  adelante  ^,  completan,  con  otro  en- 
comendado por  don  Alfonso  á  Rabbí  Samuel  ha  Leví,  el  de  To- 


i     Cód.  Ildef.,  ful.  i38  V. 

2  Id.  id.,fól.  1S3. 

3  Eli  el  prólogo  del  Libro  del  Quadrante  leemos:  «El  esto  fue  quando 
»andaua  la  era  de  nro.  Scnnor  Ihu.  Xpo.  en  mil  et  ce  et  Lx.wn  annos  ella 
»de  (^ésar  en  mil  el  ccc  et  xv»  (cód.  Ildef.,  fól.  i67  v.).  En  los  demás  se 
declara  que  fueron  compuestos  después. 


II.*  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   64o 

ledo,  la  peregrina  colección  del  códice  Ildefonsino.  Tratan  los 
primeros  del  Quadrante,  de  la  Piedra  de  la  Sombra,  del  Relogio 
del  Agua,  del  de  Argent  vivo  [azogue],  del  Palacio  de  las  Ho- 
ras *  y  del  Atazir,  preciándose  el  rey  más  de  una  vez  de  que  se 
hubieran  perfeccionado  en  su  tiempo  y  aun  por  su  diligencia  al- 
gunos de  los  referidos  instrumentos.  Hablando  del  Libro  del  Qua- 
drante,  se  expresaba  en  este  sentido,  diciendo:  «Porque  esta 
«parte  primera  deste  libro  non  fué  fallada  en  esta  sazón  dagora 
«cierta  et  conplida,  assi  como  deue  seer,  por  ende  Nos  rey  don 
«Alfonso,  el  sobredicho,  mandamos  á  nuestro  sabio  Rabí  Cag,  el 
«de  Toledo,  que  lo  fiziesse  bien  cierto  et  bien  conplido».  Refirién- 
dose al  Libro  de  la  Sombra,  observaba:  aPorque  non  fallamos 
«en  el  hecho  de  la  piedra  de  la  Sombra  libro  que  faesse  conplido 
«por  sy,  de  guisa  que  non  ouiesse  menester  en  su  obra  otro  libro, 
«por  ende  Nos  el  rey  don  Alfonso,  el  sobredicho,  touiemos  por 
«bien  et  mandamos  al  dicho  Rabí  (.'ag  que  feziesse  este  libro  bien 
))Conplido«.  En  orden  al  del  Relogio  del  Agua,  anadia:  «Lo  que 
«fallamos  escripto  en  los  libros  que  flcieron  los  sabios  antiguos 
«era  muy  minguado...  et  Nos  touimos  por  bien  de  fazer  este  re- 
«logio  de  otra  manera,  de  guisa  que  non  aya  y  yerro  ninguno... 
«que  non  fué  fecho  tal  como  este  en  los  tiempos  que  son  passa- 
«dos;  et  mandamos  á  Rabí  Qag  que  lo  feziesse  bien  cierto  et  bien 
«conplido  et  que  posies'  en  él  quantas  maestrías  podies'  poner, 
«quier  por  arte  de  las  aguas,  quier  por  arte  de  astrologia«  ^.  No 


i  El  erudito  Pérez  Bayer  manifestó  que  este  libro  era  incerto  auctore 
(Bibl.  Vet.,  tomo  H,  libro  VJII,  cap.  5).  En  el  prólogo  del  mismo  escribió, 
sin  embargo,  don  Alfonso:  «Mandamos  al  sobredicho  Rabicag-  que  fiziesse 
«este  libro,  en  que  muestre  cómo  se  deue  fazer  este  Palacio»  (Cód.  Ildcfons., 
fól.  198  r.). 

2     Abú  Abdalla  ben  Abí  Becr  Az-zahri  en  su  libro  de  Geograña,  titulado: 

Descripción  del  mundo  y  de  sus  regiones  habitadas  (^     ULxsr'i      >, jL^r 

o.^jI     i:a.'w*w=)  atribuye  no  obstante  áAz-zarcal  lainvencion  de  lasclepsi- 

dras,  que  existían  en  Toledo,  diciendo:  «Lo  que  hay  de  maravilloso  y  sor- 
wprendente  en  Toledo,  tanto  que  no  creemos  que  haya  en  todo  el  mundo  ha- 
wbitado  ciudad  alguna  que  se  le  iguale  en  esto,  son  unas  clepsidras  ó  relojes 
))de  agua  que  fabricó  el  famoso  astrónomo  Abu-1-casem  Abdo-r-rahman,  más 
«conocido  por  el  nombre  de  Az-zarcal.  Cuentan  que  este  Az-zarcal  cómo 


646  HISTORIA    CRITICA    m    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

sucedió  así  con  todos  los  referidos  tratados,  pues  que  el  del  lie- 
logio  del  Argent  vivo  era  formulado  «por  la  arle  del  libro  que 
»fizo  Yran,  el  philosoplio,  en  que  fabla  de  cuerno  se  pueden  alear 
))las  cosas  pesadas»,  siendo  los  restantes  principalmente  el  del 
Átacir,  tomados  de  los  antiguos  matemáticos  árabes.  A  ellos  acu- 
día también  sin  duda  Rabbí  Samuel  ha  Leví,  al  componer  el  Li- 
bro del  Relogio  de  la  Candela,  que  forma  con  los  ya  menciona- 
dos la  curiosa  serie  de  relojes  astronómicos,  con  que  termina  el 
códice  Ildefonsino.  Dar  más  amplias  noticias  de  estos  instrumen- 
tos después  de  fijar  la  época  en  que  fueron  compuestos  ó  ilustra- 
dos por  los  rabinos  que  protege  el  Rey  Sabio,  sobre  dislraernoá 
más  de  lo  conveniente,  seria  ya  materia  adecuada  á  la  historia  de 
las  ciencias,  y  no  muy  propia  de  la  de  las  letras  españolas. 

Mas  no  son  estos  los  únicos  libros  astronómicos  que  atesoró  la 
lengua  castellana  durante  el  reinado  y  por  disposición  del  rey 
don  Alfonso:  con  los  nombres  de  Cánones  de  Albateni,  de  Libro 
Cumplido  de  los  iudicios  de  las  estrellas  j  Libro  de  las  Tres 
Cruces,  se  han  trasmitido  también  á  nuestros  dias  tres  diferentes 
tratados,  relativos  á  la  expresada  ciencia  y  á  la  astrologia  judi- 
ciaria  ^  Debido  el  primero  á  Mahomad-ben-Giaber,  según  denota 


«oyese  de  cierto  talismán  que  hay  en  la  ciudad  de  Arin,  en  la  India  oriental, 
»y  del  cual  dice  Masiidi  (en  sus  Prados  dorados,  ^ ^j}\    ->  «w/»)  que  sefia- 

"jaba  las  horas  por  medio  de  unas  aspas  ó  manos  desde  que  salla  el  sol  hasta 
«queso  ponia,  determinó  fabricar  un  artificio,  por  medio  del  cual  supiesen  las 
«gentes  qué  hora  del  dia  ó  de  la  noche  era,  y  pudiesen  calcular  el  dia  de  la 
»iuna.  Al  efecto  hizo  cavar  dos  grandes  estanques  en  una  casa  á  orillas  del 
»Tajo,  no  lejos  del  sitio  llamado  Babo-d-dabbagum ,  ó  puerta  de  curtidores, 
«haciendo  de  suerte  que  se  llenasen  de  ag-ua  ó  se  vaciassen  del  todo,  según 
«la  creciente  ó  menguante  de  la  luna»  {Toledo  Pintoresca,  II."  Parte,  pá- 
gina 304).  No  haciendo  el  rey  don  Alfonso  mención  alguna  de  estos  relojes, 
es  casi  evidente  que  ya  no  existían  en  su  tiempo;  pero  comparado  su  Libro 
con  la  descripción  que  hace  Az-zahrí  de  las  clepsidras  de  Az-zarcal,  parece 
demostrado  que  la  teoria,  en  que  este  se  fundaba,  se  había  perfeccionado  no 
poco  en  el  siglo  XIII. 

i  Entro  los  Mss.  de  la  Biblioteca  Escurialcnse  se  conserva  también  un 
códice  signado  h.  j.  16,  bajo  el  titulo  de  Formas  6  imagines  de  los  cielos,  em- 
pezado por  disposición  de  don  Alfonso  en  el  año  XXII  de  su  reinado  «Era  de 


Il/  PARTE.  CAP.  XII.  SEG.  TRASK.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   647 

SU  título,  y  enriquecido  con  algunas  tablas  delAzzarcall,  era  tra- 
ducido por  el  renombrado  Rabbi  Zag ,  quien  recibía  al  propio 
tiempo  el  encargo  de  aducir  «sobre  cada  razón  su  prueba  de  geu- 
«metria  et  de  astrologia,  por  toller  la  dubda  et  porque  se  pares- 
wciese  la  certidumbre».  Divídese  en  dos  partes,  destinadas  á  tra- 
tar del  cuadrante  movible  y  del  cuadrante  fijo,  explicando  todas 
las  operaciones  que  se  realizaban  á  la  sazón  por  medio  de  uno  y 
otro  '.  Fruto  el  segundo  de  Alí  Aben-Ragel,  poníalo  en  lengua 
vulgar  Yehudáh  Bar  Mosseh-ha-Cohen,  y  trasladábanlo  al  latin 
por  mandado  del  mismo  don  Alfonso,  el  maestro  Gil  de  Tebaldos 
y  Pedro  del  Real,  haciendo  adelante  otra  versión  Alvaro  Hispano, 
criado  del  rey.  Compuesto  de  ocho  diferentes  libros,  hablábase  en 
los  dos  primeros  de  los  signos  y  naturalezas  de  los  planetas  y  de 
sus  virtudes;  y  expuestas  algunas  nociones  rudimentales  necesa- 
rias para  el  estudio  formal  de  la  astrologia,  dedicaba  los  restantes 
á  los  conocimientos  y  natividades,  y  á  las  conjunciones  y  revolu- 


«César  de  mili  et  trescientos  e  catorce  annos»  (1274)  y  terminando  en  el 
ano  XXVI [  de  su  reinado,  ó  lo  que  es  lo  mismo,  en  1279.  Trata  principal- 
mente este  peregrino  libro  ade  las  uertudes  et  de  las  obras  que  salen  dellas 
»en  los  cuerpos  que  son  de  yuso  el  cielo  de  la  luna»,  y  se  divide  en  once 
partes,  tomadas  las  diez  primeras  cada  cual  de  un  sabio  ó  phUosopho  nnüguo , 
figurando  sucesivamente  Abolays,  Timtim,  Pitágoras,  Yluz,  Belyenus,  Plinio, 
Utarit,  Rag-iel,  Yacoth  y  Aly. — Tócanse  en  este  libro  cuestiones  tan  peregri- 
nas como  la  de  «cambiarse  en  forma  de  quál  ome  ó  de  quál  mugier»  que  se 
quisiere,  la  de  «fazer  á  qui  quisieres  que  semeie  perro  et  que  anden  aderredor 
«muchos  perros;  la  de  auer  semeianca  de  mugier  et  la  mugier  semeianza  de 
Mvaron»  (I.*  Parte,  caps.  18,  21  y  24);  y  otras  extravagancias  y  donosuras 
de  igual  jaez  y  corte,  que  muestran  á  qué  punto  hablan  llegado  los  delirios 
de  los  astrólogos  judiciarios  entre  los  árabes  y  demás  pueblos  orientales. 
El  Ms.  consta  de  diez  y  nueve  fojas  útiles,  y  es  de  letra  de  fines  del  siglo  Xlll 
ó  principios  del  XIV. 

1  Don  Nicolás  Antonio,  Bibl.  Vet.,  lib.  VIII,  cap.  S,  pág.  82  y  83,  dá 
alguna  razón  de  este  tratado,  que  poseía  el  docto  bibliólogo  don  Juan  Lúeas 
Cortés:  corapónese  de  cincuenta  y  siete  capítulos,  y  forma  parte  del  cód. 
L.  9.  7  de  la  Biblioteca  Nacional.  Su  título  dice:  «Aquí  comienca  el  Libro  de 
■fíCánones  de  Albateni,  que  mandó  escrevir  el  muy  noble  rey  don  Alfonso,  a 
))quien  Dios  dé  uida  et  salut  por  mucho  tiempo».  Y  después  en  el  prólogo 
se  lee,  hablando  ya  el  rey:  «Nos  don  Alphonso  mandamos  á  Rabicag  de  To- 
»ledo,  nto.  sabio»,  etc. 


f.J8  HISTORIA   CRÍTICA    HE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

Clones  de  los  años,  concluyendo  con  señalar  las  del  mundo  ^  Co- 
nocido el  tercero  como  obra  de  Obéid-Alláh,  trataba  de  los  cuatro 
planetas  superiores,  investigando  los  accidentes  que  causa  en  la 
naturaleza,  y  más  inmediatamente  en  el  hombre,  la  diversidad  de 
sus  aspectos.  La  suerte  de  los  imperios  y  de  los  reyes,  la  desdicha 
ó  prosperidad  de  los  capitanes  y  conquistadores  y  hasta  la  mala 
ventura  ó  felicidad  de  cada  individuo,  todo  está  sujeto,  según  la 
doctrina  de  este  raro  libro,  al  movimiento,  conjunción,  color  y 
demás  propiedades  de  los  indicados  planetas,  mostrando  así  que 
es  una  de  las  más  exageradas  aplicaciones  de  la  astrologia.  Man- 
dólo el  rey  trasladar  á  Maestre  Johan  d'Aspa,  y  á  Yehudáh-bar- 
Mosséh-ha-Cohen,  é  hízolo  compartir  en  sesenta  y  dos  capítulos, 
en  los  primeros  dias  de  1259,  sétimo  año  de  su  reinado  -. 

De  la  sencilla  exposición  de  todos  estoslibrosse  deduce:  1.°  Que 
llamaron  constantemente  la  atención  del  Rey  Sabio  los  estudios 
astronómicos,  promoviéndolos  y  premiándolos  desde  antes  de  su- 
bir al  trono  desús  mayores:  2.°  Que  no  sólo  mandó  traducirlas 
obras  que  más  fama  alcanzaban  entre  los  astrónomos  y  astrólogos 


i  Cita  Bayer  el  códice  que  encierra  este  tratado,  en  sus  eruditas  Anotacio- 
nes, declarando  que  pertenece  al  sig-lo  XIÍI.  Custodiase  también  en  la  Biblio- 
teca Nacional, 

2  En  la  Biblioteca  Nacional  existe  un  bellísimo  cód.  de  este  raro  libro, 
signado  Bb.  119.  También  posee  una  copia,  aunque  incompleta,  del  si- 
glo XVI,  la  Real  Academia  de  la  Historia,  con  la  marca  E.  26.  g.  7.^*  D. 
n.*  181.  Al  terminar  esta  noticia  de  las  obras  científicas  llevadas  á  cabo  bajo 
los  auspicios  de  Alfonso,  X,  parccenos  conveniente  mencionar  las  traducpio- 
nes  latinas  del  Quadripartito  de  Toloraeo,  que  se  conserva  en  la  Biblioteca 
del  Escorial,  E.  III.  4,  exornada  de  las  glosas  de  Alí  Aben  Ragel,  y  del  ci- 
tado Libro  de  los  Juicios,  que  se  guarda  entre  los  prohibidos  con  el  n.°  10  y 
el  título  De  Judiciis  asírologiae  Hali  AbenragheUs  filii.  Hizo  la  primera  Gil  de 
Tebaldos,  y  ayudóle  en  la  segunda  Pedro  del  Real.  No  juzgamos  fuera  de 
propósito  el  apuntar  aquí  que  entre  los  Mss.  del  Marques  de  Santillana,  que 
existen  hoy  en  la  Biblioteca  del  señor  Duque  de  Osuna,  hay  un  tratado  de  as- 
tronomía con  el  título  de  Micrólogo,  sacado  «del  Almagesti  etde  Alfragano  et 
»de  Mosséh  Alakc  et  de  Emebriz»,  que  habla  del  curso  de  los  planetas.  No 
consta  que  se  escribiese  por  mandado  del  Rey  Sabio;  pero  no  creemos  repug- 
nante el  sospechar  que  pudo  serlo  en  su  tiempo  (Véase  el  n.°  LXXVII  de  la 
Bibl.  del  Marqués  de  Santillana,  pág.  621  de  sus  Obras). 


11."  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   649 

árabes,  sino  que  procuró  ilustrarlas  connuevos  tratados,  impulsan- 
do de  esta  suerte  los  adelantos  de  la  ciencia  ':  3."  Que  así  paralas 
versiones  como  para  las  obras  originales,  se  valió  de  los  más  doc- 
tos rabinos  españoles,  empleando  al  propio  tiempo  los  más  insig- 
nes cultivadores  de  las  disciplinas  eclesiásticas,  entre  los  cuales 
se  contaron  alguna  vez  entendidos  extranjeros:  4.°  Que  en  todos 
estos  trabajos,  notabilísimos  por  la  época  y  por  el  pensamiento 
ilustrado  que  los  anima,  aparece  don  Alfonso  como  director  in- 
mediato, trazando  y  escribiendo  los  prólogos  de  cada  libro,  y  se- 
gún se  ha  notado  antes  de  ahora  y  advierte  el  mismo  rey,  corri- 
giendo el  lenguaje  y  poniéndolo  en  castellano  derecho  ^.  Los 
nombres  de  Rabbí  Jehudáh  Mosca,  Rabbí  Zag-ben-Yacub-IIato- 
laitoláh,  Rabbí  Jehudáh-bar-Mosséh-ha-Cohen,  Rabbí  don-x\bra- 
hem  y  Rabbí  Samuel-ha-Levi,  figuran  dignamente  al  lado  de  los 
de  Maestre  Guillen  y  Maestre  Johan  d'Aspa,  Maestre  Fernando  de 
Toledo,  Maestre  Bernaldo,  el  arábigo,  y  el  clérigo  Garci  Pérez, 
personificando  en  este  sentido  el  avenimiento  y  fusión  que  en 
aquella  edad  se  opera  entre  las  ciencias  orientales  y  las  ciencias 
hasta  entonces  cultivadas  por  los  cristianos.  Porque  recordemos 
cuanto  sobre  este  punto  llevamos  asentado:  las  disciplinas  ense- 
ñadas en  las  escuelas  monacales  y  clericales,  siendo  una  deriva- 
ción inmediata  ó  más  bien  una  interpretación  de  las  Etimologías 
de  San  Isidoro,  no  hablan  admitido  ni  podido  admitir  la  influencia 
místico-cabalística  que  de  tiempo  antiguo  caracterizaba  todos  los 
estudios  de  los  árabes.  Cierto  es  que  tampoco  habían  podido  ha- 
cer notables  adelantos,  si  bien  no  les  faltaron  celosos  cultivado- 
res ^;  mas  ni  el  elixir  de  vida,  ni  la  piedra  filosofal  hablan  ex- 


i  Dando  crédito  al  prólogo  del  Libro  de  la  ochava  Sphera,  que  equivocó 
don  Nicolás  Antonio,  y  con  él  cuantos  han  hablado  de  estas  materias,  con  el 
intitulado  de  las  Armellas,  tuvo  el  rey  por  «ayudadores  á  Maestre  Johan  de 
wMessina  et  á  Messer  Johan  de  Cremona»,  así  como  se  valió  de  Gil  de  Tebal- 
dos  Parmense.  Mas  debe  tenerse  entendido  que  estos  escritores  italianos  se 
emplearon  principalmente  en  poner  en  latin  las  obras  traídas  ya  al  lenguaje 
vulgar  por  los  rabinos  y  los  clérigos,  doctos  en  el  hebreo  y  el  árabe. 

2  Prólogo  del  Libro  de  la  Ochava  Sphera,  cód.  L.3.  de  la  Bibl.  Nacional, 
fól.  1  v. 

3  Entre  los  muchos  cultivadores  que  tuvo  desde  principios  del  siglo  la 


650  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPA?50LA. 

traviado  su  enseñanza  ni  sus  especulaciones,  libres  aun  las  pros- 
cripciones de  la  medicina  del  inílujo  de  las  estrellas,  jio  envilecida 
la  física  con  los  fantasmas  de  la  magia,  desconocidos  al  par  los 
delirios  de  la  alquimia  y  exenta  la  astronomía -de  las  aberraciones 
astrológicas.  Sólo  cuando  el  anhelo  del  saber  impulsa  al  Rey  Sa- 
bio en  todos  los  caminos,  y  deseando  recabar  para  su  patria  la 
ciencia  de  los  orientales,  manda  trasladar  al  habla  de  Castilla  los 
libros  mencionados,  comienzan  á  tener  entre  los  discretos  alg-un 
valor  las  artes  difundidas  en  las  antiguas  escuelas  cordobesas, 
bien  que  modificadas  siempre  por  la  doctrina  defendida  por  la 
Iglesia  ^  y  templadas  por  la  tradicional  de  San  Isidoro,  cuyos  res- 
petados Orígenes  enriquecían  al  propio  tiempo,  según  queda  ya 
consignado,  la  numerosa  biblioteca  española  del  rey  don  Alfonso. 
Pero  no  se  olvide  que  este  era,  y  no  otro,  el  carácter  de  los 
estudios  y  de  las  letras  bajo  los  auspicios  de  tan  magnánimo  prín- 
cipe: explorar  todos  los  campos,  recoger  en  ellos  cuantas  flores 
podían  embellecer  el  de  la  literatura  y  las  ciencias  castellanas,  to- 
mando por  instrumento  de  buena  ley  el  idioma  de  la  muchedum- 
bre..., tal  fué  el  pensamiento  que  concibe  y  realiza  en  su  largo 
reinado,  á  pesar  de  los  disturbios  que  lo  alteran,  promovidos  por 
la  ambición  y  aun  la  ignorancia  de  los  magnates,  que  ceden  al 
cabo  al  intlujo  de  la  civilización,  á  pesar  de  sus  feroces  instintos,, 
según  adelante  mostraremos  ^.  El  Oriente  y  el  Occidente  se  ha- 
blan acercado  en  el  suelo  de  España,  para  fundir  en  uno  todos 
los  tesoros  de  sus  distantes  civilizaciones;  y  penetrando  en  letras 
y  en  ciencias  aquel  espíritu  de  investigación  que  animaba  á  los 
árabes  y  habia  trascendido  á  los  hebreos,  aparecían  revestidos  de 


filosofía  aristolólica,  tal  como  se  conocía  en  las  escuelas  cristianas,  no  dche 
olvidarse  á  Pedro  Hispano,  muy  celebrado  al  mediar  aquella  centuria,  porsu 
Dialéctica  y  su  Parva  Logicalia.  Su  autoridad  fué  acatada,  tanto  dentro  como 
fuera  de  España,  durante  toda  la  edad  media. 

1  No  se  olvide  lo  dicho  en  el  capítulo  XIV  de  la  I.'*  Parte,  respecto  del 
libro  de  Virgilio  Cordobés,  traducido  al  latín  precisamente  en  la  época  del 
rey  don  Alfonso.  El  ars  notoria  no  penetró,  ni  podía  en  modo  alguno  pene- 
traren las  escuelas  cristianas,  porque  como  la  geomancia  y  nigromancia,  era 
contraria  al'dogma  católico. 

2  Véase  el  cap.  I  del  siguiente  volumen. 


II.  PARTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.   651 

singular  carácter,  aspirando,  bien  que  por  diverso  sendero,  al  fin 
de  la  enseñanza.  Adviértenlo  así  con  entera  certidumbre  los  li- 
bros simbólicos  y  los  meramente  didácticos,  no  menos  que  los 
científicos  examinados  en  el  presente  capítulo;  siendo  ya  imposi- 
ble vacilar  sobre  la  época,  el  camino  y  el  modo  cómo  se  refleja  en 
la  literatura  vulgar  de  los  españoles  la  literatura  de  los  orienta- 
les, cuya  influencia  se  limita  sin  embargo  al  círculo  de  los  más 
discretos.  Porque,  necesario  es  dejarlo  consignado  para  evitar 
nuevos  errores:  si  fué  posible  al  rey  de  Castilla  traducir  los  libros 
de  filosofía  moral,  en  una  y  otra  forma;  si  logró  otro  tanto  con 
los  científicos,  recibiendo  la  doctrina  de  ambas  fuentes  en  las  obras 
que  salen  de  su  pluma  ',  ni  la  poesía  popular,  cuya  significación 
dejamos  ya  reconocida,  ni  la  poesía  erudita,  cuyas  producciones 
quedan  ampliamente  caracterizadas,  se  resintieron  de  esa  imita- 
ción por  entonces,  conservando  su  espíritu  y  sus  formas  cristia- 
nas, como  que  no  era  cosa  tan  fácil,  ni  estaba  sujeto  á  la  volun- 
tad de  un  solo  hombre  el  cambiar  en  un  dia  el  aspecto  de  la  so- 
ciedad, de  que  tomaba  aquella  inspiración  y  vida.  Negar  que  des- 
de este  momento  comienza  á  insinuarse  en  la  poesía  castellana 
cierta  tendencia  oriental,  más  decidida  que  la  comunicada  antes 
por  los  Sagrados  Libros,  seria  no  obstante  en  nosotros  voluntario 
error,  desconociendo  la  estrecha  relación  de  las  ideas,  y  más  que 
todo  olvidando  el  comercio  de  nuestros  populares  con  las  comar- 
cas mahometanas  y  con  los  árabes  sometidos  en  las  regiones  an^ 
daluzas  al  dominio  del  cristianismo.  Análoga  influencia  se  descu- 
bre también  en  las  artes  liberales;  y  á  pesar  de  esto  no  pudiera 
asentarse  sin  doloroso  extravio  que  cedió  la  arquitectura  cristiana 


\  Notable  es  que  el  Rey  Sabio,  comparando  en  la  ley  28  del  tít.  IX  de 
la  II. '^  Partida  la  corte  de  los  reyes  al  mar,  emplee  para  perfeccionar  aquel 
símil  las  siguientes  palabras,  tomadas  ya  en  consideración  por  uno  de  los 
hombres  más  doctos  de  nuestros  dias:  ((Bien  assi  commo  los  marineros  se 
«guian  en  la  noche  escura  por  el  aguja  que  les  es  medianera  entre  la  estre- 
))lla  et  la  piedra  et  les  muestra  por  do  vayan,  también  en  los  malos  tiempos 
))como  en  los  buenos,  otrossí  los  que  han  de  ayudar  et  de  conseiar  al  rey,  se 
«deben  siempre  guiar  por  la  justicia  que  es  medianera  entre  Dios  et  el  mun- 
))do». — Al  leer  este  y  otros  pasajes  de  las  Partidas,  ¿quién  no  reconoce  el 
carácter  científico  de  la  época,  en  que  fueron  escritas? 


652  HISTORIA    CRITICA   DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

ú  la  sarracena,  ni  aun  que  inlerrnmpió  aquella  tradición  majes- 
tuosa que  une  las  catedrales  de  Uürgos  y  Toledo  con  el  magní- 
fico templo  de  Sevilla  ^ 

Mas  el  fenómeno  literario  do  mayor  bulto  que  se  liabia  operado 
en  medio  de  tantas  y  tan  colosales  empresas,  era  conforme  lleva- 
mos repetidamente  advertido,  el  prodigioso  desarrollo  de  la  prosa 
castellana.  Al  comenzar  del  siglo,  prestábase  esta  apenas  á  la 
ruda  y  desconcertada  redacción  de  los  cronicones:  bajo  el  reinado 
de  Fernando  111  ensayábase  ya  en  la  narración  bistúrica,  aspiraba 
á  servir  de  intérprete  á  la  legislación,  y  aparecía  con  cierto  ca- 
rácter didáctico,  en  los  libros  de  filosofía  moral,  imitados  de  los 
orientales:  impulsada  en  todos  tres  senderos  por  don  Alfonso, 
mostrábase  al  declinar  el  mismo  siglo,  enriquecida  de  graciosos, 
elegantes  y  pintorescos  giros,  y  haciendo  gala  al  propio  tiempo 
de  no  escasa  severidad  y  sencillez,  ofrecía  una  sintaxis  fija  y  bien 
determinada,  multiplicando  los  tesoros  de  la  dicción  con  el  egem- 
plo  de  otras  literaturas.  Las  lenguas  griega  y  latina,  hebrea  y 
árabe  concurrian  al  par  á  la  realización  de  este  hecho,  memora- 
ble en  nuestros  fastos  literarios,  perfeccionando  y  dando  flexibili- 
dad, soltura,  riqueza  y  pulcritud  ai  romance  castellano,  según  de- 
jamos ya  advertido.  Y  era  este  resultado  natural  consecuencia  de 
los  ilustrados  esfuerzos  del  rey  de  Castilla;  porque  dirigiéndose  al 
par  á  todas  las  literaturas,  para  transferir  á  la  castellana  sus 
más  preciadas  joyas,  pidiendo  á  unas  las  formas  poéticas,  deman- 
dando á  otras  las  enseñanzas  de  la  filosofia  y  de  la  moral,  y  bus- 
cando en  otras  la  tecnología  y  las  prescripciones  de  la  ciencia, 
hubo  menester  de  nuevas  y  numerosísimas  voces  para  expresar 
las  ideas  por  él  y  por  sus  ayudadores  adquiridas,  legitimándolas 


i  Respecto  de  esta  importante  observación  pueden  verse  los  capítulos  V 
y  XVI  del  Ensayo  Iñslórico  sobre  los  diversos  géneros  de  arquitectura  en  Es- 
paña, por  don  José  Caveda  (pág-s.  129  y  26S),  sin  olvidar  lo  ya  indicado  por 
nosotros  respecto  del  estilo  mudejar,  que  logra  cumplido  desarrollo  al  pro- 
pio tiempo.  Esta  dualidad  de  la  manifestación  artística,  en  arquitectura,  no 
puede  aparecer  más  conforme  con  la  que  ofrece  el  desarrollo  de  las  letras  en 
ci  suelo  español  desde  el  memorable  reinado,  cuya  influencia  en  la  historia 
de  nuestra  civilización  hemos  procurado  bosquejar  bajo  tan  varios  como  in- 
teresantes aspectos. 


11."  PAUTE,  CAP.  XII.  SEG.  TRASF.  DEL  ARTE  VULG.  ERUD.  C33 

con  el  estudio  de  !as  etimologías,  ya  comprobado,  y  harto  pere- 
grino en  verdad  á  mediados  del  siglo  XIII  ^.  Observar  debemos 
sin  embargo  que,  así  como  la  influencia  oriental,  tan  clara  y  pal- 
pable en  esta  época,  se  limita  y  circunscribe  á  los  libros  de  los 
doctos,  así  también  esta  influencia  filológica  se  refiere  principal- 
mente á  las  producciones  de  los  eruditos,  si  bien,  vinculada  ya 
en  sus  obras,  aparece  cual  legítima  herencia  de  los  escritores  vul- 
gares, que  suceden  al  Rey  Sabio  en  este  y  en  el  siguiente  siglo  ^. 
No  fué  en  efecto  estéril  para  la  literatura  nacional  el  loable 
egemplo  de  tan  ilustrado  monarca,  aunque  generalmente  se  ha 
creído  así  por  los  escritores  de  más  autoridad,  tanto  propios  como 


i  Bocaccio,  que  florece  un  siglo  después,  mostró  igual  empeño  en  el  es- 
tudio de  las  etimologías,  como  acreditan  todas  sus  obras,  y  en  especial  sus 
églogas  latinas;  pero  si  este  esclarecido  ingenio  se  preció  de  erudito  en  el 
griego  y  el  latin,  ni  él  ni  otro  alguno  de  los  varones  distinguidos  que  pro- 
ducen las  letras  italo-lalinas  poseyó  en  hebreo  y  árabe  los  conocimientos  que 
ostentó  don  Alfonso.  Sus  estudios  filológicos  fueron  el  alma  de  aquel  prodi- 
gioso desarrollo  que  recibió  de  sus  manos  la  lengua  castellana,  si  bien  no 
pueden  hoy  aceptarse,  según  ya  advertimos,  todas  sus  explicaciones  etimo- 
lógicas. El  anhelo  de  buscar  etimologias,  ocasionado  en  toda  edad  y  en  cual- 
quier estado  de  cultura  á  los  más  donosos  errores,  por  lo  mismo  que  tanto  se 
interesa  en  él  clamor  propio  y  aun  la  vanidad  personal,  no  podia  dejar  de 
ofrecer  los  mismos  peligros  en  la  época  del  Rey  Sabio.  Conveniente  juzgamos 
advertir  no  obstanle  que  se  mostró  con  frecuencia  mucho  más  acertado  en  las 
equivalencias  arábigas  y  hebreas  que  en  las  griegas  y  latinas,  lo  cual  deter- 
mina perfectamente  la  naturaleza  de  sus  esludios,  caracterizando  al  par  á  sus 
ayudadores. 

2  Que  la  lengua  arábiga  no  comunicó  desde  luego  á  la  castellana  todo  el 
caudal  de  voces  que  hoy  reconocemos,  lo  prueba  el  traductor  castellano  déla 
Divina  Commedia,  citado  antes  de  ahora,  quien  escribiendo  á  principios  del 
siglo  XV,  decia  estas  textuales  palabras:  «Ay  infinitos  uocablos  que  unos 
jmon  dizen  como  otros,  nin  los  usan  como  en  Castilla  los  asturianos  é  galle- 
))gos;  é  de  cada  parte  áy  sus  diferencias  como  del  Andaluzia  á  Castilla  la 
«Vieja,  ó  de  Toledo  á  Zamora,  donde  non  saben  qué  quiere  des'ir  alhamud 
))nin  azendoque,  nin  oatí,  nin  alboíidiga,  nin  alcuscú,  nin  otros  infinitos,  por 
«que  estos  son  nombres  moriscos»  (Bibl.  Escur.,  cód.  ij.  S.  i 3,  fól.  36  v.). 
Si  pues  en  el  siglo  XV  no  se  habia  logrado  esa  fusión  en  el  idioma  popular, 
¿cómo  es  posible  que  la  supongamos  en  el  XIIl?...  Este  irrecusable  testimo- 
nio es  de  mucho  peso  para  la  historia  de  la  lengua  castellana,  según  adver- 
timos oportunamente. 


654  HISTORIA   CRtTlCA   DE   LA    LITERATURA   ESPAÑOLA. 

extraños  *.  El  movimiento  que  imprime  ¡lias  ciencias  y  á  las  letras, 
contradicho  primero  por  la  insurrección  de  su  hijo  don  Sancho,  y 
segundado  después  con  notable  aliento  por  el  mismo  príncipe,  al 
asegurarse  en  el  trono  de  Castilla, — se  proixiga  á  las  edades  ve- 
nideras, conservando  el  carácter  que  recibe  de  manos  de  Alfon- 
so X,  quien  daba  en  los  últimos  instantes  de  su  vida  triste  y  do- 
lorosa  prueba  de  su  varonil  y  rara  elocuencia  2.  Echadas  estaban 
pues  las  vividoras  semillas;  recogido  en  parte  el  fruto  de  tantos  y 
tan  meritorios  desvelos,  y  conquistado  por  el  nieto  de  doña  Ce- 
renguela  el  más  envidiable  de  los  laureles.  Su  principal,  su  más 
constante  anhelo  se  habia  cifrado  en  labrar  la  cultura  de  sus  na- 
turales y  vasallos:  los  medios,  en  cuanto  atañe  á  la  liistoria  de 
las  letras  patrias,  quedan  ya  detenidamente  reconocidos:  los. efec- 
tos, producidos  en  la  sociedad  y  en  las  mismas  letras,  ofreciendo 
larga  materia  de  estudio ,  serán  considerados  y  quilatados  por 
nosotros  en  el  siguiente  volumen. 


1  Véase  el  tomo  siguiente,  donde  explanaremos  esta  importante  idea. 

2  Aludimos  al  testamento,  que  ofrecepasajes  escritos  con  tanta  vehemen- 
cia como  melancolia,  sobre  todo  en  lo  relativo  á  la  maldición  de  don  San- 
cho.— El  P.  Sarmiento  indica  que  el  rey  don  Alfonso  escribió  en  los  últimos 
instantes  de  su  vida  una  Vision  que  tuvo  en  Sevilla  en  12  de  abril  de  1284,  y 
sospecha  que  tal  vez  sea  la  de  la  cueva  de  S.  Patricio,  de  que  habló  en  el  Sep- 
tenario (núm  659  de  sus  Memorias).  Declarando  que  existia  en  la  Biblioteca 
Nacional,  según  le  comunicó  don  Juan  Iriarle,  hemos  buscado  en  vano  esta 
producción  y  el  códice  que  la  encierra;  pero  si  no  nos  es  dado  dar  razón  de 
ella,  podemos  asegurar  que  no  tiene  que  ver  nada  con  la  Vision  de  S.  Patri- 
cio: el  Septenario  se  escribió  sobre  treinta  años  antes  que  la  Vision  citada  por 
Sarmiento,  si  en  realidad  existe. 


ILUSTRACIONES. 


í. 

SOBRE  EL  POEMA  DE  LOS  REYES  MAGOS, 

conservado  en  la  Biblioteca  Toletana. 


iVlanifestamos  oportunamente,  al  dar  cuenta  de  este  singular  mo- 
numento en  la  exposición  histórica  (cap.  I,  págs.  17,  24  y  siguien- 
tes) que  era  uno  de  los  más  antiguos  poemas,  escritos  en  lengua 
vulgar,  de  cuantos  han  llegado  á  los  tiempos  modernos.  Indicamos 
al  propio  tiempo  la  idea  de  que  pudo  ser  una  de  aquellas  represen- 
taciones litúrgicas,  con  que  la  Iglesia  atendía  desde  siglos  anterio- 
res á  tener  despierto  en  los  fieles  el  sentimiento  religioso;  y  esta  in- 
dicación merece  llamar  algún  tanto  la  atención  de  los  lectores,  por 
la  misma  razón  de  aparecer  tan  peregrino  misterio  en  el  idioma  del 
vulgo. 

Que  se  halla  animado  de  intención  dramática,  no  puede  ponerse 
en  tela  de  juicio  por  cuantos  hayan  leido  la  exposición  que  en  el  ca- 
pítulo I  del  presente  volumen  dejamos  hecha:  nada  hay  en  efecto 
en  todo  lo  conservado  de  dicho  monumento  que  revele  la  interven- 
ción del  autor,  como  en  los  poemas  narrativos:  la  forma  expositiva 
es  puramente  la  del  diálogo;  y  en  tal  manera  aparece  este  dividido 


636  HISTOIIIA    CRITICA    DE    LA    LITERATUIU    ESPAÑOLA. 

por  signos  exteriores,  aun  dada  la  rudeza  de  la  copia  (de  que  ofrece 
cumplida  idea  el  facsímile  que  acompañamos)  que  el  docto  don  Fe- 
lipe Fernandez  Vallejo,  en  sus  Memorias  y  disertaciones  sobre  la 
Iglesia  de  Toledo,  escribía  al  mencionar  dicho  poema  estas  notables 
palabras: — «Si  fuesen  de  fácil  reducción  á  la  imprenta  los  puntos, 
))señales,  círculos,  semicírculos  y  cruces  que  tiene  en  el  original,  se 
«percibiría  desde  luego  la  divarsidad  de  interlocutores  ó  personas 
«que  forman  el  diálogo,  la  diferencia  de  scenas  y  las  advertencias  de 
»inílexiones  de  voz  y  actitudes  de  cuerpo  que  señala:  téngola  (añade) 
«por  una  de  las  representaciones  poéticas  del  templo  de  las  más  an- 
«tiguas  de  nuestra  nación,»  etc.  (Disert.  VI,  Sobre  las  Representa- 
y>ciones  poélicas  en  el  Templo,  etc.). 

No  hemos  descubierto  nosotros  en  el  Ms.  original,  que  examina- 
mos ya  en  184o  y  copiamos  en  1849,  según  en  su  lugar  adverti- 
mos, tantos  signos  como  juzgó  ver  el  diligente  arzobispo  de  San- 
tiago: la  división  de  las  escenas,  deterrhinada  por  medio  de  cruces 
y  puntos  agrupados  en  la  forma  que  señalamos  al  reproducir  tan 
raro  poema,  es  innegable;  y  teniendo  muy  presente  la  declaración 
hecha  por  San  Isidoro,  al  tratar  De  Nolis  sententiarum ,  respecto 
de  las  que  se  empleaban  en  su  tiempo  para  separar  el  diálogo  de 
comedias  y  tragedias,  conforme  vimos  en  su  día  (tom.  I,  cap.  X, 
pág.  444);  considerando  la  influencia  que  alcanza  en  toda  la  edad 
media  la  obra  inmortal  de  las  Etimologías,  siendo  el  libro  maestro 
de  las  escuelas  clericales,  no  es  por  cierto  maravilla  que  en  un  mis- 
terio 6  representación  litúrgica  del  siglo  XII  se  hallen  indubitables 
vestigios  de  aquella  tradición  literaria,  si  bien  sustituida  la  figura 
del  diple  tó6£>,c;ij.£V7]  de  los  antiguos  por  las  cruces  indicadas.  Mos- 
traba, sin  embargo,  esta  variación  meramente  formal,  la  naturaleza 
especial  de  la  obra  dramática,  que  bajo  las  alas  de  la  Iglesia  y  para 
ilustración  de  la  muchedumbre,  pretendía  servir  de  intérprete  á  uno 
de  los  más  grandes  misterios  del  cristianismo:  por  manera  que  lejos 
de  ser  contradictoria  del  hecho,  consignado  por  San  Isidoro  en  sus 
Orígenes,  venia  á  demostrar  que  adoptado  el  uso  de  las  notas  pa- 
leográficas,  para  determinar  la  división  de  las  escenas,  por  los  nue- 
vos cultivadores  del  arte  dramática,  sometida  á  aquella  nueva  ley 
de  vida,  no  desdeñaban  estos  la  enseñanza  de  otras  edades,  como  no 
la  desdeñaron  tampoco  los  demás  poetas  vulgares,  al  adoptar  para 
sus  producciones  la  lengua  hablada  por  el  pueblo. 

Ni  son  indiferentes  estas  observaciones  para  confirmar  la  antigüe- 
dad de  tan  peregrino  monumento.  Sobre  advertirnos  efectivamente 


PARTE    II.*   ILUSTRACIONES.  657 

de  que  es  sin  duda  una  de  las  primeras  representaciones,  en  que  se 
refleja  aquella  tradición,  aserto  que  recibe  no  poca  fuerza  del  estado 
en  que  aparecen  en  ella  las  formas  artísticas  {metro  y  rima),  es  muy 
digno  de  repararse  que  destinada  á  labrar  cierta  enseñanza  en  el  áni- 
mo de  la  muchedumbre,  adquiere  bajo  este  concepto  singular  esti- 
mación, como  obra  de  la  poesía  popular,  condición  que  cuadra  por 
excelencia  ala  poesía  dramática.  Ruda,  inexperta,  ingenua  y  hasta 
pueril  aparece  esta  en  la  representación  de  los  Reyes  Magos:  no 
de  otra  manera  debía  ser  en  verdad,  para  interpretar  los  sentimien- 
tos populares  del  siglo  XÍI,  y  sólo  á  este  título  podría  hoy  merecer 
la  consideración  de  quien  anhele  sorprender,  bajo  aquella  rusticidad 
de  las  formas,  el  espíritu  de  tan  apartadas  generaciones. 

La  representación  de  los  Reyes  Magos,  salvada  de  ía  oscuridad 
de  los  tiempos,  como  indicamos  ya,  merced  al  feliz  cuanto  fortuito 
empeño  manifestado  por  el  que  la  traslada  á  las  hojas  sobrantes  del 
códice  bíblico  de  Pedro  de  Riga,  es  pues  en  varios  conceptos  digna 
de  la  crítica;  convencimiento  que  sobre  habernos  movido  á  darla  á 
conocer  en  el  capítulo  citado  arriba,  nos  lleva  á  trasladarla  á  es- 
te lugar,  tal  como  ha  llegado  á  nuestros  dias.  No  juzgamos  ne- 
cesario insistir  en  las  razones  que  nos  han  obligado  á  escribir  los 
versos  en  la  forma  que  á  continuación  aparecen,  conocida  ya  de  los 
lectores  la  única  teoría  que  sobre  este  punto  se  conforma  con  la 
historia.  Escrito  el  poema,  cual  prosa,  por  el  que  acertó  á  resca- 
tarlo de  perpetuo  olvido,  no  hay  para  qué  decir  tampoco  que  mu- 
chos versos  se  ofrecen  ya  trastrocados  y  aun  faltos  de  alguno  de  sus 
hemistiquios.  Algunas  de  estas  imperfecciones  hemos  suplido,  guia- 
dos de  la  mucha  práctica  en  la  lectura  de  este  linaje  de  monumen- 
tos: otras  nos  han  parecido  de  tal  naturaleza  que  habría  peligro  en 
remediarlas,  decidiéndonos  por  tanto  á  guardar  toda  fidelidad,  á  fin 
de  conservar  su  especial  carácter  al  Ms. — Como  quiera,  su  antigüe- 
dad, su  significación  en  la  historia  de  las  letras  patrias,  cualquiera 
que  sea  el  punto  de  vista  en  que  nos  coloquemos  al  examinarlo,  y 
lo  peregrino  de  su  trasmisión  á  nuestros  dias,  son  todas  razones  que 
nos  han  decidido  á  publicarlo,  como  no  indiferente  ilustración  de 
nuestra  Historia  critica.  Lástima  que  el  cansancio  del  trasladador, 
ó  su  falta  de  memoria  no  le  consintiera  fijarlo  todo  por  medio  de  la 
escritura.  Hé  aquí  pues  el  ya  citado  poema: 


TOMO  m.  42 


CüS  llISTOniA    CnlTir.A    he    la    LITF.nATlIRA    ESI'AÑOLA. 

LOS  REYES  MAGOS. 
(Hibliotcca  Toletana,  cap.  6,  n.°  8.) 

©    f    Deus  criador,  qual  marauela  .  non  se  qual  es  acliesta  strela. 
Agora  primas  la  ó  veida  .  poco  tiempo  á  ques  nacida. 
Nacido  es  el  Criador  ques  de  las  gentes  Sénior. 
Non  es  vertat  nin  se  que  digo  .  todo  esto  non  val  un  figo. 
5    Otra  nocte  me  lo  catare  .  si  es  uertad  bien  lo  sabré. 
Bien  es  rertat  lo  que  ¡o  digo  .  en  todo,  en  todo  lo  profijo. 
Nin  pued  ser  otra  senial  ;  acliesto  es  et  non  es  Ci], 
Nacido  es  Deus  por  ves  .  de  fenbra,  en  acheste  mes 
De  decembre;  ala  iré  .  o  que  fure  adóralo  é. 
iO    Por  Deus  de  todos  lo  terne. 

:f :    Esta  strela  non  se  do  uiene  .  quien  la  trae  nin  qui  la  tiene. 
Por  qué  es  aquesta  sennal?  En  meos  dias  non  vi  atal. 
Certas  nacido  es  en  tierra  aquel  qui  en  pace  et  en  guerra 
Sénior  á  á  seer  da  oriente  de  todos  bata  in  ociidente. 
13    Por  tres  noctes  me  lo  ueré  .  et  mas  de  uero  so  sabré  - ".  • 
En  todo  en  todo  es  nacido,  non  se  si  algo  é  veido. 
Iré,  lo  aoraré,  et  pregare  et  rogaré 
Eu  al  criador....  atal  facinda.... 
Fu  nunquas  alguandre  talada  ó  en  scriptura  trobada. 
20    Tal  estrela  non  es  in  celo  desto  so  jo  bono  strellero 
Bien  lo  veio  sine  scarne,  uno  home  es  nacido  de  carne. 
Ques  sénior  de  tod'el  mondo,  asi  como  el  cielo  es  rredondo. 
De  todas  yenles  Sénior  será  et  todo  seglo  vigará. 

Es  nascudo  que  uerlat  es 

2o    Uerlo  é  otra  vegada  si  es  uertad  ó  si  es  nada. 
Nacido  es  el  criador,  de  todas  las  gentes  major. 
Bien  lo  veio  ques  uertat,  iré  ala  por  caridat. 
•}•    Deus  uos  salve,  sennor:  sodes  uos  strelero? 
Emoslradme  la  uertad;  de  vos  sábelo  quiero. 


30    Nacido  es  el  Criador,  que  de  la  yentes  es  Sénior 

Iré,  lo  aoraré,  jo  otrosi  rogaré. 

Séniores  h  mañana  quiero  andar: 

Querédes  yr  conmigo  al  Criador  rogar? 

Auedeslo  veido?.  Jo  lo  ui  [siiie  dubdar] 
3o    t    Nos  ymos  otro  si,  sil'  podremos  falar: 

•}•    Andemos  tras  el  strela  ,  veremos  el  logar. 

—  Cuerno  podremos  prouar  1  si  es  borne  mortal, 
O  si  es  rrey  de  tierra  ó  si  es  celestial!.. 

—  Querédes  bien  saber  cuerno  lo  saberemos? 


PARTE   H.     ILUSTRACIONES  i  659 

40    Oro  ,  mirra  é  acenso  (sic)  á  el  ofreceremos. 

Si  fure  rey  de  tierra,  el  oro  querrá 

Si  fure  orne  mortal,  la  mirra  tomará, 

Si  rey  celestial,  estos  los  dexará; 

Tomará  el  encenso  quel  pertenecerá. 
45    •  i  •    Andemos  á  asil'  íagamos  [logo  sine  tardar]. 

—  Sáluete  el  Criador  Deus  et  te  curie  de  mal: 
Vn  poco  te  dineremos  ,  ante  queremos  ál. 
Deus  te  dé  longa  vita  et  te  curie  de  mal. 

— Ymos  en  romería  á  aquel  rey  á  adorar 
SO    Ques  nacido  intra  térra,  nol'  podemos  fallar, 

■':'• — Qué  decides?  oydes?  ¿A  quin  ides  buscar? 

De  quál  tierra  venides?  ¿ó  queredes  andar? 

Decitme  vostros  nombres,  nom'  los  querades  celar. 

•f- A  mi  disen  Gaspar, 

58    Estotro  Melchior  ad  acheste  Baltasar. 

Rey  unic  es  nacido  ques  Sénior  de  tierra, 

Que  mandará  el  sedo  en  gran  pace  sines  guerra. 

—  Es  asi  por  uertad? — Si  es,  Rey,  por  caridat. 

—  Et  cuerno  lo  sabedes  et  aprovado  lo  avedes? 

GO    —  Rei,  uertad  te  dizremos,  que  prouado  lo  avemos. 

—  Esto  es  grant  marauila.  f  Una  strela  es  nacida. 
Senial  face  ques  nacido  e  in  carne  humana  uenido. 

—  Quánto  ía  que  la  uistes  et  que  lapercebistes 

—  XIII  dias  á  é  mais  non  auerá 

65    Que  la  auemos  ueida  et  bien  apercebida. 

— Pus  andat  y  e  buscat  é  á  él  adorad: 

E  por  aqui  tornad: 

Jo  ala  yré  é  adóralo  é. 

t    Qui  vio  nunquas  tal  mal  sobre  mi  otro  tai? 
70    Aun  non  so  io  morto  |  nin  só  la  tierra  posto, 

Rei  otro  sobre  mi!.  Nunquas  atal  non  ui. 

El  seglo  ía  acaga  :  ja  non  se  que  me  faga. 

Por  uertat  non  lo  creo  ata  quejo  lo  ueo. 

Uenga  mió  majordoma  qui  mios  aueres  toma. 
75    Itme  por  mios  abades  et  por  mis  podestades 

Et  por  mios  screuanos  et  por  mios  gramatgos, 

Et  por  mios  strelleros  é  por  mios  retóricos: 

Desirman  la  uertat,  si  jace  y  scripto, 

O  si  lo  saben  elos  o  si  lo  han  sabido. 
80    ■ ;  -    Rey,  qualque  te  place?  henos  aqui  venidos 

—  Y  traedes  nostros  scriptos?. 

—  Rei,  si  traemos  los  meiores  que  nos  auemos. 
Pus  catat  et  decidme  la  uertad. 


fifiO  HISTORIA    CRITICA    RE    LA    LITERATURA    ESPASOLA. 

Si  es  aquel  omrae  nacido  que  estos  tres  rees  man  dicho. 
S3    Di,  Rabi  la  uertad,  si  tú  lo  as  sabido. 

—  Por  uertat  vos  lo  digo  que  non  es  en  scripto. 

—  Hamihalá  ¿cuerno  eres  enartado!. 
Porque  eres  Rabi  clamado? 

Non  entendtís  las  prophesias,  las  que  nos  dio  leremías. 
90    — Por  mi  lei  nos  somos  errados,  porque  non  somos  acordados, 
Por  que  non  deximos  vertat,  jo  non  la  sé  por  caridat, 
Por  que  non  la  aueinos  usada,  nin  en  nuestras  bocas  es  falada.. 


II. 

SOBRE  LA  ESTORIA  DE  LOS  GODOS  DEL  ARZOBISPO  DON  RODRIGO. 

1. 

Hemos  procurado  dar  á  conocer  en  lugar  oportuno  (cap.  VIII, 
pág.  4:21)  el  códice  original  de  la  Estoria  de  los  godos  existente  en 
la  Biblioteca  Toletana,  caracterizándolo  en  lo  posible  bajo  el  aspec- 
to paleográfico,  al  propio  tiempo  que  examinábamos  diclia  Estoria, 
literariamente  considerada.  Las  pruebas  alegadas  en  el  indicado  ca- 
pitulo Vm,  para  demostrar  que  era  esta  la  historia  castellana,  tan- 
tas veces  atribuida  vagamente  al  arzobispo  don  Rodrigo,  no  con- 
sienten, en  nuestro  sentir,  duda  alguna,  quilatadas  maduramente 
las  razonesen  que  se  fundan.  Prometimos  allí  no  obstante  (pág.  423, 
nota),  en  gracia  de  la  novedad  é  importancia  de  la  investigación, 
consagrar  á  este  punto  la  Ilustración  presente;  y  para  desempeñar 
cumplidamente  nuestra  palabra,  ningún  medio  más  eficaz  que  ex- 
poner ahora  el  Índice  de  los  capítulos  de  la  Estoria  de  los  godos^ 
en  cuadro  comparativo  con  los  de  la  Historia  golhica  y  la  prime- 
ra versión  que  de  esta  se  hace  el  cuarto  año  del  reinado  de  don 
Alfonso  X  (1256). 

Antes  añadiremos  sin  embargo  una  observación  de  extraordina- 
rio peso  respecto  de  la  época  en  que  hubo  de  escribirse  la  mencio- 
nada Estoria  de  los  godos.  Del  examen  de  sus  capítulos,  resulta 
que  trata  el  último  (que  es  el  CIV)  de  la  toma  ó  prisión  de  Cór- 
doua,  acaecida  en  1236:  en  el  texto  latino  se  añaden  á  este  dos  ca- 
pítulos que  tratan  De  reslauratione  et  dote  Ecclesiae  cordiibensis, 
etc.,  y  De  tradiictione  secundae  uxoris  reginae  loannae  y  lo  mismo 
vemos  en  la  versión  de  1256.  El  arzobispo,  narradas  las  segundas 


PARTE  II*   ILUSTRACIONES.  661 

nupcias  de  San  Femando,  que  se  celebraron  en  1237,  y  dada  razón 
de  la  nueva  prole  que  el  rey  tuvo  en  doña  Juana  (los  infantes  don 
Fernando,  doña  Leonor  y  don  Luis),  manifiesta  que  puso  fin  á  la 
Historia  góthica  en  1245.  Ahora  bien:  si  la  Estoria  de  los  Reyes 
godos,  tal  como  se  conserva  en  la  Biblioteca  Toletana,  hubiera  si- 
do una  traducción  de  la  latina,  ¿cómo  se  habrian  omitido  esos  ca- 
pítulos y  esos  hechos  que  completaban  la  narración  del  "arzobis- 
po?... ¿Cómo  escrita  ó  extractada  después  por  otro  cronista,  hubie- 
ra este  prescindido  de  aquellos  acaecimientos,  á  los  cuales  ponia 
don  Rodrigo  digna  corona,  mencionando  la  rendición  de  Ecija,  Al- 
modovar,  Luque,  Lucena,  Estepa  y  otras  muchas  ciudades,  villas, 
castillos  y  fortalezas  que  constituían  el  antiguo  reino  de  Córdoba?. . . 
Cierto  es,  como  hemos  ya  advertido  en  la  exposición  histórica,  que 
al  final  de  la  Estoria  de  los  Reyes  godos  se  declara  que  el  arzobis- 
po puso  fin  á  su  libro  en  1243;  pero  en  lugar  de  hablar  en  la  indi- 
cada nota  el  mismo  autor,  como  sucede  en  la  historia  latina,  di- 
ciendo: IIoc  opiisculiim,  ut  scivi  et  polui,  consumavi,  se  declara  que 
fata  allí  escripso  el  arzobispo  don  Rodrigo  (págs.  420  y  421),  lo 
cual  nos  induce  á  creer  que  dicha  nota  fué  puesta  por  el  copiante, 
con  noticia  de  ia  latina,  y  no  por  el  arzobispo,  que  no  tenia  motivo 
para  variar  de  lenguaje,  cuando  en  el  prólogo,  distinto  del  latino, 
había  hablado  en  primera  persona.  ¿Pudiera  en  vista  de  todo  supo- 
nerse que  la  Estoria  de  los  Reyes  godos  fué  compuesta  en  el  inter- 
medio de  1236  á  1243,  en  que  se  acabó  la  Historia  góthica'!...  La 
afirmativa  no  seria  muy  aventurada  en  nuestro  concepto,  dadas  las 
circunstancias  indicadas,  y  teniendo  sobre  todo  muy  preséntela  di- 
ferencia que  existe  entre  una  y  otra  redacción,  si  bien  ambas  apa- 
recen animadas  de  un  mismo  espíritu  y  conspiran  á  un  mismo  ob- 
jeto. 

A  nuestros  lectores  toca  pues  pronunciar  el  fallo  decisivo,  dado 
el  examen  comparativo  de  los  índices  que  á  continuación  coloca- 
mos, y  ponderadas  maduramente  las  razones  expuestas.  La  Historia 
Góthica  del  digno  prelado,  á  quien  tanto  debió  la  civilización  espa- 
ñola, como  libro  que  recordaba  hasta  en  el  título  los  ensayos  histó- 
ricos del  grande  Isidoro  (págs.  568  y  siguientes  del  tomo  I),  y  obra 
destinada  á  servir  de  estímulo  y  modelo  á  los  cronistas  de  los  si- 
glos XIII  y  XIV,  logrando  no  escasa^autoridad  en  los  futuros,  mere- 
cía en  verdad  toda  consideración  y  cuidado  por  nuestra  parte,  dán- 
donos por  contentos,  si  logramos  que  nuestros  lectores  formen  cabal 
juicio  de  la  m'isma,  por  medio  de  nuestro  estudio. 


662 


HISTORIA    CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 


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668  HISTORIA   CRITICA    DE   LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 


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PARTE   II.     ILUSTRACIONES,  «73 

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SOBRE  EL  LIBRO  POÉTICO  DEL  TESORO,  ATRIBUIDO  AL  REY  SABIO. 

Digno  es  por  cierto  de  tenerse  muy  en  cuenta  que  mientras  el 
docto  Moratin,  confundiendo  bajo  un  mismo  anatema  este  del  Te- 
soro y  el  Libro  de  las  Querellas,  los  conceptúa  escritos  dos  siglos 
adelante,  tanto  por  el  estado  de  la  lengua,  como  por  el  de  la  metri- 
ticacion  castellana  {Origines  del  teatro  español,  pág.  i5,  nota),  ape- 
nas hay  un  crítico,  ya  nacional  ya  extranjero,  que  no  hable  de  este 
singular  poema  del  Tesoro  como  de  obra  del  Rey  Sabio;  y  no  sola- 
mente le  atribuyen  dicha  producción  poética  sobre  la  alquimia,  si- 
no que,  colocado  ya  don  Alfonso  entre  los  trasmutadores  de  meta- 
les, le  adjudican  asimismo  otro  libro,  á  que  dan  título  de  Canda- 
do, dejándose  llevar  más  de  lo  justo  de  las  palabras  de  Ortiz  de  Zú- 
ñiga,  citadas  y  aun  explicadas  por  Sánchez  en  su  Colección  de  poe- 
sías castellanas  (Zúñiga,  Alíales  civiles  y  eclesiásticos  de  Sevilla^ 
año  díí84 — ;  S:mchez,  tomo  I,  pág.  lo2).  Así  cunden  pues,  se  ar- 
raigan y  perpetúan  los  errores,  siendo  por  extremo  difícil  erradicar- 
los, una  vez  hechos  patrimonio  de  los  doctos. 

Pero  que  el  Libro  del  Tesoro,  á  que  ahora  nos  referimos,  tratan- 
do de  la  llamada  piedra  filosofal  ó  trasmutación  de  los  metales  en 
oro,  no  pudo  ser  obra  del  Rey  Sabio,  lo  dejamos  plenamente  pro- 
bado con  la  simple  exposición  de  lo  que  don  Alfonso  creyó  y  dijo 
(le  los  alquimistas  en  el  código  inmortal  de  las  Partidas;  y  lo  con- 
firman hasta  la  evidencia  los  groseros  errores  cometidos  por  quien, 
haciendo  mercancía  de  la  propia  astucia  y  de  la  ajena  creduli- 
dad, no  vaciló  en  cargar  al  hijo  de  San  Fernando  culpas  y  peca- 
dos que  tan  hidalga  y  discretamente  había  condenado  el  mismo 
rey. — Parto  de  una  época,  en  que  padecieron  notables  varones  de 
la  dolencia  de  los  alquimistas,  no  se  equivocó  en  verdad  Moratin, 
al  juzgar  que  el  Libro  del  Tesoro  pertenecía  al  siglo  XV,  pues  que 
nadie  como  el  arzobispo  don  Alfonso  Carrillo  acogió  y  premió  este 
linaje  de  embaydores,  quienes  asiéndose  del  nombre  de  don  Enri- 
que de  Aragón  ó  de  Villena,  no  escrupulizaron  tampoco  el  man- 
char su  fama  con  la  sospecha  de  que  había  aparecido  entre  sus  li- 
bros el  poema,  de  que  tratamos. 
En  el  texto  y  notas  del  capítulo  X  queda  manifestado  cuanto,  en 


PARTE    II.*   ILUSTRACIONES.  679 

nuestro  juicio,  conviene  saber  para  rechazar  esta  doble  superche- 
ria,  que  por  ser  engendrada  de  falaz  codicia,  merece  ser  duramen- 
te condenada,  pues  el  Libro  del  Tesoro  no  es  simple  fruto  de  un 
capricho  literario.  No  nos  adelantaremos  nosotros  hasta  declararlo 
indudable  hechura  de  aquel  desventurado  Alarcon,  á  quien  retrata 
de  mano  maestra  Alfonso  de  Falencia  en  sus  Décadas  latinas,  y 
que  salió  á  la  vergüenza  en  la  plaza  de  Zocodover  de  Toledo,  para 
ver  trocadas  en  trágicas  veras  sus  lucrativas  burlas,  cayendo  su 
desdichada  cabeza  al  golpe  del  verdugo  en  una  espuerta  de  paja; 
pero  dado  que  sus  engaños  le  pusieran  en  trance  tal  y  que  fuera 
tan  fecunda  su  inventiva,  no  habria  repugnancia  en  tenerle  por 
amparador,  ya  que  no  por  legítimo  padre  de  aquel  engendro.  Co- 
mo quiera,  conocidos  estos  hechos,  estudiado  con  la  madurez  de- 
bida el  Libro  del  Tesoro,  ya  respecto  del  asunto  rechazado  por  el 
Rey  Sabio,  como  indigno  de  todo  hombre  entendido,  ya  respec- 
to de  los  accidentes  históricos,  torpemente  barajados  en  el  prólogo 
y  en  la  suscripción  final,  ya  en  fin,  respecto  del  estilo  y  del  len- 
guaje, poco  acomodado  el  primero  á  cuanto  en  el  siglo  XIII  se  es- 
cribe, y  cargado  el  segundo  de  voces  modernas  ó  desmañadamente 
salpicado  de  palabras  gallegas,  como  para  autorizar  con  ellas  aquel 
pobre  remedo,  no  hay  conciencia  literaria  que  haga  al  nieto  de  doña 
Berenguela  responsable  de  semejante  libro,  que  no  fué  por  cierto  el 
único  destinado  á  extraviar  la  credulidad  pública  á  fines  del  siglo 
XV  y  á  principios  del  siglo  XVI. 

Don  Tomás  Antonio  Sánchez  cita  en  efecto  la  primera  estrofa  de 
otro  poema  sobre  la  llamada  piedra  filosofal,  de  que  pareció  hacer 
mérito  el  diligente  Sarmiento  en  sus  Memorias:  apuntó  el  colector 
de  las  Poesías  Castellanas  que  eran  las  veintisiete  octavas  de  que 
aquel  se  componía,  «muy  semejantes  en  el  estilo  á  las  del  Libro 
del  Tesoro-»  y  manifestó  que  se  hallaban  entre  las  obras  del  bolo- 
nes Leonardo  Fioravanti  dedicadas  en  1581  á  Felipe  II,  sospechan- 
do si  pudieran  formar  la  segunda  parte  del  expresado  Libro  del  Te- 
soro (Notas  al  tomo  I,  pág.  164).  La  solución  á  las  dudas  de  este  en- 
tendido investigador  puede  ya  felizmente  darse.  El  poema  sobre  la 
piedra  filosofal  que  insertó  Fioravanti  entre  sus  obras,  desfigurando 
el  lenguaje,  era  fruto  de  un  Luis  Centellas  que  vive  en  el  último  ter- 
cio del  siglo  XV  y  primera  mitad  del  XVI,  y  sus  versos  del  todo  di- 
ferentes de  lo  que  pudiera  llamarse  segunda  parte  del  Libro  del  Te- 
soro. 

De  lo  primero  atestigua  el  códice  L.    112  de  la  Biblioteca  Na- 


C80  HISTORIA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

oional.  (loiiíio  al  fijlio  447,  bajo  el  epígrafe  de  Coplas  de  Luis  de 
(Jentellas  sobre  la  piedra  phiíosoplial,  hallamos  hasta  veintiocho 
octavas  de  arte  mayor,  que  tratan  de  la  famosa  trasmutación  de 
los  metales  en  oro.  La  primera  dice  asi: 

Toma  la  dama  que  mora  en  el  cielo 
ques  hija  del  sol,  sin  duda  ninguna, 
y  aquesta  prepara  en  baño  de  luna, 
(lo  lave  su  cara  de  su  negro  velo. 
Después,  si  pudieres,  al  sol  y  al  hielo 
en  el  mismo  banno  la  tenga  (5ic)  en  prisión 
hasta  que  purgada  de  su  imperfection, 
nos  sea  lucera  acá  en  este  suelo. 

La  XXVIII  y  última  está  concebida  en  estos  términos: 

No  quiero  me  culpes  en  lo  que  he  fablado, 
pues  cierto  te  digo  que  es  cierta  verdad 
ni  en  estos  mis  versos  no  ay  contrariedad 
ni,  como  los  otros,  lo  digo  doblado: 
procura  entender  con  mucho  cuydado 
el  vaso  y  materias,  en  que  se  ha  de  obrar 
y  no  lo  haciendo,  tú  te  as  de  engañar, 
y  te  hallarás  del  todo  burlado. 

Como  se  vé,  el  autor,  que  termina  su  libro,  escribiendo  solemne- 
mente: Fmís  veritatis,  queria  ser  creído  por  su  palabra,  pues  que 
lio  hablaba  ccn  doblez  como  los  oíros  que  habían  tratado  de  igual 
materia. 

De  lo  segundo  dá  razón  el  mismo  Libro  del  Tesoro,  tal  como  lo 
insertamos  á  continuación,  compuesto  no  ya  de  las  doce  coplas  que 
publicó  Sánchez  (ubi  supra,  págs.  iol  y  siguientes),  sino  de  cua- 
renta y  seis;  número  que  no  se  conforma  con  el  de  las  octavas  ci- 
fradas que  ofrece  el  Ms.  de  la  Biblioteca  Nacional,  excediéndolas, 
como  excede  de  cuanto  hasta  ahora  se  conocía  del  referido  poema. 
Hallámosle  felizmente  el  año  de  1839  en  manos  del  muy  erudito 
don  Manuel  Maria  del  Mármol,  quien  lo  donó  en  31  de  enero 
de  1840  á  la  K(;al  Academia  Sevillana  de  Buenas  Letras,  de  que 
era  á  la  sazón  director:  consta  el  Ms.  de  76  fojas;  es  un  cuaderno 
en  4.°  de  letra  al  parecer  del  último  siglo,  y  entre  algunos  ex- 
tractos de  libros  de  abjuímia,  recogidos  bajo  el  pseudónimo  de  He- 
lianlo  Torodonijaco,  encierra  el  libro  tantas  veces  atribuido  al  Rey 
don  Alfonso.  Si  el  entendido  Sánchez  hubiera  logrado  este  Ms., 
es  indudable  que  hubiese  planteado  la  cuestión  crítica  en  muy  di- 


PARTE    II.      ILUSTRACIONES.  681 

verso  terreno,  y  que  ilustrado  este  punto  con  la  claridad  que  otros 
por  él  tocados,  no  habrían  caido  en  la  tentación  de  seguir  adjudi- 
cando al  Rey  Sabio  este  poema,  que  no  vacilamos  en  calificar  de 
apócrifo,  muy  doctos  críticos  extranjeros."  Hé  aquí  ya  el 

LIBRO  DEL  TESORO. 

Tratado  del  Tesoro,  llamado  por  su  difícil  inteligencia  el  Candado, 
que  escribió  el  Rey  don  Alonso  el  Sabio. 


Fecho  por  mi,  don  Alonso  Rey  de  España,  que  he  sido  Emperador,  por- 
que aealando  en  como  después  de  las  garandes  misericordias  quel  Señor 
Dios  me  tiene  fechas,  e  que  la  mayor  fue  darme  el  saber  de  la  su  sancta  fe, 
é  el  de  las  cosas  naturales,  é  después  del  Reyno  de  mis  padres,  para  me- 
jor lo  sostener,  quiso  darme  el  alto  bien  é  aver  de  la  piedra  de  los  filósofos, 
ca  yo  non  la  buscaba.  Por  lo  cual  fallándome  tenudode  le  servir,  fiz  algu- 
nos fechos  de  caridad  con  las  sus  riquezas.  E  maguer  sea  dicho  en  los  libros 
de  los  sabios,  ca  el  orne  que  oculta  el  tesoro  non  face  de  caridad,  bien  que 
yo  non  sea  menguado  desta,  quise  ocultar  este  ca  non  fuese  entendido  salvo 
de  om.e bueno  é  sabio  ■(ca  non  ser  puede  la  sabiduría  sin  la  bondad,  como  lo 
dixo  Salomón)  porque  yo  dixe,  ca  seyendo  común  llegarla  á  las  manos  de 
los  omes  non  buenos.  E  para  que  sepades  en  como  fui  sabidor  deste  alto  sa- 
ber, yo  vos  lo  diré  en  trovas.  Ca  sabed  que  el  verso  face  excelentes,  é  mas 
bien  oydos  los  casos,  ca  sabemos  en  como  Dios  dellos  asaz  le  place,  ca  asi 
lo  fizo  el  Rey  David  en  el  su  salterio.  Yo  fui  sabido  en  este  gran  tesoro  en 
poridad  é  lo  fiz,  é  con  él  aumenté  el  mi  aver,  é  non  cuydeis,  ca  si  vos  su- 
pieredes  la  su  cifra,  fallareis  el  fecho  de  la  verdad  bien  esplanado,  ansi  en 
como  yo  lo  supe  del  mi  maestro  á  quien  siempre  calé  cortesía,  ca  non  sera 
justo  reprochar  al  maestro,  si  la  su  doctrina  non  es  de  honrra  é  pro.  En  ei 
nombre  de  Dios  fago  principio  á  la  obra. 

AVE  MARIA,  ETC. 
i. 

Llegada  la  fama  á  los  mis  oídos, 
que  en  tierra  de  Egipto  un  sabio  vivía 
con  tanto  saber  que  facer  podía 
presentes  los  casos  que  no  eran  venidos. 
Los  astros  juzgara,  ca  estos  movidos 
por  disposición  del  cielo,  fallaba 
los  casos  que  el  tiempo  futuro  ocultaba. 


682  HISTORIA    CRITICA    DE    L\    LITERATURA    ESPA?50LA. 

bien  fuesen  presentes  antes  entendidos. 

2. 

Codicia  del  sabio  movió  mi  afición, 
mi  pluma,  mi  lengua,  y  con  iiumildad 
postrada  la  alma  de  mi  Magestad, 
que  tanto  poder  tiene  una  pasión. 
Con  ruegos  le  bice  la  mi  petición, 
y  le  mandé  por  mis  mensajeros 
haveres,  facienda,  y  muchos  dineros 
alli  le  ofreci  con  sana  intención. 


3. 


Respondióme  el  Sabio  con  gran  cortesia: 
maguer  vos,  Señor,  seáis  tan  gran  Rey, 
yo  no  paro  miente,  ni  voy  por  la  ley 
ni  plata,  ni  oro  de  grande  valia; 
serbiros,  Señor,  á  gracia  tendria, 
ca  no  busco  aquello  que  á  mí  me  sobró; 
y  vuestros  baveres  os  hagan  la  pro: 
que  vuestro  siervo  mayor  '  vos  queria. 


4. 


De  las  mis  naves  mandé  la  mejor, 
y  llegada  al  puerto  de  Alexaiidria, 
el  Fisico  Astrólogo  en  ella  subia; 
como  fué  llegado  cortes  con  amor, 
habiendo  sabido  su  grande  primor 
en  los  movimientos  que  face  la  esphera, 
acate  el  siempre  en  grande  manera 
ca  siempre  á  los  sabios  se  de  ve  el  honor. 


La  piedra  que  llaman  Philosophal 
sabia  facer  y  me  la  enseñó, 

1  En  el  códice  de  la  Biblioteca  Nacional,  dice:  mais  vos  querría,  afectan- 
do un  no  sé  qué  de  gallego  en  el  lenguaje,  que  repite  en  oíros  puntos,  co- 
mo para  legitimar  la  invención.  El  autor  del  Tesoro  sabia  sin  duda  que  don 
Alfonso  habia  escrito  sus  Cantigas  en  romance  gallego. 


PARTE   II.     ILUSTRACIONES.  683 

fecimosla  juntos,  después  solo  yo, 
conque  muchas  vezes  creció  mi  caudal; 
é  viendo  se  puede  facer  otra  tal, 
de  otras  materias  mas  suprema  cosa, 
yo  os  pongo  la  menos...  penosa 
por  mas  excelente  y  mas  principal. 


6. 


Tuve  diversos  estudios  de  gentes 
de  varias  naciones,  mas  no  que  en  tal  caso 
de  los  Caldeos  fice  yo  caso 
ni  de  los  Árabes,  nación  diligente, 
Egypcios,  Siriacos,  y  los  del  Oriente 
que  el  Árido  havitan,  y  los  Sarracenos 

que  honran  la  parte  de  nuestro  Occidente. 

7. 

El  tiempo  presente  me  ha  conocido 
de  crédito  sano  y  bien  verdadero, 
para  que  vos  deis  crédito  entero 
é  no  vos  parezca  que  en  algo  he  mentido: 
lo  que  yo  quiero  es  que  no  sea  perdido 
el  grande  valor  de  mi  Magisterio, 
mas  no  queria  dar  un  tan  gran  Imperio 
á  hombre  que  en  letras  no  fuese  sabido. 


Por  ende  fixime  la  Esphinge  Tebana 
y  dentro  de  cifras  propuse  verdades, 
y  dixe  lo  cierto,  por  ende  sepades 
que  las  sus  verdades  no  es  cosa  vana: 
si  habéis  entendido  esta  grande  arcana 
no  la  poDgades  en  conversación, 
dexadla  en  la  cifra  de  aquesta  impresión, 
maguer  que  entendáis  como  esto  se  aplana. 


Mi  alma  presume  y  lo  pronostica, 
según  que  los  Astros  halla  en  tal  sazón, 


«8 i  IIISTOIUA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

que  aquel  á  quien  diera  el  Cielo  este  don, 
á  ser  cümo  Rey  el  Cielo  le  aplica; 
porque  siendo  cosa  de  suyo  muy  cliica 
el  que  este  tesoro  habrá  de  tener 
de  muy  poca  prú,  ca  es  menester; 
mas  que  fue  Midas,  su  prez  sera  rica. 

10. 

Finida  esta  obra  por  el  Orizonte, 
subi  á  la  imagen  del  Deucalion, 
el  qual  dominante  por  aplicación 
cataba  el  Señor  del  décimo  monte: 
este  promete  corona  en  la  fronte 
y  gran  principado  por  su  catamiento, 
y  dar  el  tesoro  al  su  nacimientos, 
que  aunque  la  íigura  en  algo  los  monte. 

H. 

Si  sois  de  mi  Patria,  ó  de  mi  Parentela, 
consejo  vos  quiero  dar  no  pequeño, 
que  si  de  la  cifra  no  fuereis  dueño 
le  deis  el  tesoro  á  quien  lo  rebela: 
con  eso  seredes  de  aquesta  tutela 
Señor,  si  la  dais  á  quien  fuere  perito, 
pues  claro  os  lo  é  dado  en  aqueste  escrito 
y  seréis  librado  de  toda  procela  '. 


1  Hasta  aquí  alcanza  lo  publicado  por  Sánchez  como  libro  I  del  Tesoro. 
Del  II,  añadió  la  primera  copla,  cifiéndose  al  Ms.  de  la  Bibholeca  Nacional: 
la  expresada  estrofa,  que  no  se  halla  en  el  Ms.  que  seguimos,  dice  así: 

La  obra  pasada  del  Lapis  muy  para, 
atau  infinita  es  en  multiplicar, 
ca  nunca  se  arredra  de  dar  é  mas  dar; 
es  á  semejanza  de  la  levadura. 
Mas  si  TOS  queredes  de  otra  fecbura 
los  quatro  elementos  veer  apartados, 
catad  como  sigue  en  versos  trovados, 
asi  es  de  facer  mas  breve  e  segura. 

A  esta  copla  siguen  las  veintisiete  en  cifra,  de  que  hemos  hecho  mención, 
y  acabadas,  se  lee  esta  nota,  que  tan  fatal  había  de  ser  para  la  autenticidad 
del  poema:  «Sea  alabado  Dios.  Fecho  este  libro  en  el  año  de  la  nuestra  sa- 
lud. MCCLXXIl.» 


PARTE   II.      ILUSTRACIONES.  685 

i2. 

Esta  materia  del  Lapis  llamada 
de  diversos  nombres  por  hombres  prudentes, 
ya  questo  fue  causa  que  los  no  sapientes 
cuidaron  ser  cosa  en  cosas  hallada, 
y  la  su  materia  á  tanto  igualada 
en  húmedo  y  seco,  ca  no  quiere  dar 
lo  uno  sin  lo  otro,  ca  en  singular 
contiene  dos  cosas  de  una  vegada. 

13. 

Supremo  es  el  grado  del  seco  que  tiene 
el  húmedo  en  grado  supremo  se  halla, 
el  calido  y  frió  en  esta  batalla 
en  grado  supremo  también  se  contiene: 
de  aquesta  igualdad  el  nombre  le  viene 
y  cada  qual  destas  y  su  calidad, 
.que  el  húmedo  junto  con  la  sequedad 
cada  cual  de  estos  una  contiene. 


14. 


El  nuestro  Kermes  dice  que  es  Cielo 
y  tierra  y  mar,  otros  que  es  hombre  y  muger: 
de  tal  matrimonio  se  suelen  hacer 
otras  enigmas,  ca  sirven  del  elo: 
la  gloria  é  infierno  mostrada  en  el  suelo 
la  llaman  algunos  de  agua  y  de  tierra, 
otros  el  frió  que  el  calido  encierra; 
tanto  los  sabios  varían  el  zelo. 


15. 


Al  antiguo  Chaos  á  mi  parecer 
de  quatro  elementos  conglutinados 
aqueste  compuesto  es  asemejado, 
quando  discurro  se  viene  á  facer: 
el  Cielo  y  la  tierra  por  si  viene  á  ser; 
una  quinta  essencia  es  en  grado  lodo, 
mas  esta  materia  tiene  en  .'■í  tal  modo 
que  todas  las  cosas  viene  á  comprehender. 


486  HISTORIA   CTllTlCA   DE   LA   LITERATURA    ESPAÑOLA. 

En  esla  materia  se  hallan  unidos 
los  quatro  elementos  en  partes  iguales,  . 
ca,  si  unos  caminan,  los  otros  son  tales 
que  aquestos  de  aquellos  van  siempre  seguidos, 
y  tanto  se  igualan  con  sus  parecidos 
en  qual  vegetal,  animal,  ó  minero 
podéis  hallar  cosa  mejor,  como  espero 
que  á  vos  sera  nota,  como  á  los  sabidos. 

17. 

Tomad  el  mercurio  asi  como  sale 
de  minas  de  tierra  con  mucha  limpieza, 
pasadlo  por  cuero  por  la  su  maleza, 
porque  mas  limpieza  que  aquesta  no  cabe: 
haced  que  su  peso  á  tanto  se  iguale 
con  onzas  doce  al  dicho  compuesto, 
en  vaso  de  vidrio  después  sea  puesto 
con  otra  materia,  ca  otra  no  vale. 

18. 

Y  porque  este  vaso  conviene  que  tenga 
espherica  forma  y  larga  garganta, 

la  anchura  calad  que  venga  á  ser  tanta 

que  dentro  un  gran  puño  cerrado  contenga; 

la  su  garganta  maguer  sea  luenga 

no  pase  de  un  palmo  de  la  vuestra  mano, 

para  que  el  sigilo  del  Egipciano 

calle  su  boca,  cual  mas  le  convenga. 

19. 

Y  en  vaso  de  tierra  poned  desta  cosa 
adonde  cenizas  circulen  el  vaso 
hasta  la  garganta,  y  no  sea  escaso 

en  las  apretar  con  mano  preciosa; 

y  luego  con  mano  muy  artificiosa 

un  horno  de  barro  le  fabricareis, 

tan  ancho  en  redondo,  ca  un  brazo  pondréis 

de  grueso  y  medida  la  mas  anchurosa. 


PARTE   II.      ILUSTRACIONES.  687 

20. 

En  olla  pondréis,  no  en  el  fondo  de  aqueste, 
mas  solo  en  su  canto  esté  perpendida 
sobre  dos  hierros,  ca  la  su  medida 
hagan  diámetro  en  cruz  medio  de  este; 
porque  el  calor  en  todo  le  preste, 
y  luego  la  olla  poned  de  carbones 
en  fuego  tan  manso  que  las  sus  pasiones 
no  empeze  la  mano,  maguer  que  la  evite. 

21. 

El  vaso  del  fuego  asi  sea  arredrado 
que  un  pie  puede  aver,  de  yuso  asta  suso; 
esté  bien  cerrado  el  horno  y  recluso 
y  el  manso  calor  le  haga  buen  grado: 
el  nuestro  sentido  no  sea  turbado, 
empiezo  por  este  fuego  primero; 
ca,  si  lo  hazeis  igual  al  postrero, 
y  habréis  echo  un  fecho  de  hombre  alentado. 

22. 

Aura  dos  vegadas  pasada  la  Luna 
por  los  Animales,  ca  facen  el  mes 
al  Sol,  acatando  el  grado,  ca  es 
llamado  Sextil,  sin  duda  ninguna 


fara  la  su  ifaestra,  é  vos  con  cuidado 
sabréis  que  lo  húmedo  ya  le  es  menguado; 
aquesta  materia  tan  sola  que  es  una. 


23. 


Tal  cual  el  tiempo  en  la  mina  hace 
del  Sol  ayudado,  y  de  otros  influxos 
quando  despide  á  la  tierra  su  influxo 
y  el  húmedo  exala,  ca  en  sus  venas  yace, 
en  tanto  de  aqueste  ella  se  desplace, 
ca  en  sulphur  convierte  la  parle  que  fue 
concluido  antes,  qual  todo  se  ve 
como  á  la  Madre  natural  le  place. 


888  HISTORIA    CalTICA    OE    LA    LITERATURA    ESPASoLA 

24. 

Aqiiesta  es  la  parle  que  llamaron  tierra 
ó  sulphur  muger,  lo  calido  es  seco,    . 
porque  quando  hizo  su  primero  trueco 
la  parte  faltó,  ca  el  húmedo  encierra: 
el  qual  la  materia,  á  quien  hizo  guerra 
la  ausencia  que  Ulises  hizo  de  su  Itaca: 
tal  esta  viuda  esférica  y  flaca 
aguarda  al  marido  que  se  le  destierra. 

25. 

Ponedle  otro  peso  igual  al  primero 
de  timido  azogue  de  minas  muy  puro; 
con  esta  mistura  obrad  muy  seguro 
en  vaso  de  mano  de  buen  vidriero; 
porque  el  primer  vaso  como  el  postrero 
avrá  de  ser  uno  ó  su  semejante, 
inas  si  lo  podéis  pasar  adelante 
el  vientre  primero  es  mas  verdadero. 

26. 

Faced  en  tal  guisa  la  obra  siguiente, 
ca  la  cimentéis  al  fuego  de  antes, 
porque  es  á  saber  ca  es  mucho  bastante 
ca,  si  no  le  deis  el  fuego  creciente; 
mas  antes  haced  que  no  sea  ardiente 
y  vayan  pasando  noches  y  dias, 
ca,  si  vos  facedes  aquestas  porfías 
ellas  os  darán  señal  excelente. 


27. 


É  veredes  la  obra  en  suma  negrura 
trocando  aquel  ser  de  como  nació, 
ca  no  seria  ya  la  cosa  que  obró 
en  sus  entrañas  la  Madre  natura; 
é  la  que  antes  era  tan  liquida  é  pura 
en  la  semejanza  sera  de  la  tinta; 
tanto  sera  la  forma  dislinla 
de  aquel  ser  primero  de  aquesta  criatura. 


PARTE    II.      ILUSTRACIONES.  0^9 

28. 

No  viste  la  casa,  ca  fizo  la  seda 
por  si  el  gusanillo  adonde  murió, 
alli  su  cadáver  por  muerto  fincó 
en  casa,  ca  fizo  en  donde  se  enreda: 
ca  á  la  corrupción  en  esta  non  veda 
en  se  refugir  en  forma  distinta 
de  la  su  primera,  pues  nace  y  le  pinta 
y  vive  con  alas  en  forma  mas  feda. 

29. 

Asi  nuestra  obra  comienza  á  vivir 
de  espíritu  nuevo  en  nueva  sustancia, 
donde  dispone  la  perseverancia 
de  cuerpo  á  quien  sangre  le  vino  á  servir: 
non  consintades  os  vuelvo  á  decir, 
ca  mayor  fuego  la  faga  combusta 
ca  asi  la  fará  colérica,  adusta 
y  al  cuerpo  la  sangre  vendrá  á  destruir. 

30. 

En  donde  veréis  el  mas  excelente 
secreto  de  aqueste  que  es  obra  divina; 
maguer  que  al  olfato  parezca  a  retina, 
supuesto  que  olor  muy  malo  se  siente, 
señal  es  llegando  á  aqueste  accidente 
el  punto  mas  grave  de  aquesta  lavor; 
y  asi  sustentad  el  mismo  calor 
en  su  primer  grado  permaneciente. 


31, 


Después  de  pasado  el  primer  color 
veréis  otros  muchos  en  sus  diferiencias 
ca,  son  semejantes  en  sus  dependiencias 
al  arco  de  Yris  en  su  resplandor: 
con  la  sequedad  del  liquido  humor 
viene  á  ser  esto  de  varia  pintura 
hasta  llegar  á  suma  blancura, 
adonde  aumentad  un  poco  el  calor. 


TOMO  III. 


090  niSTORlA    CRITICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÍSOLA. 

32. 

Non  vos  fatigue,  amign,  la  obra 
ni  se  desatine  la  vuestra  paciencia; 
ca,  este  es  el  vinculo  de  vuestra  herencia 
quando  á  la  piedra  lo  hianco  le  sobra: 
ca  la  fixacion  entonces  se  obra 
y  no  puede  ser  jamas  desunida 
é  aunque  por  fuego  fuere  ella  encendida, 
pues  su  fixacion  entonces  se  cobra. 

33. 

Creced,  como  os  digo,  el  fuego  en  un  grado 
hasta  llegar  á  tanta  blancura 
que  se  asemeje  á  la  nieve  muy  pura 
la  qual  Elixir  de  plata  es  llamado: 
mes  por  ser  el  Sol  metal  mas  preciado, 
dexadlo  en  el  vaso  con  el  mismo  fuego 
fasta  la  piedra  venir  á  ser  luego 
en  color  cetrino  el  blanco-mudado. 


34. 


Ende  creced  el  fuego  otro  grado 
hasta  llegar  al  roxo  muy  puro, 
en  todo  uniforme  mostrándoos  seguro 
el  cuerpo  en  lo  alto  del  vaso  elevado: 
sera  duro  y  leve  según  he  notado 
diaphano  y  claro  color  de  Rubi 


porque  el  gran  Dios  de  mi  sea  alabado. 

35. 

En  vaso  de  barro  aquesta  metedla 
que  tenga  cubierta  de  oro  cual  él, 
como  cazuela,  y  de  este  y  de  aquel 
ca  junta  con  lienzo,  y  con  barro  asida 
en  que  tres  vegadas  pueda  ser  metida 
por  el  cuerpo  la  piedra  para  su  grandor 
y  al  reverbero  del  fuego  y  calor 
de  llamas  de  leña  haréis  sea  cocida. 


PARTE    n.      ILUSTRACIONES.  691 

36. 

Aqui  pues  la  piedra  se  hará  calcina 
dentro  de  diez  paralelos  del  Sol 
y  al  fin  sacadla  de  aqueste  crisol, 
sera  echo  polvo  la  gran  Medicina; 
primera  materia  que  á  todo  se  inclina, 
do  no  ay  calidad  por  ser  quinta  esencia, 
ca  todo  se  aplica  y  tiene  potencia 
para  toda  cosa  á  que  se  encamina. 

37. 

En  este  principio  de  naturaleza 
no  es  oro,  ni  plata,  ni  otro  mineral 
ni  forma  sujeta  á  algún  vegetal, 
mas  disposición  que  á  todo  endereza: 
si  al  oro  se  aplica,  del  toma  firmeza 
para  convertir  en  oro  las  cosas; 
si  al  hombre,  lo  mismo  por  obras  famosas 
le  da  suavidad  con  suma  certeza. 


38. 


Debaxo  de  este  oro  que  es  impalpable 
catad  que  se  falla  una  tierra  luciente, 
empero  muy  negra  y  resplandeciente, 
mas  no  es  para  cosa  que  sea  loable: 


bien  que  es  menguado  de  toda  fusión 
é  si  en  los  metales  no  hace  impresión, 
ca  su  sequedad  es  mucho  admirable. 


39. 


Mas  sed  vos  quitado  de  restituir 
á  la  sequedad  del  húmedo,  quando 
por  partes  iguales  se  viene  ajustando 
quanto  es  la  materia  de  vuestro  Elyxir: 
limpio  el  azogue  habéis  de  añadir 
de  pesos  iguales,  y  todo  en  mistura 
en  el  mismo  vaso,  ó  otros  su  hechura 
tenudo  seréis  de  lo  recluir. 


«92  HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA    ESPAÑOLA. 

40. 

Y  como  primero  hicisteis  del  fuego 
asi  lo  faced  en  este  camino: 

que  en  tiempo  mas  breve  el  negro  divino 
veréis,  y  colores  de  su  primer  fuego; 
y  hasta  llegar  al  roxo  que  luego 
en  piedra  se  torna  mas  que  el  Rubí 
de  vista  excelente  cual  es  la  que  vi: 
el  que  no  lo  cree,  sabed  que  va  ciego. 

41. 

Por  claras  palabras  la  verdad  os  digo 
y  como  lo  hice,  y  vi  su  valor 
asi  lo  faced  con  grande  primor, 
ca  no  es  engaño  pues  yo  soy  testigo; 
y  al  Dios  de  las  gentes  por  ello  bendigo 
ca,  como  sabéis,  me  hizo  abastado 
de  ciencia,  y  riqueza,  de  amor  y  estado, 
pues  de  estos  jamas  anduve  mendigo. 

42. 

Y  si  vos  queréis  que  aquesto  convierta 
en  ciento  una  parte  aquesto  infinito 

é  antes  que  tenga  fermento  oscito, 
seredes  tenudo  por  cosa  muy  cierta: 
á  ciento  de  azogue  en  luna  no  muerta 
estando  caliente,  ponedvos  ayna 
una  de  aquesto,  sera  Medicina 
ca  sin  para  oro,  no  cierra  la  puerta. 

43. 

Del  Sol  calcinado  juntad  una  parte 
con  quatro  de  azogue  bien  puro  y  purgado 
y  á  quatro  de  aqueste  le  serán  juntado 
una  de  vuestro  Elixir,  según  arte: 
en  vidrio  lutado  ponedln  á  una  parte 
é  encendedle  de  suso  fuego  de  carbones 
é  diez  dias,  si  sufre  aquestas  passiones, 
para  convertirle  será  grande  parte. 


PARTE    II.     ILUSTRACIOEES.  693 


44. 


Y  vos  si  queréis  hacer  proyección, 
poned  en  crisol  cien  partes  pesadas 
de  azogue  con  brasas  de  fuego  inflamadas, 
le  fagan  sentir  la  su  inflamación; 
y  quando  el  azogue  padezca  passion 
y  en  horno  comienze  á  quererse  ir, 
echadle  una  parte  de  vuestro  Elyxir; 
en  somo  ponedle  de  barro  un  tapón. 

45. 

A  poco  de  rato  dexadlo  enfriar, 
sera  para  muchos  de  gran  Medicina, 
cien  partes  de  azogue  purgado  domina 
en  oro  muy  puro  lo  hace  tornar; 
mas  si  vos  queréis  mas  escatimar, 
en  plomo  faredes  esta  operación: 
que  no  se  recela  por  la  su  impresión 
«  á  todo  metal  en  oro  tornar. 

46. 

A  todo  se  aplica,  y  en  sí  lo  convierte 
en  un  natural  bien  complexionado, 
la  mitad  de  un  grano  de  aquesto  tomado     . 
por  boca  le  hace  al  hombre  ser  fuerte: 

que  tanta  salud  no  tubo  ninguno, 
y  el  tiempo  que  á  todos  es  importuno 
aqueste  le  lleva  sano  hasta  la  muerte. 

Hasta  aquí  el  Ms.  de  la  Real  Academia  Sevillana  de  Buenas  Le- 
tras. El  códice  de  la  Biblioteca  Nacional,  demás  de  las  doce  octa- 
vas, ya  conocidas,  ofrece  las  siguientes,  escritas  en  metros  de  arte 
real,  los  cuales  son  nuevo  testimonio  de  la  superchería  que  todo  el 
Libro  del  Tesoro  revela: 


El  mayor  de  los  supremos 
convidará  en  su  morada 
la  mayor  infortunada, 


894  HISTORIA    CRÍTICA    DK    LA    LITERATURA    ESPAÍ^OLA. 

junl.índoso  dos  extremos: 
después  de  lo  qual  veremos 
quen  su  mayor  dignidad 
estará  la  magestad 
del  que  mas  distante  vemos. 

Calad  que  del  agua  salen 
é  vuelven  á  entraren  fuego, 
é  si  vos  veis  este  juego 
non  vos  otras  cosas  caben: 
ochocientos  años  salen 
desde  una  á  otra  vegada, 
porque  siendo  esta  llegada, 
veréis  lo  que  aquestos  valen. 

Entonces  será  llegado 
el  fatal  tiempo  de  uerme 
á  mi  Tesoro  cogerme, 
ca  ya  non  será  eclipsado: 
é  vos  catad  con  cuidado 
que  en  aquesta  oscuridad 
veréis  una  claridad 
onde  un  mudo  es  bien  fablado. 

Lo  repetimos:  imposible  nos  parece  que  sólo  con  leer  el  llamado 
Libro  del  Tesoro,  pueda  seguirse  diciendo  que  es  obra  del  Rey  Sa- 
bio. Las  razones  y  pruebas  aducidas  en  el  texto  y  ampliadas  un  tan- 
to en  la  presente  Ilustración,  no  menos  que  el  examen  de  todo  el 
expresado  poema,  ya  considerado  respecto  de  su  fondo,  ya  respecto 
üe  sus  formas,  inclinarán  sin  duda  el  ánimo  de  los  doctos  á  reco- 
nocer la  verdad;  y  si  bien,  estudiadas  las  Cantigas,  no  afirmarán 
con  Moratin  que  los  metros  en  que  está  escrito,  son  improj)ios  del 
siglo  XÍÍI,  tendrán  por  seguro  que  fué  compuesto  el  Libro  del  Te- 
soro dos  centurias  adelante,  siendo  por  tanto  realmente  apócrifo. 


FIN   DEL    TOMO    III. 


IIIS'IOKU    CHUICA  IIK  I  A  lirKl!\TI'IJA   INIVWUIA 

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índice. 


Páginas. 


Advertencia V 

CAPITULO  I.  Primeros  monumentos  escritos  de  la  poesía  cas- 
tellana.— Consideraciones  generales  sobre  la  índole  y  carácter 
de  la  primitiva  poesía  vulgar. — Sus  condiciones  de  existencia. — 
Sus  relaciones  con  las  creencias,  los  sentimientos  y  las  costum- 
bres del  pueblo  castellano. — Primeros  monumentos  escritos. — Poe- 
mas religiosos. — El  libro  de  los  Reys  d'Orient. — Su  examen, — El 
poema  de  los  Reyes  Magos. — Forma  especial  de  esta  obra. — Si  pue- 
de ser  considerada  como  una  representación  litúrgica. — La  Vida  de 
Madona  Santa  Maña  Egipgiaqua. — Análisis  filosófico  y  literario  de 
esta  obra. — Importancia  y  representación  de  la  poesía  vulgar  re- 
ligiosa durante  el  siglo  XIL — Su  manifestación  heroica. — Noticia 
de  algunos  poemas  históricos  anteriores  á  los  del  Cid 3 

CAPITULO  II.  Primeros  monumentos  escritos  de  la  poesía  caste- 
llana.— Poemas  heroicos. — Héroe  de  los  mismos. — Ruy  Diaz  de 
Vivar. — Causas  de  su  exaltación  poética. — Estado  político  de  Cas- 
tilla á  fines  del  siglo  XI. — Los  monjes  de  Cluny  y  la  curia  roma- 
na.— Introducción  del  rito  galicano  en  la  Península. — Alianzas  do- 
mésticas de  Alfonso  VI. — Tentativas  para  establecer  en  Castilla  el 
feudalismo  extranjero. — Protesta  del  sentimiento  nacional. — Per- 
sonificación de  esta  protesta. — El  Cid  poético. — Épocas  de  su  vida. 
— La  Crónica  ó  Leyenda  de  las  Mocedades  de  Rodrigo. — Juicio  y 
análisis  de  la  misma. — Su  significación  tradicional,  en  orden  á  las 
creencias  y  sentimientos  populares. — Su  valor  literario. — Sus  for- 
mas artísticas. — Resumen 51 

CAPITULO  III.  Primeros  monumentos  escritos  de  la  poesía  cas- 
tellana.— Poesía  heroica. — El  Poema  de  Mió  Cid. — Caracteres  ge- 
nerales del  mismo. — Juicios  contradictorios  de  la  crítica  respecto 
de  su  significación  artística. — Época  en  que  se  compone. — Expo- 
sición y  examen  de  su  argumento. — Caracteres  literarios  del  mis- 
mo.— Interés  que  inspira  la  figura  de  Mío  Cid,  como  creación  de  la 


696         msTORiA  crItfca  de  la  literatura  española. 
musa  popular. — Resumen H5 

CAPITULO  IV.  PuiMEnos  monumentos  escritos  de  la  poesía  cas- 
tellana.— Prosigúese  el  examen  del  Poema  de  Mió  Cid. — Estudios 
sobre  los  caracteres. — Tipos  especiales  de  los  primeros  caudillos. — 
Alvar  Fanez  de  Minaya. — Pero  Bermudez. — Martin  Antolinez. — 
Felcz  Muñoz.— Muño  Guslioz. — El  obispo  don  Gerónimo. — Los 
infantes  de  Carrion  y  las  hijas  de  Mió  Cid.— El  Cid,  doña  Jimena 
y  el  rey  don  Alfonso. — Condiciones  artísticas  dei  Poema. — Su  di- 
visión.— Medios  expositivos  del  mismo. — Medios  artísticos. — Re- 
sumen      ili 

CAPITULO  V.  Primeros  monumentos  eruditos  de  la  poesía  vul- 
gar.— Primera  Irasformacion  del  arte  vulgar. — Causas  que  la  pro- 
ducen.— Movimiento  general  de  la  civilización  española  á  fines  del 
siglo  XII  y  principios  del  XIII. — Maravilloso  progreso  de  la  re- 
conquista.— Nueva  dirección  y  desarrollo  de  los  estudios. — Esta- 
blecimiento de  escuelas  públicas; — en  Castilla, — en  León, — en  A.ra- 
gon.— Influencia  de  tan  memorables  sucesos  en  la  sociedad  y  en  la 
esfera  del  arte. — Carácter  de  esta  influencia. — Contradicciones  en- 
tre el  instinto  de  la  ciencia  y  la  actualidad  poética  de  Castilla. — 
Divorcio  entre  doctos  y  populares:  en  el  fondo;  en  las  formas. — 
Monumentos  intermedios.  —  Examen  del  poema  anónimo  sobre  la 
Diputación  del  Cuerpo  y  del  Alma. — Primer  poeta  erudito  de 
nombre  conocido:  Gonzalo  de  Berceo. — Sus 'obras. — Medios  expo- 
sitivos de  las  mismas. — Situación  literaria  de  Berceo. — Su  repre- 
sentación moral  y  religiosa  respecto  de  la  sociedad  española. — Su 
mérito  literario. — índole  principal  de  sus  producciones. — Formas 
poéticas  que  en  ellas  dominan. — Formas  de  lenguaje.— Nueva  fi- 
sonomía del  habla  castellana,  erigida  ya  en  lengua  literaria. — Re- 
sumen       219 

CAPÍTULO  VT.  Primeros  monumentos  eruditos  de  la  poesía  vul- 
gar.— Poesía  heróico-erudita. — Errores  de  la  critica  al  juzgarla. — 
Poemas  coetáneos  de  Berceo. — Los  libros  de  Apollonio  y  de  Alexan- 
dre:  su  antigüedad  respectiva. — Fuentes  literarias  del  libro  de  Apo- 
llonio.— Modificación  de  las  mismas  por  el  sentimiento  nacional. — 
Examen  y  exposición  de  este  poema. — Su  juicio. — Su  influencia 
en  las  literaturas  modernas. — Episodio  y  carácter  de  Tarsiana. — 
Caracteres  de  Apolonio  y  su  esposa. — Anchilrastes  y  Antinágo- 
ras. — El  poema  de  Alexandre. — Su  representación  entre  los  doc- 
tos,— Su  autor. — División  y  análisis  de  este  monumento. — Situa- 
ción del  poeta.— Carácter  de  Alejandro. — Sus  analogías  con  los 
héroes  castellanos.— Carácter  de  Darío.— Dotes  poéticas  que  en  el 
poema  se  revelan. — Pasajes  y  rasgos  notables  del  mismo. — Obser- 
vaciones generales  sobre  el  estado  de  la  lengua  castellana  en  esta 
edad 277 


ÍNDICE.  697 

CAPITULO  VU.  Primeros  monumentos  eruditos  de  la  poesía  cas- 
tellana.— Prosig-ue  el  examen  de  la  poesía  heróico-erudita. — In- 
fluencia de  los  poemas  ya  examinados  en  los  escrilos  durante  la 
primera  mitad  del  siglo  XIII. — El  Poema  de  Ferran  González. — 
Época  y  comarca  donde  se  escribe. — Opiniones  de  los  críticos  na- 
cionales y  extranjeros. — Pruebas  sacadas  del  mismo  poema,  en 
comprobación  de  que  es  posterior  al  de  Alexandre. — Gerarquia  de 
su  autor. — Examen  literario  del  mismo. — Carácter  de  Fernán  Gon- 
zález, comparado  con  el  de  Alejandro. — Puntos  en  que  discrepan. 
— Nueva  faz  de  la  poesía  heróico-erudita. — Relaciones  entre  los  va- 
sallos mudejares  y  los  cristianos. — Segundan  los  primeros  el  movi- 
miento literario,  inaugurado  por  Berceo. — El  Poema  de  Yuauf. — 
índole  erudita  del  mismo. — Tiempo  y  región  en  que  hubo  de  ser 
compuesto. — Exposición  de  su  argumento. — Caracteres  artísticos 
del  Poema. — Influencia  de  las  costumbres  cristianas. — Carácter  de 
Jacob: — de  Joseph. — Tipo  de  Zaleikha.— Comparación  entre  la 
mujer  árabe  y  la  cristiana: — doña  Sancha  en  el  Poema  de  Ferran 
González. — Consideraciones  generales  sobre  la  poesía  heróico- 
erudita 335 

CAPITULO  VIII.  Primeros  historiadores  t  prosistas  vulgares. — 
Aparición  de  la  prosa  castellana. — Los  fueros.— No  son  monumen- 
tos literarios. — La  poesía  popular:  su  influencia  en  la  historia:  tes- 
timonios de  su  existencia  en  la  primera  mitad  del  siglo  XIU. — 
Primera  manifestación  de  la  historia  en  la  lengua  vulgar. — Los 
anales. — Carácter  de  los  mismos:  en  el  fondo:  en  la  forma. — Ana- 
les toledanos:  de  Aragón  y  Navarra:  de  los  Reyes  Godos. — Rela- 
ciones y  genealogías. — Progreso  notable  del  romance  castellano. — 
Influencia  de  los  estudios  latinos  en  el  desarrollo  de  la  historia  vul- 
gar.—Don  Lúeas  de  Tuy:  sus  crónicas. — El  arzobispo  don  Ro- 
drigo: sus  historias. — Notable  influjo  de  la  Gothica  en  los  estudios 
históricos:  su  examen. — Redacción  castellana  de  la  misma. — Prue-  • 
bas  de  su  autenticidad. — Su  estilo  y  lenguaje. — Elementos  popu- 
lares que  la  caracterizan. — Imitaciones  y  traducciones  de  la  Histo- 
ria Gothica. — La  Chrónica  de  los  Rcys  d'Espanna. — Versión  com- 
pleta de  las  obras  históricas  de  don  Rodrigo. — Traducción  caste- 
llana del  Fuero  Juzgo.— El  libro  de  Los  Doce  Sabios  y  las  Flores  de 
Philosophia. — Juicio  de  estos  tratados.— Carácter  de  los  mismos. — 
Estado  de  la  prosa  castellana  al  mediar  del  siglo  XIII. — Resumen.     393 

CAPITULO  IX.  Segunda  transformación  del  arte  vulgar  erudito. 
— Don  Alfonso  el  Sabio. — Su  representación  en  la  historia  de  las 
letras. — Sus  empresas  literarias. — Introducción  déla  forma  lírica  en 
la  poesía  erudita. — Triple  fuente  de  donde  pudo  derivarse:  los  pro- 
venzales  acogidos  en  la  corte  de  Castilla:  los  catalanes  en  relación 
con  la  España  Central:  los  gallegos. — Momento  en  que  pudo  ha- 


r.98  HISTORIA  CRÍTICA  DE  LA  LITERATURA  ESPAf501.A. 
L'crse  sensible  la  poesía  de  lodos  estos  pueblos  en  el  parnaso  cas- 
tellano.—Aparición  de  la  forma  simbólica. — Aute  oriental. — Su 
trasmisión  á  los  árabes  y  hebreos  españoles. — Importancia  de  la 
tradición  latino-eclesiástica  respecto  del  arle  simbólico. — Los  libros 
del  Panlha-Tantra  y  de  Sendebar. — Trasládanse  á  la  lengua  de 
Castilla. — Empresas  científicas. — Academias  de  Córdoba  traslada- 
das á  Toledo. — Escuelas  cristianas. — Su  doctrina  respetada  por  el 
Rey  Sabio. — Estudios  de  Sevilla:  su  carácter. — Obras  legales. — 
Introducción  á  las  mismas:  el  Septenario. — Obras  históricas. — Pen- 
samiento que  las  inspira. — Obras  de  recreación.— Últimos  años 
del  Rey  don  Alfonso. — Sus  poesías  elegiacas. — Noticia  de  otras 
producciones  del  Rey  Sabio. — Caracteres  generales  de  todas  sus 
obras.— Clasificación  de  las  mismas 447 

CAPITULO  X.  Segunda  transformación  del  arte  vulgar  erudito. 
— Don  Alfonso  el  Sabio. — Sus  Obras  pokticas. — Las  Cantigas. — Su 
clasificación  y  juicio. — El  libro  poético  del  Tesoro. — No  es  de  don 
Alfonso. — Las  Querellas. — Muestras  de  las  que  han  llegado  á  nues- 
tros dias. — Libros  orientales:  arte  simbólico.  — Examen  de  Calila  y 
Dimna. — Su  inlluencia  en  las  literaturas  meridionales. — Egemplo 
de  sus  apólogos. — Análisis  de  ios  Engarnios  et  Assayamienlos  de  las 
mugieres. — Carácter  de  la  mujer  oriental,  pintada  en  este  libro. — 
Egemplo  de  sus  fábulas. — Forma  didáctica:  el  libro  del  Bonium  ó 
Bocados  de  oro. — Exposición  de  su  idea  y  argumento. — Su  analo- 
gía con  el  libro  de  la  Sauiesa  del  rey  don  Jaime  I. — Poridat  de  Po- 
ridades. — Su  estructura  y  doctrina. — Obras  de  recreación:  el  Libro 
de  lus  Juegos. — Su  origen  oriental. — Noticia  de  los  tratados  que  en- 
cierra.— El  Libro  de  la  Montería. — Su  autenticidad. — Su  análisis. — 
Obras  histórico-filósoficas:  el  Septenario.— Maleñas  de  que  trata 
lo  conservado:  doctrinas  del  Rey  Sabio  respecto  de  la  retórica  y  la 
astrologia. — Juicio  de  tan  peregrino  libro 499 

CAPITULO.  XI  Segunda  transformación  del  arte  VULGAR  erudito. 
— Don  Alfonso  el  Sabio. — Obras  históricas. — LaEstoriadeEspanna. 
— Duda  de  los  críticos  sobre  su  verdadero  autor  y  la  época  en  que 
se  escribe. — Declaración  del  Rey  sobre  uno  y  otro  punto. — Plan  de 
la  Estoria  de  Espanna. — Diversas  fuentes  de  la  misma: — los  escrito- 
res de  la  antigüedad: — los  cronistas  cristianos: — las  tradiciones  po- 
pulares:— los  historiadores  árabes  y  hebreos. — Criterio  histórico  del 
Rey  Sabio. — Juicio  de  don  Juan  Manuel  respecto  de  la  Estoria  de 
Espanna: — de  la  crítica  moderna. — Corrupción  de  la  misma  histo- 
ria en  la  edición  de  Ocampo. — División  que  este  le  atribuye. — Su 
análisis. — Comprobación  de  la  doctrina  expuesta.— La  Grande  et 
General  Estoria. — Acopia  el  rey  multitud  de  libros  para  llevarla  á 
cabo. — Pensamiento  filosófico  que  la  anima. — Su  división  y  exa- 
men.— InHucncia  de  los  diversas  elementos  que  la  componen: — los 


índice.  699 

libros  orientales; — aparición  en  ella  del  apólogo  indiano;— historias 
maravillosas  de  los  árabes; — los  libros  latinos  y  los  mitos  gentílicos. 
— Medios  expositivos  de  ambas  historias. — Don  Jaime  I  de  Aragón 
asociado  al  movimiento  histórico. — Su  Chrónica:  exposición  y  jui- 
cio de  la  misma. — Influencia  de  ambos  soberanos  en  el  cultivo  de 

la  historia S65 

CAPÍTUTO  XU.  Segunda  transformación  del  arte  vulgar  eru- 
dito.— Don  Alfonso  el  Sabio. — Obras  Científicas. — Juicio  de  la 
edad  media  y  de  los  tiempos  modernos  sobre  las  mismas. — Obras 
Jurídicas. — Las  Partidas:  diversas  opiniones  sobre  sus  autores. — 
Examen  de  este  celebrado  código,  como  obra  literaria. — Sus  fuen- 
tes: los  libros  de  filosofía  moral:  las  Sagradas  Escrituras:  los  Pa- 
dres.— Análisis  de  las  Partidas. — Comparación  entre  la  doctrina 
de  los  libros  orientales  y  la  del  Libro  de  las  Leyes. — Obras  minera- 
lógicas Y  ASTRONÓMICAS. — Número  y  orden  cronológico  de  las  ge- 
nuinas. — Examen  expositivo  de  los  tres  Lapidarios  de  Abolays. — 
De  las  Tablas  Alfonsies. — Del  libro  de  la  Ochava  Sphera.— ídem  de 
la  Sphera  Redonda. — Ídem  del  Aleara. — ídem  de  los  libros  del  Astro- 
labio.— láem  de  la  Azafeha. — L^  Lámina  Universal. — El  libro  de  las 
Armiellas. — El  de  las  Láminas  de  los  Planetas. — Los  seis  libros  del 
Quadrante,  de  los  Relogios  y  del  .4/fl5¿r.— Los  Cánones  de  Albateni. 
— El  Libro  de  los  Juicios. — El  de  las  Tres  Cruces. — Carácter  de  las 
ciencias  derivadas  de  los  árabes. — Su  relación  con  los  demás  estu- 
dios del  Rey  Sabio. — Observaciones  generales 613 

ILUSTRACIONES.     I.  Sobre  el  poema  de  los  reyes  magos 635 

II.     Sobre  la  estoria  de  los  godos  del  arzobispo  don  rodrigo...    660 
IH.     Sobre  el  libro  poético  del  tesoro,  atribuido  al  rey  sabio.  .     678 


ERRATAS  QUE  SE  HAN  NOTADO. 


PÁGINA.  LINEA.  DICE.  LÉASE. 

58  56  fundado infundado 

61  39  arcliiepiscopus archiepiscopi 

103  35  tindicada indicada 

id.  37  minians minitans 

158  33  inae meae 

211  39  1207 1307 

217  31  en  él  hallar hallar  en  él 

417  11  Pantha Panctha 

472  3(í  Dulcins Dulcius 

525  21  engaños  ect engáñesete 

531  14  manteca  una. manteca  en  una 

539  13  Algaruaty. Algarnaty 

553  17  también tan  bien 

56 1  21  toda  fuerza toda  la  fuerza 


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SEÑORES  SUSCRITORES 


A   LA 


HISTORIA  CRÍTICA  DE  LA  LITERATURA  ESPAÑOLA. 


(continuación.) 


MADRID. 


Zorrilla,  D.  Fernando  Luis. 


Antuñano,  D.  Anacleto. 

Descansa,  D.  Regino. 

Duelta,  D.  Anacleto. 

Canapa,  D.  Juan. 

Correa,  D.  Ramón. 

Corro,  D.  Julián  del. 

Cueto  y  Rivero,  D.  Manuel. 

Fernandez,  D.  Miguel. 

Fourquet, D.Juan  (Catedrático de  la 
facultad  de  Medicina  de  la  Uni- 
versidad Central). 

Gil,  D.  Pablo. 

Lavine,  D.  Pedro. 

Martínez  Pisón,  D.  Bernardo. 

Montalvo  y  Jardín,  D.  Luis. 

Navarro  Villoslada,  D.  Francisco. 

Octavio,  D.  José  Maria. 

Parrilla,  D.  Manuel. 

Pérez  Dubrull,  D.  Regino. 

Pirala,  D.  Antonio. 

Richi,  D.  Baltasar 

Sainz  Rueda,  D.  Teodoro. 

\allés,  Exorno.  Sr.  D.José  (Capellán 
de  Honor  y  Receptor  de  la  Real 
Capilla,  Chantre  de  la  Santa  Igle- 
sia Catedral  de  Lérida,  caballero 
gran  cruz  de  Isabel  la  Católica  y 
Comendador  de  número  de  la  de 
Carlos  III). 

Ubao,  D.  Juan. 


ALICANTE. 

Granados,  D.  Victoriano  (Secretario 
del  Gobierno  civil). 

ALMERÍA. 

Aguirrezabal,  D.  Antonio. 

Jorero,  D.  Manuel. 

Torres  Aguilar,  D.  Salvador. 

BARCELONA. 

Amer,  D.  Victoriano. 

El  Ateneo  Catalán. 

Balaguer,  D.  Victor. 

Bertrán,  D.  Joaquín. 

Bonnaga,  D.  Pedro. 

Campaner,  D.  J.  Ramón. 

Camps  y  Fabrer,  D.  Antonio. 

Castell,  D.  Ignacio. 

El  Círculo  del  Liceo. 

La  Escuela  Normal. 

El  Instituto  de  segunda  enseñanza. 

Peñalver,  Excmo.  Sr.   D.   Nicolás 

(Regente  de  la  Audiencia). 
Sisear,  D.  Ramón. 
Valls  y  Bonet,  D.  Pablo. 
Vidal  y  Valenciano,    D.   Cayetano 

(Villafranca  del  Panadas). 


702 


SEÑORES    SUSCRITORES. 


BALEARES. 


CANARIAS. 


Barceló,  1).  Amirés  (Catedrático 
del  Instituto). 

Bastida,  Sr.  Marqués  de  la. 

Ferrer,  D.  Bartolomé. 

Fiol,  D.  Joaiinin    (Abogado). 

Gual,  D.  Joacjuiíi. 

Herreros,  í).  Francisco  Manuel  (Di- 
rector del  Instituto). 

O'Neille,  D.  Juan. 

Peña,  D.  Miguel  (Presbítero). 

Socies,  D.  Cayetano  (Notario). 

Sureda  y  Yillaionga,  D.  Juan  (Abo- 
gado). 

BURGOS. 

Delgado,  D.  Celedonio  (Biblioteca- 
rio de  la  tertulia  de  Aranda  de 
Duero). 

CÓRDOBA. 

La  Biblioteca  del  Instituto. 
La  Biblioteca  provincial. 
Fernandez  Molina,  D.  Antonio. 
Maraver,  D.  Luis. 
Martel  y  Fernandez,  D.  Teodoro. 
Peré,  D.  Eufjenio. 
Rivera  y  Romero,  D.  Victoriano. 
Rodríguez  Módene,  D.  Juan. 
Sierra  y  Ramírez,  D.  Rafael. 
Cuellar,   D.  Pedro  Alcántara  (Cas- 
tro del  Rio). 

CORUÑA. 

Muñoz,  D.  Laureano  Maria. 

CUENCA. 

Olivares,  D.  Juan  Viconle  (Villar 
de  Cañas). 


El  Seminario  Conciliar  de  Las  Pal- 
mas. 

GRANADA. 

Agreda  y  Moreno,  D.  Mariano. 
Arredondo  García,  D.  Agustín. 
Delgado  Jiménez,  D.  Joaquín. 
España,  D.  Miguel. 
Góngora  Martin,  D.  Manuel. 
Lahittet  Roncal,  D.  Pedro. 
Ledesma,  D.  Mariano. 
Martínez,  D.  Manuel  Sicilio. 
Medina,  D.  Ramón. 
Moreno  Díaz,  D.  .Antonio. 
Pérez,  D.  José. 
Rojas,  D.  Trinidad. 
Salvador  de  Salvador,  D.  José. 
Sánchez,  D.  Federico. 

JAÉN. 

Almendros  Aguilar,  D.  Antonio. 

Camps,  D.  Mariano  J. 

Marios,  D.  José  Maria. 

Rodríguez  Calvez,  D.  Antonio. 

Rubio  Duran,  D.  Agustín. 

El  Seminario  Conciliar  de  Baeza. 

Lanuza,  D.   Gregorio  (Canónigo  de 

la  Santa  Iglesia  de  Jaca). 
Arredondo,  D.  Diego  (Torre  de  Pedro 

Gil). 

LEÓN. 

» 

Castrillon,  D.  Juan  L. 
Diez  Canseco,  D.  Vicente. 

LÉRIDA. 

Ferrer  y  Garcés,  D.  Miguel. 


Á    LA    HISTORIA    CRÍTICA    DE    LA    LITERATURA   ESPAÑOLA 

MÁLAGA. 


703 


Bessieres,  Excmo,  Sr.  D.  Luis  (Go- 
bernador militar). 
Escholte,  D.  Ricardo. 

MURCIA. 

Enriquez,  D.  Joaquín. 
El  Instituto. 
Mendoza,  D.  Federico. 

NAVARRA. 

Arraiz,  D.  Pablo  (Pamplona). 

PONTEVEDRA. 

Alvarez  Giménez,  D.  Emilio. 
La  Escuela  Normal. 
Oominguez,  D.  Antonio  José. 
Rodríguez  Seoane,  D.  Luis. 

SALAMANCA. 

El  Seminario  Conciliar. 
Gómez    Rodríguez,    D.     Telesforo 
(Peñaranda  de  Bracamonte). 

SANTANDER. 

Carral  de  Caming,  D.  Francisco. 

SEVILLA. 

La  Academia  de  Bellas  Artes. 
Gabriel,  D.  Fernando. 
Garcia  Rodríguez,  D.  Manuel. 


Giménez  Placer,  D.  Carlos. 

Laffite,  D.  Rafael. 

Merri,  D.  Manuel. 

Remisa,  D.  Alejandro 

Reina  y  Alvarez,  D.  Diego  de  (Ara- 

hal). 
Rojo,  D,  José  Maria. 
Segovia,  D.  Gonzalo. 
Tapia,  D.  Diego  de  (.Arabal). 

TOLEDO. 

El  Seminario  Conciliar. 

VALENCIA. 

Atard,  D.  Eduardo. 
Bellet,  Sr.  Marqués  de. 
Campo  Olivar,  Sr.  Barón  de. 
Caro,  D.  Carlos. 
El  Círculo  Valenciano. 
El  Director  del  Colegio  de  San  Pa- 
blo. 
El  Instituto. 
Navarro,  D.  Vicente. 
Nuñez  de  Prado,  D.  José. 
Parsent,  Sr.  Conde  de. 
El  Rector  del  Seminario  Conciliar. 
Velazco  y  Santos,  D.  Miguel. 

VALLADOLID. 

El  Seminario  Conciliar   de  Plasen- 
cia. 

ZARAGOZA. 

Aibar  y  Villarroya,  D.  Ignacio. 
Casermeiro,  D.  Antonio. 


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